Capítulo II
La Figura de Cristo
Uno de los más claros ejemplos, por cercano, de religión
en su segunda acepción es el de las “iglesias” surgidas en
torno a la figura de Jesús, el Cristo.
Todas ellas se han constituido en únicos intérpretes
autorizados del mensaje de Jesús, asumiendo el papel de exclusivos
interlocutores válidos entre la humanidad corriente y Dios.
No es el objeto aquí discutir o cuestionar su capacidad o incapacidad,
ni tampoco polemizar, ni criticar, ni denostar a nadie; ni a ellas
y ni a sus integrantes. No hay objeto, no es éste el interés.
Solamente se trata de re-descubrir eso que ha sido tan manoseado y mal
interpretado, eso que ha sido vaciado de contenido real y convertido en
una figurilla de cartón utilizable y manejable.
Y para re-descubrir ese contenido solamente nos podemos referir al
origen, a lo más cercano—sin entrar a valorar si los Evangelios
describen exclusivamente la vivencia de un Jesús histórico
y real o son también la plasmación en clave del eterno drama
del Despertar del Hombre a su condición de Dios— a aquello que fue
la realidad que Jesús vivió: sus palabras y obras; los Evangelios.
Y aún así, no se ha de perder de vista el hecho de que
esas palabras fueron colocadas allí, no por él, sino por
otros que las interpretaron y que, probablemente, desconocieron su verdadero
significado. Ésas palabras no son la “Verdad”; sólo tratan
de reflejar algo del inmenso fulgor que aquella es.
Los hechos descritos en ellos no son los hechos que conformaron la
realidad interior de Jesús, no son Jesús. Son la interpretación
que otros dieron a la manifestación física de una realidad
interior. Los Evangelios son documentos de valor rela-tivo—por su propia
condición de palabra—y además de valor disminuido, al ser
esta palabra una interpretación dada por mentes diferentes
a la que vivió el hecho descrito y que—y ellas mismas lo reconocen—no
participan de la misma condición que gozaba Jesús, cosa que
no ocurre con otros textos sagrados donde la palabra recogida es exacta
y fielmente reflejo de lo expresado por el Hombre que vivió ese
hecho.
La confusión surge porque la palabra es apta para describir
objetos exteriores, pero inadecuada para describir contenidos interiores.
Puede considerarse que los Evangelios contienen una parte objetiva
que describe la existencia y características de la obra de un Jesús
físico, y una parte subjetiva que, utilizando la trama histórica
de un Jesús real como hombre, trata de mostrarnos el contenido de
la experiencia interior de Jesús, la Realidad que él experimentó
interiormente o el camino—el proceso de autodes-cubrimiento—que él
recorrió y que es el mismo que todos deberemos recorrer por
nuestra condición de seres humanos.
Y de la aplicación de las mismas leyes y de los mismos instrumentos
que empleamos para reconocer y tratar el mundo objetivo y exterior, surge
la confusión al referirnos al hecho interior.
Lo objetivo requiere la mente para ser captado. Lo subjetivo requiere
el corazón. Son instrumentos distintos, con características
distintas y adecuados a funciones distintas. La utilización de uno
en lugar del otro, sea en el sentido que sea, solamente da lugar a confusión
y caos. Uno nos hace “saber”; el otro nos hace “ser”. El saber sin “ser”,
nos convierte en estúpidos eruditos. El “ser” sin saber hace
de nosotros santos estúpidos. Necesitamos de los dos para
poder completarnos.
En este recorrido por los Evangelios no entraremos tampoco en el alejamiento
derivado de las incorrectas traducciones—nuevas modificaciones de mentes
cada vez más alejadas del hecho original—ni en la posible modificación
intencionada y parcial de parte de su contenido. Todo eso es altamente
probable, pero al no ser la realidad actual, la descartamos. Aquí
hay que acudir al núcleo, al centro, al origen que impulsa todo
el contenido de los Evangelios, el cual aún es posible reconocer
semi oculto entre una ingente cantidad de interpretaciones.
Para aquél que utiliza el corazón como guía, los
Evangelios constituyen la exposición de un código para el
Despertar interior. Y ese código en clave va dirigido a todos aquellos
que han empezado a recorrer el camino que les conducirá a reconocerse
como Dios.
De la misma forma que reconocemos la existencia de diversas etapas
en el desarrollo exterior y/o interior del ser humano tal y como es generalmente
aceptado—el bebé, el niño, el adolescente, el joven y el
hombre; cada uno perfectamente definido por una serie de rasgos, características
y capacidades físicas y psicológicas—los Evangelios describen
el ulterior desarrollo del hombre una vez a alcanzada su madurez física
y psicológica como “yo” independiente.
El camino que describen es tan real para cada uno de nosotros como
lo pueda ser el hecho reconocido de que al llegar a la pubertad empiezan
a manifestarse los rasgos distintivos sexuales en el niño y la niña,
o como la aparición del lenguaje hablado y del control del movimiento
corporal en el primer y segundo año de vida del bebé. Todo
el mundo acepta esos mojones como referencias respecto a un cierto estado
reconocido como “normalidad” en el desarrollo del individuo. Análogamente
los Evangelios nos proveen de unos determinados mojones que nos permiten
reconocer las diferentes etapas que recorreremos en el trayecto desde el
hombre psicológicamente normal al hombre plenamente realizado como
Dios.
Los Evangelios no son sólo la descripción, a modo de
biografía, de lo sucedido a un ser humano llamado Jesús que
vivió en un determinado tiempo, no. Los Evangelios son nuestra propia
biografía, cuentan nuestra propia vida, nuestro desarrollo como
hombres hasta llegar al Dios que contenemos. Sus escenarios, sus situaciones
no son situaciones de un pasado de alguien que fue, sino que son los escenarios
y las situaciones de nuestro ahora psicológico. Los Evangelios están
escritos en presente, no en pasado; a lo sumo describen un futuro al que
todos llegaremos antes o después.
Esos Evangelios pueden ser interpretados desde muchas perspectivas
diferentes, como ocurre con cualquier fórmula o expresión
de un fenómeno inmaterial. Su lectura puede hacerse desde muchos
niveles distintos. Son la representación de un drama eterno: la
búsqueda del Dios en el Hombre.
De los Evangelios—como símbolos que son de una realidad más
allá de las palabras—existen tantas interpretaciones como niveles
del desarrollo del ser puedan existir en aquél que los lea.
Existe una interpretación física para los que viven exclusivamente
el mundo desde lo físico, de lo fenoménico. Existe una interpretación
humana para el que vive el mundo desde la perspectiva emocional del hombre.
Existe una visión esotérica para el que entiende la verdadera
realidad del Hombre como experimento del Despertar de la Consciencia Divina.
Existiera o no existiera, fuera quien fuera el Jesús físico,
los Evangelios son textos absolutamente simbólicos que utilizan
la forma exterior, la situación corriente del hombre, para indicar
algo que está más allá, algo que trasciende la visión
cotidiana. Describen en forma codificada el camino que ha de recorrer el
hombre hasta convertirse en Dios. Detallan las diversas etapas del camino
que todos hemos de recorrer, las diversas iniciaciones que experimenta
interiormente el hombre en un trayecto transformador. Y nos hablan siempre
en “clave”.
Utilizan palabras corrientes para construir una historia que a los
ojos de la mayoría es una descripción de la vida de alguien,
pero que a los ojos del que “ve” encierran un significado muy distinto
del que a primera vista aparentan.
Hablan de la existencia de dos lugares en los que puede vivir el hombre:
una “tierra” y un “cielo”. Y asocian a la “tierra” el nivel inferior
y al “cielo” el nivel superior. En realidad esas dos palabras señalan
dos niveles interiores del desarrollo psicológico del hombre.
El nivel del hombre corriente, donde usualmente vive, con todos sus
apegos, sus temores, sus anhelos, sus miedos, con su codicia, su odio,
su orgullo, su violencia, su posesividad... es la “tierra”. El nivel del
hombre desarrollado y realizado, en el cual han desaparecido todas las
ligaduras interiores que le atan a los objetos del mundo—al haber disuelto
esa cristalización indeseada, el ego o “yo”, que aparece en el transcurso
de su evolución humana—es el “cielo”. El hombre tal cual es, vive
en la “tierra”; cuando se desarrolle su potencialidad interior vivirá
en el “cielo”.
El Padre y el Hijo moran siempre en el “cielo”. El Hijo es el “cielo”
encarnado como hombre. El Padre es el “cielo” desencarnado, suma de todos
los “cielos” y de todas las “tierras” de aquellos que fueron.
Paralelamente, “Hijo del hombre” equivale al hombre de la “tierra”,
e “Hijo de Dios” equivale al hombre del “cielo”. Para que un “Hijo del
hombre” descubra y adquiera conscientemente la condición permanente
de “Hijo de Dios” ha de escuchar la palabra del Padre y ha de comprenderla,
ha de convertirla en “carne de su carne y sangre de su sangre”—cosa
que ocurrirá cuando reciba el Espíritu Santo.
Este Espíritu Santo que nos llega por la Gracia del Padre y
nos permite comprender “su palabra”—al igual que ocurría con “cielo”—no
es algo exterior que se nos pueda dar gratuitamente o que podamos obtener
fácilmente de manos de alguien. Es la culminación de un largo
proceso de auto-descubrimiento e indagación. El alcanzar esa Gracia
no es algo que pueda “hacerse” ni “merecerse”. Esa Gracia está en
nosotros, sólo que no lo sabemos. Alcanzarla es tomar consciencia
de ella, del Padre en nosotros. Y eso sucede cuando sucede, sin ser consecuencia
directa de ninguna acción nuestra. Y no obstante, cruzados de brazos
nunca la alcanzaremos.
Ese recibir el Espíritu Santo constituye en sí la dificultad,
porque no podemos actuar directamente para obtenerlo. Ese “recibir el Espíritu
Santo” es alcanzar la comprensión de la Palabra, es escuchar esa
Palabra y “ser” ella.
Exteriormente podemos conocerla mediante nuestro contacto con otros
que la vivan, que la oigan interiormente, a través de un “Jesús”,
pero únicamente cuando podamos escucharla en nuestro propio interior
podremos decir que es nuestra.
Y “poder escuchar” quiere decir esforzarnos por penetrar en eso que
se nos escapa, en ese objetivo elusivo que se nos escurre entre las manos
y del que sólo tenemos contados vislumbres. Y hemos de hacerlo con
todas nuestras fuerzas, con todo nuestro empeño, sin desmayo. Y
entonces, siempre en el momento adecuado, aparecerá en nosotros
la condición para que el Espíritu Santo se nos manifieste.
