MUSICA ANCESTRAL EN LOS PINOS

 
 

 

Capítulo 1

 

El Cristal Puro

De La Intuición

 

Gosa Hoyen solía decir: «Cuando la gente me pregunta

cómo es el Zen les cuento esta historia:

»Dándose cuenta de que su padre, que era un ladrón, se

estaba haciendo viejo, el hijo le pidió que le enseñara el ofi­cio,

de modo que pudiera continuar con el negocio familiar cuando

su padre se hubiera retirado.

»El padre accedió, y esa noche irrumpieron juntos en una casa.

»Abrieron un gran arcón y el padre le dijo a su hijo que se

metiera dentro y cogiera la ropa. Tan pronto como el mucha­cho

estuvo dentro, el padre cerró el arcón y empezó a hacer mucho

ruido hasta que todos en la casa se despertaron. En­tonces se

escabulló con sigilo.

»Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba

enfada­do, aterrorizado y confundido por no saber cómo salir

de allí. Entonces se le ocurrió una idea: simuló el ruido de un gato.

La familia ordenó a una doncella que tomara una vela y exa­minara

el arcón.

Cuando abrieron la tapa el muchacho saltó fuera, apagó la vela,

salió empujando a un lado a la asombrada doncella y echo a correr.

La gente corrió tras él.

»El muchacho vio un pozo a un lado del camino y arrojó dentro

una gran piedra y se escondió en la oscuridad. Los perseguidores

se reunieron alrededor del pozo intentando ver al ladrón ahogándose.

»Cuando el muchacho regresó a casa, estaba muy enfada­do con

su padre e intentó contarle la historia. Pero el padre le interrumpió:

"No te molestes en contarme los detalles, estás aquí, has

aprendido el arte"».

 

 El ser es uno, el mundo es múltiple y entre ambos se encuen­tra la mente dividida, la mente dual. Es como un gran árbol, un viejo roble: el tronco es uno, después el árbol se divide en dos ra­mas principales, la bifurcación principal, de la que crecen mil y una bifurcaciones. El ser es como el tronco de un árbol: uno, no dual. La mente es la primera bifurcación, donde el árbol se divi­de en dos, se hace dual, se vuelve dialéctico: tesis y antítesis, hombre y mujer, yin-yang, día y noche, Dios y demonio, yoga y Zen. Todas las dualidades del mundo están contenidas básica­mente en la dualidad de la mente y por debajo de esta dualidad está la unidad del ser. Si te deslizas por debajo de la dualidad en­contrarás la unidad, llámalo Dios, llámalo nirvana o lo que más te guste. Si vas ascendiendo a través de la dualidad, llegas a un mundo con millones de facetas.  

Ésta es una de las ideas más básicas que hay que entender: la mente no es una. Por eso cualquier cosa que ves a través de la men­te se convierte en dos. Es como un rayo blanco entrando en un pris­ma: inmediatamente se divide en siete colores y se crea el arco iris. Antes de entrar en el prisma era uno, a través del prisma se divide y el color blanco desaparece convirtiéndose en los siete colores del arco iris.

El mundo es el arco iris, la mente es el prisma y el ser es el rayo blanco.       

La investigación moderna ha llegado a una conclusión muy significativa, uno de los logros más importantes de este siglo: no tenemos una mente, tenemos dos mentes. Tu cerebro está dividi­do en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo. El hemisferio derecho está conectado a la mano izquierda y el hemisferio iz­quierdo está conectado a la mano derecha; se cruzan. El hemisfe­rio derecho es intuitivo, ilógico, irracional, poético, platónico, imaginativo, romántico, mítico, religioso; el hemisferio izquier­do es lógico, racional, matemático, aristotélico, científico y cal­culador. Estos dos hemisferios están constantemente en conflic­to. La política básica del mundo, la política más importante del mundo la llevas dentro. Puede que no seas consciente de esto, pero una vez que te has dado cuenta, lo único legítimo que pue­des hacer se ha de hacer en algún lugar entre estas dos mentes.

La mano izquierda tiene que ver con el hemisferio derecho: con la intuición, la imaginación, el mito, la poesía, la religión. La mano izquierda ha sido muy censurada. La sociedad es de los diestros; diestros quiere decir hemisferio izquierdo. Un diez por ciento de los niños nacen zurdos, pero se les obliga a hacerse diestros. Los niños que nacen zurdos son básicamente irraciona­les, intuitivos, no matemáticos, no euclidianos. Son peligrosos para la sociedad; la sociedad les obliga a convertirse en diestros. No es sólo una cuestión de manos, se trata de un asunto de polí­tica interior: el niño zurdo funciona a través del hemisferio dere­cho. Esto, la sociedad no puede permitirlo, es peligroso; hay que detenerlo antes de que las cosas lleguen demasiado lejos.

Se sospecha que en un principio la proporción debía ser del cincuenta por ciento: niños zurdos cincuenta por ciento y niños diestros cincuenta por ciento. Pero el grupo de los diestros ha re­gido durante tanto tiempo que, poco a poco, la proporción ha caí­do hasta el diez y el noventa por ciento. Incluso entre vosotros aquí, muchos seríais zurdos, aunque puede que no seáis conscien­tes de ello. Tal vez escribáis y hagáis vuestro trabajo con la mano derecha, pero puede que en vuestra infancia os hayan obligado a ser diestros. Esto es un trampa, porque una vez que te haces dies­tro comienza a funcionar tu hemisferio izquierdo, que es el de la razón, mientras el hemisferio derecho está más allá de la razón. Su funcionamiento no es matemático; funciona a destellos, es in­tuitivo, lleno de gracia, pero irracional.

La minoría compuesta por los zurdos es la minoría más opri­mida del mundo, más que los negros, incluso más que la gente pobre. Si entiendes esta división, entenderás muchas cosas. La burguesía y el proletariado: en el proletariado el hemisferio dere­cho del cerebro es el dominante, la gente pobre es más intuitiva. Fíjate en la gente primitiva, son más intuitivos. Cuanto más po­bre es la persona, menos intelectual es, y ésta podría ser la causa de su pobreza. Al ser menos intelectual no puede competir en el mundo de la razón. Es menos articulado en lo que se refiere al lenguaje, a la razón, al cálculo. Es casi tonto -esta podría ser la causa de su pobreza-.

Las personas ricas actúan según los dictados del hemisferio izquierdo; son más calculadoras, aritméticas en todos los aspec­tos, astutas, listas, lógicas y planificadoras. Ésta podría ser la ra­zón de su riqueza.

       La burguesía y el proletariado no pueden desaparecer con las revoluciones comunistas, no, porque la revolución comunista la hizo el mismo tipo de gente. El zar gobernaba en Rusia; gobernó según las premisas del hemisferio izquierdo de la mente. Des­pués fue reemplazado por Lenin, que era del mismo tipo. Más tarde Lenin fue reemplazado por Stalin, que era aún más del mis­mo tipo. La revolución es falsa porque en definitiva está gober­nando el mismo tipo de gente (el gobernador y el gobernado si­guen siendo los mismos); los gobernados son los que se rigen por el hemisferio derecho. Así que todo lo que hagas en el mundo ex­terior, en realidad no cambia nada, es superficial.

Lo mismo es aplicable al hombre y a la mujer. Las mujeres son del hemisferio derecho, los hombres son del hemisferio iz­quierdo, y han gobernado a las mujeres durante siglos. Ahora al­gunas mujeres se están rebelando, pero lo más asombroso es que todas son del mismo tipo. De hecho son exactamente iguales que el hombre: racionales, dialécticas, aristotélicas.

Es posible que un día, al igual que la revolución comunista triunfó en Rusia y China, en algún lugar, quizás en América, la mujer tenga éxito y pueda destronar al hombre. Cuando las mu­jeres triunfen, no seguirán siendo mujeres; se habrán convertido en hemisferios izquierdos. Porque para luchar tienes que ser cal­culador y para luchar con hombres tienes que ser como ellos: agresivo.

Esta agresividad está patente en el movimiento de liberación de la mujer en todo el mundo. Las mujeres que se han unido al movimieno de liberación de la mujer son muy agresivas; están perdiendo toda su elegancia y todo aquello que viene de la intui­ción. Porque si tienes que luchar con el hombre, tienes que apren­der el mismo truco, si tienes que luchar con el hombre, tienes que luchar con las mismas técnicas. Luchar con cualquiera es muy peliiroso porque te vuelves igual que tu enemigo.

Este es uno de los grandes problemas de la humanidad. Una vez que luchas con alguien, acabas teniendo que usar la misma técnica y teniendo que luchar de la misma manera. Quiza consi­gas derrotar a tu enemigo, pero para entonces te habrás converti­do en tu propio enemigo. Stalin se parece más al zar que ningún otro zar, es más violento que ningún otro zar. Por supuesto tiene que ser así: para derrocar a los zares, se necesita gente muy vio­lenta, más violenta que el mismo zar. Sólo entonces se converti­rán en revolucionarios, subirán a la cúspide. En ese momento, ellos mismos pueden ser considerados zares, y la sociedad sigue igual. Sólo cambian las cosas superficiales, en el fondo subyace el mismo conflicto.

El conflicto está en el hombre. A menos que se resuelva en su interior, no podrá resolverse en ningún otro lugar. La política está en tu interior, está entre los dos hemisferios de tu mente.

Existe un pequeño puente. Si este puente se rompe por acci­dente, por culpa de algún defecto psicológico u otra causa, la per­sona se divide, se convierte en dos personas y da lugar al fenó­meno de la esquizofrenia o personalidad fragmentada. Si el puente se rompe -y el puente es muy frágil-, entonces te con­viertes en dos, te comportas como dos personas. Por la mañana eres muy amoroso, encantador; por la tarde estás muy enfadado, totalmente distinto. Ni te acuerdas de esta mañana -¿cómo po­drías acordarte?-, otra mente estaba funcionando. La persona se convierte en dos personas. Si este puente se refuerza lo suficien­te para que las dos mentes desaparezcan como dos y se convier­tan en una, entonces sucede la integración, surge la cristaliza­ción. Lo que George Gurdjieff solía llamar cristalización del ser no es nada más que estas dos mentes volviéndose una; el en­cuentro de lo masculino y lo femenino en tu interior, el encuen­tro del yin y el yang, el encuentro de la izquierda y la derecha, el encuentro de la lógica y la ilógica, el encuentro de Platón y Aris­tóteles.

Si puedes entender esta bifurcación básica en tu árbol de la vida, entonces puedes entender todo el conflicto que sucede alre­dedor de ti y en tu interior.

Deja que te cuente una anécdota:

 

Entre los alemanes, Berlín está considerado como el mismísi­mo compendio de la brusquedad y eficiencia prusianas, mientras Viena es la esencia del encanto y decadencia austríacas.

Hay una historia sobre un berlinés que visitando Viena se per­dió y necesitó orientación. ¿Qué haría un berlinés como él en esta situación? Agarró de la solapa al primer transeúnte vienés que pasaba y le ladró: «La oficina de correos. ¿Dónde está?».

 El alarmado vienés se soltó cuidadosamente del puño del otro, se arregló la solapa y le dijo amablemente: «Señor, no ha­bría sido más delicado por su parte el haberme abordado cortés­mente y haberme dicho: "Caballero, ¿tendría usted la amabilidad de indicarme el camino a la oficina de correos?"».

El berlinés le miró por un momento con asombro y entonces masculló: «¡Preferiría perderme!», y partió pisando fuerte.

Este mismo vienés estaba visitando Berlín ese mismo año y resultó que en esa ocasión fue él quien andaba buscando la ofici­na de correos. Se acercó a un berlinés y dijo cortésmente: «Señor, ¿tendría usted un momento. ¿Podría, por favor, indicarme el ca­mino a la oficina de correos?».   

Con la rapidez de una máquina, el berlinés respondió: «Siga recto y, pasadas dos manzanas, tuerza a la derecha. Camine recto una manzana más, y al cruzar la calle, gire a la derecha. Se topa­rá con las vías del tren, camine entonces hacia la izquierda, pase un quiosco de periódicos y estará usted en la entrada de la ofici­na de correos».

El vienés, más asombrado que enterado, murmuró de todas maneras: «Mil gracias, señor, muy amable», pero el berlinés le agarró furiosamente de la solapa y le gritó: «¡No se preocupe por darme las gracias, repita las instrucciones!».

 

La mente masculina, el berlinés; la mente femenina, el vienés... La mente femenina tiene gracia, la mente masculina es eficiente. Y por supuesto, a largo plazo, si hay una lucha constante, la gracia será derrotada. La mente eficiente vencerá, porque el mundo en­tiende el lenguaje de las matemáticas, no el del amor. Pero en el mo­mento en que tu eficiencia triunfa sobre tu gracia, has perdido algo tremendamente valioso: has perdido el contacto con tu propio ser. Te puedes volver muy eficiente, pero dejarás de ser una persona real. Te convertirás en una máquina, algo parecido a un robot.

Por ello hay un constante conflicto entre el hombre y la mujer. No pueden permanecer separados, tienen que entablar relaciones una y otra vez. Pero tampoco pueden permanecer juntos. La lu­cha no está en el exterior, la lucha está en tu interior. Y ésta es mi visión: a menos que soluciones la lucha interna entre tu hemisfe­rio derecho e izquierdo, nunca serás capaz de estar pacíficamen­te enamorado, nunca; porque la lucha interna se reflejará en el exterior. Si estás luchando en tu interior y estás identificado con el hemisferio izquierdo, el hemisferio de la razón, y estás conti­nuamente tratando de dominar al hemisferio derecho, intentarás hacer lo mismo con la mujer de la que te enamores. Si la mujer está constantemente luchando con su propia razón en su interior, luchará constantemente con el hombre que ama.

-Todas las relaciones -casi todas, las excepciones son insigni­ficintes y pueden dejar de contarse- se estropean. Al principio son hermosas; al principio no enseñas la realidad, disimulas. Una vez que la relación se ha asentado y te relajas, tu conflicto inte­rior emerge y comienza a reflejarse en tu relación, entonces sur­gen las peleas, aparecen mil y una maneras de regañarse el uno al otro, destruyéndose mutuamente. De ahí la atracción por la ho­mosexualidad. Siempre que la sociedad se divide demasiado en­tre hombre y mujer, inmediatamente surge la homosexualidad. Porque al menos un hombre enamorado de un hombre no está tan en conflicto. Su relación amorosa podría no ser tan satisfactoria, no llevarle a una felicidad enorme y a momentos orgásmicos, pero al menos no es tan fea como la relación entre un hombre y una mujer. Las mujeres se hacen lesbianas siempre que el con­flicto es demasiado fuerte, porque al menos la relación de amor entre dos mujeres no es tan profundamente conflictiva. Los igua­les se encuentran, pueden entenderse entre sí.

Sí, la comprensión es posible, pero la atracción se pierde, la polaridad se pierde. Es posible a un precio muy alto. La com­prensión es posible, pero toda la tensión, el desafío, se desvane­ce. Si escoges el desafío, aparece el conflicto, porque, el proble­ma real está en algún lugar en tu interior. A menos que te hayas asentado, que hayas llegado a una profunda armonía entre tu mente femenina y tu mente masculina, no serás capaz de amar.

La gente viene a mí y me pregunta cómo profundizar en una relación, yo les digo: «Primero profundiza en la meditación. A menos que te hayas aclarado en tu interior, estarás creando más problemas de los que ya tienes». Si entras en una relación, todos tus problemas se multiplicarán. Sólo observa. La cosa más gran­de y más hermosa en esta tierra es el amor, pero ¿puedes encon­trar otra cosa más fea y que cree más infiernos?

 

Mulla Nasruddin me contó una vez:

-Bien, he estado evitando el día fatídico, pero esta vez tengo  que ir.

-¿Al dentista o al doctor? -le pregunté.

-A ninguno de los dos -dijo-. Me caso.

 

La gente sigue evitando el matrimonio, la gente sigue pospo­niéndolo. Sólo cuando un día les resulta imposible el evitarlo, sólo entonces se relajan.

¿Dónde está el problema? ¿Por qué la gente tiene tanto mie­do a comprometerse a fondo? El compromiso crea inmediata­mente miedo; la obligación crea inmediatamente miedo: y el hombre moderno quiere tener sexo pero no amor.

Una mujer me contó que sólo quería tener relaciones sexuales con desconocidos. Viajando en el tren, si se encontraba con algún desconocido, de acuerdo, pero de ningún modo con alguien que fuera amigo o conocido. Le pregunté: «¿Por qué?». Ella me con­tó que siempre que haces el amor a alguien que conoces se inicia un tipo de compromiso. En el tren, de viaje, te encuentras, haces el amor, no sabes ni siquiera el nombre de la otra persona, quién es, de dónde viene. Cuando llega tu estación, te bajas y él se ale­ja, olvidado para siempre. No te deja cicatrices, permaneces com­pletamente limpio. Sales limpio y sin cicatrices.

 Lo puedo entender. Éste es el problema de la mente moder­na. Todas las relaciones se están haciendo cada vez más casua­les. La gente tiene miedo a cualquier tipo de compromiso, por­que a partir de una amarga experiencia han sacado por lo menos esto en claro: siempre que te interrelacionas demasiado, la rea­lidad emerge, tu conflicto interior comienza a reflejarse en el otro y entonces la vida se convierte en algo feo, horrible e into­lerable.

 

Sucedió una vez: estaba sentado con algunos amigos en el campus de una universidad. Uno de los profesores empezó:

-El día en que ocurrió mi boda...

Pero otro profesor le detuvo inmediatamente y dijo:

-Perdón por la corrección, pero asuntos como matrimonios, recepciones, cenas y cosas de este estilo, suceden. Sólo las calami­dades ocurren. ¿Puedes ver la diferencia? Por favor, no digas: «El día que ocurrió mi matrimonio o el día que ocurrió mi boda».

Era profesor de gramática y por supuesto tenía razón. Pero el primer hombre respondió:

-Sí, muchas, muchas cosas... -y comenzó de nuevo-: Y como iba diciendo, el día en que ocurrió mi boda... fue una cala­midad. ­

 

Sí estás fuera, podría parecerte como un hermoso oasis en el desierto, pero mientras te vas acercando, el oasis comienza a secarse y a desaparecer. Una vez que te atrapa, es una prisión. Pero, recuerda, la prisión no proviene del otro, proviene de tu interior.

- Si el hemisferio izquierdo del cerebro sigue dominándote, triunfarás en la vida, de tal modo que cuando tengas cuarenta años tendrás úlceras; cuando tengas cuarenta y cinco habrás teni­do por lo menos uno o dos ataques al corazón; para cuando ten­gas cincuenta estarás medio muerto, pero serás un muerto que ha triunfado. Podrías convertirte en un gran científico, pero nunca te convertirás en un gran ser. Podrías acumular suficiente riqueza, pero te; perderás todo aquello que tiene algún valor. Podrías con­quistar el mundo entero como Alejandro Magno, pero tu propio territorio interior permanecerá sin conquistar.

 Existen muchos atractivos para seguir haciendo caso al he­misferio izquierdo del cerebro -es el cerebro mundano-. Está más preocupado por los objetos: coches, dinero, casas, poder, prestigio. Ésta es la orientación del hombre a quien en la India llamamos grihastha, cabeza de familia.

 El hemisferio derecho es la orientación del sannyasin, aquel que está más interesado en su propio ser interior, en su paz inte­rior, en su bienaventuranza y menos preocupado por los objetos. Si llegan fácilmente, bien; si no llegan, también está bien. Está más preocupado por el momento, menos preocupado por el futu­ro; más preocupado por la poesía de la vida, menos preocupado por su aritmética.

 

He oído una anécdota:

 

Finkelstein había tenido un gran día en las carreras y Musco­vitz, de manera comprensible, le envidiaba.

-¿Cómo lo hiciste, Finkelstein? -le preguntó.

-Fácil, -dijo Finkelstein-, fue un sueño.

-¿Un sueño?

-Sí; había hecho una apuesta a tres caballos, pero no estaba muy seguro del tercero. La noche anterior, soñé que había un án­gel sobre la cabecera de mi cama y repetía: «Bendiciones sobre ti, Finkelstein, siete veces siete bendiciones sobre ti». Cuando me desperté caí en la cuenta de que siete por siete es cuarenta y ocho y que ese caballo con el número cuarenta y ocho se llamaba Sue­ño Celestial. Puse a Sueño Celestial como el tercer caballo en mi apuesta y barrí, simplemente barrí.

Muscovitz dijo:

-¡Pero, Finkelstein, siete por siete son cuarenta y nueve! Finkelstein respondió:

-Entonces haz tú las cuentas.

 

Existe una manera de vivir la vida, basándose en la aritmética; y existe otra forma de vivir la vida, a través de sueños y visiones. Son totalmente diferentes.

Precisamente el otro día alguien preguntó: «¿Existen los fan­tasmas, las hadas y ese tipo de cosas?». Sí; si vives según las pre­misas del hemisferio derecho del cerebro, existen. Pero, si vives dominado por el hemisferio izquierdo, no existen. Todos los niños están en el hemisferio derecho, ven fantasmas y hadas por todas partes. Pero tú sigues hablándoles, recriminándoles y diciéndoles: «¡Bobadas! Eres estúpido. ¿Dónde está el hada? No hay nada, es solamente una sombra». Poco a poco convences al niño, al niño indefenso; poco a poco le convences y pasa de estar orientado en el hemisferio derecho, a estar orientado en el hemisferio izquier­do. Tiene que hacerlo, tiene que vivir en tu mundo. Tiene que ol­vidar sus sueños, tiene que olvidar todos sus mitos, tiene que olvidar toda la poesía, y aprender matemáticas. Por supuesto, con­sigue ser eficiente en matemáticas y se vuelve casi un inválido y un paralítico en la vida. La existencia se va alejando cada vez más de él; él se convierte en un objeto de consumo, su vida se convierte en basura, aunque, por supuesto, valiosa a los ojos del mundo.

Un sannyasin es aquel que vive movido por la imaginación, la cualidad soñadora de su mente; la poesía; es aquel que poetiza so­bre la vida, que contempla visiones. Entonces los árboles son más verdes de lo que te parece a ti, los pájaros son más hermosos y todo adquiere una cualidad luminosa. Los guijarros comunes se convierten en diamantes, las rocas dejan de serlo, nada es co­rriente. Si miras con el hemisferio derecho, todo se vuelve divi­no, sagrado. La religión viene del hemisferio derecho.

 

Un hombre estaba sentado con su amigo en una cafetería to­mando un té. Examinó su taza y dijo dando un suspiro:

   -Oh, amigo mío, la vida es como una taza de té.

 -Él otro se lo pensó un momento y dijo:

 -Pero, ¿por qué? ¿Por qué la vida es como una taza de té? El primer hombre respondió: ­

 -¿Cómo voy a saberlo? ¿Acaso soy un filósofo?

 

El cerebro del hemisferio derecho sólo hace manifestaciones acerca de hechos, no te puede dar razones. Si preguntas: «¿Por qué?», sólo puede permanecer silencioso, no sale ninguna res­puesta de él. Si estás caminando y ves una flor de loto y dices: «iHermosa!»,y alguien pregunta: «¿Por qué?», ¿qué harás? Di­rás: «¿Cómo lo voy a saber? ¿Es que acaso soy un filósofo?». Es un manifestación sencilla, una manifestación muy sencilla, en sí misma total, completa. No existe una razón detrás ni un resulta­do delante, es la sencilla manifestación de un hecho. Lee las Upanishads, son simples manifestaciones de hechos. Dicen: «Dios es. No preguntes por qué». Te dirán: «¿Acaso somos filó­sofos? ¿Cómo lo vamos a saber? Dios es». Dicen que Dios es hermoso, dicen que Dios está cerca, más cerca que tu corazón, pero no les preguntes por qué, no son filósofos.

 Fíjate en los evangelios y en las manifestaciones de Jesús: son sencillas. Él dice: «Mi Dios está en el cielo. Yo soy su hijo, él es mi padre. No me preguntes por qué». No será capaz de probarlo ante un jurado, sencillamente dirá: «Lo sé». Si le preguntas quién se lo ha dicho a él, en qué autoridad se basa para decir estas co­sas, dirá: «En la mía propia. No tengo ninguna otra autoridad». Éste es el problema cuando un hombre como Jesús va por el mundo. La mente racional no puede entenderlo, él no fue crucifi­cado por ninguna otra razón: fue crucificado por el hemisferio iz­quierdo, porque él era un hombre del hemisferio derecho. Fue crucificado por culpa del conflicto interior.

Lao Tsé dice: «Todo el mundo parece ser inteligente, sólo yo soy un atontado. Todo el mundo parece estar en lo cierto, sólo yo estoy confundido y vacilante». Es un hombre del hemisferio derecho.

El hemisferio derecho es el hemisferio de la poesía y el amor. Es necesario un gran cambio y este cambio es la transformación interna. El yoga es un esfuerzo para alcanzar la unidad del ser por el hemisferio izquierdo, usando la lógica, las matemáticas, la ciencia y tratando de ir más allá. El Zen es justamente lo opues­to: el objetivo es el mismo, pero el Zen usa el hemisferio derecho para ir más allá. Se pueden usar ambos, pero seguir el yoga es un camino muy largo; es un esfuerzo casi innecesario porque estás tratando de alcanzar la superrazón desde la razón, que es más complicado. El Zen es más fácil, porque es un esfuerzo para al­canzar la superrazón desde la irracionalidad. La irracionalidad es casi como la superrazón: no hay barreras. El yoga es como tras­pasar un muro. Y el Zen es como abrir una puerta... y la puerta podría no estar cerrada en absoluto, la empujas un poco y se abre.

 Ahora la historia. Entre todas las anécdotas Zen, ésta es una de las más hermosas. La gente del Zen habla a través de historias. Tienen que hablar contando historias porque no pueden crear teo­rías y doctrinas, sólo pueden relatar historias. Son grandes narra­dores de historias. Jesús está hablando en parábolas, el Buda está hablando en parábolas, los místicos sufíes están hablando en pa­rábolas: no es una coincidencia. El cuento, la parábola, la anécdo­ta son la expresión del hemisferio derecho; las pruebas, los silo­gismos, son la expresión del hemisferio izquierdo. Escúchala:

 

Goso Hoyen solía decir: «Cuando la gente me pregunta cómo

es el Zen, les cuento esta historia...».

 

Esta historia realmente cuenta cómo es el Zen, sin definirlo. Lo señala. No es posible definir el Zen, porque su cualidad bási­ca es ser indefinible. Puedes saborearlo, pero no puedes definir­lo, puedes vivirlo, pero el lenguaje no es suficiente para enun­ciarlo; puedes enseñarlo, pero no puedes enunciarlo. Pero a través de una historia se puede transferir una pequeña parte de su cualidad. Y esta historia realmente señala perfectamente la cuali­dad intrínseca del Zen. Esto es únicamente un gesto -no lo con­viertas en una definición, no filosofes a su alrededor-. Deja que sea como un relámpago: un flash de comprensión. No va a au­mentar tu conocimiento, pero te puede dar un giro, una sacudida, un cambio en tu gestalt. Puede que te lance de una esquina a otra de la mente... y ésta es toda la intención de la historia.

 

Dándose cuenta de que su padre, que era ladrón, se estaba

haciendo viejo, el hijo le pidió que le enseñara el oficio, de modo

que pudiera continuar con el negocio familiar cuando su padre

se hubiera retirado.

 

El negocio de un ladrón no es algo científico, es un arte. Se nace ladrón, al igual que se nace poeta; no puedes aprender a ser la­drón, el aprendizaje no te ayudará. Si aprendes, te cogerán. Porque la policía sabe más que tú, ellos han acumulado siglos de aprendi­zaje. Un ladrón es ladrón de nacimiento: vive gracias a la intuición -es un truco-, vive gracias a sus presentimientos. Un ladrón es fe­menino; no es un hombre de negocios, es un jugador. Lo arriesga todo por casi nada, todo en su negocio es peligroso y arriesgado.

Es igual que un hombre religioso. La gente del Zen dice que los hombres religiosos también son como los ladrones: en la bús­queda de Dios también son ladrones. No hay ninguna manera de llegar a Dios mediante la lógica, la razón, la sociedad aceptada, la cultura o la civilización. Rompen el muro en algún lugar, en­tran por la puerta de atrás. Si a la luz del día no está permitido, entran en la oscuridad. Si no es posible seguir a la multitud en la superautopista, abren sus propios caminos individuales en el bos­que. Sí, existe una cierta similitud. Sólo puedes llegar a Dios si eres un ladrón, un artista en robar el fuego, en robar el tesoro.

El padre se iba a jubilar cuando el hijo le pidió: «Antes de que te jubiles enséñame tu negocio».

 

El padre accedió, y esa noche irrumpieron juntos en una casa.

Abrieron un gran arcón y el padre le dijo a su hijo que se me­tiera

dentro y cogiera la ropa: Tan pronto como el muchacho es­tuvo

dentro, el padre cerró el arcón y empezó a hacer mucho rui­do

hasta que todos en la casa se despertaron.

Entonces se escabulló con sigilo.

 

Debía de ser un gran maestro, no un ladrón corriente...

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido...

 

¡Por supuesto, naturalmente! ¿Qué tipo de enseñanza es ésta? Le han colocado en una situación peligrosa. Pero ésta es la única manera de enseñar algo de lo desconocido. Ésta es la única ma­nera de enseñar algo sobre el hemisferio derecho del cerebro. El hemisferio izquierdo se puede enseñar en las escuelas: se puede aprender, se puede utilizar la disciplina, se pueden usar cursos graduales. Entonces poco a poco, yendo de un curso a otro, os convertís en maestros del arte y la ciencia y de muchas otras co­sas. Pero no puede haber ninguna escuela para el hemisferio de­recho: es intuitivo, no es gradual, es repentino. Es como un flash, un relámpago en la noche oscura. Si sucede, sucede; si no suce­de, no sucede: no puedes hacer nada al respecto. Únicamente puedes colocarte en una situación determinada donde haya más posibilidades de que suceda. Por eso digo que el anciano debe haber sido un verdadero maestro.

