LA ARMONIA OCULTA

 

Capítulo 1

La armonía oculta

La armonía oculta es mejor que la armonía visible.

La oposición trae la concordia.

De la discordia emana la más bella de las armonías.

En el cambio, encuentran las cosas su reposo.

Las personas no comprenden que aquello que se aparta

de sí mismo, está de acuerdo consigo mismo.

Hay armonía en la tensión, como en el arco y la lira.

El arco es la vida, pero su obra es letal.

 

He estado enamorado de Heráclito durante muchas vidas. En realidad, Heráclito es el único griego del cual me he prendado, salvo, claro está, por Mukta, Seema y Neeta.

Heráclito es verdaderamente bello. De haber nacido en India, o en Oriente, se le habría considerado un buda, pero en la historia griega, en la filosofía griega, fue un ser extraño, una persona ajena. En lugar de referirse a él como un ser iluminado, en Grecia se le ha llamado Heráclito el Oscuro, Heráclito el Misterioso, Heráclito el Enigmático. Aristóteles, el padre de la filosofía griega y del pensamiento occidental, ni siquiera reconoció en él a un filósofo. “Cuando más es un poeta”, dijo, aunque también a pesar suyo. En otras obras, dijo más adelante: “Debe haber una falla en el carácter de Heráclito, algo malo en su biología; por eso, habla de una manera tan misteriosa, en paradojas”. Aristóteles lo consideraba un poco excéntrico, un poco loco –y Aristóteles domina todo el mundo occidental–. De haberse aceptado el pensamiento de Heráclito, toda la historia de Occidente habría sido enteramente distinta. Pero nunca nadie lo comprendió. Se apartó cada vez más de la corriente principal del pensamiento y la mente occidental.

Heráclito fue como Gautama Buda o Lao Tse o Basho. El suelo griego no le fue propicio en absoluto. Habría sido un árbol formidable en Oriente: millones se habrían beneficiado, millones de personas habrían encontrado su camino a través de él. Pero los griegos lo consideraron raro, excéntrico, un poco extraño y ajeno; no era uno de ellos. Por eso, su nombre permaneció al margen, en un rincón oscuro, hasta que finalmente la humanidad se olvidó de él.       

En el momento mismo del nacimiento de Heráclito, la humanidad alcanzaba un pico, un momento de transformación. Con la humanidad, sucede lo mismo que con el individuo: hay momentos en los cuales se producen cambios grandes. El cuerpo cambia cada siete años y continúa cambiando, de manera que todo el sistema biofísico de una persona que vive hasta los setenta años cambia diez veces. Si puedes utilizar esos espacios en los cuales el cuerpo cambia, será muy fácil avanzar en la meditación.

Por ejemplo, el sexo adquiere importancia por primera vez a los catorce años. El cuerpo sufre un cambio bioquímico, y si en ese momento te introducen a la meditación, te será muy, pero muy fácil, avanzar porque el cuerpo no está fijo sino en el punto en que desaparece el patrón viejo y apenas comienza el nuevo: hay un espacio. A los veintiún años, se producen nuevamente unos cambios profundos, porque cada siete años el cuerpo se renueva por completo: todas las células viejas desaparecen y llegan otras nuevas. Lo mismo sucede a los treinta y cinco años, y así sucesivamente. Cada siete años, el cuerpo llega a un punto en el cual se va lo viejo y llega lo nuevo, y ese es un momento de transición. En ese período transitorio, todo es fluido. Si deseas incorporar una nueva dimensión en tu vida, ese es el momento preciso para hacerlo.

Exactamente lo mismo sucede en la historia de la humanidad en su conjunto. Cada veinticinco siglos, se produce un pico y si puedes aprovechar ese momento, lograrás la iluminación fácilmente. No será tan fácil en otros momentos, pero en ese pico el río mismo fluye en esa dirección; todo es fluido, no hay nada estacionario.

Hace veinticinco siglos, nacieron Gautama Buda y el jainista Mahavira en India; Lao Tse y Chuang Tse en China; Zaratustra en Irán, y Heráclito en Grecia. Ellos son los picos. Nunca antes se habían alcanzado esos picos o, si se alcanzaron, no formaron parte de la historia, porque la historia comienza con Jesús.

La gente desconoce lo que sucedió hace veinticinco siglos. Ahora, nos encontramos nuevamente en el estado fluido: lo viejo pierde significado, el pasado pierde importancia, y el futuro es incierto –el período de la brecha ha llegado–. Nuevamente, la humanidad alcanzará otro pico, el mismo que hubo en la época de Heráclito. Si tienes un poco de consciencia, podrás aprovechar este momento para salirte de la rueda de la vida. Cuando las cosas son fluidas, la transformación es fácil. Cuando las cosas están quietas, la transformación es difícil.

Tienes suerte de haber nacido en una era en la cual las cosas están nuevamente en estado de fluidez. No hay certeza alguna; los viejos códigos y mandamientos ya no sirven de nada. Han aparecido nuevos patrones, los cuales no tardarán en afincarse; el hombre no puede permanecer sin arraigo porque sobreviene la inseguridad. Las cosas se asentarán nuevamente y este momento no durará para siempre; solamente abarcará unos pocos años.

Si logras aprovechar estos años, alcanzarás un pico muy difícil de alcanzar en cualquier otro momento. Si dejas pasar el momento, habrá que esperar otros veinticinco siglos.

Recuerda esto: la vida se mueve en un ciclo, todo se mueve en ciclos. El niño nace, se hace joven, llega a viejo y después muere. La vida se mueve lo mismo que las estaciones: después del verano, vienen las lluvias, después el invierno, y así conti- núa el círculo. Lo mismo sucede en la dimensión de la consciencia: cada veinticinco siglos se completa el círculo, y antes de iniciarse el nuevo ciclo, hay una brecha por la cual es posible escapar; la puerta permanece abierta unos pocos años.

Heráclito fue una flor muy rara, una de las almas más penetrantes, una de esas almas que llega a ser como el Everest, el pico más elevado de los Himalayas. Trata de comprenderlo; no es fácil. No por nada lo apodaron Heráclito el Oscuro. Para comprenderlo, hace falta un ser diferente –he ahí el problema–. De allí que sea fácil catalogarlo de oscuro y olvidarse de él.

Hay dos tipos de personas. Si deseas comprender a Aristóteles, no necesitas ningún cambio en tu ser esencial, sino algo de información. Una escuela puede ofrecer información sobre la lógica y la filosofía, y con algo de conocimiento intelectual es posible comprender a Aristóteles. No es necesario cambiar para comprenderlo, solamente añadir algunas cosas más al conocimiento. El ser no se transforma. No necesita estar en un plano diferente de consciencia; no es un requisito. Aristóteles es claro. Basta un pequeño esfuerzo para comprenderlo. Pero la tarea de comprender a Heráclito es dura; el camino está sembrado de obstáculos, porque ningún conocimiento acumulado será de gran ayuda; de nada servirá una mente muy cultivada. Se necesita una cualidad diferente del ser, una transformación –y eso es difícil–. Por eso, se le califica de enigmático.

