EL SENDERO DEL TAO
Introducción
Una parábola taoísta:
Existe una estatua de Lao Tzu, el fundador del Tao. Un joven lleva años pensando en ir a las montañas y conocer la estatua de Lao Tzu. El joven ama las palabras, la forma en que Lao Tzu ha hablado, el estilo de vida que ha llevado, pero nunca ha visto una estatua suya. No existen templos taoístas, así que hay muy pocas estatuas y todas están en las montañas, al aire libre, talladas en la misma montaña, sin techo, sin templo, sin sacerdote, sin culto.
Pasan los años, y siempre muchas cosas se interponen. Pero una noche decide finalmente que debe ir, además el lugar no está lejos, sólo queda a cien millas de distancia, pero como él es pobre tendrá que caminar. A media noche –elige la noche porque al estar dormidos la esposa, los hijos y la familia no se le presentará ningún problema- coge una lámpara en sus manos, pues la noche es oscura, y se aleja del pueblo.
Al salir del pueblo y dirigirse al primer mojón, surge en él un pensamiento: “¡Por Dios, cien millas, y sólo tengo dos pies! Esto me va a matar. Estoy pidiendo lo imposible. Nunca he caminado cien millas, y no hay carretera…”. El camino es estrecho, de montaña, sólo para caminantes y también peligroso, así que piensa: “Vale la pena esperar a que amanezca. Al menos habrá luz y veré mejor; de otro modo me despeñaré en algún punto de este estrecho sendero y desapareceré sin ver la estatua de Lao Tzu; sería el final, simplemente. ¿De qué sirve suicidarse?”.
Estaba en esas, sentado a las afueras del pueblo, cuando se le acercó un anciano a la salida del sol. Vio al joven sentado y le preguntó:
-¿Qué estás haciendo aquí?
El joven se lo explicó.
El anciano rió. Dijo:
-¿No has escuchado el viejo refrán? Nadie es capaz de dar dos pasos al mismo tiempo. Sólo puedes dar un paso a la vez: los poderosos, los débiles, los jóvenes, los viejos; no importa. Y el refrán continúa: “solamente paso a paso puede un hombre recorrer diez mil millas”, ¡y este camino sólo tiene cien! No seas estúpido. Además, ¿quién te está diciendo que sigas sin parar? Puedes tomarte tu tiempo. Éste es uno de los valles más hermosos y ésta es una de las más hermosas montañas, y los árboles están llenos de frutos, frutos que a lo mejor ni siquiera has probado. De todas maneras, yo me dirijo allí. Puedes venir conmigo. He hecho este camino miles de veces; además tengo por lo menos cuatro veces tu edad. ¡Levántate!
El anciano era muy autoritario. Cuando dijo: “¡Levántate!”, el joven simplemente se puso en pie, además;
-Dame tus cosas. Eres joven, inexperto; cargaré con tus cosas. Tú sólo sígueme y ya descansaremos tanto como quieras.
Y lo que había dicho el anciano era verdad. En cuanto se adentraron más profundamente en el bosque y las montañas, todo se fue volviendo más y más hermoso. Y las frutas eran silvestres, jugosas. Además, iban descansando: cada vez que el joven deseaba detenerse, el anciano accedía. Le sorprendía que el anciano nunca dijera que era hora de descansar. Pero, cada vez que el joven decía que era hora de descansar, el anciano esta dispuesto a hacerlo: descansaban un día o dos y luego retomaban la ruta.
De esta forma recorrieron sin problemas las cien millas y llegaron al final del sendero; entonces tuvieron acceso a una de las estatuas más hermosas de uno de los hombres más grandes que ha caminado sobre la tierra. Incluso su estatua tenía algo; no era sólo una pieza de arte. Había sido creada por artistas taoístas para representar el espíritu del Tao.
El Tao cree en la filosofía del dejarse llevar. Cree que tú no tienes que nadar sino flotar en el río, simplemente debes permitir que el río te lleve a donde va, porque cada río llega finalmente al océano. Así que no te preocupes; llegarás al océano. No hay necesidad de estar tenso.
En aquel lugar solitario se alzaba la estatua y, precisamente junto a ella había una cascada, pues al Tao se le llama el camino de la corriente de agua. Tal como el agua, sigue y sigue fluyendo sin manuales, sin mapas, sin reglas, sin disciplina… pero de una forma un tanto extraña, muy humildemente, porque siempre está buscando la posición más baja en todas partes. Nunca va cuesta arriba. Siempre va cuesta abajo, pero llega al océano, a su propio origen.
Toda la atmósfera del lugar era representativa de la idea taoísta del dejarse llevar. El anciano dijo:
-Ahora empieza el recorrido.
El joven dijo:
-¿Qué? Pero si yo creía que después de caminar estas cien millas la ruta había terminado.
-Así es precisamente como los maestros han estado hablando a la gente –contestó el anciano-. Pero la realidad es ahora: desde este punto, desde esta atmósfera, comienza una ruta de mil y una millas. Y no te voy a engañar, porque después de mil y una millas te encontrarás con otro anciano, posiblemente yo, que te dirá: “Ésta es sólo una parada, continúa”. El mensaje indica continuar.
El recorrido mismo es la meta.
Es infinito. Es eterno.
1. ¿QUIÉN ES VERDADERAMENTE FELIZ?
Cuando Lieh Tzu estaba comiendo a la vera del camino,
en la ruta de Wei, vio una calavera centenaria. Cogió una vara y señaló hacia la calavera y, dirigiéndose a su discípulo Pai Feng, dijo: “Sólo ella y yo sabemos que tú
nunca has nacido y nunca morirás. ¿Crees que es
ella la desgraciada? ¿Crees que somos nosotros
los verdaderamente felices?
Disfruto mucho con Lieh Tzu. Él es una de las expresiones más perfectas de lo inexpresable. La verdad no se puede expresar; esa imposibilidad de expresión es intrínseca a la verdad. Miles y miles de personas han intentado expresarla, sólo unos pocos han conseguido dar apenas un reflejo de la verdad. Lieh Tzu es uno de esos poquísimos; es un ser poco común.
Antes de entrar en su mundo, se tienen que entender algunas cosas sobre él y su enfoque. Su enfoque es el de un artista –poeta, narrador-, es un maestro narrador. Siempre que alguien ha experimentado la vida, su experiencia ha florecido en parábolas; ésta parece ser la manera más fácil de dar una indicación de aquello que no puede ser dicho. Una parábola es un recurso, un gran recurso. Éste no es simplemente un relato ordinario. Su propósito no es entretenerte. Su propósito es decir algo que no puede ser dicho de otra manera. La vida no puede incluirse en una teoría; es demasiado vasta, es demasiado infinita.
Una teoría es cerrada por su propia naturaleza. Una teoría tiene que ser cerrada si es una teoría. No puede tener un final abierto, de otra manera carecería de significado. Una parábola tiene un final abierto: dice y aun así deja mucho por decir; solamente señala. Y aquello que no puede ser dicho puede ser indicado. Es un dedo que señala la luna. No te quedes con el dedo –es algo irrelevante- mira la luna. Estas parábolas son bellas de por sí, pero ese no es su propósito… van más allá, son trascendentales. Si diseccionas la propia parábola no llegarás a comprender demasiado.
Es algo similar al ombligo en el ser humano. Si vas a un cirujano y le preguntas cuál es el propósito del ombligo en el cuerpo, y él disecciona el cuerpo, no encontrará ninguna explicación. El ombligo parece casi inútil. ¿Cuál es el propósito del ombligo? Tuvo uno cuando el niño estaba en el vientre de su madre: su propósito fue relacionar al niño con la madre, conectar al niño con la madre. Pero ahora el niño ya no está en el vientre: puede que la madre haya muerto, que el niño haya envejecido. Entonces, ¿cuál es el propósito del ombligo? Tiene uno trascendental: no tiene un propósito por sí mismo. Tendrás que observar alrededor, por todas partes, para encontrar la indicación, hacia dónde señala. Señala que ese ser humano fue niño una vez, que el niño estuvo una vez en el vientre de la madre, que el niño estuvo conectado con la madre. Se trata de una marca que ha dejado el pasado.
Así como el ombligo muestra algo del pasado, una parábola muestra algo del futuro. Muestra que hay una posibilidad de crecimiento, de estar conectado con la existencia. Ahora mismo es sólo una posibilidad, no es definitiva. Si sólo diseccionas la parábola, se convierte en una narración ordinaria. Si no la diseccionas y en cambio absorbes simplemente su significado, su poesía, su música, si olvidas la narración y sólo te quedas con el significado, pronto verás que señala hacia un futuro, hacia algo que puede ser pero todavía no es. Es trascendental.
En Occidente, a excepción de las parábolas de Jesús no existe nada similar a las de Lieh Tzu, Chuang Tzu, el Buda… no existe nada como las parábolas de estas personas; sólo las de Jesús. E incluso las parábolas de Jesús son de una cualidad tal que sin duda debió haberlas traído de Oriente. Están las parábolas de Esopo, pero son también reflexiones del libro de parábolas más importantes de Oriente, el Panchatantra. La parábola es una invención oriental y de tremenda importancia.
Así que lo primero que debe entenderse de Lieh Tzu es que él no es un teórico, no te dará ninguna teoría. Él simplemente te dará parábolas.
Una teoría se puede diseccionar; en ello está su significado. No tiene trascendencia, el significado es inmanente. Una parábola no puede ser diseccionada. Disecciónala y morirá. El significado es trascendental; no está en ella. Está en otra parte. Tiene que estar. Tienes que vivir la parábola; entonces captarás su significado. Tiene que convertirse en tu corazón, en tu respiración. Tiene que convertirse en tu ritmo interior.
De ahí que estas parábolas sean tremendamente artísticas, pero no mero arte. Contienen una gran religiosidad.
Lieh Tzu tampoco es un teólogo. No habla de Dios. Él expresa a Dios pero no habla de Dios. Todo lo que dice viene de Dios pero no habla de Dios. Todo lo que dice viene de la fuente, pero él no habla de la fuente. Deja que esto te quede muy claro. Hay dos clases de personas; unas hablan de Dios; son los teólogos. Otras transmiten a Dios; son los místicos. Lieh Tzu es un místico. El hombre que habla de Dios no ha conocido a Dios. De ser así, ¿por qué “hablar de”? El “de” muestra su ignorancia. Cuando una persona transmite a Dios, ha experimentado. Entonces Dios no es una teoría a probar o desaprobar, no; entonces Dios es su propia vida, algo que tiene que vivirse.
Para comprender a un hombre como Lieh Tzu, tendrás que vivir una vida auténtica. Sólo entonces, a través de tu propia experiencia, serás capaz de sentir lo que él quiere expresar con sus parábolas. No se trata de que puedas aprender las teorías y llegues a informarte; la información no ayudará. A menos que sepas, nada va a ayudar. Por tanto, si estas parábolas crean en ti una sed de saber, un gran deseo de saber, un hambre enorme de saber, si estas parábolas te llevan por una ruta desconocida, en un peregrinaje, sólo entonces, sólo al recorrer el camino, te llegarás a familiarizar con él.
