VISLUMBRES DE UNA INFANCIA DORADA - III parte

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Sesión 34

 

.Esta mañana le di un abrupto adiós a Masto, y lo he estado sintiendo todo el día. Simplemente, no se puede hacer, por lo menos en este caso. Me recuerda a cuando me iba a la universidad y dejaba a mi Nani después de estar tanto tiempo juntos.

Desde que mi abuelo murió y la abandonó, no había habido nadie en su vida excepto yo. No fue fácil para ella. Tampoco fue fácil para mí. No había nada más que me retuviera en la aldea, excepto ella. Puedo recordar ese día: temprano por la mañana; era una hermosa ma­ñana de invierno y la gente de la aldea se había reunido.

Incluso hoy en día, en esas partes de India central, las cosas no son contemporáneas; lle­van un retraso de por lo menos dos mil años. Nadie está muy ocupado. Todo el mundo tiene el aspecto de tener mucho tiempo para holgazanear. Lo que quiero decir es que son unos holgazanes. Estoy usando el sentido literal, no cualquier asociación que haya podido surgir sobre esta palabra. O sea que todos los «holgazanes» estaban allí. Por favor, escríbelo entre comillas para que nadie lo mal entienda.

Toda mi familia estaba allí. Era un gran grupo de gente. Habían venido por obligación; de otro modo no tenía sentido para mí el verles las caras, que eran entonces, y son ahora, irreconocibles, sólo nombres. Pero allí estaban: mi pobre padre, mi madre, mis hermanos más jóvenes y mis hermanas y estaban llorando de verdad.

Incluso mi padre estaba llorando. Nunca le había visto llorar así, nunca antes y nunca después. Y yo no me estaba muriendo, simple­mente me estaba yendo a doscientos kilóme­tros. Era sólo la idea de que me estaba yendo para cuatro años por lo menos, para sacarme el título de bachiller. Entonces, ¿qué pasaría si decidía -y nunca se sabe- quedarme dos años más para sacarme un graduado superior? y después, ¿un mínimo de dos años más para un doctorado?

Fue una larga separación. Quizá para en­tonces, quién sabe, muchos de ellos podrían no estar en este mundo. Pero yo sólo estaba preo­cupado por Nani, porque mi madre y mi padre habían vivido mucho tiempo sin mí cuando yo era pequeño. Ahora podía vivir solo, podía va­lerme por mí mismo; no necesitaba más ayuda.

Pero mi abuela..., todavía puedo ver el pri­mer sol de la mañana, el calor del sol, la gente, mi padre, mi madre. Me postré a los pies de mi abuela y dije:

-No te preocupes. Vendré inmediatamen­te siempre que me llames. Y no pienses que me voy muy lejos: son sólo doscientos kilómetros, sólo tres horas en tren.

En esos días el rápido no se detenía en ese pobre pueblo; si no, el viaje sólo duraría dos horas. Ahora se detiene allí, pero ya no impor­ta que se pare o no.

     -Vendré corriendo -le dije-. Veinte o doscientos kilómetros no son nada.

     -Lo sé -dijo ella-, y no estoy preocupada.

Trató de mantenerse todo lo entera que pudo, pero pude ver cómo las lágrimas se apelotonaban en sus ojos. En ese momento me giré y salí para la estación. No volví a mirar ha­cia atrás cuando doblé la esquina de la calle. Sabía que si miraba hacia atrás, o bien ella rompería a llorar, y entonces nunca iría a la universidad; o si no rompía a llorar podría has­ta morirse, dejar de respirar. Yo significaba mu­cho para ella. Toda su vida giraba alrededor de mí: mis ropas, mis juguetes, mi cama, mis sá­banas, el día entero...

-Nani, estás loca -solía decirle-. Veinticuatro horas al día estás ocupada haciendo cosas sólo para mí, que no voy hacer nada por ti en toda tu vida.

-Tú ya lo has hecho -dijo ella.

No sé qué hacer con esto, y ahora no hay manera de preguntárselo. Pero de la manera que lo dijo:

-Tú ya lo has hecho -fue tan poderosa, con tanta energía, que lo entendieras o no lo entendieras, te quedabas desbordado. Incluso al recordado me siento desbordado.

Más tarde me enteré que cuando doblé la esquina de la calle, toda la vecindad dijo:

-¿Qué clase de muchacho es éste? Ni siquiera se ha vuelto...

Y mi Nani, que estaba muy orgullosa, les dijo: .

-Sí, es mi chico. Sabía que no se volvería a mirar, y no sólo en esta esquina de la calle, no volvería a mirar hacia atrás en toda su vida. Además, me siento muy orgullosa de que haya entendido a su pobre Nani, sabiendo que si hubiera mirado hacia atrás me habría echado a llorar, y él nunca quiso eso. Él sabía perfecta­mente bien, mejor que yo, que si me hubiera echado a llorar él no hubiera sido capaz de irse. No por mí, sino por su amor hacia mí. Se ha­bría quedado toda su vida con tal de que no llorara ni me lamentara.

Decir un abrupto adiós a Masto es igual que eso. No, no puedo hacerlo. Tendré que lle­gar a un final natural sin detenerme de repente de una manera arbitraria, porque mi vida es tal que si continúo hablando sobre ella no habrá ni principio ni fin. En mi vida no habrá ni principio ni fin.

La Biblia por lo menos dice: «En el princi­pio...» Tendréis que publicar esto sin principio ni fin. Será difícil publicarlo de esa manera. Pero Devageet lo puede entender, él es judío. Un rollo de pergamino judío puede no tener casi ni principio ni fin. Por supuesto parece que tiene un comienzo, pero sólo lo parece. Es por eso que todas antiguas historias comien­zan: «Érase una vez», y entonces puedes empe­zar cualquier cosa. Y érase una vez y todo se detiene, sin ni siquiera decir: «Fin.» Mi vida no puede ser una autobiografía corriente.

Vasant Joshi está escribiendo mi biografía. Las biografías tienden a ser muy superficiales, tan superficiales que no merece la pena leerIas. Ninguna biografía puede penetrar hasta lo más profundo, particularmente en las capas psicológicas del hombre, y especialmente si ese hombre ha llegado al punto donde la mente deja de ser importante para la nada que se es­conde en el centro de una cebolla. Puedes pe­larIa capa por capa, por supuesto con los ojos llenos de lágrimas, pero al final no queda nada, y ése es el centro de la cebolla; ése es de donde ha surgido en primer lugar. Ninguna biografía puede penetrar en esas profundidades, espe­cialmente en las de un hombre que ha conoci­do también la no-mente. Digo «también» in­tencionadamente, porque a menos que conozcas la mente, no puedes conocer la no - ­mente. Ésta va a ser mi pequeña contribución al mundo.

Occidente ha realizado una profunda investigación de la mente, y ha descubierto capas y más capas; el consciente, el inconsciente, el subconsciente, y así sucesivamente. Oriente simplemente ha dejado todo el asunto a un lado y se ha tirado al estanque..., y el sonido sin sonido, la no-mente. De ahí que Oriente y Occidente permanezcan opuestos.

De alguna forma, la oposición es compren­sible, y Rudyard Kipling tenía razón al decir: «Occidente es Occidente, y Oriente es Orien­te, y nunca los dos se han de encontrar.» Tiene razón hasta cierto punto. Enfatiza lo que estoy diciendo.

Occidente sólo ha mirado dentro de la mente, sin fijarse en quién está mirando dentro de la mente. Es muy extraño. Los así llamados grandes científicos están tratando de mirar dentro de la mente, y nadie se está preocupando sobre quién está mirando.

H. G. Wells no era malo, era un buen hombre, un santurrón. De hecho demasiado dulce para mi gusto, un poquito demasiado parecido al azúcar blanco. Pero de todas maneras no de­bería de tener en cuenta mi gusto propio; voso­tros tenéis vuestros propios gustos, y no todo el mundo es diabético. No sólo soy diabético, también estoy en contra del azúcar blanco. In­cluso antes de enterarme que tenía diabetes es­taba contra el azúcar blanco; lo llamo «el veneno blanco». Debo de tener posiblemente algún pe­queño prejuicio en contra del azúcar blanco.

Pero H. G. Wells, aunque muy lleno de azúcar blanco, no sólo es eso. De vez en cuan­do se le ocurrían unas intuiciones extraordina­rias. Por ejemplo, su idea de una máquina del tiempo. Tenía la idea de que un día se descu­briría una máquina que pudiera retroceder en el tiempo. ¿Entiendes lo que esto puede supo­ner? Significa que puedes regresar a tu niñez, entrar en el vientre de tu madre, o quizá, si eres hindú, a tus vidas pasadas, quizá como un ele­fante, o una hormiga, o cualquier otra cosa. Uno puede sencillamente retroceder o uno puede ir hacia delante.

La idea en sí misma es muy perspicaz. No sé si habrá nunca unas máquinas así o no, pero ha habido gente que podía desplazarse en el tiempo con tanta facilidad como tú puedes moverte. ¿Tienes algún problema para regresar a tu pasado? De la misma manera, los más atre­vidos han regresado a sus vidas pasadas.

Quizá esa palabra podría no estar autoriza­da, pero no me importa. A mí «vida pasada»me parece totalmente correcto. Cuando algo le parece correcto a un hombre tan incorrecto como yo puedes tener la seguridad de que debe de estar bien. Tiene que estar bien.

Le dije basta a Masto de golpe, pero en cier­to modo luego me estuvo torturando todo el día. Tú sabes que no se me puede torturar, sa­bes que tampoco puedo ser infeliz, pero la idea de haber finalizado de un modo tan abrupto me hace volver a recordar un incidente que está directamente relacionado con Masto.

Había venido para llevarme a la estación de Allahabad. En el fondo no queríamos separar­nos nunca, en especial ese día. El motivo sólo estuvo claro más tarde, pero eso no tenía nada que ver con esto. Ahora sólo lo mencionaré y os explicaré los detalles más tarde. Me había acom­pañado para despedirme, porque me dijo que probablemente durante dos o tres meses no ten­dría la posibilidad de visitarme, por eso mien­tras pudiera estar conmigo le gustaría estar.

-Esperemos que el tren venga con retraso

-dijo Masto.

-¿Qué tontería estás diciendo, Masto? -le dije-. ¿Te has vuelto loco? ¿Trenes indios y tienes que esperar que se retrasen?

El tren llegó, por supuesto con seis horas de retraso, lo que no es demasiado para un pasaje­ro de un tren indio, sólo lo normal. Pero no nos podíamos separar. Seguimos hablando, y nos abstraíamos tanto hablando que perdimos el tren. Los dos nos echamos a reír. Estábamos contentos de al menos poder pasar unas horas más juntos antes de que llegara otro tren.

Al escuchar nuestra conversación, nuestra risa, y la razón de nuestra risa, el jefe de esta­ción nos dijo:

-¿Por qué estáis perdiendo el tiempo en esta plataforma? Podéis ir a la plataforma de enfrente.

-¿Por qué? -le pregunté.

-Allí sólo paran los trenes de mercancías -me respondió-, o sea, que podéis hablar, abrazaros y pasado bien, y no os tendréis que preocupar de coger el tren. En esa plataforma no lo podéis coger.

Le dije a Masto que la idea sonaba muy espiritual. El jefe de estación estaba pensando que le íbamos a golpear en la cabeza, pero cuando los dos le dimos las gracias y nos fui­mos a la otra plataforma, vino corriendo detrás nuestro diciendo:

-Por favor, no os lo toméis en serio. Sólo estaba bromeando. Creedme, allí sólo se detienen los trenes de mercancías. Nunca cogeréis ningún tren en esa plataforma.

-No quiero coger ningún tren -le dije-, y Masto tampoco, pero, ¿qué le vamos a hacer?

Nuestro anfitrión donde nos estábamos quedando insistió mucho en que era hora de regresar al hostal universitario, aduciendo que mi tiempo no debería ser desperdiciado.

Y Masto también quería que por lo menos consiguiese una licenciatura, de acuerdo a los deseos de mi querido amigo Pagal Baba. O sea, que tuve que irme. No me creeréis, pero sólo seguí en la universidad porque le había prome­tido a Pagal Baba conseguir una licenciatura. La universidad me concedió una beca para estu­dios posteriores, pero dije que no, porque había prometido estudiar sólo hasta este punto.

-¿Estás loco? -me dijeron-. Incluso si empiezas directamente a trabajar no podrás conseguir más dinero del que conseguirías con la beca. Y la beca puede prolongarse desde los dos años hasta lo que tus profesores recomien­den. No pierdas esta oportunidad.

-Baba debería de haberme pedido que hi­ciera un doctorado -dije yo-. ¿Qué puedo hacer yo? Nunca me lo pidió, y se murió sin saberlo.

Mi profesor trató por todos los medios de convencerme, pero le dije:

-Sencillamente, olvídalo, porque sólo vine aquí a cumplir una promesa que le hice a un loco.

Quizá si Pagal Baba hubiera sabido del doctorado en Filosofía o del doctorado en Literatura entonces yo habría estado atrapado. Pero gracias a Dios sólo conocía la licenciatura. Creía que era la última palabra. Realmente no sé si quería que continuase con mis estudios. Ahora no hay manera de saberlo. Una cosa es cierta: si él hubiera querido, yo habría ido y desperdicia­do todos los años que fuesen necesarios. Pero no era una satisfacción para mi propio ser, ni tampoco lo era la licenciatura. Por alguna ra­zón, Pagal Baba tenía la idea de que como no tuviese un graduado en algo, o un postgraduado, no sería capaz de conseguir un buen trabajo.

-Pagal Baba -le dije-, ¿crees que alguna vez desearé un trabajo?

Él se echó a reír y me dijo:

-Sé que no lo desearás, pero sólo por si acaso. Sólo soy un anciano, y pienso siempre en lo peor. Has escuchado este proverbio: «Es­pera lo mejor, pero prepárate para lo peor.» Él añadió algo más. Baba dijo:

-Prepárate para lo peor. Uno no debe encontrárselo sin estar preparado; de otro modo, ¿cómo lo vas a encarar?

A Masto no se le puede decir adiós con facilidad, por eso abandonaré la idea. Siempre que aparezca está bien. Esta no va a ser una autobiografía ortodoxa o convencional. Ni siquiera es una autobiografía, sólo fragmentos de una vida reflejada en mil espejos.

Una vez estuve hospedado en un lugar llamado el Palacio de los Espejos. Estaba hecho sólo de espejos. Era horrible, vivir en él era muy complicado, pero quizá fui la única perso­na que lo disfrutó. El rajá propietario del pala­cio estaba asombrado. Me dijo:

-Siempre que coloco ahí a un huésped, después de unas horas me dice: «Por favor, sá­came de aquí, es demasiado.» Ver a tanta gente como tú a tu alrededor..., y todo lo que haces, lo repiten los demás. Si te ríes, se ríen; si lloras, lloran; si abrazas a tu chica, todos la abrazan... Es horrible. Sientes que sólo eres un espejo, y todos los espejos parece que lo están haciendo             incluso ¡mejor que tú!

Le dije al rajá:

-No quiero cambiar nada. De hecho, si quieres vender este palacio estoy dispuesto a comprarlo y convertido en un centro de medi­tación. Será muy divertido. La gente sentada mirándose a sí misma desde todas las direc­ciones; por todos los lados, miles de miniaturas de sí mismos.

-Podrían volverse locos, que de todas ma­neras no sería ninguna calamidad. Se volverán locos antes o después en alguna otra vida; sólo que tardarán un poco más. Yo lo haré más rápido. Creo en métodos del tipo café instantáneo. Pero si pueden relajarse en medio de una mul­titud y no estar preocupados; si pueden acep­tarlo y decir: «De acuerdo, gracias por rodearme durante tanto tiempo», y además permanecer centrados, se iluminarán. De cualquier manera se beneficiarán.

La locura es caer por debajo de la mente. Existe una locura que está por encima de la mente; esa locura es la iluminación. Esto es algo anormal; por eso los pobres psicólogos no están equivocados cuando piensan que la gente como Jesús o Buda son anormales. Pero debe­rían tener algo de sensibilidad con las palabras.

Si usan la misma palabra «anormal», para los internos de un manicomio, ¿con qué cara pueden utilizar la misma palabra para el buda? Deberían utilizar «supranormal». Los budas y los locos desde luego no son normales; en eso estamos de acuerdo. Unos están por debajo de la normalidad, otros por encima de la normali­dad. Ambos son anormales, estamos de acuer­do, pero necesitan diferentes clasificaciones. Y la psicología no tiene un hueco para lo que yo llamo «la psicología de los budas».

Masto efectivamente era un buda. No pue­do decir sólo: «Gracias, hasta la próxima», por la sencilla razón de que ha hecho mucho por mí. «Gracias» es muy pequeño y además inade­cuado. Nadie hace tanto por nadie.

Por eso no hay una palabra para esto, nadie la necesita. Y no puedo decir «Hasta la próxi­ma», porque ni él ni yo vamos a estar de nuevo en este mundo. El encuentro es por su propia naturaleza imposible. Por eso el único modo es permitir que aparezca siempre que suceda. Y de esta manera estas memorias tendrán su pro­pio sabor. Llegadas y salidas repentinas y abruptas.

Por eso saco a Masto de nuevo. Él no era el mismo tipo de hombre que Pagal Baba. Pagal Baba era sencillamente un místico; Masto ade­más era un filósofo. Por la noche nos tumbábamos durante horas a las orillas del Ganges discutiendo todo tipo de cosas. Disfrutábamos por el mero hecho de estar juntos, discutiendo o permaneciendo en silencio. El mismo Ganges, donde se cantaron por vez primera los Upanishads, donde Buda impartió su primer sermón, donde Mahavira viajó y predicó... Uno no se puede imaginar el misticismo oriental sin los Himalayas y el Ganges. De hecho ambos han contribuido infinitamente.

Recuerdo la belleza de ese silencio... Nos sentábamos durante horas. De vez en cuando incluso dormíamos allí, en la arena, porque Masto había dicho: -Esta noche es tan hermosa que sería un insulto irse a la cama. Las estrellas están tan cerca -ésa fue la palabra que utilizó, «insul­to». Estoy simplemente citando.

-Masto, sabes que me gustan las estrellas -le dije-, y especialmente cuando están re­flejadas en el río. Las estrellas son bellas, pero su reflejo es un milagro. Lo que el agua hace con tanta sencillez sólo se puede comparar con los sueños. Amo las estrellas, el río, el reflejo de las estrellas y amo tu compañía y tu calor. No hace falta ni que preguntes si nos quedamos. Nunca cuentes conmigo, ni por un solo mo­mento, cuando quieras hacer algo, porque in­cluso esa consideración me dolería. Me demos­traría que estoy siendo una carga para ti.

-¡Qué! -me dijo-. No he dicho nada de que estés siendo una carga para mí.

-Tú no lo has dicho -le contesté-, na­die lo ha dicho. Te lo estaba diciendo para e! futuro. Recuérdalo, si me tomas en considera­ción por alguna razón dímelo, porque me sen­tiré muy ofendido de que me tengan en consideración.

Se lo dije ese día y hoyos lo contaré a voso­tros, que Gurdjieff tuvo una extraña idea. No creo que ningún maestro la haya considerado. No es que no haya llamado a sus puertas, pero pienso que nadie era el tipo de persona apropiado para recibirla y responder a ella.

Gurdjieff solía decir: -Por favor, nunca, nunca tengas en cuenta a los demás, es un insulto -él tenía esas palabras escritas en su puerta. Es una afirmación enormemente importante.

La gente se obliga mutuamente a tenerse en cuenta. Dicen:

-Por favor, tenme en cuenta.

¿Qué puede ser más humillante que decide a alguien:

-Por favor, tenme en cuenta.

En toda mi vida nunca le he dicho esto a nadie, ni a una sola persona.

Recuerdo muchas situaciones en las que sólo pronunciar estas palabras me hubiera ayu­dado muchísimo, pero son demasiado humi­llantes. No es el ego, recordarlo. El egoísta siempre está pidiendo consideración; de hecho más que eso, porque no es una persona ordina­ria, tiene que ser considerado antes. Una persona realmente humilde no puede pedir consideración, de hecho rechazará cualquier consideración incluso si se la dan.

En la universidad era un estudiante pobre. Llegué a la universidad haciendo todo tipo de trabajos. Una vez más, sólo por coincidencia, participé en un concurso de debates a nivel na­cional entre universidades. Uno de los jueces, que es ahora el director de! departamento de Filosofía de la Universidad de Allahabad, S. S. Roy, se enamoró de mí. Y lo mismo era cierto de mi parte.

Me dio noventa y nueve puntos sobre cien; era uno de los jueces en el debate. Naturalmente, gané. Era un debate muy importante porque el ganador se iba de gira durante tres meses al Oriente Medio como invitado de! gobierno. Iba a ser tratado casi como un embajador. Era una gran oportunidad.

S. S. Roy me dio noventa y nueve sobre cien, y a todos los demás les dio cero, sólo para estar seguro de que ganaría. Más tarde le pregunté:

-¿Por qué fuiste tan parcial conmigo?

-En el momento en que te miré a los ojos me hipnoticé -me respondió-. Mi mujer dice que me tienes hipnotizado; de otro modo, ¿cómo he podido hacer una cosa así? Si alguien mira tu hoja, la parcialidad será muy evidente: noventa y nueve de cien y ¡sólo cero para e! resto de los participantes!

-No -le dije-, yo no te he preguntado por qué me has dado noventa y nueve por cien­to; ésa es la pregunta de tu mujer. Quizá otros te lo han podido preguntar. Yo he venido a pre­guntarte por qué no me diste el cien por cien.

Durante un momento me miró atónito. Entonces se echó a reír y me dijo:

-Yo era uno de los devotos de Masta Baba. Él tenía razón cuando me dijo: «Una vez que veas a este hombre no me necesitarás.» Y Masta Baba me dijo esto dos o tres años antes de desaparecer. Ahora puedo decir verdaderamente que no estaba hipnotizado: era solamente que tus ojos me recordaron a sus ojos. He visto a Pagal Baba, y es extraordinario cómo tus ojos son casi iguales. Cómo ha sucedido, no lo sé.

-No son los ojos, es su transparencia lo que los hace parecer iguales -le dije-. Estoy feliz de que te hayan recordado a Pagal Baba y a Masta Baba por una razón que para mí es la mayor recompensa del mundo, que en mis ojos hayas visto algo de lo mismo. Ahora no tengo nada que preguntarte excepto: «¿Por qué no cien por cien?»

-Soy un pobre profesor -dijo él-. Si te doy el cien por cien y les doy cero al resto de los once participantes, parecerá que no estoy siendo justo. Soy justo pero, ¿lo entenderán? ¿Donde encontraré a Masta Baba o Pal Baba para que lo entiendan? Te he dado el noventa y nueve por ciento por culpa de mi cobardía.

He amado a ese hombre porque era capaz de reconocer simplemente que era un cobarde, a pesar de que había cometido una acción muy poco cobarde, porque, ¿qué diferencia hubiera habido en un uno por ciento? Noventa y nueve por ciento para una persona, y ¿cero para los demás? Es lo mismo. Me podía haber dado un cien por cien, o quizá más.

Pero ese debate, y su recuerdo de Pagal Baba y Masta Baba, fueron el motivo de que permaneciera en la Universidad de Sagar. Él estaba allí en aquel momento. Le dije:

-Si me tengo que postgraduar, que sea contigo.

Era voluntad de Pagal Baba, y también de Masta Baba, que estuviera preparado en caso de que en algún momento lo necesitara. Nunca he necesitado nada. No sólo nunca he necesitado nada, sino que he sido regalado constantemente con cosas por todos los lados. Por eso os digo que algo fue bien desde el principio.

S. S. Roy fue uno de mis profesores más queridos, por la sencilla razón de que era capaz de pedirme que me levantara en medio de la clase y que explicara algo que él no podía entender. Y lo tenía que hacer. Una vez le dije:

-Roy Sahib -es así como solía llamarle-, no me parece bien que me preguntes a mí, a tu alumno.

-Si Pagal Baba podía tocarte los pies -dijo él-, y si Masta Baba no sólo podía tocártelas sino que tenía que cumplir cualquier demanda racional o irracional que le hicieras -y yo he sido irracional desde el principio, sencilla­mente irracional-, entonces ¿por qué no te puedo preguntar? Sólo soy un pequeño hombre.

He conocido cientos de profesores como maestros, como colegas y conocidos, pero S. S. Roy es otra cosa. Era tan auténtico que no podrías encontrar tanta autenticidad en ningún otro profesor. Y a él le gustaba tanto lo que le solía decir, que solía citarme en sus charlas, y no sólo hacer uso de la cita, sino que se refería a ellas como afirmaciones mías. Por supuesto los demás estudiantes estaban celosos. Incluso los demás profesores del departamento de Filoso­fía estaban celosos. Te sorprenderá saber que incluso su mujer estaba celosa.

Llegué a enterarme por casualidad. Un día fui a su casa y ella me dijo: -¡Qué! ¿Has empezado a venir aquí? Él está loco por ti. Desde que estás en su departa­mento nuestra vida amorosa está destrozada. Se ha helado.

-No volveré nunca a esta casa de nuevo -le dije-; pero recuerda, eso no arreglará las cosas. Un día tendrás que venir a mí -y no volví a esa casa.

Después de un año, más o menos, su mujer tuvo que venir a verme y me dijo:

-Perdóname, por favor. Ven, sólo tú puedes reconciliarnos.

-Mi trabajo de separar o reconciliar parejas no ha comenzado todavía -le dije-. Ten­drás que esperar.

Ella se echó a llorar y por eso tuve que ir. No le dije nada a S. S. Roy. Simplemente, me senté a su lado agarrándole la mano y después de una hora me fui sin decir una sola palabra. Y eso bastó; la alquimia funcionó. Hay una magia en el silencio.

¿Cuánto tiempo queda?

-Tres minutos, Osho

Bien, porque el máximo es mi principio.

Toda la trinidad está disponible..., podemos hacer milagros.

¿Se ha acabado el tiempo? Entonces se ha acabado.

 

 

Sesión 35

 

De acuerdo. He estado escuchando a Ravi Shankar tocar el sitar. Tiene todo lo que uno pueda imaginar: la personalidad de un cantante, la maestría de su instrumento y el regalo de la innovación, que es muy raro en los músicos clásicos. Está enormemente interesado en todo lo nuevo. Ha tocado con Yehudi Menuhin; ningún otro ins­trumentista hindú de sitar sería capaz de hacer­lo, porque hasta ahora no se había hecho nada por el estilo. ¿Sitar con violín? ¿Estás loco? Pero todos los innovadores están un poco locos; por eso mismo son capaces de innovar.

Las personas que se dicen sanas viven vidas ortodoxas desde que se levantan hasta que se acuestan. Desde que se acuestan hasta que se le­vantan, es mejor no decir nada, no es que yo tenga miedo de decirlo. Estoy hablando de «ellos». Viven según las normas, disciplinadamente.

Pero los innovadores deben salirse de las normas. A veces uno debería insistir en no se­guir las normas por el puro placer de no seguir­las, y da resultados, creedme. Da resultados porque siempre te lleva a un territorio nuevo, tal vez al de tu propio ser. El médium puede ser distinto, pero la persona que hay en tu inte­rior, tocando el sitar, el violín o la flauta, es la misma: diferentes caminos que conducen al mismo lugar, diferentes líneas del círculo que conducen al mismo centro. Los innovadores tienden a ser algo locos e informales..., y Ravi Shankar lo ha sido.

Antes que nada: él es un pandit, un brah­min, y se casó con una chica musulmana. En India no se puede hacer esto ni en sueños, ¡un brahmin casándose con una musulmana! Ravi Shankar lo hizo. Pero no era una chica musul­mana cualquiera, sino que además era la hija de su maestro. Eso es todavía menos conven­cional. Significa que durante años se lo ha estado ocultando a su maestro. Por supuesto, el maestro autorizó el matrimonio en cuanto lo supo. No sólo lo autorizó, sino que hizo los preparativos.

Él también era un revolucionario, y de mu­cho mayor rango que Ravi Shankar. Se llamaba Allauddin Khan. Fui a visitarle con Masto. Mas­to me solía llevar a conocer gente rara. Allauddin Khan era, sin duda, una de las personas más sin­gulares que he conocido. Era muy viejo; se mu­rió tras haber completado un siglo.

Cuando le conocí estaba mirando al suelo. Masto tampoco decía nada. Yo estaba un poco desconcertado. Le di un pellizco a Masto, pero se quedó como si no le hubiese hecho nada. Le volví a pellizcar más fuerte, pero siguió como si no hubiese pasado nada. Entonces le pellizqué de verdad y dijo:

-¡Ay!

Vi los ojos de Allauddin Khan; a pesar de ser tan viejo los surcos de su cara eran una lec­ción de historia. Había vivido la primera revo­lución en India. Fue en 1857 y se acordaba, así que debía tener edad suficiente para acordarse. Había visto pasar todo el siglo, y lo único que hizo durante todo este tiempo fue tocar el sitar. Ocho horas, diez horas, doce horas al día; así es el método clásico hindú. Es una disciplina y si no lo practicas pierdes en seguida el dominio. Es muy sutil... Sólo está ahí cuando tienes cier­to grado de preparación; de lo contrario se va. Se cuenta que un maestro dijo:

-Si no practico durante tres días, el público lo nota. Si no practico un día, mis alumnos lo notan. En cuanto a mí, no puedo parar ni un momento. Necesito practicar y practicar, si no, lo noto en seguida. Incluso por las maña­nas, después de haber dormido bien, noto que he perdido un poco.

La música clásica hindú es una disciplina muy dura, pero si te la impones te da una gran libertad. Si quieres nadar en el mar, por su­puesto, tienes que practicar. Y si quieres volar en el cielo, naturalmente, es obvio que se preci­sa de una gran disciplina. Pero no te la puede imponer nadie. Cualquier cosa impuesta se vuelve fea. Así es como se volvió desagradable la palabra «disciplina», porque se asocia con el padre, la madre, el profesor, y todas las perso­nas que no tienen ni idea de la disciplina. No conocen su sabor.

El maestro estaba diciendo:

-Si no practico unas horas al día nadie se da cuenta, pero yo noto la diferencia.

Uno debe practicar continuamente, y cuan­to más practicas, adquieres más práctica de practicar, se vuelve más fácil. Poco a poco, su­cede un cambio donde la disciplina ya no es una práctica, sino un placer.

IHablo de la música clásica, no de mi disci­plina. Mi disciplina es disfrutar desde el primer instante, o desde el comienzo del disfrute. Os hablaré de esto más tarde...

He escuchado a Ravi Shankar muchas ve­ces. Tiene el toque, el toque mágico que sólo poseen unas pocas personas en este mundo. Empezó a tocar el sitar por casualidad; cual­quier cosa que hubiese caído en sus manos se habría convertido en su instrumento. Siempre es gracias al hombre, no al instrumento. Se enamoró de la vibración de Allauddin, y éste era un músico de mucha más talla, miles de Ravi Shankares juntos, mejor dicho, todos ellos, cosidos uno junto al otro no darían su ta­lla. Allauddin era, sin lugar a dudas, un rebel­de; no sólo un innovador sino una fuente ori­ginal de música. Aportó muchas cosas a la música.

Hoy en día, casi todos los grandes músicos de India son discípulos suyos. No es ilógico. Venían todo tipo de músicos, sólo para pos­trarse a los pies del Baba: intérpretes de sitar, bailarines, flautistas, actores y qué sé yo. Se le conocía por «Baba»; porque, ¿quién le iba a lla­mar Allauddin?

Cuando le conocí tenía más de noventa años. Era un Baba, naturalmente; se convirtió en su nombre. Enseñaba a tocar toda clase de instrumentos a muchos tipos de músicos. Po­días traerle cualquier instrumento y se ponía a tocar como si no hubiese hecho otra cosa en  toda su vida más que tocar ese instrumento.

Vivía muy cerca de la universidad donde yo estaba, sólo a unas horas de viaje. Solía ir a visi­tarle de vez en cuando, siempre que no hubiera un festival. Hago esta aclaración porque siem­pre había festivales. Seguramente, he sido el único que le ha preguntado:

-¿Baba, me podrías decir en qué fechas no hay festivales aquí?

Me miró y me dijo:

-¿De modo que también vas a quitarme esos días?

Y con una sonrisa me dio cita para tres días. En todo el año, sólo había tres fechas que no hubiese festivales. La explicación es que había todo tipo de músicos con él, hindúes, musul­manes, cristianos, había todo tipo de festivales, y él lo permitía. Era realmente un patriarca, un santo benefactor.

Yo solía ir a verle esos tres días, cuando estaba solo y no estaba rodeado de gente.

-No te quiero interrumpir -le dije-. Puedes estar sentado en silencio. Si te apetece, puedes tocar la veena o hacer cualquier otra cosa. Si quieres recitar el Corán, me encantará. He venido sólo para estar aquí, en tu atmósfera -se puso a llorar como un niño. Tardé un tiempo en secarle todas las lágrimas y le dije-: ¿Te he ofendido?

-No, en absoluto -respondió-. Me ha tocado tanto el corazón que no he podido hacer otra cosa más que llorar. Y ya sé que no debería llorar: soy viejo y no es lo más oportuno, ¿pero es que hay que ser oportunos todo el tiempo?

-No; por lo menos no mientras esté yo aquí -le dije. Se echó a reír, las lágrimas en sus ojos, y la risa en su cara..., ver ambas cosas juntas era un regocijo.

Masto me lo presentó. ¿Por qué? Sólo diré unas cosas más antes de poder contestar...

He escuchado a Vilayat Khan, otro gran in­térprete del sitar, quizá mejor que Ravi Shan­kar, aunque no es un innovador. Es totalmente clásico, pero cuando le escucho me gusta hasta la música clásica. Normalmente, no me gusta lo clásico, pero él toca con tanta perfección que no lo puedes evitar. Te acaba gustando, no depende de ti. Cuando coge un sitar en sus manos, pierdes el control. Vilayat Khan es mú­sica clásica pura. No permite ninguna corrup­ción; no admite lo popular. Me refiero al pop, porque en Occidente, si no dices pop, no se en­tiende que es popular. Es lo mismo que el anti­guo «popular» sólo que resumido, mal cortado, sangrante.

He escuchado a Vilayat Khan, y me gusta­ría contaros la historia de uno de mis discípu­los más ricos. Fue alrededor de 1970, porque desde entonces no he sabido nada de ellos. To­davía andan por ahí, he hecho averiguaciones sobre su estado, pero el sannyas ha asustado a mucha gente, particularmente a los ricos.

Ésta era una de las familias más ricas de India; me sorprendí cuando la esposa me dijo:

-Eres el único a quien se lo puedo contar, desde hace diez años estoy enamorada de Vilayat Khan.

-¿Qué hay de malo en eso? ¿Vilayat Khan?

No es ningún agravio -le respondí.

-No lo entiendes -me dijo-, no me re­fiero al sitar; me refiero a él.

-¡Claro! ¿Qué harías con el sitar si no es­tuviera él? -le dije.

Se dio un golpe en la cabeza con la mano y me dijo:

-¿Es que no entiendes nada de nada?

-Cuando te miro, parece que no -le respondí-. Aunque sí entiendo que amas a Vilayat Khan. Está perfectamente bien. Sólo te es­toy diciendo que no hay nada malo en eso.

Al principio me miró con escepticismo, porque en India, si le dices algo así a un reli­gioso (una esposa hindú que se enamora de un músico, un cantante o un bailarín musul­mán), puedes estar seguro de que no te volverá a dar su bendición. Quizá no te maldiga, pero lo más probable es que lo haga; y si te puede perdonar sería demasiado moderno, ultramo­derno.

-No hay nada malo en eso -le dije-. Ama, ama a quien quieras. El amor no conoce barreras de casta o de credo.

Me miró como si fuese yo el que se había enamorado y ella fuese una santa. -Me estás mirando como si me hubiese enamorado yo de él -le dije-. Eso también es cierto. A mí me gusta como toca, pero no me gusta él. Es muy arrogante, lo cual es co­mún entre los artistas.

Ravi Shankar es todavía más arrogante, qui­zá también porque es un brahmin. Es como te­ner dos enfermedades a la vez: la música clásica y ser brahmin. Y su enfermedad tiene además una tercera dimensión, porque está casado con la hija de Allauddin; es su yerno.

Allauddin era tan venerado que ser su yerno es prueba suficiente de que eres grande, de que eres un genio. Pero, desgraciadamente para ellos, yo también había oído tocar a Masto. Y cuando le oí dije:

-Si el mundo supiese que existes, se olvi­darían y perdonarían a todos los Ravis Shanka­res y a los Vilayat Khans.

-El mundo nunca sabrá nada de mí -con­testó Masto-. Tú serás mi único oyente. Os causará sorpresa saber que Masto tocaba muchos instrumentos. Era un auténtico genio versátil, era una mente muy fértil y era capaz de crear cosas bellas a partir de la nada. Pintaba sin ningún sentido, como ni siquiera habría podido hacerlo Picasso, y con tanta belleza que, seguramente, ni Picasso podría hacerla. Pero destruía sus pinturas diciendo:

-No quiero dejar huellas en la arena del tiempo.

En ocasiones, tocaba música con Pagal Baba; por eso le pregunté:

-¿Qué sabes de Baba?

-Reservo mi sitar para ti -respondió-; ni siquiera lo ha escuchado Baba. Tengo otra cosa reservada para Baba; así que, por favor, no me hagas preguntas. Quizá no la oigas.

Naturalmente, yo quería saber de qué se tra­taba. Tenía curiosidad, pero le dije:

-Me aguantaré la curiosidad. No le pregun­taré a nadie; aunque podría preguntárselo a Baba y él no me mentiría, pero no lo voy a hacer, te lo prometo. Él se rió y dijo:

-En ese caso, cuando Baba ya no esté en este mundo, te tocaré ese instrumento, porque sólo entonces podré tocarlo para ti o para otros, antes no.

El día que Pagal Baba dejó de estar entre nosotros, lo primero que se me ocurrió fue:

-¿De qué instrumento se trataba? Ahora es el momento... -me censuré, me maldije, pero daba igual. Una y otra vez me venía a la mente:

-¿De qué instrumento hablaba Masto? La curiosidad está profundamente arraigada

en el hombre. No fue la serpiente sino la curio­sidad, lo que tentó a Eva y también a Adán, y así sucesivamente..., hasta la fecha. Me parece que seguirá persuadiendo eternamente a la gente. La curiosidad hace buscar a la gente afanosamente. Es un extraño fenómeno. Por su­puesto, no fue gran cosa. Ya le había oído tocar otros instrumentos; probablemente, fuese más diestro en este pero, iY qué! Ha muerto una persona y sólo piensas que ahora Masto te ten­drá que tocar el instrumento..., es humano.

Menos mal que las personas no tienen ven­tanas encima de la cabeza; si no, todo el mundo podría ver lo que pasa ahí dentro. Sería un verdadero lío, porque el rostro finge que son algo totalmente distinto, es un personaje, una máscara. ¿Cómo son en su interior? Una corriente de mil cosas.

Si tuviésemos ventanas en la cabeza nos re­sultaría muy difícil vivir. Pero he estado con­templando esta idea. . ., ayudaría tremendamen­te a la gente a permanecer en silencio, de modo que cualquiera podría mirar dentro de su cabe­za y darse cuenta que no hay nada que ver. Los que están en silencio sonreirían mirando a sus vecinos y dirían:

-Mirad, chicos, mirad. Mirad todo lo que queráis -pero la cabeza no tiene ventanas. Está totalmente sellada.

Cuando se murió Baba sólo pensaba en el instrumento de Masto. Perdonadme, pero he decidido decir toda la verdad, sea lo que sea. Y os recuerdo que os lo voy a contar dure lo que dure. Devageet, Devaraj y Ashu, quizá tarde años en contarlo, y después os vaya decir que quiero tenerlo acabado rápido; por tanto, no dejéis que se amontone.

No dependáis del mañana bajo ningún concepto. Hacedlo hoy; sólo así seréis capaces de hacerlo. Sin daros cuenta habéis caído en una trampa. ¿Acaso creéis que estoy atrapado en una ratonera? ¡Olvidadlo! Os he pillado a los tres y ahora el lazo se irá estrechando cada día más; no tenéis escapatoria.

Sí; hay una mujer -que aparecerá en algún punto de este relato, porque significa mucho para mí- que me dijo algo parecido. A su ma­nera es rara; todo lo que me dio siempre fue lo primero: el primer reloj, la primera máquina de escribir, el primer coche, el primer magne­tófono, la primera cámara. No sé cómo se las arregló, pero siempre fue lo primero. Os habla­ré de ella después. Recordádmelo cuando llegue el momento.

Me contó que lo único que le pesaba en el corazón era que sintió hambre cuando se mu­rió la madre de su marido.

-¿Qué hay de malo en tener hambre? -le pregunté.

-¿Crees que está bien? -dijo-, se muere mi suegra, está ahí tumbada delante de mí y yo tengo tanta hambre que sólo puedo pensar en comida: paratha, bhajia, pulau, rasogulla. Nunca se lo he dicho a nadie -me confesó-, porque pensé que no me perdonarían.

-No hay nada malo en eso -le dije-. ¿Qué le vas a hacer? No la has matado tú. De todas formas, tarde o temprano uno tiene que empezar a comer, y cuanto antes mejor. Cuan­do uno va a comer, piensa en lo que le gustaría comer.

-¿Estás seguro? -preguntó.

-¿Cuántas veces lo tengo que repetir? -le dije.

Cuando me lo contaba comprendí cómo se sentía, porque me acordé de cuando se murió Baba y del primer pensamiento que tuve. Los pensamientos realmente son extraños..., yo pensé para mis adentros:

-¿Qué instrumento tocará Masto? -por supuesto, en cuanto vi a Masto le dije-: Ahora.. .

Él contestó: -De acuerdo.

No cruzamos ninguna otra palabra. En se­guida me entendió y, por primera vez, tocó la veena para mí. Nunca la había tocado antes para mí. Es una especie de guitarra pero más complicada y, por supuesto, alcanza cotas a las que el sitar no puede llegar y abismos donde el sitar se queda a mitad de camino.

-¡La veena! -dije-. ¿Masto, me querías negar esta experiencia?

-No; nunca -dijo-, pero cuando estaba con Baba todavía no te conocía, y le había pro­metido que no tocaría este instrumento para nadie mientras él viviera. Ahora tú eres para mí Pagal Baba; siempre pensaré esto de ti. Ahora puedo tocar para ti. No te estaba ocultando nada, pero no te conocía cuando hice esa pro­mesa. Ahora ya se ha acabado.

Mis oídos no daban crédito de lo que me había estado ocultando.

-Masto -le dije-, sabes que eso no está bien entre amigos.

Miró al suelo y no dijo nada. Era la primera vez en mi vida que le veía triste.

-No -le dije-. No hace falta que te aflijas ni te pongas triste. Ha ocurrido lo que ha ocurrido; ya no tiene nada que ver con nosotros.

-No estaba triste, estaba avergonzado -respondió-. Estar triste es algo que se va con facilidad, pero estar avergonzado..., puedes limpiarlo, pero sigue ahí. Puedes volverlo a lavar y sigue ahí.

El sentimiento de vergüenza es algo que sólo le ocurre a los que son realmente grandes. No le sucede a la gente corriente; no saben lo que es sentirse avergonzado. De repente esto          me recuerda una cosa... ¿Qué hora es?

-Las diez y veintidós, Osho. De acuerdo.

No era por la hora. Nunca me acuerdo de la hora, y vosotros lo sabéis. A veces, realmente es demasiado. Vosotros estáis hambrientos, pre­parados para salir corriendo a Magdalena (cafetería de la comuna)... Y yo sigo hablando. Evidentemente, no me po­déis parar. Sólo yo puedo hacerlo. No sólo eso, incluso os señalo cuándo hay que parar diciendo: -Stop -es una vieja costumbre. No; me había acordado de otra cosa, no de la hora.

       Masto se alojaba en casa de mi Nani. Era mi casa de huéspedes. En casa de mi padre no había sitio ni para el anfitrión, y mucho menos para el huésped. Estaba repleta de gente, no creo que el Arca de Noé estuviese más atestada. Había todo tipo de seres. ¡Qué mundo! Sí; era casi un mundo. Pero la casa de mi Nani estaba casi vacía: es como me gustan a mí las cosas, vacías.

