EL GANSO ESTÀ FUERA
 


 

La primera pregunta:

 

 Osho, ¿está el ganso realmente fuera?

 

El ganso nunca ha estado dentro; el ganso siempre ha estado fuera. Es un koan zen. Primero tienes que entender qué es el Zen, qué es un koan.

El Zen no es una religión, no es un dogma, no es un credo. El Zen ni siquiera es una indagación, una búsqueda; no es una filosofía. En el Zen todo es como ha de ser; no falta nada. En este mismo momento todo es perfecto. La meta no está en ninguna otra parte; es aquí, es ahora. Los mañanas no existen. Este mismo momento es la única realidad. En el Zen no hay distinción entre métodos y metas, medios y metas.

Todas las filosofías del mundo, todas las religiones del mundo, crean dualidad. Por mucho que hablen y hablen de no-dualidad están creando en el hombre una personalidad desdoblada. Ésa ha sido la mayor calamidad que le ha ocurrido a la humanidad: los “benefactores” del hombre han creado un hombre esquizofrénico. Cuando divides la realidad en instrumentos y metas, estás dividiendo al hombre, porque para el hombre, el hombre es la realidad más próxima a él mismo. Divides su consciencia: vive aquí, pero realmente no vive aquí; siempre está allí, en alguna otra parte. Siempre está buscando, inquiriendo; nunca vive, nunca es. Siempre está haciendo cosas: haciéndose más rico, más poderoso, más espiritual, más santo, más puro... siempre más y más. Y esta constante ansia en pos de “más” crea en él ese estado de angustia, tenso, mientras se pierden todo lo que la Existencia ha puesto a su alcance. Le interesa lo lejano, mientras que Dios está cerca. Sus ojos miran hacia las estrellas, mientras que Dios está en su interior. Lo fundamental para entender el Zen es que el ganso nunca ha estado dentro.

Deja que te cuente la historia de cómo surgió este koan:

 

Un eminente filósofo del gobierno, Riko, le preguntó una vez al singular Maestro Zen Nansen que le explicara el antiguo koan del ganso en la botella.

—Si un hombre pone un polluelo de ganso en una botella —le dijo Riko— y la alimenta hasta que se hace adulta, ¿cómo podrá conseguir sacar el ganso sin matarlo o romper la botella?

Nansen dio una gran palmada y gritó:

—¡Riko!

—¿Sí, Maestro? —dijo inmediatamente el filósofo.

—¡Mira! —le dijo Nansen— ¡El ganso está fuera!

 

Es sólo cuestión de ver, es sólo cuestión de prestar atención, de estar despierto; es sólo cuestión de despertar. El ganso está en la botella si estás dormido; el ganso nunca ha estado en la botella si estás despierto. Y en sueños no hay ninguna manera de sacar al ganso de la botella. O el ganso morirá, o tendrás que romper la botella. Y ambas alternativas no están permitidas: ni se ha de romper la botella, ni se ha de matar al ganso. Veamos... un ganso ya adulto, en una pequeña botella... ¿cómo puedes sacarlo? A esto se le llama “koan”.

Un koan no es un acertijo corriente. No es un acertijo porque no puede ser resuelto. Un acertijo es resoluble; sólo has de buscar la respuesta correcta. La encontrarás. Sólo necesitas algo de inteligencia para encontrar la respuesta al acertijo. Un acertijo no es algo irresoluble.

Un koan es irresoluble; no puedes resolverlo; sólo puedes disolverlo. Y la manera de disolverlo es cambiar el plano de tu ser: del sueño a la plena vigilia. En el sueño, el ganso está en la botella y no hay manera de sacarlo de la botella sin romperla o matar al ganso... en el sueño. Por eso, visto desde el sueño, el acertijo es imposible. No puedes resolverlo.

Pero hay una manera... que, recuérdalo, en absoluto guarda relación con el acertijo: has de despertar. Eso no tiene nada que ver con la botella ni tampoco nada que ver con el ganso. Tienes que despertar. Tiene que hacer algo contigo mismo. Por eso Nansen no contestó a la pregunta.

 

Riko le preguntó:

—Si un hombre pone un polluelo de ganso en una botella y la alimenta hasta que se hace adulta, ¿cómo podrá conseguir sacar el ganso sin matarlo o romper la botella?

Nansen no le contestó, sino que, dando una gran palmada, le gritó:

—¡Riko!

 

Ahora bien: ésta no es la respuesta a la pregunta; no tiene nada que ver con la pregunta. Es irrelevante, inconsistente. Pero la resuelve; de hecho, la disuelve. En cuanto gritó: “¡Riko!”, el filósofo le dijo de inmediato: “¿Sí, Maestro?” Todo su ser fue transformado mediante un simple truco.

Un Maestro no es un maestro. No te enseña. Simplemente inventa métodos para despertarte. Esa palmada es un método; esa palmada devolvió a Riko al presente. ¡Fue realmente inesperada!... Cuando planteas un koan tan espiritual no esperas que el Maestro te conteste batiendo palmas y gritando: “¡Riko!”

De súbito, es devuelto del pasado, del futuro. De repente, por un momento se olvida del problema. ¿Dónde está la botella? ¿Dónde está el ganso? Sólo está el Maestro, en una postura extraña, aplaudiendo y gritando a Riko. De repente, el problema desaparece. Ha salido del problema sin siquiera darse cuenta de haberse salido de él. Se ha salido del problema como una serpiente se sale de su vieja piel. Durante un momento, el tiempo se ha detenido. Por un instante, el reloj se ha detenido. Por un momento la mente se ha detenido. Por un instante, no hay nada. El Maestro, el sonido de la palmada y el súbito despertar. En ese mismo momento el Maestro le dice: “¡Mira! ¡Ve! ¡El ganso está fuera!” Lo ha disuelto.