Lieh Tzu, Chuang Tzu y Lao Tzu, los tres maestros taoístas hablan únicamente del camino. Tao significa “el camino”; ellos no hablan en absoluto de la meta. Dicen: la meta ya se cuidará por sí misma; no necesitas preocuparte por la meta. Si conoces el camino conoces la meta, porque la menota no está al final mismo del camino. La meta está a todo lo largo del camino; a cada momento, a cada paso está allí. No se trata de que al finalizar el camino llegas a la meta; a cada momento, donde quiera que estés, estás en la meta si estás en el camino. Estar en el camino es estar en la meta. Por consiguiente, ellos no hablan de la meta, no hablan de Dios, no hablan de moksha, nirvana, iluminación; no, absolutamente no. Muy simple es su mensaje: tienes que encontrar el camino.
Las cosas se vuelven un poco más complicadas porque ellos dicen que el camino no tiene mapa, el camino no está trazado, el camino no implica que puedas seguir a alguien y encontrarlo. El camino no es como una gran autopista; el camino es como un pájaro que vuela en el firmamento; no deja rastros tras de sí. El pájaro ha volado, pero no quedan rastros; nadie puede seguirlos. Por tanto, el camino es un camino sin sendero. Es un camino, pero es un camino sin sendero. No está hecho de antemano, no está disponible. No puedes simplemente decidir recorrerlo; tendrás que encontrarlo. Y tendrás que encontrarlo a tu manera. El camino de otros no va a servir.
El Buda lo ha recorrido, Lao Tzu lo ha recorrido, Jesús lo ha recorrido, pero estos caminos no te van a servir de ayuda porque tú no eres Jesús, no eres Lao Tzu, no eres Lieh Tzu. Tú eres tú, un individuo único. Sólo al caminar, sólo al vivir tu vida encontrarás el camino. Esto es algo de gran valor.
Por eso el taoísmo no es una religión organizada, no puede serlo. Es una religión orgánica, pero no una religión organizada. Tú puedes ser taoísta, si vives una vida de forma auténtica, espontánea, si tienes el coraje de ir hacia lo desconocido a tu manera, individualmente, sin apoyarte en otro, sin seguir a nadie, simplemente yendo hacia la noche oscura sin saber si llegarás a algo o si te perderás. Si tienes el valor, el riesgo está allí; es arriesgado, es osado.
El cristianismo, el hinduismo, el mahometismo son grandes autopistas. No necesitas arriesgar nada, tú simplemente sigues a la multitud, vas con la masa. Con el Tao tienes que ir solo, tienes que estar solo. El Tao respeta al individuo, no a la sociedad. El Tao respeta al que es único y no a la multitud. El Tao respeta la libertad y no la conformidad. El Tao no tiene tradición. El Tao es una rebelión, y la mayor rebelión posible.
Por eso llamo al Tao, “el camino sin sendero”. Es un camino pero no como los otros caminos. Tiene en sí una cualidad diferente: la cualidad de la libertad, la cualidad de la anarquía, la cualidad del caos. El Tao dice que si te impones a ti mismo una disciplina serás un esclavo. La disciplina tiene que surgir de tu atención consciente, entonces serás un maestro. Si impones un orden en tu vida, esto será sólo una pretensión. El desorden permanecerá profundamente, en propio fondo de tu ser. El orden estará en la superficie, en el centro habrá desorden. Esto no va a ayudar.
El orden real surge, no de afuera sino de lo más profundo de tu ser. Permite el desorden, no lo reprimas. Enfréntalo, asume el reto del desorden. Al asumir el reto del desorden y vivirlo –vivirlo peligrosamente- surge un orden en tu ser. Este orden sale del caos, no sale de ningún modelo. Esta gestalt es totalmente diferente: nace dentro de ti y es fresca; no es tradicional, es virgen; no es de segunda mano. El Tao no cree en una religión de segunda mano ni en un dios de segunda mano. Si tomas al Dios de Jesús, te vuelves un cristiano; si tomas al Dios de Krishna, te vuelves un hinduista; si tomas al Dios de Mahoma, te vuelves un mahometano. El Tao dice: sin embargo, mientras no encuentres a tu Dios, no estás en el camino.
Por tanto, todos estos caminos simplemente te distraen del camino real. Al seguir a otros te extravías. Al seguir cualquier modelo de vida te vuelves un esclavo. Al seguir cualquier modelo te aprisionas a ti mismo. Y Dios, o el Tao, o el dharma, o la verdad, es posible sólo para alguien que sea absolutamente libre, incondicionalmente libre.
Por supuesto, la libertad es peligrosa porque no da seguridad, no da certeza. Hay gran seguridad cuando estás siguiendo a una multitud: la multitud te protege. Hay mucha seguridad cuando estás siguiendo una multitud porque, en la misma presencia de tanta gente, sientes que no estás sólo y que no puedes perderte. Debido a esta seguridad estás perdido, debido a esta seguridad nunca buscas, nunca exploras y nunca investigas. Y la verdad no se puede encontrar a menos que hayas investigado, a menos que hayas investigado por tu cuenta. Si tomas verdades prestadas te vuelves erudito; pero ser erudito no implica saber.
El Tao está muy en contra de la erudición. El Tao dice que si eres ignorante, y la ignorancia es tuya, está bien; al menos es tuya y lleva consigo una inocencia. Pero si estás cargado de conocimiento acumulado, escrituras, tradiciones, entonces vives una vida falsa, una pseudovida. Entonces no estás viviendo realmente, sólo tienes la pretensión de que estás viviendo. Haces gestos impotentes, gestos vacíos. Tu vida no tiene la intensidad, la pasión; no puede tener la pasión. La pasión sólo surge cuando vas por tu cuenta, solitario, hacia el vasto firmamento de la existencia.
¿Por qué no puedes moverte tú sólo? Porque no confías en la vida. Tú sigues a los mahometanos, sigues a los hinduistas, sigues a los judíos porque no confías en la vida, confías en las multitudes. Para moverse en solitario uno necesita confiar enormemente en la vida… en los árboles, en los ríos, en el firmamento, en lo eterno de todo esto: uno confía en ello. Tú confías en las concepciones creadas por el ser humano; tú confías en los sistemas creados por el ser humano; tú confías en las ideologías creadas por el ser humano. ¿Cómo pueden ser verdaderas las ideologías creadas por el ser humano?
El ser humano ha creado estas ideologías sólo para ocultar el hecho de que no sabe, para ocultar el hecho de que es ignorante. El ser humano es astuto, ingenioso, y puede crear racionalizaciones, pero estas racionalizaciones son falsas; no puedes avanzar con ellas hacia la verdad. Tendrás que dejarlas. El Tao dice que la ignorancia no es el obstáculo frente a la verdad. La erudición es el obstáculo.
Déjame contarte unas cuantas anécdotas.
En la gran obra de Samuel Beckett, Esperando a Godoy, se produce este pequeño incidente; reflexiona sobre él.
Dos vagabundos, Vladimir y Estragón están en el escenario. Están allí para esperar, tal como todo el mundo está esperando, nadie sabe exactamente qué. Todo el mundo está esperando con la ilusión de que algo va a suceder. Hoy no ha sucedido, mañana va a suceder. Así es la mente humana: el día de hoy se desperdicia, pero la mente humana tiene la esperanza de que mañana algo va a suceder. Y estos dos vagabundos están sentados debajo de un árbol, esperando… esperando a Godoy.
Nadie sabe exactamente quién es este Godoy. La palabra se asemeja a Dios,* pero es sólo una semejanza y, en realidad, los dioses que estás esperando son todos Godots. Tú los has creado porque uno tiene que esperar a alguien, de otra manera ¿cómo podrías tolerar la existencia? ¿Para qué? ¿Cómo vas a posponer el vivir? ¿Cómo vas a tener esperanza? La vida se hará intolerable, imposible, si no hay nada que esperar. Alguien espera dinero, alguien espera poder, alguien espera la iluminación
*God en inglés. (N. de T.).
y alguien espera alguna otra cosa, pero todo el mundo está esperando, y la gente que espera es la gente que no acierta.
Estos dos vagabundos están allí sólo para esperar. Esperan la llegada de un hombre, Godot, quien se supone les proveerá de abrigo y sustento. Mientras tanto intentan pasar el tiempo con pequeñas conversaciones, chistes, juegos y discusiones sin importancia…
Así es tu vida: uno se entretiene mientras tanto con las pequeñas cosas. Lo grandioso va a pasar mañana. Godoy llegará mañana. Hoy uno discute: la esposa con el marido, el marido con la esposa; asuntos menores: “pequeñas conversaciones, chistes, juegos… tedio y vacío”. Eso es lo que todo el mundo siente: tedio, vacío… “nada que hacer” es el refrán que resuena una y otra vez… Ellos dicen una y otra vez: “no hay nada que hacer”; y luego se consuelan: “Pero mañana él va a venir”. En realidad, él nunca les ha prometido nada, ellos nunca lo han conocido: es una invención. Uno tiene que inventar. Ante la desdicha uno tiene que inventar el mañana y aferrarse a algo. Tus dioses, tus cielos, tus paraísos, tus mokshas: todo es invención. El Tao no habla de ello.
Esta representación de Samuel Beckett, Esperando a Godoy, es esencialmente taoísta.
En medio del primer acto, dos desconocidos, Pozzo y Lucky, irrumpen en el escenario. Pozzo parece ser un hombre de recursos; Lucky, el sirviente, está siendo conducido a un mercado de las cercanías para ser vendido. Pozzo describe a los vagabundos las virtudes de Lucky, la más destacada de todas, que puede pensar. Para enseñárselo a ellos, hace sonar su látigo y ordena: “¡Piensa!”, y sigue a continuación un largo e “histérico monólogo incoherente en el que se mezclan confusamente fragmentos de teología, ciencia, deportes y conocimientos varios, hasta que los otros tres saltan sobre él y lo hacen callar”.
¿En qué consiste tu pensamiento? Qué quieres decir cuando declaras, “¿Estoy pensando?”. ¿Es un “histérico monólogo incoherente en que se mezclan confusamente fragmentos de teología, ciencia, deportes y conocimientos varios…” hasta que llega la muerte y te silencia? ¿En qué consiste todo tu pensamiento? ¿En qué puedes pensar? ¿Qué hay que pensar? ¿Cómo puede uno llegar a la verdad a través del pensamiento? El pensamiento no puede proporcionar la verdad. La verdad es una experiencia y la experiencia, acontece sólo cuando cesa el pensamiento.
Por tanto, el Tao dice que la teología no va a ayudar, que la filosofía no va a ayudar, que la lógica no va a ayudar, que la razón no va a ayudar. Puedes continuar pensando y pensando y ello no será más que invención, una pura invención de la mente humana para ocultar su propia estupidez. Y así puedes seguir y seguir, un sueño puede dar lugar a otro, y ese otro sueño puede llevarte a otro… sueños dentro de sueños dentro de sueños; así es toda filosofía, toda teología.
Sueños dentro de sueños, dentro de sueños… Así prosigue la mente. Una vez empiezas a soñar, aquello no tiene final, y lo que llamas pensar es mejor llamarlo soñar. Eso no es pensar.