La palabra inglesa empty (vacío) no expresa lo que quiero decir. La palabra correcta es shunya y, por favor, no os acordéis del doctor Eichling porque su nombre -el nombre que yo le he puesto- sea Shunyo. Eichling parece chino, o algo así. ¿Qué nombre es ése: I-kling? No puede ser americano; cuando se afeitó la barba parecía un chino. Me lo crucé por casua­lidad y no le pude reconocer.

-¿Qué te ha sucedido? -le pregunté. Gudia lo reconoció y dijo:

-Es Shunyo.

-Menos mal que me lo has dicho -exclamé-, si no, le habría pegado. Parece un chino totalmente. ¿Porqué te has afeitado la barba? -le pregunté.

-Porque voy a hacer prácticas en Madrás -respondió.

-¡Dios mío! -dije-. ¿Si uno va a Madrás a hacer prácticas se tiene que afeitar la barba?

De hecho, si examinas la historia de la medi­cina, todos los grandes médicos, por alguna ex­traña razón, tienen barba. Quizá no tuviesen tiempo de afeitarse o no tenían mujeres; ¡qué más da!

-¿Quién te ha dicho que para ser médico en América te tienes que afeitar la barba? -le pregunté-. ¿Has pasado de ser Shunyo a ser el doctor Eichling otra vez? ¿Eres un gato o algo así? Dicen que los gatos tienen nueve vidas; ¿cuántas vidas tienes tú, señor Eichling?

La casa de mi Nani era realmente shunyo. Estaba muy vacía, como deberían ser los tem­plos, y la conservaba muy limpia. Me gusta Gudia por muchas razones; una de ellas es por­que lo mantiene todo muy limpio. ¡Incluso me critica a mí! Naturalmente, si encuentra algún defecto, en cuanto a lo que se refiere a limpie­za, siempre le doy la razón. Tiene la misma sensibilidad que tenía mi Nani. Probablemen­te, los hombres no tengan esa cualidad que por naturaleza tienen las mujeres. Es horrible ver a una mujer desaseada. Un hombre desaseado está bien; al fin y al cabo, sólo es un hombre y se le puede tolerar. Pero la mujer, sin saberlo, se mantiene limpia a sí misma y a todo lo que le rodea. Y Gudia es inglesa, auténticamente inglesa. Sólo hay dos auténticos ingleses, Gudia y Sagar..., en todo el mundo, quiero decir.

Mi Nani le daba tanta importancia a la lim­pieza que, en lo que respecta a ella, la limpieza va por delante de Dios. Estaba todo el día lim­piando… ¿para quién? Yo era el único allí. Lle­gaba por la noche y por la mañana me había ido. Y esta mujer se mantenía ocupada lim­piando todo el día.

En una ocasión le pregunté:

-¿No te cansas? Nadie te pide que lo hagas.

-Limpiar me ha ayudado mucho -me res­pondió-. Se ha vuelto casi como una oración. Tú eres mi huésped. Ya no vives aquí, ¿verdad? Eres un huésped. Tengo que arreglar la casa para mi huésped.

En India suelen decir: «El huésped es el rey.. .».

Ella decía:

-Tú eres mi dios.

-¿Estás loca, Nani? -le pregunté-. ¿Tu dios? Tú nunca has creído en ningún dios.

-Sólo creo en el amor, y lo he encontrado -dijo-. Ahora tú eres mi único huésped en mi templo de amor. Tiene que estar tan limpio como sea posible.

Su casa se convirtió en una casa de huéspe­des, no sólo para mí, sino para mis huéspedes también. Siempre que venía Masto se solía quedar en casa de mi abuela. Y mi Nani trataba a todas las personas que traía a su casa como si fuesen sus huéspedes, como si realmente le importasen mucho.

-No hace falta que te preocupes tanto -le dije.

-Son tus invitados; por tanto, debo aten­derles -respondió- incluso mejor de lo que lo haría con los míos,

Nunca vi a mi Nani hablar con Masto. De cuando en cuando les veía sentados juntos, pero nunca les vi hablando. Era extraño.

-¿Por qué no hablas con él? ¿No te gusta? -le pregunté.

-Me gusta mucho pero no tengo nada que decir. No tengo preguntas; él tampoco tiene ninguna pregunta que hacer -me respon­dió-. Simplemente, nos saludamos con una inclinación de cabeza y permanecemos en si­lencio. Es muy bonito estar sentado en silen­cio. Hablo contigo. Tengo muchas preguntas que hacerte, y tú tienes mucho que contarme. Es bonito hablar contigo.

Comprendí que se relacionaban de otra ma­nera. Ella y yo nos relacionábamos de una forma diferente, e indudablemente no era la única. A partir de ese día, comenzamos a hablar cada vez menos hasta que finalmente dejamos de hacerlo. Entonces, solíamos sentamos durante horas. Su casa realmente era preciosa. Estaba al lado del río, y en el momento que digo «río» hay algo en mi corazón que se pone a cantar una canción.

Jamás volveré a ver ese río, aunque no es necesario porque en cuanto cierro los ojos pue­do verlo. He oído decir que el lugar ya no es tan hermoso. Han construido casas muy cerca, han abierto tiendas; se ha convertido en un mercado. No; no tengo ganas de ir. Si tuviese que ir cerraría los ojos para seguir viendo el be­llo lugar que era antes, los árboles altos y un pequeño templo...; todavía me acuerdo del sonido de la campana.

Precisamente el otro día alguien me trajo unas campanas, unas campanas curiosas, que no se conocen en muchas partes del mundo. Son campanas tibetanas. Están hechas en California, pero el diseño es tibetano. No sólo eso: aunque están hechas en California las han perfecciona­do. Las campanas tibetanas normalmente son muy toscas, pero éstas están muy pulidas y son de cristal. Dejadme que os las describa.

No son un tipo de campanas que os podáis imaginar. Son como unas láminas, muchas lá­minas cosidas de modo que el viento las mueve y se golpean unas contra otras, y realmente vale la pena oír el sonido que hacen. Estas campa­nas son preciosas. De vez en cuando, Califor­nia también hace cosas hermosas; de lo contra­rio, son todos californianos. Pero de vez en cuando, hacen cosas realmente bonitas.

He visto muchos tipos de campanas. Un lama tibetano de Kalimpong me enseñó una campana tibetana que no olvidaré nunca. Vale la pena mencionada. Probablemente no lle­guéis a ver algo así, porque esas campanas son parte del Tíbet que está en vías de desapari­ción. Pronto desaparecerán del todo. La cam­pana que vi, sin duda, era muy rara.

Sólo había visto campanas en India y aso­ciaba la palabra «campana» con las campanas hindúes. Se cuelga del techo y hay un palito en su interior con el que golpeas un lado de la campana. Es para despertar al dios que no hace más que dormirse. Veo la belleza de este gesto; si hay que despertar incluso a Dios, qué no habrá que hacer con el hombre. Pero esta campana tibetana era totalmente dife­rente. Se colocaba en el suelo, no se colgaba del techo.

-¿Es una campana? -le pregunté-; no parece.

El lama se rió y dijo:

-Espera y verás, no es una campana cualquiera, es muy especial.

Sacó de su bolsa un manguito redondo de madera. Empezó a frotar el manguito dando vueltas y vueltas en el interior de la supuesta campana, que parecía una olla. Después de dar unas cuantas vueltas, dio un golpe en la cam­pana en un sitio determinado que tenía una marca, y es curioso, la campana repetía todo el mantra tibetano Om Mani Padme Hum. Yo no podía creerlo cuando lo oí por primera vez. Repetía el mantra con mucha claridad.

-Encontrarás este tipo de campanas en to­dos los monasterios tibetanos -dijo-, por­que como no podemos repetir el mantra todas las veces que nos gustaría, al menos hacemos que la campana repita el mantra.

-Increíble -dije-; así que la campana no es muda.

-En absoluto -respondió-, y si le das un golpe en el lugar equivocado te darás cuenta que también grita. Sólo repite el mantra cuando le das en el lugar adecuado; si no, chilla y grita, y hace todo tipo de ruidos menos el mantra.

He estado en Ladakh, un país que hay entre India y Tíbet. Probablemente, ahora se conver­tirá en el país más religioso del mundo, como lo fue antes Tíbet. Tíbet está acabado, asesina­do, masacrado. En Ladakh pude ver esas mis­mas campanas, pero mucho más grandes, como una casa. Puedes meterte debajo y crear el mantra que quieras, sujetando la vara que cuelga y tañendo la campana en ciertos lugares. Sólo es cuestión de conocer el lenguaje de la campana. Es casi como un ordenador.

¿Devageet, qué estaba diciendo?

-Nos contabas que Nani no solía hablar con Masto, sólo se sentaban en silencio...

Es cierto, ahora nos tendríamos que sentar en silencio. . ., me basta con diez minutos. Por Dios

-es igual que exista o que no-, relajémonos.

Satyam Shivam Sundaram..., no soy, y vo­sotros estáis intentando alcanzarme. Todo el mundo lo puede ver. ¿Lo veis? No soy. Seguid así unos minutos, un par de minutos, porque estoy esperando algo, estad alerta. Sí... Bien. ..

No, Devageet. Habrías sido una esposa tan maravillosa que hasta yo me reiría, aunque no debería.

Stop.

 

Sesión 36

 

En este momento me estaba acordando de una historia. No sé quién la habrá inventado ni por qué, y tampoco estoy de acuerdo con sus conclusiones pero, de todas formas, me gusta. La historia es muy sencilla. Probablemente la hayáis oído, aunque quizá no la hayáis entendido por lo sencilla que es. Todo el mundo cree que entiende la sencillez. Es un mundo extraño. La gente intenta com­prender la complejidad, y, sin embargo, ignora la simplicidad creyendo que no vale la pena prestarle atención. Quizá no le hayáis prestado atención a esta historia, pero en cuanto os la cuente de mis palabras, excep­to cuando digo que el Zen es sin-sentido; en ese caso, por supuesto, es necesario el guión.

La primera vez que conté esta historia fue a Masto, que seguramente la habría oído antes, pero no de la forma en que yo tergiverso o in­vento las cosas.

Ésta es la historia (se la estoy contando a Masto):

-Dios creó el mundo, Masto.

-Magnífico -dijo Masto-. Siempre has estado contra la filosofía y la religión; ¿qué te ha pasado? Éste es el primer enigma con el que comienzan todas las religiones.

-Espera antes de sacar conclusiones. No seas tonto y no concluyas nada antes de haber     escuchado toda la historia -le advertí.

-Ya conozco la historia -respondió Masto. -No puedes saberla -le dije.

Me miró con asombro y dijo:

-Esto sí que tiene gracia. Te la puedo repetir SI quieres.

-Repítela si quieres -le dije-, pero eso no quiere decir que la sepas. ¿Repetir es saber? El loro que repite los sutras del Buda, ¿es un buda o, por lo menos, un bodhisattva?

Me miró muy pensativo. Yo esperé, pero entonces le dije:

-Escucha la historia antes de empezar a pensar. La que tú sabes no puede ser la misma que yo sé, porque no somos iguales. Dios creó el mundo. Naturalmente, surge la pregunta, y los vedas hacen la pregunta exacta: ¿por qué creó el mundo? Los vedas, en ese sentido, son realmente fantásticos. Dicen «quizá él tampoco sepa por qué» y cuando dicen «él» se refieren a Dios.

Veo la belleza que hay en esto. Probablemen­te, todo surgió de la inocencia y no de la sabidu­ría. Probablemente, ni siquiera estaba creando, sino jugando nada más, como un niño que hace castillos en la arena. ¿Acaso saben los niños para quién son los castillos que están haciendo? ¿Co­nocen a la hormiga que reptará por la noche y se abrigará en su interior?

En hindi, no sé por qué, las hormigas siempre son «ellas». Nunca se piensa que sean machos. La verdad es que sólo hay una hormiga hembra, la reina; las demás hormigas son ma­chos. Es raro, o quizá no tan raro, pero para ocultar la verdad las hormigas son «ellas». Tal vez, como son tan pequeñas, vaya contra el ego masculino decir «él». Al elefante le dicen «él». Al león también. Si se refieren a un elefante hembra dicen un elefante-ella, un león hembra es un león-ella, pero, a parte de esto, el térmi­no general es masculino. Pero la pobre hormi­ga... y desgraciadamente es lo que he escogido para esta historia.

La hormiga él o ella, independientemente de su sexo, está filosofando; seguramente no debe ser «ella», si no, ¿de dónde vendría la filosofía? Nunca me he encontrado con una mujer que fi­losofe. He conocido a muchas mujeres profeso­ras de filosofía, pero curiosamente, incluso estas profesoras, solamente hablan de ropa y de pelí­culas. Alaban a la que está presente; critican a la que está ausente. En lo último que piensan es en filosofía. No me sorprende que logren hacerse profesoras, aunque quizá penséis que sí. No; son capaces de enseñar porque no se necesita pensar; de hecho, es el requisito básico: Si piensas, no puedes enseñar.

Tenía un profesor que era uno de los hom­bres más raros que me he encontrado en el mun­do universitario. Durante años no se apuntaba a sus clases ni un solo alumno, por una sencilla razón: que la clase siempre empezaba puntual­mente, pero nadie sabía cuándo iba a terminar.

Al comenzar la clase, solía decir:

-Por favor, no esperéis un final, porque en el mundo no se acaba nada. Si os queréis mar­char, lo podéis hacer; en el mundo hay muchos que se van, pero el mundo continúa. Sólo os pido que no me interrumpáis. No me pregun­téis: «¿Profesor, me puedo ir?» No lo hace na­die, ni siquiera cuando te vas a morir; por tan­to, ¿cómo le vas a hacer esta pregunta a un pobre profesor de filosofía? Querido, en pri­mer lugar, ¿me puedes decir por qué has veni­do? Te puedes ir cuando quieras, mientras sien­ta que surgen palabras yo seguiré hablando.

Cuando llegué a la universidad todo el mundo me decía:

-Evita al doctor Dasgupta, está loco.

-Eso quiere decir que le tengo que conocer primero -respondí-. He venido en busca de hombres locos de verdad. ¿Realmente está loco?

-Realmente -me contestaron-. Está totalmente loco, no bromeamos.

-Me produce una gran fascinación saber que no estáis bromeando -les dije-. Ya me en­cargo yo solo de hacerla. Cuando lo necesito, me cuento chistes buenos y me río a carcajadas di­      ciendo: «Fantástico. No lo había oído antes.»

-Parece que este tipo está loco --dijeron ellos. -Eso es totalmente cierto -añadí-. Ahora, decidme dónde vive el doctor Dasgupta.

Fui hasta su casa y llamé a la puerta. Ni si­quiera tenía un criado. Vivía como un dios: sin mujer, sin criados, sin niños, solo.

-Te debes haber equivocado de puerta -me dijo-; ¿no sabes que soy el doctor Dasgupta?

-Sí, ya lo sé -le respondí-. ¿Y tú sabes quién soy yo?

Era un hombre viejo, me miró a través de los gruesos cristales de sus gafas y dijo: -¿Cómo quieres que te conozca?

-He venido a averiguarlo -le contesté. -¿Quieres decir que tú tampoco lo sabes? -me preguntó.

-No -le contesté.

-¡Dios mío! ¡Dos locos en la misma casa! -exclamó-. Y tú estás mucho más loco que yo. Adelante, señor, siéntese.

Era muy respetuoso. Hablando en serio me dijo:

-En esta universidad no viene nadie a mis clases desde hace tres años... De hecho, yo mis­mo he dejado de ir. ¿Qué sentido tiene? Doy las clases aquí, exactamente donde estás sentado.

-Eso está muy bien -le dije-, ¿pero a quién?

-Ésa es la cuestión -respondió-. De vez en cuando, yo también pregunto «¿a quién?»

-Me apuntaré a tu clase -le dije-, y no tienes que molestarte en venir al aula. Está a más de un kilómetro de tu casa. Yo puedo venir aquí.

-No, no, iré yo -dijo él-, es parte de mi trabajo. Pero sólo hay una cosa, disculpa, que aunque la clase empieza a la hora (si es a las once, empiezo a las once), no te puedo garanti­zar que acabe cuarenta minutos después, cuan­do suena la campana.

-Lo entiendo -le dije-. ¿Pero el pobre hombre que toca la campana, cómo puede adi­vinar qué estás haciendo? Y no sólo tú, sino lo que está haciendo el resto de los profesores de la universidad. Si paran es porque son estúpi­dos. La campana no lo sabe; el hombre que toca la campana no lo sabe, ¿por qué te tienes que parar? Si le das tanta importancia a que no te tienes que parar, escúchame bien, de hom­bre a hombre, porque entonces yo también le daré importancia y si te paras te pegaré tan fuerte que quizá no sobrevivas.

-¿Cómo? -exclamó-. ¿Me vas a pegar? -él era de Bengala.

-Quería decir metafóricamente -le res­pondí-. Sólo te tocaré levemente la cabeza para recordarte que no te tienes que preocuparte de la campana.

-Entonces, de acuerdo -asintió-. No hace falta que te vayas al hostal, te puedes que­dar en mi casa. Es muy grande y estoy solo.

Ese día me acordé de Masto. Esa casa y ese hombre de ojos contemplativos le habrían en­cantado. También me acordé de esta historia. La volveré a contar para que me podáis seguir:

Dios creó el mundo. Lo terminó en seis días. La mujer fue lo último que creó. Natural­mente, surge la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué fue la mujer lo último que creó? Por supuesto, las feministas dirán: «Porque la mujer es la creación más perfecta de Dios.» Evidentemente, cuando la creó ya tenía experiencia, porque ha­bía creado al hombre. El hombre es un modelo un poco más antiguo; por supuesto, Dios perfeccionó el modelo y lo mejoró.

Pero los machistas tienen otra respuesta. Dicen que el hombre fue una de las últimas creaciones de Dios, pero entonces el hombre empezó a hacer preguntas como: «¿Por qué has creado el mundo?» y «¿Por qué me has creado a mí?» Entonces Dios se quedó tan desconcertado que creó a la mujer para desconcertar al hombre. Desde entonces, Dios ya no ha vuelto a tener noticias del hombre.

El hombre llega a casa con el rabo entre las patas, sale a comprar plátanos y poco a poco, se ha convertido en un plátano: el Sr. Plátano, Doctorado en Filosofía, Licenciado en Le­tras, Doctorado en Literatura y lo que quieras; pero básicamente el Sr. Plátano está totalmente podrido. No te lo comas, por favor. Ni siquiera mires debajo de la piel; de lo contrario, te arre­pentirás e inmediatamente empezarás a decir: «¡Detengan la rueda!» -la rueda de la vida y la muerte- porque ¿a quién le interesa ser un plátano? Aunque los plátanos pueden ir muy bien vestidos, con ropa preciosa, probablemen­te de París. El Sr. Plátano puede hacer lo que quiera. Lleva una bonita corbata, de forma que ni siquiera puede respirar..., unos zapatos tan apretados que si le vieras los pies no le mirarías a la cara.

Nunca me han gustado los zapatos, pero todo el mundo insistía en que los usara.

     -Pase que pase, no voy a usar zapatos -les dije.

Lo que uso se llaman chappals en India. No son zapatos; en realidad, tampoco son sanda­lias, son la mínima envoltura. Y he elegido un chappal extremo, no se puede reducir más.

El zapatero que me hace los chappals, Arpi­ta, sabe que es imposible hacerlos más perfec­tos. Un poco más, y mis pies estarían al aire. Es lo mínimo: solamente una tira que sujeta el pie de alguna manera al chappal. No se puede re­ducir más.

¿Por qué odio los zapatos? Simplemente, porque te convierten en un plátano: el Sr. Plátano, por supuesto, o el Doctor Plátano, o el Profesor Plátano, o todo tipo de plátanos: señoras plátano, caballeros plátano. .. puedes encontrar todas las variedades, pero todos empiezan por los zapatos.

¿Habéis visto alguna vez a las señoras victorianas con sus tacones altos? Son tan altos que un trapecista se caería si intentase andar con ellos. ¿Por qué los eligieron? Los escogió una sociedad muy religiosa, por un motivo muy poco religioso -pornográfico-, porque los tacones altos sacan el trasero.

Ahora, nadie le da importancia al motivo; los usan hasta las señoras, y piensan que están siendo muy finas. Es muy poco fino. Simplemente, están exhibiendo sus traseros gratis y además lo disfrutan. Y con sus vestidos ajustados tienen mejor aspecto, obviamente, que si estuviesen desnudas, porque la piel, al fin y al cabo, sólo es piel. Cuando tienes treinta años, la piel tiene treinta años. Cuando la piel ha visto pasar treinta años no puede estar tan tirante como un vestido recién comprado. Y actualmen­te, los fabricantes hacen milagros: ¡hacen que las mujeres tengan un aspecto tan tentador, que el mismo Dios habría mordido la manzana!

¿Entendéis lo que estoy diciendo? Probablemente, os lleve algún tiempo. Ni siquiera Ashu se ha reído. Tardará un tiempo hasta que vaya calan­do. Sí; no hacía falta una serpiente, habría basta­do con un vendedor de ropa. Apenas un vestido ajustado para Eva y Dios mismo habría mordido la manzana, y habría salido a dar una vuelta con la Sra. Eva, a pasar la velada, me refiero.

¿Por qué creó Dios a la mujer después que al hombre? Los machistas dicen que el hombre es la creación perfecta. Habréis visto hombres en las esculturas griegas y romanas; sin embar­go, raramente te encontrarás con una escultura del cuerpo desnudo de una mujer, sólo hom­bres. Es extraño. ¿Qué problema tenían? ¿Las mujeres no les parecían bellas?

Hasta tal punto eran machistas, que elogia­ban más la homosexualidad que la heterose­xualidad. Puede sonar' muy raro, porque han pasado casi veinticinco siglos desde que vivió Sócrates, pero el mismo Sócrates amaba a los hombres y no a las mujeres. Probablemente, su mujer, Xanthippe, le hostigara tanto, que en una reacción excesiva se olvidó de las mujeres y empezó a amar a los hombres. Seguramente habría otros motivos.

Si un día me dedicase a hacerle un psicoanáli­sis a Sócrates podría revelar cosas que no se ha atrevido a revelar nadie. Pero los machistas di­cen que Dios creó al hombre, y como estaba solo y necesitaba compañía, creó a Eva.

Ésta no es la historia original. El nombre de la mujer original no era Eva, se llamaba Lilith. Dios creó a Lilith, pero Lilith, desde el primer momento, originó el problema.

Así empezó todo: se hacía de noche, se esta­ba poniendo el sol y sólo tenían una cama, éste era el problema. No tenían tanta suerte como yo, teniendo a Asheesh; si no, él habría prepara­do (aunque estuviese padeciendo una migra­ña), aun así, habría hecho la cama perfecta. Pero Asheesh no estaba allí. En realidad, no ha­bía otros seres humanos...

Se ha parado mi reloj; el otro día precisamen­te estaba hablando de él y se paró. Los relojes son temperamentales, ¿sabéis? Se paró exactamente en este momento. Yo estaba hablando de otro re­loj, de un reloj metafórico, ¿pero quién le puede explicar al reloj que no hablaba de él? Por la no­che se lo repito muchas veces:

-Escucha, no hace falta que te pares, No hablaba de ti, eres un reloj precioso... -pero no me hace caso.

¿De qué estaba hablando?

-Estabas diciendo que Eva no tenía cama..., que Lilith no tenía una cama, Osho.

Sí. La pelea comenzó antes de ir a la cama. Sin duda, Lilith debió ser la fundadora del Movimiento para la Liberación de la Mujer, lo sepan o no. Luchó, hasta que echó a Adán de la cama. ¡Qué gran mujer! Adán intentó echarla de la cama una y otra vez, pero ¿qué sentido tenía? Aunque lo consiguiera, ella volvería para echarle otra vez.

-En esta cama sólo puede dormir una persona -dijo ella-, no está pensada para dos. Por supuesto, Dios no la había hecho para dos, no era una cama doble.

Se pelearon durante toda la noche, y por la mañana Adán le dijo a Dios:

-Era tan feliz... -aunque no era verdad, pero la desdicha de la noche anterior le ayudó a ver su pasado como una etapa muy feliz-. Era muy feliz antes de que apareciese esta mujer -observó.

Y Lilith contestó:

-Yo también era feliz, no quiero existir.

Debe haber sido la fundadora de muchas cosas. Quizá fuera la primera verdadera pa­triarca Zen, porque dijo:

-No quiero existir. Una noche es suficiente para toda la vida, porque sé que va a ser casi igual todas las noches, una y otra vez. Aunque me des una cama doble, ¿qué más da? Seguire­mos peleando, porque el asunto es: «¿Quién es el amo?» No permito que esta bestia sea mi amo.

Dios dijo:

-De acuerdo.

En aquella época... y sólo eran los primeros días; de hecho, era el primer día después de la creación. Según los cristianos, era un domingo. Dios seguramente tenía el típico humor del domingo, porque dijo:

-De acuerdo, te haré desaparecer.

Lilith desapareció y Dios creó a Eva de una costilla de Adán.

Se trataba de la primera operación; Devaraj, anótalo por favor. Dios fue el primer cirujano, da lo mismo que no lo quieran reconocer en el Colegio de Médicos. Hizo un gran trabajo. Desde entonces, no ha habido ningún cirujano que haya logrado hacer lo mismo. Creó a la mujer de una costilla. Pero es insultante, odio esta historia. Dios no se debería comportar así. i Una costilla nada más. . .!

Y luego está el resto de la historia. Por las noches, Eva cuenta las costillas de Adán antes de dormirse, para estar segura de que están todas y no hay ninguna otra mujer en el mundo. Entonces, puede dormir tranquila.

Es curioso..., ¿por qué no puede dormir tranquila cuando hay otras mujeres? Pero no me gusta ese final de la historia. En primer lugar, es machista; en segundo lugar, no es propio de dioses; y en tercer lugar es muy poco imaginativo y demasiado realista. Las cosas sólo se  tendrían que sugerir.

Masto me preguntó:

-¿Cuál es tu conclusión?

-Mi conclusión es que Dios creó primero al hombre porque no quería interferencias mientras estuviese creando -le respondí.

Éste es un dicho muy conocido en Oriente. No tiene nada que ver conmigo, pero me gustó tanto que casi puedo decir que es mío. Si el amor puede hacer que consigas lo que quieres, entonces es mío. Para empezar, no sé quién lo dijo, ni necesito saberlo.

-Desde entonces -continué diciéndole a Masto-, no hemos vuelto a tener noticias de Dios. ¿Sabes algo del pobre hombre? ¿Se ha ju­bilado? ¿Se ha olvidado de la creación? ¿No tie­ne amor o compasión por los que creó?

-Siempre se te ocurren unas preguntas muy raras sobre esas historias tan absurdas -dijo Masto-, y además haces que suenen coheren­tes. Me pregunto si algún día serás escritor.

-Nunca -le respondí-; hay gente con mucho más talento haciendo ese trabajo. Hago falta en un sitio que no parece interesarle a nadie, porque al parecer, sólo me interesa Dios.

Masto dijo escandalizado:

-¿En Dios? Pensaba que no creías en él.

-No creo porque lo sé -le dije-, lo sé tan profundamente, que si me cortasen la ca­beza seguiría diciendo «lo sé». Quizá yo ya no esté..., tampoco estaba antes... Él estaba y estará.

En realidad, no es correcto decir «él». En Oriente decimos «eso» y suena perfectamente bien. ESO escrito con mayúsculas le da un significado real a las palabras de Buda, a los dichos de Lao Tzu, a las oraciones de Jesús. «Él»de nuevo es masculino, y «él» no es «ella» tam­poco.

He oído..., probablemente todavía no la hayáis oído, porque pertenece al futuro. Es una historia futura. Se muere el papa polaco y va al cielo, por supuesto. Se dirige apresuradamente a ver a Dios, y vuelve a salir tan rápido como ha entrado, llorando y gimiendo. Los santos Pedro, Pablo y Tomás, y todos los demás santos se reúnen y dicen:

-No llores, no gimas. Eres un buen hombre y comprendemos tus sentimientos.

El papa gritó:

-¿Qué comprendéis? En primer lugar, ¿sabíais que este hombre no es un blanco sino un negro? Y en segundo lugar, todavía peor: ¡ni siquiera es él, es ella!

Dios no es ni él ni ella, pero los polacos son polacos. Los pueden nombrar papa, pero eso no cambia nada. Dios no creó el mundo de acuerdo a puntos de vista machistas o feministas. Sus puntos de vista son radicalmente opuestos.

Creó a la mujer como un modelo perfecto; indudablemente, todos los artistas creen que es el modelo perfecto. Pero deteneos ahí, por favor.

No toquéis a una mujer de verdad. Los cuadros están muy bien, las estatuas también, pero una mujer de verdad es tan imperfecta como tendría que ser.

No estoy menospreciando nada. La imperfección es precisamente la ley de la hablar de cosas importantes, él sólo quiere esconderse detrás de The Times o de cualquier otro periódico. La mujer le mantiene en actividad constante: «Haz esto, haz aquello.»

Curiosamente, a las mujeres se les da el tra­bajo de profesoras, a pesar de que no las acep­tan en muchos otros trabajos. Quizá tenga al­guna lógica. Menos mal que atrapan a los pobres chicos antes de que sea demasiado tar­de, y después de eso siempre estarán temblan­do delante de una mujer, totalmente asustados. Desde entonces, Dios ha estado disfrutando de todos los disparates que ocurren en el mundo que creó en seis días.

Los budas intentan darte unos vislumbres de ese mundo de relajación que existió antes de que comenzara el mundo y todos los proble­mas. Incluso ahora es posible hacerse a un lado. Si te sales de la corriente, de repente, te echarás a reír; con Dios o sin él, no era más que una historia. Le dije a Masto:

-A no ser que te salgas de la corriente mundana de la vida...

Quería despedirme de este hombre, pero menos mal que no lo hice. Todavía hay muchas co­sas que se refieren a él, y cualquier cosa puede re­flejar muchas otras. La vida siempre es simple y compleja, tan simple como una gota de rocío, ya la vez, tan compleja como una gota de rocío, porque la gota refleja todo el cielo y contiene to­dos los océanos. Indudablemente, no va a estar ahí eternamente..., quizá sólo unos minutos, y después se irá para siempre. Hago énfasis en «para siempre». Después no habrá forma de recuperarla, con todas esas estrellas y esos océanos.

Hay tantas cosas que tienen que ver con Masto...

Cuando tenía ganas de llorar le pedía a Masto que tocara su veena. Era fácil, no hacía falta explicación; nadie te pregunta por qué estás llorando. Así es la veena, simplemente remueve lo más profundo de tu ser. Pero debido a su obstinación os he tenido que contar esta historia, porque me solía decir:

-Si no me cuentas una historia no voy a tocar. Le he contado la historia y ahora le co­rresponde a él tocar... pero soy el único que le puede escuchar. Es mejor que sólo le pueda es­cuchar yo.

Dadme diez minutos para escucharlo. Lo estoy disfrutando del mismo modo que lo dis­frutaba Adán.

¿Cuántos minutos habremos estado avanzando en el antiguo carro de bueyes? ¿Alguien lo puede calcular?

-Eternamente, Osho.

Entonces dejadme un minuto, y después podéis parar.

Esto está muy bien. Uno no debería querer continuar algo tan hermoso; también debería ser capaz de ponerle fin. Sé que podéis conti­nuar, pero no, mi médico me ha prohibido que coma demasiado de ninguna cosa. Quiere que baje de peso, y si me alimento con vuestra dieta, ¡Dios mío...!

Ahora podéis terminar.

 

 

Sesión 37

 

De acuerdo. Sólo estamos en mi segundo día de la escuela primaria. Va a ser así. Cada día se descubren muchas cosas. No he terminado aún el segun­do día. Haré todo lo posible por terminarlo hoy.

La vida está entrelazada; no la puedes dividir en pedacitos iguales. No es un trozo de tela. Ni siquiera la puedes cortar, porque en el mo­mento que le cortas todas las conexiones ya no vuelve a ser la misma. Se muere, no respira. Quiero que siga su propio curso, no quiero di­rigida; sobre todo, porque no soy el director. Ha seguido su propio curso, sin guía.

En realidad, odiaba a los guías y los sigo odiando porque te impiden fluir con lo que es. Te dirigen, se dedican a meterte prisa hasta el próximo lugar. Su trabajo consiste en hacerte creer que sabes. No saben y tú tampoco. El co­nocimiento sólo llega cuando la vida no tiene guía, cuando no tiene dirección. Yo he vivido de ese modo y lo sigo haciendo.

Es un destino extraño. Desde la infancia, sabía que no vivía en mi casa. Era la casa de mi Nana, mi padre y mi madre estaban muy lejos. Tuve la esperanza de que, tal vez allí, estuviese mi hogar, pero no, sólo era una gran casa de huéspedes, con mi pobre madre y mi padre atendiendo constan­temente a los huéspedes, sin ninguna razón, al menos a mí me parecía que no había ninguna.

Éste no es el hogar que yo estaba buscando -me repetía-. ¿Dónde iré ahora? Mi abuelo está muerto, de modo que no puedo regresar a esa casa.

Era su casa, pero la casa vacía no tenía sen­tido si no estaba él. Si mi Nani hubiese regresa­do habría tenido algún sentido, al menos el noventa y nueve por ciento, pero ella se negó a volver.

-Me trasladé allí por él -dijo-, y no tengo motivos para volver si él ya no está allí. Por supuesto, si regresa estaré lista, pero si no va a volver, si no puede mantener su promesa, ¿por qué me voy a preocupar por su casa y sus propiedades? Nunca fueron mías. Siempre hay alguien que se puede encargar de esas cosas. No es mi destino. Desde el primer momento no me interesaron y no voy a volver por eso.

Se opuso tan rotundamente, que aprendí a rehusar. .. y aprendí a amar. Cuando nos mar­chamos de esa casa estuvimos algunos días con la familia de mi padre. Indudablemente, no sólo era una familia, sino una congregación de tri­bus, de muchas familias; quizá un tipo de mela, un festival. Pero solamente nos quedamos unos días. Ésa tampoco era mi casa. Me quedé para echar una mirada y después me trasladé.

¿Desde entonces, en cuántas casas he vivido? Es casi imposible que os podáis imaginar que en cerca de cincuenta años de vida no he hecho más que cambiarme de casa, sin hacer otra cosa. Por supuesto, la hierba crecía, yo me cambiaba de casa y no hacía nada, y la hierba seguía creciendo. Todo el mérito se debe a «nada», y no mis traslados de casa.

Después me fui a casa de mi Nani, y más tarde a casa de uno de mis tíos (del marido de la hermana de mi padre), donde me había trasladado para estudiar después de matricularme. Ellos pensaron que sólo estaría unos días, pero esos días se alargaron más de lo que habían cal­culado. ¡No me querían en ningún albergue porque mi expediente era demasiado bueno! Vale la pena conservar los comentarios de mis profesores, particularmente los del director. Todo el mundo me censuró tanto como le fue posible censurarme en un diploma.

-Esto no es un diploma de personalidad -les dije a la cara-, sino un asesinato de per­sonalidad. Por favor, añadid en la postdata que «yo declaro que este documento es un asesina­to de personalidad». No lo aceptaré a menos que lo escribáis.

Tuvieron que hacerlo.

     -No sólo eres travieso, sino que además eres peligroso -dijeron-, porque ahora nos puedes demandar.

-No tengáis miedo -les respondí-. A lo largo de mi vida me demandará mucha gente en los tribunales, pero yo jamás demandaré a nadie.

No he demandado a nadie aunque lo po­dría haber hecho muy fácilmente, y habrían sido castigadas cientos de personas.

Decía que nunca he tenido una casa. Ni siquiera puedo decir que ésta sea mi casa. Desde la primera hasta la última, probablemente esta no será la última, pero sea cual sea la última, no podré llamarla mi casa. Para disimular, digo que ésta es la casa de Lao Tzu. Pero Lao Tzu no tiene nada que ver con esto.

Le conozco. Sé que si nos encontramos -y algún día tendrá que ocurrir-, la primera pregunta que me hará será:

-¿Por qué a tu casa le pusiste de nombre «La casa de Lao Tzu»?

Naturalmente, tiene la curiosidad de un niño; no hay nadie más infantil que Lao Tzu, ni Buda ni Jesús ni Mahoma, Y mucho menos Moisés. ¿Un judío infantil? ¡Eso es imposible!

Un judío es un empresario desde que nace, con traje de ejecutivo, saliendo de su casa y yéndose a la tienda. Ya está confeccionado. Seguro que Moisés no. Pero Lao Tzu, o si queréis a alguien que sea todavía más infantil que Lao Tzu, entonces tenéis a su discípulo Chuang Tzu... Para ser discípulo de Lao Tzu tienes que ser más inocente que el propio Lao Tzu. No hay otro camino.

Confucio fue rechazado. En pocas palabras le dijeron «sal y piérdete para siempre, y recuerda, no vuelvas a este sitio jamás». No fue con estas mismas palabras, pero en esencia esto es lo que Lao Tzu le dijo a Confucio, el hombre más sabio de aquel tiempo. No podían aceptar a Confucio. Pero Chuang Tzu estaba aún más loco que Lao Tzu, su maestro. Cuando llegó Chuang Tzu, Lao Tzu dijo:

-Genial, ¿has venido para ser mi maestro? Puedes elegir: o tú eres mi maestro o yo soy tu maestro.

Chuang Tzu respondió:

-¡Olvídate de eso! ¿Por qué no podemos ser y nada más?

Y permanecieron de esa manera. Por su­puesto, Chuang Tzu era un discípulo y era muy respetuoso con su maestro; nadie podía competir con él. Pero así es como empezaron, cuando él dijo:

-¿Por qué no nos olvidamos de todas estas sandeces?

Yo he añadido la palabra «sandeces» para dar una idea exacta de lo que fue. Pero eso no significa que no fuese un hombre respetable. A continuación, incluso Lao Tzu se rió y dijo:

-¡Magnifico! Te estaba esperando -y Chuang Tzu se postró a los pies de su maestro.

Lao Tzu dijo:

-¡Cómo!

Chuang Tzu respondió:

-Que nada se interponga entre nosotros. Si me apetece postrarme ante ti, nadie me lo puede impedir, ni tú ni yo. Sólo tenemos que observar cómo sucede.

Y yo observaba lo que sucedía mientras me trasladaba de una casa a otra. Me acuerdo de miles de casas, pero ni una sola donde pudiera   decir:

-Ésta es mi casa.

Tenía la esperanza que quizá ésta... y así ha sido a lo largo de mi vida: «Quizá la próxima.»

De todos modos... os contaré un secreto. Sigo teniendo la esperanza de tener una casa en algún lugar, quizá... «Quizá» es la casa. Toda mi vida he estado esperando y esperando en distintas casas a que apareciera la verdadera casa. Siempre parecía estar a la vuelta de la es­quina. Pero la distancia seguía siendo la mis­ma: siempre está a la vuelta de la esquina. La estoy viendo. . ;

Sé que nunca voy a tener una casa que sea mía. Pero una cosa es saberlo: de vez en cuando, lo cubre algo que sólo se puede llamar «ser». Yo lo llamo «omnisciente»; y en esos momentos, es­toy buscando de nuevo «la casa». He dicho que sólo se podía llamar «quizá»; ése es el nombre de la casa. Siempre va a suceder pero realmente no sucede... siempre está a punto de suceder.

Me trasladé de casa de mi Nani a casa de la hermana de mi padre. El marido, es decir, el cuñado de mi padre, no estaba muy de acuerdo con esto. Naturalmente, ¿por qué iba a estarlo? Yo estaba totalmente de acuerdo con él.

Si hubiese estado en su lugar, yo tampoco lo habría deseado. No sólo sería contrario, sino que estaría tercamente en contra, pues ¿quién quiere aceptar a un alborotador sin tener nece­sidad de hacerlo? No tenían hijos, por tanto, vivían felizmente; aunque, en realidad, eran muy infelices, no sabiendo lo «felices» que son los que tienen niños. Pero tampoco tenían nin­guna forma de saberlo.

Tenían un bungaló precioso, con más espa­cio del necesario para una pareja. Era lo bas­tante grande para poder acoger a mucha gente. Eran ricos, se lo podían permitir. No tenían ningún problema en dejarme una pequeña ha­bitación, a pesar de que el marido, aunque no lo dijese, no estaba de acuerdo. Yo me negué a trasladarme allí.

Me quedé delante de su casa con mi maleti­ta y le dije a la hermana de mi padre:

-Tu marido no desea tenerme aquí y si no está dispuesto, prefiero vivir en la calle antes que estar en su casa. No puedo entrar, si no estoy convencido de que está contento de tener­me aquí. Y no os puedo prometer que no voy a  ser una molestia para vosotros. No meterme en líos va en contra de mi naturaleza. No tengo solución.

El marido estaba escondido detrás de una cortina, escuchándolo todo. Por lo menos, entendió una cosa, que valía la pena probar con este chico.

Salió y dijo:

-Te daré una oportunidad.

-Es mejor que sepas, desde el principio, que soy yo el que te va a dar una oportunidad -le respondí.

-¡Cómo! -exclamó.

-Poco a poco lo irás entendiendo. En las cabezas duras entra muy despacio -le dije.

Su mujer estaba escandalizada. Más tarde me dijo:

-No deberías decirle esas cosas a mi marido porque te va a echar. Yo no se lo puedo impedir porque sólo soy una mujer y además no tengo hijos.

Bueno, vosotros no lo podéis entender. . .; en India se considera una maldición ser mujer y no tener hijos. Probablemente, no tuviese la culpa; sé perfectamente que el responsable era él, por­que los médicos me dijeron que era impotente. Pero en India, si eres una mujer sin hijos... ¡Pri­mero, ser mujer en India, y segundo, sin hijos! No te podría ocurrir nada peor. Si una mujer no tiene hijos, ¿qué puede hacer al respecto? Podría ir a un ginecólogo... ¡pero no en India! El mari­do preferiría casarse con otra mujer.

La ley en India, por supuesto hecha por los hombres, permite al marido casarse con otra mujer siempre que la primera esposa no tenga hijos. Es curioso, si para concebir un hijo tiene que haber dos personas implicadas, obviamen­te también habrá dos personas implicadas para no concebirlo. En India hay dos personas im­plicadas para concebir, pero para no concebir sólo hay una, la mujer.

Viví en esa casa y, naturalmente, hubo un conflicto desde el principio; entre el marido y yo surgió una corriente sutil que fue en au­mento. Se hacía patente de muchas maneras. Al principio, le contradecía automáticamente todas y cada una de las cosas que decía en mi presencia, fuese lo fuese. No tenía importancia lo que decía. No era una cuestión de bueno o malo: se trataba de él o yo.

Tenía un modo de mirarme, desde el co­mienzo, que dio lugar a mi forma de mirarle: como a un enemigo. Dale Carnegie podrá haber escrito Cómo ganar amigos e influenciar a la gente, pero, en realidad, no creo que lo sepa. No puede saberlo. Si no conoces el arte de crear enemigos, no podrás conocer el arte de hacer amigos. En esto me siento tremendamente afortunado.

Me he ganado tantos enemigos que podréis estar seguros de que, por lo menos, habré hecho algunos amigos. Si no tienes amigos, no puedes tener enemigos; es una ley básica. Si quieres tener amigos, prepárate también para tener enemigos. Por eso, la mayoría de la gente decide no tener ni amigos ni enemigos, sólo conocidos. Se les considera gente con sentido común; en realidad, tienen un sentido poco común. Pero, se llame como se llame, yo no lo tengo. He hecho tantos amigos como enemi­gos; de hecho, en la misma proporción. Puedo contar con ambos. Los dos son de fiar.

El primero, por supuesto, fue su gurú. En cuanto entró en la casa le dije a la hermana de mi padre:

-Ésta es la peor persona que yo haya visto. -Cállate. Silencio. Es el gurú de mi mari­do -dijo ella.

-Aunque lo sea -señalé-, pero dime una cosa: ¿tengo razón o no?

-Desgraciadamente la tienes, pero cállate -dijo.

-No me puedo callar -le dije-, tenemos que confrontarnos.

-Ya sabía que íbamos a tener problemas cuando viniese este hombre -me dijo.

-Él no tiene la culpa; yo soy el problema. Ten en cuenta que el día que me aceptasteis le dije a tu marido: «Me puedes aceptar, pero ten presente que estás aceptando líos» -le recordé-. Ahora sabrá lo que quería decir. Hay cosas que sólo el tiempo desvela; el diccionario no sirve de nada.

