VISLUMBRES DE UNA INFANCIA DORADA

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La autobiografía de un rebelde  iluminado

 

 

  

            Empecé a leer las primeras sesiones de este libro en una librería que te permite hojear los ejemplares durante mucho tiempo sin necesidad de comprarlos. Así que me senté y me puse a leer los primeros capítulos y me di cuenta que no podía continuar mi lectura con normalidad, porque se me empezaban a llenar los ojos de lágrimas delante de muchas personas.

 Y es que es una autobiografía emotiva, sincera, divertida, profunda. Sin pensarlo realiza una técnica que en narrativa se denomina cajas chinas. Esta característica del libro obedece a su hablar, que  es de entradas y salidas y carece de linealidad. Una idea, conecta a otra idea, como “Las mil y una noches”. Así que dentro de una historia te encuentras con otra historia, que te recuerda a otra y se vuelve un juego consecutivo. Es un recurso cautivante que te seduce a  no interrumpir tu lectura y te invita a continuar buscando el fin de alguna de ellas. Algunas historias promete terminarlas en los siguientes capítulos. A veces cumple, otras no. El libro en ningún momento dejó de sorprenderme. Espero que el mismo efecto cause en ti

 

Ma deva Yatri

Sesión 1

 

 

     Es una hermosa mañana. El sol sigue sa­liendo una y otra vez pero siempre es nuevo. No envejece nunca. Los científicos dicen que tiene millones de años. ¡Bobadas! Lo veo todos los días. Siempre es nuevo. Nada envejece. Pero los científicos son enterradores, por eso digo que tienen ese aspecto tan grave, tan serio. Esta mañana se vuelve a repetir el milagro de la existencia. Está sucediendo en cada momento, aunque sólo lo descubren unos pocos, muy, muy pocos.

La palabra «descubrir» es muy hermosa. Des­cubrir el momento tal como es, verlo tal como es, sin añadir nada, sin suprimir nada, sin nin­gún trabajo de edición; verlo tal como es, como un espejo... Gracias a Dios, el espejo no edita; si no, no habría ni una sola cara en el mundo que se ajustase a sus requisitos, ni siquiera la de Cleopatra. No habría ninguna cara adecuada para el espejo, por el simple hecho de que si te empieza a recortar, a editar y a añadir te empezará a des­truir. Pero los espejos no son destructivos. Hasta el espejo más feo es hermoso en su indestructi­bilidad. Simplemente refleja.

Antes de entrar en vuestra Arca de Noé es­taba de pie mirando el amanecer..., tan hermo­so, al menos hoy, ¿y a quién le importa el ma­ñana...? El mañana nunca llega. Jesús dice: «No pienses en el mañana...»

Hoy hace un día tan espléndido que por un momento me acordé de la formidable belleza del amanecer en los Himalayas. Allí, cuando estás rodeado de nieve y los árboles parecen novias, como si hubiesen florecido con flores blancas de nieve, a uno le dejan de interesar los llamados peces gordos, los primeros ministros, los presidentes mundiales y los reyes y reinas. De hecho, los reyes y las reinas acabarán exis­tiendo solamente en las barajas, que es donde les corresponde estar. Y los presidentes y pri­meros ministros ocuparán el lugar de los co­modines. No se merecen nada mejor.

Esos árboles de las montañas con sus flores blancas de nieve..., y siempre que veía caer la nieve de sus hojas me venía a la memoria un árbol de mi infancia. Ese tipo de árbol sólo cre­ce en India; se llama madhumalti; madhu signi­fica dulce, malti significa reina. Jamás he cono­cido una fragancia más maravillosa y más penetrante; ya sabéis que soy alérgico al perfu­me, por eso lo distingo inmediatamente. Soy muy sensible al perfume.

El madhumalti es el árbol más bello que os podáis imaginar. Dios lo debió crear el séptimo día. Liberado de todas las preocupaciones y las prisas del mundo, habiendo acabado con todo, incluso con hombres y mujeres, debe haber creado el madhumalti en su día libre, en un día de fiesta, un domingo..., por esa vieja costum­bre de crear. Es difícil librarse de los viejos há­bitos.

El madhumalti florece con miles de flores al mismo tiempo. No sólo una flor aquí y otra allá, no; ése no es el estilo del madhumalti, ni el mío tampoco. El madhumalti florece con ri­queza, con lujo, con abundancia; miles de flo­res, tantas que no puedes ver las hojas. El árbol se cubre completamente de flores blancas.

 

Los árboles cubiertos de nieve siempre me han recordado al madhumalti. Claro, que no tienen perfume, para mí es una suerte que la nieve no tenga perfume. Es una lástima no po­der volver a tener las flores del madhumalti en mis manos. La fragancia es tan fuerte que se es­parce a lo largo de kilómetros, y recuerda que no estoy exagerando. Basta un solo madhumal­ti para llenar todo el barrio con su inmenso perfume.

