¡LEVANTATE Y ANDA!

EL TRANSITO DEL HOMBRE AL DIOS A LA LUZ DEL EVANGELIO DE SAN JUAN

Los Evangelios no son sólo la descripción, a modo de biografía,
de lo sucedido a un ser humano llamado Jesús que vivió en un determinado tiempo, no.
Los Evangelios son nuestra propia biografía, cuentan nuestra propia vida,
nuestro desarrollo como hombres hasta llegar al Dios que contenemos.
Sus escenarios, sus situaciones no son situaciones de un pasado de alguien que fue,
sino que son los escenarios y las situaciones de nuestro ahora psicológico.
Los Evangelios están escritos en presente, no en pasado;
a lo sumo describen un futuro al que todos llegaremos antes o después

 

Capítulo II
 La Figura de Cristo
 
 

Uno de los más claros ejemplos, por cercano, de religión   en su segunda acepción es el de las  “iglesias” surgidas en torno a la figura de Jesús, el Cristo.
Todas ellas se han constituido en únicos intérpretes autorizados del mensaje de Jesús, asumiendo el papel de exclusivos  interlocutores válidos entre la humanidad corriente y Dios.
No es el objeto aquí discutir o cuestionar su capacidad o incapacidad, ni tampoco polemizar, ni criticar, ni denostar a nadie; ni  a ellas y ni a sus integrantes. No hay objeto, no es éste el interés. Solamente se trata de re-descubrir eso que ha sido tan manoseado y mal interpretado, eso que ha sido vaciado de contenido real y convertido en una figurilla de cartón utilizable y manejable.
Y para re-descubrir ese contenido solamente nos podemos referir al origen, a lo más cercano—sin entrar a valorar si  los Evangelios describen exclusivamente la vivencia de un Jesús histórico y real o son también la plasmación en clave del eterno drama del Despertar del Hombre a su condición de Dios— a aquello que fue la realidad que Jesús vivió: sus palabras y obras; los Evangelios.
Y aún así, no se ha de perder de vista el hecho de que esas palabras fueron colocadas allí, no por él, sino por otros que las interpretaron y que, probablemente, desconocieron su verdadero significado. Ésas palabras no son la “Verdad”; sólo tratan de reflejar algo del inmenso fulgor que aquella es.
Los hechos descritos en ellos no son los hechos que conformaron la realidad interior de Jesús, no son Jesús. Son la interpretación que otros dieron a la manifestación física de una realidad interior. Los Evangelios son documentos de valor rela-tivo—por su propia condición de palabra—y además de valor disminuido, al ser esta palabra una interpretación dada por  mentes diferentes a la que vivió el hecho descrito y que—y ellas mismas lo reconocen—no participan de la misma condición que gozaba Jesús, cosa que no ocurre con otros textos sagrados donde la palabra recogida es exacta y fielmente reflejo de lo expresado por el Hombre que vivió ese hecho.
La confusión surge porque la palabra es apta para describir objetos exteriores, pero inadecuada para describir contenidos interiores.
Puede considerarse que los Evangelios contienen una parte objetiva que describe la existencia y características de la obra de un Jesús físico, y una parte subjetiva que, utilizando la trama histórica de un Jesús real como hombre, trata de mostrarnos el contenido de la experiencia interior de Jesús, la Realidad que él experimentó interiormente o el camino—el proceso de autodes-cubrimiento—que él recorrió y que es el mismo que todos deberemos  recorrer por nuestra condición de seres humanos.
Y de la aplicación de las mismas leyes y de los mismos instrumentos que empleamos para reconocer y tratar el mundo objetivo y exterior, surge la confusión al referirnos al hecho interior.
Lo objetivo requiere la mente para ser captado. Lo subjetivo requiere el corazón. Son instrumentos distintos, con características distintas y adecuados a funciones distintas. La utilización de uno en lugar del otro, sea en el sentido que sea, solamente da lugar a confusión y caos. Uno nos hace “saber”; el otro nos hace “ser”. El saber sin “ser”, nos convierte en estúpidos eruditos. El “ser” sin saber  hace de nosotros santos estúpidos. Necesitamos de los dos para  poder completarnos.
En este recorrido por los Evangelios no entraremos tampoco en el alejamiento derivado de las incorrectas traducciones—nuevas modificaciones de mentes cada vez más alejadas del hecho original—ni en la posible modificación intencionada y parcial de parte de su contenido. Todo eso es altamente probable, pero al no ser la realidad actual, la descartamos. Aquí hay que acudir al núcleo, al centro, al origen que impulsa todo el contenido de los Evangelios, el cual aún es posible reconocer semi oculto entre una ingente cantidad de interpretaciones.
Para aquél que utiliza el corazón como guía, los Evangelios constituyen la exposición de un código para el Despertar interior. Y ese código en clave va dirigido a todos aquellos que han empezado a recorrer el camino que les conducirá a reconocerse como Dios.
De la misma forma que reconocemos la existencia de diversas etapas en el desarrollo exterior y/o interior del ser humano tal y como es generalmente aceptado—el bebé, el niño, el adolescente, el joven y el hombre; cada uno perfectamente definido por una serie de rasgos, características y capacidades físicas y psicológicas—los Evangelios describen el ulterior desarrollo del hombre una vez a alcanzada su madurez física y psicológica como “yo” independiente.
El camino que describen es tan real para cada uno de nosotros como lo pueda ser el hecho reconocido de que al llegar a la pubertad empiezan a manifestarse los rasgos distintivos sexuales en el niño y la niña, o como la aparición del lenguaje hablado y del control del movimiento corporal en el primer y segundo año de vida del bebé. Todo el mundo acepta esos mojones como referencias respecto a un cierto estado reconocido como “normalidad” en el desarrollo del individuo. Análogamente los Evangelios nos proveen de unos determinados mojones que nos permiten reconocer las diferentes etapas que recorreremos en el trayecto desde el hombre psicológicamente normal al hombre plenamente realizado como Dios.
Los Evangelios no son sólo la descripción, a modo de biografía, de lo sucedido a un ser humano llamado Jesús que vivió en un determinado tiempo, no. Los Evangelios son nuestra propia biografía, cuentan nuestra propia vida, nuestro desarrollo como hombres hasta llegar al Dios que contenemos. Sus escenarios, sus situaciones no son situaciones de un pasado de alguien que fue, sino que son los escenarios y las situaciones de nuestro ahora psicológico. Los Evangelios están escritos en presente, no en pasado; a lo sumo describen un futuro al que todos llegaremos antes o después.
Esos Evangelios pueden ser interpretados desde muchas perspectivas diferentes, como ocurre con cualquier fórmula o expresión de un fenómeno inmaterial. Su lectura puede hacerse desde muchos niveles distintos. Son la representación de un drama eterno: la búsqueda del Dios en el Hombre.
De los Evangelios—como símbolos que son de una realidad más allá de las palabras—existen tantas interpretaciones como niveles del desarrollo del ser puedan existir en aquél que los lea.
Existe una interpretación física para los que viven exclusivamente el mundo desde lo físico, de lo fenoménico. Existe una interpretación humana para el que vive el mundo desde la perspectiva emocional del hombre. Existe una visión esotérica para el que entiende la verdadera realidad del Hombre como experimento del Despertar de la Consciencia Divina.
Existiera o no existiera, fuera quien fuera el Jesús físico, los Evangelios son textos absolutamente simbólicos que utilizan la forma exterior, la situación corriente del hombre, para indicar algo que está más allá, algo que trasciende la visión cotidiana. Describen en forma codificada el camino que ha de recorrer el hombre hasta convertirse en Dios. Detallan las diversas etapas del camino que todos hemos de recorrer, las diversas iniciaciones que experimenta interiormente el hombre en un trayecto transformador. Y nos hablan siempre en “clave”.
Utilizan palabras corrientes para construir una historia que a los ojos de la mayoría es una descripción de la vida de alguien, pero que a los ojos del que “ve” encierran un significado muy distinto del que a primera vista aparentan.
Hablan de la existencia de dos lugares en los que puede vivir el hombre: una “tierra” y un “cielo”. Y asocian a la  “tierra” el nivel inferior y al “cielo” el nivel superior. En realidad esas dos palabras señalan dos niveles interiores del desarrollo  psicológico del hombre.
El nivel del hombre corriente, donde usualmente vive, con todos sus apegos, sus temores, sus anhelos, sus miedos, con su codicia, su odio, su orgullo, su violencia, su posesividad... es la “tierra”. El nivel del hombre desarrollado y realizado, en el cual han desaparecido todas las ligaduras interiores que le atan a los objetos del mundo—al haber disuelto esa cristalización indeseada, el ego o “yo”, que aparece en el transcurso de su evolución humana—es el “cielo”. El hombre tal cual es, vive en la “tierra”; cuando se desarrolle su potencialidad interior vivirá en el “cielo”.