En cuanto se sentó, pomposamente desde luego, le toqué la cabeza. Ahora bien, eso no era más que el principio. Mis familiares se reunieron y dijeron:

-¿Qué estás haciendo? ¿No sabes quién es? -Precisamente lo he hecho para saber quién es -les contesté-. Estaba intentando calibrarlo, pero ya veo que es muy superficial. No llega ni a sus pies, por eso le he tocado la cabeza.

Pero él echaba chispas, saltaba, gritaba y chillaba:

-¡Esto es un insulto!

-Simplemente, estoy citando tu libro -le dije. Recientemente había publicado un libro en el que decía: «Cuando alguien te insulta, quédate quieto, callado, no te alteres.»

Entonces preguntó:

-¿Qué pasa con mi libro?

Eso me ayudó un poco y le dije: -Siéntate en tu silla, aunque no te lo mereces.

-¿Otra vez? ¿Estás empeñado en insultarme? -me preguntó.

     -No estoy empeñado en insultar a nadie -le dije-, sólo pienso en la silla.

Estaba tan gordo que la pobre silla conseguía soportarle a duras penas. En efecto, la silla estaba aullando y haciendo ruidos.

-Sólo estoy hablando de la silla -dije-. Tú no me preocupas, pero estoy preocupado por la silla, porque después la tendré que usar yo. De hecho es mi silla. Si no te comportas, la tendrás que desocupar.

Esto fue casi como encender la mecha de una bomba. Se puso de pie de un salto, gritando vulgaridades y dijo:

-Desde el momento que este chico entró en esta casa sabía que no volvería a ser lo mismo.

-Al menos eso es cierto -le dije-. Yo estaré de acuerdo siempre que haya una verdad, incluso con mis enemigos. Esta casa ya no es la misma, es verdad. Adelante, dinos por qué no es la misma.

-Porque no tienes Dios -dijo.

En India se usa la palabra nastika para decir sin Dios; es una palabra hermosa. No se puede traducir por «sin Dios», aunque ésa sea la única traducción disponible. Nastika simplemente quiere decir «el que no cree». No dice nada del objeto de la creencia o la incredulidad. Es tremendamente significativo, por lo menos para mí. Me gustaría que me llamasen nastika, «el que no cree», porque sólo los ciegos creen. Los que pueden ver no necesitan creer.

La palabra hindú para creyente es astika; del mismo modo que el término «teísta» te da exactamente el sentido de «el creyente». En la lengua hindú un teísta se llama astika: el que cree, el creyente.

Nunca he sido creyente, y nadie que tenga un poco de inteligencia puede ser creyente. Creer es para los imbéciles, los retrasados, los idiotas y toda esa gente, y lo constituyen muchas personas; de hecho son la mayoría.

Él me llamó nastika. Yo le dije:

-Una vez más, estoy de acuerdo contigo, porque describe mi actitud hacia la vida. Probablemente, siempre describirá mi actitud hacia la vida, porque creer es limitar. Creer es ser arrogante; creer es creer que sabes.

El nastika simplemente dice «No lo sé». Corresponde exactamente a la palabra inglesa «agnóstico», «el que no cree». Tampoco puede decir que no crea; de hecho, sólo se queda con la interrogación. Un agnóstico es eso, un hombre con una interrogación.

Cargar con tu propia cruz no es tan difícil, su única culpa.

Si hubiesen sido un poco menos amables, Jesús no habría sido crucificado. Pero eran tan amables que tuvieron que crucificarle. En realidad, se estaban crucificando a sí mismos. Su propio hijo, su misma sangre, y no era un hijo cualquiera, sino el mejor. Los judíos no han conseguido, ni antes ni después, a alguien que se parezca ni que se aproxime a Jesús. Tendrían que haber amado a este hombre, pero eran buenos chicos, ése era el problema. No le podían perdonar.

He estado con muchos santos, de los que pretenden serlo, por supuesto; y con algunas personas realmente virtuosas, pero a las que no llamaría santas. Esta palabra se ha ido viciando de estar en mala compañía. No diría que Pagal Baba, ni Magga Baba, ni Masta Baba, son santos, sino solamente sabios.

Al gurú de mi tío, Hari Baba, se le consideraba un santo. Yo le dije:

-No eres ni un Baba, ni un Hari. Hari es el nombre de Dios; por favor, cámbiate de nombre y ponte uno que encaje contigo. Baba tampoco hace alusión a ti. Busca en el diccionario un nombre que tenga sentido -comenzó la lucha y continuó. Os lo contaré más adelante.

Me trasladé de esta casa a un albergue universitario; después, cuando empecé a trabajar, me trasladé a una casita. Pero era una casa pequeña, y la familia era tan buena, que siempre sentía vergüenza, porque podía oír lo que decían incluso en la cama. Bueno, sé que no está bien, pero una vez, en mitad de la noche les tuve que decir:

-Disculpadme, por favor, pero os estoy oyendo.

Ellos se sobresaltaron, por supuesto. Por la mañana me dijeron:

-Te tienes que ir de esta casa.

-Ya lo sé -les respondí-. Fijaos, ya he preparado las maletas -había preparado las cosas. De hecho, había mandado traer un vehículo, y estaban cargando mis cosas en él.

-Qué extraño -dijeron-, porque todavía no te habíamos dicho nada.

-Tal vez no me hayas dicho nada -aclaré-, pero he oído todo lo que le decías a tu mujer en la cama. Las paredes son muy finas. No es culpa tuya. ¿Qué le vas a hacer? ¿Y qué puedo hacer yo? Intenté no escucharos.

Y hasta el día de hoy, tengo que dormir con tapones para los oídos. Después de esa noche empecé a usarlos. Fue hace mucho tiempo, alrededor de 1958, o quizá a finales de 1957, pero alrededor de esa fecha. Empecé a usar tapones para no oír lo que no debía. Me costó una casa, aunque me marché inmediatamente.

Me he estado yendo constantemente, haciendo siempre las maletas para la nueva casa. En cierto modo estaba bien; si no, no habría tenido otra cosa que hacer, más que hacer y deshacer maletas, y de nuevo hacerlas y deshacerlas. Me ha mantenido más ocupado que a ningún otro buda hasta ahora, y de una manera más inofensiva. Ellos también estaban ocupados, pero su ocupación implicaba a otras personas.

En cierto sentido, mi ocupación siempre ha sido personal. Aunque haya miles de personas conmigo, entre tú y yo, sigue siendo una rela­ción de tú a tú. No es una organización, y nun­ca podrá serlo. Indudablemente, para efectos administrativos, tiene que funcionar como una organización, pero en lo que atañe a mis sannya­sins, cada sannyasin se relaciona conmigo indi­vidualmente, y sólo conmigo, no por vía de otra persona.

Soy un hombre muy desocupado; no puedo decir desempleado, por eso he usado la palabra «desocupado», porque disfruto de ello. No es­toy buscando un empleo. He roto con todos los trabajos; sólo estoy disfrutando. Pero para disfrutar es necesario que haya un cierto am­biente. Eso es lo que estoy creando.

Toda mi vida lo he estado creando, gradualmente, paso a paso. He hablado muchas veces sobre la nueva comuna. No es para recordároslo a vosotros, sino a mí mismo, para no olvidarme de la nueva comuna, porque si me olvidase, probablemente no me despertaría al día siguiente.

Gudia esperará... Tú correrás; sí te he visto venir, casi corriendo. Esperarás, pero yo no vendré porque habré perdido el pequeño cordón que me estaba sujetando.

Y esto siguió y siguió. Desde Gadarwara me trasladé a Jabalpur. En Jabalpur me cambié de casa tantas veces, que la gente creía que mi hobby era cambiarme de casa.

-Sí -les dije-; te sirve para conocer a muchas personas de diferentes lugares, y me encanta conocer a gente.

-Es un extraño hobby -dijeron ellos-, y muy complicado. Sólo han pasado veinte días y ya te estás trasladando otra vez.

En Bombay también me trasladé de un sitio a otro. Eso continuó hasta que llegué aquí. Na­die sabe cuál será el próximo lugar.

Comenzó con mi colegio y sólo estamos en el segundo día. La vida es tan multidimensio­nal. Cuando digo tan multidimensional puede parecer absurdo, porque sólo lo domina multi­dimensional. ¿Por qué decir que es tan multidi­mensional? La vida es multimultidimensional.

Debéis tener hambre, y los fantasmas ham­brientos son peligrosos. Dadme dos minutos nada más...

Ya podéis acabar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 38

 

De acuerdo. Os quería contar una simple verdad, probablemente olvidada por su simplicidad; no hay ninguna religión que la pueda practicar, porque en el momento que te vuelves parte de una religión dejas de ser sencillo y religioso. Os quería decir una cosa muy simple, que he aprendido de un modo complicado. Seguramente, lo estáis obteniendo a un precio demasiado barato y, a menudo, se confunde lo sencillo con lo fácil. No es nada barato; es lo más valioso que existe, porque uno tiene que pagar con su propia vida esta simple verdad. Es rendición, es confianza.

Naturalmente, vais a entender mal lo que es la confianza. ¿Cuántas veces os lo he dicho? Sí, os lo debo haber dicho millones de veces, ¿pero me habéis escuchado alguna vez? Precisamente el otro día, mi secretaria vino llorando y le pregunte el porqué.

-El motivo de mis lágrimas es que confías tanto en mí -respondió-, y no me lo merezco. No lo puedo soportar.

-Yo confío en ti -le dije-. No obstante, si quieres seguir llorando, puedes hacerlo. Si te quieres reír, lo puedes hacer.

Esto indudablemente es difícil para ella. Me comprende, aunque sus lágrimas no eran contra mí sino por mí.

-¿Qué puedes hacer? -le pregunté-. Como mucho puedes decirme que me vaya de esta casa. Si alguien de esta casa se quiere venir conmigo, lo puede hacer; de lo contrario, me iré solo. He venido solo y me iré solo. Nadie me puede acompañar en el verdadero viaje. Entretanto, puedes jugar todo tipo de juegos para pasar el rato.

Ella me miró. Ya no lloraba pero todavía te­nía lágrimas en las mejillas. En ese momento adiviné lo que se le estaba pasando por la cabeza.

-Estás pensando que ahora me puedes engañar -le dije-. Muy bien, no vas a tener una oportunidad mejor.

Empezó a llorar de nuevo y se postró a mis pies diciendo:

-No, no. No te quiero engañar. Por eso estaba llorando. No te quiero engañar.

-Entonces, ¿de dónde ha surgido esa idea? -le pregunté-. Si tú no me quieres engañar, y yo tampoco quiero que me engañes, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo? Si me quieres engañar, estoy dispuesto. En realidad, yo debería llorar por ti, porque desde el principio sólo he sido un problema. Y sigo siendo un problema pero no para mí mismo; yo mismo no existo, de modo que sobra la pregunta. Para otros que son, y son mucho..., cuanto más son, más problemática es su vida. De todas formas, estás con un hombre que no existe y en lo que a él respecta, no tiene ningún problema. Y si él puede confiar en ti, la existencia es suficiente para cuidar de ti.

Pero la existencia no parece interesarle a nadie, están interesados en todo menos en la existencia.

Esto saca a relucir a Masto de nuevo. Este Masto era un tipo que podía entrar en cualquier lugar, se lo pidieran o no, le invitasen o no. Era tan interesante, que todo el mundo se levantaba para recibirle, le hubieran invitado o no. Masto vuelve una y otra vez. Es un viejo hábito muy difícil de curar.

El pobre Devageet sólo toma sus apuntes, y lo hace a la perfección. De vez en cuando, para comprobarlo, le pregunto:

-¿Qué estaba diciendo?-, y él me recuerda exactamente lo que estaba diciendo. Hace su trabajo, y como rebosa amor hacia mí, no puede evitar suspirar; respira como si algo que él creía que nunca podría suceder ha sucedido por fin. Y todavía no puede creérselo. ¡Mi dificultad radica en que creo que se está riendo! No se está riendo, pero el sonido alterado de su respiración me hace sentir como si lo estuviese haciendo.

Él me ha escrito sobre esto. Lo sé, pero cada vez que lo hace (yo también soy un intransigente) me viene inmediatamente a la cabeza la palabra risita. Se está riendo otra vez. Esto también es un viejo hábito de cuando yo era profesor. Podréis comprenderlo: un profesor, al fin y al cabo, es un profesor, y no puede permitir risitas en su clase. Ahora ya no me importa, me gusta.

En mi clase había más chicas que chicos, por eso había muchas risitas. Y ya me conocéis: no me importa si son chicos o chicas, me gusta participar en los chistes. Pero si la risita no viene a cuento, decididamente la persona se meterá en problemas. Lo puedo permitir si es justo después del chiste, pero no si está fuera de lugar. Si las risas estaban fuera de lugar, entonces cogía a la persona con las manos en la masa. Esas risas no eran a consecuencia de un chiste; sólo se debían a que había chicos y chicas jun­tos, la vieja historia de Adán y Eva. «¡Fuera de aquí los dos!» Eso es lo que dijo Dios. «Iros del jardín del Edén!»

Seguramente, debía de ser un profesor a la antigua. Y la serpiente debió ser un viejo cria­do que había servido a muchos Adanes y Evas, ayudándoles de todas las formas posibles, pro­bablemente mandándoles las cartas de uno a otro, etcétera. Es preferible no mencionar todo lo demás. Por supuesto, aquí no hay damas, ni caballeros. Pero en el caso de que hubiera al­gún caballero simulando no serlo o alguna dama en la misma situación, entonces se pro­ducirá un dolor innecesario. No quiero hacerle daño a nadie.

Recuerdo mi primera charla... ¿Veis cómo suceden las cosas en esta serie? Era en una es­cuela de enseñanza superior. Todas las escuelas de enseñanza superior del distrito habían en­viado a un portavoz. Me eligieron para ser el re­presentante de mi escuela, no porque fuese el mejor (no puedo decir eso), sino también por­que era el más pesado. Si no me hubiesen elegi­do, habría habido problemas, sobre eso no hay ninguna duda. De modo que decidieron ele­girme, pero no se dieron cuenta de que, esté donde esté, habría problemas de todas formas. Comencé el discurso sin dirigirme con el habitual «Señor Presidente, damas y caballeros...» Miré al presidente de arriba a abajo y me dije a mí mismo:

-No, no parece un presidente. Luego miré a mi alrededor y pensé:

-No, aquí no parece que haya ninguna dama ni ningún caballero, así que desgraciada­mente tengo que comenzar mi discurso sin di­rigirme a nadie en particular. Lo único que puedo decir es: A quien le pueda interesar.

Más tarde me llamó el director para decirme que, incluso a pesar de este incidente, había ganado el premio.

-¿Qué te ha ocurrido? -me preguntó-. Te has comportado de una manera extraña. Te habíamos preparado, pero no has dicho ni una sola palabra de lo que te enseñamos. No sólo te has olvidado completamente del discurso que habías preparado, sino que ni siquiera te has dirigido al presidente o a las damas y caballeros.

-Miré alrededor -le dije- y no había ningún caballero. Conozco muy bien a todos esos tipos, y ninguno de ellos es un caballero. En cuanto a las damas, todavía peor, porque son las esposas de esos mismos tipos. Y el presidente... parece que Dios le ha enviado para presidir todas las asambleas de esta ciudad. Estoy harto de él. No puedo llamarle «Señor Presidente» cuando, en realidad, me hubiera gustado pegarle.

Ese día, cuando el presidente me llamó para entregarme el premio, le dije:

-De acuerdo, pero ten en cuenta que tendrás que venir aquí abajo y darme la mano.

-¡Cómo! -dijo-. ¡Darte la mano a ti! Ni siquiera voy a volverte a mirar, me has insultado.

-Te vas a enterar -le dije.

Desde ese día se convirtió en mi enemigo. Conozco el arte de cómo hacer enemigos. Se llamaba Shrinath Bhatt, y era un destacado po­lítico de la ciudad. Por supuesto, era el líder del partido político más influyente de Ghandi. En aquellos tiempos, India estaba bajo la sobera­nía inglesa. Seguramente, en cuanto a libertad se refiere, India todavía no es libre. Quizá se haya librado de la soberanía inglesa, pero no de la burocracia que ésta creó.

Realmente, siempre he estado hablando sobre la confianza, pero nunca he sido capaz de explicarla. Tal vez no sea mi culpa. Confianza: quizá no se pueda hablar sobre ella, sino sólo sugerirla. He hecho un gran esfuerzo tratando de decir algo preciso, pero no lo consigo. Si lo experimentáis, no necesitaréis saber qué es; si no lo experimentáis, puede que sepáis todo acerca del «encabezamiento» confianza, pero seguiréis sin saber nada.

De nuevo os intentaba decir, en realidad, quizá me estuviese dando otra oportunidad a mí mismo; siempre es tentador hablar de todos los intentos, aunque sean fallidos. Uno está or­gulloso de saber que se hicieron en la dirección correcta. Es cuestión de dirección.

Sí; la confianza es muchas cosas, pero en primer lugar es una cuestión hacia uno mismo, un cambio de dirección.

Nacemos mirando hacia fuera. Mirar hacia dentro no forma parte del organismo corporal. El cuerpo funciona bien; si quieres ir a otro si­tio, te lleva. Pero se desploma en cuanto le pre­guntas «¿Quién soy yo?»; se desploma en el suelo sin saber qué hacer, porque la dirección adecuada no forma parte de lo que llamamos mundo.

El mundo consta de diez dimensiones, o mejor dicho, diez direcciones. Dimensión es una palabra más importante, y no se debería usar en lugar de dirección. Estas diez direcciones son: dos, arriba y abajo; las cuatro que co­nocemos como este, oeste, norte y sur; y las cuatro restantes son las esquinas. Si trazas la línea este-oeste y la línea norte-sur hay esquinas entre el norte y el este, entre el este y el sur y así sucesivamente; las cuatro esquinas.

No tendría que haber usado la palabra dimensión. Es totalmente diferente, tan diferente como el estornudo de Devageet. Lo intenta reprimir, y es una de las cosas más difíciles de reprimir. Yo le sugiero que lo permita. Va a venir de todas formas; ¿por qué sufrir? La próxima vez que llame a la puerta, ábrela y dile: «Pase, señora.» Tal vez no vuelva a suceder. Los estornudos son extraños. Si quieres que te salga uno tienes que hacer todo tipo de ejercicios de yoga. Y aun así sólo es una probabilidad. Es una mujer, sabéis; y cuando una mujer toma posesión de ti es preferible estornudarla hacia fuera y salir corriendo antes que reprimirla.

Dirección y dimensión son distintas, como su estornudo y mi comprensión de que se está riendo. Él intenta reprimir un estornudo y yo había empezado a hablar de lo inefable, y en ese preciso momento, estornudó. Eso es lo que Carl Jung llama sincronicidad. No es un gran ejemplo, me refiero a que no es ejemplar, sólo es un pequeño ejemplo.

Es curioso, pero cuando se habla de este tipo de cosas, especialmente en India -y no creo que la gente hable de estas cosas en nin­gún otro lugar desde hace miles de años - ­está prohibido estornudar en presencia de un maestro. ¿Por qué? No entiendo cómo se puede prohibir un estornudo. El estornudo no tiene miedo a vuestros policías ni a vues­tras pistolas. ¿Cómo lo puedes prohibir? A menos que te hagas cirugía estética en la na­riz, y no sería tan bueno porque el estornudo te informa de que te ha entrado algo extraño en el cuerpo. No se debe impedir de ninguna manera.

Por eso te digo a ti, Devageet, que eres mi discípulo, que mis discípulos tienen que ser distintos en todos los aspectos, incluso al es­tornudar. Pueden estornudar exactamente en el momento que el maestro está hablando so­bre la confianza; no hay ningún inconvenien­te. Pero, a veces, si intentas reprimirlo, natu­ralmente, afecta a tu respiración. Te afecta en todo, por eso creo que te estás riendo. Luego te sobresaltas. De hecho, te deberías alegrar de que «Mi maestro, que a veces me malinterpreta, siempre se cree que me estoy riendo».

Se puede decir -si me lo permites- que la risa es mi credo. Me refiero a si se puede usar la palabra «credo», no a si está permitido reírse fuerte. Para mí está bien. Pero la gente es tan fanática con sus credos que no se ríen. Por lo menos, en la iglesia tienen unas caras tan largas que no creerías que han ido allí para entender al hombre, cuyo único mensaje se podría resu­mir en una palabra: «¡Alégrate!» Pero no son personas para alegrarse.

Deben de ser los mismos que le mataron, y todavía le están poniendo clavos a su ataúd, ¡quién sabe, podría escaparse! Deben ser los mismos que todavía le están crucificando, y lleva muerto dos mil años. Ahora no hace falta crucificarlo, aunque fue lo bastante inteligente para escaparse. Se escapó justo a tiempo. Por supuesto, desempeñó el papel de ser crucifica­do para las masas, y cuando las masas se fueron a casa, él también se fue. No quiero decir que se fuese al cielo. No me malinterpretéis; real­mente se fue a su casa.

La cueva donde estuvo guardado el cuerpo de Jesús, y que siguen enseñando a los cristia­nos, es un disparate. Sí; estuvo allí unas horas, una noche como mucho, pero estaba vivo. Esto se demuestra en la propia Biblia. Dice que un soldado le atravesó el costado con una lanza cuando creían que estaba muerto, pero salió sangre. A un hombre muerto no le sale sangre. En cuanto un hombre muere, la sangre se em­pieza a desintegrar. Si la Biblia dijese que sólo le salía agua, entonces creería que estaban dicien­do la verdad, pero decir que le salía agua habría parecido una tontería. En realidad, Jesús no se murió en Jerusalén; se murió en Pahalgam, don­de al menos, en cuanto al significado del nom­bre se refiere, significa exactamente lo mismo que el nombre de mi pueblo.

Pahalgam es uno de los sitios más hermosos de la tierra. Es donde murió Jesús, y se murió a los ciento doce años. Pero estaba tan harto de su propia gente que simplemente hizo correr el rumor de que había muerto en la cruz.

Claro que fue crucificado, pero hay que entender que la forma de crucificar de los judíos no es igual que la de los americanos. No le sentaron en una silla, apretaron el botón y dejó de existir, sin que le diera tiempo a decir:

- Dios perdona a esta gente que está apretando el botón porque no saben lo que hace. ¡Si saben lo que hacen! ¡Están apretando el botón! ¡Eres tú el que no sabe lo que hacen ellos!   

Si le hubiesen crucificado de un modo científico Jesús no habría durado nada de tiempo. Pero no, los judíos siguieron un método muy cruel. Naturalmente, a veces tardaban veinticuatro horas o más en morir. Ha habido casos de gente que ha sobrevivido tres días en la cruz, me refiero a la cruz judía, porque solamente clavaban a la persona de las manos y de los pies.

La sangre tiene la propiedad de coagularse; fluye un rato, pero luego se coagula. Este hombre, por supuesto, estaba sufriendo mucho. De hecho, le pide a Dios:

-Por favor, haz que se acabe.

Probablemente, Jesús estaba diciendo justamente esto, cuando dijo: «No saben lo que ha­cen. ¿Por qué me has abandonado?». Pero el dolor debía ser muy grande, porque finalmente dijo: «Que se haga tu voluntad.»

No creo que muriese en la cruz. No; no de­bería decir «No creo que... »; que no murió en la cruz. Él dijo «Que se haga tu voluntad»; ésa era su libertad. Podía decir lo que quisiera. De hecho, el gobernador romano, Poncio Pila­tos se había enamorado de él. ¿Y quién no? Era irresistible a los ojos de cualquiera.

Pero su propia gente estaba ocupada con­tando dinero; no tenían tiempo de mirarle a los ojos, a ese hombre sin dinero. Poncio Pila­tos pensó en liberar a Jesús. Tenía poder para liberado, pero tenía miedo de la multitud. Pi­latos dijo:

-Es mejor que me quede al margen de sus asuntos. Él es judío y ellos también, que deci­dan por su cuenta. Pero si no pueden decidir a su favor, yo encontraré la manera.

Encontró la manera, todos los políticos lo consiguen. Lo hacen por medio de rodeos, nunca de una forma directa. Cuando quieren ir a A, primero van a B; así es como funciona la política. Y realmente funciona. Sólo algunas veces no funciona. Es decir, si hay un hombre apolítico no funciona. En el caso de Jesús, Poncio Pilatos consiguió su propósito perfecta­mente sin tener que implicarse.

Jesús fue crucificado en la tarde del viernes; de ahí viene la expresión «Viernes Santo». ¡Qué mundo más extraño! Después de crucificar a un hombre tan bondadoso lo llaman «Viernes Santo». Pero había una razón, porque los judíos tienen... creo, Devageet, me puedes ayudar otra vez, no con un estornudo, ¡por favor! ¿Su día sagrado es el sábado?

-Sí, Osho.

Correcto..., porque el domingo no se hace nada. El sábado es fiesta para los judíos; deben interrumpir cualquier actividad. Por eso esco­gieron un viernes... a última hora de la tarde; tenían que bajar el cuerpo de la cruz antes de que se pusiese el sol, porque si el sábado seguía en la cruz se consideraría una «actividad». Así es como funciona la política, no la religión. Por la noche, un rico discípulo de Jesús sustra­jo el cuerpo de la cueva. Por supuesto, después viene el domingo, que es fiesta para todos. Cuando llegó el lunes, Jesús ya está muy lejos.

Israel es un país muy pequeño; fácilmente, puedes atravesarlo en veinticuatro horas andando. Jesús se escapó, y no había mejor sitio que los Himalayas. Pahalgam no es más que un pueblecito, sólo unas cuantas cabañas. Lo debió escoger por su belleza. Jesús escogió un lu­gar que incluso a mí me habría encantado.

He estado intentando ir a Cachemira desde hace veinte años. Pero en Cachemira hay una extraña ley: sólo pueden vivir allí los cachemi­ris, ni siquiera el resto de los hindúes. Es raro. Pero sé que el noventa por ciento de los cache­miris son musulmanes, y tienen miedo de que si se permite a los hindúes vivir allí pronto se­rán mayoría, porque es parte de India. De modo que actualmente sólo es un juego de vo­tos para impedir que entren los hindúes.

Yo no soy hindú, pero los burócratas son delincuentes en todas partes. Realmente ten­drían que estar en hospitales psiquiátricos. No me permitían vivir allí. Conocí incluso al mi­nistro en jefe de Cachemira, al que antes se co­nocía como primer ministro de Cachemira.

Hubo que hacer un gran esfuerzo para descenderle de primer ministro a ministro en jefe y naturalmente, ¿cómo podía haber en un mis­mo país dos primeros ministros? Pero este hombre, el jeque Abdullah, era muy reacio. Fue encarcelado durante muchos años. Entretanto, se modificó la constitución de Cachemira, pero ese extraño artículo permaneció. Probablemente, todos los miembros del comité eran musulmanes y ninguno quería que entrara nadie más en Cachemira. Yo lo intenté con insistencia, pero no hubo forma. No puedes penetrar el duro cráneo de los políticos.

Le dije al jeque:

-¿Estás loco? Yo no soy hindú; no tienes por qué tenerme miedo. Y mi gente viene de todas partes del mundo, no van a influenciar en tu po­lítica de ningún modo, ni a favor ni en contra.

-Conviene ser cauto -dijo él.

-De acuerdo -le dije-, sé cauto y piérdeme a mí y a mi gente.

La pobre Cachemira habría ganado tanto, pero los políticos son sordos de nacimiento. Él escuchaba, o al menos simulaba hacerlo, pero no oía.

-Sabes que te conozco desde hace muchos años -le dije-, y que adoro Cachemira.

-Te conozco -me dijo-, y eso todavía me da más miedo. No eres un político; perteneces a otra categoría totalmente distinta. Siempre desconfiamos de la gente como tú.

Utilizó esta palabra: desconfianza, y yo estaba hablando con vosotros sobre la confianza.

Ahora no me puedo olvidar de Masto, fue él quien me presentó al jeque Abdullah, mu­cho antes. Más tarde, cuando quise ir a Cachemira, especialmente a Pahalgam, le recordé al sheikh quién nos había presentado.

El jeque dijo:

-Recuerdo que él también era peligroso, y tú lo eres aún más. En realidad, no te puedo conceder el permiso permanente de residencia en el valle porque fue Masta Baba quien nos presentó.

Masto me presentó a mucha gente. Pensó que quizá los necesitaría; y realmente los necesité, no para mí sino para mi trabajo. Pero exceptuando a unos pocos, la mayoría resultó ser muy cobarde. Todos dijeron:

-Sabemos que estás iluminado...

-Deteneos ahora mismo -les dije-. En vuestra boca, esa palabra se convierte inmediatamente en no iluminado. O hacéis lo que os digo, o simplemente decid que no, pero no me digáis tonterías.

Eran muy atentos. Se acordaban de Masta Baba, y algunos de ellos se acordaban incluso de Pagal Baba, pero no estaban dispuestos a hacer nada por mí. Estoy hablando de la mayoría. Sí; algunos fueron de gran ayuda, quizá un uno por ciento de los cientos de personas que Masto me presentó. Pobre Masto, su deseo era que nunca tuviese ninguna dificultad ni necesidad, y que pudiese contar con la gente que me había presentado.

-Masto -le dije-, estás haciendo todo lo que puedes, y yo estoy haciendo aún más quedándome callado cuando me presentas a esos idiotas. Si no estuvieses aquí, habría provocado muchos problemas. Ese hombre, por ejemplo, no se habría olvidado de mí. Me controlo por ti aunque no creo en el control, pero lo hago por ti. Masto se echó a reír y dijo:

-Ya lo sé, cuando te miro mientras te estoy presentando a un pez gordo me río por dentro pensando: «Dios mío, cuánto esfuerzo debe estar haciendo para no pegarle a este idiota».

Con el jeque Abdullah tuve que hacer un gran esfuerzo, ya pesar de todo me dijo:

-Te habría permitido vivir en Cachemira        si no nos hubiese presentado Masta Baba.

Le pregunté al jeque:

-¿Por qué... si aparentabas ser un gran admirador?

-No somos admiradores de nadie -me dijo-, sólo nos admiramos a nosotros mismos. Pero no me quedaba más remedio que admirarle porque tenía seguidores, especialmente entre la gente rica de Cachemira. Solía ir a recibirle al aeropuerto, le iba a despedir, abandonaba mi trabajo y me iba tras él. Pero ese hombre era peligroso. Y si él nos ha presentado, entonces no puedes vivir en Cachemira, al menos mientras yo siga al mando. Sí; podrás ir y venir, pero sólo de visita.

Menos mal que Jesús entró en Cachemira antes de que estuviese el jeque Abdullah. Hizo bien en venir dos mil años antes. Debía de tenerle mucho miedo al jeque Abdullah. La tumba de Jesús todavía está ahí, preservada por los descendientes de los que le siguieron desde Israel. Por supuesto, los hombres como yo no pueden ir solos, ya me entendéis. Seguramente le siguieron algunas personas. Aunque se fue muy lejos de Israel, deben haber venido con él.

En realidad, los cachemiris son la tribu perdida de Israel de la que tanto hablan los judíos y los cristianos. Los cachemiris no son hindúes ni de origen indio. Son judíos. Os podéis dar cuenta si os fijáis en la nariz de Indira Gandhi; ella es cachemiri.

Está imponiendo un régimen de emergencia en India, no de palabra sino de hecho. Cientos de líderes políticos están tras las rejas. Desde el principio, le había estado diciendo que esas personas no deberían estar en el parlamento, las asambleas o la legislatura.

Hay muchos tipos de idiotas pero los políti­cos son los peores, porque además tienen po­der. Los periodistas ocupan el segundo lugar. De hecho, son peores que los políticos, porque al no tener poder sólo pueden escribir, ¿y a quién le importa lo que escriben? Sin poder en tus manos, puedes ser tan idiota como quieras, sin que pase nada.

Masto también me presentó a Indira, pero de forma indirecta. Masto era, básicamente, amigo del padre de Indira, Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro de India. Era real­mente un hombre hermoso, y poco común, porque no es fácil estar en la política y seguir siendo hermoso.

Cuando Helen Keller, que era ciega, sorda y muda, le conoció, tuvo que tocarle la cara. Dio un mensaje a alguien que podía interpretar su lenguaje de signos:

-Al tocar la cara de este hombre siento como si tocara una estatua de mármol.

Muchas otras personas han escrito sobre Ja­waharlal, pero no creo que haga falta añadir nada más. Esta mujer, que no tenía ojos, no te­nía orejas ni lengua con la que hablar, consiguió hacer la declaración más conmovedora, y de un modo muy sencillo.

Tuve la misma sensación cuando Masto me lo presentó. Yo sólo tenía veinte años. Apenas un año más tarde, Masto me iba a abandonar, por eso tenía tanta prisa por presentarme a toda la gente que pudiese. Me llevó precipita­damente a casa del primer ministro. Fue un encuentro precioso. No esperaba que fuera bo­nito porque había sufrido muchas decepcio­nes. ¿Cómo iba a suponer que el primer minis­tro no iba ser algo más que un vil político? No lo era.

Cuando nos estábamos marchando y él nos acompañaba para despedimos, Indira apareció en el pasillo, justo por casualidad. En aquel momento ella no era nadie, sólo una chica jo­ven. Su padre me la presentó. Masto estaba ahí presente, por supuesto, y fue a través de él como nos conocimos. Pero probablemente In­dira no conocía a Masto, ¿o quién sabe? tal vez sí. El encuentro con Jawaharlal fue tan signifi­cativo que cambió toda mi actitud, no sólo ha­cia él, sino hacia toda su familia.

Me habló de la libertad, de la verdad. No podía creerlo. Le dije:

-¿Te das cuenta del hecho que sólo tengo veinte años, que sólo soy un hombre joven?

Él respondió:

-No te preocupes por la edad, porque en mi experiencia, un burro, aunque sea muy viejo, sigue siendo un burro. Un viejo burro no se convierte necesariamente en un caballo, ni si­quiera en una mula, mucho menos en un caba­llo. De modo que no te preocupes por la edad -continuó-. Por un solo instante, nos pode­mos olvidar completamente de mi edad y de la tuya, y discutir sin barreras de edad, casta, cre­do o posición -entonces le dijo a Masto-: ¿Baba, podrías cerrar la puerta, por favor, para que no entre nadie? No quiero ni a mi secretario privado.

¡Hablamos de cosas magníficas! Yo era el sorprendido porque me escuchaba con tanta atención como vosotros, y tenía un rostro muy hermoso, como sólo los cachemiris pueden te­ner. Los indios son de piel un poco oscura, y a medida que vas yendo hacia el sur se vuelven de piel más oscura, hasta que llega un punto cuando ves, por primera vez en tu vida, lo que significa negro.

Pero los cachemiris son realmente bellos. Jawharlal lo era por dos razones. Tengo la sensación de que el hombre blanco, un hombre blanco, tiene un aspecto un poco superficial, porque la blancura no tiene profundidad. Por eso todas las chicas de California intentan broncearse un poco. Piensan que la piel bronceada tiene una profundidad de la que carece la piel blanca. La piel negra está demasiado bronceada, quemada. No se trata de profundidad, sino de muerte. Los cachemiris están justo en el medio: son blancos, muy bellos, pero están bronceados desde su mismo nacimiento, y son judíos.

He visto la tumba de Jesús en Cachemira, a donde se escapó después de su supuesta cruci­fixión. Digo supuesta, porque consiguieron su propósito a la perfección. Todo el mérito es de Poncio Pilatos. Cuando a Jesús le dejaron esca­par de la cueva, naturalmente la pregunta fue: «¿A dónde ir?» El único sitio fuera de Israel donde podía estar tranquilo era Cachemira porque es como una pequeña Israel. Y en Ca­chemira, no sólo está enterrado Jesús, sino también Moisés.

Esto os va a causar más estupor. También he estado en su tumba. Soy un enterrador. Naturalmente, otros judíos habían importunado a Moisés con la pregunta:

-¿Dónde está la tribu perdida?

Después de su largo viaje de cuarenta años por el desierto faltaba una tribu. Moisés se equivocó también en esto: si se hubiese dirigi­do hacia la izquierda en vez de la derecha, aho­ra los judíos serían los reyes del petróleo. Pero los judíos son judíos; son impredecibles. Moi­sés viajó durante cuarenta años entre Egipto e Israel.

Yo no soy ni judío ni cristiano, y es algo que no me concierne. Pero a pesar de todo, sólo por curiosidad, me pregunto por qué escogió Israel. ¿Por qué estaba Moisés buscando Israel? En realidad, debería haber estado buscando un lugar hermoso, pero llega la vejez, y después de un tedioso viaje, cuarenta años en el desierto...

Yo no habría podido hacerla. ¡Cuarenta años! No consigo hacerla, ni siquiera cuarenta horas. No puedo. Preferiría hacerme el harakiri. ¿Conocéis el harakiri? Es la forma de desaparecer de los japoneses; en lenguaje corriente, suicidio.

Moisés viajó durante cuarenta años y final­mente llegó a Israel, a ese lugar polvoriento y feo que es Jerusalén. Y después de todo esto (los judíos son judíos) le volvieron a insistir para que fuera en busca de la tribu perdida. Tengo la sensación de que se marchó porque quería deshacerse de estos tipos. ¿Pero dónde buscar? El sitio más hermoso y más próximo eran los Himalayas, y llegó al mismo valle.

Menos mal que ambos, Moisés y Jesús, murieron en India. India no es cristiana, y desde luego no es judía. Pero el hombre o, mejor di­cho, las familias que se encargan de cuidar las dos tumbas son judías, y ambas tumbas están hechas al estilo judío. Los hindúes no hacen tumbas, como bien sabéis. Los musulmanes sí, pero de otra forma. Una tumba musulmana debe orientarse hacia La Meca; la cabeza tiene que estar hacia La Meca. Éstas son las únicas dos tumbas en Cachemira que no están hechas de acuerdo a las reglas musulmanas.

Pero los nombres no son exactamente como esperarías encontrártelos. En árabe, Moisés se dice Mosha, y el nombre que hay en su tumba es Mosha. El nombre de Jesús en árabe es igual que en arameo, Yeshu, que viene del hebreo Joshua; y se escribe del mismo modo. Esto puede llevar a confusión. Quizá no se os ocurra pensar que Yeshu es Jesús, ni que Mosha es Moisés. Moisés es la forma inglesa de -cómo decirlo- pronunciar mal el original, y lo mis­mo ocurre con Jesús.

Joshua, poco a poco, se convierte en Yeshu. Joshua es demasiado; Yeshu está bien, y es exactamente como llamamos a Jesús en India: Isu, pronunciado Isu. Hemos añadido algo a la belleza del nombre. «Jesús» está bien, pero ya sabéis lo que ha pasado con este nombre. Cuando uno quiere maldecir dice «¡Jesús!». Este sonido tiene algo de blasfemia. Intenta maldecir a alguien diciéndole «Joshua» y lo en­contrarás complicado. La misma palabra te lo impide. Es tan femenina, tan hermosa y tan re­donda que no puedes atacar a nadie con ella.

¿Qué hora es?

-Las once y veinte, Osho. Está bien, hemos terminado.

 

 

Sesión 39

 

Devageet, me parece que estás altera­do por algo. A ti no te tiene que afectar, ¿no es cierto?

-Correcto.

.Si no, ¿quién va a tomar apuntes? El es­critor, por lo menos, no tiene que alterarse.

De acuerdo. Estas lágrimas son para ti, por eso salen del ojo derecho. A Ashu no le ha to­cado. Ahora también sale del izquierdo una lá­grima pequeñita para ella. No puedo ser muy duro. Desgraciadamente, sólo tengo dos ojos, y ahí está Devaraj, por el que lloraría con los dos ojos. Es una de las pocas personas a las que he estado esperando, y no en vano. No es mi for­ma de ser. Cuando espero, tiene que suceder. Si no sucede, entonces quiere decir que real­mente no estaba esperando, nada más. Volva­mos a la historia.

Nunca quise conocer a Pandit Jawaharlal Nehru, el padre de Indira Gandhi, por dos razones. Se lo dije a Masto, pero no me escuchó. Él era el hombre apropiado para mí. Pagal Baba había elegido al hombre apropiado para el hombre equivocado. Nunca he estado bien a los ojos de nadie; sin embargo, Masto sí. Nadie sabía que se estaba riendo como un chiquillo, excepto yo. Pero ése era un asunto privado, y había muchas cosas privadas que tengo que sa­car a la luz ahora.

Discutimos durante días y días si debería ir a ver al primer ministro de India. Yo estaba más reacio que nunca. Cuando me piden que vaya a cualquier sitio, aunque sea la casa de Dios, contesto: «Lo pensaré», o «Podríamos in­vitarle a tomar el té».

Discutimos largamente, y no sólo com­prendió los argumentos, sino que comprendió quién era el que discutía, y esto le preocupaba más todavía.

-Puedes decir lo que quieras -dijo, como solía hacer cuando no me podía convencer con un argumento racional-, pero Pagal Baba me lo ha pedido; por tanto, ahora depende de ti.

-Si dices que te lo ha pedido Pagal Baba -afirmé-, lo respetaremos. Si estuviese vivo no le dejaría en paz tan fácilmente, pero ya no está, y no se discute con un muerto, especial­mente si le amas.

Se empezó a reír y dijo:

-¿Qué ha sucedido con tu discusión?

-Cállate la boca -le respondí-. En cuanto sacas a relucir a Pagal Baba, sacar a un muerto de su tumba sólo para vencer en una discusión... y ni siquiera la has ganado; me he rendido yo. Haz lo que has estado discutiendo conmigo durante estos tres días.

Estas discusiones eran tremendamente hermosas, muy minuciosas, sutiles y transcendentes, pero esto no viene a cuento, al menos hoy. Quizá en algún otro círculo.. .

El asunto sobre el que insistía Masto era que tenía 'que ver al primer ministro, porque nunca se sabe, quizá algún día puedas necesitar su ayuda.

-Y tal vez... -añadí (ruido estrepitoso del aire acondicionado).

Éste es el diablo que os contaba que mecanografía los apuntes del pobre Devageet por la noche. Fijaos, ahora está escribiendo directa­mente a máquina. Incluso Ashu se ríe porque no sabe qué hacer. Probablemente, no lo sepa nadie.

(El ruido se detiene.) ¡Genial! Yo mismo he tenido que dejar de hablar, por eso se ha para­do. Si vuelvo a hablar empezará de nuevo, a menos que hagamos algo (de nuevo el traque­teo). ¡Esto es demasiado! Mecanografiar por la noche, en la oscuridad, está bien...

¿Qué estaba diciendo?

-Que Masto te dijo que deberías conocer al primer ministro, porque nunca se sabe, puede que algún día necesites su ayuda.

Le dije a Masto:

-Por favor, quiero que añadas una cosa, puede que algún día el primer ministro me necesite a mí. Estoy dispuesto a ir, porque te lo ha dicho Baba; eso no me cuesta tanto como decepcionarle. De acuerdo. Pero Masto, ¿tendrás valor para añadir esto?

Aunque con indecisión, se puso de pie y dijo:

-Sí; no es sólo una probabilidad, sino que tengo la seguridad de que llegará un día en que él, o el que ocupe la presidencia, necesite tu ayuda. Ahora ven conmigo.

En esa época sólo tenía veinte años y le pregunté a Masto.

-¿Le has dicho a Jawaharlal qué edad ten­go? Él es viejo y es el primer ministro de una de las mayores democracias del mundo, por su­puesto tendrá miles de asuntos en la cabeza. ¿Le queda tiempo para un chico como yo? Me refie­ro a un chico que ni siquiera es convencional, es decir, de un convento.

Realmente, no era convencional. En primer lugar, solía llevar unas sandalias de madera que molestaban en todos los sitios. En realidad, eran una buena declaración de que estaba llegando, acercándome; cuanto más fuerte era el ruido, más cerca estaba.

El director de mi colegio me solía decir:

-Haz lo que quieras. Ve y vuelve a comer de la manzana -era cristiano, por eso lo dijo- ¡y si quieres, cómete también la serpiente! ¡Pero por el amor de Dios, no uses esas sandalias de madera!

-Muéstrame tu libro de normas -le dije-, ése que me enseñas cada vez que hago algo mal. ¿Dice algo sobre las sandalias de madera?

-¡Dios mío! ¿A quién se le iba a ocurrir pensar que un alumno se presentaría con san­dalias de madera? -dijo-. Por supuesto que no se menciona en el libro.

-En tal caso, tendrás que averiguarlo en el Ministerio de Educación; pero, a menos que pasen un documento por escrito que prohíba el uso en la escuela de sandalias de madera, y hagan que todo el mundo se ría de la tontería -le contesté-, yo no vaya cambiar. Soy una persona que acata la ley.