Recuerda, la verdad no requiere del pensamiento; requiere experiencia. Cuando ves el sol y la luz no piensas en ellos, lo ves. Cuando te encuentras una rosa no piensas en ella, la ves. Cuando la fragancia llega a tu nariz, la hueles; no piensas en ello. Cuando estás cerca de la realidad no es necesario pensar. Entonces la realidad es suficiente, entonces la experiencia es suficiente. Cuando estás lejos de la realidad, piensas: reemplazas la realidad por el pensar. Una persona que ha comido bien no va a soñar por la noche que ha sido invitada a un festín. Una persona que ha pasado hambre durante el día seguramente soñará esa noche, que ha sido invitada a un festín. Una persona que está sexualmente insatisfecha soñará con objetos sexuales. Así es toda la psicología freudiana: sueñas con cosas que te hacen falta en la vida; sueñas para compensar. Todo el enfoque taoísta también es así. Lo que dice Freud respecto al sueño, respecto al pensamiento, lo menciona el enfoque taoísta sobre el pensamiento como tal. Y el sueño es sólo una parte del pensamiento; nada más.
El pensamiento es un sueño con palabras; el sueño es un pensamiento con imágenes. Esa es la única diferencia. El sueño es una forma primitiva del pensamiento, y el pensamiento es una forma más evolucionada del sueño, más civilizada, más culta, más intelectual, pero es lo mismo, sólo que las imágenes han sido reemplazadas por palabras y, en cierta forma, debido a que las imágenes han sido reemplazadas por palabras, se ha alejado aún más de la realidad, porque la realidad está más cerca de las imágenes que de las palabras.
Lieh Tzu no es un pensador. Permite que esto se grabe en ti profundamente; eso te ayudará a entender sus parábolas. Lieh Tzu es un poeta, no un pensador, y cuando digo “poeta” me refiero a alguien que cree en experimentar, no en especulaciones.
El poeta está en la búsqueda. Su búsqueda se dirige a la belleza, pero la belleza no es más que la verdad vislumbrada. La verdad, cuando la vislumbras sólo por un momento, aparece como belleza. Cuando la verdad se realiza completamente, entonces llegas a saber que la belleza era sólo una función de la verdad. Dondequiera que existe la verdad existe la belleza: esa es una sombra de la verdad. Cuando la verdad es vista a través de velos, es belleza; cuando la belleza está desnuda, es verdad.
Por tanto, la diferencia entre el poeta y el místico no es muy grande. El poeta se está acercando; el místico ha llegado. Para el poeta sólo hay vislumbres de la verdad; para el místico la verdad se ha convertido en su propia vida. El poeta sólo es transportado algunas veces al mundo de la verdad y luego vuelve a caer. Para el místico la verdad se ha convertido en su morada: él vive en la verdad.
Los poetas están muy cerca de lo religioso. Los pensadores, los filósofos, los razonadores, los teólogos, los científicos están muy lejos: la totalidad de su enfoque es verbal. El enfoque poético es existencia y el enfoque del místico es existencial por excelencia: es absolutamente existencial.
Tao quiere decir “existir en el camino”, y existir de tal forma que el camino y tú no sean dos cosas. Esta existencia es una; no estamos separados de ella. La separación, la idea de separación es muy ilusoria. Estamos unidos entre todos; somos una totalidad. No somos islas, somos un continente. Tú estás en mí, yo estoy en ti. Los árboles están en ti, tú estás en los árboles. Es un todo interconectado.
Basho ha dicho que es como si se tratase de una vasta telaraña. ¿Lo has probado? Toca la telaraña en cualquier punto y toda la telaraña empezará a sacudirse, a temblar: el todo vibra. Toca la hoja de un árbol y habrás hecho vibrar con ella a todas las estrellas. Es posible que no lo puedas ver ahora mismo, pero las cosas están tan profundamente relacionadas que es imposible no tocar las estrellas al tocar una hoja, la pequeña hoja de un árbol.
La totalidad es una; la separación no es posible. La idea misma de separación es el obstáculo. La idea de separación es lo que llamamos ego. Si estás en el ego no estás en el camino, no estás en el Tao. Cuando se abandona el ego estás en el Tao. Tao significa “existencia sin ego”, vivir como parte de este todo infinito y no vivir como una entidad separada.
Ahora bien, se nos ha enseñado a vivir como entidades separadas, se nos ha enseñado a tener nuestra propia voluntad. Las personas vienen a mí y me preguntan: ¿Qué debemos hacer para desarrollar nuestra fuerza de voluntad?”. El Tao está contra la voluntad, está contra la fuerza de voluntad, porque el Tao está por el todo y no por la parte. Cuando la parte existe dentro del todo, cada cosa es armónica. Cuando la parte empieza a existir por su cuenta, todo se vuelve inarmónico, hay desacuerdo, conflicto, confusión. Si no estás en fusión con el todo, hay confusión. Si la fusión con el todo no se está produciendo, con seguridad habrá confusión. Cada vez que dejas de estar con el todo eres infeliz.
Permitamos que ésta sea la definición de felicidad: estar con el todo es estar feliz; estar con el todo es estar saludable, estar con el todo es estar en santidad. Estar separado es estar insano, estar separado es estar neurótico, estar separado es perder el estado de gracia.
La caída del hombre no se produce por haber desobedecido a Dios. La caída se produce por lo que él piensa que es. La caída se produce porque el hombre piensa que él es una entidad separada. Ésta es una tontería: tú no podrías haber existido si tus padres no hubieran estado presentes y los padres de tus padres y los padres de sus padres… hasta llegar a Adán y Eva. Si Adán y Eva no hubieran existido, tú no estarías aquí. Por tanto, tú estás conectado a la totalidad del pasado.
Además, Adán y Eva son sólo un mito. El pasado no tiene comienzo, no puede tener ningún comienzo; la idea misma de un comienzo es absurda. ¿Cómo pueden empezar las cosas de repente? Ésta es una procesión sin principio de eventos. Tú estás conectado con todo el futuro, porque sin ti el futuro no será el mismo. Puede que no seas nadie, pero dejarás tu marca. Todo el futuro, todo el futuro eterno tendrá una cierta cualidad porque tú has existido. Puede que hayas existido durante setenta años y puede que durante esos setenta años existieras conscientemente sólo durante siete segundos; aun así habrás dejado una marca: el todo no será el mismo. Si no hubieras estado ahí, las cosas habrían sido completamente diferentes. Las cosas serán ahora muy diferentes porque tú has existido. Tú continuarás. Puede que tú no hagas nada en especial, nada enorme y grande, nada más que una vida ordinaria pero, aun así, afectarás a todo el destino de la existencia.
Pasado, futuro –tú estás conectado-, ésta es la dimensión del tiempo. Y luego, en el espacio tú estás conectado con todo. Esos árboles, el sol, la luna, las estrellas… estás conectado con todo. Si el sol deja de existir o se enfría, como un día tiene que suceder, porque la energía se está disipando cada día… cuando se enfríe el sol, todos nos enfriaremos inmediatamente. Perderemos vida, porque la vida necesita calor; por tanto, el sol te está dando vida continuamente. Y recuerda, en la vida no hay un proceso en una sola dirección; no puede ser. Existe el dar y el recibir: todas las vías van en dos direcciones. Si el sol te está dando vida, tú debes estar dándole vida al sol de una u otra forma.
George Gurdjieff le daba este sentido cuando solía decir a sus discípulos que la luna se alimenta del ser humano. Existe la posibilidad. Tú te alimentas de los animales, tú te alimentas de los árboles, cada cosa es alimento de algo. ¿Por qué tendría que ser el hombre una excepción? Gurdjieff tiene algo de razón en ello. Cada cosa es alimento de otra, entonces ¿por qué tendría que ser el hombre la única excepción, al no ser alimento de nadie? ¿Es él quien se come toda la existencia y no sirve de alimento para nadie? Eso no es posible; las cosas están enlazadas. Por eso Gurdjieff inventó la hermosa teoría de que el ser humano sirve de alimento para la luna; la luna se alimenta del hombre, de la consciencia del hombre.
Algo de verdad hay en ello, porque la luna llena enloquece a las personas. Por eso a los locos se les llama lunáticos, chiflados. Un lunático está chiflado. El océano se agita. Existe la posibilidad de que el ser humano también se agite en la noche de luna llena, porque el noventa por ciento del ser humano es océano y nada más. Un noventa por ciento de ti es simplemente océano; tú estás hecho de océano. El noventa por ciento es agua, y esta agua tiene las mismas sales que el océano, exactamente en la misma proporción. Por tanto, cuando se alborota el océano, algo debe estar sucediendo también en tu cuerpo.
Dentro de ti, un noventa por ciento es océano; algo debe estar alborotándose. Los poetas dicen que escriben hermosas poesías en la noche de luna llena; los animales dicen que algo se vuelve tremendamente romántico en esas noches. Además, es un hecho bien establecido en la actualidad, que más gente se vuelve loca en las noches de luna llena que en cualquier otra noche. Son pocos los que enloquecen en las noches sin luna, mientras que hay un gran número de personas que se vuelven locas cuando hay luna llena.
Tal vez Gurdjieff tiene algo de razón cuando dice que la luna se alimenta de tu consciencia. Puede que sea ficción, pero incluso ciertas ficciones contienen alguna parte de verdad, y cuando un hombre como Gurdjieff crea una ficción, tiene que haber algo de verdad en ella.
El todo está conectado. Estamos comiendo, estamos siendo comidos: por un lado tomamos, por el otro lado damos. Tú te comes una manzana; un día el manzano se alimentará de tu cuerpo, tu cuerpo se volverá un fertilizante. Cuando re estás comiendo la manzana nunca se te ocurre pensar que, a lo mejor, tu padre o tu abuelo pueden estar en la manzana, y que posiblemente te estás comiendo a tu abuela o a tu abuelo y que, algún día, tus hijos te comerán a ti.
Todas las cosas están conectadas. Esta conexión se expresa en la palabra Tao: la conexión, la interconexión, la interdependencia de todo. Nadie está separado, de ahí que el ego sea absurdo. Sólo el todo puede decir “Yo”; las partes no deberían decir “yo”. Si ellas lo tienen que decir, lo deberían decir como un formalismo lingüístico, pero no tendrían que apropiarse el “yo”.
Cuando existes separado de la existencia, existes en la desdicha, porque llegas a desconectarte y nadie más es responsable de ello; lo eres tú. Cuando estés feliz, observa lo que pasa. Cuando estás feliz no tienes ego. En esos momentos de felicidad, de gozo, de gracia, el ego desaparece súbitamente; tú te estás fundiendo más en el todo; los límites son menos claros, los límites están más difusos. Cuando los límites quedan completamente difusos, como si el río hubiera desaparecido en el océano, cuando todos los límites quedan difusos y eres uno vibrando con el todo, hay felicidad.
