UNION MISTICA (VOL 1)

EL CAMINO SUFI



 

Capítulo 1

Puliendo el Espejo del Corazón

 

 

Tratamos de razonar nuestro camino hacia él:

no funcionó;

pero en el momento en que nos rendimos,

ningún obstáculo quedó.

 

El se presentó a nosotros por bondad:

¿De qué otro modo podríamos haberlo conocido?

La razón nos llevó hasta la puerta;

pero fue su presencia la que nos hizo entrar.

 

Pero, ¿cómo podrás nunca conocerlo

mientras seas incapaz de conocerte?

 

Uno por uno es uno,

ni más, ni menos:

el error comienza con la dualidad;

la unidad no conoce el error.

 

El camino que debes recorrer tú mismo

consiste en pulir el espejo de tú corazón.

No es con rebelión y discordia

como se pule el espejo del corazón,

liberándolo de la herrumbre

de la hipocresía y incredulidad.

Tu espejo es pulido por tu certeza:

por la pureza sin aleación de tu fe.

 

Libérate de las cadenas que has forjado a tu alrededor;

Pues serás libre cuando estés libre de la arcilla.

El cuerpo es oscuro, el corazón brilla radiante;

El cuerpo es mero abono, el corazón es un jardín florido.

 

Hakim Sanai: para mí este nombre es tan dulce como la miel, tan dulce como el néctar. Hakim Sanai es único, único en el mun­do del Sufismo. Ningún otro Sufi ha sido capaz de alcanzar tal al­tura y de esperar una penetración de tal profundidad. Hakim Sanai ha sido capaz de hacer casi lo imposible.

Si tuviese que rescatar sólo dos libros de todo el mundo de los místicos, entonces los dos libros serían estos: uno sería del mundo del Zen, el camino de la consciencia: el Hsin Hsin Ming de Sosan. He ha­blado de él; contiene la quintaesencia del Zen, del camino de la consciencia y la meditación. El otro libro sería el Hadiqatu'l Haqiqat de Hakim Sanai: El Jardín amurallado de la Verdad; en pocas palabras, El Hadiqa: El Jardín. Éste es el libro en el que entraremos hoy.

El Hadiqa es la fragancia esencial del camino del amor. Así co­mo Sosan fue capaz de capturar el alma misma del Zen, Hakim Sa­nai fue capaz de capturar el alma misma del Sufismo. Libros así no son escritos, nacen. Nadie los puede componer. No son fabricados en la mente, por la mente; vienen del más allá... son un regalo. Na­cen tan misteriosamente como nace un niño, un pájaro o florece una rosa. Nos llegan, son regalos.

Entonces, primero entraremos en el nacimiento misterioso de este gran libro El Hadiqa, El Jardín. La historia es tremendamente hermosa.

El Sultán de Ghazna Bahramshah avanzaba con su gran ejército hacia la India en un viaje de conquista. Hakim Sanai, un famoso poeta de la corte, también estaba con él, acompañándolo en este viaje de conquista. Llegaron al lado de un gran jardín, un jardín amurallado.

Ése es el significado de firdaus: el jardín amurallado. Y de firdaus viene la palabra «paradise» (paraíso) en inglés.

Estaban apurados; el Sultán avanzaba con un gran ejército a conquistar India. No tenía tiempo. Pero sucedió algo misterioso y tuvo que parar, no hubo modo de evitado.

El sonido de un canto proveniente del jardín captó la atención del Sultán. Él era un amante de la música pero nunca había oído nada como esto. Tenía grandes músicos en su corte y grandes can­tantes y bailarines, pero nada que pudiera compararse a esto. El so­nido del canto, la música y la danza. .. lo había escuchado sólo des­de afuera pero tuvo que dar a su ejército la orden de detenerse.

Era tan extático. El sonido mismo de la danza, de la música y del canto era psicodélico, como si se vertiese vino dentro de él: el Sultán se embriagó. El fenómeno no parecía ser de este mundo. Ciertamente había en él algo del más allá: algo del cielo tratando de alcanzar la tierra, algo de lo desconocido tratando de comunicarse con lo conocido. Él tuvo que detenerse para escuchar esto.

Había éxtasis en ello, tan dulce y sin embargo tan doloroso: des­garraba el corazón. Él quería seguir adelante, estaba apurado; debía llegar pronto a India, aquel era el momento óptimo para conquistar al enemigo. Pero no había manera. En el sonido había un magnetis­mo tan fuerte, extraño e irresistible que a pesar suyo tuvo que entrar al jardín.

Era Lai-Khur, un gran místico Sufi, pero conocido por las masas sólo como un borracho y un loco. Lai-Khur es uno de los nombres más grandes en toda la historia del mundo. No se sabe mucho acer­ca de él; la gente como él no deja muchas huellas tras de sí. Excep­to esta historia, nada ha sobrevivido. Pero Lai-Khur ha vivido en la memoria de los Sufis a través de las épocas. Él siguió rondando en el mundo de los Sufis porque nunca más se vio un hombre como él.

Estaba tan ebrio que la gente no estaba equivocada al llamarlo borracho. Estaba ebrio las veinticuatro horas, ebrio de lo divino. Caminaba como un borracho, vivía como un borracho, totalmen­te abstraído del mundo. Y sus palabras eran simplemente una locu­ra. Éste es el pico más alto del éxtasis, cuando las expresiones del místico sólo pueden ser entendidas por otros místicos. Para las ma­sas comunes parecen irrelevantes, parecen gibberish.

Te sorprenderá saber que la palabra «gibberish» en inglés está basada en el nombre de un místico Sufi: Jabbar. La palabra inglesa «gibberish» surgió a causa de las palabras de Jabbar. Pero incluso Jabbar no era nada en comparación con Lai-Khur.

Para los ignorantes, sus palabras eran ultrajantes, sacrílegas, es­taban en contra de la tradición y en contra de todas las formalida­des, los amaneramientos y las etiquetas: contra todo lo que se co­noce y se entiende como religión. Pero para aquellos que sabían, no eran sino oro puro.

Él estaba disponible sólo para unos pocos escogidos, porque só­lo muy pocas personas podían elevarse a las alturas en las que él vi­vía. Él vivía en el Everest, el Everest de la consciencia, más allá de las nubes. Sólo los que eran suficientemente afortunados y suficiente­mente valientes como para escalar la montaña eran capaces de en­tender lo que él estaba diciendo. Para las masas comunes era un loco. Para los conocedores era simplemente un vehículo de Dios, y todo lo que iba llegando a través de él era pura verdad: verdad y só­lo verdad.

Él se había hecho deliberadamente una mala reputación. Ésa fue su manera de volverse invisible ante las masas. Los Sufis hacen eso; tienen un método muy extraño de volverse invisibles. Permanecen visibles, permanecen en el mundo, no escapan de él, pero crean de­liberadamente un cierto ambiente a su alrededor para que la gente deje de venir a ellos. Las multitudes, la gente curiosa, la gente estú­pida, simplemente deja de venir a ellos; los Sufis no existen para ellos, se olvidan de ellos completamente. Éste ha sido un antiguo método de los Sufis para poder trabajar con sus discípulos.

Puedes verlo aquí. Ustedes son mis Sufis. Yo soy casi invisible para la gente que vive en Poona. Estoy aquí y no estoy aquí: no es­toy aquí para ellos, estoy aquí sólo para ustedes. Aquí soy invisible hasta para los vecinos. Ellos ven y sin embargo no ven, oyen y sin embargo no oyen.

Lai-Khur se había hecho deliberadamente una mala reputación. Ahora, ¿puedes encontrar a un hombre que tenga más mala repu­tación que yo? Y es tan bueno... mantiene alejados a los tontos. Entonces él era visible sólo para los perceptivos. Un maestro, si real­mente quiere trabajar, si tiene la intención seria de hacer algo, tie­ne que volverse invisible para aquellos que no son auténticos bus­cadores.

Eso es lo que solía hacer Gurdjieff, el debe haber aprendido al­gunas cosas de Lai-Khur. Gurdjieff había vivido con maestros Sufis por muchos años antes de volverse él mismo un maestro. Y cuando haya terminado esta historia verás muchas semejanzas entre Gurd­jieff y Lai-Khur.

Lai-Khur pidió vino y propuso un brindis «por la ceguera del Sultán Bahramshah».

Ahora, en primer lugar el gran místico pidió vino. Se supone que las personas religiosas no toman vino. Para un musulmán tomar vino es uno de los mayores pecados; está en contra del Corán, está en contra de la idea religiosa de cómo debería ser un santo. Lai­-Khur pidió vino y propuso un brindis «por la ceguera del Sultán Bahramshah».

El Sultán debe haberse vuelto loco. Debe haber estado furioso: ¿llamarlo ciego a él? Pero se encontraba bajo el gran impacto extá­tico de Lai-Khur. Entonces, aunque por dentro estaba hirviendo, no dijo ni una sola palabra. Esos hermosos sonidos y la música y la danza aún lo tenían hechizado, aún estaban allí en su corazón. Ha­bía sido transportado a otro mundo. Pero otros objetaron. Sus ge­nerales y sus cortesanos objetaron.

Cuando surgieron las objeciones, Lai-Khur se puso a reír loca­mente e insistió en que el Sultán merecía ser llamado ciego por ha­berse embarcado en un viaje tan tonto. Dijo: «¿Qué puedes con­quistar en el mundo? Todo quedará atrás. La idea de conquistar es estúpida, totalmente estúpida. ¿Adónde estás yendo? ¡Eres ciego! Porque el tesoro está dentro de ti. Y tú te vas a India; perdiendo el tiempo, haciéndole perder el tiempo a los demás. ¿Qué más se ne­cesita para llamar ciego a un hombre?».

Lai-Khur insistió: «El Sultán es ciego. Si no fuese ciego debería volver a su hogar y olvidar todo acerca de esta conquista. No cons­truyas casas con cartas, no hagas castillos en la arena. No vayas tras los sueños, no seas loco. ¡Vuelve! ¡Mira hacia adentro!».

El hombre que tiene ojos mira hacia adentro, el hombre ciego mira hacia fuera. El hombre que tiene ojos busca el tesoro adentro. ­

El hombre ciego se precipita por todo el mundo, mendigando, ro­bándole a la gente, asesinando, con la esperanza de encontrar algo que le falta. Nunca se encuentra de esa manera, porque no es afue­ra donde lo has perdido. Lo has perdido en tu propio ser: la luz debe ser llevada allí.

Lai-Khur insistía en que el Sultán era ciego. «Si no lo eres, da­me una prueba: ordena al ejército que retorne. Olvídate completa­mente de esta conquista y nunca más te embarques en ninguna otra    conquista. Todo esto es una insensatez».

El Sultán estaba impresionado, pero no fue capaz de volver. Debe haber sido la misma situación que había ocurrido antes, cuando Alejandro el Grande venía a conquistar India y otro místi­co, Diógenes, se rió de él. Y le dijo: «¿Por qué? ¿Para qué estás ha­ciendo un viaje tan largo? ¿Y qué ganarás con conquistar la India, o con conquistar el mundo entero?».

Y Alejandro dijo: «Quiero conquistar el mundo entero para así poder finalmente descansar, relajarme y disfrutar».

Y Diógenes se rió y le dijo: «Debes ser un tonto, ¡porque yo es­toy descansando ahora!». Y estaba descansando, relajándose a la ori­lla de un pequeño río. Era temprano en la mañana y estaba toman­do un baño de sol, desnudo en la arena. Dijo: «Estoy descansado y me estoy relajando ahora, y no he conquistado el mundo. Ni si­quiera he pensado en conquistar el mundo. No parece tener ningún sentido que trates de conquistar el mundo y volverte victorioso só­lo para después descansar y relajarte, porque yo estoy descansando sin haber conquistado nada. Y la orilla de este río es lo suficiente­mente ancha como para contenernos a los dos. Descansa aquí. Des­hazte de tus ropas y toma un buen baño de sol, ¡y olvida todo acer­ca de la conquista!                                                    

 «Y mírame: soy un conquistador sin conquistar el mundo. Y tú eres un mendigo.»

La situación debe haber sido la misma con el Sultán Bahrams­hah, y Lai-Khur debe haber sido otra vez el mismo tipo de hombre. En este mundo han habido sólo dos tipos de personas: las que sa­ben y las que no saben. Es la misma escena representada una y otra vez, la misma historia actuada una y otra vez. Una vez es Alejandro el Grande el que actúa de ciego y Diógenes el que trata de desper­tarlo. Otra vez es Lai-Khur el que está tratando de despertar al Sul­tán Bahramshah.

Alejandro dijo: «Lo siento. Puedo entender lo que dices pero no puedo volver atrás. Tengo que conquistar el mundo; si no lo con­quisto no podré descansar. Perdóname. Tienes razón, lo admito».

Y lo mismo sucedió con Bahramshah. Él estaba triste y avergon­zado. Pero dijo: «Perdóname, tengo que ir, no puedo regresar. India debe ser conquistada. No podré descansar o sentarme en silencio hasta que no la haya conquistado».

Luego Lai-Khur pidió un brindis «por la ceguera de Hakim Sa­nai», porque él era la persona más importante del grupo después de Bahramshah. Era su asesor, su consejero, su poeta. Era el hom­bre más sabio de su corte, y su fama había llegado también a otras tierras. Ya era un poeta consumado, un gran hombre sabio, bien conocido.

Luego pidió un brindis «por la ceguera de Hakim Sanai», lo que debió causarle al gran poeta una considerable sacudida. Ante esto hubo objeciones aún mayores, por la excelente reputación, sa­biduría y carácter de Sanai. Él era un hombre de carácter, un hom­bre muy virtuoso, muy religioso. Nadie podría haber encontrado ningún defecto en su vida. Había vivido una vida muy, muy cons­ciente, al menos ante sus propios ojos. Era un hombre de gran consciencia ética.

