VIDA, AMOR, RISA

 

(nueva recopilacion)


  

La vida carece de importancia en sí misma.

Sólo es significativa si eres capaz de cantar una canción a lo

Eterno, si puedes liberar un poco de fragancia divina, un poco

De eternidad: si eres capaz de convertirte en una flor de loto,

Inmortal y eterna.  Si aprendes a convertirte en puro amor, si

Eres capaz de embellecer esta existencia, si puedes convertirte en

Una bendición para esta existencia, solamente entonces la vida

Tiene significado; en caso contrario, no tiene sentido.

Es como un lienzo en blanco: puedes cargar con él durante

Toda tu vida y morir aplastado bajo su peso, pero ¿para qué?

¡Pinta algo en él!

Tú has de darle significado a tu vida; ese significado no te es

Dado.  Se te ha dado libertad, se te ha dado creatividad, se te

ha dado la vida, se te ha dado todo lo necesario para que le

confieras un significado.  Te han sido proporcionados todos los

ingredientes esenciales para su significado, pero ese significado

no te ha sido dado.  Tú has de crearlo.  Tú mismo te has de

convertir en creador.

Y cuando tú mismo te conviertes en creador, participas de

Dios, formas parte de Dios.

 

 

 

 

1

 

 

 

 

Lo primero es lo primero:

¡toma una taza de té!

 

Una historia zen:

 

Joshu, el maestro zen, preguntó a un novicio del monasterio:

-¿Te he visto antes?

El novicio le replicó:

-No, señor.

Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.

 

Joshu se volvió entonces hacia otro monje:

-¿Te he visto antes?

El segundo monje le contestó:

-Sí, señor; desde luego.  Ya me conoce.

A lo que Joshu le respondió:

-Toma entonces una taza de té.

 

Más tarde, el superior que dirigía el monasterio le preguntó a Joshu:

-¿Por qué contestas a cualquier pregunta ofreciendo té?

A lo que Joshu contestó gritando:

-¡Abad!  ¿Estás todavía aquí?

El superior le replicó:

-Desde luego, maestro.

Y Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.

 

         La historia es simple aunque difícil de comprender.  Siempre ha sido así: cuanto más sencilla es una cosa, más difícil es de comprender.  Para poder comprender algo es necesario que sea complejo; para comprender, has de dividir y analizar.  Una cosa sencilla no puede ser dividida ni analizada; no hay nada que dividir ni analizar.  El hecho es muy simple.  Lo más simple siempre escapa a la comprensión.  Por eso Dios no puede ser comprendido.  Dios es lo más simple, es lo más simple posible.  Puedes comprender el mundo; es muy complejo.  Cuanto más complejo es algo, más puede la mente manipularlo.  Cuando es sencillo, no hay nada a lo que agarrarse; la mente no puede trabajar.

         Los lógicos dicen que las cualidades simples son indefinibles.  Por ejemplo: alguien te pregunta qué es “amarillo”.  “Amarillo” es una cualidad muy simple; ¿cómo lo definirás?  Tú dirás: “Amarillo es amarillo”.  Y el hombre te dirá: “Ya lo sé, pero ¿cuál es la definición de amarillo?”.  Si contestas “amarillo es amarillo” no lo estás definiendo.  Tan sólo repites lo mismo otra vez.  Es una tautología.

         G.E. Moore, una de las mentes más penetrantes de este siglo, ha escrito un libro, Principia Ethica.  El libro en su totalidad consiste en un persistente e intenso esfuerzo por definir “bien”.  Tras esforzarse desde todos los ángulos en doscientas o trescientas páginas –y doscientas o trescientas páginas de G. E. Moore equivalen a tres mil páginas de cualquier otro-  llegó a la conclusión de que “bien” es indefinible.  No puedes definir “bien”.  Es una cualidad absolutamente simple.

         Cuando algo es complejo tiene múltiples facetas.  Y puedes definir una en función de otra presente.  Si tú y yo estamos en una habitación y tú me preguntas: “¿Quién eres?”, al menos puedo contestar que no soy tú.  Esto se convertirá en la definición, la indicación.  Pero si estoy sólo en una habitación y me pregunto a mí mismo: “¿Quién soy yo?”, la pregunta queda planteada, pero no hay respuesta.  ¿Cómo puedo definirme a mí mismo?

         Por eso, Dios ha sido omitido.  El intelecto lo niega; la razón dice “no”.  Dios es el común denominador de la Existencia; lo más simple, lo fundamental.  Cuando la mente se detiene, no existe más que Dios, de modo que ¿cómo definir a Dios?  Se encuentra solo en la habitación.  Por eso las religiones tratan de efectuar divisiones; entonces la definición es posible.  Ellos dicen: “Dios no es este mundo, Dios no es el mundo, Dios no es materia, Dios no es el cuerpo, Dios no es deseo”.  Esos son modos de definirlo.

         Si sitúas algo contra un fondo, entonces puedes dibujar su límite.  ¿Cómo vas a poder dibujar un límite si no hay contra qué?  ¿Dónde colocarás la cerca de tu casa si no tienes vecinos?  Si no tienes vecinos, ¿cómo vas a vallar tu casa?  El límite de tu casa se basa en la presencia de tu vecino.  Dios está solo, no tiene vecinos.  ¿Dónde empieza?  ¿Dónde acaba?  En ninguna parte.  ¿Cómo definirás pues a Dios?  Tan sólo para definir a Dios fue creado el diablo.  Dios no es el diablo –al menos puedes afirmar  esto-.  Puede que no seas capaz de definir qué es Dios, pero puedes decir lo que no es: Dios no es el mundo.

         Estaba leyendo un libro de un teólogo cristiano.  En él se dice que Dios lo es todo excepto el mal.  Con esto basta también para definirlo.  Dice: “Todo excepto el mal”.  Esto basta para fijar un límite.  Y él no se da cuenta: si Dios lo es “todo”, entonces ¿de dónde surge el mal?  Ha de proceder de este “todo”.  Si no fuera así, habrá de existir otro origen distinto a Dios, otra fuente de la existencia que fuera equivalente a Dios.  Entonces el mal nunca podría ser destruido, entonces tendría su propio origen, entonces el mal no dependería de Dios, ¿cómo podría entonces Dios destruirlo?  Dios no lo destruiría.  Una vez el mal es destruido, Dios no puede ser definido.  Para definirle necesitas que el diablo esté presente, a su alrededor. Los santos necesitan pecadores, de lo contrario no existirían.  ¿Cómo sabes tú que alguien es santo?  Todo santo necesita pecadores a su alrededor. Esos pecadores le definen.

         Lo primero que hay que comprender es que sólo lo complejo puede ser comprendido; no puedes comprender lo simple.  Lo simple es simple.  Esta historia zen sobre Joshu es muy simple.  Es tan simple que se te escapa: tratas de agarrarla, tratas de aferrarte a ella y se te escapa.  Es tan simple que tu mente no puede manejarla.  Trata de sentir la historia.  No te digo que trates de comprenderla porque no podrás comprenderla; trata de sentir la historia.  Si tratas de sentirla descubrirás muchas cosas ocultas en ella.  Si tratas de comprenderla no verás nada.  La anécdota te resultará absurda.

 

Joshu vio un monje y le pregunto:

-¿Te he visto antes?

El hombre le dijo:

-No, señor, no es posible.  Acabo de llegar por primera vez, soy nuevo. 

No puede haberme visto antes.

Joshu le dijo:

-De acuerdo.  Toma entonces una taza de té.

 

Entonces le preguntó a otro monje:

-¿Te he visto antes?

El monje le contestó:

-Sí, señor; ha de haberme visto.  Siempre he estado aquí.  No soy nuevo.

 

El monje debía de ser un discípulo de Joshu.  Y Joshu le contesta: “De acuerdo.  Toma entonces una taza de té”.

         El Abad del monasterio se quedó perplejo: ante dos personas distintas que le habían respondido de diferente manera eran necesarias dos respuestas distintas. Pero Joshu había respondido de la misma manera al desconocido y al amigo, al que había llegado por primera vez y al que había estado allí desde siempre.  Joshu había contestado de la misma manera al desconocido y al conocido.  No había hecho ninguna distinción, ninguna en absoluto.  No había dicho: “Tú eres nuevo.  ¡Bienvenido!  Toma una taza de té”.  No le había dicho al otro: “Siempre has estado aquí, de modo que no es necesaria la taza de té”.  Ni había dicho: “Siempre has estado aquí de modo que no necesito responderte”.

         La familiaridad genera aburrimiento.  Nunca agasajas a lo familiar.  Nunca miras a tu  esposa.  Ella ha estado contigo desde hace muchos, muchos años y te has olvidado por completo de que existe.  ¿Cuál es el rostro de tu esposa?  ¿Te has fijado en ella recientemente?  Puede que te hayas olvidado por completo de su cara.  Si cierras tus ojos y meditas recordándola, puede que recuerdes el rostro que miraste por primera vez, pero tu esposa es un flujo, un río, constantemente cambiando.  Su rostro ha cambiado; ella ha envejecido.  El río ha seguido fluyendo por nuevos vericuetos; el cuerpo ha cambiado.  ¿La has mirado recientemente?  Tu esposa te es tan familiar que no necesitas mirarla.  Sólo miramos aquello que no es desconocido, nos fijamos en aquello que nos llama la atención por novedoso.  Se dice que la familiaridad alimenta el contento; no, alimenta el aburrimiento.

         He oído una anécdota.

        

         Dos hombres de negocios muy ricos estaban de vacaciones en Miami Beach.  Estaban tumbados tomando el sol y uno le dijo al otro:

         -Nunca comprenderé lo que la gente ve en Elizabeth Taylor, la actriz.  No comprendo lo que ven en ella, por qué se vuelven locos con ella.  ¿Qué tiene de especial?  Si le quitas los ojos, si le quitas el pelo, si le quitas los labios, si le quitas su figura, ¿qué le queda?  ¿Qué queda?

         El otro hombre lanzó un gruñido, se puso serio y replicó:

         -Mi esposa.  Eso es lo que queda.

 

En eso es en lo que se ha convertido tu esposa, tu marido: en nada.  Debido a la familiaridad, todo ha desaparecido.  Tu marido es un fantasma, tu esposa es un fantasma, sin figura alguna, sin labios, sin ojos; simplemente algo repugnante.  No siempre ha sido así.  Una vez te enamoraste de esa mujer.  Ese instante ha desaparecido: ahora ni siquiera la miras.  Los maridos y las esposas evitan mirarse a la cara.  He convivido con muchas familias y he observado a maridos y esposas evitar mirarse entre sí.  Han creado muchos trucos para evitar mirarse.  Cuando se quedan solos siempre están intranquilos.  El invitado es siempre bienvenido; así pueden mirarle y evitar mirarse entre ellos.

Joshu parece ser absolutamente distinto comportándose de la misma manera con un extraño y con un amigo.

 

El monje le dijo:

-Siempre he estado aquí, señor.  Me conoce bien.

Y Joshu le replica:

-Toma entonces una taza de té.

 

El superior no supo comprender.  Los superiores son siempre estúpidos; para ser gerente de lo que sea es necesaria una mente estúpida.  Y un gerente nunca puede ser muy meditativo.  Es difícil: has de ser matemático, calculador; has de observar el mundo y disponerlo todo en función de ello.  Él se quedó perplejo: “¿Qué hacer?  ¿Qué está sucediendo?  Parece ilógico.  Esta bien ofrecer una taza de té a un extraño, pero no a este discípulo que siempre ha estado aquí”.

De modo que le pregunta:

 

-¿Por qué responde de la misma manera a dos personas distintas, a dos preguntas distintas?

Joshu le contestó gritando:

-“¡Abad!  ¿Estás aquí?”.

El superior le contestó:

-Sí, señor; evidentemente estoy aquí.

Joshu le dijo:

-Toma entonces una taza de té.

