CAP 1
El Evangelio comienza de una forma increíblemente hermosa. Ningún otro libro comienza de esa forma, ningún otro libro puede empezar de esa forma. La Biblia es el Libro de libros; ése es el exacto significado de la palabra “Biblia”: el libro. Es el documento más preciado que tiene la Humanidad. Por eso es llamado “El Testamento”, porque en él Jesús da testimonio de Dios, Jesús se convierte en su testigo, da fe de Él. Ésta es la única prueba posible. Dios no puede sostenerse con argumentos; solamente un hombre como Jesús puede convertirse en su evidencia.
El Evangelio nos trae todo aquello que hay de hermoso en el florecimiento de Jesús: las Bienaventuranzas. Son los dichos más bellos nunca pronunciados. Ni incluso Buda, ni incluso Lao Tse, han hablado de esa forma. Buda es muy filosófico, muy refinado; Jesús es muy sencillo, muy simple. Jesús habla como un aldeano, como un granjero, como un pescador. Pero debido a que habla de la forma en que la gente sencilla lo hace, sus palabras poseen una solidez, una concreción, una realidad.
Las palabras de Buda son abstractas; son palabras muy elevadas, filosóficas. Las palabras de Jesús son muy terrenales, están enraizadas en la tierra. Poseen esa fragancia de la tierra que descubres cuando comienzan las lluvias y cuando la tierra empieza a absorberlas y exhala ese aroma, la fragancia de la tierra húmeda, la fragancia que encuentras en las playas, la fragancia del océano, de los árboles. Las palabras de Jesús están muy arraigadas en la tierra, pertenecen a la tierra. Es un hombre de la tierra y ésa es su belleza. Nada puede compararse con esa belleza. El cielo es hermoso, pero es abstracto, muy lejano, distante.
Por esto te digo que ningún otro libro comienza de la forma en que comienza el Evangelio, ningún otro libro se expresa de la forma en que lo hace el Evangelio.
La palabra “evangelio” procede originalmente de la expresión “la palabra de Dios”. Dios habla a través de Jesús. Jesús es un bambú hueco. La canción es la de Dios y las metáforas de Jesús dan testimonio de la vida. No enhebra conceptos; simplemente indica la verdad tal y como es.
Primero el comienzo:
«El libro de
las generaciones de Jesús Cristo, el
hijo de
David, el hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac y este a
Jacob. Jacob engendró
a Judá… Judá a Faré… Faré engendró a Esrón y este
a
Aram…», y así sucesivamente. Después: «… Jacob engendró a José, el
esposo
de María, de quien nació Jesús que fue llamado Cristo».
A
continuación esta genealogía se detiene de repente.
Cuarenta y dos generaciones han pasado
desde Abraham a Jesús. El Evangelio repasa esas cuarenta y dos generaciones
y entonces, repentinamente, nace Jesús y la genealogía se detiene. De
repente aparece un punto y final, porque Jesús es la culminación; no hay
nada después de él. Jesús es la culminación; no hay forma de proseguir. Así
pues, “Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob,...” y así continúa.
Al llegar a Jesús no hay forma de ir más allá; a llegado la culminación.
Jesús es el florecimiento y la culminación. Por eso la Biblia llama a Jesús,
“pleroma”, la culminación.
Esas cuarenta y dos generaciones culminaron en Jesús. Toda la historia que precede a Jesús culmina en él. El hogar ha llegado. Él es el fruto, el producto, la evolución de esas cuarenta y dos generaciones. Jesús es la culminación, por eso después el Evangelio no habla de nada más. Jesús no engendró a nadie; se engendró a sí mismo. Y ése es el significado de la palabra “Cristo.
Hay dos clases de nacimientos. Uno, a través de los demás, a través del padre, a través de la madre. Es un nacimiento corporal. El otro nacimiento te lo has de provocar en t mismo, has de nacer de ti mismo, has de convertirte en el útero, has de ser tu padre, tu madre y el niño. Has de morir como pasado y has de nacer como futuro. Has de engendrarte a ti mismo. Por eso digo que el libro comienza de una forma increíblemente bella, muy significativa. Jesús no engendra a nadie; se engendra a sí mismo.
Ése es el significado de la crucifixión y de la resurrección. El cuerpo es crucificado; no puedes crucificar el espíritu. Puedes destruir el cuerpo, pero no puedes destruir el espíritu. El cuerpo es burdo, puedes cortarlo con la espada, puedes envenenarlo, e incluso si nada acaba con él, llegará la muerte y el cuerpo desaparecerá. Ha de morir, ha de desaparecer; solamente está aquí durante un cierto tiempo. Aquellos que son conscientes emplean ese tiempo para crear un espíritu en sí mismos.