¡No es oscuro! Lo que sucede es que no estás en el nivel del ser desde donde se le puede comprender. Cuando alcanzas el nivel requerido, súbitamente toda la oscuridad que lo rodea desaparece. Es uno de los seres más luminosos que ha habido; no es oscuro ni tenebroso –lo que sucede es que los demás están ciegos–. Recuerda esto, porque al calificarlo de oscuro, lo haces responsable de tu intento por escapar a esa transformación que el encuentro con él propiciaría. No digas que es oscuro, sino más bien: “Estamos ciegos” o “Nuestros ojos están cerrados”.

Aunque el sol está allí, si te paras frente a él con los ojos cerrados, podrías decir que el sol es oscuro. A veces, sucede también que puedes estar de frente al sol con los ojos totalmente abiertos, pero su luz es tan fuerte que te enceguece transitoriamente. La luz es tan brillante que es insoportable y, súbitamente, sobreviene la oscuridad. Los ojos están abiertos, el sol esta allí, pero el sol es demasiado para la vista y provoca oscuridad. Lo mismo sucede con Heráclito –la oscuridad no está en él–. O bien estás ciego, o tienes los ojos cerrados. Pero hay una tercera posibilidad: Heráclito es un ser tan luminoso que nuestros ojos simplemente pierden la capacidad de ver. Su luz se hace insoportable. No estamos acostumbrados a tanta luz, de manera que tendremos que hacer algunas modificaciones antes de poder comprender a un Heráclito que parece hablar con enigmas y paradojas y disfruta haciéndolo.

Los sabios siempre han hablado en paradojas. Hay algo importante en eso. No es que se dediquen deliberadamente a hacer acertijos, sino que en realidad son muy simples. ¿Qué pueden hacer? Si la vida misma es paradójica, ¿qué pueden hacer? Para evitar las paradojas, se pueden crear teorías claras y lógicas pero que a la postre son falsas porque no reflejan la verdad de la vida. Aristóteles es muy claro y lógico; parece un jardín cuidado por la mano del hombre. Heráclito se parece a los acertijos –es como un bosque silvestre.

Con Aristóteles no hay dificultades; ha evitado la paradoja para crear una doctrina clara y lógica que atrae. Cualquiera se asustaría al mirar de frente a Heráclito, porque él abre la puerta de la vida y la vida está hecha de paradojas. Buda es paradójico, Lao Tse es paradójico; quienes han alcanzado el saber son paradójicos necesariamente. ¿Qué remedio les queda? Si la vida misma es paradójica, deben ser fieles a la vida. La vida no es lógica. Es logos, pero no es lógica. Es un cosmos, no un caos, pero no es lógica.

Es necesario comprender el término logos, porque Heráclito lo utiliza. También es preciso comprender la diferencia entre logos y lógica. La lógica es una doctrina sobre la verdad, mientras que el logos es la verdad misma. El logos es existencial, mientras que la lógica es intelectual y teórica. Trata de comprender. Si observas la vida, verás también la muerte. ¿Cómo evitar la muerte? La muerte está implícita en la vida. Cada momento de vida es también un momento de muerte; las dos son inseparables. Es un enigma.

La vida y la muerte no son dos fenómenos distintos sino dos caras, dos aspectos, de la misma moneda. Si penetras hasta el fondo, verás que la vida es muerte y la muerte es vida. Tan pronto naces, comienzas a morir. Y si eso es así, entonces cuando mueres comienzas a vivir de nuevo. Si la muerte está implícita en la vida, entonces la vida está implícita en la muerte. Se pertenecen y complementan mutuamente.

La vida y la muerte son como dos alas o dos piernas: es imposible moverse solamente con la pierna izquierda o con la derecha. En la vida, no es posible ser derechista o izquierdista, sino ambas cosas. En materia de doctrina, se puede ser derechista o izquierdista, pero la doctrina no puede ser fiel a la vida, y nunca lo es, porque, por necesidad, la doctrina debe ser clara, nítida y limpia, y la vida no es así. La vida es vasta.

Whitman, uno de los poetas más grandes del mundo, dijo alguna vez: “Me contradigo porque soy vasto”.

A través de la lógica, alcanzarás una mente supremamente limitada; no podrás ser vasto. Si le temes a la contradicción, no podrás ser vasto. Tendrás que elegir, suprimir, evitar y ocultar la contradicción. ¿Pero crees que por ocultarla desaparecerá? ¿Crees que no morirás por el hecho de no mirar a la muerte de frente?

Podrás evitar la muerte, darle la espalda y olvidarte por completo de ella… Por eso, no hablamos de la muerte; es mala educación hacerlo. La muerte sucede todos los días, en todas partes. Sin embargo, la evitamos. Apenas muere una persona, nos apresuramos a ponerle fin. Construimos nuestros cementerios a las afueras de las ciudades para que nadie pase por allí, pero también construimos las tumbas con mármol y escribimos bellos epitafios. Llevamos flores para dejar en la tumba. ¿Con qué propósito? Para decorarla un poco.

En Occidente, se ha hecho del ritual de esconder la muerte una profesión. Hay profesionales que ayudan a evadirla, a embellecer el cadáver para dar la impresión de que aún vive. ¿Cuál es el propósito? ¿Sirve eso de algo? La muerte está entre nosotros. Todos marchamos hacia la tumba y no importa dónde la ubiquemos, allá llegaremos. Ya vamos en camino. Estamos en fila a la espera del momento de morir. ¿Dónde podríamos ocultarnos para escapar de la muerte?

En su esfuerzo por ser clara, la lógica evade. Dice que la vida y la muerte son distintas, que la vida es la vida y que la muerte es la muerte. Aristóteles dice que A es A, nunca B. Esa lógica se convirtió en la piedra angular del pensamiento occidental: evitar la contradicción. El amor es amor, el odio es odio; el amor nunca es odio. Eso es una necedad, porque en el amor está implícito el odio; así es la naturaleza. Amas a una persona y la odias al mismo tiempo; es necesario, no puedes evitarlo. Si tratas de evitarlo, todo se torna falso. Por esa razón, el amor se ha vuelto falso. Ha dejado de ser verdadero y auténtico. No puede ser sincero porque es una fachada.

¿Por qué es una fachada? Porque se evade al otro. La gente dice: “Eres mi amigo y un amigo no puede ser enemigo. Y si eres mi enemigo, no puedes ser mi amigo”. Sin embargo, los dos son aspectos de una misma moneda: en el enemigo se oculta un amigo y en el amigo se oculta un enemigo. Aunque el otro aspecto está oculto, está ahí. Pero eso es demasiado para cualquiera. Ver ambas cosas es insoportable. Si ves al enemigo en el amigo, no podrás amarlo. Si ves al amigo en el enemigo, no podrás odiarlo. La vida entera se convertiría en un acertijo.

A Heráclito se le ha calificado de “enigmático”. No lo es; es fiel a la vida. Se limita a informar las cosas tal como son. No posee doctrina alguna sobre la vida, no fabrica sistemas. No es más que un espejo que refleja la vida tal como es. Si tu rostro cambia, así te lo muestra el espejo; si eres cariñoso, el espejo lo refleja; si al siguiente segundo odias, el espejo también lo refleja. El espejo no habla con acertijos, refleja la verdad.

