DEL SEXO
A LA SUPERCONSCIENCIA
EL SEXO: EL ORIGEN DEL AMOR
El amor... ¿qué es el amor? Sentirlo es fácil, pero definirlo es en verdad difícil. Si le preguntas a un pez qué es el mar, el pez dirá: «Esto es el mar, mira a tu alrededor... y esto es lo que es». Pero si insistes: «Por favor defínelo», entonces el problema resultará muy difícil.
Las cosas mejores y más bellas de la vida pueden ser vividas, pueden ser conocidas, pero son difíciles de definir, son difíciles de describir.
Esta es la desgracia del hombre: durante los últimos cuatro o cinco mil años el hombre se ha limitado a hablar y hablar del amor, de eso que debiera haber vivido intensamente, de eso que ha de ser vivido desde el interior. Ha habido grandes conferencias sobre el amor; se han cantado canciones de amor, se han entonado himnos devocionales en los templos e iglesias. ¿Qué es lo que no se hace para alabar el amor? Y aun así no hay lugar para el amor en la vida del hombre. Si examinamos detenidamente el lenguaje del hombre, veremos que no existe palabra más falsa que «amor».
Todas las religiones predican el amor, pero la clase de amor que predomina, la clase de amor que ha envuelto a la Humanidad como una desgracia hereditaria, sólo ha conseguido cerrar todas las entradas al amor en la vida del hombre. Y las masas idolatran como creadores del amor a los líderes de las religiones. Estos han sido los que han falsificado al amor, los que han secado todas las corrientes del amor. Respecto a esto, no existe diferencia básica en cuanto a actitud entre Oriente y Occidente, entre la India y América.
El manantial del amor aún no emerge en la vida del hombre. Esta situación la atribuimos al hombre mismo. Decimos que el amor no ha surgido, que no hay una corriente de amor en nuestras vidas debido a que el hombre se halla viciado. Culpamos a nuestra mente; decimos que la mente es venenosa. La mente no es veneno. Aquellos que están corrompiendo a la mente han envenenado al amor, no han permitido que el amor florezca. Nada es venenoso en este mundo. No existe nada que sea malo en toda la creación de Dios; todo es néctar. Es el hombre quien ha convertido todo el néctar en veneno. Y los mayores culpables de esto son los llamados profesores, los denominados santones y santos, los políticos.
Reflexiona detenidamente sobre esto. Si esta enfermedad no es comprendida, si no es corregida ahora mismo, ni ahora ni en el futuro habrá posibilidades para el amor en la vida humana.
La ironía es que hemos aceptado ciegamente las justificaciones de este hecho, las cuales provienen de las mismas fuentes que son las culpables de que el amor aún no brille en el horizonte humano. Si se repiten, se reiteran, siglo tras siglo, los principios que nos hacen errar el camino, no lograremos ver la falsedad fundamental oculta tras los principios originales. Y entonces surge el caos, porque el hombre es intrínsecamente incapaz de convertirse en aquello que esas reglas antinaturales dicen que debería convertirse. Simplemente aceptamos que el hombre está errado.
He oído que en tiempos remotos, un buhonero de abanicos de mano solía pasar a diario frente al palacio de un rey, vociferando acerca de lo excepcionales y estupendos que eran los abanicos que tenía a la venta. Proclamaba que nunca nadie había fabricado ni visto abanicos como estos.
El rey tenía una colección de todo tipo de abanicos provenientes de todos los rincones del planeta. Sintió curiosidad y salió al balcón para ver al vendedor de tan extraordinarios y estupendos abanicos. Sin embargo, le pareció que los abanicos eran corrientes, a lo más, que valdrían una rupia cada uno, pero hizo llamar al hombre.
El rey preguntó: «¿Por qué son tan extraordinarios estos abanicos y cuál es su precio?»
El buhonero respondió: «Su Majestad, el precio no es muy alto. En comparación con la calidad de estos abanicos el precio es muy bajo. Cien rupias cada abanico».
El rey estaba asombrado. «¿Cien rupias? Estos abanicos que valen una rupia cada uno, que no valen más de diez pesetas, pueden encon-trarse en todas partes... ¿y pides cien rupias por cada uno? ¿Qué tienen de especial estos abanicos?»
El hombre dijo: «¡La calidad! Cada abanico está garantizado durante cien años. No se estropearán ni siquiera en cien años».
«Si me baso en su aspecto, parece imposible que duren ni siquiera una semana. ¿Estás tratando de engañarme? ¿Es esto un fraude total? ¿Y además al rey?»
El buhonero replicó: «¡Mi Señor! ¿Cómo me atrevería? Usted sabe muy bien, Señor, que paso diariamente bajo su balcón vendiendo abanicos... El precio es de cien rupias por abanico, y me hago res-ponsable si no dura cien años. Me podéis encontrar todos los días en la calle. Y además, sois el soberano de estas tierras, ¿cómo podría estar a salvo si os engaño?»
El abanico fue comprado por el precio solicitado. Aún cuando el rey no confiaba, se moría de curiosidad por saber en qué se basaba el buhonero para hacer esas afirmaciones. Se le ordenó al hombre que se presentara después de siete días.
La varilla central se desprendió en tres días, y el abanico se desintegró antes de una semana.
El rey estaba seguro de que el hombre de los abanicos nunca se presentaría nuevamente. Sin embargo, para su completa sorpresa, el hombre se presentó por su propia voluntad tal como se le había requerido: a tiempo, al séptimo día.
«¡A su servicio, su Señoría!»
El rey estaba furioso: «¡Canalla! ¿Eres un bobo? Mira, ahí está tu abanico, todo roto. Este es el estado en que se encuentra después de una semana y tú me garantizaste que duraría cien años. ¿Estás loco o eres un gran timador?»
El hombre replicó humildemente: «Con las debidas excusas, parece ser que mi Señor no sabe utilizar un abanico. El abanico debe durar cien años. Está garantizado... ¿Cómo lo utilizó?»
«El rey le dijo: «¡Dios mío! ¡Ahora también deberé aprender a utilizar un abanico!»
«Por favor no se enfade. ¿Cómo llegó el abanico a este estado en siete días? ¿Cómo lo utilizó?»
El rey tomó el abanico y le mostró la forma según la cual uno se abanica.
Y el hombre dijo: «Ahora comprendo el error. No ha de abanicarse de esa forma».
«¿Qué otro método existe para abanicarse?»
El hombre le explicó: «Sostenga el abanico; manténgalo inmóvil frente a usted y luego mueva la cabeza de un lado a otro. El abanico durará cien años. Puede que usted muera, pero el abanico seguirá intacto. El abanico no tiene nada malo. Su forma de abanicarse es la que está equivocada. Mantenga la cabeza inmóvil y agite el abanico. ¡Qué culpa tiene mi abanico! La culpa es suya, no de mi abanico».
¡La Humanidad, el hombre, es acusada de un error parecido! Observa nuestra Humanidad: El hombre se halla muy enfermo, consecuencia de cinco, seis o diez mil años de acumular enfermedad. Se afirma una y otra vez que es el hombre el que está mal, y no la cultura. El hombre se está pudriendo; la cultura es ensalzada. ¡Nuestra grandiosa cultura! ¡La grandiosa religión!... ¡Todo es grandioso! ¡y observa el resultado!
Afirman que el hombre está mal, que el hombre debiera cambiar. Y sin embargo, ningún hombre se pone en pie y cuestiona si las cosas son como debieran ser debido a que nuestra cultura y nuestra religión, que no han logrado llenar de amor al hombre desde hace diez mil años, están basadas en falsos valores. Y si el amor no se ha desarro-llado en los últimos diez mil años, cree mi palabra de que no existe ninguna posibilidad futura de un hombre amoroso si nos hemos de basar en esta cultura y religión. Lo que no pudo lograrse en los últimos diez mil años no puede ser alcanzado en los próximos diez mil años, porque el hombre de hoy será el mismo que el de mañana. Aun cuando las capas externas de etiqueta, civilización y tecnología cambian de una época a otra, el hombre es y será siempre el mismo.
¡No estamos dispuestos a reexaminar nuestra cultura y nuestra religión, y sin embargo las ensalzamos a voz en grito y besamos los pies de sus santos y custodios! Ni siquiera estamos dispuestos a mirar atrás, a reflexionar acerca de nuestra forma de vida y el curso de nuestro pensamiento para verificar si no nos conducen por caminos equivocados, si es que no están totalmente errados...
Quiero decir que la base es defectuosa, que los valores son falsos. Prueba de ello es el hombre actual. ¿Qué otra prueba podría haber?
Al plantar una semilla, ¿qué conclusión extraemos si los frutos son venenosos y amargos? Se deduce que la semilla debe de haber sido venenosa y amarga... Pero, por supuesto, es difícil vaticinar si una semilla determinada producirá o no frutos amargos. Puedes observarla, mirarla por todos lados, presionarla, romperla, sin embargo, no podrás predecir con seguridad si los frutos serán dulces o no lo serán. Tendrás que esperar la prueba del tiempo.
Planta una semilla. Una planta brotará. Pasarán los años y crecerá un árbol que se elevará más y más, sus ramas se extenderán hacia el cielo, dará frutos... y sólo entonces podrás saber si la semilla que plantaste era o no era amarga. El hombre moderno es el fruto de estas semillas de cultura y religión que fueron plantadas y nutridas hace diez mil años. Y este fruto es amargo, lleno de conflictos y sufrimiento.
Y sin embargo nosotros somos los que alabamos estas semillas y esperamos que el amor florezca de ellas. Eso no va a ocurrir, lo repito, porque la posibilidad misma de que el amor surja ha sido destruida por la religión. La posibilidad ha sido envenenada. Más que en el hombre, podemos ver el amor en las aves, animales y plantas; en aquellos que no tienen religión ni cultura. Podemos ver más amor en el hombre incivilizado, en un montañés subdesarrollado, que el que podemos encontrar en el mal llamado progresivo, culto y civilizado hombre actual. Y os lo recuerdo, los aborígenes no han desarrollado civilización, cultura o religión.
¿Por qué el hombre se está volviendo cada vez más estéril respecto al amor cuanto más civilizado, culto y religioso es, cuanto más acude a orar a templos e iglesias? Existen motivos, y quisiera discutirlos. El manantial perenne del amor podrá brotar si logramos comprender esto. Sin embargo, ahora está cubierto de piedras: no puede fluir. Está cerrado por todos lados, y el río Ganges no puede salir a borbotones, no puede fluir libremente.
El amor se halla en el interior del hombre. No es necesario importarlo desde el exterior. No es una mercancía que debamos adquirir en algún mercado. Está allí, como la fragancia de la vida. Está en el interior de todo el mundo. La búsqueda del amor, la aspiración de alcanzarlo, no es una acción positiva o un acto abierto de acudir a un lugar determinado y extraerlo...
Un escultor se hallaba tallando una roca. Alguien que había ido a ver cómo se hacía una estatua, observó que no había indicio alguno de una estatua. Sólo había una roca que era tallada aquí y allá con cincel y martillo.
El hombre preguntó: «¿Qué estás haciendo? ¿No vas a hacer una estatua? He venido a ver cómo se hace una estatua, pero veo que estás cincelando una roca».
El artista respondió: «La estatua se halla oculta en su interior. No es necesario hacerla. Sólo hay que quitar el volumen de piedra inútil que la cubre y la estatua aparecerá. Una estatua no se fabrica: es descubierta. Es desvelada, es traída a la luz».
El amor se halla encerrado en el interior del hombre: sólo hay que liberarlo. No se trata de producirlo: hay que descubrirlo. Sin embargo, ¿con qué nos hemos cubierto, qué es lo que le impide salir?
Trata de preguntarle a un médico qué es la salud. Es algo muy ex-traño el hecho de que ningún médico en el mundo pueda decirte qué es la salud. Aun cuando toda la ciencia médica se basa en la salud, ¿no hay nadie que pueda decirte qué es la salud? Si le preguntas a un doctor, te contestará que él puede decirte lo que son las enfermedades, lo que son los síntomas. Puede que conozca diferentes términos técnicos para todas y cada una de las enfermedades, y también puede prescribir la cura... ¿Pero la salud? Acerca de la salud no sabe nada. Sólo puede decir que la salud es aquello que queda cuando no está presente ninguna enfermedad. Esto se debe a que la salud se halla oculta en el interior del hombre. Trasciende sus posibilidades de definición.
La enfermedad proviene de afuera, y por tanto, puede ser definida; la salud proviene de nuestro interior, por lo tanto no puede ser definida. Se resiste a la definición. Sólo podemos decir que la salud es la ausencia de enfermedad. Eso está bien, ¿pero es ésta la definición de salud? En ella, no se dice nada respecto a la salud en sí. El hablar acerca de la ausencia de enfermedad nos dice algo acerca de la enfer-medad, no acerca de la salud. Y la verdad es que no es necesario crear la salud. O bien se halla oculta por la enfermedad o aparece si la enfermedad desaparece, si se retira o es expulsada. La salud se encuentra en nuestro interior; la salud es nuestra naturaleza.
El amor se halla en nuestro interior. El amor es nuestra naturaleza intrínseca. Es un completo error pedirle al hombre que dé amor. El problema no consiste en crear amor, sino en indagar y descubrir los motivos por los cuales no logra manifestarse. ¿Cuál es el obstáculo, la dificultad? ¿Dónde está el dique que lo refrena?
Si no existen barreras, el amor aparecerá. No es necesario per-suadirle o guiarle. Cada hombre se hallará lleno de amor si no existen barreras de falsa cultura o de tradiciones degradantes y dañinas. Nada puede sofocar al amor. El amor es inevitable. El amor es nuestra na-turaleza.