El Padre y el Hijo moran siempre en el “cielo”. El Hijo es el “cielo” encarnado como hombre. El Padre es el “cielo” desencarnado, suma de todos los “cielos” y de todas las “tierras” de aquellos que fueron.
Paralelamente, “Hijo del hombre” equivale al hombre de la “tierra”, e “Hijo de Dios” equivale al hombre del “cielo”. Para que un “Hijo del hombre” descubra y adquiera conscientemente la condición permanente de “Hijo de Dios” ha de escuchar la palabra del Padre y ha de comprenderla, ha de convertirla en  “carne de su carne y sangre de su sangre”—cosa que ocurrirá cuando reciba el Espíritu Santo.
Este Espíritu Santo que nos llega por la Gracia del Padre y nos permite comprender “su palabra”—al igual que ocurría con “cielo”—no es algo exterior que se nos pueda dar gratuitamente o que podamos obtener fácilmente de manos de alguien. Es la culminación de un largo proceso de auto-descubrimiento e indagación. El alcanzar esa Gracia no es algo que pueda “hacerse” ni “merecerse”. Esa Gracia está en nosotros, sólo que no lo sabemos. Alcanzarla es tomar consciencia de ella, del Padre en nosotros. Y eso sucede cuando sucede, sin ser consecuencia directa de ninguna acción nuestra. Y no obstante, cruzados de brazos nunca la alcanzaremos.
Ese recibir el Espíritu Santo constituye en sí la dificultad, porque no podemos actuar directamente para obtenerlo. Ese “recibir el Espíritu Santo” es alcanzar la comprensión de la Palabra, es escuchar esa Palabra y “ser” ella.
Exteriormente podemos conocerla mediante nuestro contacto con otros que la vivan, que la oigan interiormente, a  través de un “Jesús”, pero únicamente cuando podamos escucharla en nuestro propio interior podremos decir que es nuestra.
Y “poder escuchar” quiere decir esforzarnos por penetrar en eso que se nos escapa, en ese objetivo elusivo que se nos escurre entre las manos y del que sólo tenemos contados vislumbres. Y hemos de hacerlo con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro empeño, sin desmayo. Y entonces, siempre en el momento adecuado, aparecerá en nosotros la condición para que el Espíritu Santo se nos manifieste.
 Sólo con conocer y creer y seguir a Jesús desde el exterior no lograremos “entender la palabra de Dios”; será un paso, un primer paso, pero sólo eso. Hasta que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros, “esa palabra” no será la nuestra.
Y en ese trayecto se desarrolla toda la historia de Jesús—primero hijo del hombre y viviendo en la “tierra”, y más tarde Hijo de Dios morando en el “cielo”—y la historia de todos nosotros. Y esta historia es la que describen los Evangelios.
El habitante de la “tierra” pasa “hambre” y “sed”, porque no comprende—no puede obtener su alimento, su “pan”, sus “peces”, su “vino”, su “agua”. Y ha de aprender a buscar ese “pan” y ese “agua” en su propio interior mediante la transmutación del agua del hombre corriente en “vino”—el agua del hombre del “cielo”—o bien mediante la excavación de su “pozo” interior del que manará abundante agua.
El hombre de la “tierra” está “enfermo”, “postrado”, “paralítico”, “sordo”, “muerto” y ha de ser curado de su “ceguera”, de su “cojera”. Ha de “resucitar”  para poder acceder al  Reino de Dios.  Y para poder resucitar tendrá que morir primero a su mundo terrenal mediante un acto de libre voluntad; sólo entonces podrá ser “resucitado”, sólo entonces podrá “ver”, sólo entonces podrá “oír”.
El hombre terrenal es como una vid seca, como un pozo sin agua, como una higuera sin fruto, como una mujer estéril... y deberá descubrir cómo reverdecer, cómo obtener su agua, cómo poder engendrar...
Y así podríamos seguir y seguir... cualquier pasaje de los Evangelios puede ser leído a la luz de ese sentido interior, del corazón, y puede entonces ser aprehendido en su verdadero significado.
 Los Evangelios nunca hablan del futuro; siempre lo hacen del presente. Sus mundos son mundos en los que se puede vivir ahora, no proyectos de un lejano e incierto futuro que obtendremos tras morir. Todo lo que uno ha de hacer, lo ha de hacer ahora para obtener los frutos ahora, no en un dudoso mañana que nadie ha podido nunca verificar.
Esos Evangelios son un breviario, un resumen, de las actitudes interiores que todo aquél que holla el camino ha de mantener. Para aquél que recorre el camino, todas las claves le resultan evidentes. La vida de Cristo constituye de por sí un tratado de alquimia interior, un desmenuzamiento del hombre interior que va descubriéndose como Dios, como Cristo.
En ellos descubrimos la primera Iniciación—la entrada en el camino—simbolizada por el bautismo en el Jordán y el descenso del Espíritu Santo; la segunda Iniciación—la lucha de la carne contra el espíritu, la alquimia interior que uno experimenta al separar el oro de la escoria—representada por las tentaciones del desierto; la tercera Iniciación—que supone la aparición del verdadero Ser en todo su esplendor una vez acabado el proceso de purificación—simbolizada por la Transfiguración; la cuarta Iniciación—la desaparición del “yo”—simbolizada por las dudas y el apresamiento del Monte de los Olivos; y la quinta Iniciación—la aparición del Cristo en uno mismo—representada por la crucifixión.
Son una obra en clave, codificada, cuya verdadera interpreta-ción no es, en primer lugar, accesible a todos. Jesús no se cansa de repetirlo una y mil veces,
 “El que tenga oídos que oiga” (Mt 13,9);
 “Estrecha es la puerta y angosto es el camino que lleva a la vida y son pocos los que dan con ella” (Mt 7,14);
 “Os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16); “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19,24);
 “Porque muchos son llamados y pocos los elegidos” (Mt 22,14).
No es una “religión” para todos. Es una enseñanza para pocos, para aquellos que escuchan con el corazón, para aquellos que saben escuchar desde su ser, para aquellos que viven interior-mente. No todos saben oír, no todos pueden ver,
“Por eso les habla por parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen, no entienden... más bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen...”  (Mt 13, 13-17);
 “Para que viendo, vean y no echen de ver, y oyendo, oigan y no entiendan...” (Mr 4, 12);
“¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos, no oís?” (Mc 8,18);
 “Y él dijo, A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios, más a los otros por parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan” (Lc 8,10);
“El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (Jn 8,47);
 “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Jn 16,12)
La selectividad del mensaje de Jesús queda insuperablemente plasmada en sus parábolas y especialmente en la parábola del sembrador, en la que se reflejan los diversos tipos de hombre en función de su capacidad para comprender el mensaje. Sólo en  uno de ellos puede arraigar, sólo en uno de ellos puede suceder el milagro de desarrollarse como Dios. Sólo en uno de ellos
“Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:  Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;  pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”. (Mt 13, 18-23)
Y para la comprensión de este mensaje se necesita valor, un tremendo valor. Uno se ha de sumergir en las profundidades de su universo psicológico para descubrir paso a paso, los fantasmas que lo componen y, uno a uno, ir dejándolos atrás, eliminarlos. Es un camino para valientes, para osados, pues como él dice,
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”. (Mt 6,24)
“Ninguno que ha echado mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc 9, 62)
“¿Pensáis que yo he venido a poner paz en la Tierra?  Nada de eso—os lo digo yo— sino discordia. Porque de ahora en adelante en una casa  de cinco personas, estarán en discordia tres contra dos, y dos contra tres. El padre estará en discordia contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lc 12, 51-53)
“No penséis que he venido para meter paz en la Tierra; no he venido para meter paz, sino espada...” (Mt 10,34)
Existe siempre la “multitud”—aquellos que son incapaces de comprender el mensaje y que constituyen la mayoría del mundo que nos rodea. Son los “sordos”, los “muertos”,... sin embargo, al llamar Jesús “hermanos” a todos los hombres y considerarlos hijos de un mismo Padre, aquellos que no entienden, los que no pueden “oír”, deducen que todos los hermanos son iguales y que todos los hijos tienen las mismas posibilidades. Y no es así.
 “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?... todo aquél que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi Padre y mi hermano y mi madre.” (Mt 12, 48)
Y entre los hermanos, hay mayores y pequeños, y los pequeños han de crecer primero para convertirse en adultos. Solamente entonces estarán en condiciones de acceder al mensaje de Jesús. E incluso, siendo adultos, deberán conservar el corazón inocente del niño y dejarse guiar por él porque,
“...bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos...” (Mt 5,3)
 Pobres de espíritu, pero hombres ya, adultos plenamente desarrollados.


