MUSICA ANCESTRAL EN LOS PINOS - II parte

 
 

 

Capítulo 6

 

Locos y devotos

 

La primera pregunta:

 

¿Cuál es la diferencia entre un loco y un devoto?

 

No demasiada. Y a la vez mucha. Ambos están locos, pero su locura tiene una cualidad totalmente diferente; el centro de la lo­cura es diferente. El loco está loco desde la cabeza; el devoto está loco desde el corazón.

El loco está loco debido a un fracaso. Su lógica ha fracasado. No pudo permanecer en la cabeza más tiempo. Llega un momento para la mente lógica en que la crisis nerviosa es una necesidad por­que la lógica funciona bien hasta cierto límite, entonces de repente deja de ser real. En ese momento deja de ser fiel a la realidad.

La vida es ilógica. Es salvaje. En la vida, las contradicciones no son contradicciones sino complementarios. La vida no cree en la división entre esto y lo otro, la vida cree en ambos. El día se convierte en la noche, la noche se convierte en el día. Se funden y se combinan, los límites no son claros. Todo está entremezcla­do con todo: tú estás entremezclado con tu amado, tu amado está entremezclado contigo. Tu niño es todavía parte de ti y a la vez es independiente. Los límites son borrosos.

La lógica crea límites claros. Para mayor claridad, disecciona la vida en dos, en una dualidad. Se consigue claridad, pero se pierde vitalidad. A costa de la vitalidad la lógica consigue la claridad.

Por eso, si eres una mente mediocre, puede que nunca enlo­quezcas. Esto significa que eres lógico a medias y que mucho de lo ilógico sigue existiendo en ti, lo uno al lado del otro. Pero si eres realmente lógico, el resultado final sólo puede ser la locura. Cuanto más lógico eres, más intolerante serás con cualquier cosa ilógica, y la vida es ilógica. Por eso, poco a poco, te harás intole­rante con la vida misma. Te cerrarás cada vez más. Negarás la vida, no negarás la lógica. Entonces al final te colapsarás: éste es el fracaso de la lógica.                                                   

Casi todos los grandes filósofos lógicos enloquecen. Si no en­loquecen, no son grandes filósofos. Nietzsche enloqueció, Ber­trand Russell nunca enloqueció. Él no es un filósofo tan grande; en cierto modo es mediocre. Continúa viviendo con su sentido común; es un filósofo con sentido común. Él no va hasta lo más extremo. Nietzsche fue hasta lo más extremo y, por supuesto, allí está el abismo.        ­

La locura es el fracaso de la cabeza, y en la vida hay millones de situaciones donde de repente la cabeza carece de importancia.

Estaba leyendo una anécdota:

 

Una mujer telefoneó al constructor de su nueva casa para que­jarse de las vibraciones que hacían temblar la estructura cuando pasaba el tren, tres calles más allá.

-¡Ridículo! -le dijo-. Pasaré para comprobarlo.              

-Espere hasta que el tren pase por aquí, -dijo la mujer cuan­do el constructor llegó para la inspección-. Porque casi me tira de la cama. Túmbese ahí. Verá.

El constructor acababa de estirarse en la cama cuando llegó a casa el marido de la propietaria.

-¿Qué está usted haciendo en la cama de mi mujer? -pregun­tó el marido-.

El aterrorizado constructor tembló como una hoja.

-¿Se lo creerá si le digo que estoy esperando al tren? –le dijo-.

 

Hay mil y una situaciones en las que la vida se presenta con toda su ilógica. De repente tu mente lógica se detiene, deja de funcionar. Si observas la vida te darás cuenta de que estás ac­tuando ilógicamente cada día. Y que si insistes demasiado en la lógica, poco a poco te quedarás paralizado; poco a poco te irás alejando de la vida; poco a poco sentirás cómo se asienta en ti una cierta sensación de muerte. Un día u otro esta situación tiene que explotar: la división o/y la crisis nerviosa.

Esta división, en sí misma, es falsa. En la vida no hay nada di­vidido. La división sólo existe en tu cabeza; los límites claramente delimitados sóló existen en tu cabeza. Es como si haces un peque­ño claro en el bosque; limpio, limitado por un muro, con césped, con algunos rosales, y todo en perfecto orden. Pero más allá de los límites está el bosque, esperando. Si no te ocupas del jardín duran­te unos días, el bosque entrará. Si dejas el jardín desatendido, des­pués de un tiempo el jardín desaparecerá y el bosque regresará. La lógica está hecha por el hombre, igual que un jardín inglés -ni si­quiera como el jardín Zen japonés, bien definido-.

Cada día hay un problema. .. Mukta se ocupa de mi jardín. Es mi jardinera, y no hace más que podar. Yo sigo diciéndole: «¡No cortes! Déjalo crecer como un bosque!». Pero ¿qué puede hacer ella? Me oculta que está podando, planeando y organizando por­que no puede permitir que el jardín se convierta en un bosque. Debe de estar dentro de unos límites.

La mente lógica es como un pequeño jardín, hecho por el hombre, y la vida es un bosque salvaje. Más pronto o más tarde irás en contra de la vida y entonces tu mente quedará boquiabier­ta, caerá de bruces. Lleva tu mente hasta el extremo de la lógica y te volverás loco.

 

Sucedió en un aeropuerto: Moskowitz se encontró con su ri­val en los negocios, Levinson, en el aeropuerto, y le preguntó con aires de fingida casualidad:

-¿Y adónde vas, Levinson?

Éste en el mismo tono casual, respondió:


 

      -Chicago.

-¡Ah! -dijo Moskowitz, blandiendo triunfalmente un dedo-.

¡Te acabo de pillar en una mentira flagrante. Me dices Chicago porque quieres que piense que vas a San Luis, pero hablé con tu socio esta misma mañana y sé que vas a Chicago, mentiroso!

 

La mente lógica no para de tejer e hilar sus propias teorías, sus propias ideas, y trata de hacer que la realidad se ajuste a ellas. La realidad debe de coincidir con tus ideas: así es una mente lógica. Te esfuerzas en que la realidad sea una consecuencia de tu ideo­logía. Pero esto no es posible, estás intentando lo imposible. Es inverosímil, no puede suceder. La ideología tiene que ajustarse a la realidad, y cuando llega la situación en que tienes que ajustar­te a la realidad, toda la estructura de tu mente vacila, toda la es­tructura de tu mente simplemente se cae. Demuestra ser un casti­llo de naipes. Un pequeño viento de realidad y el palacio desaparece. Eso es la locura.

¿En qué consiste la locura de un devoto? El centro de la locu­ra del devoto es su corazón, el centro de la locura ordinaria es la cabeza. La locura ordinaria ocurre a partir del fracaso de la cabe­za y la locura del devoto ocurre a partir del éxito de su corazón. Cuando la lógica fracasa, locura ordinaria; cuando el amor triun­fa, locura extraordinaria: la locura del devoto.

El amor es ilógico. El amor es irracional. El amor es vida. El amor contiene todas las contradicciones en sí mismo. El amor es capaz incluso de contener su opuesto, el odio. ¿No lo has obser­vado? Sigues odiando a la misma persona a la que amas. Pero el amor es más grande. Es tan grande que incluso se le puede per­mitir al odio desempeñar su papel. De hecho, si realmente amas, el odio no es una distracción; al contrario, le da color, sabor. Hace todo el asunto más colorido, como un arco iris. Incluso el odio no es el opuesto de un corazón amoroso: él puede odiar y seguir amando. El amor es tan grande que incluso puede permitir al odio que tenga su propia voz. Los amantes se convierten en ínti­mos enemigos, no dejan de luchar.

De hecho, si preguntas a los psicoanalistas, psiquiatras y psi­cólogos, te dirán que cuando una pareja deja de luchar, el amor también se detiene. Cuando una pareja no se preocupa ya ni de luchar, se han vuelto indiferentes con el otro, el amor se ha dete­nido. Si todavía luchas con tu esposa o tu marido, tu novio o tu novia, eso demuestra que todavía hay vida en ello. Es como un cable eléctrico, todavía da calambre. Cuando el amor ya no está allí y todo está muerto, no hay lucha. iPor supuesto! ¿Para qué luchar? Carece de significado. Uno se asienta en una especie de frialdad; uno se asienta en una especie de indiferencia.

 El amor es como la vida salvaje, por eso cuando Jesús dice que Dios es amor, ¿qué quiere decir? Quiere decir que si amas conocerás muchas cosas que son atributos de Dios: que el contie­ne los opuestos, que incluso al diablo se le permite decir algo, que no hay problemas con el opuesto, que el enemigo también es el amigo y que en el fondo están relacionados y conectados, que la muerte no está en contra de la vida, sino que la muerte es par­te de la vida y ésta parte de la muerte.

La totalidad es más grande que todos los opuestos. Y no es sólo la suma de los opuestos, es más que la suma. Éstas son las matemáticas más elevadas, las matemáticas del corazón. Por su­puesto, un hombre de amor parecerá un loco. Te parecerá loco porque tú funcionas desde la cabeza y él funciona desde el cora­zón; los idiomas son totalmente diferentes.

Por ejemplo, Jesús fue crucificado. Sus enemigos estaban es­perando que él los insultara, estaban un poco asustados. Los ami­gos estaban esperando que hiciera algún milagro y que todos sus enemigos cayeran muertos. ¿Y qué es lo que hizo? Hizo algo pro­pio de un loco: rezó a Dios para que perdonara a esa gente por­que no sabían lo que estaban haciendo. Ésta es la locura del amor. No se espera que cuando te están matando reces para que esas personas sean perdonadas porque no saben lo que hacen. Son completamente inconscientes, sonámbulos; no son responsables de nada de lo que están haciendo, porque ¿cómo puedes cargar la responsabilidad a alguien que está dormido.? Son inconscientes, perdónalos. Éste es el milagro que sucedió aquel día, pero nadie pudo verlo; fue una absoluta locura.

El idioma del amor es extraño a la cabeza. Ésta y el corazón son los polos opuestos de la realidad. No existe una distancia más grande entre dos puntos como la que hay entre la cabeza y el co­razón, la razón y el amor, la lógica y la vida. Si una persona está loca de amor, su locura no es una enfermedad. De hecho, es la única persona sana. Es la única persona total; es la única persona sagrada, porque a través de su corazón de nuevo se ha unido a la vida. Ahora ha dejado de luchar, se acabó el conflicto.

Se ha rendido, se ha dejado ir. Confía en la vida. Tiene fe y sabe que nada malo va pasarle. No tiene miedo. Incluso en la muerte se irá riendo y cantando, extático, porque incluso en la muerte Dios le está esperando. La muerte también se vuelve una puerta. Por supuesto, para la mente lógica, este hombre parece un loco. Y está loco, en cierto modo, todo lo que está haciendo está más allá de la comprensión de la razón. Para mí no está loco. Pre­gúntale a Jesús: para él no está loco; pregúntale a Buda: para él no está loco. De hecho, es la única persona sana, porque ya no piensa, vive; ahora ya no está dividido, sino que es total; ahora para él no existe la dualidad, es una unidad.

Ése es el significado de la palabra yoga: "aquello que une". Ese es el significado también de la palabra religión: "aquello que te unifica, aquello que te reunifica"; re-ligare; ya no estás dividido.

Por otra parte, normalmente no eres una sola persona, eres muchas personas. Eres una muchedumbre. No sabes qué es lo que está haciendo tu mano izquierda y qué es lo que tu mano de­recha está planeando hacer. Por la mañana no sabes qué vas a ha­cer por la tarde. Dices una cosa pero querías decir otra, y segui­rás diciendo algo distinto de lo que piensas. No eres una unidad. Eres una multitud. Hay muchas personas dentro de ti dando vuel­tas en una rueda, y cada una, por un momento, es el rey. Y en ese momento el rey promete cosas que no puede cumplir porque para cuando llega el momento de cumplir ya no es el rey.

Te enamoras de una mujer y le dices: “Te amaré para siem­pre”. ¡Espera! ¿Qué estás diciendo? Ahora, en este momento, una parte de tu personalidad está en el trono y esa parte dice: «Te amaré para siempre», pero en sólo media hora puede que te arre­pientas. Y en sólo unos días, puede que te hayas olvidado com­pletamente de lo que has dicho.

La mujer no va a olvidarse, se acordará. Te recordará una y otra vez lo que dijiste, que la ibas a querer para siempre, y ¿qué le ha sucedido a tu amor? Te sentirás culpable e impotente y de­sesperado porque no puedes hacer nada. Ahora sabes que no de­berías haber hablado acerca del futuro, pero en aquel momento no pudiste resistirlo; en aquel momento parecía que la amarías para siempre. En ese momento era verdad, pero la parte de la mente que lo afirmaba ya no es el emperador. Ahora hay otras mentes: en el trono está sentada otra parte de ti que ama a otra mujer, que escoge a otra mujer. No importa lo que prometas por­que no vas a cumplirlo.

Un hombre de comprensión nunca promete porque sabe que es inútil. Dirá: «Me gustaría amarte para siempre, pero ¿quién sabe? Podría no sentir lo mismo mañana». Se sentirá humilde, no se sentirá muy seguro. Sólo los locos se sienten seguros. Las per­sonas de comprensión dudan porque saben que tienen una mu­chedumbre en su interior, que no son uno.

Por eso, en las viejas escrituras se dice que si surge un buen pen­samiento en tu mente debes realizarlo inmediatamente, porque en el próximo momento quizás no te guste llevarlo a cabo. Y si surge un mal pensamiento, pospónlo un poco. Si algo bueno surge en ti, no pierdas la oportunidad. ¡Hazlo! Si sientes que es bueno puedes vol­ver a hacerlo mañana, pero hazlo ahora mismo no lo pospongas. Pero la mente ordinaria sigue haciendo justo lo contrario: cualquier cosa buena que surge en ti la dejas para mañana -luego nunca lo.ha­ces-; y cualquier cosa mala que surge en ti, la haces inmediatamen­te. Si estás enfadado, te enfadas ahora mismo, no lo puedes pospo­ner.

Pero si sientes compasión, te dices: «¿Qué prisa tengo?

Mañana». Ese mañana nunca llega. El mañana no existe.

Normalmente, una persona es una muchedumbre. De hecho, no deberíamos usar la palabra "mente" en singular. No debería­mos decir que tienes mente, es un error. Raramente una persona tiene una mente. Tú tienes mentes. Eres poli-psíquico.

El corazón -esa es la belleza-, el corazón siempre es uno. No conoce la dualidad. No es una muchedumbre. Es una unidad. Cuanto más te acercas al corazón, la "unidad" aparece y la "mul­tiplicidad" desaparece a lo lejos. El corazón no necesita prome­sas, porque incluso sin prometer va a cumplir.

La mente sigue haciendo promesas, pero nunca las cumple. De hecho, promete sólo para crear una ilusión, porque sabe que no va a cumplir nada. Por eso, al prometer, por lo menos crea una ilusión. «Te amaré para siempre». El corazón nunca dirá eso, pero lo hará. Y cuando lo puedes hacer, ¿qué sentido tiene el de­cirlo? No hay necesidad.

El hombre de amor está loco, loco para la mente lógica, pero no está enfermo. En los manicomios occidentales, hay mucha gente que no está loca. Si estuvieran en los países orientales has­ta podrían haber sido venerados. En Occidente no existe todavía la claridad para distinguir entre un loco de la cabeza y un loco del corazón. Éste último no es un loco, es un hombre de Dios; o está loco de un modo tan diferente que necesita que lo adoren, lo ve­neren, lo respeten. No es necesario tratarlo, no es necesario inter­narlo en un manicomio, no es necesario aplicarle electroshocks. Pero estas cosas siempre se llevan al extremo, siempre.

En Oriente ha sucedido que muchos locos han sido venera­dos; eran locos de la cabeza. Estaban sencillamente locos; pero fueron venerados porque hemos venerado locos del corazón y es muy complicado para la masa común y ordinaria distinguir a unos de otros. Son casi idénticos.

Ahora en Occidente está sucediendo lo opuesto: aquéllos que habrían sido santos en el pasado... piénsalo, si Jesús viniera, na­ciera hoy en día en América, ¿dónde estaría? O san Francisco de Asís, ¿dónde estaría? En algún manicomio. Los judíos trataron muy bien a Jesús: lo mataron, pero nunca lo metieron en un ma­nicomio. Eso fue más respetuoso. Pero ahora, en el mundo mo­derno, si él volviera a algún lugar en Occidente, acabaría en un manicomio, o tumbado en algún diván freudiano, recibiendo electroshocks, drogado. Porque el psicoanalista dice que era un neurótico, que su personalidad era neurótica, que estaba loco. Por supuesto las cosas que decía parecían locuras. Decía: «Soy el Hijo de Dios». ¡Qué tontería! ¿Hijo de Dios? ¡Megalomanía! ¿De qué está hablando? No está en sus cabales, vive en un sueño. Habla del reino de Dios -tonterías, cuentos de hadas; bueno para un -libro de niños, pero inmaduro-. Él escogió un momento me­jor para venir.

San Francisco de Asís estaría con toda seguridad en un mani­comio. Hablaba con los árboles, le decía al almendro: «Hermano, ¿cómo estás?». Si estuviera aquí lo habrían encerrado: ¿Qué ha­ces? ¿Hablando con un almendro? «Hermano, cántame a Dios, -le decía al almendro.» Y esto no era todo, ¡además escuchaba la can­ción que su hermano el almendro le cantaba! ¡Estaba loco! Nece­sitaba tratamiento. Le hablaba al río y al pez, y presumía de que el pez le contestaba. Hablaba con las piedras y con las rocas. ¿Se ne­cesitan muchas más pruebas para concluir que estaba loco?

Estaba loco, ¿pero no te gustaría estar tan loco como san Francisco de Asís? Piénsalo: la capacidad de escuchar al almendro cantando, y un corazón que puede sentir a los árboles como hermanos y hermanas, un corazón que puede hablarle a la roca, un corazón que ve a Dios en cualquier lugar, por todas partes, en cada forma.          Éste debe de ser un corazón lleno de amor supre­mo. El amor absoluto te revela ese misterio.

Pero para la mente lógica, por supuesto, estas cosas son ton­terías. Para mí, o para cualquiera que ha sabido cómo mirar la vida a través del corazón, éstas son las únicas cosas llenas de sig­nificado. Enloquece, si puedes, enloquece del corazón.

Ahora la última cuestión sobre esta pregunta: si tu cabeza lle­ga al colapso, no te preocupes. Usa esta oportunidad de vivir un estado desestructurado. En ese momento, no te preocupes por qué te estás volviendo loco; en ese momento, entra en tu corazón.

Algún día en el futuro, cuando la psicología realmente madu­re, siempre que alguien se vuelva loco de la cabeza le ayudaremos para que vaya hacia el corazón. Porque en ese momento se pre­senta una oportunidad: el colapso se puede convertir en avance. Ya no está la vieja estructura, ya no se encuentra en las garras de la razón, por un momento es libre. La psicología moderna intenta reajustarlo de nuevo a la vieja estructura. En la actualidad todos los esfuerzos son de adaptación: cómo hacerlo otra vez normal. La psicología real hará algo diferente. La psicología real usará esta oportunidad, porque cuando la mente vieja desaparece, deja un vacío. Usará ese intervalo y lo dirigirá hacia la otra mente: esto es, hacia el corazón. Lo dirigirá hacia otro centro en su ser.

Cuando conduces un coche cambias de marcha. Siempre que cambias de marcha, llega un momento en el que la palanca pasa por punto muerto; tiene que pasar por punto muerto. Punto muer­to significa que no hay ninguna marcha puesta. De una marcha a otra, hay un momento en el que no hay ninguna. Cuando la men­te ha fracasado, estás en punto muerto. Estás otra vez como si acabaras de nacer. Usa esta oportunidad y aleja tu energía de la vieja y podrida estructura que se está cayendo. Deja la ruina, en­tra en el corazón. Olvida la razón y deja que el amor sea tu cen­tro, tu objetivo. Cada caída puede convertirse en un avance, y cada posibilidad de fracaso para la cabeza puede convertirse en una de éxito para el corazón, el fracaso de la cabeza puede con­vertirse en un éxitó para el corazón.

 

La segunda pregunta:

 

Una vez en un darshan oí que le decías a un visitante que

él sería un buen sannyasin.

¿Qué es un buen sannyasin?

 

Primero: ¿qué es un sannyasin?

Un sannyasin es aquel que ha llegado a entender la trivialidad de lo así llamado vida mundana. Un sannyasin es aquel que ha en­tendido una cosa: que tiene que hacer algo inmediatamente con su propio ser. Si sigue dejándose ir como hasta ahora, perderá la oportunidad que le está brindando esta vida. Un sannyasin es aquel que se ha dado cuenta de que ha vivido erróneamente hasta ahora; ha tomado direcciones equivocadas, ha estado demasiado preocupado con cosas y no se ha preocupado de sí mismo, se ha preocupado demasiado del poder y el prestigio mundanos y no se ha preocupado de saber quién es él. Un sannyasin es aquel que está dando un giro hacia sí mismo, paravritti. Un sannyasin es un milagro: la energía está regresando hacia uno mismo.

Normalmente, la energía se aleja de ti hacia cosas, hacia me­tas, hacia lo mundano. La energía se aleja de ti, por eso te sientes vacío. La energía se aleja, nunca regresa; la sigues malgastando. Poco a poco, te sientes disoluto; frustrado. Nada vuelve. Te em­piezas a sentir cada vez más vacío, la energía se está simplemen­te agotando día a día. Y entonces llega la muerte, que no es otra cosa que estar agotado y consumido. El milagro más grande en la vida es entender esto, y reconducir la energía hacia casa. Es un giro hacia el interior. Este giro, paravritti, es sannyas.

No es que vayas a abandonar el mundo. Vives en él; no es ne­cesario que dejes nada o vayas a otro lugar. Vives en el mundo, pero de un modo totalmente diferente. Ahora vives en el mundo pero permaneces centrado en ti mismo, tu energía vuelve a ti.

Ya no estás yendo hacia afuera, ahora vas hacia adentro. Por supuesto te conviertes en una fuente de energía, en un depósito, y la energía es felicidad, ¡es pura dicha! Allí sólo hay energía des­bordándose, y estás dichoso, puedes compartirla y puedes darla en amor. Ésta es la diferencia. Si pones tu energía en la avaricia nunca vuelve; si pones tu energía en el amor, vuelve multiplica­da por mil. Si pones tu energía en la rabia, nunca vuelve. Te deja vacío, agotado, consumido. Si usas tu energía en la compasión, te vuelve mil veces aumentada.

Ahora te diré lo que es un buen sannyasin. Un buen sannya­sin es aquel que ha entendido esta ley de vida tan fundamental: da ámor y te vuelve aumentado mil veces. Da rabia y se va para siempre; da avaricia y se va para siempre. Comparte y nunca se va, por el contrario, te enriqueces.        

Cuando digo un "buen sannyasin" no quiero decir un sannya­sin moral o inmoral; mi palabra "bueno" no tiene nada que ver con la moralidad. Tiene que ver con lo que el Buda llama ais dhammo sanantano, lo que el Buda llama la ley eterna de la vida.

