MUSICA ANCESTRAL EN LOS PINOS

 
 

 

Capítulo 1

 

El Cristal Puro

De La Intuición

 

Gosa Hoyen solía decir: «Cuando la gente me pregunta

cómo es el Zen les cuento esta historia:

»Dándose cuenta de que su padre, que era un ladrón, se

estaba haciendo viejo, el hijo le pidió que le enseñara el ofi­cio,

de modo que pudiera continuar con el negocio familiar cuando

su padre se hubiera retirado.

»El padre accedió, y esa noche irrumpieron juntos en una casa.

»Abrieron un gran arcón y el padre le dijo a su hijo que se

metiera dentro y cogiera la ropa. Tan pronto como el mucha­cho

estuvo dentro, el padre cerró el arcón y empezó a hacer mucho

ruido hasta que todos en la casa se despertaron. En­tonces se

escabulló con sigilo.

»Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba

enfada­do, aterrorizado y confundido por no saber cómo salir

de allí. Entonces se le ocurrió una idea: simuló el ruido de un gato.

La familia ordenó a una doncella que tomara una vela y exa­minara

el arcón.

Cuando abrieron la tapa el muchacho saltó fuera, apagó la vela,

salió empujando a un lado a la asombrada doncella y echo a correr.

La gente corrió tras él.

»El muchacho vio un pozo a un lado del camino y arrojó dentro

una gran piedra y se escondió en la oscuridad. Los perseguidores

se reunieron alrededor del pozo intentando ver al ladrón ahogándose.

»Cuando el muchacho regresó a casa, estaba muy enfada­do con

su padre e intentó contarle la historia. Pero el padre le interrumpió:

"No te molestes en contarme los detalles, estás aquí, has

aprendido el arte"».

 

 El ser es uno, el mundo es múltiple y entre ambos se encuen­tra la mente dividida, la mente dual. Es como un gran árbol, un viejo roble: el tronco es uno, después el árbol se divide en dos ra­mas principales, la bifurcación principal, de la que crecen mil y una bifurcaciones. El ser es como el tronco de un árbol: uno, no dual. La mente es la primera bifurcación, donde el árbol se divi­de en dos, se hace dual, se vuelve dialéctico: tesis y antítesis, hombre y mujer, yin-yang, día y noche, Dios y demonio, yoga y Zen. Todas las dualidades del mundo están contenidas básica­mente en la dualidad de la mente y por debajo de esta dualidad está la unidad del ser. Si te deslizas por debajo de la dualidad en­contrarás la unidad, llámalo Dios, llámalo nirvana o lo que más te guste. Si vas ascendiendo a través de la dualidad, llegas a un mundo con millones de facetas.  

Ésta es una de las ideas más básicas que hay que entender: la mente no es una. Por eso cualquier cosa que ves a través de la men­te se convierte en dos. Es como un rayo blanco entrando en un pris­ma: inmediatamente se divide en siete colores y se crea el arco iris. Antes de entrar en el prisma era uno, a través del prisma se divide y el color blanco desaparece convirtiéndose en los siete colores del arco iris.

El mundo es el arco iris, la mente es el prisma y el ser es el rayo blanco.       

La investigación moderna ha llegado a una conclusión muy significativa, uno de los logros más importantes de este siglo: no tenemos una mente, tenemos dos mentes. Tu cerebro está dividi­do en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo. El hemisferio derecho está conectado a la mano izquierda y el hemisferio iz­quierdo está conectado a la mano derecha; se cruzan. El hemisfe­rio derecho es intuitivo, ilógico, irracional, poético, platónico, imaginativo, romántico, mítico, religioso; el hemisferio izquier­do es lógico, racional, matemático, aristotélico, científico y cal­culador. Estos dos hemisferios están constantemente en conflic­to. La política básica del mundo, la política más importante del mundo la llevas dentro. Puede que no seas consciente de esto, pero una vez que te has dado cuenta, lo único legítimo que pue­des hacer se ha de hacer en algún lugar entre estas dos mentes.

La mano izquierda tiene que ver con el hemisferio derecho: con la intuición, la imaginación, el mito, la poesía, la religión. La mano izquierda ha sido muy censurada. La sociedad es de los diestros; diestros quiere decir hemisferio izquierdo. Un diez por ciento de los niños nacen zurdos, pero se les obliga a hacerse diestros. Los niños que nacen zurdos son básicamente irraciona­les, intuitivos, no matemáticos, no euclidianos. Son peligrosos para la sociedad; la sociedad les obliga a convertirse en diestros. No es sólo una cuestión de manos, se trata de un asunto de polí­tica interior: el niño zurdo funciona a través del hemisferio dere­cho. Esto, la sociedad no puede permitirlo, es peligroso; hay que detenerlo antes de que las cosas lleguen demasiado lejos.

Se sospecha que en un principio la proporción debía ser del cincuenta por ciento: niños zurdos cincuenta por ciento y niños diestros cincuenta por ciento. Pero el grupo de los diestros ha re­gido durante tanto tiempo que, poco a poco, la proporción ha caí­do hasta el diez y el noventa por ciento. Incluso entre vosotros aquí, muchos seríais zurdos, aunque puede que no seáis conscien­tes de ello. Tal vez escribáis y hagáis vuestro trabajo con la mano derecha, pero puede que en vuestra infancia os hayan obligado a ser diestros. Esto es un trampa, porque una vez que te haces dies­tro comienza a funcionar tu hemisferio izquierdo, que es el de la razón, mientras el hemisferio derecho está más allá de la razón. Su funcionamiento no es matemático; funciona a destellos, es in­tuitivo, lleno de gracia, pero irracional.

La minoría compuesta por los zurdos es la minoría más opri­mida del mundo, más que los negros, incluso más que la gente pobre. Si entiendes esta división, entenderás muchas cosas. La burguesía y el proletariado: en el proletariado el hemisferio dere­cho del cerebro es el dominante, la gente pobre es más intuitiva. Fíjate en la gente primitiva, son más intuitivos. Cuanto más po­bre es la persona, menos intelectual es, y ésta podría ser la causa de su pobreza. Al ser menos intelectual no puede competir en el mundo de la razón. Es menos articulado en lo que se refiere al lenguaje, a la razón, al cálculo. Es casi tonto -esta podría ser la causa de su pobreza-.

Las personas ricas actúan según los dictados del hemisferio izquierdo; son más calculadoras, aritméticas en todos los aspec­tos, astutas, listas, lógicas y planificadoras. Ésta podría ser la ra­zón de su riqueza.

       La burguesía y el proletariado no pueden desaparecer con las revoluciones comunistas, no, porque la revolución comunista la hizo el mismo tipo de gente. El zar gobernaba en Rusia; gobernó según las premisas del hemisferio izquierdo de la mente. Des­pués fue reemplazado por Lenin, que era del mismo tipo. Más tarde Lenin fue reemplazado por Stalin, que era aún más del mis­mo tipo. La revolución es falsa porque en definitiva está gober­nando el mismo tipo de gente (el gobernador y el gobernado si­guen siendo los mismos); los gobernados son los que se rigen por el hemisferio derecho. Así que todo lo que hagas en el mundo ex­terior, en realidad no cambia nada, es superficial.

Lo mismo es aplicable al hombre y a la mujer. Las mujeres son del hemisferio derecho, los hombres son del hemisferio iz­quierdo, y han gobernado a las mujeres durante siglos. Ahora al­gunas mujeres se están rebelando, pero lo más asombroso es que todas son del mismo tipo. De hecho son exactamente iguales que el hombre: racionales, dialécticas, aristotélicas.

Es posible que un día, al igual que la revolución comunista triunfó en Rusia y China, en algún lugar, quizás en América, la mujer tenga éxito y pueda destronar al hombre. Cuando las mu­jeres triunfen, no seguirán siendo mujeres; se habrán convertido en hemisferios izquierdos. Porque para luchar tienes que ser cal­culador y para luchar con hombres tienes que ser como ellos: agresivo.

Esta agresividad está patente en el movimiento de liberación de la mujer en todo el mundo. Las mujeres que se han unido al movimieno de liberación de la mujer son muy agresivas; están perdiendo toda su elegancia y todo aquello que viene de la intui­ción. Porque si tienes que luchar con el hombre, tienes que apren­der el mismo truco, si tienes que luchar con el hombre, tienes que luchar con las mismas técnicas. Luchar con cualquiera es muy peliiroso porque te vuelves igual que tu enemigo.