 Capítulo V
 
 Las Bodas de Caná
 

2:1 Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.
2:2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.
2:3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.
2:4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.
2:5 Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.
2:6 Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.
2:7 Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.
2:8 Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron.
2:9 Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo,
2:10 y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.
2:11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.
2:12 Después de esto descendieron a Cafarnaúm, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días.
 

Aparece ahora la segunda gran falacia del cristianismo, de las religiones de la segunda clase: Jesús es el Hijo de Dios porque obra milagros.
En primer lugar, esos “milagros”, correctamente interpretados, son milagros espirituales, interiores, psicológicos. Poco importa que contengan o no un fondo de realidad, que se basen o no se basen en un hecho real. Esos son subproductos.
Los milagros no tienen importancia alguna. El milagro físico solamente es importante en la medida en que apunta hacia la realidad interior. En sí mismo es irrelevante.
Jesús no obra milagros y por ello es superior. No. Jesús hombre, vive una realidad espiritual difícilmente accesible a los demás y al vivirla, los milagros suceden, surgen a su alrededor como subproductos. Jesús no busca el milagro.
Y no busca el milagro porque el respeto y la admiración que surge por acción de un milagro, no es una reverencia sincera, limpia, no es duradera ni auténtica. Es un respeto mental similar a la admiración que sentimos ante cualquier personaje del mundo corriente situado por nosotros ante nuestros ojos en una posición inalcanzable. Es un respeto y admiración procedente del ego, es un respeto contaminado por la envidia, por el sentimiento de inferioridad, por la avaricia,...
Tratamos de estar de parte del que es—para nosotros— poderoso. De esta forma nuestro ego se engrandece, participa de la gloria prestada por el otro. Quien solamente rinde culto a alguien por sus obras extraordinarias y en su corazón no siente ni ternura ni loco Amor hacia aquél al que respeta, está postrándose ante sus propios fantasmas, ante las proyecciones de sus propios deseos y anhelos de poder no satisfechos.
Jesús preferiría ser comprendido sin milagros —“¡Bienaventurados los que no vieron y creyeron!” (Jn 20, 24) “Si no viereis señales y prodigios, no creeréis” (Jn 4, 48)— pero a su alrededor la gente es obtusa y sólo se inclina ante las manifestaciones físicas de poder.
Todo el Evangelio es simbólico. Habla de lo espiritual, de lo real pero intangible, de lo que no pertenece al mundo de la materia. TODO el Evangelio es la transcripción de algo que no puede expresarse con palabras y que solamente UNOS POCOS son capaces de comprender. No es que haya trozos del Evangelio que sean reales y otros ficticios, parábolas. Todo el Evangelio es una parábola. Una parábola en boca de alguien que conoce su lenguaje. El lenguaje del corazón. El lenguaje del ser.
Como sabemos y como veremos repetidamente más adelante, todo el Evangelio emplea términos físicos para describir a la gente que solamente conoce lo físico, aquello que no es físico. Esa gente no vive eso que se quiere describir; por lo tanto solamente empleando términos que despierten en ellos—evocándolo—un aroma de lo Inexplicable, podrán acercarse a esa realidad oculta. Pero eso encierra un peligro: el confundir lo que se utiliza como ejemplo, con lo real.
Cuando uno le dice a su amada “Te comería...” no es que su amada despierte en él sentimientos e impulsos antropofágicos. Si una le dice a su amado “estás más bueno que el pan..” no es que lo haya degustado físicamente... ¡Cuánto más cuando nos referimos a la quintaesencia de lo inexpresable!  Ese amor cotidiano—de por sí, inexpresable—en relación al “amor espiritual”, al Amor, es como el grano de arena comparado con el mundo.
En los Evangelios—escritos muchos años después de la muerte de Jesús—cualquier alimento espiritual, cualquier expe-riencia interior vivida es CONTINUA E INEXORABLEMENTE descrita como una experiencia “alimenticia”. El alimento espiritual es presentado con las palabras utilizadas para describir el alimento físico... que son las únicas que el hombre corriente tiene a su alcance y de las cuales conoce su significado. “Satisfacer el hambre... y la sed.... beber,.... comer.... saciar” son expresiones corrientes y de uso frecuente como veremos. Pero los Evangelios, y el de San Juan especialmente, no constituyen un breviario gastronómico. Son intentos de transmitir a la posteridad y a traves de palabras aquello que sólo es posible conocer viviendo.
Y por eso están condenados a ser tergiversados y mal interpretados.
Cuando leemos a Bécquer hablando de las golondrinas o las madreselvas, de pianos que lloran, de cielos grises... ¿Tenemos alguna duda de que él emplea esas palabras para describir estados interiores asociados a la llegada de las golondrinas, a la exhube-rancia de la madreselva, a la profunda intimidad del piano...? ¿Acaso no le entendemos? ¿Por qué entonces confundimos lo que expresan los Evangelios? Son también pura poesía. La poesía del estado más excelso posible.
¿Qué es el “agua”? ¿Qué es el “vino”? ¿Qué simboliza el que Jesús sea capaz de transformar el agua—la bebida corriente—en vino —el líquido embriagador?
Jesús es un intoxicante. Jesús es alcohol puro. Todo el que se acerca a él se emborracha. Todo el que le “bebe”—y todo el que “come” de él, como más adelante dirá—entra en ese estado que, para el hombre corriente, es de intoxicación; ese estado donde el mundo deja de ser mundo y el hombre penetra en un océano de paz y felicidad desconocido.
Jesús hombre es el agua; Jesús Dios es el vino. En Jesús, el agua se transforma en vino. En cualquier hombre el agua puede transformarse en vino. Todos somos potencialmente capaces de esto. Potencialmente.
En segundo lugar, ¿Qué tiene que ver el que Jesús sea Hijo de Dios con que uno interprete que es capaz de convertir físicamente el agua en vino?  Eso sólo refleja la capacidad, la calidad de la mente que lo interpreta.
Para la mente común, barata, para la mente vulgar, lo extraordinario es lo sublime. Para la mente extraordinaria, para la mente excepcional, lo corriente es lo sublime.
¿Acaso necesito que mi padre, que mi madre, que mi esposa, que mi amigo,... sean extraordinarios para amarles, para respetarles? ¿Necesito lo extraordinario para darme cuenta de lo obvio?
Si abrimos nuestros ojos, todo a nuestro alrededor es un continuo milagro: el sol que sale cada día, ¿de dónde sale?, ¿por qué sale?, ¿quién lo ve? Las flores que se abren en el jardín, la lluvia cayendo en fina cortina, el niño que nace,... todo es un continuo milagro... si dejamos a un lado las etiquetas. Cuando dejamos la mente a un lado y nos abrimos al corazón, a cada paso, constantemente, un diluvio de milagros acontece a nuestro alrededor. Nosotros somos un milagro, pues ¿qué somos? ¿Quién es éste que siente y se expresa y razona y sufre y se alegra?
¿Amo a Jesús porque es capaz de hacer juegos de magia? ¿Amo a Dios por lo que es o por lo que sabe hacer? ¿En qué dimensión estoy? ¿A qué juego?
¿Disminuiría en algo mi imagen interior de Jesús si supiera que no obró ningún milagro, si supiera con certeza absoluta que fue un hombre corriente, como yo? Si es así, ¿de dónde surge pues ese amor que tanto predico? ¿Del miedo, del temor... de dónde?
Dentro de algunos años, quizás algunos milagros de Jesús, dejen de ser milagros. Entonces algunos dirán que Jesús fue alguien corriente; algo adelantado, pero corriente. Pero se equivocarán.
La realidad de Jesús seguirá siendo la misma,... porque no depende de los milagros. Su realidad es la actualización de nuestra potencialidad interior, de la conversión de nuestra agua en vino; de lo que sabemos, en lo que somos.
 

Jesús purifica el templo
(Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Lc 19,45-46)

2:13 Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén,
2:14 y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.
2:15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;
2:16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.
2:17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.

¿Cómo se reconcilia esto con lo de “...ofrece la otra mejilla...”?
Solamente  puede comprenderse si nos damos cuenta que el reino de lo espiritual no pertenece a “este mundo”. En el reino de lo espiritual las reglas del mundo no cuentan: uno puede enfadarse  y seguir siendo lo que es. El reino del espíritu no puede contener modelos, pautas, reglas, modos de comportamiento del reino de los hombres... o quizás sí,... solamente uno: seguir el camino de tu corazón.
Pero para esto hay que saber qué es el corazón.
Solamente cuando uno se ha convertido en pura llama, en un arrebato de amor divino, en un fuego devastador por Dios, solamente entonces se pueden seguir los dictados del corazón. Sean los que sean, contradigan normas o no las contradigan. No hay error. Siempre serán pureza. Y solamente entonces comprendes.
Entonces uno puede enfadarse porque es el enfado. Entonces uno puede reír porque es la risa. En ese punto, enfadarse o reír no son actos ni buenos ni malos, no son actos que han de evitarse. Sólo son actos. Dependerá de lo encadenado que se encuentre el actor al acto, dependerá de la división entre actor y acto, el que de ese acto surja el sufrimiento. Si el acto es puro, si uno muere con el mismo acto, en el instante de la acción, si uno desaparece en ella sin que luego quede rastro, no hay culpa, no hay fallo, no hay condena.
No hay ejecutor, sólo acción.
 

2:18 Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?
2:19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
2:20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?
2:21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo.
2:22 Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.

Ante un hecho desconcertante, la mente siempre se resiste. Quiere una explicación.
Si la explicación es satisfactoria, entonces se aplaca y lo acepta. Pero para que la satisfaga, esa explicación ha de entrar en su terreno, en lo conocido, en el pasado, en lo muerto. Y aquél que actúa, lo hace desde el presente, desde su realidad, desde lo nuevo, desde lo que ve. Sin cristales, sin intermediarios, directamente.
Es un hablar a un sordo. Uno dice A. El otro entiende B. No hay encuentro.
Hasta San Juan, en ocasiones, es arrastrado por las debilidades de la mente: las explicaciones. Hasta San Juan quiere explicar a Jesús. Quiere explicar lo inexplicable.
Jesús habla psicológicamente. La destrucción del templo y de los que hacen de él un mercado es la destrucción de todo aquello que en el hombre obedece a su naturaleza animal e inferior: sus pasiones, sus deseos, sus egoísmos, sus arrebatos...
El hombre que vive en la Tierra desconoce su verdadera finalidad, no se da cuenta de que él es un templo erigido con sublimes fines y utiliza su cuerpo y su mente como instrumentos de intercambio y satisfacción de los deseos e impulsos de su naturaleza.  Jesús muestra como acabar con ellos: con valentía, con fuerza, sin miedo,... él ha expulsado a los mercaderes que habitaban en su interior y ha restituido su templo a su función original: morada de Dios.
Y les señala que por muchos intentos que hagan por olvidar su verdadera naturaleza, por tergiversar la auténtica realidad que son, nunca podrán conseguirlo. Más tarde o más temprano deberán encarar esa limpieza que todos debemos realizar en nosotros mismos: la expulsión de todos los traficantes y cambistas que en nosotros moran.
 

Jesús conoce a todos los hombres

2:23 Estando en Jerusalén en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.
2:24 Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos,
2:25 y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.

De nuevo—y ahora por boca del mismo San Juan— se indica que Jesús no confía en aquellos que creen porque ven las señales que hace, en aquello que creen “ mentalmente”. ¿Qué necesidad hay de los milagros para amar, para comprender, para “creer” en Jesús? Más bien, si alguien “cree” en Jesús porque ve los milagros que realiza, es mejor no confiar en él. Su “creer” es falso, es un “creer” de la mente, es una obligación ante lo que ve. No surge del corazón, no es fe, no es amor, no es auténtico.
El hombre corriente es veleidoso. Cambia como el viento. Hoy a favor, mañana en contra. Hoy amigo, mañana enemigo. Para aquél que ha Despertado, eso no importa. Para él sólo existe un centro, una verdad. Solamente él es real, solamente él es fiable. ¿Qué necesidad tiene de los demás?
 Su relación con ellos es de amor, de compasión. Él está sólo. Inmensamente sólo. Pero su soledad es una soledad plena, vasta, reconfortante. Es la soledad del Todo.
 