Sólo con conocer y creer y seguir a Jesús desde
el exterior no lograremos “entender la palabra de Dios”; será un
paso, un primer paso, pero sólo eso. Hasta que el Espíritu
Santo descienda sobre nosotros, “esa palabra” no será la nuestra.
Y en ese trayecto se desarrolla toda la historia de Jesús—primero
hijo del hombre y viviendo en la “tierra”, y más tarde Hijo de Dios
morando en el “cielo”—y la historia de todos nosotros. Y esta historia
es la que describen los Evangelios.
El habitante de la “tierra” pasa “hambre” y “sed”, porque no comprende—no
puede obtener su alimento, su “pan”, sus “peces”, su “vino”, su “agua”.
Y ha de aprender a buscar ese “pan” y ese “agua” en su propio interior
mediante la transmutación del agua del hombre corriente en “vino”—el
agua del hombre del “cielo”—o bien mediante la excavación de su
“pozo” interior del que manará abundante agua.
El hombre de la “tierra” está “enfermo”, “postrado”, “paralítico”,
“sordo”, “muerto” y ha de ser curado de su “ceguera”, de su “cojera”. Ha
de “resucitar” para poder acceder al Reino de Dios. Y
para poder resucitar tendrá que morir primero a su mundo terrenal
mediante un acto de libre voluntad; sólo entonces podrá ser
“resucitado”, sólo entonces podrá “ver”, sólo entonces
podrá “oír”.
El hombre terrenal es como una vid seca, como un pozo sin agua, como
una higuera sin fruto, como una mujer estéril... y deberá
descubrir cómo reverdecer, cómo obtener su agua, cómo
poder engendrar...
Y así podríamos seguir y seguir... cualquier pasaje de
los Evangelios puede ser leído a la luz de ese sentido interior,
del corazón, y puede entonces ser aprehendido en su verdadero significado.
Los Evangelios nunca hablan del futuro; siempre lo hacen del
presente. Sus mundos son mundos en los que se puede vivir ahora, no proyectos
de un lejano e incierto futuro que obtendremos tras morir. Todo lo que
uno ha de hacer, lo ha de hacer ahora para obtener los frutos ahora, no
en un dudoso mañana que nadie ha podido nunca verificar.
Esos Evangelios son un breviario, un resumen, de las actitudes interiores
que todo aquél que holla el camino ha de mantener. Para aquél
que recorre el camino, todas las claves le resultan evidentes. La vida
de Cristo constituye de por sí un tratado de alquimia interior,
un desmenuzamiento del hombre interior que va descubriéndose como
Dios, como Cristo.
En ellos descubrimos la primera Iniciación—la entrada en el
camino—simbolizada por el bautismo en el Jordán y el descenso del
Espíritu Santo; la segunda Iniciación—la lucha de la carne
contra el espíritu, la alquimia interior que uno experimenta al
separar el oro de la escoria—representada por las tentaciones del desierto;
la tercera Iniciación—que supone la aparición del verdadero
Ser en todo su esplendor una vez acabado el proceso de purificación—simbolizada
por la Transfiguración; la cuarta Iniciación—la desaparición
del “yo”—simbolizada por las dudas y el apresamiento del Monte de los Olivos;
y la quinta Iniciación—la aparición del Cristo en uno mismo—representada
por la crucifixión.
Son una obra en clave, codificada, cuya verdadera interpreta-ción
no es, en primer lugar, accesible a todos. Jesús no se cansa de
repetirlo una y mil veces,
“El que tenga oídos que oiga” (Mt 13,9);
“Estrecha es la puerta y angosto es el camino que lleva a
la vida y son pocos los que dan con ella” (Mt 7,14);
“Os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16);
“Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja,
que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19,24);
“Porque muchos son llamados y pocos los elegidos” (Mt 22,14).
No es una “religión” para todos. Es una enseñanza para
pocos, para aquellos que escuchan con el corazón, para aquellos
que saben escuchar desde su ser, para aquellos que viven interior-mente.
No todos saben oír, no todos pueden ver,
“Por eso les habla por parábolas, porque viendo no ven y
oyendo no oyen, no entienden... más bienaventurados vuestros ojos
porque ven, y vuestros oídos porque oyen...” (Mt 13, 13-17);
“Para que viendo, vean y no echen de ver, y oyendo, oigan
y no entiendan...” (Mr 4, 12);
“¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos, no oís?”
(Mc 8,18);
“Y él dijo, A vosotros os es dado conocer los misterios
del reino de Dios, más a los otros por parábolas, para que
viendo no vean y oyendo no entiendan” (Lc 8,10);
“El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís
vosotros, porque no sois de Dios” (Jn 8,47);
“Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no
las podéis sobrellevar” (Jn 16,12)
La selectividad del mensaje de Jesús queda insuperablemente
plasmada en sus parábolas y especialmente en la parábola
del sembrador, en la que se reflejan los diversos tipos de hombre en función
de su capacidad para comprender el mensaje. Sólo en uno de
ellos puede arraigar, sólo en uno de ellos puede suceder el milagro
de desarrollarse como Dios. Sólo en uno de ellos
“Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:
Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo,
y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue
sembrado junto al camino.
Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la
palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz
en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción
o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que
fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero
el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan
la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra,
éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce
a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”. (Mt 13, 18-23)
Y para la comprensión de este mensaje se necesita valor, un
tremendo valor. Uno se ha de sumergir en las profundidades de su universo
psicológico para descubrir paso a paso, los fantasmas que lo componen
y, uno a uno, ir dejándolos atrás, eliminarlos. Es un camino
para valientes, para osados, pues como él dice,
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, cargue con su cruz y sígame”. (Mt 6,24)
“Ninguno que ha echado mano al arado y mira hacia atrás,
es apto para el reino de Dios” (Lc 9, 62)
“¿Pensáis que yo he venido a poner paz en la Tierra?
Nada de eso—os lo digo yo— sino discordia. Porque de ahora en adelante
en una casa de cinco personas, estarán en discordia tres contra
dos, y dos contra tres. El padre estará en discordia contra el hijo
y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la
madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lc 12, 51-53)
“No penséis que he venido para meter paz en la Tierra; no
he venido para meter paz, sino espada...” (Mt 10,34)
Existe siempre la “multitud”—aquellos que son incapaces de comprender
el mensaje y que constituyen la mayoría del mundo que nos rodea.
Son los “sordos”, los “muertos”,... sin embargo, al llamar Jesús
“hermanos” a todos los hombres y considerarlos hijos de un mismo Padre,
aquellos que no entienden, los que no pueden “oír”, deducen que
todos los hermanos son iguales y que todos los hijos tienen las mismas
posibilidades. Y no es así.
“¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?...
todo aquél que hace la voluntad de mi Padre que está en los
cielos, ése es mi Padre y mi hermano y mi madre.” (Mt 12, 48)
Y entre los hermanos, hay mayores y pequeños, y los pequeños
han de crecer primero para convertirse en adultos. Solamente entonces estarán
en condiciones de acceder al mensaje de Jesús. E incluso, siendo
adultos, deberán conservar el corazón inocente del niño
y dejarse guiar por él porque,
“...bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos
es el reino de los Cielos...” (Mt 5,3)
Pobres de espíritu, pero hombres ya, adultos plenamente
desarrollados.
Capítulo V
Las Bodas de Caná
2:1 Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de
Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.
2:2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y
sus discípulos.
2:3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen
vino.
2:4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer?
Aún no ha venido mi hora.
2:5 Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os
dijere.
2:6 Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme
al rito de la purificación de los judíos, en cada una de
las cuales cabían dos o tres cántaros.
2:7 Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron
hasta arriba.
2:8 Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y
se lo llevaron.
2:9 Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber
él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que
habían sacado el agua, llamó al esposo,
2:10 y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando
ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado
el buen vino hasta ahora.
2:11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná
de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron
en él.
2:12 Después de esto descendieron a Cafarnaúm, él,
su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí
no muchos días.
Aparece ahora la segunda gran falacia del cristianismo, de las religiones
de la segunda clase: Jesús es el Hijo de Dios porque obra milagros.
En primer lugar, esos “milagros”, correctamente interpretados, son
milagros espirituales, interiores, psicológicos. Poco importa que
contengan o no un fondo de realidad, que se basen o no se basen en un hecho
real. Esos son subproductos.
Los milagros no tienen importancia alguna. El milagro físico
solamente es importante en la medida en que apunta hacia la realidad interior.
En sí mismo es irrelevante.
Jesús no obra milagros y por ello es superior. No. Jesús
hombre, vive una realidad espiritual difícilmente accesible a los
demás y al vivirla, los milagros suceden, surgen a su alrededor
como subproductos. Jesús no busca el milagro.
Y no busca el milagro porque el respeto y la admiración que
surge por acción de un milagro, no es una reverencia sincera, limpia,
no es duradera ni auténtica. Es un respeto mental similar a la admiración
que sentimos ante cualquier personaje del mundo corriente situado por nosotros
ante nuestros ojos en una posición inalcanzable. Es un respeto y
admiración procedente del ego, es un respeto contaminado por la
envidia, por el sentimiento de inferioridad, por la avaricia,...
Tratamos de estar de parte del que es—para nosotros— poderoso. De esta
forma nuestro ego se engrandece, participa de la gloria prestada por el
otro. Quien solamente rinde culto a alguien por sus obras extraordinarias
y en su corazón no siente ni ternura ni loco Amor hacia aquél
al que respeta, está postrándose ante sus propios fantasmas,
ante las proyecciones de sus propios deseos y anhelos de poder no satisfechos.
Jesús preferiría ser comprendido sin milagros —“¡Bienaventurados
los que no vieron y creyeron!” (Jn 20, 24) “Si no viereis señales
y prodigios, no creeréis” (Jn 4, 48)— pero a su alrededor la
gente es obtusa y sólo se inclina ante las manifestaciones físicas
de poder.
Todo el Evangelio es simbólico. Habla de lo espiritual, de lo
real pero intangible, de lo que no pertenece al mundo de la materia. TODO
el Evangelio es la transcripción de algo que no puede expresarse
con palabras y que solamente UNOS POCOS son capaces de comprender. No es
que haya trozos del Evangelio que sean reales y otros ficticios, parábolas.
Todo el Evangelio es una parábola. Una parábola en boca de
alguien que conoce su lenguaje. El lenguaje del corazón. El lenguaje
del ser.