El cuerpo es como las uvas. Las uvas han de descomponerse; no puedes conservarlas durante mucho tiempo. Se pudrirán. Pero puedes de las uvas puedes obtener vino; por eso se le denomina también “espíritu”. (*)
* N. Del T.- juego de palabras en inglés en el original entre dos acepciones de la palabra “spirit”= “alcohol, vino” y “espíritu.
Puedes crear un “alcohol”, un “vino”, en tu ser. No puedes conservar las uvas; son perecederas, caducas. Pero el vino puede conservarse para siempre. En realidad, cuanto más viejo se vuelve, más preciado y valioso es. Su duración excede al tiempo; pertenece a la eternidad.
El cuerpo es como las uvas y si lo empleas debidamente podrás crear en ti el vino. El cuerpo ha de desaparecer, pero el vino puede permanecer, el “espíritu” puede permanecer.
Jesús hizo muchos milagros. Uno de sus milagros fue el milagro de transformar el agua en vino. Eso son metáforas. No las tomes literalmente. Si la consideras literalmente destruirás su significado, su sentido. Y si tratas de demostrar que son hechos reales, entonces eres un estúpido y, al mismo tiempo, Jesús también parecerá un estúpido. Son metáforas del mundo interior.
El mundo interior no puede ser expresado en palabras, sino simbólicamente, sólo simbólicamente. Convertir el agua en vino simplemente significa crear lo eterno en lo temporal, crear aquello que permanece en aquello que no puede permanecer.
Si embotellas agua, más tarde o más temprano se corromperá. Pero puedes conservar el vino durante muchos años, durante siglos. Y cuanto más viejo es, mejor se vuelve, más fuerte, más potente. El vino es una metáfora de lo eterno.
Jesús es transformado mediante su sacrificio. Nadie es transformado sin sacrificarse. Has de pagar por ello; la cruz es el precio que pagas. Has de morir para renacer, has de perderlo todo para ganar a Dios.
Jesús se engendró a sí mismo. Eso sucedió en la cruz. Dudó por un instante; estaba confuso, era natural. Durante un sólo instante no pudo encontrar a Dios por ningún lado. Lo estaba perdiendo todo, estaba completamente perdido; iba a morir y parecía no haber ninguna posibilidad... eso sucede a toda semilla. Cuando siembras la semilla en la tierra, llega un momento en el que la semilla está a punto de desaparecer... y han de surgir las dudas. Las mismas dudas le surgieron a Jesús en la cruz. La semilla se está muriendo y la semilla se aferra al pasado. Quiere sobrevivir; nadie quiere morir. Y la semilla no puede imaginarse que eso no es la muerte, que pronto resucitará multiplicada, que pronto empezará a crecer tras germinar.
La muerte de la semilla será el nacimiento del árbol, y entonces brotarán muchas ramas y florecerá y fructificará y los pájaros se posarán en sus ramas y allí harán sus nidos y las gentes se sentarán bajo la sombra del árbol. Y el árbol hablará por la noche a las nubes y a las estrellas, y jugará con el cielo y bailará con el viento, y habrá gran regocijo. ¿Pero cómo puede saber todo esto la pobre semilla que nunca ha sido otra cosa? Le es inconcebible. Por eso Dios es inconcebible.
No se le puede demostrar a la semilla lo que va a suceder, porque si la semilla pide “Déjame ver qué vas a hacer”, no podrás hacérselo ver; no puedes mostrarle a la semilla lo que va a suceder. Sucederá en el futuro, y cuando suceda, la semilla habrá desaparecido. La semilla nunca se encontrará con el árbol. El hombre nunca se encuentra con Dios. Cuando el hombre se ha ido, Dios desciende.
Jesús dudó, se quedo apesadumbrado, se quedó anonadado. Grito, casi gritó contra el cielo “¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué? ¿Por qué me torturas así? ¿Qué mal te he hecho?” Mil y un pensamientos debieron de cruzar por su mente.
La semilla se está muriendo, y la semilla es completamente ajena a lo que de va a suceder. No es posible para la semilla imaginarse cuál será el siguiente paso, por eso es necesaria la fe, la confianza. La semilla ha de confiar en que nacerá el árbol. Con todas sus dudas, con todos sus miedos, con sus inseguridades, con toda su angustia, con su ansiedad,... a pesar de todo eso, la semilla ha de confiar en que surgirá el árbol, en que aparecerá el árbol. Es un salto de fe.
