La Mente y lo Real
El verano daba sus últimos coletazos. Las primeras tormentas
que despedían la calidez del agosto habían hecho su aparición.
Hacía ya varios días que la atmósfera había
cambiado; el aire era más tenue y frío y por la noche era
necesario cubrirse con el edredón.
Todo eso invitaba al recogimiento, al intercambio de senti-mientos,
más que a la actividad y disfrute del exterior. Había estado
lloviendo con intensidad y a través de la ventana las montañas
se veían con esa nitidez de recién lavadas. En el aire ese
olor a tierra mojada lo penetraba todo. Los olivos, los almendros, la vegetación
desplegaba ya esos tintes melancólicos de otoño. Había
paz en el ambiente y reinaba el amor. Era un buen día para escudriñar
en la vida.
La conversación derivó hacia la imposibilidad de una
comunicación real, auténtica, a través del lenguaje.
Con solamente el lenguaje, a secas, nadie puede comunicarse. A través
del lenguaje, a secas, uno expone “sus” ideas, “sus” percepciones, “sus”
sentimientos, pero no hay comunicación. En cuanto el comunicante
se encuentra con otro mensaje distinto por parte del receptor, y si se
tiene la suficiente confianza con el interlocutor como para profundizar
en ello, surge el enfrentamiento, la contraposición de ideas. Se
pasa de la exposición a la discusión.
Y, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué toda
exposición de ideas, de pensamientos acaba en enfrentamiento entre
pares contrapuestos?
¿Por qué existe esta imposibilidad de comunicarse, de
compartir? ¿Por qué uno se aferra a unas ideas, a eso que
percibe y lo defiende como si en ello le fuera la vida? Y, ¿por
qué otro defenderá con el mismo ahínco y vehemencia
algo que, al menos en apariencia, está en contradicción absoluta
con lo anterior?
La mente, el único y exclusivo instrumento del que dispone el
hombre para percibirse a sí mismo y a su entorno, funciona sobre
una base muy concreta: la dualidad. La mente opera con símbolos,
no con la Realidad, con lo Real. Existe una Realidad, un hecho, externo
o interno, independiente de nuestra percepción y que es conocido
por nosotros a través de la mente. Pero para ser manejado, para
poder ser descifrado la mente utiliza siempre un símbolo, una imagen
de eso que es Real. Es muy fácil de entender. Uno ve a alguien.
Ese “alguien” real es, inmediatamente, traducido y codificado en símbolos
que nos permiten su manejo. Así decimos: es guapo, o es feo, o es
alto, o es inteligente o lo que sea. Pero ese “alguien” que hemos encontrado
no es ni guapo, ni feo, ni inteligente, ni nada. El es. Independientemente
de nuestra calificación, de nuestras etiquetas. Claro que para poder
entablar una relación social necesitamos de esas categorizaciones,
de esas clasificaciones. Pero eso es otra cosa.
No podemos movernos en el mundo si no simbolizamos los hechos reales
con los que nos encontramos o vivimos. El reducirlos a símbolos
es absolutamente necesario, como lo es el manejar las piernas para ir de
un sitio a otro, como lo es el emplear representaciones gráficas
escritas para dejar constancia y expresar eso que es interior a nosotros.
Para proseguir con esta indagación, algo en nosotros –
y que no es la mente – ha de ver clarísimamente, sin discusión,
lo siguiente: la mente, nuestro único instrumento de percepción,
no nos relaciona con la Realidad. Nos relaciona con símbolos, opera
con símbolos. Si esto no se ve, uno ha de centrarse en ello, ha
de convertirlo en su koan hasta que la solución se le revele.
Un intento más: si queremos viajar o ir de excursión
nos es muy útil el disponer de un mapa que nos describa el camino.
Gracias al mapa podemos desmenuzar el recorrido, estudiarlo, proveernos
de los materiales que necesitaremos, calcular distancias, etc. Pero no
podemos viajar sobre el mapa. Para viajar, debemos dejar de lado el mapa
y movernos. Sobre el papel no encontraremos ese viaje que deseamos emprender.
Esa misma diferencia que existe entre un mapa y el viaje, es la que existe
entre el hecho Real y nuestra representación mental del hecho. Son
cosas distintas. Y con su confusión empieza nuestra confusión
en la vida.
Supongamos que uno ya vive en sí mismo esa compresión
de que la mente no es aquello que “mentaliza”, aquello exterior a ella
y sobre lo que se enfoca. Supongamos que uno vive eso. Lo siguiente a comprender
es que, ese mapa que nos traza la mente, como todo mapa, como todos los
mapas, posee un sistema de coordenadas propio y que permite identificar
a un conjunto amplio de receptores ese mensaje que ha sido codificado.
¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo.