Aristóteles no es un espejo; es como una fotografía estática. No cambia, no se mueve con la vida. Por eso, dice Aristóteles que Heráclito tiene un defecto de carácter. Para Aristóteles, la mente debe ser clara, sistemática, racional; la lógica debe ser el objetivo de la vida y no se deben mezclar los opuestos. ¿Pero quién los mezcla? Heráclito no los mezcla. Ya ellos están mezclados y no se puede culpar a Heráclito por ello. Los opuestos se combinan y nada tiene que ver Heráclito con eso. ¿Y cómo separarlos si están entretejidos en la vida misma? Se pueden separar en los libros, pero los libros son falsos. Un enunciado lógico será falso porque no puede ser una afirmación sobre la vida; y una afirmación sobre la vida será ilógica porque la vida existe a través de la contradicción.

Si observas la vida, verás contradicciones por todas partes; pero la contradicción no tiene nada de malo, es solo que resulta insoportable para la mente lógica. La contradicción adquiere toda su belleza cuando se alcanza la revelación mística. La belleza no puede existir sin ella. Si no puedes odiar a la misma persona a quien amas, no habrá tensión en tu amor. Será una cosa inerte. No habrá polaridad; todo se tornará rancio. ¿Cómo sucede? Cuando amas a una persona, la amas en la mañana y la odias en la tarde. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón? ¿Por qué es así la vida? Porque cuando odias, te separas; recuperas la distancia inicial. Antes de enamorarse, eran dos per- sonas distintas y al enamorarse, se convirtieron en una unidad,una comunidad.

Debes comprender esta palabra comunidad. Es muy hermosa. Significa unidad común. Al convertirte en comunidad, alcanzas una unidad común. La comunidad es hermosa por momentos, pero después adquiere el matiz de esclavitud. Lograr la unidad común durante algunos momentos es algo hermoso; lleva a una culminación, a la cima. Pero es imposible vivir en la cima por siempre. ¿Quién viviría entonces en el valle? Y la cima es hermosa solamente porque hay un valle a sus pies. Si no bajas al valle, la cima perderá su altura. Es cima solo en comparación con el valle. Si construyes una casa allí, olvidarás que es una cima y se perderá toda la belleza del amor.

En la mañana amas y en la tarde estás lleno de odio. Has bajado al valle, a la posición inicial donde te encontrabas antes de enamorarte. Tú y la persona amada vuelven a ser individuos nuevamente. También hay belleza en la individualidad porque es libertad. Estar en el valle también es hermoso, porque permite la relajación. Estar en el valle oscuro tranquiliza y ayuda a recuperar el equilibrio. Desde allí, puedes prepararte para subir de nuevo a la cima; al caer la noche estás enamorado nuevamente. Es el proceso de unión y separación, el cual se repite una y otra vez. Cuando te enamoras una vez más después de un momento de odio, vives una nueva luna de miel.

Si no hay cambio, la vida es estática. Si no puedes moverte hacia los contrarios, todo se torna rancio y tedioso. Eso explica por qué las personas demasiado cultivadas se vuelven aburridas –porque siempre sonríen y nunca se enojan–. A una ofensa responden con una sonrisa; a un elogio responden con una sonrisa; a una acusación responden también con una sonrisa. Son insoportables. Su sonrisa es peligrosa y no puede ser muy real; permanece en sus labios como una fachada. No sonríen sino que sencillamente obedecen a un código. Y su sonrisa es desagradable.

Las personas que siempre aman y nunca odian ni se enojan son superficiales, porque, ¿de dónde podrían extraer profundidad si no se desplazan hacia el contrario? La profundidad viene del movimiento hacia el contrario. El amor es odio. En efecto, no deberíamos hablar de amor y odio sino de amorodio. Una relación de amor es una relación de amorodio –¡y es hermosa!

El odio no tiene nada de malo, porque es a través de él que se llega al amor. La ira no tiene nada de malo, porque es a través de ella que se llega a la quietud serena.

¿Has observado que todas las mañanas se oye aquí el ruido de los aviones que vuelan por encima de nosotros? Después de que el avión pasa, sobreviene un silencio profundo. Antes del avión, el silencio no es tan profundo y después de que pasa, el silencio se acentúa. Imagina que vas por la calle en una noche oscura y súbitamente aparece un automóvil que pasa a gran velocidad. Las luces brillantes te deslumbran y, una vez que pasa el automóvil, la oscuridad es más profunda que antes.

Todas las cosas adquieren vida y se profundizan a través de la tensión con el contrario. Hay que alejarse para acercarse; hay que ir hacia el contrario para acercarse todavía más.

Una relación de amor es una relación de volver una y otra vez a la luna de miel. Si la luna de miel termina y todo se asienta, la relación muere. Todo lo que se asienta muere. La vida persiste a través del movimiento constante. Todo lo que se asegura está ya en su tumba. Tu saldo bancario es tu tumba; es allí donde has muerto. Si estás totalmente seguro, ya no estás vivo, porque estar vivo implica moverse entre los opuestos.

La enfermedad no es mala: es solo a través de la enfermedad que recuperas la salud. Todo encaja en la armonía. Por eso se dice que Heráclito es enigmático. Lao Tse lo hubiera comprendido perfectamente, como no pudo hacerlo Aristóteles. Infortunadamente, Aristóteles se convirtió en la fuente del pensamiento griego; todavía más, infortunadamente, el pensamiento griego se convirtió en la base de la mentalidad occidental.

¿Cuál es el mensaje de Heráclito, el mensaje de fondo? Es importante aclararlo para poder comprender.

Heráclito no cree en las cosas, sino en los procesos. Para él, el proceso es Dios. Y si observas atentamente, verás que en el mundo no hay COSAS; todo es un proceso. En efecto, emplear la palabra “es” es un error existencial, porque todo está en proceso de ser. No hay nada en estado de ser, ¡nada!

Cuando dices: “Este es un árbol”, antes de terminar la frase, el árbol ya ha crecido. Por tanto, la afirmación es falsa en sí misma. El árbol nunca está estático. Por tanto, ¿cómo puedes utilizar la palabra “es”? Siempre está en proceso de transformarse en algo diferente. Todo está en movimiento, en crecimiento, en proceso. La vida es movimiento. Es como un río, siempre en movimiento. Heráclito dice: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”, porque cuando entramos en él la segunda vez, ya se ha movido. Es una corriente. ¿Podemos encontrarnos dos veces con la misma persona? ¡Imposible! Hoy no soy el que era ayer. ¿Lo eres tú? Los dos ríos han cambiado. Podrás volver aquí mañana, pero no me encontrarás; habrá alguien más en mi lugar.