Surgieron más objeciones porque quizás el Sultán era ciego, co­dicioso, tenía una gran lujuria, gran deseo de poseer cosas, pero eso no se podía decir de Hakim Sanai. Él había vivido la vida de un hombre pobre aunque había estado en la corte. Aunque era el hom­bre más respetado de la corte de Bahramshah, había vivido como un hombre pobre: simple, humilde y con gran sabiduría y carácter. Pero Lai-Khur replicó que el brindis era aún mas apropiado ya que Sanai parecía no ser consciente del propósito para el que había sido creado; y cuando, a la brevedad, fuera llevado ante su hacedor y se le preguntara qué podía mostrar de sí mismo, él sólo sería capaz de mostrar algunos elogios estúpidos para reyes tontos, meros morta­les como él.

Lai-Khur dijo que era aún más apropiado porque de Hakim Sa­nai se espera mucho más que del Sultán Bahramshah.

Dijo:«Él tiene un potencial mayor y lo está desperdiciando, lo es­tá desperdiciando en hacer elogios para reyes tontos. Él no será ca­paz de enfrentarse a su Dios, estará en dificultades, no será capaz de responder por sí mismo. Todo lo que será capaz de mostrar será es­ta poesía, escrita en alabanza a reyes tontos como este hombre cie­go, Bahramshah.

Él es más ciego, totalmente ciego».

  Escuchando estas palabras y mirando a los ojos a aquel loco, Lai­-Khur, algo increíble le sucedió a Hakim Sanai: un satori, una súbi­ta experiencia iluminadora. Algo murió en él al instante, inmedia­tamente. Y algo nació, algo totalmente nuevo. En un momento, la transformación había ocurrido. Ya no era el mismo hombre. Este loco había penetrado realmente en su alma. Este loco había logra­do despertado.

En la historia del Sufismo, éste es el único caso de satori. En el Zen hay muchos casos; te he estado hablado acerca de estos casos. Pero en el mundo del Sufismo éste es el único caso de satori, iluminación sú­bita: no metodológica, no gradual; sucedió en un shock.

Lai-Khur debe haber sido un hombre de tremenda percepción.

Hakim Sanai se inclinó, tocó los pies de este loco y lloró lágrimas de felicidad por haber llegado a casa. Murió y renació. Eso es un sa­tori: morir y renacer. Es un renacimiento.

Dejó al Sultán y se unió a una peregrinación hacia la Meca. El Sultán no estaba dispuesto a dejado ir, no estaba listo para hacerlo. Trató de impedírselo por todos los medios; hasta le ofreció a su única hermana en matrimonio, y la mitad del rei­no. Pero ahora todo carecía de sentido. Hakim Sanai simple­mente rió y dijo: «Ya no soy un ciego. Gracias, pero estoy ter­minado. Este loco me ha terminado de un plumazo, de un so­lo golpe».

Y se fue en una peregrinación a la Meca. ¿Por qué? Más tarde, cuando le preguntaron, dijo: «Tan sólo para absorber, para digerir lo que aquel loco me había dado tan súbitamente. ¡Fue demasiado! ­Fue desbordante. Fue abrumador. Necesitaba digerido. Él me ha­bía dado más de lo que yo merecía».

Entonces se fue a la Meca en una peregrinación, a meditar, a es­tar en silencio, a ser un peregrino desconocido, a ser anónimo. La cosa había sucedido pero tenía que ser absorbida. La luz había su­cedido, pero uno debe acostumbrarse a ella.

Y cuando se acostumbró a la nueva gestalt, a la nueva visión, volvió a Lai-Khur y le presentó este libro, El Hadiqa. Es lo que es­cribió en su camino de vuelta de la Meca.

Vertió su experiencia, su satori, en este libro. Estas palabras están saturadas de satori. Así es como nació este gran libro, como nace un niño: misteriosamente; como una semilla se convierte en un brote: misteriosamente; como un pájaro sale del huevo: misteriosamente. Como un capullo se abre temprano a la mañana, y se torna una flor, y la fragancia se esparce en los vientos.

Sí, este libro no fue escrito. Este libro es un regalo de Dios. Es­te libro es un regalo de Dios y una gratitud de Hakim Sanai a este extraño loco, Lai-Khur.

 

Ahora los sutras.

 

Tratamos de razonar nuestro camino hacia él:

no funcionó;

pero en el momento en que nos rendimos.

ningún obstáculo quedó.

 

Hakim Sanai era un hombre de carácter, un hombre religioso. Lo había intentado intensamente, había probado todos los modos posibles de llegar a Dios. Era un hombre muy inteligente, con mu­chos conocimientos, conocido como un hombre sabio. Era una persona muy capaz y racional. Había tratado de llegar a Dios por medio de la razón de todos los modos posibles.

Pero nadie ha llegado jamás a Dios por medio de la razón. Ésa no es la puerta hacia él, es la pared que te lo impide. La razón es perfectamente capaz de conocer lo superficial, pero no puede bu­cear en las profundidades. Sólo sabe nadar en la superficie. La ra­zón es perfectamente buena en lo que concierne al viaje hacia afue­ra, pero es totalmente impotente en lo que concierne al viaje hacia adentro.

La razón es buena y adecuada si quieres saber acerca de la mate­ria. Pero es totalmente incapaz si quieres saber algo acerca de la consciencia. La razón puede medir, pero la consciencia no se puede me­dir. La razón puede pesar, pero la consciencia no tiene peso. La ra­zón puede ver, pero la consciencia es invisible. La razón tiene los cin­co sentidos a su servicio, pero la consciencia está detrás de los cinco sentidos. No la puedes tocar, no la puedes oler, no la puedes degus­tar, no la puedes oír, no la puedes ver: está detrás de estas cinco ven­tanas de los sentidos que se abren hacia fuera.

   Puedes ver la luz del sol, pero no puedes ver tu luz interior con tus ojos. Puedes oír cantar a los pájaros, pero no puedes oír cantar a tu propio corazón.

La razón es capaz de medir. Así es como la palabra «materia» co­menzó a existir. «Materia» significa lo que puede ser medido: «men­surable» es el significado de la palabra «materia». La razón mide, en­tonces cualquier cosa que pueda caer en la trampa de la razón es materia. Pero hay cosas que no son mensurables. ¿Cómo medir el amor? ¿Cómo medir la consciencia? Lo inconmensurable está allí. Pero si insistes en usar sólo la razón para conocerlo, permanecerás  ignorante de lo inconmensurable. Entonces permanecerás ignoran­te de Dios.

 

Hakim Sanai dice:

 

Tratamos de razonar nuestro camino hacia él:

no funcionó ...

 

No puede funcionar... su naturaleza es inadecuada. La lógica no puede sacar conclusiones acerca de lo incognoscible. La lógica en­tra en el mundo de lo conocido; la lógica no puede dar un salto cuántico hacia lo desconocido.

¿No lo has observado? Tu mente sólo puede pensar en lo cono­cido. ¿Cómo pensarías en lo desconocido? Si es desconocido, no hay modo de pensar en ello. El pensar está basado en lo conocido. Por eso pensar es repetitivo, se mueve en un círculo. Sí, puede se­guir refinando lo conocido, puede seguir refinándolo más y más, puede seguir puliendo lo conocido, pero nunca puede llegar a co­nocer lo desconocido.

Como máximo, puede sacar conjeturas acerca de lo desconoci­do. Pero una conjetura es una conjetura, nunca puede volverse una certeza. Nunca te dará fe, no puede convertirse en confianza, por­que en el fondo sabes que es una conjetura, podría ser así, podría no ser así. No puede convertirse en una roca sobre la cual se puede levantar el templo de la vida. No, sigue siendo dudoso. Toda conjetura está enraizada en la duda: quizás sea así, quizás no.

Hay tres capas de existencia. Una es lo conocido: una parte ilu­minada muy pequeña, un punto iluminado muy pequeño que he­mos llegado a conocer. Luego, rodeándolo está lo desconocido in­finito, una gran noche de oscuridad. Pero acerca de lo desconocido podemos hacer unas pocas conjeturas, podemos inferir, porque lo conocido y lo desconocido no son cualitativamente diferentes. Lo que hoy es conocido ayer era desconocido, y lo que hoy es desco­nocido quizás se vuelva conocido mañana. Así que lo conocido y lo desconocido son correlativos; son de la misma familia.

La ciencia vive en estos dos mundos, lo conocido y lo desconocido. Basas tu razonamiento, tu conjetura, tu inferencia en lo conocido, y en­tonces puedes deducir algo de lo desconocido y puedes llegar a entrar en la oscuridad e iluminar un poco más de territorio.

Pero hay algo más, el tercer reino: lo incognoscible. La lógica puede funcionar perfectamente en lo conocido; funciona sólo par­cialmente en lo desconocido, a manera de conjeturas; y no puede funcionar en absoluto en lo incognoscible. Lo incognoscible está más allá de la lógica, más allá de la razón, más allá del conocimien­to, más allá de la mente. Y lo incognoscible es Dios.

Recuerda, Dios no es desconocido. Si Dios fuera desconocido entonces la ciencia lo conocería algún día. Dios es incognoscible. Sí, Dios puede ser experimentado y vivido pero no puede ser cono­cido, no se lo puede reducir a un conocimiento, no se lo puede re­ducir a una hipótesis, no se lo puede reducir a una fórmula como H2O.

Dios sigue siendo un misterio. Hasta para aquellos que lo han experimentado, Dios sigue siendo un misterio. De hecho, cuanto más profundamente entras en él, más profundo se vuelve el miste­rio. Cuanto más penetras en él, más y más desapareces. Un día, no es que Dios es conocido, por el contrario, el conocedor desaparece. El conocedor se disuelve tal como una gota de rocío se desliza ha­cia el océano.

  En el mundo de la ciencia lo desconocido se transforma constan­temente en lo conocido. Y se tiene la esperanza de que un día lo des­conocido desaparecerá completamente y todo será conocido.

En el mundo de la religión la historia es totalmente diferente, diametralmente opuesta. No es que desaparece lo desconocido sino que desaparece el conocedor. Y un día todo se vuelve incognoscible. Lo incognoscible es incognoscible, lo desconocido se vuelve incog­noscible, y lo conocido también se vuelve incognoscible. Entonces el misterio es total y absoluto.

 

Tratamos de razonar nuestro camino hacia él:

no funcionó;

pero en el momento en que nos rendimos.

ningún obstáculo quedó.

 

Dios sucede en un estado de soltar, en la entrega. No puedes buscar a Dios... la búsqueda sigue siendo racional, toda búsqueda está basada en la mente. La mente es la gran buscadora. Y toda bús­queda, toda indagación está basada en la curiosidad.

Y en el fondo, detrás de toda tu búsqueda está el ego: «Quiero convertirme en un conocedor». No saber, duele; permanecer igno­rante, duele. El ego quiere gratificarse. Y el ego no puede conocer a Dios, porque el ego es la barrera. No estamos separados de la exis­tencia pero el ego nos ha dado la ilusión de estar separados. El ego significa simplemente la ilusión de estar separados de la existencia.

Entregarse es abandonar la ilusión de la separación. Soltar signi­fica: «yo no soy más». Soltar significa: «me disuelvo». Soltar signifi­ca: «abandono toda búsqueda, toda indagación». Soltar significa: «sólo estaré pasivo y disponible». Y entonces sucede.

Así es cómo le sucedió a Sanai. Mirando a los ojos a ese hom­bre, Lai-Khur, escuchando sus extrañas palabras, escuchando su ex­traña música, sintiendo su presencia... sucedió. Y Sanai había tra­bajado toda su vida y no se había acercado nada. Y luego, de la na­da, en la presencia del maestro Lai-Khur, simplemente sucedió por sí mismo.

Debe haber sido un shock para él cuando Lai-Khur dijo: «¡Ha­kim Sanai, eres un ciego!». Nadie le había dicho eso nunca a Hakim Sanai. Era respetado y se pensaba que era un sabio; hasta reyes y emperadores solían pedir su consejo. ¡Y este loco, este mendigo, lo llama ciego! Debe haberle causado un shock. En ese shock su mente se detuvo. Fue casi como un shock eléctrico.

Si estás disponible para la energía del maestro, ésta es un shock eléctrico. Puede destrozar tu mente. Puede crear un caos: un caos hermoso, un caos del cual nacen estrellas. Y el impacto de Lai-Khur creó un caos así.

Sanai desapareció. Por un momento no estuvo allí. Sólo el maestro y su presencia, y esas grandes olas que venían del maestro... él se ahogó. Fue un momento de soltarse. Y Dios vino en la forma de Lai-Khur. Dios vino a través de la flauta de Lai-Khur.

 

... pero en el momento en que nos rendimos

ningún obstáculo quedó

Él se presentó a nosotros...

 

Cuando estás en un estado de soltarte, Dios viene. El hombre nunca llega a Dios. Éste es uno de los fundamentos del Sufismo siempre es Dios el que llega al hombre.

Dios está constantemente tratando de llegar a ti, pero no lo dejas. Estás muy cerrado, nunca dejas tus ventanas abiertas. Estás cerrado con fuerza, nada puede entrar en ti; estás cerrado herméticamente. Dios está intentando llegar a ti por todos los medios, como una madre que busca a su hijo. Pero tú no estás disponible, no estás presente. Tienes mucho miedo y estás muy a la defensiva.

Sucede casi todos los días. Cuando te inicio en sannyas, trato de llegar a ti. Pero muy raramente aparece alguien que esté disponible. Muy raramente puedo encontrar un modo de llegar a tu corazón.