 


  Capítulo X
 
  Incredulidad de los Hermanos de Jesús
 
 

7:1 Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea, porque los judíos trataban de matarle.
7:2 Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos;
7:3 y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.
7:4 Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.
7:5 Porque ni aun sus hermanos creían en él.
7:6 Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto.

Todo está calculado, todo está milimétricamente dispuesto. El Reino del Padre engloba todas las posibilidades. En el Reino del padre, el tiempo es uno. Pasado, presente y futuro, son una unidad. Todas las posibilidades e imposibilidades están contenidas en él.
 “Acaso no se venden por cinco ases dos pajarillos? Sin embargo ni uno de ellos queda olvidado ante Dios. Más aun, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. (Lc 12, 6-7)
Y a medida que uno se va acercando a su centro donde todas las cosas son una, donde están descritos todos los planes, aprende a leer, cada vez con mayor facilidad, en el libro de la vida.
Todos tenemos en nuestra vida un reloj que nos marca los tiempos, que acciona los relés de los mecanismos que nos mueven. Hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo.
Solamente el que está bajo la ley del accidente, sólo el que vive descentrado, ejecuta acciones a destiempo. Y con ellas llega el sufrimiento.
Para aquél que vive su vida en torno a su centro, las acciones son meros acordes en una armonía perfectamente compuesta. Cada nota, cada acción, resuena a su debido tiempo. No hay error, no hay falta. A medida que no interviene el ego, la posibilidad de desarmonizar se va reduciendo hasta quedar reducida a la nada. Entonces uno se convierte en la pura melodía que el Todo ha hecho de él.
Nuestra libertad no reside en hacer lo que el ego quiere hacer. Nuestra libertad es cumplir con aquello para lo que hemos sido diseñados. En esa libertad cabe la posibilidad del error: impedir esa manifestación. Aquí es donde ejercemos nuestro libre albedrío cumpliendo con la voluntad del Todo.
La gente corriente cree que el ejercicio de su libertad reside en hacer lo que le plazca, pero visto desde la perspectiva superior del Todo, ejercer la libertad es cumplir con nuestro papel. Es una libertad negativa: podemos elegir no equivocarnos, pero nunca podremos hacer más de aquello para lo que hemos encarnado.
Cuanto más libre es uno, más consciente es de la disposición global que rige su vida y más dispuesto está a asumir el papel que le ha sido entregado.
Sin prisas, sin exigencias. Relajado.
 

7:7 No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas.
7:8 Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.
7:9 Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.

En el lenguaje de los Evangelios, las palabras “mundo” y “cielo” simbolizan dos estados de ser. “Mundo” es todo aquello que pertenece al hombre dormido, al que está muerto, al ego. “Cielo” es el estado en el que uno ha renacido, en el que uno ha encontrado el sentido de la Verdad al recibir el Espíritu, es el estado en que uno ha encontrado su “ser”, es el estado en el que el ego ha muerto.
Desde el punto de vista del “cielo” las obras del “mundo” son “malas” porque se oponen a que uno encuentre su camino, el camino del cielo interior.
Y “mundo” y “cielo” tienen cada uno su tiempo. En cada ser humano, el mundo y el cielo ocupan determinados tiempos.
El que sabe leer en el libro de la Vida, conoce los tiempos de cada cosa. Y cuando un tiempo se ha acabado, se ha acabado. Y cuando un tiempo aún no ha llegado, no ha llegado. No es some-terse a las cosas, porque no existe aquél que se somete a ellas. El actor y el drama son lo mismo. Bailarín y baile. La misma cosa.
En el viaje interior, en el recorrido desde el hombre al Dios, están marcadas las etapas, las fases. En un momento determinado uno se ha de retirar del mundo. Pertenece al mundo y ha de independizarse de él. Se ha de encontrar a él mismo.
Cuando lo haya hecho, llegará el tiempo de volver a él. Pero todo será distinto. Uno no será, y no siendo podrá inmiscuirse en todos los asuntos mundanos sin ser manchado por ellos, podrá sumergirse en el lodo sin ser manchado por el fango. La pureza del loto.
Cada cosa a su tiempo.
 

Jesús en la fiesta de los tabernáculos

7:10 Pero después que sus hermanos habían subido, entonces él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino como en secreto.
7:11 Y le buscaban los judíos en la fiesta, y decían: ¿Dónde está aquél?
7:12 Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo.
7:13 Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos.

En público, nadie se compromete. En público, expuesto a la opinión de los demás, el ego se ha de proteger.
En privado es otra cosa. En privado, a solas, sin relacionarse, todos los hombres son santos, son buenos. Cuando se sumergen en el mundo, los apegos e identificaciones toman el mando. Uno ha de mantener la falsa estructura construida con tanto esfuerzo.
Aquél que ha descubierto su cielo puede permanecer entre los hombres corrientes sin ser visto. No hay mayor dificultad. A lo sumo, alguien puede intuir algo y sospechar que en aquél hombre  concurre alguna circunstancia en especial. Pero nadie del “mundo” es capaz de reconocer a uno del “cielo”; y todo el que vive en el “cielo” puede comprender a cualquiera de los del “mundo”.
 

7:14 Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba.
7:15 Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?
7:16 Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquél que me envió.

Jesús no es, no existe, como ego. Cuando actúa como Hijo de Dios, cuando es Cristo, su mente desaparece. Sus palabras no son sus palabras. Son las palabras del Padre, del Todo, que habla por su boca. Siempre ha sido así con todos aquellos que han alcanzado la condición de Dios en la Tierra. Todos ellos se convierten en voces que entonan la misma canción con diferentes melodías.
Y si uno presta la atención adecuada, sin crispaciones, descubre la belleza del coro, inmensa, embriagadora, fascinante... enalteciendo aún más la común esencia de lo expresado.
 

7:17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.

Solamente hay un método para averiguar si uno es un impostor. Y ese método nos implica totalmente. Nos hemos de comprometer, nos hemos de involucrar en cuerpo y alma. Hemos de dejar que nos posea esa—débil aún—fuerza superior que nos impele a averiguar qué somos, quién somos, qué hacemos aquí.
No vale el dedicar solamente un día, unas horas, unos minutos... uno ha de dedicarse por entero, a todas horas, en todo momento. En su interior solamente ha de existir un objetivo: descubrir la voluntad de Dios y acogerla.
Solamente entonces, solamente si nos conocemos a nosotros mismos, podremos descubrir que la palabra de Jesús no es su palabra; es la palabra del Padre.
También será la nuestra.
 

7:18 El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.

El pájaro que cruza el cielo no actúa movido por un razonamiento, no busca obtener nada. Simplemente vuela.
El árbol que despierta en la primavera, no lo hace porque así desee hacerlo. Sus hojas brotan sin él saberlo.
Ésta es la forma en que uno actúa cuando no es, cuando se ha disuelto en el Padre, cuando se ha convertido en un bambú hueco a traves del cual la Vida entona su tonada.
En eso no hay fallo, en eso no hay gloria. Las cosas son así, limpias y transparentes. Sin residuos, sin intencionalidades, sin objetivos.
 

7:19 ¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme?
7:20 Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién procura matarte?
7:21 Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y todos os maravilláis.

Jesús “ve” las ocultas motivaciones de los que le interpelan. Motivaciones de las que ellos no son ni siquiera conscientes. Jesús las ve, las palpa.
Hay palabras que proceden del corazón. Son palabras sin doblez, limpias y sinceras. Hay otras palabras nacidas de la mente. Son palabras engañosas, que ocultan una intencionalidad, que disfrazan un objetivo, que enmascaran deseos: venganza, orgullo, envidia, lascivia,... Cuando las palabras salen de la boca, es fácil identificarlas. Si uno conoce el origen de sus propias palabras, las palabras de los demás le resultan obvias. Ve a traves de ellas. Sabe de dónde proceden. Y no evalúa, no juzga. Simplemente testifica.
El hombre corriente, el hombre que vive en el “mundo”, teme al hombre del “cielo” porque ese hombre representa para él una amenaza: la amenaza de lo desconocido. El hombre de espíritu, el hombre del “cielo” es la muerte para el hombre del “mundo” y éste al presentirlo, trata de defender su podrido tesoro a toda costa.
¡Ay si sólo por un instante viera aquello que tan obstinada-mente trata de salvaguardar! ¡Si por un solo instante pudiera oler su hedor; si pudiera gustar su verdadero sabor, su amargura; si pudiera ver su fealdad, el auténtico rostro de la podredumbre!
 

7:22 Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de reposo circuncidáis al hombre.
7:23 Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre?
7:24 No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.

Los hombres viven inmersos en un universo enmarcado, viven la letra de las escrituras, viven para perpetuar la forma de la Verdad, no su sentido profundo. Son incapaces de comprenderla.
El hombre muerto, el que vive sólo la letra de la Verdad, crea  limitaciones excluyendo porciones del Todo y vive creyendo que  ese ínfimo pedazo es lo verdadero.
Limita lo ilimitable para poder aprehenderlo. Simplifica, reduce, constriñe y vive en un universo de apariencias triste y finito.
Es muy sencillo exponer la inmensa contradicción en que vive sumergido el hombre del “mundo”, el hombre-ego. Pero solamente aquél que está fuera, aquél que vive en el Todo, puede verlo, puede abarcarlo.
El hombre de ego es corto de vista, solamente ve a una cierta distancia. Más allá, no existe nada. Por esto no se mueve: para no caer y despeñarse.
Prefiere no moverse limitándose a lo que sus ojos alcanzan. Vive preso de su propia mente. Vive inmerso en su universo virtual, ficticio, donde todo encaja, donde todo puede ser explicado. Vive en el universo de las palabras, de la lógica, de lo racional. Un universo escindido, desgajado del Todo; un universo que ha perdido contacto con lo Real.
 