Como sabemos y como veremos repetidamente más adelante, todo
el Evangelio emplea términos físicos para describir a la
gente que solamente conoce lo físico, aquello que no es físico.
Esa gente no vive eso que se quiere describir; por lo tanto solamente empleando
términos que despierten en ellos—evocándolo—un aroma de lo
Inexplicable, podrán acercarse a esa realidad oculta. Pero eso encierra
un peligro: el confundir lo que se utiliza como ejemplo, con lo real.
Cuando uno le dice a su amada “Te comería...” no es que su amada
despierte en él sentimientos e impulsos antropofágicos. Si
una le dice a su amado “estás más bueno que el pan..” no
es que lo haya degustado físicamente... ¡Cuánto más
cuando nos referimos a la quintaesencia de lo inexpresable! Ese amor
cotidiano—de por sí, inexpresable—en relación al “amor espiritual”,
al Amor, es como el grano de arena comparado con el mundo.
En los Evangelios—escritos muchos años después de la
muerte de Jesús—cualquier alimento espiritual, cualquier expe-riencia
interior vivida es CONTINUA E INEXORABLEMENTE descrita como una experiencia
“alimenticia”. El alimento espiritual es presentado con las palabras utilizadas
para describir el alimento físico... que son las únicas que
el hombre corriente tiene a su alcance y de las cuales conoce su significado.
“Satisfacer el hambre... y la sed.... beber,.... comer.... saciar” son
expresiones corrientes y de uso frecuente como veremos. Pero los Evangelios,
y el de San Juan especialmente, no constituyen un breviario gastronómico.
Son intentos de transmitir a la posteridad y a traves de palabras aquello
que sólo es posible conocer viviendo.
Y por eso están condenados a ser tergiversados y mal interpretados.
Cuando leemos a Bécquer hablando de las golondrinas o las madreselvas,
de pianos que lloran, de cielos grises... ¿Tenemos alguna duda de
que él emplea esas palabras para describir estados interiores asociados
a la llegada de las golondrinas, a la exhube-rancia de la madreselva, a
la profunda intimidad del piano...? ¿Acaso no le entendemos? ¿Por
qué entonces confundimos lo que expresan los Evangelios? Son también
pura poesía. La poesía del estado más excelso posible.
¿Qué es el “agua”? ¿Qué es el “vino”? ¿Qué
simboliza el que Jesús sea capaz de transformar el agua—la bebida
corriente—en vino —el líquido embriagador?
Jesús es un intoxicante. Jesús es alcohol puro. Todo
el que se acerca a él se emborracha. Todo el que le “bebe”—y todo
el que “come” de él, como más adelante dirá—entra
en ese estado que, para el hombre corriente, es de intoxicación;
ese estado donde el mundo deja de ser mundo y el hombre penetra en un océano
de paz y felicidad desconocido.
Jesús hombre es el agua; Jesús Dios es el vino. En Jesús,
el agua se transforma en vino. En cualquier hombre el agua puede transformarse
en vino. Todos somos potencialmente capaces de esto. Potencialmente.
En segundo lugar, ¿Qué tiene que ver el que Jesús
sea Hijo de Dios con que uno interprete que es capaz de convertir físicamente
el agua en vino? Eso sólo refleja la capacidad, la calidad
de la mente que lo interpreta.
Para la mente común, barata, para la mente vulgar, lo extraordinario
es lo sublime. Para la mente extraordinaria, para la mente excepcional,
lo corriente es lo sublime.
¿Acaso necesito que mi padre, que mi madre, que mi esposa, que
mi amigo,... sean extraordinarios para amarles, para respetarles? ¿Necesito
lo extraordinario para darme cuenta de lo obvio?
Si abrimos nuestros ojos, todo a nuestro alrededor es un continuo milagro:
el sol que sale cada día, ¿de dónde sale?, ¿por
qué sale?, ¿quién lo ve? Las flores que se abren en
el jardín, la lluvia cayendo en fina cortina, el niño que
nace,... todo es un continuo milagro... si dejamos a un lado las etiquetas.
Cuando dejamos la mente a un lado y nos abrimos al corazón, a cada
paso, constantemente, un diluvio de milagros acontece a nuestro alrededor.
Nosotros somos un milagro, pues ¿qué somos? ¿Quién
es éste que siente y se expresa y razona y sufre y se alegra?
¿Amo a Jesús porque es capaz de hacer juegos de magia?
¿Amo a Dios por lo que es o por lo que sabe hacer? ¿En qué
dimensión estoy? ¿A qué juego?
¿Disminuiría en algo mi imagen interior de Jesús
si supiera que no obró ningún milagro, si supiera con certeza
absoluta que fue un hombre corriente, como yo? Si es así, ¿de
dónde surge pues ese amor que tanto predico? ¿Del miedo,
del temor... de dónde?
Dentro de algunos años, quizás algunos milagros de Jesús,
dejen de ser milagros. Entonces algunos dirán que Jesús fue
alguien corriente; algo adelantado, pero corriente. Pero se equivocarán.
La realidad de Jesús seguirá siendo la misma,... porque
no depende de los milagros. Su realidad es la actualización de nuestra
potencialidad interior, de la conversión de nuestra agua en vino;
de lo que sabemos, en lo que somos.
Jesús purifica el templo
(Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Lc 19,45-46)
2:13 Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió
Jesús a Jerusalén,
2:14 y halló en el templo a los que vendían bueyes,
ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.
2:15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo
a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los
cambistas, y volcó las mesas;
2:16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí
esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.
2:17 Entonces se acordaron sus discípulos que está
escrito: El celo de tu casa me consume.
¿Cómo se reconcilia esto con lo de “...ofrece la otra
mejilla...”?
Solamente puede comprenderse si nos damos cuenta que el reino
de lo espiritual no pertenece a “este mundo”. En el reino de lo espiritual
las reglas del mundo no cuentan: uno puede enfadarse y seguir siendo
lo que es. El reino del espíritu no puede contener modelos, pautas,
reglas, modos de comportamiento del reino de los hombres... o quizás
sí,... solamente uno: seguir el camino de tu corazón.
Pero para esto hay que saber qué es el corazón.
Solamente cuando uno se ha convertido en pura llama, en un arrebato
de amor divino, en un fuego devastador por Dios, solamente entonces se
pueden seguir los dictados del corazón. Sean los que sean, contradigan
normas o no las contradigan. No hay error. Siempre serán pureza.
Y solamente entonces comprendes.
Entonces uno puede enfadarse porque es el enfado. Entonces uno puede
reír porque es la risa. En ese punto, enfadarse o reír no
son actos ni buenos ni malos, no son actos que han de evitarse. Sólo
son actos. Dependerá de lo encadenado que se encuentre el actor
al acto, dependerá de la división entre actor y acto, el
que de ese acto surja el sufrimiento. Si el acto es puro, si uno muere
con el mismo acto, en el instante de la acción, si uno desaparece
en ella sin que luego quede rastro, no hay culpa, no hay fallo, no hay
condena.
No hay ejecutor, sólo acción.
2:18 Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué
señal nos muestras, ya que haces esto?
2:19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo,
y en tres días lo levantaré.
2:20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años
fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?
2:21 Mas él hablaba del templo de su cuerpo.
2:22 Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus
discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron
la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.
Ante un hecho desconcertante, la mente siempre se resiste. Quiere una
explicación.
Si la explicación es satisfactoria, entonces se aplaca y lo
acepta. Pero para que la satisfaga, esa explicación ha de entrar
en su terreno, en lo conocido, en el pasado, en lo muerto. Y aquél
que actúa, lo hace desde el presente, desde su realidad, desde lo
nuevo, desde lo que ve. Sin cristales, sin intermediarios, directamente.
Es un hablar a un sordo. Uno dice A. El otro entiende B. No hay encuentro.
Hasta San Juan, en ocasiones, es arrastrado por las debilidades de
la mente: las explicaciones. Hasta San Juan quiere explicar a Jesús.
Quiere explicar lo inexplicable.
Jesús habla psicológicamente. La destrucción del
templo y de los que hacen de él un mercado es la destrucción
de todo aquello que en el hombre obedece a su naturaleza animal e inferior:
sus pasiones, sus deseos, sus egoísmos, sus arrebatos...
El hombre que vive en la Tierra desconoce su verdadera finalidad, no
se da cuenta de que él es un templo erigido con sublimes fines y
utiliza su cuerpo y su mente como instrumentos de intercambio y satisfacción
de los deseos e impulsos de su naturaleza. Jesús muestra como
acabar con ellos: con valentía, con fuerza, sin miedo,... él
ha expulsado a los mercaderes que habitaban en su interior y ha restituido
su templo a su función original: morada de Dios.
Y les señala que por muchos intentos que hagan por olvidar su
verdadera naturaleza, por tergiversar la auténtica realidad que
son, nunca podrán conseguirlo. Más tarde o más temprano
deberán encarar esa limpieza que todos debemos realizar en nosotros
mismos: la expulsión de todos los traficantes y cambistas que en
nosotros moran.
Jesús conoce a todos los hombres
2:23 Estando en Jerusalén en la fiesta de la Pascua, muchos
creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.
2:24 Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía
a todos,
2:25 y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio
del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.
De nuevo—y ahora por boca del mismo San Juan— se indica que Jesús
no confía en aquellos que creen porque ven las señales que
hace, en aquello que creen “ mentalmente”. ¿Qué necesidad
hay de los milagros para amar, para comprender, para “creer” en Jesús?
Más bien, si alguien “cree” en Jesús porque ve los milagros
que realiza, es mejor no confiar en él. Su “creer” es falso, es
un “creer” de la mente, es una obligación ante lo que ve. No surge
del corazón, no es fe, no es amor, no es auténtico.
El hombre corriente es veleidoso. Cambia como el viento. Hoy a favor,
mañana en contra. Hoy amigo, mañana enemigo. Para aquél
que ha Despertado, eso no importa. Para él sólo existe un
centro, una verdad. Solamente él es real, solamente él es
fiable. ¿Qué necesidad tiene de los demás?
Su relación con ellos es de amor, de compasión.
Él está sólo. Inmensamente sólo. Pero su soledad
es una soledad plena, vasta, reconfortante. Es la soledad del Todo.
7:1 Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea;
pues no quería andar en Judea, porque los judíos trataban
de matarle.
7:2 Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos;
7:3 y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea,
para que también tus discípulos vean las obras que haces.
7:4 Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto.
Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.
7:5 Porque ni aun sus hermanos creían en él.
7:6 Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado,
mas vuestro tiempo siempre está presto.