El director del colegio dijo:

-Ya sé que acatas la ley, por lo menos en este asunto. Menos mal que no se te ha ocurri­do que yo también debería usar esos mons­truos de madera.

-No; además soy muy democrático; nun­ca le obligo a nada a nadie. Podrías venir des­nudo y ni siquiera te preguntaría: «Señor, ¿donde están sus pantalones?»

-¡Cómo! -exclamó.

-Sólo estoy diciendo «supón que», lo mismo que haces tú cuando vienes a clase y dices: «Suponed, sólo suponed...» No te estoy di­ciendo que vengas desnudo... realmente, no tienes valor para hacerlo.

(Ruido de traqueteo otra vez.) Sólo Asheesh nos puede ayudar porque, probablemente, el diablo sólo entiende italiano y ningún otro idioma. Está bien. ¿Qué estaba diciendo?

-Le estabas diciendo al director del cole­gio que no tenía valor para presentarse sin pan­talones.

Sí; le dije:

-Sólo es una suposición, del mismo modo que le dices a la clase «Suponed.. .». Nunca te preguntamos si es verdad o no, de modo que no me lo preguntes a mí. Supón que vienes sin los pantalones. Ahora puedo añadir algunas cosas: sin camisa, o incluso sin ropa interior.. . -¡Sal de aquí inmediatamente! -exclamó. -No puedo -le dije-, a menos que me digas que puedo usar las sandalias de madera. La madera es natural y yo soy pacifista, por eso no puedo usar cuero. De modo que, o te obe­dezco y uso cuero como tú (te dices un brahmm, pero con esos zapatos y con esa cara ¿te puedes llamar brahmin?), o tendré que usar las sandalias de madera.

-Haz lo que quieras -respondió-. Pero aléjate de mí todo lo que puedas y lo más rápido que puedas, porque podría hacer algo de lo que me arrepentiría toda mi vida.

-¿Crees que me puedes matar sólo por usar sandalias de madera? -le pregunté.

-No hagas más preguntas ---'dijo-, no me provoques. Pero he de decirte que cuando oigo ese ruido -porque todos los pasillos del colegio eran de piedra- te puedo oír desde cualquier lugar del edificio. No sé por qué, pero es imposible no oírte porque no haces más que moverte, y ese ruido me deja fuera de combate.

-Ése es tu problema -le respondí-. Yo voy a usar las sandalias -y las seguí usando hasta que dejé la universidad. A lo largo de mi vida, desde la escuela secundaria hasta la universidad, siempre he usado sandalias de madera. Todos me conocían porque era el único que llevaba sandalias de madera. Todo el mundo solía comentar:

-Le puedes oír a kilómetros de distancia. Adoraba esas sandalias de madera. En lo que a mí respecta, me encantaban porque solía dar largos paseos de kilómetros, por la mañana o por la noche, y con las sandalias de madera... No sé si alguno de vosotros lo habrá experimentado, pero suena como si alguien estuvie­se andando detrás de ti, y aunque sabes que sólo son tus sandalias que hacen ruido, quién sabe, quizá, tal vez... ¿por qué correr el riesgo? Echas un vistazo. Quieres volverte para mirar y ver quién te está siguiendo. Me ha costado años de entrenamiento no hacer esa tontería, y todavía más tiempo el no pensar en hacer esa estupidez.

-Siempre he sido reacio -le dije a Mas­to-, incluso a cosas a las que cualquier perso­na accedería fácilmente.

Pero el decir sí me llegó muy tarde. Yo se­guía diciendo que no, no, hasta que todos los no se convirtieron en un sí, pero no lo esta­ba esperando.

Bueno, esto se ha convertido en una dis­tracción. En realidad, todo en esta serie va a ser una distracción de algún tipo, pero intentaré volver, cada vez, al punto donde nos hemos desviado.

Accedí. Masto y yo fuimos a casa del primer ministro. No sabía que había tanta gente que ve­neraba a Masto, porque de todas formas no sabía demasiado sobre el mundo. En el camino hacia allí le pregunté.

-¿Has concertado una cita?

Se rió y no me dijo nada.

-Si a él no le preocupa -pensé-, ¿por qué me tengo que preocupar yo? No es asunto mío; yo sólo le acompaño.

Pero cuando cruzamos la verja vi claramen­te que no necesitaba pedir una cita. El policía cayó a sus pies diciendo:

-Masta Baba, hace meses que no vienes, nos encanta volverte a ver. De vez en cuando el primer ministro necesita tu bendición.

Masto se rió y no dijo nada. Entramos. El secretario se postró a sus pies y dijo:

-Sólo tenías que llamar para que te enviásemos el coche del primer ministro. ¿Quién es este chico?

Masto dijo:

-Quiero presentarle este chico a Jawahar­lal y a nadie más. Y ten en cuenta que no debes mencionárselo a nadie en ningún lugar.

Aunque se ocupó de todo, sin embargo, mi principio funcionó. Os he dicho que siempre que se hace un amigo inmediatamente se crea un enemigo. Si no quieres tener un enemigo olvídate de tener amigos. Es el método de los monjes budistas o cristianos: olvidarse de las relaciones, de la amistad y de todo, para no crear enemigos. Pero el propósito de la vida no es so­lamente no crear enemigos.

Os sorprenderá igual que a mí, pero no ese día, sino muchos años más tarde... Ese día era imposible reconocer al hombre que estaba sen­tado en la oficina del secretario esperando su cita. En aquella época todavía no había oído hablar de él, aunque parecía muy arrogante. Pen­sé que debía ser una persona muy poderosa.

-¿Quién es este hombre? -le pregunté a Masto.

-Olvídate de él -dijo-; no es nadie que merezca la pena. Es Morarji Desai.

-¿No vale la pena? -le pregunté.

-Me refiero a auténtico valor -dijo Masto-. No es más que un prestidigitador. Claro, que pertenece al consejo de ministros, y míra­le: está muy enfadado porque es su turno para ver al primer ministro.

Pero Masto era famoso y el primer ministro le llamó, diciéndole a Morarji que esperara. Eso fue un insulto, no intencionado por parte de Jawaharlal, pero probablemente, Morarji no se haya olvidado de esto hasta el día de hoy. Tal vez no se acuerde del chico, pero estoy seguro que se acuerda de Masto. Masto era impresio­nante en todos los aspectos.

Entramos, y no fueron cinco minutos: estu­vimos exactamente una hora y media. Morarji Desai tuvo que esperar. Eso fue demasiado para él. Había concertado una cita para que otra persona, un sannyasin con un muchacho, pasase antes que él ... iY además tuvo que espe­rar noventa minutos!

Por primera vez en mi vida me sorprendí, porque no había ido ahí para conocer a un poe­ta, sino a un político. Me encontré con un poeta.

Jawaharlal no era un político. ¡Qué lástima! No pudo hacer sus sueños realidad. Pero tanto si dices «qué lastima» como si dices «qué bien», un poeta siempre será un fracasado. Incluso su poesía es un fracaso. Su destino es ser un fraca­sado, porque anhela las estrellas. No se confor­ma con lo pequeño, lo finito. Quiere tener todo el cielo en sus manos.

Me cogió totalmente desprevenido. Hasta Jawaharlal se dio cuenta y dijo:

-¿Qué ocurre? El muchacho tiene aspecto de haber sufrido una conmoción.

Masto le respondió sin mirarme:

-Conozco al chico. Por eso te lo he traído. En realidad, si hubiese tenido poder para hacerlo, te habría llevado a ti hasta él.

Ahora le tocaba desconcertarse a Jawaharlal. Pero era un hombre muy culto; me volvió a mirar para medir el significado de las palabras de Masto. Por un momento nos miramos mu­tuamente a los ojos y nos echamos a reír. Su risa no era la de un hombre viejo; seguía siendo la de un niño. Era tremendamente atractivo, lo digo en serio porque he visto a miles de perso­nas hermosas; puedo asegurar que era el más bello de todos, y no sólo por su cuerpo.

Es curioso: estuvimos hablando de poesía mientras Morarji esperaba fuera. Hablamos de meditación y Morarji seguía esperando fuera. Todavía recuerdo la escena, debía estar echan­do humo. En realidad, ese día decidió y selló nuestra enemistad. Por supuesto, no por mi parte; no tengo nada contra él. Sus inquietu­des son estúpidas, no merece la pena estar en contra. Sí; de vez en cuando está bien para re­írse de él. Eso es lo que he hecho con su nom­bre, y su terapia de la orina (beber tu propia orina). Estuvo predicando en América. Nadie pregunta si bebe su propia orina, o la de otra persona; porque cuando alguien bebe orina quiere decir que ha perdido la razón; por tan­to, es capaz de beber cualquier cosa, hasta la orina de otra persona. Y él estaba allí enseñan­do, predicando.

Ese día se convirtió en mi enemigo, pero sin yo saberlo, al menos en lo que a mí respec­ta. Sólo porque tuvo que esperar una hora y media. Se enteró de quién era yo por el secreta­rio; seguramente le preguntó:

-¿Quién es ese chico? ¿Y por qué se lo están presentando al primer ministro? ¿Con qué pro­pósito? ¿Por qué Masta Baba se interesa por él?

Por supuesto, si estás sentado durante una hora y media, tienes que hablar de algo. Lo pue­do entender, pero fue duro de tragar, incluso para él, que era capaz de tragarse su propia orina. Fue un desafío, pero lo más duro de tragar fue cuando vio a Jawaharlal que salía hasta el porche para despedirse de este chico de veinte años.

En ese momento se dio cuenta de que el primer ministro no estaba hablando con Masta Baba sino con este extraño desconocido que llevaba sandalias de madera, y que iba hacien­do ruido por todo el porche; era un maravillo­so porche de mármol. Yo llevaba el pelo largo y un extraña túnica que me había confeccionado yo mismo, porque los sannyasins que me ha­cen la ropa actualmente todavía no estaban allí. Allí no había nadie...

Había cosido una túnica larga muy simple, con dos agujeros para poder pasar las manos cuando hiciese falta, y poderlas meter cuando quisiese. La había hecho yo mismo. No tenía nada de artístico; lo único que había tenido que hacer era coser un pedazo de tela por los dos lados y hacer un agujero para el cuello.

A Masto le gustó, de modo que encargó que le hiciesen una.

-Me la tenías que haber pedido -le dije.

-No, eso sería demasiado -dijo-. No sería capaz de usarla porque la querría conservar.

Salimos de la casa que posteriormente sería la famosa «Trimurti». Actualmente es un museo en memoria de Jawaharlal. Jawaharlal era una persona excelente, en el sentido que no te­nía por qué salir a despedir a un muchacho, es­tar de pie para cerrar la puerta del coche y es­perar hasta que se hubiese ido.

Todo esto lo presenció ese pobre tipo, Morarji Oesai. Es un dibujo animado, pero un dibujo animado que se convirtió en mi enemigo para el resto de mi vida. Aunque no me pudo hacer ningún daño, he de decir que lo intentó. ¿Qué hora es?

-La ocho y veintiuno, Osho.

Dejadme diez minutos, luego me iré a trabajar. Después de esto comienza mi tarea.

 

Sesión  40

 

Estoy de pie (es curioso porque se supo­ne que estoy descansando), quiero de­cir, que en mi memoria, estoy de pie junto a Masto. Por supuesto, no hay ninguna otra persona con la que preferiría estar. Estar con cualquier otra persona después de haber estado con Masto sería pobre, limitado.

Ese hombre era verdaderamente rico en cada una de las células de su ser, y en cada fila­mento de su malla de relaciones que, poco a poco, fui conociendo. No pudo presentarme a todos, era imposible. Yo tenía prisa por hacer lo que llamo no-hacer. Él tenía prisa por hacer lo que llamaba su responsabilidad respecto a mí, como le había prometido a Pagal Baba. Ambos teníamos prisa, y a pesar de lo mucho que él quería no pude aprovecharme de todas sus rela­ciones. Pero también había otros motivos.

Él era un sannyasin tradicional, por lo me­nos en lo exterior, pero yo le conocía más pro­fundamente. No era tradicional, aunque fingía serlo porque la gente quería esa ficción. Sólo ahora puedo entender todo lo que debió sufrir. Nunca he sufrido de ese modo porque me re­sisto a fingir.

No lo creeréis, pero hay miles de personas que esperaban algo de mí que sólo era produc­to de su imaginación. Yo no tenía nada que ver con eso. Los hindúes, entre millones de mis se­guidores (hablo del tiempo antes de comenzar mi trabajo), creían que yo era Kalki. Kalki es el avatar hindú, el último.

Tengo que daros una pequeña explicación que os ayudará a entender muchas cosas. En India, los antiguos hindúes creían que sólo ha­bía diez reencarnaciones de Dios. Naturalmen­te -en aquellos tiempos la gente contaba con los dedos-, diez era el máximo. No podías ir más allá del diez; tenías que volver a empezar desde el uno. Por eso, los hindúes creían que cada ciclo de existencia tenía diez avatares. La palabra «avatar» literalmente quiere decir «el que desciende de lo divino». Diez, porque des­pués del décimo se termina un círculo o ciclo. Comienza inmediatamente uno nuevo, pero vuelve a haber un primer avatar, y la historia continúa hasta el décimo.

Me podréis entender fácilmente si habéis visto contar a los humildes campesinos hindúes. Cuentan hasta diez con los dedos; después vuelven a empezar, uno, dos... En la antigüe­dad, el diez debía ser el máximo. Es curioso, pero sigue siéndolo en lo que se refiere a los idiomas. Más allá del diez no hay nada; el once es una repetición. El once es poner un uno de­trás de un uno, casándolos, metiéndolos en líos, nada más. Después del diez, todos los nú­meros son sólo repeticiones.

¿Por qué son tan originales los números del uno al diez? Porque en todas partes el hombre ha contado con los dedos de la mano.

Tengo que mencionar de paso, antes de con­tinuar (simplemente es una distracción antes de centramos): vuestros números en inglés para de­cir uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez provienen del sánscrito.

Las matemáticas tienen una deuda con el sánscrito, porque sin estos números no habría habido un Albert Einstein, ni una bomba ató­mica; no existiría el Principia Matematica de Bertrand Russell y Whitehead. Estos números son los ladrillos primordiales.

Los cimientos no se colocaron en otro lugar sino en los valles de los Himalayas. Probable­mente, se encontraron con una belleza incon­mensurable e intentaron medida. Quizá hu­biese alguna otra razón, pero una cosa es segura: la palabra sánscrita tri, en inglés se con­vierte en three (tres). Ha tenido que hacer el largo y polvoriento viaje de la palabra. La pala­bra en sánscrito sasth se convierte en el six (seis) inglés; la palabra sánscrita asth se convierte en eight (ocho); y así sucesivamente.

¿Qué estaba diciendo?

-Estabas diciendo que los hindúes creen que eres la décima reencarnación de Kalki. Muy bien. Estás mejorando.

Kalki es la décima y última reencarnación hindú de Dios. Después de él se acaba el mundo, y por supuesto, vuelve a comenzar, del mismo modo que derribas un castillo de naipes para luego volver a empezar. Puede que antes de empezar vuelvas a barajar las cartas para ani­marte un poco; por otra parte, ¿qué les impor­ta a las cartas? Pero volverás a barajar te hace sentir bien.

Exactamente del mismo modo, Dios vuelve a barajar y empieza a pensar:

-Quizá ahora me salga un poco mejor.

Pero haga lo que haga, todas las veces surge un Richard Nixon, un Adolf Hider, un Morarji Desai..., quiero decir que Dios se está equivocando todo el rato.

Sí; de vez en cuando acierta, pero en ese caso el mérito debería ser del hombre, porque triunfa en un mundo donde todo fracasa. Sin duda, no se debe a Dios. El mundo es prueba suficiente del desprestigio absoluto de Dios.

Los hindúes han seguido usando el diez como lo absoluto desde los tiempos del Rigve­da, de eso hace unos diez mil años. Pero los jai­nistas, que son mucho más matemáticos, lógi­cos y anteriores a los hindúes, nunca han creído en la santidad del diez. Tenían sus pro­pias ideas. Por supuesto, también lo han dedu­cido de alguna fuente. Si no lo puedes deducir de tus dedos, alguien lo debió de hacer de otro modo, de alguna otra fuente.

Nunca se ha estudiado claramente lo que hicieron los jainistas, y yo no lo puedo corro­borar con ningún texto porque, probablemen­te, sea la primera vez que lo estoy mencionan­do. Añado «probablemente» por si acaso hay alguien que ya lo ha hecho antes que yo y no lo supiese. Pero conozco casi todas las escrituras que merece la pena conocer. He ignorado las demás. No obstante, es posible que haya igno­rado a alguien del grupo a quien no se debía ignorar; por eso he usado la palabra «probable­mente», de lo contrario, estoy seguro que nadie lo ha dicho antes. De modo que lo vamos a de­cir ahora.

Los jainistas creen en veinticuatro maestros a los que llaman tirthankaras. Tirthankara es una hermosa palabra; significa «el que hace un sitio para tu barco, desde el que puedes cruzar a la otra orilla». Este es el significado de tirth, y tirthtankara significa «el que crea un lugar des­de el que muchísima gente puede cruzar a la otra orilla, la orilla del más allá». Ellos creen en el veinticuatro. Su universo también es un círcu­lo aunque, naturalmente, más grande. Los hin­duistas tienen un círculo pequeño de diez; los jainistas tienen un círculo más grande de vein­ticuatro. El radio es mayor.

Incluso los hinduistas, sin saber qué esta­ban haciendo, se quedaron impresionados por el número veinticuatro, porque los jainistas les podían decir: «¿Sólo tenéis diez? Nosotros tenemos veinticuatro.» Es igual que la psico­logía de los niños: «¿Cuánto mide tu padre? ¿Sólo un metro y medio? Mi padre mide casi dos metros. No hay nadie más alto que mi pa­dre», y este «dios» no es más que una forma paterna.

Jesús tenía razón; solía llamarle Abba, que se puede traducir por «papá» pero no por «dios». Podéis entenderlo: abba es una palabra que indica amor y respeto, y papá no lo es.

Cuando dices «padre», te sucede instantá­neamente algo serio, incluso a la persona que estás llamando padre, porque tiene que ser pa­dre. Probablemente, los cristianos llaman pa­dre a sus sacerdotes por eso; papá no sería ade­cuado, y abba le haría reír a los niños, nadie le tomaría en serio.

Los hindúes provienen de fuera de India. No son originarios del país; son extranjeros, sin pa­saporte. Han ido entrando de Asia central desde hace siglos; de allí provienen todas las razas eu­ropeas: la francesa, la inglesa, la alemana, la rusa, la escandinava, la lituana.,. y así sucesivamente. Todas las «esas» vinieron de Mongolia, que ac­tualmente es casi un desierto. Mongolia no le interesa a nadie. La gente ni siquiera sabe que es un país. Una parte pertenece a China, la mayor parte pertenece a Rusia, y están librando una guerra fría constante sobre dónde trazar la línea, porque Mongolia sólo es un desierto.

Pero toda esta gente, especialmente los arios, proviene de Mongolia. Vinieron a India porque, de repente, se empezó a convertir en un desierto, y su población estaba aumentando como la de los hindúes. Tenían que emigrar en todas las direcciones. Menos mal, así es como aparecieron todos estos países.

Pero India ya era un país muy refinado antes de que llegasen los arios. No era como Eu­ropa. Cuando los arios llegaron a Alemania y a Inglaterra no encontraron a nadie contra quien luchar; encontraron una hermosa tierra donde no había nada que temer. Pero en India fue una historia diferente. La gente que vivía en India antes de que entrasen los arios debían de ser muy civilizados. Quiero decir, de verdad, no sólo porque viviesen en ciudades

Se han hecho excavaciones en dos de las ciudades de esa época: Mohenjodaro en Pakis­tán, que antes era parte de India, y Harappa. Estas ciudades muestran cosas extrañas: tenían calles anchas, de veinte metros de ancho; edifi­cios de tres pisos; baños; sí, habitaciones con cuarto de baño. En India todavía hay millones de personas que no saben que existe tal cosa. De hecho, si se lo contaras se echarían a reír, pensarían que estás un poco loco; ¿un cuarto de baño junto a tu dormitorio? ¿Estás loco?

El diseñador más vanguardista seguramente parecería un poco loco incluso para vosotros, porque el último diseño de Escandinavia es un cuarto de baño con un dormitorio en su inte­rior. Todo el asunto toma una nueva perspecti­va. Básicamente, se trata de un cuarto de baño, y el dormitorio está en una esquina, sin que haya una separación. El cuarto de baño es lo fundamental: tiene una pequeña piscina, y todo lo que necesites, hasta una cama..., pero el baño no es contiguo a la habitación, sino que la cama está dentro del cuarto de baño.

Probablemente éste sea el perfil de las cosas en e! futuro, ¡pero si se lo cuentas a los millo­nes de personas que hay en India...! Yo era la única persona del pueblo -del pueblo de mi abuelo, donde viví tanto tiempo- con un cuarto de baño anexo a la habitación, y la gen­te hacía chistes sobre esto. Me solían preguntar:

-¿Realmente tienes un baño junto a tu ha­bitación? -y lo decían en voz baja

- Yo les respondía:

-No tengo por qué ocultado; es verdad, ¿y qué?

-No nos lo podemos creer -decían-,

porque nadie ha oído hablar jamás de un baño junto a un dormitorio en estas tierras. Eso debe ser tu abuela. Esa mujer es peligrosa. Debe haber traído esa idea. Por supuesto, no es de los nuestros; ha venido desde un lugar re­moto. Las historias que hemos oído de su lugar de nacimiento no se las contaríamos a un niño.   No te lo deberíamos contar.

Yo les dije:

-No os preocupéis. Me lo podéis contar porque ella también lo hace.

-¡Mira, te hemos avisado! Ella es una mu­jer extraña de Khajuraho. En ese lugar no pue­de haber gente buena.

Quizá haya algo de mi Nani que ha dado origen en mí a lo que ellos llamaban «malo», y yo llamo «bueno».

El hinduismo no es, como ellos se atribu­yen, la religión más antigua de la tierra. Es el jainismo, que es una pequeña minoría y muy cobarde. Pero ellos introdujeron la idea del veinticuatro. ¿Por qué veinticuatro? Me lo he preguntado. Lo discutí con Masto, con mi ma­dre y con la que se decía mi suegra, de la que os hablaré más adelante. Nadie le llamaba suegra delante de mí, porque ambas eran peligrosas. Después de mi Nani, era sin duda la mujer más atrevida que he conocido. Por supuesto, no le puedo dar el primer puesto.

Era casi un chiste que le llamaran mi madre política, pero si analizas las palabras, madre­política... era casi una madre para mí, si no de sangre, sí por ley. No es que estuviese casado con su hija, pero la hija estaba enamorada de mí. Sobre esto os hablaré en otro círculo, por­que es un círculo muy vicioso, y no quiero co­menzar ahora.

¿Qué hora es?

-Las diez y media, Osho.

Magnífico. Sólo diez minutos para mí. Ha sido precioso.

(Osho empieza a reírse entre dientes. Intenta explicar de qué se está riendo... pero está muerto de risa.)

 

 

Sesión 41

 

De acuerdo. Ni siquiera he podido empezar a contaros lo que os quería contar. Probablemente, no tenía que ser, porque he intentado retornar el hilo muchas veces, pero ha sido en vano, y luego todo ha vuelto a su sitio. Pero ha sido una se­sión muy fructífera, aunque no se dijese ni se oyese nada. Ha habido mucha risa aunque yo me sentía aprisionado.

Os preguntaréis por qué me estaba riendo. Menos mal que no tengo un espejo delante. Os tenéis que encargar de que haya uno para que este lugar pueda ser lo que pretende ser. Pero ha estado muy bien. Me he desahogado. No me había reído tanto desde hacía años. Algo dentro de mí ha decidido esperar hasta esta mañana, pero no he hecho ningún esfuerzo en ese sentido, al menos hoy, aunque quizá algún otro día lo haga.

A veces se superponen los círculos y lo van a seguir haciendo una y otra vez. Hago lo que puedo para mantener direcciones bien defini­das pero los círculos intentan rodear todo lo que encuentran. Están locos o quién sabe, qui­zá son budas que intentan echar un vistazo al viejo mundo otra vez, para ver cómo marchan ahora las cosas. Pero ésa no es mi intención. No conseguía llegar a donde quería llegar y me empecé a reír, en lugar de ignorar vuestras risas y seguir.

Bueno, esto sólo es la introducción, pero esta mañana me he dado cuenta de una cosa; no es que no me hubiese dado cuenta antes, pero no me había dado cuenta de que lo tenía que contar. Ahora tengo que contado.

EI 21 de marzo de 1953 sucedió algo extraño. Sucedieron muchas cosas raras, pero sólo voy a hablar de una. Las demás saldrán cuando les to­que. De hecho, todavía es un poco pronto para contado en mi historia, pero hoy por la mañana me acordé de esta cosa tan singular. Después de aquella noche perdí el sentido del tiempo. Por más que lo intente, no consigo -como hace casi todo el mundo- acordarme de la hora.

No sólo eso, sino que por la mañana, es de­cir, todas las mañanas, tengo que mirar por la ventana para ver si es por la tarde o por la no­che, porque duermo un par de veces cada día y al despertarme por las tardes, lo primero que hago es mirar el reloj. De vez en cuando, el re­loj me gasta una broma: deja de funcionar. Marca las seis, por lo que se debe haber deteni­do por la mañana. Por eso tengo dos relojes y un despertador, para comprobar si alguno de ellos me está gastando una broma.

Hay otro reloj que es más peligroso, mejor no mencionarlo. Se lo quiero regalar a alguien pero todavía no he encontrado a la persona apropiada para este reloj, porque en vez de un regalo será un auténtico castigo. Es electrónico, y siempre que se va la luz, aunque sólo sea un segundo, el reloj vuelve a marcar las doce y parpadea: 12... 12. . . 12. .. Simplemente para indicar que se ha ido la luz.

Hay veces que lo tiraría, pero me lo regaló alguien, y no tiro las cosas con facilidad. Es una falta de respeto. Por eso estoy esperando a que aparezca la persona indicada.

No tengo sólo uno, sino dos relojes de ese tipo, uno en cada habitación. Alguna vez me han decepcionado cuando me he acostado a dormir la siesta. Suelo hacerlo a las once y me­dia en punto, o como mucho a las doce, pero raras veces. Miré a través de un agujerito entre las mantas en un par de ocasiones y el reloj marcaba las doce, de modo que pensé:

-Eso significa que me acabo de acostar. Y me volví a dormir.

Después de un par de horas volví a mirar:

-Las doce, qué extraño... hoy el tiempo parece haberse detenido del todo -pensé-. Me volveré a dormir porque ahora todo el mundo está durmiendo.

De modo que me volví a dormir.

Ahora le he dado instrucciones a Gudia para que me despierte después de las dos y cuarto, si no me he levantado.

-¿Por qué? -me preguntó.

-Porque si no me despierta nadie –le dije- seguiría durmiendo eternamente.

Todas las mañanas tengo que decidir si es por la mañana o por la noche, porque no lo sé, no tengo ese sentido. Lo perdí el día que os he contado.

Cuando te pregunté esta mañana: -¿Qué hora es?

Dijiste:

-Las diez y media.

-¡Dios mío! -pensé-. Esto es demasiado. Mi pobre secretaria debe estar esperando desde hace una hora y media, y yo todavía no he empezado mi historia.

De modo que dije, como para terminar:

-Dame diez minutos.

El verdadero motivo es que creía que era de noche.

Devaraj también lo sabe; ahora me puede entender perfectamente. Una mañana, cuando me             acompañaba hacia el cuarto de baño, le pregunté:

-¿Mi secretaria está esperando?

Él me miró asombrado. Tuve que cerrar la puerta para que se recuperase. Si seguía de pie en la entrada, esperando... ya conocéis a Deva­raj; nadie es tan amoroso conmigo. No era ca­paz de decirme que no era de noche. Según él, si yo estaba preguntando por mí secretaria de­bía haber alguna razón; y por supuesto, ella no estaba allí y no era su hora de venir; por tanto, ¿qué respuesta me tenía que dar?

No dijo nada. Simplemente se quedó en si­lencio. Yo me reí. La pregunta le puso en un apuro pero lo que os cuento es verdad, porque siempre he tenido problemas con el tiempo. Me las ingenio de alguna forma, usando extra­ños recursos. Fijaos en este recurso: ¿alguna vez habéis visto a un buda hablar así?

Estaba diciendo que el jainismo es la reli­gión más antigua. Tened en cuenta que no la valoro sino que la desvaloro. Pero un hecho es un hecho; apreciar o depreciar, ésa es nuestra actitud. En Occidente se sabe muy poco del jainismo, y no sólo en Occidente, incluso en Oriente, a excepción de algunas partes de In­dia. Esto se debe a que los monjes jainistas van desnudos. No pueden trasladarse a comunida­des que no sean jainistas. Serían apedreados, asesinados, incluso en el siglo xx.

El gobierno británico, que permaneció en India hasta 1947, tenía una ley especial para los monjes jainistas; sus  discípulos tenían que solicitar un permiso antes de entrar en una ciudad. Sin el permiso no se les permitía entrar. Aunque lo tengan, no se les permite entrar en ciudades tan grandes como Bombay, Nueva Delhi o Calcuta. Sus discípulos tienen que rodearles de tal forma, que nadie pueda ver que ellos están desnudos.

Digo «ellos» porque los monjes jainistas no pueden viajar solos. Tienen que ir con un grupo de monjes, por lo menos cinco; ése es el límite mínimo. Ponen este límite para que se espíen unos a otros. Es una religión muy -como di­ríais vosotros- «sospechosa», naturalmente sospechosa, porque todos sus mandamientos son antinaturales.

Es invierno y estás tiritando, te gustaría sentarte al Iado del fuego, pero un monje jai­nista no se puede sentar junto al fuego porque el fuego es violencia. El fuego mata porque, para hacerlo, se necesitan árboles y matamos a los árboles. Probablemente, estarán de acuerdo los ecologistas. Y cuando estás haciendo un fuego se queman muchas criaturas pequeñas, vivas pero invisibles a simple vista. Algunas ve­ces la madera tiene hormigas u otro tipo de in­sectos que viven dentro del tronco.

En pocas palabras, los monjes jainistas no se pueden acercar a un fuego. Por supuesto, no pueden usar mantas porque están hechas de lana; esto, de nuevo, es violencia. Siempre se podría encontrar alguna otra cosa, pero como no pueden poseer nada... La no-posesión es fundamental, y los jainistas son muy extremis­tas o Han llevado la lógica de la no-posesión hasta el extremo.

Los monjes jainistas son dignos de verse: puedes ver lo que la lógica le hace al hombre. Es feo porque está desnutrido: está en los huesos, es casi un cadáver; aunque su cuerpo es raquíti­co, la barriga es grande. Aunque sea extraño es comprensible. Ocurre siempre que hay escasez y la gente se muere de hambre. Seguramente, habréis visto fotos de niños con barrigas gran­des, enormes; y sus extremidades, las manos y las piernas no son más que huesos cubiertos de piel, y esta piel tampoco es muy agradable... porque está casi muerta. Lo mismo le sucede al monje jainista.

¿Por qué? Yo lo entiendo porque los he visto a ambos. Inmediatamente me llamaron la atención la barriga de los niños hambrientos y la de los monjes jainistas. ¿Por qué? Porque los dos tienen el mismo tipo de barriga, y sus cuer­pos también son parecidos. Los rostros tam­bién. Perdonad que lo diga, pero son rostros sin rostro; no expresan nada, no muestran nada. No son solamente páginas vacías, sino páginas que han estado largo tiempo esperando que se escribiera algo en ellas para hacerlas significativas..., pero se han ajado sin que lle­gase nadie.

Tienen tanta amargura contra el mundo que se han dado la vuelta -mejor dicho, se han enrollado, porque estoy usando como sím­bolo las páginas-; se han enrollado y se han cerrado a la posibilidades futuras. Hay que ayudar al niño hambriento; pero aún más al monje jainista, porque piensa que lo que está haciendo está bien.

Pero, inevitablemente, una religión antigua es muy estúpida. La estupidez es prueba de su antigüedad. El Rigveda 17 menciona al primer maestro jainista, Rishabhdeva. Se cree que fue el fundador de esta religión. Aunque no lo puedo asegurar porque no quiero culpar a na­die, particularmente a Rishabhdeva, al que no he conocido, ni creo que le conozca tampoco.

Si realmente fue el fundador de este estúpi­do culto, entonces soy la última persona que querría conocer. Pero ésta no es la cuestión; la cuestión es que los jainistas tienen un calenda­rio diferente. No cuentan los días de acuerdo al sol sino a la luna, naturalmente, porque su año está dividido en veinticuatro partes, de modo que tienen veinticuatro tirthankaras. Su uni­verso representa un círculo de un año que se rige por la luna, de la misma manera que otra gente se rige por el sol. Todo es arbitrario. De hecho, en este momento opino que todo este asunto es estúpido.

Si os fijáis en el calendario inglés y veis qué estupidez, me podréis entender. Es muy fácil reírse de los jainistas cuando no sabes nada so­bre ellos. Deben ser idiotas. ¿Pero qué me decís del calendario inglés? ¿Cómo puede ser que un mes tenga treinta días, otro treinta y uno, otro veintinueve días y otro veintiocho? ¿Qué ton­tería es esta? Y el año tiene trescientos sesenta y cinco días, no porque se haya hecho con arre­glo al sol, no es por culpa del sol.

Trescientos sesenta y cinco días es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol. Depende de ti cómo lo quie­ras dividir, ¿pero trescientos sesenta y cinco.. .? Trescientos sesenta y cinco siempre ha causado dificultades, porque no es exactamente tres­cientos sesenta y cinco; queda un resto que se convierte en un día cada cuatro años. Eso quie­re decir que el año completo serían trescientos sesenta y cinco días más un cuarto de día. ¡Un año muy raro!

¿Qué se puede hacer? Hay que arreglárselas, de modo que se dividen los meses en diferente número de días, y cada cuatro años, febrero tiene un día más. ¡Qué calendario más extraño! No creo que los ordenadores admitan este tipo de disparates.

Del mismo modo que hay tontos que se rigen por el sol, los hay que se rigen por la luna. Son verdaderos lunáticos porque creen en el ciclo lunar. Entonces, por supuesto, su año se divide en doce partes y cada mes tiene dos divisiones. Estos tontos siempre son grandes filósofos; in­ventan extrañas hipótesis. En la tradición de los tontos jainistas la hipótesis era esta. Todas las tradiciones son absurdas, esta no es más que otra tradición de tontos.

Los jainistas creen que hay veinticuatro tirthankaras, y que cada ciclo vuelve a tener veinticuatro tirthankaras. Los hindúes se sintieron menospreciados. La gente empezó a preguntarles:

-¿Cómo es que sólo tenéis diez, no tenéis veinticuatro?

Naturalmente, los sacerdotes hinduistas comenzaron a hablar de los veinticuatro avatares. Tomaron prestada esta tontería. En primer lugar, es una tontería, y en segundo lugar es prestada. Es lo peor que le puede suceder a nadie. Y eso es lo que le ha sucedido a un gran país con millones de habitantes.

Fue una epidemia tan contagiosa que cuando Buda murió los budistas se sintieron muy engañados, o ¿cómo se diría?, desdeñados, menospreciados, humillados. ¿Por qué Buda no les había hablado del número veinticuatro? «Los jainistas lo tienen, los hinduistas lo tienen... y nosotros sólo tenemos un buda.» Así fue como crearon a los veinticuatro budas que precedieron a Gautama el Buda.

Ahora podéis ver hasta qué punto llega el disparate. Sí, puede seguir y seguir... Eso es lo que quiero decir, pero tengo que acabar la frase. Tened en cuenta que no quiere decir que esté poniendo punto y final a la necedad; ésta no tiene fin.

Si eres estúpido, serás tan infinitamente estú­pido como sabio es Dios. Yo no sé nada de Dios ni de su sabiduría, pero sí conozco vuestra nece­dad. Estoy aquí para eso: para ayudarlos a libera­rse de la estupidez que llevan encima. Primero lo usaran los jainistas, después lo tomaran prestado los hinduistas, más tarde también los budistas y finalmente el número veinticuatro se ha conver­tido en una absoluta necesidad.

Conocí a un hombre, Swami Satyabhakta. Me pregunto por qué la existencia tolera a este tipo de personas. Creía ser el vigésimo quinto tirthankara Mahavira fue el vigésimo cuarto. Por supuesto, los jainistas nunca se lo perdona­ron a Satyabhakta y le expulsaron.

Yo le dije:

-Satyabhakta, si quieres ser un tirthankara, ¿por qué no eliges ser el primero? ¿Para qué hacer cola toda la vida haciendo todo lo posible por ser el vigésimo quinto, el último? Echa un vistazo detrás de ti: no hay nadie.

Hizo un gran esfuerzo y todos los días trabajaba duramente escribiendo cientos de libros; era muy erudito. Eso también demuestra que era tonto, pero no un tonto cualquiera, sino un tonto extraordinario.

-¿Por qué no inventas tu propia religión y tienes tu propia verdad? -le pregunté.

-Ése es el problema -dijo-, que no estoy seguro.

-Por lo menos no molestes a los demás -le dije-. Primero decídete. Espera, voy a llamar a tu esposa.

-¡No, no! -dijo.

- Espera, estoy avisando a tu esposa. No me detengas -le dije.

Pero no era necesario avisarla porque ya había llegado. En realidad, la había visto venir, por eso le dije:

-No me detengas.

Nadie la podía detener; ya estaba viniendo.

No uso la palabra «viniendo» como vosotros, los occidentales. Estaba viniendo de verdad, y venía con mucho ímpetu.

Me refiero a que realmente entró con mucho ímpetu y me preguntó:

-¿Por qué pierdes el tiempo con este bobo? Yo he malgastado toda mi vida y no sólo lo he perdido todo, sino que he perdido hasta mi religión. A mí también me van a expulsar, naturalmente, porque le han expulsado a él. Sólo se nace jainista después de haber pasado millones de vidas; y este bobo no sólo se ha caído él, sino que me ha degradado a mí. Menos mal que es impotente y no tenemos hijos; si no, los expulsarían también.

Yo era el único que me estaba riendo, y les dije:

-Reíros. Es fantástico. Tú eres impotente.

No lo digo yo, lo dice tu mujer. No sé qué cono­cimientos tiene de ginecología, pero si ella lo dice y tú lo oyes sin tan siquiera levantar los ojos es prueba suficiente de que ella es ginecólogo. Eres impotente, ¡estupendo! Ni siquiera puedes lograr que tu mujer sea tu discípula, iY estás intentando demostrar que eres el vigésimo quinto tirthankara! Esto es muy divertido, Satyabhakta.

Nunca me lo perdonó, simplemente porque me lo encontré en el momento preciso. Satyabhakta sigue siendo un enemigo, aunque me compadezco de él. Al menos, puede decir que tiene un enemigo. En cuanto a amigos se refiere, no tiene ni uno, y se lo debe a su mujer.

Morarji Desai se convirtió en mi enemigo de la misma forma. No tengo nada contra él, pero se sintió muy ofendido porque tuvo que esperar noventa minutos por culpa de un muchacho que no tenía importancia política alguna. Cuando vio que el primer ministro le abría la puerta del coche al muchacho... Todavía recuerdo la escena, ¿cómo podría describirlo? El hombre tenía algo baboso, escurridizo. No había forma de sujetarlo. Siempre se escurría, y cada vez que se escurría, se ensuciaba más. Había algo baboso y escurridizo en sus ojos, lo recuerdo. Le volví a ver más tarde, en otras tres ocasiones. En algún otro círculo lo abordaré.

Muy bien. Después de esta experiencia solamente un «no» sirve de algo, porque no hay nada como un no.

Muy bien.

Devageet, déjalo ya. Tengo otras cosas que hacer. Gudia ha abierto la puerta para recordármelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 42

 

Muy bien. ¿Qué os estaba contando? No me acuerdo; recordádmelo.

-Estabas diciendo que Morarji Oesai y Satyabhakta se hicieron enemigos tuyos, y lo último que has dicho es que recuerdas que Morarji Desai tenía algo en los ojos que lo hacía baboso y resbaladizo.

Bueno. Es mejor no recordarlo. Probablemente, no me podía acordar por eso; de lo contrario, no tengo mala memoria, al menos nunca me lo han dicho. Incluso los que no es­tán de acuerdo conmigo dicen que tengo una memoria prodigiosa. Cuando viajaba alrededor del país recordaba el nombre y las caras de mi­les de personas; y no sólo eso, sino que cuando nos volvíamos a encontrar sabía inmediatamente dónde los había visto la última vez, lo que les había dicho, lo que me habían contestado..., podían haber pasado diez o quince años. Natu­ralmente, se quedaban asombrados. Menos mal que me falla la memoria exactamente don­de debería, y es en Morarji Desai.

No lo creeréis, pero hasta Dios hace carica­turas. Había oído decir que hacía criaturas, ¿pero caricaturas? ¿Las hace especialmente para los dibujos animados? Morarji es una caricatu­ra viviente. Yo no me había reído de él; estaba rebosante con el curioso encuentro que habían tenido el chico y el primer ministro, y del modo que habían estado hablando. Todavía no me puedo creer que un primer ministro hable de ese modo. Prácticamente, sólo escuchaba, haciendo preguntas para que la conversación pudiese seguir. Parecía como si quisiese que si­guiera para siempre, porque su secretario per­sonal abrió muchas veces la puerta para mirar. Pero Jawaharlal realmente era una buena per­sona. Volvió la silla de espaldas a la puerta; su secretario sólo le podía ver la espalda.

Esto lo entendí más tarde, cuando Masto me explicó que era la primera vez que veía a Ja­waharlal colocarse de espaldas a la puerta. Me contó que el secretario personal abría la puerta para anunciar que se había terminado el tiempo y que había otra visita esperando para entrar.

Pero Jawaharlal no estaba interesado en ninguna otra cosa en el mundo. Parecía que sólo quería oír hablar de vipassana. Debido a la situación, yo dudaba si contarle qué era el vipassana. Os tengo que decir el significado de la palabra vipassana. Quiere decir «mirando hacia atrás». Passan significa «mirando»; vipassana significa «mirando hacia atrás».

Lo que estoy haciendo en este momento es Vlpassana.

Le daba patadas con el pie a Masto pero él estaba sentado como un yogi. Esperaba que yo haría algo por el estilo y se había preparado, de alguna forma estaba listo para todo. Le di un golpe muy fuerte.

-¡Aaay! -gritó.

-¿Qué pasa? -exclamó Jawaharlal. -Nada -dijo Masto.

Yo repliqué:

-Está mintiendo.

-Esto es demasiado -dijo Masto-. Me has pegado, y me has dado tan fuerte que se me olvida que me tengo que quedar callado y no convertirme en un balón en tus manos, y ahora le dices a Jawaharlal que estoy mintiendo.

-Ahora no te está mintiendo, sino que te está diciendo cómo te puedes olvidar -dije-, porque vipassana significa no olvidarse.

Y le aclaré a Masto:

-Le estaba explicando el vipassana a Jawaharlal, por eso te golpeé fuerte. Perdóname, por favor, y no des por hecho que haya sido la última vez.

Jawaharlal se rió a carcajadas... se rió tanto que le empezaron a salir lágrimas de los ojos. Ésa es siempre la cualidad de un buen poeta, no la de uno corriente. Los poetas corrientes se pueden comprar, quizá en Occidente sean un poco más caros, pero de lo contrario, con un dólar habría bastante para comprar una docena. No era ese tipo de poeta, de a dólar la docena. Era realmente uno de esos raros individuos a los que Buda llamó bodhisattvas. Le llamaré bodhisattva.

Estaba, y sigo estando, asombrado de cómo puede haber llegado a primer ministro. Pero el primero de todos los primeros ministros de India era de una categoría absolutamente diferente a la de cualquier otro primer ministro posterior. No le eligió la gente; de hecho, no fue un candidato elegido. Le eligió Mahatma Gandhi.

Gandhi, a pesar de todos sus errores, al me­nos hizo una cosa que incluso yo puedo apre­ciar. Es lo único; por lo demás, estoy en contra de Mahatma Gandhi punto por punto. Pero, por qué tuvo que escoger a Jawaharlal es otra historia que quizá no está destinada a ser parte de este círculo. Lo que sí me importa es que por lo menos era sensible a las personas poéti­cas. Sin duda era un asceta; y a pesar de toda su necedad fue lo bastante sensible como para ele­gir a Jawaharlal.