Y ese salto lo dio Jesús; se relajo en la cruz y dijo “Que el ???. Hágase tu voluntad...” Su corazón latía con fuerza. Es natural. Tu corazón también palpitará, también tendrás miedo cuando se aproxime el momento de la muerte, cuando llegue el momento en que tu yo desaparezca y te estés perdiendo en una especie de nada y parezca que no hay forma de sobrevivir y tengas que entregarte.
Puedes entregarte de dos formas. Puedes entregarte a regañadientes, pero entonces no captarás lo que es verdaderamente importante; entonces simplemente nacerás de nuevo. Sí eres capaz de relajarte con una profunda aceptación, con confianza, si puedes entregarte sin ninguna resistencia... eso es lo que Jesús hizo. Ése es el mayor milagro. Para mí ése es el milagro, no el que sanara a un enfermo, o que curara los ojos de alguien que estaba ciego, o que curara a un leproso, o que ayudara a Lázaro a revivir, a volver a la vida habiendo muerto. No, para mí esos no son verdaderos milagros; son todo parábolas, metáforas. Todos los Maestros han dado ojos a los ciegos y oídos a los sordos. Todos los Maestros han sacado a gente de esa muerte que ellos denominan vida, les han sacado de sus tumbas. Eso son metáforas.
Pero el verdadero milagro es cuando Jesús—a pesar de todas sus dudas, de sus miedos, de sus indecisiones, de sus suspicacias—se relaja, se entrega y dice “Hágase tu voluntad”. En ese instante Jesús desaparece; el Cristo nace.
Teilhard de Chardin lo denomina “cristogénesis”: Jesús engendrando a Cristo. A través de ella, de la cristogénesis, el hombre se convierte en aquello que realmente es; pierde aquello que no es y se convierte en lo que es. El hombre se “cristifica”. Cristifícate; nunca te conviertas en un cristiano. El cristiano es aquel que sigue el dogma del cristianismo. “Cristificarse” significa que uno muere como semilla y se convierte en una árbol. “Cristificarse” significa que abandonas tu ego, que desapareces como tú y empiezas a vivir en otro plano, en una especie de transfiguración, en una resurrección. “Cristificarte” significa que ya no estás solo; Dios está en ti y tú estás en Dios.
Ésta es la paradoja de la consciencia crística. Cristo, en numerosas ocasiones, se llama a él mismo “Hijo del hombre” y en muchas otras “Hijo de Dios”. Es las dos cosas. Es “Hijo del hombre” por lo que al cuerpo concierne, es “Hijo del hombre” por lo que a la mente concierne. Es Hijo de Dios en lo tocante al espíritu, es Hijo de Dios en lo referente a la consciencia. La mente es el mecanismo de la consciencia, de la misma forma que el cuerpo es la morada del espíritu. La mente pertenece al cuerpo; la conciencia pertenece al espíritu. Jesús es la paradoja: por una parte, hombre; por la otra, Dios. Y cuando Dios y hombre trabajan juntos, no hay que sorprenderse si aparecen los milagros. Los milagros suceden solamente cuando Dios y el hombre funcionan de la mano, en cooperación.
León Tolstoi ha dicho, “Cristo es Dios y es el hombre trabajando juntos, caminando juntos, bailando juntos”. San Agustín dice, “Sin Dios, el hombre no puede existir; sin el hombre, Dios no existe”. Cristo es la operación combinada, el encuentro del infinito con lo finito, del tiempo y la eternidad encontrándose y fundiéndose la una en las otra.
Un viejo jardinero estaba trabajando en su jardín cuando el párroco pasó por allí. "Jorge", dijo el cura, "es maravilloso ver lo que Dios y el hombre puede hacer trabajando juntos".
"Sí reverendo, ¡pero debería haber visto este jardín el año pasado cuando lo tuvo todo para él!"
Sí es cierto. El hombre a solas es impotente. Dios tampoco puede trabajar solo. Dios a solas es potente, pero carece de instrumento. El hombre a solas, es un bambú un hueco; nadie puede crear en él una canción, nadie puede llenarlo con música, con armonías, con melodías. Dios a solas, poseer la capacidad de crear una melodía, pero no tiene ningún bambú un hueco para crear una flauta. Cristo es la flauta en los labios de Dios. De modo que todo aquello que surge de Cristo es el "evangelio", la palabra de Dios.