Un koan sólo puede ser disuelto; nunca puede ser resuelto. Un acertijo nunca puede ser disuelto, pero sí resuelto. Recuerda pues que un koan no es un acertijo.

Pero cuando la gente acostumbrada a pensar continuamente, a razonar lógicamente, empieza a estudiar Zen, desde el principio dan un paso en falso. El Zen no puede ser estudiado; tiene que ser vivido, tiene que ser embebido, absorbido a través de un Maestro vivo. Es una transmisión más allá de las palabras: la transmisión de la luz. La lámpara es invisible.

Date cuenta... Cualquiera que hubiera observado esa situación —Riko haciendo una pregunta, el Maestro aplaudiendo y gritando... — no hubiera visto en ella nada muy espiritual, no hubiera descubierto una gran filosofía. Puede que se diera la vuelta muy frustrado. Pero algo transpiró, algo que no es visible y que nunca podrá ser visible.

Sólo sucede cuando el silencio del Maestro penetra el silencio del discípulo, cuando dos silencios se encuentran y se unen. Entonces surge el ver. El Maestro tiene ojos, el discípulo tiene ojos, pero los ojos del discípulo están cerrados. Es necesaria una estratagema, un método, para que el discípulo pueda abrir sus ojos sin que él mismo se esfuerce. Si se esfuerza, no le servirá, porque ¿quién hará el esfuerzo?

Christmas Humphreys, el fundador de la Sociedad Budista de Inglaterra, uno de los grandes enamorados del Zen en Occidente, el hombre que extendió el Budismo Zen en el mundo occidental, escribe sobre este koan. ¡Fíjate en la diferencia! Dice: “Hay un método para abordar lateralmente, digámoslo así, el problema. Para el que tenga una mente racional, resultará un sin sentido y dejará de leer. Los que sigan leyendo esperarán un absurdo mayor, porque el sentido común, los suburbios del pensamiento racional pronto quedarán atrás y la mente será libre en las ilimitadas alturas de su propia alegría inherente. Aquí radica la verdadera solución al problema de los opuestos.

Te lo explicaré. Imagínate un ganso vivo en una botella. ¿Cómo podrás sacarlo fuera sin herir al ganso o romper la botella? La respuesta es simple: ¡Está ahí, afuera!”

No ha captado lo importante: lo ha convertido en filosofía. Primero, Christmas Humphreys cree que el Zen forma parte del budismo y eso es tener un mal comienzo, dar un primer paso equivocado. El Zen no tiene nada que ver con el budismo. Guarda alguna relación con Buda, pero ninguna con el budismo como tal, de la misma manera que el sufismo no tiene nada que ver con el islam, el jasidismo con el judaísmo, o el tantra con el hinduismo. Sí, el tantra mantiene alguna relación con Shiva, el sufismo tiene algo que ver con Mahoma y el jasidismo tiene algo que ver con Moisés, pero no con las tradiciones, no con las liturgias, no con las teologías.

Un Moisés vivo, un Mahoma vivo, son capaces de transmitir algo que no puede ser expresado, pueden mostrar algo que no puede ser expresado, pueden crear una cierta vibración a su alrededor que active la Iluminación de mucha gente, pero sin explicación ninguna, sin pruebas lógicas.

La Iluminación es casi como una aventura amorosa. Al igual que te enamoras —sin poder racionalizarlo al estar por debajo de la razón—, te Iluminas. Es superior a la razón: te elevas sobre las palabras.

 

Hay una bonita historia de un Maestro que se alojaba en la casa de un discípulo. El discípulo se sentía un poco incómodo con el Maestro porque sus modales eran un tanto extraños, imprevisibles. ¡Era capaz de hacer cualquier cosa! Por eso, para que no creara problemas en el vecindario —pues de noche era capaz empezar a bailar, a cantar, a gritar, a dar sermones al vacío revolucionando todo el barrio— le hicieron bajar al sótano y le encerraron con llave para que, si hacía algo, nadie le oyera. Cerraron bien todas las ventanas y con llave todas las puertas.

A media noche, de repente se despertaron. Alguien rodaba por el tejado dando tales carcajadas que había congregado a una gran multitud. Y todos preguntaban:

—¿Qué es lo que ocurre?

Los anfitriones subieron y encontraron al Maestro revolcándose por el tejado. Y le preguntaron:

—¿Qué te pasa? ¿Cómo has podido salir? ¡Te habíamos encerrado con llave en el sótano para evitar exactamente esto!

El Maestro les dijo:

—Por eso me río. De repente empecé a caer hacia arriba. ¡No podía creerlo! ¡Nunca antes me había sucedido: ¡Caerme hacia arriba!

 

Es una hermosa historia. La Iluminación es caer hacia arriba de la misma manera que enamorarse es caer hacia abajo (*). Pero se parecen un poco: son caídas,... irrazonables, inexplicables, inexpresables. Sólo aquéllos a quienes ha sucedido lo saben. E incluso cuando te sucede no puedes explicárselo a aquél a quien todavía no le ha pasado.

 

* N. del T.— Juego de palabras en inglés en el original. “To fall in love” significa, literalmente, “caer enamorado”

 

Christmas Humphreys llama al Zen, “Budismo Zen” y eso es empezar equivocándote desde el principio. El Zen no es budismo. Es la esencia del corazón de Buda, es cierto, pero también es la esencia de Moisés, la esencia de Zarathustra, la esencia de Lao Tse. Es la esencia de todos aquéllos que se han Iluminado, de todos aquéllos que han despertado de su sueño, de todos aquéllos que se han dado cuenta de que el ganso está fuera, de que el ganso nunca ha estado dentro, de que el problema no era, para empezar, un problema y que no requería ninguna solución.