El Ganges fluye desde los Himalayas. Su corriente de agua es fuerte y fluida. No le pregunta a un sacerdote por el camino hacia el océano. ¿Has visto alguna vez a un río en un cruce de caminos, soli-citándole a un policía las indicaciones para llegar al océano? Por muy lejos que el mar se encuentre, por oculto que esté, es seguro que el río hallará el camino. Eso es inevitable. Tiene el impulso interno. No tiene ninguna guía, pero es totalmente seguro que llegará a su destino. Socavará las montañas, cruzará las llanuras y atravesará el campo en su deseo de alcanzar el océano. Un deseo insaciable, una impre-sionante energía se aloja en lo más profundo de su corazón.
Sin embargo, ¿qué pasará si el hombre interpone obstáculos en su camino, si los seres humanos construyen diques? Un río supera, atraviesa las barreras naturales -que en realidad no constituyen un verdadero obstáculo para él- pero si el hombre crea barreras, si ingenieros humanos construyen diques que lo obstaculicen, es posible que el río nunca llegue al océano. Uno debiera tener presente la obvia diferencia en esta situación. El hombre, la inteligencia suprema de la creación, puede impedir, si así lo decide, que el río llegue al mar.
En la naturaleza existe una unidad fundamental, una armonía. Las obstrucciones, los aparentes obstáculos que se ven en la natu-raleza, son desafíos para despertar la energía: cumplen la función de toques de clarinete que despiertan aquello que se halla latente en el interior. No existe desarmonía en la naturaleza.
Cuando sembramos una semilla, parece ser que la capa de tierra que se halla sobre la semilla la está presionando, le está impidiendo crecer. Es así como parece ser; pero en realidad, esa capa de tierra no constituye una obstrucción. Sin esa capa, la semilla no puede germi-nar: la tierra presiona a la semilla a fin de ablandarla, desintegrarla y transformarla en un árbol joven. Aparentemente, la tierra está sofocando a la semilla, pero la tierra sólo está realizando la labor de un amigo. Esta es una operación clínica. Si una semilla no se transforma en una planta pensamos que la tierra puede no ser la apropiada o que la semilla no ha tenido suficiente agua o suficiente luz solar. No culpamos a la semilla. Sin embargo, si no se producen flores en la vida del hombre, afirmamos que el hombre es el respon-sable de ello. Nadie piensa en abonos de mala calidad, en una falta o de agua o de luz solar, y hace algo en consecuencia. En este caso, todo se limita a acusar al hombre de «maligno». Y el hecho es que la planta del hombre se ha quedado subdesarrollada, ha sido reprimida por una actitud hostil, no ha logrado alcanzar el estado de flo-recimiento.
La naturaleza es una armonía rítmica, pero la artificialidad que el hombre ha impuesto sobre ella, la ingeniería que ha llevado a cabo sobre ella, el conocimiento mecánico que ha arrojado a la corriente de la vida, han creado obstrucciones en muchos lugares, han detenido el flujo... Y se culpa al río. Dicen: «El hombre es malo; la semilla es venenosa»...
Quiero atraer tu atención hacia el hecho de que los principales obstáculos han sido construidos por el hombre, creados por él mismo; de otro modo, el río del amor podría correr libremente y llegar al océano de Dios. El amor es algo inherente al hombre. Si los obstáculos son eliminados con discernimiento, el amor podrá fluir. El amor podrá elevarse hasta alcanzar a Dios, al Sublime Supremo.
¿Cuáles son estas imposiciones hechas por el hombre?
En primer lugar, la obstrucción más obvia ha sido la oposición al sexo, a la pasión. Esta prohibición ha destruido la posibilidad de que el amor nazca en el hombre.
Y la pura verdad es que el sexo es el punto de partida del amor. El sexo es el inicio del viaje en pos del amor. El origen, el Gangotri del Ganges del amor es el sexo, la pasión, y todo el mundo se comporta como si éste fuese el enemigo. Todas las culturas, todas las religiones, todos los gurús, todos los profetas y videntes han atacado a este Gangotri, a esta fuente, y el río se ha quedado detenido allá arriba. El vocerío público siempre ha dicho que el sexo es un pecado, que es irreligioso: el sexo es veneno. Nunca nos damos cuenta de que, en último término, es la misma energía sexual la que viaja y llega al océano del amor. El amor es la transformación de la energía sexual. El amor florece de la semilla del sexo.
Si ves un trozo de carbón, no se te ocurriría pensar que ese carbón, si es transformado, se convertirá en diamante. Los elementos pre-sentes en el carbón son los mismos que en el diamante. En esencia, no existe diferencia fundamental entre los dos. Después de ser some-tido a un proceso de miles de años, el carbón se convierte en dia-mante. Pero al carbón no se le otorga importancia alguna. Si es alma-cenado en una casa, se le pone en un lugar en que no sea visto por los visitantes, mientras que los diamantes, se llevan alrededor del cuello, sobre el pecho, de modo que todo el mundo pueda verlos. El diamante y el carbón son lo mismo, aun cuando son dos puntos de la jornada del mismo elemento y sin embargo, ¿es acaso obvia en alguna parte del mundo esta afinidad interna entre ellos? Si te transformas en un enemigo del carbón -lo que sería muy natural, dado que a primera vista el carbón sólo puede ofrecer hollín negro- la posibilidad de su transformación en diamante finalizaría en ese punto. Ese mismo carbón podría haberse transformado en un diamante; sin embargo, odiamos al carbón, y de allí la anulación de cualquier posibilidad de progreso posterior.
Sólo la energía del sexo puede florecer en amor; pero todo el mundo, incluyendo a los grandes pensadores de la Humanidad, están en su contra. La oposición no permite que la semilla germine. El palacio del amor es saboteado desde sus cimientos. La hostilidad en contra del sexo ha destruido la posibilidad del amor. Al carbón se le niega la posibilidad de transformarse en diamante.
Es debido a este concepto fundamental erróneo que nadie siente la necesidad de atravesar las etapas de aceptación, desarrollo y transformación del sexo. ¿Cómo podemos transformar algo de lo cual somos enemigos, ante lo cual nos oponemos, con lo cual estamos en guerra constante?
Al hombre se le ha impuesto una lucha constante en contra de su energía. Se le enseña a luchar en contra de la energía sexual, a oponerse a las tendencias sexuales.
«La mente es veneno; por lo tanto, lucha contra ella». Pero la mente está en el hombre y el sexo también. Y sin embargo, se espera del hombre que se encuentre libre de conflictos internos; se espera de él que tenga una existencia armoniosa. Debe luchar en contra de los conflictos y también hacer la paz con ellos; esas son las enseñanzas de sus líderes. Por un lado, hacen que el hombre se vuelva loco, y por el otro, construyen manicomios para someterlo a tratamiento. Esparcen los gérmenes de la enfermedad y construyen, paralelamente, los hospitales para curarla.
Otra consideración importante es que el hombre no puede ser separado del sexo. El sexo es su origen: es allí donde nace. Dios ha aceptado la energía del sexo como el punto de partida de la creación. ¡Y los «grandes hombres» lo consideran un pecado, mientras que el mismo Dios no lo considera así! Si Dios considerara el sexo como un pecado, significaría que no hay pecador más grande que Dios en este mundo, en el universo.
¿Has pensado alguna vez que el florecimiento de una planta es una expresión de pasión, que es un acto sexual? Un pavo real danza en toda su gloria, y un poeta hará una canción de ello. Un santo también se sentirá lleno de júbilo. Pero ¿no se dan cuenta que la danza es también una expresión abierta de pasión, de que es también, en lo fundamental, un acto sexual? ¿A quién desea agradar el pavo real con su danza? El pavo está llamando a su amada, a su pareja. Los pájaros, el cucú, cantan; un hombre llega a la adolescencia, una muchacha se transforma en una mujer; ¿Qué es todo esto? ¿Qué juego es éste? Todo eso son indicaciones de amor, de energía sexual. Esas manifestaciones son formas transformadas del sexo, expre-siones del amor. Burbujean con energía, reconocen y aceptan al sexo, a la vida. La vida entera: todos los actos, las actitudes, las tendencias, corresponden al florecimiento de la energía sexual primaria.
La religión y la cultura están volcando, en la mente del hombre, veneno en contra del sexo. Intentan crear un conflicto, una guerra. El hombre se halla luchando en contra de su energía primaria, y de ese modo se ha vuelto débil y extraño, tosco y vulgar, falto de amor y lleno de nada.
Debemos ser amigos y no enemigos del sexo. El sexo debiera ser elevado a alturas más puras.
Un sabio, mientras bendecía a la pareja de recién casados, le dijo a la novia: «Que seas madre de diez niños y que, finalmente, tu esposo se transforme en tu décimo primer hijo».
Si la pasión es transformada, la esposa puede transformarse en una madre; si la lascivia es trascendida, el sexo puede transformarse en amor. Sólo la energía sexual puede florecer en una fuerza amorosa, pero hemos llenado al hombre de oposición hacia el sexo. Y el resul-tado es que el amor no ha florecido. Lo que ha de llegar, lo venidero sólo puede ser posible si se acepta el sexo. La corriente del amor no puede crecer debido a la oposición cerrada. Al contrario: el sexo, se mantiene agitándose en el interior y la consciencia del hombre se halla así enturbiada por la sexualidad.
La conciencia moral del hombre se está volviendo más y más sexual. Nuestras canciones, poemas, pinturas e incluso las figuras de ídolos en el templo están virtualmente centradas en torno al sexo, porque nuestras mentes también se hallan rotando en torno al eje sexual. ¡Ninguno de los animales del mundo es tan sexual como el hombre! El hombre es sexual por donde quiera que se le mire; despierto o dormido, en sus modales así como en su conducta. Siem-pre está obsesionado por el sexo.
Debido a este rechazo, a esta oposición, a esta represión, el hombre se halla arruinado en su interior. No podrá nunca, debido a sus constantes conflictos internos, liberarse de aquello que es la raíz misma de su vida. Todo su ser se ha vuelto neurótico. Está enfermo. Esta sexualidad pervertida que es tan evidente en el hombre se debe a los mal llamados líderes y santos. Ellos son los culpables de esto. La posibilidad de que el amor florezca seguirá siendo nula hasta que el hombre se libere de estos profesores, moralistas y líderes religiosos y de sus falsos sermones.
Recuerdo una historia.
Un domingo, un pobre granjero salía de su casa. Al llegar a la verja, se encontró con un amigo de la infancia que venía a visitarlo. El granjero dijo: «¡Bienvenido! ¿Dónde has estado durante tantos años? Entra... pero prometí ir a ver a unos amigos y me es difícil posponer ese compromiso. Por favor descansa en mi casa. Regresaré en una hora, más o menos. Volveré pronto y podremos conversar largo y tendido».
El amigo respondió: «¡Oh, no! ¿No sería mejor que fuera contigo? Mis ropas están sucias... si me pudieras dar ropa limpia, me podría cambiar e ir contigo».
Mucho tiempo atrás, el rey le había regalado al granjero unos vestidos muy valiosos y él los había conservado para alguna gran ocasión. Alegremente los fue a buscar. El amigo se vistió con el precioso abrigo, se puso el turbante, el dhoti y los atractivos zapatos. Parecía un rey. Mirando a su amigo, el granjero sintió un poco de envidia. Comparado con él, el granjero parecía un sirviente. Pensó que había sido un error haberle prestado su mejor vestido. El granjero se empezó a sentir inferior. Ahora, pensó, todo el mundo miraría al amigo y él parecería ser un asistente, un sirviente.
Intentó aquietar su mente diciéndose a sí mismo que era un buen amigo, un hombre de Dios; que sólo debía pensar en Dios y en las cosas buenas. «Después de todo, ¿qué importancia tiene un hermoso abrigo o un buen turbante?»
Sin embargo, mientras más trataba de convencerse a sí mismo, más se obsesionaba con el abrigo y el turbante.
En el camino, y aunque iban juntos, los transeúntes sólo miraban al amigo. Nadie se daba cuenta de la presencia del granjero. Empezó a sentirse deprimido. Conversaba con su amigo, pero interiormente sólo pensaba en el abrigo y el turbante.
Llegaron a la casa a la cual se dirigían y presentó a su amigo: «Este es mi amigo, un amigo de la niñez. Es un gran hombre...»; pero de pronto explotó, «... y las ropas son mías». Esto fue debido a que todos los habitantes de la casa tenían la vista fija en su amigo, observando sus hermosas vestiduras. Y en el interior del granjero se había iniciado un diálogo: el abrigo, el turbante; mi abrigo, mi tur-bante... y esto seguía y seguía. Estaba obsesionado con ellos y na-turalmente, lo que había sido reprimido, escapó de sus labios: «... y las ropa son mías».
El amigo se quedó aturdido. Los dueños de la casa también se sorprendieron. También él se dio cuenta de su impertinente ob-servación, pero ya era tarde. Internamente se arrepintió del desacierto y se reprochó el patinazo.
Al irse de la casa se disculpó con su amigo. El amigo dijo: «Me quedé anonadado. ¿Cómo pudiste hablar así?»
El granjero le contestó: «Lo siento, es mi lengua. Cometí un error».
Pero la lengua nunca miente. Las palabras salen de la boca sólo si algo de lo que se dice se halla presente en la mente. La lengua nunca comete un error.
Dijo: «Perdóname. ¿Por qué lo dije?, no lo sé». Pero él sabía perfectamente cómo la idea había surgido en su mente.