Este es uno de los grandes problemas de la humanidad. Una vez que luchas con alguien, acabas teniendo que usar la misma técnica y teniendo que luchar de la misma manera. Quiza consi­gas derrotar a tu enemigo, pero para entonces te habrás converti­do en tu propio enemigo. Stalin se parece más al zar que ningún otro zar, es más violento que ningún otro zar. Por supuesto tiene que ser así: para derrocar a los zares, se necesita gente muy vio­lenta, más violenta que el mismo zar. Sólo entonces se converti­rán en revolucionarios, subirán a la cúspide. En ese momento, ellos mismos pueden ser considerados zares, y la sociedad sigue igual. Sólo cambian las cosas superficiales, en el fondo subyace el mismo conflicto.

El conflicto está en el hombre. A menos que se resuelva en su interior, no podrá resolverse en ningún otro lugar. La política está en tu interior, está entre los dos hemisferios de tu mente.

Existe un pequeño puente. Si este puente se rompe por acci­dente, por culpa de algún defecto psicológico u otra causa, la per­sona se divide, se convierte en dos personas y da lugar al fenó­meno de la esquizofrenia o personalidad fragmentada. Si el puente se rompe -y el puente es muy frágil-, entonces te con­viertes en dos, te comportas como dos personas. Por la mañana eres muy amoroso, encantador; por la tarde estás muy enfadado, totalmente distinto. Ni te acuerdas de esta mañana -¿cómo po­drías acordarte?-, otra mente estaba funcionando. La persona se convierte en dos personas. Si este puente se refuerza lo suficien­te para que las dos mentes desaparezcan como dos y se convier­tan en una, entonces sucede la integración, surge la cristaliza­ción. Lo que George Gurdjieff solía llamar cristalización del ser no es nada más que estas dos mentes volviéndose una; el en­cuentro de lo masculino y lo femenino en tu interior, el encuen­tro del yin y el yang, el encuentro de la izquierda y la derecha, el encuentro de la lógica y la ilógica, el encuentro de Platón y Aris­tóteles.

Si puedes entender esta bifurcación básica en tu árbol de la vida, entonces puedes entender todo el conflicto que sucede alre­dedor de ti y en tu interior.

Deja que te cuente una anécdota:

 

Entre los alemanes, Berlín está considerado como el mismísi­mo compendio de la brusquedad y eficiencia prusianas, mientras Viena es la esencia del encanto y decadencia austríacas.

Hay una historia sobre un berlinés que visitando Viena se per­dió y necesitó orientación. ¿Qué haría un berlinés como él en esta situación? Agarró de la solapa al primer transeúnte vienés que pasaba y le ladró: «La oficina de correos. ¿Dónde está?».

 El alarmado vienés se soltó cuidadosamente del puño del otro, se arregló la solapa y le dijo amablemente: «Señor, no ha­bría sido más delicado por su parte el haberme abordado cortés­mente y haberme dicho: "Caballero, ¿tendría usted la amabilidad de indicarme el camino a la oficina de correos?"».

El berlinés le miró por un momento con asombro y entonces masculló: «¡Preferiría perderme!», y partió pisando fuerte.

Este mismo vienés estaba visitando Berlín ese mismo año y resultó que en esa ocasión fue él quien andaba buscando la ofici­na de correos. Se acercó a un berlinés y dijo cortésmente: «Señor, ¿tendría usted un momento. ¿Podría, por favor, indicarme el ca­mino a la oficina de correos?».   

Con la rapidez de una máquina, el berlinés respondió: «Siga recto y, pasadas dos manzanas, tuerza a la derecha. Camine recto una manzana más, y al cruzar la calle, gire a la derecha. Se topa­rá con las vías del tren, camine entonces hacia la izquierda, pase un quiosco de periódicos y estará usted en la entrada de la ofici­na de correos».

El vienés, más asombrado que enterado, murmuró de todas maneras: «Mil gracias, señor, muy amable», pero el berlinés le agarró furiosamente de la solapa y le gritó: «¡No se preocupe por darme las gracias, repita las instrucciones!».

 

La mente masculina, el berlinés; la mente femenina, el vienés... La mente femenina tiene gracia, la mente masculina es eficiente. Y por supuesto, a largo plazo, si hay una lucha constante, la gracia será derrotada. La mente eficiente vencerá, porque el mundo en­tiende el lenguaje de las matemáticas, no el del amor. Pero en el mo­mento en que tu eficiencia triunfa sobre tu gracia, has perdido algo tremendamente valioso: has perdido el contacto con tu propio ser. Te puedes volver muy eficiente, pero dejarás de ser una persona real. Te convertirás en una máquina, algo parecido a un robot.

Por ello hay un constante conflicto entre el hombre y la mujer. No pueden permanecer separados, tienen que entablar relaciones una y otra vez. Pero tampoco pueden permanecer juntos. La lu­cha no está en el exterior, la lucha está en tu interior. Y ésta es mi visión: a menos que soluciones la lucha interna entre tu hemisfe­rio derecho e izquierdo, nunca serás capaz de estar pacíficamen­te enamorado, nunca; porque la lucha interna se reflejará en el exterior. Si estás luchando en tu interior y estás identificado con el hemisferio izquierdo, el hemisferio de la razón, y estás conti­nuamente tratando de dominar al hemisferio derecho, intentarás hacer lo mismo con la mujer de la que te enamores. Si la mujer está constantemente luchando con su propia razón en su interior, luchará constantemente con el hombre que ama.

-Todas las relaciones -casi todas, las excepciones son insigni­ficintes y pueden dejar de contarse- se estropean. Al principio son hermosas; al principio no enseñas la realidad, disimulas. Una vez que la relación se ha asentado y te relajas, tu conflicto inte­rior emerge y comienza a reflejarse en tu relación, entonces sur­gen las peleas, aparecen mil y una maneras de regañarse el uno al otro, destruyéndose mutuamente. De ahí la atracción por la ho­mosexualidad. Siempre que la sociedad se divide demasiado en­tre hombre y mujer, inmediatamente surge la homosexualidad. Porque al menos un hombre enamorado de un hombre no está tan en conflicto. Su relación amorosa podría no ser tan satisfactoria, no llevarle a una felicidad enorme y a momentos orgásmicos, pero al menos no es tan fea como la relación entre un hombre y una mujer. Las mujeres se hacen lesbianas siempre que el con­flicto es demasiado fuerte, porque al menos la relación de amor entre dos mujeres no es tan profundamente conflictiva. Los igua­les se encuentran, pueden entenderse entre sí.

Sí, la comprensión es posible, pero la atracción se pierde, la polaridad se pierde. Es posible a un precio muy alto. La com­prensión es posible, pero toda la tensión, el desafío, se desvane­ce. Si escoges el desafío, aparece el conflicto, porque, el proble­ma real está en algún lugar en tu interior. A menos que te hayas asentado, que hayas llegado a una profunda armonía entre tu mente femenina y tu mente masculina, no serás capaz de amar.

La gente viene a mí y me pregunta cómo profundizar en una relación, yo les digo: «Primero profundiza en la meditación. A menos que te hayas aclarado en tu interior, estarás creando más problemas de los que ya tienes». Si entras en una relación, todos tus problemas se multiplicarán. Sólo observa. La cosa más gran­de y más hermosa en esta tierra es el amor, pero ¿puedes encon­trar otra cosa más fea y que cree más infiernos?

 

Mulla Nasruddin me contó una vez:

-Bien, he estado evitando el día fatídico, pero esta vez tengo  que ir.

-¿Al dentista o al doctor? -le pregunté.

-A ninguno de los dos -dijo-. Me caso.

 

La gente sigue evitando el matrimonio, la gente sigue pospo­niéndolo. Sólo cuando un día les resulta imposible el evitarlo, sólo entonces se relajan.

¿Dónde está el problema? ¿Por qué la gente tiene tanto mie­do a comprometerse a fondo? El compromiso crea inmediata­mente miedo; la obligación crea inmediatamente miedo: y el hombre moderno quiere tener sexo pero no amor.

Una mujer me contó que sólo quería tener relaciones sexuales con desconocidos. Viajando en el tren, si se encontraba con algún desconocido, de acuerdo, pero de ningún modo con alguien que fuera amigo o conocido. Le pregunté: «¿Por qué?». Ella me con­tó que siempre que haces el amor a alguien que conoces se inicia un tipo de compromiso. En el tren, de viaje, te encuentras, haces el amor, no sabes ni siquiera el nombre de la otra persona, quién es, de dónde viene. Cuando llega tu estación, te bajas y él se ale­ja, olvidado para siempre. No te deja cicatrices, permaneces com­pletamente limpio. Sales limpio y sin cicatrices.