Christmas Humphreys dice: “Hay un método para abordar lateralmente, digámoslo así, el problema. Para el que tenga una mente racional resultará un sin sentido... ”. Él mismo es una mente racional; si no, no sería un sin sentido. Un sin sentido es algo inferior a la razón. El Zen es superior a la razón, no inferior. Está por encima de ella. Se halla fuera del alcance de la razón. La lógica es un juego muy simple; cualquiera con un mínimo de inteligencia puede jugar ese juego. En cuanto vas más allá de la lógica, te adentras en el mundo del Zen. No es ningún sin sentido; es superior a la razón. La utilización misma de la expresión “sin sentido” revela una oculta tendencia hacia la racionalidad.

Él dice: “... y dejará de leer. Los que sigan leyendo esperarán un absurdo mayor, porque el sentido común, los suburbios del pensamiento racional pronto quedarán atrás... ”. No quedarán atrás, porque si superas a algo, estás yendo en su misma dirección. Dejas atrás un mojón, pero el camino es el mismo; el camino no es diferente. Quizás hayas recorrido un kilómetro más, pero no has cambiado de dirección. La diferencia sólo es de cantidad, no de calidad.

No sólo dejas atrás la razón, sino que la trasciendes, la excedes. Y hay una diferencia, una gran diferencia, una diferencia que la distingue.

He oído una historia... sucedió en la Segunda Guerra Mundial:

 

En una espesa zona de la selva birmana, un pequeño avión fue abandonado por el ejército. Se estaban retirando a toda prisa y por alguna causa mecánica no pudieron llevárselo consigo. Los aborígenes encontraron el avión y fueron incapaces de entender qué era. Dedujeron que debía de ser alguna clase de carromato; era lo único que podía ocurrírseles. Para ellos, una carreta de bueyes era el único vehículo. Así que empezaron a utilizar el avión como una carreta. Y les encantó. ¡Era el mejor carromato que nunca habían tenido!

Entonces alguien pasó por allí, un hombre que vivía un poco alejado de la tribu aborigen, pero que formaba parte de ella. Y él había visto automóviles, camiones, autobuses. Les dijo:

—Esto no es un carromato. Esto es un automóvil. Y yo sé algo de coches. De manera que le hizo unos arreglos. Ellos se quedaron inmensamente asombrados de ver que sin caballos, sin bueyes, la máquina se movía. ¡Vaya juguete! Cada mañana, cada tarde, disfrutaban mirándolo una y otra vez, desde todos los lados, entrando en él, sentándose en él, y, aunque no había carreteras, les resultaba tremendamente gratificante recorrer unos cuantos metros.

Un día, un piloto acertó a pasar por aquel remoto bosque y les dijo:

—¿Qué estáis haciendo? ¡Eso es un avión! ¡Puede volar!

Invitó a dos aborígenes a ir con él y cuando despegaron, no podían creerlo. Eso superaba por completo su imaginación, estaba más allá de todos sus sueños. Ellos pensaban que sólo los dioses podían volar; habían oído hablar historias de dioses que volaban por el cielo. Sí, habían visto aviones surcando el cielo, pero siempre habían creído que pertenecían a los dioses.

 

Fíjate: el mismo aparato puede ser utilizado como carreta o como automóvil, pero entre carreta y automóvil sólo hay una diferencia cuantitativa, no cualitativa. En cuanto el avión despega, el plano es diferente: trasciende la carreta y el automóvil. Es una dimensión totalmente nueva.

De modo que la razón no es dejada atrás; la razón es, simplemente, trascendida. Por eso, Christmas Humphreys lo llama “sin sentido”, “irracional”. Pensar que dejas atrás la razón, es pensar todavía de forma racional.

Te dice: “... y la mente será libre...

Eso es una verdadera tontería; la mente no será libre. Cuando te adentras en el mundo de Zen, aparece la no-mente. Zen es equivalente a “no-mente”. No es liberar la mente; es liberarse de la mente. Y hay mucha diferencia, una diferencia imposible de salvar. La mente no obtiene la libertad; tú te liberas de la mente. La mente desaparece. Libre o no libre, la mente, simplemente, desaparece. Cruzas una nueva puerta que siempre estuvo ante ti, pero a la que nunca habías llamado: la puerta de ser, la puerta de la eternidad.

El Zen..., la palabra misma, “Zen”, proviene de la palabra sánscrita “dhyana”. “Dhyana” quiere decir “meditación”, pero la palabra “meditación” no transmite todo su significado. “Meditación” te proporciona la sensación de que la mente está haciendo algo, de que es la mente la que medita, la que se concentra, la que contempla. La mente está allí. “Dhyana” simplemente indica el estado de no-mente; en realidad, ausencia de concentración, de contemplación, de meditación. Simplemente el silencio; un silencio profundo, intenso en el que todos los pensamientos han desaparecido. En el lago de la conciencia no hay ninguna ola. La conciencia simplemente es un espejo reflejándolo todo: las estrellas, los árboles, los pájaros, la gente, todo... reflejándolo sin distorsión, sin interpretaciones, sin introducir tus prejuicios. Eso es lo que es tu mente: tus prejuicios, tus ideologías, tus dogmas, tus hábitos.

Christmas Humphreys dice: “... y la mente será libre en las ilimitadas colinas de su propia alegría inherente”.