Encaminaron sus pasos hacia la casa de otro amigo. Ahora, internamente, él estaba tomando la firme decisión de no decir que las vestiduras eran suyas. Estaba fortaleciendo su mente. Al llegar a la verja de la casa, ya había adoptado la firme decisión de que no iba a mencionar que la ropa era suya. Pero ese tonto no sabía que cuanto más se imponía a sí mismo el no decir nada, más firmemente se enraizaba su sentimiento interno de que él era el dueño de esas vestiduras.
Por otra parte, ¿en qué ocasiones se adoptan las decisiones firmes? El significado del hecho de que un hombre tome una firme decisión, por ejemplo: un voto de celibato, es que la sexualidad está intentando desesperadamente salir desde adentro. Un hombre decide que desde hoy comerá menos o que comerá rápido. Eso implica que tuvo que decidir eso porque profundamente desea comer más. Y estos esfuer-zos producen, inevitablemente, un conflicto interno. Somos lo que nuestras debilidades son. Pero decidimos ponerles freno, resolvemos luchar en su contra. Esto, naturalmente, se transforma en fuente de conflicto subconsciente.
Así, enfrascado en su lucha interna, nuestro granjero entró en la casa. Comenzó con mucha cautela. «El es mi amigo...» Pero mientras decía esto, se dio cuenta de que nadie le prestaba ninguna atención sino que todos miraban asombrados a su amigo y a su vestimenta. Y eso le alteró, «Estos son mi abrigo y mi turbante». Se recordó a sí mismo que no tenía que hablar de la ropa, porque así lo había resuelto.
«Todo el mundo tiene ropa, de un tipo o de otro, pobres o ricas. Eso es un asunto trivial». Se explicó a sí mismo, pero las ropas se balanceaban ante sus ojos como un péndulo, desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia afuera
Reanudó la presentación: «El es mi amigo. ¡Un amigo de la infancia! Es una excelente persona... y las ropas son suyas y no mías».
Los presentes se sorprendieron. Nunca habían oído presentar a un amigo de esa forma... «Las ropas son suyas, y no mías».
Después de salir, se disculpó por el tremendo desatino que había cometido. Se sentía confundido acerca de qué hacer y qué no hacer así como respecto a lo que le estaba pasando. Decía: «Hasta ahora, nunca unos vestidos me habían obsesionado de esta forma. ¡Oh, Dios! ¿Qué me ha ocurrido?»
El pobre individuo no sabía que la técnica que estaba empleando consigo mismo era tal que incluso si Dios la pusiera en práctica, las ropas también le obsesionarían.
Indignado, el amigo le dijo que ya no deseaba ir a ninguna parte con él. El granjero se aferró a sus pies y le dijo: «Por favor no hagas eso. Me sentiría desgraciado durante el resto de mi vida por haber sido tan descortés con un amigo. Juro que ya no mencionaré las ropas. Juro por Dios, de todo corazón, que ya no mencionaré las ropas».
Pero uno debiera siempre fijarse en aquellos que juran, porque en su interior albergan un sentimiento mucho más profundo. La mente superficial adopta una resolución, pero aquello en contra de lo cual apunta el juramento, sigue estando contenido en los laberintos de la mente subconsciente. Si la mente se halla dividida en diez partes, es una parte, la más superficial, la que se compromete con las reso-luciones, mientras que las restantes nueve partes están en su contra. El voto de celibato es adoptado por una parte, mientras que la otra parte que está loca por el sexo, pide llorando aquello que Dios ha implantado en el hombre.
Sea como fuere, se dirigieron a la casa de un tercer amigo. Ahora, intentó contenerse rigurosamente a sí mismo. Las personas reprimidas son muy peligrosas porque en su interior hay un volcán en actividad. Externamente están rígidas y reprimidas, pero la falta de expresión se halla absolutamente constreñida en su interior.
Y por favor, recuerda que un logro forzado no puede ser constante ni completo debido al inmenso esfuerzo que requiere. Por fuerza deberás relajarte en algún momento. Tendrás que descansar... ¿Por cuánto tiempo puedo mantener el puño apretado?¿Veinticuatro horas? Cuanto más lo apriete, más me cansaré y más pronto lo abriré. Esfuérzate más; pon más energía, y más pronto te cansarás y la reacción será la opuesta e igual de rápida. La palma puede permanecer abierta todo el tiempo, pero no puede permanecer cerrada todo el tiempo. Algo que te cansa tanto no puede constituir una forma natural de vida. Siempre que fuerces algo, necesitarás un lapso de tiempo para descansar. Así cuanto más santo sea el adepto, más peligroso será. En veinticuatro horas de represión -siguiendo las normas de las escrituras-, tendrá que relajarse durante una hora; un rato. Durante este período de descanso, aparecerán en oleada todos los pecados reprimidos y se encontrará en medio de un infierno.
De modo que el granjero se había estado reprimiendo riguro-samente a sí mismo para no hablar de las ropas. Imagina su estado: aunque seas una persona poco religiosa, te podrás imaginar su condición mental. Si juraste algo alguna vez o tomaste votos o te reprimiste por uno u otro motivo religioso, debes comprender perfec-tamente bien el lamentable estado en que su mente se encontraba.
Entraron en la siguiente casa. El granjero estaba transpirando profusamente; estaba exhausto. El amigo también estaba preocupado. El granjero estaba muy tenso y ansioso. Pronunció con lentitud y cautela cada una de las palabras de la presentación: «El... es... mi... amigo. Es un..., viejo... amigo. Es... un hombre... muy bueno». Titubeó por un instante. Un gran impulso surgió desde su interior y se sintió arrastrado. Dijo abruptamente, en voz alta: «Y las ropas... Perdónenme. No diré nada acerca de ellas, pues he jurado no hablar de su vestido».
Lo que le ocurrió a este hombre le ha estado ocurriendo a toda la Humanidad. El sexo se ha transformado en una obsesión, en una enfermedad, en una perversión. Está envenenado debido a la condena a que ha sido sometido
Desde su más tierna edad a los niños se les enseña que el sexo es pecado. A las niñas se les dice, a los niños se les advierte, que el sexo es pecado. Una niña crece. Un niño crece. Viene la adolescencia. Contraen matrimonio. Y así se inicia un viaje hacia la pasión, con la convicción establecida de que el sexo es pecado. A la muchacha también se le dice que su esposo es un dios. ¿Cómo puede reverenciar como a un dios a alguien que la conduce al pecado? Al muchacho se le dice que ella es su esposa, su pareja, su compañera. Las escrituras afirman que la mujer es la entrada al infierno, una fuente de pecado. El muchacho siente que tiene a un demonio viviente como compañero en la vida. El muchacho piensa: «¿Es ésta mi amada mitad; mi amada e infernal y pecaminosa mitad?» ¿Cómo va a haber armonía en su vida?
Las enseñanzas tradicionales han destruido la vida conyugal en el mundo entero. Cuando existen prejuicios acerca de la vida conyugal, cuando ésta se halla envenenada, no existe la posibilidad del amor. Si marido y mujer no pueden amarse libremente el uno al otro -lo cual es inherente y muy natural- ¿quién va a amar a quién? Esta angustiosa situación, este amor enturbiado, puede ser purificado, puede ser elevado a alturas tan sublimes que puede romper todas las barreras, resolver todos los complejos y sumergirlos en regocijo puro y divino. Esta sublimación es posible. Pero si la semilla misma es destruida, si es secada, envenenada, ¿qué puede brotar de ella? ¿Cómo podrá llegar a ser una rosa de amor supremo?
Un asceta errante estaba acampado en un pueblo. Un hombre se le acercó y le dijo que deseaba conocer a Dios. El asceta le preguntó: «¿Has amado a alguien alguna vez?»
«No, no he caído en cosa tan mundana. Nunca me he rebajado tanto, porque es a Dios a quien deseo alcanzar».
El asceta le preguntó de nuevo: «¿Nunca has experimentado las congojas del amor?»
El buscador le respondió enfáticamente: «Te estoy diciendo la verdad».
El pobre hombre decía la verdad porque en el ámbito de la religión, el amor es motivo de descalificación. Tenía la seguridad de que si respondía que había amado a alguien, el asceta le pediría que se deshiciera del amor de inmediato, que renunciase a ese apego, que dejara atrás las emociones mundanas antes de solicitar su guía. Así que, aunque pudiera haber amado a alguien alguna vez, tuvo que responder negativamente. ¿Cómo puedes encontrar a un hombre que ni siquiera haya amado un poco?
El monje preguntó por tercera vez: «Dime algo. Revisa cuidadosamente. ¿No has amado ni un poco siquiera, a alguien, a quien fuera?»
El aspirante le contestó: «Perdóname, pero ¿por qué insistes en la misma pregunta? No tocaría siquiera al amor con una vara de tres metros porque deseo alcanzar la autorealización. Deseo la cualidad divina».
A esto, el asceta replicó: «Tendrás que disculparme. Por favor vete y acude a otro, pues mi experiencia me dice que si hubieras amado a alguien, a alguna persona, poco o mucho, si tan sólo hubieses tenido un atisbo del amor, yo podría ayudarte a expandirlo, yo podría guiarte para hacerlo crecer y probablemente llegarías a Dios. Sin embargo, si nunca has amado, no posees nada en tu interior. No tienes una semilla que pueda convertirse en un árbol. ¡Así que ve y busca a otro, amigo mío! Si no hay amor, no veo abertura alguna para que Dios entre».
Del mismo modo, si no hay amor entre marido y mujer... Cometerás un lamentable error si crees que el marido que no ama realmente a su esposa puede amar a sus hijos. A la esposa le será posible amar a su hijo en el mismo grado en que ame a su esposo, porque el niño es el reflejo de su esposo. Si no hay amor por el esposo, ¿cómo podrá haber amor hacia el hijo? Y si al hijo no se le da amor -nutrir y criar no es amar- ¿cómo esperas que ame a su madre o a su padre?... Una familia es una unidad de vida. El mundo mismo es también una gran familia. Pero la vida familiar se halla envenenada debido a la condenación del sexo, y luego nos quejamos diciendo que el amor no está presente por ningún lado. En estas circunstancias, ¿cómo puedes esperar que haya amor?
Todo el mundo afirma que ama: la madre, la esposa, el hijo, el hermano, la hermana, el amigo; todos dicen que aman. Pero si ob-servas la vida en su totalidad, no verás amor en ella. Si tanta gente estuviera llena de amor tendría que haber una lluvia de amor, habría un jardín lleno de flores; flores y más flores. Si hubiese una lámpara de amor encendida en cada hogar, ¿cuánta luz de amor no habría en el mundo? En vez de eso, descubrimos una persistente atmósfera de aversión. No hay ni un solo rayo de amor en este lamentable estado de cosas.
Es un esnobismo el creer que el amor se halla presente en todas partes y mientras permanezcamos sumergidos en esta ilusión, ni si-quiera podrá iniciarse la búsqueda de la verdad. Aquí nadie ama a nadie, y mientras el sexo natural no sea aceptado sin reservas, no podrá haber amor. Hasta entonces, nadie podrá amar a nadie.
Lo que deseo decir es esto: que el sexo es divino. La energía básica y primaria del sexo tiene en sí el reflejo de Dios. Esto es evidente, pues tiene la energía para crear una nueva vida. Y ésta es la fuerza más grande y misteriosa. Deja de ser su enemigo. Si anhelas una lluvia de amor en la vida, renuncia al conflicto con el sexo. Acepta el sexo con alegría, reconoce su cualidad sagrada. Recíbelo con gra-titud y acéptalo más y más profundamente. Te sorprendería el descubrir cuán sagrado se revela el sexo cuanto más le brindas una sagrada aceptación. Y cuanto más pecaminosa e irreverente sea tu actitud, más feo y pecaminoso se reflejará el sexo. Cuando uno se acerca a la esposa, debería albergar una actitud sagrada, como si estuviera acudiendo a un templo. Y cuando la esposa se acerca al esposo, debiera sentirse llena de reverencia, como si se acercara a Dios. Pues en el sexo los amantes viven el acto sexual, y esa etapa se halla muy cercana al templo de Dios, en donde El se manifiesta en una creativa ausencia de formas.
Y mi conjetura es que el hombre obtuvo el primer luminoso vislumbre del samadhi - la contemplación no cognitiva - en la historia humana, durante la relación sexual. Unicamente durante el acto sexual el hombre se dio cuenta de que es posible experimentar un amor tan profundo, una dicha tan luminosa. Y aquellos que meditaron en esta verdad, en la actitud mental correcta - en este fenómeno del sexo y la relación sexual- llegaron a la conclusión de que en los instantes del clímax la mente se vacía de pensamientos. Todos los pensamientos se van en esos instantes, y este vacío mental, esta vacuidad, esta nada, esta congelación de la mente es la causa de la lluvia de pura alegría divina.
Habiendo descifrado el secreto hasta este punto, el hombre profundizó aún más, para saber si la mente puede ser liberada de los pensamientos; si las ondas de pensamiento, de la consciencia, pueden ser aquietadas por algún otro proceso y obtener igualmente un éxtasis tan grandioso y puro.Y es así cómo se desarrolló el yoga, la meditación y la oración.
El nuevo enfoque probó que, incluso sin unión sexual, la consciencia puede ser aquietada y los pensamientos evaporados. El deleite de prodigiosas proporciones que se obtiene durante el acto sexual también puede ser experimentado sin ese acto sexual. Sin embargo, el acto sexual, debido a la misma naturaleza del proceso, sólo puede ser momentáneo, puesto que en él se consume el vigor, el flujo de la energía.