 

Al decir en voz alta: “¡Abad! ¿Estás aquí?”, está llamando su atención, activando su presencia.  La atención es siempre algo nuevo, es siempre lo extraño, lo desconocido.  El cuerpo puede volverse familiar, pero no el alma; el alma, nunca.  Puede que conozcas el cuerpo de tu mujer, pero nunca conocerás lo desconocido, la persona  oculta.  Nunca.  Eso no puede ser conocido.  No puedes conocerlo.  Es un misterio; no puedes explicarlo.  Cuando Joshu dijo: “¡Abad! ¿Estás aquí?”, de repente el abad se volvió consciente.  Se olvidó de que era el superior, olvidó que era un cuerpo.  Respondió desde su corazón.  Le dijo, “Sí, señor”.

Pedírselo en voz alta fue algo tan imprevisto que para él fue un shock.  Y era algo absurdo; por eso contesto: “Evidentemente estoy aquí.  No tienes que preguntármelo.  La pregunta no tiene sentido”.  De repente, el pasado, lo viejo, la mente, desapareció.  El superior dejó de estar allí.  Sólo había una conciencia respondiendo.  La conciencia es siempre nueva, constantemente nueva.  Siempre está naciendo; nunca envejece.  Y Joshu le dijo: “Toma entonces una taza de té”.

Lo primero que has de ver es que para Joshu todo es nuevo, extraño, misterioso.  Tanto si es conocido como desconocido, familiar o no familiar, no hay diferencia alguna.  Si vienes a este jardín cada día, poco a poco dejarás de mirar a los árboles.  Creerás que ya los has mirado lo suficiente, que ya los conoces.  Poco a poco dejarás de oír a los pájaros.  Ellos seguirán cantando, pero tú no los oirás.  Te habrás familiarizado con todo; tus ojos estarán cerrados, tus oídos estarán cerrados.  Si Joshu viniera a este jardín –y puede que haya estado viniendo cada día durante muchas, muchas vidas- escucharía los pájaros, los árboles.  Todo, a cada instante, es nuevo para él.

Esto es lo que significa “atención”.  Para la atención todo es constantemente nuevo.  No hay nada viejo, nada puede envejecer.  Todo es creado a cada instante.  Es un continuo flujo de creatividad.  La atención nunca carga con los recuerdos.

Lo primero: una mente meditativa vive siempre en el ahora, en lo fresco.  Toda la existencia acaba de nacer a cada instante, tan fresca como una gota de rocío, tan fresca como una hoja brotando en la primavera.  Es como los ojos de un recién nacido; para ellos todo es fresco, claro sin asomo de polvo.  Esto es lo primero que has de sentir: si miras el mundo y sientes que todo es viejo, eso demuestra que no eres meditativo.  Cuando sientes que todo es viejo, eso revela que tienes una mente vieja, una mente podrida.  Si tu mente es fresca, el mundo es fresco.  El mundo no es el punto central, el espejo ventral.  Si el espejo tiene polvo, el mundo resulta viejo.  Si el espejo no tiene polvo, ¿cómo va a ser viejo el mundo?  Las cosas envejecen si vives en el aburrimiento.  Y todo el mundo vive en el aburrimiento, todo el mundo se aburre en grado sumo.

Observa los rostros de la gente. Transitan por la vida como si ésta fuera una carga, un aburrimiento, sin significado alguno.  Parece que todo fuera una pesadilla, una broma muy cruel, como si alguien les estuviera torturando, haciéndoles una jugarreta.  La vida no es para ellos una celebración, no puede serlo.  Con una mente aplastada por los recuerdos la vida no puede ser una celebración.  Aunque rías, tu risa oculta el aburrimiento.  Observa a la gente reír: ríen esforzándose, ríen ara ser corteses; su risa es una formalidad.

 

He oído de un alto dignatario que fue a África a visitar una comunidad muy primitiva, una antigua comunidad de aborígenes.  Les soltó un largo discurso.  Se puso a contarles una anécdota muy larga.  Durante casi media hora continuó con ella.  Entonces el intérprete se levantó.  Dijo sólo cuatro palabras y aquellos primitivos se pusieron a reír de todo corazón.  El dignatario estaba perplejo.  Había estado contando aquella anécdota durante media hora: ¿cómo podía ser traducida en tan sólo cuatro palabras?  Parecía imposible. Y la gente la había entendido, se estaban riendo.  Totalmente confuso le dijo al intérprete:

-Has hecho un milagro.  Sólo has dicho cuatro palabras.  No sé lo que has dicho, pero ¿cómo has podido traducir mi historia, que es tan larga, en sólo cuatro palabras?

El intérprete le dijo:

-Historia muy larga.  Por eso yo decir: “Él contar chiste.  Reíd”.

 

¿Qué clase de risa surgirá así?  Sólo será una risa formal… ¡y aquel hombre había estado hablando durante media hora!

Observa la risa de la gente.  Es mental, están haciendo un esfuerzo.  Su risa es falsa, es forzada, tan sólo esbozada en los labios, como un ejercicio del rostro.  No surge de su ser, del centro, no nace del vientre; es algo forzado.  Resulta obvio que estamos aburridos y que todo lo que salga de ese aburrimiento creará más aburrimiento.  Eres incapaz de celebrar.  La celebración solamente es posible cuando la existencia resulta una continua novedad, cuando la existencia es siempre joven.  Cuando nada envejece, cuando nada muere realmente –porque todo renace constantemente-, todo se convierte en una danza.  Entonces fluye una música interior.  No importa si tocas o no tocas un instrumento: la música fluye.

 

He oído una historia.  Sucedió en Ajmer.  Habrás oído hablar de un místico sufí

–Moinuddin Chisthi- cuyo draga, cuya tumba, se encuentra en Ajmer.  Chisthi fue un gran místico, uno de los más grandes que nunca hayan nacido.  Y era músico.  Ser músico es estar en contra del islam porque en él la música está prohibida.  Él tocaba el sitar y otros instrumentos.  Fue un gran músico y disfrutaba siéndolo.  Nunca rezaba en las cinco ocasiones diarias en que todo musulmán es convocado para las cinco oraciones rituales.  Simplemente se ponía a tocar su instrumento.  Ésa era su oración.

Y eso era algo absolutamente antirreligioso, pero nadie podía objetarle nada.  En muchas ocasiones, cuando la gente acudía a él, empezaba a cantar y la canción era tan hermosa que se olvidaban por completo de por qué estaban allí.  Empezaban a tocar su instrumento y la atmósfera de oración era tan intensa que incluso los eruditos, los pandits y maulvis que acudían ante él para reprobarle, se quedaban callados.  Sólo se acordaban cuando estaban de nuevo en su casa.  Cuando se hallaban de nuevo en su casa, entonces recordaban por qué habían ido a él.

La fama de Chisthi se extendió por todo el mundo.  Desde todos los rincones del mundo la gente empezó a acudir a él.  Un hombre, Jilani, un gran místico, fue desde Bagdad simplemente para verle.  Cuando Chisthi oyó que Jilani estaba en camino pensó: “Si quiero ser respetuoso con Jilani no es adecuado que toque mi instrumento porque él es un musulmán ortodoxo y no sería una buena bienvenida.  Podría sentirse herido”.  Por eso decidió que aquel día –la única excepción en toda su vida- no tocaría, no cantaría.  Desde la mañana estuvo esperando y por la tarde Jilani se presentó.  Chisthi había escondido sus instrumentos.  Cuando Jilani llegó y ambos se sentaron en silencio, los instrumentos empezaron a sonar.  Toda la habitación se llenó de música.  Chithi se quedó totalmente perplejo sin saber qué hacer.  Había escondido sus instrumentos pero nunca antes había escuchado una música igual.

Julani le dijo:

-Las reglas no son para ti.  No tienes por qué esconder los instrumentos.  Las reglas son para la gente corriente.  Las reglas no son para ti.  No has de retirarlos.  ¿Cómo vas a esconder tu alma?  Puede que tus manos no toquen, puede que tu garganta no cante, pero todo tu ser es musical.  Esta habitación está tan colmada de música, de tantas vibraciones, que ahora es ella la que está tocando.

 

Cuando tu mente es fresca, toda la existencia se convierte en una melodía.  Cuando estás fresco, esa frescura se expande en todas direcciones y la existencia al completo responde.  Cuando eres joven, cuando tu memoria no te aplasta, todo resulta joven, nuevo y extraño.

Este Joshu es maravilloso.  Has de percibirlo en profundidad y entones le entenderás.  Pero esa comprensión será más un sentimiento que una comprensión.  No será mental, sino del corazón.  Esta historia encierra muchas otras dimensiones.  Otra dimensión apunta a que, cuando acudes ante un iluminado, lo que puedas decir no tiene importancia.  Su respuesta será siempre la misma.  Tus preguntas, tus respuestas, carecen de importancia, no son relevantes.  Su respuesta será la misma.  Joshu respondió a los tres de la misma manera porque un iluminado es siempre el mismo.  Ninguna situación le cambia; la situación no es importante.  A ti te cambia la situación, resultas completamente cambiado, eres manipulado por la situación.  Al encontrarte con un desconocido te comportas de modo diferente.  Estás más tenso, tratando de juzgar la situación: ¿qué clase de hombre será?  ¿Será o no peligroso?  ¿Será o no amistoso?  Estás a la expectativa con miedo.  Por eso ante extraños te sientes incómodo.

Si viajas en tren, de lo primero que te das cuenta es de que los pasajeros se preguntan unos a otros en qué trabajan, adónde van.  ¿Para qué hacen esas preguntas?  Esas preguntas tienen sentido porque así pueden tranquilizarse.  La gente empieza a hacer preguntas no porque tenga curiosidad respecto a ti, no.  Evalúan la situación: si pueden relajarse, si se encuentran en una atmósfera familiar, o si en ella hay algo extraño.  Están en guardia y ésas son preguntas para sentirse seguros.

Tu rostro cambia continuamente. Si ves a un extraño, muestras un rostro, si ves a un amigo, de inmediato tu rostro cambia.  Si estás ante tu sirviente, presentas un rostro; si tu jefe está ante ti, tienes una expresión distinta.  Continuamente cambias tus máscaras porque dependes de la situación.  No tienes un alma, no estás integrado.  Las cosas de tu entorno te cambian.  Ése no es el caso con Joshu.   Con Joshu la situación es totalmente distinta.  Él cambia su entorno; no es cambiado por el entorno. Suceda lo que suceda a su alrededor, es irrelevante; su expresión es la misma.  No necesita cambiar de máscara.

 

Se dice que una vez un personaje importante fue a visitar a Joshu.  Era un gran político, un hombre poderoso, un gobernador.  Escribió en un papel: “He venido a verte”, junto a su nombre y su condición de gobernador de aquél y de otro Estado.  Consciente o inconscientemente debía de estar deseando impresionar a Joshu.

Joshu leyó el papel, lo tiró y le dijo al hombre que le había traído el mensaje:

-Dile que no quiero verle.  ¡Que se marche!

El mensajero regresó y le dijo:

-Joshu ha dicho: “¡Que se vaya!”.  Ha tirado tu carta de presentación y ha dicho: “No quiero ver a este individuo”.

El gobernador comprendió.  Tomó de nuevo un papel y simplemente escribió su nombre y un “Quisiera conocerte”.

Cuando Joshu leyó el papel dijo:

-¡Este si es el hombre!  ¡Trámelo!

El gobernador entró y le preguntó:

-¿Por qué te has comportado de forma tan extraña?  ¡Me invitaste a irme!

Joshu le dijo:

-Aquí no se permiten fachadas.  “Gobernador” es una fachada, una máscara.  Te reconozco perfectamente, pero no reconozco las máscaras y, si vienes con una máscara, no te permitiré entrar.  Ahora todo está bien.  Te conozco muy bien, pero no conozco a ningún gobernador.  La próxima vez, deja al gobernador, déjalo en casa.  No lo traigas contigo.

 

Casi siempre estamos utilizando fachadas, de inmediato, cambiamos.  Si percibimos variaciones en la situación, cambiamos de inmediato como si no tuviéramos un alma integrada, un alma cristalizada.