¡Eso si que es un sin sentido! Primero: “... la mente será libre”. La mente nunca puede ser libre. Libertad y mente nunca se encuentran. “Mente” quiere decir “esclavitud”. La mente es una prisión. En la mente vives una vida encapsulada, envuelta en todo tipo de pensamientos, teorías, sistemas, filosofías, envuelta en todo el pasado de humanidad, en todo tipo de supersticiones: hindúes, musulmanas, cristianas, budistas, jainas, políticas, sociales, económicas, religiosas. O bien tu mente está constituida por los ladrillos de la Biblia, el Corán, el Gita, o bien del Das Kapital o del Manifiesto comunista. Puedes haber construido tu prisión de manera diferente a los demás, puedes haber escogido un arquitecto diferente, pero la prisión es la misma. Puede que el arquitecto sea Sigmund Freud, Karl Marx, o Albert Einstein. Puedes elegir. Hay prisiones de todas formas y tamaños. Y su decoración interior depende de ti. Puedes disponer en ella hermosas pinturas, puedes alfombrarla de pared a pared, puedes pintarla a tu gusto, puedes hacer unos cambios aquí y allá —la ventana a la izquierda o a la derecha; las cortinas de éste o aquel material—... pero una prisión es una prisión.

La mente, como tal, es una prisión y todos vivimos en esa prisión. A menos que salgas de la prisión nunca sabrás lo que es la libertad. Tu prisión puede ser muy cómoda, confortable, conveniente. Puede estar muy bien decorada, ribeteada con oro, con diamantes... Te será difícil dejarla. Te has esforzado mucho para crearla. No te va a ser fácil. Pero una prisión es una prisión. De oro o de barro, da lo mismo. Nunca conocerás la inmensidad de la libertad, nunca conocerás la belleza y el esplendor de la libertad; tu esplendor permanecerá encerrado. Nunca sabrás qué es ser dios. Nunca descubrirás que el ganso siempre ha estado fuera. Vivirás en todo tipo de sueños. Pero por muy bonitos que sean, los sueños son sueños, y antes o después todos los sueños resultan destruidos.

Pero la mente se perpetúa a sí misma. Si un sueño es destruido, inmediatamente crea otro sueño. De hecho, siempre tiene uno en reserva. Antes de que el viejo resulte destruido, te proporciona uno nuevo: un sueño mejor, más refinado, más sofisticado, más científico, más tecnológico. Y de nuevo te captura, de nuevo surge el deseo: “¿Por qué no intentarlo? Aunque los demás sueños hayan resultado un fracaso, eso necesariamente no significa que todos los sueños tengan que resultar un fiasco. Quizá uno resulte”. Esa esperanza sigue ahí; esa esperanza te mantiene persiguiendo sueños. Y cuando llega la muerte descubres que toda tu vida no ha sido más que materia de la que están hechos los sueños:

 

El cuento

de un idiota,

lleno de sonido y furia

sin significado alguno

 

Pero así es cómo viven millones de personas.

Christmas Humphreys dice: “... y la mente será libre en las ilimitadas colinas de su propia alegría inherente”.

Esto demuestra que nunca tuvo ni un solo atisbo de la experiencia zen. Fue el difusor de la filosofía zen en Occidente, pero no sabía lo que estaba haciendo, no había experimentando nada de lo que estaba hablando.

La mente no puede alcanzar “las ilimitadas colinas de su propia alegría inherente”. La mente no tiene la capacidad inherente de la alegría. La mente es la causa de todo sufrimiento; no sabe nada de la alegría. Sólo piensa en la alegría y ese pensar en la alegría no es más que una fantasía para huir del sufrimiento en que vive.

Si le pides a la mente que defina la alegría, su definición será negativa. Simplemente te dirá: “No habrá ningún sufrimiento, no habrá dolor, no habrá muerte”. Pero ésa es una definición negativa; no dice nada de la beatitud. Simplemente habla de la ausencia de dolor. Pero una meta centrada en la ausencia de dolor no tiene ningún valor. Aunque no sufras dolor alguno, ¿sentirás que vale la pena vivir? ¿Y durante cuánto tiempo? Aunque no sufras ninguna enfermedad, eso no significa que experimentes el bienestar de la salud; eso es una cosa totalmente diferente. Una persona puede estar médicamente sana, puede que los diagnósticos médicos no indiquen ninguna alteración, pero si no experimenta una alegría desbordante, no es salud. Puede que sea una ausencia de enfermedad, pero no la presencia de salud. La ausencia de enfermedad no es equivalente a la presencia de salud; eso es algo totalmente diferente.

Puede que no sufras, pero eso no significa que seas dichoso. Puede que, simplemente, estés en un limbo sin ser dichoso ni miserable, lo cual es peor que sufrir porque el que sufre intenta, por lo menos, abandonar el sufrimiento. La persona que vive en un limbo, en la línea limítrofe, sin ser miserable ni dichosa, no puede abandonar el sufrimiento porque no vive en sufrimiento. Pero tampoco puede gozar de la beatitud porque nada la empuja a ello; el sufrimiento no le golpea con la suficiente fuerza para obligarle a saltar. Permanecerá donde está, estancada.

El sufrimiento es un estado negativo; la beatitud es un estado positivo. Pero la mente sólo conoce el sufrimiento. La mente no puede conocer “... las ilimitadas colinas de su propia alegría inherente” porque carece de contenido. La mente es sólo una creación de la sociedad para ayudarte a cumplir eficazmente con tus deberes sociales. La mente es una estrategia del sistema para manipularte y esclavizarte, manteniéndote tan poco inteligente como le sea posible, porque una persona inteligente es peligrosa.

En toda la Biblia no hay una sola alabanza hacia la inteligencia. Está llena de todo tipo de basura, pero no hay una sola frase ensalzando la inteligencia. La superstición sí es alabada, el creer sí es ensalzado; son loadas toda clase de estupideces.