"Las generaciones desde Abraham a David suman catorce generaciones; y de David hasta el éxodo a Babilonia suman catorce generaciones; y del éxodo a Babilonia hasta Cristo suman catorce generaciones".
Eso también es muy simbólico. Los libros como la Biblia no han sido escritos por gente corriente. Constituyen lo que Georges Gurdjieff solía denominar "arte objetivo". La Biblia es una de las obras de arte objetivas más representativas del mundo. No es como un libro escrito por Shakespeare o Kalidas. Esa gente creó arte subjetivo. Escribían y escribían muy bien, poseían un sentido estético, pero eran tan inconscientes como cualquier otro ser humano. Poseían un olfato para la belleza, pero estaban tan dormidos como todos los demás. Sus obras de arte son subjetivas; a través de ellas se expresan a sí mismos.
Pero los libros como los Vedas, el Corán, la Biblia, los Upanishads, no han sido escritos por gente dormida, no han sido escritos como bella poesía o prosa. Han sido escritos por gente que conocía la verdad, que había Despertado a la verdad. Y entonces, todo aquello que escribían era como un mapa. Has de descifrarlo, has de decodificarlo; si no, te lo perderás.
¿Por qué catorce generaciones? Ningún erudito lo ha preguntado, ningún estudioso de la Biblia lo ha preguntado. ¿Por qué catorce generaciones? ¿Por qué no quince? ¿Por qué no trece?
Te estoy diciendo esto como ejemplo de arte objetivo. Son catorce por una determinada razón, que ha de ser decodificada.
El espíritu madura al igual que el cuerpo madura. El cuerpo madura en catorce años; madura sexualmente, puede reproducirse a través del sexo. A los catorce años el cuerpo ha madurado para la reproducción sexual: el chico puede convertirse en padre, la chica puede convertirse en madre, pueden reproducir réplicas de sí mismos.
Exactamente de la misma forma madura también el espíritu. Así como el cuerpo emplea catorce años para alcanzar la madurez sexual, el espíritu emplea catorce generaciones para alcanzar la madurez espiritual. Ése es el significado de las catorce generaciones: de Abraham a David, de David al exilio en Babilonia, y del exilio en Babilonia hasta Jesús. Y cuando el espíritu ha alcanzado su madurez, cuando el fruto está maduro, cae del árbol. Inmaduro, se aferra al árbol. Inmaduro, ha de aferrarse. Sí sin haber madurado, cayera, entonces nunca se volvería dulce, permanecería siendo amargo, áspero. No podría aprovecharse. Para madurar, es necesario aferrarse. El "aferrarse" simplemente demuestra que "Todavía no estoy listo para dejarte". Siempre que alguien ha alcanzado la madurez, esa misma madurez se convierte en libertad; entonces el apego desaparece.
Jesús desaparece en Dios, Jesús desaparece de este árbol de la vida; el fruto está maduro. Por esto en Oriente decimos que siempre que uno hombre se ha vuelto perfecto—perfecto en el sentido de que ha crecido todo lo que podía crecer en esta Tierra, en esta situación—entonces no regresa más. Entonces pasa al más allá, traspasa el punto sin retorno. Entonces nunca regresa. Le llamamos un Buda, con un Jaino.
Jesús solía llamar a este estado "Cristo": uno que ha alcanzado el más allá y sólo ésta aquí durante un tiempo. El fruto está maduro y espera caer en cualquier momento; sólo una suave brisa y el fruto desaparecerá para siempre, desaparecerá en la existencia. Por esto, el árbol se detiene en Jesús. Jesús no se casa, Jesús no tienen hijos. Su celibato no tienen nada que ver con el celibato corriente, reprimido. No está en contra del amor, no está en contra del sexo, no es un puritano, no es un moralista.
La otra noche estaba leyendo algo que dijo Dostoievsky, "Los moralistas son siempre gente muy miserable". Es realmente una observación absolutamente cierta. Los moralistas son gente miserable. En realidad, sólo los miserables pueden convertirse en moralistas. Son tan miserables que le gustaría que todo el mundo fuera también miserable. Y la mejor forma de hacer que la gente se sienta miserable es hacerles sentir culpables.
Jesús no es un moralista. Su brahmacharya, su celibato posee una cualidad totalmente diferente. Simplemente afirma que ya no está interesado en reproducirse en el plano físico; está interesado en reproducirse en el plano espiritual. No engendra niños; engendra discípulos. Crea templos en el mundo para que Dios descienda en ellos. No crea cuerpos; crea almas. Y es un Maestro de los milagros: engendró muchos Iluminados en la Tierra; tenía ese toque mágico. Los creó de la nada.