Se dice que en algún lugar, en algún tiempo, vivió un rey. El rey tenía todo lo que se puede desear: riqueza, poder, incluso salud. Tenía una esposa e hijos a los que amaba, pero no tenía felicidad. Triste y sombrío se sentaba en su trono…
Es algo natural. Cuanto más tengas lo de este mundo, tendrás menos felicidad, porque cuanto más tienes lo de este mundo, más fuerte se vuelve tu ego, más se refuerza tu ego, más se cristaliza; de ahí la infelicidad. Por eso nunca se ha oído de reyes que hayan sido felices, o muy raramente. No es sólo una coincidencia que el Buda y Mahavira hayan dejado sus reinos para convertirse en mendigos, y al convertirse en mendigos declarasen: “Ahora nos hemos convertido en emperadores”, debido a que llegaron a ser felices.
Un sannyasin es una persona que ha aprendido el camino del Tao y dice: “He dejado de ser “yo”. Sólo la totalidad es”. Éste es el sentido de lo que Jesús dice una y otra vez: “Benditos sean los pobres de espíritu; para ellos es el reino de Dios”. “Pobre de espíritu” es una referencia a la persona que no tiene ego, que es tan pobre que ni siquiera tiene la idea de “yo”, pero que es, por otro lado, la persona más rica. Por eso dice Jesús: “Aquellos que son los últimos aquí serán los primeros en el reino de Dios”. Los más pobres se convertirán en los más ricos. Recuerda que “pobre” no expresa un concepto financiero; “pobre” quiere decir que una persona no es nadie. Al llegar a ser nadie te conviertes en parte del todo.
El rey debe haber sido muy infeliz. “Debo conseguir la felicidad”, se dijo el rey. El médico real fue convocado.
-Quiero felicidad. Hazme feliz y te haré rico. Si no me haces feliz, te cortaré la cabeza -dijo el rey.
El médico se sintió perdido. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo hacer feliz a alguien? Nadie sabe cómo. Nadie ha sido nunca capaz de hacer feliz a otro. Pero el rey estaba loco y podía matar. El médico dijo:
-Tendré que meditar, señor, y consultar las escrituras. Vendré mañana por la mañana.
Meditó toda la noche y por la mañana llegó a una conclusión: “Es muy simple”.
Había consultado sus libros, pero la felicidad no se mencionaba en los libros de medicina. El problema era difícil, pero él inventó algo, prescribió un remedio. Dijo:
-Su majestad, tiene que encontrar la camisa de un hombre feliz y apropiársela. Entonces obtendrá la felicidad y sabrá en qué consiste.
Era un remedio simple: encontrar la camisa de un hombre feliz y usarla.
El rey se alegró mucho al escuchar esto. Dijo:
-¿Así de simple?
Entonces le dijo a su primer ministro:
-Ve y encuentra un hombre feliz y tráeme su camisa tan pronto como sea posible.
El ministro se fue. Fue a ver al hombre más rico y le pidió su camina, pero él le dijo: “Puede usted llevarse todas las camisas que quiera, pero yo mismo soy infeliz, así que enviaré también a mis sirvientes a buscar un hombre feliz y su camisa. Gracias por su remedio”.
Fue luego a visitar a muchas personas, pero ninguna de ellas era feliz. No obstante, se mostraron dispuestos a ayudar a su rey: “Podemos dar nuestras vidas para que el llegue a ser feliz. ¿Qué decir de las caminas? Podemos dar nuestras vidas pero no somos felices; nuestras caminas no servirán”.
El ministro se sintió entonces muy desgraciado. ¿Qué hacer? Ahora sería él el culpable; el médico había salido airoso, pero le había dejado con el problema y estaba muy preocupado. Entonces alguien dijo:
-No se preocupe tanto. Conozco a un hombre feliz. Usted debe haberlo escuchado alguna vez, en alguna parte; él toca su flauta por la noche, a la orilla del río. Seguramente le ha escuchado alguna vez.
Él dijo:
-Sí, algunas veces en medio de la noche me he quedado encantado. ¡Qué bellas notas! ¿Quién es ese hombre? ¿Dónde está?
-Esta noche iremos a buscarlo. Él viene sin falta cada noche.
Efectivamente, esa noche fueron a la orilla del río y encontraron al hombre tocando con su flauta algo tremendamente hermoso. Las notas tenían tanta gracia que alegraron al ministro, que exclamó:
-¡Ya he encontrado al hombre!
Cuando llegaron allí, el hombre dejó de tocar.
-¿Qué quieren ustedes?
-¿Es usted feliz? –inquirió el ministro.
-Soy feliz, soy felicidad. ¿Qué quiere usted?
El ministro danzaba de contento.
-Sólo quiero que me de su camisa.
El hombre permaneció en silencio.
-¿Por qué se queda callado? –preguntó el ministro- ¡Entrégueme su camisa! El rey la necesita.
-Esto es imposible –dijo el hombre-, porque no tengo camisa alguna. Usted no puede verlo porque está oscuro, pero estoy sentado aquí, desnudo. Podría haber dado mi camisa, puedo dar mi vida, pero no tengo camisa alguna.
-Entonces, ¿por qué está tan feliz? –preguntó el ministro-. ¿Cómo puede estar tan feliz?
-El día que lo perdí todo, la camisa también, alcancé la felicidad… El día que lo perdí todo. En realidad no tengo nada, ni siquiera me tengo a mí mismo. Yo no estoy tocando esta flauta; el todo está tocando a través de mí. Soy una nada, una ausencia, un don nadie…
Éste es el significado de “pobre de espíritu”: uno que no posee nada, que no tiene nada, que no sabe nada, que es un don nadie. El Tao dice: cuando seas una nada llegarás a serlo todo. Afirma que eres y serás desgraciado.
Este Tao, este disolverse con el todo, este desaparecer en el cosmos, no se puede enseñar. Puedes aprenderlo, pero no se puede enseñar. Por eso Lieh Tzu y otros maestros taoístas no predican nada, no tienen nada que predicar. Ellos hablan con parábolas. Tú puedes escuchar el relato, y si lo escuchas realmente, algo se abrirá en ti como si fuera una explosión. Por tanto, todo depende de tu forma de escuchar.
El propio Lieh Tzu estuvo en silencio, sin hacer nada, aprendiendo a estar en silencio, aprendiendo a ser pasivo, a ser receptivo, aprendiendo a ser femenino; así es como se convierte uno en un discípulo. Déjame decírtelo: no hay maestros sólo hay discípulos, porque esto es algo que no se puede enseñar. Entonces, ¿por qué se dice que hay maestros? El Buda no te puede enseñar. Lieh Tzu no te puede enseñar; entonces, ¿por qué se les llama maestros? Por el contrario, si hay un discípulo, él aprende.
Por tanto, un maestro no es alguien que te enseña; un maestro es alguien en cuya presencia tú puedes aprender. Permite que se conozca la diferencia: un maestro no es alguien que te enseña, porque no hay nada que enseñar. Un maestro es alguien en cuya presencia es posible aprender.
Un buscador acudió a Jalaluddin Rumi, el místico sufí y le dijo:
-¿Me enseñarás? ¿Me enseñarás, maestro?
Jalaluddin le observó y contestó:
-¿Me dejarás enseñar?
-¿Por qué no habría de dejarte enseñar? –respondió el hombre-. He venido a aprender.
-Porque esto es lo más importante; ¿me dejarás enseñar? –dijo Jalaluddin-. De otra manera no puedo enseñar, porque, en realidad, no es posible enseñar, sólo es posible aprender. Si lo permites, entonces el aprendizaje florecerá.
Lieh Tzu estuvo con su maestro durante muchos años, sentado en silencio, sin hacer nada, volviéndose más y más pasivo. Llegó el día en que se volvió absolutamente silencioso; no había un vestigio de pensamiento en su ser, ni una ola. Su energía estaba completamente presente, era un embalse, un lago plácido sin olas, sin un soplo del viento; entonces lo entendió.
Es algo que se produce en sólo un momento. La verdad no es un proceso, es un acontecimiento. No es gradual, no necesita tiempo para producirse. El tiempo, cuando es necesario, es un tiempo necesario para ti, porque ahora mismo no puedes estar en silencio. Si puedes estar en silencio, cabe la posibilidad de que se produzca ahora mismo. Siempre se produce en silencio.
¿Qué se produce en silencio? Cuando estás en silencio no eres, los límites se disuelven, eres uno con la totalidad.
Permíteme contarte un cuento taoísta.
-Maestro, lo he conseguido –dijo un discípulo de Lao Tzu.
-Si dices que lo has conseguido –contestó Lao Tzu- entonces, es seguro que no lo has conseguido.
El discípulo esperó durante meses. Entonces, u día dijo:
-Estabas en lo cierto, maestro. Ahora, eso se ha conseguido.
Primero había dicho “lo he conseguido” y el maestro lo denegó. Luego, después de unos cuantos meses, un día se abrió algo en él como una explosión, así que manifestó: “eso se ha conseguido”.
Lao Tzu le miró con gran compasión y amor, y le acarició la cabeza. Le dijo entonces:
-Ahora está bien. Cuéntame pues, qué ha sucedido. Me gustaría escucharlo ahora. ¿Qué ha sucedido?
-Hasta el día en que dijiste “Si dices que lo has conseguido, entonces es seguro que no lo has conseguido”, estaba esforzándome. Estaba haciendo todo lo que podía. Estaba intentándolo duramente. El día en que dijiste: “si dices que lo has conseguido, entonces no lo has conseguido”, lo entendí. ¿Cómo puedo “yo” conseguirlo, si el “yo” es la barrera? Así que tuve que dejar que sucediera.
Eso puede ser conseguido y los taoístas incluso lo llaman “eso”. Ellos no dicen “él”; ellos no dicen “ella”; ellos no dicen “Dios padre”. Ellos no le dan un nombre personal; simplemente dicen “eso”. “Eso” es impersonal, es el nombre del todo: “Tao” quiere decir “eso”.
-El Tao se ha conseguido –dijo-, y llegó sólo cuando yo no estaba allí.
Lao Tzu dijo:
-Cuéntale a los otros discípulos en qué situación se produjo aquello.
-Lo único que puedo decir es que yo no era bueno, no era malo, no era un pecador, no era un santo, no era esto, no era aquello, no era nadie en particular cuando sucedió eso –respondió el discípulo-. Yo estaba simplemente en una actitud pasiva, en una tremenda actitud pasiva; era nada más que una puerta, una apertura. Ni siquiera lo había invitado, porque incluso la invitación habría ido con mi firma. Ni siquiera lo había invitado… En realidad me había olvidado de eso por completo. Estaba sentado, nada más. Ni siquiera estaba buscando, preguntando, averiguando. Yo no estaba allí, y de repente eso me desbordó.
Así es como sucede. A ti te puede suceder si te vuelves más y más pasivo. El Tao es el camino de lo femenino. Las demás religiones son agresivas, las demás religiones están más orientadas hacia lo masculino. El Tao es más femenino. Y recuerda: la verdad sólo viene cuando te encuentra en un estado femenino de consciencia; nunca de otra forma. Tú no puedes conquistar la verdad. Esto es una tontería; ni siquiera vale la pena pensar en ello, en que puedas conquistar la verdad. ¡La parte conquistando al todo! La parte sólo puede permitir, la parte sólo puede dejarse llevar.