Todas las religiones —las religiones organizadas— han estado intentando hacer del hombre un robot, una máquina, Y casi lo han conseguido. Por eso hay tan pocos Budas, tan pocos Jesuses. La razón es simple: las sociedades, las fábricas, el estado, la iglesia, la nación, todos conspiran para destruir al niñito vulnerable, delicado y desvalido. Es fácil destruirlo. Y la estrategia básica para destruirlo es crear en él una mente, imponerle una mente, para que así olvide su más innata cualidad de alegría, para que olvide la inocencia que le acompaña desde el origen de la existencia, para que olvide lo bello y se convierta en un diente de la rueda social. Ha de ser un buen trabajador, ha de ser un buen mecánico, ha de ser un buen gerente , un buen profesor, esto y lo otro... pero no puede ser un ser divino, no puede vivir en gozo.

La sociedad tiene mucho miedo a la gente dichosa por la sencilla razón que la beatitud es una tremenda experiencia por la cual puedes sacrificar tu vida. Pero nadie sacrificará la propia beatitud por nada. Una vez conoces la beatitud, vives para la beatitud, mueres por la beatitud. La persona que vive en beatitud está más allá de las fuerzas aprisionadoras de la sociedad. La sociedad puede manejar sólo al que sufre; la iglesia puede explotar sólo al que sufre.

Y Christmas Humphreys dice: “Aquí radica la verdadera solución al problema de los opuestos”.

No hay ningún “problema de los opuestos”. Los opuestos no son opuestos. Son complementarios. Por eso no existe ese problema. Oscuridad y luz son un solo fenómeno; dos aspectos de la misma moneda. Vida y muerte son inseparables; no puedes separarlos. ¿Cómo van a ser opuestos? Son complementarios, se apoyan entre sí. Por eso no hay ningún problema ni tampoco es necesaria ninguna solución.

El Zen no es la resolución de una oposición; es su trascendencia. Es una visión superior. Es la visión del pájaro desde el lugar donde todas las dualidades resultan ser tonterías.

Lo más importante que le sucedió al primer hombre que caminó por la Luna fue que, de súbito, olvidó su condición de americano. De repente, toda la Tierra era una; no había fronteras. Porque la Tierra no es un mapa. El continente americano, el continente africano, el continente asiático, este país, aquel país, todos, desaparecieron. No hizo ningún esfuerzo por reunir los diferentes bandos; no había una Rusia soviética, ni una América. La Tierra entera era simplemente una.

Y las primeras palabras del americano fueron: “¡Mi amada Tierra!” Eso es trascender. Por un instante se olvidó de todos los condicionamientos: “¡Mi amada Tierra!” Ahora, toda la Tierra le pertenecía.

Esto es lo que realmente sucede en un estado de silencio: la existencia entera es tuya y todos los contrarios desaparecen los unos en los otros, apoyándose entre sí, bailando entre sí. Se convierte en una orquesta.

Christmas Humphreys dice: “Te lo diré. Imagínate...

Fíjate en cómo pequeños cambios representan grandes diferencias: “Te lo diré. Imagínate...” Así funciona la filosofía, no el Zen. “Imagínate...”. No es cuestión de imaginar; o sabes, o no sabes.

El Maestro Nansen no dice: “Imagínate ahora que doy grandes palmas... Imagínate que voy a gritar: «¡Riko! » y que tú dices: «Sí, Maestro!» Entonces yo te diré: « ¡Fíjate! ¡El ganso está fuera! »”... Entonces te habrás perdido la clave.

 

Hace tan sólo unos días, en el darshan de la tarde, llamé a Nirupa. Se había roto una mano. Ella es una de mis mediums, pero ahora no podía participar en la danza. Estaba sentada en primera fila y la llamé. Por un momento, dudó. Y todos nos reímos porque ¿qué podía hacer ella con una mano? Pero el Zen se hace con una mano: ¡el sonido de una mano aplaudiendo! Y ella lo hizo bien. Por supuesto que sólo yo pude oír el sonido, pero el sonido del aplauso de una sola mano... Incluso cuando aplaudes con las dos manos, la energía es una. Tu mano izquierda y tu mano derecha no son dos; se unen en ti. No son contrarias; son complementarias. Pertenecen a un mismo ser.

Todos los opuestos pertenecen a un solo ser... y no es cuestión de imaginarse nada. Si empiezas a hacer consideraciones, le quitas todo el jugo a un hermoso koan.

Imagínate un ganso vivo en una botella” —dice él—. ¿Cómo podrás sacarlo fuera sin herir el ganso o romper la botella?

Ni siquiera es capaz de decir: “Sin matar al ganso”. ¡Un verdadero inglés! “Sin herir el ganso o romper la botella...” De hecho, al decir “romper la botella” debió de rompérsele el corazón!

La respuesta es simple...” No es simple. En primer lugar no es siquiera una respuesta. “¡Está ahí, afuera!” Acaba de destruir toda la belleza del koan. Pero los hábitos son difíciles de eliminar. Ésa es la manera en que pensamos, la forma de funcionar de la mente.

 

Le regalaron al Papa un par de zapatillas de seda rojas con las iniciales P.L.D. bordadas en ellas. Cuando Su Santidad preguntó qué querían decir, le dijeron: “Primero los dedos”.

 

Tú me preguntas:  “Osho, ¿está el ganso realmente fuera?”

Siempre ha estado fuera, nunca ha estado dentro. Es sólo un sueño.

¡Despierta!

 

 

La segunda pregunta:

 

Osho, en Occidente soy un estudiante de filosofía. ¿Hay algo de amor o sabiduría en la filosofía? Todavía no los he encontrado.

 

Es bueno que no los hayas encontrado todavía. ¡Y espero que nunca los encuentres, porque los alemanes tienden a encontrarlos!

Se dice que la filosofía es como el ciego en una noche oscura y en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está allí. ¡Pero un alemán es capaz de encontrarlo! Alemania ha producido los más grandes filósofos del mundo: Immanuel Kant, Hegel, Fichte, Marx, Feuerbach, y muchos más.

Es bueno que digas: “… en Occidente soy un estudiante de filosofía. ¿Hay algo de amor o sabiduría en la filosofía?”