Pero cuando sucede, inmediatamente ya no eres el mismo. A veces sucede, una persona está disponible y abierta, no se está defendiendo, deja caer la armadura que todos llevamos siempre.

Tenemos tanto miedo de la gente, tenemos tanto miedo del amor, tenemos tanto miedo de los otros, que nos mantenemos a distancia. Eso se vuelve un hábito. Cuando llegas frente a un maestro, ese hábi­to está allí.

Hace sólo dos noches había un joven sannyasin que volvía a su hogar. Le pregunté: «¿Cuándo te vas?», y no me contestó. Le pre­gunté: «¿Cuándo volverás?», y él no me respondió. Luego le pedí que se acercara, «así puedo tocar tu cabeza.» Él ni siquiera se acer­có a mí: totalmente cerrado, no me dio ninguna apertura.

Éstos son sólo modos de encontrar una apertura. No importa cuándo te vas, si hoy o mañana. Sólo te pregunto para que me pue­das dar una pequeña apertura. Empiezo la comunicación para po­der convertirla en comunión.

Pero él no estaba listo para decir nada. No hay nada de malo si no quieres decir nada, está perfectamente bien. El silencio puede ser inmensamente hermoso. Pero el silencio debe ser abierto, sólo entonces es hermoso; de otro modo es la cosa más fea que hay. Él tenía miedo de decir cualquier cosa, tenía miedo de pronunciar una palabra, porque si lo hacía, yo encontraría una entrada. Al menos para pronunciar esa palabra se tendría que haber abierto un poco.

No habría estado tan mal si hubiera sido un silencio abierto; ha­bría sido tremendamente hermoso. Pero no fue un silencio abierto; si lo hubiera sido, él se habría acercado. Lo estaba llamando para que se acercara y él no lo hizo. Quería tocarlo, porque si las pala­bras no podían llegar a él quizás mi presencia hubiera podido. Pero él tampoco permitió eso.

Dios está tratando de llegar a ti. Y cuando estás en la presencia de un maestro, Dios está tratando intensamente de llegar a ti.

 

Dice Sanai:

 

El se presentó a nosotros por bondad ...

 

Porque Sanai no iba en busca de Dios, él iba en un viaje de con­quista con el rey, sucedió de la nada, súbitamente. Ese canto, esa danza, la música de Lai-Khur: fue tomado de sorpresa. Imagínate, allí había mucha gente. El sultán estaba allí pero se lo perdió, no es­taba abierto. Hakim Sanai lo captó. Él estaba abierto, permitió que sucediera, no se resistió.

 

Él se presentó a nosotros por bondad ...

 

Recuerda: Dios no viene a ti porque lo merezcas. ¿Qué mérito pue­des tener? No porque te lo hayas ganado, no porque lo merezcas, só­lo porque él es bondadoso. Él es Rahim, él es Rahman, él es compa­sivo. Estos son los nombres Sufis de Dios. Rahim significa compasivo, Rahman, nuevamente, significa compasivo, misericordioso, bondado­so. Él viene a ti por su bondad. Él no viene por tus esfuerzos; él viene por tu entrega.

 

¿De qué otro modo podríamos haberlo conocido?

 

Sanai dice: «Ahora puedo decir que no había modo de conocer­lo. Lo había intentado de todos los modos posibles; lo había bus­cado de todos los modos racionales». Si adhieres a la razón, inevi­tablemente te volverás ateo, tarde o temprano. O te volverás un hi­pócrita. Ésa es la gente que hay a tu alrededor. Aquellos que están tratando de llegar a Dios a través de la razón y de la mente inevi­tablemente caen en estas dos categorías: o se vuelven hipócritas, los así llamados religiosos, a esta gente la encontrarás en las iglesias, los templos, las mezquitas y gurudwaras, leyendo el Corán, el Gita y la Biblia. Éstos son los así llamados religiosos, los hipócritas. Son deshonestos; no han encontrado nada, pero ni siquiera están listos para aceptar que han fallado. No están listos para aceptar el fracaso de su ego y en consecuencia, han empezado a creer. No han encontrado nada pero creen. Esta creencia es falsa, hace que la per­sona sea falsa.

        Por eso todas las personas así llamadas religiosas son falsas; son feas: una cosa en la superficie y en el fondo otra cosa totalmente di­ferente. En el fondo, mil y una dudas, y en la superficie tan solo una creencia pintada. No sale de su ser, no es parte de su vida. No ha crecido en ellos, no está basada en una experiencia existencial. Han creído por miedo, han creído por frustración. Creyeron porque no pudieron llevar adelante su investigación, estaban cansados, perdie­ron el coraje, estaban descorazonados. Y tampoco tienen la sufi­ciente autenticidad como para decir: «Hemos tratado y no lo he­mos encontrado. Entonces quizás él no existe».

Ésa es la otra categoría: el ateo. El ateo al menos es verdade­ro; al menos es sincero y honesto. El teísta ni siquiera es hones­to. El teísta está en un dilema: cree en la honestidad, pero se basa en la deshonestidad.

Ahora en todo el mundo tus iglesias, tus sacerdotes, continúan enseñándote: «Sé honesto y cree en Dios». ¿Y has pensado alguna vez que estas dos cosas no pueden existir juntas? Sé honesto y cree en Dios: éste es un dilema, estás creando una contradicción. Si la persona tiene que ser honesta no puede creer en Dios porque, ¿qué significará la creencia para una persona honesta? O lo sabes o no lo sabes. Si lo sabes, no hay necesidad de creer: ya lo sabes. Si no lo sa­bes, ¿cómo puedes creer?

Si la persona tiene que ser honesta, no puede creer, es necesario que no crea. Y si la persona tiene que creer, no puede ser honesta. Ahora has creado una contradicción en el ser de la persona. Esto es lo que reduce a todos a hipócritas. Entonces te conviertes en dos, o hasta en muchos. Entonces pierdes la integridad. Te vuelves dual: dices una cosa y haces otra, haces una cosa y dices lo contrario. Nunca eres uno. Y cuando no eres uno, nunca eres dichoso.

 

La dicha es producto de la unidad.

 

La razón no lo puede encontrar. La razón no es la única puerta que hay en tu ser, en tu ser hay puertas más profundas. ¿No eres consciente del corazón? ¿No puedes sentir el latido del corazón? ¿No has visto que suceda nada a través del corazón? Cuando miras una flor de loto y sientes la belleza, ¿es por la razón? ¿Acaso la ra­zón puede probar que la flor es bella?

La razón ni siquiera ha sido capaz de definir qué es la belleza. Para la mente racional no hay belleza. Pero sabes que la belleza exis­te y cuando la ves, te sobrecoge. La mente racional dice que no hay belleza, que es sólo una ilusión, una proyección, un sueño.

La noche de luna llena: ¿es sólo una ilusión? Su esplendor hip­nótico, ¿es sólo una proyección de tu mente? No puede ser así por­que hasta el océano, que no tiene mente, es afectado. No puede ser así. Cuando el sol se levanta hasta los pájaros son afectados, no pue­de ser sólo la mente y su proyección.

La belleza existe. Pero la razón no tiene modo de acercársele, se siente desde el corazón. ¿Acaso no has sentido la belleza? El amor exis­te: eso tampoco sucede a través de la razón, eso también se siente des­de el corazón. Cuando te enamoras, ¿puedes justificarlo racionalmen­te? ¿Puedes decir qué es el amor? Nadie ha sido aún capaz de hacerlo.

Dios es todas estas experiencias juntas: la experiencia de la belle­za, la experiencia de la bondad, la experiencia del amor, la experien­cia de la verdad. Todas estas experiencias suceden: no trates de al­canzarlas a través de la razón, suceden a través del corazón. Todas estas experiencias que vienen a través del corazón, la totalidad de ellas se llama Dios. Dios no es una persona sentada en algún lugar allá arriba en el cielo.

Satyam, shivam, sundaram: ésa ha sido. la definición de Dios en Oriente. Satyam: él es verdad. Shivam: él es bondad. Sundaram: él es belleza.

Éstas san las experiencias que mueven tu corazón. Y Dios es la experiencia suprema a través del corazón. Conocer lo real a través del corazón es el significado. de experimentar a Dios. Conocer lo real a través de la mente es la experiencia de la materia.

La realidad es una.

Nunca caigas en la falacia de pensar que hay das realidades: ma­teria y consciencia ... Dios y el mundo. No.

La realidad es una; aquello que es, es uno. Pero te puedes acer­car a ese uno de dos maneras. Tienes dos enfoques posibles. Lo pue­des alcanzar a través de tu cabeza: entonces es materia, entonces la interpretación de la realidad viene en términos materialistas. O puedes alcanzado. a través del corazón, y entonces es consciencia o Dios.

Éstas san nuestras interpretaciones. Y por cierto que la inter­pretación que viene del corazón es más elevada, más profunda, más honda. Y transforma tu vida: te transporta a otra dimensión de dicha, de bendición.

 

EL se presentó a nosotros por bondad:

¿De qué otro modo podríamos haberlo conocido?

La razón nos llevó hasta la puerta;

pero fue su presencia la que nos hizo entrar.

 

Y recuerda una cosa más: el Sufismo no está en contra de la ra­zón. Ésa es la diferencia entre el enfoque Zen y el enfoque Sufi. El Zen es irracional, dice: abandona la razón, abandónala totalmente. El Sufismo no  es irracional, es supra-racional. Dice: usa la razón, pero sólo te llevará hasta la puerta. No te puede hacer entrar al tem­plo, solo te lleva hasta la puerta. Usa la razón, pero no te dejes atra­par por ella, no te quedes atascado en ella.

Así es como le sucedió a Sanai. Había usado su razón hasta el máximo de su potencial. Por eso le fue posible a Lai-Khur hacerlo entrar al templo. El sultán se lo perdió porque ni siquiera había usa­do la razón hasta su punto óptimo. Otros también estaban allí, y ninguno lo captó. Solo Sanai lo captó. Él había usado su razón has­ta su punto óptimo, había visto que ésta llega hasta cierto límite, te lleva hasta cierto punto, y luego se queda atascada, luego se agota, y la realidad sigue esparciéndose más allá de ella, entonces la reali­dad es más grande que la razón.

  Usa la razón hasta donde ella puede llevarte, pero no te quedes  allí. Ve más allá de ella.

El Zen es irracional, el Zen es absurdo, ésa es su belleza. El Su­fismo es supra-racional, no es absurdo, ésa es su belleza. Los dos son puertas correctas hacia lo divino. Pero el Zen es negativo, dice: abandona el razonamiento. El Sufismo es positivo, dice: usa el ra­zonamiento pero recuerda siempre que hay algo más allá de él. Nunca olvides el-más allá.

El Zen es vía negativa, el Sufismo es vía positiva. El Sufismo es totalmente positivo. Entonces, la gente que tiene una inclinación por lo positivo encontrará más fácil tener una afinidad con el Sufis­mo, y la gente que tiene un enfoque negativo y está sintonizada con lo negativo y lo disfruta, encontrará más fácil seguir el camino del Zen. Uno debe decidir. Uno debe observar sus inclinaciones, sus características.

 

La razón nos llevó hasta la puerta;

pero fue su presencia la que nos hizo entrar.

 

Usa la razón, llega hasta la puerta, y recuerda que lo real aún es­tá por ocurrir. Espera. Espera con tremenda apertura, permanece vulnerable. No te cierres, no empieces a sacar una conclusión. Una conclusión significa que te estás cerrando. Si la razón puede darte una conclusión, de este modo o de aquel, a favor o en contra de Dios, estás acabado; entonces no hay más allá.

Date cuenta de que la razón no es concluyente, y mantente sin sacar una conclusión y espera. Has llegado hasta la puerta, ahora su presencia te hará entrar.

Éste es el significado de la gran máxima de que cuando el discípu­lo está listo, aparece el maestro. Es posible que Lai-Khur estuviera can­tando, bailando y tocando música sólo para Hakim Sanai. Los modos de obrar de la existencia son misteriosos. La trampa estaba lista para Hakim Sanai: ese hombre estaba listo, había llegado hasta la puerta.

Lo mismo le sucedió a Ornar Khayyam, otro gran Sufi. Él era un matemático, un gran matemático, un genio. Había usado su ra­zón al máximo, y luego se le hizo entrar. Y el gran matemático se convirtió en un borracho, el gran matemático empezó a hablar de vino, de borracheras, y nació el gran Rubaiyat.

Leyendo el Rubaiyat de Ornar Khayyam, uno no puede creer que él fuera un gran matemático. Uno no puede concebir qué tipo de matemático era ¡su poesía es tan pura! ¿Cómo puede un matemático alcanzar tal pureza en la poesía? Un matemático es un lógi­co, funciona por medio del silogismo; es muy práctico, muy obje­tivo. No permite que su subjetividad entre en sus observaciones; es muy desapegado. Y la matemática es la única ciencia perfecta en el mundo. Todas las otras ciencias son más o menos, la matemática es la única ciencia perfecta. ¿Cómo puede un perfecto científico vol­verse un Sufi? Pero ahora puedes entender cómo sucedió. Cuando llegas al extremo de tu razón, y si aún estás disponible, si no estás cerrado, si aún no has llegado a una conclusión... de un modo u otro, si aún no re has convertido en un teísta o en un ateo, si aún tienes consciencia de que la razón nunca es concluyente, entonces su presencia te hará entrar. Él aparecerá como un maestro y te ha­rá entrar.

Y entonces puede pasar en un momento. Cuando uno esta pa­rado en el límite, entonces en un momento puedes entrar en lo in­cognoscible.

 

Pero, ¿cómo podrás nunca conocerlo

mientras seas incapaz de conocerte?

 

Sólo puedes conocer a Dios si te has conocido a ti mismo. ¿Y dónde estás tú? No estás en tu cabeza, estás en tu corazón. La cabe­za puede caer en coma, y todavía estarás vivo. Hay gente que cae en coma y sigue en coma durante años.

