ANTONIO BLAY

 Del libro:  Personalidad y niveles superiores de conciencia


LA PRESENCIA DE DIOS


15. LA PRESENCIA DE DIOS (1). MEDITACIÓN Y ORACIÓN

Meditación en nuestra naturaleza profunda

Hemos llegado al reconocimiento de que nuestro ser está unido a la Conciencia creadora de todo lo que existe. Esto hay que meditarlo un día y otro día. Hay que reflexionar seriamente y comparar nuestro modo de vivirnos a nosotros y de vivir a los demás para ver qué hemos de hacer para ir descubriendo y viviendo más esta Identidad profunda.

Nadie puede expresar nada distinto a la conciencia que tiene de sí mismo. Eso es lo único que puede expresarse en acción, en actitud, en todo. La conciencia es el límite interno que da paso, que se exterioriza en actitudes y conducta. Si no crece la conciencia interna no puede crecer la forma de hacer, la forma de conducirse. Por eso es tan importante hacer diariamente una meditación seria tratando de penetrar la verdad de esto, relacionando esta verdad que uno intuye con las situaciones concretas que uno vive a lo largo del día. ¿Cómo me vivo yo durante el día? ¿Me vivo realmente como esa energía, esa inteligencia, ese amor-felicidad a los que doy paso? ¿O me vivo simplemente como alguien que está en lucha con unas circunstancias, como alguien que trata de defenderse de unas personas, de unos juicios, etc.? En la medida en que yo pueda ir reconociendo esa identidad mía, mi actitud ante las personas y las circunstancias cambiará, y descubriré que no hay nada que pueda herirme, que nada puede lesionarme, que los enemigos eran sólo el resultado de un juego de comparaciones, como ya se ha explicado.

Esto nos sitúa en una perspectiva de profunda armonía con todo. Porque no sólo yo soy esa energía en expresión, esa voluntad en expresión; es que los demás también lo son. Y detrás de las diferencias (a veces enormes) que hay entre las personas, entre modos de pensar y modos de conducta diferentes, existe esta misma Unidad: el Verbo expresándose.

Hemos de poder vivir, de poder intuir esa Unidad que hay detrás de lo aparente, esa Identidad profunda de mí y del otro. Sólo viviendo esa Identidad, sólo reconociendo a Dios en mí y en el otro detrás de las apariencias, empujando, tratando de expresarse según cada modo personal particular, sólo entonces la relación que yo establezca con las personas será creadora, enriquecedora, y me llenará porque estará renovando en mí un modo nuevo de percibir esta conciencia de realidad, y yo podré despertar en el otro un poco más de conciencia de esa propia realidad de sí mismo.

La práctica de la Presencia de Dios y la oración

Un modo práctico de hacer esto es vivir el ejercicio de la constante Presencia de Dios. Es obligarse a recordar que Dios está constantemente presente y actuando en mí; que es Él quien me está dando todo lo que soy y la posibilidad de expresar todo eso que me da, que me comunica mi propio ser, mi identidad. Darme cuenta de que Dios está ahí, que yo no estoy nunca separado de Dios ni El de mí; es mi mente la que se cierra, la que se pone de espaldas, es mi mente que, por pequeña y miope, se limita a lo aparente, a lo evidente, a lo que estimula el sentir más externo, más superficial. Cuando mi mente trabaja en un plano más profundo, intuitivo, entonces va reconociendo que existe en mí esta fuente que se está expresando constantemente; es Dios que se está expresando en forma de mi yo, y de ahí surgen todas mis capacidades. Y en las otras personas igual. Dios está siempre presente; Él es el verdadero fondo del yo de los demás y también el auténtico fondo de todo lo que ocurre.

Vivamos la Presencia de Dios a lo largo de todo el día; de un Dios que es Inteligencia absoluta, Energía absoluta y Amor absoluto. Y esos atributos que Dios manifiesta a través de mí se expresarán en la medida que yo lo permita, en la medida que yo me abra a ello; y que mi conciencia pueda aceptar que es así, porque si mi conciencia no lo acepta, si mi mente no lo reconoce, yo seguiré actuando en virtud del minúsculo esquema que tengo de mí. Es mi mente la que acepta o rechaza, la que abre o cierra, la que reconoce o ignora. La Presencia de Dios hay que vivirla mediante este reconocimiento constante de Dios presente y actuante en mí, en los demás y en todo, siempre y en toda circunstancia.

Además, yo puedo dirigirme personalmente a Dios y tener una relación humana, concreta, definida, sincera, con este Dios presente, con este Yo Absoluto que es Dios. Puedo dirigirme a El, y hablar con Él, con la misma naturalidad con que yo puedo hablar con la persona que más quiero, con la persona a quien más acepto, comprendo y admiro. Puedo tener este intercambio constante, sincero, en lo que siento, en lo que pienso, en lo que busco, al dirigirme a este ser Absoluto que está hecho de todas mis cualidades pero en un grado absoluto. Pues no se trata de un Dios inhumano, sino de un Dios, diríamos, humanamente absoluto, en el que todas las cualidades humanas están en un grado total.

Esta práctica de la Presencia de Dios, hecha mediante un reconocimiento reiterado, constante, a lo largo del día, y mediante una relación personal en forma de oración espontánea dirigida a Dios, es uno de los medios para ir reconociendo esta Identidad profunda y para convertir esto en una realización efectiva que transformará nuestra vida.

Resumen de la práctica

 Es bueno que se empiece con un rato especial dedicado a meditación y oración al empezar el día, para penetrar más y trabajar de un modo particular este reconocimiento y esta actitud de contacto personal con Dios. La práctica de la mañana será de unos 15 ó 20 minutos, dedicados a este reconocimiento y a este diálogo espontáneo e inconvencional con Dios. Luego, durante el día, irse repitiendo esta Presencia de Dios en cortas frases: «Dios está presente, Dios está actuando en mí»; y tratar de dirigirse a Él en oraciones breves pero sinceras y profundas. Cuando hay un alto en el trabajo o en momentos de descanso, aprovecharlos para renovar esta conciencia. Durante el primer tiempo que uno dedica a esta práctica es necesario el esfuerzo personal, de voluntad, para ir repitiendo, renovando la actitud de contacto. Y debe también ejercerse un control para ver en qué medida se es constante en el ejercicio. Por la noche, uno puede revisar las experiencias del día para comprobar si se ha mantenido esta Presencia de Dios, o en qué medida se ha aflojado, a qué es debido y en qué medida puede mejorarse en esta ejercitación.

Esquema del trabajo. Mañana: ejercicio de penetración mental en forma de reflexión profunda sobre la verdad de esta Presencia activa de Dios en mí y en todo; y una oración sincera, total, en que yo hablo con la máxima apertura con Dios; lo que me salga, lo que sienta. Durante el día: ir repitiendo estos actos de Presencia y de oración. Por la noche: repaso, para ver en qué medida se practica bien (o deficientemente) y cómo se puede mejorar.

16. LA PRESENCIA DE DIOS (II). EL SILENCIO

Fase receptiva: el Silencio

 La Presencia de Dios es algo que debe ser descubierto experimentalmente, y esta experiencia es lo que da comienzo a la vida espiritual.

No se trata sólo de que yo piense que Dios está presente, que este océano de felicidad y de inteligencia está en todo momento presente dentro y fuera de mí; tampoco se trata sólo de que yo me dirija a esta Persona Absoluta que es Dios en un diálogo de demanda y de aspiración. Todo esto hay que hacerlo, pero esto solamente es la puesta en marcha, la preparación para adecuar el terreno, pues esta práctica debe culminar en la experiencia activa de la Presencia de Dios en nuestro campo de conciencia.

Cuando yo estoy hablando con alguien importante y le estoy pidiendo un favor, o una información, o lo que sea, yo pongo el máximo interés, el máximo, énfasis en lo que estoy diciendo porque vivo la situación como algo muy importante. Pero una vez yo he expuesto lo que deseo, lo que pido, una vez yo he formulado de un modo explícito, claro, todo lo que hay en mí de demanda, entonces viene la otra parte en la que yo hago silencio para escuchar lo que el otro me ha de decir, para dar paso a la información o a la respuesta que estoy pidiendo.