De este modo un poeta llegó a ser primer ministro; es la única posibilidad que tiene un poeta de ser primer ministro, a no ser que un primer ministro enloquezca y se vuelva poeta, pero eso ya no sería lo mismo.

Estuvimos hablando de poesía. Yo pensaba que hablaría de política. Incluso Masto, que le conocía desde hace años, estaba asombrado de que hablara de poesía y del sentido de la experiencia poética. Me miró como si yo supiera la respuesta.

-Masto -le dije-, tú tendrías que saberlo mejor. Conoces a Jawaharlal desde hace muchos años. Yo hasta ahora no sabía nada de él. Todavía nos estamos presentando. De modo que no me mires con ojos inquisitivos, aunque comprendo tu pregunta: «¿Qué ha pasado con el político? ¿Se ha vuelto loco?» No; yo te digo, y a él también, que no es un político, quizá lo sea por casualidad, pero no por su naturaleza intrínseca.

Jawaharlal asintió con la cabeza y dijo: -Por lo menos hay una persona en mi vida que lo ha dicho exactamente, ya que yo no era capaz de formularlo con claridad. No era una cosa determinada..., pero ahora sé lo que sucedió. Ha sido un accidente.

-Sí -añadí-, y además un accidente fatal. Nos reímos todos. Pero entonces dije:

-Ha sido un accidente fatal, pero tu poeta no ha sufrido daños, y esto es lo único que me importa. Todavía puedes ver las estrellas como las vería un niño.

-¡De nuevo! .. .Porque me encanta mirar las estrellas -exclamó-, ¿pero como has podido saberlo?

-No tengo nada que ver. Sé lo que es ser un poeta -le contesté-, por eso te lo puedo describir en detalle. Así que, por favor, a partir de este momento no te asombres. Sólo tienes que dejar de preocuparte. y realmente se relajó. De lo contrario, a un político le resultaría imposible relajarse.

En India, la mitología dice que cuando se muere una persona corriente viene el diablo para llevárselo, pero cuando se muere un po­lítico tienen que venir un montón de diablos, porque no se puede relajar ni siquiera estan­do muerto. No se lo permite. Jamás permite que suceda algo espontáneamente. No cono­ce el significado de algo tan simple como «dejarse ir».

Pero este hombre, Jawaharlal, se relajó in­mediatamente y me dijo:

-Contigo me puedo relajar. Y Masto nun­ca ha sido una fuente de tensión para mí, de modo que también se puede relajar; yo no se lo impido, a menos que se lo esté impidiendo el ser un swaml, un sannyasin o un monje.

Nos echamos a reír. Y éste no fue el último encuentro sino el primero. Masto y yo pensábamos que era el último, pero cuando nos marchábamos, Jawahadal dijo:

-¿Podéis venir mañana a la misma hora? Yo me encargaré de que este tipo -dijo señalando a Morarji Oesai- no esté aquí. Incluso su presencia apesta, y ya sabéis a qué. Lo siento, pero estoy obligado a mantenerle en el gabinete de ministros porque tiene una cierta importancia política. ¿Y qué más da que beba su propia orina? No es asunto mío.

Nos volvimos a reír y nos fuimos.

Esa noche nos llamó por teléfono para recordamos:

-No lo olvidéis. He cancelado todas mis citas y os estaré esperando a los dos.

No teníamos nada más que hacer. Masto había venido para que conociese al primer mi­nistro, y eso ya estaba hecho. Masto dijo:

-Si el primer ministro lo desea, tenemos que quedarnos. No podemos decirle que no, no sería beneficioso para tu futuro.

-No te preocupes por mi futuro -le dije-. ¿Será beneficioso para Jawaharlal o no?

-Eres imposible -dijo Masto.

Y tenía razón, pero lo descubrí demasiado tarde, cuando ya era difícil cambiar.

Me he acostumbrado tanto a ser lo que soy que me resulta difícil cambiar incluso en las cosas pequeñas. Gudia lo sabe; me intenta en­señar a no salpicar agua en el baño de todas las formas posibles. ¿Pero se me puede enseñar algo? No puedo parar. No es que quiera tortu­rar a las chicas ni que tenga que torturarlas to­dos los días dos veces, pero tomo dos baños y, naturalmente, tienen que limpiar dos veces.

Por supuesto, Gudia cree que podría bañar­me de forma que no hubiera que recoger el agua de todas partes. Pero finalmente ha desis­tido de enseñarme. No puedo cambiar. Cuan­do me ducho disfruto tanto que me olvido y salpico el agua por todos partes. Si no salpicase tendría que controlarme incluso en el baño.

Fijaos en Gudia: le divierte la idea porque sabe exactamente de qué estoy hablando. Cuando me ducho me ducho de verdad, y no salpico solamente el suelo, sino las paredes también, y si te toca limpiar es tu problema. Pero si limpias con amor, como lo hacen los que limpian para mí, entonces, es mejor que el psicoanálisis y mucho mejor que la meditación trascendental. Ahora ya no puedo cambiar.

Bueno, ya ha ocurrido lo que contaba Masto. Lo que era futuro entonces, ahora es pasado. Pero yo soy el mismo, he seguido siendo el mismo. De hecho, me parece que la muerte no ocurre cuando dejas de respirar, sino cuando dejas de ser tú mismo. Por eso nunca he hecho concesiones.

       Volvimos al día siguiente y Jawaharlal había invitado a su yerno, el marido de Indira Gan­dhi. Me pregunté por qué no habría invitado a su hija. Más tarde Masto me explicó:

-Indira cuida a Jawaharlal, su mujer se murió siendo joven y solamente tiene una niña, su hija Indira, que ha sido para él como una hija y como un hijo.

En India, cuando una hija se casa tiene que ir a casa de su marido. Se convierte en parte de la otra familia. Indira nunca se marchó. Senci­llamente se opuso. Dijo:

-Mi madre se ha muerto, y no puedo de­jar solo a mi padre.

Esto fue el principio y el fin de su matrimo­nio. Siguieron siendo esposos pero Indira nun­ca formó parte de la familia de Feroze Gandhi. Hasta Sanjay y Rajiv, sus dos hijos, pasaron a formar parte de la familia de su madre.

Masto me dijo:

-Jawaharlal no puede invitarlos a los dos a la vez; empezarían a discutir automáticamente.

-Qué curioso -le dije-. ¿No se pueden olvidar de que son esposos ni siquiera durante una hora?

-Es imposible olvidarse ni un momento -dijo Masto-. Ser marido o mujer es una declaración de guerra.

Aunque la gente lo llama amor, realmente se trata de una guerra fría. Y es preferible tener una guerra caliente, especialmente en el frío invierno, que tener una guerra fría veinticuatro horas al día. Se congela hasta tu ser.

Nos sorprendió que nos invitara un tercer día. Pensábamos marchamos ya que el segundo día no nos había dicho nada. El tercer día por la mañana, Jawharlal llamó por teléfono. Tenía un número privado que no salía en el listín telefónico. Sólo conocían ese número unos cuantos, las personas más próximas.

Le pregunté a Masto:

-Nos ha llamado él mismo; ¿no podía pedirle a su secretario que lo hiciera?

-No -dijo Masto-; ése es su número privado; ni siquiera su secretario sabe que nos está invitando. El secretario se enterará cuando nos vea llegar al porche.

Y el tercer día Jawaharlal me presentó a Indira Gandhi. Solamente le dijo:

-No preguntes quién es, porque ahora mismo no es nadie, pero llegará un día en que sea alguien.

Sé que se equivocaba. Sigo sin ser nadie, y seguiré sin ser nadie hasta el final. Ser nadie es una dicha enorme; vuelas en el espacio. Yo debo ser una de las personas más voladas del mundo. A pesar de todo, procurad no ser na­die. Es fantástico, realmente genial.

Pero no hay nadie que quiera ser nadie, nadie, nada, y naturalmente, eso es lo que Jawaharlal le estaba diciendo a Indira:

-Ahora no es nadie, pero puedo predecir que un día será alguien.

Jawaharlal, estás muerto, pero lamento decirte que no pude cumplir tu predicción. Afortunadamente, has fallado.

Éste fue el comienzo de mi amistad con Indira. Tenía un cargo muy alto, y poco después fue nombrada presidenta del partido del gobierno en India, y más tarde ministra del gabinete de Jawaharlal y finalmente primera ministra. Indira es la única mujer que he conocido, que consiguió gobernar a esos idiotas, a los políticos, y lo hizo bien.

No sé cómo lo pudo conseguir. Probablemente, aprendió todos los defectos que tenían cuando todavía ella no era nadie, sólo la cuidadora del pobre Jawaharlal. Pero conocía sus defectos tan bien que le tenían miedo, temblaban. Ni siquiera Jawahadal pudo echar a ese perfecto idiota de su gabinete: Morarji Desai.

Se lo conté a Indira en un encuentro posterior. Tal vez llegue el momento o tal vez no, por eso prefiero mencionarlo ahora. No se puede confiar en los círculos. Se lo dije en nuestro último encuentro, eso fue cinco años después de la muerte de Jawaharlal; alrededor de 1968. Ella me respondió:

-Lo que dices es totalmente correcto, me gustaría poderlo hacer, pero ¿qué puedo hacer con personas, como Morarji? Están en mi gabinete y además son mayoría. Aunque pertenecen a mi partido, no lo podrían entender si llego a poner en práctica lo que me estás contando. Estoy de acuerdo contigo, pero me siento impotente.

-¿Por qué no echas a ese individuo? ¿Quién te lo impide? Y si no puedes echarle, entonces dimite, porque a una persona de tu calibre no le corresponde trabajar con necios de esa categoría. Pon orden, es decir, ponlos boca arriba, porque están haciendo shirshasana, están cabeza abajo. O los pones derechos o dimites, pero haz algo.

Siempre me ha gustado Indira Gandhi. Me sigue gustando, aunque nunca haya hecho nada para potenciar mi trabajo, pero eso es otra cuestión. Me cayó bien desde el momento que me dijo, mejor dicho, que me susurró al oído, aunque no había nadie que nos pudiese oír, pero quién sabe, los políticos son cautelosos. Susurró:

-Haré una de las dos cosas.

En ese momento no me podía figurar a qué se refería con «una de las dos cosas». Pero al cabo de siete días leí en los periódicos que, de repente, habían expulsado a Morarji Desai. Yo estaba muy lejos de allí, probablemente a miles de kilómetros.

Él acababa de volver de una gira por su distrito electoral e iba a visitar al primer ministro, y ésta fue su bienvenida, una bienvenida un tanto extraña, o tal vez debería decir «bien-despedida», ¿Me puedo inventar una palabra, «bien-despedida»? Entonces le están dando la bien-despedida. Eso es exactamente lo que hace la gente, ¿quién da la bienvenida?

Pero no me sorprendió. De hecho, todos los días miraba los periódicos para ver qué estaba su­cediendo, porque quería hacerme una idea de lo que quiso decir con «una de las dos cosas». Pero ella hizo algo. Hizo lo correcto. Éste ha sido el hombre más obstructor, oscurantista, ortodoxo y qué se yo; todo lo malo que se te ocurra.

¿Qué hora es, Devageet? -Las diez y veinticuatro, Osho.

Diez minutos para mí. Esto está bien, pero se puede mejorar. Seré un supervisor inflexible a menos que alcances la perfección hoy. Apues­ta por la perfección. No pidas una prolonga­ción; la palabra es perfección. Aunque no se le presta atención, perfección sigue siendo la pa­labra, tanto si la escuchas como si no.

Sí; no voy a parar hasta que sepa que habéis llegado al límite de vuestra capacidad, ¡daos prisa!

Bueno.

En cuanto digo bueno, os asustáis. Inmediatamente veo vuestro miedo y vuestros temblores. Por eso, de vez en cuando me dirijo a Ashu diciendo:

-No te preocupes por el miedo de Devageet. Sé una mujer sencilla, sin conocimientos, y sube a las alturas. Deja que el pobre Devageet corra detrás de ti.

Él se esforzará. Me lo puedo imaginar corriendo para adelantarte, por eso me río. ¿Quién puede estar detrás de su propio ayudante?

No os preocupéis: hoy a las doce se deten­drá el mundo de todas formas. Por tanto, ¡date prisa, Ashu! Por lo menos, déjame que almuer­ce antes de que se acabe el mundo.

Muy bien. Stop.

 

 

Sesión 43

 

De acuerdo. Siempre me ha maravillado que Dios pudiese crear e! mundo en seis días solamente. ¡Y este mundo! ¡Quizá por eso llamó Jesús a su hijo! ¡Vaya nombre para ponerle a tu propio hijo! Tenía que castigar a alguien por lo que había hecho y no había nadie más a mano. El Espíritu Santo siempre está ausente; está ahí, sentado en la silla de montar a caballo. Por eso le pedí a Chetana que se bajase, porque no es bueno montar a caballo con otra persona, quiero decir que no es bueno para el caballo, ni para Chetana tampoco. El Espíritu Santo me da igual. No me compadezco del Espíritu San­to ni de ningún otro espíritu. Siempre estoy a favor de los vivos.

Un espíritu es la sombra de un muerto; ¿de qué sirve que sea santo? Además es feo. No me preocupa el Espíritu Santo, Chetana. No me importa que te montes encima de él. Móntate encima del Espíritu Santo. Pero esa pobre silla no es ni para una persona. No es para sentarse en ella. Es para media persona, para que no te quedes dormido. Por eso la han hecho de esa manera.

En esa silla no te puedes ni sentar i Y mucho menos dormir! Además, no cabía en esta pe­queña Arca de Noé. El arca es tan pequeña que hasta Noé se tiene que quedar fuera, para que haya sitio para todas las criaturas.

¿Qué estaba diciendo, Devageet?

-El Espíritu Santo siempre está ausente; ahora está sentado en la silla de montar a caballo (risas).

De eso sí me acordaba. Sabía que no serías capaz de tomar apuntes. Concéntrate. Pero lo conseguiré. Toda la vida me las he podido arreglar sin apuntes.

La pregunta que me hizo Jawaharlal ese día fue realmente extraña.

-¿Crees que está bien estar metido en la vida política? -me preguntó.

-No lo creo -le respondí-, que no está nada bien. Es una maldición, un karma. Debes haber hecho algo reprobable en tus vidas pasadas; de lo contrario, no serías el primer ministro de India.

-Estoy de acuerdo -dijo.

Masto no podía creer que le contestara así al primer ministro, y menos aún, que el primer ministro estuviese de acuerdo.

-Esto concluye a mi favor una larga discusión entre Masto y yo -dije-. ¿Masto, estás de acuerdo?

-Tengo que estarlo -respondió.

-No me gusta eso de «tengo que», es preferible no estar de acuerdo. Al menos en el desacuerdo hay algo de vida. ¡No me des una rata muerta! ¡En primer lugar, una rata, y para colmo, muerta! ¿Crees que soy un águila, un buitre o qué?

Hasta Jawharlal nos miró a los dos.

-Tú lo has resuelto. Te lo agradezco -le dije-. Esto ha sido un dilema para Masto durante muchos años. No era capaz de decidir si un hombre bueno debía estar metido en política o no.

Estuvimos hablando de muchas cosas. Mientras estuve en esa casa (me refiero a la del primer ministro) no se me ocurrió pensar que una reunión pudiese durar tanto. Cuando acabamos eran las nueve y media, ¡tres horas! Incluso Jawaharlal dijo:

-Éste debe haber sido el encuentro más largo de mi vida, y el más fructífero.

-¿Qué beneficios te ha aportado? -le pregunté.

-La amistad de un hombre que no es de este mundo -respondió-, y que nunca lo será. Guardaré un recuerdo sagrado de estos momentos.

Y pude ver cómo se acumulaban las lágrimas en sus bellos ojos.

Salí precipitadamente, para que no se avergonzara, pero me siguió y me dijo:

-No hacía falta que te fueses tan rápido.

-Las lágrimas estaban yendo más rápido que yo -le dije. Él se rió y lloramos juntos.

Ocurre muy pocas veces, y sólo a los locos o a los muy inteligentes. Él no estaba loco, sino que tenía una inteligencia privilegiada. Nosotros, quiero decir Masto y yo, hablamos de ese encuentro muchas veces, especialmente de las lágrimas y las risas. ¿Por qué? Naturalmente, como era habitual, nosotros no coincidíamos. Se había vuelto una rutina. Si yo hubiese estado de acuerdo, él no me habría creído. Le habría dado un disgusto.

-Lloró por él mismo -dije-, y rió por la libertad que yo tengo.

 La interpretación de Masto, por supuesto, era:

-Lloró por ti, no por él, porque veía que te podías convertir en una fuerza política importante, y se rió de su propia idea.

Ésta era la interpretación de Masto. No había forma de ponerse de acuerdo pero, afortunadamente, el mismo Jawaharlallo decidió por casualidad. Me lo dijo Masto, por tanto, no hay ningún problema.

Antes de que Masto me abandonara para siempre, yéndose a los Himalayas, y antes de que yo muriese, como tiene que morir todo el mundo para poder resucitar, me dijo:

-Sabes, Jawaharlal se acuerda de ti todo el tiempo, y particularmente en la última reunión me dijo: «Si ves a ese extraño muchacho, y si en algo te concierne, mantenle alejado de la política, porque yo he malgastado mi vida con esta estúpida gente. No quiero que este chico tenga que suplicar el voto de las masas absolutamente estúpidas, mediocres y faltas de inteligencia. No, si tienes alguna influencia en su vida, protégele, por favor, de la política.»

Masto respondió:

-Por eso resolvimos nuestra discusión a tu favor, y me alegro, porque aunque he discutido en tu favor y en tu contra, en el fondo siempre he estado de acuerdo contigo.

No volví a ver a Jawaharlal, aunque vivió muchos años. Pero, tal y como él quería -aunque yo ya había tomado la decisión, y aunque su consejo lo ratificó-, no he votado en mi vida, ni he sido miembro de un partido político, tampoco ha sido mi sueño. De hecho, desde hace aproximadamente treinta años no tengo sueños. No puedo soñar.

Puedo fingir, puedo hacer una especie de ensayo. La expresión «ensayo» de sueño os pue­de parecer rara, pero el drama real nunca suce­de, no puede suceder; para que suceda, es pre­ciso que haya inconsciencia, y ese ingrediente falta. Me puedes dejar inconsciente, pero nun­ca me harás soñar. Y para dejarme inconsciente no hace falta mucha tecnología; basta con dar­me un golpe en la cabeza y caeré inconsciente. Pero no estoy hablando de ese tipo de inconsciencia.

Eres un inconsciente cuando haces cosas sin saber por qué; no estás alerta ni de día ni de noche. Si está alerta, desaparece el soñar. No pueden existir ambos a la vez. No hay coexis­tencia posible entre las dos cosas, y nadie la puede provocar. O bien sueñas, entonces eres inconsciente; o bien estás despierto, alerta, fin­giendo soñar, pero no es un sueño. Tú lo sabes y los demás también.

¿Qué estaba diciendo?

-Hace treinta años que no sueñas. «No volví a ver a Jawaharlal, aunque vivió muchos años.»

Bueno.

No hizo falta volver a verle otra vez, aunque hubo mucha gente que me lo pidió. Se entera­ron por varias fuentes -en casa de Jawaharlal, por sus secretarios y demás- de que le conocía y me tenía aprecio. Naturalmente, necesitaban pedirle algún favor y me pedían si les podía re­comendar.

Yo les decía:

-¿Estáis locos? No le conozco. -Tenemos pruebas irrefutables -dijeron ellos.

-Os podéis quedar con vuestras pruebas irrefutables -les respondí-. Quizá nos haya­mos conocido en algún sueño pero no en la realidad.

-Siempre hemos pensado que estabas un poco loco -dijeron-; pero ahora estamos seguros.

-Difundidlo todo lo que podáis, por fa­vor, y no seáis tan moderados; ¿sólo un poco loco? Sed generosos, ¡estoy completamente loco!

Se marcharon sin darme las gracias. Yo les tenía que dar las gracias, de modo que les dije:

-Soy un loco. Al menos puedo daros unas buenas gracias.

Se dijeron unos a otros:

-¡Fijaos! ¿Unas buenas gracias? Está loco. Me encantaba que dijesen que estaba loco. Me sigue encantando. No hay nada más bello que la locura que he conocido.

Masto dijo antes de irse:

-Jawaharlal me ha dado el nombre de una persona, Ghanshyam Das Birla. Es el hombre más rico de India, y muy próximo a la familia de Jawaharlal. Si tienes cualquier necesidad puedes recurrir a él. Y cuando me estaba dando su dirección Jawaharlal dijo: «Me obsesiona ese chico. Preveo que va a ser...»

Y Masto se quedó callado. -¿Qué te ocurre? -le pregunté-. Por lo menos termina la frase.

-Lo voy a hacer -respondió Masto-. Este silencio también es suyo. Simplemente le estoy imitando. Lo que tú me estás preguntan­do es lo mismo que le pregunté yo. Entonces Jawaharlal completó la frase, y te diré cuál era la razón -dijo Masto-. Jawaharlal dijo: «Quizá algún día se convierta en.,,» y enton­ces vino el silencio. Tal vez estaba sopesando alguna cosa en su interior, o no tenía muy cla­ro qué iba a decir. Después añadió, «un Mahatma Gandhi».

Jawaharlal me estaba tratando con el mayor respeto. Mahatma Gandhi había sido su maestro y el hombre que decidió nombrarle primer ministro de India. Naturalmente, Jawaharlal lloró cuando asesinaron a Mahatma Gandhi. Habló por la radio llorando y dijo:

-Se ha apagado la luz. No quiero decir nada más. Él era nuestra luz; ahora tendremos que vivir en la oscuridad.

Si dudó al decírselo a Masto, se debía a que estaba pensando si comparar a este chico con el mahatma mundialmente famoso, o tal vez estaba tomando en consideración a otras perso­nas además del mahatma... y creo que esto es lo más probable, porque Masto le dijo:

-Si se lo digo al chico, automáticamente exclamará: «¡Gandhi! Es la última persona del mundo que me gustaría ser. Prefiero ir al in­fierno antes que ser Mahatma Gandhi.» Así que es preferible que te cuente cómo va a reac­cionar. Le conozco profundamente. No podrá tolerar esa comparación, y te adora; no destru­yas a un amante a causa de este nombre.

-Esto es demasiado, Masto -le dije-. No hacía falta que le dijeras eso. Es viejo, y en lo que a mí respecta, me ha comparado con la persona más importante, según su forma de ver.

-Espera -dijo Masto-, cuando se lo dije, Jawaharlal respondió: «Lo que sospechaba, por eso esperé, sopesando si debía o no decirlo. Por tanto, no le digas eso. ¡Tal vez se convierta en un Gautama el Buda!»

El gran poeta hindú, Rabindranath, escribió que Jawaharlal amaba a Gautama el Buda en secreto. ¿Por qué en secreto? Porque no le gustaban las religiones establecidas, y tampoco creía en Dios, y Jawaharlal era el primer minis­tro de India.

Masto añadió:

-Entonces le dije a Jawaharlal: «Perdóname. Casi aciertas, pero a decir verdad, a él no le gustan las comparaciones.» ¿Y sabes qué dijo Jawaharlal? -me preguntó Masto-. Dijo: «Ésa es la clase de hombre que amo y respeto. Pero protégele en todo lo posible para que no se enrede en política, porque a mí me ha des­truido. No quiero que le suceda la misma calamidad.»

Después de esto Masto desapareció. Yo también, por eso nadie tiene quejas. Pero la memoria no es conciencia, e incluso puede funcionar sin conciencia, incluso con mayor rendimiento. Al fin y al cabo, ¿qué es un orde­nador? Un sistema de memoria. El ego ha muerto; lo que hay detrás del ego es eterno. Lo que forma parte del cerebro es temporal y morirá.

Tras mi muerte seguiré estando tan o tan poco disponible para mi gente como lo estoy ahora. Todo depende de ellos. Por eso, poco a poco estoy desapareciendo de su mundo para que, cada vez más, sea cosa de ellos.

Yo podría ser el uno por ciento, y su amor, su confianza y su entrega el noventa y nueve por ciento. Pero cuando me haya ido se necesi­tará más todavía, el cien por cien. Entonces es­taré disponible, tal vez más, a los que puedan permitirse, escribe «los que puedan permitirse» en mayúsculas, porque el hombre más rico del mundo es «EL QUE SE PUEDE PERMITIR» el cien por cien de entrega al amor y la confianza.

Y yo tengo a esas personas. Por eso no quiero que se sientan defraudados de ninguna manera, ni siquiera tras mi muerte. Me gustaría que fuesen las personas más satisfechas de la tierra. Esto me llenará de gozo, esté allí o no.

 

Sesión 44

 

Ayer me preguntaba cómo pudo crear Dios este mundo en seis días. Me lo estaba preguntando porque todavía no he conseguido pasar del se­gundo día de clase de la escuela primaria. ¡Y qué mundo! Probablemente fuese judío, por­que, precisamente, han sido los judíos los que han divulgado la idea.

Los hindúes no creen en Dios; creen en muchos dioses. De hecho, cuando concibieron la idea por primera vez había tantos dioses como hindúes, en aquella época, por supuesto. En aquella época tampoco se trataba de una población reducida: había treinta y tres crores, esos son trescientos treinta millones; o quizá no haya sido así, pero esto os dará una idea de cómo son los hindúes. Creían que cada indivi­duo tenía que tener su propio dios. No eran dictatoriales, sino muy democráticos, en reali­dad, demasiado democráticos; me refiero a los hindúes de antes.

Han pasado miles de años desde que concibieron la idea de un mundo divino paralelo, con tantos seres como en la tierra. Hicieron un gran trabajo. Contaron trescientos treinta mi­llones de dioses..., iY no conocéis a los dioses hindúes! Representan todo lo que puede tener el ser humano: muy astutos, mezquinos, políti­cos y explotadores desde todo punto de vista. Pero de alguna manera hubo alguien que por lo menos consiguió hacer un censo.

Los hindúes no son teístas en el sentido occidental. Son paganos, pero no son paganos como lo interpreta el cristianismo. La palabra pagano es valiosa; no se debería permitir que los cristianos, los judíos y los musulmanes la empleen mal. Estas tres religiones son básicamente judías. Digan lo que digan, sus cimientos se remontan a mucho antes de que naciera Jesús o se conociera a Mahoma. Son todas judaicas.

Por supuesto el Dios que conocéis es judío; no podía ser de otro lugar. Ahí radica el secre­to. Si fuese hindú, él mismo se habría partido en trescientos treinta millones de pedazos, ¡cómo iba a crear el mundo! Si ya hubiese exis­tido el mundo, los trescientos treinta millones de dioses se habrían encargado de destruirlo.

El «Dios» hindú -no se puede usar este término porque en el hinduismo hay «dioses», y no un solo Dios- no es un creador. Él mis­mo es parte del universo. Cuando digo él me refiero a los trescientos treinta millones de dio­ses. Tengo que usar la palabra «él», pero los hindúes siempre utilizan «eso». «Eso» es un gran paraguas; puedes meter dentro a todos los dioses que quieras. Al fondo queda incluso un poquito de sitio para los dioses no deseados. Es como una carpa de circo, amplia, grande y donde entran todos los dioses que te puedas imaginar.

El Dios judío realmente hizo un buen trabajo. Por supuesto, era un buen judío y creó el mundo solamente en seis días. Todo este lío es lo que otro judío, Albert Einstein, llamó «el universo en expansión». Se está expandiendo a cada segundo, haciéndose más grande, como la barriga de una mujer embarazada, y por supuesto, más rápido. Se está expandiendo a la velocidad de la luz, que es la mayor velocidad que se conoce.

Probablemente, algún día se descubran cosas más veloces, pero ahora mismo, en cuanto a velocidad se refiere, sigue siendo la más alta. El mundo se está expandiendo a la velocidad de la luz, y se ha estado expandiendo desde la eterni­dad. No hay principio ni fin, al menos desde el punto de vista científico.

Pero los cristianos no sólo dicen que tiene un comienzo, sino que se terminó en seis días. Y por supuesto, ahí están los judíos y los mu­sulmanes que son otras ramas del mismo disparate. Probablemente, el mismo idiota creó la posibilidad para las tres religiones. No me preguntes cómo se llama; los idiotas, especialmente los que son perfectos, no tienen nombre; por tanto, nadie sabe quién tuvo la idea de hacer el mundo en seis días. Es como para echarse a reír. Pero si escuchas a un sacerdote cristiano o a un rabino verás con qué seriedad hablan del génesis, el origen de todo.

Tengo curiosidad, porque ni siquiera yo soy capaz de acabar mi historia en seis días. Voy por el segundo día, y gracias a que he dejado de mencionar muchas cosas, pensando que no eran importantes, pero quién sabe, tal vez lo sean. Pero si empiezo a decir cosas sin escoger, ¿qué sería del pobre Devageet? Me lo puedo imaginar con tantos libros de apuntes que se volvería loco sólo de veras. Es como si estuvie­se al Iado del Empire State Building de Nueva York, mirando la pila de cuadernos y pensan­do: «¿Y ahora quién los va a leer?»

Y después me acuerdo de Devaraj, que los tiene que editar. Que alguien los lea o no, da igual, de todas formas siempre habrá al menos un lector; éste es Devaraj. Y otra que es Ashu; ella los tiene que escribir a máquina.

En la historia de la creación de Dios no hay editor, ni mecanógrafo. Sólo lo creó en seis días y acabó tan agotado que nunca se volvió a saber nada más de él. ¿Qué ha sido de él? Hay gente que piensa que se marchó a Florida, don­de van todos los jubilados. Otros creen que se está divirtiendo en la playa de Miami..., pero todo son conjeturas.

Dios no existe en absoluto. Por esto es posi­ble la existencia; de lo contrario, habría asoma­do la nariz, y para eso son las narices judías. En vez de pensar en Dios es mejor olvidarse de él, y también perdonarle; ya va siendo hora. Pue­de sonar un poco raro olvidar y perdonar a Dios, pero sólo entonces podrás empezar: su muerte es tu nacimiento.

Sólo se le podía ocurrir a un loco como Friedrich Nietzsche; pero ¿quién le hace caso a un loco?, particularmente si realmente habla con sentido. Entonces es mucho más difícil es­cucharles. Nadie tomó a Nietszche en serio, pero a mí me parece que su declaración fue uno de los grandes momentos en la historia de la conciencia: «¡Dios ha muerto!» Tuvo que hacer esta declaración, no porque Dios hubiese muerto: nunca había estado allí, en primer lu­gar, ni siquiera había nacido, ¿entonces, cómo podía estar muerto? Antes de morirte tienes que padecer al menos setenta años de lo que llamamos vida. Nunca ha habido Dios. Menos mal, porque la existencia se basta a sí misma. No se necesita una oficina independiente para crearla.

Pero no pensaba hablar de esto. Fíjate, cada momento abre muchos caminos, y tienes que caminar. Escojas lo que escojas, te arrepentirás, porque, quién sabe qué había en los otros ca­minos que no has escogido.

Por eso nadie es feliz en el mundo. Hay cientos de personas con éxito, ricos, poderosos, pero hasta que no conozcas a mi gente, no sabrás lo que es una multitud de gente feliz. Son por completo de otra especie.

Por lo general, todo el mundo se frustra antes o después. Los más inteligentes, antes; los más estúpidos, después; y si eres completamente estúpido, entonces nunca. Ése se morirá sentado en el tiovivo de Disnaylandia.

Ashu, ¿cómo se pronuncia? Disneylandia, Osho.

¿Disnay? Disney. Disney. Bueno. Ninguna mujer me puede ocultar sus sentimientos. Un hombre sí puede hacerlo. Inmediatamente me había dado cuenta de que lo había dicho mal. Pero no hace falta que te preocupes por eso; soy el tipo equivocado de hombre. Sólo digo algo bien en contadas ocasiones, por casualidad; suelo ser prudente.

Buenos, sigamos con la historia. Esto era una pequeña diversión, y va a ser una colec­ción de miles de diversiones, porque de eso se trata la vida. . .

Masto no estuvo delante para convencer a Indira Gandhi de que trabajase para mí, pero lo intentó con el primer ministro de India. Quizá tuvo éxito, pero sólo para convencerle de que este hombre no debería, de ninguna manera, entrar en la vida política del país. Probablemente, Jawaharlal pensaba en mi propio bien o en el bien de la nación, pero como no se trataba de un hombre astuto, lo segundo no viene al caso. Lo sé porque le he visto. No sólo le he visto, sino que he sentido una gran empatía con él, una profunda armonía, una gran sincronicidad.

Era viejo, había triunfado en su vida pero estaba frustrado. Eso era bastante para que yo no quisiese triunfar en el sentido mundano, y puedo decir que he permanecido intacto al éxito. De alguna extraña manera, me he mantenido como si no hubiese estado en el mundo en absoluto.

Kabir tiene una hermosa canción que describe lo que estoy diciendo de un modo mucho más poético. Hay que tener en cuenta que era un tejedor, por eso su canción trata de un tejedor.

Dice: «.fhini jhini bini chadariya: He tejido una hermosa colcha para usar por las noches...

         Jhini jhini bini chadariya, ramnan ras bhini: pero no la he usado. No la he estropeado en absoluto. El día que me muera estará tan nueva como cuando nací.»

Y podéis creerlo, cantó esta canción y se murió. La gente creía que estaba cantando esta canción para ellos, pero se la estaba cantando a la existencia. Éstas eran las palabras de un hombre pobre, pero tan rico, que la vida entera no le había podido hacer ni un arañazo. Y de­volvió a la existencia lo mismo que había reci­bido de la existencia, tal y como lo recibió.

A menudo me sorprendo de cómo envejece el cuerpo, pero en lo que a mí respecta no me siento viejo ni siento el envejecimiento. No me he sentido diferente ni por un solo instante. Soy el mismo, y han sucedido muchas cosas pero sólo en la periferia. Os puedo contar lo que ha sucedido, pero tened en cuenta que nada de esto me ha sucedido a mÍ. Soy tan inocente e ignorante como antes de nacer.

La gente del Zen dice:

-No podrás entendernos a menos que sepas cómo eras, a menos que sepas qué cara tenías antes de nacer.

Naturalmente, pensarás:

-Esta gente está loca y me quieren volver loco a mí también. Probablemente, me quieren convencer de que me mire el ombligo, o alguna estupidez como ésa.

Y hay gente que hace cosas de ese estilo con mucho éxito, y tienen miles de seguidores.

Estar conmigo es estar en un camino que no está trillado. De alguna forma, es no estar en ningún camino de ningún tipo..., y de re­pente, estás en casa. Esto es lo que a mí me suce­dió, aunque a mi alrededor también han sucedido miles de cosas. ¿Y quién sabe qué desencadena qué?

Fijaos en Devageet. Se ha desencadenado algo dentro de él. No podemos saberlo, cualquier cosa puede comenzar un proceso que te conduzca hasta ti mismo. No está ni lejos ni cerca; está exactamente donde estás tú. Por eso los budas se han reído a veces, al ver la completa estupidez de todo esfuerzo; la estupidez de todó lo que han estado haciendo. Pero para verlo han tenido que pasar por muchas cosas.

¿Qué hora es?

-Las diez y siete minutos, Osho. ¿Las diez y siete?

-Sí.

Bueno.

En nuestro último encuentro, Masto dijo muchas cosas; quizá algo de lo que dijo le sea útil a alguien en alguna parte. Estaba a punto de marcharse, por eso me contó todo lo que me tenía que contar. Como tenía que ser muy breve, utilizó máximas. Es extraño porque era un orador muy prolífico, y ¿usando máximas?

-No comprendes -dijo-, tengo prisa. Escucha nada más, no discutas, porque si em­pezamos a discutir no seré capaz de cumplir la promesa que le hice a Pagal Baba.

Por supuesto, cuando mencionó a «Pagal Baba» sabía que ese nombre significaba tanto para mí que nunca discutía con él. Podía decir incluso que dos y dos son cinco, y yo le escu­chaba, y no sólo le escuchaba sino que le creía, confiaba en él. «Dos y dos son cuatro» no re­quiere confianza; pero «dos y dos suman cin­co» sin duda requiere un amor que está más allá de la aritmética. Si Baba lo decía, debía ser verdad.

Así que le escuché. Éstas fueron sus pala­bras. No fueron muchas, pero sí muy significativas.

Dijo:

-En primer lugar, nunca formes parte de una organización.

-De acuerdo -respondí.

Y nunca he formado parte de una organización. He cumplido mi promesa. Ni siquiera soy parte, quiero decir miembro, del neo-sannyas. No puedo formar parte por una promesa que le hice a alguien a quien quería. Solamente puedo estar entre vosotros. Pero por mucho que me esconda sigo siendo un extraño, inclu­so entre vosotros, por una promesa que voy a cumplir hasta el final.

-En segundo lugar -dijo-, no deberías hablar contra las instituciones.

-Escucha, Masto -le advertí-, estoy absolutamente seguro de que eso es de tu propia cosecha, no de Pagal Baba.

Se rió y dijo:

-Sí, es mío. Sólo estaba intentando ver si podías separar el grano de la paja.

-Masto, no te preocupes por eso -le dije-. Dime lo que me ibas a decir porque tenías mucha prisa. Yo no veo la prisa pero si tú lo dices (a ti también te quiero) me lo creo. Dime nada más lo estrictamente necesario; si no, nos podemos quedar sentados en silencio hasta que tú quieras.

Permaneció un rato en silencio y después dijo:

-De acuerdo, es mejor que nos sentemos en silencio, porque ya sabes lo que me dijo Baba; también te lo debe haber dicho a ti.

-Le conocía tan a fondo -dije- que no necesitaba decirme nada. Incluso si volviese le diría: «No te molestes, simplemente quédate conmigo.» Por eso está bien que te hayas decidido pero mantén tu promesa.

-¿Qué promesa? -preguntó.

-Es una promesa muy sencilla: estar en silencio conmigo hasta que te quieras ir -le res­pondí. .

Estuvo allí otras seis horas más y mantuvo su promesa. No cruzamos ni una sola palabra, pero hubo mucho más de lo que pueden comunicar las palabras. Lo único que me dijo cuando se marchó hacia la estación fue:

-¿Puedo decir una última cosa? Tal vez no te vuelva a ver.

Aunque él sabía que se iba para siempre.

-Con mucho gusto -le dije.

-Sólo una cosa: que si necesitas que te ayude siempre me podrás informar en esta dirección -dijo-. Si estoy vivo me lo dirán inmediatamente.

Y me dio una dirección que jamás habría pensado que tuviese nada que ver con Masto.

-¡Masto! -exclamé.

-No preguntes nada-dijo él-, simplemente informa a este hombre.

-Pero se trata de Morarji Desai -le dije-; no puedo informarle, y tú lo sabes.

-Ya lo sé -dijo él-, pero es la única persona que estará en el poder dentro de poco, y me podrá contactar en cualquier punto de los Himalayas.

-¿Crees que será el sucesor de Jawaharlal? -le pregunté.

-No -respondió-. Le sucederá otra persona, aunque ese hombre no vivirá mucho, a continuación vendrá Indira y después él. Te doy sus señas porque durante esos años lo vas a necesitar más; en otra situación, si estuviese ahí Jawaharlal, o Indira...

Y entremedias de los dos, de Jawaharlal e Indira, hubo otro primer ministro, un hombre magnífico; era pequeño en lo que al cuerpo se refiere, pero era una gran persona. Lal Baha­dur Shastri. Pero sólo estuvo unos meses. Es curioso, pero cuando fue nombrado primer ministro me informó de que me quería ver, diciendo:

-Ven a verme en cuanto puedas.

.Fui a Delhi porque sabía que Masto había metido mano en esto. De hecho, quería encon­trarle a él. Adoraba tanto a Masto que habría ido hasta el infierno, y Nueva Delhi es un in­fierno. Pero fui porque me había llamado el pri­mer ministro, y era una buena oportunidad de saber dónde estaba Masto, y si estaba vivo o no.

Pero el destino quiso que la cita que me ha­bía dado... Estaba previsto que él llegase a Nueva Delhi desde Tashkent, en la Unión Sovié­tica, dónde había ido para asistir a una conferen­cia cumbre sobre India, Rusia y Pakistán, pero sólo volvió su cadáver. Se murió en Tashkent. Yo había viajado hasta Delhi para preguntarle por Masto y él llegó, pero muerto.

-Esto realmente es un chiste -dije-, un chiste práctico. Ahora ya no puedo preguntar por Masto.

Pero él ya sabía, y Masto -si es que aún está vivo- también, que no le pediría ayuda a Morarji Desai aunque me hiciese falta. No lo voy a hacer. No es que esté contra su política o su filosofía -que es superficial-, estoy contra su propia estructura. No es un hombre con el cual podría tener una conversación, ni siquiera una discusión.

Sucedió varias veces, por las circunstancias, aunque yo no fuese el iniciador, pero nunca le pregunté por Masto. No le he preguntado nada, aunque me he encontrado con él en su casa, pero hay algo... como lo diría, ese hombre es repulsivo; te dan ganas de vomitar. Y la sensación es tan fuerte que aunque me dio cita para quedarme una hora, me tuve que marchar a los dos minutos. Hasta él se sorprendió y preguntó: -¿Por qué?

-Perdóname -le dije-, ha surgido un imprevisto y me tengo que ir para siempre, se­guramente no nos volvamos a ver.

Estaba escandalizado, porque en esa época estaba muy cerca, estaba a punto de convertirse en primer ministro del país. Pero ya me cono­céis: especialmente cuando la presencia de al­guien es desagradable, soy el último en quedar­se. Incluso los dos minutos que aguanté no fueron más que por cortesía; habría sido dema­siado descortés entrar en la habitación, olfateada y marcharme.

Pero en realidad es lo que hice. Dos minu­tos..., porque me había estado esperando y era viejo, e indudablemente tenía importancia po­lítica, lo cual no significa nada para mí, pero para él significaba mucho. Eso es lo que me re­pelía. Era demasiado político.

Adoraba a Jawaharlal porque nunca hablaba de política. Nos vimos tres días consecutivos, sin mencionar ni una sola palabra de política, y en cuestión de dos minutos, la primera pregunta de Morarji Desai fue:

-¿Qué opinas de esa mujer, Indira Gandhi? Fue tan feo el modo en que dijo «esa mujer». Todavía oigo su voz..., «esa mujer». No puedo creer que un hombre pueda usar las palabras de una forma tan desagradable.

 

 

Sesión 45

 

De acuerdo. La historia de la muerte de Mahatma Gandhi y de cómo Ja­waharlal se echó a llorar por la ra­dio conmovió a todo el mundo. No era un dis­curso preparado; estaba hablando de corazón, y ¿qué podía hacer si le caían las lágrimas? Si hubo alguna pausa, no fue por su culpa sino por su grandeza. Aunque hubiese querido, nin­gún otro estúpido político podía haber hecho esto, porque sus secretarios habrían tenido que escribir esto en el discurso que le habían preparado:

-Por favor, ahora tienes que empezar a llorar; llora y deja una pausa para que todo el mundo se crea que es real.

Jawaharlal no estaba leyendo; de hecho, sus secretarios estaban muy preocupados. Más tarde, muchos años después, uno de ellos se hizo sannyasin y me confesó:

-Le habíamos preparado un discurso pero nos lo tiró a la cara y nos dijo: «¡Idiotas! ¿Pensáis que voy a leer vuestro discurso?»

Inmediatamente me di cuenta de que este hombre, Jawaharlal, era una de esas raras personas en todas las épocas del mundo que son muy sensibles, y a pesar de todo, están en una posición para ser útiles, no sólo para explotar y oprimir, Sino para servir

Le dije a Masto:

-Yo no soy un político y nunca lo seré, pero respeto a Jawaharlal no porque sea el primer ministro, sino porque es capaz de reconocerme, aunque sólo sea mi potencialidad. Tal vez me suceda o tal vez no, quién sabe. Pero el énfasis que ha puesto en que me protejas de los políticos indica que sabe más de lo que aparenta.

El incidente de la desaparición de Masto, habiendo sido esta su última declaración, me ha abierto muchas puertas. Entraré en una de ellas al azar, como es mi estilo.

El primero fue Mahatma Gandhi. Jawaharlal lo acababa de mencionar, porque me quería comparar, y naturalmente con la persona que más apreciaba. Pero estaba indeciso porque tam­bién me conocía a mí, al menos un poco, lo su­ficiente para tenerme en cuenta cuando estaba haciendo su declaración. De ahí que dudase. Sintió que había algo que no era exactamente como tendría que ser, pero no se le ocurrió otro nombre. Finalmente, soltó abruptamente:

-Algún día podrá llegar a ser otro Mahatma Gandhi.