Todo está calculado, todo está milimétricamente
dispuesto. El Reino del Padre engloba todas las posibilidades. En el Reino
del padre, el tiempo es uno. Pasado, presente y futuro, son una unidad.
Todas las posibilidades e imposibilidades están contenidas en él.
“Acaso no se venden por cinco ases dos pajarillos? Sin embargo
ni uno de ellos queda olvidado ante Dios. Más aun, hasta los cabellos
de vuestra cabeza están contados”. (Lc 12, 6-7)
Y a medida que uno se va acercando a su centro donde todas las cosas
son una, donde están descritos todos los planes, aprende a leer,
cada vez con mayor facilidad, en el libro de la vida.
Todos tenemos en nuestra vida un reloj que nos marca los tiempos, que
acciona los relés de los mecanismos que nos mueven. Hay un tiempo
para cada cosa y una cosa para cada tiempo.
Solamente el que está bajo la ley del accidente, sólo
el que vive descentrado, ejecuta acciones a destiempo. Y con ellas llega
el sufrimiento.
Para aquél que vive su vida en torno a su centro, las acciones
son meros acordes en una armonía perfectamente compuesta. Cada nota,
cada acción, resuena a su debido tiempo. No hay error, no hay falta.
A medida que no interviene el ego, la posibilidad de desarmonizar se va
reduciendo hasta quedar reducida a la nada. Entonces uno se convierte en
la pura melodía que el Todo ha hecho de él.
Nuestra libertad no reside en hacer lo que el ego quiere hacer. Nuestra
libertad es cumplir con aquello para lo que hemos sido diseñados.
En esa libertad cabe la posibilidad del error: impedir esa manifestación.
Aquí es donde ejercemos nuestro libre albedrío cumpliendo
con la voluntad del Todo.
La gente corriente cree que el ejercicio de su libertad reside en hacer
lo que le plazca, pero visto desde la perspectiva superior del Todo, ejercer
la libertad es cumplir con nuestro papel. Es una libertad negativa: podemos
elegir no equivocarnos, pero nunca podremos hacer más de aquello
para lo que hemos encarnado.
Cuanto más libre es uno, más consciente es de la disposición
global que rige su vida y más dispuesto está a asumir el
papel que le ha sido entregado.
Sin prisas, sin exigencias. Relajado.
7:7 No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me
aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas.
7:8 Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa
fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.
7:9 Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.
En el lenguaje de los Evangelios, las palabras “mundo” y “cielo” simbolizan
dos estados de ser. “Mundo” es todo aquello que pertenece al hombre dormido,
al que está muerto, al ego. “Cielo” es el estado en el que uno ha
renacido, en el que uno ha encontrado el sentido de la Verdad al recibir
el Espíritu, es el estado en que uno ha encontrado su “ser”, es
el estado en el que el ego ha muerto.
Desde el punto de vista del “cielo” las obras del “mundo” son “malas”
porque se oponen a que uno encuentre su camino, el camino del cielo interior.
Y “mundo” y “cielo” tienen cada uno su tiempo. En cada ser humano,
el mundo y el cielo ocupan determinados tiempos.
El que sabe leer en el libro de la Vida, conoce los tiempos de cada
cosa. Y cuando un tiempo se ha acabado, se ha acabado. Y cuando un tiempo
aún no ha llegado, no ha llegado. No es some-terse a las cosas,
porque no existe aquél que se somete a ellas. El actor y el drama
son lo mismo. Bailarín y baile. La misma cosa.
En el viaje interior, en el recorrido desde el hombre al Dios, están
marcadas las etapas, las fases. En un momento determinado uno se ha de
retirar del mundo. Pertenece al mundo y ha de independizarse de él.
Se ha de encontrar a él mismo.
Cuando lo haya hecho, llegará el tiempo de volver a él.
Pero todo será distinto. Uno no será, y no siendo podrá
inmiscuirse en todos los asuntos mundanos sin ser manchado por ellos, podrá
sumergirse en el lodo sin ser manchado por el fango. La pureza del loto.
Cada cosa a su tiempo.
Jesús en la fiesta de los tabernáculos
7:10 Pero después que sus hermanos habían subido, entonces
él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino
como en secreto.
7:11 Y le buscaban los judíos en la fiesta, y decían:
¿Dónde está aquél?
7:12 Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud,
pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que
engaña al pueblo.
7:13 Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a
los judíos.
En público, nadie se compromete. En público, expuesto
a la opinión de los demás, el ego se ha de proteger.
En privado es otra cosa. En privado, a solas, sin relacionarse, todos
los hombres son santos, son buenos. Cuando se sumergen en el mundo, los
apegos e identificaciones toman el mando. Uno ha de mantener la falsa estructura
construida con tanto esfuerzo.
Aquél que ha descubierto su cielo puede permanecer entre los
hombres corrientes sin ser visto. No hay mayor dificultad. A lo sumo, alguien
puede intuir algo y sospechar que en aquél hombre concurre
alguna circunstancia en especial. Pero nadie del “mundo” es capaz de reconocer
a uno del “cielo”; y todo el que vive en el “cielo” puede comprender a
cualquiera de los del “mundo”.
7:14 Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo,
y enseñaba.
7:15 Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo
sabe éste letras, sin haber estudiado?
7:16 Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es
mía, sino de aquél que me envió.
Jesús no es, no existe, como ego. Cuando actúa como Hijo
de Dios, cuando es Cristo, su mente desaparece. Sus palabras no son sus
palabras. Son las palabras del Padre, del Todo, que habla por su boca.
Siempre ha sido así con todos aquellos que han alcanzado la condición
de Dios en la Tierra. Todos ellos se convierten en voces que entonan la
misma canción con diferentes melodías.
Y si uno presta la atención adecuada, sin crispaciones, descubre
la belleza del coro, inmensa, embriagadora, fascinante... enalteciendo
aún más la común esencia de lo expresado.
7:17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.
Solamente hay un método para averiguar si uno es un impostor.
Y ese método nos implica totalmente. Nos hemos de comprometer, nos
hemos de involucrar en cuerpo y alma. Hemos de dejar que nos posea esa—débil
aún—fuerza superior que nos impele a averiguar qué somos,
quién somos, qué hacemos aquí.
No vale el dedicar solamente un día, unas horas, unos minutos...
uno ha de dedicarse por entero, a todas horas, en todo momento. En su interior
solamente ha de existir un objetivo: descubrir la voluntad de Dios y acogerla.
Solamente entonces, solamente si nos conocemos a nosotros mismos, podremos
descubrir que la palabra de Jesús no es su palabra; es la palabra
del Padre.
También será la nuestra.
7:18 El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.
El pájaro que cruza el cielo no actúa movido por un razonamiento,
no busca obtener nada. Simplemente vuela.
El árbol que despierta en la primavera, no lo hace porque así
desee hacerlo. Sus hojas brotan sin él saberlo.
Ésta es la forma en que uno actúa cuando no es, cuando
se ha disuelto en el Padre, cuando se ha convertido en un bambú
hueco a traves del cual la Vida entona su tonada.
En eso no hay fallo, en eso no hay gloria. Las cosas son así,
limpias y transparentes. Sin residuos, sin intencionalidades, sin objetivos.
7:19 ¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros
cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme?
7:20 Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién
procura matarte?
7:21 Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y
todos os maravilláis.
Jesús “ve” las ocultas motivaciones de los que le interpelan.
Motivaciones de las que ellos no son ni siquiera conscientes. Jesús
las ve, las palpa.
Hay palabras que proceden del corazón. Son palabras sin doblez,
limpias y sinceras. Hay otras palabras nacidas de la mente. Son palabras
engañosas, que ocultan una intencionalidad, que disfrazan un objetivo,
que enmascaran deseos: venganza, orgullo, envidia, lascivia,... Cuando
las palabras salen de la boca, es fácil identificarlas. Si uno conoce
el origen de sus propias palabras, las palabras de los demás le
resultan obvias. Ve a traves de ellas. Sabe de dónde proceden. Y
no evalúa, no juzga. Simplemente testifica.
El hombre corriente, el hombre que vive en el “mundo”, teme al hombre
del “cielo” porque ese hombre representa para él una amenaza: la
amenaza de lo desconocido. El hombre de espíritu, el hombre del
“cielo” es la muerte para el hombre del “mundo” y éste al presentirlo,
trata de defender su podrido tesoro a toda costa.
¡Ay si sólo por un instante viera aquello que tan obstinada-mente
trata de salvaguardar! ¡Si por un solo instante pudiera oler su hedor;
si pudiera gustar su verdadero sabor, su amargura; si pudiera ver su fealdad,
el auténtico rostro de la podredumbre!
7:22 Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no
porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de
reposo circuncidáis al hombre.
7:23 Si recibe el hombre la circuncisión en el día
de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os
enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente
a un hombre?
7:24 No juzguéis según las apariencias, sino juzgad
con justo juicio.
Los hombres viven inmersos en un universo enmarcado, viven la letra
de las escrituras, viven para perpetuar la forma de la Verdad, no su sentido
profundo. Son incapaces de comprenderla.
El hombre muerto, el que vive sólo la letra de la Verdad, crea
limitaciones excluyendo porciones del Todo y vive creyendo que ese
ínfimo pedazo es lo verdadero.
Limita lo ilimitable para poder aprehenderlo. Simplifica, reduce, constriñe
y vive en un universo de apariencias triste y finito.
Es muy sencillo exponer la inmensa contradicción en que vive
sumergido el hombre del “mundo”, el hombre-ego. Pero solamente aquél
que está fuera, aquél que vive en el Todo, puede verlo, puede
abarcarlo.
El hombre de ego es corto de vista, solamente ve a una cierta distancia.
Más allá, no existe nada. Por esto no se mueve: para no caer
y despeñarse.
Prefiere no moverse limitándose a lo que sus ojos alcanzan.
Vive preso de su propia mente. Vive inmerso en su universo virtual, ficticio,
donde todo encaja, donde todo puede ser explicado. Vive en el universo
de las palabras, de la lógica, de lo racional. Un universo escindido,
desgajado del Todo; un universo que ha perdido contacto con lo Real.
¿Es éste el Cristo?
7:25 Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No
es éste a quien buscan para matarle?
7:26 Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada.
¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste
es el Cristo?
7:27 Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga
el Cristo, nadie sabrá de dónde sea.
7:28 Jesús entonces, enseñando en el templo, alzó
la voz y dijo: A mí me conocéis, y sabéis de dónde
soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es
verdadero, a quien vosotros no conocéis.
7:29 Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él
me envió.
7:30 Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó
mano, porque aún no había llegado su hora.
7:31 Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían:
El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales
que las que éste hace?