¿Es éste el Cristo?

7:25 Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es éste a quien buscan para matarle?
7:26 Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?
7:27 Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea.
7:28 Jesús entonces, enseñando en el templo, alzó la voz y dijo: A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis.
7:29 Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él me envió.
7:30 Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora.
7:31 Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?

El relato de Juan vuelve una y otra vez a incidir en lo mismo: Jesús-hombre actúa como mensajero, como canal, del Jesús-Cristo, del Jesús-Dios. Y para que Jesús-hombre desempeñe ese papel es necesario que haya desaparecido como ego. Éste es el mensaje de los Evangelios: el hombre ha de morir como ego para poder nacer como Dios. Ha de oír y conocer la palabra, la Verdad, para después entregar su comprensión y someterla al espíritu.
Jesús no es más que el ejemplo vivo para todos nosotros. Lo que él hizo, el camino que recorrió, es el camino que todos hemos de recorrer, porque es el camino del hombre sobre la Tierra.
Jesús no vino para mostrarnos la superioridad de un Padre Todopoderoso ante el que uno se ha de postrar lleno de temor, respeto y adoración obligada, sino para ser un ejemplo vivo de cómo convertirnos en Hijos de otro Padre que vive en una tierra desconocida. No se cansa de repetirlo,
“Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica”( Lc 8,21)
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn, 6,54)
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12)
En este Evangelio, San Juan trata de transmitirnos esta vivencia. Todos podemos convertirnos en Cristos si comemos de su carne y bebemos de su sangre, si emprendemos el camino que él emprendió y nos comprometemos como él lo hizo.
 

Los fariseos envían alguaciles para prender a Jesús

7:32 Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para que le prendiesen.
7:33 Entonces Jesús dijo: Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió.
7:34 Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir.
7:35 Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos?
7:36 ¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir?

San Juan transmite el espíritu vivo de Jesús. Son palabras enigmá-ticas, pero preñadas de significado para aquél que tiene oídos. El que no los tiene o los tiene solamente sintonizados con lo mundano, lo interpreta como un presagio de muerte y ascensión al cielo.
Figuras terrenas, interpretaciones de la mente.
El que tiene abiertos los oídos lo interpreta como el verdadero mensaje del que tratan todos los Evangelios: la muerte del hombre para renacer definitivamente como Dios, la muerte del ego para renacer como Vida.
Esta muerte es una muerte mientras se vive con el cuerpo físico. No es la muerte del cuerpo físico, sino la del ego que lo habita.
 “Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir” La mente del hombre corriente interpreta que se habrá ido de este mundo, que habrá entrado en otra dimensión. Sí, esto es cierto, pero esta es una dimensión simultánea a la vida, es una dimensión a la que se accede mientras uno vive. Para esto encarnamos en un cuerpo, para realizar esta transición estando vivos. No después de muertos.
 Entonces nada sirve ya de nada.
 

Ríos de agua viva

7:37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.
7:38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.
7:39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Misteriosas palabras a las que nos hemos acostumbrado. Son ya una etiqueta y recitamos su significado de memoria.
Pero, ¿qué es lo que hemos de beber de Jesús? ¿Cuál es esa sed de la que habla? ¿Qué son esos ríos de agua viva que fluirán dentro de aquél que “crea”?
Todo encaja. Los Evangelios son un rompecabezas que únicamente puede hacer encajar aquél que conoce la clave. En ellos no hay nada que haga referencia al mundo exterior, no hay una sola acción exterior que pueda conducir a obtener esa condición de Hijo de Dios mediante una acción externa a nuestra piel. Todo en ellos se refiere a lo invisible, a lo no enmarcable, a lo inexpre-sable, a lo interior, a nuestro universo psicológico. Y eso es desconocido para casi todos. Por eso tanta tergiversación, por eso tanta locura.
Uno tiene “sed” cuando para él no existe ya nada en el mundo físico que le satisfaga, cuando ya lo ha probado todo: honores, poder, riqueza,... y se sigue encontrando vacío. Esa “sed” es ese vacío existencial. “Sed” es sinónimo de insatisfacción vital, es encontrar insuficiente todo lo que el mundo nos ofrece, es puro desespero por un algo desconocido, es arder en un invisible fuego interior que nos devora. Cuando uno se encuentra en esta condición, tiene “sed”. Y para apagar esta “sed” ha de “beber a Jesús”.
San Juan lo comprende, por eso lo transmite en sus escritos. “Beber a Jesús”, es convertirnos nosotros mismos en Jesús, vivir lo que Jesús vivió, no es cumplir con rituales sin vida. ¿Cómo podemos vivir absolutamente “algo”, comprender y ser ese “algo” con todo nuestro ser, solamente cumpliendo con ciertos rituales? Si fuera así, estaríamos todos salvados. Podríamos ser Jesús comprando la receta en el estanco. Esto es lo que la Iglesia ha estado haciendo. Se ha constituido en dispensadora de la mágica medicina que a todos cura. Sin esfuerzo, sin comprensión, sólo diciendo “soy cristiano”, “creo en Jesús Hijo de Dios”. Ya está. Todo resuelto. Un poco de protocolo, un reconocimiento de lo aceptado y se acabó. Estamos salvados.
Y entonces, ¿por qué sigues siendo tan desgraciado? ¿Por qué sufres tanto interiormente? ¿Por qué la vida de tantos y tantos que conocemos es tan miserable?
Evidentemente uno no puede seguir a Jesús de la forma en que pregona la Iglesia, porque en primer lugar, la Iglesia dice que nunca podrás ser Jesús; siempre serás inferior a él. Sólo a traves de su magnanimidad podrás salvarte. ¿Ves el absurdo? ¿Ves la contradicción? Te crean el problema, tú te lo crees y luego te dicen que no hay solución, que sólo podrás, a lo sumo, ser una burda imitación. Nadie te dice que Jesús fue un día igual que tú y que sólo accedió a la condición de Cristo tras un larguísimo camino. Es difícil, pero no imposible. Él lo hizo. Pero ellos no lo saben, ni quieren saberlo.
La pregunta correcta es: ¿Cómo puedo ser yo un Cristo? ¿Cómo podemos todos convertirnos en él?
Unicamente es posible si en nuestro corazón se ha despertado un intensísimo amor por lo que nos trasmite su palabra. Ésa es la condición fundamental. Solamente si los Evangelios despiertan en nuestro interior una pasión devastadora que nos incita a la acción sobre nosotros mismos, beberemos a Jesús. No basta con ir a misa, cumplir con los deberes y obligaciones cristianos, no basta con pensar en ello. En realidad, eso no tiene nada que ver con “comer y beber” a Jesús. Son sólo normas, reglas, mandamientos, impuestos por aquellos que no viven la vida de Cristo y que tratan de penetrar su mensaje desde el exterior, codificándolo y convirtiéndolo en una receta para poder así administrarla. Eso es sólo un sistema para adquirir poder, es un mecanismo del ego para reafirmarse.
Pero tampoco podemos hacer nada para vivir a Jesús, para provocar esa pasión devastadora. Eso llega como un regalo del Padre, una gracia del Todo. Y no todos obtienen esa gracia.
Y no obstante, ésa sigue siendo la única forma. Hemos de descubrir cómo—a pesar de esa imposibilidad—beber a Jesús, qué hay que hacer para beber su sangre y comer su carne, para ser Jesús mismo y vivir lo que él vivió. Si lo logramos, entonces recorreremos el camino que él recorrió y podremos sentir en nosotros esa corriente de agua de vida, ese manantial que apaga todos los fuegos, esa fuente de felicidad de la que nos habla.
Las interpretaciones yerran. Creer en lo que se dice, no sirve de nada. Creer a secas no basta. Hemos de sentir este impulso que—al igual que el enamoramiento—nos arrebata y nos lanza a conocernos interiormente.
Y entonces iniciaremos un largo camino, un infinito camino, del que quizás, algún día, descubramos que no tiene final.
 

División entre la gente

7:40 Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta.
7:41 Otros decían: Éste es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?
7:42 ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?
7:43 Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él.
7:44 Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.

Una y otra vez la mente siembra la duda. Trata de mantener lo podrido y construir con ello lo nuevo y sano. Todo ha de encajar, las escrituras han de ser respetadas... pero ¿quién las interpreta?
Las escrituras, la Verdad, es interpretada por la mente y entonces se convierte en instrumento del ego. En realidad, la Verdad es un instrumento maligno en manos del ego. Se desnaturaliza y pervierte.
Solamente puede ser útil sometida al Espíritu, al Ser. Y el ego es la ausencia del Ser. El ego es el estado previo al Ser, como el gusano lo es de la mariposa. Solamente cuando el gusano desaparece convirtiéndose en crisálida, nace la mariposa.
 

¡Nunca ha hablado hombre así!

7:45 Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído?
7:46 Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!
7:47 Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados?
7:48 ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?
7:49 Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.
7:50 Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos:
7:51 ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?
7:52 Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Estúdialo bien y verás que de Galilea nunca  ha nacido ningún profeta.

La mujer adúltera
7:53 Y cada uno se fue a su casa;

Cuando uno se ha adentrado en su camino interior, cuando uno se ha descubierto como Hijo de Dios, los demás, desde el exterior, se sienten incómodos. No aciertan a saber por qué, pero le encuentran extraño, diferente, raro.
Y luego surgirá el miedo—porque un hombre así aniquila su ficticia paz—y ellos se sentirán atacados. Y entonces tratarán de defenderse como puedan.
Su mente, creadora de su universo ficticio, crea también imaginarios enemigos y urde caminos para desembarazarse de esos peligros virtuales.


 Capítulo XI
 
 Y Jesús se fue al Monte de los Olivos
 
 

8:1 y Jesús se fue al monte de los Olivos.