 Lo puedo entender. Éste es el problema de la mente moder­na. Todas las relaciones se están haciendo cada vez más casua­les. La gente tiene miedo a cualquier tipo de compromiso, por­que a partir de una amarga experiencia han sacado por lo menos esto en claro: siempre que te interrelacionas demasiado, la rea­lidad emerge, tu conflicto interior comienza a reflejarse en el otro y entonces la vida se convierte en algo feo, horrible e into­lerable.

 

Sucedió una vez: estaba sentado con algunos amigos en el campus de una universidad. Uno de los profesores empezó:

-El día en que ocurrió mi boda...

Pero otro profesor le detuvo inmediatamente y dijo:

-Perdón por la corrección, pero asuntos como matrimonios, recepciones, cenas y cosas de este estilo, suceden. Sólo las calami­dades ocurren. ¿Puedes ver la diferencia? Por favor, no digas: «El día que ocurrió mi matrimonio o el día que ocurrió mi boda».

Era profesor de gramática y por supuesto tenía razón. Pero el primer hombre respondió:

-Sí, muchas, muchas cosas... -y comenzó de nuevo-: Y como iba diciendo, el día en que ocurrió mi boda... fue una cala­midad. ­

 

Sí estás fuera, podría parecerte como un hermoso oasis en el desierto, pero mientras te vas acercando, el oasis comienza a secarse y a desaparecer. Una vez que te atrapa, es una prisión. Pero, recuerda, la prisión no proviene del otro, proviene de tu interior.

- Si el hemisferio izquierdo del cerebro sigue dominándote, triunfarás en la vida, de tal modo que cuando tengas cuarenta años tendrás úlceras; cuando tengas cuarenta y cinco habrás teni­do por lo menos uno o dos ataques al corazón; para cuando ten­gas cincuenta estarás medio muerto, pero serás un muerto que ha triunfado. Podrías convertirte en un gran científico, pero nunca te convertirás en un gran ser. Podrías acumular suficiente riqueza, pero te; perderás todo aquello que tiene algún valor. Podrías con­quistar el mundo entero como Alejandro Magno, pero tu propio territorio interior permanecerá sin conquistar.

 Existen muchos atractivos para seguir haciendo caso al he­misferio izquierdo del cerebro -es el cerebro mundano-. Está más preocupado por los objetos: coches, dinero, casas, poder, prestigio. Ésta es la orientación del hombre a quien en la India llamamos grihastha, cabeza de familia.

 El hemisferio derecho es la orientación del sannyasin, aquel que está más interesado en su propio ser interior, en su paz inte­rior, en su bienaventuranza y menos preocupado por los objetos. Si llegan fácilmente, bien; si no llegan, también está bien. Está más preocupado por el momento, menos preocupado por el futu­ro; más preocupado por la poesía de la vida, menos preocupado por su aritmética.

 

He oído una anécdota:

 

Finkelstein había tenido un gran día en las carreras y Musco­vitz, de manera comprensible, le envidiaba.

-¿Cómo lo hiciste, Finkelstein? -le preguntó.

-Fácil, -dijo Finkelstein-, fue un sueño.

-¿Un sueño?

-Sí; había hecho una apuesta a tres caballos, pero no estaba muy seguro del tercero. La noche anterior, soñé que había un án­gel sobre la cabecera de mi cama y repetía: «Bendiciones sobre ti, Finkelstein, siete veces siete bendiciones sobre ti». Cuando me desperté caí en la cuenta de que siete por siete es cuarenta y ocho y que ese caballo con el número cuarenta y ocho se llamaba Sue­ño Celestial. Puse a Sueño Celestial como el tercer caballo en mi apuesta y barrí, simplemente barrí.

Muscovitz dijo:

-¡Pero, Finkelstein, siete por siete son cuarenta y nueve! Finkelstein respondió:

-Entonces haz tú las cuentas.

 

Existe una manera de vivir la vida, basándose en la aritmética; y existe otra forma de vivir la vida, a través de sueños y visiones. Son totalmente diferentes.

Precisamente el otro día alguien preguntó: «¿Existen los fan­tasmas, las hadas y ese tipo de cosas?». Sí; si vives según las pre­misas del hemisferio derecho del cerebro, existen. Pero, si vives dominado por el hemisferio izquierdo, no existen. Todos los niños están en el hemisferio derecho, ven fantasmas y hadas por todas partes. Pero tú sigues hablándoles, recriminándoles y diciéndoles: «¡Bobadas! Eres estúpido. ¿Dónde está el hada? No hay nada, es solamente una sombra». Poco a poco convences al niño, al niño indefenso; poco a poco le convences y pasa de estar orientado en el hemisferio derecho, a estar orientado en el hemisferio izquier­do. Tiene que hacerlo, tiene que vivir en tu mundo. Tiene que ol­vidar sus sueños, tiene que olvidar todos sus mitos, tiene que olvidar toda la poesía, y aprender matemáticas. Por supuesto, con­sigue ser eficiente en matemáticas y se vuelve casi un inválido y un paralítico en la vida. La existencia se va alejando cada vez más de él; él se convierte en un objeto de consumo, su vida se convierte en basura, aunque, por supuesto, valiosa a los ojos del mundo.

Un sannyasin es aquel que vive movido por la imaginación, la cualidad soñadora de su mente; la poesía; es aquel que poetiza so­bre la vida, que contempla visiones. Entonces los árboles son más verdes de lo que te parece a ti, los pájaros son más hermosos y todo adquiere una cualidad luminosa. Los guijarros comunes se convierten en diamantes, las rocas dejan de serlo, nada es co­rriente. Si miras con el hemisferio derecho, todo se vuelve divi­no, sagrado. La religión viene del hemisferio derecho.

 

Un hombre estaba sentado con su amigo en una cafetería to­mando un té. Examinó su taza y dijo dando un suspiro:

   -Oh, amigo mío, la vida es como una taza de té.

 -Él otro se lo pensó un momento y dijo:

 -Pero, ¿por qué? ¿Por qué la vida es como una taza de té? El primer hombre respondió: ­

 -¿Cómo voy a saberlo? ¿Acaso soy un filósofo?

 

El cerebro del hemisferio derecho sólo hace manifestaciones acerca de hechos, no te puede dar razones. Si preguntas: «¿Por qué?», sólo puede permanecer silencioso, no sale ninguna res­puesta de él. Si estás caminando y ves una flor de loto y dices: «iHermosa!»,y alguien pregunta: «¿Por qué?», ¿qué harás? Di­rás: «¿Cómo lo voy a saber? ¿Es que acaso soy un filósofo?». Es un manifestación sencilla, una manifestación muy sencilla, en sí misma total, completa. No existe una razón detrás ni un resulta­do delante, es la sencilla manifestación de un hecho. Lee las Upanishads, son simples manifestaciones de hechos. Dicen: «Dios es. No preguntes por qué». Te dirán: «¿Acaso somos filó­sofos? ¿Cómo lo vamos a saber? Dios es». Dicen que Dios es hermoso, dicen que Dios está cerca, más cerca que tu corazón, pero no les preguntes por qué, no son filósofos.

 Fíjate en los evangelios y en las manifestaciones de Jesús: son sencillas. Él dice: «Mi Dios está en el cielo. Yo soy su hijo, él es mi padre. No me preguntes por qué». No será capaz de probarlo ante un jurado, sencillamente dirá: «Lo sé». Si le preguntas quién se lo ha dicho a él, en qué autoridad se basa para decir estas co­sas, dirá: «En la mía propia. No tengo ninguna otra autoridad». Éste es el problema cuando un hombre como Jesús va por el mundo. La mente racional no puede entenderlo, él no fue crucifi­cado por ninguna otra razón: fue crucificado por el hemisferio iz­quierdo, porque él era un hombre del hemisferio derecho. Fue crucificado por culpa del conflicto interior.

Lao Tsé dice: «Todo el mundo parece ser inteligente, sólo yo soy un atontado. Todo el mundo parece estar en lo cierto, sólo yo estoy confundido y vacilante». Es un hombre del hemisferio derecho.

El hemisferio derecho es el hemisferio de la poesía y el amor. Es necesario un gran cambio y este cambio es la transformación interna. El yoga es un esfuerzo para alcanzar la unidad del ser por el hemisferio izquierdo, usando la lógica, las matemáticas, la ciencia y tratando de ir más allá. El Zen es justamente lo opues­to: el objetivo es el mismo, pero el Zen usa el hemisferio derecho para ir más allá. Se pueden usar ambos, pero seguir el yoga es un camino muy largo; es un esfuerzo casi innecesario porque estás tratando de alcanzar la superrazón desde la razón, que es más complicado. El Zen es más fácil, porque es un esfuerzo para al­canzar la superrazón desde la irracionalidad. La irracionalidad es casi como la superrazón: no hay barreras. El yoga es como tras­pasar un muro. Y el Zen es como abrir una puerta... y la puerta podría no estar cerrada en absoluto, la empujas un poco y se abre.