En la relación con Dios es exactamente igual; cuando sólo se está pendiente de lo que pensamos, de lo que deseamos o de lo que queremos, todavía no hemos salido de nosotros mismos. Hay que pasar a la segunda fase en la cual yo dejo de hablar, dejo de pensar y estoy simplemente presente, receptivo, en espera de la respuesta.

Éste es el paso que resulta difícil a muchas personas. Porque todos nos hemos acostumbrado a hacer las cosas y a sentirnos vivir en la medida que hacemos, y nos parece que si no estamos haciendo algo no aprovechamos el tiempo. En el fondo estamos girando alrededor de nuestro yo personal y esto no nos permite salir de su círculo cerrado. Lo único que me puede hacer salir es cuando lanzo una demanda más allá de mí y luego quedo receptivo, en silencio, en espera de la respuesta. Mientras yo esté actuando, me expreso dentro de mi modo de ser y de hacer. Pero en el momento en que mi aspiración se dirige más allá del círculo del yo, hacia este otro que es Dios y me mantengo en silencio, entonces renuncio a mi continua afirmación de hacer; y este momento en que dejo de hacer, de pensar, de desear, en que todo yo estoy como un niño pequeño en espera de la solución, este momento es el más importante de la oración, es el momento en que damos paso a una Presencia y acción de lo Superior en nuestra conciencia.

 La respuesta

 Toda persona que haga una oración sincera dirigida a Dios -tal como intuya a ese Dios-, diciendo todo lo que tiene dentro, y que luego se quede en silencio, esperando en calma y haciendo un completo vacío interior, esta persona recibirá una respuesta. La respuesta vendrá en forma de un estado interior que es distinto del estado personal propio de cualquier momento de su vida. Un estado en el que aparece como una calma de un orden más profundo, o una paz que tiene solidez, o una luminosidad, o una alegría, o una libertad y ligereza interior, y que puede traducirse físicamente en una respiración espontánea más profunda. Este estado tiene un «sabor» enteramente distinto de lo que nosotros podemos vivir por nuestro propio esfuerzo; es algo que nosotros nunca podremos fabricar. Es algo que puede ser muy suave, pero tiene el sello de una calidad Superior. Esta paz, este silencio, esta calma, esta fuerza, esta luminosidad, esta libertad que nos viene, marca el momento de un cambio total, de una orientación distinta en toda nuestra vida.

En aquel momento yo tengo la certeza de que Dios establece un contacto directo conmigo, con mi conciencia. Entonces ya no soy yo solo que estoy tratando de relacionarme con las personas, con las circunstancias o con Dios; en aquel momento siento que hay una Inteligencia, que hay un Amor, que hay una mano que me conduce, que me empuja.

Éste es el instante más solemne de la experiencia interior. Y esta experiencia viene de una manera inevitable cuando se pone toda la sinceridad y se está a la espera. Siempre hay respuesta. La respuesta podrá ser sutil, no aparatosa, pero siempre la habrá porque Dios está siempre presente y lo único que obstruye esta Presencia vívida es que nosotros estamos cerrados en nuestros circuitos mentales y emocionales. En el momento en que nosotros abrimos una brecha mediante nuestra aspiración y nuestra demanda, y mantenemos la brecha abierta mediante nuestro silencio, en este mismo momento, de una manera inevitable, viene lo Superior hacia lo inferior.

Entonces comienza la verdadera vida espiritual, pues me doy cuenta de que ya no soy yo quien vivo, de que no soy una unidad aislada enfrentada a la vida, enfrentada a los demás, sino que esa Realidad que intuía y a la que he aspirado de muchas maneras empieza a aparecer en mi propia experiencia. Por sutil, por suave que sea al principio, la calidad que trae consigo es testimonio de que viene de una zona mucho más alta.

Nadie está excluido de esta experiencia, es nuestro patrimonio. Las enseñanzas de todos los maestros testifican lo mismo; también Jesucristo a través del mensaje del Evangelio nos invita a esta experiencia: «pedid y recibiréis»; «buscad primero el Reino de los Cielos y todo lo demás os será dado por añadidura»; «cuando quieras orar, entra en tu cámara, cierra la puerta y ora en secreto a tu Padre; y tu Padre, que ve en el secreto, te recompensará»; «todo lo que pidierais en mi nombre os será dado» Todo el Evangelio es una reiteración de la prioridad absoluta de este contacto con Dios y del descubrimiento de Su Presencia activa, viviente en nosotros: «el Reino de los Cielos está dentro de vosotros».

Constantemente, desde todos los ángulos se está señalando en la misma dirección; y la persona no puede decir que vive si no convierte esta experiencia en consigna. Esto es lo que nos hace participar de la vida Crística, de la vida del Verbo, de la conciencia Divina que está actuando en nosotros. Se trata de abrirnos a esta Presencia Superior para que sea ella la que dirija nuestra personalidad. En la medida en que nos abramos a esta Presencia y que la experimentemos aunque sólo sea por un instante, veremos cómo todos nuestros problemas se desvanecen. Problemas externos y problemas internos. Preocupaciones, miedos, ansiedades, problemas de cosas que no van bien, familiares, de enfermedades, etc. Veremos que todo esto que nos angustia, que nos preocupa, en el momento en que nos abrimos a esta Presencia activa de Dios, en el momento en que aparece este soplo divino en nuestro interior, veremos que se desvanece como por encanto la fuerza de todas las circunstancias que vivíamos como problemas importantísimos, insolubles.

No quiere decir esto que un solo momento de Presencia resuelva para siempre todos nuestros problemas; pero por un instante habremos saboreado algo auténticamente espiritual y por lo tanto real, y habremos visto que esto es suficiente para desvanecer durante un tiempo todas las angustias, las preocupaciones, todo lo que nos tiene interiormente aprisionados. Y no sólo se trata de una liberación interior, sino que se produce inmediatamente un cambio exterior; veremos cómo cambian las actitudes de las personas con quienes tratamos; cómo se arreglan las circunstancias, aunque no siempre según nuestro deseo o nuestro gusto, pero se arreglan.

Renovar esta experiencia de la Presencia activa de Dios es dinamizarnos de un modo real y cambiar la polaridad de toda nuestra vida. Antes mi vida estaba dedicada a defenderme, a afirmarme, a consolidarme frente a los demás y frente a las circunstancias. En el momento en que descubro el hecho real de que Dios está presente y activo en mí, entonces también descubro que toda seguridad, toda realidad, me está viniendo de esta Presencia y que esto es invulnerable, que no hay nada que afecte a esta Presencia de Dios en mí, y que esto no es algo que se refiere a otro mundo, sino que es el centro mismo de toda experiencia humana, sea cual sea el ámbito en que se manifieste, sea en el sentido de la salud, sea en el profesional o en el social, o en el de la paz interior. La Presencia de Dios es el centro de todo lo que ocurre.

Entonces dejo de buscar seguridad en las cosas, dejo de defenderme o de afirmarme en las situaciones, porque descubro que la única afirmación posible es esa Presencia de Dios en mí. La única satisfacción, la única plenitud posible, sólo me la puede dar esta Presencia. No porque yo lo crea o porque me lo hayan dicho sino porque lo descubro experimentalmente, porque la paz que se me da está por encima de todas las satisfacciones que puedan darme las cosas y las situaciones. Y tiene un carácter tan absoluto que todo lo demás se desvanece como el humo.

La vida se convierte entonces en un estar más y más permanentemente abierto a la Luz, a la Presencia Divina en nosotros, y aunque nosotros sigamos actuando de acuerdo con las exigencias cotidianas de nuestra situación, nos damos cuenta de que quien lleva realmente la dirección de mi vida no es mi inteligencia personal, mi previsión, mi cálculo, mi voluntad, sino que me doy cuenta de que hay una Voluntad Superior, una Inteligencia Superior, un Poder Superior que está actuando en mí, dinamizando en mí todo lo necesario. Es como si yo me descargara del enorme peso de llevar la responsabilidad de mi vida y de mi lucha, y la descargara totalmente porque me doy cuenta de que Alguien infinitamente poderoso es realmente quien está siendo el protagonista de esta vida. Y esto es una liberación interior extraordinaria.