El corazón parece ser el punto de contacto entre tú y el universo. Es a través del corazón que estás conectado con el universo, y uno tiene que conocer su propio corazón: eso es el autoconocimiento, ése es el significado de «conócete a ti mismo». Porque sólo conociendo tu corazón conocerás el contacto con el universo. Entrando en tu co­razón, serás capaz de entrar en lo supremo.

 

Uno por uno es uno,

ni más, ni menos:

el error comienza con la dualidad;

la unidad no conoce el error.

 

Tienes muchas mentes pero sólo un corazón. ¿Has observado es­te hecho? No tienes una mente; eres multipsíquico, tienes muchas mentes. Ellas cambian constantemente, tu mente cambia a cada momento. En un momento está llena de duda, en otro momento está llena de creencia, y en otro momento está nuevamente llena de duda. En un momento quiere dar el salto, en otro momento esca­pa. En un momento estás tan lleno de amor, en otro momento es­tás tan lleno de enojo y odio.

Obsérvalo: tienes mil y una mentes, y van rotando. En tu ca­beza hay una especie de sistema de rotación. Por un momento una mente se vuelve el amo, y en ese momento decides algo y piensas que serás capaz de hacerlo. No serás capaz, porque en el momen­to siguiente el monarca se habrá ido. Es un sistema de rotación: ha surgido otra mente, ahora ha surgido otro rayo de la rueda. Y esta mente no sabe nada de la decisión que ha tomado la otra mente.

Este yo no sabe nada del otro yo, y destruirá cualquier cosa que hayas decidido. En un momento decides no fumar nunca más, en otro momento estás sacando tu paquete de cigarrillos. Y te sorpren­des, hace un momento lo habías decidido, y la decisión parecía ser tan total, tan confiable. Y ahora todo se ha ido, se ha ido por com­pleto, no queda nada de ello. Y estás perfectamente dispuesto a fu­mar otra vez. Y otra vez esa vieja mente volverá y te torturará, y te arrepentirás y pensarás que eres culpable.

Pero esto seguirá cambiando. La mente es un cambio continuo, es un continuum de muchas mentes. Por eso los que viven en la mente viven una vida desintegrada, fragmentada.

El corazón es uno, siempre es uno. El corazón significa la consciencia observadora que hay en ti. ¿Quién es el observador de la ca­beza? Trata de meditar sobre esto. Viene el enojo, ¿quién está obser­vando? Sabes perfectamente bien que hay enojo; sabes perfecta­mente bien que está viniendo y creciendo, sabes perfectamente bien que pronto te abrumará. y luego se está yendo, retrocediendo, de­sapareciendo ... sabes que se ha ido. Se ha ido, se ha ido, ya no es­tá más allí. ¿Quién está observando?

  El amor va y viene. Viene la desdicha, viene la felicidad, todo vie­ne y todo se va. ¿Quién está observando? El observador permanece.

  Hay una sola cosa en ti que es constante, y es el observador. To­do cambia, sólo el observador permanece. Siempre está ahí, aun cuando estás profundamente dormido está observando los sueños, aun cuando no hay sueños está observando el sueño profundo. Cuando estás despierto está observando el mundo, cuando estás dormido está observando tu mundo interno, pero la observación continúa. Ni siquiera por un momento se detiene la observación. Esto es lo único eterno que hay en ti, lo único no temporal: tu co­razón. .. Los Sufis lo llaman el corazón... y es uno. Y conocer al uno es ir mas allá de todos los errores.

 

Uno por uno es uno,  

ni más, ni menos:

el error comienza con la dualidad;

la unidad no conoce el error.

 

Esta unidad es llamada Unión Mística. Ésta es la unidad místi­ca. Ésta es la integración, la individuación, el centramiento del al­ma, y entonces puedes permanecer centrado aun cuando hay un ciclón rugiendo a tu alrededor. Entonces eres el centro del ciclón.

Entonces puedes permanecer en el mundo sin ser del mundo. Todos los errores surgen de la dualidad. Y tú no eres solamente dual, eres una multiplicidad. Entonces, errores, errores y errores ... ¡te has dividido en tantos fragmentos! Eres una multitud, ése es tu problema, y la multitud está peleando constantemente. Y sigue pe­leando. Eres una guerra civil.

Y en consecuencia tu vida pierde toda alegría, toda dicha y toda gracia.

Sé uno y repentinamente se alcanza la gracia. Repentinamente y sin esfuerzo te vuelves elegante. Entonces tu vida tiene una belleza propia. Es exquisita. Ya no es más esa vida común, fea, vulgar, mun­dana. Ahora es lo más santo de lo santo. Es sagrada, es divina.

 

El camino que debes recorrer tú mismo

consiste en pulir el espejo de tú corazón.

 

¿Cuál es el significado de «pulir el espejo de tu corazón»? Más y más, haz de tu corazón tu centro. Cae en tu centro más y más. To­da vez que te acuerdes, muévete al corazón, baja de la cabeza. Sé ob­servador, despierto.

Pero debes estar despierto de un modo muy amoroso. De no ser así, también estar despierto puede volverse sólo parte de la mente. Si es estar despierto amorosamente, si es estar despierto del cora­zón, entonces lo será desde el centro de tú ser.

Entonces, cuando estés consciente, sé también amoroso. Permi­te que el amor y la consciencia se encuentren y se mezclen; permite que tu consciencia sea bañada por el amor. Puedes observar una flor sin amor, la observación estará allí pero sin amor será un fenóme­no seco: Esta observación es posible aun a través de la cabeza, pero entonces no pulirá el espejo de tu corazón.

Observa y, sin embargo, sé amoroso. Observa amorosamente. Lentamente, tu observación y tu amor se vuelven uno: son dos as­pectos del mismo fenómeno. Entonces esto es pulir el corazón. El amor es el método de pulir el corazón. La consciencia te ayuda a lle­gar al corazón y el amor te ayuda a pulirlo. Y cuanto más se lo pu­le, mejor refleja la realidad.

 

El camino que debes recorrer tú mismo

consiste en pulir el espejo de tú corazón.

No es con rebelión y discordia...

 

No es necesario que pelees contigo mismo, no es necesario que te impongas nada, no es necesario que estés en conflicto. Tienes que llegar a estar en armonía, no en discordia.

Por eso, el Sufismo no tiene nada que ver con el ascetismo. El asceta es un masoquista; no es una persona realmente religiosa. No se ama, se odia.

 

El Sufi se ama, el Sufi ama todo. El Sufi es amor.

 

No es con rebelión y discordia

como se pule el espejo del corazón,

liberándolo de la herrumbre de la hipocresía y la incredulidad.

 

Recuerda, te dije que si actúas desde la mente las posibilidades son dos. Una es la hipocresía, la así llamada persona religiosa: hin­dú, musulmana, cristiana, jaina, judía, la así llamada persona reli­giosa, el hipócrita. Ésta es una posibilidad.

La otra posibilidad es la incredulidad, el ateísmo: «No hay Dios. He buscado, he buscado hasta los límites mismos de mi razón y no he hallado a Dios. No hay Dios».

 

Ambas actitudes son tontas. Uno debería permanecer sin sacar una conclusión. Uno debería permanecer en el límite de la razón sin conclusión alguna, simplemente silencioso, pasivo, disponible. Entonces la presencia de Dios te hace entrar.

 

Tu espejo es pulido por tu certeza:

por la pureza sin aleación de tu fe.

 

Hay una certeza a la que se llega a través de la razón, pero esa certeza siempre está basada en la duda. La duda no puede ser des­truida por la razón ya que ésta se alimenta de duda, la razón co­mienza con la duda. La razón empieza cuestionando, razonar es bá­sicamente escéptico. Entonces, aun si llega a una conclusión, ésta será sólo hipotética. Será sólo temporaria. Si se revelan algunos he­chos nuevos, la conclusión deberá, ser cambiada.

Es por eso que la ciencia nunca puede decir: «Ésta es la verdad». La ciencia sólo puede decir: «Hasta ahora, lo que conocemos pare­ce ser la verdad». Sólo puede decir: «Hasta el momento, hasta aho­ra, esto parece ser la verdad. No podemos decir nada sobre el ma­ñana. Vendrán nuevos hechos, se revelarán nuevos hechos, enton­ces tendremos que cambiar».

Hoy en día, Newton está desactualizado. Pronto Albert Einstein estará desactualizado, pero Buda jamás estará desactualizado, Lai-Khur jamás estará desactualizado, Jesús jamás estará desactualizado. Porque nada de lo que dijeron está basado en la duda. No llegaron a ello a través de la razón, llegaron a la conclusión a través del corazón, y el corazón conoce lo eterno porque está en contacto con lo eterno. La cabeza sólo está en contacto con lo temporal, lo momentáneo.

Entonces, hay una certeza a la que se llega a través del amor, no a través de la lógica. Hay una certeza a la que se llega no por medio de la cabeza, no a través de la cabeza, no por medio de algún silogismo, sino por medio de un corazón que canta, un corazón que baila.

¿Has sentido alguna vez alguna conclusión, alguna certeza, algu­na certidumbre surgiendo de tu amor? Entonces entenderás el sig­nificado. Cuando dices: «Amo a esta mujer», ¿has llegado a esta conclusión a través de la razón? Si has llegado a ella a través de la razón, podrá desaparecer en cualquier momento.

Es por eso que en Occidente el amor se ha vuelto un fenómeno muy momentáneo. Hasta al amor se llega a través de la cabeza. Lle­gas a la conclusión: «Ésta parece ser la mujer más hermosa de todas las que conocido hasta ahora. ¿Quién sabe del mañana? Puede haber una mujer de nariz más larga, una mujer con cabellos más hermo­sos, una mujer con ojos de un brillo más profundo... ¿quién sabe? Nada puede decirse del mañana. Esta mujer podrá volverse desactualizada; siempre puedes encontrarte con una persona mejor.

Si llegas a la conclusión a través de la cabeza, entonces el amor nunca llegará a ser profundo e íntimo. Será momentáneo, será sólo arbitrario. Esto es lo que está ocurriendo en el mundo. El amor se ha vuelto muy arbitrario y del momento; es sólo un arreglo del mo­mento.

Éste no es el modo de crecer profundamente en el amor. El amor requiere intimidad. El amor requiere una certeza a la que no se lle­ga a través de la cabeza sino a través del corazón. Cuando se llega a una certeza a través del corazón, es para siempre. No cambia.

Benditas son aquellas pocas personas que aún pueden tener en su amor alguna certeza del corazón. Ahora son muy raros en la Tie­rra; esa tribu está desapareciendo, esa especie está desapareciendo. y ésa es una gran calamidad.

Ahora, si vienes a mí y, al escucharme, al encontrarme lógico, atractivo para tu lógica y razón, te conviertes en discípulo, eso no llegará muy lejos. Mañana podré decir algo que sea contradictorio, que te deje perplejo. Eso creará dudas.

Pero si es una relación del corazón: no oyendo lo que digo sino viendo lo que soy, no escuchando sólo mis palabras sino también mis silencios, no escuchando la filosofía que enseño sino la presen­cia que derramo sobre ti... entonces hay una certeza que es fe, que es confianza, que es para siempre.

Si llegas a través de tu razón, es sólo arbitrario. Nunca estarás en un estado de soltarte. Estarás siempre allí, observando por el rabillo del ojo: si algo va en contra de tu cabeza, entonces yo no soy para ti. Entonces tengo que estar siempre satisfaciendo tus expectativas, co­sa que no puedo hacer, cosa que ningún maestro puede hacer nun­ca. Y cualquier cosa que diga, siempre la interpretarás a tu modo.

 

el espejo del corazón es pulido por tu certeza:

por la pureza sin aleación de tu fe.

Libérate de las cadenas que has forjado a tu alrededor;

pues serás libre cuando estés libre de la arcilla.

El cuerpo es oscuro, el corazón brilla radiante;

El cuerpo es mero abono, el corazón es un jardín florido.

 

Desidentifícate de tu cabeza y desidentifícate de tu cuerpo. Re­cuerda que no eres otra cosa que tu observación. Y esto no quiere decir que debas estar en contra del cuerpo. Los Sufis tampoco están en contra del cuerpo; aman al cuerpo porque el cuerpo es el abono. Puede volverse fragancia; debe ser transformado.

 

... el corazón es un jardín florido.

 

El cuerpo debe funcionar como abono en el jardín del corazón. Uno no debe estar en contra del cuerpo o en contra de la cabeza. Usa la cabeza hasta llegar a la puerta, usa el cuerpo de manera que se convierta en el suelo.

Pero recuerda siempre, la flor del corazón, la flor de estar des­pierto del corazón debe abrirse en ti. Y puede florecer en cualquier momento. Todo lo que se necesita es abandonar las cadenas que has forjado a tu alrededor: tus defensas, tu armadura, tus protecciones.

 

Libérate de las cadenas que has forjado a tu alrededor;

pues serás libre cuando estés libre de la arcilla.

 

Nos hemos identificado demasiado con la tierra, con el cuerpo, con la arcilla. Nos hemos identificado demasiado con la materia, hemos olvidado que no somos nada más que un testimoniar. Este testimoniar es tu realidad última. Permite que se convierta también en tu realidad inmediata, y te convertirás en el jardín del corazón. y florecerás.

 

Y a menos que florezcas convertido en un gran loto, en un gran loto dorado, tu vida será en vano.

Eso es lo que Lai-Khur le dijo a Sanai: «No malgastes tu vida es­cribiendo elogios para reyes tontos. Dios pronto te encontrará, y no serás capaz de responderle. No sigas siendo ciego. Haz algo: ¡Abre tus ojos!».