 Ahora la historia. Entre todas las anécdotas Zen, ésta es una de las más hermosas. La gente del Zen habla a través de historias. Tienen que hablar contando historias porque no pueden crear teo­rías y doctrinas, sólo pueden relatar historias. Son grandes narra­dores de historias. Jesús está hablando en parábolas, el Buda está hablando en parábolas, los místicos sufíes están hablando en pa­rábolas: no es una coincidencia. El cuento, la parábola, la anécdo­ta son la expresión del hemisferio derecho; las pruebas, los silo­gismos, son la expresión del hemisferio izquierdo. Escúchala:

 

Goso Hoyen solía decir: «Cuando la gente me pregunta cómo

es el Zen, les cuento esta historia...».

 

Esta historia realmente cuenta cómo es el Zen, sin definirlo. Lo señala. No es posible definir el Zen, porque su cualidad bási­ca es ser indefinible. Puedes saborearlo, pero no puedes definir­lo, puedes vivirlo, pero el lenguaje no es suficiente para enun­ciarlo; puedes enseñarlo, pero no puedes enunciarlo. Pero a través de una historia se puede transferir una pequeña parte de su cualidad. Y esta historia realmente señala perfectamente la cuali­dad intrínseca del Zen. Esto es únicamente un gesto -no lo con­viertas en una definición, no filosofes a su alrededor-. Deja que sea como un relámpago: un flash de comprensión. No va a au­mentar tu conocimiento, pero te puede dar un giro, una sacudida, un cambio en tu gestalt. Puede que te lance de una esquina a otra de la mente... y ésta es toda la intención de la historia.

 

Dándose cuenta de que su padre, que era ladrón, se estaba

haciendo viejo, el hijo le pidió que le enseñara el oficio, de modo

que pudiera continuar con el negocio familiar cuando su padre

se hubiera retirado.

 

El negocio de un ladrón no es algo científico, es un arte. Se nace ladrón, al igual que se nace poeta; no puedes aprender a ser la­drón, el aprendizaje no te ayudará. Si aprendes, te cogerán. Porque la policía sabe más que tú, ellos han acumulado siglos de aprendi­zaje. Un ladrón es ladrón de nacimiento: vive gracias a la intuición -es un truco-, vive gracias a sus presentimientos. Un ladrón es fe­menino; no es un hombre de negocios, es un jugador. Lo arriesga todo por casi nada, todo en su negocio es peligroso y arriesgado.

Es igual que un hombre religioso. La gente del Zen dice que los hombres religiosos también son como los ladrones: en la bús­queda de Dios también son ladrones. No hay ninguna manera de llegar a Dios mediante la lógica, la razón, la sociedad aceptada, la cultura o la civilización. Rompen el muro en algún lugar, en­tran por la puerta de atrás. Si a la luz del día no está permitido, entran en la oscuridad. Si no es posible seguir a la multitud en la superautopista, abren sus propios caminos individuales en el bos­que. Sí, existe una cierta similitud. Sólo puedes llegar a Dios si eres un ladrón, un artista en robar el fuego, en robar el tesoro.

El padre se iba a jubilar cuando el hijo le pidió: «Antes de que te jubiles enséñame tu negocio».

 

El padre accedió, y esa noche irrumpieron juntos en una casa.

Abrieron un gran arcón y el padre le dijo a su hijo que se me­tiera

dentro y cogiera la ropa: Tan pronto como el muchacho es­tuvo

dentro, el padre cerró el arcón y empezó a hacer mucho rui­do

hasta que todos en la casa se despertaron.

Entonces se escabulló con sigilo.

 

Debía de ser un gran maestro, no un ladrón corriente...

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido...

 

¡Por supuesto, naturalmente! ¿Qué tipo de enseñanza es ésta? Le han colocado en una situación peligrosa. Pero ésta es la única manera de enseñar algo de lo desconocido. Ésta es la única ma­nera de enseñar algo sobre el hemisferio derecho del cerebro. El hemisferio izquierdo se puede enseñar en las escuelas: se puede aprender, se puede utilizar la disciplina, se pueden usar cursos graduales. Entonces poco a poco, yendo de un curso a otro, os convertís en maestros del arte y la ciencia y de muchas otras co­sas. Pero no puede haber ninguna escuela para el hemisferio de­recho: es intuitivo, no es gradual, es repentino. Es como un flash, un relámpago en la noche oscura. Si sucede, sucede; si no suce­de, no sucede: no puedes hacer nada al respecto. Únicamente puedes colocarte en una situación determinada donde haya más posibilidades de que suceda. Por eso digo que el anciano debe haber sido un verdadero maestro.

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido...

 

Éstos son los tres estados por los que pasará tu razón. En to­das mis meditaciones se te hace a ti lo mismo. Encerrado en el ar­cón, con la llave arrojada a lo lejos, primero te enfadas. Muchos sannyasins vienen a mí y me dicen que están muy enfadados con­migo. Lo puedo entender, es natural: yo les coloco en situaciones donde su vieja mente no puede funcionar. Ése es el origen de su rabia. Simplemente se sienten impotentes, la vieja mente no pue­de funcionar, no pueden usarla: «¿Qué está sucediendo?». Y cuando te encuentras en una situación donde tu mente es simple­mente inútil, sientes rabia hacia mí, enfado y luego terror. Enton­ces entiendes la situación y todo lo que has aprendido te parece completamente inútil; de ahí el miedo...

No había ninguna manera lógica de salir de aquel arcón: esta­ba cerrado desde fuera, el padre había hecho ruido y toda la casa estaba despierta, la gente estaba moviéndose a su alrededor, bus­cando, y el padre se había escapado. Ahora bien, ¿hay alguna for­ma lógica de salir del arcón? La lógica simplemente fracasa, no puedes usar la razón. ¿Qué puedes pensar? La mente de repente se detiene, y esto es lo que está haciendo el padre, de esto es de lo que se trata. Está intentando colocar al hijo en una situación donde la mente lógica se detenga, porque un ladrón no necesita una mente lógica. Si hace caso a la mente lógica, más pronto o más tarde será atrapado por la policía, porque ellos también si­guen la misma lógica.

Sucedió en la II Guerra Mundial. Durante tres años Adolf Hi­tler ganó continuamente y esto se debía a que era ilógico. Todos los demás países que luchaban contra él estaban luchando lógi­camente. Por supuesto, poseían una gran ciencia de la guerra, instrucción militar, esto y aquello y tenían expertos que decían: «Ahora Hitler va a atacar por este flanco». Y si Hitler hubiera es­tado en su sano juicio habría hecho eso porque ése era el punto más débil en la defensa del enemigo. Por supuesto, hay que ata­car al enemigo donde es más débil, es lo lógico. Por tanto, espe­raban a Hitler en el punto más débil, se agrupaban alrededor de ese punto y él atacaba en cualquier otro lugar, imprevisible. Ni si­quiera seguía el consejo de sus propios generales.

Él tenía un astrólogo que le sugería dónde atacar. Esto es algo que nunca se había hecho con anterioridad -una guerra no se di­rige con astrólogos-. Una vez Churchill comprendió, una vez los espías informaron de que no iban a vencer a ese hombre porque era absolutamente ilógico, de que un estúpido astrólogo que no sabía nada acerca de la guerra; que nunca había estado en el fren­te, estaba tomando decisiones, decidiendo de acuerdo con las es­trellas -¿qué tienen que ver las estrellas con una guerra que está sucediendo en la tierra?-, entonces Churchill inmediatamente designó un astrólogo real y comenzaron a consultarle. Entonces todo comenzó a encajar porque ahora había dos idiotas predi­ciendo... Todo se hizo más fácil.

Si un ladrón sigue a Aristóteles, más pronto o más tarde será atrapado, porque la policía sigue esa misma lógica aristotélica. Hace sólo unos días Vedanta hizo algo hermoso: se escapó con el jeep del ashram. Por supuesto hubo que informar a la policía. Todo el mundo estaba esperando que fuera hacia Chanda, porque había estado diciendo que quería ir a Chanda y reabrir el viejo ashram que solía haber allí, Kailash. Si hubiera ido hacia allí, la policía podría no haberle seguido, pero la policía estaba pensan­do lógicamente y dijeron: «Si ha estado diciendo que iba a ir ha­cia Chanda, ya no irá hacia Chanda porque tendrá miedo de que lo atrapen en esa carretera. No va a ir hacia allí». Por eso no les preocupaba esa carretera y por supuesto, Vedanta fue atrapado en Lonvalla. Estaba yendo hacia Bombay. La policía siguió también la misma lógica.