 La Presencia está presente siempre

Ciertamente, al principio hay que trabajar porque predominan en nosotros los viejos hábitos mentales, los miedos, los recelos, las inseguridades; y aunque en un momento dado nos sentimos muy ligeros, muy libres, al poco tiempo vuelve otra vez la fuerza de la costumbre a encerrarnos en nuestras ideas, en nuestros miedos y precauciones, y hemos de renovar una y otra vez esta Presencia hasta que va adquiriendo una continuidad. Y llega un momento en que esta Presencia constantemente renovada cambia por completo toda mi actitud en la vida en un sentido totalmente positivo; donde había angustia, deja de haberla, donde había preocupación, duda, sospecha, todo eso deja de existir; y me doy cuenta de que interiormente estoy siendo conducido, como en el fondo siempre lo he sido.

Pero ahora reconozco que mi inteligencia no es nada más que una pequeña avanzadilla, una pequeña delegación de la Inteligencia Absoluta. Y al estar conectado con esta gran Inteligencia dejo de apoyarme exclusivamente en mi pequeña delegación. Entonces estoy constantemente atento para ver con claridad desde la Gran Mente, no desde mi pequeña mente; ésta se convierte en lo que realmente es: en una delegación.

Y esto no solamente afecta a la mente para ver y valorar las cosas, sino también al corazón para sentir y a la voluntad para actuar. Descubro que el amor no es algo que fabrico yo, sino algo que me es dado; y que, en la medida que yo me abro a esta Presencia activa de Dios, este Amor-Felicidad aumenta y aumenta, y es como un pozo sin fondo; es realmente una Fuente que mana desde la Vida Eterna. Y me doy cuenta de que la fuerza no es la que tengo yo personalmente, no es la que puedo acumular o renovar a través del descanso, sino que hay una Fuente enorme, fantástica, de Energía que está expresándose en mí, en la medida en que todo yo me mantengo abierto a esta Presencia activa de Dios.

Por lo tanto, esta Presencia activa de Dios no es sólo un objeto de devoción, no es para girar alrededor de ella como gira un satélite alrededor de un astro, sino más bien es como conectar un trole con el cable de alta tensión, gracias al cual la energía se transmite a la máquina particular y la dinamiza. Es ponerme en contacto con lo que es mi fuente absoluta, con el verdadero Yo, con el verdadero Ser esencial del cual yo soy una expresión en cada momento.

La Presencia de Dios vivida de esta manera es una afirmación total de uno mismo sin necesidad de afirmarse en lo exterior; uno se siente afirmado en su conciencia de ser, en su plenitud, en su seguridad, en su libertad. Ya no necesita reivindicar su seguridad y su afirmación mediante el quedar bien ante los demás, no necesita sentirse aprobado o alabado, su seguridad no depende del «tener» una casa, un ambiente social, etc. Todo esto puede necesitarlo el cuerpo, como es natural. Pero interiormente uno no necesita nada de esto para sentirse seguro, pleno. Está centrado precisamente en el otro extremo de las cosas: en el extremo de las causas, de la Causa Suprema, y no en el extremo inferior de los efectos.

Uno descubre que nunca las cosas pueden darme nada; lo único que me puede dar es la Causa, la Fuente Absoluta que me hace ser. Y que todo lo que yo puedo llegar a realizar, a vivir, a ser, me viene a través de la Fuente, nunca a través de los efectos, de las cosas, de las personas. También descubro que esta Causa que es la base de mi ser, de mi afirmación y de mi capacidad de hacer, es la misma que se expresa luego en forma de hechos, de personas, de circunstancias. Dios en mí me estimula a la acción y el mismo Dios a través del exterior responde a este estímulo. En la medida que yo me abro a la Presencia de Dios, mi interior y mi exterior se armonizan. En la medida que yo me cierro en mi conciencia aislada, individual, me separo de lo exterior y todo se convierte en extraño, en posible enemigo, y eso me hace vivir con angustia, a la defensiva o atacando. Pero si yo me abro a la Presencia de Dios descubro que esta misma Presencia es la que actúa dentro y fuera de mí.

Esto quita todo temor, porque me va vinculando más y más con todo, con personas y circunstancias; y me siento unido a todo, no veo oposición, veo que hay una misma dirección, una misma Inteligencia Suprema, una misma Voluntad y un mismo Amor que se están expresando a través de la inter-acción y a través de las diferencias. Y al vivir la afirmación central no busco la afirmación de lo exterior. Entonces consigo una libertad respecto a las personas y a las cosas porque no dependo de ellas, no las necesito para sentirme yo; pero al mismo tiempo me siento más próximo al interior de las personas y de las situaciones porque estoy más próximo a la Causa de mí y de estas situaciones, que es Dios.

Por esto, la vida cambia por completo de significado, de sentido; deja de ser una huída o una búsqueda compulsiva de seguridad personal para convertirse en un medio de expresión constante de algo maravilloso. Mi inteligencia actuará porque es su naturaleza el comprender, el ver; mi capacidad de hacer funcionará igualmente, porque para eso la tengo; Dios se expresa estimulando mis capacidades de hacer, de pensar, de conocer, de amar, de crear. O sea, que eso no elimina para nada nuestra vida activa, sino que ésta alcanza su máximo. Pero en lugar de alcanzarlo por un esfuerzo tenso y angustiado para conseguir unos objetivos, lo alcanza porque se convierte en un medio de expresión sin obstrucciones, adecuado a la expresión creadora de Dios a través de mí en cada momento.

 Receptividad, entrega, sinceridad

 El alma de todo esto reside en ese instante en que yo quedo en silencio, en el instante en que quedo receptivo como un niño recién nacido que depende totalmente de la asistencia de los demás. Hasta que yo no he llegado a este grado de entrega, de abandono infantil, yo no puedo ser receptivo a lo Superior. Mientras yo esté «removiendo» mis cosas, mientras esté «elaborando» mis productos, yo estoy en mí mismo, y estando ocupado en mí mismo no hay lugar para nada más.

Precisamente la oración tiene por significado no el decirle a Dios lo que necesito (porque Dios lo sabe mucho más que yo), sino para expresar la verdad tal como la vivo; y si yo vivo mi verdad en este momento como una demanda de unas cosas, o como una protesta de algo porque quiero algo distinto, pues esto es lo que debo expresar porque ésta es mi verdad presente.

Y mediante esta expresión no sólo doy paso a mi sinceridad sino que me vacío de lo que me llena; porque cuando yo lo he dicho todo, lo he expresado todo dirigiéndolo a Dios, entonces quedo vacío y disponible. Por esto, la oración es el preludio indispensable para la experiencia de Dios en nosotros.

La sinceridad en la oración es el requisito para que después pueda yo permanecer en silencio receptivo. Porque si yo me quedo cosas dentro, si yo hago oración del mismo modo que hablo con una persona, sólo con una parte de mi mente o de mi afectividad, el resto de la mente o de la afectividad siguen obstruyendo el paso a lo que ha de venir de Arriba. Es cuando yo me vuelco, me entrego y me vacío en la oración cuando quedo entonces disponible para que Dios llene este espacio que yo he vaciado. Quien haga esto descubrirá la realidad de esta Presencia viviente de Dios, o del Verbo, de Cristo en nosotros.

Para esto sólo se necesita sinceridad. Es independiente el que uno pertenezca o no a una iglesia, que uno tenga o no tenga una creencia determinada. Esta experiencia es algo que está a disposición de todos. Así lo enseñó Jesucristo; pues, en el fondo, los que se abren y participan de esta experiencia son los que constituyen la verdadera Iglesia, la Iglesia en el sentido interno, espiritual. Todos los que participan de esta Presencia, de esta Gracia activa del Verbo, éstos son la Iglesia viviente, espiritual, cuya cabeza es Cristo.