¿Qué es el Monte de los Olivos? ¿Dónde está?
El monte de los Olivos es un espacio interior del que todos disponemos. El Monte de los Olivos reside dentro de nosotros. Físicamente puede estar en cualquier parte... porque lo llevamos en nuestro interior.
Exteriormente uno lo tendrá en su dormitorio, otro en su jardín, otro en un rincón de una plaza,... eso no tiene importancia. Cada Monte de los Olivos sólo es Monte para aquél que acude a él. Y acudir al Monte, es refugiarnos en nuestro interior, penetrar en nuestro íntimo santuario. Es una acción sin acción, es un ejercicio invisible a los ojos de los demás.
Cuando uno necesita contactar profundamente consigo mismo, con su ser interior, con su Padre, acude al Monte de los Olivos, a este Monte intemporal, oculto en nosotros mismos. Allí obtiene fuerza, claridad, comprensión, paz. Allí nace el silencio, fuente de nuestra vida.
Descubrir nuestro Monte de los Olivos es una tarea esencial, importantísima, y nos hemos de aplicar a ella con plena dedicación. Hacerlo vale la pena.
 

8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.

8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en la tierra.
8:9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
8:11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

Maravilloso pasaje. Sobrecogedor.
En torno al hombre-Dios, los hombres-mente le tienden trampas, tratan de descubrir en él un fallo; quieren cazarle, aniquilarle.
Creen tener un as: la Verdad de las escrituras. Pero es un falso as. La Verdad sin la comprensión que otorga el Espíritu, se convierte en causa de error. La Verdad sin el ser, sin el espíritu, sin la comprensión, no sirve de nada.
Y el hombre-Dios—el hombre que reúne en sí mismo Verdad y Ser, letra y espíritu—acude a su Monte de los Olivos, se recoge en sí mismo, se relaja y con gesto natural y la mirada vuelta hacia su propio interior, en cuclillas, esboza unos dibujos en la arena del suelo.
Al rato, en ese silencio, levanta sus ojos, y de su boca fluyen las palabras adecuadas. Dulces y certeras. Se acabó. De aquellos otros, no queda nada.
La paz interior traducida en palabras, el silencio profundo desbordado en el habla.
Silencio.
Claridad.
“E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en la tierra”.
 

Jesús, la luz del mundo

8:12 Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

Está claro. “...el que me sigue...”, el que recorre el camino que yo estoy recorriendo, el que sigue mis pasos y pisa el terreno que yo piso. Ése será el que tendrá la luz de la vida, el manantial de agua clara.
Pisar sus huellas, andar su camino.... desde una cómoda posición, con un simple gesto de aceptación de su palabra, viajando mentalmente, no nos valdrá.
Hemos de ponernos en marcha. Y ponerse a andar significa estar dispuesto a sentirse cansado, estar dispuesto a fatigarse, a sentirse hambriento, desmoralizado,... a asustarse ante lo que uno descubre de sí mismo, en su propio interior. Es estar dispuesto a cambiar, a rectificar, a abandonar aquello que va muriendo en nosotros día a día y elegir el nuevo tallo, la nueva savia, la nueva verdad. Es estar dispuesto a emprender la tarea suprema: limpiarse uno mismo. Es querer morir a la única vida que conocemos.
Pero no hay otra forma. Muchos caerán por el camino... pero se levantarán antes o después y seguirán. Esta es la partitura de la Vida, ésta es la canción de la Existencia.
 

8:13 Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.
8:14 Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy.
8:15 Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie.
8:16 Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre.
8:17 Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero.
8:18 Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.

Palabras inexplicables para los oídos del hombre corriente. Hablan de otro mundo, de esa dimensión desconocida.
El hombre corriente confunde la sinceridad con el orgullo, con la falta de humildad. El hombre del “mundo” solamente puede comprender las cosas desde el nivel en que está. Y en su nivel solamente existe eso: orgullo, envidia, celos, ira, venganza, desconfianza, temor,...
El hombre corriente vive sumido en esas tinieblas, comparte mantel y mesa con esos únicos compañeros que conoce. Nunca ha sentido posarse en su hombro la mano del amor, de la sinceridad, de la paz, de la honestidad, de la compasión, de la comprensión. Desconoce su tacto.
Y juzga a los demás según lo que en él mismo siente. Mide a los demás con la única vara que conoce.
Y entonces yerra.

Cuando descubrimos quién somos, alcanzamos la paz. Por lo general, creemos que somos lo que las palabras etiquetan: un nombre, una posición, una historia, unas capacidades... Eso no somos nosotros. Todos nosotros somos lo mismo y descubrir eso es sentir “... sé de dónde he venido y adónde voy..” Uno se descubre como hueco, como vacío, como un espacio receptivo a mil formas, como una oquedad moldeable según mil disfraces.
“...Vosotros juzgáis según la carne...” La mente sólo ve la forma, no el contenido. Juzga según lo exterior, según sus preferencias, atendiendo a lo obvio y despreciando lo oculto. El que se conoce a sí mismo no juzga, solamente da testimonio; sin juicios, sin valoraciones, sin preferencias.
 “...porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre...” Jesús sabe que en él confluyen dos misterios: el misterio de ser hombre y habitar un cuerpo, y el misterio de ser Dios y vivir en el Todo. Simultánea e invisiblemente.    Imposibilidad de expresarlo adecuadamente en palabras. Solamente el corazón y la propia experiencia pueden captarlo. Uno se siente libre, sin restricciones, sin impedimentos. El ego murió y el alma vuela libre en los espacios del Padre.
 

8:19 Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.
8:20 Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo; y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora.

Los hombres buscan al Padre en el exterior. Sólo conocen el exterior. Nunca han viajado hacia su propio interior. Y por tanto le buscan—buscan a eso que entienden como “Padre—en el único lugar que conocen: en el exterior de su piel.
Tratan de encontrar fuera de ellos indicios para reconocerlo, y sin embargo, si se encuentran por azar delante de otro Hombre-Dios se cierran. No reconocen en él a ese Padre que buscan. ¡Qué tremenda paradoja! ¡Buscar sin tener ojos para ver! ¿Cómo llegar a lo infinitamente distante si ante lo próximo estamos ciegos?
Creemos en ídolos lejanos, en hombres que ya no viven, en personajes perdidos en el tiempo... y no vemos al que tenemos al lado, no amamos al que está junto a nosotros, cerramos los ojos ante la evidencia del Hombre-Dios que tenemos por vecino.

Buscamos lo grande, lo atrayente, lo fascinante: tierras lejanas, gurús de extraña apariencia, libros secretos,... y despreciamos lo que la Vida pone a nuestro lado, lo que nos merecemos, lo que hemos de hacer.
Si no sabemos quién es el Padre, ¿cómo podemos reconocerlo? Si desconocemos sus características, ¿en qué nos basamos para empezar a buscar? ¿En base a qué descartamos y seleccionamos?   ¿Qué nos hace suponer que no es aquél que está junto a nosotros? ¿Por qué no puedo empezar suponiendo que el Padre está en mí, que yo soy él?
La mente crea barreras que, a modo de cortinas, nos impiden ver la luz. Vivimos rodeados de un inmenso telón que todo lo vela. Vivimos encerrados en una cúpula opaca que constantemente crea nuestra mente. Es un espacio seguro, pero sin vida; un tubo de ensayo en el que se reproduce la vida bajo condiciones restrictivas. No es la Vida la que vivimos, sino una vida limitada y confusa, desfigurado reflejo del Todo.
 

8:21 Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir.
8:22 Decían entonces los judíos: ¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: A donde yo voy, vosotros no podéis venir?

¡Hay tantas interpretaciones! ¡Hay tantas lecturas! A los ojos del que no ve, parece un juego de magia, “¿Acaso desaparecerá?”
Uno puede estar delante de ti y tú no ver nada. Tú te crees que ves, que oyes, que sientes, pero no ves, ni oyes, ni sientes nada.... Tu mente es la que interpreta y te guía según sus recuerdos. De lo real no percibes nada.
¡Es tan simple y a la vez tan complicado!
Las palabras no pueden explicarlo: ver y no ver nada; oír y no oír nada; vivir y no vivir nada. ¡Estar muerto en vida!
 “... a donde yo voy, vosotros no podéis venir”. ¿Qué quería decir Jesús? ¿Adónde se dirigía?
Jesús había encontrado el camino que conduce hacia el interior de uno mismo, a ese lugar en donde nadie excepto nosotros, puede entrar. Sabía cómo entrar en su santuario. Y allí se iba.
Los demás no sólo no podían seguirle, sino que ignoraban completamente a qué se refería. El “ir” de Jesús es un “ir” en el que no existe la necesidad de moverse ni en el espacio ni en el tiempo. No hay que esperar a la muerte. Jesús no habla de ir a ningún lugar tras morir. Nadie que sepa, ha hablado nunca de eso. Solamente existe un lugar aquí mismo, ahora mismo, en el que nadie puede encontrarte, al que nadie puede seguirte. Sólo tu puedes penetrar en él.
Allí se dirigía Jesús. A su Monte de los Olivos. A la soledad del ser. Al encuentro del Padre.
Los demás se quedarán en donde están. En su “pecado”.
“Pecado”, es para Jesús, para el que sabe, seguir dormido, muerto en vida. “Pecar” es dirigir la vista hacia el exterior. “Pecar” es ser todavía inexperto, joven,... es vivir en la mitad exterior del todo. El que “peca” está “muerto”, pero ni “pecar” ni “morir” son acciones físicas. Son acciones psicológicas que nos excluyen del reino de lo intangible, del reino de Dios.
 

8:23 Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
8:24 Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.