La vida es cambio. “Solamente el cambio es eterno”, dice Heráclito; solamente el cambio nunca cambia. Todo lo demás cambia. Heráclito cree en una revolución permanente. Todo está en revolución. Así es. Ser significa transformarse. Permanecer donde estás significa moverte; no puedes permanecer quieto porque nada es estático. Ni siquiera las montañas, los Himalayas, están en estado estático. Se mueven con rapidez. Nacen y después mueren. Los Himalayas forman uno de los sistemas montañosos más jóvenes del mundo, y continúan creciendo. No han alcanzado su pico de crecimiento todavía. Continúan creciendo 30 cm por año. Hay montañas viejas que ya han alcanzado su pico de crecimiento; ahora comienzan a caer, a envejecer, con sus espaldas encorvadas.

Cada partícula de estas paredes que ves a tu alrededor está en movimiento. No puedes percibir ese movimiento porque es muy sutil y veloz. Ahora bien, recuerda que los físicos concuerdan con Heráclito, y no con Aristóteles. Siempre que cualquier ciencia se acerca más a la realidad, tiene necesariamente que coincidir con Lao Tse y con Heráclito. Los físicos dicen que todo está en movimiento. Eddington dijo que la única palabra falsa es “reposo”. Nada está en reposo porque no puede estarlo; la palabra es falsa porque no refleja realidad alguna. La palabra “es” solamente se encuentra en el lenguaje. En la vida, en la existencia, no hay “es”; todo está en proceso de ser. El propio Heráclito, cuando habla del río –y el símbolo del río está en la profundidad de su ser–, dice que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río y que, aunque lo hagamos, somos los mismos y no somos los mismos. Solo en apariencia somos los mismos; no solamente el río ha cambiado, también hemos cambiado nosotros.

Sucedió que una vez un hombre insultó a Buda y le escupió el rostro. Buda se limpió la cara y preguntó: “¿Tienes algo más que decir?” –como si el hombre hubiera dicho algo–. Grande fue el desconcierto del hombre porque nunca esperó esa reacción. Dio media vuelta y se fue. Al día siguiente, regresó porque no había podido dormir en toda la noche. Sentía la sensación creciente de haber hecho algo espantoso y se sentía culpable. Entonces, esa mañana se presentó ante Buda, se arrodilló a sus pies y suplicó su perdón. Buda le respondió: “¿Quién te perdonará hoy? El hombre a quien insultaste ya no está y el hombre que eras cuando escupiste tampoco está, entonces, ¿quién perdonará a quien? Olvídalo, porque ya nada puede hacerse al respecto. No puede deshacerse, ¡acabó!… porque ninguno de los dos está aquí, ambos hemos muerto. ¿Qué puede hacerse si tú eres un hombre nuevo y yo también?

Este es el mensaje más profundo de Heráclito: todo fluye y cambia, todo se mueve y no hay nada estático. Tan pronto como te aferras, dejas pasar la realidad. Aferrarse se convierte en un problema, porque mientras te aferras, la realidad cambia.

Ayer me amabas; hoy estás lleno de ira. Si me aferro al ayer, tendría que decirte: “Debes amarme hoy porque ayer me declaraste tu cariño y me dijiste que me amarías por siempre. ¿Qué pasó?”. No hay nada que hacer. Ayer, cuando dijiste que me amarías por siempre, lo dijiste sinceramente. Tu afirmación no fue falsa, pero tampoco fue una promesa; fue sencillamente tu estado de ánimo y yo di más crédito del que debí. En ese momento, sentías que me amarías por siempre, eternamente, y no fue una mentira. Fuiste fiel al momento, a tu estado de ánimo, pero ese estado de ánimo ha desaparecido. Quien lo dijo ya no existe. Y si se fue, se fue y nada puede hacerse al respecto. No es posible forzar el amor. Sin embargo, eso es lo que hacemos, y, de paso, provocamos mares de tristeza. El esposo dice: “¡Ámame!”. La esposa dice: “Ámame porque lo prometiste. ¿Acaso olvidaste los días de nuestro noviazgo?”. Pero esos días ya pasaron. Las dos personas tampoco están. ¿Acaso es el mismo hombre de cuando tenía veinte años? Muchas cosas han pasado; mucha agua del Ganges ha corrido. Tú tampoco eres el mismo.

Supe que una noche la esposa de Mulla Nasruddin le dijo: “Ya no me amas, ya no me besas, ya no me abrazas. ¿Recuerdas cuando me cortejabas? Me mordías y yo te adoraba. ¿Podrías morderme una vez más?”. La Nasruddin se levantó de la cama. “¿A dónde vas?”, preguntó su esposa. “Al baño, a buscar mi caja de dientes”, replicó él.

No, no es posible bañarse dos veces en el mismo río. No te aferres a lo imposible, porque solamente crearás un infierno. Aferrarse es un infierno, mientras que la consciencia del desapego está siempre en el cielo. Danzamos al ritmo del estado de ánimo, aceptamos el estado de ánimo, aceptamos el cambio; no hay lamentos, ni quejas porque así es la vida y así son las cosas. Podrás luchar, pero no cambiarás esa realidad.

Es claro que durante la juventud los estados de ánimo son diferentes, porque la juventud vive estaciones y estados de ánimos diferentes. ¿Cómo puede un anciano ser igual? Un anciano se vería muy ridículo con esos estados de ánimo. ¿Cómo puede un anciano decir las mismas cosas? Todo ha cambiado. La juventud es romántica, inexperta y soñadora. En la vejez, se han ido todos los sueños. Eso no tiene nada de malo, porque cuando ya no hay sueños estamos más cerca de la realidad y comprendemos más cosas. Somos menos poetas porque ya no podemos soñar, pero eso nada tiene de malo. Los sueños fueron un estado de ánimo, una estación. Todo cambia y debemos ser fieles al estado en el cual nos encontramos en un determinado momento.

Sé fiel a tu ser cambiante, porque es la única realidad. Por eso, dice Buda que no hay un yo. Tú eres un río. No hay un yo porque no hay nada permanente en ti. A Buda lo expulsaron de India porque los indios, en particular los brahmines hindúes, creían en un yo permanente o atma. Siempre dijeron que había algo permanente, pero Buda decía que solamente el cambio es permanente, nada más.

¿Por qué deseas ser permanente? ¿Por qué deseas vivir muerto? Porque solo las cosas muertas pueden ser permanentes. Las olas del mar vienen y van y por eso el océano está vivo. Si las olas se detuvieran, el océano moriría. Todo vive a través del cambio y eso significa cambiar la polaridad. Tú te mueves de un polo a otro y es así como te vivificas y renuevas continuamente: en el día, trabajas arduamente y en la noche, reposas durante el sueño. A la mañana siguiente, te levantas con renovada energía para trabajar. ¿Has observado esa polaridad?

El trabajo se opone a la relajación. El trabajo intenso genera tensión, fatiga y agotamiento, pero después desciendes al valle profundo del descanso y la relajación. La superficie queda lejos y te repliegas al centro. Abandonas la identidad que tienes en la superficie, tu nombre, tu ego; no llevas contigo nada de lo que tienes en la superficie. Sencillamente, olvidas quién eres y por la mañana estás como nuevo. Este olvido es bueno porque renueva. Tan solo trata de pasar tres semanas sin dormir y verás que enloquecerás al cesar el movimiento hacia la polaridad contraria.