Aquella magnífica parábola que dice «yo soy la vid y vosotros los sarmientos; en la medida que permanezcáis adheridos al tronco daréis mucho fruto, en la medida que estéis separados no daréis fruto», es exactamente eso: en la medida que nosotros permanezcamos abiertos al tronco central, a la Fuente central, a Dios, en esta misma medida Dios se expresará creativamente en nosotros y fuera de nosotros. Pues todo bien, toda creación, desde lo más material a lo más espiritual, procede de la única fuente.

 Práctica diaria

 Esto nos obliga a dedicar todos los días un espacio a este contacto, a este reconocimiento de Dios presente, expresándome y vaciándome de lo que me preocupa y dejando sitio en mi mente y en mi corazón para que Dios pueda manifestarse de algún modo. Todos los días yo he de dedicar 15 ó 20 minutos (por la mañana si es posible) a esta práctica, con toda sinceridad; y el clima que se produzca, procuraré mantenerlo durante el día. También repetiré cuando me sea posible, aunque sea en períodos más cortos (de unos 5 minutos) el mismo proceso de oración y silencio receptivo, para renovar la experiencia de la mañana.

Durante la fase inicial hay que obligarse a hacerlo, porque nosotros somos como una máquina de costumbres y nuestra inercia nos lleva a hacernos vivir como siempre, pendientes de las ocupaciones y preocupaciones, de los hábitos y costumbres adquiridos. Es necesario obligarse a introducir estas prácticas, como unos paréntesis en los que nos aislamos por unos momentos de lo cotidiano y del propio mundo mental para establecer la conexión con la Fuente. Esto conviene hacerlo diariamente, una vez por la mañana y luego a lo largo del día, tres, cuatro o cinco veces, las que se pueda; y el resto del tiempo mantener este clima.

Debe mantenerse esto mediante un esfuerzo de la voluntad; pero no pasarán dos o tres meses (si se practica sinceramente) sin que uno note que hay algo, que algo está viviendo, que aparece, que se hace patente, que se comunica. Entonces dejará ya de existir este esfuerzo de la voluntad, porque en cuanto se gusta el «sabor» de esta Presencia, la calidad de esta Luz, entonces el peligro está por el otro lado; es la voluntad la que debe intervenir, no para hacer la práctica, sino para no descuidar las obligaciones diarias, pues uno se quedaría constantemente abierto a esta Presencia.

Desaparece el esfuerzo y esto va creciendo y creciendo hasta convertirse en algo fabuloso. Como también dice el Evangelio, es como esa «pequeña semilla que cuando cae en buena tierra y crece se convierte en un árbol frondoso donde vienen a hacer su nido millares de pájaros».

Este acto de oración y de apertura a la acción de Dios es lo que va desarrollando la semilla que se convierte en el árbol frondoso que luego llenará nuestra vida transformando el sentido de todo. Y en lugar de ser yo quien busque cobijo bajo la sombra de los demás árboles, yo me convertiré en un árbol firmemente enraizado, y además podré comunicar, podré dar a los otros algo de lo que yo estoy viviendo.

 Ayuda a otros

 Hemos dicho que la práctica de la Presencia de Dios disuelve nuestros problemas, pero curiosamente también puede utilizarse para ayudar a disolver problemas de los demás. Es como si esa Presencia actuara no sólo en mí, que soy el vehículo receptor, sino que se extendiera a todo lo que son contenidos de mi consciente. Y cuando yo soy consciente de alguien que tiene problemas, de alguien que está enfermo o de que pasa alguna dificultad, yo, manteniendo presente por un momento a aquella persona cuando se produce el descenso de lo Superior en mí, puedo constatar que ella recibe un beneficio, un cambio en su estado, sin que haya mediado ninguna acción exterior, ninguna palabra, nada absolutamente. Aquí tenemos una vez más un medio de experimentación, pues todo eso se explica para que se ponga en práctica.

Es incalculable el bien que puede hacerse. Aunque de hecho no lo hagamos nosotros, porque el bien se hace a través de nuestra disponibilidad,, es Dios quien lo hace a través de nosotros. Nunca creamos que nosotros hacemos algo, porque en el momento que me diga «yo, ahora voy a hacer algo por esta persona, voy a resolver su problema» o «voy a aliviar su sufrimiento», en este mismo momento ya estoy cortando mi contacto con la fuente. Toda mi gestión consiste en abrirme a Dios para que Él haga su voluntad. ¿Y cuál es su voluntad? Su voluntad siempre es Ser, es Amor-Felicidad y es Inteligencia. Dios no tiene otra voluntad; su voluntad y su naturaleza son idénticas, son lo mismo. Por lo tanto, Dios siempre se manifiesta en forma de Inteligencia, en forma de Potencia, en forma de Amor-Felicidad.

Pero no le pongamos nunca condiciones a Dios. No le pongamos requisitos diciendo: «yo lo que quiero es esto de esta manera», porque Dios no es un suministrador que ha de satisfacer nuestro pedido a nuestro modo. Yo he de dejar que sea la Inteligencia de Dios, su Poder y su Bondad quienes hagan las cosas. Pero si creo que puedo decirle a Dios cómo mejorar o perfeccionar su visión, entonces estoy completamente equivocado y no es a Dios a quien me dirijo. Yo puedo pedir la solución de los problemas, puedo pedir mi paz interior, mi afirmación, el descubrimiento de mi realidad, pero lo que no puedo ni debo hacer es decir cómo lo quiero; porque el cómo está elaborado según mis ideas personales, y en la medida que estoy deseando aquel cómo, estoy afirmando mi personalidad, estoy obstruyendo la disponibilidad, la apertura incondicional a Dios.

 

17. LA PRESENCIA DE DIOS (III). LA FELICIDAD

 Nuestra identidad profunda es Felicidad

 Dentro del desarrollo de nuestras facultades superiores en el nivel espiritual hemos de tratar algo que parece utópico y que no obstante está al alcance de nuestra conciencia. Es lo que podríamos llamar el arte y la ciencia de la Felicidad.

Se suele considerar que la felicidad es algo de otro mundo, que en esta vida es imposible encontrar nada que sea realmente y definitivamente pleno, pero esto se refiere a nuestro modo habitual de funcionar. Nosotros estamos destinados a vivir la felicidad, la más grande plenitud que podamos soñar; es nuestro destino, porque es nuestro origen, nuestra fuente. La naturaleza de nuestro ser, la Identidad profunda de nosotros mismos está hecha de felicidad porque somos expresión Directa de la Felicidad de Dios, del Absoluto.

Como siempre, el problema está en que nosotros consideramos que la felicidad ha de ser el producto de algo, que nos ha de llegar como consecuencia de cumplirse una serie de requisitos o de condiciones que nosotros ponemos a nuestra vida. Yo me he hecho una idea de mí mismo y de la vida, y creo que sólo en la medida en que se realicen los deseos o proyectos que yo tengo -de mí, de los demás y de mi situación-, que sólo entonces podré ser feliz. Éste es un error de base. La felicidad no está nunca en el mundo, nunca procede de nada ni de nadie, sino que la felicidad está en la fuente de nuestro ser, está en la Mente Divina que nos está haciendo existir.

La felicidad es la naturaleza más profunda de nosotros mismos; y es algo que viviremos en la medida en que nos obliguemos a cultivarla, a abrirnos a ella. No es algo que nos ha de venir, sino que es algo que se ha de producir en nosotros cuando dejemos de buscarla en donde no está.

Toda felicidad viene de Dios

 Tendríamos que meditar largamente en que todo placer, toda satisfacción que nos puedan dar las cosas, las personas, las situaciones, no son nada más que una pequeña partícula de la Felicidad Absoluta que es Dios; no es ésta otra felicidad, sino la misma que nos pueden dar las situaciones más idealizadas. La misma felicidad que yo puedo encontrar en un amor pleno, correspondido; o que puedo encontrar en un ideal de amistad, en una buena música, incluso en una buena comida y en las experiencias más elementales de nuestra vida, esta misma felicidad en grado Absoluto, esto es Dios.