No es posible que haya amor porque “filosofía” significa “lógica” y la lógica no puede sentir amor. La lógica es la base de la ciencia, pero no la base de la vida. La lógica es aplicable a las cosas muertas, a los objetos, porque el método fundamental de la lógica es la disección. En cuanto diseccionas algo, lo matas, de manera que no te será posible hallar la vida a través de la lógica. El método mismo lo prohíbe.

Puedes cortar una rosa, puedes diseccionarla, puedes separar todos sus componentes colocándolos en recipientes distintos metódicamente etiquetados... pero te faltará algo: no hallarás en ellos la belleza, ni hallarás en ellos vida alguna, ni alegría, ni la danza de la rosa con el viento, bajo la lluvia, bajo el sol. Todo eso habrá desparecido. Habrás obtenido algunos compuestos químicos, pero esos compuestos químicos no son la rosa. Esos elementos químicos constituían simplemente las condiciones en que la rosa pudo aparecer. No son la rosa; sólo constituyen las condiciones necesarias para la aparición de la rosa. Si los eliminas, la rosa desaparece en su mundo invisible.

Es como si disecaras a un bailarín. ¿Crees que encontrarías en su interior algo parecido a la danza? Encontrarás los huesos, encontrarás todo tipo de entrañas, pero no encontrarás la danza. Puedes abrir la garganta de un cantante, pero no encontrarás en ella la canción... ¡y tú siempre habías creído que la canción nacía de la garganta! La garganta es sólo un vehículo; la canción viene del más allá. La garganta podrá ser un buen vehículo o un mal vehículo; eso es una cuestión diferente. Pero es sólo un vehículo. Disecando el vehículo no podrás hallar lo que, desde el más allá, descendió a su interior.

Amor y lógica nunca se encuentran; no pueden encontrarse. “Lógica” equivale a viajar hacia el exterior; “amor” significa viajar hacia el interior. “Lógica” significa “disección”; “amor” significa descubrir la unidad orgánica. La lógica piensa en términos de muchos, en multiplicidades. De hecho, los científicos deberían dejar de llamar al universo, “universo”. Deberían llamarlo “multiverso”. “Universo” es un nombre poético dado por los que saben amar; “universo” significa “uno”, “uni”. Según la ciencia, no es un universo, es una multiplicidad, es un “multiverso”. Sólo los que aman conocen la unidad; los pensadores no pueden conocer la unidad.

Y en la unión de todo encuentras el amor, hallas la sabiduría. La sabiduría es la sombra del amor; dondequiera que haya amor, habrá sabiduría. Cuando el amor está vivo surge la danza, la canción, la belleza. Todas ésas son características de la sabiduría. Si piensas que la lógica puede darte sabiduría entonces que tendrás que tener claro esto: para ti el conocimiento es sabiduría. Si es así, entonces la lógica puede darte sabiduría. Pero entonces supones que el conocimiento es equivalente a, es sinónimo de, sabiduría... ¡Y el conocimiento no es sinónimo de sabiduría! El conocimiento es prestado, es basura; lo obtienes de otros.

La sabiduría es la explosión de tu propia consciencia. La sabiduría es intrínseca; no procede del exterior. Explota dentro de ti y se extiende hacia el mundo exterior. Es como una luz radiante: la compartes. No te la reservas. El conocimiento has de pedirlo a los demás; la sabiduría ha de ser compartida. Son dimensiones totalmente diferentes.

La filosofía no puede proporcionarte amor ni sabiduría, pero puede seguir ofreciéndote esperanzas. Y si la filosofía es la respuesta, la pregunta ha de haber sido una tontería.

Recuérdalo: si encuentras una respuesta a través de la filosofía, eso simplemente demuestra que tu pregunta era estúpida. Si la pregunta es realmente importante, la filosofía carece de respuesta. Tendrás que buscar en una dirección diferente. Esa dirección es la que llamo “Zen”, esa dirección es la que llamo “despertar”. No teorizar, ni filosofar, sino guardar silencio. No ir volviéndote más y más erudito, sino ir desembarazándote, descartando todo conocimiento para poder estar vacío, absolutamente vacío. En el vacío hay claridad, hay limpieza, hay pureza, hay inocencia, hay asombro y temor infantil. Y ésos son los momentos de amor y sabiduría que crecen en ti; crecen juntos. El conocimiento y la lógica crecen juntos. La sabiduría y el amor crecen juntos.

 

Un famoso profesor de zoología de la Sorbona tenía la costumbre de examinar oralmente a sus estudiantes al final del curso y siempre les hacía la misma pregunta:

—Dime todo lo que sepas de los gusanos.

Y, claro, los estudiantes golfeaban todo el semestre y justo antes del examen empezaban a estudiar todo lo referente a los gusanos. Y todos obtenían puntuaciones muy altas.

Finalmente, al profesor llegó a extrañarle que todos sus estudiantes lo hicieran tan bien. Llegó la época del examen y todos los estudiantes se pusieron a estudiarlo todo sobre los gusanos. Cuando el primer estudiante se presentó al examen, el profesor le dijo:

—Dime todo lo que sepas sobre los elefantes.

El estudiante se quedó, por un momento, aturdido, pero luego contestó:

—Los elefantes tienen colas semejantes a gusanos. Los gusanos se clasifican en...

Y empezó a enumerarlos.

 

El conocimiento es siempre poco inteligente. Si te formulan una pregunta para la que tienes preparada una respuesta, te sirve; pero si te plantean una pregunta para la que no tienes preparada una respuesta, te ves en dificultades. Te comportas mecánicamente. El conocimiento es mecánico. ¿y cómo puede algo mecánico ayudarte a ser sabio? El conocimiento no es más que clasificar.