Si Aristóteles tiene razón, entonces el no dormir, el no moverte hacia el contrario, te permitiría alcanzar la iluminación. Lo que pasará es que enloquecerás. Gracias a Aristóteles, hay tantos locos en Occidente. Si no oyen a Oriente, o a Heráclito, tarde o temprano, todos los occidentales enloquecerán. Tendrá que ser así porque han perdido la polaridad. La lógica dice otra cosa: la lógica dice descansen todo el día, practiquen el reposo durante todo el día para que en la noche puedan avanzar hacia el sueño profundo. Esa es la lógica. ¡Entonces practiquen el reposo! Eso hacen los ricos: descansan todo el día, después sufren de insomnio y dicen que no pueden dormir. Practican todo el día: acostados en la cama, descansan en sus mullidos sillones, y reposan, y reposan, y reposan. Y entonces de noche descubren que no pueden dormir. Han seguido la lógica aristotélica.

Un día, Mulla Nasruddin acudió al médico. Entró en el consultorio tosiendo. El médico dijo: “Suena mucho mejor”. Nasruddin le respondió: “Por supuesto que debe sonar mejor, si practiqué toda la noche”.

Si practicas el descanso durante todo el día, en la noche estarás inquieto. Darás vueltas y más vueltas en la cama (lo cual no es más que un ejercicio del cuerpo para tratar de conseguir el reposo). No hay un hombre más equivocado en esta vida que Aristóteles. Busca el contrario: trabaja arduamente durante el día para que puedas dormir profundamente en la noche. Cuanto más profundo sea tu sueño, mayor será tu capacidad de trabajar intensamente durante el día, renovado por la energía infinita. Mediante el reposo, se consigue energía; mediante el trabajo, se consigue el reposo. Es el juego de los opuestos.

Las personas me dicen: “Sufrimos de insomnio, no logramos dormir, enséñanos a relajarnos”. Son aristotélicas.

Yo les respondo: “No tienen necesidad de relajarse. Simplemente, salgan a caminar, recorran una gran distancia, corran a toda velocidad –dos horas en la mañana y dos en la noche–. Lo demás vendrá por añadidura. Siempre sucede así. No necesitan técnicas de relajación; necesitan técnicas de meditación activa, no de relajación. Ya viven en exceso relajadas y, por eso, sufren de insomnio. No hay necesidad de tanta relajación”.

La vida se mueve entre los opuestos. Heráclito enseña que ese es el secreto, la armonía invisible; esa es la armonía oculta. Es un gran poeta necesariamente. No puede ser filósofo, porque la filosofía es razón. La poesía puede ser contradictoria; la poesía puede decir cosas que los filósofos no osarían decir; la poesía es más fiel a la vida. Los filósofos se limitan a andar en círculos: nunca llegan al punto central, sino que dan vueltas y más vueltas por la periferia. La poesía va directo al punto.

En Oriente, pueden encontrarse paralelos de Heráclito en maestros y en poetas zen, particularmente en la poesía llamada haiku. Uno de los grandes maestros del haiku es Basho. Basho y Heráclito están muy próximos, en un abrazo estrecho; son casi uno solo. Basho no escribió nada desde el punto de vista filosófico; escribió en haikus cortos; haikus de tres versos y diecisiete sílabas. Apenas trozos. Heráclito también escribió fragmentos; no escribió sistemas como Hegel o Kant. No es sistemático, sino un oráculo que habla con máximas. Cada fragmento es un todo en sí mismo, lo mismo que un diamante. Cada uno tallado a la perfección sin necesidad de conectarse con los demás. Habló como los oráculos.

El método de las máximas de los oráculos ha desaparecido de Occidente. Solo Nietzsche escribió de esa manera en su libro Así hablaba Zaratustra, el cual consta de máximas sibílicas. Con excepción de Nietzsche, nadie ha vuelto a hacerlo después de Heráclito. Ese es el estilo de los Upanishads, los Vedas, Buda, Lao Tse, Chiang Tse, Basho: solamente máximas. Son tan cortas que es preciso penetrarlas, y el simple ejercicio de comprenderlas induce un cambio. El intelecto no puede con ellas. Basho dice en un brevísimo haiku:

Un viejo estanque. Una rana salta. ¡Plaf!

¡Eso es todo! Lo dice todo. Pictórico: podemos ver la rana sentada en el brocal de un pozo antiguo, después el salto y el ruido que hace al caer en el agua. Basho dice también que todo se ha dicho ya. Esa es la vida: un pozo antiguo… un salto de la rana, el sonido del agua –y después el silencio–. Eso es lo que somos; así es todo –y después el silencio.

Heráclito se expresa de la misma manera en su fragmento sobre el río. Primero se vale de los sonidos de un río – autoisi potamosisi –; antes de decir algo, utiliza los sonidos del río y después nos ofrece su máxima: No podemos bañarnos dos veces en un mismo río. Es poeta, pero no cualquier poeta; es la clase de poeta al que los hindúes llaman rishi. Hay dos tipos de poetas: los que todavía sueñan y crean poesía a partir de sus sueños –un Byron, un Shelley, un Keats–. Y está el otro tipo, el rishi, que ya no sueña, sino que ve la realidad y a partir de ella crea su poesía. Heráclito es un rishi, un poeta que ya no sueña, que ha encontrado la existencia. Es el primer existencialista de Occidente.

Ahora trata de penetrar en sus máximas sibílicas. La armonía oculta es mejor que la armonía visible.

¿Por qué? ¿Por qué es mejor la armonía oculta que la visible? Porque lo obvio, lo visible está en la superficie, y esta puede ser engañosa. La superficie se puede cultivar y acondicionar. En el centro, el ser es existencial; en la superficie es social. El matrimonio está en la superficie, el amor en el centro. El amor posee una armonía oculta; el matrimonio tiene una armonía visible.

Solo tenemos que ir a casa de unos amigos. Al mirar por la ventana, descubrimos que marido y mujer pelean, tienen el rostro demudado por la ira. Pero tan pronto entramos por la puerta, todo cambia: se muestran amables y se hablan tiernamente. Esa armonía es visible; está en la superficie. Pero en el fondo no hay armonía, solamente unos modales para mostrar. Un hombre verdadero podría parecer poco armónico en la superficie, pero siempre será armonioso en el fondo. Aunque se contradiga, en sus contradicciones habrá una armonía oculta. La persona que jamás se contradice, que siempre es constante en la superficie, carecerá de armonía verdadera.

Hay personas coherentes: si aman, aman y si odian, odian. No permiten la mezcla o la convergencia de los contrarios. Saben perfectamente quién es amigo y quién es enemigo. Viven en la superficie y crean una coherencia. Pero esa coherencia no es real: en el fondo bullen las incoherencias mientras que en la superficie se las arreglan para manejarlas. ¡Conoces a esas personas porque te ves reflejado en ellas! En la superficie se las arreglan, pero eso de nada sirve. Pero no te preocupes más de la cuenta por la superficie. Adéntrate hasta el fondo y no trates de elegir entre los opuestos. Tendrás que vivirlos ambos: si puedes amar y odiar y permanecer en actitud de observador, sin apegarte a lo uno o a lo otro, esa observación será la armonía oculta. Entenderás que son climas, cambios de estación, estados de ánimo que vienen y van –y podrás ver la gestalt en ellos.