No es otra felicidad. No es que tengamos que renunciar a una felicidad para que a cambio se nos dé otra que dicen que vale más. No. Toda felicidad que nosotros vivimos es expresión de la única Felicidad, que es el Absoluto. El mal está en que nosotros nos limitamos a desear una determinada felicidad, un modo de felicidad, a través de unas circunstancias determinadas, y esta condición que ponemos, esta dependencia de unos modos determinados de ser feliz, esto es lo que pone barreras a nuestra capacidad de descubrir y realizar la felicidad. Las mejores cosas de la vida solamente hacen despertar en mí algo de esta felicidad. No me dan, sino que despiertan, actualizan felicidad.

Habríamos de meditar sobre la naturaleza del bien, de lo agradable, del bienestar que buscamos en la vida y llegar a descubrir que este bien que buscamos es una expresión del mismo Dios que nos anima y que se expresa a través de nuestra vida y de nuestra conciencia. Cuando yo pueda ver que Dios es la Felicidad absoluta inalterable, y que este Dios es algo que está presente en mí, que es algo que está pidiendo que yo lo reconozca, que me abra a Él, entonces ya no correré detrás de unas situaciones (o no huiré de otras), porque descubriré que nada puede darme lo que ya está en mí desde siempre. Aprenderé a amar a este Dios que está mí y en todas partes y a abrirme a esta Presencia que es Amor-Felicidad. Entonces la vida interior no es una vida de obligación, de esfuerzo, de ascesis, sino que es una vida de plena expansión de conciencia, de constante descubrimiento de un nuevo modo de vivir feliz.

Pero es imposible que yo pueda vivir esta felicidad, que pueda tomar posesión de esta herencia, que es mía y que me es dada en cada momento, si yo creo que la he de encontrar en otra parte o que la he de realizar a través de unas condiciones externas determinadas. Por eso es importante que yo aprenda cómo funciona este circuito de la felicidad. En la felicidad ocurre como con el impulso vital: éste nunca me viene dado de fuera; el impulso vital es la esencia, el centro mismo de mi ser y tiende a irradiarse. Y en la medida que se expresa, en la medida que se exterioriza de un modo inteligente, crece. En el amor-felicidad es exactamente igual. En la medida que le doy paso, que lo expreso, que lo cultivo, que lo acepto, que no le pongo límites, en esa misma medida crece. Como ocurre con la inteligencia: en la medida que yo la ejercite, que la exprese, en esta misma medida crecerá.

El criterio acumulativo no conduce a la felicidad

 En esto, sin darnos cuenta, aplicamos un criterio material, creyendo que estas cualidades básicas son algo que, a semejanza de lo físico, lo tendremos por posesión acumulativa, que es algo que nos ha de venir del exterior y que, reteniendo determinadas cosas, retendremos una determinada felicidad o bienestar. Y aplicando este criterio es cuando nos encontramos con repetidos fracasos.

Si yo me centro en la intuición que tengo de que Dios es la felicidad y de que Dios es, al mismo tiempo, la Fuente que me está comunicando mi propia vida en todas sus manifestaciones permitiré que esta felicidad se manifieste en mí del mismo modo que yo puedo tomar el sol poniéndome conscientemente bajo sus rayos. Cuando yo pueda mantenerme centrado en esta intuición de Dios presente como Felicidad y Amor absolutos, interiormente relajado, contemplando, y dirigiéndome afectivamente a este Dios-Amor, es como si yo permitiera que ese amor, esa felicidad, me llenaran desde dentro, y pudiera irradiarlos después hacia fuera.

Éste es el secreto de la felicidad. Nunca es por acumulación ni por posesión de nada, sino por reconocimiento de la Fuente y apertura de la mente, del corazón y de la voluntad a esta Presencia de Dios en nosotros. Este cambio de actitud es el que requiere un esfuerzo: de la actitud de esperar de las cosas a dejar de depender de ellas centrándonos en esta intuición y aspiración interna.

 Práctica liberadora

 Este cambio exige disciplina. Hay que obligarse a hacerlo durante un tiempo -que no será mucho-, hasta que uno pueda descubrir que esto funciona realmente así, hasta que uno sienta esta Presencia cálida y gozosa dentro de sí mismo. No hay que hacer nada más que esto: meditar en la naturaleza de Dios como Amor Absoluto y mantener esta intuición abriendo, relajando la mente, el sentimiento y la voluntad. Éste es el camino, el medio concreto para descubrir cómo esta felicidad, esta plenitud, este amor, está ahí en todo momento, esperando que nosotros nos pongamos receptivos y disponibles, para poderse expresar.

Esta práctica nos hace independientes del mundo exterior, nos libera de las circunstancias, de las situaciones. Hay que llegar al momento en que uno siente ese amor, esa felicidad, ese calor especial que viene realmente de otro mundo y que es de una calidad totalmente diferente de todo lo que podamos fabricar por nosotros mismos.

Cuando descubrimos que en nosotros existe esta Presencia viviente, cada acto de nuestra vida cambia. Es como si descubriésemos queda vida tiene una dimensión en profundidad y una riqueza en calidad que hacen que las situaciones dejen de tener importancia por sí mismas; entonces, las situaciones se ven sólo como un medio para poder expresar esta felicidad, ese amor, ese calor, esa Luz interior.

Entonces no hay situaciones pequeñas ni situaciones grandes. En todas llega a existir una actitud indiferente, relativamente hablando, ante lo externo de la situación. Pero toda situación es extraordinariamente importante, aunque la importancia de la situación no viene de lo que espero de ella (como ocurre ahora), sino que se origina en el modo de vivirla, en este modo pleno, luminoso, y se ve como un medio, como una oportunidad para renovar y expresar la felicidad interior.

Podríamos decir que el sentido de nuestra vida está en buscar la felicidad, y que vamos tropezando con obstáculos y desengaños hasta que descubrimos dónde está esta felicidad; y que está justo en el extremo opuesto de donde la estábamos buscando, pues la felicidad no está en el objeto sino en la raíz del sujeto, no en el tú, en el ello, sino en la base del yo, allí donde Dios está haciendo que yo sea yo.

Cuando descubro que esta Presencia ya está ahí, a mi disposición, y que sólo necesito dejarla que actúe y abrirme a ella para sentirme más y más lleno de esta paz, de esta fuerza y de esta plenitud, entonces la vida se convierte en una constante expresión gozosa. Ya no quiero nada, no busco nada (para mi interior) del mundo de las personas; ya no estoy pendiente de si me alaban o no, de si me aceptan, de si les soy simpático o no. Ya no vivo en el riesgo de sentirme criticado o rechazado, de tener éxito o de no tenerlo. Sé que el único éxito está en la realización de esta plenitud divina en mí y que eso puedo cultivarlo momento tras momento.

También la vida se convierte en un medio de auténtico servicio, en un medio de ser útil a los demás; eso quiere decir ayudarles a que ellos sean más ellos mismos, a que vayan encontrando más y más esa autenticidad y esa plenitud. Yo no necesito que los demás acepten mi modo de ver, no tengo que «convertir» a los demás a mi modo de pensar o de vivir; pero que todos estamos destinados a esta plenitud; que lo que es el origen de nuestra existencia es también el fin y el objetivo de nuestra existencia, y que nadie se puede perder por el camino. En la vida, el drama sólo existe cuando yo creo que se va a perder algo fundamental; pero si yo sé que siempre se va a ganar lo fundamental, si estoy realmente convencido de ello, desaparece toda posibilidad de drama; entonces la vida se convierte en un juego escénico, en una representación re-creativa.

Examen de las actitudes en la vida cotidiana

 Deberíamos examinar nuestras actitudes en la vida diaria y ver si somos consecuentes con el principio de que la plenitud está a nuestro alcance abriéndonos a Dios presente en nosotros. Deberíamos ir reconquistando las tendencias producidas por muchos años de vivir de manera identificada, extravertida, rectificando nuestras actitudes, sin buscar nuestra afirmación en lo externo, sin buscar otra afirmación que la afirmación absoluta de Dios en nosotros. Que yo no busque la felicidad en el mundo ni en las personas; que busque la felicidad en la Felicidad absoluta que es Dios en mí.