Si actúas movido por la lógica, cualquiera que siga el método lógico te podrá cazar en cualquier lado.

Un ladrón tiene que ser impredecible, no le sirve la lógica. Tiene que ser ilógico, tanto que nadie pueda predecirle. Pero la ilógica sólo es posible si toda tu energía se canaliza por el hemis­ferio derecho.  

 

Encerrado dentro del arcón, el muchacho estaba enfadado,

aterrorizado y confundido por no saber cómo salir de allí.

"¿Cómo?" es una pregunta lógica. Por eso estaba aterroriza­do, porque no había manera; el "cómo" era simplemente impo­tente. Entonces se le ocurrió una idea. Éste es el giro: sólo en si­tuaciones peligrosas, cuando el hemisferio izquierdo no puede funcionar, le da al hemisferio derecho una oportunidad de hablar como último resorte. Cuando no puede funcionar, cuando siente que no tiene escapatoria, que ha sido derrotado, entonces dice: «¿Por qué no darle una oportunidad a la parte prisionera, a la par­te oprimida de la mente? Dale también una oportunidad. Qui­zás... y no te puede hacer daño. De repente...».

 

Entonces se le ocurrió una idea: simuló el ruido de un gato.

 

Pero esto no es lógico. Simular el ruido de un gato es simple­mente una idea absurda. Pero funcionó.

 

La familia le dijo a una doncella que tomara una vela y exa­-

minara el arcón.

Cuando abrieron la tapa, el muchacho saltó fuera, apagó la vela,

salió empujando a un lado a la asombrada doncella y he­cho

a correr. La gente corrió tras él.

El muchacho vió un pozo a un lado del camino y arrojó den­-

tro una gran piedra y se escondió en la oscuridad. Los persegui­-

dores se reunieron alrededor del pozo intentando ver al

ladrón ahogándose.

 

Esto tampoco pertenece a la mente lógica porque la mente ló­gica necesita tiempo. La mente lógica necesita tiempo para pro­ceder, para pensar, para decidir el camino que debe seguir, todas las alternativas -y hay mil y una alternativas-. Cuando estás en una situación donde no hay tiempo para pensar, si hay gente per­siguiéndote... ¿cómo puedes pensar? Pensar está bien cuando es­tás sentado en un sillón. Con los ojos cerrados puedes filosofar, pensar y discutir, a favor de esto y en contra de aquello, pros y contras; pero cuando te están persiguiendo y tu vida está en peli­gro no tienes tiempo de pensar: uno vive en el momento, uno simplemente se vuelve espontáneo. No es que él decidiera arro­jar la piedra, simplemente sucedió. No fue una conclusión, no es­taba pensando hacerlo, simplemente se encontró haciéndolo. Arrojó una piedra en el pozo y se ocultó en la oscuridad, los per­seguidores se detuvieron, pensando que el ladrón se había ahoga­do en el pozo.                                            

 

Cuando el muchacho regresó a casa estaba muy enfadado

con su padre e intentó contarle la historia. Pero el padre le

inte­rrumpió: «No te molestes en contarme los detalles,

estás aquí, has aprendido el arte».

 

¿Qué sentido tiene contar los detalles? Son inútiles. Los deta­lles son inútiles en cuanto a la intuición se refiere porque la in­tuición nunca es repetición. Los detalles son significativos en todo lo que se refiere a la lógica. Por eso la persona lógica estu­dia minuciosamente los detalles de modo que si la misma situa­ción vuelve a suceder estará bajo su control y sabrá qué hacer.

Pero en la vida de un ladrón jamás se repite la misma situa­ción. Y en la vida real nunca se repite la misma situación. Si tie­nes tu mente llena de conclusiones estarás medio muerto, no po­drás responder. En la vida, se necesita respuesta, no reacción: tienes que actúar sin premisas, sin conclusiones previas en tu in­terior. Tienes que actúar sin un centro: en lo desconocido desde lo desconocido.

Y esto es lo que Goso Hoyen solía decir cuando la gente le preguntaba cómo es el Zen. El solía contar esta historia.

El Zen es exactamente como robar: es un arte; no es una cien­cia, es femenino; no es masculino, no es agresivo, es receptivo; no es una metodología bien planeada; es espontaneidad. No tiene nada que ver con teorías, hipótesis, doctrinas, escrituras: sólo tie­ne que ver con una cosa que es la consciencia.

¿Qué sucedió en ese momento cuando el muchacho estaba en el interior del arcón? Ante un peligro así no te puedes dormir.

Ante un peligro así tu consciencia se vuelve muy aguda, tiene que hacerlo. Tu vida está en peligro, tu estás totalmente despier­to. Es así como uno debería estar, totalmente despierto en todo momento. Y cuando estás totalmente despierto, sucede este giro: la energía fluye del hemisferio izquierdo al hemisferio derecho. Siempre que estás alerta, te vuelves intuitivo; te vienen flashes, flashes desde lo desconocido, de la nada. Podrías no hacerles caso; si así fuera te perderías mucho.

De hecho todos los grandes descubrimientos de la ciencia provienen también del hemisferio derecho, no del izquierdo. De­bes haber oído hablar de Madame Curie, la única mujer que ganó un Premio Nobel. Ella trabajó duro durante tres años sobre cier­to problema matemático pero no lo podía solucionar. Trabajó duro, razonó desde todos los puntos de vista, pero no había ma­nera. Una noche, cansada, agotada, se durmió; e incluso mientras se estaba quedando dormida seguía tratando de resolver el pro­blema. Durante la noche se despertó, caminó, escribió la res­puesta en un papel, regresó, y se fue a dormir. Por la mañana se encontró la respuesta en la mesa. ¡No se podía imaginar quién lo había hecho! ¡No lo podía haber hecho nadie! El criado -no te puedes esperar que lo hubiera hecho él-, no sabía nada de mate­máticas. Recordaba que la noche anterior lo había intentado todo y no lo había podido solucionar. ¿Qué había pasado? Entonces trató de recordar porque la escritura era suya. Intentó recordar... y entonces le llegó un leve recuerdo, era como si en sueños hu­biera caminado hasta la mesa y escrito.

¿De donde había llegado esta respuesta? No podía haber sali­do del hemisferio izquierdo; el lado izquierdo había trabajado duro durante tres años. Y no había escrito en el papel ningún proceso, sólo una conclusión. Si hubiera venido del izquierdo hubie­ra habido un proceso, paso a paso. Pero este fue como un flash, el mismo tipo de flash que tuvo el muchacho en el arcón. El hemis­ferio izquierdo, cansado, agotado, incapaz, buscó la ayuda del hemisferio derecho.      

Siempre que te encuentres tan arrinconado, que tu lógica falle, no te desesperes, no pierdas la esperanza. Esos momentos podrían resultar ser las mayores bendiciones en tu vida porque esos son los momentos en los que el hemisferio izquierdo permite al dere­cho tener salida. Entonces la parte femenina, la parte receptiva, te da una idea. Si la sigues, se abrirán muchas puertas. Pero es po­sible que no te enteres; puede que digas: «!Qué bobada!».

Este muchacho podría no haberse enterado porque la idea que tuvo no era muy normal, corriente, lógica. ¿Hacer ruido como un gato? ¿Para qué? Podría haber preguntado: «¿Porqué?», y enton­ces se lo habría perdido. Pero no pudó preguntar porque la situa­ción era tal que no había otra salida. De modo que pensó: «Va­mos a probar. ¿Qué puede haber de malo en ello?». Él usó la clave.

El padre estaba en lo cierto. Le dijo: «No te molestes en con­tarme los detalles, estás aquí; has aprendido el arte».