Esta palabra alemana, gestalt, es magnífica. Quiere decir que hay armonía entre la figura y el fondo. No son opuestos, sino que lo parecen. Por ejemplo, en una escuela hay un pizarrón negro sobre el cual la profesora escribe con tiza blanca. El blanco y el negro son opuestos. Sí, para la mente aristotélica son opuestos: el negro es negro y el blanco es blanco –son polaridades–. Pero ¿por qué escribe la profesora con blanco sobre negro? ¿No podría escribir con blanco sobre blanco? ¿No podría escribir con negro sobre negro? Claro que podría, pero sería inútil. El negro debe servir de fondo para que el blanco sea la figura: contrastan, hay una tensión entre ellos. Son opuestos y poseen una armonía oculta. El blanco se ve más blanco contra el negro; he ahí la armonía. Sobre blanco, sencillamente desaparecería porque no habría tensión, no habría oposición.

Recuerda: Jesús habría desaparecido si los judíos no lo hubieran crucificado. Lo convirtieron en una gestalt: la cruz fue el tablero y Jesús se vio más blanco sobre ella. Jesús habría desaparecido por completo, pero permanece gracias a la cruz. Y es gracias a la cruz que ha penetrado en los corazones de la gente más que un Buda, más que un Mahavira. Casi la mitad del mundo se ha enamorado de él, debido a la cruz. Fue una línea blanca trazada sobre un pizarrón negro. Buda es una línea blanca sobre un tablero blanco. No hay contraste. Falta la gestalt; el fondo es igual a la figura.

Si solo amas y no puedes odiar, tu amor no valdrá la pena. Será un amor sencillamente inútil, carente de intensidad, de fuego, de pasión; será sencillamente frío. Se convierte en pasión –y pasión es una palabra hermosa porque tiene intensidad–. Pero ¿cómo se convierte en pasión? Cuando la misma persona es capaz de odiar también. La compasión tiene intensidad si la misma persona es capaz de sentir ira. Si la persona sencillamente es incapaz de sentir ira, entonces su compasión será impotente. La persona se siente impotente y por eso siente compasión. No puede odiar y por eso ama. Cuando se ama por despecho al odio, hay pasión. Entonces, el amor se convierte en un fenómeno de figura y fondo; hay una gestalt.

Heráclito se refiere a la más profunda gestalt. La armonía visible no es armonía realmente; solo la armonía oculta es real. Por tanto, no trates de ser coherente en la superficie; busca una coherencia entre las incoherencias más profundas; encuentra armonía en los opuestos más profundos.

La armonía oculta es mejor que la armonía visible.

Esa es la diferencia entre una persona religiosa y una persona moral. La persona moral es armoniosa solamente en la superficie; la persona religiosa es armoniosa en el centro. La persona religiosa será contradictoria; la persona moral siempre es coherente. Se puede confiar en la persona moral, pero no así en la persona religiosa. La persona moral es previsible; la persona religiosa no lo es jamás. Nadie sabía cómo se comportaría Jesús –ni siquiera sus discípulos más cercanos podían prever lo que haría–. Era un hombre impredecible. Habla del amor y acto seguido toma un látigo y la emprende contra los mercachifles. Habla de compasión, habla de “amar al enemigo” y revoluciona el templo. Es un rebelde. El hombre que habla de amor parece incoherente.

Bertrand Russell escribió un libro titulado Por qué no soy Cristiano. En él resalta toda esa incoherencia. Dice: “Jesús es incoherente y parece neurótico. Primero dice que debemos amar a nuestros enemigos y después se comporta como un loco iracundo –no solamente con las personas, sino también con los árboles, como cuando maldice una higuera–. Él y sus discípulos llegaron cerca de la higuera y tenían hambre, pero no era la estación en la cual fructificaba. Se quedaron mirando el árbol sin higos y se dice que Jesús lo maldijo. ¿Qué clase de persona es esta? ¡Y habla de amor!”.

Jesús tiene una armonía oculta, pero Bertrand Russell no logra vislumbrarla porque es el Aristóteles de la época moderna. No logra hallarla ni comprenderla. Es bueno que no sea cristiano –muy, pero muy bueno–. No puede ser cristiano, no puede ser un hombre religioso. Es moralista: todos los actos deben ser coherentes. ¿Pero con respecto a qué? ¿Con respecto a quién? ¿Con qué deben ser coherentes? ¿Con el pasado? Todas mis afirmaciones deben ser coherentes unas con otras. ¿Por qué? Eso solo es posible cuando el río deja de correr.

¿Has observado un río? A veces corre hacia la izquierda, otras hacia la derecha, a veces al sur y a veces al norte. El río es muy inconstante, pero hay en él una armonía oculta: llega al océano. Por donde quiera que vaya, su meta es el océano. A veces, debe correr hacia el sur porque la pendiente está en esa dirección. A veces, debe correr en la dirección contraria, hacia el norte, porque hacia allá está la pendiente; pero en todas las direcciones encuentra la misma meta: corre hacia el océano y llega a él.

Piensa cómo sería un río constante que dijera: “Corro hacia el sur, porque si corriera hacia el norte, la gente diría que soy inconstante”. Ese río nunca llegará al océano. Los ríos de los Russell y los Aristóteles nunca llegan al océano; son demasiado coherentes, permanecen en la superficie. Desconocen la armonía oculta, es decir, que a través de los contrarios se puede buscar la misma meta; que se puede buscar la misma meta a través de los contrarios. La posibilidad les es completamente desconocida, pero ella está allí.

La armonía oculta es mejor que la armonía visible.

… Sin embargo, es difícil. La dificultad será constante. Las personas esperan coherencia y la armonía oculta no es parte de la sociedad. Es parte del cosmos, pero no de la sociedad. La sociedad es una hechura humana y ha elaborado todo un plan como si todo fuera estático. La sociedad ha creado códigos de moral, como si todo fuera inmóvil. Por eso, los códigos morales perduran a través de los siglos. Toda cambia, pero las reglas muertas se mantienen. Todo sigue cambiando y los llamados moralistas continúan predicando siempre las mismas cosas absolutamente irrelevantes, pero que concuerdan con su pasado. Hay cosas absolutamente irrelevantes que permanecen…

Por ejemplo, en la época de Mahoma, en los países árabes las mujeres eran cuatro veces más numerosas que los hombres porque estos eran guerreros y se pasaban la vida peleando y matándose entre sí. Las mujeres jamás han sido tan necias, de manera que cuadruplicaban en número a los hombres. ¿Qué hacer entonces? En una sociedad donde hay cuatro mujeres por cada hombre, es muy difícil que exista una moralidad. Habrá muchos problemas. Por consiguiente, Mahoma impuso la regla de que cada musulmán podía desposar a cuatro mujeres… y todavía se rigen por la misma regla.