Masto protestó en mi nombre. Me conocía mucho mejor que Jawaharlal. Habíamos discutido miles de veces sobre Mahatma Gandhi y su filosofía, y yo estaba en contra. Incluso Masto se sorprendía de que estuviese en contra, con tanta insistencia, de un hombre al que sólo había visto dos veces cuando era niño. Os voy a contar la historia del segundo encuentro. Fue interrumpido de repente... y nunca sabes qué viene después: no esperaba que fuera esto.

Recuerdo el tren. Gandhi estaba viajando, por supuesto en tercera clase. Pero su «tercera clase» era mucho mejor que cualquier primera clase. En un compartimiento de sesenta personas no estaban más que él, su secretario y su mujer; creo que eran las únicas tres personas. Todo el compartimiento estaba reservado. Y tampoco era un compartimiento corriente de primera clase, porque no he vuelto a ver un compartimiento como ése. Debía ser un compartimiento de primera clase, y no sólo de primera clase, sino de primera clase especial. Simplemente, modificaron el letrero por uno que decía «tercera clase» y de esta manera quedaba a salvo la filosofía de Gandhi.

Solamente tenía diez años. Mi madre (de nuevo quiero decir mi abuela) me había dado tres rupias.

-La estación está muy lejos -me dijo- y tal vez no estés de vuelta para la hora de comer, nunca se sabe con estos trenes: puede llegar diez o doce horas tarde, de modo que guárdate estas tres rupias.

En aquellos tiempos en India tres rupias eran casi un tesoro. Se podía vivir cómodamente durante tres meses.

Me había hecho una túnica realmente bonita. Ella sabía que no me gustaban los pantalones largos; como mucho podía vestirme con pantalón de pijama y una kurta. Una kurta es una túnica larga que siempre me ha encantado, y el pantalón ha ido desapareciendo poco a poco, quedando sólo la túnica. Por otra parte, no sólo se ha dividido el cuerpo en parte superior e inferior sino que incluso se han hecho prendas diferentes para cada parte. Naturalmente, la parte superior debe tener algo de mejor calidad, y la parte inferior del cuerpo sim­plemente se cubre, eso es todo.

Me hizo una kurta preciosa. Era verano, y en la zona central de India el verano es muy duro porque el aire caliente, que entra por los orificios nasales, parece fuego. De hecho, la gente sólo puede descansar en mitad de la no­che. En India central hace tanto calor que tie­nes que beber agua fría constantemente, y si consigues un poco de hielo es el paraíso. El hielo es una de las cosas más caras en esta zona; naturalmente, porque cuando llega de la fábri­ca que está a ciento cincuenta kilómetros ya casi ha desaparecido. Hay que transportado lo más rápido posible.

Mi Nani me dijo que podía ir a ver a Ma­hatma Gandhi si quería, y preparó una túnica de muselina muy fina. La muselina es uno de los tejidos más artísticos y antiguos en lo que a ropa se refiere. Encontró la mejor muselina. Era tan fina que era casi transparente. En aque­lla época habían desaparecido las rupias de oro y habían sido sustituidas por las de plata. Las rupias de plata eran demasiado pesadas para el pobre bolsillo de muselina. ¿Para qué lo estoy contando? Por que si no, no podríais entender lo que voy a decir.

El tren llegó como de costumbre, con trece horas de retraso. Se había marchado casi todo el mundo menos yo. Ya me conocéis, soy testa­rudo. Hasta el jefe de estación me dijo:

-Chico, eres un caso. Se ha ido todo el mundo y tú estás dispuesto a esperar toda la noche. No hay ni rastro del tren y llevas espe­rando desde esta mañana temprano.

Para llegar a la estación a las cuatro de la mañana tuve que salir de casa a mitad de la no­che. Pero no había gastado las tres rupias por­que todo el mundo llevaba muchas cosas con­sigo y fueron muy generosos con este niño pequeño que había venido de tan lejos. Me ofrecieron fruta, dulces, tarta y de todo, de modo que no pasé hambre. Finalmente, cuan­do llegó el tren, yo era la única persona que quedaba, iY qué persona! Un niño de diez años nada más, al Iado del jefe de estación.

Me presentó a Mahatma Gandhi y dijo:

-No lo consideres solamente un niño. Le he estado observando todo el día y como no te­nía trabajo, he hablado con él de muchas cosas. Es el único que se ha quedado. Vino mucha gente pero hace tiempo que se marcharon. Le respeto porque sé que se habría quedado hasta el día del juicio final; no se quería marchar has­ta que llegase el tren. Si el tren no hubiese lle­gado, creo que no se habría ido. Se habría que­dado a vivir aquí.

Mahatma Gandhi era un hombre mayor; me dijo que me aproximase y me miró. Pero más que mirarme a mí me miró el monedero, y eso me disuadió para siempre.

-¿Qué es eso? -me preguntó.

-Tres rupias -le contesté.

-Dónalas -me dijo. Solía tener a su lado una caja con un agujero. Cuando hacías una donación, metías las rupias por el agujero y des­aparecían. Naturalmente, la llave la tenía él, y las podía hacer aparecer de nuevo, pero para ti desaparecían para siempre.

-Si tienes valor, cógelas -le dije-. Ahí está el monedero, las rupias están ahí, ¿pero te puedo preguntar con qué finalidad estás reco­lectando estas rupias?

-Para los pobres -respondió.

-En ese caso no hay ningún problema -le respondí. Y yo mismo eché las tres rupias en la caja. Pero fue él el que se sorprendió, porque cuando me estaba yendo me llevé la caja.

-Por Dios -exclamó-, ¿qué estás ha­ciendo? Eso es para los pobres.

-Ya te he oído -le dije-, no hace falta que te molestes en repetirlo. Me llevo esta caja para los pobres. En mi pueblo hay muchos. Dame la llave, por favor; de lo contrario, ten­dré que buscar un ladrón para que abra el can­dado. Son los únicos expertos en el tema.

-Esto es extraño -dijo y miró a su secre­tario. El secretario era tonto, como suelen ser todos los secretarios; si no, no serían secreta­rios. Miró a Kasturba, su mujer, quien dijo:

-Has encontrado a tu semejante. Engañas a todo el mundo, y ahora él se lleva la caja entera. ¡Bien! ¡Está bien, porque estoy cansada de verla por aquí como si fuese una esposa!

Me dio pena este hombre y dejé la caja diciendo:

-No; me parece que el más pobre eres tú. Tu secretario no tiene inteligencia, y parece que tu mujer no te tiene ningún cariño. No me puedo llevar esta caja, quédatela. Pero ten pre­sente que he venido a ver un mahatma y sólo me he encontrado con un hombre de negocios.

Ésa era su casta. En India, baniya o nego­ciante es exactamente lo mismo que vosotros llamáis judío. En India tenemos nuestros pro­pios judíos; no son judíos, sino baniyas. Para mí, con los pocos años que tenía, Mahatma Gandhi no era más que un hombre de nego­cios. He hablado contra él miles de veces, por­que no estoy en absoluto de acuerdo con su fi­losofía de vida. Pero el día que le asesinaron (yo tenía diecisiete años), mi padre me descu­brió llorando.

-¿Tú, llorando por Mahatma Gandhi? Si siempre has estado en su contra -dijo. Toda mi familia estaba a favor de Gandhi, todos habían ido a la cárcel por apoyar su política. Yo era la única oveja negra y todos los demás eran, cómo no, blancos inmaculados. Naturalmente me preguntó: -¿Por qué lloras?

-No sólo estoy llorando, sino que además quiero participar en el funeral -le respondí-. No me hagas perder el tiempo, porque tengo que coger el tren, y éste es el último que llega a tiempo allí.

Esto le causó mayor sorpresa.

-¡No lo puedo creer! -dijo-. ¿Te has vuelto loco?

.-Eso lo discutiremos más adelante -le respondí-. No te preocupes, volveré pronto.

¿Y sabéis que estaba Masto esperándome en el andén cuando llegué a Delhi? Me dijo:

-Pensé que por mucho que estuvieses contra Gandhi todavía tenías alguna consideración por él. Tenía el presentimiento... Puede ser que sea así y puede que no -dijo a continua­ción- pero tenía que confiar. Y éste es el úni­co tren que pasa por tu pueblo. Si venías, sabía que sería en este tren; no vendrías de otra for­ma. Por eso he venido a recibirte, mi presenti­miento era cierto.

-Si me hubieses hablado antes de lo que sentía por Gandhi -le dije-, no habría dis­cutido contigo, pero siempre estabas tratando de convencerme, y no es una cuestión de senti­mientos, sólo es pura discusión. O ganas tú, o gana la otra persona. Si hubieses mencionado, aunque sólo fuese una vez, que se trataba de una cuestión de sentimientos, ni siquiera ha­bría tocado el tema, porque no habría habido discusión.

Particularmente (sólo para que conste en este registro), quiero deciros que hay muchas cosas de Mahatma Gandhi que apreciaba y me gustaban, pero toda su filosofía de vida me re­sultaba desagradable. Había muchas cosas que apreciaba en él, que, sin embargo, han sido ol­vidadas. Pongamos las cosas en su sitio.

Amaba su sinceridad. Él no mentía nunca; incluso en medio de todo tipo de mentiras, permanecía anclado en su verdad. Probablemente, yo no esté de acuerdo, pero no puedo decir que no fuese veraz. Fuera la que fuera su verdad, estaba rebosando de ella.

Que yo piense que su verdad no tenía valor es un asunto totalmente distinto, pero es mi problema, no el suyo. Él nunca mentía. Respeto su sinceridad, aunque él no sepa nada de la verdad a la que os estoy incitando para que saltéis constantemente.

No era un hombre que pudiese estar de acuerdo conmigo: «Salta antes de pensar.» No; él era un hombre de negocios. Era capaz de pensar cien veces antes de salir por la puerta, y mucho más para saltar. No podía entender la meditación, pero no era culpa suya. Nunca se encontró con un maestro que le pudiese hablar de la no-mente, aunque en ese momento existían personas así.

En una ocasión, incluso Meher Baba le escribió una carta a Gandhi. No la escribió él exactamente; alguien se la debe haber escrito porque él no hablaba ni escribía, y únicamente hacía signos con las manos. Había pocas personas capaces de entender lo que Meher Baba quería decir. Mahatma Gandhi y sus seguidores se rieron de la carta porque en ella Meher Baba le decía:

-No pierdas el tiempo cantando Hare Krishna, Hare Rama. Eso no te va a ayudar en absoluto. Si realmente quieres conocer, házmelo saber y te avisaré para que vengas.

Todos se rieron; pensaron que era una arro­gancia. Así piensan las personas corrientes; por eso, naturalmente parece arrogante. Pero no lo es, sólo es compasión, en realidad, demasiada compasión. Al ser tanta, parece arrogancia. Gandhi no la aceptó, y le mandó un telegrama que decía:

-Gracias por tu ofrecimiento, pero seguiré mi camino -.. .como si tuviese un camino. No tenía ninguno. Pero hay algunas cosas de él que admiro y respeto, como su pulcritud. Ahora bien, voso­tros diréis:

-¿Respeto por algo tan insignificante...?

No era insignificante, particularmente en India, donde se piensa que los santos, los que se dicen santos, viven entre todo tipo de in­mundicias. Gandhi intentaba ser limpio. Era el ignorante más limpio del mundo. Adoro su limpieza.

También me gusta su respeto por todas las religiones. Por supuesto, mis motivos y los su­yos son diferentes. Pero al menos las respetaba; claro que por razones equivocadas, porque no sabía qué era la verdad, de modo que ¿cómo podía opinar qué era lo correcto, si había algu­na religión que era la correcta, si todas eran correctas o si podía existir alguna que fuese co­rrecta? De ninguna manera. Además, era un hombre de negocios, ¿para qué molestar a na­die, para qué fastidiarlos?

Todos dicen lo mismo: el Corán, el Talmud, la Biblia, el Gita, y él era lo bastante inteligente -recordad «lo bastante», no lo olvidéis- para encontrar similitudes entre ellos, lo cual no es nada difícil para una persona inteligente, lista. Por eso digo que era «lo bastante inteligente», pero no verdaderamente inteligente. La verdadera inteli­gencia siempre es rebelde, y él no era capaz de ser rebelde frente a lo convencional, lo tradicional, el hinduismo, el cristianismo o el budismo.

Os sorprenderá saber que hubo un tiempo en que Gandhi tenía la intención de convertir­se al cristianismo, porque sirve a los pobres más que ninguna otra religión. Pero pronto comprendió que su culto no es más que una fa­chada para encubrir la cuestión real que hay detrás. El verdadero asunto es convertir a gen­te. ¿Por qué? Porque les da poder. Cuanta más gente tienes, más poder tienes. Si pudieses convertir a todo el mundo al cristianismo, al ju­daísmo o al hinduismo, entonces, por supues­to, esa gente tendría más poder del que haya tenido nadie jamás. Alejandro palidecería a su lado. Es una lucha de poder.

En cuanto Gandhi se dio cuenta de esto, y vuelvo a decir que era lo bastante inteligente para darse cuenta, dejó de lado la idea de con­vertirse al cristianismo. En realidad, en India es mucho más útil ser hinduista que ser cristiano. Los cristianos sólo son el uno por ciento; ¿qué poder político le iba a conferir? Menos mal que siguió siendo hinduista, quiero decir para su estatus espiritual. Pero fue lo suficientemente inteligente como para entenderse e incluso influir en personajes cristianos como C. F. Andrews, en los jainistas, budistas y musulmanes, como por ejemplo, al hombre que era conocido como el «Gandhi de la Frontera».

Este hombre que todavía está vivo pertene­ce a una tribu especial, los pakhtoons, que viven en la región fronteriza de India. Los pakhtoons son gente realmente hermosa y también peli­grosa. Son musulmanes; cuando su líder se hizo partidario de Gandhi, ellos le siguieron.

En India, los musulmanes nunca perdonaron al «Gandhi de la Frontera» porque creían que había traicionado a su propia religión.

No me interesa si ha cumplido o si ha trai­cionado; lo que estoy diciendo es que el mismo Gandhi, al principio, pensó en convertirse al jainismo. Su primer gurú fue un jainista, Shrimad Rajchandra, y los hinduistas seguían dolidos porque se había postrado a los pies de un jainista.

El segundo maestro de Gandhi -esto ofenderá más aún a los hinduistas- fue Ruskin. El gran libro de Ruskin Unto this Last le cambió la vida a Gandhi. Los libros pueden hacer milagros. Quizá no hayáis oído hablar del libro Unto this Last. Se trata de un pequeño panfleto que le regaló un amigo cuando iba a salir de viaje, para que lo leyese en el camino porque a él le había gustado mucho. Gandhi lo aceptó aunque realmente no pensaba leerlo, pero teniendo tiempo suficiente pensó:

-¿Por qué no echarle una ojeada? -y el libro le transformó. Este libro le proporcionó toda su filosofía.

Yo estoy en contra de su filosofía, aunque el libro es magnífico. La filosofía del libro no vale la pena pero Gandhi era un coleccionista de basura; era capaz de encontrar basura hasta en los lugares más bellos. Hay un tipo de personas, sabéis, que aunque las lleves a un hermoso jardín, de pronto llegan a un sitio y te muestran algo que no debería estar ahí. Tienen un enfoque negativo. Y luego hay otro tipo de personas que solamente colecciona espinas, los coleccionistas de basura; se llaman a sí mismos coleccionistas de arte.

Si yo hubiese leído ese libro como lo hizo Gandhi, no habría llegado a la misma conclusión. Lo que importa no es el libro, sino la persona que lo lee, lo escoge y selecciona. Aunque hubiésemos visitado el mismo lugar su selec­ción habría sido totalmente distinta. Para mí su selección no tendría ningún valor. No sé ni lo sabe nadie, qué le habría parecido la mía. Que yo sepa era un hombre muy sincero. Por eso, no puedo decir si diría del mismo modo que yo: «Esta colección es una basura». Quizá lo podría haber dicho o quizá no, esto es lo que me gustaba de este hombre. También era capaz de apreciar lo que le era ajeno y trataba de per­manecer abierto, de absorber.

No era como Morarji Desai, que estaba totalmente cerrado. A veces me pregunto cómo respiraba, porque para hacerlo, por lo menos tienes que abrir la nariz. Pero Mahatma Gandhi no era el mismo tipo de persona que Morarji Desai. No estoy de acuerdo con él pero, sin embargo, sé que tiene algunas cualidades que valen millones.

Su simplicidad..., nadie podía escribir de una forma tan sencilla ni esforzarse tanto sólo para que su escritura fuese sencilla. Podía estar intentando simplificar una frase durante horas para hacerla más telegráfica. La podía reducir al máximo e intentaba vivir sinceramente todo aquello que creía verdadero. Que no fuese ver­dad es otro asunto pero ¿qué le iba a hacer? Él creía que era verdad. Le respeto por su sinceri­dad y porque la vivió sin tener en cuenta las consecuencias. Perdió la vida precisamente por esa sinceridad.

Con Mahatma Gandhi India perdió todo su pasado, porque en India jamás se había asesina­do a alguien de un disparo ni se había crucificado a nadie. No era la forma de ser de este país. No es que sean personas muy tolerantes, pero son tan esnobs que no creen que valga la pena cruci­ficar a nadie... están por encima de eso.

Con Mahatma Gandhi India finalizó un capítulo y comenzó uno nuevo. Lloré, no porque le hubiesen asesinado, pues todo el mundo tie­ne que morir, eso no es una gran cosa. Y es pre­ferible morir como murió él que morir en la cama de un hospital, particularmente en India. En ese sentido fue una muerte limpia y hermosa. No estoy protegiendo al asesino, Nathuram Godse. Es un asesino y no puedo decir de él: «Perdónale porque no sabía lo que hacía.» Sabía exactamente lo que estaba haciendo. No puede ser perdonado. No es que sea duro con él, sino objetivo.

Más tarde, cuando volví, tuve que explicar­le todo esto a mi padre. Me llevó muchos días hacerlo, porque mi relación con Mahatma Gandhi era muy complicada. Normalmente, aprecias a una persona o no la aprecias. Pero para mí no funciona de la misma manera, y no sólo con Mahatma Gandhi.

Realmente soy un ser extraño. Lo siento en cada momento. Me puede gustar una determi­nada cosa de una persona y, a la vez, puede ha­ber otra cosa que odie; tengo que decidir por­que no puedo cortar a la persona en dos.

Si decidí estar contra Mahatma Gandhi no es porque no tuviese cosas que me gustaban, tenía muchas cosas pero había muchas más que tenían implicaciones de largo alcance para la humanidad. Tuve que decidir estar contra un hombre que podía haber amado si -y este «si» es casi infranqueable- no hubiese estado en contra del progreso, la prosperidad, la ciencia y la tecnología. De hecho, estaba en contra de casi todo lo que yo estoy a favor: más tecnolo­gía y más ciencia, más riqueza y abundancia.

No estoy a favor de la pobreza, él si lo esta­ba. No estoy a favor del primitivismo, él lo es­taba. Pero, a pesar de todo, cuando veo un in­grediente de belleza, por pequeño que sea, lo aprecio. Y en ese hombre había unas cuantas cosas que valía la pena entender.

Tenía una capacidad inmensa de sentir el pulso de millones de personas juntas. No hay ningún médico que lo pueda hacer; es muy difícil sentir el pulso hasta de una sola persona, especialmente de una persona como yo. Puedes intentar sentir mi pulso; pero perderás el tuyo, y si no pierdes el pulso perderás el bolso, ¡que es todavía mejor!

Gandhi tenía la capacidad de sentir el pulso de la gente. Por supuesto, a mí no me interesan esas personas, pero eso es otra cuestión. Hay miles de cosas que no me interesan; lo cual no quiere decir que no valore a todos los que están trabajando genuinamente, a los que están pro­fundizando inteligentemente. Gandhi tenía esa capacidad y la valoro. Me habría encantado poderle ver ahora, porque entonces era un mu­chacho de diez años y sólo pudo recibir de mí esas tres rupias. Ahora le podría dar el paraíso entero, pero no tenía que suceder, al menos en esta vida.

 

 

 

Sesión 46

 

De acuerdo. Puedo empezar con mi segundo día de escuela primaria. ¿Cuánto más puede esperar? Ya ha esperado demasiado. El segundo día fue mi verdadero ingreso en el colegio porque había sido expulsado el maestro Kantar y todo el mundo estaba feliz. Casi todos los niños esta­ban bailando. Yo no lo podía creer, pero me dijeron:

-No has conocido al maestro Kantar. Si se muere, repartiremos caramelos por todo el pueblo y quemaremos miles de velas en nues­tras casas -me recibieron como si hubiese rea­lizado una gran hazaña.

En realidad, el maestro Kantar me dio un poco de pena. Probablemente, fuese muy vio­lento pero, al fin y al cabo, era humano, y tenía todas las debilidades a las que es propenso el ser humano. Tener un solo ojo y una cara repugnante no era, en absoluto, culpa suya. Y me gustaría decir algo que no he dicho anteriormente porque pensaba que nadie me creería. .. pero lo creáis o no, no estoy buscando creyentes.

Ni siquiera era culpa suya su crueldad -hago énfasis en suya-, era algo natural en él. De la misma manera que sólo tenía un ojo, tenía ira, una ira muy violenta. No podía tolerar nada que fuese en contra suya en ningún sentido. Incluso el silencio de los niños era suficiente para provocarle.

Miraba alrededor y decía:

-¿Por qué hay tanto silencio? ¿Qué pasa? Seguro que hay algún motivo para que estéis tan callados. Os daré una lección para que no me volváis a hacer esto nunca más.

Los niños se asombraban. Habían estado callados para no molestarle. Pero ¿qué podía hacer? Le molestaba incluso eso. Necesitaba tratamiento médico, y no sólo físico sino tam­bién psicológico. Estaba enfermo en todos los sentidos. Me dio pena porque yo fui, aparente­mente al menos, la causa de que le despidieran.

Todo el mundo disfrutaba de la ocasión, hasta los profesores. Yo no podía creerlo cuan­do incluso el director del colegio me dijo:

-Gracias, hijo mío. Has comenzado tu vida escolar haciendo algo muy bonito. Ese hombre era como un dolor de cuello

Le miré y le dije:

-Entonces, quizá debería extirparte el cuello.

Al decir esto, inmediatamente se puso serio y replicó:

-Ve y haz tu trabajo.

-Mira -le dije-, tú estás feliz, celebrando que han despedido a un compañero tuyo, ¿y tú te dices compañero? ¿Qué clase de amis­tad es ésta? Nunca le has dicho lo que sentías a la cara. No lo has hecho porque te habría ma­chacado.

El director era un hombre menudo, no medía más de un metro y medio, tal vez menos. Y ese gigante de dos metros que pesaba cien kilos le podía haber machacado fácilmente, sin necesidad de un arma, simplemente con los dedos.

-¿Por qué te comportabas como un marido con su esposa cuando estabas delante de él? Sí, estas fueron exactamente las palabras.

Recuerdo cuando le dije:

-Te has comportado como un marido do­minado. Recuerda que, aunque sólo sea por ca­sualidad, probablemente yo haya sido la causa de su despido, pero no estaba planeando nada contra él. Acabo de ingresar en el colegio; to­davía no he tenido tiempo de organizar una comisión de planificación. Y tú llevas toda la vida planeando contra él. Al menos, le podrían haber mandado a otro colegio.

En ese pueblo había otros cuatro colegios más.

Pero el maestro Kantar era un hombre fuer­te, y tenía al presidente agarrado de las orejas.

El presidente del pueblo estaba dispuesto a que le agarrasen de las orejas. Quizá le gustara, no lo sé, pero el pueblo entero se dio cuenta en se­guida de que este excremento de vaca sagrada no iba a ser de gran ayuda.

Era un pueblo de veinte mil habitantes, donde no había carretera que mereciese ese nombre, ni electricidad, ni parque ni nada. La gente se dio cuenta inmediatamente que esto se debía a este excremento de vaca. Tuvo que dimitir, de modo que durante los dos años y medio que le quedaban ocupó su lugar el vice­presidente.

Shambhu Babu transformó y le dio un nuevo aspecto al pueblo. Debo deciros una cosa que gracias a mí llegó a saber que un niño pequeño no sólo puede despedir a un profesor, sino incluso crear una situación tal que tenga que dimitir el presidente del pueblo. Solía decir jocosamente: -Me has hecho presidente.

Pero, posteriormente, hubo momentos en que diferimos. Siguió siendo presidente durante muchos años. Cuando el pueblo vio el trabajo que había hecho durante esos dos años y medio le volvieron a elegir por unanimidad una y otra vez. Casi hizo milagros con los cambios que efectuó en el pueblo.

Construyó las primeras carreteras asfaltadas de toda la provincia y trajo electricidad para nuestros veinte mil habitantes. Eso era muy raro; ningún otro pueblo de ese tamaño tenía electricidad. Plantó árboles a los lados de la carretera para aportar un poco de belleza a este pueblo tan feo. Hizo muchas cosas. Os estoy preparando para contaros que hubo otros tiempos en los que no estuve de acuerdo con su política. Entonces me convertí en su adversario.

No os podréis imaginar cómo se puede ser el adversario de un niño pequeño, de alrededor de doce años. Yo tenía mis propias estrategias. Podía convencer a la gente con mucha facili­dad, simplemente porque era un niño, y ¿qué interés podía tener en la política? Y, efectiva­mente, no me interesaba en absoluto.

Por ejemplo, Shambhu Babu implantó un impuesto sobre el consumo. Es comprensible:.,¿sin dinero cómo iba a lograr llevar a cabo sus proyectos de embellecimiento, carreteras y elec­tricidad? Necesitaba dinero, naturalmente. Para esto se precisaba de alguna forma de tributación.

Yo no estaba contra el sistema tributario, pero estaba contra el impuesto sobre el consumo porque el peso recae sobre la cabeza de los más pobres. Los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres. No me opongo a que los ricos sean cada vez más ricos, pero indudablemente me opongo a que los pobres sean cada vez más pobres. No lo creeréis, pero hasta él se sorprendió cuando le dije:

-Iré de casa en casa diciéndole a la gente que no vuelva a votar a Shambhu Babu. Si se mantiene el impuesto sobre el consumo, entonces Shambhu Babu se tendrá que marchar. Si Shambhu Babu se quiere quedar, el impuesto sobre e! consumo tiene que desaparecer. No permitiremos que estén los dos a la vez.

No sólo fui de casa en casa, sino que por primera vez hablé en un mitin público. La gent­e disfrutaba viendo a un niño hablar con tanta lógica. Sentado en una tienda cercana estaba también Shambhu Babu. Todavía lo recuerdo ahí sentado. Era su sitio; solía estar ahí todos los días. Era un sitio extraño para sentarse pero la tienda se hallaba en un lugar prominente, en el mismo centro del pueblo. Por eso se solían celebrar allí todos los mítines; mientras tanto, él fingía estar sentado en la tienda de su amigo como si no tuviese nada que ver con el mitin.

Cuando me oyó -ya me conocéis, siempre he sido igual-, señalé hacia Shambhu Babu que estaba sentado en la tienda y dije:

-¡Fijaos! Está ahí sentado. Ha venido a escuchar lo que tengo que decir. Aunque ten en cuenta, Shambhu Babu, que la amistad es una cosa, pero yo no voy a apoyar tu impuesto. Me opondré aunque tenga que perder tu amistad. Sabré entonces que no tenía mucho valor. Si podemos seguir siendo amigos, aunque no estemos de acuerdo en determinados puntos o incluso lleguemos a entrar en conflicto público, sólo entonces tendrá alguna importancia nuestra amistad.

Realmente era un buen hombre. Salió de la tienda, me dio unas palmaditas en la espalda y dijo:

-Tendré en cuenta tus argumentos. En cuanto a nuestra amistad, este conflicto no tiene nada que ver.

Nunca lo volvió a mencionar. Pensé que probablemente lo sacaría a relucir algún día y          me diría:

-Fuiste muy duro conmigo y eso está mal. Pero no lo volvió a mencionar. Lo más maravilloso de todo es que revocó el impuesto.

-¿Por qué? -le pregunté-. Podría estar en contra, pero ni siquiera tengo edad para votar. Es la gente la que te ha elegido.

-No es ésa la cuestión -respondió-. Tiene que haber algo equivocado en lo que es­toy haciendo si incluso tú te opones. Lo voy a revocar. No me da miedo la gente, pero si una persona como tú no está de acuerdo..., te res­peto a pesar de que eres muy joven. Tu argu­mento es correcto, cualquiera que sea el im­puesto que se aplique siempre recae sobre los pobres, porque los ricos son lo bastante inteli­gentes como para ingeniárselas.

El impuesto sobre el consumo tributa sobre todas las mercancías que entran en el pueblo. Entonces, estas mercancías se venden a un pre­cio más elevado. No puedes evitar que el pobre campesino tenga que poner de su bolsillo el impuesto que ha pagado el tendero. Por su­puesto, el tendero no lo llama impuesto; sim­plemente lo incrementa en el precio.

Shambu Babu dijo:

-Comprendo tu razonamiento y por eso he revocado el impuesto.

Durante su mandato no se volvió a aplicar el impuesto y ni siquiera se volvió a mencionar. Pero jamás se sintió ofendido; al contrario, se volvió más respetuoso conmigo. Me encontré en una situación comprometida cuando me tuve que oponer al que podría decir que era la única persona del pueblo que me gustaba.

Hasta mi padre estaba sorprendido y dijo: -Haces cosas extrañas. Te he oído hablar en público. Me imaginaba que harías algo así, pero no tan pronto. Has sido muy convincen­te, incluso contra tu propio amigo. Todo el mundo se extrañó de que hablaras contra Shambu Babu.

 Todo el pueblo sabía que no tenía más ami­gos que el viejo Shambu Babu, que debía tener alrededor de cincuenta años. Ahora sí sería el momento de ser amigos, pero la diferencia de edad no estaba en nuestras manos, de modo que la pasamos por alto. Y él tampoco tenía otros amigos. Él no podía permitirse el perder­me ni me lo podía permitir yo. Mi padre me dijo:

-No podía creer que estuvieses hablando contra él.

-No he dicho ni una sola palabra en su contra -le respondí-. He hablado contra los impuestos que estaba intentando poner. Cier­tamente, mi amistad no incluye eso; el impues­to al consumo queda excluido. Y se lo había di­cho a Shambu Babu con antelación, le había avisado que lucharía contra todo lo que no es­tuviese de acuerdo, incluso contra él. Por eso se encontraba presente en aquella tienda, para es­cuchar lo que estaba diciendo contra su im­puesto. Pero no dije ni una sola palabra contra Shambu Babu.

El segundo día de colegio parecía que había hecho una gran proeza. No podía creer que la gente hubiese estado tan oprimida por el maes­tro Kantar. No se trataba de que estuviesen di­chosos de mi presencia allí; en aquella época ya podía captar la diferencia. Ahora también pue­do recordar perfectamente que estaban felices porque ya no tenían que soportar al maestro Kantar.

Aunque actuasen como si se alegraran por mí no tenía nada que ver conmigo. El día ante­rior había ido al colegio y nadie me había di­cho ni «Hola». Sin embargo, ahora se había reunido todo el colegio para recibirme junto a la Puerta del Elefante. El segundo día de cole­gio me había convertido en un héroe.

Pero en ese mismo instante les dije: -Dispersaos, por favor. Si queréis celebrar­lo id al maestro Kantar. Bailad frente a su casa, celebradlo allí. O también podéis ir a ver a Shambhu Babu, que ha sido el verdadero artífice de su expulsión. Yo no soy nadie. Lo hice sin ninguna expectativa, aunque a veces suceden cosas en la vida que no esperas ni mereces. Ésta es una de esas cosas, por eso os pido que lo olvidéis.

Pero no lo olvidaron en toda mi vida acadé­mica. Nunca me aceptaron como a un niño cualquiera. Por supuesto, no me importaba en absoluto el colegio. El noventa por ciento del tiempo estaba ausente. Aparecía, de vez en cuando, por algún otro motivo, pero no para ir al colegio.

Aprendí muchas cosas, aunque no en el colegio. Aprendí cosas raras. Me interesaban, por decirlo de alguna manera, las cosas poco corrientes. Por ejemplo, estaba aprendiendo a cazar serpientes. En aquella época venía mucha gente al pueblo con hermosas serpientes que bailaban al sonido de la flauta. Esto me impresionaba mucho.

Toda esa gente ha desaparecido, porque eran musulmanes. O bien se han ido a Pakistán o han sido asesinados por los hindúes; probablemente hayan cambiado de profesión por­que eso era como declarar públicamente que eran musulmanes. Los hindúes no practicaban ese arte.

Yo seguía a los encantadores de serpientes durante todo el día y les hacía preguntas:

-Cuéntame el secreto de cómo cazas las serpientes.

Y poco a poco se dieron cuenta que no me podían disuadir de nada. Comentaban entre ellos:

-Si no se lo decimos lo intentará por su cuenta.

Una vez le dije a un encantador de serpientes:

-O me lo cuentas o lo voy a intentar yo sólo; si me muero tú tendrás la culpa.

Él me conocía porque le había estado molestando y dando la lata día tras día.

-Ven, te voy a enseñar -dijo. .

Me llevó a las afueras del pueblo y empezó a enseñarme cómo capturar serpientes y cómo les enseñaba a bailar mientras tocaba la flauta. Él fue la primera persona que me dijo que las serpientes no tienen oídos, que no pueden oír; sin embargo, casi todo el mundo cree que les afecta la flauta del encantador.

-La verdad es que no oyen absolutamente nada -me dijo.

Entonces le pregunté:

¿Y por qué empiezan a bailar cuando tocas la flauta?

-Porque están entrenadas -respondió-. ¿No te has dado cuenta que cuando toco la flauta, muevo la cabeza? Ése es el truco. Muevo la cabeza y la serpiente empieza a moverse, si no se mueve se quedará sin comer. Cuanto antes lo haga, antes comerá. El secreto es el hambre, no la música.

Los encantadores de serpientes me enseñaron a capturadas. En primer lugar, el noventa y siete por ciento de las serpientes son inofensivas, no son venenosas; las puedes atrapar sin ningún problema. Claro que muerden, pero como no tienen veneno sólo será un mordisco, no te morirás. El noventa y siete por ciento no tiene glándulas para el veneno. Y el tres por ciento restante tiene una extraña costumbre: muerden lo justo para dejar un hueco para el veneno, luego se dan la vuelta. La glándula del veneno se encuentra boca abajo en su garganta, de modo que primero hacen la herida y después se giran para verter el veneno. Las puedes capturar antes de que te muerdan..., y la mejor manera es sujetándolas muy fuerte de la boca.

Yo no sabía que había que sujetar la boca, pero eso tiene que ser lo primero. Si fallas y te muerden, no te preocupes: sujétalas fuerte y no les dejes que se den la vuelta. La herida se curará y no te morirás. Estaba aprendiendo, y esto no es más que un ejemplo.

Desgraciadamente, se tuvieron que ir de India todos los encantadores de serpientes. Había magos que hacían todo tipo de cosas increíbles, e indudablemente me interesaban más los magos que el pobre profesor con sus clases de geografía o de historia. Iba detrás de los magos como si fuese su criado. No me separaba de ellos hasta que me enseñaban algún truquito.

No dejaba de sorprenderme que todo lo que parecía increíble era solamente un peque­ño truco. Pero, si no sabes el truco, tienes que aceptar la grandeza del fenómeno. Cuando ya conoces el truco es como un globo que se des­hincha: se hace cada vez más pequeño, sólo es un globo pinchado. Finalmente, sólo tienes en las manos un trozo de plástico y nada más. Ese globo tan grande sólo era aire caliente.

Estaba aprendiendo, a mi manera, cosas que me iban a ser de gran ayuda. Por eso digo que Satya Sai Baba y la gente como él no son más que magos callejeros; ni siquiera son muy buenos, sino magos corrientes. Pero los magos han desaparecido de las calles de India porque también eran musulmanes.

En India hay que entender una cosa, que la gente han perpetuado una estructura determi­nada desde hace miles de años. Generalmente, uno recibe su profesión de los padres; es una herencia, no puedes cambiarlo. Es difícil de entender para un occidental; por eso surgen tantos problemas de comprensión y comunica­ción con el oriental.

Yo estaba aprendiendo, aunque no en el cole­gio, y nunca me he arrepentido. Aprendía de toda clase de personas raras. Estas personas no enseñaban en los colegios; eso es imposible. Es­tuve con monjes jainistas, con sadhus hinduistas, con bikkhus budistas y con todas las clases de per­sonas que, supuestamente, uno no trataría.

Darme cuenta de que no tenía que tratar con alguien era suficiente para que tratara con esa persona, porque debía ser un marginal. Como era un marginal, de ahí la prohibición; adoro a los marginales.

Odio a los que se integran. Han hecho tanto daño que ya es hora de parar este juego. Los marginales siempre me han parecido un poco locos, pero bellos; locos pero inteligentes. No con la inteligencia de Mahatma Gandhi (que era un integrado perfecto), ni con la inteligen­cia de los que se dicen intelectuales: Jean-Paul Sartre, Bertrand Russell, Karl Marx, Hugh Bach...; la lista es interminable.

El primer intelectual fue la serpiente que dio comienzo a todo esto; de no ser así, no ha­bría habido ningún problema. Fue el primer intelectual. No voy a llamarlo diablo, os llamo diablos a vosotros, a vuestro grupo. Quizá no comprendáis el sentido que le doy a esta pala­bra. Para mí «el diablo» quiere decir «divino». Proviene de la raíz del sánscrito deva, que sig­nifica «divino». Por eso he denominado «los diablos» a vuestro grupo.

Pero la serpiente era intelectual, e hizo el truco que hacen todos los intelectuales. Con­venció a la esposa para que fuese a comprar algo mientras el marido estaba en la oficina, o tal vez en algún otro sitio, porque las oficinas aparecieron más tarde; debía estar pescando, cazando o haciendo cualquier otra cosa que se os ocurra. Desde luego, no estaba engañándo­la, eso es seguro, porque no la podía engañar con nadie. Todo llegaría, aunque más tarde.

La serpiente sostenía que: -Dios me ha dicho que no comas del ár­bol de la sabiduría...Sólo era un manzano. A veces creo que nadie ha pecado tanto como yo, porque como más manzanas que nadie en el mundo. Las manzanas son tan inocentes que me pregunto por qué tu­vieron que escoger la manzana, ¿qué daño le ha hecho a Dios? No me lo puedo imaginar.

Hay algo que sí puedo decir: que el hombre llamado «serpiente» debe haber sido un gran intelectual, tan grande que demostró que co­mer manzanas era pecado.

Pero para mí la inteligencia no procede de la mente...

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 47

 

Estaba hablando sobre la escuela primaria. Rara vez asistía a clase, y eso era tal alivio para todo el mundo que se lo quería proporcionar siempre que fuera posible. ¿Por qué no podía darles un cien por cien de descanso? Por la sencilla razón que también les quería, me refiero a la gente: los profesores, los criados, los jardineros. De vez en cuando, me apetecía hacerles una visita, especialmente cuando les quería enseñar algo. Un niño pe­queño ansioso de enseñar todo lo que tiene a las personas que quiere... pero, en ocasiones, esas cosas eran peligrosas. Incluso ahora no puedo dejar de reírme.

Recuerdo un día con mucha claridad. Siem­pre ha estado ahí, esperando hasta que le llega­ra su momento. Probablemente, ha llegado el momento de contarlo y compartirlo. Se trata de una serie de sucesos. . .

Acababa de aprender a cazar serpientes. Las pobrecitas son inocentes, bellas y muy vivas. No os podéis hacer una idea de lo que estoy diciendo a menos que hayáis visto a dos serpientes enamoradas. Tal vez os preguntaréis cómo hacen el amor las serpientes. No lo fabrican (sólo el hombre fabrica), sino que lo hacen. Cuando están enamoradas son como  llamas. Esto es sorprendente porque no tienen huesos y, aun así, ¡se mantienen erguidas para besarse! ¿Cómo se pueden quedar erguidas? No tienen patas pero se ponen de pie sobre la cola. Si tenéis la ocasión de ver a dos serpientes besándose erguidas sobre la cola ya no os volveréis a molestar en ir a ver una película de Hollywood.

Acababa de aprender a cazar serpientes y a distinguir las serpientes venenosas de las que no lo son. Hay algunas tan poco venenosas que po­dríamos decir que se trata de un tipo de pez, ya que muchas de ellas viven en el agua. Las ser­pientes de agua son las más inocentes, todavía más que los peces. Los peces son astutos mien­tras que las serpientes de agua no lo son. Había experimentado con todo tipo de serpientes, de modo que cuando lo digo no es que esté con­tando la experiencia de otro, sino mi propia experiencia.

Acababa de capturar una serpiente. Tenía que ir al colegio. «Qué extraño.. .», diréis. Nor­malmente estaba tan ocupado que no tenía tiempo para preguntas y respuestas estúpidas y mapas ridículos. Ya en aquella época me podía dar cuenta de que los mapas son un disparate, porque en la tierra no veo que haya líneas en ninguna parte; ni en las regiones ni en los mu­nicipios. Por eso, las naciones no son más que excremento de vaca, y ni siquiera sagrada, sino excremento de vaca profana. Si es que algo así existe -excremento de vaca sagrada y de Vaca profana, los dos a la vez- es la política. La po­lítica ha creado los mapas.

Yo no pensaba perder el tiempo con eso. Es­taba explorando la auténtica geografía: yendo a las montañas, desapareciendo varios días. Sólo mi Nani sabía cuándo volvería. Durante varios días no me oían ni me veían, porque no estaba allí. Y creo que todos se alegraban, excepto mi Nani. Ya os enteraréis de por qué...; además, te­nían razón, sobre eso no me cabe ninguna duda.

Había capturado una serpiente y era la pri­mera vez que tenía éxito. Por supuesto, quise ir a la escuela inmediatamente. Me daba igual no llevar el uniforme, nadie esperaba que lo hiciese; ni siquiera lo usé en la escuela primaria. Les advertí:

-He venido a aprender, muy bien, pero no os permitiré que me destruyáis; no puedo aceptar usar ese uniforme, que además habéis escogido sin tener ni idea de la belleza y la for­ma; no puedo aceptarlo. Os causaré muchos problemas si me lo intentáis imponer.

-Tenlo listo por si viene el inspector -me advirtieron-; si no lo haces, nos vas a meter en un lío. No queremos molestarte porque no queremos que nos molesten. Es un asunto deli­cado causarte cualquier molestia -dijo mi profesor-. Sabemos lo que le ocurrió al maestro Kantar; eso le podría ocurrir a cualquiera. Pero, por lo que más quieras, tenIo preparado.

Os sorprenderá saber que el propio colegio me proporcionó el uniforme. No sé quién se hizo cargo de pagarlo, ni me importa. Lo guar­dé, sabiendo perfectamente que, matemática­mente, era casi imposible que mi visita al cole­gio y la del inspector coincidiesen en la misma fecha. No era posible, eso era lo que yo pensa­ba, pero guardé el uniforme. Era muy bonito, se habían esmerado, aunque no insistieron en que me lo pusiera.

Siempre he sido raro. Incluso ahora, entre mi propia gente, no uso uniforme. No puedo. Ni siquiera puedo ponerme el uniforme que he escogido para vosotros. ¿Por qué? Aquel día surgió la misma pregunta. Hoy también surge esta pregunta. Simplemente, no me puedo amoldar. Podéis pensar que es un capricho; pero no es absolutamente nada caprichoso, es existencial. De todas formas, no vamos a entrar en eso; si no, se os escaparía lo que estaba diciendo. No volveré a mencionarlo.

Había capturado mi primera serpiente. Fue una gran alegría, y era una serpiente muy her­mosa: tocarla era como tocar algo muy vivo. No era como tocar a tu esposa, a tu marido, a tu hijo o incluso a tu yerno, a los que tocas y bendices pero no sientes nada; sólo quieres po­nerte a ver la televisión, especialmente si estás en América, y si estás en Inglaterra te vas a ver un partido de críquet o de fútbol. La gente está loca de muchas maneras diferentes, pero loca a pesar de todo.

La serpiente era de verdad, no era una serpiente de plástico como las que venden en cualquier tienda. Por supuesto, las serpientes de plástico pueden estar muy bien hechas, pero no respiran; es el único inconveniente porque, si no, serían perfectas. Dios no las podría haber hecho mejor. Sólo les falta una cosa, la respira­ción, ¿y para qué reclamar por algo tan insigni­ficante? Pero este algo lo es todo. Acababa de cazar una serpiente auténtica, tan bonita y tan lista que tuve que poner a trabajar toda mi inteligencia para atraparla..., porque no tenía ningún interés en matarla.