Para Joshu todo es lo mismo: un extranjero, este amigo, un discípulo, el superior.  Con su respuesta, “Toma una taza de té”, permanece él mismo interiormente.  Y, ¿por qué tomar una taza de té?  Es algo muy simbólico para los maestros zen.  El té fue descubierto por los maestros zen y para ellos el té no es algo ordinario.  En cada monasterio zen tienen una habitación para tomar el té.  Es especial, como un templo.  Seguro que no entenderás… el té es un asunto tremendamente religioso para un maestro zen o un monasterio zen.  El té es como la oración.  Ellos la descubrieron.

En India, si ven a un sannyasin bebiendo té pensarán que no es un buen hombre.  Gandhi no permitía que nadie en su ashram bebiera té.  El té estaba prohibido, era pecado; nadie podía tomar té.  Si Gandhi hubiera leído esta historia se hubiera sentido ofendido: ¡un iluminado, Joshu, invitando a la gente a tomar té!  Pero el zen tiene una actitud distinta frente al té.  Su nombre proviene de un monasterio chino, Ta.  Allí, por primera vez, descubrieron el té y se dieron cuenta de que el té ayuda a meditar porque el té te hace estar más alerta, te facilita el estar atento.  Por eso, si tomas té, te será difícil irte a dormir acto seguido.  Descubrieron que el té mantiene la atención, la conciencia, de modo que en un monasterio zen el té forma parte de la meditación.  ¿Y qué puede Joshu ofrecer más que atención?  Cuando dice: “Toma una taza de té”, está diciendo: “Toma una taza de conciencia”.  El té es muy simbólico para ellos.  Te está diciendo: “Toma una taza de conciencia”.

Eso es todo lo que la iluminación puede hacer.  Si tú vienes a mí, ¿qué puedo ofrecerte?  No tengo más que una taza de té.

Eso es todo lo que un Buda puede ofrecer: al conocido o al desconocido, al amigo o al extraño, el incluso al superior que ha estado siempre al frente de su monasterio –“Ven y toma una taza de té”-.  Pero no ha nada más valioso que eso.  En los monasterios zen tienen una habitación para tomar el té.  Es como un templo: el lugar más sagrado.  No puedes entrar en ella con zapatos porque es una habitación de té.  Ni siquiera puedes entrar sin darte un baño.  “Té” significa conciencia y su ritual equivale a orar.  Cuando la gente entra en un habitación no se les permite charla alguna; guardan silencio.  Se sientan en el suelo en postura meditativa y el anfitrión o la anfitriona prepara el té.  Todo el mundo está en silencio.  El té empieza a hervir y todos prestan atención al sonido, a la música que crea la tetera.  Todos han de escucharlo.  Han empezado a beberlo aunque el té no ha sido ni siquiera preparado.

Si preguntas a la gente del zen te dirán: “El té no es algo que tú sirvas con descuido y bebas como una bebida cualquiera.  No es una bebida.  Es meditación, es oración”.  De modo que escuchan cómo la tetera crea la melodía y en esa escucha van volviéndose más silenciosos, más atentos.

Luego se colocan ante ellos unas tazas y las tocan.  Esas tazas no son corrientes.  Cada monasterio tiene sus propias tazas, prepara sus propias tazas.  Aunque las hayan comprado en el mercado, primero las rompen y después las encolan de nuevo de forma que la taza se convierte en algo especial.  No puedes encontrar otra igual en ninguna parte.  Y entonces todos tocan la taza, sienten la taza.  La taza representa al cuerpo.  Si el té representa la conciencia, la taza representa al cuerpo.  Y has de estar alerta, has de estar atento desde el centro mismo de tu cuerpo.  Al tocarla, se mantienen alerta, en meditación.  Entonces es servido el té.  Se percibe su aroma, su olor.  Esto lleva largo tiempo: una, dos horas…, no te bebes el té en un minuto, dejas la taza y te vas; no.  Es un largo proceso, lento, en el que vas siendo consciente de cada paso.  Y entonces lo beben.  Su sabor, su calidez… todo es hecho con máxima atención.  Por eso es el maestro el que sirve el té al discípulo.  Con un maestro sirviéndote el té en tu taza estás más atento y consciente.  Con un sirviente vertiendo el té en tu taza, simplemente te olvidas de él.  Cuando Joshu sirve el té en tu taza –o si yo me acercara y sirviera té en tu taza- tu mente se detiene, te quedas en silencio.  Algo especial está sucediendo, algo sagrado.  El té se convierte en una meditación.

Joshu les dice a los tres: “Toma una taza de té”.  El té es sólo una excusa.  Joshu les sirve más conciencia y esa conciencia les llega a través de la sensibilidad.  Has de ser más sensible en todo lo que hagas, incluso en algo tan trivial como tomar el té.  ¿Sabes de algo más trivial que tomar el té?  ¿Puedes encontrar algo más vulgar, más corriente, que tomar el té?  No, no puedes.  Y los monjes y maestros zen han elevado esto tan vulgar hasta lo más extraordinario.  Han unido el “esto” con el “eso”, como si el té y Dios se hubieran vuelto uno.  A menos que el té se vuelva divino, no serás divino, porque lo más bajo ha de ser elevado hasta lo más alto, lo ordinario ha de ser elevado hasta lo extraordinario, la tierra se ha de convertir en cielo. Han de ser unidos sin que quede separación alguna.

Únelos, de forma que tomar el té se convierta en una oración y lo más profano se convierta en lo más sagrado. Es un símbolo.  Y el zen dice que sólo si tu vida corriente se vuelve extraordinaria, eres espiritual.  Si no, no eres espiritual.  Lo extraordinario ha de ser descubierto en lo ordinario.  En lo conocido has de descubrir lo desconocido; en lo familiar, lo nuevo; en lo próximo, lo lejano; en “esto”, “eso”.  Por eso Joshu dice: “Ven y toma una taza de té”.

En esta historia existe otra dimensión más y es la dimensión de la bienvenida.  Todo el mundo es bienvenido.  Quién seas no es importante: eres bienvenido.  A las puertas de un maestro iluminado, a las puertas de un Joshu, o de un Buda, todo el mundo es bienvenido.  La puerta está, en cierta manera, abierta: “Entra y toma una taza de té”.  ¿Qué significa: “Entra y toma una taza de té”?  Joshu está diciendo: “Entra y relájate”.

Si acudes a los mal llamados maestros, a los mal llamados monjes y sannyasins, te sentirás más tenso; no podrás relajarte.  Acudes ante un sannyasin: te pones más tenso, tienes miedo.  Él creará culpa en ti; te mirará con ojos condenatorios y, por la forma en que lo hace, te estará diciendo que eres un pecador.  Y empezará a condenarte: esto está mal, eso está mal; deja esto, deja eso.  Así no se comporta una persona realmente iluminada.  Ésta te hará sentir más relajado.  Hay un refrán chino que dice: “Si acudes ante un verdadero sabio, te sentirás relajado; si acudes a un farsante, creará más tensión en ti”.  Consciente o inconscientemente se esforzará por demostrarte que eres inferior –un pecador- y que él es superior, que está por encima, que ha trascendido.

Un Buda te ayudará a relajarte porque solamente relajándote profundamente te convertirás en Buda.  No hay otra forma.

“Toma una taza de té”, dijo Joshu.  “Ven y relájate conmigo”.  El té es simbólico: relájate.  Si bebes té con un Buda, de inmediato sentirás que no sois desconocidos, que no sois extraños.  Un Buda sirviéndote té en tu taza… Buda ha descendido hasta  donde tú estás.  Buda se ha acercado a “esto”, ha llevado el “aquello” al “esto”.  Los cristianos, los judíos, no pueden comprender; los musulmanes no pueden entenderlo.  Si llamas a las puertas del cielo, ¿puedes imaginarte a Dios viniendo y diciéndote: “Ven y toma una taza de té”?  Parece algo completamente profano.

Dios ha de estar sentado en su trono mirándote con sus mil ojos, escudriñando cada parte, cada rincón de tu ser. Buscando cuántos pecados has cometido.  Serás juzgado.

Este Joshu no juzga.  No te juzga; simplemente te acepta.  Digas lo que digas, lo acepta y dice: “Ven y relájate conmigo”.  La relajación es lo que importa.  Y si eres capaz de relajarte con un iluminado, su iluminación empezará a penetrar en ti porque cuando estás relajado estás poroso.  Cuando estás tenso estás cerrado; cuando te relajas, él puede entrar.  Cuando estás relajado, cómodo, bebiendo té, entonces Joshu está actuando.  Él no puede entrar a través de tu mente pero sí puede entrar en ti a través de tu corazón.  Preguntarte si quieres tomar una taza de té es hacer que te relajes, que te abras; es ayudarte a que te acerques, a aproximarte.   Recuérdalo: siempre que comes o bebes con alguien, vuestra intimidad aumenta.  Comida y sexo son las dos únicas intimidades.  En el sexo, intimas; en la comida, también. Y la comida es una intimidad más básica que el sexo, porque cuando nace un niño lo primero que recibe de su madre es comida.  El sexo vendrá más adelante cuando madure sexualmente, a los catorce o quince años.  Lo primero que recibe en este mundo es comida y esa comida llega en forma de bebida.  De modo que el primer contacto íntimo que conoces en este mundo es el que se da  entre madre e hijo.

Joshu está diciendo; “Ven, toma una taza de té.  Déjame ser tu madre.  Deja que te dé de beber”.  Y un maestro es una madre.  Insisto: un maestro es una madre. Un maestro no es un padre y los cristianos se equivocan cuando llaman “padres” a sus sacerdotes, porque la figura del “padre” no es algo natural; es un fenómeno social.  En la naturaleza la figura del “padre” no existe en ninguna parte; sólo en la sociedad humana.  Es una creación, un producto de la cultura.  La madre es natural.  En ausencia de toda cultura, en ausencia de toda educación, en ausencia de toda sociedad, está presente en la naturaleza.  Incluso los árboles tienen madres.  Puede que no sepas que una madre no es la única que te da vida, sino que incluso un árbol tiene una madre.  Lo han estado experimentando en Inglaterra.  Allí hay un laboratorio especial en el que han estado experimentando con plantas y han descubierto algo realmente misterioso.  Si siembras una semilla y la madre de la que procede esa semilla se encuentra en las proximidades, aquélla germina antes.  Si la madre no está cerca, tarda más.  Si la madre ha sido destruida, cortada, entonces la semilla tarda largo tiempo en germinar. Incluso para una semilla, la presencia de la madre es una ayuda.

Un maestro es una madre; no es un padre.  Con un padre te relacionas sólo intelectualmente; con  una madre tu relación es total.  Has sido parte de tu madre, le perteneces por completo.  Igual ocurre con un maestro, en orden inverso.  Has nacido de tu madre; tú entrarás en el maestro.  Es un retorno al origen.

Por eso los maestros zen siempre te invitan a beber.  Te están diciendo de forma simbólica: “Ven conviértete en hijo mío, déjame ser tu madre, déjame ser tu segundo vientre.  Entra en mí y yo te daré un nuevo nacimiento”.

Comer es intimar y está tan profundamente arraigado en ti que toda tu vida resulta afectada por ello.  Los hombres –de cualquier parte del mundo, de diferentes sociedades, diferentes culturas- están pensando siempre en los pechos de la mujer.  En cuadros, esculturas, películas, novelas, en lo que sea, los pechos son el punto central.  ¿Por qué les atraen tanto los pechos?  Han supuesto ti primer contacto íntimo en el mundo; has conocido la existencia a través de ellos.  Lo primero que percibes del mundo es un pecho.  A través de un pecho, por primera vez te aproxima a la vida, por primera vez conoces al otro.  Por eso los pechos son tan atractivos.  Una mujer que no tenga pechos, que tenga poco pecho, no te resulta atractiva.  Te es difícil porque de esa manera no puedes percibir a la madre.  Por eso, incluso una mujer repugnante se vuelve atractiva si tiene hermosos pechos, como si los pechos fueran el punto central del ser.  Y, ¿qué son los pechos?  Los pechos son comida.  El sexo vendrá después; la comida es primero.