Adoro los Himalayas. Me hubiera gustado morir allí. Es el lugar más bello para morir; para vivir también, por supuesto, pero en lo que se refiere a morir es el sitio por excelencia. Allí es donde murió Lao Tzu. En los valles de los Himalayas murió Buda, murió Jesús, murió Moisés. No hay ninguna otra montaña que se pueda atribuir a Moisés, a Jesús, a Lao Tzu, a Buda, a Bodhidharma, a Milarepa, a Marpa, a Tilopa, a Naropa y a miles de personas más.

Suiza es hermosa pero no se puede comparar con los Himalayas. Es muy cómodo estar en Suiza con todos sus adelantos modernos. Es muy incómodo estar en los Himalayas. Toda­vía no ha llegado ningún tipo de tecnología; ni carreteras, ni electricidad, ni aviones, ni ferro­carril, nada de nada. Pero entonces es cuando surge la inocencia. Uno es transportado a otro tiempo, a otro ser, a otro espacio.

Me hubiese gustado morir allí; y esta mañana, de pie, contemplando el amanecer, me sentí aliviado al saber que no pasa nada si me muero aquí, especialmente en un día tan her­moso como hoy. Y elegiré morirme un día en el que me sienta parte de los Himalayas. Para mí la muerte no es sólo un final, un punto fi­nal. No; para mí la muerte es una celebración.

El recuerdo de la nieve cayendo de los árbo­les, como flores cayendo del madhumalti, me ha inspirado un haiku.....

 

Los gansos salvajes

No pretenden reflejarse.

El agua no tiene mente

 Para recibir sus imágenes.

 

¡Ah! qué hermoso. Los gansos salvajes no pretenden reflejarse, y el agua tampoco tiene intención de recibir el reflejo y, sin embargo, el reflejo está ahí. Ésa es la belleza. Nadie se lo ha propuesto pero está ahí; Esto es lo que yo lla­mo comunión. Siempre he odiado la comuni­cación. La comunicación es repugnante para mí. Puedes ver cómo sucede entre marido y mujer, entre jefe y criado, y así sucesivamente. En realidad, no sucede nunca. Mi palabra es comunión.

Veo el Buda Hall con toda mi gente..., sólo un instante, como un destello, tantos momen­tos de comunión. No es solamente una reu­nión; no es una iglesia. La gente no viene aquí como un trámite. La gente viene a mí, no al si­tio. Siempre que hay un maestro y un discípulo (aunque sólo fuese un maestro y un discípulo, eso no importa) se produce una comunión. Está sucediendo ahora mismo aunque sólo es­téis vosotros cuatro. Probablemente, ni siquie­ra sea capaz de contar con los ojos cerrados, menos mal; sólo así se puede permanecer en el mundo de lo incontable..., y además, ¡libre de impuestos! Cuando aprendes a contar aparecen los impuestos. Soy incontable, nadie me ha aplicado ningún impuesto.

Yo era profesor en la universidad. Cuando me quisieron aumentar el salario les dije que no. El rector no daba crédito.

-¿Por qué no? -me preguntó.

-Si cobrase más de lo que cobro ahora -le respondí- tendría que pagar impuestos, y odio los impuestos. Prefiero seguir con el mismo sueldo a cobrar más y que me molesten los inspectores de Hacienda.

Nunca rebasé el límite permitido para no tener que pagar Impuestos.

Jamás he pagado el impuesto sobre la renta; de hecho no tengo ingresos. He estado dando al mundo, no he tomado nada del mundo. Se trata de un desembolso, no de un ingreso. He entregado mi corazón y mi ser.

¡Menos mal que las flores están libres de impuestos, si no, dejarían de florecer; menos mal que la nieve está libre de impuestos, si no, no nevaría, creedme!

Debo deciros que tras la revolución rusa algo ocurrió con los genios rusos. Todos desaparecieron: León Tolstói, Fedor Dostoievski, Turgénev, Máximo Gorki. Sin embargo, en la Rusia actual, los escritores, los novelistas y los artistas son las personas mejor remuneradas y más res­petadas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Entonces, por qué ya no se escriben libros como Los hermanos Karamazov, Anna Karenina, Padres e hijos, La ma­dre o Apuntes desde la tumba? ¿Por qué? Miles de veces me he preguntado: ¿por qué? ¿Qué le ha sucedido a los geniales novelistas rusos?

No creo que ningún otro país pueda com­petir con Rusia. Si seleccionas las diez mejores novelas del mundo, necesariamente tendrás que incluir cinco novelas rusas, dejando las otras cinco para el resto del mundo. ¿Qué ha sido de esa fabulosa genialidad? ¡Ha muerto! No se puede dar órdenes a las flores, para ellas no existen los diez mandamientos. Las flores florecen, no les puedes ordenar que florezcan. La nieve cae, no puedes decretar un mandamien­to, no puedes fijar una fecha. Eso es imposible y lo mismo sucede con los Budas. Dicen lo que quieren decir, cuando lo quieren decir. Son capaces de decir, incluso a una sola perso­na, lo que todo el mundo habría querido escu­char.