Un hombre bueno es un hombre de comprensión. Un hombre bueno está alerta, consciente, eso es todo. La consciencia es para mí el único valor, todo lo demás carece de significado. La cons­ciencia es para mí el único valor, por eso cuando digo un "buen sannyasin", quiero decir un sannyasin que es consciente. Por su­puesto, cuando eres consciente, te comportas conforme a la ley, la ley fundamental. Cuando eres inconsciente, te estás destruyen­do a ti mismo, estás siendo un suicida.

Si te comportas de acuerdo a la ley fundamental, te enrique­cerás tremendamente. Tu vida se irá enriqueciendo por momen­tos: Te convertirás en un rey. Podrías continuar siendo un mendi­go en el mundo externo, pero te convertirás en un rey, en una cumbre de riqueza interna. Lo que Jesús llama el reino de Dios estará en tu interior. Te convertirás en el rey de ese reino que hay en tu interior, pero se necesita más consciencia.

De modo que no me mal interpretes. Cuando digo un "buen sannyasin", no estoy usando esta palabra en un sentido morali­zante. La estoy usando en su sentido más fundamental, porque para mí la moralidad es sólo un resultado de la consciencia, y la inmoralidad es una sombra de la inconsciencia.       ­

No estoy interesado ni en sombras ni en resultados; estoy interesado en lo fundamental, en lo esencial.

Sé consciente y serás bueno, sé inconsciente y serás malo.

He escuchado una pequeña anécdota.

 

Un viejo granjero estaba observando a su joven hijo, Luke, encender la mecha de un quinqué antes de salir por la noche.

-¿Para qué es esa luz -preguntó-.

El hijo respondió:

-Me voy a conquistar a alguna mujer papá, no te preocupes.-

¡Vaya! -dijo el padre-. Cuando yo salía a rondar mujeres, nunca me llevaba una lámpara conmigo, hijo.

-Ya se nota -respondió- ¡Mira lo que conseguiste!

 

Si no llevas contigo la lámpara de la consciencia, vas a crear un infierno a tu alrededor. Enciende tu lámpara, no importa a donde vayas; a cortejar a una mujer o a otra cosa, ese no es el asunto. Adonde vayas, en todo lo que hagas, lleva siempre tu luz interior, tu consciencia.

Y no te preocupes de moralidades, de conceptos sobre lo que es bueno o es malo. Lo bueno le sigue a tu luz interior como una sombra. Tu ocúpate de tu luz interior.     

Esto es meditación: permanecer más alerta. Vive la misma vida, sólo cambia tu consciencia, hazla más intensa. Come la misma comida, recorre el mismo camino, vive en la misma casa, permanece con la misma mujer y los niños, pero cambia total­mente en tu interior. ¡Estáte alerta! Recorre el mismo camino, pero con consciencia. Si te haces consciente, de repente el cami­no ya no es el mismo, porque tú ya no eres el mismo. Si eres consciente, tu comida ya no es la misma, porque tú no eres el mismo; tu mujer ya no es la misma, porque tú no eres el mismo. Todo cambia cuando tu interior cambia.

Si alguien cambia su interior, el exterior cambia totalmente. Mi explicación de este mundo es que tú debes de estar viviendo en una profunda oscuridad interior, por eso este mundo. Si en­ciendes tu lámpara interna, de repente el mundo desaparece, y sólo existe Dios. El mundo y Dios no son dos cosas distintas, sino dos percepciones de la misma energía. Si eres inconsciente, la energía se te presenta como el mundo, el sansara; si estás aler­ta, esta misma energía se te presenta como divinidad. Todo de­pende de tu consciencia o de tu inconsciencia interior. Ése es el único cambio, la única transformación, la única revolución pen­diente.

 

La tercera pregunta:

 

Me siento enfermo de cobardía.

 

Debe de existir el deseo de no ser un cobarde: este deseo está creando el problema. Si eres un cobarde, eres un cobarde. Acép­talo. ¿Qué puedes hacer al respecto? Cualquier cosa que hagas creará más problemas, más líos.

¿Y quién no es cobarde? Cuando la vida está en constante pe­ligro de muerte, ¿cómo es posible no ser un cobarde? ¡Es impo­sible! Cuando en cualquier momento puedes morir y la vida te puede ser arrebatada, ¿cómo es posible, frente a ese peligro, ser valiente? Puedes fingir, puedes arreglártelas para parecer que eres valiente, pero en lo más profundo seguirás siendo un cobar­de. Es natural. Sólo tienes que mirar la fragilidad de los seres hu­manos: somos tan minúsculos y esta existencia es tan vasta. No somos ni gotas luchando en contra de este océano. ¿Cómo es po­sible no ser cobarde?

Trata de entenderlo. Acéptalo. Es natural. No crees ningún ideal en su contra porque ese ideal está surgiendo de tu cobardía. Ese ideal no te va a ayudar. Como mucho te puedes poner muy tenso y fingir que no eres un cobarde. Te puedes ir al extremo opuesto sólo para probarte a ti mismo y al mundo que no eres un cobarde.

Eso es lo que están haciendo vuestros generales y vuestros grandes líderes, tratar de demostrar al mundo que no son unos cobardes. Y por culpa de sus esfuerzos, el mundo entero ha sufri­do muchísimo.

Por favor, no intentes ninguna tontería como ésa. Sólo acépta­lo. Es impotencia. Uno tiene que aceptarlo. Una vez que lo acep­tas y comienzas a entenderlo, verás que poco a poco desaparece. No es que te vayas a convertir en un valiente, lo que ocurre es que un día sencillamente encuentras que a través de la aceptación la sensación de impotencia desaparece.

No hay lucha, desaparece. No hay resistencia; aceptas y desa­parece. No es que te hayas convertido en un valiente, sencilla­mente te vuelves más comprensivo. La valentía no es un ideal, pero te han dicho desde tu más tierna infancia: «¡Sé valiente!», y por eso tratas de serlo. Eso crea mucha ansiedad y tensión. Estás temblando en todo tu interior y en el exterior eres como un esta­tua de piedra, estás dividido. Esto ha creado en ti mucha miseria.

Los ideales que te han enseñado desde tu niñez son ridículos, sencillamente no se basan en la realidad. Es como decirle a la ho­jita de un árbol: «Cuando sople fuerte el viento, no te agites, no te muevas, no tiembles, eso es una cobardía». Pero ¿qué puede hacer una hojita? Cuando sopla fuerte el viento, tiembla, todo el árpol se estremece. Pero lo árboles no son tan necios, no te harán caso, ellos siguen a lo suyo.  

¿Has observado a dos perros luchando? No empiezan a luchar inmediatamente. Primero comienzan una lucha simulada, ladran. Esto es sólo un juego para medirse, para decidir quién es el más fuerte. No van a luchar inmediatamente porque eso es absurdo, estúpido; eso sólo lo hacen los humanos. Primero prueban a la­drarse mutuamente, se tiran uno encima de otro, muestran su to­talidad; uno mostrará: «Yo soy esto», y el otro mostrará: «Yo soy esto». A continuación, inmediatamente resuelven: esa resolución es suficiente para convencerlos. Pronto el que siente que es más débil mete el rabo entre las patas y se va: «Se terminó. ¿Qué sen­tido tiene luchar? iSoy más débil, tú eres más fuerte, y va a ganar el más fuerte! Ya no tiene sentido». No es que sea un cobarde; simplemente es sabio. Yo a eso no le llamo cobardía.

Los seres humanos insistirán, incluso sintiendo que son más débiles. Cuanto más débil te sientes, más miedo te dará irte. La gente dirá que eres un cobarde, por eso debes luchar... Y serás golpeado de mala manera y herido innecesariamente. No tiene sentido. Es un cálculo simple. Y el más fuerte no va a enseñar a los otros perros que ha ganado. No, todo el asunto se queda ahí. Él también sabe que es el más fuerte; por eso, ¿qué sentido tiene? No va por ahí anunciando que ha ganado. No, la lucha se aban­dona y él se olvida de todo.

Pero en la situación humana todo el asunto ha tomado una for­ma muy equivocada, porque se enseñan ideales erróneos. Se de­bería enseñar a cada niño a ser auténtico con la vida. Si hay mie­do, ten miedo. ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué fingir que no estás asustado? Si quieres llorar, llora. ¿Por qué tenerle miedo a las lá­grimas? Pero se nos ha enseñado a no llorar, particularmente a los hombres. A los niños pequeños la madre les dice: «No seas mariquita. No empieces a llorar. Eso es de niñas». Y el niño se endurece. Fíjate... los hombres no pueden llorar. Se han perdido una de las cosas más hermosas en la vida. La naturaleza no hace ninguna diferencia entre hombre y mujer. El hombre tiene tantas glándulas lacrimales como la mujer, luego está probado, no hay diferencia. Las lágrimas son necesarias. Son una limpieza. Pero, ¿cómo vas llorar? ¿Qué dirá la gente? Dirán: «¿Tú llorando? ¿Se ha muerto tu esposa y estás llorando? Sé un hombre. Sé valiente. Plántale cara. No llores».

Pero ¿lo entiendes? Si no lloras, poco a poco tu sonrisa se co­rromperá, porque todo está unido. Si no puedes llorar, no puedes reír. Si no permites a tus lágrimas fluir con naturalidad, no serás capaz de permitir que tu sonrisa fluya naturalmente. Todo pierde su frescura, todo se hace tenso. Todo se convierte en algo forza­do, te moverás de un modo casi enfermizo y nunca estarás a gus­to contigo mismo. Esto es lo que ha pasado, y ahora te sientes mi­serable.

La vida consiste en fluir. Si eres cobarde, se un cobarde. Se honestamente cobarde. Y yo te lo digo: no hay nadie que no sea cobarde. Y está bien que la gente no sea así; de otra manera, aun cuando se sienten impotentes, se sentirían egoístas. Si no fueran cobardes, serían casi piedras muertas: no estarían vivos, serían sólo egos, congelados.                                                   

No te preocupes. Acéptalo. Si es así, es así, una realidad de la vida. Trata de entenderlo. Y no escuches a los demás; todavía es­tás siendo manipulado por los demás.

Estaba leyendo una anécdota.

 

La señora Jones perseguía a su marido en el zoo por entre la multitud blandiendo su paraguas y lanzando gritos de amenaza. El asustado señor Jones, advirtiendo que la cerradura de la jaula de los leones no estaba bien cerrada, abrió la puerta de un tirón y se precipitó dentro de la jaula; la cerró otra vez de un portazo, empujó al asombrado león con fuerza contra la puerta y se asomó cuidadosamente por encima de su hombro.                                                                 

Su frustrada esposa, señalándolo furiosa con el paraguas chilló:

-¡Sal de ahí, cobarde!              

 

Este hombre ¿un cobarde?

Pero todo marido es un cobarde a los ojos de su esposa. A los ojos de los demás, eres un cobarde. No te fíes demasiado de la opinión de los otros. Si tú mismo sientes que eres un cobarde, cierra los ojos, medita sobre ello. El noventa y nueve por ciento es la opinión de los demás: la esposa blandiendo su paraguas, «¡Sal de ahí, cobarde!». El noventa y nueve por ciento es la opi­nión de los demás, déjalo caer; el uno por ciento es la realidad, acéptalo; y no te crees ningún ideal antagonista. Acéptalo, y en­tonces verás que la cobardía deja de ser cobardía. Recházalo, y se convierte en cobardía. La misma palabra "cobarde" es condena­toria: aceptada se convierte en humildad, en imposibilidad.

Así es. Tenemos que ser humildes: no somos la totalidad. So­mos parte de una totalidad muy vasta, partes diminutas, partes atómicas, pequeñas hojas de un gran árbol.

Es bueno temblar a veces. No hay nada malo en ello. Te ayu­da a sacudirte el polvo. Te renueva.

Lo que quiero decir es: acepta la vida como es y no trates de convertirla en otra cosa. No intentes convertir tu violencia en no violencia; no intentes convertir tu cobardía en valentía; no inten­tes convertir tu sexo en celibato. No crees el opuesto. En vez de eso, trata de entender la realidad de la violencia, y poco a poco te volverás no violento. Entiende la realidad de la cobardía, y la co­bardía desaparecerá. Entiende la realidad del sexo, y encontrarás que surge en él una nueva cualidad, que va más allá.

Pero siempre sigue la corriente de los hechos, nunca vayas en contra.

 

La cuarta pregunta:

 

Mi padre está obsesionado con la genealogía.

¿Hay algo en esta búsqueda?

 

Debe de haberlo, de otra manera ¿por qué debería tu padre estar obsesionado? Podría haber tomado el camino equivocado, pero debe de haber algo en ello. Incluso cuando la gente se equivoca lo hace por alguna razón, aunque podrían no ser cons­cientes.

 Déjame que te cuente una anécdota.

 

 El joven Willie, con ocho años, fue a su padre una mañana y le preguntó:

-Papá: ¿de dónde vengo?

El padre de Willie sintió una punzante sensación en su estó­mago porque sabía que en ese momento estaba contra las cuer­das. Era un padre moderno y se dio cuenta de que una pregunta como esa merecía una respuesta franca y completa. Encontró un lugar tranquilo y durante la siguiente media hora adoctrinó cui­dadosamente a Willie en los eufemísticamente llamados "hechos de la vida", arreglándoselas para ser bastante explícito.

Willie escuchó con fascinada absorción, y cuando terminó, el padre dijo:

-Bien, Willie, ¿responde esto a tu pregunta?

-No -dijo Willie -en absoluto. Johny Brown viene de Cincin­natti, ¿de dónde vengo yo?

 

Si tu padre está interesado en la genealogía, ha malentendido su búsqueda. Ésta es una pregunta natural que está en el ser de todo el mundo: ¿de dónde venimos? ¿De dónde? ¿De qué origen? Ahora bien, si te metes en la genealogía, no estás yendo a ningún lugar. La pregunta básica es religiosa, no tiene nada que ver con la genealogía. La pregunta básica es: ¿quién es mi primer padre, o mi primera madre? La pregunta básica es: ¿cuál es el principio de todo esto? Ahora bien, esto no tiene sentido. Tengo un padre y mi padre tuvo un padre, y por supuesto esto sigue y sigue, y pue­des seguir buscando, puedes hacer un gran árbol genealógico con toda tu familia, pero no tiene sentido porque la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién fue el primero?

Buscando en la genealogía, no puedes llegar al primero. La pregunta siempre permanecerá: ¿de quién? Puedo retroceder cien generaciones o mil generaciones, pero la pregunta que me plan­tearé será la misma, no se solucionará: ¿de dónde? ¿De dónde, de qué fuente ha surgido la vida?

Tu padre se ha equivocado. Él ha malinterpretado la búsque­da religiosa. Se ha creído que es una cuestión de genealogía. No lo es. La pregunta: «¿de dónde vengo?», hay que planteársela, porque sin conocer la respuesta, es imposible saber quién soy yo.

Hay dos maneras de saberlo. Puedes preguntar: «¿De dónde vengo?» -como hacen los cristianos, los musulmanes y la reli­gión judaica-. Si sabes de dónde vienes, cuál es el origen primi­genio, que es Dios, entonces sabrás quién eres. Las religiones in­dias tienen una manera diferente de solucionarlo, un modo mejor y más científico. Hinduismo, jainismo- y budismo dicen que es complicado saber de dónde vienes. Existen más posibilidades de que te pierdas en pensamientos y doctrinas filosóficas. La mejor pregunta es: «¿Quién soy yo?». Si sabes esto, sabrás de donde has venido. Por eso dicen: «Olvida todo sobre Dios». No están preocupados por quién creó el mundo, están preocupados por: «¿quién soy yo?». De algún modo es más científico, porque si puedo entender la cualidad de mi ser, eso inmediatamente me da la llave para entender el todo, y qué es. Si puedo entenderme a mí mismo... Porque el origen debe seguir existiendo, de alguna ma­nera, dentro de mí. El árbol sigue existiendo en la semilla. Si pue­des entender la semilla, serás capaz de conocer el árbol; en el fru­to, sigue existiendo todo el árbol.

Si nos podemos entender a nosotros mismos... Por supuesto, ésta es la mejor forma de abordar la pregunta, porque yo estoy más cerca de mí mismo que cualquier otra cosa: cierra los ojos y busca en ti mismo. El único problema es cómo librarse de los pensamientos, pero una vez que lo consigues empiezas a sumer­girte en tu ser. Ahí está la puerta al todo, al origen.

Cuando regreses a casa, dile a tu padre que la genealogía no le va a ayudar. Debe de haber alguna búsqueda religiosa en su inte­rior que él no a entendido. Una vez que se haya hecho conscien­te, su búsqueda estará en la línea correcta.

Está sucediendo en Occidente porque la religión ya no es una búsqueda aceptada; es una búsqueda rechazada. Por eso la gente sigue realizando investigaciones religiosas a través de caminos recorridos por otros. No puedes aceptar directamente que estás buscando a Dios; ¡la gente pensará que te has vuelto loco! «Es una tontería. ¿De qué estás hablando? Estás desfasado. Dios ha muerto. ¿No te has enterado? ¿Qué estás haciendo?». Pero el de­seo de conocer el origen surge, y no puedes aceptarlo de una ma­nera religiosa, porque los modos religiosos ya no son aceptados por la mente moderna. Por eso tienes que buscarlo a través de ca­minos recorridos por otros. Entonces empiezas a preguntar sobre la genealogía.      

La religión es una búsqueda válida; no importa si la sociedad la acepta o la rechaza. El hombre es un animal religioso y va a permanecer de ese modo. La religión es algo natural. Preguntar de dónde vienes es algo lleno de sentido; el preguntar: “¿Quién soy yo?” siempre va a ser algo lleno de sentido. Pero la mente moderna ha creado un clima de ateísmo, y estas preguntas no pueden hacerse. Si preguntas, la gente se ríe. Si hablas de esas cosas, la gente se aburre. Si empiezas a preguntar de ese modo, la gente piensa que estás dejando de estar sano. La religión ya no es una búsqueda que sea bien recibida.

Díselo a tu padre. Y por supuesto, la genealogía seguirá sien­do una obsesión porque no es la búsqueda correcta; pero una vez que su consciencia salte a la dimensión religiosa, se liberará de la obsesión, y entonces algo es posible. Algo de tremenda impor­tancia es posible. Él quiere saber quién es el padre verdadero, quién ha engendrado esta existencia, o quién está haciendo toda­vía de madre.

 

La última pregunta...

Escucha cuidadosamente. Es muy im­portante.

 

Osho, ¿Cómo consigues tener siempre la anécdota correcta en

el momento correcto?

 

Deja que te responda con una anécdota:

Un rey, que pasaba por una pequeña ciudad vio lo que tomó por indicios de un extraordinario tirador. En los árboles, en los establos y vallas había muchas dianas, cada una con un agujero de bala exactamente en el centro. No podía creer lo que veían sus ojos. Era una puntería suprema, algo casi milagroso. Él mismo era un buen tirador y había conocido a muchos grandes tiradores en su vida, pero nada parecido a ese. Pidió reunirse con el exper­to. Resultó ser un loco.

-¡Es sensacional! ¿Cómo diablos lo haces? -preguntó al loco-.¡Yo mismo soy un buen tirador, pero nada comparado con tu habilidad y tu arte! Por favor, cuéntame.

-¡Tan fácil como un pastel! -dijo el loco y se rió ruidosamen­te-. Primero disparo, y luego dibujo los círculos alrededor!

 

¿Lo coges? Primero escojo las anécdotas, y luego ¡dibujo los círculos! Soy igual que ese loco.

Hay otra gente que usa las anécdotas para ilustrar un punto teó­rico. Yo hago justo lo contrario. Uso puntos teóricos para ilustrar anécdotas.

 

Basta por hoy.

Capítulo 7
El Estado Correcto
De La Mente

 

Cuando descubrieron a los lobos en el pueblo cerca del tem­plo

del maestro Shoju, éste fue al cementerio por la noche du­rante

una semana y se sentó en zazen.

Esto puso punto final al rondar de los lobos.

Llenos de gozo, los hombres y mujeres del pueblo le pidieron que

describiera los ritos secretos que había llevado a cabo.

«No he tenido que acudir a ese tipo de cosas -dijo-, ni

podía haberlo hecho». Mientras estaba haciendo zazen un

grupo de lo­bos me rodeó. Me lamieron la punta de la nariz, y

olisquearon mi garganta, pero como permanecí en el estado

correcto en mi men­te, no me mordieron.

»Como sigo predicándote, el estado correcto de la mente te hará

libre en la vida y en la muerte, invulnerable al fuego y al agua. Ni

siquiera los lobos tienen poder en su contra.

Sólo practico lo que predico».

 

¿Qué es meditación? ¿Es una técnica que puede ser practica­da? ¿Es un esfuerzo que tienes que hacer? ¿Es algo que la mente puede alcanzar? No lo es.

Todo lo que la mente pueda hacer no es meditación. Es algo más allá de la mente, la mente aquí es absolutamente inútil. La mente no puede penetrar en la meditación; donde la mente acaba, empieza la meditación. Hay que recordar esto, porque en nuestra vida todo lo hacemos a través de la mente; todo lo que consegui­mos, lo conseguimos a través de la mente. Y por tanto cuando nos vamos hacia adentro seguimos pensando en términos de técnicas, métodos, acciones, porque toda la experiencia de la vida nos en­seña que todo se puede hacer con la mente. Sí, menos la medita­ción, todo se puede hacer con la mente; todo es hecho por la men­te menos la meditación, porque ésta no es un logro. Ya está ahí, es tu naturaleza. No tiene que ser alcanzada, sólo tiene que ser re­conocida, sólo tiene que ser recordada. Te está esperando, sólo un giro hacia tu interior y está disponible. La has estado llevando contigo desde siempre.

 La meditación es tu naturaleza intrínseca. Eres tú, es tu ser. No tiene nada que ver con tus acciones. No la puedes tener. No puedes tenerla -no puedes poseerla-; no es una cosa, eres tú. Es tu ser.

 Una vez entiendes qué es la meditación, se aclaran mucho las cosas. De otra manera puedes seguir tanteando en la oscuridad.

La meditación es un estado de claridad, no un estado mental. La mente es confusión. La mente nunca es clara, no puede serlo. Los pensamientos crean nubes a tu alrededor, nubes sutiles. Crean una niebla y se pierde la claridad. Cuando los pensamientos desapare­cen, cuando ya no hay más nubes a tu alrededor, cuando eres sim­plemente tu ser, sucede la claridad. Entonces puedes ver muy lejos, entonces puedes ver hasta los confines más recónditos de la exis­tencia. Entonces tu mirada penetra hasta el mismo centro del ser.

La meditación es claridad, absoluta claridad de visión. No pue­des pensar en ella. Tienes que abandonar el pensamiento. Cuando digo que tienes que abandonar el pensamiento, no tengas prisa en hacer conclusiones. Como tengo que usar el lenguaje, digo: «Deja de pensar», pero si empiezas a dejarlo, te volverás a equivocar, porque de nuevo lo reducirás a una acción.

