CONTEMPLACIÓN DZOGCHEN
Fernando
Mora Zahonero
En la contemplación dzogchen la mente no permanece dividida en un sujeto
observador y un objeto observado. La mente dzogchen no presta atención a
ningún objeto específico en el sentido de que no cosifica la realidad, ni
atribuye la categoría de entidad a nada, ya sea samsara o nirvana. El estado
iluminado no es una entidad y la ignorancia, por su parte, tampoco es una
entidad. De hecho, la atribución de falsa entidad constituye, según el
budismo, la raíz de la mayoría de nuestros problemas.
Dado que no hay meditación, no hay distracción; dado que no hay distracción,
tampoco hay meditación. La mente no-dual, plena o perfecta del dzogchen no
escinde la realidad en cuerpo y mente, emociones y pensamientos, exterior e
interior, pasado y futuro, aquí y allí, sabiduría e ignorancia, sufrimiento
y felicidad, meditación y no-meditación, causa y efecto, lo que somos y lo
que deseamos ser, sino que es el gran espacio capaz de alojar
simultáneamente todas las situaciones. Este espacio se conoce como la Gran
Relajación, la presencia vacía, la unión de claridad y vacuidad, el
reconocimiento de la base y de sus apariencias.
Para practicar dzogchen no hace falta abandonar la vida cotidiana o
someterse a largos retiros, ni cambiar de apariencia externa adoptando, por
ejemplo, los hábitos monacales, ni emprender costosos y arduos estudios
filosóficos. Se trata tan sólo de ser plenamente lo que somos. Es una
actitud de absoluta y despierta aceptación tanto de uno mismo, como de los
demás y de la realidad. La contemplación dzogchen no rechaza ni promueve
nada. No trata de cultivar la ausencia de pensamientos, ni aspira a
desarrollar estados especiales o "místicos" de conciencia. La conciencia ya
es un estado especial de por sí. No hay que hacer nada con ella ni
manipularla en modo alguno porque, de lo contrario, no acertaremos a
reconocer lo que es.
No tenemos por qué salir corriendo en busca de riquezas extrañas como si
fuésemos unos desposeídos porque somos dueños de una riqueza inmensa. No hay
ninguna enseñanza espiritual que vaya más allá de lo que somos. ¿Pero qué
somos? Lo que somos no es, en última instancia, un objeto de conocimiento,
ni objeto de ninguna clase. Lo que somos no cabe en las definiciones, las
palabras y los conceptos sino que es la fuente de todos ellos.
Uno de los sentidos de la palabra “secreto”, aplicada a las enseñanzas
budistas, es que lo Real no se aparta nunca de sí mismo, puesto que se halla
en el estado de unión suprema, y ésa es una de las razones de que jamás haya
emergido verdaderamente ninguna enseñanza desde lo Real. Las enseñanzas y
los caminos espirituales son, por así decirlo, la mentira o la ilusión
última. La verdad no puede ser mostrada ni señalada porque se encuentra en
todos lados e impregna todas las esferas del ser sin que las imágenes, las
teorías o las palabras puedan limitarla. Es como el aire que respiramos.
Aunque invisible, resulta vital para nosotros.
Tras alcanzar la iluminación suprema bajo el Árbol Bodhi, el Buda se mostró
durante un tiempo renuente a transmitir lo que había descubierto. Fue sólo
la insistencia de los dioses, encabezados por Indra, la que conmovió al Buda
a exponer la verdad que había descubierto ("sutil, profunda y difícil de
entender", en sus propias palabras) a todos los seres. Asimismo, en varios
sutras del ciclo de la Prajñaparamita, como el Sutra del Diamante, el mismo
Buda sostiene que no tiene ninguna enseñanza que transmitir. En ese sentido
también resulta paradigmática, entre las enseñanzas más allá de las
palabras, la transmisión a Mahakasyapa por medio de una flor que la
tradición zen celebra como el principio de su linaje.
Y, en el texto seminal de la tradición dzogchen, titulado
El rey creador de todos los fenómenos,
también podemos leer: "Así, yo, el soberano creador de todo, sólo revelo a
mí mismo mi propio estado. Yo, el creador de todo, no he transmitido
doctrina alguna que revele [mi estado natural] a los maestros y sus
cortejos... La extrema unión soy yo, el creador de todo, y es ahí donde es
revelado mi estado natural".
Existe otro célebre texto en la tradición tibetana, titulado
Mahamudra Upadesha, donde el siddha
Tilopa transmite a su discípulo Naropa la esencia de la enseñanza de la
mente y cuyo primer verso reza así: "El mahamudra no puede ser enseñado..."
Sin embargo el mismo texto prosigue con unas líneas sumamente
significativas: "Pero tú, Naropa, afortunado y digno discípulo, gracias a tu
devoción..." Es decir, nuevamente debemos recalcar el papel de la devoción
como el principio de la apertura de la mente.
Eso quiere decir que la devoción, la "gracia", la apertura del corazón y la
mente, son el elemento fundamental de esta enseñanza, a falta del cual todo
lo demás es mera especulación. Sólo la devoción mueve a lo real a tratar de
expresar lo inexpresable, a practicar lo impracticable, a definir lo
indefinible, a acotar lo inacotable, a liberar lo que de por sí ya es
esencialmente libre.