Así entonces, deseo deciros que el goce puro, el amor más refinado, la paz beatífica en que un yogi se encuentra todo el tiempo, una pareja lo obtiene sólo por un instante. Sin embargo, no existe diferencia básica u oposición entre los dos estados. Y es así que aquél que afirmó que el vishyanand y el brahmanand -aquél que se deja llevar en los placeres sensuales y aquél que se complace en Brahma- son hermanos, dijo involuntariamente una verdad. Ambos crecen del mismo útero; la única diferencia es la distancia que hay entre el cielo y la tierra.
Ahora, en esta etapa, deseo entregarosel primer principio. El primer requisito, la primera condición si deseas conocer la verdad elemental del amor, es aceptar la cualidad sagrada, la divinidad del sexo de la misma forma que aceptas las existencia de Dios: con un corazón abierto, Cuanto mayor sea la aceptación del sexo con una mente y un corazón abiertos, más te liberarás de él. Cuanto mayor sea la represión, más atado estarás a él, tal y como ese granjero que se enredó con las ropas. Cuanto más aceptas, más te liberas. ¡La aceptación total de la vida, lo natural de la vida, lo que Dios ha dado a la vida, te llevará al dominio más alto de la Divinidad! ¡A alturas desconocidas de lo sublime!
A esa aceptación, yo la llamo teísmo. Y esa confianza en Dios es una puerta hacia la emancipación. Considero como ateísmo a aquellos mandamientos que impiden que el hombre acepte lo que es natural en la vida y en el divino plan. «Oponte a esto en la vida, suprime esto en la vida. Lo natural es pecado, es malo, es lascivia; deja esto, deja eso otro». Todo esto constituye ateísmo, tal y como yo lo entiendo. Aquellos que predican la renuncia son ateos.
Acepta la vida en su forma pura y natural, sumérgete en su ple-nitud. Esa plenitud te elevará poco a poco. La mismísima aceptación eleva al hombre a aquellas serenas alturas que no imaginó ni en el sexo ni en sus actos. Si el sexo es carbón, es seguro que vendrá el día en que se convierta en un diamante... y ése es el primer principio. La segunda cosa fundamental que deseo decirte se refiere a lo que, hasta ahora, la civilización, la cultura y la religión del hombre ha forzado en nuestro interior. Y eso es la consciencia de «yo soy», el ego.
El primer principio incita a la energía sexual a fluir hacia el amor, pero la valla del «yo» le ha acordonado como un muro. El amor no puede fluir. El «yo» es muy poderoso, tanto en el hombre bueno como en el malo, en lo no sagrado y en lo sagrado. La gente mala impone el «yo» de muchas formas, pero la gente buena también hace ostentación de su «yo». Desean ir al paraíso, desean ser liberados, han renunciado al mundo, han construido templos, no cometen pecados, tienen que hacer esto, desean hacer eso otro, etcétera. Pero ese «yo», ese indicador guía, se halla omnipresente. Y cuanto más fuerte es el ego de una persona, más difícil le resulta unirse con alguien, porque el ego se interpone; el «yo» aparece. Es un muro. Proclama, «Tú eres tú y yo soy yo». Y por eso sucede que la expe-riencia más íntima no puede acercar a las personas entre sí; los cuerpos están muy cerca, pero las personas están separadas. Mientras haya un «yo» en nuestro interior, la sensación del «otro» no puede ser evitada.
Sartre ha dicho algo estupendo en alguna parte: «El otro es el infierno». Pero no explica por qué el otro es el infierno o por qué el otro es el otro. El otro es el otro porque yo soy yo; y mientras yo sea yo, todo el resto del mundo que me rodea será «el otro», diferente y separado, segregado, sin afinidad entre los dos. Y mientras exista esa sensación de separación, el amor no podrá volverse una realidad. El amor es la experiencia de unidad. La experiencia del amor es la demolición de los muros, la fusión de dos energías. El amor es el éxtasis en que los muros ambos se desmoronan, en donde las vidas se encuentran y se unen. Cuando una armonía tal se da entre dos personas, la llamo amor; si se presenta entre una persona y las masas, la llamo comunión con Dios.
Si puedes sumergirte conmigo en una experiencia tal que todas las barreras se derritan y tenga lugar una ósmosis en un nivel espiritual, entonces, eso es amor. Y si como consecuencia de un entendimiento directo, tal unidad se produce entre mi persona y todos, de modo que yo pierda mi identidad en el Todo, entonces ocurre ese logro, entonces allí se da la fusión con Dios, el Todopoderoso, el Omnisciente, la Consciencia Universal, el Supremo, o como quiera que Lo llames.
Por tanto, afirmo que el amor es el primer paso y que Dios es el último paso: el destino final...
¿Cómo es posible entonces olvidarme a mí mismo? A menos que me disuelva a mí mismo, ¿cómo podrá el otro unirse conmigo? El otro es creado como reacción a mi «yo». Cuanto más alto encumbre mi «yo», más fuerte se vuelve la existencia del «otro», el eco del «yo».
¿Y qué es este «yo?» ¿Alguna vez has pensado en esto con detenimiento? ¿ Está en tu pierna o en tu mano, o en tu cabeza o en tu corazón? ¿O es simplemente el ego?
¿Qué es y dónde está tu «yo»? La sensación de que existe está allí, pero no está en ningún lugar preciso.
Siéntate en silencio por unos instantes y busca ese «yo». Te sor-prenderá el descubrir que, a pesar de buscar intensamente, no podrás encontrar ese «yo» en ninguna parte. Cuanto más profundamente busques en tu interior, más te convencerás de que no hay ningún «yo», de que no hay un ego como tal. ¡Ah! El «yo» no se encuentra allí donde reside la verdad acerca del Yo.
El emperador Malind envió a buscar al muy respetado monje Nagsen para agraciar a la corte.
El mensajero llegó donde Nagsen y le dijo: «¡Monje Nagsen! El emperador desea verte. He venido a invitarte».
Nagsen le contestó: «Si deseas que vaya, iré; pero deberás per-donarme, pues no hay ningún Nagsen aquí. Es sólo un nombre, un nombre temporal».
El mensajero informó al emperador de que ese hombre era un hombre muy extraño. Había contestado que vendría, pero que allí no había ningún Nagsen. El emperador quedó atónito.
Nagsen llegó a la hora convenida en un carruaje real, y el emperador le recibió en la entrada.
«¡Monje Nagsen, te doy la bienvenida!», exclamó.
Al oír esto, el monje comenzó a reír: «Acepto tu hospitalidad como Nagsen; pero por favor recuerda que no hay nadie que se llame Nagsen».
El emperador dijo: «Estás hablando en forma enigmática. Si tú no eres tú, ¿quién ha aceptado la invitación? ¿Quién está respondiendo a esta bienvenida?»
Nagsen miró hacia atrás y dijo: «¿No es éste el carruaje en el que vine?»
«Sí, éste es».
El monje dijo: «Por favor, soltad los caballos». Así se hizo.
El monje preguntó, señalando a los caballos: «¿Es éste el ca-rruaje?»
El emperador respondió: «¿Cómo pueden los caballos ser llamados un carruaje?»
A una señal del monje los caballos fueron desenganchados y a otra señal suya, las varas utilizadas para atar a los caballos fueron también retiradas.
«¿Son estas varas el carruaje?»
«¿Cómo pueden estas varas ser llamadas un carruaje?»
Entonces fueron desmontadas las ruedas.
«¿Son estas ruedas tu carruaje?»
«Por supuesto que no; éstas son las ruedas y no el carruaje».
El monje siguió ordenando que desensamblaran todas las partes, una por una, y respecto a cada una de ellas el emperador tuvo que decir que no eran el carruaje. Finalmente, no quedó nada. El monje preguntó: «¿Dónde está tu carruaje ahora? Respecto a todas y cada una de las partes que fuimos quitando, afirmaste que no eran tu carruaje... Entonces dime, ¿dónde está ahora tu carruaje?»
El emperador quedó asombrado ante esta revelación.
El monje prosiguió: «¿Me entiendes? El carruaje era un montaje. Era un conjunto de cosas. El carruaje no tenía un ser propio. Por favor, ve donde está tu ego, tu «yo». Verás que el «yo» no está en ninguna parte: es una asociación de muchas energías, y eso es todo. Piensa en cada uno de tus miembros, en cada uno de tus aspectos. Todo será eliminado, una cosa tras otra y, finalmente, sólo quedará la nada. El amor surge de esa nada, pues tú no eres esa nada. Esa nada es Dios».
En un pueblo, un hombre instaló una gran tienda para vender pescado, con un gran cartel: «Aquí se vende pescado fresco».
El primer día llegó un hombre a la tienda y leyó: «Aquí se vende pescado fresco».
«¿Pescado fresco? ¿Acaso se vende pescado rancio en alguna parte? ¡Para qué escribir «Pescado fresco»!
El tendero vio que tenía razón. Y por otra parte, «fresco» también sugería la idea de «rancio» a los clientes. Eliminó «Fresco» del cartel. El cartel ahora decía: «Aquí se vende pescado».
Una anciana llegó a la tienda al día siguiente y leyó en voz alta: «Aquí se vende pescado. ¿Acaso vendes pescado en alguna otra parte?»
El tendero respondió: «No». «Aquí» fue eliminado; el cartel ahora decía: «Se vende pescado».
Al tercer día, otro cliente fue a la tienda y dijo: «Se vende pescado? ¿Acaso alguien obsequia pescado?»
Las palabras «Se vende», fueron también eliminadas. Ahora sólo quedaba «Pescado».
Un hombre de edad llegó y le dijo al tendero: «¿Pescado?». Incluso desde muy lejos, hasta un ciego sabe que aquí venden pescado, debido al olor.
«Pescado», fue también eliminado. El cartel estaba ahora en blanco.
Alguien que pasaba dijo: ¿Para qué tener un cartel en blanco? El cartel fue quitado.
Después del proceso de eliminación, no quedó nada. Se eliminó una cosa después de la otra, y lo que quedó fue la nada, un vacío.
El amor puede nacer de esa vacuidad. Un vacío puede fundirse con otro vacío. Un cero puede unirse con otro cero, en forma total. Dos individuos no pueden encontrarse, pero dos vacíos sí pueden, pues ahora ya no hay barrera. Todo tiene paredes, pero el vacío no las tiene.
Así que la segunda cosa que hay que recordar es que el amor nace sólo cuando la individualidad desaparece, cuando el «yo» y el «otro» ya no existen. Sea lo que sea que permanece entonces, es el Todo, lo Ilimitado, pero no el «yo».
Cuando eso se logra, las barreras se rompen, y ocurre el desbor-damiento del Ganges, que se halla siempre presto a desbordarse.
Cavamos un pozo. El agua se encuentra allí dentro, no hay que traerla de alguna otra parte. Sólo cavamos y quitamos tierra y piedras. ¿Qué estamos haciendo? Creamos un vacío. Cavar un pozo significa crear un vacío, de modo que el agua que se halla oculta debajo encuentre un espacio para emerger, para aparecer. Aquello que está adentro desea espacio; anhela un vacío - que no tiene - para salir, para manar a chorros. El pozo está lleno de arena y piedras. Apenas quitemos la arena y las piedras, el agua emergerá. En forma similar, un hombre se halla lleno de amor, pero éste requiere espacio para aflorar a la superficie. Mientras tu alma, tu corazón, se hallen afirmando al «yo», serás un pozo lleno de arena y piedras, y mientras tanto, el flujo del amor no emergerá en tu pozo...
He oído contar la historia de un antiguo y majestuoso árbol, cuyas ramas se extendían hacia el cielo. Cuando llegaba la estación de las flores, mariposas de todas las formas, tamaños y colores, bailaban a su alrededor. Las aves de países lejanos venían y cantaban cuando sus flores maduraban y fructificaban. Las ramas, como manos extendidas, bendecían a todos los que acudían a sentarse bajo su sombra.
Un niñito solía venir a jugar junto a él y el gran árbol se encariñó con el pequeño.
El amor entre lo grande y lo pequeño es posible, si el grande no es consciente de su grandeza. El árbol no sabía que era grande, sólo el hombre tiene ese tipo de ideas. La prioridad de lo grande siempre es el ego, pero para el amor no hay grande o pequeño; el amor abraza a quienquiera que se le acerque.
Así, el árbol comenzó a amar a ese pequeño que solía venir a jugar cerca de él. Las ramas eran altas, pero las inclinaba hacia el niño, de modo que pudiera coger sus flores y frutos.
El amor siempre cede; el ego nunca está dispuesto a inclinarse. Si te acercas al ego, sus ramas se estirarán aún más arriba, se pondrá rígido para que no puedas alcanzarlo. El niño juguetón se acercaba a él, y el árbol inclinaba sus ramas. El árbol se alegraba mucho cuando el niño cogía algunas flores; todo su ser se llenaba con la alegría del amor.
El amor siempre está feliz cuando puede dar algo; el ego siempre está contento cuando puede obtener algo.
El niño creció. A veces dormía en el regazo del árbol, comía sus frutos y en ocasiones lucía una corona con sus flores y actuaba como un rey de la jungla.
Uno se vuelve como un rey dondequiera que haya flores de amor; y uno se vuelve pobre y lleno de sufrimiento siempre que las espinas del ego están presentes.
Ver al niño danzando con una corona de flores, llenaba al árbol de emoción, de alegría. Asentía con amor, cantaba con la brisa...
El niño creció aún más. Comenzó a trepar por el árbol para balancearse en sus ramas. El árbol se sentía muy contento cuando el niño descansaba en sus ramas.