El hombre que me estaba enseñando era un mago callejero corriente; en India les llamamos madari. Hacen todo tipo de trucos sin cobrar. Pero lo hacen tan bien que al final sólo extienden un pañuelo en el suelo y dicen:

-Y ahora algo para mi estómago.

Puede que la gente sea pobre, pero cuando ven una cosa tan bien hecha siempre les dan algo.

De modo que este hombre era un madari corriente, un mago callejero. Es la traducción más aproximada que puedo encontrar de la pa­labra, porque no creo que en Occidente exista algo parecido a los madaris. En primer lugar, en Occidente no permiten que se concentre la gente en la calle; instantáneamente aparece un coche de la policía diciendo que estás obstruyendo el tráfico.

En India no se plantea esta cuestión, ¡no existen leyes de circulación! Puedes caminar en medio de la carretera; puedes ir, literalmente, por el justo medio. Puedes ir al estilo americano, puedes ir a la extrema derecha o a la extrema izquierda. La extrema derecha es la alternativa americana, la extrema izquierda es la alternativa rusa: puedes escoger, o puedes elegir cualquier posición intermedia. Toda la carretera es tuya; te puedes instalar ahí. Os sorprenderéis si os digo que en India, en la calle puedes hacer todo lo imaginable y lo inimaginable. También incluyo lo inimaginable por si acaso.

Los madaris provocaban verdaderos atascos, pero ¿quién tenía inconveniente en eso? Hasta el policía era uno de sus admiradores, y aplaudía cuando el madari hacía algún truco. He visto amontonarse todo tipo de personas obstruyen­do la carretera. No; los madaris no podrían exis­tir del mismo modo en Occidente, y son seres realmente hermosos; sencillos, corrientes, pero «saben algo», como ellos mismos dicen.

El hombre que me estaba enseñando me dijo:

-Ten en cuenta que es una serpiente peligrosa. Éstas no se deben cazar.

-Te libero de la responsabilidad -le dije-. Son las únicas que voy a cazar.

Jamás había visto una serpiente tan bonita, tan colorida, viva en todas las fibras de su ser. Naturalmente, no me pude resistir (sólo era un niño), y me fui corriendo al colegio. Quería evitar contaros lo que sucedió, pero, como me estoy acordando, lo voy a hacer.

Se reunió el colegio entero en mi clase, toda la gente que cabía, y los demás estaban fuera en la galería mirando a través de las ventanas y la puerta. Había otros que estaban más lejos por si acaso se escapaba la serpiente o pasaba alguna cosa, puesto que este niño había sido, desde el primer día de clase, un alborotador. Pero los de mi clase, unos treinta o cuarenta niños pequeños, tenían miedo, estaban de pie gritando, y a mí me divertía.

Hay una cosa que os resultará divertida y que yo no podía creer, y es que ¡el profesor es­taba de pie encima de su silla! Todavía me acuerdo de él subido a la silla y gritando:

-¡Vete! ¡Vete!, ¡Déjanos en paz! ¡Vete! -Bájate primero de la silla -le dije. Se quedó callado, porque era peligroso ba­jarse de la silla con una serpiente tan grande. La serpiente debía medir alrededor de dos metros o dos metros y medio, y la llevaba arrastrando, escondida en una bolsa para poder sacarla de pronto y enseñársela a todo el mundo. ¡Cuan­do la saqué fue un caos! Todavía me acuerdo del salto que dio el profesor para subirse enci­ma de la silla. Yo no podía creer lo que estaba viendo.

-Esto es fantástico -dije.

-¿Qué es fantástico? -preguntó él. -Cómo has saltado encima de la silla -le respondí-. ¡La vas a romper!

Al principio los niños no tenían miedo, pero en cuanto le vieron tan asustado...; para que veáis que los niños se impresionan con la gente estúpida y mala. Cuando me vieron entrar con la serpiente rebosaban de alegría: «¡Aleluya!» Pero cuando vieron al profesor subirse a la silla..., durante un momento hubo silencio total, solamente el profesor estaba dando saltos y gritaba:

-¡Socorro!

-No veo el motivo -le dije-. La serpiente está en mis manos. El que está en peligro soy yo, no tú. Tú estás de pie encima de la silla. Es­tás demasiado lejos para que esta pobre serpien­te te pueda alcanzar. Me gustaría que te alcanza­se y tuviese una pequeña charla contigo.

Todavía me acuerdo de la cara que puso. Después de este episodio sólo nos volvimos a ver una vez. Para entonces ya había renunciado a mi cargo de profesor y me había vuelto un mendigo..., aunque nunca he mendigado. La verdad es que soy un mendigo, pero un tipo es­pecial de mendigo que no mendiga.

Habría que buscar una palabra para definir­lo. No creo que exista en ningún idioma, una palabra que describa mi situación, simplemen­te porque nunca he estado aquí antes, de esta forma, de esta manera. Tampoco ha habido na­die más así: que no haya tenido nada y viva como si fuese el dueño de todo el universo.

Recuerdo que dijo:

-No me puedo olvidar del día que trajiste esa serpiente a la clase. Sigo soñando con ello, y no puedo creer que un niño así se haya con­vertido en un buda. ¡Imposible!

-Tienes razón -le dije-. «Ese niño» ha muerto, y a lo que hay después de la muerte del niño lo puedes llamar buda, puedes elegir otro nombre o puedes elegir no llamarlo de nin­guna manera. Simplemente, ya no existo de la forma que me conociste. Me habría encantado, pero ¿qué le voy a hacer? He muerto.

-¿Ves? -dijo-. Estoy hablando en serio y tú te lo tomas a broma.

-Hago todo lo que puedo -le dije-, pero no sólo eres tú el que se acuerda. Siempre que tengo un mal día, cuando no hace buen tiempo o cosas así -cuando el té no está de­masiado bueno o cuando la comida está tan mala que parece que me quieren envenenar-, entonces me acuerdo del día que te subiste a la silla y gritabas pidiendo ayuda, y eso me de­vuelve la alegría. Aunque me esté muriendo, me sirve de ayuda. Te estoy muy agradecido. Sólo iba al colegio para pasar estos ratos. En realidad, sólo hubo unas cuantas..., las debería llamar «ocasiones». Para la felicidad de todos era necesario que yo no estuviese allí todos los días. Es curioso que el bedel, el hombre cuya tarea es... ¿Cómo lo llamáis vosotros? ¿Peón? ¿No tenéis una palabra para llamarlo: p-e-ó-n, peón? En India se llama peón. Sea cual sea el nombre, es el más subordinado de una oficina. Devaraj, ¿cómo se dice?

-¿El conserje?

No; eso es otra cosa, pero se parece. Creía que «peón» era una palabra inglesa; no es de origen hindi. Tal vez no la esté pronunciando correctamente. Ya lo averiguaré, pero se escribe p-e-ó-n.

El peón era la única persona que estaba triste cuando no iba..., porque todos los demás se alegraban. Él me quería. Nunca he visto a un hombre tan viejo como él: tenía noventa años o más. Quizá ya había cumplido un siglo. Podría tener incluso más años, porque siempre se in­tentaba quitar todos los años que podía para po­der seguir trabajando un poco más..., y siguió.

En India no sabes la edad que tienes, particularmente si naciste hace cien años; no creo que hubiese certificados o documentos, es im­posible. Pero jamás he visto a un hombre tan viejo pero con tanto vigor, realmente vigoroso.

Era el único de todo el colegio al que le te­nía algún respeto, aunque era un subordinado y nadie se fijaba en él. De vez en cuando, por consideración a este hombre, visitaba el cole­gio, pero sólo iba a su puesto.

Su puesto estaba en la esquina de la Puerta del Elefante. Su trabajo consistía en abrir y cerrar la puerta, y tenía una campana colgando de­lante de su garita que había de tocar cada cua­renta minutos, dejando únicamente dos pausas al día de diez minutos para tomar un té y una hora para la comida. Ése era todo su trabajo; aparte de eso, era un hombre totalmente libre.

Yo solía ir a su garita, y él cerraba la puerta para que nadie nos molestase, y para que no me pudiese escapar tan fácilmente. Entonces me decía:

-Ahora cuéntame todo lo que ha pasado desde la última vez.

Era un viejecito adorable. Su cara tenía tan­tas arrugas que hasta intenté contarlas, aunque, por supuesto, no se lo dije. Hacía como que le escuchaba y mientras tanto contaba todas las líneas de la frente (y tenía una frente muy grande porque había perdido todo el pelo), y cuántas líneas tenía en las mejillas. En realidad, toda su cara, de cualquier forma que la dividie­ses, no era más que arrugas. Pero tras las arru­gas había un hombre de amor y entendimiento infinitos.

Cuando no iba al colegio durante muchos días, indudablemente, se empezaba a acercar el día en que me vendría a buscar. Eso significaba que mi padre se enteraría de todo: que no iba nunca a clase, y que me habían dado un permi­so de asistencia simplemente para que no fue­se. Habíamos llegado a ese acuerdo. Yo les dije:

-De acuerdo, yo no vendré, pero ¿qué pasa con mi permiso..., porque, ¿quién va a hablar con mi padre?

-No te preocupes por tu permiso -me dijeron-. Te daremos un permiso para el cien por cien del tiempo, incluyendo las fiestas, de modo que no te preocupes.

Por eso siempre estaba pendiente de ir a su garita antes de que se le ocurriese ir a mi casa, y de alguna manera, otra vez tengo que usar la palabra «sincronicidad»: él sabía cuándo iba a venir. Sabía que si no iba a verle ese día, ven­dría a preguntar por mí, y había adquirido una precisión matemática.

Empezaba con esta sensación desde por la mañana:

-Escucha.

No te lo digo a ti, estoy contando cómo me despertaba.

-Escucha, si no vas a visitarle hoy, Man­nulal (así se llamaba), te vendrá a buscar esta noche. Antes de que suceda esto, tienes que hacer acto de presencia.

Excepto una vez, siempre seguí el consejo de mi voz interior, me refiero en lo que se refie­re a Mannulal. Sólo una vez. . ., y ya me estaba empezando a cansar de esta historia. Era una especie de tortura: tenía que ir, iba porque te­nía miedo de que se lo contara a mi padre y a mi madre, y de que esto hiciese estragos.

-No -dije-. Esta vez no voy a ir. Pase lo que pase, no voy a ir. ¿Ya quién me encontré? Nada menos que a Mannulal, al viejo que se aproximaba. A lo mejor tenía más de cien años pero lo disimulaba. A mí siempre me pareció, y sigo insistiendo, que tenía más de cien años; tal vez ciento diez o hasta ciento veinte. Parecía tan anciano que no lo po­días creer. Nunca he visto una cosa tan antigua. He ido a museos, he visto todo tipo de coleccio­nes de objetos antiguos, pero nunca he visto nada tan prehistórico como Mannulal.

¡Se aproximaba! Salí corriendo justo a tiem­po para evitar que entrase en la casa.

-He venido a buscarte -me dijo-, por­que tú no venías a verme. Ya sabes que soy un viejo. Me podría morir mañana, quién sabe. Sólo quería verte. Me alegro de que estés más sano y más vivo que nunca -diciendo esto, me bendijo, se volvió y se fue. Me acuerdo de su espalda, con el extraño uniforme que tienen que llevar los bedeles.

Me va a costar mucho describirlo. Primero el color: era de color caqui, creo que lo llamáis caqui, ¿verdad? En segundo lugar: tenía una cinta enrollada en las piernas hasta la rodilla, también de color caqui, pero separada. Era para darle un aspecto más vigilante, más alerta, o mejor dicho, «firme». De hecho, estaba tan apretada, que ¡qué otra cosa podía hacer sino estar firme!

Es curioso cómo la ropa puede cambiar tu comportamiento. Por ejemplo, llevar una túni­ca ajustada, quiero decir un vestido ajustado, no una túnica, o pantalones ajustados como los que usan los adolescentes, tan ajustados que te preguntas cómo se los pueden poner... Yo no podría ponérmelos, eso es seguro. Y aunque hayan nacido con ellos puestos, ¿cómo hacen para quitárselos? Pero eso son cuestiones filosó­ficas. A ellos no les preocupa. Cantan cancio­nes pop y comen popcorn, ¡qué más se puede hacer en este mundo! Pero, indudablemente, la ropa puede modificar tu comportamiento.

Los soldados no usan uniformes holgados; si no, no serían guerreros. Cuando usas algo ajustado, tan ajustado que te dan ganas de quitártelo, naturalmente, te entran ganas de pelearte con todo el mundo. Siempre estás enfadado. No es objetivo, no está dirigido contra nadie en particular, simplemente es una sensación subjetiva. Sólo tienes ganas de quitártela. ¿Qué puedes hacer? Una buena pelea. Eso, sin duda, relaja a las personas. Entonces, naturalmente, la ropa ajustada se queda más holgada.

Por eso todos los amantes, antes de hacer el amor, tienen que pasar primero por el ritual de la pelea de almohadas, por la discusión, por decirse cosas desagradables. Luego, por supuesto, es una comedia: todo termina bien. ¡Qué lástima! ¿Por qué la gente no podrá amarse desde el principio? Pero no; la estrechez se lo impide. No pueden aflojarse.

Dadme tres minutos... Tenía mucho que decir, pero tengo que hacer otras cosas. Veis la lágrima. . ., secádmela, por favor. Ha sido precioso, gracias.

Esto es fabuloso... (risilla ahogada). Puedes continuar, Ashu, lo estás haciendo muy bien. Tú sigues por tu camino y él por el suyo. Los caminos difieren y no creo que se encuentren en ningún lugar.

¿Se ha acabado? ¡Muy bien! (riéndose).

 

 

 

 

Sesión 48

 

Estaba hablando de mis visitas al colegio. Sí; lo llamo visitas porque, indudablemente, no se puede decir que asis­tiera a la escuela. Sólo iba para hacer alguna travesura. De alguna extraña manera, siempre me ha encantado estar implicado en las trave­suras. Probablemente, era el principio de cómo iba a ser el resto de mi vida.

Nunca me he tomado nada en serio. No puedo, ahora tampoco. Incluso cuando me muera soltaré una carcajada, si me lo permiten. Pero durante los últimos veinticinco años en India he tenido que desempeñar el papel de hombre serio. Ha sido el papel más difícil, y el tramo más largo. Pero lo hice de tal manera que, aunque tenía que estar serio, no permitía que estuviesen serios los que estaban a mi alre­dedor. Eso me ha mantenido a flote; por otra parte, la gente seria es mucho más venenosa que las serpientes.

Podrás atrapar serpientes, pero las personas serias te atrapan. Tienes que alejarte de ellas lo más rápido que puedas. Tengo suerte de que las personas serias ni siquiera intentan acercar­se a mí. Me hice notorio bastante pronto, y todo comenzó antes de que supiera hasta dón­de me iba a llevar esto.

Cuando me veían llegar todo el mundo es­taba sobre aviso como si fuese a crear algún peli­gro. Por lo menos a ellos les debía parecer peligro­so. Para mí sólo era una diversión; esta palabra resume toda mi vida.

Por ejemplo, éste es otro incidente de la es­cuela primaria. Debía estar en cuarto, el último curso. Nunca me suspendían, por la sencilla ra­zón que ningún profesor quería que volviese a estar en su clase. Naturalmente, la única forma de deshacerse de mí era que pasase a otro curso. Al menos, durante un año entero, sería un pro­blema para otro profesor. Así me llamaban, «el problema». Por mi parte, no podía entender qué problemas le causaba yo a nadie.

Quería daros un ejemplo. La estación esta­ba a tres kilómetros de mi pueblo y separaba a mi pueblo de otro pueblecito que se llamaba Cheechli, a nueve kilómetros.

Cheechli, dicho sea de paso, era el lugar de nacimiento de Maharishi Mahesh Yogi. Él nunca lo menciona, y tiene motivos para no mencionarlo, porque pertenece a la casta de los sudras (casta más baja de la jerarquía hindú) en India. Simplemente basta con men­cionar que eres de un determinado pueblo, de una casta determinada o de cierta profesión; los hindúes son muy ignorantes respecto a esto. Son capaces de pararte en medio de la ca­lle para preguntarte:

-¿A qué casta perteneces?

A nadie se le ocurre pensar que sea una intromisión. Maharishi Mahesh Yogi nació al otro lado de la estación; como sólo es un sudra, ni siquiera puede mencionar su pueblo -porque es un pueblo únicamente de sudras-, ni usar su apellido. Eso también revelaría instantáneamente su origen.

Su nombre completo es Mahesh Kumar Shrivastava, pero el nombre «Shrivastava» acabaría con todas sus pretensiones, al menos en India, y eso afectaría también a los demás. No es un sannyasin iniciado en ninguna de las órdenes antiguas, porque de nuevo sólo hay diez órdenes de sannyasins en India. Yo he intentado destruirlas; por eso están todos enfadados conmigo.

Estas órdenes son castas de sannyasins. Maharishi Mahesh Yogi no puede ser sannyasin porque los sudras no se pueden iniciar. Por esa razón no puede poner «Swami» delante de su nombre. No puede ponerlo porque nadie le ha dado ese nombre. Tampoco escribe detrás de su nombre Bharti, Saraswati, Giri, etc., como hacen los sannyasins hindúes que tienen diez nombres.

Se ha inventado su propio nombre: «Yogi». No significa nada. Cualquier persona que se ponga boca abajo, y que, por supuesto, se caiga una y otra vez, se puede llamar un yogi; sobre eso no hay restricciones.

Un sudra puede ser un yogi, y el nombre Maharishi está ahí para reemplazar a «Swami»; porque en India las cosas funcionan de tal modo que, si falta la palabra «Swami», la gente sospecharía que hay algo raro. Tienes que poner algo ahí para suplir la falta.

Se inventó el nombre «Maharishi», pero ni siquiera es un rishi. Rishi significa «vidente», y Maharishi significa «gran vidente». Él no ve más allá de sus narices. Cuando le haces preguntas relevantes sólo se sabe reír. De hecho, le llamamos «Swami Risitananda»; concuerda mucho con él. Su risita no es algo respetable, sino que es una es­trategia para no contestar a las preguntas. No es capaz de contestar ninguna pregunta.

Le conocí, por casualidad, en un sitio muy extraño, Pahalgam. Él dirigía un campo de meditación, y yo también. Naturalmente, mi gente y la suya se conocieron. Al principio intentaron traerlo a mi campo, pero puso muchos inconvenientes como que no tenía tiempo, y que le gustaría pero que no era posible.

Luego dijo:

-Se puede hacer una cosa: podéis traerlo de forma que no se vea interrumpido mi tiempo ni mi programa. Puede hablar conmigo en mi estrado. Ellos asintieron..

. Cuando me lo contaron les dije:

-Esto es una estupidez. Ahora me veré en un aprieto innecesario. Estaré delante de su gente. No me preocupan las preguntas; el único problema es que no está bien que el huésped agreda a su anfitrión, especialmente delante de sus discípulos. Y en cuanto le vea no podré resistir agredirle. Cualquier decisión que tome para no agredirle desaparecerá.

Pero ellos dijeron:

-Se lo hemos prometido.

-De acuerdo -dije-. No me molesta, estoy listo.

No estaba muy lejos, a un par de minutos andando. Sólo tenía que entrar en el coche y volver a salir, ésa era la distancia que había. De modo que dije:

-Bueno, iré.

Fui hasta allí pero, tal y como suponía, él no estaba. Pero a mí me da igual todo. Comencé el campo, ¡Su campo de meditación! Él no estaba, intentaba evitarme en todo lo posible. Alguien le debe haber avisado..., pues se alojaba en el hotel de al Iado y debía estar oyendo lo que decía desde su habitación. Comencé a ata­carle duramente, porque al ver que no estaba aproveché para atacarle todo lo que quise y dis­frutarlo al máximo. Probablemente, le di con tanta dureza que no fue capaz de mantenerse al margen. Se acercó riéndose.

-¡Deja de reírte! -le dije-. Eso estará bien para la televisión americana ¡pero a mí no me vale!

Entonces desapareció su sonrisa. Nunca había visto tanta rabia. Era como si la risita no fuera más que una cortina detrás de la cual se escondía todo lo que no debía estar ahí.

Fue demasiado para él, naturalmente, y dijo:

-Tengo otras cosas que hacer, discúlpame, por favor.

-No hace falta -le dije-. En lo que a mí respecta, es como si nunca hubieses venido. Has venido por motivos equivocados, y no voy a entrar en eso para nada. Pero recuerda que tengo mucho tiempo.

Entonces fue cuando le ataqué de verdad, porque sabía que se había ido a la habitación de su hotel. Incluso podía ver su cara mirando por la ventana. Se lo dije incluso a sus seguidores:

-¡Fijaos! Dice que tiene mucho trabajo. ¿Ése es su trabajo? ¿Mirar por la ventana para ver cómo trabaja otro por él? Al menos, se podía esconder, de la misma manera que se esconde detrás de su risita.

Maharishi Mahesh Yogi es el más astuto de todos los llamados gurús espirituales. Pero la astucia triunfa; no hay nada que triunfe tanto como la astucia. Si no aciertas es porque te has topado con alguien más astuto que tú. Pero la astucia sigue triunfando.

Jamás menciona su pueblo; me he acordado porque os iba a contar una anécdota. Esta anécdota tiene algo que ver con su pueblo, mis historias siempre van en todas las direcciones.

Cheechli era un pequeño estado que no formaba parte de la soberanía británica. Era un estado muy pequeño, pero al fin y al cabo, el rey era un rey aunque no pudiese tener más que un elefante. Así se solía medir la realeza, por el número de elefantes que poseían.

Ya os he hablado de la Puerta del Elefante que había delante del colegio. Una vez, sin ningún motivo, me aproximé al maharajá de Cheechli y le pregunté:

-Me gustaría que me prestases el elefante, aunque sólo fuese una hora.

-¡Cómo! -exclamó-. ¿Qué quieres hacer con mi elefante?

-No quiero tu elefante -le respondí-sólo quiero hacer que la puerta se sienta bien. Seguro que conoces esa puerta; ¡probablemen­te tú también habrás estudiado allí!

-Sí -contestó-. En mis tiempos sólo había una escuela primaria. Ahora ya hay cuatro.

-Quiero que la puerta se sienta bien aun­que sólo sea por una vez-dije-. Se llama la Puerta del Elefante pero por ella no pasa ni si­quiera un burro.

-Eres un chico raro -respondió-, pero me gusta la idea.

-¿Qué quieres decir, cómo que te gusta la idea? Si está loco -saltó su secretario.

-Los dos tenéis razón -dije-, pero loco o no, he venido a pedirte el elefante durante una hora. Quiero montar en él hasta el colegio.

Le gustó tanto la idea que dijo:

-Tu montarás el elefante y yo te seguiré en mi viejo Ford.

Tenía un coche Ford muy antiguo, proba­blemente el modelo T; creo que el Ford T es el más antiguo. Quería venir para ver lo que pa­saba.

Cuando atravesé el pueblo, por supuesto, montado en el elefante, se sorprendió todo el mundo, y la gente se reunió y comentó:

-¿Qué pasa? ¿Cómo ha conseguido un elefante ese chico?

Cuando llegué al colegio ya había una gran multitud. Incluso el elefante tuvo dificultades para pasar entre tanta gente. Los niños estaban dando saltos, ¿sabéis dónde? ¡En el tejado del colegio! Gritaban: -¡Ha llegado! ¡Sabíamos que gastaría alguna broma, pero ésta es muy grande!

El director del colegio le tuvo que decir al bedel que tocase la campana para avisar que se cerraba el colegio; si no, la muchedumbre habría destrozado el jardín o habría cedido el te­jado con tantos niños encima. ¡Hasta mis pro­pios profesores estaban encima del tejado! Y lo más curioso es que, absurdamente, incluso yo me quería subir al tejado para ver qué pasaba.

Se cerró el colegio. El elefante entró y cruzó la puerta, y así fue como le di renombre a la puerta. Al menos, ahora podría decirle a las demás verjas:

-Una vez me cruzó un chico montado en un elefante, y se reunió una gran multitud para verlo..

Por supuesto, la puerta dirá:

-Para verme a mí, la puerta.

También llegó el rajá. Cuando vio a toda la gente, no podía creerlo. Me preguntó:

-¿Cómo has conseguido reunir a toda esta gente tan rápido?

-No he hecho nada -le respondí-. Ha sido suficiente con mi entrada en el colegio. No creas que ha sido por tu elefante; si es lo que piensas, puedes venir tú mañana montado en el elefante, y verás como no vendrá hasta aquí ni un alma.

-No quiero hacer el ridículo -respondió-. Vengan o no vengan, haría el ridículo sentado encima de mi elefante delante de la es­cuela primaria, sin ningún motivo. Tú, por lo menos, eres del colegio. He oído hablar de ti, me han contado muchas historias. ¿Entonces, cuando me vas a pedir el Ford?

-Espera y verás -le respondí.

Nunca se lo pedí, aunque él mismo me lo había ofrecido, y habría sido una buena oca­sión porque era el único coche que había en todo el pueblo. Pero este coche era..., ¿cómo lo diría? Cada veinte metros tenías que salirte y empujarlo; por eso no se lo pedí nunca.

-¿Qué clase de coche es éste? -le pregunté. -Soy un hombre pobre -me respondió-;

Soy el rey de un estado pequeño. Tengo que te­ner un coche, y éste es el único que me podía permitir.

Era totalmente inservible. Todavía me pre­gunto cómo conseguía avanzar más de unos metros. El pueblo solía divertirse y se reían cuando veían pasar al rajá en su coche, y por supuesto, ¡todo el mundo tenía que empujar!

-No -le dije-. Ahora mismo no estoy en situación de pedirte el coche, pero quizá algún día.

Se lo dije para no herirle. Pero todavía me acuerdo del coche: seguramente sigue estando allí en su casa.

En India tienen unos coches tan viejos... ¿Cómo lo llaman? Un clásico. El gobierno hin­dú tuvo que promulgar una ley para que no se pudiesen sacar los coches clásicos de India. No hacía falta promulgar ninguna ley; de todas formas, los coches no podían ir a ningún sitio. Pero los americanos están dispuestos a com­prados al precio que sea. En India puedes en­contrar incluso el primer modelo de muchas marcas de coches. De hecho, en Bombay o Calcuta se ven unos coches tan antiguos que no puedes creer que estás en el siglo XX.

Una vez, dicho sea de paso, el rajá y yo nos encontramos, por casualidad, en un tren y la primera pregunta que me hizo fue:

-¿Por qué no viniste?

Al principio no me acordaba de lo que quería decir con «no viniste»..., de modo que le dije:

-Ni siquiera me acordaba que tenía que ir.

-Sí -dijo-; debe haber sido hace cuarenta años. Prometiste venir e ir con mi coche al colegio.

¡Entonces me acordé! Tenía razón.

-Es maravilloso... -dije, porque debía de tener cerca de noventa y cinco años y seguía teniendo muy buena memoria. Después de cuarenta años: «¿Por qué no viniste?»-. Eres un milagro -le dije.

Creo que si me lo volviese a encontrar en el otro mundo la primera pregunta que me haría sería la misma:

-¿Por qué no viniste?

Porque se lo volví a prometer diciendo: -Esta bien, me olvidé. Perdóname. Iré.

-¿Cuándo? -me preguntó.

-¿Quieres que te dé una fecha? ¿Para ese coche? ¡Después de cuarenta años! -excla­mé-. Si hace cuarenta años, de coche ya sólo le quedaba el nombre, ¿cómo estará después de otros cuarenta años?

-Perfectamente -contestó.

-¡Genial! -dije-. ¿Por qué no dices que está como nuevo, como si lo acabaras de sacar del concesionario? Pero iré de todas formas; tengo ganas de subirme a ese coche.

Desgraciadamente, el día que llegué ya se había muerto el rajá..., o afortunadamente, porque ¡vi cómo estaba el coche! Cuarenta años antes, por lo menos, andaba unos metros; pero ahora, aunque el rajá hubiese estado vivo, el coche estaba muerto.

-Has llegado un poco tarde -dijo el viejo criado-. El rajá se ha muerto.'

-¡Gracias a Dios! -dije-. De lo contrario, ese insensato me habría hecho mon­tarme en el coche, y seguramente ni siquiera funciona.

-Es cierto -dijo-. Nunca lo he visto funcionar, aunque sólo he estado a su servicio los últimos quince años, pero en ese tiempo no se ha movido. Está en el porche para hacer ver que el maharajá tiene un coche.

-Habría sido un paseo magnífico -dije-, y muy breve también. Entras por una puerta y sales por la otra, sin perder el tiempo.

Los profesores que aún están vivos todavía se acuerdan de estas visitas al colegio. Ninguno de ellos podía creer que hubiese sido el prime­ro de la universidad, porque sabían cómo ha­bía aprobado su asignatura. Gracias a su favor, a su miedo o a lo que fuese. Simplemente, no podían entender cómo había llegado a ser el primero de toda la universidad. Cuando volví a casa, en todos los periódicos informaban de esto con una foto que decía: «Este estudiante ha obtenido la medalla de oro.» Mis profesores estaban asombrados. Me miraban como si fue­se de otro planeta.

-¿Por qué me miráis así? -les pregunté. -No lo podemos creer -dijeron-. Debes haber hecho alguna trampa.

-En cierro sentido tenéis razón; ha sido una broma. .

Ellos lo sabían, porque no había hecho más que gastarles bromas.

En una ocasión llegó al pueblo un hombre con un caballo. Quizá hayáis oído hablar de un caballo muy famoso en Alemania; creo que se llamaba Hans.

¿Cómo se pronuncia, Devageet? ¿Hands?

H-a-n-s.

-Hunts, Osho.

De acuerdo:

-Hands.

Hans se había hecho mundialmente famoso en aquella época, tan famoso que fueron a conocer su caballo grandes matemáticos y cientí­ficos, y toda clase de pensadores y filósofos. ¿A qué se debía tanto alboroto? Yo lo sé, aunque me enteré del «caso de Hans» mucho más tarde, porque en mi pueblo había un hombre con un caballo que sabía hacer el mismo truco. Le insistí tanto que al final aceptó enseñarme cómo lo hacía.

Su caballo..., pero antes dejadme que os cuente lo del famoso caballo de Alemania, para que podáis entender cómo puede un caballo engañar incluso a grandes científicos. El caballo Hans sabía resolver cualquier problema ma­temático. Si le preguntabas cuánto es dos más cuatro, daba seis golpes con la pata derecha.

Realmente era asombroso lo que hacía este caballo, aunque fuese un problema sencillo: ¿cuánto es dos más cuatro? Pero el caballo lo resolvía sin equivocarse. Poco a poco, empezó a re­solver problemas más difíciles, con cifras más grandes. Nadie se podía figurar cuál era el secre­to. Incluso empezaron a decir los biólogos que quizá los caballos tenían inteligencia, como el hombre, y que sólo necesitaban adiestramiento.

Yo también he visto un caballo como ése en mi pueblo. No era mundialmente famoso; per­tenecía a un pobre hombre, pero sabía hacer el mismo truco. El caballo era su único ingreso. Solía ir de pueblo en pueblo con el caballo, y la gente le hacía preguntas. A veces respondía que sí, y a veces respondía que no, moviendo la ca­beza; pero no como los japoneses, sino como todo el resto del mundo. Los japoneses son los únicos raros.

Cuando daba sannyas a un japonés, siem­pre era un lío. Mueven la cabeza al contrario que todo el mundo. Cuando la mueven hacia arriba y hacia abajo significa que no, y vicever­sa. Aunque ya lo sabía, siempre me enredaba tanto conversando con ellos, que cuando decían que sí creía que estaban diciendo que no.

Durante unos instantes me quedaba sorprendido; entonces Nartan, el traductor, decía:

-Ni ellos aprenden, ni tú. Me encuentro en una situación difícil, porque sé que va a su­ceder. Incluso les empujo y les pellizco para que se acuerden. Ellos me aseguran que se van a acordar, pero cuando les haces una pregunta...

La costumbre se vuelve parte de tu estructura. ¿Por qué sólo les pasa a los japoneses? Quizá pertenecen a otro tipo de monos; es la única explicación. Al principio había dos mo­nos, uno de ellos era japonés.

No hacía más que pedirle al hombre del ca­ballo que me enseñase el truco. Su caballo sa­bía hacer lo mismo que el famoso Hans. Pero éste era un hombre pobre; yo sabía que era su medio de vida, aunque finalmente el hombre aceptó. Le hice una promesa diciendo:

-Nunca le contaré tu secreto a nadie, pero me tienes que hacer un favor: me tienes que dejar tu caballo una hora para que lo pueda lle­var al colegio. Nada más que eso, y yo guardaré silencio.

-De acuerdo -dijo.

Se quería deshacer de mí de alguna manera, por eso me contó el truco. Era muy sencillo: había adiestrado al caballo para que moviese la cabeza en la misma dirección que lo hacía él. Todo el mundo estaba observando al caballo, por supuesto, y nadie se fijaba en el dueño que estaba de pie en la esquina. Él movía ligera­mente la cabeza, de modo que no lo notabas aunque le mirases, pero el caballo se daba cuenta. El caballo había sido adiestrado para que moviese la cabeza de un lado al otro cuan­do su dueño no movía la cabeza. Lo mismo sucedía con los golpes.

El caballo no sabía nada de números, y mu­cho menos de aritmética. Cuando le pregun­taban:

«¿Cuántas son dos más dos?», daba cuatro golpes en el suelo y se paraba. El truco era que el caballo dejaba de dar golpes cuando el dueño cerraba los ojos; mientras el dueño tenía los ojos abiertos, el caballo seguía dando golpes.

Era el mismo truco que usaba el famoso Hans, pero este hombre era pobre, y vivía en un pueblo pobre, mientras que Hans era un caballo muy famoso, y además alemán. Cuan­do los alemanes hacen algo lo hacen a concien­cia. Un matemático alemán investigó durante tres años para descubrir el secreto que os he contado.

Cuando aprendí el truco fui al colegio con el caballo. Por supuesto, los niños estaban al­borotados, pero el director del colegio me dijo: -¿Cómo te las arreglas para encontrar co­sas tan extrañas? He vivido en el pueblo toda la vida y, sin embargo, no conocía a este caballo.

-Sólo necesitas un poco de agudeza, y hay que estar a la caza continuamente. Por eso no vengo al colegio todos los días -le respondí.

-Eso está muy bien -me dijo-. No ven­gas. Está muy bien para todo el mundo que explores; porque cuando vienes significa que se altera todo el día. Seguro que haces algo que trastoca todo. Nunca te he visto sentado ha­ciendo tu trabajo como los demás.

-No vale la pena hacer ese trabajo -le dije-. El hecho de que todo el mundo lo esté haciendo es prueba suficiente de que no mere­ce la pena. En esta escuela todo el mundo está haciendo el mismo trabajo. Hay siete millones de pueblos en India, y todo el mundo está ha­ciendo lo mismo en todos los pueblos. No vale la pena. Yo estoy intentando buscar algo que no hagan los demás, y os lo ofrezco gratis. Cada vez que vengo es casi un carnaval, pero me miras con cara de pena. Estoy perfectamente.

-Tú no me das pena -me dijo-; me doy pena yo, que tenga que ser el director de esta escuela.

No era malo. Los últimos días de escuela primaria me tocaron en su clase. Él era de cuarto curso. Nunca le di grandes problemas, bastaba con los pequeños; me los encuentro sin tenerlos que buscar. Pero mirándole a los ojos, le dije:

-Muy bien, ahora no te voy a traer nada que te moleste; eso quiere decir que no vaya volver aquí. Sólo vendré acá por mi título al final de curso. Se lo puedes dejar al bedel, y él me lo dará, así no tendré que volver a entrar en el co­legio.

No entré para recoger mi título. Le encargué al bedel que lo recogiese. Le dijo al director:

-El niño ha dicho: «¿Por qué voy a ir  por el título si nunca agradecieron mis visitas? Pue­des ir a buscarlo y traérmelo a la Puerta del Elefante.»

Adoraba a ese bedel. Tenía un espíritu muy bello. Se murió en 1960. Yo estaba en el pue­blo, por casualidad, pero fue como si estuviese allí por él, para verle morir. Eso ha sido lo que más me ha interesado desde que era pequeño: la muerte es un misterio muy grande, mucho mayor de lo que pueda ser la vida.

No digo que os tengáis que suicidar, pero tened presente que la muerte no es un enemigo ni tampoco el final. No es una película que ter­mina con «Fin». No hay final. El nacimiento y la muerte son sucesos en el curso de la vida, son olas.

Sin duda, la muerte es más rica que la vida, porque el nacimiento está vacío. La muerte es toda nuestra experiencia en la vida. Depende de lo relevante que quieras que sea la muerte. Depende de lo que vivas, no en términos de tiempo sino de profundidad.

Volví a la escuela primaria muchos años más tarde. No podía creer que hubiese desapa­recido todo excepto la Puerta del Elefante. To­dos los árboles -y había muchos- fueron ta­lados. Había árboles preciosos llenos de flores pero ya no quedaba ni uno.

Había vuelto por el bedel, que se acababa de morir. Él vivía al Iado de la verja, junto a la es­cuela. Pero habría sido mejor no ir, porque guardaba un hermoso recuerdo en mi memoria, y lo habría seguido recordando así; sin embargo, ahora era más difícil. Parecía una fotografía des­vaída, habían desaparecido los colores, incluso las líneas; como una fotografía vieja, de la que sólo se conserva intacto el marco.

Una vez vino a verme un hombre a Puna, que había sido mi profesor en ese colegio. Ya era muy cariñoso conmigo en aquel entonces, pero nunca pensé que vendría a verme a Puna. Es un viaje largo y caro para un hom­bre pobre.

-¿Qué te ha impulsado a venir? -le pregunté.

-Sólo quería ver que era cierto lo que, en el fondo, siempre había soñado -me respon­dió-, que tú no eras lo que aparentabas ser. Eres otra persona.

-Qué raro que no me lo hayas dicho antes -le dije.

-Incluso a mí me parece raro decirle a una persona que no es quien aparenta ser -me dijo-, por eso lo guardé en secreto. Pero una y otra vez me volvía este pensamiento; ahora ya soy viejo, y quería ver si era cierto, o si simple­mente yo era tonto y estaba perdiendo el tiem­po pensando en esto.

Antes de irse se hizo sannyasin.

-Ahora ya no tiene sentido no hacerme sannyasin -dijo-. Te he visto y he visto a tu gente. Yo soy viejo y no viviré mucho tiempo, pero sentiré que mi vida no ha sido en balde si soy sannyasin, aunque sólo sea unos días.

Dejadme sólo diez minutos...

Ha sido muy bonito, pero ya basta. Nos queda algo de tiempo; sin embargo, tengo otras cosas que hacer.

 

 

Sesión 49

 

De acuerdo. Estaba intentando recordar a ese hombre. Me acuerdo de su cara pero, como nunca me interesó saber su nombre, no recuerdo cómo se llamaba. Os contaré toda la historia.

Mi Nani, viendo que era imposible educarme y que mandándome a la escuela sólo originaba más problemas, trató de convencer a mi familia, a mi padre y a mi madre, pero ellos no estaban dispuestos a hacerle caso. Aunque tenía razón cuando decía:

-Este niño es un estorbo innecesario para los otros mil niños -eso era cuando ingresé en la escuela superior-, y todos los días está tramando algo nuevo. Sería preferible que tuviese un profesor particular. De vez en cuando, puede «visitar> la escuela, como dice él, pero eso no le va a ayudar a aprender nada que merezca la pena, porque siempre está molestando a los otros chicos y a sí mismo. No nos queda mu­cho tiempo.

Hizo todo lo posible por enseñarme las cosas más básicas, pero mi familia no estaba dispuesta a asignarme un profesor particular. ¿Para qué? Decía toda la familia:

-¿Para qué están los colegios si luego tiene que tener un profesor particular?

-Pero no puedes contar a este chico como si fuese uno de los otros -dijo mi abuela-; no es porque le quiera, sino porque sé que es un auténtico problema. Vivo con él, y lo llevo haciendo tantos años que sé que hará todo lo posible por molestar. Y no hay castigo que lo pueda impedir.

Pero discreparon mi padre y mi madre, y todos los hermanos y hermanas de mi padre, es decir, discrepó todo e! Arca de Noé, todas las criaturas. Y se escandalizaron cuando vieron que yo estaba de acuerdo.

-Tiene razón -dije-. Nunca voy a aprender nada en esos colegios de tercera categoría. De hecho, en cuanto veo a los profesores, me dan ganas de darles una lección que no olvidarán en toda su vida. Y los niños, todos esos niños sentados en silencio..., es antinatural. Por eso se impone la naturaleza en cuanto hago cualquier cosita, y se queda atrás la educación con toda su cultura. Ella tiene razón: si queréis que por lo menos aprenda lengua, matemáticas o algo de geografía e historia tenéis que hacerle caso.

Esto les sobresaltó más aún que si hubiese tirado un petardo..., porque eso se lo habrían esperado. Toda la gente de mi familia y de mi barrio estaba esperando alguna travesura, hasta tal punto que me empezaron a preguntar:

-¿Qué estás tramando hoy? Yo les decía:

-¿Es que no me puedo tomar unas vacaciones? ¿Qué estáis tramando vosotros? ¿Acaso me estáis pagando? Todo el pueblo me debería pagar si es que tiene algún valor. Me puedo inventar lo que quiera.

La única que estaba interesada era mi Nani, por lo que le dije a mi familia:

-Debería saber las cosas básicas. Hacedle caso. Tendré un profesor particular aunque no le hagáis caso. Sólo necesita mi conformidad, y yo estoy completamente de acuerdo.

 

-¿Habéis oído lo que esperabais oír?-preguntó-. No es lo que esperabais, pero ése es precisamente su rasgo distintivo: lo inesperado. De modo que no os escandalicéis ni os sintáis insultados, porque seguirá haciendo este tipo de cosas. Haced lo que os digo: asignadle un profesor particular.

Mi pobre padre -pobre porque todo el mundo se reía de él- le dijo:

-Te quería dar la razón pero tenía miedo del resto de la familia, incluso de tu hija: mi mujer. Tenía miedo de que se enfadaran conmigo. Tienes razón, necesita una educación bá­sica. Y el verdadero problema no es si la necesita o no, sino si podremos encontrar un profesor particular que esté dispuesto a enseñarle. Esta­mos dispuestos a pagar; búscale tú un profesor particular.

Ella tenía en mente a alguien. Incluso me había preguntado si me gustaba ese hombre.

-Parece buena persona -le contesté-, aunque parece que la mujer le tiene un poco dominado.

-Eso no es asunto tuyo -me respondió-. ¿Por qué te preocupa? Es un buen profesor. Ha recibido el título de mejor profesor de la provincia de parte del gobernador. Puedes confiar en él.

-Eso depende de su mujer -dije-; y su mujer depende de su criado y su criado es tonto; ¿por qué debería confiar en él? ¡Es una cadena! Es un buen hombre, pero no me hagas confiar en él. En todo caso, pídeme que esté dispuesto a estar con él; eso es suficiente para poder enseñar. ¿Por qué confiar? No es mi jefe; de hecho, yo soy el jefe.

-Mira -dijo-, como le digas eso se marchará inmediatamente.

-Tú no sabes cómo es -le aclaré-. Yo sí. No se iría aunque le pegase en la cabeza, porque yo sé quién le tiene sujeto por las orejas.

En India se captura a los burros por las orejas. Tienen las orejas largas, por supuesto, y es la parte por la que resulta más fácil capturados.

-Es un burro. Quizá sea culto, pero conozco a su mujer, es una mujer de verdad. Tiene bajo sus órdenes a muchos burros como él. Si hay algún problema, yo me encargaré de él, no te preocupes. Y recuerda que la paga mensual que le tienes que dar se la daré directamente a su mujer.

-Te conozco -dijo-. Ahora entiendo a qué te refieres.

-Pues adelante -concluí.

Avisé a este hombre. Estaba realmente sometido, no sólo un poco, sino multidimensionalmente. Cuando se lo llevé a mi Nani se intentó escapar.

-Escucha -le advertí-, si te intentas escapar iré a ver a tu mujer inmediatamente.

-¿Cómo? -exclamó-. ¡No! ¿Por qué a mi mujer?