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido...

 

Éstos son los tres estados por los que pasará tu razón. En to­das mis meditaciones se te hace a ti lo mismo. Encerrado en el ar­cón, con la llave arrojada a lo lejos, primero te enfadas. Muchos sannyasins vienen a mí y me dicen que están muy enfadados con­migo. Lo puedo entender, es natural: yo les coloco en situaciones donde su vieja mente no puede funcionar. Ése es el origen de su rabia. Simplemente se sienten impotentes, la vieja mente no pue­de funcionar, no pueden usarla: «¿Qué está sucediendo?». Y cuando te encuentras en una situación donde tu mente es simple­mente inútil, sientes rabia hacia mí, enfado y luego terror. Enton­ces entiendes la situación y todo lo que has aprendido te parece completamente inútil; de ahí el miedo...

No había ninguna manera lógica de salir de aquel arcón: esta­ba cerrado desde fuera, el padre había hecho ruido y toda la casa estaba despierta, la gente estaba moviéndose a su alrededor, bus­cando, y el padre se había escapado. Ahora bien, ¿hay alguna for­ma lógica de salir del arcón? La lógica simplemente fracasa, no puedes usar la razón. ¿Qué puedes pensar? La mente de repente se detiene, y esto es lo que está haciendo el padre, de esto es de lo que se trata. Está intentando colocar al hijo en una situación donde la mente lógica se detenga, porque un ladrón no necesita una mente lógica. Si hace caso a la mente lógica, más pronto o más tarde será atrapado por la policía, porque ellos también si­guen la misma lógica.

Sucedió en la II Guerra Mundial. Durante tres años Adolf Hi­tler ganó continuamente y esto se debía a que era ilógico. Todos los demás países que luchaban contra él estaban luchando lógi­camente. Por supuesto, poseían una gran ciencia de la guerra, instrucción militar, esto y aquello y tenían expertos que decían: «Ahora Hitler va a atacar por este flanco». Y si Hitler hubiera es­tado en su sano juicio habría hecho eso porque ése era el punto más débil en la defensa del enemigo. Por supuesto, hay que ata­car al enemigo donde es más débil, es lo lógico. Por tanto, espe­raban a Hitler en el punto más débil, se agrupaban alrededor de ese punto y él atacaba en cualquier otro lugar, imprevisible. Ni si­quiera seguía el consejo de sus propios generales.

Él tenía un astrólogo que le sugería dónde atacar. Esto es algo que nunca se había hecho con anterioridad -una guerra no se di­rige con astrólogos-. Una vez Churchill comprendió, una vez los espías informaron de que no iban a vencer a ese hombre porque era absolutamente ilógico, de que un estúpido astrólogo que no sabía nada acerca de la guerra; que nunca había estado en el fren­te, estaba tomando decisiones, decidiendo de acuerdo con las es­trellas -¿qué tienen que ver las estrellas con una guerra que está sucediendo en la tierra?-, entonces Churchill inmediatamente designó un astrólogo real y comenzaron a consultarle. Entonces todo comenzó a encajar porque ahora había dos idiotas predi­ciendo... Todo se hizo más fácil.

Si un ladrón sigue a Aristóteles, más pronto o más tarde será atrapado, porque la policía sigue esa misma lógica aristotélica. Hace sólo unos días Vedanta hizo algo hermoso: se escapó con el jeep del ashram. Por supuesto hubo que informar a la policía. Todo el mundo estaba esperando que fuera hacia Chanda, porque había estado diciendo que quería ir a Chanda y reabrir el viejo ashram que solía haber allí, Kailash. Si hubiera ido hacia allí, la policía podría no haberle seguido, pero la policía estaba pensan­do lógicamente y dijeron: «Si ha estado diciendo que iba a ir ha­cia Chanda, ya no irá hacia Chanda porque tendrá miedo de que lo atrapen en esa carretera. No va a ir hacia allí». Por eso no les preocupaba esa carretera y por supuesto, Vedanta fue atrapado en Lonvalla. Estaba yendo hacia Bombay. La policía siguió también la misma lógica.

Si actúas movido por la lógica, cualquiera que siga el método lógico te podrá cazar en cualquier lado.

Un ladrón tiene que ser impredecible, no le sirve la lógica. Tiene que ser ilógico, tanto que nadie pueda predecirle. Pero la ilógica sólo es posible si toda tu energía se canaliza por el hemis­ferio derecho.  

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido por no saber cómo salir de allí.

"¿Cómo?" es una pregunta lógica. Por eso estaba aterroriza­do, porque no había manera; el "cómo" era simplemente impo­tente. Entonces se le ocurrió una idea. Éste es el giro: sólo en si­tuaciones peligrosas, cuando el hemisferio izquierdo no puede funcionar, le da al hemisferio derecho una oportunidad de hablar como último resorte. Cuando no puede funcionar, cuando siente que no tiene escapatoria, que ha sido derrotado, entonces dice: «¿Por qué no darle una oportunidad a la parte prisionera, a la par­te oprimida de la mente? Dale también una oportunidad. Qui­zás... y no te puede hacer daño. De repente...».

 

Entonces se le ocurrió una idea: simuló el ruido de un gato.

 

Pero esto no es lógico. Simular el ruido de un gato es simple­mente una idea absurda. Pero funcionó.

 

La familia le dijo a una doncella que tomara una vela y exa­-

minara el arcón.

Cuando abrieron la tapa, el muchacho saltó fuera, apagó la vela,

salió empujando a un lado a la asombrada doncella y he­cho

a correr. La gente corrió tras él.

El muchacho vió un pozo a un lado del camino y arrojó den­-

tro una gran piedra y se escondió en la oscuridad. Los persegui­-

dores se reunieron alrededor del pozo intentando ver al

ladrón ahogándose.

 

Esto tampoco pertenece a la mente lógica porque la mente ló­gica necesita tiempo. La mente lógica necesita tiempo para pro­ceder, para pensar, para decidir el camino que debe seguir, todas las alternativas -y hay mil y una alternativas-. Cuando estás en una situación donde no hay tiempo para pensar, si hay gente per­siguiéndote... ¿cómo puedes pensar? Pensar está bien cuando es­tás sentado en un sillón. Con los ojos cerrados puedes filosofar, pensar y discutir, a favor de esto y en contra de aquello, pros y contras; pero cuando te están persiguiendo y tu vida está en peli­gro no tienes tiempo de pensar: uno vive en el momento, uno simplemente se vuelve espontáneo. No es que él decidiera arro­jar la piedra, simplemente sucedió. No fue una conclusión, no es­taba pensando hacerlo, simplemente se encontró haciéndolo. Arrojó una piedra en el pozo y se ocultó en la oscuridad, los per­seguidores se detuvieron, pensando que el ladrón se había ahoga­do en el pozo.                                            

 

Cuando el muchacho regresó a casa estaba muy enfadado

con su padre e intentó contarle la historia. Pero el padre le

inte­rrumpió: «No te molestes en contarme los detalles,

estás aquí, has aprendido el arte».

 

¿Qué sentido tiene contar los detalles? Son inútiles. Los deta­lles son inútiles en cuanto a la intuición se refiere porque la in­tuición nunca es repetición. Los detalles son significativos en todo lo que se refiere a la lógica. Por eso la persona lógica estu­dia minuciosamente los detalles de modo que si la misma situa­ción vuelve a suceder estará bajo su control y sabrá qué hacer.

Pero en la vida de un ladrón jamás se repite la misma situa­ción. Y en la vida real nunca se repite la misma situación. Si tie­nes tu mente llena de conclusiones estarás medio muerto, no po­drás responder. En la vida, se necesita respuesta, no reacción: tienes que actúar sin premisas, sin conclusiones previas en tu in­terior. Tienes que actúar sin un centro: en lo desconocido desde lo desconocido.

Y esto es lo que Goso Hoyen solía decir cuando la gente le preguntaba cómo es el Zen. El solía contar esta historia.

El Zen es exactamente como robar: es un arte; no es una cien­cia, es femenino; no es masculino, no es agresivo, es receptivo; no es una metodología bien planeada; es espontaneidad. No tiene nada que ver con teorías, hipótesis, doctrinas, escrituras: sólo tie­ne que ver con una cosa que es la consciencia.

¿Qué sucedió en ese momento cuando el muchacho estaba en el interior del arcón? Ante un peligro así no te puedes dormir.

Ante un peligro así tu consciencia se vuelve muy aguda, tiene que hacerlo. Tu vida está en peligro, tu estás totalmente despier­to. Es así como uno debería estar, totalmente despierto en todo momento. Y cuando estás totalmente despierto, sucede este giro: la energía fluye del hemisferio izquierdo al hemisferio derecho. Siempre que estás alerta, te vuelves intuitivo; te vienen flashes, flashes desde lo desconocido, de la nada. Podrías no hacerles caso; si así fuera te perderías mucho.

De hecho todos los grandes descubrimientos de la ciencia provienen también del hemisferio derecho, no del izquierdo. De­bes haber oído hablar de Madame Curie, la única mujer que ganó un Premio Nobel. Ella trabajó duro durante tres años sobre cier­to problema matemático pero no lo podía solucionar. Trabajó duro, razonó desde todos los puntos de vista, pero no había ma­nera. Una noche, cansada, agotada, se durmió; e incluso mientras se estaba quedando dormida seguía tratando de resolver el pro­blema. Durante la noche se despertó, caminó, escribió la res­puesta en un papel, regresó, y se fue a dormir. Por la mañana se encontró la respuesta en la mesa. ¡No se podía imaginar quién lo había hecho! ¡No lo podía haber hecho nadie! El criado -no te puedes esperar que lo hubiera hecho él-, no sabía nada de mate­máticas. Recordaba que la noche anterior lo había intentado todo y no lo había podido solucionar. ¿Qué había pasado? Entonces trató de recordar porque la escritura era suya. Intentó recordar... y entonces le llegó un leve recuerdo, era como si en sueños hu­biera caminado hasta la mesa y escrito.

¿De donde había llegado esta respuesta? No podía haber sali­do del hemisferio izquierdo; el lado izquierdo había trabajado duro durante tres años. Y no había escrito en el papel ningún proceso, sólo una conclusión. Si hubiera venido del izquierdo hubie­ra habido un proceso, paso a paso. Pero este fue como un flash, el mismo tipo de flash que tuvo el muchacho en el arcón. El hemis­ferio izquierdo, cansado, agotado, incapaz, buscó la ayuda del hemisferio derecho.      

Siempre que te encuentres tan arrinconado, que tu lógica falle, no te desesperes, no pierdas la esperanza. Esos momentos podrían resultar ser las mayores bendiciones en tu vida porque esos son los momentos en los que el hemisferio izquierdo permite al dere­cho tener salida. Entonces la parte femenina, la parte receptiva, te da una idea. Si la sigues, se abrirán muchas puertas. Pero es po­sible que no te enteres; puede que digas: «!Qué bobada!».

Este muchacho podría no haberse enterado porque la idea que tuvo no era muy normal, corriente, lógica. ¿Hacer ruido como un gato? ¿Para qué? Podría haber preguntado: «¿Porqué?», y enton­ces se lo habría perdido. Pero no pudó preguntar porque la situa­ción era tal que no había otra salida. De modo que pensó: «Va­mos a probar. ¿Qué puede haber de malo en ello?». Él usó la clave.

El padre estaba en lo cierto. Le dijo: «No te molestes en con­tarme los detalles, estás aquí; has aprendido el arte».

Todo el arte consiste en cómo funcionar desde la parte feme­nina de la mente, porque lo femenino está unido con el todo y lo masculino no lo está. Lo masculino es agresivo, lo masculino está constantemente luchando; lo femenino está constantemente rendido, en profunda confianza. Por eso el cuerpo femenino es tan hermoso, tan redondo. Hay una profunda confianza y una profunda armonía con la naturaleza. La mujer vive en profunda rendición; un hombre está constantemente luchando, enfadado, haciendo esto y aquello, tratando de demostrar algo, tratando de llegar a algún lugar. La mujer es feliz, sin tratar de llegar a nin­gún lugar. Pregunta a las mujeres si les gustaría ir a la luna -sim­plemente se quedarán pasmadas-. ¿Para qué? ¿Qué sentido tie­ne? ¿Por qué crear tanto problema? El hogar está perfectamente bien. La mujer no está interesada en lo que está sucediendo en Vietnam o en Korea o lo que está sucediendo en Israel. Está como mucho interesada en lo que está sucediendo en el vecinda­rio, en quién se ha enamorado de quién, quién se ha escapado con quién... en cotilleos no en política. Está más interesada en lo in­mediato, en el aquí y el ahora; esto le da una armonía, una ele­gancia. El hombre está constantemente tratando de demostrar algo; y si quieres demostrar algo por supuesto tienes que luchar competir, acumular.  

En una ocasión una mujer trataba de que el doctor Johnson hablara con ella pero él parecía prestarle muy poca atención. «Por qué, Doctor -le dijo coqueteando-. Creo que usted prefiere la compañía de los hombres a la de las mujeres».

«Señora -replicó Johnson-, me gusta mucho la compañía de las señoras. Me gusta su belleza, me gusta su delicadeza, me gus­ta su vitalidad y me gusta su silencio».

 

El hombre ha forzado a la mujer a estar en silencio, no sola­mente en lo exterior, en el interior también; ha forzado a su parte femenina a que estuviera en silencio. Simplemente mira en tu in­terior. Si la parte femenina dice algo, inmediatamente te abalan­zas y dices: «¿Lógico?, ¡absurdo!». La gente viene y me dice: «El corazón nos dice que nos gustaría hacernos sannyasins, pero la cabeza dice que no». El doctor Johnson, intentando acallar a la mujer. El corazón es femenino.

Tu pierdes mucho de tu vida porque la cabeza sigue hablando; no te deja. Y la única cualidad que tiene la cabeza es que es más articulada, astuta, peligrosa, violenta. Por su violencia se ha con­vertido en el líder interno y este liderazgo interior se ha converti­do en el liderazgo exterior para el hombre. El hombre ha domi­nado también a la mujer en el mundo exterior, la gracia está do­minada por la violencia.

Fui invitado por una escuela para asistir a una ceremonia. Ha­bía una reunión de alumnos y la procesión se haría según la altu­ra de éstos; empezando por el más bajo hasta más alto. Pero me di cuenta que el patrón estaba roto por el primer niño que enca­bezaba la procesión. Era un joven larguirucho que les sacaba una cabeza al resto.                                                         

-¿Por qué está él delante? -le pregunté a una jovencita-.

-¿Es él el líder de la escuela, el capitán, o algo así?

-No, -me susurro: él pellizca.

La mente masculina pellizca, crea problemas. Los alborota­dores se convierten en líderes. En las escuelas, todos los maestros inteligentes escogen a los más alborotadores como capitanes de las clases y de las escuelas, los alborotadores, los criminales.

Una vez que están en un puesto de poder toda esa energía que creaba problemas se convierte en ayuda al profesor. Ellos mis­mos empiezan a crear disciplina.

Observa a los políticos en el mundo: cuando un partido está en el poder el partido opuesto comienza a crear problemas en el país. Son los transgresores de la ley, los revolucionarios. Y el par­tido que está en el poder sigue creando disciplina. Una vez que los han echado del poder, crearán problemas. Y una vez que el partido opuesto llega al poder, ellos se convierten en los guardia­nes de la disciplina. Todos ellos son alborotadores.

La mente masculina es un fenómeno perturbador, por eso vence, domina. Pero en lo más profundo, aunque puedas alcanzar poder, echas de menos la vida -y en lo más profundo-, continúa la mente femenina. Y a menos que recurras a lo femenino y te rin­das, a menos que tu resistencia y tu lucha se conviertan en rendi­ción, no conocerás qué es la verdadera vida, y su celebración.

He oído una anécdota:

Un científico americano visitó una vez las oficinas del gran fí­sico ganador del premio Nobel, Niels Bohr, en Copenhagen y se quedó maravillado al encontrase que encima de la mesa del des­pacho había una herradura, bien clavada al muro con la parte abierta hacia arriba de la manera apropiada para atraer la buena suerte y no dejar que se le escapase.

El americano dijo con un risa nerviosa: «¿Estoy seguro que usted no cree que esta herradura le traerá buena suerte, no es así, Profesor Bohr? Después de todo un científico tan prominente...».

Bohr se sonrío: «No creo en esas cosas, mi buen amigo, en ab­soluto. Raramente podría creer en esas tonterías sin sentido. De todas maneras, me han dicho que una herradura te trae suerte te lo creas o no te lo creas».                                     

 

Mira un poco más profundo, y justo por debajo de tu lógica te encontrarás con las aguas frescas de la intuición, con las aguas  frescas de la confianza, fluyendo.

El yoga es un camino que usa la razón para alcanzar a Dios -por supuesto muy difícil y más largo-. Si sigues a Patanjali es­tás tratando de hacer aquello que puede suceder sin hacer; estás esforzándote por hacer algo que puede suceder ahora mismo sin ningún esfuerzo. Estás tratando de ascender tirando de los cordo­nes de tus zapatos.

Zen es el camino de lo espontáneo: el esfuerzo sin esfuerzo, el camino de la intuición.

Un Maestro Zen, Ikkyu, un gran poeta, ha dicho: «Puedo ver nubes a mil millas de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos».

Esto es el Zen. No puedes ver las nubes a mil millas de dis­tancia con la mente lógica. La mente lógica es como un cristal, demasiado sucio, demasiado cubierto con el polvo de las ideas, teorías, doctrinas. Pero puedes ver nubes a mil millas de distan­cia con el cristal puro de la intuición, sin pensamientos, sólo pura consciencia. El espejo está limpio y la claridad es suprema.

No puedes escuchar la música ancestral en los pinos con la mente corriente y lógica. ¿Cómo puedes escuchar la música an­cestral? La música una vez que se va, se va para siempre.

Pero te lo aseguro, Ikkyu tiene razón. Puedes escuchar la mú­sica ancestral en los pinos... Yo la he escuchado. .. Pero es nece­sario un giro, un cambio total, un cambio de gestalt. Entonces puedes ver a el Buda predicando otra vez y puedes escuchar al Buda hablando otra vez. Puedes escuchar la música ancestral en los pinos porque es la música eterna, nunca se pierde. Tú has per­dido la capacidad de escucharla. La música es eterna; una vez que recuperas la capacidad; de repente está ahí otra vez. Siempre ha estado ahí, sólo tú no estabas ahí. Sé aquí y ahora y podrás ver también las nubes a mil millas de distancia, y escuchar la música ancestral en los pinos.

Véte cada vez más hacia el hemisferio derecho, vuélvete cada vez más femenino, cada vez más amoroso, rendido, confiado; cada vez más próximo al Todo. No trates de ser una isla, hazte parte del continente.  

 

 Basta por hoy.

 

Capítulo 2

 

El sentido de la madurez

 

La primera pregunta:

 

Me dijiste que mi mente es inmadura.

¿Qué significa tener una mente madura?

 

Pensar que sabes es ser inmaduro. Funcionar desde los cono­cimientos, desde la conclusión, es ser inmaduro. Funcionar des­de el no-conocimiento, sin conclusiones, sin un pasado, es ma­durez.

Madurez es tener una profunda confianza en tu propia cons­ciencia; la inmadurez es desconfiar de tu propia consciencia. Y cuando desconfías de tu consciencia estás confiando en tu cono­cimiento, pero es un sustituto y un sustituto muy pobre. Trata de entenderlo, es importante.

 Has vivido, has experimentado tantas cosas; has leído, has es­cuchado, has pensado. Ahora todas esas conclusiones están ahí. Cuando surge una situación determinada puedes funcionar de dos maneras. Puedes funcionar a través de todo lo acumulado en el pa­sado; en concordancia con esto -esto es lo que quiero decir cuan­do digo funcionar a través de un centro, a través de conclusiones, a través de experiendas pasadas, muertas-, entonces, hagas lo que hagas, tu respuesta no será una respuesta, será una reacción. Y ser reaccionario es ser inmaduro.       

Si puedes funcionar ahora mismo, aquí en este momento, a través de tu consciencia, siendo consciente, dejando a un lado todo lo que has conocido esto es lo que yo llamo funcionar a tra­vés del no-conocimiento. Esto es funcionar a través de la ino­cencia. Y esto es la madurez.

Estaba leyendo una anécdota:

 

Le pareció al señor Smith que ahora que su hijo había cum­plido trece años era importante tratar con él esos asuntos que un adolescente debe conocer sobre la vida. Así que una tarde llamó al muchacho al estudio, cerró la puerta cuidadosamente y con una dignidad impresionante le dijo:

-Hijo, me gustaría hablar contigo de los hechos de la vida.

-No faltaba más, papá- dijo el chico-.¿Qué quieres saber?

 

La mente es inmadura cuando no está lista para aprender. El ego se siente muy satisfecho cuando no necesita aprender nada de nadie; el ego se siente ensalzado cuando siente que ya sabe. Pero el problema está en que la vida sigue cambiando, nunca es la misma -sigue fluyendo, es un fluir- y tu conocimiento siem­pre es el mismo. Tus conocimientos no están evolucionando con la vida, están atascados en algún lugar del pasado y siempre que reaccionas a través de ellos pierdes la perspectiva, porque no ha­rás exactamente lo que hay que hacer. La vida ha cambiado, pero tus conocimientos permanecen los mismos y sigues actuando a partir de esos conocimientos. Esto significa que encaras el pre­sente con los conocimientos de ayer. Nunca serás capaz de estar vivo. Cuanto más funcionas a través de tus conocimientos, más inmaduro te vuelves.

Deja que te cuente una paradoja: todo niño inocente es madu­ro. La madurez no tiene nada que ver con la edad porque no tie­ne nada que ver con tener experiencia. La madurez tiene que ver con la sensibilidad, la frescura, la virginidad, la inocencia. Por eso cuando uso la palabra "maduro" no quiero decir que cuando hayas tenido más experiencias serás más maduro. Esto es lo que la gente normalmente quiere expresar cuando usa esta palabra; yo no quiero decir eso. Cuanto más conocimiento acumulas, más inmadura se vuelve tu mente. Y cuando tengas setenta u ochenta años serás completamente inmaduro, porque tendrás que funcio­nar a través de un rancio pasado. Observa a un niño pequeño... sin saber nada, sin tener experiencia, funciona en el aquí y ahora.

Por eso los niños pueden aprender más que los adultos. Los psicólogos dicen que si a un niño no le obligas a aprender, no le obligas a disciplinarse, puede aprender cualquier idioma en tres meses. Déjale sólo con gente que conozca ese idioma y se pondrá al día en tres meses. Pero si le obligas a aprender le costará casi tres años, porque cuanto más le obligues, más tenderá a funcio­nar a través de lo que ha aprendido, a través del conocimiénto del ayer. Si le dejas a él solo, va libre, espontáneamente; el aprendi­zaje sucéde fácilmente, por sí mismo, por su propio impulso.

Cuando el niño alcanza la edad de ocho años ha aprendido casi el setenta por ciento de lo que va a aprender en toda su vida. Puede que viva ochenta años, pero con ocho ya ha aprendido el setenta por ciento -sólo aprenderá un treinta por ciento más y cada día que pase su capacidad de aprender se irá reduciendo-. Cuanto más sabe, menos aprende. Cuando la gente usa la palabra "madudez" quiere decir más conocimientos; cuando yo uso la pa­labra "madurez" quiero decir la capacidad de aprender, no de sa­ber sino de aprender. Y son diferentes, completamente diferentes, son cosas diametralmente opuestas.

Los conocimientos son algo muerto. La capacidad de aprender es un proceso vivo: simplemente permaneces capaz de aprender, per­maneces disponible, permaneces abierto, listo para recibir. Aprender es receptividad. Los conocimientos te hacen menos receptivo por­que piensas que si ya sabes, ¿qué te queda por aprender? Cuando ya sabes, te pierdes muchas cosas, cuando no sabes nada, no te puedes perder nada.                    

Sócrates dijo en su vejez: «¡Ahora no sé nada!». Esto era ma­durez. Y antes de morir dijo: «No se nada».

 La vida es tan inmensa. ¿Cómo puede esta mente diminuta conocerla? A lo sumo tienes unos vislumbres y eso ya es mucho.

La existencia es tan vasta e infinita, sin principio, sin fin... ¿cómo puede esta diminuta gota de consciencia llegar a conocer­la? Ya es bastante que tengas algún vislumbre, que se abra algu­na puerta, pues son pocos los momentos en los que entras en con­tacto con la existencia. Pero esos momentos no se pueden convertir en conocimiento. Y tu mente tiende a hacerlo; por eso se vuelve cada vez más inmadura.        

Lo primero es que deberías ser capaz de aprender y que tu ca­pacidad de aprend¡zaje nunca debería estar cargada de conoci­mientos, nunca debería estar cubierta de polvo. El espejo del aprendizaje debería permanecer limpio y fresco de modo que pueda reflejar.

La mente puede funcionar de dos modos. Puede funcionar como una cámara fotográfica: la expones una vez, se acabó, la película inmediatamente queda repleta de conocimientos y pier­de su capacidad de aprender. La expones una vez y ya sabe: aho­ra es inservible, ya no es capaz de aprender más. Si la usas una y otra vez se hará más confusa. Por eso la gente que sabe demasia­do siempre tiene miedo de aprender, porque se confundirán. Ya son películas veladas.

Por eso hay otro tipo de aprendizaje: aprender como un espe­jo. Expón el espejo las veces que quieras, no importa; si te pones frente a un espejo, eres reflejado, si te quitas, el reflejo desapare­ce. El espejo nunca acumula.

La película de una cámara inmediatamente acumula; es mise­rable, atrapa, agarra. Pero el espejo simplemente refleja: te pones delante, estás ahí; te quitas, ya no estás.

Ésta es la manera de seguir siendo maduro. Todo niño nace maduro y casi todo el mundo muere inmaduro. Puede parecer muy paradójico, pero no lo es. Permanece inocente y permanece­rás maduro.

Lo segundo es que la mente inmadura está siempre interesada en trivialidades. La mente inmadura está siempre interesada en objetos: dinero, casas, coches, poder, prestigio... todo trivial, todo podrido. La mente madura está interesada sólo en la exis­tencia, en el ser, en la vida en sí misma. De este modo cuando digo que tienes una mente inmadura quiero decir que todavía es­tás interesado en cosas, no en personas, interesado en el exterior, no en el interior, interesado en los objetos, no en lo subjetivo; in­teresado en lo finito, no en lo infinito.

Sólo observa tu mente, adónde va, cuáles son sus fantasías. Si te encuentras un valioso diamante en la carretera y justo ahí mis­mo ha florecido una rosa, ¿en qué estarás interesado, en la rosa o en el diamante? No serás capaz de ver la rosa si estás interesado en el diamante. Pasarás por alto la rosa, no tiene valor. Tus ojos estarán cegados por el diamante. Toda tu mente estará enfocada en el diamante y pasarás por alto otro diamante que estaba más vivo: la rosa.                                 

Dicen que en el paraíso hindú las rosas no son rosas normales, están hechas de diamantes. No lo sé, pero yo sí he visto rosas. Si puedes ver rosas hechas de diamantes, aquí en la tierra, ¿por qué ir tan lejos? Sin ir al paraíso, puedes verlas aquí y ahora...

Una vez que aprendes cómo ver una rosa no existe nada com­parable. Y una vez que puedes ver la rosa podrías olvidarte com­pletamente del diamante.

Resulta que Mulla Naruddin vino a verme el otro día. Estaba muy preocupado y me dijo:       

 -Oh, pobre señor Jones. Osho, ¿has oído lo que le pasó? Se tropezó en lo alto de las escaleras, cayó rodando hasta abajo, se golpeó en la cabeza y se mató.

Asombrado le pregunté:

-¿Se mató?

-Se mató, -repitió con énfasis-, ¡y además se le rompieron las gafas!

 

La mente inmadura está más interesada en las gafas que en la: vida, la muerte o el amor; más interesada en cosas, casas, coches. Cuando te digo que tienes una mente inmadura, quiero decir que todavía estás interesado en aquello que no tiene valor, lo no esen­cial. Como mucho se puede usar, como mucho puede convertirse en algo decorativo, pero no puede reemplazar a la vida, no puede sustituirla, no puede convertirse en la vida misma. Y hay mucha gente que ha hecho de esto su vida.  

Conozco a algunas personas ricas que viven unas vidas tan pobres que uno no se lo puede ni imaginar.

 

Conocía a un hombre en Delhi que tenía seis bungalós, todos alquilados. Y él vivía en una pequeña celda oscura, sin hijos ni esposa. En una ocasión le pregunté:

-Tienes suficiente. ¿Por qué sigues viviendo en esta oscura y pequeña celda? ¿Por qué te has impuesto esta prisión? ¿Qué tipo de penitencia estás cumpliendo?

Me dijo:

-Ninguna. Siempre he vivido de este modo y es perfectamen­te hermoso. Y hay gente viviendo en esos seis bungalos.

Él va a los bungalós sólo para cobrar el alquiler. Le pregunté:

-¿Por qué nunca te has casado?

-Soy un hombre pobre y las mujeres son muy caras. No pue­do permitírmelo -me dijo.

 

 Si te encuentras a este hombre serás incapaz de reconocer que es dueño de seis grandes casas y que gana mucho dinero. ¿Qué le há sucedido? Está mas interesado en el dinero que en sí mismo; está más interesado en el dinero que en el amor; está más intere­sado en el poder que acompaña al dinero, pero jamás ha compartido nada con nadie.