«Deja de pensar» simplemente significa, «no hagas nada». Sién­tate. Deja que los pensamientos se asienten ellos solos. Deja que la mente se pare por su cuenta. Únicamente siéntate mirando a la pa­red, en una esquina silenciosa, sin hacer nada en absoluto, relajado, suelto, sin esfuerzo, sin ir a ningún lugar, como si te estuvieras que­dando dormido estando despierto. Estás despierto y te estás relajan­do, pero todo tu cuerpo se está durmiendo. Tú permaneces alerta en tu interior mientras todo tu cuerpo entra en una profunda relajación.

Los pensamientos se asientan por sí solos. No necesitas saltar entre ellos, no necesitas corregirlos. Es como si un arroyo se hu­biera embarrado... ¿qué es lo que haces? ¿Saltas dentro y tratas de hacer algo para aclarar el agua? La embarrarás más. Simple­mente te sientas en la orilla. Esperas. No tienes que hacer nada, porque cualquier cosa que hagas embarrará más el arroyo. Si al­guien tiene que cruzar la corriente y las hojas muertas han surgi­do de nuevo a la superficie y el barro ha aparecido, sólo hace fal­ta paciencia. Simplemente quédate sentado en la orilla. Observa, indiferente: la corriente sigue fluyendo y se llevará las hojas muertas; y el barro comenzará a asentarse porque no puede se­guir flotando siempre. Después de un rato, de repente te darás cuenta de que la corriente es de nuevo pura y cristalina.

Siempre que un deseo pasa a través de tu mente, la corriente se embarra. Sóló siéntate. No trates de hacer nada. En Japón a este «sólo sentarse» se le llama zazen, sólo sentarse y no hacer nada. Y un día la meditación sucede. No es que tú la hayas traído, ella vie­ne a ti. Y cuando viene, inmediatamente la reconoces. Siempre ha estado ahí, pero no estabas mirando en la dirección correcta. El te­soro ha estado contigo, pero estabas ocupado en algún otro lugar: con pensamientos, con deseos, con mil y una cosas. No estabas in­teresado en la única cosa que... y eso era tu propio ser.

Cuando la energía se vuelve hacia tu interior -lo que Buda lla­ma paravritti, el regreso de tu energía al origen- de repente se al­canza la claridad. Entonces puedes ver una nube a miles de kilómetros de distancia y puedes escuchar la música ancestral en los pinos. Entonces todo está disponible para ti.   

Antes de que entremos en esta hermosa historia Zen, algunas cosas sobre la mente tienen que ser entendidas, porque cuanto más entiendas el mecanismo de la mente, mayor es la posibilidad de que no interfieras. Cuanto más entiendas cómo funciona la mente, mayor es la posibilidad de que seas capaz de sentarte en zazen; de que seas capaz de sólo sentarte... sentarte y no hacer nada...; de que seas capaz de permitir que la meditación suceda. Es un suceder.

Pero comprender la mente te ayudará. De otro modo podrías seguir haciendo algo que ayude a la mente a continuar funcio­nando, que siga cooperando con la mente.

Lo primero es que en la mente existe un constante parloteo. Estés hablando o no, sigues manteniendo alguna conversación interna; estés despierto o dormido, la charla interior continúa como una corriente subterránea. Puede que estés haciendo algún trabajo, pero la charla interna continúa; estás conduciendo, o ca­vando un hoyo en el jardín, y la charla interna continúa.

La mente es una charla constante. Si la charla interna puede detenerse por un solo instante, serás capaz de tener un vislumbre de la no-mente. Ésta es la finalidad de la meditación. El estado de no-mente es el estado correcto, es tu estado.

Pero ¿cómo llegar a un intervalo dónde la mente detenga su charla interior? Si lo intentas, de nuevo te equivocarás. De hecho no hay necesidad de intentarlo. La verdad es que ese tipo de in­tervalos se dan continuamente, sólo se necesita permanecer un poco alerta. Entre dos pensamientos hay un intervalo; incluso en­tre dos palabras hay un intervalo. De otro modo las palabras se amontonarían unas con otras, de otro modo los pensamientos se amontonarían unos con otros.

No se amontonan. Cualquier cosa que digas... Si dices: «Una rosa es una rosa es una rosa», entre dos palabras hay un interva­lo; entre "una” y "rosa" hay un intervalo, aunque pequeño, casi invisible, casi imperceptible. Pero el intervalo está allí; de otro modo, "una" se sobrepondría a "rosa". Con mantenerse sólo un poco alerta, con un poco de observación, puedes ver el intervalo:

una... rosa... es... una... rosa... es... una... rosa... es... una... rosa. El intervalo se está dando continuamente; después de cada palabra se repite el intervalo.

Hay que cambiar la gestalt. Normalmente te fijas en las pala­bras, no te fijas en los intervalos. Te fijas en "una", o te fijas en “rosa", pero en el intervalo que hay entre las dos. Cambia tu atención. ¿Has visto los libros para niños? Hay muchas fotos que puedes mirarlas de dos maneras: si miras de un modo hay una an­ciana, pero si sigues mirando, de repente la foto cambia y se pue­de ver una hermosa joven. Las mismas líneas dibujan las dos ca­ras: la de una anciana y la de una joven. Si sigues mirando la cara joven, de nuevo cambia, porque la mente no puede permanecer constantemente en nada; es un fluir. Y si sigues mirando la cara vieja, ésta cambiará otra vez y se convertirá en un rostro joven.

Te darás cuenta de una cosa: cuando ves la cara vieja, no pue­des ver la cara joven, a pesar de que sabes que está oculta en al­gún lugar; lo has sabido, la has visto. Y cuando ves la cara joven, la vieja no puede ser vista; desaparece a pesar de que sabes que está allí. No puedes ver las dos a la vez. Esto es contradictorio. No pueden verse a la vez: cuando ves una figura, el fondo desa­parece; cuando ves el fondo, la figura desaparece.

La mente tiene una capacidad limitada de saber: no puede co­nocer lo contradictorio. Por ello no puede conocer la divinidad, que es contradictoria. Por esta razón no puede conocer el centro más profundo de tu ser que es contradictorio. Abarca todas las contradicciones, es paradójico.        

La mente sólo puede ver una cosa a la vez y no le es posible ver lo opuesto al mismo tiempo. Cuando ves lo opuesto, lo pri­mero que estabas viendo desaparece. La mente sigue fijándose en las palabras de modo que no puede ver los silencios que vienen después de cada palabra.

Cambia el foco. Sentado en silencio, comienza a fijarte en los intervalos, sin esfuerzo, no hace falta tensarse; relajadamente, fá­cil, con una actitud juguetona, por gusto. No hace falta ponerse demasiado religioso, sino te pondrás serio. Y una vez que te has puesto serio es muy difícil ir de las palabras a las no-palabras. Es muy fácil si permaneces suelto, fluyendo, bromeando, juguetón, cómo si sólo fuera en broma.

Millones de personas pasan por alto la meditación porque ésta ha adquirido una connotación errónea. Parece muy seria, parece lóbrega, como si hubiera algo de iglesia en ella, parece como si sólo fuera para gente que está muerta o medio muerta, personas lóbregas, serias, caras largas, que han perdido la festividad, lo di­vertido, el juego, la celebración. Estas últimas son las cualidades de la meditación. Una persona realmente meditativa es jugueto­na, la vida es divertida para ella. La vida es lila, un juego. Dis­fruta muchísimo. No es serio. Está relajado.

Siéntate en silencio, relajado, suelto. Deja que tu atención flu­ya hacia los intervalos. Cuélate desde los bordes de las palabras en los intervalos. Deja que éstos tomen importancia y permite que las palabras se vayan difuminando. Es como si estuvieras mi­rando a una pizarra y yo dibujara un pequeño punto blanco en ella: puedes ver el punto, y entonces la pizarra se aleja, o puedes ver la pizarra, y entonces el punto se vuelve secundario, una som­bra. Puedes seguir cambiando tu atención entre la figura y la pi­zarra.

Las palabras son dibujos, el silencio es el fondo. Las palabras vienen y van, el silencio permanece. Cuando naciste, naciste como silencio -intervalos e intervalos, vacíos y vacíos-. Llegas­te con un vacío infinito, trajiste contigo un vacío sin límites a la vida, entonces comenzaste a recoger palabras.

Es esta la razón por la que si retrocedes en tu memoria, si tra­tas de recordar, no podrás ir más allá de los cuatro años. Porque antes de los cuatro años estabas casi vacío; las palabras se empe­zaron a recoger en tu memoria a partir de los cuatro años. La me­moria sólo puede funcionar donde funcionan las palabras, el va­cío no deja ningún rastro en ti. Por ello, cuando tratas de regresar e intentas recordar, puedes recordar, como mucho, hasta los cua­tro años. O, si eres muy inteligente, puedes recordar hasta los tres años. Pero llega un momento en que no hay memoria. Hasta ese momento eras vacío, puro, virginal, sin corromper con las pala­bras. Eras un cielo puro. El día que mueras, de nuevo tus palabras caerán y se dispersarán. Entrarás en otro mundo o en otra vida, otra vez con tu vacío.

El vacío es tu esencia.

 

He oído que Shankara solía contar la siguiente historia sobre un pupilo que preguntaba continuamente a su maestro acerca de la naturaleza última del ser. Cada vez que salía la pregunta, el maestro se hacía el sordo, hasta que finalmente un día se volvió hacia su pupilo y le dijo: «Te estoy enseñando, pero no me sigues. El ser es silencio».

 

La mente significa palabras, el ser significa silencio. La men­te no es nada más que todas las palabras que has acumulado. El silencio es aquello que siempre ha estado contigo, no es una acu­mulación. Éste es el significado del ser: es tu cualidad intrínseca. En ese fondo de silencio tú continúas acumulando palabras y a esa suma de palabras se le llama: "la mente". El silencio es la me­ditación. Es cuestión de cambiar la gestalt, cambiar la atención de las palabras al silencio, que siempre ha estado allí.

Cada palabra es como un precipicio: puedes saltar en el valle del silencio. Desde cada palabra puedes deslizarte en el silen­cio... Para eso sirve un mantra. Mantra significa repetir una sola palabra una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Cuando re­pites una sola palabra una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez te aburres, porque esa palabra ha perdido la novedad. Te har­tas de esa palabra, te quieres liberar de ella. El aburrimiento te ayuda, te ayuda a librarte de la palabra, entonces puedes desli­zarte más fácilmente en el silencio.

El silencio siempre está allí a la vuelta de la esquina. Si dices: «Ram, Ram, Ram...», ¿durante cuánto tiempo lo podrás repetir? Más pronto o más tarde te hartarás, te aburrirás. El uso de un mantra crea tanto aburrimiento que te quieres liberar de él. Este estado es hermoso, porque entonces no queda otra salida que des­lizarse en el silencio. Deja atrás la palabra y entra en el intervalo; usa la palabra como un trampolín y salta al abismo.

Si las palabras cambian, como lo hacen... normalmente, por supuesto, nunca te aburres. Una nueva palabra siempre es atrac­tiva, una nueva idea siempre es atractiva; un nuevo sueño, un nuevo deseo, siempre son atractivos. Pero si puedes ver que la mente está simplemente repitiendo lo mismo una y otra y otra vez, o bien te duermes o bien saltas al silencio; éstas son las dos posibilidades. Y yo sé que la mayoría de la gente que recita man­tras se duerme. Ésta también es una posibilidad que conocemos desde hace siglos.

Las madres la conocen bien. Cuando un niño no se duerme, usan un mantra; lo llaman canción de cuna. Sólo repiten dos o tres palabras en un tono monótono y el niño comienza a sentir sueño. Siguen repitiéndolo y el niño se aburre y no puede esca­par, no puede ir a ningún lugar, entonces el único modo de esca­par es dormirse. Te dice: «Sigue repitiéndolo. ¡Me voy a dor­mir!»,y se duerme.

Muchos que recitan mantras se duermen, de ahí la utilidad de la meditación transcendental para las personas que sufren de in­somnio, de ahí su éxito en América. El insomnio se ha convertido en algo corriente. Cuanto más insomnio haya, más éxito tendrá Ma­harishi Mahesh Yogui, porque la gente necesita tranquilizantes. Un mantra es un tranquilizante perfecto, pero ese no es su autén­tica finalidad. No hay nada malo en ello; si consigue que duer­mas bien, tanto mejor, pero ese no es el verdadero propósito.

Es como si estuvieras usando un avión como un carro de bue­yes. Lo puedes usar, puedes poner el avión detrás de los bueyes y utilizarlo como un carro; no hay nada malo en ello, te hará un pe­queño servicio, pero ese no su uso. Podrías subir muy alto con ese avión.

Un mantra tiene que usarse con total consciencia de que es para crear aburrimiento y tienes que recordar no dormirte. De otra manera, no te enteras. No te duermas. Sigue repitiendo el mantra y no te dejes caer en los brazos del sueño. Por eso es me­jor que repitas el mantra de pie, o caminando, para que no te duermas.

 

Uno de los grandes discípulos de Gurdjieff, P.D. Ouspensky, estaba muriéndose. Los doctores le dijeron que descansara pero no lo hizo, y estuvo caminando toda la noche. Pensaron que se había vuelto loco. Se estaba muriendo, su energía estaba desapa­reciendo, ¿y qué estaba haciendo él? Era el momento de descan­sar; iba a morir antes si seguía caminando. Pero él no se detuvo.

Alguien le preguntó:

-¿Qué estás haciendo?

-Me gustaría morir alerta, despierto. No quiero morir dur­miendo, de otro modo me perderé la belleza de la muerte- dijo.

Y murió andando.

 

Éste es el modo de usar un mantra: camina.

Si vas a Bodh Gaya, donde Gautama el Buda alcanzó la ilu­minación, cerca del árbol de la bodhi Te encontrarás un peque­ño camino. Por el Buda caminó continuamente. Durante una hora meditaba bajo el árbol y durante una hora caminaba.

Cuando los discípulos preguntaron: «¿Por qué?», respondió:

«Porque si me siento demasiado bajo el árbol, me empieza a en­trar el sueño».

En el momento que empieza a entrarte somnolencia tienes que caminar, de otro modo caerás dormido y todo el mantra se desvanecerá. El mantra está para crear aburrimiento, el mantra está ahí para hartarte, de modo que puedas saltar al abismo. Pero si te duermes te pierdes el abismo.

Todas las meditaciones budistas se van alternando: las haces sentado, pero cuando sientes que te empieza a entrar somnolen­cia, inmediatamente te levantas y empiezas a caminar. Luego, en el momento en que ves que la somnolencia ha desaparecido, te sientas de nuevo, te pones a meditar otra vez. Si continúas ha­ciendo esto, llega un momento en que te deslizas fuera de las pa­labras, igual que una serpiente se desliza fuera de su vieja piel. Y esto sucede con toda naturalidad, sin hacer ningún esfuerzo.

Por eso lo primero que hay que recordar acerca de la mente es: que es un constante parloteo. El parloteo la mantiene viva, es su alimento. Sin el parloteo la mente no puede continuar. Por eso deja caer todos los enganches de la mente; esto es, deja caer el parloteo interior.

Puedes hacer esto con esfuerzo, pero de nuevo te equivocarás. Puedes esforzarte en no hablar en tu interior, igual que puedes es­forzarte por no hablar en el exterior; puedes guardar un silencio forzado. Al principio es difícil, pero puedes seguir insistiendo y forzar a la mente a no hablar. Es posible. Si te vas a los Himala­yas, encontrarás a mucha gente que lo ha conseguido así, pero verás sus caras llenas de estupidez, faltas de inteligencia. La mente no ha sido trascendida, ha sido embotada. No han entrado en un silencio vivo, simplemente han forzado a la mente y la han controlado. Es como si a un niño se le obliga a sentarse en una es­quina y a no moverse. Obsérvalo... se siente inquieto pero sigue controlándose, asustado. Reprime su energía, de otro modo sería castigado.

Si esto dura tanto como de hecho dura -en las escuelas los ni­ños están sentados cinco o seis horas, poco a poco se atontan, su inteligencia se pierde. Todos los niños nacen inteligentes y casi un noventa y nueve por ciento de la gente muere estúpida. Toda la educación embota la mente, y tú también puedes hacértelo a ti mismo.

         La gente religiosa te parecerá casi estúpida, aunque quizás no te hayas dado cuenta por culpa de tus ideas preconcebidas. Pero si tienes los ojos bien abiertos, ve y fíjate en tus sannyasins: los encontrarás estúpidos e idiotas, no hallarás ningún signo de inte­ligencia o creatividad. La India ha sufrido mucho por culpa de esta gente. Han creado un estado de ser tan poco creativo que el país ha vivido al mínimo. La parálisis no es meditación.

 

Sucedió en una iglesia. El predicador gritaba durante el ser­món:

-¡Que todos los maridos que tengan problemas en su mente se levanten!

Todos los hombres en la iglesia se levantaron menos uno.

-¡Ah! -exclamó el predicador-. ¡Eres uno en un millón! -No es eso. No me puedo levantar -dijo el hombre-. Soy pa­ralítico.

 

La parálisis no es meditación, la parálisis no es saludable. Puedes paralizar la mente; hay millones de trucos disponibles para paralizarla. Hay gente que se tumba en una cama de pin­chos: si te tumbas continuamente en una cama de pinchos, tu cuerpo se hace insensible. No es un milagro, simplemente estás insensibilizando tu cuerpo. Cuando el cuerpo pierde su vitalidad no hay problema; para ti no es en absoluto una cama de pinchos. Poco a poco podrías incluso sentirte cómodo. De hecho, si te dan una buena cama, serás incapaz de dormir en ella. Esto es parali­zar el cuerpo.

Hay métodos parecidos para paralizar la mente. Puedes ayu­nar. Entonces la mente te sigue diciendo que el cuerpo tiene ham­bre, pero no le das comida, no escuchas a la mente. Poco a poco la mente se atonta. El cuerpo sigue sintiendo hambre, pero la mente no lo anuncia. ¿Para qué?, ¿qué sentido tiene?, no hay na­die escuchando, no hay nadie que responda. Se produce entonces una cierta parálisis mental. Muchas de las personas que hacen largos ayunos piensan que han alcanzado la meditación. No es meditación, sólo es una energía baja, parálisis, falta de sensibili­dad. Andan como cadáveres. No están vivos.

Recuerda, la meditación te dará cada vez más inteligencia, in­teligencia infinita, inteligencia radiante. La meditación te hará más vivo y más sensitivo; tu vida se enriquecerá.

Fíjate en los ascetas: su vida es como si no fuera vida. Esa gente no son meditadores: podrían ser masoquistas, torturándose y disfrutando de la tortura. La mente es muy astuta, se pasa el tiempo haciendo cosas y luego racionalizándolas. Normalmente eres violento con los demás. Pero la mente es muy astuta: puede aprender no-violencia, puede predicar no-violencia, y entonces puedes llegar a ser violento contigo mismo. Y la violencia que tú te infringes a ti mismo es respetada por la gente, porque se cree     que ser un asceta es ser religioso. Esto es una completa tontería.

Dios no es un asceta, de otro modo no habría flores, no habría árboles verdes, sólo desiertos. Dios no es un asceta, de otra ma­nera no habría canciones en esta vida, ni baile en esta vida, sólo cementerios y más cementerios. Dios no es un asceta, Dios dis­fruta de la vida, Dios es más epicúreo de lo que te puedas imagi­nar. Si piensas en Dios, piensa en los términos de Epicuro. Dios es una búsqueda constante de alegría, felicidad, éxtasis. Recuer­da esto.     

Pero la mente es muy astuta: puede racionalizar la parálisis como meditación, puede racionalizar la estupidez como trascen­dencia, puede racionalizar la falta de vitalidad como renuncia­ción. ¡Ten cuidado! Recuerda siempre que, si estás yendo en la dirección correcta, seguirás floreciendo. Se liberará mucha fra­gancia de ti y serás creativo. Y serás sensible a la vida, al amor y a todo lo que Dios pone a tu disposición.

Observa con mirada penetrante en el interior de tu mente, en­tiende cuáles son sus motivaciones. Cuando hagas algo, busca in­mediatamente la motivación, porque si te olvidas de la motiva­ción, la mente continuará engañándote y seguirá diciendo que la motivación era otra. Por ejemplo: llegas enfadado a casa y pegas a tu hijo. La mente dirá: «Es por su bien, para enseñarle moda­les». Esto es una racionalización. Ve más profundo... estabas en­fadado y buscabas a alguien con quien poder enfadarte. No pue­des enfadarte con tu jefe en la oficina, es demasiado; es arriesgado y económicamente peligroso. No, necesitas a alguien indefenso. Este niño está totalmente indefenso, depende de ti. No puede reaccionar, no puede hacer nada, no puede pagarte con la misma moneda. No puedes encontrar una víctima más perfecta.

Fíjate, ¿estás enfadado con el niño? Si estás enfadado, la men­te te está engañando. La mente continúa engañándote las veinti­cuatro horas del día y tú cooperas con ella. Entonces al final ter­minas amargado, aterrizas en el infierno. Busca en cada momento la verdadera motivación. Si puedes encontrar la verda­dera motivación, la mente será cada vez menos capaz de enga­ñarte. Y cuanto más te alejes del engaño, más capaz serás de ir más allá de la mente, más te irás convirtiendo en un maestro.

He escuchado:

 

Un científico estaba diciéndole a su amigo:

-No veo por qué insistes en que tu esposa lleve un cinturón de castidad mientras estás fuera en la convención. Después de todo, entre nosotros, como viejos amigos que somos, con la cara y el tipo que tiene Emma: ¿quién querría...?

-Ya lo sé, ya lo sé -replicó el otro-. Pero cuando regreso a casa, siempre puedo decir que he perdido la llave.

 

Fíjate... observa tus motivaciones inconscientes. La mente si­gue intimidándote y dándote órdenes porque no eres capaz de ver sus motivaciones reales. Una vez que una persona es capaz de ver las motivaciones reales, la meditación está muy cerca, porque la mente ha dejado de dominarle.

La mente es un mecanismo -no tiene inteligencia. La mente es un-bio-computer. ¿Cómo puede tener inteligencia? Tiene aptitu­des, -pero no tiene inteligencia, tiene una utilidad funcional, pero no tiene consciencia. Es un robot. Trabaja bien, pero no la escu­ches demasiado porque perderás tu inteligencia interior. Es como si le pidieras a una máquina que te guiara, que te dirigiera. Se lo es­tás pidiendo a una máquina que no tiene en sí nada de original -no puede tenerlo-. Ni un solo pensamiento de la mente es original, siempre es una repetición. Observa: siempre que la mente dice algo, fíjate cómo de nuevo te está metiendo en una rutina. Trata de hacer algo nuevo y la mente te tendrá menos dominado.

Las personas que son creativas en algún aspecto siempre se transforman fácilmente en meditadores, y las que no lo son en su propia vida tienen dificultades para alcanzar tal transformación. Si vives una vida repetitiva la mente tiene demasiado control so­bre ti: no te puedes alejar de esto, tienes miedo. Haz algo nuevo cada día. No escuches a la vieja rutina. De hecho, si la mente dice algo, respóndele: «Eso lo hemos estado haciendo siempre. Ahora vamos a hacer otra cosa».

Incluso cambios pequeños... en el modo que te has estado comportando siempre con tu esposa, pequeños cambios; en la manera que caminas siempre, pequeños cambios; de la manera que siempre hablas, pequeños cambios... y te encontrarás con que la mente está perdiendo su influencia sobre ti. Te vas hacien­do un poco más libre.