La distancia es inmensa. Palabras deformadas por la lejanía. Lejanos murmullos indescifrables. “...Yo soy de arriba y vosotros sois de este mundo...”
¿Qué quiere decir?
Jesús emplea palabras corrientes, pero su significado solamente es comprensible para aquél que conoce su lenguaje. No puedes acercarte a Jesús desde la mente del hombre corriente. Y si así lo haces, tergiversarás lo dicho en función de tu propio nivel.
Para todo el que sabe, “abajo” equivale a “exterior” a “mundo”; “arriba” equivale a “interior”, a “espíritu”. Fuera de nuestra piel está el universo objetivo; abajo. Dentro de nosotros  está el mundo subjetivo; arriba.
Quedarse “abajo” sin tratar de ir “arriba” es “pecar”. Y aquél que “peca”, aquél que se obstina en vivir solamente la porción tangible, está “muerto”.
Para penetrar en ese lenguaje se ha de conocer la Verdad, el Agua, y se ha de haber contactado—al menos una vez—con el  Espíritu, con el Ser. Se ha de haber atravesado el mundo de la forma y haber descubierto el mundo del noúmeno, de lo oculto, de aquello que provoca la manifestación de lo externo.
Pero con la mente—el único instrumento que nos han enseñado a utilizar—sólo se puede ver lo aparente, lo físicamente tangible. Traduce “arriba” por “cielo” y “cielo” por “lugar que se alcanza como recompensa tras morir”. El “yo no soy de este mundo” es interpretado como si fuera un mundo diferente ubicado en otro espacio físico y al que únicamente se puede acceder tras haber dejado el cuerpo. ¡Burda estratagema para mantenernos donde estamos!
Y uno es incapaz de ver que el “arriba” está aquí mismo, en este mismo instante, ahora mismo. El “otro mundo” está aquí y ahora, en nosotros, delante de ti, dentro de ti.
¡Búscalo! ¡Ponte en marcha!
 

8:25 Entonces le dijeron: ¿Tú quién eres? Entonces Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho.
8:26 Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo.
8:27 Pero no entendieron que les hablaba del Padre.

Nadie Realizado, nadie que haya descubierto en sí mismo su condición de Dios, se atribuye nada. No puede.
Sabe que él no existe y que sólo Dios existe. Él es sólo una película, un film, en manos del Director. Un personaje a traves del cual el pensamiento—la mente del Creador—se expresa. Uno sólo puede repetir lo dicho, el eterno mensaje, el mensaje que se repite desde el inicio del tiempo: sólo el Padre existe. Nosotros tan sólo somos pensamientos en la mente del Padre.
 

8:28 Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.
8:29 Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.
8:30 Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.

Cuando Jesús habla sus palabras surgen de su centro más interno, del centro del universo. Y al golpear en el oyente tienen la capacidad de filtrarse hasta lo más profundo, porque el oyente, las palabras y el que las pronuncia, no son más que la misma cosa.
Uno ha de haber limpiado previamente la mente, ha de haberse desembarazado de todos los obstáculos interiores, ha de estar receptivo a cualquier llamada, venga de donde venga, surja de donde surja. Si nos encontramos en esta condición, cualquier reflejo del Todo podrá hacer brotar en nosotros las lágrimas del corazón, la respuesta de nuestro ser.
“Levantar al Hijo del Hombre” es convertirlo en Hijo de Dios, es hacer elevar nuestro espíritu humano a la condición de espíritu divino, es recorrer el camino que nos separa del reconocimiento de nuestro auténtico ser. Solamente cuando descubramos quiénes  realmente somos podremos comprender a Jesús, podremos conocerle. Solamente encontrando nuestro Cristo en nosotros, descubriendo el Cristo potencial que somos, nos daremos cuenta de que no somos nada; tan sólo briznas de paja movidas por el viento del Padre.
“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy”.
 

La verdad os hará libres

8:31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;
8:32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Maravillosas palabras “...y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.
Sólo con conocer la Verdad... pero ¿qué es “conocer” la Verdad?
Este “conocer” es vivir en nosotros mismos, es sentir en todo nuestro ser esa Verdad. Es ser nosotros mismos esa Verdad porque la comprendemos, porque la hemos descubierto en nuestro interior. Ese “conocer” es hacerla carne de nuestra carne, es sentirla rezumar a traves de todos nuestros poros, es exhalar el aroma de esa Verdad a traves de todos nuestros actos.
Y, ¿cuál es esa Verdad? ¿Dónde está esa Verdad? ¿Dónde buscarla?
En realidad, la Verdad—de la cual la Verdad de las escrituras, “mi palabra”, es solamente un intento de plasmar y fijar aquello que no puede delimitarse—está en todas partes. La vida rezuma Verdad constantemente; vivir es la Verdad. La tienes cerca, muy cerca de ti.... porque la Verdad eres tú mismo. Tu Verdad eres tú. Has de buscar en ti.
Y para buscar en ti no necesitas ni moverte, ni desplazarte, ni hacer nada. Solamente has de prestarte atención a ti mismo. Has de mantener una serena y constante atención sobre ti, sobre todos tus actos, sobre todos tus pensamientos, sobre todas tus emociones, sobre todo lo que crees ser.
No has de tener misericordia de ti mismo, has de ser veraz y auténtico contigo mismo. Has de ir descubriendo poco a poco eso que crees que eres y has de ver que realmente eso no eres tú.
Has de ir quitando más y más cosas, más y más impedimentos, más y más obstáculos, hasta que todo aquello que no eres desaparezca en el vacío.
“Nada hay externo al hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo; son las cosas que salen del interior las que lo contaminan” (Mc 7, 15)
Lenta, pero constantemente, sin importarte el tiempo, ni el no ver, ni el no sentir nada. Sólo observando, observando, observando... siempre.
 

8:33 Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?

Uno habla en ruso y el otro habla en chino. Diálogo de besugos, conversación entre sordos. ¿De qué sirve hablar a gente así?
“¿Esclavos? Nunca lo hemos sido...” Y no has sido otra cosa. Una simple máquina programada al servicio de los que te rodean, del status quo... sin saber quién eres, sin saber qué haces aquí, ni adónde vas, ni de dónde vienes,... solamente un eslabón en una infinita cadena humana, alguien que un día aparece y otro día se va, sin ni siquiera plantearte nunca quién eres.
Naciste un día sin que nadie te preguntara si querías. Morirás un día, sin querer morir. ¿Y dices que no eres un esclavo? ¿Y dices que eres libre? ¿Quién eres? ¿Qué eres?...
”..¿esclavos?...  jamás hemos sido esclavos de nadie...”
 

8:34 Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.
8:35 Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre.

¿Quién comprende estas palabras? ¿Quién se atreve a interpretarlas?
“Pecar” no es ni matar, ni fornicar, ni mentir, ni robar,... no. “Pecar” es elegir aquello que en nosotros es falso, es seguir los dictados del ego, es revenciar todo aquello que nos aparta del camino hacia el Reino de Dios.
Y ése camino es un camino interior hacia lo que somos, porque ser Hijo de Dios es simplemente descubrir lo que realmente somos. “Pecado” es toda atadura, ligazón, dependencia o necesidad psicológica que pueda existir entre nosotros y nuestras acciones. Mientras haya en nosotros una intencionalidad, un apego, en pro o en contra de lo que hagamos, digamos o pensemos, pecaremos.
“No pecar” no es dejar de cometer una serie de acciones que figuran en un determinado listado. Esto es un “no pecar” social. Socialmente, puede que sea pecado robar, mentir, odiar,.... pero no existe ningún Reino de Dios en lo social. Lo social es necesario para vivir en el mundo. Para nada más. Con dejar de hacer aquello que es socialmente condenable, puede que logremos vivir en una sociedad mejor, más “suave”, pero no llegaremos al Reino de Dios.
El que “... hace pecado...”, es aquél que mantiene una  relación de “ejecutor” respecto a todo lo que hace, es el que vive bajo la ilusión del ego, “el esclavo”. Y al vivir creyendo que somos, al vivir creyendo que tenemos una existencia independiente como ser humano, procuramos el bien de ese falso ente, del “esclavo”, con lo cuál introducimos la intencionalidad, la madre de lo no natural.
El ser Hijo de Dios, el vivir en el Reino del Cielo, es sentir que no somos, que en nosotros no hay nadie que haga nada. Y no es solamente “creerlo” como teoría; es vivirlo como práctica.
Mientras “yo” sea, Dios no existirá en mí. Cuando “yo” muero, Dios surge en mí como Hijo. Me convierto en el reflejo consciente del Padre.
Mientras el ego, el “esclavo”, sea el que vive en mí, todas sus acciones estarán encaminadas a protegerse a sí mismo y perpetuarse; de ellas derivarán todos mis “pecados”. El ego solamente puede vivir en la mentira para conmigo mismo, en el odio a una parte de mí mismo, en la avaricia por engrandecerme, en la soberbia y el orgullo respecto a lo que creo que soy, en...
Si me abro camino—un camino psicológico—a traves de todas esas sombras, descubriré que son... sólo sombras, fantasmas. Me daré cuenta de que solamente existían porque no había luz.   Cuando las ilumino, desaparecen.
El ego es la apariencia que adopta el conjunto de las tinieblas de mi consciencia. Cuanto más consciente sea, cuanta más luz arroje sobre mí mismo, menos sombras podrá haber y por tanto la falsa apariencia del ego se irá debilitando.
Y con este debilitamiento, empezaré a vislumbrar el “camino”, el despejado camino hacia esa intuición de “lo que soy”, hacia el Reino de Dios. Dejaré de ser “esclavo del pecado” y podré ver como se cumple “... el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre”
 

8:36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
8:37 Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.
8:38 Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído acerca de vuestro padre.