Estas personas no son raras, son muy corrientes. Todo el mun­do tiene esta tendencia en su interior. Y la gente sigue racionali­zando. El hombre es muy listo, dice: «Esto no es avaricia. No me malentiendas. Soy un hombre sencillo, vivo una vida sencilla. Soy un hombre religioso y me gusta la vida sencilla».

Si estás demasiado interesado en los objetos eres inmaduro. Cambia tu atención, interésate cada vez más en las personas en vez de en ti mismo.

Tengo aquí una sannyasin, Nisha. Ella se enamora siempre de gente pobre y es riquísima. Hace sólo unos días, vino y pregun­tó: «Osho, ¿por qué sigo enamorándome de gente pobre y que está casi en la calle?». Conozco la razón: con un mendigo no ne­cesita preocuparse de su dinero. Se cree que está ayudando a esa gente porque les da de comer, por cosas pequeñas. De hecho nun­ca se ha enamorado. Está tan enamorada del dinero que no puede enamorarse de las personas. Ella compra a esa gente con dinero; no le cuestan nada, no corre ningún riesgo. Y ellos se sienten obligados porque ella les da comida, ropa, cobijo; se sienten obli­gados de modo que fingen que están enamorados de ella y ella continúa aparentando que se ha enamorado. Éste es un modo de proteger su dinero y de permanecer cerrada, miserable.

Está sufriendo, está dolorida, pero no puede verlo. Tiene que aprender a compartir. Si sabes compartir, eres maduro. Si no sa­bes cómo compartir, eres inmaduro.

Este compartir ocurre a todos los niveles, en todas las direc­ciones, en todas las dimensiones. Comparte todo lo que tengas. Y por eso una de las cosas más básicas que tienes que entender es que cuanto más compartes algo, más crece en ti. Comparte todo lo que tengas y crecerá; apégate a ello, ten miedo a compartir, a la amistad, al amor, y se encogerá. La vida sólo conoce una ley y esa ley es la de la expansión, la de compartir.

Mira la naturaleza. La naturaleza es tan derrochadora. Cuan­do se necesita una flor, mil y una flores brotarán. Cuando haces el amor a una mujer o a un hombre, en cada orgasmo se liberan millones de células. Una habría sido suficiente porque como mu­cho se puede concebir un niño, pero se liberan millones de células; Un solo hombre podría poblar toda la tierra. iUn solo hom­bre! Un hombre corriente tiene por lo menos cuatro mil relaciones en su vida -un hombre corriente-, y en cada relación se liberan millones de células. Todo el mundo, toda la población que existe ahora mismo, podría ser producida por un solo hom­bre. Y sin embargo ese hombre, si está en Occidente, sólo será  padre de dos o tres niños; si está en Oriente de doce, catorce, quince, nada más. Para que sean concebidas quince personas, se liberan millones de células.

La naturaleza es derrochadora. Cuando se necesita una flor produce millones. Un árbol producirá... Mira este gulmohr, tie­ne listas millones de semillas. Todas caerán y unas pocas -una, dos, cuatro, cinco, veinte, un centenar- podrían convertirse en ár­boles. ¿Por qué tantas semillas? Dios no es un miserable. Si pides uno, te da millones. iSólo pide! Jesús ha dicho: «Llama y se te abrirán las puertas, pedid y se os dará». Recuerda, si pides uno, se te darán millones.

En el momento que te vuelves un miserable te estás cerrando a los fenómenos básicos de la vida: expansión, compartir. En el momento que comienzas a apegarte a las cosas, has errado el ob­jetivo. Has fallado, porque el objetivo no son los objetos, tú, tu ser más interno, es el objetivo; no una casa hermosa, sino un tú hermoso, no mucho dinero, sino tú lleno de riqueza, no muchas cosas, sino un ser abierto, disponible a millones de cosas.

Cuando digo que eres inmaduro, quiero decir que te preocu­pan demasiado los objetos y todavía no has aprendido que la vida consiste en consciencia, en seres, no en cosas. Las cosas están para usarse, son necesarias, pero no empieces a vivir para ellas. No sólo de pan vive el hombre: si sólo vives de pan, sólo de co­sas, es que ya estás muerto.

Y lo tercero: la madurez es siempre espontánea. No hace pla­nes, no ensaya.

 La gente viene a mí... Justo la otra noche había alguien que me dijo: «Preparo tantas preguntas cuando vengo a verte, pero cuando llego aquí me olvido. ¿Qué me haces?».

¡No estoy haciendo absolutamente nada! Todo eres tú. En el momento que preparas algo ya estas diciendo que es falso. La rea­lidad no necesita prepararse. En la vida, no son necesarios los en­sayos, son necesarios en el teatro. El teatro es algo falso. Si tienes que preparar tus preguntas quiere decir que esas preguntas no son tuyas. Si estas sediento y vienes a mí, ¿te olvidarás de que tienes sed y de que te gustaría saciarla? ¿Cómo te puedes olvidar? De he­cho, cuando llegas a la orilla de un río, la sed te quemará más in­tensamente, porque en el momento que ves el agua corriendo y es­cuchas el sonido del gorgoteo, inmediatamente todo lo que habías estado reprimiendo emergerá. Todo tu ser responderá; dirá: «iEs­toy sediento!». Si estás sediento no te olvidaras.

Pero tú preparas las preguntas. Te preparas para ir al río y di­ces: «Tengo mucha sed». ¿Qué sentido tiene prepararse? Si tie­nes sed, tienes sed. Si no tienes sed, cuando llegues al río, te ha­brás olvidado.  

Cuando digo que eres inmaduro, quiero decir que preparas las preguntas, tus cuestiones. Son cosas de la mente, no vienen de tu corazón. No tienen relación contigo, no están arraigadas en ti.

                                   

Se cuenta en la biografía de George Bernard Shaw que una vez, en el estreno de una de sus obras, al terminar salió a saludar con obvia complacencia, para aceptar los crecientes aplausos del gentío. A pesar de todo, había un discrepante, que encontró la ocasión, en un momento en el que el público dejó de aplaudir, para gritar de un modo desaforado: «¡Shaw, tu obra apesta!».

 Hubo un momento de horrorizado silencio, pero Shaw, im­perturbable, exclamó desde el escenario: «Amigo mío, estoy to­talmente de acuerdo con usted, pero ¿quiénes somos nosotros dos -en ese momento señaló con la mano hacia el público- en contra de la gran mayoría?».

Y los aplausos sonaron aun con más entusiasmo que antes.

 

No puedes preparar algo así, es imposible. Es una respuesta espontánea, de ahí su belleza. No puedes prepararte para estas cosas. Y la vida es un proceso tan continuo: o actúas o se pasa la ocasión. Más tarde, encontrarás mil y una respuestas -podrías haber dicho esto o aquello-, pero no sirven de nada.

 

Mark Twain regresaba a su casa con su mujer desde una sala de conferencias, donde acababa de dar una hermosa charla. Su mujer no había estado presente, sólo había ido a buscarle.

Por el camino le preguntó:

-¿Cómo ha ido el discurso?

Mark Twain dijo:

-¿Cuál de ellos? El que he preparado, el que he dado, o el que ahora estoy pensando que tendría que haber dado? ¿Cuál de ellos?

 

Si lo preparas, esto es lo que pasará. Permanece consciente, alerta, despierto y actúa desde tu espontaneidad. Y no solamente los demás verán la vitalidad de tu respuesta, tú también te estre­mecerás de emoción con tu propia respuesta. No sólo los demás se sorprenderán, tú mismo te sorprenderás.

Llamo a una mente madura, cuando conserva la capacidad de sorprenderse. Una mente es madura si continúa siendo capaz de ser sorprendida, por otros, por sí misma, por todo. La vida es una constante maravilla: no tiene planes preparados o respuestas prefa­bricadas. Nunca sabe qué va a suceder, va hacia lo desconocido en cada momento. Nunca se adelanta a sí misma, ni nunca se queda rezagada. Permanece sencillamente ella misma, esté donde esté.

Y lo último y más importante: cuando digo que tienes una mente inmadura, básicamente quiero decir que tienes mente. La mente en sí misma es inmadura. Sólo la no-mente es madura.

La madurez no tiene nada que ver con la mente, porque men­te significa todo lo que tu conoces. Mente significa tus experien­cias, mente significa tu pasado, tus ensayos, tus preparaciones. Todas estas cosas están implícitas en la palabra "mente". La mente no es algo en particular, es toda la acumulación, toda la ba­sura, todo la montaña de tu pasado muerto.

Cuando digo: «Sé maduro», quiero decir conviértete en no­-mente. Si actúas espontáneamente, actuarás desde la no-mente. Si te mantienes capaz de aprender, continuarás siendo capaz de ser no-mente, una y otra y otra vez; la mente nunca almacenará. Si eres capaz de permanecer alerta y espontáneo, capaz de sor­prenderte con la vida y contigo mismo, poco a poco, te irás inte­resando cada vez más en lo más interno de tu vida, en la esencia de la vida. Cuando mires a una persona, no verás sólo el cuerpo; tu mirada se hará penetrante, tu mirada será como unos rayos X. Captará a la persona, la consciencia que hay allí, la luz interior en esa otra persona. El cuerpo es sólo una morada: te encontrarás a la persona; os daréis la mano, pero no sólo la mano, saludarás a la persona, os encontraréis.   

Y en tu propia vida, poco a poco, te irás haciendo consciente de que el cuerpo es sólo la vestimenta exterior: tienes que cui­darlo, no debes desatenderlo, es valioso, pero no lo es todo. Tú eres el maestro, no el sirviente. Y poco  a poco, cuanto más te adentres en tu interior, verás que la mente también es una vesti­menta, más íntima, más valiosa que el cuerpo, pero no más va­liosa que tú. Tú permaneces como el valor supremo.

Una vez que sabes que tú eres el valor supremo, has madurado. Y una vez que conoces tu valor supremo, conoces el valor supremo de todo. Todos los seres son budas, nadie es menos que eso; toda la vida es divina, siempre estás caminando en suelo sagrado.

-Se dice que cuando Moisés fue a la montaña a reunirse con Dios, el matorrál estaba ardiendo y proveniente del matorral escu­chó una voz: «¡Detente! Quítate los zapatos. Esto es suelo sagra­do». Siempre me ha gUstado. Pero todo suelo es suelo sagrado y en todos los matorrales Dios está ardiendo. Si todavía no has visto esto, no has comprendido nada. Mira otra vez... en todos los mato­rrales Dios está ardiendo y de cada matorral viene el mandamiento: «¡Detente y quítate los zapatos. Estás caminando en suelo sagra­do!». Todos los suelos, toda la tierra, toda la existencia es sagrada. Cuando tengas este sentimiento dentro de ti, te llamaré maduro, no antes de eso. Una mente madura es una mente religiosa.

 

La segunda pregunta:

 

¿Por qué hago montañas de un grano de arena?

 

 Porque el ego no se siente bien; no se siente cómodo, con gra­nos de arena, quiere montañas. Incluso si es una miseria, no debe­ría ser un grano de arena, debería ser el Everest. Incluso si es una miseria, el ego no quiere ser ordinariamente miserable, ¡quiere ser extraordinariamente miserable!

 

 Se cuenta que Bernard Shaw dijo: «Si no voy a ser el primero en el cielo, me gustaría ir al infierno... pero me gustaría ser el primero».

En la cristiandad existe sólo un infierno y Bernard Shaw nun­ca supo que en la India tenemos el concepto de siete infiernos. Si hubiera oído hablar sobre los infiernos hindúes hubiera escogido el séptimo, porque en el quinto se hubiera sentido humillado, ya que otros están muy por delante de él en el séptimo. ¡Los pecadores de verdad, los grandes pecadores, están en el séptimo! De una manera o de otra, uno quiere ser el primero. Por eso uno si­gue haciendo montañas de un grano de arena.

 

 Una mujer hipocondriaca murió. Toda la ciudad, toda la pro­fesión médica se sintió liberada, porque era un constante proble­ma en la cabeza de mucha gente, en todas partes, por todos lados. La familia, los doctores, los médicos; había molestado a todo el mundo y nadie pudo ayudalar. Y se aficionó a la idea de que na­die sabía nada sobre el tipo de enfermedad que padecía, era una enfermedad extraordinaria. De hecho no había enfermedad.

Cuando se murió casi hubo una fiesta en la ciudad. Pero cuan­do abrieron el testamento, donde ella había escrito que su volun­tad debía ser atendida eficazmente, leyeron que consistía en que se colocara en su tumba una lápida con una inscripción labrada con estas palabras: «¿Os creeréis ahora que estaba enferma?».

De esta manera continuaría persiguiendo a toda la ciudad otra vez.

 

La gente continúa creando grandes problemas a partir de la nada. ¡He hablado con miles de personas acerca de sus proble­mas y no me he encontrado todavía un problema que fuera real! Todos los problemas son fingidos, tú los creas, porque sin pro­blemas te sientes vacío. Entonces no hay nada que hacer, nada con lo que luchar, ningún lugar adonde ir. La gente va de un gurú a otro, de un maestro a otro, de un psicoanalista a otro, de un gru­po de terapia a otro, porque si no van, se sienten vacíos y de re­pente sienten que la vida no tiene significado. Creas problemas para poder sentir que la vida es una gran tarea, un crecimiento, y tienes que esforzarte mucho.   

El ego sólo puede existir cuando se esfuerza, recuerda: cuan­do lucha. Si te digo: «Mata tres moscas y te iluminarás», no me creerás. Dirás: «¿Tres moscas? No es mucho pedir. ¿Y me ilumi­naré? No parece probable». Si te dijera que tienes que matar a se­tecientos leones, por supuesto, ¡eso es otra cosa!

Cuanto mayor es el problema, mayor el desafío, y con el de­safío tu ego asciende, vuela alto. Tú creas los problemas, los pro­blemas no existen.

 Y ahora si me lo permites, ni siquiera hay un grano de arena. Eso también es un truco tuyo. Dices: «Sí, podrían no ser monta­ñas, sino un grano de arena...». No, ni siquiera hay un grano de arena, ésas son tus creaciones. Primero creas un grano de arena a partir de la nada, después creas montañas a partir de un grano de arena. Y los sacerdotes, psicoanalistas y gurús están felices por­que todo su negocio existe gracias a ti. Si no creas un grano de arena de la nada y no conviertes el grano de arena en montañas, ¿qué sentido tendrán los gurús ayudándote? Primero tienes que dar el perfil para que te puedan ayudar.   

Los verdaderos maestros han estado diciendo otra cosa. Han dicho: «Por favor mira lo que haces, qué tontería estás haciendo.

Primero te creas el problemá, luego vas a la búsqueda de una so­lución. Sólo observa por qué estás creando el problema. Exacta­mente al principio, cuando estás creando el problema, está la so­lución. ¡Deja de crearlo!». Pero esto no te atraerá, porque de repente esto te confronta contigo mismo. ¿Nada que hacer? ¿Sin iluminación? ¿Sin satori? ¿Sin samadi? Y te quedas profunda­mente inquieto, vacío, tratando de llenarte con cualquier cosa, no importa qué.                 

No tienes ningún problema; sólo tienes que entender esto. En este mismo momento puedes dejar caer todos tus problemas por­que son tus creaciones. Echa otra mirada a tus problemas, cuanto más profundamente los mires, más pequeños te parecerán. Sigue mirándolos y poco a poco comenzarán a desaparecer. Sigue mi­rándolos y de repente encontrarás que hay un vacío... un hermo­so vacío te rodea. Nada que hacer, nada que ser, porque tú ya eres eso.

La iluminación no es algo que haya que alcanzar, sólo tiene que ser vivida. Cuando digo que he alcanzado la iluminación, simplemente quiero decir que he decidido vivirla -¡hasta aquí hemos llegado!- y desde entonces la he vivido. Decides que ya no estás interesado en crear más problemas; esto es todo. Decides terminar con toda esta tontería de ir creando problemas y encon­trando soluciones.

Es un juego que juegas contigo mismo: tú mismo te estás es­condiendo y tú mismo te estás buscando, eres ambas partes. ¡Y lo sabes! Por eso cuando lo estoy diciendo sonríes, te ríes. No estoy diciendo nada ridículo, tú lo entiendes. Te estas riendo de ti mis­mo. Sólo obsérvate riendo, mira tu propia sonrisa: lo estás enten­diendo. Tiene que ser así porque es tu propio juego: te estás ocul­tando y estás esperando que tú mismo seas capaz de buscar y encontrarte.

Te puedes encontrar a ti mismo en este momento porque eres tú el que se esconde. Por esto los maestros Zen siguen golpean­do. Siempre que alguien llega y dice: «Me gustaría ser un Buda», el maestro se enfada mucho. Porque está pidiendo tonterías, ya que él es un Buda. Si el Buda llega a mí y me pregunta cómo ser un Buda, ¿qué es lo que se supone que debo hacer? Le golpearé en la cabeza: «¿A quién te crees que estás engañando? Tú eres un Buda».

No te crees problemas innecesarios. Y comenzará a surgir una comprensión si observas cómo haces un problema cada vez más grande, cómo lo haces girar y cómo ayudas a la rueda a moverse cada vez más rápido. De repente estás en la cima de tu miseria y necesitas de la compasión del mundo entero.

Una sannyasin, Marga, me escribió una carta. Me dijo: «Osho, estoy muy triste porque cuando hablas miras a todo el                                  mundo menos a mí».   

Yo no estoy mirando a nadie, pero tengo ojos, o sea que tienen que estar en algún lugar. No es que esté mirando a alguien; no es­toy mirando a nadie. Y puedes ver en mis ojos que están vacíos, están ausentes. Pero si estás tratando de encontrar tu reflejo en ellos y no lo encuentras, te pones muy triste. Ahora hay un nue­vo problema. Ahora el ego se siente herido. ¡Mirando a todo el mundo excepto a ti! Sólo observa cómo has hecho de ti misma una excepción; te has convertido en extraordinaria. Yo miro a todo el mundo, a todo el grupo, excepto a ti. Te has vuelto única. Si miro a Marga -cosa que no voy a hacer; desde que recibí su carta, no he vuelto a mirarla-, entonces el ego podría tener otro problema: la estoy mirando sólo a ella. ¡Entonces eso creará un problema!

 Eres un gran creador de problemas. Sólo entiende esto y de repente los problemas desaparecen. Tú estás en perfectas condi­ciones. Has nacido perfecto: éste es todo el mensaje. Has nacido perfecto, la perfección es tu naturaleza más intima. Únicamente tienes que vivirla. Decídete y vívela.

 Pero si todavía no te has hartado del juego puedes continuar.  

Pero no preguntes la razón, porque ya la sabes. La razón es muy sencilla: el ego no puede existir en el vacío, necesita luchar con algo. Incluso un fantasma en tu imaginación servirá, pero necesi­tas luchar con alguien. El ego sólo existe en conflicto. El ego no es una entidad, es una tensión. Siempre que hay un conflicto la tensión surge y el ego existe; cuando no hay un conflicto la ten­sión desaparece y el ego desaparece. El ego no es una cosa, es sólo una tensión.

Y por supuesto nadie quiere tensiones pequeñas, todo el mun­do quiere grandes tensiones. Si tus propios problemas no son su­ficientes comienzas a pensar en la humanidad, el mundo, el futu­ro; socialismo, comulfismo y toda esa basura. Comienzas a pensar en ello como si el mundo entero dependiera de tu consejo.

Entonces piensas: «¿Qué es lo que va a pasar en Israel? ¿Qué es lo que va a pasar en África?». Y sigues dando consejos y creas problemas. La gente se preocupa mucho, no puede dormir por­que hay alguna guerra, se pone nerviosa. Su propia vida es tan corriente que las personas buscan lo extraordinario en otro lugar. La nación tiene problemas, entonces se identifican con la nación. La cultura tiene problemas, la sociedad tiene problemas, existen grandes problemas, pues tú te identificas. Eres hindú y la cultura hindú está en dificultades; eres cristiano y la Iglesia está en difi­cultades. El mundo entero está en juego: ahora te engrandeces a través de tu problema.

El ego necesita problemas. Si entiendes esto, esa misma com­prensión convierte de nuevo las montañas en granos de arena, y después los granos de arena también desaparecen. De repente se hace el vacío, puro vacío a tu alrededor. Esto es la iluminación: la comprensión profunda de que no existe ningún problema.

Entonces, cuando no tengas que resolver ningún problema, ¿qué harás? Inmediatamente empezarás a vivir. Comerás, dormi­rás, amarás, tendrás tus conversaciones, cantarás, bailarás... ¿Qué más puedes hacer? Te has convertido en un dios, has co­menzado a vivir.

Si es que Dios existe, una cosa es segura: no tendrá ningún problema. Por lo menos esto es seguro. ¿Entonces qué hace con todo su tiempo? Sin problemas, sin psiquiatra al que consultar, sin gurú al que visitar y rendirse... ¿Qué está haciendo Dios? Debe de estar volviéndose loco, girando. ¿Qué es lo que hará? No, él está viviendo; su vida está totalmente llena de vida. Está comiendo, durmiendo, bailando, teniendo una aventura amorosa, pero sin problemas.

Comienza a vivir este momento y verás que cuanto más vives, menos problemas hay, porque ahora que tu vacío está florecien­do y viviendo, ya no son necesarios. Cuando no vives, esa misma energía se agria. La misma energía que se podría haber converti­do en una flor se estanca. Sin permitírsele florecer se convierte en una espina en el corazón; es la misma energía.

Obliga a un niño pequeño a sentarse en una esquina y dile que se quede totalmente inmóvil, sin moverse. Observa lo que suce­de... sólo unos minutos antes, estaba perfectamente bien, fluyen­do; ahora su cara se ha puesto roja porque tiene que dominarse, controlarse a sí mismo. Todo su cuerpo se ha puesto rígido y tra­ta de agitarse aquí y allá y quiere saltar fuera de sí mismo. Has forzado la energía: ahora no tiene un sentido, un significado, un espacio para moverse; sin lugar para crecer y florecer, está atas­cada, helada, rígida. El niño está sufriendo una pequeña muerte, una muerte temporal.

Si no permites al niño correr otra vez, moverse alrededor del jardín y jugar, comenzará a crear problemas, fantaseará, creará problemas en su mente y comenzará a luchar con esos proble­mas. Verá un perrazo y se asustará o verá un fantasma y tendrá que luchar y escapar de él. Ahora está creando problemas. La misma energía que hasta hace un momento fluía a su alrededor, en todas las direcciones, está atascada y se está agriando.

Si la gente pudiera bailar un poco más, cantar un poco más, ser un poco más loca, su energía fluiría más y sus problemas poco a poco irían desapareciendo.                

Por eso insisto tanto en el baile. ¡Baila hasta el orgasmo! Deja que toda tu energía se convierta en danza y de repente verás que no tienes cabeza: la energía atascada en la cabeza se está moviendo a tu alrededor, creando hermosas formas, imágenes, movimientos. Y cuando bailas llega un momento en el que tu cuerpo deja de ser algo rígido; se vuelve flexible, fluido. Cuando bailas, llega un mo­mento en el que tus límites dejan de ser tan claros; te disuelves y te haces uno con el cosmos, las fronteras se diluyen.      

Observa a un bailarín. Verás que se ha convertido en un fenó­meno de energía, ya no es un forma fija, ya no está dentro de un marco. Está fluyendo, saliéndose fuera de ese marco, fuera de su forma y haciéndose más vivo, cada vez más vivo. Pero sólo si tú mismo bailas sabrás lo que sucede en realidad: la cabeza en tu in­terior desaparece, de nuevo eres un niño. Entonces no creas nin­gún problema.

Vive, baila, come, duerme, hazlo tan totalmente como sea po­sible. Y recuerda una y otra vez: siempre que te sorprendas a ti mismo creando algún problema, salte de ahí, inmediatamente. Una vez que te metes en un problema necesitarás una solución. E incluso si encuentras una solución, de esta solución surgirán otra vez mil y un problemas. Una vez que equivocas el primer paso, has caído en la trampa. Siempre que veas que te estás metiendo en un problema, cázate a ti mismo, corre, salta, baila, pero no te metas en el problema. Haz algo inmediatamente de modo que la energía que estaba creando los problemas se vuelva fluida, líqui­da, se disuelva, regrese al cosmos.

La gente primitiva no tiene muchos problemas. Me he encon­trado con grupos primitivos en la India que dicen que no sueñan en absoluto. Freud no hubiera creído que esto fuera posible. No sueñan, pero si en alguna ocasión alguien sueña -es un fenóme­no muy raro-, todo el pueblo ayuna, reza a Dios. Algo ha ido mal, algo malo ha ocurrido... un hombre ha soñado.

Nunca sucede en su tribu porque viven tan totalmente que no se les queda nada en la cabeza para completar durante el sueño. Todo lo que dejes incompleto tiene que completarse en tus sue­ños; todo lo que no hayas vivido permanece como una resaca y se completa a sí mismo en la mente; en esto consiste el sueño. Du­rante todo el día piensas. El pensamiento simplemente muestra que tienes más energía de la que usas para vivir, tienes más ener­gía de lo que eso que tú llamas vida necesita.

Te estás perdiendo la vida real. Usa más energía, así fluirán nuevas energías. Pero no seas un miserable. Úsalas hoy, deja que el presente se complete a sí mismo; el mañana se ocupará de sí mismo, no te preocupes acerca del mañana. La preocupación, el problema, la ansiedad simplemente muestran una cosa: que no estás viviendo correctamente, que tu vida no es todavía una cele­bración, un baile, una festividad. De ahí todos los problemas.

Si vives, el ego desaparece. La vida no conoce el ego, conoce sólo vivir y vivir y vivir. La vida conoce no-ser, no-centro; la vida no conoce la separación. Inhalas, la vida entra en ti, exhalas, tú entras en la vida. No hay separación. Comes y los árboles en­tran en ti a través del fruto. Después un día mueres, eres enterra­do en la tierra, y los árboles te absorben y te conviertes en frutos. Tus hijos te comerán otra vez. Te has estado comiendo a tus an­tepasados, los árboles los han convertido en frutos. ¿Y tú crees que eres vegetariano? No te dejes engañar por las apariencias, to­dos somos caníbales.       

La vida es una. Sigue moviéndose, viene a tu interior, pasa a través de ti. De hecho decir que la vida viene a tu interior no es correcto, porque entonces parece como si la vida llega a ti y pasa a través de ti. Tú no existes, sólo esta vida llegando y marchán­dose lo hace. Tú no existes, sólo la vida existe en sus formas tre­mendas, en su energía, en sus millones de delicias. Una vez que lo entiendas, deja que esta comprensión sea tu única ley.

Y comenzad a vivir como Budas desde este mismo momento.

Si decides de otro modo, es cosa tuya. Pero como yo lo veo, es una decisión: «No me voy a engañar a mí mismo nunca más. Ahora comienzo a vivir como un Buda, en el vacío. No voy a tra­tar de encontrar ocupaciones innecesarias. Me disuelvo».

 

La tercera pregunta

 

Me he dado cuenta de que en el fondo quiero ser amado

y aceptado como el hombre más grande de la tierra,

que quiero ser la persona más famosa.

Y me siento herido cuando alguien me rechaza.

¿Qué puedo hacer con estos sueños?

 

Si entiendes que son sueños entonces mójate la cara y tómate una taza de té. ¿Por qué tienes que hacer algo? Los sueños son sueños, ¿por qué molestarse? Pero tú no comprendes que son sueños.

Esto es prestado. Sabes que no son sueños, por eso estás preo­cupado. De otra manera, ¿por qué te preocupas? Si en un sueño ves que te has puesto enfermo, ¿vas al doctor cuando te despiertas por la mañana? En mi sueño estaba muy enfermo y ahora necesi­to medicinas. Nunca vas. Por la mañana te das cuenta de que era un sueño, ¡se acabó! ¿Qué sentido tiene visitar a un doctor?

Pero todavía no has entendido que son sueños. Para ti son relidades, de ahí el problema.     

«Me he dado cuenta de que en el fondo quiero ser amado». Si quieres ser amado, ¡ama!, porque cualquier cosa que das te es de­vuelta. Si quieres ser amado, olvida el querer ser amado. Ama y el amor vendrá a ti de mil maneras. La vida refleja, la vida resue­na, la vida se hace eco de todo lo que le lanzas. Por eso si quieres ser amado olvida el querer y el ser amado; ya que no es eso en ab­soluto. Entonces la regla simplemente es: ama.

Y si quieres ser aceptado como el hombre más grande de la tierra, empieza aceptando a todo el mundo como si fueran los hombres más grandes de la tierra. De otro modo, ¿cómo te van a aceptar a ti como el más importante? Ellos están en el mismo via­je. No te van a aceptar a ti como el más grande porque entonces ¿qué les pasará a ellos? Si tú eres el más importante, ¿quiénes son ellos? Nadie quiere ser otra cosa.

 

 Sucedió una vez. Un amigo de Mulla Nasruddin le estaba ha­blando. Se habían encontrado después de muchos años. Ambos eran rivales acérrimos... ambos eran poetas. Ambos empezaron a jactarse sobre los progresos que habían hecho en sus carreras.

-No  tienes idea,  Nasruddin,  de  cuánta  gente lee  ahora mi po­esía

-fanfarroneó el amigo-. Mis lectores se han doblado.

-¡Dios mío, Dios mío! -gritó Nasruddin-. ¡No tenía ni idea de que te habías casado!

 

 Todo el mundo está en el mismo viaje. Si quieres que la gente te acepte como el hombre más grande de la tierra, haz tuya esta regla: todo lo que quieras que los demás hagan por ti, hazlo por ellos. Pero éste es el problema. El ego quiere que seas el hombre más impor­tante de la tierra y nadie más. Entonces te sentirás herido, porque to­dos están en el mismo viaje. ¿Puedes entender algo tan simple? Es­tán esperando que tú también les aceptes como los grandes hombres.

 

Escuché a Mulla Nasruddin una vez. Estaba dando un discur­so político.