Esto se ha convertido en un problema complicado, pero ellos insisten en que eso dice el Corán. La situación ahora es totalmente distinta: ya no hay cuatro mujeres por cada hombre, pero ellos siguen la regla. Y la que fuera una solución maravillosa para una situación histórica específica ahora es espantosa. Sin embargo, la siguen porque los musulmanes son muy coherentes. No pueden cambiar; y no pueden consultar a Mahoma porque él ya no está. Los musulmanes son además muy astutos: han cerrado la puerta para que no pueda llegar ningún otro profeta porque, si llegara, haría algo, introduciría algún cambio. Por tanto, ese Mahoma es el último y también para él se ha cerrado la puerta. No puede venir porque le han cerrado la puerta. Siempre sucede lo mismo. Los moralistas siempre cierran la puerta porque cualquier nuevo profeta puede causar problemas. Un nuevo profeta no podrá coincidir con las reglas establecidas sino que vivirá el momento presente. Tendrá su propia disciplina coherente con la realidad actual, pero nadie puede garantizar que concuerde con el pasado. No hay garantía. Por tanto, toda tradición moral cierra la puerta.

Los jainistas han cerrado su puerta: dicen que Mahavira es el último y no hay más tirthankaras. Los musulmanes dicen que Mahoma es el último; los cristianos dicen que Jesús es el hijo único de Dios y no hay más. Todas las puertas están cerradas. ¿Por qué los moralistas siempre cierran las puertas? Es una medida de seguridad porque, de venir un profeta, un hombre que viva el momento presente, pondrá todo de cabeza y provocará un caos. Los seres humanos siempre buscan asentarse de alguna manera: una iglesia, una moral, un código; todo es fijo y siguen las reglas. Obtienen una armonía visible en la superficie. Pero cuando aparece un profeta, crea todo nuevamente y lo estremece todo.

Un moralista vive en la superficie. Está al servicio de las reglas; no pone las reglas a su servicio. Está al servicio de las escrituras; no pone las escrituras a su servicio. Sigue las reglas pero no la consciencia. Quien sigue su consciencia en calidad de observador y testigo, alcanza la armonía oculta. Entonces, lo opuesto ya no le molesta porque lo puede utili- zar. Y la persona que puede utilizar lo opuesto posee la llave secreta: puede hacer que su amor sea más hermoso a través del odio.

El odio no es el enemigo del amor. Es el condimento que hace bello al amor –es el telón de fondo–. También, a través de la ira, se intensifica la compasión y se elimina la oposición. Eso quiso decir Jesús cuando dijo: “Amen a sus enemigos”. Quiso decir que los enemigos no son enemigos, sino amigos de quienes nos podemos valer. En la armonía oculta se vuelven uno solo.

La ira es el enemigo –utilízala y conviértela en tu amiga–. El odio es el enemigo –sírvete de él y conviértelo en tu amigo–. Permite que tu amor se haga más profundo a través de él. Haz del odio un suelo fértil.

Esta es la armonía oculta de Heráclito. Amar al enemigo, aprovechar al contrario. El contrario no es el contrario; es tan solo el telón de fondo.

La oposición trae la concordia. De la discordia emana la más bella de las armonías.

Nadie ha superado a Heráclito.

La oposición trae la concordia. De la discordia emana la más bella de las armonías. En el cambio encuentran las cosas su reposo.

Las personas no comprenden que aquello que se aparta de sí mismo, está de acuerdo consigo mismo.

Hay armonía en la tensión, como en el arco y la lira.

El arco es la vida, pero su obra es letal.

Es obvio que para un racionalista, Heráclito parece hablar en acertijos, enigmas y adivinanzas. ¿Pero lo hace? Es tan claro como el agua para quien está en capacidad de ver. Es luminoso. Pero es difícil para el adicto a la mente racional porque dice que de la discordia nace la más bella de las armonías, que de la oposición nace la concordia y que hay que amar al enemigo.

La vida sería totalmente sosa si se aniquilara la oposición. Piensa en un mundo donde no existiera el mal. ¿Crees que existiría el bien? Piensa en un mundo sin pecadores. ¿Crees que todos seríamos santos? El santo no puede existir sin el pecador –el santo necesita del pecador–. El pecador no puede existir sin el santo –el pecador necesita del santo–. Hay una armonía, una armonía oculta: son polaridades. La vida es hermosa debido a ambos. Dios no pude existir sin el demonio.

Dios es eterno y también lo es el demonio. La gente me pregunta por qué hay tanta miseria, maldad y desesperación si Dios existe. Es que Dios no puede existir sin ellas –son el telón de fondo–. Dios sin el demonio sería insípido –podría vomitarlo pero no comerlo–, sería sencillamente insípido, nauseabundo. Él conoce la armonía oculta; no puede existir sin el demonio. Por tanto, no odies al demonio, aprovéchalo. Si Dios lo utiliza, ¿por qué no tú? Si Dios no puede existir sin él, ¿cómo podrías hacerlo tú? Por tanto, los santos reales, aquellos que poseen intensidad, son como Gurdjieff.

Alan Watts escribió lo siguiente sobre Gurdjieff: “¡Es el malandrín más santo que haya conocido!”. Y así es: es un malandrín –pero el más santo de todos–. El propio Dios es ese malandrín, el más santo. Si nos deshacemos del demonio, nos deshacemos al mismo tiempo de Dios. Para jugar, se necesitan dos.

Cuando el demonio tentó a Adán, fue el propio Dios quien lo hizo. Era una conspiración. La serpiente está al servicio de Dios, lo mismo que el demonio. La palabra demonio encierra belleza en sí misma; proviene de la raíz sánscrita que significa divinidad. Divinidad y demonio vienen de la misma raíz. La raíz es la misma, pero las ramas son diferentes. Una rama es el demonio y la otra la divinidad, pero la raíz es la misma en sánscrito: dev. Debe haber una conspiración o de lo contrario el juego no puede continuar. Debe haber una armonía profunda –esa es la conspiración–. Dios le dijo a Adán: “No comerás el fruto del árbol de conocimiento”. Fue el comienzo del juego, de la conspiración y de las primeras reglas.

La cristiandad se ha perdido de muchas cosas maravillosas porque ha tratado de crear una armonía visible, y el demonio ha preocupado a los teólogos del cristianismo durante veinte siglos. “¿Cómo explicarlo?”. No hay necesidad, es simple, como lo sabe Heráclito. Es muy simple y no requiere explicación. Pero los cristianos se preocupan porque si el demonio existe, entonces el propio Dios debió crearlo. De lo contrario, ¿cómo puede existir?

Si el demonio existe, debe ser con la anuencia de Dios; de lo contrario, ¿cómo podría existir? Y si Dios no lo puede des- truir, entonces es un Dios impotente en lugar de omnipotente. Y si Dios creó al demonio sin saber que sería el demonio, entonces no es omnisciente. Creó al demonio sin saber que perturbaría al mundo entero. Creó a Adán sin saber que comería el fruto prohibido. ¡Fue él quien lo prohibió! Entonces no es omnisciente. Si el demonio existe, entonces Dios no puede ser omnipresente porque, ¿quién está presente en el demonio? No puede estar en todas partes, por lo menos no en el corazón del demonio. Pero si estuviera en el corazón del demonio, entonces, ¿por qué condenar a ese pobre?