 

Hubo una vez un hermoso y joven león. Había sido capturado en la selva africana y llevado a América donde era exhibido en un parque zoológico. Esto hacía que el león se sintiera muy infeliz porque añoraba la libertad de su salvaje tierra natal y la compañía de las demás bestias de la selva. Pero después de un tiempo se resignó a su destino y tomó la decisión de, si tenía que vivir tras unas rejas, ser el mejor león del parque.

En la jaula inmediata había otro león, viejo y perezoso, con una actitud negativa y sin señal alguna de ambición ni aptitud de ninguna clase. Estaba todo el día tumbado al sol sin despertar el menor interés en los visitantes. En agudo contraste, el joven león deambulaba horas y horas de un lado a otro de su jaula. Actuaba como verdadero Rey de las Bestias, agitando su melena, gruñendo y exhibiendo los dientes. La gente estaba encantada con él en tanto que no prestaban ninguna atención al viejo león indolente que dormitaba en la jaula de al lado.

El joven león apreciaba aquella creciente atención que le dispensaban, pero le molestaba no obtener la recompensa que merecía. Cada tarde, el guardián del parque zoológico se acercaba a las jaulas y alimentaba a los animales. Al león viejo y perezoso que no hacía ningún esfuerzo por agradar a los espectadores le llenaba un gran cuenco con carne de caballo. Al joven león, convertido ahora en la estrella, le daba un cuenco lleno de gajos de naranja, plátanos y nueces. Y esto lo hacía sentir muy infeliz.

—Quizás —pensó— no me esfuerzo lo suficiente. Voy a mejorar mi puesta en escena.

De modo que se puso a deambular con paso arrogante mucho más tiempo y de una manera más espectacular. A sus gruñidos y rechinar de dientes agregó frecuentes rugidos que hacían retemblar los barrotes de su jaula. La multitud fue aumentando. Miles de ciudadanos acudían para verle y su fotografía apareció en las páginas del periódico local.

Pero su dieta no cambió. El león perezoso seguía recibiendo carne roja mientras que el joven león solamente recibía una dieta vegetariana. Finalmente no pudo soportarlo más. Se plantó ante el guardián y le dijo:

—Estoy ya harto y cansado de esto —se quejó—. Cada día le das a ese perezoso y maldito león de al lado un gran cuenco de carne roja mientras que a mí me alimentas con naranjas, plátanos y nueces. Eso es evidentemente injusto. ¿Por qué crees que viene toda esa gente al parque zoológico? ¡Vienen a verme a mí! Soy la principal atracción, el león que hace todo el trabajo y el obtiene estos resultados. ¿Por qué no te dignas a traerme carne?

El guardián le contestó:

—Joven, no sabes lo afortunado que eres. La dirección de este zoo sólo necesita un león. ¡A ti te están anunciando como mono!

 

Los filósofos son buenos estableciendo clasificaciones; los científicos son buenos clasificándolo todo. Se esfuerzan y concentran en clasificarlo todo, en ponerlo todo en su categoría correspondiente: esto es esto, eso es lo otro... y nunca se detienen. No buscan la unidad orgánica de la vida, no buscan el principio último de la vida que anima árboles, montañas, estrellas, animales, pájaros, hombres y mujeres. No buscan ese factor de síntesis. Ese factor unificador es lo que las religiones han llamado “verdad”, lo que Buda ha llamado “nirvana”, lo que Jesús ha llamado “reino de Dios”.

No encontrarás nada de sabiduría, nada de amor en la filosofía. Sí, hallarás todo tipo de hermosas respuestas, hallarás todo clase de información tipo “papagayo” y serás muy eficaz repitiéndola, citándola, pero tan sólo te estarás convirtiendo en un ordenador. Eso, un ordenador lo puede hacer mejor que tú.

Descubre en tu interior aquello que un ordenador no puede hacer y habrás encontrado la dirección correcta hacia tu más profundo ser, hacia tu libertad. En eso se esfuerza el Zen, eso es lo que estamos intentando hacer aquí. Un ordenador no puede amar; puede decir “Te amo”, pero tú sabes que es una computadora. Puede reproducir todos los gestos del amor, pero si de repente la electricidad se va... “Grrr, grrr, grrr”. O si la batería se agota, primero tendrás que reemplazarla. Luego te podrá decir: “Te amo”.

Pero la gente es tonta. Intenta por todos los medios que el hombre se parezca a un robot.

Justo el otro día estaba leyendo este artículo en un periódico de Toronto del 25 de febrero:

Parejas de ocasión:

Los hombres y mujeres del futuro tendrán robots como compañeros sexuales y la tecnología erótica les satisfará sus anhelados deseos: estimulantes, afrodisíacos y orgasmos químicos.

Durante un seminario en esta ciudad, los sexólogos han concluido que hombres y mujeres seguirán apareándose, pero durante períodos bien-definidos. Algunos expusieron que las mujeres querrán experimentar la «profunda y básica experiencia» del embarazo sin dar a luz.

Un sexólogo dijo que las relaciones sexuales con robots ayudarán a «complementar o enriquecer la vida virtual y contribuirán al establecimiento de un entorno que fomentará, en vez de los arrestos, el crecimiento y desarrollo sexual».”

¡Y sucederá! En cierto modo ya ha sucedido. Durante miles de años el hombre ha estado haciendo el amor mecánicamente y todos los mal llamados mahatmas —Mahatma Gandhi, el Papa polaco y la Madre Teresa— sostienen que si sólo haces el amor para reproducirte, entonces no es pecado, pero que si haces el amor por puro placer, para gozar, entonces sí es pecado.