El relato de Juan vuelve una y otra vez a incidir en lo mismo: Jesús-hombre
actúa como mensajero, como canal, del Jesús-Cristo, del Jesús-Dios.
Y para que Jesús-hombre desempeñe ese papel es necesario
que haya desaparecido como ego. Éste es el mensaje de los Evangelios:
el hombre ha de morir como ego para poder nacer como Dios. Ha de oír
y conocer la palabra, la Verdad, para después entregar su comprensión
y someterla al espíritu.
Jesús no es más que el ejemplo vivo para todos nosotros.
Lo que él hizo, el camino que recorrió, es el camino que
todos hemos de recorrer, porque es el camino del hombre sobre la Tierra.
Jesús no vino para mostrarnos la superioridad de un Padre Todopoderoso
ante el que uno se ha de postrar lleno de temor, respeto y adoración
obligada, sino para ser un ejemplo vivo de cómo convertirnos en
Hijos de otro Padre que vive en una tierra desconocida. No se cansa de
repetirlo,
“Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios
y la ponen en práctica”( Lc 8,21)
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Jn,
6,54)
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12)
En este Evangelio, San Juan trata de transmitirnos esta vivencia. Todos
podemos convertirnos en Cristos si comemos de su carne y bebemos de su
sangre, si emprendemos el camino que él emprendió y nos comprometemos
como él lo hizo.
Los fariseos envían alguaciles para prender a Jesús
7:32 Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas
cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles
para que le prendiesen.
7:33 Entonces Jesús dijo: Todavía un poco de tiempo
estaré con vosotros, e iré al que me envió.
7:34 Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo
estaré, vosotros no podréis venir.
7:35 Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde
se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a
los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos?
7:36 ¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis,
y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis
venir?
San Juan transmite el espíritu vivo de Jesús. Son palabras
enigmá-ticas, pero preñadas de significado para aquél
que tiene oídos. El que no los tiene o los tiene solamente sintonizados
con lo mundano, lo interpreta como un presagio de muerte y ascensión
al cielo.
Figuras terrenas, interpretaciones de la mente.
El que tiene abiertos los oídos lo interpreta como el verdadero
mensaje del que tratan todos los Evangelios: la muerte del hombre para
renacer definitivamente como Dios, la muerte del ego para renacer como
Vida.
Esta muerte es una muerte mientras se vive con el cuerpo físico.
No es la muerte del cuerpo físico, sino la del ego que lo habita.
“Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo
estaré, vosotros no podréis venir” La mente del hombre corriente
interpreta que se habrá ido de este mundo, que habrá entrado
en otra dimensión. Sí, esto es cierto, pero esta es una dimensión
simultánea a la vida, es una dimensión a la que se accede
mientras uno vive. Para esto encarnamos en un cuerpo, para realizar esta
transición estando vivos. No después de muertos.
Entonces nada sirve ya de nada.
Ríos de agua viva
7:37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús
se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga
a mí y beba.
7:38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior
correrán ríos de agua viva.
7:39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir
los que creyesen en él; pues aún no había venido el
Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún
glorificado.
Misteriosas palabras a las que nos hemos acostumbrado. Son ya una etiqueta
y recitamos su significado de memoria.
Pero, ¿qué es lo que hemos de beber de Jesús?
¿Cuál es esa sed de la que habla? ¿Qué son
esos ríos de agua viva que fluirán dentro de aquél
que “crea”?
Todo encaja. Los Evangelios son un rompecabezas que únicamente
puede hacer encajar aquél que conoce la clave. En ellos no hay nada
que haga referencia al mundo exterior, no hay una sola acción exterior
que pueda conducir a obtener esa condición de Hijo de Dios mediante
una acción externa a nuestra piel. Todo en ellos se refiere a lo
invisible, a lo no enmarcable, a lo inexpre-sable, a lo interior, a nuestro
universo psicológico. Y eso es desconocido para casi todos. Por
eso tanta tergiversación, por eso tanta locura.
Uno tiene “sed” cuando para él no existe ya nada en el mundo
físico que le satisfaga, cuando ya lo ha probado todo: honores,
poder, riqueza,... y se sigue encontrando vacío. Esa “sed” es ese
vacío existencial. “Sed” es sinónimo de insatisfacción
vital, es encontrar insuficiente todo lo que el mundo nos ofrece, es puro
desespero por un algo desconocido, es arder en un invisible fuego interior
que nos devora. Cuando uno se encuentra en esta condición, tiene
“sed”. Y para apagar esta “sed” ha de “beber a Jesús”.
San Juan lo comprende, por eso lo transmite en sus escritos. “Beber
a Jesús”, es convertirnos nosotros mismos en Jesús, vivir
lo que Jesús vivió, no es cumplir con rituales sin vida.
¿Cómo podemos vivir absolutamente “algo”, comprender y ser
ese “algo” con todo nuestro ser, solamente cumpliendo con ciertos rituales?
Si fuera así, estaríamos todos salvados. Podríamos
ser Jesús comprando la receta en el estanco. Esto es lo que la Iglesia
ha estado haciendo. Se ha constituido en dispensadora de la mágica
medicina que a todos cura. Sin esfuerzo, sin comprensión, sólo
diciendo “soy cristiano”, “creo en Jesús Hijo de Dios”. Ya está.
Todo resuelto. Un poco de protocolo, un reconocimiento de lo aceptado y
se acabó. Estamos salvados.
Y entonces, ¿por qué sigues siendo tan desgraciado? ¿Por
qué sufres tanto interiormente? ¿Por qué la vida de
tantos y tantos que conocemos es tan miserable?
Evidentemente uno no puede seguir a Jesús de la forma en que
pregona la Iglesia, porque en primer lugar, la Iglesia dice que nunca podrás
ser Jesús; siempre serás inferior a él. Sólo
a traves de su magnanimidad podrás salvarte. ¿Ves el absurdo?
¿Ves la contradicción? Te crean el problema, tú te
lo crees y luego te dicen que no hay solución, que sólo podrás,
a lo sumo, ser una burda imitación. Nadie te dice que Jesús
fue un día igual que tú y que sólo accedió
a la condición de Cristo tras un larguísimo camino. Es difícil,
pero no imposible. Él lo hizo. Pero ellos no lo saben, ni quieren
saberlo.
La pregunta correcta es: ¿Cómo puedo ser yo un Cristo?
¿Cómo podemos todos convertirnos en él?
Unicamente es posible si en nuestro corazón se ha despertado
un intensísimo amor por lo que nos trasmite su palabra. Ésa
es la condición fundamental. Solamente si los Evangelios despiertan
en nuestro interior una pasión devastadora que nos incita a la acción
sobre nosotros mismos, beberemos a Jesús. No basta con ir a misa,
cumplir con los deberes y obligaciones cristianos, no basta con pensar
en ello. En realidad, eso no tiene nada que ver con “comer y beber” a Jesús.
Son sólo normas, reglas, mandamientos, impuestos por aquellos que
no viven la vida de Cristo y que tratan de penetrar su mensaje desde el
exterior, codificándolo y convirtiéndolo en una receta para
poder así administrarla. Eso es sólo un sistema para adquirir
poder, es un mecanismo del ego para reafirmarse.
Pero tampoco podemos hacer nada para vivir a Jesús, para provocar
esa pasión devastadora. Eso llega como un regalo del Padre, una
gracia del Todo. Y no todos obtienen esa gracia.
Y no obstante, ésa sigue siendo la única forma. Hemos
de descubrir cómo—a pesar de esa imposibilidad—beber a Jesús,
qué hay que hacer para beber su sangre y comer su carne, para ser
Jesús mismo y vivir lo que él vivió. Si lo logramos,
entonces recorreremos el camino que él recorrió y podremos
sentir en nosotros esa corriente de agua de vida, ese manantial que apaga
todos los fuegos, esa fuente de felicidad de la que nos habla.
Las interpretaciones yerran. Creer en lo que se dice, no sirve de nada.
Creer a secas no basta. Hemos de sentir este impulso que—al igual que el
enamoramiento—nos arrebata y nos lanza a conocernos interiormente.
Y entonces iniciaremos un largo camino, un infinito camino, del que
quizás, algún día, descubramos que no tiene final.
División entre la gente
7:40 Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían:
Verdaderamente éste es el profeta.
7:41 Otros decían: Éste es el Cristo. Pero algunos
decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?
7:42 ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de
la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?
7:43 Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él.
7:44 Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le
echó mano.
Una y otra vez la mente siembra la duda. Trata de mantener lo podrido
y construir con ello lo nuevo y sano. Todo ha de encajar, las escrituras
han de ser respetadas... pero ¿quién las interpreta?
Las escrituras, la Verdad, es interpretada por la mente y entonces
se convierte en instrumento del ego. En realidad, la Verdad es un instrumento
maligno en manos del ego. Se desnaturaliza y pervierte.
Solamente puede ser útil sometida al Espíritu, al Ser.
Y el ego es la ausencia del Ser. El ego es el estado previo al Ser, como
el gusano lo es de la mariposa. Solamente cuando el gusano desaparece convirtiéndose
en crisálida, nace la mariposa.
¡Nunca ha hablado hombre así!
7:45 Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los
fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis
traído?
7:46 Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno
ha hablado como este hombre!
7:47 Entonces los fariseos les respondieron: ¿También
vosotros habéis sido engañados?
7:48 ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes,
o de los fariseos?
7:49 Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.
7:50 Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual
era uno de ellos:
7:51 ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le
oye, y sabe lo que ha hecho?
7:52 Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también
galileo? Estúdialo bien y verás que de Galilea nunca
ha nacido ningún profeta.
La mujer adúltera
7:53 Y cada uno se fue a su casa;
Cuando uno se ha adentrado en su camino interior, cuando uno se ha descubierto
como Hijo de Dios, los demás, desde el exterior, se sienten incómodos.
No aciertan a saber por qué, pero le encuentran extraño,
diferente, raro.
Y luego surgirá el miedo—porque un hombre así aniquila
su ficticia paz—y ellos se sentirán atacados. Y entonces tratarán
de defenderse como puedan.
Su mente, creadora de su universo ficticio, crea también imaginarios
enemigos y urde caminos para desembarazarse de esos peligros virtuales.
Capítulo XI
Y Jesús se fue al Monte de los Olivos
8:1 y Jesús se fue al monte de los Olivos.
¿Qué es el Monte de los Olivos? ¿Dónde está?
El monte de los Olivos es un espacio interior del que todos disponemos.
El Monte de los Olivos reside dentro de nosotros. Físicamente puede
estar en cualquier parte... porque lo llevamos en nuestro interior.