La invitación de Joshu a los tres, para que se acerquen y tomen una taza de té, es una llamada a la intimidad.  Los amigos comen juntos; si un extraño se te acerca cuando estás comiendo, te sientes incómodo.  Los desconocidos se sienten incómodos si han de comer juntos. Por eso, en los hoteles, en los restaurantes, las cosas han ido a peor.  Al comer con extraños, la comida se convierte en veneno; te pones tenso, estresado.  No estás en familia, no estás relajado.

La comida preparada por alguien que te ama tiene una calidad distinta; incluso su química cambia.  Los psicólogos dicen que si tu esposa está enfadada no te ha de preparar la comida.  Si lo hace, será un veneno.  Y es difícil ¡porque las esposas están casi siempre enfadadas!  Y los psicólogos dicen que si tu esposa empieza a crear problemas mientras comes –hablando, discutiendo-, es mejor que dejes de comer…; pero en este caso morirás, porque las esposas casi siempre crean problemas mientras uno está comiendo.

Éste es un mundo muy poco amoroso.  La esposa sabe –por poca comprensión que tenga- que el peor momento para causar un conflicto es mientras el marido está comiendo, porque cuando él está tenso, estresado, cuando no está relajado, la comida se convierte en veneno y tarda más tiempo en ser digerida.  Los psicólogos dicen que entonces se necesita el doble de tiempo para digerir la comida y que todo tu cuerpo sufre.

Comer es intimar, es amar.  Y los maestros zen siempre te invitan a un té.  Te llevan a la habitación del té y te sirven té.  Te están dando comida, bebida. Te están diciendo: “¡Ábrete!  No te mantengas tan alejado.  Acércate.  Siéntete como en casa”.

Ésas son las dimensiones de la historia, pero son dimensiones que pertenecen al sentir.  No puedes comprenderlas pero puedes sentirlas, y el sentimiento es una comprensión de orden superior.  El amor es una sabiduría superior.  El corazón es el centro supremo del saber, no la mente.  La mente es algo secundario, práctico, útil.  La mente sirve para conocer superficialmente, pero nunca para conocer el centro.

Pero te has olvidado por completo del corazón; como si no existiera, como si no supieras de él.

Si te hablo del corazón, del centro del corazón, piensas en el pecho y no en el corazón. El pecho no es el corazón; el pecho es tan sólo el cuerpo del centro del corazón.  El corazón está oculto en el pecho, en algún lugar de su interior.  De la misma forma que el alma se oculta en tu cuerpo, en tu pecho se oculta el corazón.  No es un componente físico, de modo que si acudes a un médico te dirá que no existe el corazón, el centro del corazón; sólo el pecho.

El corazón tiene sus modos propios de sabiduría.  Joshu solamente puede ser comprendido a través del corazón.

Si tratas de comprenderle mediante el intelecto es posible que le mal-interpretes; sin embargo, es seguro que nunca lo bien-interpretarás (*)

 

 

 

(*) Juego de palabras en ingles, en el original, entre mis-understand=mal-interpretar (lit., “perder la comprensión”) y understand=comprender.  (N. del T.).

 

2

 

 

Sin principio ni final

 

La gente me pregunta: “¿Por qué es esta vida tan misteriosa?”.  ¿Cómo voy a saberlo?  ¡Es así!  Es simplemente un hecho,  No estoy hablando de teorías, no estoy diciendo que mi teoría sea que la vida es misteriosa.  Si fuera así, entonces podrías preguntar por qué.  Simplemente es así.  Los árboles son verdes… tú preguntas por qué.  Los árboles son verdes porque son verdes.  No hay un por qué.

Si preguntas el por qué y tu pregunta fuera contestada, entonces la vida no será un misterio,  Si el por qué puede ser contestado, entonces la vida no es un misterio.  La vida es un misterio porque ningún por qué es importante.

Oí una vez…

 

Mulá Nasrudín le estaba diciendo a uno de sus discípulos que la vida es como una mujer, Yo me quedé sorprendido, así que me puse a escuchar con atención lo que estaba diciendo.

Él decía: “El hombre que dice que comprende a las mujeres está fanfarroneando. El hombre que piensa que las entiende es un ingenuo.  El hombre que pretende que las entiende, miente.  El hombre que quiere entenderlas, es un iluso.  Por otra parte, el hombre que dice que no las entiende, que no cree entenderlas, que no pretende entenderlas, que ni tan sólo desea comprenderlas, ¡él las comprende!”.

 

Y así es como también es la vida.  La vida es una mujer.  Trata de entender la vida y te verás envuelto en un lío.  Olvídate de entenderla.  Sencillamente, vívela y la entenderás.  La comprensión no será intelectual, teórica.  La comprensión será total.  La comprensión no será verbal, sino no verbal.  Eso es lo que queremos decir cuando decimos que la vida es un misterio.  Puede ser vivida, pero no resuelta.

Puedes saber qué es, pero no puedes decir qué es.  Ése es el significado de “misterio”.  Cuando decimos que la vida es un misterio, estamos diciendo que la vida no es un problema.  Un problema puede ser resuelto.  Un misterio es eso que no puede ser resuelto.  Lleva su indisolubilidad impresa.  Y es bueno que la vida no pueda ser resuelta; i no ¿qué harías?  Simplemente piénsalo.  Si la vida no fuera un misterio y alguien llegara y te explicara, ¿qué harías?  No quedaría nada que hacer más que suicidarse.  Incluso eso carecería de sentido.

La vida es un misterio.  Cuanto más sabes de ella, más bella es.  Llega un momento en que, de repente, empiezas a vivirla, empiezas a fluir con ella.  Entre tú y la vida evoluciona una relación orgásmica, pero tú no puedes imaginarte cómo es.  Ésa es su belleza, ésa es su infinita profundidad.

Y es verdad; no hay ni principio ni final.  ¿Cómo puede haber un comienzo y un final para la vida?  Un comienzo significaría que algo surgió de la nada y un final significaría que algo que estaba allí desapareció en la nada.  Eso sería un misterio aún mayor.  Cuando decimos que la vida no tiene principio queremos decir que la vida siempre ha estado ahí.  ¿Cómo va a tener un principio?  ¿Puedes trazar una línea y decir que desde ese momento la vida empezó, tal  como los teólogos cristianos solían decir?  Cuatro mil años antes de Cristo –dicen- la vida empezó un determinado lunes.  Evidentemente ha de haber sido por la mañana, pero ¿cómo vas a decir que era un lunes si antes no había un domingo?  ¿Y cómo puedes decir que era por la mañana si la noche anterior no existía?  Piensa en ello.

No, no puedes trazar una línea divisoria; es una tontería.  No es posible trazar una línea porque incluso para trazar una línea se requiere algo.  Se necesita algo que ya esté allí; si no, no se puede trazar. Puedes trazar una línea si existen dos cosas, pero si sólo existe una cosa, ¿cómo vas a marcar una línea?  La valla alrededor de tu casa es posible porque tienes un vecino. Si no existiera el vecino, si no hubiera nada más allá de la valla, la valla no existiría. Piensa en ello. Si no hay absolutamente nada más allá de tu valla, tu valla desaparecerá en la nada.  ¿Cómo va a poder existir?  Se necesita algo más allá de la valla para sostenerla.

Si la vida comenzó un determinado lunes, se necesita un domingo que le preceda; si no, el lunes se esfumará, caerá y desparecerá. Y de la misma forma no hay posibilidad alguna de un final.  La vida es, la vida simplemente es, ha sido y será.  Es eternidad.

Y no empieces a pensar en ello. Si no te la perderás porque todo el tiempo que desperdicias pesando en eso, es pura pérdida.  Emplea ese tiempo, emplea ese espacio, emplea esa energía para vivirla.

 

3

 

Un asunto de vida o muerte

 

Una historia jasida:

 

Cuando el rabino Birnham yacía en su lecho de muerte, su esposa se echó a llorar.

Él le dijo:

-¿Por qué lloras?  Toda mi vida no ha sido más que un aprender a morir.

 

La vida es vivir.  No es una cosa, es un proceso.  No hay otra forma de conocer lo que es la vida más que viviendo, estando vivo, fluyendo, discurriendo con ella. Si buscas el significado de la vida en algún dogma, en una determinada filosofía, en una teología, ten por seguro que te perderás lo que es la vida y su significado.

La vida no te está esperando en ninguna parte; te está sucediendo.  No se encuentra en el futuro como una meta que has de alcanzar; está aquí y ahora, en este mismo momento: en tu respiración, en la circulación de tu sangre, en el latir de tu corazón.  Cualquier cosas que seas, es tu vida y si te pones a buscar significados en otra parte te la perderás.  El hombre ha estado haciendo esto durante siglos.

Los conceptos se han vuelto muy importantes, las explicaciones se han vuelto muy importantes y lo real ha sido olvidado por completo. No vemos  lo que de hecho ya está aquí, queremos racionalizaciones.

Oí una historia muy hermosa…

 

Hace unos años un americano de renombre tuvo una crisis de identidad.  Buscó la ayuda de la psiquiatría, pero no resolvió nada porque no encontró a nadie que pudiera revelarle el significado de la vida, que era lo que él deseaba conocer.  Poco a poco se fue enterando de la existencia de un venerable e increíblemente sabio gurú que vivía en una misteriosa y casi inaccesible región de los Himalayas.

Llegó a creer que solamente ese gurú le podría revelar lo que la vida significaba y cuál era su destino.

De modo que vendió todas sus posesiones y empezó la búsqueda del gurú que todo lo sabía. Estuvo ocho años yendo de pueblo en pueblo por todos los Himalayas, buscándole.  Y un día acertó a encontrarse con un pastor que le dijo dónde vivía el gurú y cómo debía llegar a aquel lugar.

Tardó casi un año en encontrarle pero lo consiguió.  Se presentó a ese gurú, que desde luego era venerable y tenía más de cien años de edad.  El gurú accedió a ayudarle, especialmente cuando escuchó todos los sacrificios que el hombre había realizado buscándole.

-¿Qué es lo que puedo hacer por ti, hijo mío? –le preguntó el gurú.

-Necesito conocer el significado de la vida –le contestó el hombre.

A lo que, sin dudar un instante, replicó el gurú:

-La vida –dijo- es un río sin fin.

-¿Un río sin fin? –Dijo el hombre con asombro-.  Después de recorrer todo este camino para encontrase, ¿todo lo que tienes que decirme es que la vida es un río sin fin?

El gurú se quedó estupefacto, anonadado.  Se enfadó mucho y le dijo:

-¿Quieres decir que no lo es?

 

Nadie puede darte el significado de tu vida.  Es tu vida y el significado ha de ser también el tuyo.  El Himalaya no te servirá de ayuda.  Nadie más que tú puede encontrarlo.  Es tu vida y solamente es accesible a ti.  Solamente con el vivir te será revelado el misterio.

Lo primero que me gustaría decirte es: no lo busques en ninguna otra parte.  No lo busques en mí, no lo busques en las escrituras, no lo busques en inteligentes explicaciones; son sólo justificaciones.  No explican nada.  Simplemente atiborran tu mente vacía sin hacerte consciente de su esencia.  Y cuanto más atiborrada está la mente de conocimiento muerto, más torpe y estúpido te vuelves.  El conocimiento hace a la gente estúpida, adormece su sensibilidad.  Se atiborran de él, cargan con él, refuerzan su ego con él, pero no les aporta luz y no les indica el camino.  No puede hacerlo.

La vida ya esta burbujeando en tu interior.  Solamente puedes contactar con ella allí.  El tempo no está en el exterior; tú eres su santuario. Por eso, si quieres saber lo que es la vida lo primero que has de recordar es: nunca la busques en lo exterior, nunca trates de descubrirla en alguien.  Su significado no puede ser transferido de este modo. Los más grandes maestros nunca han dicho nada sobre la vida; siempre te han remitido a ti mismo.

Lo segundo que has de recordar es: una vez que sepas qué es la vida, sabrás qué es la muerte.  La muerte es parte del mismo proceso.  Por lo general creemos que la muerte llega al final, por lo general creemos que la muerte se opone a la vida, por lo general creemos que la muerte es el enemigo, pero la muerte no es el enemigo. Y si consideras a la muerte como el enemigo esto simplemente demuestra que nos has sido capaz de averiguar lo que es la vida.