Ahora bien, la reproducción es algo químico, biológico; el gozo es un valor superior. Ningún animal sabe lo que es gozar. ¿Has visto a los animales haciendo el amor? ¿Te parece que se divierten? Ni siquiera se dicen “hola”. Y cuando han acabado ni tan sólo dicen: “¡Gracias; nos volveremos a ver pronto!” Ni se miran el uno al otro; parecen aburrirse soberanamente. Fíjate en los animales haciendo el amor: parecen estar absolutamente aburridos, como si una fuerza biológica les obligara a hacerlo y tuvieran que hacerlo. Una vez acaban, cada uno sigue por su camino; nunca reconocerán de nuevo, nunca se escribirán cartas de amor.

La alegría no es animal, la alegría es humana. Y todos estos mahatmas siguen condenando al hombre por sus tendencias animales, excepto por la reproductora. ¡Y la reproducción es completamente animal! Todos los animales se reproducen; no tiene nada de especial. Lo único es que no lo disfrutan, no lo hacen con alegría, no derivan de ello ninguna relación amorosa, no transforman la energía sexual. Pero se cree que reproducirse es una virtud mientras que gozar es algo completamente censurable. Esa gente ha estado, desde siempre, haciendo de la alegría humana un fenómeno robotizado.

Todo el mundo ha estado haciendo el amor en la oscuridad, bajo las sábanas. Si un marciano viniera a la Tierra, particularmente a India, no vería a nadie haciendo el amor. El sistema de reproducción de la gente sería un enigma para él. Su principal preocupación sería averiguar cómo te reproduces porque no vería a nadie haciendo el amor. El amor es algo muy lejano; no vería a nadie cogiéndose de las manos.

He oído:

 

Una vez una pareja llegó a Marte, y, evidentemente, su principal preocupación fue descubrir cómo... porque eran incapaces de averiguar cómo hacía el amor allí la gente. Lo intentaron de todas las maneras, hicieron todo lo que hacían en la Tierra para averiguar sobre las aventuras amorosas de la gente, les espiaron, pero no pudieron averiguar nada.

Al final, se lo preguntaron muy educadamente a una pareja marciana:

—Somos de la Tierra y estamos haciendo un viaje de investigación. Nos gustaría saber cómo hacéis el amor.

Ellos contestaron:

—Es muy simple.

Y abriendo la nevera, sacaron dos frascos y empezaron a mezclar sus ingredientes en un tercera botellita. La agitaron bien y volvieron a colocar aquel frasquito en la nevera.

La pareja que preguntaba cómo hacían el amor, no vio en ello ningún indicio de “hacer el amor” y les dijeron:

—¿Qué hacéis? ¿Estáis preparando café?

Ellos contestaron:

—No. Dentro de nueve meses en este frasco aparecerá un nuevo niño. Hemos mezclado los ingredientes necesarios. Así es cómo nos reproducimos.

La pareja terrestre empezó a reírse. Y dijeron:

—Una cosa más... ¿cómo hacéis café?

Entonces los dos se desnudaron ¡y empezaron a hacer el amor!

La pareja de la Tierra empezó a reír histéricamente casi sin creer lo que veían. ¡Estaban preparando el café!

Los marcianos les preguntaron:

—¿De qué os reís? ¿Por qué os reís?

Ellos les dijeron:

—Porque ésta es la manera como nos reproducimos... ¡y vosotros hacéis café! ¡De modo que éste es el café que nos servisteis esta mañana!

 

El hombre ha estado tratando de encontrar una manera científica de reproducirse para que todo pueda ser mecánico. Entonces, incluso el amor dejará de ser algo privado. Las iglesias, las universidades, se han apoderado ya de la sabiduría; el amor es todavía un asunto privado. Obviamente, la sociedad lo domina casi en un 99 por 100 a través del matrimonio, a través de todo tipo de leyes, a través de todo tipo de contratos legales, pero en un 1 por 100 sigue siendo un asunto privado. Lo cual no alegra mucho a la sociedad. También ha de echarle mano a eso: también tu amor te ha de ser arrebatado. Hace tiempo que te han arrebatado la sabiduría y ahora quieren quitarte el amor. Entonces te verás reducido a ser una máquina, una servil máquina, un esclavo. Entonces repetirás sólo clichés.

 

Un hombre llama a la puerta del capellán. Cuando el ama de llaves abre la puerta, el hombre le dice:

—Os traigo los veinticuatro mil litros de aceite que pedisteis.

El ama de llaves se queda muy sorprendida y le pregunta al capellán si ha sido él el que ha pedido aquella cantidad de aceite. El capellán se queda aún más sorprendido, pero de repente se acuerda del loro. Se lanza hacia su habitación gritando:

—¿Fuiste tú el que pediste veinticuatro mil litros de aceite?

—No —le contesta el loro.

—¿Estás seguro? ¿Estás realmente seguro? —le pregunta el capellán.

—¡Sí! —chilla el loro.

—¡De acuerdo! ¡Espérame aquí! —le contesta el capellán—. ¡Si descubro que me has mentido te clavaré en la pared por las alas!

Y, efectivamente, pronto descubre que ha sido el loro el que ha hecho el pedido, de manera que lo clava en la pared.

Después de haber estado colgado allí durante algún tiempo, el loro mira con tristeza por la ventana y repara en el crucifijo de delante de la iglesia. Y alzando la cabeza le dice:

—¿También tú, Jesús, pediste veinticuatro mil litros de aceite?

 

El hombre se ha visto reducido a un papagayo. Mis sanyasins tienen que salir de todas esas jaulas... las jaulas que la filosofía, la teología, la ciencia y todo eso han creado alrededor de ti. Tienes que salirte de todas, por completo. No parcial, ni gradual, ni lentamente. No mañana, sino ahora, en este mismo momento.

 

—¡Riko!

—¿Sí, Maestro? —dijo inmediatamente el filósofo.

—¡Mira! —le dijo Nansen— ¡El ganso está fuera!

 



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