Dijo: «Me dirijo con una gran turbación a una audiencia de gente más inteligente que yo; esto es, si hacemos la suma de to­dos ellos».

 

 

Todos están tratando de estar en la cima del mundo; luego es­tás compitiendo con el mundo entero; Recuerda, vas a ser derro­tado. Un solo hombre luchando contra todo del mundo, ésa es la situación.

Si lo entiendes, hay dos maneras. Una, olvida este viaje, sé normal, sencillo, quienquiera que seas. No hay necesidad de ser especil, lo único necesario es ser real. Ser el más grand, es una meta errónea. Ser real..                                                                                  

Me he encontrado un eslogan hippy: «Sé realista, planea un milagro». Sí, así es. Si eres realmente realista, comienzas a vivir el milagro. Y el milagro es, si eres real, no quieres que te moles­ten con la competición, con la comparación. ¿A quién le impor­ta? Disfrutas comiendo, disfrutas repirando, disfrutas de la luz del sol, disfrutas de las estrellas, disfrutas de la vida, disfrutas de estar vivo: estás perfectamente sintonizado, en armonía con la to­talidad. ¿Qué sentido tiene ser un gran hombre? El gran hombre, los llamados grandes hombres, son casi siempre falsos. Tienen que serlo. No pueden ser personas reales. Son de plástico. Porque han escogido una meta equivocada. Ser grande es una meta del ego, ser real es existencia!

Si quieres ser el más grande, estarás continuamente en con­flicto.Y por supuesto todo el mundo te perjudicará. No es que todo el mundo esté intentando perjudicarte, ellos están en su propio viaje; tú te estás cruzando en su camino innecesaria­mente.

 Abandona esa carrera de ratas. Siéntate debajo de un árbol al lado del camino. Es tremendamente hermoso y silencioso. De otra manera prepárate a que te hagan daño.

 

Un político solía venir a verme. En una ocasión fue el presi­dente del Congreso Nacional indio, un gran hombre en la India.

Y me dijo:

-Soy un hombre muy sencillo. ¿Por qué la gente va difun­diendo cosas desagradables sobre mí? ¿Por qué la gente quiere perjudicarme?

Le respondí:                        

-Nadie quiere perjudicarte. Estás cruzándote en su camino sin necesidad. Ellos también quieren ser presidentes de grandes par­tidos. Estás obstaculizando su camino. Tienen que quitarte de en medio. Le dije: «Sólo recuerda lo que le hiciste al presidente an­terior. Lo mismo están tratando de hacer contigo, te están toman­do el pelo».

 

Una vez que estás en un puesto de poder te empujan y tiran de ti. Tiene que ser así.        

Ramakrishna solía contar una bonita historia:

 

Un pájaro volaba con un ratón muerto y veinte o treinta pája­ros le iban persiguiendo. El pájaro estaba muy preocupado. «¿Por qué? No les estoy haciendo nada, sólo esto llevando mi ratón muerto. ¿Porqué todos me persiguen?».

Y le pegaron fuerte, y en el conflicto, en la lucha, el pájaro abrió la boca y el ratón cayó. Inmediatamente todos volaron ha­cia el ratón, todos se olvidaron de él.      

Entonces se sentó en un árbol y meditó entristecido.

 

No estaban en su contra, estaban también en el mismo viaje: querían el ratón.

Si la gente te está haciendo daño, abre la boca. ¡Debes de es­tar llevando un ratón muerto! ¡Suéltalo! y siéntate, si puedes, siéntate en el árbol o debajo del árbol y medita tristemente. Y de repente verás que se han olvidado de ti. No les interesas. Nunca les interesaste. El ego es un ratón muerto.

 

La hija mayor de Jones acababa de dar a luz a un hermoso bebé y Jones estaba siendo felicitado. Parecía de todos modos abatido y un amigo le dijo: «¿Cuál es el problema, Jones? ¿No te gusta la idea de ser abuelo?». Jones dejó escapar un enorme sus­piro. «No -dijo-. No, eso no me molesta tanto. Pero es tan humi­llante tener que meterte en la cama con una abuela».

 

Observa tu mente, cómo crea problemas. La mujer sigue sien­do la misma, pero ahora que se ha convertido en abuela uno se siente humillado.

Son tus ideas las que están creando tu humillación. Si estás real­mente preocupado en tu propio bienestar entonces nadie te está ha­ciendo daño: son sólo tus propias ideas. Déjalas caer.

O, si te sientes bien con ellas, no te preocupes de las heridas. Carga con ellas. Pero toma una decisión en tu interior: si escoges el viaje del ego, si quieres ser el hombre más grande del mundo, todos te van a demostrar que eres el peor hombre del mundo. En ese caso ten el coraje y el corazón para sufrir todo esto. Es inútil, pero si escoges este camino, es tu elección. Si realmente quieres tu bienestar, tu calma interior, silencio y felicidad, entonces estas heridas son indicativas: dentro de ti estás cargando con algunas ideas erróneas.

Abandónalas.

 

La última pregunta...

 

No tengo preguntas,

sólo un sentimiento de desesperación.

No puedo creerme mis preguntas. Tengo la

sensación de que vienen de algo frágil e irreal.

 

«No tengo preguntas, sólo un sentimiento de desespera­ción...». ¿Cómo surge la desesperación? Debes de estar esperan­do demasiado. Surge por tener demasiadas esperanzas.

Si no esperas, desaparece toda desesperación. Si esperas demasiado, la frustración está garantizada. Si estás tratando de te­ner éxito, estás destinado a fracasar. Con todo lo que intentas con demasiado empeño, sucede justamente lo contrario.

Debes de haber estado intentando realizar con demasiado em­peño alguna esperanza, por eso llega la desesperación. Si real­mente quieres liberarte de la desesperación -y todo el mundo lo quiere-, entonces libérate de la esperanza. Abandona toda espe­ranza y de repente verás que, al desaparecer la esperanza, desa­parece la desesperación. Entonces uno llega a una tranquilidad interna donde no existe ni esperanza, ni desesperación. Uno está simplemente calmado, tranquilo y recogido, como una gran re­serva de energía, una fuente de energía, imperturbable.

Pero para esto tienes que sacrificar la esperanza. La pregunta muestra que todavía estás esperando. Vete un poco más al fondo y más lejos: si estás realmente desesperado, la desesperación de­saparecerá...

Déjame que te lo explique de otra manera. Siempre que una persona dice que está desesperada está diciendo que todavía está aferrada a esa misma esperanza que se ha demostrado vana, o de la que no hay indicación de que se vaya a realizar en absoluto. Pero todavía sigue manteniéndola, esperando a pesar de todo. La desesperación continua.

No esperes nada. No hay necesidad, porque todo lo que pue­des esperar ya ha sido dado. ¿Qué más puedes esperar?

Estás aquí, todo está aquí: el ser lo es todo. Pero tú no lo aprecias, estás pidiendo un ratón muerto, un viaje de poder, un viaje del ego, un éxito a los ojos del mundo. Éstos no se van a realizar; incluso Alejandro Magno fracasó. Incluso Alejandro Magno mu­rió como un hombre pobre, un mendigo, porque todo aquello que acumulas te es arrebatado, te vas con las manos vacías. Con las manos vacías llegas, con las manos vacías te vas.

Entonces, ¿por qué preocuparte del éxito, las riquezas, el po­der, ya sea material o espiritual? Simplemente sé... Y ser es el milagro más grande. Vuélvete hacia tu interior -lo que el Buda llama paravritti-. Da un giro completo, un giro total y de repen­te estás tan lleno de alegría que no necesitas nada más. De hecho tienes tanto que te gustaría derramarlo sobre los demás.

Pero las cosas siguen oscilando de un extremo al otro. Si espe­ras, entonces poco a poco el péndulo se desplaza hacia la deses­peración. Si estás demasiado enamorado de la vida, poco a poco vas hacia el suicidio. Si eres demasiado religioso, poco a poco te vas moviendo y te vuelves antirreligioso. El péndulo sigue mo­viéndose hacia el opuesto. En algún lugar en el medio uno tiene que parar.

Y si te paras en el medio, el tiempo se detiene contigo. Y cuando el tiempo se detiene, toda esperanza, todos los deseos se han detenido. Comienzas a vivir. Ahora es el único momento y aquí es el único espacio.                                                                         

Déjame que te cuente una historia. Es una anécdota judía muy hermosa.

 

El joven Sammy Moskowitz se acababa de comprar un scoo­ter; pero había sido educado de un modo ortodoxo y no estaba muy seguro de si estaría bien que un judío ortodoxo fuera en sco­oter. Pensó que la mejor manera de arreglarlo era que su venera­do rabino le enseñe una barucha, una oración tradicional de bendiciones, para cantársela a su scooter antes de conducirlo. Se­guro que esto lo purificaría y podría usarlo.

Así pues, se dirigió a su rabino y dijo:

-Rabino, he comprado un scooter y desearía saber si puedes enseñarme una barucha para decírsela cada mañana.

 El rabino dijo:                             

 ¿Qué es un scooter?

Sammy se lo explicó, y el rabino agitó la cabeza.

Por lo que yo sé, no hay ninguna barucha apropiadá para la ocasión y tengo grandes sospechas de que conducir un scooter es pecado. Te prohíbo que lo uses.

 Sammy se deprimió mucho, pues desde lo más profundo de su alma quería conducir ese scooter, que además le había costado una suma considerable. Se le ocurrió una idea. ¿Por qué no bus­car una segunda opinión, quizás más liberal, de un rabino que no fuera ortodoxo sino simplemente conservador?

Encontró a un rabino conservador que, a diferencia del rabino ortodoxo consultado con anterioridad, no llevaba en absoluto el tradicional abrigo largo sino que vestía un traje oscuro de ejecu­tivo. El rabino conservador dijo:

-¿Qué es un seooter?

Sammy se lo explicó. El rabino pensó por un momento y en­tonces dijo:

-Supongo que no hay nada malo en conducir un scooter, pero de todos modos no conozco ninguna barucha apropiada, y si tie­nes mala consciencia, es mejor que no lo conduzcas.

Viajó a los suburbios y se encontró con el rabino Richmond Ellis, en pantalón corto, y a punto de irse a jugar a golf en su scooter.

Sammy se puso nerviosísimo:

-¿Es correcto para un judío conducir su scooter? -le dijo- Tengo uno pero no estoy seguro de que esté bien que lo utilice. Claro chaval -dijo el rabino-. No hay nada malo en un scoo­ter. Condúcelo con cuidado.   

-Entonces dame una barucha para el scooter.

El rabino reformado quedó pensativo y luego dijo:

-¿Qué es una barucha?

 

¡Las cosas van de un extremo al otro! El ortodoxo no sabe qué es un scooter y el progresista no sabe qué es una barucha. Por culpa de la religión, de demasiada religión dogmática, la gente se vuelve demasiado irreligiosa. Cuando dejan la iglesia, se van con la prostituta.    

En alguna parte se necesita un profundo equilibrio. Justamen­te entre los dos, exactamente entre los dos, está la trascendencia.

Tú has vivido con esperanza: ahora la esperanza ha fallado y estás viviendo en la desesperación. Ahora deja que la desespera­ción también fracase; deja caer la esperanza y la desesperación a la vez. Simplemente trasciende esa actitud que vive en el futuro.

¡Vive aquí y ahora! Vivir en la esperanza es vivir en el futuro, que es en realidad posponer la vida. No es una forma de vivir, sino una forma de suicidio. No se necesita ninguna esperanza: y no es necesario sentirse desesperado. Vive aquí y ahora. La vida es tre­mendamente maravillosa, está colmándote aquí y tú estás miran­do hacia otro lugar. Está justo delante de tus ojos, pero tus ojos se han ido muy lejos, están mirando al horizonte. Está dentro de ti, pero tú no estás ahí.        

No estoy a favor de la esperanza, no estoy a favor de la de­sesperación. Estoy en contra de todo extremismo. Todo exceso es inútil.

 Buda solía decir: «Mi camino es el camino de en medio».

majjhima pratipada. Ése es el camino de la trascendencia.

 

Basta por hoy.

 

 

Capítulo 3

El Halo Del Buda Yakushi

 

Un día de invierno, un samurai sin maestro llegó al templo

de Eisai e hizo esta petición: «Soy pobre y estoy enfermo

-dijo­ y mi familia se está muriendo de hambre. Por favor,

ayúdanos, maestro».

Dependiente como era de las limosnas de las viudas, la

vida de Eisai era muy austera, y no tenía nada que dar.

Estaba a punto de despedir al samutai cuando de repente

se acordó de la imagen del Buda Yakushi que estaba

en la sala. Acercándose a ella le arrancó el halo y se lo

dio al sa­murai.

«Véndelo -dijo Eisai-, solucionará tus problemas». El

asombrado pero desesperado samurai cogió el halo y se fue.

«¡Maestro! -gritó uno de los discípulos de Eisai-, ¡eso es

un sacrilegio!». ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

«¿Sacrilegio? ¡Bah! Lo único que he hecho ha sido poner la

mente del Buda, que está llena de amor y misericordia, a

trabajar, para que nos entendamos.  En verdad, si él mismo

 hubiera oído al probre samirai se habría cortado

un brazo por él.

 

Meditación es la flor y compasión es la fragancia.  Así es como sucede exactamente: la flor florece y la fragancia se esparce a los vientos en todas las direcciones, para ser llevada hasta los mismos confines de la tierra.  Pero el asunto básico es el florecimiento de la flor.

El hombre también lleva en su interior un potencial para el florecimiento. Hasta que y a menos que el ser interior de un hom­bre florezca, no es posible la fragancia de la compasión. La com­pasión no puede practicarse, no es una disciplina. No puedes manipularla, está más allá de ti. Si meditas, de repente, un día te haces consciente de un nuevo fenómeno, completamente desco­nocido: desde tu ser la compasión fluye hacia toda la existencia; sin dirección, sin rumbo fijo, moviéndose hasta los últimos con­fines de la existencia.

 Sin meditación, la energía se queda en pasión; con medita­ción, esa misma energía se convierte en compasión. La pasión y la compasión no son dos energías, son una y la misma energía. Una vez que pasa a través de la meditación, se transforma, se transfigura, se vuelve cualitativamente diferente. La pasión va hacia abajo, la compasión va hacia arriba. La pasión va a través del deseo, la compasión va a través de la ausencia de deseo. La pasión es una ocupación para que olvides las miserias en las que vives, la compasión es una celebración. La compasión es un bai­le de consecución, de realización -estás tan realizado que puedes compartir-. Ahora no queda nada; has realizado el destino que llevabas en tu interior durante milenios, como una potencialidad para florecer, sólo un capullo. Ahora has florecido y estás bailan­do. Lo has alcanzado, estás realizado. No te queda nada más que alcanzar, ningún lugar a donde ir, nada que hacer.

¿Qué le sucederá ahora a la energía? Comienzas a compartir. Esa misma energía que estaba yendo a través de oscuras capas de pasión ahora va hacia arriba, con rayos de luz, sin contaminar con ningún deseo, sin contaminar con ningún condicionamiento, sin ser corrompida por ninguna motivación; por eso lo llamo "fragancia". La flor es limitada, pero la fragancia no. La flor tie­ne limitaciones, está arraigada en algún lugar en cautiverio. Pero la fragancia no está presa, simplemente va, cabalga en los vien­tos sin amarras en la tierra.

 La meditación es la flor. Tiene raíces. Existe en ti. Una vez que ha sucedido, la compasión no está arraigada, simplemente se mueve y sigue moviéndose: Buda ha desaparecido, pero no su compasión. La flor morirá más pronto o más tarde; es parte de esta tierra y el polvo volverá al polvo, pero la fragancia que ha sido liberada permanecerá para siempre. Buda se ha ido, Jesús se ha ido, pero no su fragancia. Su compasión todavía continúa y quienquiera que esté abierto a su compasión inmediatamente sentirá su impacto, será conmovido, será llevado en un nuevo viaje, en un nuevo peregrinaje.

La compasión no está limitada a la flor; viene de la flor, pero no es de la flor. Llega a través de la flor, la flor es simplemente un canal, pero viene realmente del más allá. No puede llegar sin la flor, la flor es una etapa necesaria, pero no pertenece a la flor. Una vez que la flor ha florecido, se libera la compasión.

Esta insistencia, este énfasis, tiene que ser entendido en pro­fundidad, porque si no ves lo esencial puedes comenzar a practi­car la compasión, pero entonces no será una fragancia real. Una compasión practicada es simplemente la misma pasión con un nuevo nombre. Es la misma energía contaminada de deseo y de motivación corrupta y puede convertirse en algo muy peligroso para otras personas, porque en el nombre de la compasión puedes destruir, en el nombre de la compasión puedes crear esclavitud. No es compasión, y si la practicas, estás siendo artificial, formal, de hecho, un hipócrita.

Lo primero que hay que recordar continuamente es que la compasión no puede ensayarse. Es en este punto donde todos los seguidores de todos los grandes maestros religiosos se han equi­vocado. Buda alcanzó la compasión a través de la meditación; ahora los budistas practican la compasión. Jesús alcanzó la com­pasión a través de la meditación; ahora los cristianos, los misio­neros cristianos, practican el amor, la compasión, el servicio a la humanidad. Pero su compasión ha demostrado ser una fuerza muy destructiva en el mundo: su compasión sólo ha creado gue­rras, su compasión ha destrozado a millones de personas que han acabado en oscuros cautiverios.

La compasión te libera, te da libertad; pero esa compasión tie­ne que llegar a través de la meditación, no hay otro modo. Buda ha dicho que la compasión es un derivado, una consecuencia. Tú no puedes acceder a una consecuencia directamente, tienes que actuar; tienes que producir la causa y le seguirá el efecto. De modo que si realmente quieres entender en qué consiste la com­pasión tendrás que entender qué es la meditación. Olvídate de la compasión, llega espontáneamente.

Intenta entender qué es la meditación. La compasión se puede convertir en un criterio para ver si tu meditación es correcta o no. Si la meditación ha sido correcta, inevitablemente llegará la com­pasión; es natural, le sigue como una sombra. Si la meditación ha sido errónea, no le seguirá la compasión. De ese modo la compa­sión puede funcionar como criterio para ver si la meditación ha sido realmente correcta o no.

Incluso la meditación puede ser incorrecta. La gente tiene la noción equivocada de que todas las meditaciones son correctas. No es así. Las meditaciones pueden ser incorrectas: por ejemplo, cualquier meditación que te lleve a una profunda concentración , es incorrecta, no te llevará a la compasión. Te cerrarás cada vez más en lugar de ir abriéndote. Si limitas tu consciencia, te con­centras en algo, excluyes a la existencia en su totalidad, y te en­focas en un solo punto, crearás en ti cada vez más tensión. Por eso la palabra atención: significa "en-tensión". El mismo sonido de la palabra concentración produce en ti una sensación de ten­sión.

La concentración tiene su propia utilidad, pero no es medita­ción. En el trabajo científico, en la investigación científica, en el laboratorio científico, necesitas concentración. Tienes que con­centrarte en un problema y excluir todo lo demás, tanto que casi dejas de pensar en el resto del mundo. Ese único problema en el que estás concentrado es tu mundo. Por eso los científicos son distraídos. Las personas que se concentran demasiado siempre están distraídas porque no saben cómo permanecer abiertos al resto del mundo.

Estaba leyendo una anécdota:

 

-He traído un rana -dijo radiante un científico, profesor de zoología, a su clase- directamente del estanque, para que poda­mos estudiar sus características físicas y más tarde diseccionarla.

Cuidadosamente desenvolvió el paquete que traía y dentro apareció un sándwich de jamón preparado con esmero. El bueno del profesor lo miró con asombro.

-Qué curioso! -dijo-. Recuerdo claramente haberme comido mi almuerzo.

 

Esto les ocurre continuamente a los científicos: se concentran en un solo punto y toda su mente se estrecha. Por supuesto, una mente estrecha tiene su utilidad: se vuelve más penetrante, se vuelve afilada como una aguja, se enfoca exactamente en el lugar correcto, pero se olvida de toda la vida que le rodea.

Un buda no es un hombre de concentración, es un hombre de conocimiento. No ha estado tratando de limitar su consciencia; al contrario, ha dejado caer todas las barreras y se ha hecho total­mente asequible a la existencia. Observa... la existencia es si­multánea... Estoy aquí hablando y simultáneamente se oye el ruido del tráfico, el tren, los pájaros, el viento soplando por entre los árboles; en este momento toda la existencia converge. Tú es­cuchándome, yo hablándote y millones de cosas sucediendo; es inmensamente rica.

La concentración te enfoca en un solo punto a un precio muy alto: el noventa y nueve por ciento de tu vida es descartada, Si es­tás resolviendo un problema matemático, no puedes escuchar a los pájaros, serán una distracción. Los niños jugando alrededor, los perros ladrando en la calle serán una distracción. La esposa trabajando en la cocina lavando los platos será una distracción. Por culpa de la concentración la gente ha tratado de escapar de la vida, se ha ido a los Himalayas, se ha ido a una cueva, ha perma­necido áislado, para poder concentrase en Dios. Pero Dios no es un objeto. Dios es la totalidad de la existencia, este momento; Dios es la totalidad. Por ello la ciencia nunca será capaz de co­nocer a Dios.

El método intrínseco de la ciencia es la concentración y por culpa de este método la ciencia es incapaz de conocer a Dios.

Puede conocer detalles cada vez más minuciosos. Primero se pensó que la molécula era la última partícula, entonces fue divi­dida. Luego se descubrió una parte incluso más pequeña, el átomo, entonces la concentración también la dividió. Ahora existen electrones, protones, neutrones; más pronto o más tarde también serán divididos.

La ciencia va de lo pequeño a lo más pequeño, y lo grande, lo inmenso, es completamente olvidado. El todo es completamente olvidado por la parte. La ciencia nunca podrá conocer a Dios a causa de la concentración. Por eso cuando vienen a mí y me di­cen: “Osho, enséñanos concentración, queremos conocer a Dios”, sencillamente me asombro. No han entendido lo más bá­sico de la búsqueda.

La ciencia es unidireccional; la búsqueda es objetiva. La reli­gión es simultaneidad, el objetivo es el todo, la totalidad. Para conocer la totalidad, esto es, para conocer a Dios, tendrás que te­ner una consciencia que esté abierta por todos los lados, sin limi­tar, sin mirar desde una ventana. De otro modo el marco de la ventana se convertirá en el marco de la existencia. De pie, bajo el sol en el cielo abierto: esto es meditación. La meditación no tie­ne marco, no es una ventana, no es una puerta. La meditación no es concentración, no es atención. La meditación es consciencia.

Entonces ¿qué hacer? No te va a ayudar repetir un mantra o hacer meditación trascendental. La meditación trascendental se ha hecho muy importante en América debido a su enfoque obje­tivo, debido a la mente científica. Es la única meditación sobre la que se puede realizar un trabajo científico, porque es la única meditación en la que el trabajo científico puede ser realizado. Es exactamente concentración y no es meditación. Es comprensible para la mente científica.

 En las universidades, en los laboratorios científicos, en el tra­bajo de investigación psicológica, se está haciendo mucho sobre la M. T. (Meditación Trascedental), porque no es meditación. Es concentración, un método de concentración, entra dentro de la misma categoría que la con­centración científica. Hay un enlace entre las dos, pero no tiene nada que ver con la meditación. La meditación es tan amplia, tan tremendamente infinita que no es posible llevar a cabo sobre ella una investigación científica. Sólo la compasión demostrará si el hombre la ha alcanzado o no. Las ondas alfa no serán de gran ayuda porque todavía pertenecen a la mente y la meditación no pertenece a la mente, está mas allá.

Déjame contarte algunas cosas básicas. Una, la meditación no es concentración sino relajación. Simplemente te relajas en ti mismo. Cuanto más te relajas, más abierto te sientes, más vulne­rable. Cuanto más te relajas, menos rígido estás, más flexible eres y de repente la existencia comienza a penetrarte. Ya no eres como una roca, tienes aberturas. Relajación quiere decir que te permites a ti mismo caer en ese espacio donde no estás haciendo nada, porque si estás haciendo algo, la tensión continuará. Es un estado de no-acción. Simplemente te relajas y disfrutas de la sen­sación de relajación.

Relájate en tu ser. Solamente cierra los ojos y escucha todo lo que está sucédiendo a tu alrededor. No necesitas percibir nada como una distracción. En el momento que percibes algo como una distracción, estás rechazando a Dios. En este momento Dios ha llegado a ti como un pájaro, no lo rechaces. Ha llamado ha tu puerta como un pájaro. En el siguiente momento ha venido como un perro, ladrando, o como un niño gritando y llorando, o como un loco riendo. No lo niegues, no lo rechaces, acepta, porque si lo rechazas te pondrás tenso. Todas las negativas crean tensión.

Acepta. Si quieres relajarte, la aceptación es el camino. Acepta todo lo que esté sucediendo a tu alrededor; deja que se convierta en una totalidad orgánica. ¡Lo es! Podrías saberlo o podrías no saberlo todo está interrelacionado. Estos pájaros, estos, árboles, este cielo, este sol, esta tierra, tú, yo; todo está relacionado. Es una unidad orgánica. Si el sol desaparece, los árboles desapare­cerán; si los árboles desaparecen, los pájaros desaparecerán; si los pájaros y los árboles desaparecen, no podrás estar aquí, tú de­saparecerás. Es una ecología. Todo está profundamente relacio­nado entre sí.

Por eso no rechaces nada, porque en el momento que rechazas estás rechazando algo en ti. Si niegas estos pájaros cantores, algo en ti es negado.

 

Sucedió en una ocasión en primavera. El tiempo era delicioso yo estaba sentado en un banco en el parque: disfrutaba de la pri­mavera, los pájaros, el aire y el sol. Escuchaba los melodiosos gorjeos de los numerosos pájaros.

Un desconocido estaba sentado también en el mismo banco. Me volví hacia él y le dije: «¿No es delicioso el canto de los pá­jaros?».

Pero debía de ser un hombre religioso. Estaba recitando algún mantra. Se molestó. Sintió como si yo me hubiera entrometido.

Frunció el ceño y dijo: «¿Cómo diablos puedo escuchar lo que estás diciendo por encima del condenado ruido de esos estú­pidos pájaros?».

Pero si niegas, si rechazas, si sientes que te distraen, si estás enfadado, estás rechazando algo en tu interior. Escucha de nuevo a los pájaros sin ningún sentimiento de distracción o de rabia, y de repente verás que el pájaro en tu interior responde. Entonces esos pájaros dejan de ser unos desconocidos, unos intrusos: de repente toda la existencia se convierte en una familia. Lo es y yo llamo religioso al hombre que ha llegado a entender que toda la existencia es una familia. Él podría no ir a ninguna iglesia, podría no adorar en ningún templo, podría no rezar en ninguna mezqui­ta o gurudwara* (eso no importa, no tiene casi importancia). Si lo haces, bien, de acuerdo; si no lo haces, es todavía mejor. Pero el que ha comprendido la unidad orgánica de la existencia está constantemente en el templo, está constantemente frente a lo sa­grado, frente a lo divino.

Pero si estás recitando algún estúpido mantra pensarás que esos pájaros son estúpidos. Si estás repitiendo alguna tontería en tu interior o pensando en alguna trivialidad -podrías llamarla fi­losofía o religión-, entonces esos pájaros se convierten en dis­tracciones. Sus sonidos son simplemente divinos. No dicen nada, están simplemente burbujeando de dicha. Su canto no tiene nin­gún significado, excepto el de una energía desbordante. Quieren compartir con la existencia, con los árboles, con las flores, conti­go. No tienen nada que decir, están allí simplemente siendo, sien­do ellos mismos.    

Si te relajas, si aceptas. La única manera de relajarse es acep­tar la existencia. Si las cosas pequeñas te molestan, es entonces tu actitud la que te está molestando. Siéntate en silencio, escucha todo lo que está sucediendo a tu alrededor, y relájate. Acepta, re­lájate, y de repente sentirás un inmensa energía surgiendo en ti. Esa energía se revelará primero en que tu respiración se hará más profunda. Normalmente tu respiración es muy superficial y a ve­ces si intentas respirar profundamente, si comienzas a hacer pra­nayam, si empiezas a forzar algo, estás haciendo un esfuerzo.  No  es necesario  ese  esfuerzo.  Sencillamente acepta la vida,

 

(*) Gurudwara es el nombre que reciben los templos sufistas (N. del T.).

 

 

relájate y de repente verás que tu respiración nunca había sido tan profunda. Te relajas más, y la respiración se hace más profunda aún. Se hace más lenta, rítmica y casi puedes disfrutarla; te da un cierto placer. Entonces te darás cuenta de que la respiración es el puen­te entre tú y el todo. Sólo observa; No hagas nada.

 Pero cuanto más observas... y cuando digo observa, no trates observar; de otra manera te pondrás otra vez tenso y empezarás a concentrarte en la respiración. Simplemente relájate, permanece relajado, suelto. Y mira... porque ¿qué otra cosa puedes hacer? Estás ahí, sin nada que hacer, aceptándolo todo, sin negar nada, sin rechazar nada, sin esfuerzo, sin lucha, sin conflicto, la respi­ración se va haciendo más profunda. ¿Qué puedes hacer? Sim­plemente observa. Recuerda, simplemente observa; no hagas ningún esfuerzo en observar. Esto es lo que el Buda llama vipassana, la observación de la respiración, la consciencia en la respi­ración, o satipatthana, recordando, estando consciente de la energía vital que se mueve en la respiración. No intentes hacer respiraciones profundas, no intentes inhalar o exhalar, no hagas nada. Sencillamente relájate y deja que la respiración sea natural, yéndose por sí sola, llegando por si sola y muchas cosas se pon­drán a tu alcance.        