La gente creativa entra más fácilmente en la meditación y va más profundo. Poetas, pintores, músicos, bailarines pueden entrar en la meditación con más facilidad que un hombre de negocios. Éstos vi­ven una vida rutinaria, que carece absolutamente de creatividad.

 

He oído la historia de un padre que, estaba aconsejando a su hijo. El padre, un famoso playboy en su juventud, estaba hablan­do sobre la próxima boda de su hijo.

-Hijo mío -dijo-, sólo tengo dos consejos que darte. Asegú­rate de reservarte el derecho de salir con los amigos una noche a la semana.

Y se detuvo.

Su hijo preguntó por el segundo consejo y en­tonces le dijo:

-¡No la malgastes con los amigos!

 

Él está transmitiendo su propia rutina, su propio estilo a su hijo. La vieja mente continúa dando consejo a la consciencia ac­tual -el padre dando consejo al hijo-.

Cada momento eres nuevo, renaces. La consciencia nunca es vieja. La consciencia es siempre el hijo y la mente siempre es el padre. La mente nunca es nueva, la consciencia nunca es vieja y la mente sigue aconsejando al hijo. El padre creará el mismo pa­trón en el hijo, después el hijo lo repetirá.  

Has vivido de un cierto modo hasta ahora, ¿no quieres vivir de un modo diferente? Has pensado de un cierto modo hasta aho­ra, ¿no quieres tener nuevos vislumbres en tu ser? Entonces per­manece en un estado de alerta y no escuches a la mente.

La mente es tu pasado tratando constantemente de controlar tu presente y tu futuro. Es el pasado muerto que sigue controlan­do el presente vivo. Sólo date cuenta de esto.

Pero ¿cómo lo hace? ¿De qué modo continúa la mente ha­ciéndolo? La mente lo hace con este método; dice: «Si no me es­cuchas, no serás tan eficiente como yo. Si haces una cosa cono­cida, serás más eficiente porque ya la has hecho antes. Si haces algo nuevo no serás tan eficiente». La mente sigue hablando como un economista, un experto eficiente; sigue diciendo: «Así es más fácil hacerlo. ¿Por qué hacerlo del modo más costoso? Esta es la manera que ofrece menos resistencia».

Recuerda, siempre que tienes dos cosas, dos alternativas, es­coge la nueva, la más dura, aquella en la que hará falta más cons­ciencia. A costa de la eficiencia, escoge siempre consciencia y crearás una situación en la que la meditación se hará posible. To­das éstas son sólo situaciones. La meditación sucederá. No estoy diciendo que simplemente por hacerlas llegarás a la meditación, pero ayudarán. Crearán en ti la situación necesaria sin la cual, la meditación no puede suceder.

Se menos eficiente pero más creativo. Deja que esa sea tu mo­tivación. No te preocupes demasiado de los fines utilitarios. En su lugar, recuerda constantemente que no estás en esta vida para convertirte en una mercancía. No estás aquí para convertirte en una utilidad, eso está por debajo de la dignidad. No estás aquí sólo para hacerte cada vez más eficiente, estás aquí para sentirte cada vez más vivo, estás aquí para ser cada vez más inteligente; estás aquí para ser cada vez más feliz, extáticamente feliz. Pero entonces esto difiere totalmente de los caminos de la mente.

 

Una mujer recibió un informe del colegio.

«Su hijo pequeño es muy inteligente -decía la nota del profe­sor acompañando el boletín con las notas-, pero pasa demasiado tiempo jugando con las niñas. De todas maneras, estoy preparan­do un plan para romper este hábito en él».

La madre firmó el informe y lo devolvió con esta nota: «Há­game saber si funciona, y lo probaré con su padre».

 

La gente está constantemente buscando trucos para controlar a los demás, trucos que puedan proporcionar más beneficios "tru­cos provechosos". Si estás buscando trucos para controlar a los demás, siempre estarás controlando la mente. Deja de controlar a los otros.

Una vez que dejas de controlar a los demás -marido o esposa, hijo o padre, amigo o enemigo-, una vez que dejas caer la idea de controlar a los otros, la mente no te puede tener atrapado porque se vuelve inservible. Es práctico controlar el mundo; es práctico controlar a la sociedad.

Un político no puede meditar -¡imposible!- le resulta incluso más difícil que a un hombre de negocios. Un político está al final del todo. No puede meditar. A veces algunos políticos vienen a mí: están interesados en la meditación, aunque no exactamente en la meditación; están demasiado tensos y buscan un poco de re­lajación. Vienen a mí y me preguntan si puedo ayudarlos, porque en su trabajo están demasiado tensos y en conflicto constante, ti­rándose de las piernas, es una carrera de ratas, continúa. Me pi­den algo para poder tener un poco de paz. Les digo que es impo­sible, no pueden meditar. La mente ambiciosa no puede meditar porque el cimiento básico de la meditación es ser no-ambicioso. La ambición significa un esfuerzo para controlar a los demás. Esto es lo que es la política: el esfuerzo para controlar todo el mundo. Si quieres controlar a otros, tendrás que escuchar a la mente, porque la mente disfruta mucho de la violencia.

Y no puedes intentar cosas nuevas, son muy arriesgadas. Tie­nes que hacer cosas viejas una y otra vez. Si escuchas las leccio­nes de la historia, son sorprendentes.

 

En 1917, Rusia vivió una gran revolución, una de las más grandes en la historia, pero de algún modo la revolución falló. Cuando los comunistas llegaron al poder, se convirtieron casi en zares, peores incluso. Stalin demostró ser más terrible que  Iván el Terrible: mató a millones de personas. ¿Qué sucedió? Una vez que llegaron al poder, hacer algo nuevo era demasiado arriesga­do; podría no funcionar. Nunca antes había funcionado: por eso, «¿Quién sabe? Usa los viejos métodos que siempre habían fun­cionado». Tuvieron que aprender de los zares.

Toda revolución fracasa porque una vez que un determinado grupo de políticos llega al poder tiene que usar los mismos méto­dos. La mente nunca está a favor de lo nuevo, siempre está a fa­vor de lo viejo. Si quieres controlar a los demás, no serás capaz de meditar; sobre este punto ten completa seguridad.

La mente vive en una especie de sueño, vive en una especie de estado inconsciente. Te haces consciente sólo en muy raras oca­siones. Si tu vida corre un peligro tremendo te haces consciente; de otro modo no eres consciente. La mente se sigue moviendo, adormecida. Párate junto al camino y observa a la gente; verás las sombras de los sueños en sus caras, alguien hablando sólo, o haciendo gestos. Si te fijas en él serás capaz de ver que está en otro lugar, no aquí en el camino. Es como si la gente se moviera profundamente dormida.

El sonambulismo es el estado normal de la mente. Si te quie­res convertir en un meditador, tienes que abandonar ese hábito de hacer cosas adormecido. Camina, pero atento. Cava un hoyo, pero atento. Come, pero mientras comas no hagas nada, sólo come. Cada pedazo debe ser ingerido con una profunda atención, mastícalo con atención. No te permitas correr por todo el mundo. Permanece aquí, ahora. Siempre que sorprendas a tu mente yén­dose a otro lugar... Siempre se está yendo a otro lugar, nunca quiere estar aquí, porque si la mente está aquí ya no es necesaria. Justo en el presente la mente no es necesaria; la consciencia es suficiente. La mente se necesita sólo allí, en algún otro lugar, en el futuro, en el pasado, pero nunca aquí. Por eso, siempre que te des cuenta de que la mente se ha ido a algún otro lugar -estás en Puna y la mente se ha ido a Filadelfia-, inmediatamente sé consciente. Date una sacudida, vuelve a casa. Vuelve al punto donde tú estás. Comiendo, come; caminando, camina; no dejes a la mente que vaya por todo el mundo.

No es que esto se vaya a convertir en meditación, pero creará la situación.

 

La fiesta estaba a tope y un hombre decidió llamar a un ami­go para invitarle a sumarse a la festividad. Llamó a un número equivocado y se disculpó con la somnolienta voz que había respondido. En la siguiente llamada le respondió la misma voz.

-Lo siento muchísimo -dijo-:-He marcado con mucho cuida­do. No puedo entender cómo tengo el número equivocado.

-Yo tampoco puedo entenderlo -respondió la somnolienta voz-. Especialmente desde que no tengo teléfono.

 

Las personas viven casi dormidas y tienen que aprender el truco de cómo hacer cosas sin que se les altere el sueño. Si te mantienes un poco alerta, te sorprenderás con las manos en la masa en muchas ocasiones, haciendo cosas que nunca querías ha­cer, haciendo cosas de las que sabes te vas a arrepentir, haciendo cosas que habías decidido, justo el otro día, no volver a hacer. Y dices muchas veces: «Lo hice, pero no sé cómo sucedió. Sucedió a mi pesar». ¿Cómo pueden suceder cosas muy a tu pesar?


 

Sólo es posible si estás dormido. Y aunque sigas diciendo que nunca quisiste hacerlo, en algún lugar en lo más profundo lo has debido de querer.

El otro día Paritosh me mandó un chiste muy hermoso, una rareza, una joya de las aguas más finas. Escucha con atención.

 

Sucedió después de la última Guerra Mundial. Un periodista estaba entrevistando a la madre superiora de un convento en Eu­ropa.

-Dígame -dijo la periodista- ¿qué le sucedió a usted y a sus monjas durante esos terribles años? ¿Cómo sobrevivieron?

-Bien, primero empezó la madre superiora-, los alemanes invadieron nuestro país, embargaron el convento, violaron a to­das las monjas (excepto a la hermana Anastasia), tomaron nues­tros alimentos y se fueron. Después llegaron los rusos. De nuevo embargaron el convento, violaron a todas las monjas (excepto a la hermana Anastasia), tomaron nuestros alimentos y se fueron.

Entonces, cuando los rusos fueron expulsados, los alemanes regresaron, embargaron el convento, violaron a todas las monjas (excepto a la hermana Anastasia), tomaron nuestros alimentos y se fueron.

El periodista hizo los ruiditos simpatéticos requeridos para la ocasión, pero tenía curiosidad acerca de la hermana Anastasia.

-¿Quién es esa hermana Anastasia? -preguntó-. Por qué pudo escapar de esos terribles sucesos?

-Ah, bien -replicó la madre superiora-, a la hermana Anasta­sia no le gustan este tipo de cosas.

 

Incluso la violación es un deseo, también sucede porque tú lo quieres. Puede parecer extremo pero los psicoanalistas así lo di­cen, y yo también lo he observado. Sin tu cooperación la viola­ción es imposible. Un profundo deseo de ser violado se esconde en algún lugar. De hecho, es muy raro encontrar a una mujer que no haya fantaseado acerca de ser violada, que no haya soñado que ella misma era violada. En lo mas profundo, la violación muestra que eres hermosa, deseada -¡deseada salvajemente!-. Es un hecho histórico que cuando una de las mujeres mas hermosas de Egipto murió su cadáver fue violado; la momia. Si el espíritu de la mujer se ha enterado, ha debido de sentirse muy contento. Sólo piensa... un cadáver violado.

Lo puedes negar. Sólo hace unos días llegó a mí una mujer. Había sido violada en Kabul, y estaba contando toda su historia con tanto placer que le dije: «Tú has debido estar cooperando». Ella dijo: «¿Qué estás diciendo?». ¡Se Sintió herida! Le dije que no se sintiera herida. «Estás disfrutando contando la historia -dije-. Cierra tus ojos, y se honesta. Por lo menos una vez, se ho­nesta conmigo. ¿Disfrutaste?». Ella dijo: «¿Qué estás diciendo? ¿Que he sido violada y he disfrutado de ello? ¡Soy católica, cris­tiana!». Le dije: «De todas maneras, cierra tus ojos. No hay dife­rencia si eres católico, hindú, o budista; cierra tus ojos y medita». Se relajó. Era realmente una mujer sincera. Entonces su cara cambió, abrió los ojos y dijo: «Creo que tienes razón. Lo he dis­frutado. ¡Pero, por favor, no se lo digas a nadie! Mi marido va a venir pronto a verte. ¡No se lo digas nunca!».

Sólo observa tu mente: en la superficie dice algo, pero en lo más profundo, simultáneamente, está planeando otra cosa. Está­te un poco más alerta y no te eches a dormir.

 

La anciana regañona se había pasado una semana en la cama, por orden del doctor. Nada le sentaba bien. Se quejaba del tiem­po, de la medicina, y especialmente de la manera de cocinar de su marido.

Un día, después de recoger la bandeja del desayuno y limpiar la cocina, el anciano se sentó en su gabinete. Ella oyó como es­cribía con su bolígrafo.

-¿Qué estás haciendo ahora? - preguntó ella. -Escribiendo una carta.

-¿A quién le estás escribiendo?

-A la prima Ana.

-¿Sobre qué le estás escribiendo?

-Le estoy contando que estás enferma, pero los doctores di­cen que te pondrás bien pronto, y que no hay peligro.

Y después de una pequeña pausa le preguntó:

-¿Cómo se escribe cementerio? ¿Con "c" o con "s"?

 

En la superficie una cosa, en lo profundo, exactamente lo opuesto. Está esperando en contra de la esperanza, está esperan­do en contra de los doctores. En la superficie, seguirá diciendo que estará bien pronto, pero en su interior está esperando que de algún modo se muera. Y no aceptará el hecho, incluso ante sí mismo.            

Así es como sigues ocultándote de ti mismo.                 

Cesa de engañarte con esos trucos. Se sincero con tu mente y el control que tu mente tiene sobre ti terminará. ­

 Ahora esta pequeña historia.          

 

Cuando descubrieron a los lobos en el pueblo, cerca del tem­plo del

maestro Shoju, éste fue al cementerio por la noche du­rante una

semana y se sentó en zazen.

Esto puso punto final al rondar de los lobos.

Llenos de gozo, los hombres y mujeres del pueblo le pidieron

que describiera los ritos secretos que había llevado a cabo.

«No he tenido que acudir a ese tipo de cosas -dijo- ni podía

haberlo hecho.

»Mientras estaba haciendo zazen un grupo de lobos me ro­deó.

Me lamieron la punta de la nariz, y olisquearon mi gargan­ta,

pero como permanecí en el estado correcto en mi mente, no

me mordieron.

»Como sigo predicándote, el estado correcto de la mente te hará

libre en la vida y en la muerte, invulnerable al fuego y al agua.

Ni siquiera los lobos tienen poder en su contra.

»Sólo practico lo que predico».

 

Una historia muy simple, pero muy significativa. El maestro simplemente fue al cementerio y se sentó durante una semana, sin hacer nada, ni siquiera rezar, ni siquiera meditar. Simplemente se sentó en meditación -no meditando, sólo en meditación-. S6óo se sentó allí. Éste es el significado de la palabra zazen. Es una de las palabras más hermosas que se pueden usar para meditación: sig­nifica, "sentado, sin hacer nada". Za significa  "sentado" -simplemente se sentó allí-.  Y  este  sentarse

cuando la mente no está allí y los pensamientos no están allí, cuando no hay agitación y la consciencia es como un estanque de agua fría sin ondas- es el es­tado correcto. Los milagros suceden espontáneamente.

 

El maestro dijo:

Mientras estaba haciendo zazen un grupo de lobos me rodeó.

Me lamieron la punta de la nariz, y olisquearon mi garganta,

pero como permanecí en el estado correcto en mi mente no

me mordieron.

 

Una ley fundamental de la vida es que si te asustas, le das más energía al otro para que te asuste más. La misma idea del miedo en ti crea la idea opuesta en el otro.

Cada pensamiento tiene una polaridad positiva y una negati­va, como la electricidad. Si tienes un polo negativo, en el otro lado se crea un polo positivo. Es automático. Si tienes miedo, el otro inmediatamente siente cómo surge el deseo en él de opri­mirte, de torturarte. Si no tienes miedo, el deseo en el otro sim­plemente desaparece. Y no es así sólo con el hombre, también es así con los lobos. Con los animales es lo mismo.

Si puedes permanecer en el estado correcto -esto es, sin dis­traerte, silencioso, sólo siendo un testigo de todo, de todo lo que está pasando, sin que surja ninguna idea en ti-, entonces no sur­girá ninguna idea en los que están a tu alrededor.

Hay una vieja historia india:

 

En el cielo hindú, existe un árbol llamado kalpataru. Signifi­ca "el árbol de los deseos". Por accidente un viajero llegó allí y estaba tan cansado que se sentó bajo el árbol. Y estaba tan ham­briento que pensó: «Si hubiera alguien aquí, le pediría comida. Pero parece que no hay nadie».

En ese momento la idea de alimento apareció en su mente y el alimento apareció de repente. Y estaba tan hambriento que no se preocupó en pensar en lo que había sucedido; se lo comió.

Entonces comenzó a tener sueño, y pensó: «Si hubiera una cama aquí...», y la cama apareció...

Pero tumbado en la cama el pensamiento surgió en él: «¿Qué está sucediendo? No veo aquí a nadie. Ha llegado la comida, una cama. ¡Quizás hay fantasmas merodeando!». De repente apare­cieron los fantasmas...

Entonces se asustó y pensó: «¡Ahora me matarán!». ¡Y lo ma­taron!

 

En la vida la ley es la misma: si piensas en fantasmas, con se­guridad aparecerán. Piensa y verás: si piensas en enemigos, los crearás; si piensas en amigos, aparecerán. Si amas, el amor surgirá a tu alrededor; si odias, el odio aparecerá. Cualquier cosa que pienses se realizará por algún tipo de ley. Si no piensas en nada, entonces no te pasa nada.

El maestro simplemente se sentó en el cementerio. Llegaron los lobos, pero no encontraron a nadie. Ellos olfatearon. Debie­ron de olfatear para ver si este hombre estaba pensando o no. Lo rodearon. Lo observaron. Pero no había nadie, sólo vacío. ¿Qué hacer con el vacío?        

Este vacío, este silencio, este éxtasis, no puede ser destruido. Ni siquiera los lobos son tan malos. Sintieron la santidad y el va­cío y desaparecieron.

Los hombres y mujeres del pueblo pensaron que ese hombre había efectuado algunos ritos secretos, pero el maestro dijo: «No he hecho nada, ni podría haberlo hecho. Simplemente me senté allí y todo cambió».

Esta anécdota es una parábola. Si te sientas en este mundo en silencio, si vives en silencio, como una nada vital, el mundo se convertirá en un paraíso; los lobos desaparecerán. No hay nece­sidad de hacer nada más: simplemente mantén el correcto estado de tu consciencia, y todo sucederá.

Existen dos leyes. Una es la ley de la mente. Con la ley de la mente sigues creando un infierno a tu alrededor: los amigos se vuelven enemigos, los amantes demuestran ser enemigos, las flo­res se convierten en pinchos. La vida se convierte en una carga.

Uno simplemente sufre la vida. Con la ley de la mente, vives en el infierno, donde quiera que vivas. 

Si sales de tu mente te sales de esta ley y de repente vives en un mundo totalmente diferente. Ese mundo diferente es nirvana. Ese mundo diferente es la divinidad. Entonces sin hacer nada, todo comienza a suceder.                                                               

Déjame decírtelo de esta manera: si quieres "hacer" vivirás en el ego, los lobos te rodearan y estarás constantemente con pro­blemas. Si dejas caer tu ego, si abandonas la idea de ser un hace­dor y simplemente te relajas en la vida, y estás en un dejarte ir, estás de vuelta otra vez en el mundo de la divinidad, de vuelta en el jardín del Edén -Adán ha vuelto a casa-. Entonces las cosas suceden.

La historia cristiana dice que Adán no tenía necesidad de ha­cer nada en el jardín del Edén; todo estaba disponible. Pero entonces cayó en desgracia y fue expulsado. Se convirtió en un eru­dito, se convirtió en un egoísta y desde entonces la humanidad ha estado sufriendo.   

Cada persona tiene que regresar al jardín del Edén nuevamen­te. Las puertas no están cerradas. «Llamad, y se abrirán para ti. Pedid, y se os dará», pero uno tiene que darse la vuelta. El cami­no es desde el hacer a el suceder, desde el ego hacia el no-ego, desde la mente hacia la no-mente. La no-mente es meditación.

 

Basta por hoy

 

 

Capítulo 8

 

Vida, Muerte y Amor

 

La primera pregunta:

 

¿Puedes hablar sobre enfrentar la muerte en cada momento

y dejarte ir?

 

La muerte ya está sucediendo. La enfrentes o no la enfrentes, la mires o no la mires, ya está ahí.

Es como el respirar. Cuando un niño nace inhala, respira por primera vez. Ese es el comienzo de la vida. Y cuando un día en­vejece, muere, exhalará.

La muerte siempre sucede con una exhalación y el nacimien­to con una inhalación. Pero la exhalación y la inhalación están sucediendo continuamente: con cada inhalación naces, con cada exhalación mueres.     

Por eso lo primero que hay que entender es que la muerte no es algo del futuro, que está esperándote, como ha sido siempre descrita. Es parte de la vida, es un proceso continuo, no en el fu­turó; aquí, ahora. La vida y la muerte son dos aspectos de la exis­tencia, que suceden a la vez.

Normalmente, has sido enseñado a pensar sobre la muerte como algo en contra de la vida. La muerte no está en contra de la vida. La vida no es posible sin la muerte, ésta es el mismo funda­mento donde la vida existe. La muerte y la vida son como dos alas: el pájaro no puede volar con un ala, y el ser no puede ser sin la muerte. Por eso, lo primero es una clara comprensión de qué queremos decir con muerte.

La muerte es un proceso absolutamente necesario para que la vida exista. No es un enemigo, es un amigo, y no está en algún lu­gar en el futuro, es aquí, ahora. No va a suceder, siempre ha esta­do sucediendo. Desde que tú estás aquí ha estado contigo. Con cada exhalación sucede -una minimuerte, una pequeña muerte-; pero por miedo la hemos colocado en el futuro.

La mente siempre trata de evitar las cosas que no puede com­prender y la muerte es uno de los misterios más incomprensibles. Sólo hay tres misterios: vida, muerte y amor. Todos ellos están más allá de la mente.                                                                      

La mente se toma la vida como algo garantizado; por eso no hay necesidad de investigar -es una manera de evitar-. Nunca piensas, nunca meditas sobre la vida; simplemente la aceptas, la tomas como algo garantizado. Es un misterio tremendo. Estás vivo, pero no te pienses que has conocido la vida.

Respecto a la muerte, la mente lleva a cabo otro truco: la pos­pone -porque aceptarla aquí y ahora constituiría una constante preocupación. Por eso la mente la sitúa en algún lugar en el futu­ro, entonces no hay prisa: «Cuando llegue, ya veremos».

Y para el amor, la mente ha creado sustitutos que no son amor: algunas veces llamas a tu posesividad amor; algunas veces llamas a tu apego amor, alguna veces llamas a tu dominación tu amor. Esos son juegos del ego, el amor no tiene nada que ver con ellos. De hecho, por culpa de estos juegos, el amor no es posible.

Entre la vida y la muerte, entre las dos orillas de la vida y la muerte, fluye el río del amor. Y éste sólo es posible para la per­sona que no se toma la vida como algo garantizado, que entra profundamente en la cualidad de estar vivo y se vuelve existen­cial, auténtico.