Exteriormente uno lo tendrá en su dormitorio, otro en su jardín,
otro en un rincón de una plaza,... eso no tiene importancia. Cada
Monte de los Olivos sólo es Monte para aquél que acude a
él. Y acudir al Monte, es refugiarnos en nuestro interior, penetrar
en nuestro íntimo santuario. Es una acción sin acción,
es un ejercicio invisible a los ojos de los demás.
Cuando uno necesita contactar profundamente consigo mismo, con su ser
interior, con su Padre, acude al Monte de los Olivos, a este Monte intemporal,
oculto en nosotros mismos. Allí obtiene fuerza, claridad, comprensión,
paz. Allí nace el silencio, fuente de nuestra vida.
Descubrir nuestro Monte de los Olivos es una tarea esencial, importantísima,
y nos hemos de aplicar a ella con plena dedicación. Hacerlo vale
la pena.
8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida
en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto
mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales
mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle.
Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra
con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les
dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar
la piedra contra ella.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió
escribiendo en la tierra.
8:9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia,
salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los
postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino
a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te
acusaban? ¿Ninguno te condenó?
8:11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le
dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.
Maravilloso pasaje. Sobrecogedor.
En torno al hombre-Dios, los hombres-mente le tienden trampas, tratan
de descubrir en él un fallo; quieren cazarle, aniquilarle.
Creen tener un as: la Verdad de las escrituras. Pero es un falso as.
La Verdad sin la comprensión que otorga el Espíritu, se convierte
en causa de error. La Verdad sin el ser, sin el espíritu, sin la
comprensión, no sirve de nada.
Y el hombre-Dios—el hombre que reúne en sí mismo Verdad
y Ser, letra y espíritu—acude a su Monte de los Olivos, se recoge
en sí mismo, se relaja y con gesto natural y la mirada vuelta hacia
su propio interior, en cuclillas, esboza unos dibujos en la arena del suelo.
Al rato, en ese silencio, levanta sus ojos, y de su boca fluyen las
palabras adecuadas. Dulces y certeras. Se acabó. De aquellos otros,
no queda nada.
La paz interior traducida en palabras, el silencio profundo desbordado
en el habla.
Silencio.
Claridad.
“E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo
en la tierra”.
Jesús, la luz del mundo
8:12 Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Está claro. “...el que me sigue...”, el que recorre el camino
que yo estoy recorriendo, el que sigue mis pasos y pisa el terreno que
yo piso. Ése será el que tendrá la luz de la vida,
el manantial de agua clara.
Pisar sus huellas, andar su camino.... desde una cómoda posición,
con un simple gesto de aceptación de su palabra, viajando mentalmente,
no nos valdrá.
Hemos de ponernos en marcha. Y ponerse a andar significa estar dispuesto
a sentirse cansado, estar dispuesto a fatigarse, a sentirse hambriento,
desmoralizado,... a asustarse ante lo que uno descubre de sí mismo,
en su propio interior. Es estar dispuesto a cambiar, a rectificar, a abandonar
aquello que va muriendo en nosotros día a día y elegir el
nuevo tallo, la nueva savia, la nueva verdad. Es estar dispuesto a emprender
la tarea suprema: limpiarse uno mismo. Es querer morir a la única
vida que conocemos.
Pero no hay otra forma. Muchos caerán por el camino... pero
se levantarán antes o después y seguirán. Esta es
la partitura de la Vida, ésta es la canción de la Existencia.
8:13 Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca
de ti mismo; tu testimonio no es verdadero.
8:14 Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio
acerca de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé
de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis
de dónde vengo, ni a dónde voy.
8:15 Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo
a nadie.
8:16 Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo,
sino yo y el que me envió, el Padre.
8:17 Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos
hombres es verdadero.
8:18 Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre
que me envió da testimonio de mí.
Palabras inexplicables para los oídos del hombre corriente. Hablan
de otro mundo, de esa dimensión desconocida.
El hombre corriente confunde la sinceridad con el orgullo, con la falta
de humildad. El hombre del “mundo” solamente puede comprender las cosas
desde el nivel en que está. Y en su nivel solamente existe eso:
orgullo, envidia, celos, ira, venganza, desconfianza, temor,...
El hombre corriente vive sumido en esas tinieblas, comparte mantel
y mesa con esos únicos compañeros que conoce. Nunca ha sentido
posarse en su hombro la mano del amor, de la sinceridad, de la paz, de
la honestidad, de la compasión, de la comprensión. Desconoce
su tacto.
Y juzga a los demás según lo que en él mismo siente.
Mide a los demás con la única vara que conoce.
Y entonces yerra.
Cuando descubrimos quién somos, alcanzamos la paz. Por lo general,
creemos que somos lo que las palabras etiquetan: un nombre, una posición,
una historia, unas capacidades... Eso no somos nosotros. Todos nosotros
somos lo mismo y descubrir eso es sentir “... sé de dónde
he venido y adónde voy..” Uno se descubre como hueco, como vacío,
como un espacio receptivo a mil formas, como una oquedad moldeable según
mil disfraces.
“...Vosotros juzgáis según la carne...” La mente sólo
ve la forma, no el contenido. Juzga según lo exterior, según
sus preferencias, atendiendo a lo obvio y despreciando lo oculto. El que
se conoce a sí mismo no juzga, solamente da testimonio; sin juicios,
sin valoraciones, sin preferencias.
“...porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió,
el Padre...” Jesús sabe que en él confluyen dos misterios:
el misterio de ser hombre y habitar un cuerpo, y el misterio de ser Dios
y vivir en el Todo. Simultánea e invisiblemente.
Imposibilidad de expresarlo adecuadamente en palabras. Solamente el corazón
y la propia experiencia pueden captarlo. Uno se siente libre, sin restricciones,
sin impedimentos. El ego murió y el alma vuela libre en los espacios
del Padre.
8:19 Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre?
Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a
mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.
8:20 Estas palabras habló Jesús en el lugar de las
ofrendas, enseñando en el templo; y nadie le prendió, porque
aún no había llegado su hora.
Los hombres buscan al Padre en el exterior. Sólo conocen el exterior.
Nunca han viajado hacia su propio interior. Y por tanto le buscan—buscan
a eso que entienden como “Padre—en el único lugar que conocen: en
el exterior de su piel.
Tratan de encontrar fuera de ellos indicios para reconocerlo, y sin
embargo, si se encuentran por azar delante de otro Hombre-Dios se cierran.
No reconocen en él a ese Padre que buscan. ¡Qué tremenda
paradoja! ¡Buscar sin tener ojos para ver! ¿Cómo llegar
a lo infinitamente distante si ante lo próximo estamos ciegos?
Creemos en ídolos lejanos, en hombres que ya no viven, en personajes
perdidos en el tiempo... y no vemos al que tenemos al lado, no amamos al
que está junto a nosotros, cerramos los ojos ante la evidencia del
Hombre-Dios que tenemos por vecino.
Buscamos lo grande, lo atrayente, lo fascinante: tierras lejanas, gurús
de extraña apariencia, libros secretos,... y despreciamos lo que
la Vida pone a nuestro lado, lo que nos merecemos, lo que hemos de hacer.
Si no sabemos quién es el Padre, ¿cómo podemos
reconocerlo? Si desconocemos sus características, ¿en qué
nos basamos para empezar a buscar? ¿En base a qué descartamos
y seleccionamos? ¿Qué nos hace suponer que no
es aquél que está junto a nosotros? ¿Por qué
no puedo empezar suponiendo que el Padre está en mí, que
yo soy él?
La mente crea barreras que, a modo de cortinas, nos impiden ver la
luz. Vivimos rodeados de un inmenso telón que todo lo vela. Vivimos
encerrados en una cúpula opaca que constantemente crea nuestra mente.
Es un espacio seguro, pero sin vida; un tubo de ensayo en el que se reproduce
la vida bajo condiciones restrictivas. No es la Vida la que vivimos, sino
una vida limitada y confusa, desfigurado reflejo del Todo.
8:21 Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis,
pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis
venir.
8:22 Decían entonces los judíos: ¿Acaso se
matará a sí mismo, que dice: A donde yo voy, vosotros no
podéis venir?
¡Hay tantas interpretaciones! ¡Hay tantas lecturas! A los
ojos del que no ve, parece un juego de magia, “¿Acaso desaparecerá?”
Uno puede estar delante de ti y tú no ver nada. Tú te
crees que ves, que oyes, que sientes, pero no ves, ni oyes, ni sientes
nada.... Tu mente es la que interpreta y te guía según sus
recuerdos. De lo real no percibes nada.
¡Es tan simple y a la vez tan complicado!
Las palabras no pueden explicarlo: ver y no ver nada; oír y
no oír nada; vivir y no vivir nada. ¡Estar muerto en vida!
“... a donde yo voy, vosotros no podéis venir”. ¿Qué
quería decir Jesús? ¿Adónde se dirigía?
Jesús había encontrado el camino que conduce hacia el
interior de uno mismo, a ese lugar en donde nadie excepto nosotros, puede
entrar. Sabía cómo entrar en su santuario. Y allí
se iba.
Los demás no sólo no podían seguirle, sino que
ignoraban completamente a qué se refería. El “ir” de Jesús
es un “ir” en el que no existe la necesidad de moverse ni en el espacio
ni en el tiempo. No hay que esperar a la muerte. Jesús no habla
de ir a ningún lugar tras morir. Nadie que sepa, ha hablado nunca
de eso. Solamente existe un lugar aquí mismo, ahora mismo, en el
que nadie puede encontrarte, al que nadie puede seguirte. Sólo tu
puedes penetrar en él.
Allí se dirigía Jesús. A su Monte de los Olivos.
A la soledad del ser. Al encuentro del Padre.
Los demás se quedarán en donde están. En su “pecado”.
“Pecado”, es para Jesús, para el que sabe, seguir dormido, muerto
en vida. “Pecar” es dirigir la vista hacia el exterior. “Pecar” es ser
todavía inexperto, joven,... es vivir en la mitad exterior del todo.
El que “peca” está “muerto”, pero ni “pecar” ni “morir” son acciones
físicas. Son acciones psicológicas que nos excluyen del reino
de lo intangible, del reino de Dios.
8:23 Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros
sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
8:24 Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque
si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.
La distancia es inmensa. Palabras deformadas por la lejanía.
Lejanos murmullos indescifrables. “...Yo soy de arriba y vosotros sois
de este mundo...”
¿Qué quiere decir?