Y he de ir repasando mis actitudes para ver cómo yo, en mi vida diaria, todavía caigo en la inercia de esperar de las cosas, de las personas, del futuro, algo que me haga feliz. Nada puede hacerme feliz o darme plenitud, gozo, si no es abrirme a Dios en mí.

 El sentido de cada instante

 El sentido de la vida no es sólo el sentido global de la vida, es el sentido de cada instante de la vida, pues si yo no vivo este sentido en cada instante, yo no podré realizar este sentido. En mi etapa de búsqueda, el sentido de la vida es encontrar la plenitud; luego, si éste es el sentido de la vida, éste es también el sentido de cada momento de la vida, de cada circunstancia; porque «la vida» es un término demasiado general, y si me conformo con esta idea general descubriré que mi conducta particular está muy lejos de este objetivo. Es convirtiéndolo en objeto efectivo de ahora y del momento siguiente como yo realizaré este objetivo. Es, pues, una consigna de cada momento. ¿Estoy abriéndome ahora a lo que es la plenitud, la felicidad, el ser, la verdad, me estoy abriendo a ello? ¿O estoy esperando que algo o alguien me dé un poco más de afirmación o de satisfacción?

Esta perspectiva se podrá ir rectificando mediante la práctica de la meditación y de la Presencia. Esto, al principio, puede darnos la impresión de que nos aísla de las personas, de que disminuye el estímulo, el interés, la motivación que antes teníamos; y es que, ciertamente, la motivación cambia, pero cambia para mejorar. Porque mi motivación será interna, la de expresar algo que vivo, y el resultado será mucho más pleno que si estoy crispado por si me sale bien o mal lo que tenga que hacer.

 Somos instrumentos de Dios

 Nosotros somos como unos instrumentos conscientes, inteligentes, en manos de Dios, para poder expresar un poco más Su plenitud en la tierra. Somos canales para poder iluminar -mediante Su acción a través de nosotros- un poco más a los demás. No porque yo tenga que enseñar nada ni porque tenga que cambiar o iluminar a nadie, sino solamente porque dejo que Dios a través de mí haga su trabajo de iluminación, de redención. No soy yo quien hago; sólo dejo que Dios haga en mí y a través de mí. En el momento en que creo ser yo, personalmente, quien hace algo, estoy ya cerrando esta apertura hacia Dios, esta puerta de entrada de Dios en mí.

Para que Dios actúe en nosotros es preciso mantener nuestra mente y nuestra afectividad abiertas a su Presencia. Entonces, toda vida adquiere un sentido nuevo. No en el sentido de realizar grandes cosas, pues la vida más aparentemente minúscula y aislada puede adquirir entonces una enorme significación, al convertirse en un canal de transmisión de un poco más de luz, de paz, de fuerza, de gozo, para los demás. Es un trabajo que nos transforma y a la vez hace más felices a los otros.

No se trata de vagos sentimentalismos; se trata de algo tan real como las cosas más reales que existen. Precisamente, yo no he de tener una actitud sentimental -en el sentido peyorativo que se da a la palabra- al tratar con los demás; yo he de tener una actitud entera, sólida, maciza, pero con una gran apertura interior a Dios presente en mí. Y entonces, dentro de mi actitud decidida, clara, sólida, fuerte, se filtrará algo que el otro percibirá, o le beneficiará aunque no se dé cuenta; algo que será una auténtica ayuda para el otro, sin que yo mencione nada relacionado con la vida espiritual, sin necesidad de mostrarme como un apóstol o como divulgador de alguna ideología. Es algo secreto, es algo entre Dios y yo; pero dejando el sitio disponible para que Dios haga su trabajo a través de mí. Esta experiencia está al alcance de todos, pues Dios no tiene ninguna preferencia. Toda persona que tenga una sincera aspiración y la intuición de la Presencia y existencia de Dios en todo, tiene a su disposición esta experiencia, pero hay que estar allí, hay que ir a por ello.

No nos lamentemos de los problemas, de las circunstancias, etc. En lugar de lamentarnos, trabajemos para abrirnos a la Fuente, trabajemos para la solución única, real. Con esta práctica todos los problemas de inseguridad, tensión, depresión, neurosis, fobias, filias, etc., todo se desvanece como se funde un pedazo de hielo a la luz del sol. Todos los problemas existen sólo por defecto de esta Presencia Divina, porque lo positivo ha dejado de expresarse de un modo intenso y lo negativo lo sustituye, pero sólo como ausencia temporal de lo positivo. Todos los estados de miedo, de angustia, no son más que esta ausencia de la Conciencia de ser. Todos los problemas son ausencia de Dios; con su Presencia todos los problemas psicológicos se derriten, desaparecen. Pero hemos de abrirnos, cultivar, vivir esta Presencia mediante la receptividad y el silencio.

Esta práctica no sólo nos llenará de paz y de armonía interior sino que ésta se traducirá en armonía exterior, pues todo lo que nosotros vivimos habitualmente es la exteriorización de nuestro estado de conciencia; o sea, que las cosas tal como se presentan estructuradas a nuestro alrededor (en lo externo) son la cristalización material de nuestra conciencia interior. Cuando nuestra conciencia se ensancha, se eleva, en consecuencia se produce un cambio en lo exterior; la conciencia interior iluminada da como fruto una armonía exterior en las cosas, en las personas, en todo.

Lo exterior es un reflejo de lo interior. En un árbol, los frutos brotan de él, no vienen del exterior, salen de dentro del árbol. Nosotros somos como el tronco del árbol y todos los frutos que aparezcan son la exteriorización de lo que vive por dentro del tronco, en forma de circunstancias, relaciones, etc., y si la conciencia interna es realmente Superior, está iluminada por la Presencia de Dios, los frutos serán armónicos, llenos de luz.

Nosotros creemos que lo exterior no depende de nosotros. Pero todas las cosas, todo lo que existe, está ahí porque una conciencia la está creando. Luego, otras conciencias -nosotros- lo atraemos y lo retenemos, y cada persona tiende a atraer aquello que está de acuerdo con su estado de conciencia.

Por eso vemos personas con problemas interiores que, a dondequiera que vayan, reproducen estos problemas; personas con una mentalidad estrecha que, aunque tengan mucho dinero, viven estrechamente; y otras, en cambio, aun con medios escasos, que viven interiormente más libres porque su conciencia es más amplia. Lo exterior se configura de acuerdo a lo interior porque es su efecto. Y en la medida en que nuestra conciencia se eleva, se ensancha y se mantiene abierta a esta Presencia activa de Dios, veremos cómo las cosas externas van cambiando por sí mismas. Esto nos recuerda aquella frase del Evangelio tan mencionada y tan poco entendida -y tan poco practicada- que dice: «buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os será dado por añadidura». Esto es una ley exacta. Es algo de lo que podemos beneficiarnos todos sin que tengamos que hacer otro esfuerzo que el de mantenernos fieles, abiertos, conscientes, disponibles, a esta Presencia de Dios en nosotros.

18. LA PRESENCIA DE DIOS (IV). LA VIDA COTIDIANA

 La Presencia de Dios en lo exterior

 Aprendamos a ver esta Presencia de Dios en todo cuanto sucede, en los hechos de cada momento. Pues no hay nada que ocurra sin esta Voluntad todopoderosa de Dios, sin que sea expresión de esta Inteligencia universal que es Dios; estamos asistiendo constantemente a la materialización de la Presencia de Dios. Hemos de reconocer esta Presencia activa de Dios en todo. Pero estamos acostumbrados a reaccionar ante las cosas con esquemas viejos, con categorías ya establecidas, con hábitos; y aprender a mirar más allá de lo que estamos acostumbrados a ver requiere un esfuerzo activo, una voluntad de descubrir, una exigencia de ver la verdad detrás de las apariencias. Por esto es necesaria una práctica.