El amor es para la persona que acepta la muerte aquí y ahora y no la pospone.

Entonces entre estas dos surge un hermoso fe­nómeno: el río del amor.

La vida y la muerte son como dos orillas. Existe la posibilidad de que fluya el río del amor, pero sólo es una posibilidad. Tendrás que materializarlo. La vida y la muerte están ahí; pero el amor tiene que ser materializado: éste es el objetivo de ser un humano. A menos que el amor se materialice, has fracasado, no has com­prendido el punto principal de lo que significa ser.

La muerte ya está sucediendo, o sea que no la coloques en el futuro. Si no la colocas en el futuro no tiene sentido defenderte de ella; ya está sucediendo -y ha estado sucediendo siempre-, por eso no tiene sentido que te protejas de la muerte. La muerte no te ha matado, ha estado sucediendo mientras estabas todavía vivo. Está sucediendo justo ahora, y la vida no se destruye por esto. De hecho, gracias a ella la vida se renueva a cada momento; caen las hojas muertas, crean espacio para que salgan las hojas nuevas, las flores viejas desaparecen, las nuevas flores aparecen. Cuando una puerta se cierra, otra inmediatamente se abre. En cada mo­mento mueres y en cada momento resucitas.

 

Una vez un misionero cristiano me vino a ver y me preguntó: «¿Crées en la resurrección de Jesucristo?». Le dije que no había necesidad de irse tan lejos! En cada momento todo el mundo re­sucita. Pero él no pudo entenderlo. Es complicado para las perso­nas que están demasiado inmersas en su ideología.

Dijo: «Pero ¿no crées que fue crucificado? ¿Es sólo un mito o es una realidad? ¿Qué piensas?».

Le dije de nuevo que todo el mundo es crucificado en cada momento. Éste es todo el significado de la crucifixión y la resu­rrección de Jesús. Si es histórica o no, importa poco. Simple­mente no tiene importancia pensar si sucedió o no: es un suceder.

En cada momento el pasado es crucificado, la hoja muerta de­saparece. Y en cada momento un nuevo ser surge en ti, resucita. Es un milagro constante.        

Lo segundo que hay que entender sobre la muerie es que es lo único cierto. Todo lo demás es incierto: podría suceder, podría no suceder. La muerte es segura porque con el nacimiento ya ha su­cedido la mitad, entonces el otro extremo debe de estar en algún lugar, el otro polo debe de estar en alguna parte en la oscuridad. No te la has cruzado porque tienes miedo, no entras en la oscuri­dad. ¡Pero es una certeza! Con el nacimiento, la muerte se ha convertido en una certeza.

Una vez que esta certeza penetra en tu comprensión, te rela­jas. Siempre que algo es absolutamente seguro la preocupación desaparece. La preocupación surge de la inseguridad.

Observa: un hombre se está muriendo y está muy preocupado. El momento de la muerte se hace palpable y el doctor dice: «Ahora no te puedes salvar». Él sufre un fuerte shock. Un esca­lofrío recorre su ser, pero luego las cosas se asientan, e inmedia­tamente todas las preocupaciones desaparecen. Si se le permite a la persona saber que va a morir y que la muerte es segura, con esta seguridad la paz y el silencio llegan a su ser.

Toda persona que se está muriendo tiene el derecho a saberlo. Los doctores continúan ocultándolo en muchas ocasiones, pen­sando: «¿Para qué preocuparlo?». Pero la inseguridad molesta; la certeza, nunca. Éste estar colgado en el medio, éste estar en el limbo, preguntándote si vas a vivir o a morir, es la causa raíz de todas las preocupaciones. Una vez que existe la seguridad de que vas a morir, no hay nada más que hacer. Entonces uno simple­mente acepta y en esta aceptación... una calma, una tranquilidad. Por eso, si a una persona se le permite saber que va a morir, en el momento de la muerte se llena de paz.

En Oriente lo hemos estado practicando durante milenios. No sólo eso, en países como el Tíbet, evolucionaron ciertas técnicas para ayudar al hombre a morir. Le llamaron el bardo todol. Cuan­do alguien se estaba muriendo, los amigos, los familiares y amis­tades se reunían a su alrededor para darle la absoluta seguridad de que se iba a morir y ayudarle a relajarse.

Porque si consigues morir con una relajación total, la cualidad de la muerte cambia. Tu nuevo nacimiento en algún lugar tendrá una cualidad superior, porque la cualidad de los nacimientos se decide en la muerte. Y entonces, correspondiendo con eso, la cualidad del nacimiento decidirá la cualidad de la próxima muerte. Es así como uno va ascendiendo cada vez, es así como uno evoluciona. Y siempre que una persona adquiere absoluta certe­za acerca de la muerte aparece una luz en su cara -la puedes ver... De hecho, sucede un milagro: se ha vuelto más vivo de lo que nunca antes había estado.

Hay un dicho en la India que dice que antes de apagarse la lla­ma, se vuelve tremendamente intensa. Sólo por un momento res­plandece con totalidad.

 Estaba leyendo una pequeña anécdota:

 

Una vez había dos gusanitos. El primero era vago y poco pre­visor y siempre se quedaba en la cama hasta tarde. El otro se le­vantaba para ocuparse de sus asuntos. El pájaro madrugador cazó al gusano madrugador. Luego apáreció un pescador con una lin­terna y cazó al gusano calavera.

Moraleja: Siempre pierdes.

 

La muerte es una certeza. No importa lo que hagas -madru­gues o no-, la muerte es una certeza. Ya ha sucedido, por eso es una certeza; ya está sucediendo, por eso es segura. Entonces ¿para qué esperar al momento en que te estés muriendo en tu cama? ¿Por qué no hacerla una certeza ahora mismo?

Sólo observa. Si digo que la muerte es una certeza, ¿puedes sentir el miedo desapareciendo en tu interior? Puedes sentir la idea -y en este momento es sólo una idea, no es tu experiencia­ de que la muerte es una certeza y sentirse tranquilo y sosegado; si puedes experimentarlo; puedes, porque es un hecho. No estoy hablando de teorías, no me ocupo de teorías, es un hecho senci­llo. Sólo abre los ojos y obsérvalo. Y no trates de evitarlo, no hay manera de evitarlo. Evitándolo, te equivocas. Acéptalo, abrázalo. Y vive con la consciencia de que en cada momento mueres y en cada momento renaces. Permite que suceda. No te aferres al pa­sado; no existe ya, ya se ha ido.

¿Por qué seguir cargando cosas muertas? ¿Por qué estar tan cargado de cadáveres? Déjalos caer y te sentirás muy ligero, te sentirás liberado.

Y una vez que abandonas el pasado, el futuro se cae por sí solo, porque el futuro no es nada más que una proyección del pa­sado. En el pasado disfrutaste de algunos placeres, ahora la men­te proyecta esos mismos placeres en el futuro. En el pasado pa­deciste algunos sufrimientos, ahora la mente proyecta un futuro en el que estos sufrimientos no podrán suceder. Esto es lo que es tu futuro, ¿qué otra cosa es tu futuro? Los placeres que disfrutas­te en el pasado son proyectados y las miserias rechazadas. Tu fu­turo es más colorido y modificado que el pasado, repintado, re­novado, pero es el pasado. Una vez abandonas el pasado, de repente el futuro lo abandonas, se cae; y entonces te quedas en el aquí y ahora; entonces estás en la existencia, eres existencial y ésta es la única manera de ser. Todas las demás máneras son sólo para evitar la vida. Y cuanto más evitas la vida, más miedo te da la muerte.

Una persona que está viviendo realmente no está de ningún modo asustada por la muerte. Si vives correctamente, has termi­nado con la muerte, estás ya demasiado agradecido, satisfecho. Pero si no has vivido, entonces existe una preocupación constan­te: «No he vivido todavía y la muerte está llegando. Y la muerte lo detendrá todo y con la muerte no habrá más futuro». Entonces la persona se vuelve aprensiva, se asusta, y trata de evitar la muerte.

Tratando de evitar la muerte, sigue perdiéndose la vida. Olvi­da totalmente ese evitar. Vive la vida. Viviendo la vida se evita la muerte. Viviendo la vida te sientes tan completo que si en este momento llega la muerte y el futuro se detiene estarás preparado. Estarás felizmente preparado. Has vivido tu vida, has disfrutado de la existencia, has celebrado, estás contento. No hay queja, no hay protesta; no tienes ningún motivo de rencor. Das la bienveni­da a la muerte. Si no puedes dar la bienvenida a la muerte, una cosa es segura: no has vivido.

He escuchado una anécdota:

 

Dos aristócratas húngaros entablaron una lucha mortal. Pero como ninguno de los dos estaba ansioso por arriesgar su vida ni con espada ni con pistola, acordaron un duelo sin sangre. Cada uno debía de decir un número, y el que dijera el número más alto sería declarado ganador.   

Los segundos pasaban y la excitación y el suspense eran ex­tremos mientras los dos nobles, sentados en los lados opuestos de una larga mesa, se disponían a pensar un número alto. La parte desafiada que tenía el privilegio de empezar se lo pensó durante mucho tiempo. Las venas de sus temporales se hincharon, y el sudor apareció en su frente.

-Tres -dijo finalmente.

El otro duelista dijo inmediatamente: -Bueno, me has vencido.

 

Cuando tienes miedo a la muerte incluso el número tres es el más alto. Cuando tienes miedo a la muerte sigues buscando ex­cusas para seguir viviendo. Tanto da que tu vida signifique algo o no, continúas buscando excusas para prolongarla.

En Occidente ahora, están como locos tratando de conseguir prolongar la vida. Esto simplemente demuestra que en algún lu­gar se está malgastando la vida. Siempre que un país o una cultu­ra comienza a pensar en cómo prolongar la vida, es porque la vida no se está viviendo. Si vives la vida, incluso un solo mo­mento es suficiente. Un solo momento puede ser equivalente a la eternidad. No es una cuestión de duración, sino de profundidad; no es una cuestión de cantidad, sino de calidad.

Sólo piensa: ¿preferirías un momento de la vida de Buda o mil años de tu propia vida? Entonces serás capaz de entender lo que quiero decir acerca de la calidad de la intensidad, de la profun­didad. En un solo momento la realización es posible, puedes flo­recer y florecer; pero podrías no florecer en mil años y permane­cer oculto en la semilla.

Ésta es la diferencia entre la actitud científica ante la vida y la actitud religiosa. La actitud científica está preocupada con la pro­longación -cómo prolongar la vida-, no está preocupada con el significado. Por eso puedes encontrar ancianos en los hospitales, particularmente en Occidente, sin hacer nada. Quieren morir pero la cultura no se lo permitirá. Están hartos de sólo vivir; es­tán únicamente vegetando, su vida carece de importancia, de sig­nificado, de poesía; porque todo ha desaparecido y son una carga para ellos mismos. Están pidiendo la eutanasia, pero la sociedad se la niega. La sociedad tiene tanto miedo a la muerte que no la permite aunque las personas estén dispuestas a morir.

La misma palabra "muerte" es una palabra tabú, más tabú que el sexo. Éste poco a poco está siendo aceptado. Ahora la muerte también necesita un Freud para poder ser aceptada de modo que deje de seguir siendo un tabú y la gente pueda hablar de ella y compartir sus experiencias. Y entonces no habrá necesidad de ocultarla y no habrá necesidad de forzar a las personas a vivir en contra de su voluntad. En los hospitales, en los asilos, hombres y mujeres están simplemente esperando, porque la sociedad, la cul­tura, la ley, no les deja morir. Y si preguntan si se les permite mo­rir, parece que están pidiendo suicidarse. No están pidiendo sui­cidarse. De hecho, se han convertido en cadáveres; están viviendo un suicidio y están pidiendo librarse de él. Porque la du­ración no es el significado. Cuánto tiempo vives no es el asunto. Con cuánta profundidad, con cuánta intensidad vives, con cuán­ta totalidad vives, la cualidad... sí lo es.

La ciencia está preocupada con la cantidad; la religión está preocupada con la calidad. La religión está preocupada con el arte de cómo vivir la vida y cómo morir la vida. Siete años, se­tenta años o setecientos años, ¿qué diferencia hay? Seguirás repi­tiendo el mismo círculo vicioso una y otra y otra y otra vez. Sim­plemente te irás aburriendo cada vez más.

Por eso cambia el enfoque de tu ser. Aprende cómo vivir en cada momento y aprende cómo morir en cada momento, porque ambos van juntos. Si sabes cómo morir en cada momento, serás capaz de vivir en cada momento -nuevo, joven, virgen-. Muere al pasado. No permitas que interfiera con tu presente. El momen­to que acabas de pasar, deja que se vaya. No está más aquí; sólo continúa en tu memoria, es sólo un recuerdo. Deja que este re­cuerdo se libere. Esta obsesión psicológica no debería permitirse. No estoy diciendo que debas de olvidar todo lo que conoces.

No estoy diciendo que toda memoria es mala. Tiene usos técni­cos. Tienes que saber conducir, tienes que saber dónde está tu casa, tienes que reconocer a tu esposa y a tus hijos. Pero eso no son obsesiones psicológicas. Cuando llegas a casa, por supuesto reconoces que ésta es tu esposa. Ésta es la memoria factual, prác­tica, mejora la vida, la facilita. Pero si llegas a casa y miras a tu mujer con todas las experiencias pasadas con ella, entonces esto es un problema psicológico. Ayer estaba enfadada... ahora de nuevo la miras con esa memoria en medio; tus ojos están nubla­dos por esa memoria. Anteayer estaba triste o desagradable o re­gañona... Si miras a través de todas esas impresiones psicológi­cas, no estás mirando a la mujer que ahora mismo está frente a ti. Estás mirando a alguien que no está ahí, estás mirando a alguien que no existe. Estás mirando a un fantasma; ella no es tu esposa. Y ella podría estar también mirándote de la misma manera.

Entonces los fantasmas se encuentran y las realidades perma­necen separadas: los fantasmas están casados y las realidades es­tán divorciadas. Entonces estos dos fantasmas harán el amor, lu­charán, discutirán y harán una y mil cosas, y las realidades estarán alejadas, muy alejadas. No habrá contacto; las realidades no tendrán ninguna conexión. Entonces no puede existir comuni­cación, no puede existir diálogo. Sólo las realidades pueden amar. Los fantasmas únicamente pueden hacer gestos impoten­tes, movimientos, pero carecen de vida.

Deja caer el pasado en cada momento. Acuérdate de dejarlo caer. Del mismo modo que limpias tu casa cada mañana, en cada momento limpia tu casa interior del pasado. Todas las memorias psicológicas tienen que ser abandonadas. Sólo mantén cosas prácticas y tu mente permanecerá muy, muy limpia y clara.

No te adelantes a ti mismo en el futuro porque no es posible ha­cerlo. El futuro permanece desconocido; esa es la belleza, esa es la grandeza, la gloria. Si se hace conocido, será inservible porque en­tonces toda la excitación y toda la sorpresa se echará a perder.

No esperes nada en el futuro. No lo corrompas. Porque si to­das tus expectativas se cumplen entonces también te sentirás mi­serable... porque son tus expectativas y se han cumplido. No es­tarás contento con esto. La felicidad sólo es posible a través de la sorpresa, la felicidad sólo es posible cuando sucede algo que no te esperabas, cuando te toma completamente desprevenido. Si tus expectativas se cumplen al cien por cien, estarás viviendo como si estuvieras en el pasado, no en el futuro. Llegas a casa y espe­ras que tu mujer te diga algo, y te lo dice. Y esperas que tu hijo se comporte de un cierto modo, y el niño lo hace. Piénsalo, estarás constantemente aburrido. No pasará nada. Todo será sólo una re­petición, como si estuvieras viendo algo que has visto antes, es­cuchando algo que ya has escuchado antes. Continuamente esta­rás viendo que es una repetición, y una repetición nunca puede ser satisfactoria. Se necesita lo nuevo, la novedad, lo original.

Por eso si tus expectativas se cumplen, permanecerás comple­tamente insatisfecho. Y si tus expectativas no se cumplen, enton­ces te sentirás frustrado. Entonces sientes constantemente como si tú propusieras y Dios dispusiera, sientes que Dios es tu enemi­go, sientes como si todo el mundo estuviera en tu contra y traba­jando en tu contra. Tus expectativas nunca se cumplen, te sientes frustrado.

Sólo medita sobre tus expectativas: si se cumplen te sentirás aburrido, si no se cumplen te sentirás engañado como si se hu­biera tramado en tu contra una conspiración, como si toda la existencia estuviera conspirando contra ti. Te sentirás explotado, te sentirás rechazado, no serás capaz de sentirte en casa. Y todo el problema surge porque estás esperando.

No te adelantes en el futuro. Abandona las expectativas.

Una vez que abandonas las expectativas, has aprendido a vi­vir. Entonces todo lo que sucede te llena, todo. Por una cosa, nunca te sientes frustrado y es porque, en primer lugar, nunca te lo esperaste, entonces la frustración es imposible. La frustración es la sombra de la expectativa. Cuando abandonas ésta, la frus­tración se cae ella sola.

Tú no puedes frustrarme, porque nunca espero nada. No im­porta lo que hagas, yo diré: «Bien». Siempre digo: «Bien», excep­to en algunas contadas ocasiones en las que digo: «¡Muy bien!».

Una vez que las expectativas no están ahí, eres libre de ir ha­cia lo desconocido y aceptarlo con todo lo que quiera traer y aceptarlo con una profunda gratitud. Desparecen las quejas, de­saparecen las protestas. No importa cuál  sea la situación, siempre te sientes aceptado, en casa. Nadie está contra ti; la existencia no es una conspiración en tu contra. Es tu casa.

Lo segundo: cuando todo sucede sin esperarlo, todo se con­vierte en nuevo. Trae novedad a tu vida; una brisa fresca está continuamente soplando y no permite que el polvo se acumule en ti. Tus puertas y tus ventanas están abiertas: entra el sol, entra la brisa, entra la fragancia de las flores; todo sin que te lo esperes. Nunca lo pediste y la existencia continúa colmándote. Uno sien­te que la divinidad existe.

La proposición «Dios es», no es una proposición; es la afir­mación de alguien que ha vivido sin esperar, sin ninguna expec­tativa, que ha vivido maravillado. Dios no es una hipótesis lógi­ca; es una exclamación de alegría. Es como un «¡Ah!». No significa nada más. Simplemente significa: «¡Ah!»... tan hermo­so, tan maravilloso, tan nuevo, tan original, y más allá de todo lo que podrías haber soñado. Sí, la vida es más emocionante que cualquier aventura que puedas imaginar. La vida está preñada, siempre preñada, de lo desconocido.

Una vez que esperas, todo se destruye. Deja caer el pasado; ese es el modo de morir en cada momento. Nunca planées el fu­turo; ese es el modo de permitir que la vida fluya a través de ti. Y entonces permaneces en un estado sin congelar, fluyendo.

Esto es lo que yo llamo un sannyasin -sin pasado, sin futuro, vivo en este momento, intensamente vivo, una llama quemando por los dos extremos, una antorcha quemando por los dos extre­mos-. Esto es dejarse ir.

 

La segunda pregunta:

 

Hace algún tiempo te escuché decir que te veías a ti mismo de pie

en la plaza del mercado con una botella de alcohol en la mano.

Hoy se me ha impedido entrar en el darshan porque en mi

aliento había alcohol.                                ­

 

Esto es de Vedanta.

Lo que yo digo y lo que tú oyes no es necesariamente lo mis­mo. Mi alcohol es mi alcohol, tu alcohol es tu alcohol. Cuando estoy hablando sobre alcohol, no estoy hablando de tu alcohol. Estoy hablando acerca del alcohol de los budas. Sí, están borra­chos, borrachos de lo divino.

Pero puedo entenderte. Sigues escuchando aquello que quie­res oír. No escuchas, manipulas. Te las arreglas para escuchar aquello que quieres. Tu inconsciente continúa interfiriendo, con­tinúa confundiéndote. Sí, digo que estoy en la plaza del mercado, y no sólo en la plaza del mercado, sino con una botella en la mano. Éste es un antiguo dicho del Zen.

El Zen dice que el que finalmente se ha entendido a sí mismo regresa al mundo, y vuelve totalmente borracho. Pero, ¿por qué con una botella en su mano? El signifIcado está claro. No sólo está borracho, además tiene algo que ofrecerte. Éste es el signifI­cado de una botella en la mano. Si estás listo, también te puede emborrachar -tiene algo que ofrecerte-. No es sólo que esté bo­rracho, él puede compartir su borrachera contigo. De ahí la bote­lla. Él tiene una invitación, una invitación para ti.

Por eso ha ido a la plaza del mercado. Tú vas a la plaza del mercado por algo, él ha ido a dar algo. Él ha encontrado algo que tiene que ser compartido. Compartirlo es su naturaleza intrínseca. Tú no puedes guardarte tu éxtasis para ti sólo, sería como si una flor que tratara de guardar su fragancia para sí misma o una estrella quisiera guardarse su luz para ella sola. No es posible. Cuando hay luz se esparce, va a otros, ayuda incluso aquellos que no están preparados para recibir esa ayuda. La fragancia se dis­persa de igual manera por el aire para los amigos y para los ene­migos.

Una vez que un hombre se realiza, tiene que compartir. No es que tenga que hacer nada para compartir; simplemente se en­cuentra a sí mismo compartiendo, no puede hacer otra cosa. Va a la plaza del mercado donde está la gente. Donde la gente está tro­pezándose en la oscuridad, les trae luz; allí la gente tiene sed, él trae su propia borrachera para compartirla con ellos.

Sí, estoy borracho y tengo una botella en mi mano, ¿es que no la ves? Pero no es tu botella. La gente tiene una tendencia in­consciente a escuchar algo que no se ha dicho.

He escuchado una anécdota:

 

Una mujer de las cavernas llegó corriendo, muy nerviosa, donde estaba su marido.

-¡Wok! -gritó-. Algo terrible acaba de pasar. Un tigre de dientes de sable ha entrado en la cueva de mi madre y ella está                                  allí. iHaz algo! iHaz algo!

Wok levantó la mirada del hueso de mamut que estaba royen­do y dijo: 

-¿por qué he de hacer algo? ¿Por qué diablos me tengo que preocupar de lo que le sucede a un tigre de dientes de sable?

 

No es necesario que escuches lo que se dice. Tu inconsciente continuamente colorea cualquier cosa que oyes; y lo interpreta a su modo. Las palabras podrían ser las mismas, pero un pequeño cambio en el significado, un pequeño giro, y todo cambia.

 

Después de diez años de matrimonio, un hombre estaba con­sultando a un consejero matrimonial.    

-De recién casado -dijo-, era muy feliz. Cuando llegaba la noche, mi perrito corría a mi alrededor ladrando y mi mujer me traía mis zapatillas. Ahora, después de todos estos años, cuan­do llego a casa, mi perro me trae mis zapatillas y mi mujer me ladra.

-¿De qué te quejas? -le pregunto el consejero-. ¡Sigues te­niendo el mismo servicio!