Jesús emplea palabras corrientes, pero su significado solamente
es comprensible para aquél que conoce su lenguaje. No puedes acercarte
a Jesús desde la mente del hombre corriente. Y si así lo
haces, tergiversarás lo dicho en función de tu propio nivel.
Para todo el que sabe, “abajo” equivale a “exterior” a “mundo”; “arriba”
equivale a “interior”, a “espíritu”. Fuera de nuestra piel está
el universo objetivo; abajo. Dentro de nosotros está el mundo
subjetivo; arriba.
Quedarse “abajo” sin tratar de ir “arriba” es “pecar”. Y aquél
que “peca”, aquél que se obstina en vivir solamente la porción
tangible, está “muerto”.
Para penetrar en ese lenguaje se ha de conocer la Verdad, el Agua,
y se ha de haber contactado—al menos una vez—con el Espíritu,
con el Ser. Se ha de haber atravesado el mundo de la forma y haber descubierto
el mundo del noúmeno, de lo oculto, de aquello que provoca la manifestación
de lo externo.
Pero con la mente—el único instrumento que nos han enseñado
a utilizar—sólo se puede ver lo aparente, lo físicamente
tangible. Traduce “arriba” por “cielo” y “cielo” por “lugar que se alcanza
como recompensa tras morir”. El “yo no soy de este mundo” es interpretado
como si fuera un mundo diferente ubicado en otro espacio físico
y al que únicamente se puede acceder tras haber dejado el cuerpo.
¡Burda estratagema para mantenernos donde estamos!
Y uno es incapaz de ver que el “arriba” está aquí mismo,
en este mismo instante, ahora mismo. El “otro mundo” está aquí
y ahora, en nosotros, delante de ti, dentro de ti.
¡Búscalo! ¡Ponte en marcha!
8:25 Entonces le dijeron: ¿Tú quién eres? Entonces
Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho.
8:26 Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el
que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él,
esto hablo al mundo.
8:27 Pero no entendieron que les hablaba del Padre.
Nadie Realizado, nadie que haya descubierto en sí mismo su condición
de Dios, se atribuye nada. No puede.
Sabe que él no existe y que sólo Dios existe. Él
es sólo una película, un film, en manos del Director. Un
personaje a traves del cual el pensamiento—la mente del Creador—se expresa.
Uno sólo puede repetir lo dicho, el eterno mensaje, el mensaje que
se repite desde el inicio del tiempo: sólo el Padre existe. Nosotros
tan sólo somos pensamientos en la mente del Padre.
8:28 Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado
al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo soy, y que nada hago
por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre,
así hablo.
8:29 Porque el que me envió, conmigo está; no me ha
dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.
8:30 Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.
Cuando Jesús habla sus palabras surgen de su centro más
interno, del centro del universo. Y al golpear en el oyente tienen la capacidad
de filtrarse hasta lo más profundo, porque el oyente, las palabras
y el que las pronuncia, no son más que la misma cosa.
Uno ha de haber limpiado previamente la mente, ha de haberse desembarazado
de todos los obstáculos interiores, ha de estar receptivo a cualquier
llamada, venga de donde venga, surja de donde surja. Si nos encontramos
en esta condición, cualquier reflejo del Todo podrá hacer
brotar en nosotros las lágrimas del corazón, la respuesta
de nuestro ser.
“Levantar al Hijo del Hombre” es convertirlo en Hijo de Dios, es hacer
elevar nuestro espíritu humano a la condición de espíritu
divino, es recorrer el camino que nos separa del reconocimiento de nuestro
auténtico ser. Solamente cuando descubramos quiénes
realmente somos podremos comprender a Jesús, podremos conocerle.
Solamente encontrando nuestro Cristo en nosotros, descubriendo el Cristo
potencial que somos, nos daremos cuenta de que no somos nada; tan sólo
briznas de paja movidas por el viento del Padre.
“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis
que Yo soy”.
La verdad os hará libres
8:31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían
creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis
verdaderamente mis discípulos;
8:32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
Maravillosas palabras “...y conoceréis la verdad, y la verdad
os hará libres”.
Sólo con conocer la Verdad... pero ¿qué es “conocer”
la Verdad?
Este “conocer” es vivir en nosotros mismos, es sentir en todo nuestro
ser esa Verdad. Es ser nosotros mismos esa Verdad porque la comprendemos,
porque la hemos descubierto en nuestro interior. Ese “conocer” es hacerla
carne de nuestra carne, es sentirla rezumar a traves de todos nuestros
poros, es exhalar el aroma de esa Verdad a traves de todos nuestros actos.
Y, ¿cuál es esa Verdad? ¿Dónde está
esa Verdad? ¿Dónde buscarla?
En realidad, la Verdad—de la cual la Verdad de las escrituras, “mi
palabra”, es solamente un intento de plasmar y fijar aquello que no puede
delimitarse—está en todas partes. La vida rezuma Verdad constantemente;
vivir es la Verdad. La tienes cerca, muy cerca de ti.... porque la Verdad
eres tú mismo. Tu Verdad eres tú. Has de buscar en ti.
Y para buscar en ti no necesitas ni moverte, ni desplazarte, ni hacer
nada. Solamente has de prestarte atención a ti mismo. Has de mantener
una serena y constante atención sobre ti, sobre todos tus actos,
sobre todos tus pensamientos, sobre todas tus emociones, sobre todo lo
que crees ser.
No has de tener misericordia de ti mismo, has de ser veraz y auténtico
contigo mismo. Has de ir descubriendo poco a poco eso que crees que eres
y has de ver que realmente eso no eres tú.
Has de ir quitando más y más cosas, más y más
impedimentos, más y más obstáculos, hasta que todo
aquello que no eres desaparezca en el vacío.
“Nada hay externo al hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo;
son las cosas que salen del interior las que lo contaminan” (Mc 7, 15)
Lenta, pero constantemente, sin importarte el tiempo, ni el no ver,
ni el no sentir nada. Sólo observando, observando, observando...
siempre.
8:33 Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?
Uno habla en ruso y el otro habla en chino. Diálogo de besugos,
conversación entre sordos. ¿De qué sirve hablar a
gente así?
“¿Esclavos? Nunca lo hemos sido...” Y no has sido otra cosa.
Una simple máquina programada al servicio de los que te rodean,
del status quo... sin saber quién eres, sin saber qué haces
aquí, ni adónde vas, ni de dónde vienes,... solamente
un eslabón en una infinita cadena humana, alguien que un día
aparece y otro día se va, sin ni siquiera plantearte nunca quién
eres.
Naciste un día sin que nadie te preguntara si querías.
Morirás un día, sin querer morir. ¿Y dices que no
eres un esclavo? ¿Y dices que eres libre? ¿Quién eres?
¿Qué eres?...
”..¿esclavos?... jamás hemos sido esclavos de nadie...”
8:34 Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo,
que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.
8:35 Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí
queda para siempre.
¿Quién comprende estas palabras? ¿Quién
se atreve a interpretarlas?
“Pecar” no es ni matar, ni fornicar, ni mentir, ni robar,... no. “Pecar”
es elegir aquello que en nosotros es falso, es seguir los dictados del
ego, es revenciar todo aquello que nos aparta del camino hacia el Reino
de Dios.
Y ése camino es un camino interior hacia lo que somos, porque
ser Hijo de Dios es simplemente descubrir lo que realmente somos. “Pecado”
es toda atadura, ligazón, dependencia o necesidad psicológica
que pueda existir entre nosotros y nuestras acciones. Mientras haya en
nosotros una intencionalidad, un apego, en pro o en contra de lo que hagamos,
digamos o pensemos, pecaremos.
“No pecar” no es dejar de cometer una serie de acciones que figuran
en un determinado listado. Esto es un “no pecar” social. Socialmente, puede
que sea pecado robar, mentir, odiar,.... pero no existe ningún Reino
de Dios en lo social. Lo social es necesario para vivir en el mundo. Para
nada más. Con dejar de hacer aquello que es socialmente condenable,
puede que logremos vivir en una sociedad mejor, más “suave”, pero
no llegaremos al Reino de Dios.
El que “... hace pecado...”, es aquél que mantiene una
relación de “ejecutor” respecto a todo lo que hace, es el que vive
bajo la ilusión del ego, “el esclavo”. Y al vivir creyendo que somos,
al vivir creyendo que tenemos una existencia independiente como ser humano,
procuramos el bien de ese falso ente, del “esclavo”, con lo cuál
introducimos la intencionalidad, la madre de lo no natural.
El ser Hijo de Dios, el vivir en el Reino del Cielo, es sentir que
no somos, que en nosotros no hay nadie que haga nada. Y no es solamente
“creerlo” como teoría; es vivirlo como práctica.
Mientras “yo” sea, Dios no existirá en mí. Cuando “yo”
muero, Dios surge en mí como Hijo. Me convierto en el reflejo consciente
del Padre.
Mientras el ego, el “esclavo”, sea el que vive en mí, todas
sus acciones estarán encaminadas a protegerse a sí mismo
y perpetuarse; de ellas derivarán todos mis “pecados”. El ego solamente
puede vivir en la mentira para conmigo mismo, en el odio a una parte de
mí mismo, en la avaricia por engrandecerme, en la soberbia y el
orgullo respecto a lo que creo que soy, en...
Si me abro camino—un camino psicológico—a traves de todas esas
sombras, descubriré que son... sólo sombras, fantasmas. Me
daré cuenta de que solamente existían porque no había
luz. Cuando las ilumino, desaparecen.
El ego es la apariencia que adopta el conjunto de las tinieblas de
mi consciencia. Cuanto más consciente sea, cuanta más luz
arroje sobre mí mismo, menos sombras podrá haber y por tanto
la falsa apariencia del ego se irá debilitando.
Y con este debilitamiento, empezaré a vislumbrar el “camino”,
el despejado camino hacia esa intuición de “lo que soy”, hacia el
Reino de Dios. Dejaré de ser “esclavo del pecado” y podré
ver como se cumple “... el esclavo no queda en la casa para siempre; el
hijo sí queda para siempre”
8:36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente
libres.
8:37 Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis
matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.
8:38 Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis
lo que habéis oído acerca de vuestro padre.
Es increíble cómo estas palabras han sido repetidas durante
dos mil años por gentes que no comprenden nada sobre su significado.
Y han hecho de ellas bandera y señal.
La gente de la Iglesia actual—todos, o casi todos—está en la
misma situación que Jesús critica, “y vosotros hacéis
lo que habéis oído acerca de vuestro Padre.”