Este dejase llevar se dará si puedes hacer una cosa: deja de aferrarte al conocimiento, deja de aferrarte a las filosofías, deja de aferrarte a las doctrinas, a los dogmas. Deja de aferrarte a las iglesias y a las religiones organizadas, o de otra forma tendrás falsas concepciones, y estas falsas concepciones no dejarán que la verdad entre en ti.
Una hermosa parábola:
Las golondrinas se posaban en fila a lo largo de los aguilones de la granja, parloteando unas con otras con inquietud, hablando de muchas cosas, pero con el pensamiento puesto sólo en el verano y en el sur, pues se acercaba el otoño y el viento del norte estaba a punto de llegar.
Y de repente, un día desparecieron todas. Todo el mundo habló entonces de las golondrinas y del sur.
-Creo que me iré al sur el próximo año –dijo una gallina.
El año se terminó y regresaron las golondrinas. El año se terminó y se posaron otra vez en los aguilones, y en todo el corral se hacían comentarios sobre el viaje de la gallina.
Y una mañana muy temprano, con el viento del norte, súbitamente las golondrinas se echaron a volar mientras sentían el viento en sus alas y una fuerza les llegaba junto con el misterioso, antiguo conocimiento y una fe más que humana. Se remontaron entonces hacia lo algo y abandonaron el humo de nuestras ciudades.
-Creo que el viento es el adecuado –dijo la gallina, así que extendió sus alas y salió corriendo del corral. Continuó luego aleteando en dirección a la carretera y siguió un trecho más abajo hasta que llegó a un jardín.
Al atardecer regresó jadeante. En el corral contó a los pollos y gallinas cómo había ido hacia el sur hasta llegar a la autovía y cómo había visto pasar el tráfico del mundo y llegado luego a campos donde crecen las patatas. Había visto además los rastrojos que dan de vivir a los humanos y, entonces, al final del camino, había encontrado un jardín sembrado de rosas, de bellas rosas, y al jardinero mismo allí presente.
-¡Qué cosa más interesante –dijeron las aves del corral-, y qué descripción tan hermosa, ¡de verdad!
Pasó el invierno y los meses amargos se alejaron dando paso a la primavera, y con ella a las golondrinas que llegaron otra vez.
Las aves de corral no aceptaron entonces que hubiese un mar en el sur.
-Tendrían que escuchar a nuestra gallina –alegaban.
La gallina se ha convertido ahora en la que sabe. Sabe qué hay en el sur, pero ni siquiera ha salido del pueblo, sólo ha recorrido una corta distancia camino abajo. El intelecto es una gallina. No puede ir muy lejos. Pero una vez la gallina sabe algo, te pone sobre aviso; se convierte en un obstáculo.
Abandona tu intelecto, y no perderás nada. Carga con tu intelecto, y lo perderás todo. Abandona tu intelecto, y sólo perderás tu prisión, tu falsedad. Abandona tu intelecto, y tu consciencia se remontará súbitamente hacia lo alto, desplegará sus alas… y podrás ir al mismo sur, a los mares abiertos a los que perteneces. El intelecto es un agobio para el hombre.
Una última cosa antes de adentrarnos en la parábola: el Tao empieza con la muerte. ¿Por qué? Para empezar, hay algo muy significativo. El Tao dice que si entiendes la muerte lo entenderás todo, porque con la muerte tus límites se desvanecerán. Con la muerte, tú desaparecerás. Con la muerte, el ego será abandonado. Con la muerte, la mente ya no estará presente. Con la muerte todo lo que no es esencial será abandonado, y sólo permanecerá lo esencial.
Si puedes entender la muerte, serás capaz de entender en qué consiste el Tao, en qué consiste el camino sin sendero, porque la religión también es una forma de morir, el amor es también una forma de morir, la oración es también una forma de morir. La meditación es una muerte voluntaria. La muerte es el fenómeno supremo. Es la culminación de la vida, el crescendo, la cumbre más alta. Tú conoces sólo una cumbre y esa cumbre es la del sexo, la cumbre más baja de los Himalayas. Sí, es una cumbre, pero la más baja; la muerte es la más alta de las cumbres.
El sexo es nacimiento: es el comienzo de los Himalayas, la cumbre más baja. Lo más elevado no es posible precisamente al comienzo. Poco a poco, las cumbres se hacen más elevadas, y finalmente llegan al máximo. La muerte es lo máximo, el sexo es el comienzo. Entre el sexo y la muerte está toda la historia de la vida.
La psicología occidental empieza con la comprensión del sexo. La psicología oriental, la psicología de los budas, empieza con la comprensión de la psicología de la muerte. La comprensión del sexo es muy primaria; la comprensión de la muerte es lo supremo.
Además, al entender la muerte puedes morir conscientemente. Si mueres conscientemente no volverás a nacer; no será necesario. Ya habrás aprendido la lección; no serás devuelto otra vez a la rueda de la vida y de la muerte. Habrás conocido; habrás aprendido. No será necesario que se te envíe otra vez a la escuela: habrás trascendido. Si no captas el significado de la muerte, tendrás que ser devuelto. La vida es un estado de aprendizaje sobre la muerte.
La parábola:
“Cuando Lieh Tzu estaba comiendo a la vera del camino, en la ruta a Wei, vio una
calavera centenaria.
Cogió una vara y señaló hacia la calavera y, dirigiéndose a su discípulo Pai Feng, dijo:
“Sólo ella y yo sabemos que tú nunca has nacido
y nunca morirás.
¿Crees que es ella la desgraciada?
¿Crees que somos nosotros los verdaderamente felices?”.
Es una declaración muy enigmática, un código que se debe descodificar: “Sólo ella y yo sabemos –dice Lieh Tzu, señalando hacia la calavera centenaria-, que tú nunca has nacido y nunca morirás.” ¿Por qué dice “sólo ella y yo”? La calavera ha muerto de manera involuntaria, ambos están muertos. Lieh Tzu ha muerto a través de la meditación. Lieh Tzu ha muerto porque ya no tiene ego, porque ya no está separado del todo, porque él ya no está. Ésta es una muerte real, más profunda en verdad que la muerte de la calavera. No hay certeza de que el hombre que ha muerto lo haya sabido. No hay certeza: puede que lo haya sabido, puede que no. Pero hay certeza de que Lieh Tzu lo sabe: su muerte es consciente.
No obstante, él aprovechó la situación. La parábola aprovecha una situación. Su discípulo Pai Feng estaba sentado a su lado, la calavera yacía allí y él señaló hacia la calavera: “Sólo ella y yo sabemos que tú nunca has nacido y nunca morirás”.
¿Quién muere? Y ¿quién es el que nace? El ego es el que nace, y el ego muere. En lo profundo, donde no hay ego, tú nunca has nacido y nunca morirás. Tú eres eterno, eres eternidad, eres el sustrato mismo, el material del que está hecha la existencia; ¿cómo puedes morir? No obstante, el ego nace y el ego muere.
Tú nunca has nacido y nunca morirás, pero ¿cómo saberlo? Te gustaría esperar a que llegara la muerte? Eso es muy arriesgado, porque si ves toda tu vida inconscientemente, no hay muchas posibilidades de que te puedas volver consciente cuando mueras. No es posible, si toda tu existencia ha sido una continuidad de vivencias inconscientes; morirás en la inconsciencia, no serás capaz de saber. Morirás en estado de coma, no serás capaz de observar y ver qué está pasando. Ni siquiera fuiste capaz de ver la vida, ¿cómo vas a ver la muerte? La muerte es más sutil.
Si realmente quieres saber, empieza entonces a volverte más alerta, más atento. Vive conscientemente, aprende sobre la consciencia, acumula consciencia. Conviértete en una gran llama de consciencia; entonces, cuando venga la muerte, serás capaz de observarla, serás capaz de verla y sabrás que “El cuerpo está muriendo, el ego está muriendo, pero yo no estoy muriendo porque soy el observador”. Este observador es la esencia misma de la existencia. A este observador se le llama “Dios” en otras religiones y “Tao”, según Lieh Tzu y Chuang Tzu, el conocedor, el elemento que conoce, consciencia, atención, estado de alerta.
Empieza a vivir una vida consciente. Haz lo que estás haciendo, pero hazlo como si fueras un testigo de ello: obsérvalo, continúa observándolo en silencio. No te pierdas en medio de las cosas; permanece alerta, permanece distante. Empieza con las pequeñas cosas: caminar por la calle, comer, tomar un baño, coger la mano de un amigo, hablar, escuchar; pequeñas cosas, pero permanece, recupéralo otra vez, encuéntralo otra vez. Esto es lo que el Buda llama plena atención, lo que Gurdjieff llama recuerdo de sí. Continúa recordando que eres un testigo. Al comienzo es arduo, duro, porque nuestro sueño es prolongado. Hemos dormido por muchas vidas; nos hemos acostumbrado a dormir, estamos roncando, metafísicamente. Es una cosa difícil, pero si lo intentas, poco a poco un rayo de atención empezará a entrar en tu ser. Es una posibilidad; difícil, pero posible, no es imposible. Y es lo más valioso que hay en la vida.
“Sólo ella y yo sabemos que tú nunca has nacido y nunca morirás.” Se que tú nunca morirás porque nunca has nacido, pero no lo sabes. Mi conocimiento no te va a ayudar, tienes que saberlo tú. Tienes que convertirte en tu propia comprensión, en una luz para ti mismo.
“Crees que es ella la desgraciada? ¿Crees que somos nosotros los verdaderamente felices?”. Entonces él le hace una pregunta a su discípulo: “¿Quién es feliz? ¿Los que están vivos o los que están muertos? ¿Quién es realmente feliz?”. Deja la pregunta. Es un koan: el discípulo tiene que meditar sobre la cuestión.
La parábola no dice nada, termina repentinamente. Ahora el discípulo tiene que ponderarla. Ahora tiene que meditar, tiene que estar consciente de la muerte, de la vida, del amor, de esto y de aquello. También tiene que meditar en la pregunta: ¿Quién es realmente feliz? ¿Eres feliz sólo porque estás vivo? No lo eres; el mundo en su totalidad es muy desgraciado. En consecuencia se puede deducir una cosa, y se puede deducir incondicionalmente: el simple hecho de estar vivo no es suficiente para ser feliz; hace falta algo más para ser feliz, algo “más”. Vida más atención consciente, con la luz de la atención consciente la oscuridad del ego desaparece.
En consecuencia, cuando la vida tiene un punto adicional de atención consciente, se producen grandes cosas. Primero, el ego desaparece, y junto con el ego desaparece la muerte, porque sólo el ego puede morir, dado que el ego ha nacido. Con la desaparición del ego desaparece el nacimiento y la muerte. Con la desaparición del ego tu separación de la existencia desaparece.
Éste es el significado de la crucifixión: el ego es crucificado. Cuando Jesús es crucificado nace Cristo; éste es el significado de la resurrección. Por una parte crucifixión, por la otra resurrección.