El amor se siente feliz dándole comodidad a alguien; el ego se siente feliz incomodando a todo el mundo.
Con el paso del tiempo, el niño recibió el peso de nuevas tareas. También surgió la ambición; tuvo que pasar exámenes; tenía amigos con los cuales solía conversar y curiosear; por tanto, no acudía con frecuencia. Pero el árbol le esperaba ansiosamente. Desde su alma le llamaba «¡Ven, ven! Te estoy esperando».
El amor espera día y noche. Y el árbol esperaba. Se sentía triste cuando el niño no acudía. El amor se siente triste cuando no puede compartir; el amor se siente triste cuando no puede dar. El amor se siente agradecido cuando puede compartir. El amor está contentísimo cuando puede entregarse totalmente.
A medida que crecía, el niño visitaba cada vez menos al árbol. El hombre que se vuelve mayor, cuyas ambiciones crecen, encuentra menos y menos tiempo para el amor. El muchacho se hallaba ahora absorto en los asuntos mundanos.
Un día que pasaba por allí, el árbol le dijo: «Te espero siempre, pero no vienes. Te espero todos los días».
El muchacho le contestó: «¿Qué quieres? ¿Por qué debo venir? ¿Tienes dinero? Ando en busca de dinero».
El ego siempre actúa según razones. El ego acudirá sólo si con ello se cumple algún propósito. Pero el amor es inmotivado. El amor es su propia recompensa.
El árbol, sorprendido, dijo: «¿ Vendrás únicamente si te doy algo?» Aquello que posee, no es amor. El ego acumula, pero el amor da en forma incondicional.
«No sufrimos esa enfermedad, y por eso estamos alegres», dijo el árbol. «Los capullos florecen en nosotros, muchos frutos crecen en nosotros. Damos una sombra tranquilizadora, sedante. Danzamos con la brisa y cantamos canciones. Las aves inocentes saltan y trinan en nuestras ramas, aunque estemos sin dinero. El día en que nos involucremos con el dinero, tendremos que ir a los templos como hacen tus débiles hombres para aprender a obtener la paz, y para aprender a encontrar el amor. No, no tenemos ninguna necesidad de dinero».
El muchacho dijo: «Entonces, ¿para qué tengo que visitarte? Iré donde haya dinero. Necesito dinero».
El ego pide dinero porque necesita poder.
El árbol pensó unos instantes y dijo: «No vayas a ningún otro lado. Recoge mis frutos y véndelos. Obtendrás dinero con ello».
El niño se entusiasmó, inmediatamente trepó y cogió todas las frutas, incluso las que no estaban maduras El árbol se sintió contento, aun cuando algunas ramas y brotes resultaron quebrados, aun cuando cayeron algunas hojas al suelo. Incluso el recibir heridas hace feliz al amor, pero aunque obtenga algo, el ego no está contento, el ego siempre desea más.
El árbol no se dio cuenta de que el muchacho ni siquiera se volvió una sola vez a darle las gracias. El que hubiera aceptado su oferta de recoger y vender los frutos era suficiente agradecimiento para él.
Durante mucho tiempo el muchacho no regresó. Ahora tenía dinero y estaba ocupado generando más dinero con ese dinero. Había olvidado totalmente al árbol.
Pasaron los años. El árbol estaba triste. Anhelaba el regreso del muchacho, como una madre cuyos pechos se hallan llenos de leche, pero cuyo hijo se ha perdido. Todo su ser está anhelando al niño, busca enloquecidamente al niño para que la alivie. Tal era el grito in-terno de ese árbol. Todo su ser estaba en agonía.
Después de muchos años, el muchacho, que ahora era un hombre, fue a ver al árbol.
El árbol le dijo: «Ven, mi niño. Ven, abrázame». El muchacho le contestó: «Deja el sentimentalismo. Eso era cosa de la niñez. Ya no soy un niño».
El ego toma al amor por locura, por una fantasía infantil. Pero el árbol le invitó: «Ven, balancéate sobre mis ramas. Danza. Juega conmigo».
El hombre respondió: «Deja la charla inútil. Deseo construirme una casa. ¿Puedes darme una casa?»
El árbol exclamó: «¿Una casa?... Yo vivo sin una casa. Sólo los hombres viven en casas. Nadie más vive en casas; solamente el hombre. ¿Te das cuenta del estado en que se encuentra debido a su confinamiento entre cuatro paredes? Cuanto más grandes son los edificios que construye, más pequeño se vuelve el hombre. No vivimos en casas... pero puedes cortar y llevarte mis ramas y con ellas podrás construirte una casa».
Sin perder tiempo, el hombre trajo un hacha y cortó todas las ramas del árbol. El árbol era ahora un mero tronco desnudo. Pero al árbol no le importaban estas cosas. Aunque sus miembros fueran amputados para aquellos a los que amaba.
El amor es dar; siempre está dispuesto a dar.
El hombre no se molestó en mostrar su agradecimiento al árbol. Construyó su casa... Los días se convirtieron en años. El tronco esperó y esperó. Deseaba gritar, pero ni siquiera tenía ramas u hojas que le dieran fuerza. El viento soplaba, pero no podía entregar al viento ningún mensaje. Pero aun así, en su alma sólo había una oración: «Ven, ven, querido. Ven». Pero nada ocurría.
El tiempo pasó, y el hombre era ahora un anciano. Una vez pasó por allí y se detuvo junto al árbol.
El árbol le preguntó: «¿Qué más puedo hacer por ti? Has venido después de mucho, mucho tiempo.»
El hombre le dijo: «¿Qué más puedes hacer? Quiero viajar a países distantes para ganar dinero. Necesito un bote para poder viajar».
Con alegría el árbol dijo: «Pero, eso no es un problema, querido. Corta mi tronco y haz un bote con él. Estaré muy contento de ayudarte a que viajes a países lejanos a ganar dinero... Pero, por favor recuerda que siempre estaré esperando tu regreso.
El hombre trajo una sierra, cortó el árbol, fabricó un bote y se fue. Ahora el árbol era una pequeña cepa. Y sigue esperando, a que su amado regrese. Espera, espera y espera.
El hombre nunca regresará; el ego sólo va allí donde puede obtener algo, y ahora el árbol no tiene nada, no tiene nada absolutamente que ofrecer. El ego no acude allí donde no puede lograr algún beneficio. El ego es un eterno mendigo, siempre pidiendo, exigiendo algo.
El amor es bondad. El amor es un rey, un emperador. ¿Existe acaso un rey más grande que el amor?
Una noche yo me encontraba descansando cerca de esa cepa. La cepa susurró: «Ese amigo mío aún no ha regresado. Estoy muy preo-cupado: puede que se haya ahogado, que se haya perdido. Pudo haberse extraviado en uno de esos países lejanos. Puede que haya muerto. ¡Cuánto deseo tener noticias suyas! A medida que me acerco al fin de mi vida, me sentiría satisfecho al menos con las noticias de su bienestar. Entonces podría morir contento. Pero él no vendría ni aunque le llamase, porque ya no me queda nada que dar, y él sólo entiende el lenguaje del obtener, del recibir.»
El ego sólo comprende el lenguaje de obtener. El amor es el lenguaje del dar.
No puedo decir más que eso. ¡Ah! Además, no hay nada más que decir que esto.
Si la vida pudiese ser como ese árbol, extendiendo ampliamente sus ramas, de modo que todos y cada uno pudiéramos guarecernos bajo su sombra, entonces podríamos comprender lo que es el amor.
No existen escrituras, mapas o diccionarios para el amor. Tampoco existe un conjunto determinado de principios.
Yo estaba preguntándome acerca de lo que podría decir respecto al amor. Es difícil describirlo. El amor está simplemente presente. Probablemente puedes verlo en mis ojos, si vienes y los miras. Me pregunto si se le puede sentir como cuando mis brazos se extienden para abrazarte.
El amor. ¿Qué es el amor? ... Si no lo sientes en mis ojos, en mis brazos, en mi silencio, nunca podrás entenderlo con mis palabras.
Agradezco vuestra paciente escucha y me postro ante el Supremo que está en todos vosotros.
Aceptad por favor mis respetos.
Primera charla
Bharatiya Vidya Bhavan Auditorium
Bombay, agosto 28, 1968
DE LA REPRESION A LA LIBERACION
Una mañana temprano, antes de la salida del sol, un pescador fue al río. Cerca de la orilla sintió algo debajo de sus pies, y descubrió que era una pequeña bolsa con piedras. Recogió la bolsa y echando la red a un lado, se acuclilló a la orilla del agua, esperando la salida del sol. Estaba esperando la luz del día para iniciar su trabajo diario. Perezosamente, cogió una piedra de la bolsa y la lanzó al agua. «Plop», se oyó en el agua. Entretenido con el sonido lanzó otra piedra. Al no tener otra cosa que hacer, siguió lanzando las piedras, una por una...
Poco a poco el sol se levantó. Llegó la luz. Ya para entonces había lanzado todas las piedras, excepto una. La última piedra estaba en su palma. Su corazón casi le falló cuando, a la luz del día, vio lo que tenía en la mano. ¡Era una piedra preciosa! En la oscuridad, había arrojado muchas de ellas. ¡Cuánto había perdido sin darse cuenta! Lleno de remordimientos, se maldijo a sí mismo, sollozó, lloró y casi enloqueció de pesar.
Por accidente, se había encontrado con una gran riqueza que po-dría haberle proporcionado un extraordinario bienestar en su vida. Pero sin darse cuenta, la había perdido en la oscuridad. Y sin embargo, era afortunado, pues aún le quedaba una gema: la luz había llegado antes que arrojara la última «piedra». En general, la mayoría no es ni siquiera tan afortunada.
La oscuridad te rodea por todos lados, el tiempo se va consumiendo, el sol no ha salido aún y ya hemos desperdiciado todas las gemas de la vida. La vida es un gigantesco tesoro, y el hombre no hace otra cosa que desperdiciarla. Cuando nos damos cuenta de la importancia de la vida, ya se nos ha escurrido entre los dedos. Los secretos, los misterios, la felicidad, la liberación, el paraíso: todo lo hemos perdido. Hemos malgastado la vida.
En los próximos tres días, tengo la intención de hablar acerca de los tesoros de la vida. Es difícil instruir a la gente que trata a la vida como a una bolsa de piedras. Esta gente se irritará si les señalas el hecho de que lo que están arrojando no son piedras, sino joyas. Se enfurecerán. No debido a que lo que se les dice sea falso, sino porque se les demuestra su insensatez, porque se les recuerda lo que han perdido. Sus egos hacen su aparición. Se enfadan.
Sin embargo, sin importar lo que se haya perdido hasta ahora, si aún queda un poco de vida, si sólo queda una «piedra», tu vida aún puede ser salvada. Nunca es demasiado tarde para aprender. Incluso uno podría beneficiarse. Y especialmente en la búsqueda de la Verdad, nunca es tarde; no hay motivo para sentirse derrotado.
Pero, debido a nuestra ignorancia, en medio de la oscuridad, hemos dado por sentado que la bolsa de la vida no es otra cosa más que una colección de piedras. Los débiles de corazón han aceptado la derrota antes de hacer un esfuerzo en la búsqueda de la Verdad.
Para empezar, deseo advertirles en contra de la trampa del fata-lismo, contra el engaño de la certeza del fracaso. La vida no es un montón de arena y piedras. Si tienes la actitud correcta para verlo, encontrarás muchas cosas buenas en la vida. Encontrarás en ella una escalera para llegar a Dios.
En nuestro cuerpo hecho de sangre, de carne y de huesos, existe algo, alguien que se halla separado de estas cosas. No guarda ninguna relación con la sangre, con la carne y los huesos. Está allí, aun en el cuerpo físico, que nace hoy y muere mañana. Es inmortal. No tiene ni principio ni fin. Esto, lo que no tiene forma, se encuentra en el centro mismo de cada uno de nosotros. Desde la oscuridad de tu ig-norancia, te apremio a que busques esa llama imperecedera.
La llama inmortal se halla oculta tras el humo mortal y por esto no podemos ver la luz. Vemos el humo y retrocedemos. Algunos, los más valerosos, buscan un poco más, pero sólo en medio del humo. Y es así que no pueden llegar tampoco a la llama, a la fuente de la Iluminación.
¿Cómo realizar el viaje hacia esta llama oculta detrás del humo, hacia el Yo dentro del cuerpo? ¿Cómo podemos realizar al SuperYo, lo Universal, que se halla camuflado, oculto en la naturaleza?
Hablaré acerca de ello en tres etapas.
En primer lugar, nos hemos cubierto con tales prejuicios, con ideas infiltradas y pseudo-filosofías, que nos hemos imposibilitado el ver la verdad desnuda. Disponemos de hipótesis de lo que la vida es, sin saber, sin buscar, sin sentir curiosidad. Se nos ha enseñado durante miles de años que la vida no tiene sentido, que la vida es inútil, que la vida es sufrimiento. Se nos ha hipnotizado para que creamos que nuestra existencia es inútil, carente de propósito, pesarosa. La vida ha de ser despreciada, debiera ser pasada por alto. Se nos ha recitado esto una y otra vez, y es así que ahora sentimos que la vida no es más que un gran caos, una fuente de sufrimiento.
Es a causa de este menosprecio por lo que el hombre ha perdido todo encanto, alegría y amor. El hombre se ha transformado en un bulto informe. El hombre se ha convertido en un turbulento mar de pesadumbre. Y uno no ha de asombrarse de que, debido a estas erróneas ideas, el hombre haya dejado de intentar reflexionar sobre sí mismo. ¿Por qué deberíamos buscar la belleza en un bulto repug-nante? Y cuando creemos firmemente que la vida es sólo para ser atravesada, para ser aguantada, ¿qué sentido tiene aceptarla, purificarla y hacerla más hermosa? Creemos que todo esfuerzo es inútil.