-Entonces cállate -le dije-, y el salario que te pague mi Nani (porque el sobre estará sellado) se lo entregaré a tu mujer. Ya lo hemos acordado así. No me interesa la cuestión del dinero, pero el sobre tiene que llegar a manos de tu mujer, no a las tuyas. Por tanto, antes de escaparte piénsatelo dos veces.

Él había intentado negociar que le pagásemos lo máximo posible pero entonces aceptó inmediatamente. Le guiñé un ojo a mi Nani y le dije:

-¡Fíjate! Éste es el profesor particular que me has buscado. ¿Me va a enseñar él o le tendré que enseñar yo? ¿Quién le va a enseñar a quién? Ya hemos fijado el sueldo; ahora viene la segunda pregunta que es mucho más importante para mí.

El hombre dijo:

-¿Qué significa quién va a enseñar? ¿Me vas a enseñar tú a mí?

-¿Por qué no? -le respondí-. Te estoy pagando; obviamente, yo te debería enseñar y tú deberías aprender. Con dinero se puede hacer todo.

Mi Nani le dijo al hombre.

-No te asustes, no es tan malo. No te causará ningún problema si prometes que no le vas a provocar de ninguna manera. Si le provocas, entonces no podré hacer nada para impedírselo, porque no está a sueldo. De hecho, le tengo que convencer para que acepte dinero para comprar golosinas, juguetes y ropa porque él es muy reacio. Por tanto, tenIo en cuenta; si no quieres tener problemas, no le provoques.

Pero el tonto fue y lo hizo, exactamente el primer día.

Llegó por la mañana temprano. Era un rector jubilado, aunque creo que nunca tuvo cabeza. Pero en todo el mundo la gente se divide así: en cabezas y manos. A los obreros se les llama «manos», manos nada más, como si no hubiese nadie detrás de las manos. Y a los intelectuales, a esos que se dicen la intelectualidad, se les conoce como «cabezas», tanto si tienen cabeza como si no la tienen. He conocido a muchos de los llamados cabeza de departamento y siempre me he preguntado si era ésta la ley: que se nombra cabeza del departamento al que menos cabeza tiene.

El día que comenzaban las clases, este hombre hizo exactamente lo que mi abuela le había dicho que no hiciese. Ahora entiendo lo que hizo. En aquella época, por supuesto, no podía entender toda la psicología del hecho, pero ahora entiendo por qué se comportó como lo hizo.

Cuanto más me conozco a mí mismo más entiendo la «robotización» de la gente. Funcionan como máquinas. Realmente son tuercas y tornillos, algunas veces tuercas y otras tornillos, pero son las dos cosas. Si se necesitan tuercas, son tuercas; si se necesitan tornillos, son tornillos. Sabes quiénes son las tuercas, pero ¿quiénes son los tornillos?

Bueno, esto va a ser complicado, me llevaría a una larga disertación, y probablemente me olvidaría del hombre que está aquí, delante de mí, con las manos enlazadas. De modo que ha­blaré sobre los tornillos en algún otro círculo. Pero antes, este hombre...

Entró en mi habitación, en casa de mi Nani. En realidad, toda la casa era mía excep­to su cuarto, y la casa tenía muchas habitacio­nes. No era una casa grande pero tenía, por lo menos, seis habitaciones, y ella solamente ne­cesitaba una; las otras cinco, naturalmente, me pertenecían. No había nadie más en la casa.

Dividí las habitaciones según el tipo de ac­tividades. Uno lo reservé para estudiar; estu­diaba toda clase de cosas en ese cuarto, por ejemplo, cómo capturar serpientes, cómo ense­ñarles a bailar con la música, lo cual no tiene nada que ver con la música. Aprendía todo tipo de trucos de magia. Era mi cuarto. Ni siquiera podía entrar mi abuela, porque se trata­ba de un lugar sagrado de aprendizaje, y ella sabía que ahí dentro ocurría de todo menos lo sagrado. Pero nadie podía entrar. Puse un car­tel en la puerta: NO ENTRAR SIN PEDIR PERMISO.

Había encontrado el cartel adecuado en el despacho de Shambhu Babu. Simplemente le dije:

-Me lo llevo. -¿Cómo? -exclamó.

 

-En el cartel no dice que haya que pagar para llevárselo -le dije-. Es gratis. ¿Entiendes, Shambhu Babu?

Entonces se echó a reír y dijo:

-Este cartel ha estado delante de mis ojos durante años, y nadie me ha hecho notar que no estuviese apuntado el precio. Se lo podía haber llevado cualquiera. Sólo estaba colgando de un clavo; no había que hacer nada. Te lo puedes llevar.

-Eres un amigo -le dije-, pero no interpongas la amistad en estos asuntos.

Coloqué el cartel en la puerta de mi habitación. Quizá todavía esté allí.

Aquel hombre, cuyo nombre no he conseguido recordar en todo este tiempo... Mientras os hablaba, he estado intentando hacer todo tipo de ejercicios de memoria. Tampoco me puede ayudar nadie, de modo que olvidaremos cómo se llamaba. Lo que importa no es el nombre, sino la materia de la que estaba hecho: era de goma. No podrías encontrar otro como él. Vino vestido con traje y corbata, ¡en un caluroso día de verano! Desde el principio dio muestras de su estupidez.

En India central, durante el caluroso verano, se empieza a transpirar antes de que salga el sol. Él venía ataviado con calcetines, corbata, pantalones largos; ya sabéis que nunca me han gustado los pantalones largos. Probablemente, esta clase de personas han originado en mí una especie de aversión a los pantalones largos. Es como si lo tuviese delante de mí: puedo describir hasta los detalles más minuciosos.

Tosió al entrar en la habitación, se colocó la corbata, intentó enderezarse y dijo:

-Escúchame, muchacho, he oído contar muchas historias sobre ti y te quiero advertir que yo no soy un cobarde.

Miró a uno y otro lado para asegurarse de que no le escuchaba nadie que se lo fuera a contar a su mujer, pero no se percató de que yo era amigo de su mujer. Miraba continuamente en todas las direcciones.

Siempre he creído que los cobardes se com­portan de esa manera. Las generalizaciones no son verdades absolutas pero, sin duda, tienen algo de verdad. Si no, ¿a qué se debía que mirase en una y otra dirección si delante de él sólo había un niño sentado? Sin embargo, miraba hacia todos lados menos a mí: hacia la puerta, hacia la ventana, aunque estuviese hablando conmigo. Era tan gracioso y tan lamentable que le dije:

-Escúchame tú también. Dices que no eres un cobarde. ¿Crees en los fantasmas?

-¿Qué? -exclamó.

Miró a su alrededor, miró incluso detrás de su silla y dijo:

-¿Fantasmas? ¿Qué tienen que ver los fantasmas con esto? Me estoy presentando y tú empiezas a hablar de fantasmas.

-Todavía no te los he presentado -le respondí-. Esta noche te presentaré a uno.

-¿En serio? -preguntó. Y parecía tan asustado que empezó a transpirar. Era una ca­lurosa mañana de verano y estaba paralizado, incluso más que yo ahora.

-Empieza a darme la clase -le dije-. No pierdas el tiempo porque tengo muchas cosas que hacer.

Me miró totalmente incapaz de compren­der lo que le estaba diciendo: que tenía muchas cosas que hacer. Pero yo no le interesaba, ni le interesaba si tenía que hacer cosas o no.

-Sí; empezaré la clase -dijo-; pero ¿qué hay de los fantasmas?

-Olvídate ahora de los fantasmas -le dije-. Ésta noche te los presentaré.

Entonces se dio cuenta que estaba hablando en serio. Se puso a temblar tanto que no le entendía lo que me estaba diciendo, sólo veía cómo le temblaban los pantalones largos. Después de enseñarme bobadas durante una hora le dije:

-Te pasa algo en los pantalones.

-¿Qué les pasa? -preguntó. Miró hacia abajo y se dio cuenta que estaban temblando, y entonces empezaron a temblar aún más.

:Parece como si hubiese algo dentro -le dije-. Yo no puedo verlo desde aquí, pero tú seguramente debes saberlo. ¿Por qué estás temblando? No son sólo los pantalones largos, eres tú.

Se marchó sin terminar la lección que había comenzado diciendo:

-Tengo otra cita. Mañana terminaré la lección.

-Por favor, mañana ven en pantalones cortos y así sabremos si eras tú el que temblaba o si eran los pantalones. Yo estoy a las órdenes de la verdad, porque ahora mismo es un misterio. Yo también me pregunto qué clase de pantalones son esos.

Tenía un bonito par de pantalones, al menos parecía que fuesen suyos, pero nunca supe si eran suyos o no, porque esa noche se acabó todo; nunca volvió. Así es como se marchó mi profesor particular, como le llamaban. Se lo dije a mi abuela.

-¿Crees que hay alguien que por mucho que le pagues sea capaz de aguantarme?

-No estropees las cosas -me contestó-. De algún modo, he conseguido convencer a tu familia, y tú estabas de acuerdo. De hecho, lo he conseguido gracias a ti.

-No -le dije-. No haré nada, pero si ocurre alguna cosa, ¿qué le voy a hacer? Te ten­go que decir esto porque esta noche se decidirá si le tienes que pagar o no.

-¿Cómo? -saltó-. ¿Se va a morir o algo así? ¿Tan pronto? Si ha empezado esta mañana, y sólo ha trabajado una hora.

-Me ha provocado -dije.

-Le había advertido que no te provocase -insistió ella.

En el patio de la casa de mi abuelo había un gran árbol de neem. La casa nos siguió perteneciendo tras la muerte de mi abuela. Era un árbol enorme, muy viejo, y era tan grande que abarcaba toda la casa. Cuando llegaba la temporada y se cubría de flores de neem, la fragancia lo invadía todo.

No sé si en otros lugares existirá un árbol como el neem, porque necesita un clima muy cálido. Las flores tienen un olor muy cortante; «cortante» es la única palabra que se me ocurre. No puedo decir que sea un aroma porque es amargo. Es fresco y agudo al olerlo, pero luego te deja un sabor amargo en la boca. Eso es inevitable, porque el té de neem es el más amargo del mundo. Pero cuando te empieza a gustar es como el café. Tienes que practicar un poco; no te gusta instantáneamente.

Aunque puedes encontrar café instantáneo en el mercado, primero tienes que conocer su sabor. Sucede lo mismo con el alcohol, y con miles de cosas más. Tienes que asimilar el sabor poco a poco. Si has vivido en un bosque de neem y has conocido su aroma desde el primer momento, entonces no te resulta amargo o aunque sea amargo también lo encuentras dulce.

En India se considera un deber religioso plantar todos los árboles de neem que sea posible. ¡Qué extraño! Pero si conoces el árbol de neem, su frescor tonificante y su poder desinfectante, entonces no te burlarás de esta costumbre. India es pobre y no se puede permitir muchos de los artilugios desinfectantes, pero el árbol de neem es natural y crece con facilidad.

El árbol de neem estaba detrás de mi casa. Solía llamar «mi» casa a la casa de mi abuela.

La otra casa era para todos los demás, cualquier tipo de criatura; yo no formaba parte. De vez en cuando iba a ver a mi padre y a mi madre, pero salía corriendo en cuanto me era humana­mente posible. Quiero decir que en cuanto ha­bía cumplido las formalidades me iba. Ellos sa­bían que no quería estar en su casa. Sabían que la llamaba «esa casa». Así que mi casa, con aquel gigantesco árbol de neem, era un lugar realmente bello, aunque no sé quién creó el mundo ni quién se ha inventado esta historia del árbol de neem.

La historia cuenta -y hace que el árbol de neem sea realmente bello-, cuenta que tiene poder para atrapar los fantasmas. No sé de qué manera conseguía hacerla, y mi iluminación no me ha ayudado a averiguarlo. De hecho, es lo primero que quise saber después de iluminarme, pero no me llegó ninguna respuesta. Probablemente, no hacía nada de nada. En India cualquier historia se vuelve una verdad, y en poco tiempo una verdad absoluta.

Pero la historia es que si te ha poseído un fantasma sólo tienes que sentarte debajo de un árbol de neem y llevarte un clavo, cuanto más grande mejor; después le tienes que decir al árbol: «Te voy a clavar mi fantasma.» También tienes que llevarte un martillo, o coger una piedra cercana para darle un fuerte golpe al clavo. Una vez que has clavado el fantasma al árbol estás libre. En ese árbol había mil clavos por lo menos. Todavía me da pena, aunque ya no exista.

Todos los días venía gente, incluso habían abierto una tiendecita al otro lado de la calle para vender clavos, a consecuencia de la demanda que había. Lo más importante es que el fantasma desaparecía casi siempre. La conclusión natural es que estaba clavado al árbol. Nadie sacaba ningún clavo porque si lo hacía quizá se liberara el fantasma y si te encontrabas cerca te podía poseer.

Mi familia estaba muy preocupada por mí y por el árbol. Le dijeron a mi Nani:

-Está bien que duerma en tu casa. No tenemos nada en contra. Tampoco pasa nada porque coma ahí. Viene a ver a su familia en contadas ocasiones; está bien, sabemos que está bien cuidado, pero ten cuidado con el árbol y con el niño. Si saca un clavo, será desgraciado el resto de su vida.

El cuento sigue diciendo que una vez que un fantasma se ha liberado del árbol no lo puedes volver a clavar porque ya conoce el truco y no le puedes engañar dos veces.

De modo que mi Nani siempre estaba pendiente de que no me acercase al árbol. Pero no se dio cuenta de que estaba quitando todos los clavos que podía; si no, ¿quién le suministraba los clavos al tendero de enfrente? Tenía un buen negocio. Al principio, incluso el tendero estaba asustado.

-¿Cómo? -me preguntó-. ¿Estás sacando los clavos del árbol?

-Sí -le respondí-, y no hay fantasmas. Somos amigos, muy amigos.

No quería que se sintiese inquieto porque si se enteraba mi abuela habría problemas. Por eso le dije:

-Los fantasmas me quieren mucho. Somos muy amIgos.

-Eso es un poco raro -dijo-. No había oído nunca que a los fantasmas les gustasen los niños pequeños como tú. Pero el negocio es el negocio. . .

Le estaba proporcionando clavos a la mitad de precio que en el mercado. Era una verdadera ganga. Pensó que si yo podía sacar los clavos sin que me molestasen los fantasmas, debíamos ser muy buenos amigos, y que no se tenía que enemistar conmigo. El niño es un pesado, pero si los fantasmas le ayudan, nadie está a salvo.

Él me daba dinero y yo le daba clavos. Se lo conté a mi abuela:

-A decir verdad, todo esto es un engaño. Los fantasmas no existen. Llevo vendiendo los clavos desde hace un año por lo menos.

Ella no lo podía creer. Durante un instante se quedó sin respiración. Después exclamó:

-¡Cómo! ¿Has estado vendiendo los clavos? No tenías que acercarte a ese árbol. Como se enteren tu padre y tu madre te llevarán a casa.

-No te preocupes -le tranquilicé-, soy amigo de los fantasmas.

-Dime la verdad -dijo-. ¿Qué ha pasado? -en ese sentido era una mujer muy simple. Era muy inocente.

-Es verdad -le dije-, eso es lo que pasa.

Pero no le eches la culpa al pobre tendero, porque es una cuestión de negocios. Si él se escapa o se asusta se acabó mi negocio. Si realmente me quieres ayudar en mi pequeño negocio le podrías mencionar, dejar caer algo como: «Es curioso cómo les gusta el niño a los fantasmas. Nunca les había visto tan amigables con nadie. Ni siquiera yo me puedo acercar al árbol.» Díselo cuando pases por ahí.

En India construyen unas plataformas de ladrillo para sentarse alrededor de los árboles. Este árbol tenía una gran plataforma. Era un árbol enorme: en la plataforma que había debajo cabían fácilmente cien personas, y debajo de su sombra por lo menos mil personas. Era un árbol gigantesco.

-No molestes al pobre tendero -le pedí a mi Nani-. Es mi única fuente de ingresos.

-¿Ingresos? -exclamó-. ¿Qué ingresos? ¿Qué clase de asunto es éste? ¡Y ni siquiera me habías dicho nada!

-Tenía miedo de que te preocupases -le expliqué-, pero ahora te puedo asegurar que no hay ningún fantasma. Ven conmigo, sacaré un clavo y te lo demostraré.

Ella dijo:

-No. Te creo -así es como cree la gente.     -No; así no está bien, Nani -le dije-.

Ven conmigo. Sacaré un clavo. Si pasa algo malo me pasará a mí, y de todas formas voy a seguir sacando clavos aunque no vengas. Ya he sacado cientos de clavos.

Pensó durante unos instantes y dijo: -De acuerdo, iré. Hubiera preferido no tener que hacerlo, pero entonces siempre pensarás que he sido una cobarde, y no acepto que me asocies con eso. Voy contigo.

Vino. Al principio, por supuesto, miraba desde cierta distancia. Era un gran patio. En otra época, la casa había pertenecido a una pequeña finca. Debajo del árbol de neem había bellas estatuas, y unas cuantas dentro de la casa. Las puertas eran antiguas pero hermosamente talladas. Le habrían encantado a Asheesh. Hacían mucho ruido, aunque eso es otra cuestión. La casa debía haber sido diseñada por algún arquitecto antiguo. La pudimos adquirir a un precio muy bajo a causa de los fantasmas. ¿Quién estaba interesado en vivir en una casa con un árbol lleno de fantasmas? Nos salió casi de balde, por casi nada, a un precio simbólico. El propietario estaba feliz de deshacerse de ella. Mi padre le había dicho a mi Nani: -Ahí estarás sola, como mucho con este niño que es peor que un fantasma. Con tantos fantasmas y con el niño, va a ser un problema para ti. Pero ya sé que te gusta el río, las vistas y el silencio que hay en ese lugar.

Era como un templo. A excepción de los fantasmas, no había vivido nadie allí desde hacía muchos años. Le dije a mi Nani:

-No te preocupes. Ven conmigo, pero no le molestes al pobre tendero. Él vive de esto y yo también; en realidad, mantengo a muchos niños de mi colegio gracias a los fantasmas, así que, por favor, no lo estropees.

Pero ella seguía un poco alejada.

-Venga... -le insistí-. Eso es lo que he estado haciendo desde entonces, decirle a todo el mundo: Venga, acercaos un poco. No os preocupéis, no tengáis miedo.

Entonces se acercó y se dio cuenta que todo era mentira.

-¿Pero, cómo funciona? -preguntó-.

He visto a miles de personas, no sólo a una... Venían de lugares lejanos, y los fantasmas desaparecían. Cuando vienen están locos; cuando se van, después de haber puesto un clavo en el pobre árbol, están totalmente cuerdos. ¿Cómo funciona?

-Ahora mismo no sé cómo funciona -le respondí-, pero lo averiguaré. Estoy en vías de descubrirlo. No puedo dejar a los fantasmas solos.

El árbol estaba entre mi casa y el resto de la vecindad, mirando hacia un callejón. Por la noche, por supuesto, no pasaba nadie por ese callejón. Eso me venía muy bien; por la noche no había bullicio. De hecho, al ponerse sol, la gente se apresuraba a volver a sus casas antes de que se hiciese de noche. Quién sabe, con tantos fantasmas.. .

El pobre profesor particular vivía a pocas casas detrás de la casa de mi Nani. Tenía que pasar por ese callejón; no había otro camino. Lo organicé esa noche. Durante el día era difícil porque pasaba mucha gente por la calle, y no podía convencer a los fantasmas de que hiciesen algo de día, pero por la noche podía hacerlo.

Mandé a un niño a casa del profesor particular. El niño tuvo que ir, porque en mi barrio, cualquier niño que no siguiese mi consejo o lo que fuese, tendría problemas constantes, las veinticuatro horas del día, un día tras otro. De modo que hacían lo que les pedía aunque sabían que era peligroso, porque ellos también creían en fantasmas.

-Vete a casa del profesor particular -le dije-, y dile que su padre (que vivía en otra calle) está muy enfermo, que quizá no sobreviva. Díselo muy serio.

Naturalmente, si tu padre se está muriendo no te acuerdas de los fantasmas. El profesor particular salió precipitadamente. Yo había dispuesto todo: estaba sentado bajo el árbol. Era mío, nadie se podía oponer. El profesor particular pasó al lado con su lámpara de queroseno; se le debió ocurrir que, al menos, tenía que llevar una lámpara de queroseno para que los fantasmas no se le acercasen demasiado o que si se acercaban los vería a tiempo y se podría escapar.

¡Salté desde el árbol y caí encima del tutor! Lo que sucedió después fue increíble, ¡realmente increíble! Nunca me lo habría imaginado... (riéndose a carcajadas). ¡Se le cayeron los pantalones! ¡Salió corriendo sin pantalones! Todavía me acuerdo de éL.. (riéndose estrepit­samente).

 

Sesión  50

Menos mal que no puedo ver..., pero ya sé lo que está pasando. ¿Qué puedo hacer? Tienes que seguir con tu propia tecnología, y, naturalmente, con una persona como yo te encuentras con grandes dificultades. Estoy atado y no te puedo ayudar.

Ashu, ¿puedes hacer una cosa? Si te ríes un poco, él se callará. Es algo muy curioso: cuando otra persona se empieza a reír, la primera deja de reírse. La razón está muy clara para mí, no para ellos. La persona que se estaba riendo automáticamente piensa que estaba haciendo algo mal y por eso se pone seria.

Si ves que Devageet se está descarriando un poco, ríete, derrótale. Es una cuestión de liberación femenina. Si sueltas una buena carcajada, en seguida empezará a tomar apuntes. Todavía no has empezado y ya ha vuelto a sus ca­bales.

Os contaba ayer que aquella noche salté desde el árbol; no quería lastimar al pobre profesor, sino que quería que supiese la clase de alumno que era. Pero me excedí. Yo también me sorprendí cuando le vi tan asustado. Era miedo puro. El hombre desapareció.

Por un instante, .estuve a punto de poner fin a la broma cuando pensé:

-Es un viejo; quizá se muera o algo parecido, o se vuelva loco, o quizá no vuelva nunca a su casa. Porque para volver a su casa tenía que pasar otra vez por delante del árbol; era el único camino. Pero ya era demasiado tarde. Había huido dejando atrás sus pantalones.

Los recogí, fui donde estaba mi abuela y le dije:

-Estos son los pantalones, ¿y crees que era capaz de enseñarme? ¿Este par de pantalones?

-¿Qué ha ocurrido? -me preguntó.

-Ha ocurrido de todo. El hombre ha huido desnudo, no sé como se las arreglará para volver a su casa. Yo tengo prisa, te contaré toda la historia después. Quédate con los pantalones. Si viene, se los devuelves.

Pero extrañamente nunca volvió a nuestra casa para recoger los pantalones que se habían quedado ahí. Incluso los clavé al árbol de neem para que los pudiera coger sin necesidad de pedírmelos. Pero, para recuperar sus pantalones, tenía que liberar al fantasma que él suponía que se había abalanzado sobre él.

Miles de personas deben haber visto los pantalones al pasar delante del árbol. La gente va a ese lugar para hacer una especie de psicoanálisis muy efectivo; ¿cómo se dice, Devaraj? ¿un plassbo?

-Placebo, Osho.

¿Plassba?

-Pla-ce-bo.

De acuerdo, yo seguiré llamándolo «plassbo». Puedes corregirlo en el libro. «Placebo»está bien, pero yo lo he llamado «plassbo» toda la vida, y es mejor ajustarse a lo que ya sabes, esté bien o esté mal. Por lo menos es tuyo. Devaraj debe tener razón, y yo debo estar equivocado, pero hago bien en seguir llamándolo «plassbo». No el nombre, sino para sazonarlo con mI comportamiento.

Nunca he tomado en consideración lo cierto y lo erróneo. Lo que me gusta es acertado; no quiero decir que sea acertado para todo el mundo. No soy un fanático, sólo soy un loco. A lo sumo.. ., no me puedo atribuir más que eso.

¿Qué estaba diciendo?

-Hablabas de que la gente va al árbol como una especie de placebo del psicoanálisis, Osho.

El matrimonio es un placebo. Funciona, eso es lo curioso. Da lo mismo que sea verdad o no. Siempre apoyo el resultado; lo que lo origina no tiene importancia. Soy pragmático.

Le dije a mi abuela:

-No te preocupes. Colgaré los pantalones del árbol, y puedes contar con el resultado.

-Te conozco, y conozco tus extrañas ideas -insinuó-. Ahora todo el pueblo sabrá de quién son los pantalones. Aunque quisiera vol­ver a por sus pantalones, no volverá aquí de nuevo.

Esos pantalones eran famosos porque los usaba en las ocasiones especiales.

¿Pero que pasó con este hombre? Le busqué por todo el pueblo pero, naturalmente, no lo pude encontrar porque estaba desnudo. De modo que pensé:

-Mejor esperar. Probablemente, vuelva tarde por la noche. Tal vez se haya ido al otro lado del río.

Era el lugar más próximo donde no podía ser visto.

Pero el hombre no volvió. Así es como des­apareció mi profesor particular. Me sigo preguntando qué habrá sido de él sin sus pantalones. No es que esté muy interesado, ¿pero como se las arregló sin pantalones? ¿Y adónde fue? Naturalmente, se me ocurren algunas ideas. Quizá se murió de un ataque al corazón; pero entonces habrían encontrado el cuerpo, sin los pantalones. Y aunque se hubiese muerto, cualquiera que le viera se habría reído. Sus pantalones se hicieron tan famosos que incluso le llamaban «Señor Pantalón». Ni siquiera recuerdo su nombre. Tenía tantos pares de pantalones; en el pueblo corría el rumor que tenía trescientos sesenta y cinco pares de pantalones, uno para cada día. No creo que fuera verdad, era sólo un chisme. ¿Pero qué fue de él?

Cuando le pregunté a su familia me dijeron:

-Le estamos esperando, pero no le hemos vuelto a ver desde esa noche.

-Es extraño... Definitivamente, su desaparición a veces me hace sospechar que los fantasmas existen -le dije a mi Nani-.

.. .Porque sólo le estaba presentando a los fan­tasmas. Menos mal que sus pantalones están colgados del árbol.

Mi padre se enfadó muchísimo de que fue­ra tan malintencionado. Jamás le había visto tan enfadado.

-Pero yo no lo había planeado así -me excusé-. No se me ocurrió pensar que el hombre se iba a evaporar. Es demasiado, incluso para mí. Hice algo muy inocente. Me senté en el árbol con un tambor, le di un fuerte golpe para que prestara atención a lo que estaba pasando y se olvidara de todo lo demás, y entonces salté al suelo.

Era una táctica habitual. Ya había asustado a mucha gente. De hecho, mi abuela solía decir:

-Probablemente, ésta sea la única calle del pueblo donde no camine nadie por la noche más que tú.

El otro día alguien me enseñó unas pegatinas para el coche. Había una preciosa que decía: «Créeme, en realidad, la carretera me pertenece.» Mientras estaba leyendo esta pegatina, me acordé de la carretera que pasaba al Iado de mi casa. Yo era el dueño al menos por la noche. Durante el día era una carretera estatal, pero por la noche era absolutamente mía. Incluso ahora, no he conseguido ver ninguna carretera tan silenciosa como ésa por la noche.

Pero mi padre estaba tan enfadado que dijo:

-Pase lo que pase, voy a cortar este árbol y acabar con la actividad a la que te has estado dedicando.

-¿Qué actividad? -le pregunté. Estaba asustado por los clavos ya que eran mi único ingreso. Él no se daba cuenta de lo que estaba diciendo:

-La detestable actividad a la que te has estado dedicando, asustar a la gente... Y ahora, la familia de ese hombre me está persiguiendo constantemente. Todos los días viene uno de ellos para decirme que haga algo. ¿Qué puedo hacer?

-Te puedo dar los pantalones -le dije-, que es lo único que ha quedado de él. En cuanto al árbol, no creo que nadie esté dispuesto a cortarlo.

-No debes preocuparte por eso -añadió. -No me preocupo. Sólo te estoy avisando para que no pierdas el tiempo -insistí.

A los tres días me llamó para decirme:

-Desde luego, eres demasiado. Me dijiste que nadie querría cortar el árbol. Es curioso, le he preguntado a todos los que podrían hacerlo (en este pueblo sólo hay unos cuantos leñadores) pero nadie está dispuesto a hacerlo. Todos me han respondido:

-No. ¿Qué pasará con los fantasmas?

-Ya te lo había dicho -dije-, no conozco a nadie en el pueblo que se atreva a tocar el árbol, a menos que lo haga yo mismo, pero en­tonces tendrás que contar conmigo.

-No puedo contar contigo porque nunca se sabe qué te propones hacer -me respondió-. Me puedes decir que vas a cortar el árbol y después hacer otra cosa. No; no te lo puedo pedir.

El árbol se quedó ahí, sin que apareciese nadie que estuviese dispuesto a cortarlo. Yo acosaba a mi pobre padre diciéndole:

-Dada, ¿qué hay del árbol? Todavía está

ahí; lo he visto esta mañana. ¿Sigues sin encontrar un leñador?

Miró en todas las direcciones para ver si nos estaba escuchando alguien y después me dijo:

-¿Por qué no me dejas tranquilo?

-Te vengo a ver en contadas ocasiones. De vez en cuando, vengo para preguntarte por el árbol. Dices que no encuentras a nadie que lo quiera cortar. Sé que has estado preguntando, y sé que se han negado. Yo también les he preguntado.

-¿Para qué? -preguntó.

-No; no es para que corten el árbol, sino para advertirles de lo que hay dentro del árbol: fantasmas -le dije-. No creo que nadie acepte cortarlo a menos que me lo pidas a mí.

Por supuesto, no estaba dispuesto a hacerlo.

De modo que le dije:

-De acuerdo, entonces el árbol seguirá ahí.

Y siguió ahí mientras estuve en el pueblo. Cuando me marché, mi padre logró encontrar a un musulmán de otro pueblo para que cortara el árbol. Sucedió una cosa curiosa: cortaron el árbol pero como podía volver a crecer, decidió hacer un pozo para eliminarlo definitivamente. Fue en vano, porque el árbol y las raíces habían profundizado tanto que e! agua era más amarga de lo que os podáis imaginar. Nadie quería beber el agua de ese pozo.

Cuando, por fin, volví al pueblo, le dije a mi padre:

-No me hiciste caso. Has destruido un árbol precioso y hecho este pozo horrible, ¿de qué ha servido? Te has gastado el dinero para hacer un pozo, y ahora ni siquiera se puede beber el agua.

-Quizá de vez en cuando tienes razón -reconoció-. Me doy cuenta, pero ya no se puede hacer nada.

Tuvo que cubrir el pozo con piedras. Todavía sigue allí, cubierto. Si quitas unas cuantas piedras, unas losas, encontrarás el pozo. Pero, a estas alturas, el agua será totalmente amarga.

¿Por qué quería contaros esta historia? Porque el primer día de clase, el profesor particular quiso dar la impresión de que era un hombre muy valiente, un intrépido, al decirme que no creía en fantasmas.

-¿De verdad? -le pregunté-. ¿No crees en los fantasmas?

-Claro que no -dijo. Pero mientras lo decía ya estaba asustado.

-Lo creas o no, esta noche te los voy a presentar -le dije. Nunca pensé que la presentación le haría desaparecer. ¿Qué le sucedió? Siempre que volvía al pueblo pasaba por su casa y preguntaba-: ¿Ha vuelto a casa?

Me respondían:

-¿Por qué te interesa tanto saberlo? Hemos abandonado la idea de que pueda volver.

-No puedo olvidarme, porque lo que vi era muy bello, y sólo le estaba presentando a alguien -les dije.

-¿A quién? -preguntaron.

-A alguien -respondí-, y ni siquiera pude terminar de presentarles. Y lo que ha hecho tu padre no ha sido caballeroso en absoluto -le dije al hijo-"--: salió corriendo perdiendo los pantalones.

La esposa, que estaba cocinando algo, se rió y dijo:

-Siempre le estaba diciendo que se atara bien los pantalones, pero nunca me hacía caso. Ahora sus pantalones han desaparecido, igual que él.

-¿Por qué le decías que se atara bien los pantalones? -le pregunté.

Ella me dijo:

-No lo entiendes. Es muy sencillo. Se había mandado hacer todos sus pantalones de joven, y ahora le quedaban grandes porque había perdido peso. Por eso, siempre tenía miedo de que algún día se metiera en una situación comprometida al caérsele los pantalones.

Entonces recordé que siempre llevaba las manos en los bolsillos. Pero, naturalmente, cuando te encuentras con un fantasma no te acuerdas de meter las manos en los bolsillos para sujetarte los pantalones. ¡Quién se acuerda de los pantalones cuando hay un montón de fantasmas tirándose encima de ti!

Antes de irse hizo una cosa más... No sé dónde se fue; en este mundo hay muchas cosas que no tienen respuesta, y ésta es una de ellas. No sé por qué, pero antes de irse apagó su lámpara de queroseno. Ésa es otra pregunta que ha quedado sin responder.

A su manera, era un gran hombre. A menudo me pregunto por qué apagó la lámpara; hasta que un día escuche una historia, y hallé la respuesta. No estoy diciendo que él regresara, pero el segundo interrogante se resolvió.

Su hijo pequeño no quería ir al cuarto de baño si su madre no se quedaba en la puerta, y si era de noche, naturalmente, tenía que tener allí una lámpara. Estaba de visita en la casa cuando escuché a la madre decirle al niño:

-¿Puedes coger tú la lámpara?

-De acuerdo -dijo-, la llevaré porque tengo que ir. No puedo esperar más.

-¿Por qué usa la lámpara de día? -le dije-. Conozco la historia de Diógenes; ¿no será otro Diógenes? ¿Por qué lleva la lámpara?

La madre se rió y dijo:

-Pregúntaselo a él.

-¿Para qué quieres la lámpara de día, Raju? -le pregunté.

-Da igual que sea de día o de noche; hay fantasmas por todos lados. Cuando llevas una lámpara puedes evitar chocarte con ellos.

Ese día entendí por qué el profesor particular apagó la lámpara antes de salir corriendo. Probablemente, pensó que si la dejaba encendida, el fantasma le encontraría. Pero si la apagaba -y es sólo mi propia lógica- por lo menos no le vería y podría esquivarlo y escaparse.

Pero la verdad es que hizo un buen trabajo. A decir verdad, parece ser que siempre quiso huir de su mujer y ésta era su última oportunidad. Y la aprovechó. Este hombre no habría terminado así si no hubiese empezado con su osadía, diciendo:

-Ni siquiera tengo miedo a los fantasmas.

-Pero -le dije- no te lo estoy preguntando.

Pero cuando pronunció la palabra «fantasmas» le temblaban los pantalones.

-Señor, tiene unos pantalones muy raros -le dije-. Nunca he visto unos que temblasen así. Parece que están vivos.

Se miró los pantalones -todavía me acuerdo- y sus piernas se agitaban enloquecidamente.

De hecho, mis días en la escuela primaria habían terminado. Por supuesto, sucedieron miles de cosas que no se pueden contar aquí..., no es que no tengan importancia -en la vida no hay nada que no tenga importancia-, es que no tenemos tiempo. Nos basta con algunos ejemplos.

La escuela primaria sólo fue el principio de la escuela de enseñanza media. Ingresé en enseñanza media, y el primer recuerdo que tengo. .. Me conocéis, veo cosas extrañas.

Mi secretaria colecciona toda clase de pegatinas para el coche. Una de ellas era: «Aviso-freno por alucinaciones.» Me gustó. ¡Es buenísima!

La primera cosa que recuerdo es ese hombre que -afortunada o desafortunadamente, porque es difícil saber cuál de las dos- no estaba, en absoluto, en su sano juicio. Ni siquiera esta­ba loco como yo; estaba auténticamente loco. En el pueblo le conocían como Maestro Khakki. El significado de khakki es muy parecido a lo que para ti significa cucu, loco. Él fue mi primer profesor en la escuela media. Quizá nos hicimos amigos inmediatamente porque estaba auténticamente loco.

En muy raras ocasiones me he hecho amigo de los profesores. Hay algunas tribus como los políticos, los periodistas y los profesores que simplemente no pueden gustarme aunque, por separado, algunos de ellos me gusten. Jesús dice: «Ama a tus enemigos.» De acuerdo, pero él nunca fue a la escuela y por eso no sabe nada de profesores, esto por lo menos es seguro; si no habría dicho: «Ama a tus enemigos, menos a los profesores.»

Por supuesto, no había ni periodistas ni políticos, de algún modo gente cuyo trabajo consiste en chuparte la sangre. Jesús estaba hablando de sus enemigos, ¿pero y los ami­gos? No dijo nada de amar a tus amigos... Porque no creo que un enemigo pueda hacer­te mucho daño; el verdadero daño lo hacen los amigos.

Simplemente, odio a los periodistas y cuan­do odio no quiero decir ninguna otra cosa; sin interpretaciones, ¡sencillamente, odio! ¡Odio a los profesores! No quiero que haya profesores en el mundo... al menos profesores en el viejo sentido. Quizá habrá que encontrar un tipo diferente de amigo más viejo.

Pero este hombre, que era un loco conocido, inmediatamente se hizo mi amigo Su nombre completo era Rajaram, pero era conocido como Raju-Khakki, «Raju el loco». Me esperaba que él fuera lo que decían que era.

Cuando le vi, no os lo creeréis, pero ese día por primera vez me di cuenta que no es bueno estar realmente sano en un mundo insano. Mirándole, durante un momento fue como si el tiempo se hubiese detenido. Es difícil decir cuánto duró, pero tenía que terminar de escribir mi nombre, dirección y demás datos para inscribirme, por eso me hizo algunas preguntas.

-¿No nos podemos quedar en silencio? -le pregunté.

-Me encantaría -dijo-, pero vamos a acabar el trabajo sucio primero, después nos podemos sentar en silencio.

De la manera que dijo «Vamos a acabar a el trabajo sucio primero...» fue suficiente para que me diese cuenta que, por lo menos, era un hombre que sabía lo que era sucio: la burocracia y el papeleo interminable. Terminó en seguida, cerró el registro y dijo:

-Muy bien, ahora nos podemos sentar en silencio. ¿Te puedo dar la mano?

No me esperaba eso de un profesor, por eso le dije:

-O tiene razón la gente cuando dice que estás loco o tal vez es verdad lo que siento: que eres el único profesor cuerdo de toda la ciudad. -Es preferible estar loco -dijo-; te ahorra muchos problemas. Nos reímos y nos hicimos amigos. Durante treinta años hasta que se murió, le hice visitas constantemente sólo para estar sentados. Su mujer decía:

-Creía que mi esposo era el único loco de la ciudad. No es verdad; tú también estás loco. Me pregunto por qué has venido a ver a este loco. Era un loco en todos los sentidos.

Por ejemplo, le podías ver llegar al colegio montado a caballo. Eso no era tan extraño por esas tierras, ¡pero montado al revés...! Eso es lo que me encantaba de él. Montar a caballo, no cómo lo hace todo el mundo sino mirando hacia atrás es una extraña experiencia.

Más tarde le conté la historia de Mulla Nasruddin, de cómo solía montar al revés en su burro. Sus alumnos sentían vergüenza cuando salían del pueblo, por no mencionar cosas peores. Finalmente, uno de sus alumnos le preguntó:

-Mulla, todo el mundo va en burro, no hay nada malo en eso. Puedes ir en burro, ¡pero montar al revés.. .! El burro va en una dirección y tú vas mirando en dirección contra­ria, por eso la gente se ríe y dice «¡Mira al loco de Mulla!», y nos da vergüenza porque somos tus alumnos.

Mulla les respondió.

-Os lo voy a explicar. Si voy dando la espalda, os estaría insultando. No puedo insultar a mis propios alumnos, es inaceptable. Hay otras posibilidades. A lo mejor, podéis andar vosotros de espaldas delante del burro, pero es sería muy complicado, y os daría más vergüenza todavía. Así estaríamos de frente, y no nos faltaríamos el respeto. Pero sería muy complicado andar de espaldas, y el camino es largo. Por tanto, lo más natural y la solución más sencilla es que me siente de espaldas en el burro. Al burro no le importa si no os ve. Puede ver hacia dónde vamos y llegar a nuestro destino. No quiero ser poco respetuoso con vosotros, por eso lo mejor es que vaya sentado al revés en el burro.

Es curioso, pero Lao Tzu también se sentaba al revés en su búfalo; a lo mejor lo hacía por la misma razón. Pero no se sabe cuál fue su respuesta. Los chinos no responden a las preguntas de este tipo, y tampoco las hacen. Son gente muy educada, siempre están haciéndose reverencias.

Yo había decidido hacer todo lo que no estuviese permitido. Por ejemplo, cuando iba a la universidad usaba una túnica que no tenía botones y pantalones de pijama. Uno de mis profesores, lndrabahadur Khare..., todavía recuerdo su nombre aunque hace muchos años que murió, pero no lo puedo olvidar por la historia que os voy a contar.

Era el encargado de todas las celebraciones de la universidad. Por supuesto, gracias a todos los premios que estaba obteniendo para la facultad, decidió que me tenían que hacer una foto con todas las medallas, las placas y las copas, así que fuimos a un estudio. Pero surgió un gran problema cuando dijo:

-Abróchate los botones.

Y yo le respondí:

-No puedo.

-¿Cómo? -preguntó-. ¿No te puedes abrochar los botones?

-Mira, puedes verlo, los botones son falsos

.-le dije-. No tengo ojales; no se pueden abrochar. No me gusta abrochar botones, por eso le pedí a mi sastre que no le hiciera ojales a la ropa. Los botones están cosidos, ya lo ves, de modo que saldrán en la foto.

Se enfadó mucho, porque -¿cómo se dice, preocupar?- le preocupaba mucho la ropa y esas cosas, por eso dijo:

-Así no se puede hacer la foto.

-Muy bien, entonces me marcho -le dije.

-No me refiero a eso -dijo. Porque tenía miedo de que armara algún lío o fuese al director. Sabía perfectamente que no había ninguna ley que dijese que me tenía que abrochar los botones para hacerme una foto.

Se lo recordé diciéndole:

-Que sepas que mañana estarás en un aprieto. No hay ninguna ley que lo diga. Dedícate a leerlo esta noche, búscalo, haz los deberes, y mañana nos encontraremos en el despacho del director. Demuéstrame que no me puedo hacer la foto sin abrocharme los botones.

-Desde luego -dijo-, eres un alumno extraño. Sé que no te lo puedo demostrar, así que vamos a terminar de hacer la foto. Yo me iré, pero te tienen que hacer la foto.

Esa fotografía todavía existe. Uno de mis hermanos, el cuarto, Niklanka, colecciona todo lo relacionado conmigo desde que era pequeño. La gente se reía de él. Incluso yo le pregunté:

-Niklanka, ¿por qué te molestas en guardar todo lo encuentras sobre mí?

-No lo sé -dijo-, pero tengo la profun­da sensación que algún día necesitaremos todas estas cosas.

-Adelante -le dije-, si lo sientes así, sigue haciéndolo.

Gracias a Niklanka se han salvado algunas fotos de mi infancia. Ha guardado cosas que ahora son importantes.

Siempre estaba guardando cosas. Incluso si tiraba algo a la papelera, rebuscaba para ver si había algo escrito. Guardaba cualquier cosa que hubiese escrito. Todo el pueblo pensaba que estaba loco. La gente me decía:

-Tú estás loco, i Y él parece que está todavía más loco!

Pero me quería más que nadie en la familia, aunque todos me querían, pero ninguno como él. Probablemente, también tenga esa foto, porque lo coleccionaba todo. Me acuerdo de haberla visto en su colección, con los botones desabrochados. Me acuerdo de lo irritado que estaba Indrabahadur. Era un hombre muy meticuloso, pero yo también tenía mi propio carácter.

-Olvídate de la foto -le dije-. ¿Va a ser mi foto o la tuya? Tú te puedes hacer las fotos con los botones abrochados, pero ya sabes que yo nunca me los abrocho. Si me los abrochara para la foto sería falsa. ¡Hazme la foto u olvídate del tema!

Ha estado muy bien, ha sido hermoso... pero sé vertical. Conmigo no se puede aplicar la horizontalidad. Muy bien. Cuando las cosas van tan bien es mejor parar. Devageet, ha estado bien pero ya es suficiente. Devaraj, ayúdale. Ashu, hazlo lo mejor que puedas. Me encantaría poder seguir pero se nos ha acabado el tiempo. En algún momento hay que retirarse


 

[1]OSHO, Vislumbres de una infancia dorada. Madrid, Gaia Ediciones, 2004 

[2] Juego de palabras entre husband (marido) y busandry (agricultor)

[3] Amar, adorar, rendir culto

 



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