 

Sanai escuchó y fue transformado ... escúchame: tú también puedes ser transformado.

 

... Suficiente por hoy.

 

 

Capítulo 2

En el Altar de lo Real

 

 

Pregunta 1

Amado Maestro, hoy en el discurso te miré y me sentí muy superficial y falso. No parece haber nada más profundo den­tro de mí. ¿Estos sentimientos muestran que todavía no ten­go un centro? También me impacta que en este momento es­to parece ser mi rostro.

 

Nadie puede existir sin un centro. La vida es imposible sin un centro; puede ser que no te des cuenta de él, ése es otro asun­to. No tiene que ser creado, sólo tiene que ser redescubierto. Y recuerda, no estoy diciendo «descubierto», estoy diciendo «redes­cubierto».

El niño que está en el útero de su madre permanece perfecta­mente consciente del centro. El niño que está en el útero de su ma­dre está en el centro, vibra en el centro, pulsa en el centro. En el útero de su madre el niño es el centro, todavía no tiene circunferen­cia. Es sólo esencia, todavía no tiene personalidad.

La esencia es el centro, aquello que es tu naturaleza, aquello que es dado por Dios. La personalidad es la circunferencia, aquello que es cultivado por la sociedad; no es dada por Dios. Existe por crian­za, no existe por naturaleza.

Cuando el niño sale del útero entra en contacto por primera vez con algo externo a sí mismo. Y ese contacto crea la circunfe­rencia. Muy lentamente la sociedad inicia al niño en sus propias costumbres. La sociedad cristiana hará del niño un cristiano, y la hindú hará de él un hindú, y así sucesivamente. Entonces se im­ponen sobre el niño capa sobre capa de condicionamiento.

Básicamente, si entras en una personalidad bien desarrollada en­contrarás estas tres cosas. Primero una capa positiva muy delgada: positiva pero falsa. Ésa es la capa que finge, ésa es la capa en la están contenidas todas tus máscaras. Fritz Perls solía llamar a esa capa la «capa de Eric Berne». Es allí donde juegas todo tipo de juegos.

Podrás estar llorando por dentro, pero en esa capa sigues son­riendo. Podrás estar lleno de ira, podrás querer asesinar a la otra persona, pero sigues siendo dulce. Y dices: «¡Qué bueno que hayas venido! ¡Estoy tan feliz, tan contento de verte!». Tu rostro muestra alegría, y eso es falso.

Pero para existir en una sociedad falsa necesitarás una capa fal­sa. De otro modo estarás en tantas dificultades como estuvo Sócra­tes, como estuvo Jesús, como estoy yo. Esa capa falsa hace que sigas siendo parte de la sociedad falsa, hace que no te desarmes. Es un mundo falso, lo que en Oriente hemos llamado «maya». Es iluso­rio, es todo falsedad, falsificación.

La otra persona también está sonriendo tan falsamente como tú. Nadie está sonriendo realmente. La gente está cargando heridas pe­ro ha decorado sus heridas con flores, está ocultando sus heridas de­trás de las flores.

Los padres están apurados por darle esta capa al niño. Están apurados porque saben que el niño tiene que existir como miem­bro de una sociedad falsa. Para el niño será difícil sobrevivir sin ella; ésta funciona como un agente lubricante.

Ésta es una capa muy delgada, superficial. Rasguña a cualquiera un poquito y repentinamente encontrarás que las flores han desapa­recido; y detrás están escondidos la ira y el odio y todo tipo de co­sas negativas... y esa es la segunda capa: negativa, pero aún falsa.

La segunda capa es más gruesa que la primera. La segunda capa es aquella en la que hay que hacer mucho trabajo. Es allí donde en­tran las psicoterapias. Y dado que detrás de la capa positiva hay una gran capa negativa, siempre tienes miedo de ir hacia adentro por­que ir hacia adentro significa que tendrás que cruzar por ese fenó­meno desagradable, esa basura sucia que has juntado año tras año, tu vida entera.

¿De dónde viene la segunda capa? El niño nace como un centro puro, como inocencia, sin dualidad. Él es uno. Está en el estado de unión mística: todavía no sabe que está separado de la existencia. Vive en unidad; no ha conocido ninguna separación, el ego toda­vía no ha surgido.

Pero inmediatamente la sociedad empieza a trabajar en el niño. Dice: «No hagas esto. Esto no sería aceptable para la sociedad, reprímelo. Haz esto, porque esto es aceptable para la sociedad y serás respetado, amado, apreciado».

Entonces en el niño se crea una dualidad, en la circunferencia surge una dualidad. La primera capa, la positiva, es la que tienes que mostrarle a los demás, y la segunda es la capa negativa que tie­nes que esconder dentro de ti.

El niño es inocente: inocente en su amor, inocente en su enojo. No hace una distinción. Cuando ama, ama, ama totalmente. Cuando está enojado, está totalmente enojado, es puro enojo. De allí la belleza del niño. Aun cuando está enojado tiene una belleza y una gracia magnífi­cas, aun en su enojo, porque la totalidad está allí. Los adultos, ni siquiera cuando aman son tan hermosos porque está faltando la totalidad.

Creamos una división en el niño, en cada niño. Nuestra socie­dad ha vivido hasta ahora en una especie de esquizofrenia. La hu­manidad real todavía no ha nacido. Todo el pasado ha sido una pe­sadilla porque dividimos a la persona en dos: lo positivo y lo nega­tivo, sí y no, amor y odio. Destruimos su totalidad.

Estas dos capas son nuestra escisión. La primera capa es positi­va y falsa, la segunda capa es negativa y falsa. Son falsas porque só­lo lo total puede ser real. Lo parcial siempre es falso porque lo par­cial niega algo, rechaza algo y la parte negada lo hace falso. Sólo en la aceptación total surge la realidad.

El centro está allí, en ti, pero tendrás que ir cavando a través de estas dos capas: la positiva y falsa y la negativa y falsa. Y entonces caerás en esa unidad oceánica, lo total, el todo. Entonces, repentina­mente surge una gran dicha: eso es satori. No hay que crearlo, ya es­tá allí. Ni siquiera hay que descubrirlo, sólo hay que redescubrirlo. Lo has conocido antes, de allí la búsqueda; de no ser así la búsque­da sería imposible.

 

¿Por qué la gente busca continuamente la dicha? Porque la de­ben haber conocido. En algún lugar, en lo profundo, todavía per­siste la memoria de esos dulces momentos en el útero de la madre cuando todo estaba quieto y silencioso, cuando todo era uno, cuan­do no había preocupación ni responsabilidad, cuando no había otro. Era el paraíso.

Éste es el significado del símbolo del Jardín del Edén. El útero es el Jardín del Edén. Pero no puedes vivir en el útero para siempre, tarde o temprano tienes que salir del útero. Y en el momento en que salgas del útero la sociedad inevitablemente te educará. La so­ciedad, y su educación, todavía no es humana. Es neurótica, es muy primitiva, porque no ayuda al niño a crecer en su centro. No ayu­da al niño a crecer permaneciendo alerta al centro. Por el contrario, trata de todos los modos posibles de hacer que el niño se olvide del centro y se identifique con una personalidad falsa que la sociedad le brinda.

La sociedad no está interesada en el niño, la sociedad está inte­resada en que persista su propia estructura. La sociedad no está in­teresada en el individuo, está en contra del individuo, está comple­tamente a favor de lo colectivo. Y lo colectivo ha sido neurótico y desagradable. Pero la sociedad está orientada hacia el pasado y el in­dividuo está orientado hacia el futuro; el individuo tiene que vivir en el futuro y la sociedad sólo conoce el pasado en el que ha vivi­do. La sociedad no tiene futuro, la sociedad consiste en pasado. Y continúa imponiéndole al niño ese pasado.

 

En mi visión, en una sociedad realmente humana, al niño no se le impondrá nada, nada en absoluto. No es que el niño será dejado completamente solo. No, se le ayudará pero no se le impondrá nada. Se le ayudará a permanecer íntegro, se le ayudará a permanecer enraizado en la esencia. No será forzado a mover su consciencia de la esencia a la personalidad. La educación futura no será una edu­cación en la personalidad, será una educación en la esencia.

Y ése es el significado de una educación religiosa. Hasta ahora, no ha habido educación religiosa. Y cualquier cosa que llames educa­ción religiosa es cristiana o hindú o musulmana; eso es adoctrina­miento, no es educación religiosa. La educación religiosa ayudará al niño a recordar lo que ya está en él, no a olvidarlo.

La educación real hará al niño más meditativo, de modo que nunca pierda contacto con su ser interno. Existen todas las posibi­lidades de que pierda ese contacto porque él se estará moviendo junto con otros, empezará a imitar a otros, tendrá que aprender muchas cosas de otros. Déjalo aprender pero déjalo darse cuenta de que no debe volverse un imitador.

Pero es justamente eso lo que se hace, y lo que se ha hecho a lo largo de las épocas. Les enseñamos a los niños a volverse imitado­res: «Sé como Jesús. Sé como Sócrates. Sé como Buda».  El niño só­lo puede ser verdaderamente él mismo y nunca puede ser nadie más. Y cualquiera cosa que trate de llegar a ser será falsa.

 

Me preguntas: Hoy en el discurso te miré y me sentí muy superficial y falso.

 

Eso es bueno. Es inmensamente hermoso que hayas sentido eso. Éste es el comienzo. Si te vuelves consciente de lo falso no podrás permanecer inconsciente por mucho tiempo de aquello que es real, porque ser consciente de lo falso significa que en algún lugar has empezado a volverte consciente de lo real. Quizás es muy vago, ne­buloso, todavía no es claro, todavía no es transparente, es turbio. Pero ha habido un comienzo.

Conocer lo falso. como falso es el comienzo de conocer lo real como real. Es un buen comienzo, un comienzo auspicioso.

                                                        

Dices: No parece haber nada más profundo dentro de mí.

 

Darse cuenta de que: «No hay nada más profundo dentro de mí», es el primer paso hacia la profundidad. Millones de personas siguen pensando que su personalidad, que es superficial, tiene pro­fundidad. Siguen creyendo en ella, y al creerlo se siguen perdiendo su propia realidad... se siguen perdiendo su alma.

Mi función aquí es hacer que te des cuenta de lo falso, de lo fal­sificado, de lo irreal y lo superficial. Y cuando te das cuenta por pri­mera vez de que eres falso, eso duele porque siempre has creído exactamente lo opuesto. Siempre has tenido la idea de que eres muy real y profundo, que tienes altura y profundidad. Y no tienes nada.  

En este mismo momento, tal como eres, no tienes ninguna profundidad, no tienes ninguna altura. Existes como personaje; toda­vía no te das cuenta de la esencia. Y sólo la esencia puede tener al­tura y profundidad. Pero volverse alerta de que: «Soy superficial» es bueno, es tremendamente importante y significativo. No lo olvides otra vez, recuérdalo. Dolerá, se volverá un dolor en el corazón, se volverá una herida. Será como una flecha yendo más y más profun­do, y se volverá más y más doloroso.

Ése es el viaje por el que tiene que pasar todo buscador. Ése es el dolor necesario para tu renacimiento. No lo olvides, y no empie­ces a creer otra vez en la vieja personalidad falsa.

Tú no eres aquello que hasta ahora has estado pensando que eres. Eres algo totalmente diferente. No eres este cuerpo: estás en el cuer­po pero no eres el cuerpo. Y tampoco eres esta mente; la mente está allí, pero tú estás mucho más allá de la mente. Tú eres el testigo.

 

Dices: Me sentí muy superficial...

 

¿Quién ha sentido esto? Recuerda eso. La superficialidad misma no puede sentir que es superficial. No tendrá idea de la profundidad, ¿cómo podrá sentir que es superficial? La desdicha misma no podrá sentir que es desdicha. Alguien más es necesario, alguien que haya conocido estados de dicha. Sólo alguien así puede darse cuen­ta de la desdicha.

La enfermedad no puede sentirse a sí misma como enfermedad, sólo la salud puede sentir a la enfermedad como enfermedad. Re­cuerda eso.

¿Quién se ha dado cuenta de que «Soy superficial, soy falso y no parece haber profundidad en mí»? ¿Quién es éste? Este testigo eres tú. Éste es tu centro; tu centro está surgiendo del caos de tu perso­nalidad. Éste es un gran momento, un momento de grandes ben­diciones: no le pierdas la pista. Por doloroso que sea el viaje, uno tiene que pasar por él porque el final es totalmente dichoso.

  Éste es el sacrificio que tiene que hacer todo sannyasin: el sacri­ficio de lo falso en el altar de lo real.

 

Pregunta 2

 

Amado Maestro ¿Por qué es tan difícil ser silencioso? Mis pa­labras son tan mecánicas y están tan usadas, una repetición continua de historias, el mismo viejo pasado que ya no exis­te más. ¿Cómo es que todavía no estoy cansado de él?

 

Ser silencioso es difícil porque en el silencio uno desaparece. Só­lo en el ruido puedes existir como ego. El ruido es el alimento pa­ra que existas como ego; vives de él, prosperas con él. De aquí la di­ficultad para volverse silencioso.

Cuando la gente empieza a pensar en volverse silenciosa, tiene la idea de que cuando venga el silencio ellos estarán allí y disfrutarán el silencio. Esa idea está totalmente equivocada; no tienes noción al­guna de las cosas reales. Cuando venga el silencio, tú no estarás allí; tú y el silencio no pueden existir juntos. Tú eres el ruido. Entonces, cuando el silencio viene, hay sólo silencio.

No hay nadie que sea silencioso, no hay nadie que pueda estar allí disfrutando el silencio. El silencio no es una experiencia porque no hay un experimentador. El silencio es completo; no hay nadie.