Nuestra actitud hacia la vida es similar a la del hombre que se instala en la sala de espera de una estación de ferrocarril; como la de un viajero que utiliza la sala de espera. Este hombre sabe que se ha detenido aquí por un rato. Deberá irse pronto. Por tanto, ¿qué importancia tiene esta sala de espera? Ninguna en absoluto. No tiene significado. Tira diversos objetos al suelo, escupe, la ensucia. Es des-cuidado. No le interesa esmerarse en su comportamiento; después de todo, deberá irse al cabo de un rato, al oír el tañido de la campana. Del mismo modo consideramos la vida como una residencia temporal.
La tendencia general es preguntar porqué se ha de preocupar uno en buscar la verdad y la belleza en la vida. Pero quisiera enfatizar que esta vida llegará a su fin a su debido momento, y entonces no habrá posibilidad de huir de la «verdadera» vida. Podemos cambiar esta casa, este lugar; pero la esencia de nuestra vida permanecerá con nosotros. Y éste es nuestro Yo, con una Y mayúscula. No existe forma alguna de deshacerse de él.
Somos moldeados por lo que hacemos. En último término, nuestros actos nos moldean, para bien o para mal. Modifican y dan forma a la vida y moldean el alma. Lo que hagamos con nuestra vida y cómo vivamos determinará nuestro desarrollo futuro. Nuestra actitud hacia la vida guiará el camino de nuestra alma: cómo evolucionará, qué misterios, hasta ahora inexplorados, descifrará. Si el hombre fuera consciente de que su actitud hacia la vida conforma su futuro, descartaría de inmediato el pesimista punto de vista según el cual la vida es discordante, inútil, carente de significado. Entonces, podría darse cuenta de la falsedad de la creencia de que la vida es pesarosa, de que no existe un esquema para las cosas. Entonces, podría descubrir que todo lo que se opone a la vida es irreligioso.
Sin embargo, en nombre de la religión se nos ha enseñado la negación de la vida. La filosofía de la religión ha estado orientada hacia la muerte, no hacia la vida. Predica que aquello que se halla después de la vida es importante, mientras que aquello que se halla antes de la muerte no tiene significado. Hasta ahora, la religión ha reverenciado la muerte, pero no ha mostrado respeto alguno por la vida. En ninguna parte encontraremos la aceptación jubilosa de las flores y frutos de la vida, pero sí la hallaremos impregnada de un obstinado apego a las flores muertas. ¡Nuestras vidas son loas en las tumbas de flores muertas!
La especulación religiosa siempre se ha concentrado en el otro lado de la muerte: en el paraíso, en el moksha, en el nirvana, como si no le interesara lo que ocurre antes de la muerte. Os quiero pregun-tar, si sois incapaces de vivir con lo que hay antes de la muerte, ¿cómo podréis arreglároslas con lo que hay después de la vida? ¡Será casi imposible! Si no podemos beneficiarnos con lo que hay aquí, antes de la muerte, no podremos prepararnos o capacitarnos para lo que vendrá después de ella. La preparación para la muerte debe hacerse durante la vida. Si existe otro mundo después de la muerte, también allí nos veremos enfrentados a aquello que hemos experimentado en esta vida. No existe forma de sustraerse a estos efectos, a pesar de lo que se proclama para descalificar esta existencia y renunciar a esta vida.
Yo afirmo que no hay ni podrá haber ningún Superyo, ni Dios, ajeno a esta vida. También afirmo que amar la vida es la sadhana, el camino que le lleva a uno hasta Dios. La verdadera religión consiste en aprovechar la vida misma. Realizar la Verdad Suprema de la vida es el primer paso prometedor para lograr la total liberación. Aquel que se pierda la vida se perderá todo lo demás.
Pero la tendencia de la religión ha sido exactamente la opuesta: abandonar la vida, renunciar al mundo. La religión no aconseja la contemplación de la vida, no prepara para dirigir la propia vida, no te dice que lo único que determina tu vida es la forma en que la vivas, sino que dice que si la vida te parece desalentadora, es debido a que la percibes en forma impura. La vida puede llenarte de felicidad si conoces la forma apropiada de vivirla.
Yo llamo a la religión, el arte de vivir. La religión no es la disolución de la vida, sino un medio para explorar profundamente los misterios de la Existencia. La religión no consiste en volverle la espalda a la vida, sino en enfrentarla directamente. La religión no es escapismo, es abrazar la vida de forma total. Es la realización total de la vida.
Como consecuencia directa de esas fundamentales ideas erróneas de la religión, sólo los ancianos se interesan en ella. Sólo verás ancia-nos en los lugares de Dios: en los templos, en las iglesias, en las gurudwaras, en las mezquitas. ¡No verás jóvenes allí! No verás niños allí. ¿Por qué? Sólo existe una explicación. Nuestra religión se ha convertido en la religión de las personas de edad avanzada. Es para aquellos que se hallan al final de sus vidas, para aquellos acosados por el miedo al muerte, para aquellos que están llenos de ansiedad por lo que acontece tras la muerte.
¿Cómo puede iluminar la vida una religión que se basa en la filosofía de la muerte? Tras cinco mil años de enseñanzas religiosas, esta Tierra va de mal en peor. Aun cuando a este planeta no le faltan templos, mezquitas, iglesias, sacerdotes, maestros, ascetas y demás gente similar, la gente aún no se ha vuelto religiosa. Esto se debe a que la religión tiene una base falsa. La vida no se halla en los cimientos de la religión. La religión está concebida en torno a la muerte. No es un símbolo metafórico, sino la lápida de un cementerio. Esta religión desviada no puede revitalizar la vida...
¿Cuál es la causa de todo esto?
En estos tres días hablaré acerca de la religión de la vida, la religión de la fe viva y de un principio elemental que al hombre común nunca se le anima a descubrir; ni siquiera se le dice nada al respecto. En el pasado se ha hecho todo lo posible para ahogar esta ley básica de la vida, para acallar esta verdad. Y el resultado de este grave error se ha convertido en una enfermedad universal.
¿Cuál es el elemento central en la vida común del hombre? ¿Dios? No. ¿El alma? No. ¿La verdad? No. ¿Qué hay en el núcleo del hombre? ¿Cuál es la urgencia fundamental que surge de las profundidades del hombre común, en la vida del hombre medio, del hombre que nunca medita, que nunca busca su alma, que nunca emprende un peregrinaje? ¿Devoción? No. ¿Oración? No. ¿La liberación? No. ¿El nirvana? No, en absoluto.
Si intentamos descubrir el impulso más fuerte del hombre común, si buscamos la fuente de la fuerza que anima la vida, no encontraremos ni la devoción a Dios, ni la oración, ni la sed por conocer. Encontraremos allí algo diferente, algo que está siendo arrinconado en el olvido, algo que nunca es enfrentado conscientemente, que nunca es evaluado. ¿Qué es ese algo? ¿Qué encontrarás si diseccionas, si analizas el núcleo del hombre? ¿Ese «algo» que resplandece en el interior del hombre?
Dejando de lado al hombre y concentrándonos en el reino animal o en el reino vegetal, ¿qué encontraremos en el núcleo de todo? Observando las actividades de una planta, ¿qué encontramos allí? ¿Adónde conduce su crecimiento? Toda su energía se dirige a producir una nueva semilla. ¡Todo su ser está ocupado en producir una nueva semilla! ¿Qué está haciendo un pájaro? ¿Qué está haciendo un animal? Si observamos en profundidad las actividades de toda la Naturaleza, encontraremos un solo proceso desarrollándose plena-mente. Y este proceso es el de la «creación continua», la procreación, el proceso de crear nuevas y diferentes formas de ser. Las flores tienen semillas; los frutos tienen semillas. ¿Cuál es el destino de la semilla? La semilla crecerá y se convertirá en una planta, en una flor, en un fruto, en una nueva semilla y así sucesivamente, y el ciclo se repetirá... El proceso de procreación es eterno. La vida es una fuerza que está continuamente regenerandose a sí misma. La vida es creatividad, es un proceso de autocreación.
Lo mismo es válido en el caso del hombre. A esta pasión, a este proceso, lo hemos bautizado con el nombre de «sexo». También se le llama lujuria. De allí han surgido otros nombres. Se ha transformado en un insulto. Y el acto mismo de desacreditarlo ha contaminado el ambiente.
Y entonces, ¿qué es esta lujuria? ¿Qué es esta pasión? ¿Qué es esa fuerza llamada «sexo?»
Desde tiempos inmemoriales, las olas del mar vienen, una tras otra y se estrellan contra la playa. Las olas vienen, se rompen y desa-parecen. Nuevamente vienen, empujan, luchan, se dispersan y vuelven a su estado anterior. La vida tiene una necesidad interna de progresar, de ir hacia adelante. Estas olas del mar, estas olas de la vida, tienen en sí una inquietud. Existe un continuo esfuerzo en pos de algo. ¿Cuál es su propósito? Es un deseo intenso por lograr una mejor posición, es una pasión por alcanzar alturas más elevadas. Detrás de esta energía interminable, la vida lucha por alcanzar una buena vida, la vida se esfuerza por alcanzar una existencia mejor.
No hace mucho, sólo unos pocos miles de años, que el hombre apareció sobre la Tierra. Antes de eso, sólo había animales en ella. No hace tanto tiempo que los animales comenzaron a existir. Antes de eso, hubo un tiempo en el cual no había animales; sólo plantas. Y tampoco las plantas han estado en este planeta desde hace mucho. Antes que ellas aparecieran, sólo había rocas, montañas, ríos y océanos.
¿Y con qué motivo se hallaba inquieto este mundo de rocas, de montañas, de ríos y de océanos? Estaba luchando por producir plan-tas. Poco a poco, las plantas aparecieron en la existencia. La fuerza vital se manifestó en una nueva forma. La tierra se cubrió de vegetación. Siguió produciendo vida, procreó. Surgieron las flores, las frutas. Pero las plantas se sentían intranquilas. No se hallaban sa-tisfechas consigo mismas. El impulso interno las llevaba a algo más elevado. Estaban ansiosas de producir animales y aves. Entonces aparecieron los animales y las aves y ocuparon este planeta durante muchísimo tiempo. Pero no había ningún hombre a la vista. El hombre estuvo siempre allí, implícito en los animales, esforzándose por nacer... Y entonces, en su momento, apareció el hombre.
Y ahora, ¿en qué situación se encuentra el hombre? El hombre está esforzándose incesantemente para crear nueva vida. A esta ten-dencia la hemos llamado sexo; la llamamos «la pasión de la lujuria.» ¿Cuál es la dimensión, el significado de esta «lujuria»?
Este impulso básico se dirige a crear, a producir nueva vida. La vida no desea extinguirse. Pero, ¿para qué? ¿Es posible que ese hombre esté intentando crear un hombre mejor, una forma de vida más elevada que él mismo? ¿Es acaso cierto que la fuerza de la vida se halla a la expectativa de un ser que es mucho mejor que el hombre mismo? Sabios, desde Nietzche hasta Aurobindo, de Patanjali a Bertrand Russell, han alimentado un sueño en lo más profundo de sus corazones, un sueño en el cual aparece un hombre superior a sí mismo. Un superhombre. Se han estado preguntando cómo puede ser producido otro ser, mejor que el hombre actual.
Sin embargo, desde hace miles de años hemos condenado deliberadamente este impulso de procrear. En vez de aceptarlo, hemos abusado de él. Le hemos desacreditado hasta relegarlo al escalafón más bajo. Lo hemos ocultado y hemos simulado que no existe, como si no hubiera espacio para él en la vida, como si no cupiera en la disposición de las cosas.
La verdad es que no existe nada tan vital como este impulso, al que debiera adjudicársele el lugar que legítimamente le corresponde. Ocultándolo y pisoteándolo, el hombre no se ha liberado. Al contrario; el hombre se halla ahora en una situación más enredada y peor que antes. La represión ha producido el resultado opuesto al esperado.
Alguien está aprendiendo a ir en bicicleta. El camino es grande y ancho, pero si hay una pequeña roca a un lado del camino, el hom-bre teme estrellarse contra la roca. Existe un uno por ciento de pro-babilidades de que choque contra esa piedra. Aun un ciego tiene las probabilidades totalmente a su favor en cuanto a pasar sano y salvo. Sin embargo, debido al temor a la roca, el hombre se concentra sola-mente en ella. La roca cobra importancia en su conciencia y el camino desaparece de su vista. Se halla hipnotizado, es atraído por esa roca y finalmente se estrella contra ella. Un novato choca contra aquello -una roca o un poste de energía eléctrica- de lo cual intenta, por todos los medios, salvarse. Y sin embargo, el camino era grande y amplio, ¿cómo se las arregló este hombre para accidentarse?
Según el psicólogo Coué, la mente corriente se halla gobernada por la «Ley del Efecto Contrario». Nos estrellamos contra aquello que deseamos evitar, pues el objeto del miedo se transforma en el centro de nuestra conciencia. Del mismo modo, el hombre ha estado intentando, durante los últimos cinco mil años, salvarse del sexo y la consecuencia de ello es que se enfrenta con el sexo en todas sus formas, en todos los rincones de su vida. La ley del efecto contrario ha sometido el alma del hombre.