 Lo primero será que la respiración se puede tomar de dos ma­neras porque es un puente: una de sus partes está unida a ti, la otra parte está unida a la existencia. Por eso puede entenderse de dos maneras. Puedes tomártelo como una cosa voluntaria. Si quieres inhalar profundamente, puedes inhalar profundamente; si quieres exhalar profundamente, puedes exhalar profundamente. Puedes hacer algo al respecto, una parte está unida a ti. Pero si no haces nada, entonces también continúa. No necesitas hacer nada y continúa, también es involuntaria. La otra parte está unida a la existencia misma.   

Puedes imaginarte como si tú la estuvieras introduciendo en tu interior, la estás respirando, o puedes imaginarte justo todo lo contrario: que te está respirando. Y este otro modo tiene que ser comprendido porque te llevará a una profunda relajación. No es que tú estés respirando, sino que la existencia te está respirando. Es un cambio en la gestalt y sucede por sí mismo. Si continúas relajándote, aceptando todo, relajándote en ti mismo, poco a poco, de repente, te das cuenta de que tú no estás haciendo esas respiraciones: están llegando y marchándose espontáneamente, y llenas de tanta gracia, con tanta dignidad, con un ritmo, con un ritmo tan armonioso. ¿Quién lo está haciendo? La existencia te está respirando. Se introduce en ti, sale de ti. A cada momento te rejuvenece, a cada momento te hace vivo, una y otra vez. De re­pente percibes la respiración como un suceder...

Y así es como debe crecer la meditación. Y esto lo puedes ha­cer en cualquier lugar, también en el mercado, porque ese ruido también es divino. Y si escuchas silenciosamente, incluso en me­dio de la calle, percibirás una cierta armonía en el ruido. Ya no es una distracción.

Si estás en silencio, puedes ver muchas cosas, olas tremendas de energía moviéndose por todas partes a tu alrededor. Una vez que aceptas, donde vayas sentirás la divinidad. La palabra no es importante, pero sentirás algo inmenso, sentirás algo sagrado, algo luminoso, algo misterioso. Está sucediendo constantemente un milagro a tu alrededor, pero sigues sin verlo.

Una vez que la meditación se asienta en ti y tú te acompasas con el ritmo de la existencia, la compasión es una consecuencia. De repente sientes que te has enamorado de la totalidad y que el otro ha dejado de ser el otro. En el otro tú también vives. Y que el árbol no sigue siendo sólo "ese árbol de allí", de alguna mane­ra está relacionado contigo. Todo está interrelacionado. Tocas una brizna de hierba y has tocado todas las estrellas, porque todo está relacionado, no puede ser de otra manera. La existencia es orgánica. Es una, es una unidad.

Porque no somos conscientes, no podemos ver lo que seguimos haciéndonos a nosotros mismos. Tocas algo, y otra cosa que nunca habías pensado que estuviera relacionada comienza a suceder.

Precisamente la otra noche estaba leyendo algo sobre el olfa­to. La sensación, la capacidad de oler, ha desaparecido casi por completo de la humanidad. Los animales son muy inteligentes. Un caballo puede oler a kilómetros de distancia. Un perro puede oler más que un hombre. Sólo por el olor un perro sabe que su dueño está viniendo, y después de muchos años el perro recono­cerá de nuevo el olor de su dueño.

El hombre se ha olvidado por completo de este sentido. ¿Qué le ha sucedido al olfato? ¿Qué calamidad le ha sucedido al olfa­to? No parece que haya ninguna razón para que el olfato haya sido tan reprimido. Ninguna cultura en ningún lugar lo ha repri­mido conscientemente, pero ha sido reprimido. Se ha reprimido por culpa del sexo. Toda la humanidad vive con el sexo profun­damente reprimido y el olfato está conectado con el sexo. Antes de hacer el amor un perro olfatea a su pareja, porque a menos que olfatee una armonía profunda entre los dos cuerpos, no hará el amor. Una vez que el olor es el conveniente, entonces sabe que los dos cuerpos están sintonizados y pueden encajar y pueden  convertirse en una canción; incluso por un momento es posible la unión.

El olfato ha sido reprimido, porque en todo el mundo el sexo ha sido reprimido. La propia palabra se ha vuelto un poco censu­rable. Si te digo: «¿Oyes?», o si te digo: «¿Ves?», no te sientes ofendido, pero si te digo: «¿Hueles?»... Uno no debería ofender­se, es el mismo lenguaje. El olfato es una capacidad; al igual que ver y oír, oler es una capacidad. Cuando pregunto: «¿Hueles?», nos ofendemos porque hemos olvidado completamente que es una capacidad.                            

 

Hay una famosa anécdota sobre un pensador ingles, el doctor Johnson. Él estaba sentado en una diligencia cuando se subió una señora. Ella le dijo: «¡Señor, usted huele!».

Y él, que era un hombre de lenguaje, de letras, un gramático, respondió: «No señora. Usted huele. ¡Yo apesto!».

 

El olfato es una capacidad. «Usted huele. Yo apesto.» Lin­güísticamente tiene razón. Así es como se dice si usas correcta­mente la gramática. Pero la propia palabra se ha convertido en algo censurable. ¿Qué le ha sucedido al olfato? Una vez que has suprimido el sexo, también suprimes el olfato.

Puedes leer en las escrituras que la gente dice: «He visto a Dios». Nadie dice: «He olido ha Dios». ¿Qué hay de malo en ello? ¿Si los ojos son apropiados porque la nariz no lo es? En el Antiguo Testamento se dice que tu cara es hermosa y tu sabor es hermoso, pero no tu olor. Del olor no se habla. Hablamos de la beatífica visión de Dios, nunca hablamos acerca de su beatífico olor.

Este sentido está completamente mutilado, pero si mutilas un sentido, mutilas una parte de la mente. Si tienes cinco sentidos, entonces tu mente tiene cinco partes. Una quinta parte de la men­te está mutilada y nunca se sabe, ipero esto quiere decir que una quinta parte de la vida está mutilada! Las implicaciones son tre­mendas.

Si tocas algo pequeño en algún lugar reverbera por todos la­dos. Aceptalo todo. Estaba hablándote hace unos minutos acerca de reprimir el sexo: al reprimir el sexo, el olfato ha sido reprimi­do; al reprimir el sexo, tu respiración se ha vuelto superficial. Porque si respiras profundamente tu respiración masajea dentro de ti tu centro sexual. La gente viene a mí y dice: «Si respiramos de verdad, nos sentimos más sexuales». Si haces el amor a una mujer tu respiración se hará muy profunda. Si mantienes tu res­piración superficial, no serás capaz de alcanzar el orgasmo. La respiración golpea con fuerza, en lo más profundo del centro se­xual; desde el interior masajea el centro sexual.

 Porque el sexo ha sido reprimido, ha sido reprimida la respi­ración, y porque la respiración se ha reprimido, la gente se ha vuelto incapaz de meditar. Ahora observa todo el asunto, ¡qué tontería hemos hecho! Reprimiendo el sexo hemos reprimido la respiración, y la respiración es el único puente entre tú y el todo. Gurdjieff tiene razón cuando dice que casi todas las religiones se han comportado de tal manera que parece que están en contra de Dios. Hablan de Dios, pero parece que están básicamente en su contra. La manera en que se han comportado está en contra de Dios. Ahora que la respiración se ha reprimido, el puente se ha roto. Si sólo puedes respirar superficialmente, nunca va a alcan­zar la profundidad. Y si no puedes profundizar en ti mismo, no puedes profundizar en la existencia.   

El Buda hace de la respiración sus mismos cimientos. Una respiración profunda, relajada, la consciencia de esta misma, te da un silencio tan tremendo, una relajación, que poco a poco sim­plemente te fundes, te derrites, desapareces. Ya no eres una isla separada, comienzas a vibrar con el todo. Entonces ya no eres una nota separada, eres parte de toda esta sinfonía. Entonces sur­ge la compasión.

La compasión sólo aparece cuando puedes ver que todo el mundo está relacionado contigo. La compasión sólo surge cuan­do ves que eres parte de todo el mundo y todo el mundo es parte    de ti. Nadie está separado. Cuando cae la ilusión de la separa­ción, surge la compasión. La compasión no es una disciplina.

En la experiencia humana, la relación entre una madre y su hijo es la más próxima a la compasión. La gente lo llama amor, pero no debería llamársele amor. Es más parecido a la compasión que al amor, porque en ella no existe pasión. El amor de una ma­dre por su hijo es lo más parecido a la compasión. ¿Por qué? Por­que la madre ha conocido al hijo como parte de sí misma, él fue parte de su ser. Ella ha conocido al hijo como parte de si misma e incluso si el hijo ha nacido y está creciendo la madre sigue sin­tiendo un ritmo sutil con el hijo. Si el hijo se siente enfermo a mil kilómetros de distancia, la madre lo sentirá inmediatamente. Po­dría no saber que ha sucedido, pero se deprimirá. Podría no dar­se cuenta de que su hijo está sufriendo, pero ella comenzará a su­frir. Encontrará alguna razón para justificar por qué está sufriendo: su estómago no está bien, tiene dolor de cabeza, cual­quier cosa. Pero ahora la psicología profunda dice que la madre y el hijo siempre permanecen unidos por ondas de energía sutil, porque continúan vibrando en la misma longitud de onda. La te­lepatía es más fácil entre madre e hijo que entre cualquier otra persona; o entre gemelos (entre gemelos la telepatía es muy fá­cil). En la Unión Soviética se han llevado a cabo muchos experi­mentos sobre telepatía, por supuesto no por motivaciones reli­giosas: están tratando de saber si la telepatía puede ser usada como técnica de guerra. Serán capaces de usarla porque están en­contrando claves: los gemelos son muy telepáticos. Si un geme­lo tiene un resfriado a mil kilómetros de distancia, el otro co­menzará a tener un resfriado. Ellos vibran en la misma longitud de onda. Pueden afectarles las mismas cosas en segundos, porque ambos han vivido en el mismo vientre, uno como parte del otro, han existido juntos en el vientre materno.

El sentimiento de una madre hacia su hijo es sobre todo com­pasión porque ella le siente como suyo propio.

Estaba leyendo una anécdota:

 

 Durante la inspección preliminar en un campamento de Boy Scouts, el director encontró un gran paraguas oculto en el saco de dormir de un pequeño explorador, que obviamente no estaba en­tre los objetos de la lista del equipo. El director pidió al chico una explicación, y éste se la dio de forma muy hábíl preguntando a su vez: «Señor, ¿ha tenido usted madre alguna vez?».

 

"Madre" significa compasión, madre significa sentir por el otro como uno siente por uno mismo. Cuando una persona entra profundamente en meditación y alcanza el samadhi, se vuelve una madre. El Buda es más como una madre que como un padre. La asociación que hacen los cristianos con la palabra "padre" no es ni muy significativa ni muy hermosa. Llamar a Dios "padre" parece tener una connotación machista. Si es que existe algún Dios, sólo puede ser materno, no paterno.

"Padre" es tan institucional. Un padre es una institución. En la naturaleza el padre no existe. Si le preguntas a un lingüista, te dirá que la palabra "tío" es más antigua que la palabra "padre". Los tíos comenzaron a existir primero porque nadie sabía quién era el padie. Una vez que se estableció la propiedad privada, una vez que el matrimonio se convirtió en propiedad privada, la institu­ción paterna entró en la vida humana. Es muy frágil, podría desa­parecer cualquier día. Si la sociedad cambia, la institución puede desaparecer, como muchas otras instituciones han desaparecido. Pero la maternidad va a permanecer. La mateniidad es natural.

En Oriente mucha gente, muchas tradiciones, han llamado a Dios "la madre". Su punto de vista parece ser más apropiado. Observa a un Buda, su cara se parece más a la de una mujer que a la de un hombre. De hecho, por eso no lo hemos representado con barba o bigote. No, ni en Mahavira, Buda, Krishna, Ram ve­rás bigote o barba en sus caras. No es que les faltara alguna hor­mona; debían de tener barba, pero no las hemos representado porque eso daría a sus rostros una apariencia más masculina. En Oriente no nos preocupamos demasiado sobre los hechos, pero nos preocupamos mucho sobre su importancia, su significado. Por supuesto, las estatuas del Buda que has visto son todas falsas, pero en Oriente no nos preocupamos de eso. El significado es que el Buda se ha vuelto más como una mujer, más femenino. De esto es de lo que te estaba hablando el primer día: el cambio des­de el hemisferio izquierdo del cerebro al hemisferio derecho del cerebro, de lo masculino a lo femenino; el cambio desde lo agre­sivo a lo pasivo; el cambio desde lo positivo a lo negativo; el cambio desde el esfuerzo a la ausencia de esfuerzo. Un Buda es más femenino, más materno. Si realmente te vuelves un medita­dor, poco a poco podrás ver muchos cambios en tu ser y te senti­rás más como una mujer que como un hombre -más lleno de gra­cia, más receptivo, no violento, amoroso-. Y la compasión surgirá continuamente de tu ser; será simplemente una fragancia natural.

Normalmente todo lo que llamas compasión sigue ocultando tu pasión en su interior. Incluso si en ocasiones sientes simpatía hacia la gente, observa, disecciónalo, entra profundamente en tu sentimiento, y en algún lugar encontrarás alguna motivación. En acciones que parecen muy compasivas, en el fondo siempre en­contrarás alguna motivación.

 

Sucedió una vez que un hombre llamado Louie se sobresaltó mucho al regresar a su casa cuando encontró a su esposa en los brazos de otro hombre. Salió corriendo de la habitación gritando:

-Voy a coger mi escopeta.

Su esposa se precipitó tras él a pesar de su desnudez, lo aga­rró y gritó:        

-Tonto, ¿por qué te pones así? Fue mi amante el que pagó los muebles nuevos que compramos hace poco, mi ropa nueva, el que me dio el dinero extra que pensabas que había ganado cosiendo, los pequeños lujos que no hemos sido capaces de comprar, todos los ha costeado él!

 Pero Louie se soltó y continuó escaleras arriba.

-!La escopeta no, Louie! -aulló su mujer.

-¿Qué escopeta? -respondió Louie-. Voy a coger una manta.

Ese pobrecito va a resfriarse tumbado ahí de ese modo.

 

Incluso si sientes -o piensas que sientes, o finges que sientes­ compasión, profundiza y analiza, y siempre encontrarás otra mo­tivación en ello. No puede ser pura compasión, y si no es pura no es compasión, porque la pureza es un ingrediente básico de la compasión. De otra manera, es otra cosa; es más o menos una formalidad. Hemos aprendido cómo ser educados: cómo com­portarte con tu esposa, cómo comportarte con tu marido, cómo comportarte con tus hijos, con tus amigos, con tu familia. Hemos aprendido todo. La compasión no es algo que se pueda aprender. Surge en ti cuando has desaprendido todas las formalidades, to­das las etiquetas y maneras. Es muy salvaje. No tiene el sabor de la etiqueta, de la formalidad; comparadas con esto, todas ellas son cosas muertas. Está muy viva, es una llama de amor.

 

En el agujero número doce de un partido de golf muy dispu­tado, el campo tenía vistas a la carretera, y mientras Smith y Jo­nes se acercaban al agujero vieron que por aquélla transcurría la procesión de un funeral.

En esto, Smith se detuvo, se quitó la gorra, se la puso sobre el corazón e inclinó la cabeza hasta que la procesión desapareció al doblar la curva.

Jones estaba asombrado y después de que Smith volviera a colocarse la gorra y regresara al juego, le dijo:

-Ha sido un gesto muy delicado y respetuoso por tu parte, Smith.

-Oh, bueno -dijo Smith-. No podía haber hecho menos. Des­pués de todo he estado casado con esa mujer durante veinte años.

                                                                    

Porque estás obligado a hacer algunas cosas de las que haces, la vida se ha vuelto de plástico, artificial, formal. Tú por supues­to cumples tus obligaciones a regañadientes. Pero si te pierdes mucho de la vida, es natural, porque la vida sólo es posible si es­tás vivo, intensamente vivo. Si tu propia llama se ha cubierto de formalidades, obligaciones, reglas, que tienes que cumplir de mala gana, sólo podrás arrastrate. Puede que te arrastres y te sien­tas cómodo haciéndolo, tu vida puede ser una vida llena de co­modidades, pero no podrá ser muy viva.

Una vida realmente viva es, de algún modo, caótica. Digo de algún modo, porque ese caos tiene su propia disciplina. No tiene reglas porque no necesita tener ninguna regla. Tiene sus reglas más básicas escritas en su interior: no necesita tener ninguna re­gla exterior.

Ahora, la historia Zen:

 

Un día de invierno, un samurai sin maestro llegó al templo de

Eisai e hizo esta súplica:

«Soy pobre y estoy enfermo -dijo-, y mi familia se está mu-­

riendo de hambre. Por favor ayúdanos, maestro».

Dependiente como era de las limosnas de las viudas, la vida

de Eisai era muy austera, y no tenía nada que dar.

Estaba a punto de despedir al samurai cuando de repente se

acordó de la imagen del Buda Yakushi que estaba en la sala.

Acercándose a ella le arrancó el halo y se lo dio al samurai.

«Véndelo -dijo Eisai-, solucionará tus problemas».

El asombrado pero desesperado samurai cogió el halo y se

fue. «¡Maestro! -gritó uno de los discípulos de Eisai-, ¡eso es un

sacrilegio! ¿Cómo has podido hacer una cosa así?».

«¿Sacrilegio? ¡Bah! Lo único que he hecho ha sido poner la

mente del Buda, que está llena de amor y misericordia, a traba­jar,

para que nos entendamos. En verdad, si él mismo hubiera oído

al pobre samurai se habría cortado un brazo por él».

 

Una historia muy sencilla, pero llena de significado. Primero, incluso cuando no tienes nada para dar, mira otra vez, siempre encontrarás algo que puedas donar. Incluso cuando no tienes nada para dar, siempre puedes encontrar alguna cosa. Es una cuestión de actitud: si no puedes dar nada, por lo menos puedes sonreír; si no puedes dar nada, al menos puedes sentarte con la persona y agarrar su mano. No se trata de dar algo, se tra­ta de dar.

Este Eisai era un monje pobre, todos los monjes budistas lo son. Su vida era muy austera y no tenía nada que dar. Normal­mente, es un absoluto sacrilegio quitarle el halo a la estatua del Buda y regalarla. A ninguna persona llamada religiosa se le po­dría ocurrir, a menos que ese alguien sea realmente religioso. Por eso digo que la compasión no conoce de reglas, la compa­sión está mas allá de las reglas. Es salvaje. No sigue las formali­dades.

Entonces el maestro se acordó de la imagen del Buda en la sala. En Japón, en China, colocan un halo dorado en la cabeza del Buda para mostrar el aura alrededor de su cabeza. De repen­te el maestro se acordó todos los días debía adorar esa misma estatua).

 

Acercándose a ella le arranco el halo y se lo dio al samurai.

«Vende esto -dijo Eisai-, solucionará tus problemas».

El asombrado pero desesperado samurai cogió el halo y se fue.

 

Incluso el samurai estaba perplejo, no se esperaba algo así. In­cluso él debió pensar que esto era un sacrilegio. «¿Qué tipo de hombre es éste? Es un seguidor del Buda y ha destrozado la esta­tua. Incluso tocar la estatua es sacrilegio y él ha arrancado el halo».

Ésta es la diferencia entre una persona realmente religiosa y una persona que se dice religiosa. La persona que se dice religio­sa siempre mira la norma, siempre piensa en qué es apropiado y qué es inapropiado. Pero una persona realmente religiosa lo vive. No hay nada apropiado o inapropiado para él. La compasión es tan infinitamente apropiada que todo lo que haces a través de la compasión se convierte en apropiado automáticamente.

                                                                  

«Maestro -gritó uno de los discípulos de Eisai-, ¡eso es un

sacrilegio! ¿Cómo has podido hacer una cosa así?».

 

Incluso un discípulo entiende que esto no es correcto. Se ha hecho algo incorrecto.  

«¿Sacrilegio? ¡Bah! Lo único que he hecho ha sido poner la

mente del Buda, que está llena de amor y misericordia, a

traba­jar, para que nos entendamos. En verdad, si él mismo

hubiera oído al pobre samurai se habría cortado

 un brazo por él».

 

Entender es algo diferente a simplemente seguir. Cuando si­gues, te vuelves casi ciego. Entonces existen reglas que hay que mantener. Pero si entiendes, entonces también sigues, pero no si­gues estando ciego. Y en cada momento decides, en cada mo­mento tu consciencia responde y todo lo que haces está bien.

Una de las historias más bonitas del Zen es una acerca de un maestro Zen que una noche de invierno pidió que se le permitie­ra quedarse en el templo. Estaba temblando porque la noche era fría y afuera nevaba. Por supuesto, el sacerdote del templo simpa­tizó con él y le dijo:

-Puedes quedarte, pero sólo por esta noche, porque esto es un templo y no un sarai. Por la mañana tendrás que marcharte.

En mitad de la noche el sacerdote oyó un ruido. Fue corrien­do y no dio crédito a lo que veían sus ojos. El monje estaba sen­tado ante un fuego que había hecho en el interior del templo, y faltaba una estatua del Buda.

En Japón hacen las estatuas del Buda de madera.

El sacerdote preguntó:

-¿Dónde está la estatua?

El maestro le mostró el fuego y le dijo:

-Estaba tiritando y hacía mucho frío.

El sacerdote dijo:

-¡Parece que estás loco! ¿No ves lo que has hecho? Era una estatua del Buda. ¡Has quemado al Buda!

El maestro miró el fuego, que estaba desapareciendo, y hurgó en él con un palo.

El sacerdote preguntó:

-¿Qué estás haciendo?

Él dijo:

-Estoy tratando de encontrar los huesos del Buda.

El sacerdote dijo:

-Seguro que estás loco. Es un Buda de madera. No tiene huesos. El monje respondió:

-La noche todavía es larga y cada vez hace más frío, ¿por qué no traer también esos dos Budas?

Por supuesto lo tuvieron que echar fuera del templo inmedia­tamente. Ese hombre era peligroso.

Cuando estaba siendo expulsado del templo dijo:

-¿Qué estáis haciendo?, ¿echando a un Buda viviente a fuera por un Buda de madera? El Buda viviente estaba sufriendo tanto que tuve que mostrar compasión. Y si Buda estuviera vivo él ha­bría hecho lo mismo. Él mismo me habría dado esas tres estatuas. Lo sé. ¡Sé en lo más profundo de mi corazón que él hubiera hecho lo mismo!

Pero ¿quién estaba allí para escucharle? Lo habían echado fuera, donde había nieve y las puertas se cerraron.

Por la mañana, cuando el sacerdote salió, vio al maestro sen­tado cerca de un mojón con unas cuantas flores encima, adorándolo. El sacerdote vino otra vez y dijo:

-¿Qué estás haciendo ahora? ¿Adorando ún mojón?

El maestro dijo:

-Cuando llega la hora de rezar, fabrico mis Budas en cual­quier lugar, porque siempre están por todas partes. ¡Esta piedra es tan buena como tus Budas de madera ahí dentro!

 

Es una cuestión de actitud. Cuando miras con ojos devocio­nales, entonces todo se convierte en divino..

Y recuerda, la historia sobre Eisai es fácil de entender porque la compasión se muestra hacia otra persona. Esta otra historia es incluso más difícil y compleja de entender porque la compasión se muestra hacia uno mismo. Un verdadero hombre de compren­sión no es ni duro hacia los demás ni duro hacia sí mismo porque la energía es una y es la misma. Un verdadero hombre de com­prensión no es un masoquista. No es un sádico, no es un maso­quista. Un verdadero hombre de comprensión simplemente en­tiende que no existe separación: todo incluido él mismo es divino, y él vive a partir de esta comprensión.

Vivir a partir de la comprensión es compasión. Nunca inten­tes practicarla, sólo relájate profundamente en la meditación. Permanece en un estado de dejarte ir en la meditación y de re­pente serás capaz de oler la fragancia que viene de la profundidad de tu ser interior. Entonces la flor florece y la compasión se pro­paga. La meditación es la flor y la compasión es la fragancia.

 

Basta por hoy.

 

Capítulo 4

 

Sé Tu Propia Luz

 

 

La primera pregunta:

 

¿Es el Zen el camino de la rendición?

Entonces, ¿cómo es que la enseñanza básica del Buda es:

«Sé tu propia luz?».

 

La rendición esencial sucede en tu interior. No tiene nada que ver con alguien externo a ti. La rendición básicamente es relaja­ción, es confianza, así que no te dejes engañar por la palabra. Lingüísticamente, rendición quiere decir rendirse a alguien, pero en religión rendirse sencillamente quiere decir "confianza, rela­jación". Es más una actitud que una acción: tú vives a través de la confianza.    

 Deja que me explique. Tú nadas en el agua, vas al río y nadas. ¿Qué es lo que haces? Confías en el agua. Un buen nadador es tan confiado que casi se hace uno con el río. No está luchando; no se agarra al agua, no está rígido y tenso. Si estás rígido y tenso, te ahogarás; si estás relajado, el río cuida de ti.

 Por eso siempre que alguien muere, el cadáver flota en el agua: Es un milagro. ¡Asombroso! La persona viva, muere y se ahoga en el río; y la muerta simplemente flota en la superficie. ¿Qué ha sucedido? El muerto conoce algún secreto sobre el río que no conocía el vivo. El vivo estaba luchando. El río era su enemigo. Estaba asustado, no podía confiar. Pero el muerto, al no estar allí, ¿cómo va a luchar? El muerto está totalmente relajado, sin tensión; de repente el cuerpo emerge, el río lo cuida. No hay río que pueda ahogar a un muerto.

Confianza significa que no estás luchando. Rendirse significa que no ves la vida como a un enemigo sino como a un amigo. Una vez que confías en el río, de repente comienzas a disfrutar. Surge una dicha tremenda: salpicando, nadando, simplemente flotando, o buceando profundamente. No estás separado del río, te disuelves, te haces uno con él.

Rendirse quiere decir vivir la vida de la misma manera en que un buen nadador nada en el río. La vida es un río; puedes luchar o puedes flotar. Puedes oponerte al río y tratar de ir en contra de la corriente o puedes flotar con el río e ir donde te quiera llevar.

La rendición no es hacia alguien, es sencillamente un estilo de vida. No es necesario un Dios al que rendirse. Hay religiones que creen en Dios, hay religiones que no creen en Dios, pero todas las religiones creen en la rendición. Por eso la rendición es el verda­dero Dios.

Incluso se puede descartar el concepto de Dios. El budismo no cree en ningún Dios, el jainismo no cree en ningún Dios, no obstante son religiones. El cristianismo cree en Dios, el islam cree en Dios, el sikismo cree en Dios; también son religiones. El cristianismo enseña la rendición a Dios, Dios es sólo una excusa para rendirse. Es una ayuda porque será difícil para ti rendirte sin ningún objeto. El objeto es sólo una excusa para que en el nom­bre de Dios puedas rendirte. El budismo dice simplemente rínde­te: Dios no existe. Relájate. No se trata de un objeto, se trata de tu propia subjetividad. Relájate, no luches. Acepta.    

La creencia en Dios no es necesaria. De hecho, la palabra "creencia" es fea: no muestra confianza, no muestra fe. Es casi totalmente opuesta a fe. La palabra "creencia" viene de la raíz lief,(*) que significa "desear, querer". Deja que te lo explique. Di­ces:. «Creo en un Dios compasivo». ¿Qué estás diciendo exacta­mente? Estás diciendo: «Desearía que hubiera un Dios que fuera compasivo». Siempre que dices: «Yo creo», estás diciendo: «Yo deseo intensamente». Pero no te das cuenta.

Si lo sabes, ni se plantea la creencia. ¿Crees en estos árboles? ¿Crees en el sol que se levanta cada mañana? ¿Crees en las estre­llas? No es un problema de creencia. Sabes que el sol está allí, que los árboles están allí. Nadie cree en el sol; si lo hiciera, dirías que está loco. Si alguien viene y dice: «Yo creo en el sol»; y trata de convertirte, dirás: «¡Te has vuelto loco!».

 

(*) Del ingles be-lief (N.del T.).

 

 

He escuchado una anécdota.

 

La señora Lewis, fue nombrada embajadora de los Estados Unidos en Italia. Se acababa de convertir al catolicismo y, por su­puesto, cuando la gente se convierte, es muy entusiasta. Y ella iba aburriendo a todo el mundo. Trataba de hacer, de cualquiera que entrara en contacto con ella, un católico.

 La historia continuó cuando fue a Italia como embajadora y fue a ver al Papa. Se inició una discusión muy, muy larga. Un re­portero de prensa se acercó sin ser advertido para poder escuchar lo que estaba pasando. El Papa nunca había concedido tanto tiempo a nadie y la discusión parecía animada y muy acalorada. Algo estaba pasando. Cuando el Papa -habla tanto tiempo con el embajador de la nación más rica y más poderosa del mundo es que va a producirse alguna noticia.

Sólo para poder oír, el periodista se acercó aún más. Pudo es­cuchar sólo una frase. El Papa estaba diciendo en un inglés vaci­lante: «Señora, usted no me entiende. ¡Yo ya soy católico!».

 

¡Estaba intentando convertir al Papa! Si alguien se acerca a ti y te dice: «Cree en el Sol», le dirás: «Ya soy católico. Yo ya creo. No te preocupes». Porque ya lo sabes.

 

Alguien preguntó a Sri Aurobindo: «¿Cree usted en Dios?». Él repondió: «No». Por supuesto el interpelador se quedó muy impresionado. Había venido desde muy lejos, desde Alemania,­ era un gran buscador, tenía grandes expectativas y este hombre va y le responde con un no rotundo. Él dijo: «Pero yo pensaba que usted lo había conocido». Aurobindo respondió: «Sí, lo he conocido, pero no creo en él».