Los Sufis lo llaman fana: disolución. Buda lo ha llamado nirva­na: extinguir la vela. Todo se ha ido y hay sólo nada, un tipo de es­tado de ausencia de cosas.

No serás capaz de encontrarte como un yo. De allí la dificultad. Para volverte silencioso tendrás que morir... y, ¿quién quiere morir? Queremos el silencio también como una decoración, como una me­dalla, para poder jactarnos de que: «No sólo tengo dinero, también tengo meditación”, para poder jactarnos de que: «No sólo soy rico externamente, también soy rico internamente». El primer interés por buscar el silencio surge del ego. Y el ego mismo es la barrera.

Entonces, cuando entras en contacto con un maestro o con un campo de energía, con una escuela donde las cosas se hacen, realmente se hacen, no sólo se piensa en ellas, entonces surge el miedo. Entonces te das cuenta del fenómeno de que al desapare­cer el ruido, tú también desaparecerás. ¿Estás listo para arriesgar­te tanto?

 

Dices: ¿Por qué es tan difícil ser silencioso?

 

Porque estás impregnado de ruido.

 

Dices: Mis palabras son tan mecánicas y están tan usadas, una repe­tición continua de historias, el mismo viejo pasado que ya no existe más.

 

La mente no es nada más que pasado. Es sólo registros del pasa­do; es un mecanismo de grabación. Es tu historia, es aquello que ya no es, es memoria. Pero esa memoria te mantiene vivo como ego, y tienes que seguir repitiendo esa memoria una y otra vez, eso ayu­da y sostiene al ego. Tienes que ir una y otra vez a tu pasado para revivir tu ego: éste es el modo en que lo nutres.

Si dejas completamente tu pasado... Piensa simplemente por un momento: si por una varita mágica dejas tu pasado por comple­to, en este momento, ¿quién eres? ¿Serás capaz de decir «yo»? Al de­saparecer el pasado, el “yo” habrá desaparecido con él. Serás, pero no serás capaz de decir «yo». Serás sólo un silencio, una tela vacía, una meditación, una paz, una quietud, pero no habrá «yo».

Piensa simplemente: lenta, lentamente, en un minuto abando­nas tu pasado. Abandona tu pasado y luego piensa: ¿qué queda? No queda nada. O sólo queda la nada. Ésa nada eres tú. Ésa nada es tu realidad, tu esencia.

Entonces éste es un mecanismo para hacer que el ego continúe. Tendrás que repetirlo: tendrás que pasar nuevamente por las mis­mas palabras y las mismas memorias y la nostalgia, una y otra vez, y mejorarás y pulirás esas memorias. Inventarás cosas que nunca han existido; harás que tu pasado se vea muy hermoso y dorado, co­sa que no fue así. Dejarás todo lo que es feo y seguirás proyectando una y otra vez.

La gente inventa también su pasado. Lo hacen tan hermoso y ri­co como sea posible porque es allí donde existe su ego.

 

Todos piensan que su infancia fue muy hermosa. La infancia fue hermosa, pero esa infancia no la recuerdas en absoluto. El útero fue hermoso, pero eso no lo recuerdas en absoluto. Y después del naci­miento, los primeros dos o tres años fueron hermosos pero tampo­co eso lo recuerdas en absoluto.

La infancia que recuerdas es después del cuarto año, y eso no fue hermoso en absoluto. Ése fue uno de los tiempos más difíciles de tu vida, porque estabas siendo forzado, tironeado y empujado dentro de la estructura social. Eras cortado de este y aquel modo, estabas siendo ajustado a la máquina. Fuiste casi destruido. Fuiste manipu­lado. A ningún niño le gusta eso.

Todo niño se resiste, se enoja, se rebela, pero es impotente. Y fi­nalmente los padres ganan y la sociedad gana.

Esos días fueron desagradables, recuérdalo otra vez. No hay nada de dorado en ellos. Pero más tarde, todos piensan que esos días fueron hermosos. Ésa es tu invención. La gente no sólo proyecta el futuro, proyecta también el pasado: va tiñéndolo, puliéndolo, retocándolo una y otra vez. Y lentamente hacen de su pasado un país de las hadas, y entonces se sienten muy bien; el ego es sostenido por su hermoso pasado. El ego se vuelve hermoso a través de un hermoso pasado.

Mira solamente las autobiografías que escribe la gente. En las autobiografías no encontrarás nada que sea verdadero. O si a veces encuentras algo verdadero será acerca de los demás, no acerca de la persona que ha escrito la autobiografía. Será acerca de otros pero no acerca de sí mismo.

Todas las autobiografías son una especie de ficción. La gente las inventa. Las autobiografías deberían ser consideradas como ficción, nada más que eso, porque escribes acerca de tu infancia más tarde. Esa infancia es sólo una invención: creas una infancia con todas tus experiencias, con todo tu conocimiento, con toda tu vida vivida. Creas la infancia que te habría gustado vivir. Es una hermosa ficción.

Y recuerda una cosa: uno tiene que repetirlo, las mentiras tienen que repetirse una y otra vez, si no las olvidarás. Por eso se dice que si quieres mentir necesitas una buena memoria. Un hombre que dice la verdad no necesita tener una buena memoria. No hay necesidad; la verdad es la verdad. La persona que está mintiendo constantemente realmente necesitará una buena memoria. Las mentiras deben ser re­petidas, sólo entonces pueden vivir; de otro modo desaparecerán.

 

Me preguntas: «¿Por qué voy mecánicamente al mismo pasado una y otra vez, repitiendo viejos hábitos?».

 

Porque ése es el modo en que puedes mantenerlo vivo. De no ser así desaparecería por sí mismo. Y esto es algo que hay que en­tender. Si dejas de cooperar con tu pasado, si cuando el pasado se repite como un hábito mecánico, lo observas, no cooperas con él, verás que le habrás sacado la energía. Lentamente, al observarlo, empieza a desaparecer. Una vez que tu observación se ha vuelto to­tal, el pasado desaparece.

Y la desaparición del pasado es satori, porque tu personalidad, tu yo, tu ego, existen en el pasado. Todos desaparecen al desapare­cer el pasado, y eres arrojado de nuevo al centro mismo de tu ser. Eres inocente de nuevo, eres nuevamente un niño. A eso se refiere Jesús cuando dice: «A menos que sean como niños pequeños no en­trarán en el reino de Dios». ¿De qué reino está hablando? Está ha­blando del reino que está dentro de ti: el centro, la esencia, o pue­des llamarlo de cualquier modo que quieras. Una rosa es una rosa, no importa con qué nombre la llames.

La infancia puede ser recuperada, redescubierta. Esa inocencia; esa inocencia hermosa puede ser tuya otra vez. Y será mucho más rica de lo que era porque ahora estarás completamente alerta a ella. Y además serás consciente. Ser un niño conscientemente es ser un santo.

 

  Hay una historia de un niñito de seis años que, junto con su novia de cinco años, se acercó a su madre con la noticia de que se iban a casar.

  «y qué van a hacer para conseguir dinero?», le preguntó la madre.

  «Bueno», dijo el niñito, «a mi me dan diez centavos por semana y a  María le dan cinco centavos por semana».

  «¿ y dónde van a vivir tú y ella?».

  «Bueno, pensamos que una semana viviremos en nuestra casa y la se­mana siguiente viviremos en la de María».

  «¿Qué van a hacer cuando tengan hijos?», preguntó la madre.

  «Bueno -replico el niñito- toco madera ¡hasta ahora hemos tenido mu­cha suerte!».

 

Esa inocencia todavía está en ti en algún lugar. Esa totalidad, esa ignorancia hermosa todavía está en ti en algún lugar, oculta detrás de muchas capas de la personalidad. Y esas capas siguen repitiéndo­se a si mismas.

 

Observa la cualidad repetitiva de tu mente. Aun si a veces cam­bia las palabras, sigue repitiendo lo mismo. Aun si a veces cambia los hábitos... podrás dejar de fumar, entonces empiezas a mascar chicles. Es lo mismo, es el mismo juego con diferentes juguetes. Observa la naturaleza totalmente no original de tu mente. La consciencia es original: la mente siempre es repetitiva y no original.

 

Llegó un telegrama al cuartel del ejército. La madre del Cabo Jones ha­bía muerto. Esa noche en el patio de prácticas el sargento mayor les gritó a los hombres: «¡Atención! Jones, su madre está muerta. Muy bien, hom­bres, rompan filas».

      El pobre cabo Jones tuvo un colapso, muy perturbado. A la mañana si­guiente el comandante llamó al sargento mayor a su oficina. «Bueno, sar­gento mayor, unas palabras acerca de la muerte. Cuando el padre de al­guno de los hombres fallece, se va al más allá para encontrarse con su ha­cedor, por así decirlo, pienso que sería mejor para la moral de la tropa si diese la noticia con un poco más de gentileza. Sea un poco más sutil ¿en­tiende lo que quiero decir? Un abordaje diferente, ¿entiende lo que quiero decir? ¡Puede irse ahora!».

Ahora, sucedió que un mes más tarde el padre del pobre Jones también falleció. El sargento mayor, recordando lo que su oficial le había dicho, pensó: «Bueno, ahora: un abordaje diferente, sutil ¡un poco de gentileza!».

Esa noche llamó a los hombres: «¡Atención! Todos los que tengan padre que den un paso al frente. Jones, ¿a dónde diablos cree que está yendo?».

 

No hay mucha diferencia. La mente es repetitiva, la mente es só­lo un viejo disco grabado. Puedes cambiar las palabras, puedes cam­biar los hábitos, ella sigue siendo la misma.

He observado a muchos de tus santos y no he visto absoluta­mente ninguna diferencia. Todavía están en el mundo aunque vi­van en el monasterio. Sólo han cambiado las formas, las formas superficiales, pero su mente es exactamente la misma, sin ninguna di­ferencia. Están jugando los mismos juegos con nuevos nombres, y están totalmente satisfechos.

Siempre he sentido una profunda compasión por tus así llama­dos santos; son verdaderamente dignos de lástima. Toda vez que veo un así llamado santo, en lo profundo digo: «pobre hombre», porque él piensa que es un ser cambiado. No lo es. Primero estaba corriendo tras el dinero, ahora corre huyendo del dinero, pero la ca­rrera continúa. Primero estaba ansiando continuamente esa mujer y aquella otra, ahora tiene miedo continuamente de las mujeres. Pe­ro sigue estando obsesionado con la misma idea; que sea a favor o en contra no hace ninguna diferencia. Está enfocado en el mismo blanco. Primero estaba en la lujuria, ahora está en la anti-lujuria, pero el objeto de la lujuria o la anti-lujuria es el mismo.

Entonces, sea que desees el mundo o que renuncies a él no ha­brá mucha diferencia, a menos que entiendas los modos de obrar de tu mente, cómo funciona repetitivamente. Observa. No hay que hacer nada más: sólo observa. Observa todos los modos sutiles en que la mente se mueve hacia los viejos surcos, simplemente sigue observando... y lenta, lentamente surge el observador, el observa­dor sobre las colinas. Y la mente se deja muy atrás.

Abajo, en lo profundo del valle, ésta continúa, sigue reprodu­ciendo la cinta grabada. Pero tú ya no eres ella, no estás más en ella. Puedes usarla toda vez que sea necesario, y puedes olvidarte todo acerca de ella toda vez que no la necesites.

Al hablar contigo, tengo que usar la mente; no hay otro modo de hacerla. Pero en el momento en que me vaya mi habitación la apago. Es sólo una cuestión de prenderla y apagarla. Es un buen mecanismo, puede usarse de manera beneficiosa. El problema sólo surge cuando se vuelve el amo y empieza a usarte a ti.

Y eso es lo que está sucediendo. La mente se ha vuelto el amo y la consciencia está completamente perdida. Recupera tu consciencia, vuélvete más alerta y atento. Y lo mejor es estar atento a tu propia mente. Observa simplemente sus métodos sutiles y delicados, cómo va jugando juegos.

  Y no estoy diciendo que cambies esos juegos, porque si te inte­resas en cambiar, te olvidarás de observar. Es por eso que no les di­go a mis sannyasins: «Dejen el mundo». Les digo: «Vivan donde sea que estén». A veces hasta parece extraño...

 

Hace pocos meses estuvo aquí una prostituta francesa. Ella que­ría. tomar sannyas pero también tenía miedo, tenía miedo de que si yo llegaba a saber que ella era una prostituta podría no darle la ini­ciación. Pero ella era realmente un alma sincera, no pudo ocultarlo. Y eso es lo que llamo santidad. Ella dijo: «No debo ocultarlo de ti, tengo que decirte que soy una prostituta. ¿Puedes iniciarme en sannyas aun así?».

Le dije: «Podría haberte rechazado antes, pero ahora no puedo re­chazarte. Tu inocencia, tu sinceridad... nadie te lo estaba preguntan­do, lo dijiste por ti misma. Eso es hermoso. Te iniciaré».

Entonces otro problema surgió en su mente. Cuando después de unos pocos meses ella se iba de regreso, preguntó: «¿Qué se supone que haga ahora? Soy una prostituta y ésa es la única profesión que conozco. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Me darás alguna indicación?». Le dije: «¿Quién soy yo para darte cualquier indicación? Ve simple­mente, y sigue haciendo lo que sea que hayas estado haciendo. Só­lo sé observadora de aquí en adelante».

 Ella dijo: «¿Quieres decir que puedo seguir siendo una prostitu­ta?». Le dije: «Ése no es el asunto, si continuas como prostituta o no. Aun si lo dejas y te vuelves una monja, tu mente seguirá siendo la misma que la de la prostituta. No es una cuestión de dónde estás: en una monasterio como monja o en el mundo como una prostitu­ta. Ése no es el asunto en absoluto. El asunto, todo el asunto, con­siste en una sola cosa, y es ésta: donde sea que estés, observa tu mente. Ahora vuélvete alerta. Permite que esta luz de la observación esté siempre allí. Y si alguna transformación sucede a través de esta observación, eso es otra cosa».