Todo el arte consiste en cómo funcionar desde la parte feme­nina de la mente, porque lo femenino está unido con el todo y lo masculino no lo está. Lo masculino es agresivo, lo masculino está constantemente luchando; lo femenino está constantemente rendido, en profunda confianza. Por eso el cuerpo femenino es tan hermoso, tan redondo. Hay una profunda confianza y una profunda armonía con la naturaleza. La mujer vive en profunda rendición; un hombre está constantemente luchando, enfadado, haciendo esto y aquello, tratando de demostrar algo, tratando de llegar a algún lugar. La mujer es feliz, sin tratar de llegar a nin­gún lugar. Pregunta a las mujeres si les gustaría ir a la luna -sim­plemente se quedarán pasmadas-. ¿Para qué? ¿Qué sentido tie­ne? ¿Por qué crear tanto problema? El hogar está perfectamente bien. La mujer no está interesada en lo que está sucediendo en Vietnam o en Korea o lo que está sucediendo en Israel. Está como mucho interesada en lo que está sucediendo en el vecinda­rio, en quién se ha enamorado de quién, quién se ha escapado con quién... en cotilleos no en política. Está más interesada en lo in­mediato, en el aquí y el ahora; esto le da una armonía, una ele­gancia. El hombre está constantemente tratando de demostrar algo; y si quieres demostrar algo por supuesto tienes que luchar competir, acumular.  

En una ocasión una mujer trataba de que el doctor Johnson hablara con ella pero él parecía prestarle muy poca atención. «Por qué, Doctor -le dijo coqueteando-. Creo que usted prefiere la compañía de los hombres a la de las mujeres».

«Señora -replicó Johnson-, me gusta mucho la compañía de las señoras. Me gusta su belleza, me gusta su delicadeza, me gus­ta su vitalidad y me gusta su silencio».

 

El hombre ha forzado a la mujer a estar en silencio, no sola­mente en lo exterior, en el interior también; ha forzado a su parte femenina a que estuviera en silencio. Simplemente mira en tu in­terior. Si la parte femenina dice algo, inmediatamente te abalan­zas y dices: «¿Lógico?, ¡absurdo!». La gente viene y me dice: «El corazón nos dice que nos gustaría hacernos sannyasins, pero la cabeza dice que no». El doctor Johnson, intentando acallar a la mujer. El corazón es femenino.

Tu pierdes mucho de tu vida porque la cabeza sigue hablando; no te deja. Y la única cualidad que tiene la cabeza es que es más articulada, astuta, peligrosa, violenta. Por su violencia se ha con­vertido en el líder interno y este liderazgo interior se ha converti­do en el liderazgo exterior para el hombre. El hombre ha domi­nado también a la mujer en el mundo exterior, la gracia está do­minada por la violencia.

Fui invitado por una escuela para asistir a una ceremonia. Ha­bía una reunión de alumnos y la procesión se haría según la altu­ra de éstos; empezando por el más bajo hasta más alto. Pero me di cuenta que el patrón estaba roto por el primer niño que enca­bezaba la procesión. Era un joven larguirucho que les sacaba una cabeza al resto.                                                         

-¿Por qué está él delante? -le pregunté a una jovencita-.

-¿Es él el líder de la escuela, el capitán, o algo así?

-No, -me susurro: él pellizca.

La mente masculina pellizca, crea problemas. Los alborota­dores se convierten en líderes. En las escuelas, todos los maestros inteligentes escogen a los más alborotadores como capitanes de las clases y de las escuelas, los alborotadores, los criminales.

Una vez que están en un puesto de poder toda esa energía que creaba problemas se convierte en ayuda al profesor. Ellos mis­mos empiezan a crear disciplina.

Observa a los políticos en el mundo: cuando un partido está en el poder el partido opuesto comienza a crear problemas en el país. Son los transgresores de la ley, los revolucionarios. Y el par­tido que está en el poder sigue creando disciplina. Una vez que los han echado del poder, crearán problemas. Y una vez que el partido opuesto llega al poder, ellos se convierten en los guardia­nes de la disciplina. Todos ellos son alborotadores.

La mente masculina es un fenómeno perturbador, por eso vence, domina. Pero en lo más profundo, aunque puedas alcanzar poder, echas de menos la vida -y en lo más profundo-, continúa la mente femenina. Y a menos que recurras a lo femenino y te rin­das, a menos que tu resistencia y tu lucha se conviertan en rendi­ción, no conocerás qué es la verdadera vida, y su celebración.

He oído una anécdota:

Un científico americano visitó una vez las oficinas del gran fí­sico ganador del premio Nobel, Niels Bohr, en Copenhagen y se quedó maravillado al encontrase que encima de la mesa del des­pacho había una herradura, bien clavada al muro con la parte abierta hacia arriba de la manera apropiada para atraer la buena suerte y no dejar que se le escapase.

El americano dijo con un risa nerviosa: «¿Estoy seguro que usted no cree que esta herradura le traerá buena suerte, no es así, Profesor Bohr? Después de todo un científico tan prominente...».

Bohr se sonrío: «No creo en esas cosas, mi buen amigo, en ab­soluto. Raramente podría creer en esas tonterías sin sentido. De todas maneras, me han dicho que una herradura te trae suerte te lo creas o no te lo creas».                                     

 

Mira un poco más profundo, y justo por debajo de tu lógica te encontrarás con las aguas frescas de la intuición, con las aguas  frescas de la confianza, fluyendo.

El yoga es un camino que usa la razón para alcanzar a Dios -por supuesto muy difícil y más largo-. Si sigues a Patanjali es­tás tratando de hacer aquello que puede suceder sin hacer; estás esforzándote por hacer algo que puede suceder ahora mismo sin ningún esfuerzo. Estás tratando de ascender tirando de los cordo­nes de tus zapatos.

Zen es el camino de lo espontáneo: el esfuerzo sin esfuerzo, el camino de la intuición.

Un Maestro Zen, Ikkyu, un gran poeta, ha dicho: «Puedo ver nubes a mil millas de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos».

Esto es el Zen. No puedes ver las nubes a mil millas de dis­tancia con la mente lógica. La mente lógica es como un cristal, demasiado sucio, demasiado cubierto con el polvo de las ideas, teorías, doctrinas. Pero puedes ver nubes a mil millas de distan­cia con el cristal puro de la intuición, sin pensamientos, sólo pura consciencia. El espejo está limpio y la claridad es suprema.

No puedes escuchar la música ancestral en los pinos con la mente corriente y lógica. ¿Cómo puedes escuchar la música an­cestral? La música una vez que se va, se va para siempre.

Pero te lo aseguro, Ikkyu tiene razón. Puedes escuchar la mú­sica ancestral en los pinos... Yo la he escuchado. .. Pero es nece­sario un giro, un cambio total, un cambio de gestalt. Entonces puedes ver a el Buda predicando otra vez y puedes escuchar al Buda hablando otra vez. Puedes escuchar la música ancestral en los pinos porque es la música eterna, nunca se pierde. Tú has per­dido la capacidad de escucharla. La música es eterna; una vez que recuperas la capacidad; de repente está ahí otra vez. Siempre ha estado ahí, sólo tú no estabas ahí. Sé aquí y ahora y podrás ver también las nubes a mil millas de distancia, y escuchar la música ancestral en los pinos.

Véte cada vez más hacia el hemisferio derecho, vuélvete cada vez más femenino, cada vez más amoroso, rendido, confiado; cada vez más próximo al Todo. No trates de ser una isla, hazte parte del continente.  

 

 Basta por hoy.

 

Capítulo 2

 

El sentido de la madurez

 

La primera pregunta:

 

Me dijiste que mi mente es inmadura.

¿Qué significa tener una mente madura?

 

Pensar que sabes es ser inmaduro. Funcionar desde los cono­cimientos, desde la conclusión, es ser inmaduro. Funcionar des­de el no-conocimiento, sin conclusiones, sin un pasado, es ma­durez.

Madurez es tener una profunda confianza en tu propia cons­ciencia; la inmadurez es desconfiar de tu propia consciencia. Y cuando desconfías de tu consciencia estás confiando en tu cono­cimiento, pero es un sustituto y un sustituto muy pobre. Trata de entenderlo, es importante.

 Has vivido, has experimentado tantas cosas; has leído, has es­cuchado, has pensado. Ahora todas esas conclusiones están ahí. Cuando surge una situación determinada puedes funcionar de dos maneras. Puedes funcionar a través de todo lo acumulado en el pa­sado; en concordancia con esto -esto es lo que quiero decir cuan­do digo funcionar a través de un centro, a través de conclusiones, a través de experiendas pasadas, muertas-, entonces, hagas lo que hagas, tu respuesta no será una respuesta, será una reacción. Y ser reaccionario es ser inmaduro.       

Si puedes funcionar ahora mismo, aquí en este momento, a través de tu consciencia, siendo consciente, dejando a un lado todo lo que has conocido esto es lo que yo llamo funcionar a tra­vés del no-conocimiento. Esto es funcionar a través de la ino­cencia. Y esto es la madurez.