¿No te has dado cuenta de que la mente es atraída, es hipnotizada por aquello que intenta eludir? La gente que enseñó al hombre a estar en contra del sexo es totalmente responsable del hecho de que la mente humana esté llena de sexo. La sexualidad exacerbada del hombre se debe a enseñanzas pervertidas.
Hoy en día, nos sentimos temerosos de hablar acerca del sexo. ¿Por qué sentimos un «temor moral» frente a este tema? Eso se debe a la suposición de que el hombre se volverá más sexual si habla de sexo. Esta idea es totalmente errónea; después de todo, existe una amplia diferencia entre «sexo» y «sexualidad» Nuestra sociedad sólo se verá liberada del fantasma del sexo si desarrollamos el valor nece-sario para hablar acerca del sexo en forma racional y sana.
Sólo podremos trascender el sexo si lo comprendemos en todos sus aspectos. No puedes liberarte de un problema si cierras los ojos ante él. Aquel que cree que el enemigo desaparecerá si cierra los ojos, está loco. En el desierto, el avestruz piensa de la misma manera. Entierra su cabeza en la arena y cree que, al no poder ver al enemigo, el enemigo no está allí. Este tipo de lógica es perdonable en el caso de un avestruz, pero en el caso del hombre, resulta imperdonable.
El hombre no se ha comportado mejor que un avestruz en el caso del sexo. Cree que el sexo se desvanecerá si lo ignora, si cierra sus ojos. Si milagros como ésos ocurrieran, la vida sería fácil, sería muy fácil vivir en el mundo. Sin embargo, desgraciadamente, nada desa-parece con sólo cerrar los ojos. Al contrario: ésta es la prueba de que le tememos, de que su atracción es más poderosa de lo que podemos resistir. Cerramos nuestros ojos porque nos damos cuenta de que no podemos reprimirlo.
Cerrar los ojos es señal de debilidad, y la Humanidad entera es la culpable. El hombre no sólo ha cerrado abiertamente los ojos frente al sexo, sino que, además, con ello se ha involucrado en una innumerable cantidad de conflictos internos. Las devastadoras con-secuencias de esto son demasiado bien conocidas como para enu-merarlas. El noventa y ocho por ciento de los enfermos mentales -los neuróticos- lo están debido a la represión del sexo. La causa del noventa y nueve por ciento de las histerias y enfermedades similares que sufre la mujer, son desórdenes sexuales. La causa principal del miedo, la duda y la ansiedad -la tensión del hombre contemporáneo- es la presión de la pasión, de la lujuria. El hombre le ha dado la espalda a una urgente y poderosa necesidad. Sin intentar comprenderla, nuestros ojos se han cerrado debido al miedo, y las consecuencias de esto han sido demoledoras.
Para comprender esto, el hombre necesita solamente revisar su literatura, el espejo de su mente. Si un hombre de la Luna o Marte viniera aquí y revisara nuestra literatura, leyera nuestros libros y poesía, viera nuestras pinturas... se sorprendería. Se preguntaría por qué todas nuestras artes y literatura giran sólo en torno al sexo.
¿Por qué todas las poesías, todas las novelas, todas las revistas e historias del hombre se hallan saturadas de sexo? ¿Por qué hay una fotografía de una mujer semidesnuda en todas las portadas de las revistas? ¿Cómo es que todas las películas hechas por el hombre se desarrollan en torno a la lujuria y la pasión?
Se quedaría perplejo. Este visitante extraterrestre se preguntaría porqué el hombre no piensa en nada más que en el sexo. Se hallaría doblemente confundido si se encontrara con un hombre y hablara con él, pues éste se esforzaría mucho por darle la impresión de que no tiene nada que ver con la existencia del sexo. Y viceversa: el hombre hablaría acerca de Dios, del paraíso, de la liberación,... No diría una palabra acerca del sexo, aun cuando todo su ser se hallara repleto de ideas respecto al sexo. El extraterrestre se quedaría estupefacto al darse cuenta de que el hombre ha inventado innumerables artificios para satisfacer ese deseo sobre el cual no menciona una palabra.
La religión orientada hacia la muerte ha llenado de sexo la mente del hombre. También ha pervertido al hombre desde otro ángulo. ¡Y eso en nombre de elevados ideales! Le muestra el pináculo dorado del celibato- el brahmacharya - pero no da ninguna indicación para colocar el pie en el primer peldaño, para comprender la base, para comprender el sexo.
En primer lugar, debiéramos aceptar y comprender al sexo, el im-pulso fundamental, y sólo entonces podríamos esforzarnos por trascenderlo, por sublimarlo, que es el modo para alcanzar la etapa del celibato. Sin comprender,en todas sus formas y facetas, esta fuerza de vida fundamental , todos los esfuerzos por restringirla o suprimirla convertirán al hombre en un loco enfermo e incoherente. Pero no nos concentramos en esta enfermedad principal y hablamos de los altos ideales del celibato. El hombre nunca ha estado tan enfermo, tan neurótico, nunca ha sido tan infeliz ni tan desgraciado. El hombre está pervertido. Está envenenado desde sus mismas raíces.
En cierta ocasión pasaba frente a un hospital. Leí en un cartel: «Aquí fue tratado un hombre picado por un escorpión. Fue curado y dado de alta el mismo día».
Otro aviso decía: «Un hombre fue mordido por una serpiente. Fue tratado y regresó a su hogar sano y salvo después de tres días».
Un tercer informe decía: «Un hombre fue mordido por un perro rabioso. Está sometido a tratamiento desde hace diez días y muy pronto se recobrará».
Aparecía también un cuarto informe: «Un hombre fue mordido por un hombre. Eso ocurrió hace muchas semanas. Se halla inconsciente y es muy poco probable que se recupere.»
Me quedé sorprendido. ¿Es acaso posible que la mordedura de un hombre sea tan venenosa?
Si somos observadores, llegaremos a concluir que el hombre ha acumulado en sí mismo gran cantidad de veneno. Quizás sea debido a los «médicos charlatanes», pero el motivo más importante es la negativa a aceptar aquello que es natural en el hombre, aquello que constituye su ser fundamental. Hemos intentado, en vano, frenar y aniquilar sus impulsos innatos. No se hace intento alguno por trans-formar, por elevar esos impulsos. Nos hemos obligado, en forma equivocada, a controlar esa energía. Esa energía está hirviendo y presionando, como lava derretida, desde nuestro interior. Si somos descuidados, esa energía puede desbordar al hombre en cualquier momento. ¿Saben entonces qué es lo primero que ocurre cuando dicha energía encuentra el menor resquicio?
Lo aclararé mediante un ejemplo. Un aeroplano sufre un accidente. Tú te encuentras en las cercanías y corres hacia el lugar. ¿Cuál será la primera pregunta que te vendrá a la mente al ver un cuerpo entre los restos? ¿Será acaso «¿Es esta persona hindú o musulmana?» ¡No! «¿Es esta persona india o china?» ¡No!
En una fracción de segundo, lo primero que tratarás de saber es si es un hombre o una mujer. ¿Sabes por qué esa es la interrogante que te viene primero a la cabeza? Es el sexo reprimido el que te hace tan consciente de la diferencia entre hombre y mujer. Es posible que olvides el nombre, rostro o nacionalidad de un hombre. Si te he cono-cido, puede que olvide tu nombre, tu rostro, tu casta, tu edad, tu clase social; en resumen, todo respecto a ti. Pero uno nunca olvida el sexo de una persona, nunca olvidas si esa persona era hombre o mujer. ¿Has tenido alguna vez alguna duda respecto a si la persona con que te encontraste -por decir, el año pasado en un tren con destino a Delhi- era un hombre o una mujer?
¿Por qué? Si olvidas todo respecto a una persona, ¿por qué no puedes olvidar eso? Eso se debe a que la conciencia del sexo se halla firmemente enraizada en nuestra mente, en nuestro proceso de pen-samientos. Se halla siempre presente, siempre está activa.
Nuestra sociedad, nuestro mundo, nunca podrá ser sano mientras exista esta cortina de hierro, esta distancia entre hombre y mujer. El hombre no podrá estar en paz consigo mismo mientras este fuego ardiente se halle en su interior y se halle sentado sobre él. Debe luchar por reprimirlo todos los días, a cada instante. Este fuego nos quema, nos carboniza; pero aun así no estamos dispuestos a encararlo, a examinarlo.
¿Qué es este fuego? No es un enemigo, sino un amigo. ¿Cuál es la naturaleza de este fuego? Quiero deciros que una vez que lo conozcamos, dejará de ser un enemigo; se transformará en un amigo. Si comprendiéramos este fuego, no nos quemaría. Podría calentar nuestras casas, podría cocinar para nosotros y también podría transformarse en un amigo para toda la vida. El rayo ha relampagueado en el cielo desde hace millones de años. A veces, también ha caído provocando la muerte de seres humanos. Nunca nadie pensó que algún día esta misma energía haría funcionar nuestros ventiladores e iluminaría nuestras casas. Nadie conocía estas posibilidades en aquel entonces. Hoy en día, esa electricidad se ha transformado en nuestra amiga. ¿Cómo? Si hubiéramos cerrado los ojos al respecto, nunca habríamos descifrado sus secretos; nunca la habríamos utilizado. Podría haber seguido siendo nuestro enemiga y el objeto de nuestro temor. Pero el hombre adoptó una actitud amistosa a ese respecto. El hombre se propuso comprenderla conocerla, y lenta, lentamente, se desarrolló una amistad duradera. Hoy nos sería difícil arreglárnoslas sin esa electricidad.
El sexo en el interior del hombre, su líbido, es más vital que el rayo. Un minúsculo átomo de materia pudo aniquilar la ciudad entera de Hiroshima, con cerca de cien mil habitantes. ¡Pero un átomo de la energía sexual del hombre puede crear un nuevo ser humano vivo! El sexo es más poderoso que la bomba atómica. ¿Nunca has reflexionado acerca de las infinitas posibilidades de esta fuerza y de cómo podemos transformarla en pro de una mejor Humanidad? Un embrión de hombre puede ser responsable de un Gandhi, de un Mahavira, de un Buda, de un Cristo. De él puede desarrollarse un Einstein, un Newton. Un germen infinitamente pequeño de energía sexual tiene en sí, inmanifestada, una imponente personalidad como la de Gandhi.
Pero no estamos dispuestos a comprender al sexo. Hasta hablar de ello en público nos exige un tremendo valor. ¿Qué tipo de temor se ha apoderado de nosotros para que no nos hallemos dispuestos a comprender a esta fuerza que ha dado origen al mundo entero? ¿Qué es este miedo? ¿Por qué estamos tan alarmados? La gente se escandalizó cuando hablé acerca de esto en mi última reunión en Bombay. Recibí muchas cartas airadas que me pedían que no hablara en esta forma, que no hablara en absoluto de este tema. Yo me pregunto: ¿Por qué uno no debería discutir este tema? Puesto que este impulso ya es inherente en nuestro interior, ¿por qué no hemos de conocerlo? A menos que conozcamos su comportamiento, a menos que lo analicemos, ¿cómo podemos esperar elevarlo a un nivel superior? Al comprenderlo, podremos transformarlo, podremos conquistarlo, podremos sublimarlo; pero sin comprenderlo, moriremos sin haber logrado liberarnos de él.
Lo que yo afirmo es que aquellos que prohíben charlas sobre el sexo han reemplazado su energía sexual por humildad. Aquellos que se encuentran asustados y que, por tanto, se han convencido a sí mismos de que son «inocentes» respecto al sexo, son lunáticos, y han conspirado para convertir al mundo en un gran manicomio.
La religión se ocupa de transformar la energía del hombre. La religión intenta comprender al ser interno del hombre, sus aspiraciones e impulsos, de la mejor forma posible. También es cierto que la religión debiera guiar al hombre de lo inferior a lo superior, de la oscuridad a la luz, de lo irreal y lo real, a lo eterno desde lo efímero.
Pero para llegar a alguna parte, uno debe comenzar desde el punto de partida. Debemos partir desde donde estamos. Por lo tanto, resulta imperativo saber primero acerca de «este» lugar, y por el momento, «esto» es más importante que el lugar al que queremos llegar. En este contexto, el sexo es un hecho, el fundamento, la realidad, el punto de partida. Mientras que Dios... Dios está lejos de aquí. Sólo podremos alcanzar la verdad de Dios si comprendemos el punto de partida. De otra forma, ni siquiera podremos movernos un ápice. Estaremos perdidos, seremos un carrusel que no va a ninguna parte.
Cuando les hablé en nuestra primera reunión, pude percibir que no estamos preparados para enfrentarnos a las realidades de la vida... Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos alcanzar? Entonces, toda la alharaca acerca de Dios y el alma es sólo una convicción vacía. Pura charla hueca.
Sólo conociendo la realidad podremos elevarnos sobre ella. Y en realidad, el conocimiento es trascendencia. En primer lugar, debiéramos comprender algo correctamente: el hombre nace del sexo. Todo su ser es el producto de prácticas sexuales, y se halla lleno de la energía del sexo. La energía de la vida es la energía del sexo.
¿Qué es esta energía sexual? ¿Por qué es el sexo algo que condi-ciona tanto nuestras vidas de una forma tan poderosa? ¿ Por qué satura nuestro ser en forma tan total? ¿Por qué giramos en torno a él hasta el final? ¿Dónde se halla la fuente de esta tendencia?
Los sabios y los profetas la han degradado desde hace miles de años, pero el hombre no se ha dejado impresionar. Hace mucho tiempo que predican que debemos derrotarlo, que hemos de expulsar sus pensamientos y deseos, que nos hemos de liberar de esta «ilusión». Y sin embargo, el hombre no ha logrado romper los grilletes. Esto no puede lograrse así como así. La forma de hacerlo es errónea.