Todo el mundo habla de oídas. Nadie se preocupa por descu-brir
la vivencia, lo que ocultan las palabras. Nos convertimos en magnetófonos,
en loros repitiendo palabras que para nosotros no tienen sentido. Suenan
bonitas. Bello decorado..
Así nos lo han enseñado, así nos han “educado”,
así nos han programado: a hablar de oídas, a ser correveidiles.
De esta forma entendemos que la liberación es una “liberación”
exterior, que es algo que sin acción alguna de nuestra parte nos
liberará de todo sufrimiento, que “el Hijo que nos ha de libertar”
es alguien con apariencia física de hombre— otro ser que, a modo
de libertador, nos entregará el tesoro perdido.
... y así vivimos contentos y felices... soñando.
Sois de vuestro padre el diablo
8:39 Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús
les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.
8:40 Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que
os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham.
8:41 Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces
le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos,
que es Dios.
8:42 Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios,
ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido;
pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.
Es fácil para aquél que sabe, identificar al que tiene
enfrente. Si nuestra filiación es divina, nuestras obras serán
divinas. Esto no implica que hayan de ser reconocidas por todos, por el
mundo. Quizás el mundo las rechace, las condene, pero todo aquél
que tenga abierto el ojo del corazón las distinguirá.
Y distinguirlas es sencillo: toda obra que tienda a lo cerrado, a la
exclusión, a lo rígido, no proviene del Padre. Toda obra
fundamentada en lo Divino posee el aroma de la libertad. Es una obra que
no implica, que no obliga. Es como el canto del pájaro. El que quiera
puede escucharlo; el que no quiera puede cerrar la ventana... o matar al
pájaro.
Si uno se siente ofendido por las palabras de otro—indepen-dientemente
de que aquél otro esté o no esté limpio—ha de mirarse
en su propio interior, porque el sabor del sentirse ofendido, el regusto
del sentirse infravalorado, es la indicación de la propia suciedad.
Cuando en su interior uno entra en contacto con una zona en la que reina
el ego, el sabor de la ofensa está allí, presto a manifestarse.
En realidad nadie que esté limpio, que sea Hijo del Padre, puede
sentir en sus carnes la división que supone vivirse orgulloso, rencoroso,
envidioso, odiando,.... porque es condición sine qua non que esa
división entre lo que uno siente que es y eso que cree ha de ser,
haya desaparecido.
Quizás en el trayecto hasta convertirnos en Hijos del Padre
encontremos zonas desconocidas de nuestro ser en las que aún habitan
estos truhanes. Entonces uno ha de aplicarse diligente-mente a la tarea
de observarse como si de otro se tratara. Ha de enfocar en esa situación
su serena atención, sin huir de ella, sin justificarla, sintiendo
en su interior el fuego devorador que todo lo quema, asistiendo a su propia
consumación en vida... “El que quiera venir a mí, niéguese
a sí mismo, cargue con su cruz y sígame...” (Mt 6,24)
8:43 ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.
¿Por qué nadie lo entiende? ¿Por qué son
tan pocos los que lo comprenden? ¿Por qué..? ¿Por
qué...?
Ésta es la gran constante de todos los que hablan al hombre:
la imposibilidad de hacerse entender. El hombre solamente vive en el mundo
de las palabras. No está conectado con ese fondo común que
todos somos, y por tanto no puede percibirlo en sí mismo. De ahí
deriva la incomunicación total.
En realidad, las palabras sobran. Cuando solamente hay silencio, está
todo. Cuando entran las palabras, falta todo. Hemos de aprender a atender
a los huecos entre las palabras, a escuchar nues-tro propio silencio, a
buscarlo, a desearlo. Entonces dejará de haber incomunicación
porque mi silencio es el tuyo, el suyo, el de todos.
El espacio puede ser ocupado simultáneamente sólo
por un cuerpo, por un ego, por un objeto. Donde hay uno, no puede haber
dos. Pero cuando en nuestro interior no hay objeto alguno—ni palabras,
ni ideas, ni razonamientos, ni preferencias, ni rechazos—cuando no hay
ego,... entonces el vacío que soy es el mismo vacío que tú
eres.
Los dos cabemos en ese vacío porque somos ese mismo vacío.
No hay apreturas, no hemos de desplazar a nadie para sentirnos cómodos.
Nos sentimos enriquecidos, extendidos, infinitos, inmensos...
8:44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro
padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no
ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando
habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
8:45 Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.
8:46 ¿Quién de vosotros me acusa de pecado? Pues si
digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?
8:47 El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las
oís vosotros, porque no sois de Dios.
Cuando Jesús habla del diablo, ¿a quién se refiere?
¿Dónde está ese diablo?
Ese diablo no está en ninguna parte. Ese diablo, ese padre creador
de la mentira, es otro nombre dado a nuestra mente, a nuestro ego. Nuestra
mente-ego es el demonio, la falsedad, la mentira. Es un dragón de
dos cabezas y un solo cuerpo.
Podemos descubrirlo en nosotros mismos. Es relativamente sencillo.
De la misma forma que cuando uno se acerca a algo podrido, descompuesto,
percibe el hedor que despide, cuando nos acercamos a los dominios del ego-mente
existe un olor a dolor, a sufrimiento. El reino de la mente-ego es un reino
contraído en el que no cabe la plena aspiración.
A medida que vayamos recuperando estos territorios que siempre fueron
nuestros, a medida que el dragón vaya reduciendo sus dominios, deberemos
prestar más y más atención para descubrir su cada
vez más inconfundible rastro. Nos haremos expertos rastreadores
y llegaremos a intuir la más leve señal de su paso: un pequeño
sentimiento de incomodidad, de desazón; una sensación de
bienestar provocado desde el exterior; una dureza interior o una debilidad
perezosa; un descargarnos en el otro o un apoyarnos en el otro... Adoptará
miles y miles de disfraces, tratará de ocultarse bajo las más
insospechadas apariencias, pero cada vez seremos más y más
hábiles, más y más fuertes, estaremos más y
más vacíos...
La preexistencia de Cristo
8:48 Respondieron entonces los judíos, y le dijeron: ¿No
decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?
8:49 Respondió Jesús: Yo no tengo demonio, antes honro
a mi Padre; y vosotros me deshonráis.
8:50 Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga.
8:51 En verdad, en verdad os digo, que el que guarda mi palabra,
nunca verá muerte.
8:52 Entonces los judíos le dijeron: Ahora conocemos que
tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices:
El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte.
8:53 ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham,
el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién
te haces a ti mismo?
El drama de Jesús es el drama eterno. Ha sido y sigue siendo
representado en el mundo generación tras generación.
A los ojos de los judíos, de esos hombres con los que hablaba,
parecía ser un verdadero blasfemo; les ofendía, les destruía,
les atacaba... se sentían agredidos.
¿Y por qué se sentían ofendidos? Porque las palabras
de Jesús entraban en conflicto con lo que de muerto había
en ellos, con la seguridad que con tanto celo custodiaban, con ese pasado,
esas experiencias vividas por otros y a las que se aferraban buscando un
asidero que les salvara de su constante angustia.
Siempre ha ocurrido así. Algo sucede y alguien contempla eso
que sucede. Al instante siguiente, eso que ha sucedido y que ya no es se
ha convertido en un recuerdo en la mente del que lo contempló. Y
éste se aferra a ese recuerdo para tratar de escapar a su propia
muerte.
El hombre es incapaz de aceptar morir a cada instante y para escapar
a esta realidad se crea un universo ficticio, un universo de fantasmas
extraídos de sus recuerdos. Es incapaz de soportar su propio vacío
y huye de él llenándolo de muertos vivientes: sus recuerdos.
¿Quién era Abraham para aquellos judíos? Sólo
un nombre, una interpretación, una norma, una etiqueta, un tabú.
Abraham era una choza de barro en la que ellos se refugiaban para esconder
su lacerante dolor. Un apoyo, un sostén,... un espejismo.
“...El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte...” ¿Qué
entiende el que escucha estas palabras? ¿Que vivirá físicamente
para siempre? ¿Que vivirá en un cielo post-terrenal en el
que todos sus deseos insatisfechos se verán saciados?...
Nadie puede comprender esto mediante un acto mental. “Guardar mi palabra”
es vivirla en el corazón, comprenderla a traves de todo nuestro
ser, no sólo intelectualmente. Eso no sirve.
Y “no sufrir muerte” es precisamente morir a cada instante y mediante
este morir, con esta entrega a lo nuevo, el dolor nacido del aferrarse
a lo viejo y moribundo, desaparece. Uno está naciendo constantemente,
a cada momento, en cada acción. Vives en la constante alegría
del nacer y nunca sufres porque no te aferras a esos contínuos nacimientos.
Has descubierto el arte, la habilidad de vivir: no aferrarse a nada, flotar
en la corriente de la vida, dispuesto siempre a soltar... para poder abrazar
lo nuevo.
8:54 Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí
mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros
decís que es vuestro Dios.
8:55 Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si
dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le
conozco, y guardo su palabra.
8:56 Abraham vuestro padre se gozó de que había de
ver mi día; y lo vio, y se gozó.
8:57 Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes
cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?
8:58 Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: Antes
que Abraham fuese, yo soy.
8:59 Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús
se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio
de ellos, se fue.
Más de lo mismo. Todo el Evangelio de San Juan no es más
que un intento de transmitir ese mundo interior paralelo que desbordaba
a Jesús. Y todo el Evangelio de San Juan no es más que una
triste constatación de este diálogo de sordos. Es un hecho,
es así: no todos son capaces de comprenderlo y con sólo
desear hacerlo, desear entrar en él, no se consigue nada.
Por mucho que uno quiera, que uno lo intente, sus esfuerzos resultarán
infructuosos hasta el momento en que “la gracia del Padre” descienda sobre
él. Esa “gracia del Padre”—la bajada del Espíritu mediante
la cual la Palabra, la Verdad adquiere un sentido vital—es una etiqueta
utilizada para definir una situación respecto a la cual no podemos
hacer nada, que no podemos modificar. Es algo que se nos da, que nos llega...
después de mucho tropezar. Y cuando llega, se abre el ojo del corazón
y estamos en disposición de empezar a comprender e iniciar el camino.
Tampoco podemos decir taxativamente que no haya relación alguna
entre intentarlo, entre tratar de comprender, y lograrlo. Es verdad que
no van ligados causalmente, que uno no es la causa del otro, que por mucho
buscar nadie puede asegurarnos que comprendamos... pero también
es verdad que si uno no empieza a moverse, nunca llegará.
Y si se mueve, llegará, pero no a consecuencia directa de ese
movimiento.
¡Algo paradójico y extraño, pero cierto!
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