Es increíble cómo estas palabras han sido repetidas durante dos mil años por gentes que no comprenden nada sobre su significado. Y han hecho de ellas bandera y señal.
La gente de la Iglesia actual—todos, o casi todos—está en la misma situación que Jesús critica, “y vosotros hacéis lo que habéis oído acerca de vuestro Padre.”
Todo el mundo habla de oídas. Nadie se preocupa por descu-brir la vivencia, lo que ocultan las palabras. Nos convertimos en magnetófonos, en loros repitiendo palabras que para nosotros no tienen sentido. Suenan bonitas. Bello decorado..
Así nos lo han enseñado, así nos han “educado”, así nos han programado: a hablar de oídas, a ser correveidiles.
De esta forma entendemos que la liberación es una “liberación” exterior, que es algo que sin acción alguna de nuestra parte nos liberará de todo sufrimiento, que “el Hijo que nos ha de libertar” es alguien con apariencia física de hombre— otro ser que, a modo de libertador, nos entregará el tesoro perdido.
... y así vivimos contentos y felices... soñando.

Sois de vuestro padre el diablo

8:39 Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.
8:40 Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham.
8:41 Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios.
8:42 Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.

Es fácil para aquél que sabe, identificar al que tiene enfrente. Si nuestra filiación es divina, nuestras obras serán divinas. Esto no implica que hayan de ser reconocidas por todos, por el mundo. Quizás el mundo las rechace, las condene, pero todo aquél que tenga abierto el ojo del corazón las distinguirá.
Y distinguirlas es sencillo: toda obra que tienda a lo cerrado, a la exclusión, a lo rígido, no proviene del Padre. Toda obra fundamentada en lo Divino posee el aroma de la libertad. Es una obra que no implica, que no obliga. Es como el canto del pájaro. El que quiera puede escucharlo; el que no quiera puede cerrar la ventana... o matar al pájaro.
Si uno se siente ofendido por las palabras de otro—indepen-dientemente de que aquél otro esté o no esté limpio—ha de mirarse en su propio interior, porque el sabor del sentirse ofendido, el regusto del sentirse infravalorado, es la indicación de la propia suciedad. Cuando en su interior uno entra en contacto con una zona en la que reina el ego, el sabor de la ofensa está allí, presto a manifestarse.
En realidad nadie que esté limpio, que sea Hijo del Padre, puede sentir en sus carnes la división que supone vivirse orgulloso, rencoroso, envidioso, odiando,.... porque es condición sine qua non que esa división entre lo que uno siente que es y eso que cree ha de ser, haya desaparecido.
Quizás en el trayecto hasta convertirnos en Hijos del Padre encontremos zonas desconocidas de nuestro ser en las que aún habitan estos truhanes. Entonces uno ha de aplicarse diligente-mente a la tarea de observarse como si de otro se tratara. Ha de enfocar en esa situación su serena atención, sin huir de ella, sin justificarla, sintiendo en su interior el fuego devorador que todo lo quema, asistiendo a su propia consumación en vida... “El que quiera venir a mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame...” (Mt 6,24)
 

8:43 ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.

¿Por qué nadie lo entiende? ¿Por qué son tan pocos los que lo comprenden? ¿Por qué..? ¿Por qué...?
Ésta es la gran constante de todos los que hablan al hombre: la imposibilidad de hacerse entender. El hombre solamente vive en el mundo de las palabras. No está conectado con ese fondo común que todos somos, y por tanto no puede percibirlo en sí mismo. De ahí deriva la incomunicación total.
En realidad, las palabras sobran. Cuando solamente hay silencio, está todo. Cuando entran las palabras, falta todo. Hemos de aprender a atender a los huecos entre las palabras, a escuchar nues-tro propio silencio, a buscarlo, a desearlo. Entonces dejará de haber incomunicación porque mi silencio es el tuyo, el suyo, el de todos.
 El espacio puede ser ocupado simultáneamente sólo por un cuerpo, por un ego, por un objeto. Donde hay uno, no puede haber dos. Pero cuando en nuestro interior no hay objeto alguno—ni palabras, ni ideas, ni razonamientos, ni preferencias, ni rechazos—cuando no hay ego,... entonces el vacío que soy es el mismo vacío que tú eres.
Los dos cabemos en ese vacío porque somos ese mismo vacío. No hay apreturas, no hemos de desplazar a nadie para sentirnos cómodos. Nos sentimos enriquecidos, extendidos, infinitos, inmensos...

8:44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
8:45 Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.
8:46 ¿Quién de vosotros me acusa de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?
8:47 El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.

Cuando Jesús habla del diablo, ¿a quién se refiere? ¿Dónde está ese diablo?
Ese diablo no está en ninguna parte. Ese diablo, ese padre creador de la mentira, es otro nombre dado a nuestra mente, a nuestro ego. Nuestra mente-ego es el demonio, la falsedad, la mentira. Es un dragón de dos cabezas y un solo cuerpo.
Podemos descubrirlo en nosotros mismos. Es relativamente sencillo. De la misma forma que cuando uno se acerca a algo podrido, descompuesto, percibe el hedor que despide, cuando nos acercamos a los dominios del ego-mente existe un olor a dolor, a sufrimiento. El reino de la mente-ego es un reino contraído en el que no cabe la plena aspiración.
A medida que vayamos recuperando estos territorios que siempre fueron nuestros, a medida que el dragón vaya reduciendo sus dominios, deberemos prestar más y más atención para descubrir su cada vez más inconfundible rastro. Nos haremos expertos rastreadores y llegaremos a intuir la más leve señal de su paso: un pequeño sentimiento de incomodidad, de desazón; una sensación de bienestar provocado desde el exterior; una dureza interior o una debilidad perezosa; un descargarnos en el otro o un apoyarnos en el otro... Adoptará miles y miles de disfraces, tratará de ocultarse bajo las más insospechadas apariencias, pero cada vez seremos más y más hábiles, más y más fuertes, estaremos más y más vacíos...

La preexistencia de Cristo

8:48 Respondieron entonces los judíos, y le dijeron: ¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?
8:49 Respondió Jesús: Yo no tengo demonio, antes honro a mi Padre; y vosotros me deshonráis.
8:50 Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga.
8:51 En verdad, en verdad os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte.
8:52 Entonces los judíos le dijeron: Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte.
8:53 ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién te haces a ti mismo?

El drama de Jesús es el drama eterno. Ha sido y sigue siendo representado en el mundo generación tras generación.
A los ojos de los judíos, de esos hombres con los que hablaba,  parecía ser un verdadero blasfemo; les ofendía, les destruía, les atacaba... se sentían agredidos.
¿Y por qué se sentían ofendidos? Porque las palabras de Jesús entraban en conflicto con lo que de muerto había en ellos, con la seguridad que con tanto celo custodiaban, con ese pasado, esas experiencias vividas por otros y a las que se aferraban buscando un asidero que les salvara de su constante angustia.
Siempre ha ocurrido así. Algo sucede y alguien contempla eso que sucede. Al instante siguiente, eso que ha sucedido y que ya no es se ha convertido en un recuerdo en la mente del que lo contempló. Y éste se aferra a ese recuerdo para tratar de escapar a su propia muerte.
El hombre es incapaz de aceptar morir a cada instante y para escapar a esta realidad se crea un universo ficticio, un universo de fantasmas extraídos de sus recuerdos. Es incapaz de soportar su propio vacío y huye de él llenándolo de muertos vivientes: sus recuerdos.

¿Quién era Abraham para aquellos judíos? Sólo un nombre, una interpretación, una norma, una etiqueta, un tabú. Abraham era una choza de barro en la que ellos se refugiaban para esconder su lacerante dolor. Un apoyo, un sostén,... un espejismo.
“...El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte...” ¿Qué entiende el que escucha estas palabras? ¿Que vivirá físicamente para siempre? ¿Que vivirá en un cielo post-terrenal en el que todos sus deseos insatisfechos se verán saciados?...
Nadie puede comprender esto mediante un acto mental. “Guardar mi palabra” es vivirla en el corazón, comprenderla a traves de todo nuestro ser, no sólo intelectualmente. Eso no sirve.
Y “no sufrir muerte” es precisamente morir a cada instante y mediante este morir, con esta entrega a lo nuevo, el dolor nacido del aferrarse a lo viejo y moribundo, desaparece. Uno está naciendo constantemente, a cada momento, en cada acción. Vives en la constante alegría del nacer y nunca sufres porque no te aferras a esos contínuos nacimientos. Has descubierto el arte, la habilidad de vivir: no aferrarse a nada, flotar en la corriente de la vida, dispuesto siempre a soltar... para poder abrazar lo nuevo.
 

8:54 Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios.
8:55 Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco, y guardo su palabra.
8:56 Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.
8:57 Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?
8:58 Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.
8:59 Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue.

Más de lo mismo. Todo el Evangelio de San Juan no es más que un intento de transmitir ese mundo interior paralelo que desbordaba a Jesús. Y todo el Evangelio de San Juan no es más que una triste constatación de este diálogo de sordos. Es un hecho, es así: no todos son capaces de  comprenderlo y con sólo desear hacerlo, desear entrar en él, no se consigue nada.
Por mucho que uno quiera, que uno lo intente, sus esfuerzos resultarán infructuosos hasta el momento en que “la gracia del Padre” descienda sobre él. Esa “gracia del Padre”—la bajada del Espíritu mediante la cual la Palabra, la Verdad adquiere un sentido vital—es una etiqueta utilizada para definir una situación respecto a la cual no podemos hacer nada, que no podemos modificar. Es algo que se nos da, que nos llega... después de mucho tropezar. Y cuando llega, se abre el ojo del corazón y estamos en disposición de empezar a comprender e iniciar el camino.
Tampoco podemos decir taxativamente que no haya relación alguna entre intentarlo, entre tratar de comprender, y lograrlo. Es verdad que no van ligados causalmente, que uno no es la causa del otro, que por mucho buscar nadie puede asegurarnos que comprendamos... pero también es verdad que si uno no empieza a moverse, nunca llegará.
Y si se mueve, llegará, pero no a consecuencia directa de ese movimiento.
¡Algo paradójico y extraño, pero cierto!

 
 
 



¡LEVANTATE Y ANDA!.

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