Cada vez que me he encontrado con prostitutas, nunca hablaban de sexo. Preguntaban acerca del alma y de Dios. También me encuentro con monjes y ascetas. Siempre que nos encontramos solos, lo único que preguntan es acerca del sexo. Me sorprendió el darme cuenta de que la conciencia de los ascetas parece estar aprisionada por el sexo, aun cuando ellos siempre predican contra él. Sienten curiosidad y están inquietos. Tienen este complejo mental aun cuando sermonean respecto a la religión y a los instintos animales del hombre.
Y eso es natural, porque no hemos deseado o intentado comprender este problema. No nos hemos preguntado: ¿A qué se debe esta gran atracción hacia el sexo?
¿Quién te enseña acerca del sexo? El mundo entero se halla en contra de que se enseñe. Los padres sienten que a sus hijos no se les debiera permitir conocerlo. Los profesores tienen la misma actitud. Las escrituras también afirman eso. No existe ninguna escuela o universidad que enseñe el tema del sexo. Todas las instituciones educacionales prohíben el conocimiento respecto a esto. Pero sin embargo, en algún momento de la adolescencia, el hombre encuentra por sí mismo que todo su ser, su prana, se halla repleto de la ansiedad del sexo. En ese momento, todas las precauciones adoptadas durante siglos fracasan y el sexo se lleva la victoria.
¿Cómo es que esto ocurre? Se predica el amor por la verdad y la verdad del amor... pero esto no perdura, su vulnerabilidad queda comprobada.
Esta es una prueba concluyente de que el sexo se halla enraizado firmemente en el centro de nuestro ser. Pero ¿dónde se halla el anclaje? ¿Dónde se halla el centro de esta gravitación natural que es tan poderosa y tan profunda? Ahí reside el misterio y es necesario reconocerlo si deseamos superarlo.
En realidad, básicamente lo que sentimos como atracción sexual no es la atracción del sexo, pues después de cada orgasmo el hombre se siente drenado, deprimido; se siente dolido, acongojado, amargado, y se propone evitar este proceso en el futuro. Así que ¿de dónde proviene este estado de ánimo? Esto se debe a que el deseo apunta a otra cosa, y no únicamente a la gratificación física.
Comúnmente el hombre no establece contacto con lo más profundo de su ser en el grado en que lo logra en la consumación de un acto sexual. En el curso cotidiano de la vida, en la rutina diaria, el hombre experimenta una variedad de experiencias: compra, hace negocios, se gana la vida; pero una relación sexual le revela la más profunda de las experiencias. Y este suceso incluye una dimensión religiosa profunda. El hombre se extiende más allá de sí mismo, se trasciende a sí mismo.
Dos «cosas» le ocurren allí. En primer lugar, el ego se esfuma durante la unión sexual: se crea la ausencia del ego. Por un instante, no hay un «yo», por un instante uno no se recuerda a sí mismo. ¿Sabes acaso que el «yo» también se disuelve totalmente en la experiencia religiosa? ¿Sabes que el ego se disuelve en la nada? En forma similar, durante la experiencia sexual el ego se disuelve; el orgasmo es un estado en el que el ego es aniquilado.
El segundo elemento en la experiencia del sexo es que, por un instante, el tiempo se desvanece; aparece la ausencia de tiempo. Acerca del samadhi, Jesucristo dijo: «El tiempo ya no existirá». En el orgasmo, el sentido del tiempo no existe. No hay pasado, no hay futuro, sólo el momento presente. El presente no forma parte del tiempo. El presente es la eternidad.
Esta es la segunda razón por la cual el hombre se halla loco por el sexo. El anhelo no es el de un hombre por el cuerpo de una mujer o viceversa. La pasión apunta a otra cosa: hacia la ausencia de ego, la ausencia de tiempo.
Este clímax perdura durante sólo un instante; pero para obtenerlo, el hombre pierde una cantidad considerable de energía vital y posteriormente lamenta su pérdida. En algunos animales, el macho muere después de tener sólo una relación sexual. Cierto insecto afri-cano puede hacerlo sólo una vez; la energía se agota y él muere durante el acto. Y no es que el hombre no sepa que el acto sexual disminuye su poder y reduce su energía, y que con ello se acerca a la muerte. El hombre lamenta su indulgencia consigo mismo, pero muy pronto se apasiona nuevamente. Con seguridad que existe un significado mucho más profundo en su patrón de conducta que el que aparece a simple vista.
En la experiencia sexual existe un nivel más sutil que la mera rutina física. Un nivel que es, en esencia, religioso. Debiéramos tratar de comprender esta experiencia. Si no logramos comprender el significado de esta experiencia, viviremos, creceremos y moriremos sólo en el sexo.
El rayo brilla en las noches oscuras, pero la oscuridad de la noche no es el rayo. La única relación entre los dos, la base, es que el rayo brilla solamente por la noche, sólo en la oscuridad. Y lo mismo resulta cierto respecto a la experiencia sexual. La realización, la efervescencia, brilla durante el sexo, pero ese fenómeno no es el sexo en sí. Aun cuando se halla asociado con él, esta asociación no es exclusiva del sexo. El rayo que brilla en el momento del orgasmo trasciende al sexo, proviene del más allá. Si podemos captar esta experiencia del más allá, podremos elevamos por encima del sexo; sino, no lo lograremos.
Pero aquellos que se oponen ciegamente al sexo no pueden apreciar el fenómeno desde una perspectiva apropiada. Nunca podrán analizar la causa de este deseo insaciable, esa ansia de sexo. Lo que deseo enfatizar es que este fuerte anhelo recurrente por el sexo apunta, en realidad, al logro momentáneo del samadhi, y que te podrías liberar del sexo si pudieras obtener el samadhi sin necesidad del sexo. Si a un hombre que compra un artículo determinado -digamos, por mil rupias- se le informa que puede obtenerlo de forma gratuita, ningún hombre en sus cabales iría al mercado a comprarlo tan caro. Si un hombre pudiera obtener el mismo éxtasis que obtiene en el sexo, a través de algún otro medio, y en una medida superior, su mente deja-ría automáticamente de dirigirse hacia el sexo. Su mente comenzaría a correr en otra dirección.
El hombre tuvo su primera realización del samadhi a través de la experiencia sexual. Sin embargo, este asunto implica un alto, un muy alto precio. Y nuevamente, no durará más de un instante. Regresamos a la situación original después de un clímax momentáneo. Durante un segundo, alcanzamos un plano diferente de la Existencia. Durante un segundo escalamos un clímax de inmensa satisfacción. El impulso es hacia la cima, pero apenas hemos comenzado cuando ya hemos caído por la ladera. Una ola aspira a elevarse hacia el cielo. Apenas logra elevarse y sobresalir del agua, cuando ya comienza a caer. Del mismo modo, en pos de ese éxtasis, de ese goce, de esa realización, de tiempo en tiempo acumulamos energía y comenzamos a ascender nuevamente. Pero fracasamos igual que siempre. Casi tocamos ese plano más sutil, ese ámbito más elevado, y luego retrocedemos a nuestra posición original... pero con una cantidad considerablemente menor de poder y energía. Mientras la mente del hombre permanezca inmersa en el flujo del sexo, ascenderá y descenderá continuamente. La vida es un requerimiento fuerte y continuo hacia la ausencia de ego, hacia la ausencia de tiempo, ya sea de forma consciente o inconsciente. El deseo intenso del ser es conocer el yo verdadero, conocer la Verdad, conocer la Fuente Original que es eterna, que es infinita; unirse con aquello que se halla más allá del tiempo, puro; alcanzar la ausencia de ego.
Para saciar este deseo interno inconsciente del alma, el mundo está girando en torno al eje del sexo. Pero ¿podemos acaso alcanzar, comprender y desarrollar una relación con esa realización si negamos la existencia de esta realidad interna y natural del hombre? Si nos oponemos al sexo en forma vehemente, tal como lo hacemos, el sexo se transforma en el centro de la conciencia. No podemos liberamos, sino que quedamos atados a él. La ley del Efecto Opuesto comienza a operar: quedamos atados a él, queremos huir de él; y cuanto más tratemos de liberarnos de él, más nos enredaremos en él.
Un hombre estaba muy enfermo: la enfermedad consistía en que se sentía muy hambriento. La realidad era que no estaba enfermo en absoluto.
Había leído que la negación de la vida era el camino hacia la liberación. Había leído que ayunar era religioso y que comer era pecado. También se le había dicho que comer algo representaba violencia y que esto iba en contra de los postulados de la no-violencia.
Cuanto más pensaba en el comer como un pecado, más reprimía el hambre. Y en igual medida, el hambre se imponía. Solía ayunar durante tres o cuatro días, y luego comía cualquier cosa, todo lo que encontraba, como un glotón. Se sentía muy arrepentido después de comer por haber roto su compromiso. Además, el sobrealimentarse y el comer indiscriminadamente producen sus propias consecuencias. Y luego, para expiar su falta, venía otra ronda de ayuno y, nuevamente, después de un tiempo, volvía a comer.
Finalmente decidió que no era posible seguir el camino correcto permaneciendo en su casa. Renunció al mundo, se fue a la selva, ascendió a una colina y halló un lugar solitario para quedarse. En su casa, su familia se entristeció, pero su esposa, pensando que en su retiro podría haber superado la enfermedad de comer, le envió un ra-mo de flores deseándole una pronta recuperación y un pronto regreso. El hombre envió una nota de agradecimiento: «Muchas gracias por las flores, estaban deliciosas»
Se había comido esas flores. No podemos ni imaginarnos a un hombre comiendo flores en vez de alimento, pues no hemos practicado el sadhana del ayuno como ese hombre. Por supuesto, aquellos que son adictos al comer podrán comprender muy bien la situación. Sin embargo, en mayor o menor grado, todo el mundo se halla confinado al sexo
Habiendo iniciado una guerra en contra del sexo, es difícil saber lo que el hombre ha provocado. ¿Acaso la homosexualidad existe en alguna otra parte que en la mal llamada sociedad «civilizada» del hombre? Los aborígenes que permanecen en lugares apartados de la civilización no pueden imaginarse siquiera que un hombre pueda unirse sexualmente con otro hombre. Yo he vivido con tribus, y cuando les dije que la gente civilizada practicaba esto también, se quedaron pasmados. No podían creerlo. Pero en Occidente existen clubs de homosexuales. Y existen asociaciones que sostienen que es antidemocrático prohibirlo, si hay tantos que la practican. Declaran que la persecución de los homosexuales por la ley constituye una violación de los derechos humanos fundamentales, que es la imposi-ción de la mayoría sobre una minoría. Esta mentalidad - el nacimiento de la homosexualidad - es consecuencia de la guerra en contra del sexo.
La prostitución también se halla en directa proporción con la civilización de nuestra sociedad. ¿Alguna vez has reflexionado acerca de la prostitución como institución? ¿Puedes encontrar una prostituta en las zonas tribales montañosas? ¿En los poblados apartados? Es imposible. Esa gente no puede siquiera imaginarse que existan mu-jeres que vendan sus virtudes, que forniquen a cambio de una re-muneración. Sin embargo, este tráfico ha crecido con el «avance» de la civilización del hombre. Es un acto similar al comer flores. Aún más asombrados estaremos si examinamos las demás perversiones del sexo, si analizamos todas sus repulsivas manifestaciones.
¿Qué le ha pasado al hombre? ¿Quiénes son los responsables de estas desviaciones corruptas y repulsivas? Aquellos que le han enseñado al hombre a reprimir el sexo en vez de comprendelo, ésos son los responsables. Es debido a la represión por lo que la energía del sexo está fluyendo por canales que no le corresponden. La socie-dad humana entera se ha vuelto enferma y es desdichada. Si existe la intención de modificar a esta sociedad infectada de cáncer, resulta esencial aceptar que la energía del sexo es divina, que la atracción del sexo es en esencia religiosa. ¿Por qué es tan poderosa entonces la atracción del sexo? De seguro que es poderosa, pero si logramos comprender el fundamento básico del sexo, podremos elevar al hom-bre por encima del sexo. Y sólo entonces el mundo de Rama podrá emerger del mundo de Kama, solamente entonces podrá surgir un mundo de compasión desde el mundo de la pasión.
Fui con unos amigos a Khajuraho a ver el templo mundialmente famoso. La pared más externa del templo, la periferia, está adornada con escenas de actos sexuales, en las más variadas posturas. Existen esculturas mostrando diferentes posturas, todas ellas posturas sexuales. Mis amigos preguntaban porqué estaban allí esas esculturas decorando el templo.
Les expliqué que los arquitectos que construyeron esos templos eran gente realmente inteligente. Creían que la pasión sexual se encuentra en la circunferencia exterior de la vida. Aquellos que se hallaban aun enredados en el sexo no tenían derecho a entrar en el templo.
Entramos. No había ningún ídolo representando a Dios en su interior. Mis amigos se sorprendieron al no hallar estatuas dentro. Les dije que en el muro externo de la vida existen la lujuria y la pasión, mientras que el templo de Dios está adentro. Aquellos que aún se hallan embrujados por la pasión, por el sexo, no pueden entrar al in-terior del templo de Dios. Aún se hallan rondando en torno a la pared exterior.
Los constructores de este templo eran gente muy sensata. Este era un centro de meditación. La sexualidad se halla en la superficie, en torno a toda la circunferencia externa, y la quietud se halla en el núcleo, en el centro. Ellos