Cuando interpretamos un mapa o un plano, lo hacemos atendiendo a unas
normas determinadas: una escala, una normativa en cuanto a vistas, acotaciones,
etc... La mente solamente posee un sistema de coordenadas. Siempre es el
mismo, aunque las escalas pueden ser distintas. Este sistema de coordenadas
único es la dualidad. La mente solamente puede representar algo
real si actúa a través de la dualidad. La mente descompone
el hecho observado, supongamos que es ese “alguien”, en cualidades y a
esas cualidades les aplica el sistema dual. No es que la mente aplique
realmente eso, es que la mente es “dualidad”, es eso. Si no hay dualidad,
no hay mente; si no hay mente, hay imposibilidad de una relación
social, hay una imposibilidad de vivir en sociedad.
La mente se encara al hecho, a ese “alguien”, y lo aprehende a través
de una serie de cualidades, físicas o no físicas, que lo
describen: talla, complexión, color del pelo, de los ojos,...,carácter,
inteligencia, etc. Y a ese despiece, que ya no es ese “alguien”, sino su
representación, le aplica la dualidad. Se describen esas cualidades
en función de opuestos: alto-bajo, rubio-moreno, simpático-antipático,
inteligente-estúpido,... Entre esos extremos opuestos se establece
una gradación, una escala de tonalidades y con ello obtenemos una
representación aproximada de ese “alguien” y con esa descripción
operamos.
Uno se ha de percatar de que esa descripción con la que estamos
tan acostumbrados a operar no es el hecho en sí. Lo Real, el hecho
determinado, tiene una existencia propia e independiente de eso que describimos,
del mismo modo que cuando viajamos, el hecho mismo de viajar y simplemente
observar el paisaje ante nuestros ojos no guarda más que un lejanísimo
parentesco con aquello que vimos sobre el mapa. Cuando uno se sumerge en
el viaje – y ésta es la auténtica razón del viajar
– la experiencia en sí guarda una relación de cero a infinito
con aquella descripción del territorio. El embelesamiento que nos
invade al observar una foto de un paisaje de altas cumbres, o de una selva
tropical, o de lo que sea, no es comparable bajo ninguna circunstancia,
con el hecho real de estar allí físicamente sumergido en
ese paisaje. Y eso lo sabemos todos y por eso todo el mundo, aunque inconscientemente,
busca vivir el hecho, la experiencia real, no su descripción. Aunque
en los últimos tiempos mucha gente, que no ha conocido el hecho,
solamente reconoce como auténtico lo descrito. De ahí el
poder de la prensa, de la televisión, de los ordenadores... esos
son medios que tratan con lo descrito, no con la realidad... pero eso es
otro tema.
Decíamos que la mente opera con mapas, con símbolos,
y que éstos se codifican en torno a la dualidad. De este modo aparece
ya ese embrión de la oposición, del antagonismo. Al operar
entre opuestos, cualquier diferencia de gradación más o menos
evidente se vive como oposición. Un caso simple sería el
de discusión sobre ese color azul-verdoso o verde-azulado que puede
observarse en la superficie del mar. Según lo vea uno o lo vea otro,
es más verde o más azul. Depende. Pero nadie discutirá
por ese motivo. Pues lo mismo ocurre con todo. Cualquier mapa que se utilice
es susceptible de discusión y enfrentamiento. Sobre los hechos físicos
parece que es más fácil ponerse de acuerdo, parece que hay
una regla inmutable que nos delimita lo que es cada cosa. Pero solamente
es aparentemente. Si uno se sumerge, se acerca a los límites de
ese mundo físico, entonces todo se vuelve borroso. Así ocurre
con todas las ciencias: con la física, con la química, la
biología. Cuando nos adentramos en sus dominios, las fronteras se
desmoronan y se pierde toda certeza. Los hechos parecen comportarse sobre
patrones opuestos y contradictorios, poseen comportamiento ambiguos. Las
fronteras entre la vida y la no-vida, entre la onda y la partícula,
entre tantos y tantos mapas, se disuelven. Y uno se pierde.
En la vida de cada día ocurre lo mismo. Uno atiende al mapa,
no al hecho. Veamos como puede hacerse eso comprensible, porque en realidad
“Eso”, la Realidad, es nuestra naturaleza.
La mente opera en términos de opuestos porque este es un modo
práctico de manejar objetos. Pero no es adecuado en absoluto para
manejar la Vida. Lo que realmente es, lo que realmente tiene existencia
propia es Uno, no-Dual, indiviso. Y éste es el hecho hacia el que
tenemos que dirigir nuestra atención.
Ese Uno, esa Realidad inaprehensible es conocida a través de
sus cualidades. Los nombres que reciben esas cualidades difieren según
el tiempo, el entorno, la sociedad en la que fueron percibidas. La Trinidad
cristiana – Padre, Hijo, Espíritu Santo – el trimurti hindú,
el sat-chit-ananda, las tres gunas – satva-rajas-tamas. Nosotros podríamos
denominarlas en un lenguaje actual, Consciencia-Amor-Energía.