Estaba leyendo una anécdota:

 

Le pareció al señor Smith que ahora que su hijo había cum­plido trece años era importante tratar con él esos asuntos que un adolescente debe conocer sobre la vida. Así que una tarde llamó al muchacho al estudio, cerró la puerta cuidadosamente y con una dignidad impresionante le dijo:

-Hijo, me gustaría hablar contigo de los hechos de la vida.

-No faltaba más, papá- dijo el chico-.¿Qué quieres saber?

 

La mente es inmadura cuando no está lista para aprender. El ego se siente muy satisfecho cuando no necesita aprender nada de nadie; el ego se siente ensalzado cuando siente que ya sabe. Pero el problema está en que la vida sigue cambiando, nunca es la misma -sigue fluyendo, es un fluir- y tu conocimiento siem­pre es el mismo. Tus conocimientos no están evolucionando con la vida, están atascados en algún lugar del pasado y siempre que reaccionas a través de ellos pierdes la perspectiva, porque no ha­rás exactamente lo que hay que hacer. La vida ha cambiado, pero tus conocimientos permanecen los mismos y sigues actuando a partir de esos conocimientos. Esto significa que encaras el pre­sente con los conocimientos de ayer. Nunca serás capaz de estar vivo. Cuanto más funcionas a través de tus conocimientos, más inmaduro te vuelves.

Deja que te cuente una paradoja: todo niño inocente es madu­ro. La madurez no tiene nada que ver con la edad porque no tie­ne nada que ver con tener experiencia. La madurez tiene que ver con la sensibilidad, la frescura, la virginidad, la inocencia. Por eso cuando uso la palabra "maduro" no quiero decir que cuando hayas tenido más experiencias serás más maduro. Esto es lo que la gente normalmente quiere expresar cuando usa esta palabra; yo no quiero decir eso. Cuanto más conocimiento acumulas, más inmadura se vuelve tu mente. Y cuando tengas setenta u ochenta años serás completamente inmaduro, porque tendrás que funcio­nar a través de un rancio pasado. Observa a un niño pequeño... sin saber nada, sin tener experiencia, funciona en el aquí y ahora.

Por eso los niños pueden aprender más que los adultos. Los psicólogos dicen que si a un niño no le obligas a aprender, no le obligas a disciplinarse, puede aprender cualquier idioma en tres meses. Déjale sólo con gente que conozca ese idioma y se pondrá al día en tres meses. Pero si le obligas a aprender le costará casi tres años, porque cuanto más le obligues, más tenderá a funcio­nar a través de lo que ha aprendido, a través del conocimiénto del ayer. Si le dejas a él solo, va libre, espontáneamente; el aprendi­zaje sucéde fácilmente, por sí mismo, por su propio impulso.

Cuando el niño alcanza la edad de ocho años ha aprendido casi el setenta por ciento de lo que va a aprender en toda su vida. Puede que viva ochenta años, pero con ocho ya ha aprendido el setenta por ciento -sólo aprenderá un treinta por ciento más y cada día que pase su capacidad de aprender se irá reduciendo-. Cuanto más sabe, menos aprende. Cuando la gente usa la palabra "madudez" quiere decir más conocimientos; cuando yo uso la pa­labra "madurez" quiero decir la capacidad de aprender, no de sa­ber sino de aprender. Y son diferentes, completamente diferentes, son cosas diametralmente opuestas.

Los conocimientos son algo muerto. La capacidad de aprender es un proceso vivo: simplemente permaneces capaz de aprender, per­maneces disponible, permaneces abierto, listo para recibir. Aprender es receptividad. Los conocimientos te hacen menos receptivo por­que piensas que si ya sabes, ¿qué te queda por aprender? Cuando ya sabes, te pierdes muchas cosas, cuando no sabes nada, no te puedes perder nada.                    

Sócrates dijo en su vejez: «¡Ahora no sé nada!». Esto era ma­durez. Y antes de morir dijo: «No se nada».

 La vida es tan inmensa. ¿Cómo puede esta mente diminuta conocerla? A lo sumo tienes unos vislumbres y eso ya es mucho.

La existencia es tan vasta e infinita, sin principio, sin fin... ¿cómo puede esta diminuta gota de consciencia llegar a conocer­la? Ya es bastante que tengas algún vislumbre, que se abra algu­na puerta, pues son pocos los momentos en los que entras en con­tacto con la existencia. Pero esos momentos no se pueden convertir en conocimiento. Y tu mente tiende a hacerlo; por eso se vuelve cada vez más inmadura.        

Lo primero es que deberías ser capaz de aprender y que tu ca­pacidad de aprend¡zaje nunca debería estar cargada de conoci­mientos, nunca debería estar cubierta de polvo. El espejo del aprendizaje debería permanecer limpio y fresco de modo que pueda reflejar.

La mente puede funcionar de dos modos. Puede funcionar como una cámara fotográfica: la expones una vez, se acabó, la película inmediatamente queda repleta de conocimientos y pier­de su capacidad de aprender. La expones una vez y ya sabe: aho­ra es inservible, ya no es capaz de aprender más. Si la usas una y otra vez se hará más confusa. Por eso la gente que sabe demasia­do siempre tiene miedo de aprender, porque se confundirán. Ya son películas veladas.

Por eso hay otro tipo de aprendizaje: aprender como un espe­jo. Expón el espejo las veces que quieras, no importa; si te pones frente a un espejo, eres reflejado, si te quitas, el reflejo desapare­ce. El espejo nunca acumula.

La película de una cámara inmediatamente acumula; es mise­rable, atrapa, agarra. Pero el espejo simplemente refleja: te pones delante, estás ahí; te quitas, ya no estás.

Ésta es la manera de seguir siendo maduro. Todo niño nace maduro y casi todo el mundo muere inmaduro. Puede parecer muy paradójico, pero no lo es. Permanece inocente y permanece­rás maduro.

Lo segundo es que la mente inmadura está siempre interesada en trivialidades. La mente inmadura está siempre interesada en objetos: dinero, casas, coches, poder, prestigio... todo trivial, todo podrido. La mente madura está interesada sólo en la exis­tencia, en el ser, en la vida en sí misma. De este modo cuando digo que tienes una mente inmadura quiero decir que todavía es­tás interesado en cosas, no en personas, interesado en el exterior, no en el interior, interesado en los objetos, no en lo subjetivo; in­teresado en lo finito, no en lo infinito.

Sólo observa tu mente, adónde va, cuáles son sus fantasías. Si te encuentras un valioso diamante en la carretera y justo ahí mis­mo ha florecido una rosa, ¿en qué estarás interesado, en la rosa o en el diamante? No serás capaz de ver la rosa si estás interesado en el diamante. Pasarás por alto la rosa, no tiene valor. Tus ojos estarán cegados por el diamante. Toda tu mente estará enfocada en el diamante y pasarás por alto otro diamante que estaba más vivo: la rosa.                                 

Dicen que en el paraíso hindú las rosas no son rosas normales, están hechas de diamantes. No lo sé, pero yo sí he visto rosas. Si puedes ver rosas hechas de diamantes, aquí en la tierra, ¿por qué ir tan lejos? Sin ir al paraíso, puedes verlas aquí y ahora...

Una vez que aprendes cómo ver una rosa no existe nada com­parable. Y una vez que puedes ver la rosa podrías olvidarte com­pletamente del diamante.

Resulta que Mulla Naruddin vino a verme el otro día. Estaba muy preocupado y me dijo:       

 -Oh, pobre señor Jones. Osho, ¿has oído lo que le pasó? Se tropezó en lo alto de las escaleras, cayó rodando hasta abajo, se golpeó en la cabeza y se mató.

Asombrado le pregunté:

-¿Se mató?

-Se mató, -repitió con énfasis-, ¡y además se le rompieron las gafas!

 

La mente inmadura está más interesada en las gafas que en la: vida, la muerte o el amor; más interesada en cosas, casas, coches. Cuando te digo que tienes una mente inmadura, quiero decir que todavía estás interesado en aquello que no tiene valor, lo no esen­cial. Como mucho se puede usar, como mucho puede convertirse en algo decorativo, pero no puede reemplazar a la vida, no puede sustituirla, no puede convertirse en la vida misma. Y hay mucha gente que ha hecho de esto su vida.  

Conozco a algunas personas ricas que viven unas vidas tan pobres que uno no se lo puede ni imaginar.