 

 Una vez que conoces, ¿qué sentido tiene creer? La creencia es ignorancia. Si sabes, sabes. Y es bueno que si no sabes, sepas que no sabes. La creencia puede engañarte. La creencia puede crear una atmósfera en tu mente, en la que, sin saber, comienzas a pensar que sabes. La creencia no es confianza, y cuanto más gritas diciendo que crees totalmente, más miedo te da la duda en tu interior.

 La confianza no conoce la duda. La creencia está únicamen­te reprimiendo la duda; es un deseo. Cuando dices: «Yo creo en Dios», estás diciendo: «No puedo vivir sin Dios. Sería dema­siado difícil el existir en esta oscuridad, rodeado de muerte, sin un concepto de Dios». Este concepto ayuda. Uno deja de sen­tirse solo, uno deja de sentirse desprotegido, inseguro; de ahí la creencia.

Martin Luther escribió: «Mi Dios es una gran fortaleza». Es­tas palabras no pueden venir de un hombre que confía: «¿Mi Dios es una gran fortaleza?». Martin Luther parece que está a la defensiva. ¿Es Dios sólo una fortaleza para protegerte, para ha­certe sentir seguro? Entonces nace del miedo. La idea de que "Dios es mi gran fortaleza" nace del miedo, no del amor. No vie­ne de la confianza. En el fondo hay duda y miedo.

La confianza es simple. Es como un niño confiando en su ma­dre. No es que él crea, la creencia no ha aparecido todavía. En una ocasión fuiste un niño. ¿Creías en tu madre o confiabas en ella? La duda no ha surgido, entonces ¿qué sentido tiene la creencia? La creencia aparece solamente una vez que ha entrado la duda; la duda llega primero. Más tarde, para suprimir la duda, te aferras a una creencia. Hay confianza cuando la duda desaparece, hay con­fianza cuando no hay duda.

Por ejemplo, respiras. Haces una inhalación, luego exhalas, dejas salir el aire. ¿Te asusta dejar salir el aire porque, quién sabe, podría no vólver? Tú confías. Confías que volverá. Por supuesto no hay razón para confiar. ¿Qué razón? ¿Por qué debe volver? Como mucho, puedes decir que en el pasado ha venido sucedien­do así, pero esto no es una garantía, puede que no suceda en el fu­turo. Si te asusta la exhalación, porque quizás no vuelva, enton­ces retendrás tu inspiración. Esto es la creencia: aferrarse, retener. Pero si aguantas tu inspiración, tu cara se pondrá morada y sentirás que te ahogas. Y si continúas haciéndolo, morirás.

Todas las creencias ahogan, todas las creencias te ayudan a no estar vivo de verdad. Apagan tu ser.

Si exhalas, confías en la vida. La palabra budista nirvana sig­nifica “exhalar, dejar salir el aire, confiar". La confianza es un fe­nomeno muy inocente. La creencia pertenece a la cabeza, la con­fianza al corazón. Uno sencillamente confía en la vida porque provienes de la vida, vives en la vida y regresarás de nuevo al ori­gen. No hay miedo. Naces, vives, morirás; no hay miedo. Nace­rás nuevamente, vivirás otra vez, morirás; es una rueda. La mis­ma vida que te ha dado la vida siempre puede darte más vida.  ¿Por qué tener miedo?

¿Por qué aferrarse a las creencias? Las creencias están hechas por el hombre, la confianza está hecha por Dios. Las creencias son filosóficas, la confianza no tiene nada que ver con la filoso­fía. La confianza simplemente muestra que conoces qué es el amor. No es el concepto de un Dios, que sentado en algún lugar en el cielo, manipula y dirige. La confianza no necesita ningún Dios; esta vida infinita, esta totalidad, es más que suficiente. Una vez que confías, te relajas. Esa relajación es rendición.

Luego: «¿Es el Zen el camino de la rendición?».

Sí. La religión, como tal, es rendición, relajación. No te afe­rresa nada. El aferrarse demuestra que no confías en la vida.

 

Cada tarde, Mohamed solía distribuir todo lo que había reco­gido durante el día. ¡Todo! No ahorraba ni una sola paisa para mañana porque decía: «La misma fuente que me ha dado hoy, me dará mañana. Si ha sucedido hoy, ¿por qué desconfiar del mañana? ¿Para qué ahorrar?».

Pero cuando se estaba muriendo y estaba muy enfermo, su mujer se empezó a preocupar. Podría necesitar un médico inclu­so a medianoche, de modo que esa tarde se guardó cinco rupias, cinco dinares. Estaba asustada: «Quién sabe, podría ponerse muy enfermo durante la noche y necesitar alguna medicina. Y en mi­tad de la noche, ¿dónde voy a ir? Si llegara a necesitar un doctor, habría que pagarle unos honorarios». Sin decir nada a Mohamed se guardó cinco dinares.

Cerca de la medianoche, Mohamed abrió los ojos y dijo: -Estoy sintiendo algo de desconfianza a mi alrededor. Parece que alguien ha ahorrado algo.

La esposa se asustó mucho y dijo:

-Perdóname, pero pensando que se podría necesitar algo de dinero durante la noche, he guardado cinco dinares.

 Mohamed dijo:

-Sal fuera y dáselo a alguien.

Ella dijo:

-¿Quién va a haber ahí, en mitad de la noche?

Mohamed dijo:

-Hazme caso y déjame morir en paz, de otra manera me voy a sentir culpable, culpable frente a mi Dios. Si me pregunta, me sentiré avergonzado de que en el último momento he muerto con una profunda desconfianza. ¡Sal fuera!

La esposa salió, sin creérselo por supuesto, pero ¡allí había un mendigo esperando!

Cuando volvió, Moharhed dijo:

-Mira, él se ocupa de todo y si necesitamos algo, habrá un do­nante esperando afuera de la puerta. No te preocupes.

Entonces se cubrió con una manta y murió inmediatamente, totalmente relajado.

 

Aferrarse a cualquier cosa, a lo que sea, demuestra descon­fianza. Si amas a una mujer o a un hombre y te aferras, esto de­muestra que no confías. Si amas a una mujer y preguntas: «¿Me amarás también mañana?», no confías. Si vas al juzgado para ca­sarte, no estás confiando. Estás confiando más en el juzgado, en la policía, en la ley, que en el amor. Te estás preparando para el mañana. Si esta mujer o este hombre tratan de engañarte mañana o te dejan en la estacada, puedes conseguir apoyo del juzgado o de la policía y la ley estará contigo; toda la sociedad te apoyará.

Estás haciendo preparativos, estás asustado.      

Pero si realmente amas, el amor es suficiente, más que sufi­ciente. ¿A quién le preocupa el mañana? Pero en lo más profun­do está la duda. Incluso cuando piensas que estás enamorado, la duda continúa. 

Se cuenta que cuando Jesús resucitó después de su Crucifi­xión, la primera persona que lo vio resucitado fue María Magda­lena. Ella lo había amado profundamente. Corrió hacia él. Se dice en el Nuevo Testamento que Jesús dijo: «No me toques». Yo comencé a sospechar un poquito porque, no me parecía correcto que Jesús dijera: «No me toques». Tenía que haber un error en al­gún lado. Por supuesto es normal que el Papa diga: «No me to­ques», pero que Jesús dijera: «No me toques» es casi imposible. Por eso traté de encontrar el original. En el original hay una pa­labra en griego que puede significar "tocar" o "aferrarse". Enton­ces encontré la respuesta. Jesús dice; «No te aferres a mí»; no dice: «No me toques», pero los traductores lo han interpretado de esta última forma.

El traductor ha interpuesto su propia mente. Jesús debió decir: «No te aferres a mí», porque si hay confianza, no hay posibilidad de aferrarse. Si hay amor no hay apego. Simplemente compartes sin aferrarte, compartes en profunda relajación. Rendirse significa rendirse a la vida, rendirse al origen de donde has venido y a don­de un día regresarás otra vez. Eres como una ola en el océano: sa­les del océano y vuelves a él. Rendirse significa confiar en el océ­ano. Y por supuesto: ¿qué otra cosa puede hacer una ola excepto esto? La ola tiene que confiar en el océano; además, confíes o no, formas parte del océano. Sin confiar, crearás ansiedad, eso es todo. Nada cambiará, únicamente te sentirás más ansioso, más tenso, desesperado. Si confías, floreces, haces eclosión, celebras sabiendo que en lo más profundo está tu madre, el océano. Cuan­do estás cansado, regresarás y descansarás en su ser otra vez. Cuando estés descansado, volverás otra vez para saborear el cie­lo, la luz del sol y las estrellas. Rendirse es confiar y no tiene nada que ver con conceptos o ideologías de Dios. Es una actitud.

Entonces puedes entender el significado de las últimas pala­bras del Buda: «Sé tu propia luz». Con ellas quiere decir: si te has rendido a la vida, te has convertido en tu propia luz. Entonces la vida te guía. Entonces siempre vives en iluminación. Cuando dice: «Sé tu propia luz», está diciendo: no sigas a nadie, no te afe­rres a nadie. Aprende de todo el mundo, pero no te apegues a na­die. Sé abierto, vulnerable, pero permanece por tu cuenta, porque fmalmente la experiencia religiosa no puede ser una experiencia prestada. Tiene que ser existencial, tiene que ser la tuya propia. Sólo entonces es auténtica. 

Si digo algo y te lo crees, no te va a ayudar. Si digo algo y bus­cas y te rindes y confías, entonces también experimentas lo mis­mo: entonces se ha convertido en tu propia luz. De otra manera mis palabras se quedarán en palabras; como mucho se pueden convertir en creencias. A menos que experimentes la verdad que hay en ellas, no pueden convertirse en confianza, no pueden con­vertirse en tu propia verdad. Mi verdad no puede ser la tuya, de otra manera sería muy barata. Si mi verdad pudiera ser la tuya en­tonces no habría problema.

Ésta es la diferencia entre la verdad científica y la verdad re­ligiosa. Una verdad científica puede prestarse. Una verdad cien­tífica, una vez conocida, se convierte en propiedad de todo el mundo. Albert Einstein descubrió la teoría de la relatividad. Aho­ra bien no hay ninguna necesidad de que todo el mundo la descu­bra una y otra vez. Eso sería una tontería. Una vez descubierta, se convierte en pública, se convierte en la teoría de todo el mundo. Una vez descubierta, una vez verificada, incluso un niño en la es­cuela puede aprenderla. No se necesita un genio; no necesitas ser Albert Einstein; bastará sólo una mente mediocre, una mente co­rriente. Si puedes entenderlo, ya es tuya. Por supuesto, Einstein tuvo que trabajar durante años para ser capaz de descubrirla. No necesitas trabajar. Si estás listo para entenderlo y poner tu mente en ello, en unas pocas horas lo entenderás.

Pero esto mismo no es cierto sobre la verdad religiosa. Buda descubrió, Cristo descubrió, Nañak y Kabir descubrieron, pero su descubrimiento no puede convertirse en tu descubrimiento. Tendrás que redescubrirlo otra vez. Tendrás que empezar desde el ABC, no puedes creer en ellos únicamente. Eso no te ayudará. Pero esto es lo que la humanidad ha estado haciendo: confundir la verdad religiosa con la verdad científica. No, no es una verdad científica, no puede convertirse en propiedad pública. Cada indi­viduo tiene que alcanzarla por sí mismo, cada individuo tiene que llegar a ella nuevamente una y otra vez. Nunca podrá estar a la venta. Tendrás que padecer penalidades; tendrás que buscar e in­dagar, seguir el mismo camino. Ni siquiera puedes tomar un ata­jo. Tendrás que vivir las mismas austeridades que el Buda, las mismas dificultades que el Buda; tendrás que sufrir las mismas calamidades en el camino que el Buda, tendrás que correr los mismos riesgos que el Buda. Y un día, cuando desaparezcan las nubes, bailarás y estarás tan extático como el Buda.

Por supuesto, cuando Arquímedes descubre algo, echa a co­rrer desnudo por las calles gritando: «¡Eureka! ¡Lo encontré!». Tú puedes entender a Arquímedes en cuestión de minutos, de se­gundos, pero no estarás extático; de otro modo, todos los niños de los colegios echarían a correr desnudos por las calles gritando: «¡Eilreka!». Nadie lo ha vuelto a hacer desde Arquímedes; sólo ocurrió una vez. Para él fue un descubrimiento; desde ese mo­mento se ha convertido en propiedad pública.

Pero es bueno que la verdad religiosa no se pueda transferir, de otra manera nunca alcanzarías el mismo éxtasis que Buda o Jesús o Krishna -nunca- porque lo aprenderías en un libro de texto. Cualquier tonto podría transferírtelo. Entonces toda la ex­periencia orgásmica se perdería.

Es bueno que la experiencia religiosa tenga que ser experi­mentada individualmente. Nadie puede conducirte allí. La gente puede indicarte el camino, pero esas indicaciones son muy suti­les; no te las tomes literalmente. Buda dijo: «Sé tu propia luz».

Está diciendo: «Recuerda, mi verdad no puede ser tu verdad",mi luz no puede ser tu luz. Bebe de mi espíritu, ten más sed de mí. Deja que tu búsqueda se intensifique y dedícate totalmente a ella. Aprende de mí la devoción de un buscador de la verdad; pero la verdad, la-luz, arderá en tu interior. Tendrás que encenderla en tu interior».

No puedes tomar prestada la verdad. No puede ser transferida, no es una propiedad. Es una experiencia tan sutil que ni siquiera se puede expresar. Es inexpresable. Uno como mucho trata de dar algunas indicaciones.

 

La segunda pregunta.

 

Por favor, explica la naturaleza de las experiencias que lla­mamos

"aburrimiento" y "desasosiego"

 

El aburrimiento y el desasosiego están profundamente rela­cionados. Siempre que sientes aburrimiento, sientes también de­sasosiego. El desasosiego es el resultado del aburrimiento.

Trata de entender el mecanismo. Siempre que te sientes abu­rrido quieres alejarte de la situación. Si alguien está diciendo algo y te estás aburriendo, comienzas a ponerte nervioso. Ésta es una indicación sutil de que quieres alejarte de ese lugar, de ese hombre, de esa conversación sin sentido. Tu cuerpo empieza a moverse. Por supuesto, por cortesía te reprimes, pero el cuerpo ya está moviéndose, porque el cuerpo es más auténtico que la mente, el cuerpo es más honesto y sincero que la mente. La men­te está tratando de ser cortés, de sonreír. Dices: “Qué hermoso”, pero en tu interior estás diciendo: «¡Qué horror! He escuchado esta historia tantas veces y la está contando otra vez».

He escuchado una historia sobre la esposa de Albert Einstein.

 

Un amigo de éste solía visitarlos a menudo. Einstein contaba anécdotas y chistes y todos se reían. Pero al amigo le entró cu­riosidad sobre una cosa: cada vez que iba a casa de Einstein, éste empezaba a contar chistes... ­

Einstein era judío, y los judíos cuentan los mejores chistes del mundo. Como han sufrido durante tanto tiempo, han vivido de los chistes. Su vida ha sido tan miserable que han tenido que ha­cerse cosquillas a sí mismos, por eso tienen los chistes más her­mosos. Ningún otro país, ninguna otra raza, puede competir con ellos. En la India no tenemos chistes tan buenos, porque el país ha vivido muy pacíficamente, sin necesidad de hacerse cosqui­llas. El humor es necesario cuando uno se encuentra en constan­te peligro, uno necesita entonces reírse de cualquier cosa, cual­quier excusa es válida... Einstein contaba chistes, anécdotas, historias y ambos reían. Pero el amigo sintió curiosidad porque, siempre que Einstein comenzaba a decir algo, su esposa se ponía inmediatamente a hacer punto o cualquier otra cosa. Entonces le preguntó:

-¿Por qué te pones a hacer punto en el momento que Einstein comienza a contar un chiste?

La esposa le dijo:

-Si no hiciera nada, sería dificilísimo para mí tolerarlo porque he escuchado ese chiste más de mil veces. Tú vienes a veces, yo estoy aquí siempre. Siempre que viene alguien, cuenta el mismo chiste. Si no hiciera algo con mis manos, me pondría tan nervio­sa que sería casi descortés. De modo que tengo que hacer algo para enfocar mi desasosiego en mi trabajo y así poder ocultarlo.

 

Siempre que te sientas aburrido te sentirás desasosegado. El desasosiego es una indicación del cuerpo, que te está diciendo «Aléjate de aquí. Vete a cualquier lado, pero no te quedes aquí». Pero la mente sigue sonriendo, los ojos brillando y sigues dicien­do que estás escuchando y que nunca has oído una cosa tan boni­ta. La mente es civilizada, el cuerpo es todavía salvaje. La mente es humana, el cuerpo es todavía animal. La mente es falsa, el cuerpo es auténtico. La mente conoce las reglas y las regulacio­nes -cómo comportarse y cómo comportarse correctamente-, de modo que si te encuentras a un aburrido le dirás: «¡Estoy tan ale­gre, tan feliz de verte!». Y en el fondo, si pudieras matarías a ese hombre. Te induce al asesinato. Por eso te pones nervioso, te sientes desasosegado.

Si escuchas a tu cuerpo y sales corriendo, el desasosiego de­saparecerá. Inténtalo. ¡Inténtalo! Si alguien te está aburriendo, empieza a saltar y a correr alrededor. Observa, el desasosiego de­saparecerá porque sólo indica que la energía no quiere estar allí. La energía ya está en movimiento, la energía ya ha dejado ese lu­gar. Ahora sigue a la energía.

Por eso lo importante es entender el aburrimiento no el desa­sosiego. El aburrimiento es un fenómeno muy significativo. Sólo el hombre se aburre, ningún otro animal. Tú no puedes aburrir a un búfalo. Imposible. Sólo el hombre se aburre porque sólo el hombre es consciente. La causa es la consciencia. Cuanto más sensitivo eres, más alerta estarás; cuanto más consciente eres, más aburrido te sentirás. Te sentirás aburrido en más situaciones. Una mente mediocre no se aburre tanto. Sigue, acepta lo que sea, todo está bien; no está tan alerta. Cuanto más alerta te vuelvas, más te renovarás, más sentirás que una situación es simplemente una repetición, que una situación se te está haciendo pesada o que está simplemente estancada.

 Cuanto más sensitivo eres, más aburrido te sentirás. El aburri­miento es señal de sensibilidad. Los árboles no se aburren, los animales no se aburren, las rocas no se aburren porque no son su­ficientemente sensitivos. Ésta tiene que ser una de las conclusio­nes básicas sobre tu aburrimiento: eres sensible.

Pero los budas tampoco están aburridos. Tú no puedes aburrir a un buda. Los animales no se aburren, los budas no se aburren, por eso el aburrimiento existe como un fenómeno de transición entre el animal y el buda. Para aburrirse hace falta un poquito más de sensibilidad de la que está dotado el animal. Y si quieres ir más allá, tendrás que volverte totalmente sensitivo; entonces de nuevo el aburrimiento desaparecerá. Pero en el medio está el aburrimiento: O bien te vuelves como un animal, y entonces tam­bién desaparece el aburrimiento. Por eso encontrarás que la gen­te que vive una vida más animal está menos aburrida. Comen, be­ben, se van de juerga, no se aburren demasiado pero no son sensitivos. Viven al mínimo. Viven sólo con la consciencia nece­saria para el día a día de la vida rutinaria. Encontrarás que los in­telectuales, gente que piensa demasiado, están más aburridos, porque piensan. Y debido a su pensamiento pueden ver que todo es una repetición.      

 Tu vida es repetición. Cada mañana te levantas casi del mis­mo modo en el que te has estado levantando toda tu vida. Tomas el desayuno casi del mismo modo. Después vas a la oficina, la misma oficina, la misma gente, el mismo trabajo. Vuelves a casa, la misma esposa. Si te aburres es natural. Es muy difícil que pue­das ver alguna novedad. Todo tiene un aspecto viejo, cubierto de polvo.

 He escuchado una anécdota:

 

Mary Jane, una muy buena amiga de un acaudalado agente de bolsa, un día abrió alegremente la puerta de su apartamento, y cuando descubrió que la persona en la entrada era la esposa de su amante, rápidamente intentó cerrarla de nuevo.

La esposa se apoyó contra la puerta y dijo:

-Oh, déjame entrar, querida. No pretendo hacerte una escena, sino simplemente tener una pequeña y amistosa discusión.

 Con considerable nerviosismo Mary Jane le dejó entrar y le preguntó con cautela:

 -¿Qué quieres?

-No mucho -dijo la esposa mirando alrededor-. Únicamente quiero que me respondas a una pregunta. Dime, querida, entre nosotras, ¿qué es lo que ves en ese pedazo de idiota?

 

El mismo marido cada día se convierte en un pedazo de idio­ta. La misma esposa cada día. .. casi te olvidas de qué aspecto tie­ne. Si te piden que cierres los ojos y recuerdes la cara de tu espo­sa, te será imposible hacerlo. Otras muchas mujeres te vendrán a la cabeza, toda la vecindad, pero no tu mujer. La relación se ha convertido en una continua repetición. Haces el amor, abrazas a tu mujer, la besas, pero son gestos vacíos. La gloria y el glamour han desaparecido hace tiempo. Un matrimonio está casi acabado en cuanto se termina la luna de miel. A partir de ahí continúas fin­giendo, pero detrás de esos subterfugios se acumula un profundo aburrimiento. Observa a las personas caminando por la calle y los verás completamente aburridos. Todo el mundo está aburrido, aburrido de muerte. Fíjate en sus caras, sin ningún aura de dis­frute; fíjate en sus ojos, cubiertos de polvo, sin destellos de ale­gría interior. Van de la oficina a casa, de casa a la oficina, y poco a poco toda su vida se convierte en una rutina mecánica, una re­petición constante. Y un día se mueren... casi siempre la gente muere sin haber vivido.  

Se cuenta que Bertrand Russell decía: «Cuando me pongo a recordar, sólo puedo encontrar algunos momentos durante mi vida en los que estuve totalmente vivo, encendido». ¿Puedes re­cordar cuántos momentos en tu vida has estado realmente en lla­mas? Rara vez sucede. Uno sueña con esos momentos, uno ima­gina esos momentos, uno espera esos momentos, pero nunca ocurren. Incluso si ocurren, antes o después se hacen repetitivos. Cuando te enamoras de una mujer o de un hombre sientes el mi­lagro, pero poco a poco éste desaparece y todo se convierte en ru­tina.

El aburrimiento es la consciencia de la repetición. Como los animales no pueden recordar el pasado, no pueden aburrirse. No pueden recordar el pasado, de modo que no pueden sentir la re­petición. El búfalo continúa comiendo la misma hierba cada día con la misma satisfacción. Tú no puedes; ¿cómo puedes comer la misma hierba todos los días con la misma satisfacción? Te hartas.

Por eso las personas tratan de cambiar. Se trasladan a una nue­va vivienda, llevan un coche nuevo a casa, se divorcian de su vie­jo marido, encuentran un nuevo amor, pero una vez más, tarde o temprano, todo se convierte en algo repetitivo. Cambiar de sitio, cambiar a las personas, cambiar de pareja, cambiar de vivienda, no va a cambiar nada. Siempre que una sociedad se vuelve muy aburrida, la gente comienza a ir de una ciudad a otra, de un tra­bajo a otro, de una esposa a otra, pero, más pronto o más tarde, se dan cuenta de que todo esto es una tontería, porque se va a repe­tir lo mismo con cada mujer, con cada hombre, con cada cosa, con cada coche. 

¿Qué hacer entonces? Hazte más consciente. No es cuestión de cambiar las situaciones; transforma tu ser, hazte más cons­ciente. Si te haces más consciente, serás capaz de ver que cada  momento es nuevo. Pero para eso se necesita mucha energía, una tremenda energía de consciencia.  

La esposa no es la misma, recuerda. Vives en una ilusión. Vuelve a casa y fíjate otra vez en tu mujer; no es la misma. Nadie puede ser el mismo. Las apariencias engañan. Estos árboles no son los mismos de ayer. ¿Cómo pueden serlo? Han crecido; se les han caído muchas hojas, le han nacido otras nuevas. Fíjate en el almendro, ¡qué hojas le han salido! Cada día lo viejo se está ca­yendo y lo nuevo está naciendo, pero tú no eres tan consciente como para verlo.

O vives sin consciencia -por lo que no puedes percibir la re­petición-, o vives con tanta consciencia que en cada repetición puedes ver algo nuevo. Éstos son los dos modos de salir del abu­rrimiento.

 Cambiar lo externo no te va a ayudar. Es como arreglar los muebles de tu habitación una y otra vez. Hagas lo que hagas -puedes ponerlo de este modo o del otro-, son los mismos mue­bles. Hay muchas amas de casa que no hacen más que pensar en cómo organizar las cosas, cómo colocarlas, dónde ponerlas, dón­de no ponerlas, y siguen cambiándolas. Pero es la misma habita­ción, es el mismo mobiliario. ¿Durante cuánto tiempo podrás en­gañarte de este modo?  

 

Una breve parodia televisiva que vi en una ocasión mostraba a un hombre y una mujer cavernícolas besándose de un modo sal­vaje e histérico. Se separaban sólo para decir: «¡Oye, esto es ge­nial!», y volvían a besarse otra vez.

Finalmente la cavernícola se retiró y dijo:

-Escucha, ¿supones que esto tan maravilloso que acabamos de descubrir significa que estamos casados?

El cavernícola sometió el asunto a deliberación en su cabeci­ta y finalmente dijo:

-Sí, supongo que estamos casados. Venga, vamos a besarnos un poco más. 

Inmediatamente la cavernícola se llevó una mano a la cabeza y dijo con repentina angustia:

-¡Oh, que dolor de cabeza!

 

Dos personas se encuentran, dos desconocidos, todo es bello y maravilloso, pero antes o después se acaban conociendo. Esto es lo que significa el matrimonio. Significa que se están asentan­do y que les gustaría convertirlo en una repetición. Entonces esos mismos besos, esos mismos abrazos dejan de ser hermosos y se convierten casi en una obligación.

 

Un hombre volvió a casa y encontró a su amigo besando a su esposa. Se lo llevó a otra habitación. Su amigo estaba temblando de miedo: «¡Ahora va a pasar algo gordo! Dejaremos de ser ami­gos».

El marido parecía estar muy enfadado, pero no era así. Cerró la puerta y le preguntó al amigo: «Dime sólo una cosa, tengo que preguntártelo, ¿por qué os estabais besando?».

 

«Tengo que preguntártelo, ¿por qué os estabais besando?»... Poco a poco todo se asienta. La novedad desaparece y tú no tie­nes tanta consciencia, o esa cualidad de consciencia que puede ir encontrando lo nuevo una y otra vez. Para una mente dormida todo es viejo; para una mente totalmente viva no hay nada viejo bajo el sol, no puede haberlo. Todo está fluyendo. Toda persona es un fluir, es como un río. Las personas no son cosas muertas. ¿Cómo pueden ser siempre las mismas? ¿Acaso eres tú el mis­mo? Han cambiado muchas cosas entre el que vino esta mañana a escucharme y el que volvió a casa. Algunos pensamientos han desaparecido de tu mente, otros pensamientos han entrado. Po­drías haber llegado a una nueva conclusión. No puedes irte como viniste. El río está fluyendo continuamente; parece el mismo pero no lo es. El viejo Heráclito dijo que no puedes pisar dos ve­ces el mismo río, porque el río nunca es el mismo.

Una de las razones es que tú tampoco eres el mismo y la otra es que todo está cambiando. Pero entonces uno tiene que vivir en la cima de la consciencia. O vives como un buda o vives como un búfalo, así no te aburrirás. La elección es tuya.

 Nunca he visto a nadie igual. Vienes a mí -cuántas veces has venido a mí-, pero nunca veo lo viejo. Siempre me sorprendo de la novedad que traes cada día. Podrías no ser consciente de ello.

Mantén la capacidad de sorpresa.

 Déjame que te cuente una anécdota:

 

Un hombre entró en un bar, sumergido profundamente en sus pensamientos. Se volvió hacia una mujer que pasaba y le dijo:

-¿Perdóneme, señorita, tiene usted hora?

Ella con voz estridente le respondió:

-¿Cómo se atreve a hacerme esa proposición?

El hombre se espabiló sorprendido y se dio cuenta, con inco­modidad, de que todos los ojos de la sala se habían vuelto en su dirección. Murmuró:

-Sólo le he preguntado la hora, señorita.

Chillando aún más la mujer respondió:

-¡Llamaré a la policía si dice otra palabra!

Agarrando su vaso y avergonzado de muerte, el hombre se di­rigió con rapidez hacia la esquina más alejada de la habitación y se acurrucó en una mesa, aguantando la respiración y pensando cuánto tiempo tardaría en llegar a la puerta.

No había pasado medio minuto cuando la mujer se le acercó. En voz baja le dijo:

-Señor, siento muchísimo haberle avergonzado, pero soy es­tudiante de psicología en la universidad y estoy escribiendo una tesis sobre la reacción de los seres humanos a una repentina afIr­mación ofensiva.

El hombre la miró durante unos segundos, se reclinó y bramó:

-¿Y me vas a hacer todo eso, durante toda la noche, sólo por dos dólares?

Cuentan que la mujer cayó al suelo, inconsciente.

 

Quizás no permitimos a nuestra consciencia ascender más alto porque entonces la vida sería una constante sorpresa y no po­dríamos ser capaces de manejarla. Por esto has aceptado una mente dormida -tienes en esto algunos intereses-. Tú no estás embotado sin una razón, estás embotado con un cierto propósito; porque si estuvieras realmente vivo, todo sería sorprendente y chocante. Si permaneces embotado, nada te sorprende, nada te altera. Cuanto más dormido estás, más gris te parece la vida. Si te haces más consciente, la vida también se hace más viva, más vi­tal, y va a ser más complicado.