Y sucedió. Pero eso no es renuncia, eso no es renunciar a nada. Algo simplemente se marchita, algo se vuelve totalmente estúpido y desaparece. Algo simplemente cae; no puedes sostenerlo más por­que es muy estúpido.

 

Mis sannyasins tienen que permanecer en el mundo tal como son. Todo lo que enseño es: vuélvete más alerta, consciente y obser­vador. Y si algo sucede a partir de esa observación, es bueno. No es tu elección, sucede sin elección.

 

Dices: ¿ Por qué es tan difícil ser silencioso?

 

Porque todavía te estás aferrando a tu ego con miedo de morir. ­

 

Dices: Mis palabras son tan mecánicas y usadas.

 

Las palabras de todos son mecánicas y usadas.

 

Dices: Una repetición continua de historias, el mismo viejo pasado que no existe. más.

 

Sí, así es con todos. No te preocupes por eso, no estás sufriendo de nada especial. Es sólo la enfermedad común del hombre, la en­fermedad común llamada «mente»; muy común y normal.

 

Dices: ¿Cómo es que todavía no estoy cansado de ello?

 

Porque todavía la estás inventando. ¿Cómo puedes estar cansada? Sigues mejorándolo. Sigues pintándolo aquí y allá, decorándo­lo y refinándola un poca más. Todavía estás trabajando en él; ésta es tu creación. La pintura todavía no está terminada, está en cami­no... Por eso todavía no estás aburrida de él. Y no te aburrirás si sigues trabajando en él, mejorándolo, refinándolo, haciéndolo más delicado y hermoso; nunca te aburrirás.

Deja de cooperar con él. Y el modo de dejar de cooperar es vol­verte alerta. entonces, inmediatamente la cooperación desaparece.

Simplemente inténtalo. Hay enojo: date cuenta del enojo. No estoy diciendo que detengas el enojo, que dejes el enojo; simplemente date cuenta. Ve que el enojo está allí y observa que está surgiendo, que estás rodeado por él, que está clamando a tu alrededor como una nube y que te sofoca. Sigue observando, sin hacer nada. En el momento en que haces algo, has perdido tu estada de observación. Hacer significa que te involucras, hacer significa que coo­peras. Y hay dos tipos de cooperación: puedes  estar a favor o estar en contra. Ambos son cooperación. De ambos modos te enredas.

Evita estar a favor o en contra. No estés a favor del enojo, no estés en contra del enojo. Está allí, es un hecho. Sólo observa sin ningún jui­cio, y te sorprenderás: pronto habrás encontrado una clave de oro. Ob­servando, lentamente desaparece. Y desaparece sin dejar rastros en ti. Entonces tienes la clave; úsala entonces para todo tipo de pensamientos.

Un día te habrás vuelto alerta del proceso secreto de la observa­ción, que la observación destruye la mente, te desconecta de la men­te. Observar apaga la mente. Y una vez que te hayas elevado por en­cima de la mente, como un pico del Himalaya, tú serás el amo.

Ésa es la meta de ser un sannyasin.

 

Pregunta 3

 

Amado Maestro ¿Cómo puede uno saber que sannyas es bueno?

 

La prueba del budín está en la degustación. Vuélvete un sannya­sin; no hay otro modo. Es una experiencia; tienes que saberlo por experiencia propia. Y es una experiencia tan interna que no se pue­de decir nada acerca de ella desde afuera. Y es de tal profundidad que no hay palabra capaz de expresarla.

Es como si tienes un dolor en el corazón: sólo tú lo sabes. O tienes un dolor de cabeza: sólo tú lo sabes. Podrás haberte encon­trado con personas que no han tenido la experiencia del dolor de cabeza...

Yo conozco una persona. Él tiene sesenta años y nunca tuvo un dolor de cabeza. Es imposible explicarle lo que es un dolor de cabeza. Cuanto más le explicas, más intrigado parece. Nunca ha teni­do ninguna experiencia, ¿cómo puedes transmitírsela?

 

Sannyas es una experiencia muy profunda. Va a tus raíces mis­mas. Te sacude de tu sueño, empieza a transformarte desde aden­tro. No es algo que esté en el exterior. Las ropas anaranjadas y el mala y el nuevo nombre: eso no es sannyas. Eso es sólo una indi­cación, un gesto; eso es sólo un comienzo, el primer paso. Y todo lo demás, todo lo que sucede luego es muy interior.

 

Y dices: ¿Cómo puede uno saber que sannyas es bueno?

 

  La madre entró corriendo al cuarto de los niños cuando escuchó que su hi­jo de cinco años aullaba. Su hermanita bebé había estado tirándole del pelo.

  «No te enojes con la beba», dijo su madre. «Ella no sabe que  lastima».

  Unos minutos más tarde, la madre entró corriendo nuevamente al cuarto de los niños. Esta vez era la beba quien gritaba.

  «¿Qué pasa con la beba?», preguntó la madre.

“No mucho», replicó su hijo de cinco años. ”Pero ahora ella sabe».

 

Pero ése es el único modo de saber. Entonces, por favor, ¡déjame tirarte del pelo! Vuélvete un sannyasin y sabrás: es bueno. Es in­mensamente bueno, no hay nada como eso.

 

Pregunta 4

 

Amado Osho, cuando dejé mi trabajo como periodista polí­tico para venir a Poona, algunos de mis amigos que están involucrados en la lucha contra la guerra atómica, el poder atómico, la destrucción del medio ambiente, el desmantela­miento de las libertades democráticas, etcétera, me llama­ron un escapista. iA veces me pregunto si tienen razón. ¿La tienen?

 

Tienen razón, pero tienen razón en un sentido totalmente dife­rente del cual no son conscientes.

Uno puede escapar de la realidad, uno también puede escapar a la realidad. Y lo que sucede es lo segundo. Cuando entras en medi­tación o en sannyas, eso es escapar a la realidad, no de la realidad, dado que lo más real que hay en ti es tu propio centro. Cuanto más lejos estás de tu centro, más lejos estás de la realidad.

Y la lucha que ellos continúan contra el poder atómico, la des­trucción del medio ambiente, el desmantelamiento de las libertades democráticas, etcétera no va a tener éxito a su modo: no es posible que tenga éxito de ese modo.                                        

Aquí no estamos luchando contra nada como eso, porque esta­mos cortando las raíces mismas. Ellos están luchando sólo contra las hojas. ¿De dónde viene el poder atómico? ¿Quién lo ha creado y por qué? ¿De dónde viene la guerra y por qué? ¿Quién ha destruido el medio ambiente y por qué? ¿De dónde viene toda esa destructividad?

¿Por qué no hay democracia en el mundo? ¿Por qué no hay li­bertad individual en el mundo? ¿Quién ha hecho todo esto? ¿Pien­sas que puedes hacer responsable por esto a algún partido, a alguna clase, a algún sector de la sociedad? Entonces estarás totalmente equivocado.

La mente humana es la responsable. El modo en que ha existi­do la mente humana hasta ahora de algún modo es errado. La men­te humana todavía no ha aprendido a ser creativa, de aquí que ha­ya destrucción. Y habrá destrucción, a menos que cambiemos la ba­se misma de la mente humana.

Luchar contra la guerra no va a ayudar porque eso es, nueva­mente, otra guerra. ¿No has visto a los pacifistas y sus caravanas, có­mo aúllan y gritan y qué enojados están? Y son pacifistas. Y toda ca­ravana pacifista termina en destrucción: empiezan a saquear nego­cios, a quemar ómnibus y a tirarle piedras a la policía. Y han veni­do a propagar la paz. Ésta es una vieja estupidez.

 

Todas las guerras se hacen en nombre de la paz, todas las gue­rras se han hecho siempre en nombre de la paz. ¿No puedes ver có­mo es el asunto? El hombre quiere pelear, cualquier excusa servirá, y la paz es una excusa hermosa.

Todos los políticos hablan acerca de la paz y se preparan para la guerra, y si les preguntas por qué, ellos dirán: «¿Cómo podemos proteger la paz? Tenemos que ser fuertes, de no ser así la paz será destruida. Entonces, para tener un mundo pacífico nos tenemos que preparar para la guerra». Y cuando la preparación, ha tenido lu­gar por largo tiempo, tienes que hacer algo, porque sino la prepa­ración se vuelve demasiado pesada.

Por ejemplo, una persona ha estado ejercitándose continuamen­te y se ha preparado sólo para estar listo para pelear. Entonces un día está listo. Ahora ansía pelear; ahora toda su preparación lo fuer­za a pelear. Y no se estuvo ejercitando solo: el vecino también fue al gimnasio, también se volvió musculoso, también se volvió un Mu­hammad Ali. Y ambos pasaron frente a la casa del otro caminando de un modo muy agresivo. Y ambos tienen miedo el uno del otro. Entonces finalmente alguien tiene que empezar la pelea.

Machiavelli decía que el mejor modo de defenderse es atacar, el mejor medio de defensa es el ataque. Entonces alguien tiene que empezarlo porque se vuelve demasiado pesado. Se vuelve una ten­sión, y la tensión debe ser liberada.

Ahora, cuando vas apilando armas y bombas, ¿por cuánto tiempo puedes seguir apilándolas? Un día tendrás que empezar a venderlas;­ es peligroso seguir acumulándolas. Entonces en un lugar o en otro tiene que haber una guerra: se vuelve una necesidad económica.

Las grandes guerras mundiales tienen lugar de vez en cuando, y entre dos grandes guerras tienen lugar guerras pequeñas: a veces en Israel, a veces en Corea, a veces en Vietnam, a veces en Bangladesh, Kashmir... las guerras continúan, porque los grandes poderes es­tán creando bombas y necesitan un mercado. Entonces los estúpi­dos indios y pakistaníes pelearán; ellos se volverán el mercado. Luego pelearán los israelitas y los árabes, y ellos se volverán el mercado.

Mira simplemente todo el asunto. Si Israel le compra armas a América, entonces los árabes le comprarán armas a Rusia: ambos necesitan un mercado. Si India le compra armas a Rusia, entonces Pakistán le compra armas a América: ambos lo necesitan. Y están mejorando sus armas día a día, entonces, ¿qué hacer con las armas pasadas de moda? Son inútiles. Puedes destruidas, tirarlas al océa­no, pero entonces todo lo que has puesto en ellas se pierde.

Véndeselas a los países subdesarrollados. Para ellos son una gran cosa. Para Rusia y América están pasadas de moda, son inútiles, pe­ro para India y Pakistán son la última moda. En lo que concierne a la tecnología de América y de Rusia, son primitivas, son inútiles. Si Rusia y América van a la guerra, no tendrán ningún uso; no tiene sentido guardarlas. Entonces todo este juego continua. Seguimos hablando de paz y seguimos creando guerra.

 

Tenemos que entender la mente humana; la mente humana tie­ne que ser cambiada desde las raíces. Si la mente humana sigue siendo ambiciosa no hay posibilidad de que haya un mundo sin guerra: la ambición es guerra. Si la mente humana sigue siendo sec­taria: cristiana, hindú, musulmana, no hay posibilidad de que haya ninguna paz. Porque esas sectas dividirán a la gente, y cualquier di­visión es el comienzo de la guerra.

 

No has escapado de la realidad, has escapado a la realidad.

 

No estamos hablando de paz; no tiene sentido hablar acerca de ella. Estamos creando sus cimientos. No somos pacifistas, no esta­mos marchando por las calles ni yendo en una larga caminata a la capital, una caravana pacifista con slogans y gritos. No estamos ha­ciendo toda esa tontería, ¡no tiene sentido! Simplemente ayuda a unas pocas personas a sacar su destructividad y a hacer catarsis, eso es todo. Ellos lo disfrutan.

Conozco a esas personas, están siempre en todas las marchas de protesta. Viví en Jabalpur por muchos años, y estuve observando todo tipo de cosas que pasaban por ahí. Entonces toda vez que ha­bía una marcha de protesta o cualquier otra cosa, yo iba y observa­ba. Me sorprendí: encontraba un hombre en todas las marchas de protesta, en todos los tipos: comunistas, socialistas, jansanghi, hin­duístas, arya samajis; ¡cualquiera! Él siempre estaba allí. Yo estaba intrigado: es un congresista, es un comunista, es un socialista, es un jansanghi...

Un día lo detuve y le dije: «Me intrigas mucho. Te veo en todas las caravanas, en todas las protestas, ¡y gritas como el mejor!».

Él dijo: «Yo también estoy intrigado porque siempre te veo ob­servando, iy nunca participas! ¿Cómo te las ingenias? Y me temía que algún día me preguntarías porque me ves en todas las protes­tas. Disfruto gritando. No me importa por quien estoy gritando o contra quien estoy gritando. ¡Disfruto gritando! Es un ejercicio tan bueno, y me siento tan entusiasmado y excitado; y siempre me da buen apetito. Y trae alguna excitación; sino la vida es un aburri­miento».

Aquí no estamos haciendo nada así. Entonces, aquellos que están haciendo cosas así pensarán que éste es un escape de la realidad por­que piensan que lo que ellos están haciendo es la realidad. No lo es.

Y naturalmente, sentarse aquí en silencio, meditando, bailando, haciendo vipassana con los ojos cerrados, observando, estando aler­ta, por cierto que para ellos es un escape. Es un escape pero en un sentido diferente.