Muerte y vida son dos polaridades de una misma energía, del mismo fenómeno: flujo y reflujo, día y noche, verano e invierno.  No están separados, no son opuestos ni contrarios.  Son complementarios.  La muerte no es el fin de la vida; de hecho es la culminación de una vida, la cresta de la vida, el clímax, el gran final.  Y una vez conoces tu vida y su proceso, entonces comprendes lo que es la muerte.

La muerte es una parte orgánica, integral de la vida y tiene amistad con ella.  Sin ella la vida no puede existir. La vida existe debido a la muerte, la muerte le da un trasfondo.  La muerte es, en efecto, un proceso de renovación.  Y la muerte sucede a cada instante.  En el instante en que inhalas y en el instante en que exhalas, ambas se dan.  Al inspirar, la vida entra; al expirar, viene la muerte.  Por eso al nacer un niño lo primero que hace es inspirar; entonces la vida empieza.  Y cuando un viejo muere, lo último que hace es exhalar; entonces la vida se va.  Exhalar es muerte; inspirar, vida.  Son como las dos ruedas de una carreta.  Vives tanto debido a que inspiras como a que expiras.  El exhalar es parte del inhalar.  No puedes inhalar si dejas de exhalar.  No puedes vivir si dejas de morir.

El hombre que ha comprendido lo que es su vida permite que la muerte suceda; le da la bienvenida.  Muere a cada instante y a cada instante resucita.  Su cruz y su resurrección se alternan continuamente como un proceso.  Muere al pasado a cada momento y nace una y otra vez al futuro.

Si observas lo que es la vida podrás descubrir lo que es la muerte.  Si comprendes lo que es la muerte, solamente entonces serás capaz de comprender lo que es la vida.  Forman un organismo.  Por lo general, debido al miedo, hemos creado la división.  Creemos que la vida es buena y que la muerte es mala.  Creemos que ha de desearse la vida y que ha de evitarse la muerte.  Creemos que, de alguna forma, hemos de protegernos contra la muerte.  Esta idea absurda crea interminables desgracias en nuestras vidas, porque una persona que se protege contra la muerte se vuelve incapaz de vivir.  Es la persona que teme exhalar y entonces es incapaz de inhalar y se queda embarrancada.  Entonces simplemente mal vive; su vida deja de ser un flujo, su vida deja de ser un río.

Si realmente deseas vivir has de estar dispuesto a morir.  ¿Quién en ti teme a la muerte?  ¿Teme la vida a la muerte?  No es posible.  ¿Cómo puede la vida sentirse asustada por su proceso integral?  En ti hay algo que está asustado.  El ego es el que teme en ti.  La vida y la muerte no son opuestos.  El ego y la muerte sí son opuestos.  Vida y muerte no son opuestos.  El ego y la vida sí son opuestos.  El ego está en contra de los dos, de la vida y de la muerte.  El ego teme el vivir y el ego teme el morir.  Teme vivir porque a cada paso, al esforzarse en pos de la vida, hace que la muerte se acerque.

Si vives, te estás acercando a la muerte.  El ego teme morir, de ahí que también tema vivir.  El ego simplemente mal vive.

Hay mucha gente que ni está viva, no está muerta.  Esto es lo peor.  Un hombre que está vivo plenamente también está lleno de muerte.  Ése es el significado de Jesús en la cruz.  Jesús cargando con su propia cruz no ha sido plenamente comprendido.  Y les dice a sus discípulos: “Tendréis que llevar vuestra propia cruz”.  El significado de Jesús llevando su cruz es muy simple.  No es más que esto: todo el mundo ha de cargar continuamente con su muerte, todo el mundo ha de morir a cada momento, todo el mundo ha de estar en la cruz porque éste es el único modo de vivir plenamente, totalmente.

Siempre que te encuentres e un momento de total vitalidad, de repente también verás ahí a la muerte.  Sucede en el amor.  En el amor la vida alcanza su clímax; de ahí que la gente tema al amor.

Me siento asombrado continuamente por la gente que viene a mí diciéndome que teme al amor.  ¿De dónde proviene este temor al amor?  Se debe a que cuando realmente amas a alguien tu ego empieza a desaparecer y a fundirse.  No puedes amar con el ego; el ego se convierte en la barrera.  Y cuando quieres destruir la barrera, el ego te dice: “Esto se convertirá en una muerte, ¡cuidado!”.

La muerte del ego no es tu muerte.  La muerte del ego es en realidad tu posibilidad de vida.  El ego es simplemente una costra inerte que te envuelve.  Tiene que ser hecha pedazos y tirada.  Surge de forma natural, del mismo modo que cuando un transeúnte pasea, el polvo se deposita sobre sus ropas, sobre su cuerpo y ha de darse un baño para limpiarse de ese polvo.

Al moverse en el tiempo, el polvo de las experiencias, del conocimiento, de la vida vivida, del pasado, se acumula.  Ese polvo se convierte en tu ego.  Al acumularse, se convierte en una costra que ha de ser atravesada y tirada.  Uno se ha de bañar continuamente, cada día –de hecho, a cada instante- de forma que esa costra nunca se convierta en una prisión.  El ego teme al amor porque en el amor la vida alcanza su culminación.  Pero siempre que hay una culminación de la vida también hay una culminación de la muerte.  Van de la mano.

En el amor mueres y renaces. Lo mismo sucede cuando meditas, rezas, o cuando acudes a un maestro y te entregas.  El ego crea toda suerte de dificultades, de justificaciones, para evitar tu entrega.  “Piénsatelo, medítalo, sé inteligente”.  Cuando acudes a un maestro el ego sospecha, se llena de dudas, crea ansiedad porque de nuevo estás volviendo a la vida, estás volviendo a una llama donde la muerte va a estar viva como la vida.  Recuerda que muerte y vida se alimentan mutuamente; nunca están separadas.  Si estás un poco, mínimamente, vivo, verás entonces en el mínimo a la vida y a la muerte como dos entes separados.  Cuanto más te acerques a la cima, más se irán aproximando.  En el ápice se encuentran y se funden en uno solo.  En el amor, en la meditación, en la confianza, en la oración… siempre que la vida es total, la muerte está presente.  Sin muerte, la vida no puede ser total.

Pero el ego siempre está pensando en divisiones, en dualidades.  Lo divide todo.  La existencia es indivisible, no puede ser dividida.  Eras un niño, luego te hiciste mayor; ¿puedes delimitar cuándo te hiciste mayor?  ¿Puedes señalar el lugar en el tiempo cuando de repente dejaste de ser un niño y te volviste un joven?  Un día te vuelves viejo.  ¿Puedes indicar cuándo te vuelves viejo?

Los procesos no pueden ser delimitados. Sucede exactamente lo mismo cuando naces.  ¿Puedes señalar cuándo naciste?  ¿Cuándo comienza realmente la vida?  ¿Comienza cuando el niño empieza a respirar?  ¿Cuándo el doctor da unos azotes al niño y el niño empieza a respirar?  ¿Es entonces cuando nace la vida?  ¿O es cuando el niño entra en el útero, cuando la madre se queda embarazada, cuando el niño es concebido?  ¿Empieza entonces la vida?  ¿O incluso antes que esto?  ¿Cuándo comienza exactamente la vida?

Es un proceso que no tiene ni fin ni comienzo.  Nunca empieza.  ¿Cuándo está muerta una persona?  ¿Muere cuando deja de respirar?  Muchos yoguis han demostrado científicamente que pueden dejar de respirar y seguir vivos y luego regresar.  De modo que el dejar de respirar no puede ser el final.  ¿Dónde acaba la vida?

Nunca acaba en parte alguna, nunca empieza en ninguna parte.  Estamos sumergidos en la eternidad.  Hemos estado aquí desde el mismo comienzo –si es que hubo alguna vez un comienzo- y vamos a seguir aquí hasta el final –si es que va a haber un final-.  De hecho no puede haber un principio ni puede haber un final.  Somos vida, aun cuando la forma cambie, los cuerpos cambien, la mente cambie.  Lo que llamamos vida es solamente la identificación con un determinado cuerpo, con una determinada mente, con una determinada actitud.  Y lo que llamamos muerte no es más que el salirse de esa forma, de ese cuerpo, de esa idea.

Cambias de cara.  Si te identificas demasiado con una casa entonces el cambiar de casa será algo muy doloroso.  Creerás que te mueres porque la casa antigua era lo que tú eras; ésa era tu identificación.  Pero esto no sucede porque sabes que solamente estás cambiando de casa, que tú sigues siendo el mismo.  Aquellos que han mirado en su propio interior, aquellos que han descubierto quiénes son, llegan a descubrir un proceso eterno, sin fin.  La vida es un proceso sin tiempo, más allá del tiempo.  La muerte forma parte de él.

La muerte es un revivir continuo, una ayuda para que la vida resucite una y otra vez, una ayuda para que la vida se libre de las viejas formas, para librarte de los edificios desvencijados, para librarte de las estructuras anticuadas de modo que seas capaz de fluir y puedas de nuevo volverte fresco y joven y seas otra vez virgen.

Oí una vez…

 

Un hombre estaba mirando antigüedades en un anticuario cerca de Mount Vernon cuando se encontró con un hacha aparentemente antigua.

-Tiene aquí una gran hacha muy antigua- le dijo al anticuario.

-Sí –le contestó el hombre-  Perteneció a George Washington.

-¿De verdad? –Le replicó el cliente-.  Se conserva en muy buen estado.

-Desde luego –le dijo el anticuario-.  Se le ha cambiado tres veces la empuñadura y dos veces la hoja.

Pero así es la vida: se cambian las empuñaduras y las hojas.  De hecho parece que todo cambia a pesar de que hay algo que permanece eternamente igual.  Tan sólo observa.  Eras un niño, ¿qué queda ahora?  Solamente un recuerdo.  Tu cuerpo ha cambiado, tu mente ha cambiado, tu identidad ha cambiado. ¿Qué subsiste de tu infancia?  Nada queda, sólo un recuerdo.  No puedes saber si realmente ocurrió, o si lo soñaste, o si lo leíste en un libro, o si alguien te lo dijo.  ¿Fue tu infancia, o fue la infancia de alguien?  Hojea el álbum de viejas fotos.  Simplemente observa: ése eras tú.  No podrás creértelo de tanto que has cambiado.  Todo ha cambiado: las empuñaduras, las hojas, todo… pero aun así, en lo más profundo, en alguna parte, algo perdura; algo que lo presencia todo, sigue ahí.

Hay un hilo, por invisible que sea.  Y todo va cambiando, pero ese hilo invisible sigue siendo el mismo.  Ese hilo está más allá de la vida y de la muerte.  La vida y la muerte son las dos alas de “eso” que está más allá de la vida y de la muerte.  “Eso” que está más allá continúa empleando a la vida y a la muerte como a las dos ruedas de un carro, como complementarios. “Eso” vive a través de la vida, “Eso” vive a través de la muerte.  La muerte y la vida forman su proceso, como el inspirar y el expirar, pero hay algo en ti que lo trasciende.  “Eso eres tú…”, eso que lo trasciende.

Pero nos hallamos excesivamente identificados con la forma.  Y eso crea el ego, lo que llamamos “yo”.  Por supuesto que el “yo” ha de morir repetidas veces.  Por eso está constantemente atemorizado, temblando, agitado, siempre asustado, protegiéndose, asegurándose.

 

Un místico sufí llamó a las puertas de un hombre muy rico.  Él era un mendigo y solamente quería comer algo.

El rico se dirigió a él a voz en grito:

-¡Nadie te conoce por aquí!

-Pero yo me conozco a mí mismo –le dijo el derviche-  ¡Qué triste sería si lo contrario fuera cierto!  Si todo el mundo me conociera, pero yo no fuera consciente de quien soy.  ¡Qué triste sería!  Estás en lo cierto.  Nadie me conoce, pero yo me conozco a mí mismo.