Siempre estás viviendo con esperanzas muertas. Cada día re­gresas a casa y esperas un cierto comportamiento de tu esposa. Ahora bien, observa cómo creas tu propia miseria: esperas un cierto tipo de comportamiento en tu esposa y además esperas que sea nueva. Estás pidiendo lo imposible. Si realmente quieres que tu esposa permanezca continuamente nueva para ti, no esperes. Vuelve a casa listo para ser sorprendido y conmocionado, enton­ces tu esposa será nueva. Pero ella tiene que satisfacer ciertas ex­pectativas. Nunca permitimos al otro conocer totalmente nuestro flujo de frescura. Continuamos ocultándonos, no nos expone­mos, porque el otro podría ser incapaz de entendernos. Y la es­posa también espera que el marido se comporte de una cierta ma­nera y, por supuesto, cumplen los roles. No estamos viviendo la vida, estamos viviendo los roles. El marido vuelve a casa y se obliga a sí mismo en un cierto rol. Para cuando entra en casa, ya no es una persona viva, sólo es un marido.

Un marido significa un cierto tipo de comportamiento conve­nido. La mujer allí es la esposa y el hombre es el marido. Cuan­do estas dos personas se encuentran son en realidad cuatro perso­nas: el marido y la esposa, que no son personas reales -sólo personas, máscaras, falsos patrones, comportamientos estableci­dos; obligaciones y todo eso-, y las personas reales están ocultas detrás de las máscaras. Estas personas reales están aburridas.

Pero has invertido mucho en tu persona, en tu máscara. Si real­mente quieres una vida sin aburrimiento, deja caer todas las más­caras, sé auténtico. En ocasiones será complicado, lo sé, pero vale la pena. Sé auténtico. Si sientes que amas a tu esposa, ámala, de otra manera di que no lo sientes. Lo que está sucediendo ahora mismo es que el marido continúa haciendo el amor a su esposa y sigue pensando en alguna actriz. En su imaginación no está ha­ciendo el amor a su esposa, en su imaginación está haciendo el amor a otra mujer. Y lo mismo es verdad respecto a la esposa. En­tonces todo se vuelve aburrido porque ya no están vivos. La in­tensidad, la viveza, se pierde.

 

Sucedió en el andén de una estación de un tren. El señor John­son se había pesado en una de esas antiguas balanzas de un peni­que que emiten una tarjeta con la buena fortuna.        

La formidable señora Johnson se la arrancó de entre los dedos y le dijo: «Déjame verla. Oh, dice que eres firme y resoluto, tie­nes una personalidad decidida, eres un líder para los hombres y resultas atractivo para las mujeres». Entonces dio la vuelta a la tarjeta, la estudió durante un momento y añadió: «Y también marca el peso equivocado».

 

Ninguna mujer puede creer que a su marido le atraigan otras mujeres. Aquí está todo el asunto, toda la cruz. Si él no se siente atraido por otras mujeres, ¿cómo puede esperar la esposa que se sienta atraído hacia ella? Si él se siente atraído por otras mujeres, sólo entonces puede sentirse atraído haciá ella, porque ella tam­bién es una mujer. La esposa quiere que él se sienta atraído por ella y por nadie más. Por supuesto esto es pedir algo absurdo. Es como si estuvieras diciendo: «Se te permite respirar sólo en mi presencia y cuando estés cerca de otra persona, no se te permite respirar». ¿Cómo se te ocurre respirar en ningún otro lugar? Res­pira sólo cuando tu esposa esté allí, respira sólo cuando tu mari­do esté allí y no respires en ningún otro lugar. Por supuesto, si ha­ces esto morirás y tampoco serás capaz de respirar delante de tu esposa. ­

 El amor tiene que ser una manera de vivir. Tienes que ser amoroso. Sólo entonces puedes amar a tu esposa o a tu marido. Pero la esposa dice: «No, no debes mirar a nadie más con ojos amorosos». Por supuesto lo intentas para evitar los posibles con­flictos... Pero poco a poco la luz en tus ojos desaparece. Si no puedes mirar a ningún otro lugar con amor, poco a poco dejarás de mirar a tu propia esposa con amor; desaparecerá. Lo mismo le ha sucedido a ella. Lo mismo le ha sucedido a toda la humanidad. De ese modo la vida es un aburrimiento; todo el mundo está es­perando la muerte; por eso hay gente que está pensando conti­nuamente en suicidarse.                                         ­

-Marcel ha dicho, en algún lugar, que el único problema meta­físico que enfrenta la humanidad es el suicidio. Y es así, porque la gente está muy aburrida. Es sorprendente que no se suiciden; que sigan viviendo. La vida no parece que les dé nada. Parece que ha perdido todo el sentido, pero la gente sigue arrastrándose como puede, esperando que algún día suceda un milagro y todo se arregle. Nunca sucede. Tú tienes que arreglarlo, nadie más puede hacerlo. No va a venir un mesías, no esperes a ningún me­sías. Tú tienes que ser tu propia luz.

Vive más auténticamente. Deja caer las máscaras; son un peso en tu corazón. Deja caer todas las falsedades. Exponte. Por su­puesto va a ser costoso, pero ese esfuerzo vale la pena, porque sólo después de ese esfuerzo crecerás y madurarás. Y entonces nada estará limitando tu vida. En cada momento la vida revela su novedad. Es un constante milagro sucediendo a tu alrededor, tú sólo te estás escondiendo detrás de hábitos muertos.

Conviértete en un Buda si no te quieres aburrir. Vive cada mo­mento tan totalmente alerta como te sea posible, porque sólo en una alerta total serás capaz de dejar caer la máscara. Te has olvi­dado completamente de tu rostro original. Incluso cuando estás tú sólo, de pie, frente al espejo de tu cuarto de baño, no hay nadie allí. Allí, de pie, delante del espejo, no puedes ver tu rostro origi­nal. Allí también te sigues engañando.     

La existencia está disponible para aquellos que están disponi­bles a la existencia. Y entonces créeme, no existe el aburrimien­to. La vida es un disfrute infinito.

 

La tercera pregunta:

 

Siento mucha resistencia hacia la meditación y no tengo ese

deseo por Dios del que tú hablas.

¿Es éste el lugar correcto para mí?

 

Si sientes tanta resistencia en contra de la meditación, esto simplemente muestra que en el fondo te has dado cuenta de que algo, que cambiará totalmente tu vida, va a suceder. Te da miedo renacer. Has invertido demasiado en tus viejos hábitos, en tu vie­ja personalidad, en tu vieja identidad.

La meditación no es otra cosa que tratar de limpiar tu ser, tra­tar de volverte nuevo y joven, tratar de volverte más vivo y más consciente. Si tienes miedo a la meditación significa que tienes miedo a la vida, tienes miedo a la consciencia, y la resistencia sur­ge porque sabes que si entras en la meditación, inevitablemente, algo va a suceder. Si no tienes ninguna resistencia, puede ser que no estás tomando la meditación demasiado en serio, no estás sien­do sincero. Entonces puedes jugar: ¿de qué tienes miedo?

Exactamente porque te estás resistiendo, éste es el lugar co­rrecto para ti. Éste es precisamente el lugar apropiado. La resis­tencia muestra que algo va a suceder. Uno nunca se resiste sin un motivo profundo. Debes de estar viviendo una vida muy muerta. Ahora tienes miedo porque algo está despertando, algo está cam­biando. Tú te resistes.

La resistencia es una indicación, la resistencia es una indica­ción muy clara de que has reprimido mucho. Ahora en la meditá­ción la represión emergerá y será liberada. A ti también te gusta­ría liberarte de la carga, pero en esa carga hay intereses.

Por ejemplo, podrías estar llevando pedruscos en las manos y pensar que son diamantes. Y entonces te digo: «Límpiate. Deja caer esos pedruscos». Ahora bien, el problema surge porque para mí son piedras y para ti son diamantes. Se han convertido en una carga y no puedes moverte por su culpa. Te gustaría liberarte, pero te da miedo perder tus diamantes. Y no son diamantes. Fíja­te otra vez en tus diamantes: si fueran realmente diamantes, de­berías de estar feliz. Si fueran diamantes de verdad, no habrías venido a mí; no habría necesidad. El que hayas venido, demues­tra que estás buscando.

Puedes decir que no estás interesado en Dios -yo tampoco es­toy interesado en Dios-, pero estás interesado en ti mismo. ¿Es­tás interesado en ti mismo? Olvida todo acerca de Dios. Si estás interesado en ti mismo, éste es precisamente el lugar para ti. Si estás interesado en tu propio ser, si estás interesado en tu propia totalidad y salud, si estás interesado en convertirte en una flor abierta, entonces olvídalo todo acerca de Dios, porque en ese flo­recer sabrás qué es Dios. Cuando tu fragancia se libere, entonces sabrás qué es Dios.

Dios es tu florecimiento más elevado, tu florecimiento final y Dios es la plenitud de tu destino.

 

Una mujer viendo las pinturas de Tumer dijo: «Le están dan­do mucho bombo, ¿no es así? Nunca he visto nada en él».

Y otra mujer dijo al propio Tumer: «Sabe, señor Tumer, nun­ca veo puestas de sol como las suyas». Recibió esta suave pero devastadora respuesta: «No; pero ¿no le gustaría?».

Cuando Turner pinta una puesta de sol, por supuesto ve una puesta de sol de un modo totalmente diferente al tuyo. Él pone toda su sensibilidad, todo su ser para verla. De hecho, tú podrías no haber visto todavía una puesta de sol de la manera que la ve un pintor. Turner dijo con toda corrección: «Pero ¿no le gusta­ría?».

Estoy aquí. Yo sé que no podéis ver de que estoy hablando, pero ¿no os gustaría? Sé que muchas cosas que te estoy diciendo son casi tonterías para ti, porque para verlas tendrás que conse­guir unos ojos diferentes; tendrás que clarificar tu ser; para verlas tendrás que apaciguar tu alboroto interno. Sé que no puedes ver el verde que yo estoy viendo en los árboles. Seguramente tu ver­de está lleno de polvo porque tus ojos están llenos de polvo.

 

Sucedió una vez que un hombre estaba quedándose con un amigo en su casa. El anfitrión y el huésped se hallaban de pie cer­ca de una ventana cerrada, y en la casa de los vecinos la ropa es­         taba tendida, secándose.

El anfitrión dijo:

-Esa gente es muy sucia. Mira que ropa.    

El hombre se acercó a la ventana, miró y dijo:

-Esa ropa no está sucia. Es el cristal de tu ventana el que está cubierto de polvo. Abrieron la ventana y así era: la ropa no esta­ba sucia.

 

La vida es tremendamente hermosa. Es divina. Cuando deci­mos que la vida es Dios, simplemente decimos que la vida es tan hermosa que uno siente reverencia por ella, eso es todo. La vida es tan hermosa que uno siente el impulso de adorarla. Esto es lo que queremos decir cuando decimos que la vida es Dios. Cuando decimos que la vida es Dios, sólo queremos decir: «No mires la vida como algo ordinario; es extraordinaria. Existe una potencia­lidad tremenda, sólo abre los ojos». No he visto nunca ni una sola persona que no estuviera interesada en Dios -aunque podrían no saberlo-, porque nunca he visto una persona que no esté intere­sada en la felicidad. Si estás interesado en la felicidad, estás inte­resado en Dios; si estás interesado en ser dichoso, estás interesa­do en Dios.

Olvida todo acerca de Dios. Únicamente trata de ser dichoso, y un día, cuando estés bailando en tu dicha interna, cuando tus fluidos internos estén fluyendo, de repente esta vida dejará de ser ordinaria. En todas partes se esconde una fuerza desconocida, y verás a Dios en las flores, en las piedras y en las estrellas. Te ha­blo sólo para plantar una semilla, una canción, una estrella.

Si puedes ser feliz, te vuelves religioso. Una persona feliz es una persona religiosa: deja que ésta sea la definición. Una perso­na religiosa no es la que va a la iglesia o al templo. Si es infeliz, no puede ser religiosa.

Una persona religiosa es feliz. Dondequiera que esté, está en el templo. Una persona feliz lleva su templo a su alrededor. Lo sé porque lo he estado llevando. No necesito ir a ningún templo. Dondequiera que esté, ése es mi templo. Es un clima. Son mis propios fluidos internos desbordándose. Dios no es nada más que tú realizado, alcanzado, completo.

Sí. Te lo digo a ti, nunca he visto a un hombre que no esté in­teresado en Dios. No lo puede haber. Ese hombre es imposible. Incluso las personas que dicen que no creen en Dios, que son ateas, no es que no estén interesadas en Dios. Están interesadas. Su ne­gativa, su decir que no creen, podría ser otro truco de la mente para protegerse, porque una vez que te permites ser poseído por Dios, desapareces; sólo Dios permanece. Por eso la gente que tie­ne miedo de ser, de desaparecer, o de entrar en el no ser; la gente demasiado egoísta que no puede permitir que su gota caiga en el océano, dice que no hay océano. Ése es el truco de su mente para poder protegerse. Es gente llena de miedo; miedosos, asustados de la vida.

Si estás interesado en ser feliz, éste es el lugar para ti. Y ya es­tás aquí. Nadie te ha traído, nadie te ha obligado, has venido por tus propios medios. Alguna búsqueda interna de la que podrías no ser consciente te ha traído aquí. Quizás hay algo en tu cora­zón; y tu cabeza no se ha enterado. Hay deseos de los que la ca­beza es completamente inconsciente; la cabeza está preocupada sólo con basura. El corazón podría haberte traído aquí.

Rompe esa resistencia, y cuando estés aquí, estáte realmente aquí. No pierdas esta oportunidad.

En el Nuevo Testamento la palabra griega para pecado es "an­tinomia" o "anomia". Significa "no entender"; o, como en el tiro con arco, "fallar la diana". La palabra "pecado" viene de una raíz que significa "no entender, fallar la diana". Si estás aquí y no me entiendes, ese será tu pecado. Si estás aquí, ¿por qué perder tiem­po? Estáte totalmente aquí. Deja caer la resistencia. O si no pue­des estar totalmente aquí, entonces vete, pero vete totalmente. Y nunca vuelvas a acordarte de mí, de otra manera eso sería un pe­cado.

La palabra "pecado" es hermosa. Ha sido gravemente co­rrompida por el cristianismo. No tiene nada que ver con la culpa, nada que ver con algo malo, diabólico. No tiene nada que ver con la moralidad, sino que tiene que ver con la consciencia. Si estás aquí, estate consciente y totalmente aquí. Tu corazón inconscien­temente te ha traído aquí. Tanteando en la oscuridad has venido a mí, ahora no malgastes esta oportunidad. O permanece totalmen­te aquí, o vete. Vuélveme la espalda y no vuelvas a acordarte de mí, porque si marchándote me recuerdas, entonces no estarás to­talmente allí, dondequiera que vayas. Donde sea que estés, estate totalmente allí: ese es el único modo de penetrar en los secre­tos y misterios de la vida.

Y no te preocupes si estás interesado en el concepto de Dios o no. De hecho, la gente que está demasiado interesada en el con­cepto de Dios no es capaz de conocerlo.

Me he encontrado con un libro muy hermoso, escrito en algún momento de la Edad Media por cierto hombre conocido como Dionisios Exegius. Su libro es Teología mística. Dice en ese libro que el conocimiento más alto de Dios es a través de lo que él lla­ma en griego agnostos, que significa "desconocido". Has debido de oír la palabra "agnóstico"; viene de la misma raíz, agnostos.

Agnostos significa "desconocido". Y Dionisios dice que Dios sólo se conoce desconociendo. No hay necesidad de preocuparse por el concepto; no hay necesidad de acumular conocimiento, téorías, doctrinas acerca de Dios. Olvida todo acerca de la pala­bra y la teoría. Simplemente preocúpate de tu felicidad, de tu éx­tasis, y un día encontrarás que Dios ha entrado en ti. Es otro nom­bre para la dicha más grande.

 

La última Pregunta:

 

Osho, tengo la idea de que realmente Tú no existes. Cuando

pensamos que hay alguien que vive en tu casa y que hace

que las cosas nos sucedan, no eres realmente Tú en absoluto.

¿Podrías decimos qué es esto, y también, quién está dando

los discursos cada mañana?

 

No lo sé.

 

Basta por hoy.

 

 

Capítulo 5

El Secreto Esencial

En El Arte Del Manejo

De La Espada

 


 

Yagyu Tajima no Kami Munenori era profesor del shogun

en el arte del manejo de la espada.

Uno de los guardas personales del shogun fue un día a

Ta­jima no Kami pidiendo ser adiestrado en el arte de la

Espada.

«Como he podido observar, tú mismo pareces ser un maes­tro de

este arte -dijo el profesor-. Por favor, dime a qué es­cuela

 perteneces antes de que entremos en una relación de profesor

y pupilo».

El guarda dijo: «No pertenezco a ninguna escuela, nunca

estudié el arte».

«De nada sirve que intentes engañarme -dijo el profesor-.

Mi ojo juicioso es infalible».

«Siento desafiarle, su señoría -dijo el guarda-, pero

real­mente no sé nada».

«Si tú lo dices, debe de ser verdad, pero estoy seguro de

que eres maestro en algo, así que háblame de ti».

«Hay una cosa -dijo el guarda-. Cuando era un niño pen­sé que

un samurai nunca debería tener miedo a la muerte, me esforcé

 por resolver

el problema, y ahora el pensamiento de la muerte

ha dejado de preocuparme».

«¡Eso es! -exclamó el profesor-. El secreto esencial del

arte de la espada consiste en haberse liberado de la idea de

la muerte. No necesitas ninguna enseñanza técnica, tú ya eres

un maestro».

 

El océano no sólo está oculto tras las olas, también se mani­fiesta a sí mismo en las olas. Está tanto en la superficie como en la profundidad. La profundidad y la superficie no son dos cosas separadas, son dos polaridades del mismo fenómeno. El centro forma parte de la circunferencia; está tanto en la circunferencia como en el centro.

Lo divino no es sólo lo oculto, también es lo manifiesto. Lo divino no es sólo el creador, también es la creación. Está tanto en este mundo como lo está en el otro.

Precisamente la otra noche, un nuevo sannyasin me preguntó: «Osho, ¿puedes mostrarme la forma de lo divino?». Le dije: «To­das las formas son divinas. No he visto ni una sola forma que no sea divina. Toda la existencia es divina, no la dividas en profana y sagrada».        

¿Qué es lo que estoy haciendo todo el tiempo? Mostrar la for­ma divina. ¿Qué es lo qué estás haciendo tú? Mostrar la forma di­vina. ¿Qué es lo que está sucediendo en toda la existencia? Lo di­vino está extendido por todas partes. Tanto en lo pequeño como en lo grande; tanto en una brizna de hierba como en una estrella remota.

Pero la mente piensa en dualidades. Piensa que Dios está oculto, así que trata de negar lo manifiesto y busca lo oculto.


 

Ahora bien, así te estás creando a ti mismo un conflicto innece­sario. Dios está aquí, ahora tanto como en cualquier otro lugar. Dios está tanto en el buscador como en lo buscado. Se está mani­festando a sí mismo. Por eso digo que el océano está en las olas. Profundiza en las olas, profundiza en la forma, y encontrarás lo sin forma.

Que tú no puedas verlo no significa que Dios no esté mani­fiesto, sólo significa que todavía estás ciego. Todavía no tienes los ojos que pueden ver lo obvio. Dios es lo obvio. Y lo mismo sucede en todos los niveles del ser: quienquiera que seas, vas irradiándolo a tu alrededor. No puedes ocultarlo. Nada, absoluta­mente nada, puede ocultarse. Hay un dicho Zen: «Todo está tan claro como la luz del día, no importa que esté escondido desde la antigüedad». Pero para ti no todo está tan claro como la luz del día. Eso no significa que la luz del día no exista; simplemente significa que tienes los ojos cerrados. Abre los ojos un poquito y la oscuridad comenzará a desaparecer. Abre los ojos dondequie­ra que estés e inmediatamente serás capaz de ver la profundidad de la existencia. Una vez que tus ojos se hayan abierto, todo se volverá transparente.

Cuando me miras, solamente ves la superficie, las olas. Cuan­do me oyes, sólo escuchas las palabras, no el silencio que se oculta tras ellas. Ves exactamente aquello que no vale la pena y te pierdes todo aquello que tiene valor e importancia. Cuando yo te miro, no es la forma, no es la imagen que tú ves en el espejo. Cuando te miro, te veo a ti.

Y estás mostrándote a ti mismo en cada uno de tus gestos, en cada uno de tus movimientos. Tu forma de caminar, tu forma de hablar, tu forma de permanecer en silencio sin hablar, tu forma de comer, tu forma de sentarte; todo ello te está poniendo de mani­fiesto. Cualquier persona perceptiva será capaz de ver si tu inte­rior está oscuro o si has encendido la llama.

Es tan fácil como cuando pasas delante de una casa por la no­che, una noche oscura, y la casa está iluminada en su interior. ¿Hay acaso algún problema en saber si está iluminada? No, porque pue­des ver la luz saliendo por las ventanas y las puertas. Si, por el con­trario, la casa está oscura y no hay ninguna luz alumbrando en su interior, entonces, por supuesto, te das cuenta. Es obvio.

Lo mismo está sucediendo contigo: en cada momento estás mostrando todo lo que eres. Muestras tu neurosis, también tu ilu­minación. Muestras tu meditación, también tu locura. No puedes ocultarlo. Todos los esfuerzos por ocultarte son inútiles. Son es­túpidos, ridículos.   

 

Leí un libro de Edmund Carpenter. Él estuvo trabajando en Borneo, en un proyecto sociológico de investigación. Escribe: «En una pequeña ciudad en Borneo, me encontré escribanos pro­fesionales sentados tras ventanas abiertas, leyendo y escribiendo. Como la gente es analfabeta y no saben ni leer ni escribir, ni sus cartas, ni sus documentos, ni nada, necesitan la ayuda de lectores y escritores profesionales. Y me quedé muy sorprendido al ver que uno de ellos se tapaba los oídos con los dedos mientras leía en voz alta. Pregunté el motivo y me dijeron que lo hacía a peti­ción del cliente que ¡no quería compartir su carta con el lector!».

¡Por eso el lector se tapaba los oídos con los dedos y leía la carta en voz alta!

Pero esto es lo que está sucediendo en la vida de todo el mun­do. Tú sigues escondiéndote, pero todo está siendo declarado constantemente en voz alta. Todo está siendo emitido, eres una emisora con programación ininterrumpida. Incluso mientras es­tás durmiendo sigues emitiendo. Si un Buda te viene a ver mien­tras duermes, se dará cuenta de quién eres. Incluso durante el sueño estás hablando, haciendo gestos, caras, movimientos. Y to­das esas cosas dicen algo de ti, porque el sueño es tuyo y lleva inevitablemente tu firma.

Si uno se vuelve un poco alerta, deja de ocultarse. Es inútil, es ridículo. Entonces uno simplemente se relaja. Al ocultarte te mantienes tenso, constantemente asustado de que alguien pueda saber algo de ti. Nunca te expones, nunca vives desnudo... quie­ro decir espiritualmente. Nunca vives desnudo, siempre estás asustado. Este miedo te atenaza, te paraliza.

Una vez que entiendes esto, todo se manifestará irremisible­mente -ya se está manifestando-; el centro está llegando a la cir­cunferencia en cada momento, el océano está en el ondular de las olas y la divinidad está en todas partes, diseminada en toda la existencia y tú estás diseminado en todas tus actividades, no tie­ne sentido ocultarse. Desde la antigüedad nunca ha habido nada oculto; todo es tan claro como la luz del día, entonces ¿por qué preocuparse?

Cuando uno se relaja, la ansiedad, la tensión, la angustia, de­saparecen. De repente te haces vulnerable, ya no estás cerrado. De repente estás abierto, de repente te vuelves receptivo. Y esto es lo que tienes que comprender: que cuando te hayas expuesto ante los demás sólo entonces te expondrás ante ti mismo. Si te es­tás ocultando a los demás, todo lo que les estés ocultando irá des­cendiendo poco a poco al sótano de tu mente inconsciente. Los demás no lo sabrán y poco a poco tú también te olvidarás de ello.

Pero siempre que entras en la visión de un hombre perceptivo, todo es revelado. Ésta es una de las razones básicas por las que, en Oriente, la relación entre un discípulo y un maestro es tan va­lorada: porque el maestro es como un rayo de luz, como unos ra­yos X, y el discípulo queda expuesto. Y cuanto más penetra y sabe el maestro sobre del discípulo, más consciente se hace el discípulo cada vez de sus propios tesoros ocultos.

Tratando de ocultarse de los demás, se ha hecho tan experto en esconderse, que también se esconde de sí mismo.

No sabes mucho de ti mismo. Sólo conoces una parte de ti, la punta del iceberg. Tu conocimiento sobre ti mismo es muy limi­tado; no sólo limitado, ¡es casi irrelevante! Es tan parcial, es tan fragmentario que, a menos que lo pongas dentro de un contexto, con todo tu ser, no tiene sentido. Es casi un sinsentido.

Por eso continúas viviendo sin conocerte a ti mismo. ¿Y cómo puede uno vivir sin conocerse a sí mismo? Y sigues proyectando cosas en los demás que no tienen nada que ver con ellos; podrían ser fuerzas ocultas en tu interior. Pero no sabes que están ocultas en tu interior y las proyectas en los demás. Alguien te parece un egoísta: quizás eres tú el egoísta y estas proyectando. Alguien te parece muy enfadado: la rabia podría estar en tu interior y el otro no ser más que una pantalla; y eres tú el que está proyectando.

A menos que te conozcas exactamente, no serás capaz de sa­ber qué es real y qué es proyección. Y no serás capaz de saberlo de otros tampoco. El autoconocimiento se convierte en la puerta de todo el conocimiento; es su base. Sin estos cimientos todo el conocimiento es sólo aparente; en lo más profundo es ignorancia.

 

He escuchado una anécdota.

 La señora Jones, muy preocupada, fue a consultar a un psi­quiatra:

-Mi marido -dijo-, está convencido de que es un pollo. No para de dar vueltas rascándose constantemente y duerme en una barra larga de madera que ha colocado a modo de percha.

-Ya veo -dijo el psiquiatra pensativo-. ¿Y cuánto tiempo lle­va su marido sufriendo esta fijación?

-Ahora hace casi dos años.

El psiquiatra frunció ligeramente el entrecejo y dijo:

-Pero ¿por qué ha esperado hasta ahora para buscar ayuda? La señora Jones se sonrojó y dijo:

-¡Ah, bueno, estaba tan bien tener un suministro regular de huevos!

 

¡Esta mujer es una neurótica! Se cree que su marido es el neu­rótico: siempre que pienses algo sobre otra persona, observa. No tengas prisa, primero mira dentro de ti. La causa podría estar en tu interior. Pero no te conoces a ti mismo y por eso sigues con­fundiendo las realidades externas con tus propias proyecciones. Es imposible conocer nada real a menos que antes te hayas cono­cido a ti mismo. Y la única manera de conocerse uno mismo es vivir una vida vulnerable, abierta. No vivas en una celda cerrada. No te ocultes detrás de tu mente, sal afuera.

Una vez que sales afuera, te irás haciendo consciente poco a poco de millones de cosas que hay en ti. No eres un apartamento de una sola habitación, tienes muchas habitaciones: eres un pala­cio. Pero te has acostumbrado a vivir en la entrada y te has olvi­dado completamente del palacio. Existen muchos tesoros ocultos en ti y estos tesoros te están constantemente llamando, invitán­dote. Pero estás casi sordo.

Hay que romper esta ceguera, esta sordera, esta insensibilidad, y nadie más que tú puede hacerlo. Si alguien ajeno a ti lo intenta, te ofenderás, sentirás que se están entrometiendo. Sucede cada día: si intento ayudarte, sientes que te he invadido. Si intento decirte algo verdadero de ti, te ofendes, te sientes humillado, te sientes he­rido, tu orgullo se hiere. Quieres escuchar cómo cuento mentiras sobre ti; quieres escuchar algo que ayude a la imagen fija que tie­nes de ti mismo. Tienes una imagen dorada de ti mismo que es fal­sa. Hay que romperla en pedazos, porque una vez desecha, la rea­lidad emergerá. Y si no acabas con ella seguirás aferrándote.

Crees que eres religioso, te crees un gran buscador: tal vez no seas religioso en absoluto, podrías sencillamente tener miedo a la vida. En tus templos y en tus iglesias, se ocultan los cobardes, con miedo a la vida. Pero aceptar que uno tiene miedo a la vida es muy humillante, por eso no dicen que tienen miedo a la vida, sino que han renunciado: «La vida no vale nada. La vida es sólo para las mentes mediocres». Han renunciado a todo por Dios; es­tán buscando a Dios. Pero observa ...están temblando. Están re­zando de rodillas, pero su oración no es de amor, su oración no es de celebración, su oración no es una fiesta; su oración nace del miedo. Y el miedo lo corrompe todo, nadie puede dirigirse a Dios a través del miedo.

Tienes que acercarte a la verdad a través de la valentía. Pero si estás escondiendo tu miedo detrás de la religiosidad, entonces será muy difícil acabar con él. Eres avaricioso, miserable, pero sigues contando que vives una vida muy sencilla. Si te estás ocul­tando tras una racionalización sobre la sencillez, entonces te será muy difícil darte cuenta de que eres un miserable. Un miserable se equivoca tremendamente porque la vida es para aquellos que comparten, la vida es para aquellos que aman, la vida es para aquellos que no están demasiado aferrados a las cosas, porque entonces se hacen disponibles a las personas.

Aferrarse a un objeto es aferrarse a algo que está por debajo de ti. Y si te sigues aferrando a objetos que están por debajo de ti, ¿cómo puedes subir alto? Es como si estuvieras aferrándote a unas rocas y tratando de volar en el cielo. O como si estuvieras llevando rocas en la cabeza e intentaras subir al Everest. Tienes que tirarlas, tienes que tirar esas rocas. Tendrás que aligerarte.