Buda engendró muchos Iluminados, pero eran ya almas muy, muy evolucionadas. Un Sariputta era ya un alma muy evolucionada; el fruto estaba maduro. Siento que si Buda no hubiera aparecido en la vida de Sariputta, éste se hubiera Iluminado antes o después; Buda no fue para él algo muy esencial. Le ayudó, aceleró las cosas, pero no fue realmente esencial. Si Sariputta no le hubiera encontrado, puede que en uno o dos vidas hubiera llegado al mismo sitio por sí mismo; estaba aproximándose, estaba rozándolo. Lo mismo ocurrió con Mahakashyapa, lo mismo con Moggalyayan y con muchos otros discípulos de Buda.
Pero Jesús hizo verdaderos milagros. Tocó piedras corrientes y las transformó en diamantes; vivió entre gente muy común. Un pescador lanzando sus redes... Y Jesús llega, se pone detrás de él, coloca sus manos sobre sus espaldas y le dice, "Mírame a los ojos. ¿Durante cuánto tiempo y vas a estar pescando? Puedo hacer de ti un pescador de hombres. Mírame a los ojos". Y ese pobre y corriente pescador, inculto, sin educación, sencillo—que habría oído nada de esas cosas, puede que ni siquiera estuviera interesado en el crecimiento espiritual; se encontraba bien pescando y vendiendo el pescado, y era feliz en su vida cotidiana—mira a los ojos de Jesús, tira su red y le sigue; y ése pescador se convierte en un Iluminado. Igual ocurre con un granjero, con un recaudador de impuestos, e incluso con una prostituta, María Magdalena,...
Jesús transforma el metal corriente en oro. Es realmente una piedra filosofal. Su toque es mágico. Donde pone su mano, inmediatamente surge el espíritu.
Bula Iluminó a mucha gente, pero esa gente estaba ya en el camino. Buda convivió con gente sofisticada, virtuosa, erudita, especial. Jesús convivió con gente muy corriente, con los marginados, con los oprimidos, los pobres. Ése fue uno de los crímenes que le atribuyeron los sacerdotes: que conviviera con jugadores, con borrachos, con prostitutas. Él convive con prostitutas, convive con todos, come con cualquiera. Es un desecho de hombre. Y superficialmente, en apariencia, parece un desecho de hombre. Pero sólo convive con esa gente para ayudarles a levantarse. Él desciende hasta lo más bajo para convertirlo en lo más elevado. Y existe una razón.
Puede que el inferior carezca de sofisticación, que sea inculto, pero posee pureza de corazón; contiene más amor. Date cuenta de la diferencia. El camino de Buda es el de la inteligencia. No puede ir a un pescador y decirle, "Conmigo y haré de ti un Iluminado". Eso no es posible para él. Su camino es el de la consciencia, el de la inteligencia, del entendimiento. El pescador no será capaz ni siquiera de comprenderá su lenguaje; está muy por encima de él, está más allá de su alcance.
Pera el camino de Jesús es el camino de el amor y la gente pobre posee más amor que la rica. Puede que sean pobres por eso, porque cuando tienes mucho amor eres incapaz de acumular mucho dinero; no van juntos. Cuando tienes tanto amor, compartes. Un rico no puede ser alguien que ame porque el amor siempre será una amenaza a para sus riquezas. Sí amara a la gente tendría que compartir.
Estuve viviendo con una familia durante siete años. El hombre era muy rico y tenía interés en mis ideas; por eso me invitó a vivir con él. Lo dispuso todo muy bien. Tenía a mi disposición un gran bungalow con un gran jardín. Y tan sólo para estar conmigo vino ha vivir con su familia conmigo. Pero yo me quedé sorprendido: nunca le vi a hablar con su mujer o con sus niños. Después de conocernos algo más a fondo, un día de pregunté, "Nunca te he visto sentado con tu mujer o con tus niños. Nunca te veo hablar con nadie de tu familia. ¿Qué ocurre?"
El me contestó, "Si le hablo a mi mujer, ella inmediatamente empieza a pedir cosas. "Hay unos adornos muy bonitos en la tienda", o "Han llegado a unos saris muy buenos", o esto y lo otro. Inmediatamente se abalanza sobre mi bolsillo. Si les hablo mis niños, sus manos empiezan a tantear mis bolsillos. He aprendido que es mejor callar y permanecer serio con un gesto severo. Eso te protege. Entonces nadie te pide nada".