 

Sí, el servicio es el mismo, pero a pesar de todo, no es el mis­mo. Podrías escuchar mis palabras y pensar que el significado es el mismo; pero no lo es. Por eso, por favor, ten cuidado. Trata mis palabras con mucho cuidado; son delicadas. Y antes de decidir qué significan, no tengas prisa, medita. De otra manera no sólo te equivocarás, podrías mal interpretarme, y no sólo mis palabras  no serán capaces de ayudarte, pueden ser perjudiciales.

 

La tercera pregunta:

 

¿Es posible para un político iluminarse?

 

Nunca lo he oído. Nurica ha sucedido. Existen problemas in­trínsecos. La dimensión en la que se mueve la política está en contra de la iluminación.

Hay que entender algunas cosas. La política es un fenómeno diametralmente opuesto a la religión. Un científico puede fácil­mente convertirse en religioso; su perspectiva es diferente pero no es opuesta. Podría estar trabajando con la materia, con el mun­do objetivo, pero su trabajar es una especie de meditación. Nece­sita cierto espacio en su consciencia, un espacio silencioso, para trabajar y para descubrir. No es muy complicado ir desde lo ob­jetivo a la subjetividad porque ese mismo espacio puede ser usa­do en el viaje interior.                                                           

Un poeta puede con mucha facilidad convertirse en religioso -está muy cerca, muy, muy cerca, casi en la vecindad-. Un pin­tor o un escultor pueden con mucha facilidad convertirse en reli­giosos;. ya son religiosos sin saberlo. Ya son devotos a pesar de que todavía no han adorado. Podrían no pensar en Dios, podrían no ser conscientemente religiosos en absoluto, podrían no ir a la iglesia o al templo, podrían no preocuparse de la Biblia y la Gita, pero ese no es el asunto. Un pintor sigue viendo algo divino en la naturaleza: los colores para él son divinos. Un poeta está sintien­do algo del romance religioso por todas partes alrededor de él. Todas las artes creativas están relacionadas muy de cerca; en cualquier momento puede amanecer la consciencia, cualquier rayo puede convertirse en una transformación.

Pero un político se mueve en una dirección diametralmente opuesta. Toda su educación está en contra de la religión.

He escuchado una anécdota:

 

El congresista había pronunciado un emocionante discurso en contra de un controvertido proyecto de ley. Enseguida se vio en­terrado en montañas de cartas de los electores de su estado con­denando su intervención. Al día siguiente estaba de regreso en el Congreso, esta vez pronunciando un discurso a favor del proyec­to de ley. Cuando terminó un colega le agarró del cuello y le dijo:

-Ayer diste una explicación de los principios que motivaron tu intervención. Me pregunto, ¿qué te ha sucedido para que cam­bies de opinión?

-Algún día -dijo el congresista-, aprenderás que llega un mo­mento en la vida de todo hombre en el que debe pasar por enci­ma de meros principios.

 

Un político es un oportunista; de hecho, no tiene principios. Habla sobre principios, pero no los tiene. Pretende tener princi­pios, pero si es un político que haga honor a su nombre, no pue­de tener ningún principio. Esos principios están sólo para enga­ñar a la gente. Él está en un viaje del ego. El usa todo tipo de principios.

Oí una historia acerca de un político. En una campaña electo­ral estaba hablando en su distrito y existía una gran controversia sobre si el alcohol debería ser totalmente prohibido o no. Cuando estaba hablando, un hombre se levantó y preguntó: «¿Cuál es su posición acerca de la prohibición?».     

En ese momento se puso un poco nervioso porque la mitad de la población estaba a favor y la otra mitad en contra. Y podía ver que la mitad del público estaba a favor y la otra mitad en contra. Dijese lo que dijese, iba a perder la mitad de los votos. Si decía sí, la mitad; si decía no, la mitad. Era realmente muy difícil. Es­taba ante un gran dilema.

Y entonces dijo: «Todos vosotros sois mis amigos. Por favor que levanten la mano aquellos que están a favor y aquellos que están en contra». La mitad de la gente levantó las manos a favor, y la otra mitad en contra.

A continuación añadió: «Bien, estoy con mis amigos. Estoy totalmente por mis amigos. Sois mis amigos y estoy con voso­tros».

 

Ahora bien, él no está diciendo ni sí ni no.

Es un viaje del ego: cómo hacerse más poderoso, cómo con­trolar a los demás. La religión es justo lo opuesto. No es de nin­guna manera un viaje del ego -uno tiene que perder el ego-. Y uno no está tratando de hacerse poderoso, de hecho, está tratando de entender la total impotencia de la parte en contra del todo. Uno tiene que aprender cómo rendirse, no cómo conquistar; y no tiene que preocuparse de los demás, tiene que estar totalmente preocupado de sí mismo. Si al menos esto es posible, que: «Me puedo hacer consciente de mi propio ser, es suficiente, más que

suficiente.

El político está preocupado por el mundo exterior, es un ex­trovertido. La persona religiosa es introvertida. No está preocu­pada con cosas, con el mundo, con situaciones; está preocupada de la calidad de su consciencia. Una persona religiosa está tra­tando de encontrar cómo llegar a estar satisfecho; un político está tratando de mostrar al mundo que es alguien. Podría no estar sa­tisfecho pero pretende que sí lo está; ha optado por las pretensio­nes, por la hipocresía. El simplemente quiere que todo el mundo sepa que es alguien; especial, extraordinario, muy feliz. Profun­damente, en su interior, podría estar llevando un infierno, pero cree que si puede engañar a todo el mundo será capaz de enga­ñarse a sí mismo.

Ese sueño nunca se cumple. Puedes engañar a todo el mundo exhibiendo una falsa sonrisa, pero ¿cómo puedes engañarte a ti mismo? En lo más profundo sabes que todo se está enfriando y muriendo; en lo más profundo sabes que todo está vacío y es vano. Pero uno sigue pensando: «Si puedo convencer a todo el mundo, que soy alguien, de alguna manera seré capaz de con­vencerme a mí mismo de que soy alguien».

El político es un mentiroso. Está tratando de mentirse -a sí mismo y a todo el mundo-. La dimensión religiosa es la dimen­sión de lo verdadero, de lo auténtico.

 

Sucedió una vez: un hombre entró en un bar y dijo:

-Camarero, deseo presentarle a mi perro. Habla. Se lo vende­ré sólo por diez dólares.

-¿A quién se cree que está engañando -dijo el camarero.

El perro, con lágrimas en los ojos, miró hacia arriba.

-Por favor, cómprame -dijo-. Este hombre me trata con crueldad. Nunca me da un hueso. Nunca me baña. Siempre me está tratando a golpes. Una vez fui el perro artista más famoso del país. Actué ante presidentes y reyes. Mi nombre aparecía en los periódicos cada día, y...       

-Entonces habla -dijo el camarero-. Pero ¿por qué vender un perro tan valioso por sólo diez dólares?

-Porque odio a los mentirosos- contestó el cliente.

 

Un político es un mentiroso y está tratando de convencerse a sí mismo convenciendo a los demás.

Un político está casi loco -loco por el poder-. Hay mucha gente en el mundo en instituciones psiquiátricas. Uno se cree que es Adolf Hitler, otro se cree que es Napoleón, el de más allá se cree que es Ford o Mao Zedong. Están en cárceles, en manico­mios o en hospitales porque pensamos que se han vuelto locos. A alguien que piensa que es Adolf Hitler se le considera loco, pero, ¿qué hay acerca del verdadero Adolf Hitler? La única dife­rencia es ésta: este hombre, este loco que piensa que es Adolf Hi­tler, no ha sido capaz de probarlo, eso es todo. Es inocente. Su lo­cura es sólo inocencia. Adolf Hitler demostró al mundo que sí, sí lo era: Adolf Hitler estaba mucho más loco que ese hombre. Su locura era tal que demostró a todo el mundo que era alguien; y que si no podía crear, podía destruir.

Existen sólo dos posibilidades. Puedes ser un creador, y en­tonces sientes cierta satisfacción -esto le pasa a la madre cuando da nacimiento al niño, esto le pasa al poeta cuando la poesía nace, esto le pasa al escultor cuando ha creado algo: una hermo­sa pieza de mármol, piedra, madera-. Siempre que creas algo, te sientes mejorado, asciendes hacia las cimas, te sientes mejor.

Toda las personas que son creativas están cerca de la religión. Lá religión es la creatividad más grande porque es un esfuerzo para darte nacimiento a ti mismo, convertirte en padre y madre de ti mismo, nacer de nuevo, nacer a través de la meditación, a través de la consciencia. La poesía está bien, pintar está bien; pero cuando das nacimiento a tu propia consciencia, no hay com­paración. Entonces has dado nacimiento a la poesía esencial, la música esencial, la danza esencial. Ésta es la dimensión de la cre­atividad. En la escala de la creatividad, la religión es el último peldaño. Es el arte más grande, el arte esencial, por eso la llamo "la alquimia esencia".

En el lado opuesto de la escala está la destrucción. La gente que no puede ser creativa se vuelve destructiva porque a través de la destrucción pueden tener el sentimiento experimentado por otros de ser poderoso. Cuando Hitler destruyó a millones de per­sonas, por supuesto tenía el poderoso sentimiento de: «Soy al­guien. Puedo destruir todo el mundo». Estaba casi listo para des­truir todo el mundo -casi lo destruye-.

El político es una mente destructiva. Podría hablar acerca de la nación, del país; podría estar hablando sobre utopías, socialis­mo, comunismo, pero básicamente un político es una mente des­tructiva y una mente destructiva no puede iluminarse.

Primero, toda la energía debe ir hacia la construcción, hacia la creación. Sólo entonces existe la posibilidad de que poco a poco tú participes de la creación más grande -esto es, nirvana-, la cima de la creación, en la que renaces divino, infinito, sin límites. Entonces te expandes, te derramas en toda la existencia. Enton­ces dejas de ser una ola, te has convertido en el océano.

Un político no puede iluminarse nunca. No estoy diciendo que un político no pueda ir hacia la iluminación, sí puede pero si va hacia ella, tendrá que abandonar la política. Un político tam­bién es un ser humano, pero tendrá que abandonar la política. Y cuando empiece a meditar ya no será un político. Permaneciendo como político, un hombre no puede iluminarse. Su humanidad está allí. Incluso Hitler se puede convertir en un buda... algún día. Uno espera que así será. Algún día, muy alejado en el futuro, incluso Adolf Hitler se convertirá en un buda; esa es su potencia­lidad. Pero entonces, en ese momento, ya no será Adolf Hitler.

                                                                                                                        

La guerra nuclear estalló y terminó. Sólo un mono delgadito en una parte aislada del mundo permaneció con vida. Después de semanas de dar vueltas, se encontró finalmente con una mona hembra pequeñita. Se arrojó en sus brazos como saludo.

-Estoy muerto de hambre -dijo-. ¿Has encontrado algo de comer?

-¡Bueno -dijo ella-, encontré esta vieja manzana.

-Oh, no, no irás a... ! -le espetó él-. ¡No vamos a comenzar todo de nuevo otra vez!

 

Incluso los monos están preocupados por la humanidad. Y he escuchado hablar a los monos. Ellos no creen en Darwin, no di­cen que el hombre ha evolucionado de los monos, no piensan que el hombre es una forma desarrollada; piensan que el hombre es un mono venido a menos. Por supuesto, caído de los árboles, caído de las alturas, caído de los monos.

Y de alguna manera esto es verdad, porque el hombre hasta ahora ha permanecido político. Toda la historia hasta ahora ha sido política; no ha existido ninguna civilización que haya sido religiosas, ni siquiera la civilización india. No ha surgido ni una sola nación que sea religiosa, sólo raramente individuos, aquí y allí, muy separados. En algún lugar un Buda, un Jesús, un Zara­tustra, un Lao Tzé -islas-. De otro modo, normalmente, la co­rriente mayoritaria de la humanidad ha permanecido política.

La política es básicamente ambición. La política es básicamen­te una equivocación, porque la ambición es una equivocación. No tienes que convertirte en alguien, dice la religión, ya lo eres. No tienes que hacerte poderoso, ya lo eres. Sois extensiones de Dios. No necesitas preocuparte de ser poderoso y ser alguien encima de un trono; todo eso son juegos estúpidos, niñerías, actitudes muy juveniles, inmaduras. No puedes encontrar gente más inmadura que los políticos.

De hecho, en un mundo mejor, a los políticos se les encerrará en los manicomios y a la gente loca se le permitirá volver al mun­do. Todos esos locos no han hecho nada malo. Puede ser que es­tén un poco fuera del camino, pero no han hecho ningún daño. Los políticos son locos peligrosos, muy peligrosos.

He escuchado que antes que Richard Nixon renunciara a su puesto convocó una reunión con sus colegas y les amenazó con que tenía el poder para ir a la otra habitación, apretar un botón y todo el mundo podría ser destruido en veinte minutos.

Y sí, tenía ese poder. Hay millones de bombas atómicas pre­paradas, sólo hay que apretar un botón. El poder del átomo y las bombas H ya fabricadas es siete veces superior a lo que se nece­sita para destruir esta tierra -siete veces superior-. Pueden des­truirse siete tierras de este tamaño. Nos hemos hecho tan hábiles, tan super-hábiles, en destruir. Y quién sabe, cualquier día un pre­sidente de América, o de la Unión Soviética, o de China, puede enloquecer; los políticos están casi locos, cualquier día, cual­quiera de ellos puede apretar el botón -todo el mundo tiene mo­mentos de locura, momentos de enfado-. La amenaza es muy, muy real.  

Los políticos han sido la enfermedad de la humanidad, el cán­cer de la consciencia.

Abandona todas las políticas en tu interior. Y recuerda, cuan­do estoy hablando sobre políticos, no estoy hablando en particu­lar a la gente que está en la política, quiero decir todos aquellos que son ambiciosos. Siempre que hay ambición, entra la política; siempre que estás tratando de ponerte por delante de alguien, en­tra la política; siempre que estás tratando de dominar a alguien -quizás a tu esposa, o a tu marido- entra la política. La política es una enfermedad muy corriente, tanto como el resfriado.

 

La última pregunta:

 

Desde que estoy aquí, he perdido mi capacidad de concentra­ción.

Es complicado para mí pronunciar una frase lógica. Y me he vuelto muy olvidadizo.

Me siento como un niño estúpido.

¿Es éste el camino hacia la inteligencia del que hablas?

 

La habilidad de concentrarte no es algo de lo que te puedas sentir bendecido. Es un estado congelado de la mente, un estado de la mente muy limitado. Práctico por supuesto: práctico para los demás. Práctico en la investigación científica, práctico en los negocios, práctico en el mercado, práctico en la política, pero ab­solutamente inútil para ti mismo. Si te acostumbras demasiado a la concentración acabarás muy, muy tenso. La concentración es un estado muy tenso de la mente; nunca estarás relajado. La con­centración es como una linterna enfocada, y la consciencia es como una lámpara sin enfocar.

Todo mi esfuerzo aquí es enseñarte consciencia, no concen­tración. Y es esto lo que hay que recordar: si te haces consciente, en el momento que quieras concentrarte en un problema particu­lar, puedes. No es un problema. Pero si estás demasiado enfoca­do en la concentración, lo contrario no es verdad: no te puedes re­lajar. Una mente relajada siempre puede concentrarse, fácilmente, no hay ningún problema en ello. Pero una mente en­focada se vuelve obsesiva, limitada. No le resulta fácil relajarse y dejar la tensión. Permanece tensa.

Si meditas, primero desaparecerá la concentración y te senti­rás un poco perdido. Pero si continúas, poco a poco alcanzarás un estado sin enfocar de luz, esto es meditación. Una vez que se al­canza la meditación, la concentración es un juego de niños: siem­pre que la necesites, te puedes concentrar. No tendrás ningún pro­blema en ello y te resultará fácil y sin ninguna tensión.

En este mismo momento, estás siendo usado por la sociedad. La sociedad quiere gente eficiente; no está preocupada por tu es­píritu, está preocupada de tu productividad. Yo no estoy preocu­pado de tu productividad: el hombre tiene ya demasiado, mucho más de lo que puede disfrutar, no hay necesidad de producir más. Ahora hay más necesidad de jugar más. Hay más necesidad de ser más consciente. La ciencia se ha desarrollado lo suficiente; ahora, todo lo que está haciendo es prácticamente inútil. Ir a la Luna es inútil, pero se gasta una energía tremenda. ¿Por qué? Porque los científicos ahora están obsesionados, tienen que hacer algo. Le han cogido el truco a la concentración: tienen que hacer algo, tienen que producir, tienen que seguir produciendo algo; no pueden relajarse. Irán a la Luna, irán a Marte, y persuadirán a la gente de que todo lo que están haciendo es importantísimo. Es completamente inútil.

Pero esto sucede. Una vez que has sido educado en algo, con­tinúas en esa línea, ciego, a menos que te encuentres en un calle­jón sin salida y no puedas continuar. Pero la vida es infinita. No hay callejón sin salida. Puedes seguir y seguir.

Ahora la actividad científica es casi ridícula.

La actividad religiosa es totalmente diferente. No está preo­cupada sobre cómo ser más eficiente; todo el énfasis está en como disfrutar más, cómo celebrar más. Por eso si vienes conmi­go, poco a poco, la concentración se relajará. Y al principio ten­drás miedo porque verás cómo tus habilidades desaparecen, tu eficiencia desaparece. Sentirás que estás perdiendo algo que has conseguido con mucho esfuerzo. Al principio sucederá. El hielo está disolviéndose y se convierte en agua. El hielo era sólido, algo concentrado; ahora es agua, suelta, relajada, fluyendo en to­das direcciones. Pero en cualquier momento que necesites hielo, el agua puede volverse hielo otra vez. No hay problema, sólo se necesita un poco más de frío.

Esa es mi propia experiencia. Todo lo que digo, lo digo por experiencia propia: lo mismo me ha sucedido. Primero desapare­ció la concentración; pero ahora puedo concentrarme en cual­quier cosa. No hay problema. Pero no permanezco concentrado; puedo concentrarme y relajarme siempre que surge la necesidad. Igual que cuando surge la necesidad, caminas; no te sientas en la silla y sigues moviendo las piernas. Hay unos pocos que las si­guen moviendo porque no se pueden sentar relajados, ¡a este hombre le llamas inquieto!

 Es preciso que tengas las piernas en un estado perfecto para que siempre que las necesites, puedas caminar, puedas correr; pero cuando no haya necesidad, te puedas relajar y las piernas no sigan funcionando.

 ¡Pero tu concentración está tan enfocada como si estuvieras continuamente preparándote para los Juegos Olímpicos! Los co­rredores olímpicos no se pueden relajar. Tienen que correr cada mañana y cada tarde una distancia específica: están siempre en marcha. Si se relajan durante unos pocos días perderán la prácti­ca. Pero llamo a todos los olímpicos políticos, ambiciosos, ne­cios. No hay necesidad...    ­

La competición es estúpida, no es necesaria. Si disfrutas co­rriendo, bien, corre y disfruta. Pero ¿por qué competir? ¿Qué sentido tiene la competición? La competición trae enfermedad, es poco saludable; la competición trae celos y mil y una enfer­medades.

La meditación te permitirá concentrarte siempre que surja la necesidad, pero si no existe la necesidad permanecerás relajado, fluyendo en todas las direcciones como el agua.

 

«Es difícil para mí pronunciar una frase lógica».

 

Siéntete dichoso, bendecido. ¿Qué sentido tiene pronunciar frases lógicas? Pronuncia sin sentidos; ¡haz ruidos, parlotea, como los pájaros... como los árboles! (En ese momento un árbol cercano decidió, con la ayuda de una brisa pasajera, ilustrar las palabras de Osho sacudiendo sus ramas y provocando la caída de cientos de hojas con un gran ruido de crujidos en el suelo.) ¡Mira! ¡Ésta es la manera! ¿Es esto lógico? El árbol está disfru­tando, dichoso, simplemente desprendiéndose de su pasado.

Disfruta, canta, haz ruidos, ¡olvídate de la lógica! y poco a poco revivirás -menos lógico por supuesto-. Ese es el precio que uno tiene que pagar. Te vas muriendo si te vuelves más lógico y te vuelves más vivo si te vuelves más ilógico.

El objetivo es la vida, no la lógica. ¿Qué vas a hacer con la ló­gica? Si tienes hambre, la lógica no te va a alimentar; si necesitas amor, la lógica no te va a dar un abrazo, si tienes sed, la lógica te dirá que el agua es ¡H20! No te va a dar agua, agua de verdad. No. Simplemente funciona con fórmulas, máximas.

Fíjate en la vida, y poco a poco comprenderás que la vida tie­ne su propia lógica muy lógica. Sintonízate con ella y se conver­tirá en la puerta para tu éxtasis, samadi, nirvana.

 

«Y me he vuelto muy olvidadizo».

 

¡Perfectamente bien! Si te puedes olvidar, serás capaz de re­cordar más. La falta de memoria es una gran capacidad, simple­mente significa barrerse de encima el pasado. No hay necesidad de recordar todo lo que sucede -casi el noventa y nueve por cien­to de lo que sucede es trivial-. Pero sigues recordando... Sólo piensa: ¿qué es lo que estás recordando? Escríbelo y fíjate. Son trivialidades. ¿Qué es lo que sucede en tu mente? No serás capaz de mostrárselo a tu amigo más íntimo porque pensará que estás loco.¿Esto es lo que sucede en tu mente?

Está bien, olvídalo. La falta de memoria es una gran capaci­dad porque te permitirá recordar. Es parte de la memoria. Hay que olvidar lo inútil de modo que se pueda recordar lo útil, y lo útil es muy, muy pequeño, lo inútil es demasiado. En veinticua­tro horas, millones y millones de unidades de información son re­cogidas por la mente. Si las recoges y las recuerdas todas; enlo­quecerás.

 

He escuchado una historia acerca de un hombre. Fue presen­tado en una ocasión al gobernador general de la India porque era un hombre de una memoria extraordinaria. Sólo conocía una len­gua, el hindú rajastaní. Era un hombre pobre, sin educación, pero si le decías cualquier cosa en cualquier idioma, nunca lo olvida­ba. Lo repetía como un loro, sin saber lo que significaba.

Fue llamado al palacio del gobernador general; el mismo go­bernador general se sorprendió al oír lo que se contaba de su ca­pacidad. Fueron convocadas otras treinta personas más y pro­nunciaron algunas frases en treinta lenguas diferentes. Se organizó de la siguiente manera: el hombre fue a la primera per­sona y ésta dijo la primera palabra de su frase. Entonces fue a otra persona y ésta dijo la primera palabra de su frase, en otro idioma. Entonces fue a la tercera. De este modo fue a las treinta personas. Luego volvió a la primera persona, que dijo su segun­da palabra. Y así con todos los demás; muchas vueltas, tomó mu­chas horas. Y al fin él repitió todas las frases una por una.       

El gobernador general estaba completamente asombrado. No se lo podía creer.       

Pero este hombre enloqueció.

 

Tanta memoria es peligrosa. Este tipo de persona es casi siem­pre idiota. Demasiada memoria no es un buen signo; simplemen­te demuestra que tienes una mente mecánica. No es un signo de inteligencia. Por eso escuchas muchas historias sobre los despis­tes de grandes científicos, filósofos. Son gente de una gran me­moria. Una gran inteligencia no tiene nada que ver con una gran memoria. La memoria es mecánica, la inteligencia no es mecáni­ca; son totalmente diferentes.