 

Ésas son las dos únicas situaciones posibles y tú estás en la triste.  Puede que todo el mundo te conozca, que sepa quién eres, pero tú desconoces por completo tu trascendencia, tu verdadera naturaleza, tu auténtico ser.  Ésta e la única tristeza en la vida.  Puedes encontrar muchas excusas, pero la auténtica pena es ésta; no sabes quién eres.

¿Cómo pedes ser feliz sin saber quién eres, sin saber de dónde provienes, sin saber adónde vas?  Mil y un problemas surgen de esta ignorancia fundamental.

 

Un grupo de hormigas salió de la oscuridad de su hormiguero, bajo la tierra en busca de comida.  Estaba amaneciendo.  Acertaron a pasar cerca de una planta cuyas hojas estaban cubiertas del rocío de la mañana.

-¿Qué es eso? –Preguntó una de las hormigas señalando las gotas de rocío-  ¿De dónde provienen?

-Provienen de la tierra –contestaron unas.

-Provienen del mar –dijeron otras.

Pronto se entabló una disputa.  Un grupo sostenía la teoría del mar mientras que el otro grupo afirmaba la teoría de la tierra.  Sólo una, una hormiga sabia e inteligente, permanecía observando.  Dijo:

-Dejemos esto por un instante y empecemos a indagar porque todo es atraído hacia aquello que es su origen.  Y, como se dice: todo regresa a su origen.  No importa lo alto que lances un ladrillo, siempre cae al suelo.  Todo lo que tiende a la luz, debe, en su origen, ser luz.

La hormiga no se sintieron totalmente convencidas y estaban dispuestas a reanudad su disputa, pero por entonces el sol ya había salido y las gotas de rocío estaban despareciendo de las hojas, ascendiendo, subiendo hacia el sol y fundiéndose en él.

 

Todo regresa a su fuente original, ha de volver a su fuente original.  Si comprendes la vida, también comprenderás la muerte.  La vida es un olvidarse de la fuente original y la muerte es recordarla de nuevo.  La vida es alejarse de la fuente original; la muerte es regresar a casa.  La muerte no es algo repugnante, la muerte es hermosa.  Pero la muerte es bella solamente para aquellos que han vivido la vida sin inhibiciones, plenamente, sin represión.  La muerte  es hermosa solamente para aquellos que han vivido su vida de forma bella, que no han tenido miedo de vivir, que han tenido el coraje suficiente para vivir, que han amado, que han bailado, que han gozado.

La muerte se convierte en la celebración suprema si tu vida ha sido una celebración.  Déjame que te lo diga de este modo: lo que tu vida ha sido, la muerte lo desvelará. Si has sido un desdichado en la vida, la muerte revelará esa desdicha.  La muerte es el gran revelador.  Si has sido feliz en tu vida, la muerte revelará esa felicidad.  Si solamente has vivido una vida de comodidades físicas y de placeres físicos, entonces –evidentemente- la muerte será algo muy desagradable e incómodo porque tendrás que abandonar el cuerpo.  El cuerpo solamente es una morada temporal, un refugio en el que pasamos la noche y que dejamos por la mañana.  No es tu morada permanente.  No es tu casa.

De modo que si has llevado solamente una vida basada en tu cuerpo y no has conocido nunca nada más allá del cuerpo, la muerte será algo muy, muy desagradable, doloroso.  La muerte será angustiosa.  Pero si has vivido un poco por encima de tu cuerpo, si has gustado de la música y de la poesía, si has amado y si has contemplado las flores y las estrellas, y algo de lo perteneciente a lo que no es físico ha penetrado en tu conciencia, entonces la muerte no será tan mala, entonces la muerte no será tan dolorosa.  Podrás llevarla con ecuanimidad, pero aún no será una celebración.

Si has acariciado algo de lo que hay de trascendental en ti, si has penetrado en tu propia vacuidad, en tu centro, en el centro de tu ser, donde dejas de ser un cuerpo y dejas de ser una mente, donde los placeres físicos quedan lejos y donde los placeres mentales –la música, la poesía, la literatura y la pintura- se desvanecen, donde tú eres simplemente pura conciencia, pura atención, entonces la muerte se convertirá en una gran celebración, en una gran comprensión, en una gran revelación.

Si has conocido algo de lo trascendental que hay en ti, la muerte te revelará lo que de trascendente hay en el universo.  Entonces la muerte no será más una muerte, sino un encuentro con Dios, una cita con Dios.

Podemos encontrar tres expresiones de lo que es la muerte en la historia de la mente humana.

Una expresión es la del hombre corriente que vive apegado a su cuerpo, que nunca ha conocido nada superior al placer del comer y del sexo, cuya vida no ha sido más que comer y sexo, que ha disfrutado del comer, que ha disfrutado del sexo, cuya vida ha sido muy primitiva, cuya vida ha sido burda, que ha vivido en la antesala de su palacio sin haber entrado nunca en él y que siempre ha creído que eso es todo lo que la vida es.  En el momento de morir tratará de aferrarse.  Se resistirá a la muerte, luchará contra la muerte.  La muerte se le presentará como su enemigo.

Por eso, en todo el mundo, en todas las sociedades, la muerte ha sido presentada como algo oscuro, diabólico.  En India decimos que el mensajero de la muerte es muy feo, oscuro, negro, y llega sentado en un búfalo enorme.  Ésta es la actitud corriente.  Esa gente se lo ha perdido; no han sido capaces de conocer todas las dimensiones de la vida.  No han sido capaces de llegar a las profundidades de la vida y no han sido capaces de ascender las alturas de la vida.  Se han perdido la plenitud, se han perdido la dicha.

Luego hay un segundo tipo de expresión.  Los poetas, los filósofos, a veces han dicho que la muerte no es mala, que es sólo un descanso, un gran descanso; como un sueño.  Éste es mejor que el primero.  Al menos esa gente ha conocido algo más allá del cuerpo, ha conocido algo de la mente.  No ha vivido solamente del comer y del sexo, su vida no ha sido simplemente comer y reproducirse.  Poseen algo de la sofisticación del alma, son algo más aristocráticos, más cultos.  Ellos dicen que la muerte es como un gran descanso.  Uno se encuentra cansado y se muere y descansa.  Así te repones.  Pero ellos también están lejos de la verdad.

Aquellos que han conocido la vida en su centro más interno, afirman que la muerte es Dios.  Que no es solamente un descanso, sino una resurrección, una nueva vida, un nuevo comienzo.  Una nueva puerta se abre.

 

Cuando un místico sufí, Bayazid, se estaba muriendo, la gente que se había congregado a su alrededor, sus discípulos, se vieron sorprendidos de repente, porque cuando llegó el instante final su rostro se volvió radiante, tremendamente radiante.  Tenía una hermosa aura.

Bayazid fue un hermoso hombre y sus discípulos siempre habían percibido un aura a su alrededor, pero nunca habían visto nada tan radiante como aquello.

Le preguntaron:

-Bayazid, dinos qué es lo que te ha sucedido, qué es lo que te está sucediendo.  Antes de que nos dejes, entréganos tu último mensaje.

Él abrió sus ojos y les dijo:

-Dios me está dando la bienvenida; voy a su encuentro.  Adiós.

Cerró sus ojos y dejó de respirar, pero en el momento en que dejó de respirar hubo una explosión de luz.  La habitación se inundó de luz y luego aquella luz desapareció.

 

Cuando una persona ha conocido su propia trascendencia, la muerte no es para él más que otra cara de Dios.  Entonces la muerte es una danza en su honor.  Y a menos que seas capaz de celebrar la muerte misma, recuérdalo, te habrás perdido la vida.  Toda la vida no es más que una preparación para esta culminación.

Éste es el significado de esta bella historia.

 

Cuando e rabino Birnham yacía en su lecho de muerte, su esposa se echó a llorar.

Él le dijo:

-¿Por qué lloras?  Toda mi vida no ha sido más que un aprender a morir.

 

Toda su vida había sido simplemente una preparación, una preparación para aprender los secretos del morir.

Todas las religiones no son más que una ciencia, o un arte, para enseñarte cómo morir.  Y el único modo de enseñarte cómo morir es enseñarte cómo vivir.  No están separados.  Si conoces el modo correcto de vivir sabrás cuál es el modo correcto de morir.

Por eso lo primero, lo más fundamental, es cómo vivir.

Déjame decirte unas cuantas cosas.  Primero: tu vida es tu vida; no es la vida de nadie más.  No permitas que nadie te domine, no dejes que otros te dicten lo que has de hacer.  Eso es una traición a la vida.  Si dejas que otros te digan lo que has de hacer –sean tus padres, la sociedad, tu sistema educativo, tus políticos, tus sacerdotes, sean los que sean-, si te dejas dominar por los demás, te perderás tu vida.  Porque la dominación proviene del exterior y la vida está en tu interior.  Nunca se encuentran.

No te estoy diciendo que tengas que ser alguien que siempre diga “no” a todo.  Eso tampoco sirve.

Hay dos clases de gente.  Una pertenece al tipo obediente, dispuesto a entregarse a cualquiera.  No posee en su interior un alma independiente.  Los que pertenecen a esta clase de gente son inmaduros, infantiles, siempre buscando la figura del padre, buscando a alguien que les diga lo que han o lo que no han de hacer.  No son capaces de confiar en sí mismos.  Esa gente forma la mayor parte de la población mundial, las masas.

Luego, en oposición a esa gente, existe una pequeña minoría que rechaza la sociedad, que rechaza los valores de la sociedad.  Y creen que son rebeldes.  No lo son, son sólo reaccionarios.  Tanto si escuchas a la sociedad como si la rechazas, si la sociedad permanece siendo el factor determinante, entonces eres dominado por la sociedad.

Déjame que te cuente una anécdota.

 

Una vez Mulá Nasrudin había partido de viaje y al regresar a su ciudad llevaba una gran barba.  Sus amigos, naturalmente, bromeaban sobre la barba y le preguntaban cómo se había decidido a dejársela tan larga.  Mulá empezó a quejarse y a maldecir la barba en unos términos no muy claros.  Sus amigos se sorprendieron por el modo en que estaba hablando y le preguntaron la razón por la cual seguía llevando barba si eso no le gustaba.

-Odio esa maldita cosa –les dijo Mulá.

-Si la odias tanto, ¿por qué no te la afeitas y te liberas de ella?

-Le preguntó uno de sus amigos.

Un destello diabólico brilló en los ojos de Mulá mientras le respondía:

-¡Porque mi esposa también la odia!

 

Pero eso no te hace libre.  Los hippies, los yupies y esa gente no son realmente unos rebeldes; son unos reaccionarios.  Han reaccionado en contra de la sociedad.  Unos son obedientes, otros son desobedientes, pero el centro de dominación es el mismo.  Unos pocos obedecen, otros pocos desobedecen, pero nadie mira en el interior de su propia alma.

Una persona realmente rebelde es aquella que no está ni a favor, ni en contra de la sociedad.  Aquella que simplemente vive de acuerdo con su propia comprensión.  Si va en contra de la sociedad, o a su favor, es irrelevante, no importa.  Puede que a veces vaya a favor de la sociedad, a veces puede no ir a favor de la sociedad, pero eso no es lo importante.  Vive de acuerdo a su propia comprensión, de acuerdo a esa pequeña luz.  Y no estoy diciendo que se vuelva muy egoísta respecto a eso.  No; es muy humilde.  Sabe que su luz es escasa, pero que ésa es toda la luz que posee.  No es altanero, es muy humilde.  Dice: “Puede que esté equivocado, pero por favor, permíteme que esté equivocado de acuerdo conmigo mismo”.

Ésta es la única forma de aprender.  El cometer errores es la única forma de aprender.  Actuar según la propia comprensión es la única forma de crecer y madurar.  Si buscas siempre a alguien para que te dicte lo que has de hacer, tanto si obedeces como si no lo haces carece de importancia.  Si buscas a alguien para que te dirija, para que decida a favor o en contra, nunca serás capaz de conocer lo que es la vida.  Ha de ser vivida y tú has de seguir tu propia y diminuta luz.