Comprendí su idea. Eso es lo que piensan todos los ricos del mundo. La persona que se ha obsesionado en exceso con el dinero, está realmente a obsesionada con el dinero porque es incapaz de amar. El dinero se convierte en un sustituto del amor. Empieza a acumular dinero porque piensa que no hay otra forma de ser feliz. "Acumula dinero, y entonces tendrás al menos dinero y podrás comprarlo todo". Incluso cree que puede comprar el amor con su dinero.
Podrá comprar sexo, pero no amor. Pero mucha gente cree que el sexo es amor. Podrán comprar cuerpos, pero no podrán tener intimidad con nadie. Mucha gente piensa que poseer el cuerpo de otro, que tener el cuerpo de otro, es suficiente. "¿Qué más necesito? ¿Porque me he de preocupar de algo más?" Mucha gente se interesa exclusivamente por el sexo ocasional, sin intimidad, sin profundizar, sin adentrarse en un profundo diálogo. Temen el profundo diálogo porque entonces surge el compromiso y el compromiso implica responsabilidad. Entonces han de mantenerse muy sensibles, muy vivos. "¿A quién le preocupa eso? Con el sexo ocasional basta, y puedes comprar en sexo ocasional; lo puedes adquirir en el mercado". El hombre que busca el dinero piensa que todo puede ser comparado con dinero. "¿Por qué hay que preocuparse de otras cosas? Puedes tener las mujeres más bonitas, puedes tener el coche más bonito, puedes tener esto y lo otro..." Él piensa que esto va a satisfacerle. Y esto nunca te satisfará. Solamente el amor te satisface; ningún sustituto podrá nunca satisfacerte. Un sustituto es un sustituto; es falso.
La gente pobre tiene más amor, porque la gente pobre no ha desarrollado su mente de forma que toda su energía gira en torno al corazón. Esos son los dos centros: o bien la energía se dirige al corazón o bien se dirige a la cabeza. Es muy raro encontrar un ser equilibrado cuya energía esté en ambos centros o que sea capaz de dirigir su energía donde sea necesario, desviándola. Cuando desea tener inteligencia, canaliza dirige su energía hacia la mente. Cuando quiere amar, canaliza toda su energía hacia su corazón. Éste es el hombre perfecto.
Pero la gente corriente no es tan perfecta. O bien están colgados de su mente o bien viven en su corazón.
El camino de Jesús es el del amor, de ahí que obrara realizara milagros con los pobres, con la gente corriente cuya inteligencia no estaba muy desarrollada. Pero pudo utilizar esa posibilidad; su energía era virgen y estaba en el corazón. Eran más como niños.
Así como el cuerpo madura en catorce años, el espíritu madura en catorce generaciones. Ese es el límite mínimo. Depende de ti. Puede que no crezcas ni en ciento cuarenta generaciones; puede que seas muy perezoso o que sigas siendo inconsciente. Entonces podrás continuar así durante millones de vidas, sin crecer. Pero las catorce generaciones son un período límite natural; como mínimo necesitas eso.
El espíritu no es una flor de temporada; es como un gran cedro del Líbano. Necesita tiempo; se necesitan catorce generaciones para que el árbol crezca, para que llegue al cielo. No es una flor de temporada que crezca en unas semanas, pero que también se marchita en unas semanas. "Espíritu" significa "eterno"; lo eterno necesita tiempo, paciencia. Esas catorce generaciones son simplemente un número simbólico.
Jesús no puede nacer antes de catorce generaciones. Ese estado solamente es posible tras un tiempo; han de darse unos cuantos pasos. Y eso es así también en otras dimensiones.
Por ejemplo, el hombre de las cavernas no podría habernos legado los diálogos de Platón o las sinfonías de Beethoven o las pinturas de Leonardo da Vinci, o la poesía de Rabindranath Tagore. No es posible que ese hombre de las cavernas nos legara esas cosas. El hombre de las cavernas no podría haber engendrado un Albert Einstein, ni un Dostoievsky, ni un Picasso. El hombre de las cavernas no podría habernos dado un Buda, o un Lao Tse, o un Jesús. Ser necesita tiempo, se necesita preparación, y se necesita una cierta atmósfera en la cual crecer; solamente en estas condiciones es posible un Jesús.
Para que Jesús exista son necesarias muchas cosas; solamente puede existir en esas circunstancias. Para que Jesús diga lo que él quiere decir se necesita una determinada clase de oyente que sea capaz de entenderlo.