 

Conocía a un hombre en Delhi que tenía seis bungalós, todos alquilados. Y él vivía en una pequeña celda oscura, sin hijos ni esposa. En una ocasión le pregunté:

-Tienes suficiente. ¿Por qué sigues viviendo en esta oscura y pequeña celda? ¿Por qué te has impuesto esta prisión? ¿Qué tipo de penitencia estás cumpliendo?

Me dijo:

-Ninguna. Siempre he vivido de este modo y es perfectamen­te hermoso. Y hay gente viviendo en esos seis bungalos.

Él va a los bungalós sólo para cobrar el alquiler. Le pregunté:

-¿Por qué nunca te has casado?

-Soy un hombre pobre y las mujeres son muy caras. No pue­do permitírmelo -me dijo.

 

 Si te encuentras a este hombre serás incapaz de reconocer que es dueño de seis grandes casas y que gana mucho dinero. ¿Qué le há sucedido? Está mas interesado en el dinero que en sí mismo; está más interesado en el dinero que en el amor; está más intere­sado en el poder que acompaña al dinero, pero jamás ha compartido nada con nadie.

Estas personas no son raras, son muy corrientes. Todo el mun­do tiene esta tendencia en su interior. Y la gente sigue racionali­zando. El hombre es muy listo, dice: «Esto no es avaricia. No me malentiendas. Soy un hombre sencillo, vivo una vida sencilla. Soy un hombre religioso y me gusta la vida sencilla».

Si estás demasiado interesado en los objetos eres inmaduro. Cambia tu atención, interésate cada vez más en las personas en vez de en ti mismo.

Tengo aquí una sannyasin, Nisha. Ella se enamora siempre de gente pobre y es riquísima. Hace sólo unos días, vino y pregun­tó: «Osho, ¿por qué sigo enamorándome de gente pobre y que está casi en la calle?». Conozco la razón: con un mendigo no ne­cesita preocuparse de su dinero. Se cree que está ayudando a esa gente porque les da de comer, por cosas pequeñas. De hecho nun­ca se ha enamorado. Está tan enamorada del dinero que no puede enamorarse de las personas. Ella compra a esa gente con dinero; no le cuestan nada, no corre ningún riesgo. Y ellos se sienten obligados porque ella les da comida, ropa, cobijo; se sienten obli­gados de modo que fingen que están enamorados de ella y ella continúa aparentando que se ha enamorado. Éste es un modo de proteger su dinero y de permanecer cerrada, miserable.

Está sufriendo, está dolorida, pero no puede verlo. Tiene que aprender a compartir. Si sabes compartir, eres maduro. Si no sa­bes cómo compartir, eres inmaduro.

Este compartir ocurre a todos los niveles, en todas las direc­ciones, en todas las dimensiones. Comparte todo lo que tengas. Y por eso una de las cosas más básicas que tienes que entender es que cuanto más compartes algo, más crece en ti. Comparte todo lo que tengas y crecerá; apégate a ello, ten miedo a compartir, a la amistad, al amor, y se encogerá. La vida sólo conoce una ley y esa ley es la de la expansión, la de compartir.

Mira la naturaleza. La naturaleza es tan derrochadora. Cuan­do se necesita una flor, mil y una flores brotarán. Cuando haces el amor a una mujer o a un hombre, en cada orgasmo se liberan millones de células. Una habría sido suficiente porque como mu­cho se puede concebir un niño, pero se liberan millones de células; Un solo hombre podría poblar toda la tierra. iUn solo hom­bre! Un hombre corriente tiene por lo menos cuatro mil relaciones en su vida -un hombre corriente-, y en cada relación se liberan millones de células. Todo el mundo, toda la población que existe ahora mismo, podría ser producida por un solo hom­bre. Y sin embargo ese hombre, si está en Occidente, sólo será  padre de dos o tres niños; si está en Oriente de doce, catorce, quince, nada más. Para que sean concebidas quince personas, se liberan millones de células.

La naturaleza es derrochadora. Cuando se necesita una flor produce millones. Un árbol producirá... Mira este gulmohr, tie­ne listas millones de semillas. Todas caerán y unas pocas -una, dos, cuatro, cinco, veinte, un centenar- podrían convertirse en ár­boles. ¿Por qué tantas semillas? Dios no es un miserable. Si pides uno, te da millones. iSólo pide! Jesús ha dicho: «Llama y se te abrirán las puertas, pedid y se os dará». Recuerda, si pides uno, se te darán millones.

En el momento que te vuelves un miserable te estás cerrando a los fenómenos básicos de la vida: expansión, compartir. En el momento que comienzas a apegarte a las cosas, has errado el ob­jetivo. Has fallado, porque el objetivo no son los objetos, tú, tu ser más interno, es el objetivo; no una casa hermosa, sino un tú hermoso, no mucho dinero, sino tú lleno de riqueza, no muchas cosas, sino un ser abierto, disponible a millones de cosas.

Cuando digo que eres inmaduro, quiero decir que te preocu­pan demasiado los objetos y todavía no has aprendido que la vida consiste en consciencia, en seres, no en cosas. Las cosas están para usarse, son necesarias, pero no empieces a vivir para ellas. No sólo de pan vive el hombre: si sólo vives de pan, sólo de co­sas, es que ya estás muerto.

Y lo tercero: la madurez es siempre espontánea. No hace pla­nes, no ensaya.

 La gente viene a mí... Justo la otra noche había alguien que me dijo: «Preparo tantas preguntas cuando vengo a verte, pero cuando llego aquí me olvido. ¿Qué me haces?».

¡No estoy haciendo absolutamente nada! Todo eres tú. En el momento que preparas algo ya estas diciendo que es falso. La rea­lidad no necesita prepararse. En la vida, no son necesarios los en­sayos, son necesarios en el teatro. El teatro es algo falso. Si tienes que preparar tus preguntas quiere decir que esas preguntas no son tuyas. Si estas sediento y vienes a mí, ¿te olvidarás de que tienes sed y de que te gustaría saciarla? ¿Cómo te puedes olvidar? De he­cho, cuando llegas a la orilla de un río, la sed te quemará más in­tensamente, porque en el momento que ves el agua corriendo y es­cuchas el sonido del gorgoteo, inmediatamente todo lo que habías estado reprimiendo emergerá. Todo tu ser responderá; dirá: «iEs­toy sediento!». Si estás sediento no te olvidaras.

Pero tú preparas las preguntas. Te preparas para ir al río y di­ces: «Tengo mucha sed». ¿Qué sentido tiene prepararse? Si tie­nes sed, tienes sed. Si no tienes sed, cuando llegues al río, te ha­brás olvidado.  

Cuando digo que eres inmaduro, quiero decir que preparas las preguntas, tus cuestiones. Son cosas de la mente, no vienen de tu corazón. No tienen relación contigo, no están arraigadas en ti.

                                   

Se cuenta en la biografía de George Bernard Shaw que una vez, en el estreno de una de sus obras, al terminar salió a saludar con obvia complacencia, para aceptar los crecientes aplausos del gentío. A pesar de todo, había un discrepante, que encontró la ocasión, en un momento en el que el público dejó de aplaudir, para gritar de un modo desaforado: «¡Shaw, tu obra apesta!».

 Hubo un momento de horrorizado silencio, pero Shaw, im­perturbable, exclamó desde el escenario: «Amigo mío, estoy to­talmente de acuerdo con usted, pero ¿quiénes somos nosotros dos -en ese momento señaló con la mano hacia el público- en contra de la gran mayoría?».

Y los aplausos sonaron aun con más entusiasmo que antes.

 

No puedes preparar algo así, es imposible. Es una respuesta espontánea, de ahí su belleza. No puedes prepararte para estas cosas. Y la vida es un proceso tan continuo: o actúas o se pasa la ocasión. Más tarde, encontrarás mil y una respuestas -podrías haber dicho esto o aquello-, pero no sirven de nada.

 

Mark Twain regresaba a su casa con su mujer desde una sala de conferencias, donde acababa de dar una hermosa charla. Su mujer no había estado presente, sólo había ido a buscarle.

Por el camino le preguntó:

-¿Cómo ha ido el discurso?

Mark Twain dijo:

-¿Cuál de ellos? El que he preparado, el que he dado, o el que ahora estoy pensando que tendría que haber dado? ¿Cuál de ellos?

 

Si lo preparas, esto es lo que pasará. Permanece consciente, alerta, despierto y actúa desde tu espontaneidad. Y no solamente los demás verán la vitalidad de tu respuesta, tú también te estre­mecerás de emoción con tu propia respuesta. No sólo los demás se sorprenderán, tú mismo te sorprenderás.

Llamo a una mente madura, cuando conserva la capacidad de sorprenderse. Una men