Hay una conspiración –una armonía oculta–. Dios le prohibió a Adán comer del árbol del conocimiento solo para tentarlo. Esa fue la primera tentación, porque cada vez que prohibimos algo, sembramos la tentación. El demonio vino después. La primera tentación la puso el propio Dios. En el jardín del Edén, había millones de árboles, de manera que si Dios no le hubiera dicho nada a Adán, es casi imposible que hubiera encontrado el árbol del conocimiento –casi imposible–. ¡Increíble!

Ni siquiera hasta la fecha hemos podido conocer todos los árboles de esta tierra. Todavía hay muchos desconocidos, sin clasificar. Hay un sinnúmero de especies por describir. Y esta tierra es nada comparada con el Edén, el jardín de Dios: millones y millones de árboles. Adán y Eva por su cuenta jamás habrían podido encontrarlo, pero Dios les puso la tentación. Insisto, la tentación viene de Dios y el demonio es el otro socio en este juego. Dios dijo: “No coman”, pero inmediatamente supieron de la existencia del árbol, sintieron La armonia el deseo. ¿Por qué prohíbe Dios? Debe haber algo en ello. Pero no está prohibido para él, porque él come de ese árbol. La prohibición es solo para nosotros. La mente comienza a funcionar y con ella comienza el juego. Entonces, como socio en la conspiración, entra en escena el demonio disfrazado de serpiente y dice: “¡Coman! Si comen serán como Dios”. Y ese es el anhelo más profundo de la mente humana –ser como Dios.

El demonio logró su cometido porque conocía la conspiración. No habló directamente con Adán, sino que recurrió a Eva, porque quien quiera tentar a un hombre, puede hacerlo solo a través de la mujer. Directamente, no hay tentación. Toda tentación viene a través del sexo; toda tentación llega a través de la mujer. La mujer es una ficha más importante en el juego porque es imposible negarle nada a la mujer amada. Se le puede dar una negativa al demonio, ¿pero a la mujer? Y el demonio se presenta en forma de serpiente, la cual no es otra cosa que un símbolo fálico, un símbolo del órgano sexual, porque nada como una serpiente para representar el órgano masculino –son idénticos–. Y logró su cometido a través de la mujer, porque ¿cómo negarle algo a una mujer?

Mulla Nasruddin hizo arreglos para llevar a su esposa a las montañas y ayudarla con su asma. Pero la esposa no quería y rehusó la propuesta. “Temo que el aire de las montañas no se lleve bien conmigo”.

Mulla Nasruddin replicó: “Querida, no te preocupes; ¡no hay ningún aire de la montaña lo sufi- cientemente valiente para no querer llevarse bien contigo! No te preocupes”.

Es imposible no llevarse bien con la mujer amada. Por tanto, el demonio sabe que es fácil conspirar a través de las mujeres. Entonces, la tentación surtió efecto y Adán comió la manzana, el fruto del conocimiento –y por eso estamos por fuera del jardín del Edén, y el juego continúa.

Es una armonía profundamente oculta. Dios no puede funcionar solo. Sería como la electricidad con solo un polo positivo, sin polo negativo; funcionaría solamente con el hombre y sin la mujer. Ya lo había ensayado y no funcionó. Primero creó a Adán, pero fracasó porque con Adán solo no podía haber juego. Entonces creó a la mujer. La primera mujer no fue Eva, sino Lilith, pero seguramente ella creía en la liberación femenina. Le creó problemas porque dijo: “Soy tan independiente como tú”. La primera noche que pasaron juntos, hubo problemas porque solo tenían una cama. ¿Cuál de los dos dormiría en la cama y no en el suelo? Lilith sencillamente ordenó: “Tú duermes en el suelo”. Es así como comienza el movimiento de la liberación femenina. Pero Adán no hizo caso y Lilith desapareció. Buscó a Dios y le dijo: “No pienso jugar este juego”.

Es así como la mujer está desapareciendo en Occidente. Lilith está desapareciendo y con ella la belleza, la gracia y todo lo demás. Y todo el juego está en peligro porque hay mujeres que dicen: “No ames a ningún hombre”. El otro día, leí un folleto que decía: “¡Mata al hombre! ¡Mata a cada hom- bre! –porque si el hombre vive, la mujer no tendrá libertad–”. Pero si matas al hombre, ¿cómo puedes estar allí? El juego los necesita a ambos.

Lilith desapareció y el juego no pudo continuar, de manera que Dios tuvo que crear a otra mujer. Esta vez ensayó con un hueso del hombre, porque si creaba a la mujer por separado, habría problemas nuevamente. Entonces, tomó una costilla de Adán y creó a la mujer. Por tanto, hay polaridad, pero también unidad. Son dos, pero pertenecen al mismo cuerpo. Ese es el significado: son dos, opuestos, y sin embargo, pertenecen a un mismo cuerpo, a una misma raíz profunda. En el fondo son uno. Por eso, cuando se unen en un abrazo estrecho de amor, se vuelven un solo cuerpo. Regresan al estado en el cual se encontraba Adán, solo; se vuelven uno, se encuentran, se funden.

Hay oposición para que haya juego, pero en el fondo hay unidad. Para que el juego pueda continuar, se necesitan dos cosas: oposición y armonía. Si hay armonía absoluta, el juego desaparecerá porque no habrá con quien jugar. Y si hay discordia total, oposición absoluta, falta de armonía, tampoco puede haber juego.

Armonía en la discordia, unidad en la oposición –he ahí la clave de todos los misterios.

En el cambio, encuentran las cosas su reposo.

Las personas no comprenden que aquello que se aparta de sí mismo está de acuerdo consigo mismo.

El demonio está de acuerdo con Dios y Dios está de acuerdo con el demonio –por eso existe el demonio.

Hay armonía en la tensión, como en el arco y la lira.

El músico toca con el arco y la lira; la oposición solamente está en la superficie. Es allí donde se manifiestan el choque, la lucha, la discordia y el esfuerzo, pero de todo eso brota la belleza de la música.

La oposición trae la concordia. De la discordia emana la más bella de las armonías.

El arco es la vida, pero su obra es letal.

Y su obra es letal, el resultado último. La vida y la muerte tampoco son dos.

El arco es la vida, pero su obra es letal.

Por eso, la muerte no puede ser realmente lo opuesto –debe haber una lira–. Si el arco es la vida, entonces la lira debe ser la muerte. Y de los dos brota la más bella de las armonías.

Tú estás justo en el medio entre la vida y la muerte –no eres ninguna de las dos–. Por tanto, no te aferres a la vida ni le temas a la muerte. Eres la música que brota de la lira y el arco. Eres el choque, el encuentro, la fusión y la armonía, lo más bello que nace de ese juego.

¡No elijas!

Si eliges, te equivocarás. Si eliges, te aferrarás a una sola de las dos, te identificarás con una sola. ¡No elijas!

Deja que la vida sea el arco y que la muerte sea la lira; de esa manera, podrás ser la armonía oculta.

La armonía oculta es mejor que la armonía visible.

Suficiente por hoy

 


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