Muere si quieres estar realmente vivo. Es muy paradójico, pero tremendamente cierto, absolutamente cierto. Tal como estás, no estás ni vivo ni muerto. Tú estás suspendido en el medio por eso hay infelicidad, tensión, angustia. Estás dividido: no estás ni vivo ni muerto. Permanece, o bien completamente vivo, y sabrás lo que es la vida, o bien completamente muerto, y también sabrás lo que es la vida porque la totalidad abre la puerta del Tao.
Se total. El hombre que está dormido no puede ser total para nada. Si estás comiendo no eres total; piensas en mil y una cosas, sueñas mil y un sueños, simplemente te llenas mecánicamente. Puedes estar haciendo el amor con tu compañera o compañero y no estar totalmente presente. Puedes, tal vez, estar pensando en otras mujeres, hacerle el amor a tu esposa y estar pensando en alguna otra mujer. O puedes, tal vez, estar pensando en el mercado, en los precios de las cosas que tú quieres comprar, un coche, una casa o mil y una cosas, y hacer el amor mecánicamente.
Se total en tus actos, y al ser total tendrás que estar alerta; nadie puede ser total sin estar alerta. Ser total implica no pensar en otra cosa. Si estás comiendo, estás comiendo simplemente; estás totalmente aquí y ahora. El comer lo es todo: no te estás llenando únicamente; lo estás disfrutando. El cuerpo, la mente, el alma, están todos en sintonía mientras comes: hay una armonía, un ritmo profundo entre los tres niveles de tu ser. Entonces el comer se vuelve una meditación, el caminar se vuelve una meditación, el cortar leña se vuelve una meditación, el sacar agua del pozo se vuelve una meditación, el cocinar se vuelve una meditación. Las pequeñas cosas se transforman, se convierten en actos luminosos, y cada acto se vuelve tan completo que adquiere la cualidad del Tao.
Cuando eres total no eres el hacedor. Entonces Dios es el hacedor, o la totalidad es el hacedor; tú sólo eres un vehículo, un pasadizo, y volverse un pasadizo es dicha, es bendición.
2. UN HOMBRE QUE SABE CÓMO CONSOLARSE
Mientras Confucio vagaba por el monte T’ai, vio a Jung
Ch’i Ch’i caminando por el páramo de Ch’ang, con un tosco abrigo de piel y una soga en torno a la cintura, cantando mientras tocaba el laúd.
-Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría? –preguntó Confucio.
-Tengo muchas alegrías. Entre las innumerables cosas que engendró el cielo, la humanidad es lo más noble, y tengo la suerte de ser humano. Ésta es mi primera alegría. Hay personas que nacen y no viven un día o un mes, que nunca han abandonado los pañales, pero yo he pasado ya de los
noventa. Ésta es mi alegría. La pobreza es común a la humanidad, y la muerte es el final. Así pues, siendo parte del común de la humanidad, y a la espera de mi final, ¿qué sentido tiene preocuparse?
-¡Qué bien! –dijo Confucio-. He aquí un hombre
que sabe cómo consolarse.
Esta parábola es hermosa, y no sólo hermosa sino muy sutil. Si la miras sólo superficialmente, no te darás cuenta del significado. Las parábolas taoístas no son superficiales. Son muy profundas; hay que penetrar en ellas, mirarlas y meditar sobre ellas, sólo entonces conocerás su verdadero significado. Superficialmente, parece como si esta parábola estuviera a favor de Confucio; superficialmente, parece como si la parábola estuviera diciendo que Confucio es sabio. En realidad es precisamente lo contrario.
Hay una oposición enorme, diametral, entre la actitud taoísta y la actitud del confucionismo. Confucio está lo más lejos posible de la visión taoísta. Confucio cree en la ley, Confucio cree en la tradición, cree en la disciplina, Confucio cree en el carácter, en la moralidad, en la sociedad, en la educación. El Tao cree en la espontaneidad, en la individualidad, en la libertad. El Tao es rebelde; Confucio es muy conformista.
El taoísmo es el inconformismo más profundo que se ha desarrollado en el mundo, en cualquier época de la historia; esencialmente es una rebelión. A tal punto ha sido una rebelión, que los místicos taoístas Lao Tzu, Chuang Tzu y Lieh Tzu no hacen más que ridiculizar la actitud del confucionismo. Ésta es una parábola sobre la ridiculez. Lo entenderás cuando te lo explique. Su ridiculez también es muy sutil, no evidente. Primero comprendamos el sentido superficial.
“Mientras Confucio vagaba por el monte T’ai, vio a Jung Ch’i Ch’i caminando por el páramo de Chiang, con un tosco abrigo de piel y una soga en torno a la cintura, cantando mientras tocaba el laúd.”
El canto, la música, la danza, es el lenguaje de la alegría, de la felicidad. Es la expresión de una persona que no es desgraciada. Pero puede que sea sólo en apariencia, puede que sólo sea una proyección, puede que sólo sea cultivada. En lo profundo, la situación puede ser precisamente la contraria. A veces pasa que tú sonríes porque las lágrimas acuden a tus ojos, y si no sonríes empezarán a rodar por las mejillas. A veces tú mantienes una actitud, una pose cultivada, una máscara de felicidad, porque ¿qué sentido tiene mostrarle tu infelicidad al mundo? A eso se debe que la gente parezca tan feliz. Todo el mundo piensa que él es la persona más feliz del más infeliz del mundo, porque conoce su realidad, y sólo las poses de los otros, las poses cultivadas. Por eso el mundo piensa en lo más profundo: “Soy la persona más desgraciada; además ¿por qué lo soy cuando todo el mundo se siente tan feliz?”.
El canto y la danza son con certeza el lenguaje de la alegría, pero tú puedes aprender el lenguaje sin saber qué es la alegría. La humanidad ha hecho esto: las personas han aprendido a hacer gestos, gestos vacíos.
Pero Confucio se engaña. Dice: “Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría?”. La máscara ha engañado a Confucio; puede que el hombre esté contento, puede que no lo esté. Se tiene que mirar al hombre directamente; su naturaleza, no su expresión. La expresión puede ser falsa: las personas tienen expresiones aprendidas. Algunas veces… ¿lo has observado? Alguien sonríe; en los labios hay una hermosa sonrisa, pero mira a los ojos, y los ojos dirán justamente lo contrario. Alguien te dice una cosa: “Te amo”. Pero mírale a la cara, a los ojos, a la vibración misma de la persona, y ¡parecerá que te odia! Pero sólo por cortesía te dirá: “Te amo”.
Confucio miraba sólo la apariencia: esto es lo primero que debe recordarse. Además, se engañó; se engañó hasta tal punto, que llamó al hombre “maestro”. Le dice: “Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría?
Ahora bien, una vez más, la alegría no tiene motivo, no puede tener un motivo. Si la alegría tuviera un motivo entonces no sería alegría en absoluto: sólo se puede gozar sin motivo, sin causa. Una enfermedad tiene un motivo, pero ¿la salud? La salud es natural. Si le preguntas al doctor: “¿Por qué estoy saludable?”, él no podrá responderte. Si vas al doctor y le dices: “¿Por qué estoy enfermo?”, él te puede responder, porque la enfermedad tiene una causa. Él puede diagnosticar tu caso y encontrar la razón de tu enfermedad; pero nadie ha sido aún capaz de hallar el motivo por el cual una persona es saludable. La salud es natural, la salud es lo adecuado. La enfermedad es lo no adecuado, la enfermedad indica que algo ha estado mal. Cuando todo está bien, uno se siente saludable. Cuando uno está en armonía con el todo, uno se siente saludable. No existe un motivo para ello. No obstante, Confucio preguntó: “Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría?”.
Lieh Tzu bromea otra vez sobre Confucio; se trata de gente muy sutil. Está diciendo que toda la actitud equivocada del confucionismo se ubica allí, en la misma pregunta. Confucio piensa que la alegría tiene motivos. La alegría no puede tener motivo alguno. La alegría existe, simplemente, sin explicación, es inexplicable. Cuando está, está; cuando no está, no está. Cuando no está, puedes encontrar los motivos por los que no está, pero cuando está no puedes encontrar los motivos por los que está, y si puedes encontrar los motivos por los que está, tu alegría es entonces cultivada, no es real, no es auténtica, no es verdadera. No está fluyendo de lo más profundo de tu ser; tú sólo la estás manejando, la estás manipulando, la estás fingiendo. Cuando la alegría es un gozo fingido, puedes encontrar el motivo. No obstante, cuando la alegría es verdadera, es tan misteriosa, tan primaria, que no puedes encontrar un motivo.
Si le preguntas a un buda: “¿Por qué estás feliz?”, él se encogerá de hombros. Si le preguntas a Lao Tzu: “¿Por qué estás dichoso?”, te dirá: “No preguntes. En vez de preguntar por qué estoy dichoso, averigua por qué tú no lo estás”.
Es algo que se parece a un pequeño manantial en la montaña: cuando no hay obstáculos, el manantial fluye; cuando hay rocas en medio, no puede fluir. Al remover las rocas no estás creando un manantial, sólo remueves lo negativo, sólo remueves el obstáculo; el manantial ya existía, pero no podía fluir a causa de las rocas. Cuando quitas las rocas no estás creando el manantial, el manantial ya estaba allí. Al quitar las rocas has quitado lo negativo, el obstáculo; entonces el manantial fluye. En consecuencia, si alguien pregunta: “¿Por qué fluye el manantial?”. Pues porque está allí; por eso es que fluye. Si no está fluyendo entonces hay una causa. Deja que esto penetre en ti profundamente, porque éste también es tu problema.
Nunca te preguntes por qué eres feliz, nunca preguntes por qué uno es dichoso, de otra manera habrás hecho una pregunta equivocada.
Confucio está preguntando algo, y al preguntarlo muestra sus presuposiciones; Confucio cree que todo tiene una causa. Si todo tiene una causa, entonces sólo puede existir la ciencia. Entonces no queda posibilidad para lo religioso, porque la ciencia es una investigación sobre la relación causa-efecto, una investigación sobre la causalidad. Así es toda actitud científica: dice que al existir algo, debe tener una causa; puede que la conozcas puede que no, pero la causa tiene que existir. Si no la conocemos hoy, la conoceremos mañana o pasado mañana, pero la causa tendrá que ser conocida, porque debe haber una causa. Ésta es la actitud científica: todo puede ser reducido a una causa.
¿Cuál es entonces la actitud religiosa? La actitud religiosa dice que nada puede ser reducido realmente a su causa. Lo que puede ser reducido no es esencial. Lo esencial es, simplemente; existe sin causa alguna: es un misterio. Éste es el significado de misterio: lo que no tiene causa.
Confucio está haciendo una pregunta de acuerdo a sus presuposiciones, de acuerdo con su filosofía: “Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría?”.
¿Por qué lo pregunta? Porque si se conoce el motivo, otros también pueden cultivarlo. Si alguien dice: “Al ponerme de cabeza me vuelvo muy pacífico”, tú también te pones de cabeza y te vuelves pacífico. Alguien dice: “Soy feliz porque he renunciado al mundo” y tú entonces también renuncias al mundo y llegas a ser feliz. La felicidad se vuelve, por consiguiente, algo que puede ser manipulado.