Tú estás yendo a la raíz misma de todas las enfermedades. Y es­tamos tratando de cortar esa raíz misma. Estamos tratando de crear un nuevo tipo de ser humano: sin ego, sin ambición, sin ningún de­seo de tener éxito en el mundo. Estamos tratando de crear un ser humano que quiera bailar, cantar, amar, que quiera celebrar la vida. Estamos tratando de crear una mente humana creativa. Y recuerda sólo una no-mente es una mente creativa.

 

Cuando la así llamada mente desaparece y hay sólo puro vacío, vacío virgen, a partir de ese vacío virgen surge la creatividad. Mil y una flores se abren en ese vacío.

Ése es el jardín del que está hablando Hakim Sanai: el hadiqa, el jardín. Estamos tratando de crear ese jardín. Haremos de nues­tros cuerpos un compost, haremos de nuestras mentes un compost, para que la flor de oro pueda abrirse en nosotros.

 

Eso no es un escape de la realidad, eso es escapar y entrar a la realidad.

 

Pregunta 5

 

Amado Osho, nos haces entender de tantas maneras, pero todavía no entendemos. ¿Por qué no entendemos? ¿Cuándo entenderemos? ¿Cómo entenderemos?

 

El entendimiento no es algo que sepa de ningún «cuando». No es del tiempo, por lo tanto no es predecible. No puedo decir «hoy» o «mañana» o «pasado mañana». Puede suceder en este mismo mo­mento, puede no suceder por varias vidas... es impredecible.

Es impredecible porque no puede ser causado. Sucede cuando sucede: el entendimiento viene a ti. Todo lo que puedes hacer es no crearlo: tú no puedes crearlo. Y el entendimiento que sea creado por ti tampoco será realmente un entendimiento. Entonces no pre­guntes «cómo», no hay «cómo» con respecto a él.

«Cómo» significa alguna técnica, algún método para que podamos crear entendimiento. El entendimiento no es algo que se pue­da fabricar. ¿Qué es entonces? Ya existe. Entiendes, pero el enten­dimiento va en contra de tus intereses. Cualquier cosa que yo diga es tan simple que es imposible no entenderla. No estoy hablando de cosas difíciles, no estoy hablando de filosofía. Estoy haciendo de­claraciones simples, tales como «dos y dos son cuatro»: no es nece­sario que seas un gran genio para entenderlas.

Y entiendes perfectamente bien. No es que no entiendas: la cuestión es otra. No quieres entenderlo. Entiendes pero no quieres entenderlo. Quieres evitarlo, quieres posponerlo; de allí que pre­guntes: «¿Cuándo? ¿Cómo?» Esos son trucos, estrategias para pos­ponerlo hasta mañana.

Yo digo: ¡Ahora! No preguntes cuándo. Y no preguntes cómo porque «cómo» hace entrar el futuro. Entonces dices: «Practicaré; no puede suceder ahora mismo. Practicaré mañana, pasado maña­na, y lentamente, gradualmente, un día sucederá». Y mientras tan­to, sigues siendo el mismo. Es un truco.

Lo que estoy diciendo es muy obvio, pero va en contra de tus in­tereses. Has invertido demasiado en tu ignorancia. Hasta ahora toda tu vida ha sido vivida por un tipo de mente totalmente equivocada, y has invertido todo lo que tenías, tu vida entera. Ahora, repentina­mente, ves la verdad: y te da miedo. Verla significa que hasta ahora has sido un tonto. Verla significa que hasta ahora todo ha sido inútil, que hasta ahora realmente no has vivido. Esto es demasiado, no te lo puedes tragar. Creas un nuevo truco, dices: «Trataré de entender».

Tú has entendido. Ya está allí. Ahora, por favor, no hagas jue­gos. Y recuerda, si no puedes vivir este entendimiento que te está sucediendo hoy, tampoco serás capaz de vivirlo mañana, porque mañana la inversión se habrá vuelto aún mayor. Habrás invertido un día más en tus actitudes equivocadas, en las estructuras equivo­cadas; se volverá cada vez más difícil. Es por eso que se vuelve difí­cil. Cuanto más viejo eres, más difícil se vuelve.

 

¿Por qué ves tanta gente joven que viene a mí? La razón es que su inversión no es tan grande. Todavía pueden tener la esperanza de cambiar su vida y vivir. Cuando vienen personas viejas, su in­versión es demasiado grande. A menos que sean muy valientes y realmente jóvenes por dentro, no serán capaces de dar el salto. Han vivido de un modo durante toda su vida; ahora, de pronto, les estoy mostrando que hay que seguir un camino diferente. Es tan nuevo que será incómodo, inconveniente e inseguro. Y ahora no queda mucho: están envejeciendo, viene la muerte. Se vuelve difícil arriesgarse en un momento así. Entienden perfectamente bien, pero no quieren entender. Quieren seguir soñando, quieren continuar el sueño.

 

Una noche Mulla Nasrudín soñó que Khidr, el maestro Sufi oculto, es­taba parado delante de él y le preguntaba: «¿Qué quieres Nasrudín?».

El pobre Nasrudín no podía pedir mucho. Así son las personas. Si Dios se te aparece de pronto y te pregunta: «¿Qué quieres?». Piensa simplemen­te, ¿qué viene a tu mente? Una casa, un auto, una cuenta bancaria... ni siquiera puedes pedir algo que valga la pena.

  Mulla dijo: «Un billete de cien rupias». Pobre hombre, eso era lo me­jor que podía imaginar. Pero Khidr le dijo: « Te daré una rupia. Dos.»

  Mulla dijo: «¡No, cien!». «Tres.»

  Y así siguieron, así siguió este regateo en el sueño. Llegó a noventa y nueve, y Khidr era inquebrantable. Dijo: «No te daré ni un centavo más. ¡Noventa y nueve! ¡Tómalo o déjalo!».

  Y Mulla dijo: «¡ Tomaré cien! ¡Y qué miserable que eres! ¡Por una ru­pia! ¿Por qué no me das cien?».

Y la pelea se volvió tan ardiente que Mulla se despertó. Abrió los ojos, Khidr desapareció, los billetes desaparecieron. La esposa estaba sentada a su lado porque él estaba hablando tan fuerte que se había despertado y estaba escuchando. Había un gran regateo y se hablaba de dinero, y ella también estaba interesada. Y no quería molestarlo, algo grandioso estaba sucedien­do. «Ochenta, ochenta y uno, ochenta y dos ...», y se guía: «... noventa y nueve.» Y Mulla decía: «¡Noventa y nueve no! ¡Cien! ¡Sólo tomaré cien!».

  Y entonces, repentinamente abrió los ojos y la esposa le dijo: «¿Qué es­tá sucediendo?». Y Mulla le respondió: «¡ Tú quédate callada!».

  Cerró los ojos de nuevo y dijo: «Muy bien, dame noventa y nueve.» Pe­ro el sueño se habla ido; ya no habla Khidr ni había nadie.

Y dijo: «¡Muy bien, digo noventa y nueve! ¿Dónde estás? ¡Noventa y ocho! ¡Noventa y siete!». Y empezó a bajar pero ya no habla nadie y no había ni siquiera una rupia. Y se enojó mucho y dijo: «¡Que tonto que soy! Debería haber aceptado noventa y nueve. Por una sola rupia ... Es­te Khidr es un miserable. Y yo también soy un tonto; ahora no puedo en­contrarlo».

 

Ésa es la situación. Si me entiendes, el sueño se romperá. Y siempre estás cerca de noventa y nueve. Mañana va a suceder, un día más, un poco más de esfuerzo... y el billete de cien rupias es­tá allí, colgando frente a ti como una zanahoria.

Me dices: «Espera Osho. Déjame intentarlo un poco más. Y me puedes seguir diciendo, me puedes seguir enseñando, pero dime cuándo y cómo». Y sigues trabajando duro para conseguir ese bille­te de cien rupias que está siempre allí a la vuelta de la esquina pero que nunca está en tus manos. Nunca estará en tus manos. Y tú no estás listo para despertar de tu dulce sueño.

No es una cuestión de entender, es tan simple. Pero has vivido una cierta vida, tus hábitos se han vuelto fijos, tus estructuras se han vuelto congeladas. Aun cuando entiendes, tu mente es lo suficiente­mente astuta como para distorsionarlo, para crear significados que no están ahí. Puede proyectar en él sus propias ideas.

Lo que estoy diciendo es simple, completamente simple. Cual­quiera que tenga una mente inocente puede entenderlo. Pero el pro­blema es que tienes prejuicios, tienes tus propias ideas. Te gustaría en­tender de acuerdo con ellas, de acuerdo con tus propios prejuicios.

 

El buen Padre se encontró con Pat, la vergüenza del pueblo, que esta­ba muy embriagado, zigzagueando hábilmente del poste del teléfono a la puerta de entrada y de allí al poste nuevamente.

«Pat, Pat, ¡otra vez borracho!» «¿ Usted? yo también, Padre».

«Por favor, no es momento para frivolidades. Estás en esta condición detestable, Pat, después de prometerme fielmente hace dos semanas que no beberías nunca más, y jurar que no lo harías. Es una vergüenza terrible para ti, y un pecado contra Dios y la Iglesia, y siento mucho verme obli­gado a decirte esto».

«Padre Daly», dijo Pat en un tono medio achispado, medio risueño.

«¿Dijo que lo siente por verme así?».

«Sí, por cierto, lo siento”.

«¿Está seguro de que lo siente mucho?”.

«Sí, lo siento mucho, mucho”.

“Bueno, Padre Daly, entonces si lo siente mucho, mucho, mu­cho, lo perdono”.

 

Es así como siguen las cosas: yo digo algo, tú te las ingenias pa­ra que quiera decir algo distinto. Y lo estás haciendo y sabes que lo estás haciendo. No es una cuestión de cuándo y cómo: es ahora o nunca.

 

Un joven escocés de buena familia y de buena posición social tenía gran afición por la bebida. Su familia y sus amigos habían hecho todo lo posible para que rompiera el hábito, pero sin éxito. Un amigo sugirió que tratasen de darle un shock severo. Como medio para esto consiguie­ron un ataúd, y la vez siguiente que llegó a su casa bajo la influencia del alcohol lo vistieron como a un cadáver, oscurecieron la habitación, pusieron unas pocas velas prendidas alrededor del ataúd y dejaron a un amigo en el lugar para que lo observara.

Poco después se despertó y pareció estar muy intrigado por lo que lo rodea­ba; entonces, al ver a alguien en la habitación, preguntó: «¿Dónde estoy?» «Estás muerto», fue la solemne respuesta.

«¿Muerto?», exclamó. «¿Cuánto tiempo he estado muerto?».

« Tres días».

«Ah, bueno», reflexionó. «¿ Tú también estás muerto?».

«Si, yo también estoy muerto», dijo el compañero.

«¡Qué raro! ¿Por cuánto tiempo has estado muerto?».

«Tres semanas», replicó el otro tristemente.

  El borrachín se animó considerablemente y dijo: «Bueno, si has estado muerto tres semanas y yo sólo he estado muerto tres días, debes conocer el lugar mejor que yo. ¿Adónde podemos ir a conseguir un trago?».

 

La mente vieja, la estructura vieja, los hábitos viejos siguen per­sistiendo. Te seguirán hasta en la muerte. Eso es exactamente lo que sucede: sólo cambias tu cuerpo, tu mente continúa. Tu mente en­tra en otro útero, con todo su pasado podrido. Y empiezas a vivir otra vez la misma vida repetitiva.

No me preguntes cuándo vas a entenderme: tú me has entendi­do. Ahora, por favor, no lo pospongas más. ¡Ya ha sucedido! Es al­go tan simple, no te estoy dando acertijos, te estoy dando verdades puras y desnudas. Y no es una cuestión de cómo.

Escuchándome, no interfiriendo con lo que estoy diciendo, no distorsionando lo que estoy diciendo, el entendimiento surgirá por sí mismo, está surgiendo. Pero irá en contra de aquello en lo que has invertido, eso es verdad. Y a menos que te atrevas, no serás capaz de salir de tu viejo pasado, no serás capaz de salir de tu viejo ego.

Se necesita gran osadía; no entendimiento sino coraje, el en­tendimiento ya está sucediendo. ¿Y qué es el coraje? El coraje sig­nifica simplemente estar listo para arriesgar lo conocido por lo desconocido. Si lo conocido no te ha dado nada, ¿por qué tener miedo de lo desconocido? Probémoslo. No vas a perder nada por­que no tienes nada. ¿Por qué no probarlo? O consigues algo o no pierdes nada; de ninguna de las dos maneras serás un perdedor.

Pero la gente piensa que tiene algo. Piensan que han vivido una vida tremendamente hermosa, una vida de riqueza. Ésas son sólo tus creencias. Sólo te has estado arrastrando por la vida. Tu vida ha sido gris y chata; en ella nunca ha habido poesía, nunca ha habido danza. No has conocido nada de la belleza y la grandeza de la exis­tencia. No has tocado la divinidad de este hermoso universo ni si­quiera por un momento.

No has conocido nada de Dios, y sólo eso importa. Sólo eso da riqueza, sólo eso significa vida. Si no has tocado lo divino, si no has sido tocado por lo divino, si no has sido movido por lo divino, si no has sido penetrado por lo divino, si no has permitido que Dios te suceda, todo lo que ha sucedido es sólo un sueño.

Al ver esto, uno salta fuera del sueño. Esto es coraje, saltar fuera del sueño conocido hacia lo desconocido. Es un riesgo. ¿Quién sabe lo que va a suceder en lo desconocido? Pero una cosa es cierta: al cambiar de lo conocido a lo desconocido habrás crecido, te habrás vuelto más rico.

 

Última pregunta:

 

Amado Osho, ¿qué harías si por alguna loca vuelta del des­tino te volvieses primer ministro de India?

 

Renunciaría inmediatamente.

 

... Suficiente por hoy.

 

 


Osho, UNION MISTICA VOL1
 

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