Ese “Uno” que es inaprensible y que solamente puede ser esbozado a
través de esas tres cualidades, existe y es todas las cosas. Es
la Tierra y la tierra, el Hombre y los hombres, es tu madre y todas las
Madres. Lo es Todo y está en Todo. Es común a Todo y todo
es Ello. Pero no podemos abarcarlo, aprehenderlo, entenderlo. Solamente
podemos sumergirnos y desaparecer en El. Y eso sólo unos pocos.
Mientras tanto, mientras viajamos hacia esta disolución en El,
debemos referirnos a sus tres manifestaciones como único medio de
“tocar” el hecho Real. La naturaleza de ese Uno y de sus manifestaciones,
es positividad. Ese Uno y sus manifestaciones es, son, siempre, fenómenos
positivos por llamarlo de alguna forma. Si nos referimos al campo de la
Consciencia, ese Uno se revelará como Luz, Entendimiento, Claridad,
Comprensión. Si nos referimos a la Energía, ese Uno se revelará
como Actividad, Acción, Movimiento, Cambio. Si nos referimos al
Amor, aparecerá como Gozo, Paz, Felicidad.
Siempre son cualidades positivas, por decirlo de alguna manera, pero
no esa positividad contrapuesta a negatividad a la que estamos acostumbrados.
Lo Uno, lo Real, Eso que todos y todas las cosas somos, no es más
que un fondo inmenso, y eterno, cuyas cualidades diríamos que son
siempre “positivas”.
Lo Uno es uno.
La dualidad que nosotros percibimos no es nada más que una falta,
una ausencia de esa cualidad positiva. En cada una de sus tres manifestaciones,
la ausencia de la cualidad correspondiente se manifestará como negatividad.
Y a eso le damos un nombre y le otorgamos una personalidad, una consistencia
propia. Pero – y ésta es nuestra fortuna pues si no fuera así
el hombre no tendría posibilidad de evolución – ese estado
negativo, ese estado de ausencia no posee existencia propia. No existe.
Es nuestra mente – que se mueve en el dominio de lo dual – la que
le ha puesto un nombre: orgullo, odio, celos, rencor, envidia, pereza,
mentira,.. Y al darle ese nombre la ha dotado de una apariencia de
realidad. Pero cualquiera de esas cualidades mencionadas no es consistente
en sí misma, no existe, no tiene vida. Sólo es y existe en
función de la ausencia de su correspondiente cualidad positiva.
Y este hecho que parece tan trivial es fundamental, básico, para
la correcta evolución del hombre. Es la única posibilidad
de cambio en el ser humano. Se ha de ver, se ha de vivir este hecho, para
que uno pueda transformarse a sí mismo, para poder pasar de este
estado de metal base al de oro, para que pueda aplicarse en él
esa mágica transmutación alquímica.
El ejemplo de la luz es sumamente ilustrativo. Nosotros distinguimos
entre luz y oscuridad. Decimos que hay luz o que hay oscuridad. Pero si
prestamos suficiente atención al hecho descubriremos que lo único
que hay es luz, no oscuridad. Oscuridad es la ausencia de luz. Se podría
argumentar que también es verdad que la luz es ausencia de oscuridad
y que, por tanto, solamente existe esa cualidad negativa de oscuridad.
Pero si seguimos observando con atención descubriremos su falacia.
El hecho que es y que existe en un principio es aquél que en él
contiene todos los demás, ¿no es verdad? Pues apliquémoslo
a este ejemplo. Si tengo luz, con ella puedo disipar la oscuridad. Si una
habitación está a oscuras, solamente he de encender o llevar
allí una luz para que esa oscuridad se disipe. ¿Puedo hacer
lo mismo con la oscuridad? No. Si en una habitación hay luz, ¿cómo
puedo llevar allí la oscuridad? Es imposible. Para que haya oscuridad
he de actuar sobre la luz misma. Operando sobre la luz obtengo luz u oscuridad.
Sobre la oscuridad no puedo operar ni conseguir nada; solamente oscuridad.
Por tanto, lo que existe, lo que es, es el estado de luz. La oscuridad
es la negación de la luz. Para disipar la oscuridad deberé
centrar mis esfuerzos en traer la luz olvidándome de esa oscuridad.
Y eso es aplicable a todos y cada uno de los ámbitos de nuestra
vida. Eso es trascender el hecho dual. Eso es situarse en lo Uno, en la
Realidad. En cualquier situación, en cualquier circunstancia he
de ser capaz de, en primer lugar descartar el mapa y como consecuencia
su dualidad implícita, y luego situarme en el hecho en su
cualidad positiva manifestada. Entonces yo soy esa Realidad, entonces Yo
soy Eso, entonces Yo estoy Vivo. Entonces hay posibilidades de comunicarse
porque entonces la comunicación surge desde ese Centro Universal
y Unico común en todos. Entonces la comunicación es un intercambio
de experiencias en torno a esa Realidad. Entonces la comunicación
enriquece, expande nuestra consciencia, porque se convierte en un compartir
esa multiplicidad infinita de gestos, de movimientos que se generan
al vivir esa maravillosa danza que es la Vida.
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