Así es la gente: unos imitan a otros y, en realidad, la felicidad no tiene motivo. El día que entiendas esto podrás ser feliz en cualquier momento. Si existe una causa, entonces la causa llevará un tiempo. Tendrás que practicar, tendrás que practicar mucho. La actitud radical del Tao en su conjunto expresa que tú puedes ser feliz en este momento.
¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que no existe el motivo, así que no hace falta practicar. Es sólo un asunto de aceptarlo, ya está presente si lo aceptas. Si no lo aceptas, actúas como la roca; si lo aceptas, la roca queda removida. Es sólo cuestión de aceptarlo. Dios está ahí, tú lo aceptas; eso es todo. Si no lo aceptas, él no entrará porque no puede destruir tu libertad, él protege tu libertad. Si tú dices no, él no va a entrar en tu ser. Si en tu puerta está escrito que no se acepta a nadie sin tu permiso, él esperará. Él ni siquiera va a pedirte permiso; simplemente esperará, porque incluso al pedirte permiso está interfiriendo en tu libertad. Él esperará. Él no hará sonar el timbre; simplemente esperará. Dios está en todas pares, esperando, y espera muy silenciosamente… por eso no se siente su presencia, parece casi ausente. ¿No lo ves? Dios parece ser la mayor ausencia en el mundo. Por eso pueden existir los ateos, y pueden decir: “¿Dónde está tu Dios? Nosotros no vemos nada”. Él no interfiere en absoluto; él te permite una libertad total y la libertad total implica ir contra Dios.
Tu naturaleza está en la dicha. Tú estás hecho del ingrediente llamado dicha. No obstante, tienes que admitirlo, tienes que relajarte, tienes que soltarte; no existen los motivos, sólo es necesario soltarse. En consecuencia, teóricamente, te puede suceder en este preciso momento; no se debe desperdiciar una fracción de segundo. Si hay una causa, entonces… entonces será necesario un largo tiempo y, aun así, uno nunca sabe: puede que tengas éxito, puede que no.
Capta la diferencia entre la actitud hinduista y la actitud taoísta. Los hinduistas, los jainistas, los budistas, todos ellos dicen que el karma de vidas pasadas se tiene que limpiar. Mucho es lo que se tiene que hacer, se necesita una gran disciplina; sólo entonces tendrás la posibilidad de lograrlo. Ashtavakra, Lao Tzu, Bodhidharma, Lin Chi, todos ellos dicen que no se necesita nada, sólo que lo aceptes. Relájate, acéptalo y en este mismo momento empezará a fluir en ti.
Confucio dice: “Maestro, ¿cuál es el motivo de su alegría?”. Dígame cómo lo ha logrado. Dígame cuál fue su proceso, qué metodología siguió, qué principios qué disciplinas, qué escrituras. ¿Cómo lo ha logrado? Ahora Confucio se muestra codicioso. Quiere alcanzar el mismo estado, en el que cantar es natural y la música fluye y uno celebra. Él está tremendamente impresionado con este hombre porque iba “con un tosco abrigo de piel y una soga en torno a la cintura, caminando mientras tocaba el laúd”.
Un hombre pobre no tiene nada que motive su felicidad, no tiene por qué sentirse feliz. Si estuviera amargado sería comprensible; si estuviera deprimido sería comprensible. Confucio habría pasado delante de él sin notar siquiera su existencia. Pero este hombre pobre que no tiene nada, con una soga en torno a la cintura, ¿está cantando? ¿Canta una canción de amor? ¿Y toca el laúd? Confucio está impresionado, magnetizado, pero hace una pregunta equivocada.
Un taoísta no hará jamás una pregunta semejante. La alegría existe, sencillamente existe. No tiene ningún motivo, de ahí que no sea posible encontrar un método, sólo la comprensión.
El hombre dijo: “Tengo muchas alegrías”.
Si tienes muchas alegrías, no has entendido qué es la alegría, porque sólo hay una alegría. No puede haber muchas. Puede haber muchas enfermedades, pero no puede haber muchas “salubridades”. Tú puedes tener tu enfermedad, yo puedo tener la mía y alguien más la suya; no obstante, si yo estoy saludable y tú estás saludable y alguien más está saludable, ¿cuál es la diferencia? ¿Puedes hacer una distinción entre mi salud y la tuya? No hay ninguna posibilidad; la salud es universal, y la enfermedad es personal. La enfermedad proviene del ego, la salud no proviene del ego. La enfermedad proviene del cuerpo, de la mente; la salud proviene del más allá, y el más allá es uno. Mi cuerpo difiere del tuyo; naturalmente yo tendré una enfermedad diferente, tú tendrás una enfermedad diferente, pero ¿la salud? La salud es una, simplemente: tiene el sabor, siempre el mismo sabor, eternamente el mismo.
Alguien le preguntó al Buda: “¿Qué sabor tiene tu estado búdico?”. Él dijo: “Ve y saborea el mar, saboréalo por todas partes; por esta orilla, por cualquier orilla o en cualquier playa. O ponte en medio del océano y saboréalo, o ve a la otra orilla y siempre encontrarás el mismo sabor, el mismo sabor salado. El estado búdico tiene un sabor”. Todos lo que se han convertido en budas han llegado al mismo sabor. La salud tiene el mismo sabor. Si un niño es saludable, un joven es saludable, un anciano es saludable, todos tienen también un mismo sabor. Si una mujer es saludable y un hombre es saludable tendrán el mismo sabor.
No obstante, las enfermedades son diferentes. En la actualidad, la ciencia médica afirma que incluso cuando dos personas sufren de la misma enfermedad, las dos enfermedades no son las mismas. Sucede en consecuencia que si padeces una enfermedad –a lo mejor tuberculosis- y tu esposa sufre la misma enfermedad, las mismas medicinas no servirán para los dos. Tú necesitas una medicina y tu esposa necesita otra clase de medicina. Por eso se necesita un médico; de otra manera con el farmacéutico será suficiente. Si se ha decidido que para la tuberculosis hace falta esta medicina, entonces ¿qué necesidad hay de ver al médico? El farmacéutico puede suministrarla.
En la actualidad, cada vez más, debido a que la ciencia médica está profundizando en el fenómeno de la salud y la enfermedad, se están dando cuenta de que cada enfermedad lleva consigo una personalidad: va con la persona. Por tanto, dicen: no trates la enfermedad, trata a la persona. No te preocupes demasiado por la enfermedad. Mira a la persona, a su personalidad en conjunto, su forma de vida, sus actitudes, sus pautas de comportamiento. Míralos y entonces encontrarás que el nombre “tuberculosis” puede ser el mismo, porque sería muy difícil tener nombres separados para cada cosa, pero cada tuberculoso sufre de una manera diferente y se hace necesario que su tratamiento sea distinto al de los demás.
Las enfermedades son personales, pero ¿la salud? La salud es impersonal, universal. Lo mismo la alegría. La infelicidad es una enfermedad; la alegría es salud, bienestar. Ahora bien, Confucio ha hecho una pregunta equivocada y ha provocado una respuesta equivocada. Además, obviamente, el hombre no sabe nada sobre la alegría. Él dice: “Tengo muchas alegrías”, dice muchas.
¿Muchas? Entonces algo no está bien. La alegría es una. Cuando dices que tienes muchas alegrías no sabes lo que es la alegría. Puede que hables de placeres, puede que hables de tus llamados “momentos de felicidad”, que en realidad no son momentos de felicidad, sino de menor infelicidad. Una persona es muy infeliz; entonces un día se siente menos infeliz y dice: “Me siento muy feliz”. Esto es simplemente relativo; esa persona no sabe qué es la felicidad.
Sólo conoces algunas veces una infelicidad muy intensa, y otras veces una infelicidad menos intensa. Cuando no es tan intensa dice: “Me siento feliz”. Tú puedes observarlo en ti mismo. ¿has sabido alguna vez lo que es la felicidad? ¿Conoces su sabor? Tú sólo has conocido diferentes estados de infelicidad.
Algunas veces la infelicidad es tan grande que se hace insoportable. Algunas veces es soportable, controlable, la puedes tolerar. Pasas de menos infelicidad a más infelicidad, de más infelicidad a menos infelicidad, pero no sabes lo que es la felicidad, porque una vez sabes lo que es, entonces no es necesario en absoluto ser infeliz, porque tienes la clave. Puedes abrir esa puerta cada vez que decidas abrirla. No obstante, tú no puedes abrir la puerta de la felicidad; esto simplemente te indica que no tienes la clave. Tú sólo conoces los estados relativos del mismo fenómeno: algunas veces está muy oscuro y no puedes ver en absoluto, otras veces no está tan oscuro, hay penumbra; pero tú no conoces la luz. La luz no es un estado relativo de oscuridad, la luz no es menos oscuridad. Recuerda: la luz es una clase totalmente diferente de energía; no tiene nada que ver con la oscuridad. La luz y la oscuridad no pueden existir juntas en la misma habitación. La luz es algo positivo, la oscuridad es algo negativo; la infelicidad también lo es.
El hombre dijo: “Tengo muchas alegría. Entre las innumerables cosas que engendró el cielo, la humanidad es lo más noble, y tengo la suerte de ser humano. Ésta es mi primera alegría”.
Aparentemente esto parece muy significativo, atrayente. Porque satisface al ego humano. El ser humano siempre ha pensado de sí mismo que es la creación suprema de la existencia. El ser humano siempre ha pensado que casi es Dios, y se siente muy feliz. No obstante, ¿cómo puede ser posible la felicidad con un ego? La infelicidad viene con el ego. Y éste es uno de los mayores argumentos del egoísta: el hombre casi es Dios, y esto lo decimos solamente para ser corteses. En el fondo sabes que Dios es casi como tú.
La idea misma del “yo” lleva consigo una implicación de ser el primero, siendo lo demás secundario. Friedrich Nietzche es más sincero que muchos otros; él dice: no puedo admitir que Dios exista porque entonces quedo en segundo lugar y no puedo quedar en segundo lugar. No acepto mi posición de segundón. Si Dios existe, entonces yo siempre seré secundario. No importa cuánto crezca o a dónde llegue, seré secundario, nunca seré primario, el primero. Esto no es aceptable así que dice: “Dios ha muerto y el hombre es libre”. Dios es esclavitud. Él es consistente, en cierta manera. Digo “en cierta manera”, porque en el fondo todo el mundo lo piensa así: cada ego quiere ser el primero.