Por eso no te preocupes, es bueno. La memoria se está rela­jando, muchas cosas desaparecerán, se creará un espacio en ti. Y en este espacio serás capaz de volverte más brillante, más inteli­gente, más comprensivo. Inteligencia significa comprensión; memoria significa cualidad, una cualidad mecánica de repeti­ción. Los loros tienen buena memoria. No te preocupes de tu me­moria. Al principio sucede porque has acumulado mucha basura y cuando meditas esa basura comienza a desaparecer, a despren­derse.

 

Y me siento como un niño estúpido.

 

Ese es el camino, el camino del reino de Dios. Lao Tzé dice: «Actúa como un idiota en este mundo de modo que puedas en­tender los caminos ilógicos del Tao». Jesús dice: «Sé como un niño; porque sólo aquellos que son como niños serán capaces de entrar en el reino de los cielos». No te preocupes de esas cosas; lo no esencial se está desprendiendo. Siéntete feliz y agradecido. Una vez que la basura se ha caído, surgirá lo real; lo no esencial se ha ido, lo esencial surgirá. Éste es el modo de alcanzar tu pro­pio origen.

Pero muchas veces te asustarás porque estás perdiendo tu asi­dero en todo aquello que habías valorado hasta ahora. Pero pue­do decirte sólo una cosa: he recorrido el mismo camino y he pa­sado a través de las mismas fases. Son fases, vienen y van. Y tu consciencia se volverá más y más refinada, virgen, pura, inco­rrupta. Esa consciencia incorrupta es la divinidad.

 

 Basta por hoy.

 

 

Capítulo 9

 

Tú Tienes Mi Médula

 

Después de nueve años, el primer patriarca del Zen, Bod­hidharma, que llevó

el Zen a China desde la India en el siglo sexto,

decidió que deseaba regresar a casa.

Reunió a sus discípulos a su alrededor para probar su per­cepción.

Dofuku dijo: «En mi opinión la verdad está más allá de la

afirmación o la negación, pues aíe es como se mueve».

Bodhidharma replicó: «Tú tienes mi piel».

"La monja Soji dijo: «Desde mi punto de vista, es como la visión de Ananda

del país del Buda: una vez visto, visto para siempre».

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi carne».

Doiku dijo: «Los cuatro elementos (luz, viento, fluidez y

solidez) están vacíos, y los cinco skandhas son nada. En mi

opinión, nada es la realidad».

Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».

Finalmente, Eka se inclinó ante su maestro y permaneció

en silencio. Bodhidharnía dijo: «Tú tienes mi médula».

 


 

 

Puedo ver las nubes a mil kilómetros de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos...       

¿De qué música te he estado hablando? Los místicos hindúes la han llamado omkar, el sonido primordial. O incluso mejor, la han llamado anahata, el sonido silencioso, el sonido sin crear; el soni­do que siempre ha estado allí, el sonido mismo de la existencia. Te está rodeando, está dentro de ti, sin ti. Tú estás hecho de él.

Así como dice la física moderna que todo está hecho de elec­tricidad, los místicos orientales han dicho que todo está hecho de sonido. En una cosa la física moderna y los antiguos místicos es­tán de acuerdo: la física moderna dice que el sonido no es nada más que electricidad y los antiguos místicos dicen que la electri­cidad no es nada más que sonido.

Parece que si observas la música eterna desde afuera, como si fuera un objeto, entonces parece energía eléctrica. Si lo sientes, introspectivamente, no como un objeto si no como tu mismo ser, como tu subjetividad, entonces se escucha como un sonido: ana­hata; entonces se escucha como una música. Esta música está allí constantemente, no necesitas hacer nada más que escucharla. Es­cuchar es de todo lo que trata la meditación; cómo escuchar eso que ya está allí.

 

En una pequeña escuela había un niño pequeño sentado en la parte de atrás de la clase, con cara de estar soñando despierto.

-Juanito -preguntó la profesora-, ¿tienes algún problema en oír?

-No, señora. Tengo problemas escuchando.

 

Yo sé que puedes oír, no tienes problemas con eso, pero no puedes escuchar. Escuchar es algo totalmente diferente de oír. Escuchar significa escuchar sin mente. Escuchar significa oír sin ninguna interferencia de tus pensamientos, escuchar significa oír como si estuvieras totalmente vacío. Si tienes en tu interior, aun­que sea un pequeño temblor provocado por el pensamiento, olas de pensamientos sutiles rodeándote, no serás capaz de escuchar, aunque serás capaz de oír. Y para escuchar la música, la música ancestral, la música eterna, se necesita estar totalmente aquieta­do, como si uno no fuera. Cuando eres, puedes oír; cuando no eres, puedes escuchar.

Todo el problema de la -religión reside en cómo no ser, en cómo estar en un silencio tan profundo que este ser se vuelva casi equivalente al no-ser, y no quede ninguna diferencia entre el ser y el no ser, y los límites entre ser y no ser desaparezcan. Eres y a la vez, en un cierto sentido, no eres; no eres y a la vez, en un cier­to sentido, por primera vez eres.

Cuando los pensamientos no te están molestando... Los pen­samientos son como ondas en un lago; el silencio es como un lago sin ondas, sólo siendo... de repente te haces consciente de una música que siempre te ha rodeado. De repente te penetra por todos los lados. Estás abrumado, estás poseído.

Esto es lo primero que hay que entender. No serás capaz de conocer la verdad a menos que consigas ser capaz de escuchar la música ancestral de omkar. Esta música es el auténtico latido de la existencia, esta música es la mismísima puerta de la existencia. No serás capaz de entrar en el templo de Dios si el puente no es esta música. Sólo con esta música, montado en esta música, en­trarás. El reino de Dios está disponible sólo para aquellos que se han sido capaces de escuchar la música eterna.

Ha sido escuchada, yo la he escuchado. Tú puedes escuchar­la; nadie, excepto tú mismo, está obstaculizando el camino, nadie lo está impidiendo. Si te lo pierdes, te lo estás perdiendo por tu propia culpa. No hay un muro entre tú y la música; incluso si sientes un muro, éste es sólo el de tus propios pensamientos. E incluso entonces la música sigue penetrándote. Podrías no escu­charla, pero sigue masajeando todo tu ser; continúa alimentándo­te, continúa dándote vida, sigue rejuveneciéndote. Tu corazón late al mismo ritmo que el corazón de la totalidad.

Siempre que tu corazón deja de estar alineado con la totalidad tienes problemas, estás enfermo. Siempre que tu corazón lleva el ritmo de la totalidad estás sano. Deja que ésta sea la definición de salud: siempre que no hay un conflicto entre tú y el todo, ni si­quiera un rumor de conflicto, estás sano. Ser total es estar sano, ser total es ser sagrado. Y ¿cuál es el modo de ser sagrado, sano y total? Tu corazón debe latir al mismo ritmo que el corazón de la totalidad. No tienes que salirte de esta línea, ni perder el paso. Es una gran danza cósmica, es una gran armonía. Cuando te sien­tes tranquilo, en silencio, sin hacer nada, en meditación, lleno de oración, de repente comienzas a disolverte en la totalidad. Te acercas cada vez más y tus pasos no se escuchan separados de la totalidad. Te vuelves parte de esta gran sinfonía. De repente estás sano, sagrado, total.

¿Cómo llegas a afinarte con el todo? ¿Por qué no lo consi­gues?

Estás en continua discordia, tienes muchas contradicciones en tu interior. Estas contradicciones siguen tirando de ti como una lucha interior, continuamente, día y noche, despierto y dormido. Estás siendo tirado en direcciones opuestas. Este tenso estado de cosas no te permite escuchar.

Incluso cuando estás enamorado sigues luchando. Incluso en el amor, pierdes el paso de la totalidad. Incluso los amantes con­tinúan luchando entre ellos; si no fuera así, el amor podría con­vertirse en una puerta a la música ancestral en los pinos. Por eso Jesús dice que Dios es amor. Si amas a alguien, por lo menos abandona todos los conflictos con él, o con ella -con tu hijo, con tu esposa, con tu hermano, con tu amigo, con tu maestro-, ¡déja­los caer! Pero incluso entonces el conflicto continua; una mane­ra sutil de lucha continua. Porque si estás en constante conflicto contigo mismo, todo lo que hagas será una extensión de ese mis­mo conflicto, un reflejo de esa misma desarmonía. Esto te hace incapaz de escuchar.

He escuchado una anécdota:

 

En Europa del Este, hace medio siglo, cuando los matrimo­nios todavía se concertaban, el joven Samuel había sido presen­tado a una joven, de la que el casamentero había cantado un ma­ravilloso himno de alabanzas.

Después de una corta entrevista, Samuel se llevó al casamen­tero a un esquina y le dijo en un cuchicheo furioso:

-¿Qué mujer es ésta que me has traído? Es fea. Tiene un de­fecto en un ojo. Es tonta y tiene mal aliento.

El casamentero dijo:

-Pero ¿por qué susurras? También es sorda.

 

Dios está susurrando. Dios es un susurro; tú estás sordo y Dios no puede chillar. Es incapaz de hacerlo, porque no puede ser agresivo, porque no puede interferir, porque no puede invadir, porque respeta tu libertad. Él susurra y tú estás sordo. Toda la existencia es un susurro, es muy sutil. A menos que estés afinado, a menos que te hayas hecho capaz de escuchar el susurro, no se­rás capaz de entender, no serás capaz de escuchar la música.

Y te has vuelto muy burdo: no puedes escuchar incluso si Dios se pone a gritar. Jesús le dijo a sus discípulos: «Ir a los teja­dos de las casas y gritar desde allí. Contar a la gente lo que os ha sucedido». Tuvo que decir a sus discípulos que gritaran porque la gente es sorda.

Se necesita una gran sensibilidad. Ser religioso es ser tremen­damente sensitivo. Y ahí está la ironía: las religiones, al contra­rio, te han hecho más insensible. Te han hecho casi grosero con su constante charla sobre conflicto, dificultad, lucha, métodos ascéticos; han hecho de la religión además un campo de batalla. Los jainistas llaman a su tirthankara, Mahavira, que significa "el gran guerrero" -como si hubiera una guerra constante con la ver­dad, como si la verdad tuviera que ser conquistada-.

No, la verdad no tiene que ser conquistada, tú tienes que ser conquistado por la verdad. La verdad... Sólo el pensar en térmi­nos de conquista es un absurdo. Tienes que rendirte a ella. Si lu­chas con tus métodos, yogas, técnicas, te volverás cada vez más grosero. No serás capaz de sentir experiencias sutiles y delicadas que constantemente están sucediendo a tu alrededor.

¿Te has fijado? Si eres un músico, tus oídos se vuelven muy, muy sensibles. Si eres un pintor, tus ojos se vuelven tremenda­mente sensitivos. Entonces ves colores que otros nunca han vis­to. El verde no es sólo verde: hay mil y un matices del verde. En­tonces cada hoja del árbol es diferente, tiene un matiz diferente de verde, es único, es individual. Si eres un poeta, entonces cada pálabra tiene su propio romance; cada palabra tiene su propia música sutil, su propia poesía. Hay palabras poéticas y palabras no poéticas. Si eres un poeta te vuelves capaz de ver poesía por todos lados -siempre que miras, miras con los ojos de un poeta-. Ves algo más que nadie, excepto tú, puede ver. Te vuelves más sensible hacia todo lo que haces.

La religión necesita la sensibilidad total de los sentidos -de los ojos, de la nariz, de los oídos, del gusto, del tacto-, porque la religión no es una parte de la vida, es la totalidad. Puedes tener oído musical y no tener ojos en absoluto. De hecho, los ciegos tienen mejor oído musical porque toda su energía comienza a ir a través de los oídos. Sus oídos se vuelven tremendamente sensiti­vos porque no tienen ojos, y a través de los ojos pasa el ochenta por ciento de la energía. Con los ojos cerrados, la energía funcio­na a través de los oídos. Los ciegos se vuelven muy musicales. Comienzan a escuchar sonidos sutiles de los que tú nunca has sido consciente. Un ciego llega a reconocer a la gente por el so­nido de su pisada.

Yo solía ir a un ciego. Siempre que entraba en su habitación inmediatamente me reconocía. Por eso le pregunté: «¿Cómo lo haces?». Me dijo: «Por tus pisadas. Tus pisadas son diferentes a las de cualquier otra persona».

Cada cosa es diferente. Igual que la huella digital de tu pulgar es diferente de la de cualquier otra persona en el mundo; pasado, presente, o futuro, de un modo exactamente igual, el sonido de tus pisadas es diferente, único. Nadie ha caminado de ese modo antes y nadie va a caminar de ese modo después. Pero no pode­mos reconocer a las personas por el sonido de sus pisadas, es im­posible.

El oído puede ser extremadamente sensible; entonces te con­viertes en un músico. Si tus ojos son muy sensitivos, te convier­tes en un artista, un pintor, un escultor. Pero la religión es tu ser total -te vuelves muy sensitivo en todos los aspectos posibles-. Las puertas de tu casa tienen que estar abiertas para que pueda entrar el sol y la luz del sol, para que pueda entrar la brisa fresca y mantenerte constantemente vivo, joven, puro y vital. Se sensi­tivo si quieres ser religioso.

Lo que estoy diciendo es casi lo opuesto de lo que te han en­señado a buscar. Si vas a tu gente religiosa, a los así llamados santos, te parecerán casi insulsos. No tienen sensibilidad; de he­cho, le tienen miedo a la sensibilidad. Han estado intentando co­mer su comida sin saborearla: lo llaman aswad. Lo han converti­do en un gran método. Mahatma Gandhi solía enseñar a sus discípulos: «Comed sin saborear la comida». Ahora bien, si tú haces esto, poco a poco perderás la delicada sensibilidad de tu lengua; Entonces no serás capaz de sentir la divinidad. Si no pue­des saborear el alimento, ¿cómo puedes saborear la divinidad? La divinidad también es alimento y en el alimento, la divinidad se esconde. Las Upanishads dicen: Annam Brahm (el alimento es brahma). Ahora, si no puedes probar el alimento, puedes ador­mecer tu lengua, tu lengua puede casi morirse, puedes seguir ati­borrándote sin saborear; entonces te estás perdiéndo una dimen­sión con la que alcanzar la divinidad. No serás capaz de entender lo que dice Jesús: «Yo soy tu alimento, cómeme». Imposible de imaginar -te comerás a Jesús también sin saborearlo-.      ­

El islam se asustó de la música porque la música tiene un po­der tremendo sobre la humanidad, y es bueno que lo tenga. En cualquier lugar que ve que algo tiene un gran poder sobre la hu­manidad, la religión se vuelve competitiva, celosa. La comida tiene un poder tremendo sobre la humanidad. Hay mucha gente que vive para comer y mucha que come para vivir. La religión se asustó. Su Dios se puso celoso de la comida. Apareció la compe­tición. Dijeron: «Matar el sentido del gusto, de otra manera la gente escogerá la comida en vez de escoger a Dios».

La música tiene un poder tremendo: puede poseer. Puede ha­certe estático, intoxicarte. El islam se asustó: la música fue ex­cluida. Se pensó que la música era irreligiosa porque el éxtasis debería venir de Dios y no de la música, como si la música vinie­ra de otro lugar.

 

Sucedió que vino un músico a la corte de un emperador. Era un genio muy poco común, y dijo:

-Tocaré mi veena, mi instrumento, sólo con una condición: que nadie deberá mover la cabeza mientras estoy tocando. Nadie deberá mover el cuerpo, la gente deberá volverse como estatuas de piedra.

El emperador, a quien le dijo que esta condición debería cum­plirse, era un loco. Dijo:

-No te preocupes. Si alguien mueve la cabeza, le será cortada inmediatamente.

Se avisó a toda la ciudad que si venían a escuchar al músico, supieran bien cuál era el riesgo: «Venid preparados, no os mo­váis, especialmente la cabeza». Miles de personas querían ir. Ha­bían acariciado durante largo tiempo la idea de escuchar a ese músico, y ahora él había llegado con esa condición tan peligrosa, casi absurda. ¿Quién ha oído hablar de un músico que pida que se cumpla tal cosa? De hecho, los músicos se alegran cuando la gente se balancea, cuando las cabezas se mueven y el cuerpo y su energía comienzan una danza sutil. Se sienten felices porque su música está poseyendo a la gente, la música es efectiva, la gente se conmueve. La emoción es un movimiento; por eso la palabra "e-moción". Viene de movimiento.

Cuando la gente se conmueve, se estremece, se estimula, un músico se siente feliz, recompensado, apreciado. Entonces ¿qué tipo de hombre era ese? Fue poquísima gente, sólo los que esta­ban locamente enamorados de la música, que dijeron: «Está bien, como mucho nos pueden matar, pero a este hombre hay que es­cucharlo». Acudió muy poca gente.

El rey hizo los preparativos: los soldados estaban de pie por todas partes con las espadas desnudas. Entonces el músico co­menzó a tocar su veena. Durante media hora nadie se movió. Los espectadores parecían yoguis, sentados como budas de piedra, sin moverse, como muertos. Entonces de repente fueron poseí­dos. A la vez que el músico entraba cada vez más profundamen­te en la música, algunas cabezas comenzaron a moverse y a ba­lancearse, luego unas pocas más.

Cuando la música terminó en mitad de la noche, muchas per­sonas fueron apresadas. Iban a ser decapitadas, pero el músico dijo:

-No, no hay necesidad de matarlos. De hecho éstos son los únicos que tienen capacidad para escuchar. No los matéis. Los demás que han permanecido como estatuas tienen que ser expul­sados. Ahora cantaré sólo para esta gente. Éstos son los oyentes reales.

El Rey dijo: -No entiendo.

-Es simple -contestó el músico-. Si no puedes ser poseído tanto como para que la vida deje de tener importancia, no estás poseído. Si no puedes arriesgar la vida, la música es secundaria y la vida es primaria.

 

Llega un momento en el que uno puede arriesgar la vida, en­tonces la música se convierte en una prioridad, la música se con­vierte en lo esencial. Entonces escuchas la música ancestral en los pinos, no antes.

Pero las religiones han matado tu sensibilidad. El islam mató el oído; el hinduismo y el jainismo han matado el gusto. Y todas las religiones han estado en contra de los ojos. Existen historias de santos que se arrancaron los ojos porque temían dirigirlos al deseo, a la pasión.        

En la India se cuenta la historia de Surdas. Iba pasando por una ciudad cuando vio a una hermosa mujer. Fue poseído. Des­pués se sintió culpable, por eso regresó a casa y se arrancó los ojos.

Pero los ojos no son los culpables. De hecho, ver a una mujer hermosa... no hay nada malo en ello. Si realmente ves a una mu­jer hermosa y tienes realmente ojos sensitivos, verás allí un vis­lumbre de la divinidad, porque toda la belleza es ella, todas las formas son ella. Surdas no deja de cantar la belleza de Krishna, pero si la belleza de Krishna es la divinidad, ¿qué pasa con la mu­jer cuya belleza le atrajo? ¿Por quién fue hipnotizado? La divini­dad es hipnótica.

Arrancarte los ojos es un crimen en contra de la divinidad. Si Surdas llegó a hacerlo alguna vez, entonces para mí ya no es un santo. Podría ser un gran poeta, pero no un santo. Pero he estado entrando en profundidad en su poesía y siento que de algún modo la historia parece haber sido fabricada. Ha debido de ser una cre­ación de los sacerdotes; o de los llamados religiosos, los medio­cres, estúpidos que no entienden la vida. De otro modo, toda sen­sibilidad te lleva a él, todas las carreteras llevan a él- ¿adonde si no pueden ir?-. Si surge el problema, no es por los ojos... el pro­blema es que no tienes suficientes ojos. Entonces una mujer pa­rece sólo una mujer; tú no tienes suficientes ojos.

Si te sucede a ti, mi sugerencia es que limpies tus ojos. Hazte más sensitivo. Educa tus ojos, deja que sean cada vez más puros, sin nubes, y la mujer comenzará a transformarse en divinidad y el hombre se volverá divinidad, y los árboles desaparecerán y serán llamas verdes de la divinidad, y los ríos desaparecerán y no habrá nada más que un constante flujo de energía.

Todas las religiones han estado en contra de tus sentidos, tus indriyas. Yo no estoy en su contra, pero mi comprensión es que siempre que estás en contra de algo, estás en contra de la divini­dad, porque todas las puertas se abren hacia ella y todos los ca­minos te llevan hacia ella. Intensifica tus sentidos, hazte más vi­tal en tus sentidos. Deja que tu sensibilidad sea total y desde cada dimensión tendrás vislumbres de la divinidad.

Porque por culpa de estas enseñanzas estúpidas y equivocadas estás continuamente en conflicto contigo mismo. Por culpa de es­tas estúpidas enseñanzas amas a una mujer y también te sientes culpable porque la amas, porque de alguna manera te parece un pecado. Amas a una mujer y también la odias, porque ella es la causa de tu pecado. Por su puesto te tomarás la revancha. ¿Cómo puedes perdonar a una mujer que te ha hundido en el barro, como dice la gente religiosa? ¿Cómo puedes perdonarla?

Escucha a tus santos: nadie parece haber perdonado a la mu­jer. Incluso después de convertirse en grandes santos siguen to­mándose la revancha. Todavía, en algún lugar profundo en el in­consciente, la mujer permanece. Todavía tienen miedo. Existe una lucha constante, pelea, incluso en el amor, ¿entonces qué de­cir de otras cosas?

El amor es lo más aproximado a la divinidad porque en el amor te sintonizas con otro ser; en el amor no eres más un instru­mento solitario. Se crea una pequeña sinfonía entre dos personas. Después nacen los niños y la sinfonía tiene más miembros. Se convierte en una orquesta: niños, familia, amigos. Ya no estás solo, te has hecho parte de algo más grande que tú. Y esto tiene que seguir creciendo de modo que un día toda la existencia es tu familia. Este es el significado cuando Jesús dice: «Dios, mi pa­dre». La palabra en realidad no es "padre", de hecho la palabra es abba; significa más cerca. "Padre" además parece un poco cíni­co" huele a institucionalización. Abba, bapu son tan cercanas, tan íntimas. Se ha creado un puente. La divinidad no es una cosa ale­jada. «Dios es abba y yo soy su hijo. Soy su continuidad. Si él es mi pasado, yo soy su futuro.» Éste es el significado de un hijo: el mismo río sigue fluyendo.

Llega un momento, si sigues creciendo en sensibilidad, en el que tu familia crece y toda la existencia se convierte en tu casa. Ahora mismo, incluso tu casa no es tu casa; incluso en tu casa, no estás en casa.

He escuchado una anécdota:

 

En algunas de las más remotas regiones de Tennesse existen todavía algunos condados sin teléfono. El Servicio Forestal del estado de Tennesse recientemente instaló un teléfono, en uno de esos- condados, y un guardavía trataba de que un nativo conver­sara con su mujer, que se encontraba en una pequeña ciudad a treinta millas de distancia.

Después de mucho persuadirle, el tío Joe se colocó el auricu­lar en la oreja. Justo en ese momento se oyó un trueno tremendo que hizo caer al viejo de rodillas.