No siempre existe una certeza sobre lo que hay que hacer.  Te encuentras muy confundido.  Deja que sea así, pero descubre una salida para tu confusión.  Es muy fácil y cómodo escuchar a los demás porque te pueden suministrar dogmas sin vida, te pueden dar mandamientos: “No hagas esto; haz eso”.  Y están muy seguros de sus mandamientos.  La certeza no es lo que se ha de buscar.  La comprensión es lo que se ha de buscar.  Si buscas la certeza serás víctima de alguna trampa.  No busques la certeza; busca el comprender.  La certeza se te puede dar fácilmente –cualquiera puede dártela- pero a la hora del análisis final serás un perdedor.  Habrás desperdiciado tu vida tan sólo para permanecer en la seguridad y en la certeza; y la vida no es una certeza, la vida no es segura.

La vida es inseguridad.  A cada momento se dirige hacia una inseguridad mayor.  Es un continuo apostar.  Uno nunca sabe lo que va a suceder.  Y es hermoso que uno nunca lo sepa.  Si fuera predecible, no valdría la pena vivir la vida.  Si todo fuera como te gustaría que fuese y si todo fuera una certeza, no serías un hombre, serías una máquina.  Sólo existen certezas y seguridades para las máquinas.

El hombre vive en libertad.  La libertad necesita inseguridad, incertidumbre.  Un hombre verdaderamente inteligente siempre está dudando porque no posee dogma alguno en el que confiar, en el que descansar.  Ha de observar y responder.

Lao Tsé dice: “Dudo y me muevo por la vida estando alerta porque no sé qué es lo que va a suceder.  Y no tengo ningún principio que seguir.  He de decidir a cada instante.  Nunca decido de antemano.  He de decidir cuando llega el momento”.

Entonces uno ha de tener la capacidad de responder.  Eso es responsabilidad. La responsabilidad no es una obligación, la responsabilidad no es un deber; es una capacidad de respuesta.  Un hombre que desea saber lo que es la vida ha de saber responder.  Eso es lo que no ocurre.  Siglos de condicionamientos te han hecho similar a las máquinas.  Has perdido tu humanidad.  Has perdido tu humanidad; la has cambiado por seguridad.  Estás seguro y confortable y todo ha sido planeado por los demás.  Y ellos lo han puesto todo en el mapa, lo han medido todo.  Esto es una absoluta estupidez porque la vida no puede ser medida; es inmensurable.  Y no es posible tener ningún mapa porque la vida es un constante flujo.  Todo cambia.  Nada es permanente excepto el cambio.  Dice Heráclito: “No puedes entrar dos veces en el mismo río”.

Y los modos de la vida son muy zigzagueantes.  Los modos de la vida no son como las vías de un tren.  No, no van sobre vías.  Y ésa es su belleza, su gloria, su poesía, su música: siempre es una sorpresa.

Si buscas seguridad, certeza, tus ojos estarán cerrados y tú te irás sorprendiendo cada vez menos y perderás tu capacidad de maravillarte.  Y una vez has perdido tu capacidad de asombro, has perdido la religión.  La religión es abrirte a tu corazón asombrado.  La religión es una receptividad hacia lo maravilloso que nos rodea.

No busques la seguridad, no busques consejo sobre cómo vivir tu vida.  La gente acude a mí y me dice: “Osho, dinos cómo deberíamos vivir nuestras vidas”.  No estás interesado en conocer lo que es la vida; estás más interesado en construirte un modelo fijo; estás más interesado en acabar con la vida que en vivirla.  Deseas estar sometido a una disciplina.

Existen en todo el mundo sacerdotes y políticos dispuestos, expectantes por ayudarte.  Acude a ellos y ellos impondrán sus disciplinas sobre ti.  Disfrutan del poder que proviene del imponer sus propias ideas sobre los demás.

Yo no estoy aquí para eso.  Yo estoy aquí para ayudarte a ser libre.  Y cuando digo que estoy aquí para ayudarte a ser libre, me incluyo a mí.  También estoy aquí para ayudarte a que te liberes de mí.  Mi sannyas es algo muy paradójico.  Te entregas a mí para poder ser libre.  Yo te acepto y te inicio en el sannyas para ayudarte a que te liberes de todo dogma, de toda escritura, de toda filosofía.  Y yo estoy incluido en eso.  El sannyas es tan paradójico –debería serlo-  como la vida misma.  Entonces sí está vivo.

Por eso lo primero es: no le preguntes a nadie cómo deberías vivir tu vida.  La vida es muy valiosa.  Vívela.  No te estoy diciendo que no cometas errores; los cometerás.  Recuerda solamente una cosa: no cometas los mismos errores una y otra vez.  Con eso hay suficiente. Si has de cometer un nuevo error cada día, comételo, pero no repitas los errores.  Eso es una estupidez.  El hombre que es capaz de encontrar nuevos errores que cometer cada día, estará creciendo continuamente.  Ése es el único modo de aprender, ésa es la única forma de descubrir tu propia luz interior.

Oí una vez…

 

Una noche el poeta Awadi de Kerman, un gran poeta musulmán, estaba sentado en su porche inclinado sobre un cubo.  Shams el Tabrizi, un gran místico sufí, acertó a pasar por allí.

Shams el Tabrizi miró al poeta y lo que hacía, y le preguntó:

-¿Qué haces?

El poeta le contestó:

-Estoy contemplando la luna en un cubo de agua.

Shams el Tabrizi se puso a reír con tremendas carcajadas, con una risa loca.  El poeta empezó a sentirse incómodo.  Una multitud se congregó.

-¿Qué pasa?  ¿Por qué te ríes tanto?  ¿Por qué me estás ridiculizando?

Shams el Tabrizi le dijo:

-A no ser que te hayas roto el cuello, ¿por qué no miras directamente a la luna en el cielo?

 

La luna estaba allí, la luna llena estaba allí y aquel poeta estaba sentado junto a un cubo con agua contemplando en él el reflejo de la luna.

Buscar la verdad en las escrituras, buscar la verdad a través de las filosofías, es mirar el reflejo.  Si le preguntas a alguien cómo deberías vivir tu vida, estás pidiendo un mal consejo porque ese hombre solamente podrá hablar sobre su propia vida.  Y nunca, jamás, hay dos vidas iguales.  Sea lo que sea que te pueda decir o impartir será sobre su propia vida, y eso solamente si has vivido.  Puede que él también haya preguntado a algún otro, puede que él mismo haya sido un imitador.  Entonces es un reflejo de un reflejo.  Y los siglos pasan y la gente sigue reflejando el reflejo del reflejo, y la verdadera luna llena está siempre en el cielo esperándote.  Es tu luna, es tu cielo.  Mírala directamente.  Hazlo directamente.  ¿Por qué pedir prestados mis ojos a los ojos de alguien?  Se te han dado ojos, hermosos ojos para ver.  Y ver directamente.  ¿Por qué querer comprensión prestada?  Recuérdalo: puede que sea comprensión para mí, pero desde el instante en que la tomas prestada, se convierte para ti en conocimiento.  Deja de ser comprensión.

Comprensión es eso que ha experimentado uno mismo. Puede que sea comprensión para mí –si yo he mirado a la luna-, pero en el instante en que te lo digo a ti, se convierte en conocimiento, deja de ser comprensión.  Entonces sólo es algo verbal, es pura lingüística.  Y el lenguaje es una mentira.

Deja que te cuente una anécdota.

 

Un avicultor descontento con la productividad de sus gallinas decidió usar un poco de psicología con ellas.  Compró un loro parlanchín de vivos colores y lo puso en el gallinero.  Sin pensárselo, las gallinas se encariñaron de inmediato con el atractivo extranjero.  Con gozosos cloqueos le mostraban los mejores bocados para que él se los comiera y le seguían por todas partes como un grupo de quinceañeras persiguiendo a una nueva estrella de la canción.  Para contento del granjero incluso sus capacidades ponedoras mejoraron.

El gallo del gallinero, naturalmente celoso al ser ignorado por su harén, se echó sobre el atractivo intruso, le empezó a picotear y clavarle los espolones, arrancándole las plumas rojas y verdes una tras otra.  Con lo cual el asustado loro se puso a gritar vehementemente:

-¡Déjalo señor!  ¡Le pido que desista!  ¡Después de todo, sólo estoy aquí como profesor de lenguaje!

 

Mucha gente vive su vida como profesores de lenguaje.  Ésa es la clase de vida más falsa.  La realidad no necesita de lenguaje alguno; está a tu alcance a un nivel no verbal.  La luna está ahí; no necesita ni de cubo, ni de agua, no necesita de medio alguno.  Solamente has de mirar hacia ella.  Es una comunicación no verbal.  La totalidad de la vida está disponible; solamente has de aprender a comunicarte con ella de un modo no verbal.

De eso es de lo que trata la meditación: estar en un espacio donde el lenguaje no interfiere, donde los conceptos aprendidos no se interponen entre tú y lo real.

Cuando ames a una mujer, no te preocupes por lo que los demás hayan dicho sobre el amor, porque esto se convertirá en una interferencia.  Amás a una mujer, el amor está ahí, olvídate de todo lo que has aprendido sobre el amor. Olvídate de todos los Kinsey, de los Master y los Johnson; olvídate de los Freud y de los Jung.  Por favor, no te conviertas en un profesor de lenguaje.  Simplemente ama a la mujer y deja que el amor exista y deja que el amor te muestre sus más recónditos secretos, sus misterios.  Entonces serás capaz de saber lo que es el amor.  Y lo que los demás digan sobre la meditación carece de sentido.

 

Una vez me encontré con un libro sobre meditación escrito por un monje jaino.  Era realmente bonito, pero había algunos pasajes en lo que podía ver claramente que aquel hombre nunca había meditado, pues si no, esos pasajes no hubieran estado allí.  Pero eran pocos y escasos.  El libro en su conjunto, casi el noventa y nueve por ciento, era perfecto.  Me gustaba el libro.

Luego me olvidé de él.  Durante diez años viajé por todo el país.  Una vez en un pueblo de Rajastán, ese santo vino a verme.  Su nombre me resultó familiar y de repente me acordé del libro.  Pregunté al santo que por qué había acudido a mí.  Me contestó:

-He venido para conocer lo que es la meditación.

Yo le dije:

-Me acuerdo de tu libro.  Me acuerdo muy bien porque me impresionó mucho.  Excepto por unos pocos defectos que delataban que tú nunca habías meditado, el libro estaba perfectamente bien, en un noventa y nueve por ciento bien.  Y ahora vienes aquí para aprender sobre meditación.  ¿No has meditado nunca?

Me miró con cierto embarazo porque sus discípulos estaban también presentes. Le dije:

-Sé franco, porque si me contestas que sabes lo que es meditación, entonces no hablaré de ella.  ¡Se acabó!  No tendré motivo.  Si me dices con franqueza –al menos sé franco por una vez-, si me dices con franqueza que nunca has meditado, solamente entonces te conduciré a la meditación.

Era un chantaje.  Por eso tuvo que confesar.  Dijo:

-Sí, nunca se lo he dicho a nadie. He leído muchos libros sobre meditación y todos los textos son antiguos.  Y he estado enseñando a la gente, por eso me siento avergonzado ante mis discípulos.  He estado enseñando meditación a miles y he escrito libros sobre ello, pero yo nunca he meditado.

Puedes escribir libros sobre meditación y no descubrir nunca el espacio que supone meditar.  Puedes volverte altamente eficiente verbalizando, puedes ser muy ducho en abstracciones, en argumentaciones intelectuales y puedes olvidarte completamente de que todo el tiempo en que has estado envuelto en esas actividades intelectuales ha sido puro desperdicio.

Le pregunté al viejo:

-¿Durante cuánto tiempo has estado interesado en la meditación?

Él me contesto:

-Durante toda mi vida.

Tenía casi setenta años.  Me dijo:

-Cuando tenía veinte años tomé sannyas, me convertí en un monje jaino y durante esos cincuenta años siguientes he estado leyendo, leyendo y pensando en el meditar.

 

Cincuenta años de leer y pensar y escribir sobre meditación, incluso introduciendo a la gente en la meditación ¡y ni una sola vez había probado la meditación!