Aunque seas un gran devoto, una presunta gran persona “religiosa”, a cada momento estás tratando de manipular a Dios a tu conveniencia. “¡Cumple con mi voluntad!”. Esto es todo lo que implican tus oraciones: “¡Hazlo como yo quiero. Escúchame”. Todo tu esfuerzo consiste en convertir a Dios en tu sirviente. Le llamas “Señor”, “Maestro”, pero eso sólo es un soborno; tú estás tratando de manipularlo. Tú dices: “Yo no soy nadie. Tú lo eres todo”, pero en el fondo tú sabes quién es quién. En realidad, incluso cuando luchas por tu Dios, lo haces por tu Dios. Incluso cuando te sacrificas en algún pedestal, en algún altar, es por tu Dios por el que te sacrificas. Cuando te inclinas ante una imagen de Dios en un templo, o en una mezquita, o en una iglesia, lo haces ante la imagen que has creado, lo haces ante tu Dios. Te inclinas ante tu propia creación. Te inclinas ante un espejo. Te ves reflejado allí y dices: “¡Qué hermoso!”. Si un cristiano dice cómo es Cristo de hermoso, si un hinduista dice cómo es Krishna de hermoso, si un budista dice cómo es el Buda de hermoso, el budista no aceptará que Cristo es hermoso; eso no satisface a su ego. El cristiano no aceptará que el Buda es hermoso; eso no satisface a su ego. El hinduista no puede creer que Cristo o Mahoma, o Moisés sean hermosos; esto no satisface a su ego.
Recuerda: nosotros estamos satisfaciendo a nuestros egos de todas las maneras posibles: abiertas o sutiles, directas o indirectas. Y una persona realmente religiosa es la que sabe esto, la que toma consciencia de esto, y en este estado de consciencia el ego desaparece.
Una persona verdaderamente religiosa no tiene idea de quién es superior. Una persona religiosa no puede decir: “Soy superior a un árbol, soy superior a un animal, soy superior a un pájaro”. Una persona religiosa no puede decir: “Soy superior”. Una persona religiosa tiene que saber que “yo no soy”, y en esa experiencia de “yo no soy” fluye la alegría. Se ha removido la roca.
Ahora bien, este hombre dice: “Tengo muchas alegrías. Entre las innumerables cosas que engendró el cielo, la humanidad es lo más noble…”.
¿Por qué? ¿Por qué la humanidad es lo más noble? Si contemplamos la historia humana, la humanidad parece ser lo más innoble. Mira a los animales: ellos no han sido tan violentos, tan terribles, no han estado tan locos. ¿Has visto alguna vez a un animal convertirse en político, que trate de ser el presidente de un país? Ellos no están locos. Ellos viven naturalmente, ellos mueren naturalmente. Los animales salvajes nunca enloquecen. Algunas veces enloquecen cuando se les obliga a vivir en un zoológico; el zoológico es una creación humana. Los animales no se suicidan nunca, pero algunas veces se suicidan en el zoológico. En el zoológico se vuelven peligrosos y algunas veces asesinos. Sí, los animales matan, pero matan cuando quieren comer. El hombre mata sin razón. El hombre va a una región salvaje, mata un tigre y dice: “Esto es un juego. Esto es “diversión”. Iba de safari”. ¿Has escuchado alguna vez que un león se vaya de safari? Los leones nunca se van de safari. Si un león tiene hambre mata, por supuesto, pero esto es algo natural en él.
Una vez me contaron la siguiente historia.
Una vez un león y un zorro entraron en un restaurante. Se sentaron y a continuación el zorro pidió, pero pidió sólo para uno. El camarero preguntó entonces:
-¿Desea algo para su amigo?
El zorro contestó:
-¿A usted que le parece? ¿Cree que si él tuviera hambre yo estaría sentado aquí?
Él no tiene hambre; eso es seguro. Cuando los animales tienen hambre, matan, pero no matan por jugar, no matan por diversión; no están interesados en el hecho de matar. Por supuesto tienen interés por la comida; no hay nada erróneo en ello. El hombre mata sin razón alguna. Los animales no matan por ideologías; no dicen “Yo soy comunista y tú eres capitalista. Te mataré”. No dicen: “Soy un fascista y tú un comunista, así que te voy a matar”. Ellos no tienen ninguna ideología, ni matan porque sean cristianos o hinduistas o mahometanos.
El hombre mata con cualquier excusa, con cualquier excusa, la que sea. Los hinduistas pueden matar a los mahometanos, los mahometanos pueden matar a los hinduistas, los cristianos pueden matar a los mahometanos y los budistas, etc. ¿Y por qué? Por doctrinas abstractas, por principios; y nadie está dispuesto a vivir por esas doctrinas, pero todo el mundo está dispuesto a matar a otros por esas mismas doctrinas. Si alguien ofende la Biblia, el cristiano está dispuesto a matarlo, y si le preguntas: “¿Vives según tu Biblia?”, te responderá: “Es muy difícil”. No le interesa vivirla, a nadie le interesa vivirla, pero si se trata de matar, entonces todo el mundo se muestra muy interesado.
A lo largo de los siglos, en tres mil años, ha habido cinco mil guerras. No, ningún animal es tan innoble; los animales tienen una nobleza natural. El hombre es muy astuto.
No obstante, el hombre dijo: “… la humanidad es lo más noble, y tengo la suerte de ser humano. Ésta es mi primera alegría”. Esto no es alegría. Es el pacer proveniente de sentirse egoísta, de “ser alguien”. Y recuerda: esto no te llevará a la verdadera felicidad, porque en el fondo hay comparación. Si te estás sintiendo superior, en algún momento te podrías sentir inferior.
Una vez escuché a un hombre religioso, a un santo, a un santo muy conocido en la India, dar esta enseñanza a sus discípulos: “busca siempre a las personas que no tengan tanto como tú, y te sentirás muy feliz. Si tienes casa busca siempre a personas que no tengan casa”. Naturalmente, te sentirás muy feliz. “Si tienes un sólo ojo, busca a las personas que están ciegas… te sentirás feliz”. Pero ¿qué clase de felicidad es esa? ¿Y qué clase de religiosidad es esa? Además, no puedes prescindir de la otra cara de la moneda. Tú tienes un ojo; cuando miras a una persona ciega, te sientes feliz. Pero si te encuentras con una persona que tiene dos ojos hermosos, entonces ¿qué harás? Te sentirás infeliz.
En lo que llamas “felicidad”, la infelicidad está implícita.
No, a través de la comparación nadie llega a la alegría. La alegría es un estado no comparativo. No compares.
Una vez me contaron la siguiente historia:
El padre va con su vástago a ver un espectáculo que presenta a cincuenta de las más audaces artistas del desnudo que hay en el país.
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! –exclama el padre durante la presentación.
-Qué sucede, papá, ¿no te gusta el espectáculo?
–pregunta el hijo.
-Claro que sí –le responde-. Es que estaba pensando en tu madre.
Si comparas, tu comparación va a crear problemas. Recuérdalo: la alegría no surge de la comparación; nunca. No obstante el hombre dice: “Tengo muchas alegrías. Entre las innumerables cosas que engendró el cielo, la humanidad es lo más noble, y tengo la suerte de ser humano. Ésta es mi primera alegría”.
Como alegría no es mucho. No es más que un estímulo para el ego: te sientes bien, te sientes superior; pero una persona que necesita ser superior para sentirse bien, es una persona que lleva un volcán en su interior. Una persona que tiene que ser superior para sentirse feliz está sufriendo en el fondo de un complejo de inferioridad. Sólo una persona inferior piensa en términos de superioridad. Una persona real, una persona auténtica, no es superior ni inferior; simplemente es única; nadie es menos que ella y nadie es más que ella.
Toda la existencia es igual. Los árboles y las rocas, los animales, los pájaros, los hombres, las mujeres y Dios; todos compartimos la totalidad de la existencia en igualdad de términos. Cuando ves esta tremenda igualdad, esta unicidad, te sientes alegre; y tu alegría no tiene motivo, es inmotivada.
“Hay personas que nacen y no viven un día o un mes, que nunca han abandonado los pañales, pero yo he pasado ya de los noventa. Ésta es mi alegría”.
Compara… Algunos han muerto al nacer, algunos eran jóvenes y murieron; este hombre está comparando: “Tengo noventa años, he vivido mi vida, entonces ¿por qué sentirse desgraciado? Soy feliz; he vivido más que otros”. Pero y si esos otros no hubieran muerto, entonces ¿qué? Si él estuviera solo en el mundo, ¿sería entonces feliz? Piénsalo. Todo el mundo desparece, sólo queda este hombre. No hay animales, no hay pájaros, ni rocas; él no puede compararse ni puede llamarse “hombre superior”. No hay jóvenes muriendo, no hay niños muriendo; él no puede compararse diciendo que ha vivido hasta los noventa años. Si se quedara solo, ¿sería feliz? Toda su felicidad desaparecería porque le viene de las comparaciones.
El Tao dice: si estás solo, absolutamente solo y tu felicidad se mantiene inalterable, entonces lo has conseguido; de otra manera no lo has conseguido.
Una felicidad comparativa es una pseudofelicidad. “Yo tengo un automóvil grande, tú no. Me siento feliz porque tú no lo tienes. Esto es una tontería. ¿cómo puedo sentirme feliz porque no tienes un automóvil? “Yo tengo una casa muy grande y tú no la tienes, por tanto me siento feliz”. Esta felicidad parece más basada en hacer a los otros infelices que en hacer que uno sea feliz. “Tú no tienes un automóvil, tú no tienes una buena casa. Estoy feliz porque tú eres desgraciado”. Observa la lógica de ello; su matemática es simple: “Soy feliz cuando la gente es desgraciada, así que cuanto más gente desgraciada exista, más feliz seré. Si el mundo entero se vuelve un infierno, seré muy feliz”. Ésta es la lógica, y se lo que ha estado haciendo el hombre.
En Calcuta, solía alojarme en una casa, la casa más hermosa de la ciudad. Y el dueño estaba locamente enamorado de su casa. Era una mansión de mármol, realmente hermosa, construida con gusto, con un sabor muy aristocrático; algo imposible en Calcuta, y él los tenía. Sentía realmente un profundo amor por su casa, y cada vez que yo lo visitaba me llevaba a la piscina, al jardín, al césped. Me enseñaba esto y aquello, las mejoras que había hecho desde la última vez que había estado allí. Pero la última vez que fui estaba muy triste.
-¿Qué sucede? No me has llevado a ninguna parte. ¿no has hecho nada nuevo? –le pregunté.
-He perdido todo interés en la casa. ¿No te has dado cuenta de que aquí al lado mi vecino ha construido una que es mucho mejor? Hasta que no pueda construir una casa mejor que esa seguiré estado triste –me explicó.
Bien, este hombre tenía la misma casa, pero su felicidad había desparecido.
¿Qué tiene que ver tu felicidad con tu vecino? Si él ha construido una casa más grande ¿cómo puede esto preocuparte? Además, ¡tu casa sigue siendo la misma! Y tú ya no eres feliz. Le dije: “Desde luego una cosa es cierta: no era por tu casa que estabas feliz. Estabas feliz por la pobre casa del vecino”.
Observa. Observa siempre. Estar feliz cuando alguien es desgraciado es una conducta violenta. Así es como las personas empiezan a coger el rumbo equivocado, volviéndose opresores, volviéndose explotadores, volviéndose peligrosos. Son una maldición para el mundo, siempre se rigen por la misma lógica.
Lo que este hombre está diciendo es: “Soy más feliz que los otros. Date cuenta: mucha gente ha muerto cuando era joven y yo todavía estoy vivo, saludable y ya tengo noventa años. Ésta es mi alegría”.
“La pobreza es común a la humanidad, y l