Si yo vivo la Presencia de Dios en mí y descubro que mi vida es algo que no nace originariamente en mí, sino que soy un canal de la Divinidad; si en los momentos de silencio yo doy acogida en mi conciencia a esta Presencia viviente de Dios en mí, entonces me será posible ensanchar este mismo reconocimiento de Dios actuando en lo exterior.

 La «ficha» que hacemos de los demás

 Esto hay que practicarlo en relación con las personas que nosotros tratamos y con quienes convivimos. Ahí veremos cómo la costumbre ha hecho que nosotros creamos que conocemos a una persona porque nos hemos formado una imagen y una idea de ella, y la hemos clasificado de acuerdo a unas características de su conducta o de su expresión. Y este registro es el que usamos en nuestro trato con la persona. O sea, que ya no la miramos a ella, sino que sacamos la ficha que dice: «esta persona es amable», «tal persona es generosa», «ésta es antipática», etc.

La persona no es egoísta, la persona no es amable, no es ignorante, ni inteligente, ni es nada de lo que podamos decir. De hecho, no sabemos lo que es la persona y hemos de tratar de descubrirlo constantemente. Siempre que nosotros nos referimos a datos anteriores (del pasado) que tenemos de la persona, eso impide descubrir algo nuevo de ella. Hemos de afinar nuestra visión, nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestro afecto para tratar de descubrir más y más lo que es el otro.

La persona no es lo que hace. Su hacer es una consecuencia de todas las cosas dinámicas que hay dentro de la persona. Si a mí me identificaran por un simple rasgo, por ejemplo, si yo suelo hablar de un modo, digamos, un poco «seco», y entonces me calificaran de persona «seca», adusta (o áspera), seguramente yo me lamentaría de la poca visión de los demás, porque yo sé que, aunque a veces pueda hablar de un modo «seco», yo soy y vivo interiormente muchas otras cosas que son las que me empujan a hacer y a expresarme. Entonces, cuando se me identifica por algo parcial en mí, eso no es una definición de mí.

En relación con las personas que tratamos y con quienes convivimos, observemos ¿qué noción tenemos de ellas? ¿Nos hemos contentado con registrar sus modos de conducta, de hablar, de reaccionar, en forma de «ficha»? ¿O tratamos de comprender, penetrar, descubrir a la persona en cada momento?

Nos proyectamos en los demás

 Otra cosa que afecta a nuestra relación humana es que nosotros proyectamos sobre las personas nuestros deseos y nuestros temores. Yo, a las personas que amo, les estoy proyectando las cosas buenas que yo deseo; y así espero que la persona buena, la persona amable, se comporte conmigo de acuerdo con la imagen y el deseo que yo tengo. Después ocurre que aquella persona tiene diversas formas de manifestación; unas veces será amable y otras no, y en otras será de otra manera. El caso es que mi deseo, o mi esperanza (o exigencia), no se corresponderá con la realidad.

En la medida en que yo espere algo de la persona, estaré comparando constantemente esto que espero con lo que la Persona realmente hace. Entonces, una vez más, no veré lo que la persona es, sino que estaré viendo lo que no es, lo que no hace, estaré viendo la diferencia con mi imagen idealizada. Miremos si esto es así en nuestra relación familiar y con las personas que decimos que aceptamos y que amamos.

Yo he de poder comprender a las personas por sí mismas, no en relación a una idea que yo tenga, no comparativamente con otras personas, sino por sí mismas. Si yo me obligo a ver a la persona con una mirada renovada, sin echar mano de mis nociones antiguas sobre ella, yo podré descubrir cosas nuevas. En primer lugar, porque siempre han existido en la persona otras cosas que las que yo he visto, y en segundo lugar, porque todos estamos cambiando constantemente. Nuestra mente es la que se ha formado una imagen estática de la persona y esta imagen la ha inmovilizado en un «clisé» Pero las personas no son nunca estáticas sino que son un fluir continuo de vida.

 La vida es positividad

 Las personas son la confluencia de varias corrientes de cualidades vivas. Todas las personas son básicamente positivas, están hechas de cualidades positivas; cada persona es una suma, variable en cada momento, de realidades positivas. Lo que yo llamo negativo es el resultado de compararlo con otras cosas. Al aprender a mirar a las personas en directo, sin referencia ni comparación alguna, yo descubriré que la persona es un río de vida, de vida positiva; que es un haz de cualidades, de inteligencia, de energía, de amor. En grados distintos, a niveles distintos, en formas muy distintas, pero la persona básicamente sólo es eso. Lo que la hace vivir es esa energía profunda; toda su inteligencia es inteligencia; y toda su vida interior está buscando su afirmación, está buscando una satisfacción, una plenitud, exactamente como yo, y el otro, y el otro.

Esto es lo básico, lo que nos hace vivir. Es nuestra naturaleza profunda, es Dios que está expresando sus cualidades intrínsecas a través de cada cosa y de cada persona. No hay nadie que tenga ningún defecto. Defecto quiere decir deficiencia de algo. Y ¿de qué puede ser la deficiencia? Simplemente de algo positivo. Pero observemos: la persona, toda ella, está hecha de algo positivo; es lo positivo. Es cuando yo comparo esto positivo (lo positivo que se expresa) con otra forma de expresión que yo valoro como más positiva, cuando a esta diferencia la llamo negativa. O sea, que mi valoración de la persona se hace por esta diferencia, por este contraste, por lo que no es, no por lo que es.

Esto es muy importante porque pone barreras entre las personas e invalida gran parte de nuestra relación. La misma Fuente que me anima a mí, la misma Luz que ilumina mi mente, mi espíritu, mi ser, es exactamente la misma que anima al otro. Todo es expresión de una Fuente única. Es por esto por lo que se dice que Dios es el Padre y que nosotros todos somos hermanos; hermanos no en un sentido sentimental, sino porque todos somos expresión de la misma Fuente, porque estamos vinculados al mismo origen, porque estamos enraizados en el mismo suelo.

Multiplicidad

Si yo me abro más y más a la evidencia permanente de la Realidad en mí, que es Dios, iré descubriendo paralelamente esa Presencia dinámica de Dios en el otro, y en el otro, expresándose en formas distintas y dando lugar a un muestrario increíble de formas de expresión, a contrastes, a aparentes contraposiciones; y son precisamente esas diferencias, contrastes y contraposiciones las que permiten el movimiento, la acción, la reacción, la creación. Si todos fuésemos iguales, uniformes, no existiría el movimiento, no sería posible la relación, pues para relacionarnos con alguien, para poder actuar en relación a alguien, es preciso que éste sea diferente de mí. Es la diferencia lo que hace posible el movimiento, la comunicación, la transformación, el crecimiento.

Así resulta que necesitamos ser diferentes pero por otra parte somos una sola cosa en Dios. Cuando nos olvidamos de esa sola cosa que somos en Dios, entonces surgen separaciones cada vez más fuertes y marcadas, porque cada uno se siente solo y enfrentado a los demás, y necesita protegerse, defenderse, asegurarse; esto es lo que crea separatividad, oposición, lucha.

Pero en la medida en que se olvidan las diferencias, entonces se va al extremo opuesto y se tiende a idealizar ciegamente a la otra persona; por el hecho de ser expresión de la divinidad ya tiene en sí todas las cualidades en el grado en que las estoy imaginando o idealizando. Entonces yo no vivo la realidad de sus formas concretas de expresión; por vivir exclusivamente el aspecto unidad, yo me estoy, diríamos, incapacitando para manejar las relaciones a un nivel concreto, para una inter-relación enriquecedora. O sea que los dos extremos resultan erróneos tomados aisladamente.

La verdad del otro y la correcta relación la encontraré cuanto más yo esté en el Centro, pues a través de mi centro yo me acerco al centro del otro, a través de mi autenticidad me acerco a la autenticidad del otro.

Lo que decimos no es ninguna utopía. Lo utópico es pretender que los demás sean de una forma determinada. Se trata de vivir abierto a Dios en mí, y esto produce una conciencia de unidad, de universalidad, que hace que yo comprenda que el otro no es distinto de mí, que no existimos realmente separados, que la humanidad forma un organismo viviente, un cuerpo múltiple de un Alma, de una Voluntad, de una Inteligencia Superior.