Mientras se ponía de nuevo de pie, se dio la vuelta y dijo: «Es ella no hay duda. Estoy seguro de que es mi mujer».

 

Incluso en tu casa no estás en casa. La misma palabra "espo­sa" te crea incomodidad, la palabra "marido" te crea incomodi­dad. En urdu, la palabra para marido es kasam, que también sig­nifica "el enemigo". La raíz original de donde viene es arábica. En árabe, kasam significa "el enemigo", y en urdu, significa "el marido". Ambos son verdad, ambos son los significados de la misma palabra.

Incluso las personas que amamos, no las amamos suficiente­mente. En nuestro amor, el odio continúa y permanece. Nunca somos uno, nunca somos una unidad; somos un ser dividido, di­vidido en nuestra propia contra. Esta división crea confusión, conflicto, ruido y por culpa de este ruido es complicado escuchar la música eterna.

Si sigues escuchando continuamente este ruido en tu interior, poco a poco te olvidarás completamente de que existe algo más a su lado, a la vuelta de la esquina. Este ruido interno se convierte en tu vida. Estás todo el día escuchando tu ruido interno -es un estado enfebrecido-, durante la noche también continúas escu­chando el mismo ruido. Por supuesto, este ruido sigue creando capas y capas a tu alrededor. Te quedas casi aislado. Te vuelves como una cápsula, cerrado por todos los lados. No vives en mi mundo, no vives en el mundo de tu mujer, no vives en el mundo de tu hijo, vives en tu propio mundo, en una cápsula. Tu hijo vive en su mundo, tu mujer vive en su mundo. En el mundo hay tan­tos mundos como personas. Todo el mundo está encerrado en sí mismo y sigue proyectando cosas a partir de esos ruidos, sigue escuchando cosas que no se han dicho, sigue viendo cosas que no están allí y sigue creyendo que todo lo que está viendo es verdad. Todo lo que has visto hasta ahora no es verdad, no puede serlo, porque tus ojos no funcionan como pura receptividad, están fun­cionando más como proyectores. Sigues viendo las cosas que quieres ver; sigues creyendo las cosas que quieres creer. La hu­manidad vive en una especie de neurosis.

 

He escuchado que una vez un hombre le preguntó a un psi­quiatra:

-De forma simple, en lenguaje cotidiano, sin usar ninguna jerga específica, ¿cuál es la diferencia entre un psicótico y un neurótico?

-Bien -dijo el psiquiatra, después de pensar un momento-, se puede explicar de este modo. Un psicótico piensa que dos y dos son cinco. El neurótico sabe perfectamente que dos y dos son cuatro, pero se muere de preocupación.

 

Existen dos tipos de gente en el mundo: los psicóticos y los neuróticos. El psicótico ha llegado, ha sacado sus conclusiones. Es una persona dogmática. Dice: «Sólo mi religión es la verda­dera religión». Dice: «Sólo mi Dios es un verdadero Dios». Está absolutamente seguro. Es muy peligroso. Su seguridad no pro­viene de su experiencia, su seguridad proviene de que en el fondo está muy inseguro, en profundo conflicto, agitación. ¿ Cómo evitarlo? Se aferra a una conclusión. No escuchará nada que vaya en contra de su ideología. Podría ser comunista, o católico, o hindú, o jaina, no hay diferencia.

La persona psicótica ya ha llegado, ya tiene sus conclusiones. Ha dejado de crecer, ha dejado de aprender, ha dejado de escuchar; vive de sus conclusiones. Por supuesto, se pierde la vida, porque la vida es un proceso, sin conclusiones. La vida siempre está en el medio, no hay principio ni final. Y es tremendamente vasta. Todos los dogmas pueden tener algo de verdad, pero nin­gún dogma es la verdad, no puede ser. La vida es tan grande que ningún dogma puede abarcarla en su totalidad.      

Por eso una persona realmente inteligente duda. Nunca es dogmático. Está listo para aprender, listo para escuchar.

Aquí viene mucha gente. Siempre que veo a alguien que mientras me escucha está tratando de comparar sus notas con sus conclusiones; sé que está metido en un gran lío. Y puedo ver en vuestras caras si estáis comparando notas o escuchándome. A ve­ces asientes con la cabeza, dices: «Correcto, estás perfectamente en lo cierto, ese también es mi razonamiento». Estás de acuerdo conmigo, pero no me estás escuchando -de hecho estás contento porque sientes que estoy de acuerdo contigo-. Otras veces tu ca­beza dice: «No». Puede que no te estés dando ni cuenta de lo que estás haciendo, puede que sea inconsciente, pero este gesto está sacando algo de tu inconsciente. Dices: «No, no puedo estar de acuerdo con esto. Esto va en contra de mi conclusión. Esto no en­caja conmigo». Entonces no me estás escuchando. Eres un psicó­tico. Puede que no tengas muchos problemas y no necesites un psiquiatra todavía, pero no importa mucho, es sólo cuestión de grados. Cualquier día puedes acabar en un hospital psiquiátrico. Te estás preparando

Y después está la persona neurótica. Está continuamente en conflicto, no puede decidir ni siquiera sobre las cosas pequeñas. El psicótico ha decidido incluso las cosas más elevadas. Y el neu­rótico no puede ni decidir cosas pequeñas -¿qué vestido me voy a poner hoy?-. ¿Has observado a las mujeres de pie delante de su tocador, tan indecisas? Sacan un saree y de nuevo lo guardan, sa­can otro y lo guardan... ¿Qué vestido me pongo hoy? Para ayu­darte a salir de esa neurosis, te doy un color, el naranja. ¡Libre! No tienes que preocuparte. No te quedan alternativas.

      Ambos tienen problemas: uno no puede decidir las cosas fun­damentales, ha dejado de aprender; y el otro no puede decidir lo trivial, no puede aprender, porque está en un infierno, en total confusión.

 

En mi pueblo, justo en frente de mi casa, vivía un joyero. Era el tipo de persona que llamarías neurótico. Cerraba su puerta, daba unos pasos y volvía para atrás una y otra vez para mover el candado y ver si estaba cerrado o no.

Se había convertido en un chiste en toda la ciudad. Si iba al mercado y alguien le preguntaba: «¿Has cerrado la puerta, o no?»

Ahora es imposible. Dejaba cualquier cosa que estuviera ha­ciendo, y decía: «¡Espera!, ahora vengo», y regresaba corriendo hacia su casa.

Un día estaba bañándose en el río y alguien dijo algo sobre la puerta. Saltó desnudo y se fue corriendo a su casa.

Lo estuve observando. Regresaba una y otra y otra y otra vez. Le era imposible hacer cualquier otra cosa. El candado... solo imagínate su miseria.    

 

 Normalmente, tú eres ambos. Éstos son casos extremos: nor­malmente eres ambos. En algunas cosas eres un psicótico, tienes que decidir lo más elevado, si Jesús es el hijo único de Dios, el hijó unigénito; esto es psicosis. Entonces ¿qué pasa con Buda y con Lao Tzé y con Zaratustra? Sobre algunos temas has decidido y sobre otros estás completamente confundido. Una parte de tu ser es neurótico y una parte de tu ser es psicótico. Y por culpa de esta locura no puedes escuchar la música ancestral que siempre está ahí.

Meditación es salirte de tu psicosis y salirte de tu neurosis; es simplemente salirte de ambas. Porque por un lado no tienes nin­guna conclusión importante contigo y, por el otro, no estás preo­cupado acerca de lo trivial. Simplemente estás en silencio. Sim­plemente estás siendo tú mismo, sin decisiones, sin conclusiones, sin centro y sin estar preocupado por pequeñas cosas. Si puedes estar en un estado en que los pensamientos no interfieran con tu ser, sin pensamientos pasando por delante, de repente estás rebo­sante.

Ahora esta hermosa anécdota, una de las más hermosas en toda la historia del Zen. Y, por supuesto, pertenece al primer pa­triarca Zen, Bodhidharma. Bodhidharma es el genio del absurdo. Nadie lo ha sobrepasado nunca.                                              

Cuando llegó a China, el emperador salió a recibirlo. Habían llegado rumores de que iba a llegar un gran hombre, y él era un gran hombre, uno de los más grandes. El emperador salió a su en­cuentro, pero cuando vio a Bodhidharma, se arrepintió. Empezó a pensar: «Hubiera sido mejor que no hubiera venido. ¡Este hom­bre parece que está medio loco!». ¡Bodhidharma llegaba con un zapato en el pie y un zapato en la cabeza!

Hasta el emperador empezó a sentirse avergonzado por reci­bir a un hombre como ese y cuando se quedaron solos preguntó muy cortésmente, por qué hacia esto. Bodhidharma dijo: «Esto es sólo el principio. Tengo que preparar a mis discípulos. Si no puedes aceptar incluso esta pequeña contradicción, serás incapaz de entenderme porque soy todo contradicciones. El zapato es sólo un símbolo. En realidad; quería poner el pie en mi cabeza».

 Bodhidharma llevó el Zen desde la India hasta China. Plantó la semilla del Zen en China. Inició un gran fenómeno a su mane­ra. Él es el padre y por supuesto el Zen ha mantenido las cualida­des de Bodhidharma todos estos siglos. El Zen es una de las reli­giones más absurdas, de hecho, la religión tiene que ser absurda porque no puede ser lógica. Está más allá de la lógica.

Estaba leyendo una anécdota. Mientras la leía recordé a Bodhid­hamia. Escúchala.

 

     Un gran zoólogo informó a un colega de que estaba intentan­do cruzar un loro con un león de la montaña.

-¡No! -exclamó el otro-. ¿Qué esperas conseguir?

-No lo sé exactamente -admitió el científico-. Pero te diré algo, si empieza a hablar será mejor que escuches.

 

Leyendo esta anécdpta, de repente Bodhidharma emergió en mí. Era un hombre que también era un león. Normalmente no ha­blaba pero su silencio era también terrible y terrorífico. Te mira­ba a los ojos, totalmente en silencio, y algo como un escalofrío te recorría la espalda. O hablaba, y entonces también era como un trueno. Busca una foto de Bodhidharma y mira: muy feroz y a la vez muy dulce. Un loro cruzado con un león, muy dulce y muy feroz.

Toda la disciplina del Zen ha mantenido estas mismas cuali­dades. Los maestros Zen son muy duros en el exterior y muy dul­ces en el interior.- Una vez que te has ganado su amor son dulces como la miel, pero tendrás que pasar a través de pruebas. Bod­hidharma, durante nueve años mientras estaba en China, estuvo sentado frente a un muro, mirando la pared. En China se le cono­cía como el hombre, el hombre feroz, que estuvo mirando una pared durante nueve años. Se dice que sus piernas se disolvieron, sentado y mirando solamente el muro. La gente llegaba e inten­taba persuadirle: «Míranos, ¿Por qué estás mirando la pared?». Y él decía: «Porque vosotros sois también como una pared. Cuan­do llegue alguien que realmente no sea como una pared, miraré».

Entonces un día llegó su sucesor. Y el sucesor se cortó una mano, se la dio a Bodhidharma y dijo: «Mira para aquí, de otro modo me cortaré la cabeza». Él se volvió inmediatamente y dijo: «¡Espera! Entonces, por fin has llegado. Te he estado esperando durante nueve años».

Después de nueve años regresó a la India, y fue entonces que sucedió este incidente.

 

 

Después de nueve años, el primer patriarca Zen, Bodhidhar­ma, que llevó el Zen a

China desde la India en el siglo sexto, de­cidió que deseaba regresar a casa.

Reunió a sus discípulos a su alrededor para probar su pecepción.

 

... qué habían aprendido de él, y qué sabían acerca de la ver­dad.. De modo que preguntó: «¿Qué es la verdad? Dímelo en re­sumen». El primer discípulo, Dofuku, dijo:

 

«En mi opinión la verdad está más allá de la afirmación o la

negación, pues así es como se mueve».

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 

Lo que el discípulo dijo era verdad, pero no la verdad. No es­taba equivocado, pero era filosófico. No era su experiencia, no era existencial. Dijo: «En mi opinión...», como si la verdad de­pendiera de tu opinión.

La verdad es independiente de toda opinión. Lo que pienses sobre la verdad carece de importancia; de hecho, porque estás pensando, no serás capaz de conocer lo que es. Eso sólo puede ser conocido cuando el pensamiento se detiene, cuando todas las opiniones son abandonadas, dejadas a un lado. Por eso digo, ver­dadero, pero no verdad; una opinión no es algo erróneo, está bien informada, pero todavía es una opinión. Dofuku no lo ha experi­mentado en sí mismo. Parece que tiene una inclinación filosófi­ca. Ha estado especulando, pensando, tejiendo teorías.

 

 

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 

Si hubiera sido sólo filosófico Bodhidharma no hubiera dicho ni siquiera esto. Pero dijo: «Tú tienes mi piel», la parte más ex­terna, en la misma circunferencia de mi ser. ¿Por qué? Porque dijo que la verdad está más allá de la afirmación o de la negación. Ni se puede decir de la verdad que es, ni tampoco se puede decir

que no es. Tiene alguna intuición. Ha ido tambaleándose en la os­curidad a través del pensamiento, de la lógica, pero ha alcanzado una cierta percepción. Y esa percepción es hermosa. No se puede decir nada sobre la verdad.

No puedes decir Dios es, no puedes decir Dios no es, porque si dices Dios es harás de Dios un objeto, como una mesa, o como una casa. Entonces Dios se convertirá en una mercancía, en una cosa corriente. Y entonces, como dicen los filósofos lingüistas, la mesa puede ser destruida. Todo lo que es puede volverse "no es". La casa puede ser demolida. El árbol está aquí hoy; mañana po­dría no estar.

Entonces ¿qué pasa con Dios? ¿Si usas la palabra "es", enton­ces qué pasa con Dios? ¿Puede ser Dios en una situación donde no es? Porque siempre que se usa "es" también existe la posibili­dad de "no es". No, no se puede decir que "Dios es". Pero, ¿po­demos decir lo opuesto, "Dios no es"? Eso tampoco es posible porque, si no lo es, ¿qué sentido tiene decir que Dios no es? ¿A quién estás negando y por qué? Si no es, no es. ¿Qué sentido tie­ne negarlo? Y la gente lo niega tan apasionadamente que esa mis­ma pasión está diciendo: «Debe existir, Dios debe existir».

Mira a los ateos que dicen: «No, no hay Dios». Están prepa­rados para luchar. ¿Quién lucha por algo que no existe? ¿Por qué te preocupas? Conozco ateos que han estado pensando toda su vida y tratando de probar que Dios no existe. ¿Porqué malgastas tu vida en algo que no existe? Durante siglos la gente ha estado escribiendo libros, discutiendo y hablando sobre si Dios no exis­te. Pero ¿por qué te preocupas? Parece que Dios existe, de algu­na manera, y tú no puedes descansar tranquilo a menos que prue­bes que no existe. De otro modo seguirá desafiándote, seguirá llamándote, invocándote. Por eso, para quedarte tranquilo, has creado una filosofía que dice que no existe. Esto es una raciona­lización.

Y Dios es tan vasto... llámalo verdad, como le gustaría a Bodhidharma. A los budistas no les gusta la palabra "Dios", y de algún modo tienen razón, porque la palabra está tan corrom­pida y tanta gente la ha usado con unas connotaciones tan equivocadas que se ha convertido casi en una palabrota. La verdad debe ser ambas cosas, porque en la verdad la existencia y la no­-existencia deben encontrarse. La existencia no puede ser en so­ledad, necesita no-existencia a su lado. Así como el día necesi­ta la noche, así como la vida necesita la muerte, la existencia necesita la no-existencia. Por eso lo más elevado necesita abar­car ambas cosas... esto es lo que dijo Dofuku. Pero es todavía filosófico; en el camino correcto, pero todavía filosófico, justo en la periferia.

 

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 

Pierre Laplace era un matemático, un astrónomo, que en los tiempos de Napoleón escribió un pesado trabajo de cinco volú­menes sobre matemáticas celestes. En él, usando la ley de New­ton de la gravedad, calculó concienzudamente los movimientos del sistema solar en minucioso detalle.

Napoleón, que se consideraba a sí mismo (sin demasiados motivos) un intelectual, ojeó los primeros volúmenes y le dijo a Laplace: «No veo que menciones a Dios en tus explicaciones so­bre los movimientos de los planetas». «No he necesitado esa hi­pótesis, señor - dijo el científico cortésmente.»

Se dice que otro astrónomo, Lerange, al oír la observación, dijo: «Pero sigue siendo una hermosa hipótesis. Se puede usar para explicar tantas cosas...».

 

Para la mente filosófica Dios permanece, a lo sumo, como una bella hipótesis; no una verdad, sino una hipótesis muy prác­tica que puede ser usada para explicar muchas cosas; a lo sumo, una ayuda para explicar, una necesidad sólo teórica, no una ne­cesidad existencial. Cuando un filósofo habla de Dios, este Dios es frío, este Dios no es suficientemente cálido. No puedes amar a este Dios, no puedes adorar a este Dios, no puedes rezar a este Dios, no puedes rendirte a este Dios; es sólo una hipótesis.

¿Cómo puedes rendirte a la teoría del HzO? ¿O a la teoría de la re­latividad? ¿Cómo puedes rendirte, cómo puedes levantar un tem­plo a la teoría de la relatividad? Por bonita que sea, no puede ser venerada, no puede ser adorada, no puedes rezarle. Permanece como una hipótesis, una herramienta en tus manos para explicar algunas cosas que no pueden ser explicadas de otra manera. Pero una hipótesis puede ser descartada en cualquier momento; siem­pre que puedas encontrar una hipótesis mejor, puede ser descar­tada. La verdad no es un hipótesis, es una experiencia vivida.

Por ello Bodhidharma dice: «Sólo tienes mi piel». La piel si­gue cambiando. Cada siete años toda tu piel cambia; tú no tienes ni una sola célula de la misma piel. Si vives setenta años, tu piel habrá cambiado diez veces. La piel es tu parte más externa, pue­de ser reemplazada fácilmente; está siendo reemplazada en cada momento. Es sólo la bolsa en la que estás, no es demasiado esen­cial. No es tu ser, sólo el muro exterior de tu morada.

 

La monja Soji -el segundo discípulo- dijo: «Desde mi punto de vista, es como

la visión de Ananda del país del Búda: una vez visto, visto para siempre».

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi carne».

 

Un poco mejor que el anterior; más profundo que la piel, está la carne. Un poco mejor, porque éste no es un punto de vista filo­sófico. Se acerca a la experiencia, pero la experiencia es presta­da. Ella dice:

 

«Desde mi punto de vista, es como la visión de Ananda del país del Buda...».

 

Ananda era el discípulo principal de Buda que vivió conti­nuamente con él durante cuarenta años, siguiéndole como una sombra. Por eso la monja dijo: esa verdad es como la visión de Ananda del país del Buda, ese país del paraíso, país de luz. Una vez visto, visto para siempre.  Entonces nunca puedes olvidarte

de él, es un punto sin retorno. Una vez conocido, se conoce para siempre; entonces no puedes caerte de él. Pero la experiencia no es la suya propia. La percepción es la de Ananda. Ella está toda­vía comparando. Su respuesta es teológica, no es filosófica; teo­lógica, como la de un teólogo cristiano que sigue hablando acer­ca de la experiencia de Jesús, como la de un budista que continúa hablando acerca de la experiencia de Buda, o la de un jainista que sigue hablando de la experiencia de Mahavira. Es de segunda mano, no de primera; tirando más a lo existencial, pero todavía teológica; más contemplativa que la primera -la primera es más especulativa, la segunda es más contemplativa-, mejor, pero to­davía lejana.

Entonces el tercer discípulo, Doiku, dijo:

 

«Los cuatro elementos (luz, viento, fluidez, y solidez) están vacíos y los

cinco skandhas son nada. En mi opinión, nada es la realidad.

Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».

 

Más profundo, pero todavía no en casa. La afirmación es ver­dadera, pero todavía es una afirmación. La verdad está mejor di­cha, pero todavía dicha; y la verdad no puede ser dicha. Una vez que la dices, la falsificas. El mismo decirlo la hace falsa. Él tiene razón, los cuatro elementos -luz, aire, fluidez y solidez, es decir, toda la existencia- están vacíos. No tienen sustancia en sí; es como un sueño, de la misma sustancia de la que están hechos los sueños, maya, ilusión; nada-es realidad. La nada es la realidad: De acuer­do... pero está tratando de decir algo que no puede ser dicho.

Wittgenstein ha dicho que cuando el enunciar lleva a la false­dad es mejor permanecer en silencio. Si no se puede decir, per­manece en silencio, porque digas lo que digas, será traicionar la verdad.

 

Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».

(Has llegado muy, muy cerca, pero todavía no has acertado.)

 

Finalmente, Eka se inclinó ante su maestro y permaneció en

silencio. Bodhidharma dijo: «Tú tienes mi médula».

(Tú tienes mi espíritu.)

 

Eka se postró ante su maestro. Ésta fue su respuesta: inclinán­dose en profunda gratitud, un gesto de agradecimiento y luego permaneció en silencio. Ésta es la verdadera afirmación, y no es una afirmación en absoluto. La verdad puede ser dicha sólo a tra­vés del silencio porque sólo a través del silencio la verdad es es­cuchada. Es a través del silencio que se llega a escuchar la músi­ca ancestral en los pinos. Y sólo a través del silencio puedes decirla sin traicionarla.

Eka hizo dos cosas. Se postró: ese es un gesto, un gesto de profunda reverencia, respeto, agradecimiento, gratitud. En ese momento Bodhidharma pudo ver un vacío postrándose delante de él. No hay nadie en este cuarto discípulo, Eka. Él es única­mente un vacío en su interior. Él es aquello que el tercero dijo: vacío, nada. Él ha experimentado lo que el segundo señaló: el país del Buda de Ananda. Él es lo que el primero trató de decir fi­losóficamente: más allá del sí y el no. Sólo el silencio está más allá de la negación o la afirmación.

Sólo el silencio no es ni teísta ni ateo. Sólo el silencio es reli­gioso, sólo el silencio es sagrado. Para mostrar lo sagrado del si­lencio, se postró y permaneció en silencio. Realmente lo dijo sin decirlo. Éste es el único modo de decirlo y no existe otro.

 

Bodhidharma dijo: «Tú tienes mi médula».

(Tienes el centro más profundo de mi ser.)

 

Puedo ver las nubes a mil kilómetros de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos. También tú puedes escucharla. Es tu derecho de nacimiento. Si te lo pierdes, sólo tú, y únicamente serás el responsable. Escucha en los pinos... Sólo escucha. En este mismo momento está allí. Sólo tienes que estar como Eka: en profundo agradecimiento, en silencio, e inmediatamente está aquí y nunca ha sido de otra manera. Sólo es preciso un giro ha­ciá tu interior, paravritti.

Alguien preguntó al Buda: «¿Cuál es el milagro más gran­de?». El dijo: «Paravritti, un giro hacia tu interior».

Ve hacia adentro, conéctate, y serás capaz de ver las nubes a mil kilómetros de distancia, y serás capaz de escuchar la música ancestral en los pinos.

 

Basta por hoy.


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