Pero ése es el caso de millones de personas.  Hablan del amor, conocen toda la poesía que existe sobre el amor, pero nunca han amado.  O incluso aunque piensen que estuvieron alguna vez enamorados, nunca se enamoraron.  Eso también fue algo “cerebral”, no fue del corazón.  La gente vive y sigue perdiéndose la vida.  Se necesita valor.  Se necesita valor para ser realista, se necesita coraje para ir con la vida dondequiera que te lleve porque los caminos no están cartografiados, porque no existen mapas.  Uno ha de penetrar en lo desconocido.

La vida solamente puede ser entendida si estás dispuesto a penetrar en lo desconocido.  Si te apegas a lo que conoces, te aferras a la mente, porque la vida es total.  Tu totalidad ha de estar plenamente implicada; no puedes únicamente pensar sobre ello.  Pensar en la vida, no es vivir.  Cuidado con eso.  Uno piensa y piensa.  Hay gente que reflexiona sobre Dios, hay gente que reflexiona sobre la vida, hay gente que reflexiona sobre el amor, hay gente que piensa en esto y en lo otro.

 

Mulá Nasrudin se había vuelto muy viejo y acudió a su médico.  Parecía estar muy débil y el médico le dijo:

-Solamente te puedo decir una cosa: “Tendrás que reducir tu vida marital a la mitad”.

El Mulá le contestó:

-De acuerdo.  ¿A qué mitad?  ¿A la de pensar en ella o a la de hablar de ella?

 

Eso es todo.  No te conviertas en un profesor del lenguaje, no te conviertas en un loro.  Los loros son profesores de lenguaje.  Viven de palabras, de conceptos, de teorías y la vida sigue transcurriendo, escapándoseles de sus manos.  Entonces un día, de improviso, se asustan de la muerte.  Cuando una persona teme a la muerte, ten por seguro que esta persona se ha perdido la vida.  Si no se hubiera perdido la vida, no tendría temor a la muerte. Si la persona ha vivido la vida, estará dispuesta a vivir también la muerte.  Estará casi encantada con el acontecimiento que supone morir.

 

Cuando Sócrates se estaba muriendo se encontraba tan a gusto que sus discípulos casi no podían creérselo, no podían comprender cómo podía sentirse tan feliz de morir.  Un discípulo, Credo, le preguntó:

-¿Por qué pareces sentirte tan feliz?  Nosotros lloramos y estamos tristes.

Sócrates le dijo:

-¿Por qué no debería estar feliz?  He conocido lo que es la vida y ahora me gustaría conocer lo que es la muerte.  Estoy a las puertas de un gran misterio y estoy emocionado.  Voy a empezar un gran viaje por lo desconocido.  ¡Simplemente estoy expectante!  ¡No puedo esperar!

Y recuerda que Sócrates no era un hombre religioso.  Sócrates no era, en modo alguno, un creyente.

Alguien le preguntó:

-¿Tienes la certeza de que el alma sobrevivirá a la muerte?

Sócrates le contestó:

-No lo sé.

Decir: “No lo sé”, requiere el mayor valor del mundo.  Es muy difícil para un profesor de lengua decir: “No lo sé”.  Es difícil para los loros.  Sócrates fue un hombre muy sincero y honesto.  Contestó: “No lo sé”.

Entonces el discípulo le preguntó:

-Si es así, ¿por qué te sientes tan feliz?  Si el alma no sobrevive, entonces…

Sócrates le dijo:

-He de verlo.  Si sobrevivo no tengo porque tener miedo.  Si no sobrevivo, ¿cómo podré tener miedo?  Si no sobrevivo, no sobrevivo, así que, ¿dónde está el miedo?  No hay nadie ahí, de modo que no puede haber miedo.  Si sobrevivo, sobrevivo.  No hay porqué tener miedo.  Pero no sé exactamente qué es lo que va a suceder.  Por eso estoy tan expectante y dispuesto a averiguarlo.  No lo sé.

 

Para mí, así es como un hombre religioso debería ser.  Un hombre religioso no es un cristiano, un hindú, un budista o un musulmán.  Todos esos son sólo modos de conocimiento.  Un cristiano dice: “Yo sé”.  Y su saber proviene de los dogmas cristianos.  El hindú dice: “Yo también sé”, y su saber proviene de los vedas y de los gitas y de sus dogmas.  Y el hindú está en contra del cristiano porque afirma: “Si yo estoy en lo cierto, tú no puedes estarlo.  Si tú estás en lo cierto, entonces yo me equivoco”.  De modo que surge una gran disputa y discusión y debates y conflictos innecesarios.

Un hombre religioso, un hombre verdaderamente religioso –no esa gente a la que llamas religiosa- es uno que dice: “Yo no sé”.  Cuando dices, “Yo no sé”, estás abierto, estás dispuesto a aprender.  Cuando dices, “Yo no sé”, no tienes prejuicios a favor de esto o en contra de lo otro, no posees creencias y no posees conocimiento alguno.  Solamente posees conciencia.  Dices, “Soy consciente y veré qué sucede.  No acarrearé con ningún dogma del pasado”.

Ésta es la actitud de un discípulo, la actitud de uno que desea aprender.  Y discípulo quiere decir simplemente: aprender.  Un discípulo quiere decir uno que aprende, uno que está dispuesto a aprender, y “disciplina” quiere decir “aprendizaje”.  No estoy aquí para impartirte dogmas, no te estoy impartiendo conocimiento alguno.  Simplemente te estoy ayudando a ver lo que hay que ver.  Vive tu vida a cualquier precio.  Tienes que estar dispuesto a jugártela.

 

Oí de un hombre de negocios.  Estaba caminando desde su oficina a un restaurante para almorzar cuando lo detuvo un desconocido que le dijo:

-No creo que te acuerdes de mí, pero hace diez años llegué a esta ciudad sin un céntimo.  Te pedí un préstamo y me diste veinte dólares porque dijiste que querías dar una oportunidad a un hombre para que empezara su camino hacia el éxito.

Aquel hombre se lo pensó un rato y entonces le dijo:

-Sí, recuerdo el incidente.  Sigue con tu historia.

-Bien –dijo el desconocido-  ¿Quieres seguir apostando?

 

La vida te plantea la misma pregunta una y otra vez, “¿Quieres seguir apostando?”.  Nunca hay nada seguro.  La vida no tiene seguros, es una pura apertura, una tremenda apertura, una caótica apertura.  Puedes construirte una casa a tu alrededor, segura, pero entonces se convertirá en tu tumba.  Vive con la vida.

Y hemos estado haciendo esto de muchas formas.  El matrimonio ha sido creado por el hombre; el amor es parte de la vida.  Cuando creas el matrimonio en torno al amor, estás creando seguridad.  Estás haciendo algo que no puede hacerse; el amor no puede ser legalizado.  Estás tratando de hacer lo imposible y si en este esfuerzo el amor muere, no tienes que sorprenderte.  Te conviertes en un marido, tu amada se convierte en una esposa.  Dejáis de ser dos personas que están vivas.  Sois dos funcionarios.  El marido tiene una determinada función, la esposa tiene una determinada función.  Tienen ciertos deberes que realizar.  Entonces la vida ha dejado de fluir, se ha congelado.

Observa a un esposo y a una esposa.  Siempre verás a dos personas congeladas, sentadas una junto a la otra, sin saber qué están haciendo ahí, sin saber por qué están ahí sentadas.  Puede que no tengan sitio alguno adónde ir.

Cuando vez amor entre dos personas, algo está fluyendo, moviéndose, cambiando.  Cuando hay amor entre dos personas, viven bajo un halo compartiéndolo todo: sus vibraciones se entremezclan, intercambian su ser.  Entre ellos no hay paredes.  Son dos y no son dos; también son uno.

El marido y la esposa están tan lejos como es posible estarlo, incluso aunque estén sentados el uno junto al otro.  El marido nunca escucha lo que la esposa le está diciendo.  Hace tiempo que se ha vuelto sordo.  La esposa nunca ve lo que le está sucediendo al marido.  Se ha vuelto ciega para él.  Ambos se dan por conocidos, se han convertido en cosas.  Han dejado de ser personas porque las personas están siempre abiertas, las personas no tienen certezas, las personas están siempre cambiando.  Ahora tienen un papel fijo que cumplir.  Murieron el día en que se casaron.  Desde ese día dejaron de vivir.

No estoy diciendo que no te cases, pero recuerda que el amor es lo verdadero.  Y si él muere, entonces el matrimonio pierde su valor.

Y lo mismo es válido para todo en la vida, para todo.  O bien puedes vivir –y entonces tendrás que vivir con esta duda sin saber lo que sucederá al momento siguiente- o puedes convertirlo en una certeza.

Hay gente que ha adquirido tal grado de certeza en todo que nunca se sorprenden.  Hay gente a la que nunca podrás sorprender.  Y yo estoy aquí para entregarte un mensaje muy sorprendente; no lo vas a creer.  Lo sé.  No vas a poder creértelo, lo sé.  Estoy aquí para decirte algo que es absolutamente increíble: vosotros sois dioses y diosas.  Y lo habéis olvidado.

Deja que te cuente una anécdota.

 

Harvey Firestone, Thomas A. Edison, John Burroughs  y Henry Ford se detuvieron en una gasolinera en su camino hacia Florida para pasar el invierno.

-Queremos bombillas para los faros –dijo Ford-.  Y, por cierto, éste que está sentado en el coche es Thomas Edison y yo soy Henry Ford.

El encargado de la gasolinera  ni siquiera levantó la cabeza, tan sólo escupió un poco de tabaco con obvio desdén.

Y –dijo Ford- nos gustaría comprar un neumático nuevo si es que son Firestone.  Y ese otro del coche es Harvey Firestone en persona.

El encargado siguió sin decir nada.  Mientras estaba montando el neumático en la rueda, John Burroughs, con su larga barba, sacó su cabeza fuera de la ventanilla y le dijo:

-¿Cómo estás forastero?

Por fin el viejo encargado volvió a la vida.  Echó una mirada a Burroughs y le dijo:

-Si me dices que eres Papá Noel, maldito seré si no te rompo la cabeza con esta llave inglesa.

 

No podía creer que en el mismo coche fueran Harvey Firestone, Thomas A. Edison, John Burroughs y Henry Ford.  Todos ellos eran amigos y solían viajar juntos.

Cuando te digo que vosotros sois dioses y diosas, no te lo crees porque has olvidado por completo quién es el que está viajando en tu interior, quién es el que está sentado en tu interior, quién es el que me está escuchando, quién es el que me está mirando.  Te has olvidado por completo.  Te han suministrado unas etiquetas desde el exterior y has confiado en esas etiquetas, en tu nombre, en tu religión, en tu país.  ¡Todo mentira!  No importa si eres hindú, cristiano o musulmán, si no te conoces a ti mismo.  Esas etiquetas no tienen valor alguno aparte de servir para algo específico.  ¿Qué importa si eres hindú, o cristiano, o musulmán, o indio, o americano, o chino?  ¿Cómo va a importar, cómo te va a ayudar a conocer tu propio ser?  Todo esto es irrelevante porque el ser no es ni indio, ni chino, ni americano; el ser no es ni hindú, ni musulmán, ni cristiano.  El ser es sencillamente puro “ser”.

Al puro “ser” es a lo que llamo Dios.  Puedes comprender tu propia divinidad interior si has comprendido lo que es la vida.  En caso contrario, es que todavía no has sido capaz de decodificar la vida.  Éste es el mensaje.  La vida entera está señalando la misma cosa continuamente: vosotros sois dioses.  Una vez lo has comprendido, entonces la muerte deja de existir. Entonces has aprendido la lección.  Entonces, al morir, los dioses regresan a sus hogares.

 

Cuando el rabino Birnham yacía en su lecho de muerte, su esposa se echó a llorar.

Él le dijo:

-¿Por qué lloras?  Toda mi vida no ha sido más que un aprender a morir.

 

La vida entera… tan sólo un aprendizaje de cómo regresar a casa, de cómo morir, de cómo desaparecer.  Porque en el instante en que desapareces, Dios aparece en ti.  Tu presencia es la ausencia de Dios.  Tu ausencia es la presencia de Dios.


 

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