Sólo a través de los demás yo completo mi conciencia de ser, de existir. Pero, por otro lado, yo he de vivir muy concretamente las diferencias; pero éstas no me han de servir para dividir, las diferencias las he de ver como expresiones diferentes de la misma cosa. Gracias a la unidad, cuando me abro a la conciencia de unidad, vivo la noción de realidad, de simplicidad, de autenticidad. Pero gracias a la multiplicidad yo enriquezco los modos existenciales de mi conciencia, veo otras facetas y amplío mis modos de expresión y de comprensión, y ensancho mi conciencia manifestada en la medida que intercambio y me abro a los demás.

Si yo quiero descubrir a mi Dios dentro de mí y aparte de los demás, estoy descubriendo a Dios a través de un agujerito. Es cuando, paralelamente al descubrimiento de Dios en mí, intento descubrir la realidad, la vida auténtica del otro, cuando entonces este agujerito, esta pequeña zona de conciencia se va ensanchando hasta formar un campo extenso, campo que todo él es medio, camino, para esta conciencia de Dios.

 El Amor

 La Conciencia de Dios no sólo es algo que está Arriba en relación a nuestra conciencia personal, sino que es algo que lo incluye todo. Todo Es en la Conciencia de Dios. Cuando yo me abro al Todo y a cada cosa particular, estoy ensanchando mi capacidad de descubrir ese Todo en manifestación.

De este reconocimiento de la Unidad surge el Amor. Y el amor no es tanto un deseo de dar algo, sino que es el descubrimiento de que ya se posee lo Esencial; que la Vida detrás de las apariencias es ya una Plenitud, y esta conciencia de plenitud, esto es realmente el Amor. El Amor es la Conciencia interna de la Unidad.

Este Amor es el estado subjetivo del Ser Absoluto, y es el que se expresa luego en lo existencial en forma de afecto, en forma de servicio y de voluntad al bien. Si nosotros vivimos más y más esta conciencia profunda de Ser en la Unidad, en lo único que es en todo lo que es, el Amor será una Realidad viviente en nosotros. Este amor no dependerá para nada de los demás, sólo del Ser que lo es todo, porque ese Amor es el estado esencial del Ser.

Pero al mismo tiempo (que esta conciencia de Ser) nosotros existimos fenoménicamente, somos una expresión dinámica una encarnación viviente de este Ser; así, este Amor Felicidad se estará expresando a través de nuestra acción. Enraizados en esta conciencia de Ser, nuestra vida será una expresión del Amor, de la Inteligencia y de la Voluntad divinas. Entonces veremos que todo el mundo -lo sepa o no, lo quiera o no- está haciendo lo mismo. Todo el mundo es expresión de esta felicidad, de esta inteligencia y de esta voluntad divinas, lo sepa o no; y ahí está la gran diferencia entre la persona feliz y la persona desgraciada: la diferencia está en que uno lo sabe y el otro no.

Esta noción de Dios es simplemente un problema de reconocimiento. Yo ya estoy siendo conducido por Dios (porque «ni una hoja de un árbol cae sin Su voluntad»), sólo que creo que soy conducido por mí mismo, por mis ideas, mis deseos, mi talento, etc., y esta afirmación en lo individual la pago luego con esta guerra frente a todo lo demás, con sentirme aislado de todo el resto. Pero cuando yo reconozco que la verdadera Realidad que intuyo es este mismo Dios que se expresa en mí, y me abro y me entrego totalmente, este reconocimiento transforma toda mi conciencia; dejo de ser yo quien lucha o quien se defiende, y dejo paso a que sea Dios quien cumpla Su voluntad a través de mí, porque entonces mi afirmación no está en ser de un modo, sino que está en ser en el Ser. No está en conseguir que me amen sino en abrirme al Amor; no en descubrir unas verdades o realizar unas elaboraciones mentales, sino en reposar en la Luz que ilumina a lodo ser humano.

Y así vivimos el misterio por el que las cosas tienen una Identidad única, y a la vez esa Identidad única se expresa a través de la multiplicidad en constantes procesos de renovación, de cambio, de reafirmación. Es lo múltiple dentro del Uno. Es el Uno a través de lo múltiple. Es la Plenitud que se está renovando, es el Ser que se está re-creando.

 Naturalidad

 ¿Quiere decir esto que ante las personas hemos de tener una actitud idealizada, mística? No; simplemente, ante las personas nuestra actitud debe ser natural, sencilla. Pero ante nosotros mismos hemos de estar muy despiertos y presentes, y totalmente receptivos ante la Presencia de Dios en nosotros. Y permaneciendo receptivos hemos de expresarnos con naturalidad, con espontaneidad. Esta espontaneidad puede conducirme en ocasiones a defender un punto de vista, a ejercer una acción o una presión, a luchar si es preciso; pero no porque yo estoy defendiendo algo -mi idea personal, mi gusto personal o mi miedo personal-, sino porque Dios se expresa en mí a través de mi modo de ser. Yo no defiendo nada mío sino que dejo que Dios se exprese de un modo múltiple: a través de una expresión gozosa, o de una expresión combativa, a veces de una manera más fría, más controlada, o más eufórica, o alegre; del modo que sea. No soy yo quien elige el modo; una vez me entrego a esta Presencia, dejo que ella dirija mi vida.

Es natural que yo todavía no haya conseguido esta entrega absoluta, que esté interfiriendo en esta acción de Dios en mí; es natural y no tiene importancia. Sobre todo, no nos recriminemos, no estemos pendientes de si lo hacemos bien o mal, dejemos de preocuparnos por nosotros habiendo algo mucho más grande en que interesarnos, pues cada vez que pensamos en nosotros -aunque sea con la idea del bien y de mejorar- estamos haciéndolo mal. Cuando más pronto nos olvidemos de nuestra perfección, de nuestro bien, para abrirnos al Bien, a la Perfección, más pronto habremos eliminado todos los problemas y funcionaremos mejor.

Por lo tanto, no nos preocupemos de nuestros altibajos; siempre que nos preocupamos por nosotros, regresamos, descendemos. Dios es lo único que vale la pena de ser pensado y vivido en todo momento. Y en Dios vivirlo todo; desde este punto alto -por encima de la cabeza y atrás-, centrándonos ahí, vivirlo todo, lo que vivo en mi nombre y todas las circunstancias que me rodean. Eso no es vivir en las nubes, es aprender a unir el cielo y la tierra porque ésa es nuestra misión.

La consigna es vivir en esta conciencia amplia, vivir este misticismo experimental lo más elevado posible, y a la vez mantener una total sencillez y un gran sentido de realismo ante toda situación. Lo único que cambia es el centro de gravedad; antes yo me apoyaba en la conciencia de mí, en mis derechos, mis deseos, mis voluntades. Ahora he descubierto que el verdadero centro de mí es lo que llamo Dios; y al trasladar este centro de gravedad de la noción de mí a la noción de Dios, entonces quedo todo yo disponible para vivir con simplicidad todas las cosas de la vida diaria.

Nadie debería notar que estoy viviendo esto; mi sencillez y mi naturalidad deben ser totales, porque si creo que debo hacer algo especial al vivir esto, entonces ya estoy interponiendo algo. Cuando yo hago algo para conservar o aumentar un «estado» o sensación, ya estoy interfiriendo. La sencillez es la marca de fábrica de la espiritualidad real.

Cuando aprendemos a no preocuparnos por nosotros y a descubrir la plenitud, la realidad, la felicidad, en esta Presencia constante, en el Ser, entonces nos convertiremos en mensajeros del gozo, de la alegría, del buen humor, y también en estímulo para el esfuerzo. Ya no estaremos buscando la satisfacción a través de los demás ni pendientes de sus opiniones, ya no seremos esclavos de los otros, y por eso podremos ser naturales, auténticos. Podré expresar amor porque no habrá temor, podré expresar verdad porque no habré de ocultar nada de mí, podré expresar fuerza porque no estaré reteniendo para mí las energías.