Edmund Hillary, el primer hombre que alcanzó la cima del Everest, dice en su autobiografía: «A medida que nos íbamos acercando, tuve que dejar cada vez más cosas detrás. En el últi­mo momento, tuve que dejarlo casi todo, porque todo se había convertido en una gran carga».

Cuanto más alto subas, más ligero necesitas estar. Por eso un miserable no puede subir muy alto. Un miserable no puede volar alto en el amor, o en la oración, o en la divinidad. Se queda pe­gado a la tierra, permanece casi enraizado en la tierra. Los árbo­les no pueden volar. Si quieres volar, necesitas estar desarraiga­do. Necesitas ser como una nube blanca; sin raíces en ninguna parte; un viajero.

Pero puedes ocultar lo mísero de tu ser. Puedes ocultar tus en­fermedades detrás de bonitas palabras y bondadosos términos. Pue­des ser muy articulado y muy racional. Hay que romper todo esto.

Y si sigue ocultándote, entonces no sólo ocultas tus enfermeda­des, también ocultas tus tesoros. Este esconder se convierte en una fijación, se convierte en un hábito, en una obsesión. Pero créeme, delante de un hombre perceptivo, delante de un maestro que se ha conocido a sí mismo, serás completamente radiografiado. No te puedes ocultar de alguien que tiene ojos. Te puedes esconder de ti mismo, te puedes esconder del mundo, pero no te puedes esconder de alguien que ha conocido lo que es la claridad, lo que es la per­cepción.

Para un hombre así, estás totalmente en la superficie.

He escuchado la historia de una pareja americana que pasea­ba a lo largo de las orillas del Sena, a la sombra de Notre Dame.      

Él estaba absorto, en silencio. Ella dijo por fin:

-¿Qué estás pensando cariño?

-Estaba pensando, querida, que, si nos pasara algo a alguno de los dos, me gustaría pasar el resto de mi vida en París.

Puede que él no se de cuenta de lo que está diciendo, tal vez lo diga con absoluta inconsciencia. Déjame que lo repita. Él dice: «Estaba pensando, querida, que, si nos pasara algo a alguno de los dos, me gustaría pasar el resto de mi vida en París». Quiere que su mujer muera a pesar de que no lo está diciendo claramen­te. Pero lo ha dicho.

Continuamente estamos emitiendo, de muchas maneras. Hace sólo unos días, el presidente norteamericano dio una fiesta en honor del embajador egipcio en los Estados Unidos. Pero cuando estaba haciendo los brindis se le olvidó completamente y algo de su subconsciente emergió -"le traicionó la lengua", decimos; pero no es sólo que la lengua le taicion~. Levantó su vaso y dijo: «En ho­nor de la gran nación de Israel». ¡A los egipcios! Entonces por su­puesto trató de arreglarlo, de componerlo; pero era demasiado tarde. En el fondo, quería que Israel venciera a los egipcios; desde su sub­consciente ese deseo subió a la superficie, emergió.

 

Sucedió en una fiesta. Un invitado, un hombre muy tímido murmuró a su anfitriona cuando se marchaba: «La comida estaba deliciosa, lo que quedaba de ella». Dándose cuenta de la expre­sión herida de la anfitriona, el invitado enrojeció y se apresuró a decir: «Ah, ah. Y había montones de comida».

 

Éstas son afirmaciones inconscientes; te salen cuando no es­tás en guardia. Normalmente, estás en guardia. Por ello la gente está tan tensa, constantemente en guardia, protegiéndose. Pero hay momentos en que la tensión es demasiada y uno se relaja; uno tiene que relajarse, uno no puede estar en guardia las veinti­cuatro horas. En esos momentos, estas cosas salen a la superficie.

Eres más autentico cuando has bebido un poco más de la cuenta y empiezan a salir a la superficie cosas de tu inconscien­te. Bajo la influencia del alcohol eres más auténtico de lo normal, porque el alcohol te hace bajar la guardia. Entonces empiezas a decir cosas que siempre quisiste decir, nada te preocupa y no es­tás tratando de causar buena impresión: estás siendo sencilla­mente auténtico. Los borrachos son gente hermosa, más verdade­ros, más auténticos. Es una ironía que sólo los borrachos sean auténticos.

Cuanto más listo y astuto, más falso te vuelves. No te ocultes detrás del telón. Sal a la luz del sol. Y no tengas miedo de que tu imagen se vaya a hacer pedazos. Si te da miedo que se rompa, no vale la pena que la guardes. Es mejor que tú mismo la rompas. Coge un martillo y destrúyela.

Esto es lo que significa ser un sannyasin: agarras un martillo en tus manos y destruyes tu vieja imagen. Y empiezas una nueva vida de cero, desde el principio otra vez, como si acabaras de na­cer. Es un renacimiento.

Luego poco a poco, si te relajas, y si no estás demasiado preo.. cupado por tu imagen ante los demás, tu auténtico rostro, tu rostro original, aparece: el rostro que tuviste antes de nacer y el rostro que volverás a tener cuando te mueras; el rostro original, no la máscara cultivada. Con ese rostro original verás la divinidad en todos los lugares, porque con tu rostro original puedes reunirte con lo original, con la realidad.

Con una máscara, sólo te encontrarás con otras máscaras. Con una máscara, nunca podrá existir ningún diálogo con la realidad.

Con una máscara, permaneces en la relación entre el "yo" y el "eso". La realidad permanece detrás. Cuando desaparece la más­cara y has regresado a casa, ocurre una tremenda transformación. La relación con la realidad ya no es de "yo-eso" es la de "yo-tú" Ese "tú" es la divinidad.

La realidad adquiere una personalidad: tú aquí vuelves a la vida, la realidad allí vuelve a la vida. Siempre ha estado viva, sólo tú estabas muerto. Es como si hubieras tomado cloroformo: cuando regresas, y la influencia del cloroformo va desaparecien­do poco a poco, ¿cómo te sientes? Es una hermosa experiencia. Si nunca has estado en una mesa de operaciones, ve, ¡sólo por la experiencia! Durante unos instantes estás completamente en ninguna parte, y entonces emerge la consciencia. De repente, todo está vivo, nuevo. Estás saliendo del útero. Sucede exactamente lo mismo cuando decides vivir una vida auténtica. Entonces, por primera vez, entiendes que ahora has nacido. Hace sólo un mo­mento estabas pensando y soñando que estabas vivo, pero no lo estabas.

 

Un gran matemático, Herr Gauss, estaba velando a su esposa enferma en el piso superior de su casa. Y mientras pasaba el tiem­po, se encontró dándole vueltas a un profundo problema matemático...

 

La gente tiene surcos en sus mentes y se mueven en esos mis­mos surcos una y otra vez. Un matemático tiene un cierta mane­ra de funcionar. Su esposa se está muriendo, los médicos le han dicho que ésta va a ser su última noche, él estaba velándola; pero su mente comenzó a funcionar, siguiendo por supuesto su viejo patrón. Empezó a pensar en un problema matemático. Sólo fíjate: la esposa no estará ya más allí, es su última noche, pero la mente está fabricando una cortina con las matemáticas. Se ha ol­vidado por completo de su esposa; se ha ido, se ha ido muy lejos, de viaje.

Mientras pasaba el tiempo se encontró empezando a darle vueltas a un profundo problema matemático. Sacó papel y lápiz y comenzó a dibujar diagramas. Un criado se le acercó y le dijo deferentemente: «Señor Gauss, su esposa se está muriendo». Y Gauss, sin levantar los ojos, dijo: «Sí, sí. Dígale que espere a que acabe» .

 

Incluso las mentes más grandes son tan inconscientes como tú. En lo que respecta a consciencia, grandes, pequeñas y medio­cres, todas están en el mismo barco. Incluso las mentes más gran­des viven bajo el influjo del cloroformo.

Sal de ahí, hazte más consciente, concentra tus fuerzas. Per­mite que una sola cosa se convierta en tu centro, en una constan­te acción de centrarte, y que esto sea el despertar, la consciencia. Sigue haciendo lo que estás haciendo, pero hazlo consciente­mente. Y poco a poco la consciencia se acumula y se convierte en una reserva de energía.

Ahora la historia Zen.

 

"Yagyu Tajima no Kami Munenori era profesor del shogun en

el arte del manejo de la espada.

En el zen, y sólo en el Zen, ha sucedido algo de gran impor­tancia: y esto es, que no hacen ninguna distinción entre la vida ordinaria y la vida religiosa. En su lugar, han levantado un puen­te entre las dos. Y han empleado como métodos de meditación técnicas muy corrientes, como upaya. Esto tiene una importancia tremenda. Porque si no usas la vida ordinaria como método de meditación, tu meditación acabará convirtiéndose en algo esca­pista.   

 En la India ha sucedido y el país lo ha pagado caro. La mise­ria que ves por todos lados, la pobreza, su horrible fealdad, se debe a que la India siempre ha pensado que la vida religiosa es­taba separada  de la  vida  ordinaria.  Por  eso  las  gentes  que  se

habían interesado por Dios renunciaron al mundo. Las gentes que se interesaron en Dios cerraron sus ojos, se sentaron en cuevas en los Himalayas y trataron de olvidar que el mundo existía. Inten­taron crear la idea de que el mundo es simplemente una ilusión, apariencia, maya, un sueño. Por supuesto, la vida ha sufrido mu­cho por culpa de esto.

Todas las grandes mentes de este país se volvieron escapistas, y el país quedó para los mediocres. Ninguna ciencia ni tecnolo­gía pudieron evolucionar.

Pero en Japón, el Zen ha hecho algo muy hermoso. Por eso el Japón es el único país donde se encuentran el Este y el Oeste: en Japón la meditación oriental y la razón occidental se encuentran en profunda síntesis. El Zen ha creado allí toda esta situación. En la India no se puede concebir que el arte de la espada pudiera convertirse en upaya, un método de meditación, pero en Japón lo han hecho. Y veo que han aportado algo muy nuevo a la cons­ciencia religiosa.

Cualquier cosa puede convertirse en meditación, porque todo consiste en consciencia. Y por supuesto, en la esgrima se necesi­ta más consciencia que en cualquier otro lugar porque la vida está en juego constantemente. Cuando estás luchando con una espa­da, tienes que estar constantemente alerta; un solo momento de inconsciencia y se acabó. De hecho, un espadachín auténtico no funciona con su mente. No puede hacerlo, porque la mente nece­sita tiempo: piensa, calcula. Y cuando estás luchando con la es­pada, ¿dónde está el tiempo? No hay tiempo. Si pierdes una sola fracción de segundo pensando, el contrario no perderá esa opor­tunidad: su espada atravesará tu corazón o te cortará la cabeza.

Por eso no es posible pensar. Uno tiene que funcionar desde la no-mente. Uno tiene simplemente que funcionar, porque el peli­gro es tan grande que no te puedes permitir el lujo de pensar. Para pensar necesitas una silla cómoda. Simplemente te relajas en ella y despegas en tus viajes mentales.

Pero cuando estás luchando y tu vida está en peligro y la es­pada está brillando al sol, en cualquier momento, al más mínimo despiste, el contrario no perderá la oportunidad, te irás para siem­pre; ahí no existe espacio para que aparezca un pensamiento, uno tiene que funcionar desde el no-pensamiento. Esto es meditación.

Si puedes funcionar desde el no-pensamiento, si puedes fun­cionar desde la no-mente, si puedes funcionar como una unidad orgánica total, no desde la cabeza; si puedes funcionar desde tus agallas... te puede suceder a ti también. Estás caminando una no­che y de repente una serpiente cruza el camino. ¿Qué haces? ¿Te sientas allí a pensar? No; saltas fuera del camino. De hecho no decides saltar: no piensas en un silogismo lógico: aquí hay una


 

serpiente, y siempre que hay una serpiente hay peligro, por eso, ergo, debo saltar. ¡Esa no es la manera! ¡Simplemente saltas! La acción es total. La acción no está corrompida por el pensamien­to; viene desde el mismo centro de tu ser, no de la cabeza. Por su­puesto, cuando has saltado fuera del peligro te puedes sentar de­bajo de un árbol y pensar acerca de lo ocurrido. ¡Eso es otro asunto! Entonces te puedes permitir el lujo.

La casa se incendia, ¿qué haces? ¿Piensas si tienes que salir o no afuera, ser o no ser? ¿Consultas las escrituras acerca si vas a hacer lo correcto o no? ¿Te sientas en silencio y meditas acerca de ello? ¡Simplemente sales de la casa! Y no te preocuparás de modales y etiquetas, te limitarás a saltar por la ventana.

Hace sólo dos noches una chica entró aquí a las tres de la ma­ñana y comenzó a chillar en el jardín. Asheesh saltó de su cama, corrió; y sólo entonces se dio cuenta de que estaba desnudo. En­tonces regresó. Eso fue una acción desde la no-mente, sin ningún pensamiento: simplemente saltó de la cama, los pensamientos llegaron más tarde. El pensamiento siguió, detrás, rezagado. Él estaba por delante del pensamiento. Por supuesto, lo pilló de modo que perdió una oportunidad. Se habría convertido en un sa­tori, pero regresó y se puso su túnica. ¡Falló!

El arte del manejo de la espada se convirtió en una de las upa­yas, una de las metodologías básicas, porque el tema en sí mismo es tan peligroso que no permite pensar. Te puede llevar hacia una manera diferente de funcionar, un tipo distinto de realidad, una realidad separada. Sólo conoces una manera de funcionar: pri­mero pensar y después actuar. En la esgrima, un tipo diferente de existencia se abre para ti: primero actúas y luego piensas. El pen­sar no es ya prioritario, y ésta es la belleza: cuando pensar no es prioritario, no te puedes equivocar.

Has escuchado el proverbio: "Errar es humano". Sí, es ver­dad; errar es humano porque la mente humana es propensa a errar. Pero cuando funcionas desde la no-mente ya no eres huma­no, eres divino, y entonces no existe posibilidad de error. Porque la totalidad nunca se equivoca, sólo la parte se equivoca. La divi­nidad nunca se equivoca, no puede hacerlo. Es la totalidad. Cuando empiezas a funcionar desde la nada, sin silogismos, sin pensamiento, sin conclusiones -por supuesto tus conclusiones son limitadas, dependen de tu experiencia y tú puedes errar, pero cuando pones a un lado tus conclusiones, estás poniendo a un lado también tus limitaciones-, entonces funcionas desde tu ser ilimitado y nunca te equivocas.

Se cuenta que ha habido ocasiones en Japón en que se han en­frentado dos adeptos del Zen que habían alcanzado el satori a tra­vés del manejo de la espada. No podían ser derrotados. Ninguno podía salir victorioso porque ninguno podía errar. Antes de que uno atacara, el otro había hecho los preparativos para defenderse. Antes de que la espada del contrario fuera a cortarle la cabeza, él se había preparado ya para contrarestar el ataque. Y lo mismo su­cedía con sus arremetidos. Dos personas que han alcanzado el sa­tori pueden seguir luchando durante años, pero es imposible, no pueden errar. Nadie puede ser derrotado y nadie puede salir vic­torioso.

 

Yagyu Tajima no Kami Munenori era profesor del shogun en

el arte del manejo de la espada.

Uno de los guardas personales del shogun fue un día a Taji-

ma no Kami pidiendo ser adiestrado en el arte de la espada

«Como he podido observar, tú mismo pareces ser un maestro

en este arte -dijo el profesor».

 

“Como he podido observar...” dijo el maestro. En la India, cuando vivía el Buda, uno de sus contemporáneos fue Mahavira. Entre los discípulos de ambos ha existido desde entonces una discusión. La discusión es acerca de la consciencia de la persona iluminada. Los seguidores de Mahavira, los jainas, dicen que cuando una persona se ha iluminado, siempre conoce todo sobre el pasado, el presente y el futuro. Se ha vuelto omnisciente, lo sabe todo. Se ha convertido en un espejo de toda la realidad.

Los seguidores del Buda dicen que esto no es así. Dicen que es capaz de conocer cualquier cosa si observa. Si trata de focali­zarse en cualquier cosa, será capaz de saber todo acerca de ella. Pero no sucede como dicen los seguidores de Mahavira, que afir­man que, se enfoque o no, él sabe.

Para mí también, el punto de vista budista me parece mejor y más científico. De otra manera un hombre como Buda se volve­ría prácticamente loco. Imagínate: sabiéndolo todo sobre el pasa­do, el presente y del futuro. No, esto no me parece correcto. La actitud budista me parece más acertada: se ha vuelto capaz de co­nocer. Ahora, siempre que quiere utilizar esa capacidad, se enfo­ca, manda su rayo de luz. Coloca algo en el fluir de su meditación y ese algo le es revelado. De otra manera le sería imposible des­cansar. Aún durante la noche estaría continuamente conociendo,  conociendo el pasado, el presente y el futuro. Y no sólo el suyo, ¡el de todo el mundó! Solamente piensa su total imposiblidad. No, no es posible.

«Como he podido observar...», dijo el maestro. El discípulo ha venido y ha pedido ser enseñado en el arte del manejo de la es­pada. El maestro dijo: «Como he podido observar...». Él enfoca su rayo de luz, su antorcha, hacia el discípulo. Ahora su discípulo está bajo su meditación. Él ve a través hasta que el discípulo se hace transparente. Eso es lo que sucede cuando llegas a un maes­tro: simplemente su luz te penetra hasta tu mismo centro.

 

«...tú mismo pareces ser un maestro en este arte», dijo el pro­fesor».

 

No pudo encontrar nada incorrecto en este hombre. Todo es­taba como tenía que estar, armonizado, vibrando. Este hombre era una hermosa canción, ya estaba realizado.

 

«...Por favor, dime a qué escuela perteneces antes de entrar en

una relación de profesor y pupilo.»

 

Esa es la relación más elevada del mundo, más grande que las relaciones amorosas, más grande que cualquier otra relación, porque la rendición tiene que ser total. Incluso en una relación amorosa, la rendición no es total, es parcial; el divorcio es posi­ble. Pero de hecho, si te has convertido alguna vez en discípulo de un maestro, si realmente te has vuelto un discípulo, si has sido aceptado, si te has rendido, entonces no existe la posibilidad del divorcio. No hay camino de vuelta, es un punto sin retorno. En­tonces las dos personas no están mas allí. Existen como una, dos aspectos de una, pero no son dos.

Por eso el maestro dice: «Antes de que entremos en una rela­ción de profesor y pupilo, me gustaría saber dónde aprendiste este arte. ¿Cómo estás tan armonizado? Ya eres un maestro».

 

El guardián dijo: «No pertenezco a ninguna escuela, nunca

estudié el arte».

«De nada sirve que intentes engañarme, -dijo el profesor-, tu

ojo juicioso nunca falla».

 

Ahora, escucha esta paradoja: los ojos juiciosos aparecen sólo cuando has dejado atrás todos los juicios. En la meditación tienes que dejar todo juicio: que es bueno, que es malo; tienes que aban­donar toda división. Simplemente mira. Mira sin ningún juicio, sin ninguna censura, sin ninguna apreciación. No evalúas, sim­plemente miras. La mirada se vuelve pura.

Cuando esta mirada te sucede y se ha convertido en algo inte­grado en tu ser, alcanzas una capacidad que nunca falla. Una vez que te has vuelto uno en tu interior y has ido más allá de la mo­ralidad, del dualismo -bueno y malo, pecado y virtud, vida y muerte, hermoso y feo-, una vez que has ido más allá del dualis­mo de la mente, alcanzas el ojo juicioso.

Ésta es la paradoja: tienes que abandonar todos los juicios, en ese momento alcanzas el ojo juicioso. Entonces nunca falla. Sim­plemente sabes que es así y no existe alternativa. No es una elección de tu parte, no es una decisión. Es una sencilla revelación de que es así.

 

«De nada sirve que intentes engañarme -dijo el maestro-. Mi

ojo juicioso nunca falla».

«Siento desafiarle, su señoría -contestó el guarda-, pero real­-

mente no se nada».

«Si tú lo dices, debe de ser verdad, pero estoy seguro de que

eres maestro en algo...».

 

Ahora este punto tiene que ser entendido: no hace ninguna di­ferencia respecto a la materia en qué eres maestro, el sabor de la maestría, el aroma es el mismo. Puedes convertirte en maestro de tiro al arco o en maestro en el manejo de la espada o en maestro de una ordinaria ceremonia del té, no hay diferencia. La única re­alidad es que te has vuelto un maestro. El arte ha entrado tan pro­fundamente en ti que ya no es un peso; el arte ha entrado tan pro­fundamente que ahora no tienes necesidad de pensar en él, forma parte de tu naturaleza.

 

«...pero estoy seguro de que eres maestro de algo...». Quizás no seas un maestro en el manejo de la espada, pero eres un maestro, «por eso dime algo de ti».

 

«Hay una cosa - dijo el guarda-. Cuando era un niño pensé que un

samurai nunca debería tener miedo a la muerte. Me esfor­cé en resolver

el problema, y ahora el pensamiento de la muerte ha cesado de

preocuparme».

 

¡Pero esto es todo de lo que trata la religión! Si la muerte no te preocupa, te has vuelto un maestro. Has probado algo de la inmor­talidad, esto es, algo de tu naturaleza más interior. Has conocido algo de lo eterno. Conocer la inmortalidad es todo el por qué de la vida: la vida es una oportunidad para conocer lo inmortal.

 

«...ahora el pensamiento de la muerte ha cesado de preocuparme».

«¡Eso es! -exclamó el profesor-. El secreto esencial del arte de la

espada consiste en estar liberado de la idea de la muerte.

 

 

No necesitas ninguna enseñanza técnica, tú ya eres un maestro».

 

...Porque cuando estás luchando con la espada, si tienes mie­do a la muerte, el pensamiento continuará.

Ahora déjame que te diga una verdad básica: pensar surge del miedo. Todo pensamiento surge del miedo. Cuanto más asustado estás, más piensas. Siempre que no hay miedo, el pensamiento se detiene. Si te has enamorado de alguien, sabrás que hay momen­tos con tu amado o tu amante donde el pensamiento se detiene. Sentados a la orilla del lago, sin hacer nada, agarrados de las ma­nos, mirando la luna o las estrellas, o simplemente contemplando la oscuridad de la noche, a veces los pensamientos se detienen, porque no hay miedo. El amor disuelve el miedo igual que la luz disuelve la oscuridad.

Si incluso durante un momento has estado enamorado de al­guien, habrás experimentado que el miedo desaparece y el pen­samiento se detiene. Con miedo, el pensamiento continúa. Cuan­to más asustado estás, más tienes que pensar, porque pensando crearás seguridad; pensando crearás una ciudadela a tu alrededor. Pensando te las ingeniarás o tratarás de ingeniártelas, para luchar.

Un samurai, si tiene miedo a la muerte, no puede ser un sa­murai de verdad porque el miedo le hará temblar. Un pequeño temblor en su interior, un mínimo pensamiento y no será capaz de actuar desde la no-mente.

Hay una historia.

 

Un hombre en China se convirtió en el mejor arquero y le pi­dió al rey:

-Declárame como el arquero más grande del país. El rey esta­ba a punto de decidirse y satisfacer la petición cuando un viejo siervo del rey dijo:

-Espera, señor. Conozco a un hombre que vive en el bosque y nunca viene a la ciudad; es un gran arquero. Deja que este joven vaya a verlo y aprenda de él por lo menos durante tres años. No sabe lo que está pidiendo. Es como un camello que todavía no ha cruzado una montaña. Los arqueros no viven en las capitales, los verdaderos arqueros viven en las montañas. Yo conozco uno y sé con seguridad que este hombre no es nada.

Por supuesto, el hombre fue enviado. Él fue. No podía creer que hubiera un arquero mejor que él. Pero encontró al anciano y ¡lo era! Durante tres años aprendió de él. Entonces un día, cuan­do había aprendido todo, surgió en él este pensamiento: «Si mato a este anciano, seré el arquero más grande».

El anciano había ido a cortar leña y cargándola sobre su cabeza. El joven se ocultó detrás de un árbol, esperándole para matarlo. Lanzó una flecha. El anciano agarró una maderita y la arrojó. Gol­peó la flecha y la flecha se volvió e hirió al joven profundamente.

El anciano se acercó a él, le quito el arco, y dijo:

-Lo sabía. Sabía que un día u otro ibas a hacer esto. Por eso no te enseñé mi secreto; el único que me he guardado para mí. No hay necesidad de matarme, no soy un competidor. Pero una cosa debo decirte: mi maestro todavía vive y no soy nada comparado con él. Tendrás que ir y adentrarte en las montañas. Ese hombre tiene ciento veinte años, es muy viejo, pero mientras él esté vivo, nadie puede pretender, ni debe siquiera pensar en declararse el mejor arquero. Debes estar con él por lo menos treinta años. Y es muy viejo, de modo que ¡ve rápido! ¡Encuentra al anciano!

El joven emprendió el viaje, ahora muy desesperado. Parecía imposible convertirse en el arquero más grande del país. Encon­tró al viejo. Era muy anciano, ciento veinte años, completamente encorvado, no podía ponerse derecho. Pero el joven se sorprendió porque no tenía arco, ni flechas con él. Y le preguntó:

-¿Eres el anciano considerado el arquero más grande?

El hombre dijo:

-Sí.

-¿Pero dónde están el arco y las flechas?

El anciano contestó:

-Ésos son juguetes. Los arqueros auténticos no los necesitan una vez han aprendido el arte. Son simplemente estratagemas para aprender; una vez has aprendido, los tiras. Un gran músico tirará su instrumento porque ha aprendido lo que es la música. Desde ese momento cargar con el instrumento es una tontería, es infantil. Pero si realmente estás interesado en convertirte en un arquero, entonces ven conmigo.

Lo llevó a un precipicio. Había una roca mirando el profundo valle. El anciano siguió por delante del joven y se paró justo en el mismo borde. Con un pequeño temblor se tambaleó hacia el va­lle. Llamó al joven para que se le acercara, y éste comenzó a su­dar y a temblar; era tan peligroso estar allí. A medio metro de allí dijo:

-No puedo acercarme tanto.

El anciano se echo a reír:

-Si tiemblas tanto de miedo, ¿cómo vas a ser un arquero? Pri­mero tiene que desaparecer el miedo totalmente, sin dejar ningún rastro detrás.

El joven dijo:

-¿Pero cómo puedo conseguirlo? Tengo miedo a la muerte.

-Abandona la idea de la muerte -contestó el anciano-. En­cuentra a alguien que pueda ensañarte qué es una vida inmortal y te convertirás en el arquero más grande; hasta entonces no podrás conseguirlo.

 

El miedo crea el temblor. El miedo crea el pensamiento. El pensamiento es una especie de temblor interior. Cuando uno se vuelve firme, la llama de la consciencia permanece ahí, sin dis­traerse, sin temblar.

 

«¡Eso es! - exclamó el profesor».

«El secreto esencial del arte de la espada consiste en haber­se liberado

de la idea de la muerte. No necesitas ninguna ense­ñanza técnica,

tú ya eres un maestro».

 

...Pero él no era consciente de su propia maestría. Él podría haber estado ocultando muchas otras cosas y por eso estaba ocul­tando sus tesoros también. Una vez expuesto a un maestro, se dio cuenta. Y el maestro le dijo: «No necesitas ninguna técnica. Ya eres un maestro».

Y lo veo en ti, todo el mundo está llevando la inmortalidad en su interior. Podrías saberlo o podrías no saberlo -ése no es el asunto-, pero la estás llevando en tu interior. Ya está ahí, éste es el caso. Con sólo un poco de comprensión tu vida puede trans­formarse. Y entonces no hay necesidad de ninguna técnica. La re­ligión no es tecnología.

Todo el mundo nace con un tesoro secreto, pero sigue vivien­do como si hubiera nacido mendigo. Todo el mundo nace empe­rador, pero continúa viviendo como un mendigo. ¡Realízalo! Y esta realización te llegará sólo si poco a poco abandonas tu mie­do a la muerte.    

Por eso siempre que el miedo te llega, no lo contengas, no lo reprimas, no lo evites, no te ocupes con algo para poder olvidar­lo. ¡No! Cuando llegue el miedo, obsérvalo. Ponte cara a cara con él. Encáralo. Miralo profundamente. Asómate al valle del miedo. Por supuesto sudarás, temblarás, será como una muerte y tendrás que vivirlo muchas veces. Pero poco a poco, cuanto más claros se vuelvan tus ojos, cuanto más alerta esté tu consciencia, cuanto más enfocado estés en el miedo, éste desaparecerá como una niebla.  ­

Y una vez que el miedo desaparece, algunas veces, incluso sólo por un momento, de repente eres inmortal.

No hay muerte. La muerte es la ficción más grande que exis­te, es el mito más grande, -una mentira. Si por un solo momento puedes ver que eres inmortal, entonces no es necesaria la medita­ción: Entonces vive esa experiencia. Entonces actúa desde esa experiencia y las puertas de la vida eterna están abiertas para ti.

Mucho se pierde por culpa del miedo. Estamos demasiado aferrados al cuerpo y seguimos creando más y más miedo por culpa de este apego. El cuerpo va a morir. El cuerpo es parte de la muerte, el cuerpo está muerto. Pero tú estás más allá del cuer­po. Tú no eres el cuerpo, eres lo incorpóreo. Recuérdalo, realíza­lo. Despierta a esta verdad de que tú estás más allá del cuerpo. Tú eres el observador, el que ve. Entonces la muerte desaparece, el miedo desaparece, y ahí surge la tremenda gloria de la vida, lo que Jesús llama "vida abundante" o "el reino de Dios".

El reino de Dios está dentro de ti.

 

Basta por hoy.

 

 


Para seguir leyendo, pulsa aquí
 

          DE VUELTA AL INDICE DE LIBROS