Ahora estáis ahí, seguramente sólo cuatro personas. Digo «seguramente» porque no se me dan bien las matemáticas, y con los ojos cerra­dos..., os podéis imaginar..., y con lágrimas en los ojos, no porque estéis aquí presentes sólo cuatro personas, sino por esta mañana tan her­mosa, por el amanecer.

Gracias a Dios. Él piensa en mí; aunque no exista, piensa en mí. Yo lo niego y, sin embar­go, sigue pensando en mí. El gran Dios. La existencia parece ocuparse. Pero no conoces los caminos de la existencia; son impredecibles. Siempre he amado lo impredecible.

     Mis lágrimas son por el amanecer. La existencia me ha cuidado. Yo no se lo había pedido. Tampoco me respondió. Aun así ha habido un cuidado. Los gansos salvajes no pretenden proyectar su reflejo. El agua no se propone reflejar sus imágenes...

Así es como estoy hablando. No sé cuál va a ser la frase siguiente, o si va a haberla. La incertidumbre es hermosa.

Recuerdo otra vez la aldea donde nací. Para empezar, es incomprensible por qué la existen­cia eligió ese pueblecito. Es como tenía que ser. El pueblo era precioso. He viajado a lo ancho y a lo largo, pero nunca he visto una belleza equi­parable. Uno nunca vuelve a lo mismo. Las co­sas vienen y van, pero nunca es lo mismo.

Puedo verlo todavía, un pequeño pueblo. Unas cuantas cabañas cerca de un estanque y los altos árboles donde solía jugar. En el pueblo no había escuela. Esto tiene mucha relevancia porque, durante casi nueve años, no recibí educación, y esos son los años más importan­tes. Después, aunque lo intenten, ya no te pueden educar. En cierto sentido, todavía sigo sin educar, aunque tenga muchos títulos. Cualquier persona carente de educación los podría conseguir. Y no cualquier título, sino un título de maestro de primera categoría; eso también lo puede hacer cualquier tonto. Todos los años lo hacen tantos tontos que no tiene importancia. Lo importante es que durante los primeros años no recibí educación. No había colegio, ni carretera, ni ferrocarril, ni oficina de correos. ¡Qué bendición! Ese pequeño pue­blo era todo un mundo. Incluso en mis épocas alejado de aquel pueblo seguía en ese mundo, sin educar.

He leído el famoso libro de Ruskin Unto this Last, y mientras lo leía estaba pensando en el pueblo. Unto this Last..., ese pueblo perma­nece inalterable. No hay carreteras que lo co­muniquen ni ferrocarril que lo cruce, ni siquie­ra ahora, después de cincuenta años; no hay oficina de correos, ni comisaría, ni médico; de hecho, nadie se pone enfermo en ese pueblo porque es muy puro y no hay contaminación. He conocido a gente del pueblo que nunca ha visto un tren, que se pregunta cómo será, que ni siquiera ha visto un autobús o un coche. No han salido nunca del pueblo. Viven felices y tranquilos.

El lugar donde nací, Kuchwada, era un pueblo donde no había ferrocarril ni oficina de correos. Había unas colinas, mejor dicho, unos montículos, pero también había un lago precioso y algunas cabañas, cabañas de paja. La única casa de ladrillos que había es donde yo nací, y tampoco era una gran casa. No era más que una casita.

Me acuerdo de ella y puedo describir cada detalle..., pero más que de la casa o del pueblo, me acuerdo de la gente. Aunque me he topado con millones de personas, las de ese pueblo eran más inocentes que ninguna, porque eran muy primitivas. No sabían nada del mundo. En el pueblo no había entrado ni un periódico. Ahora podéis entender por qué no había escue­la, ni siquiera una escuela primaria... ¡Qué bendición! Los niños modernos no se lo pueden permitir.

Durante esos años no recibí educación, y fueron los más hermosos.

Sí; debo confesar que tuve un profesor particular. Ese primer maestro también era analfabe­to. No me instruía, sino que intentaba apren­der mientras me enseñaba. Puede ser que conociera el famoso dicho «la mejor manera de aprender es enseñar», pero era un buen hom­bre, amable, no era el típico profesor antipáti­co. Para ser profesor hay que ser antipático. Es parte de la profesión. Él era agradable; muy de­licado, como la mantequilla. Os tengo que confesar que le solía pegar; pero no me lo de­volvía, simplemente se reía y decía:

-Eres un niño y me puedes pegar. Yo soy un anciano, y no te lo puedo devolver. Cuando seas mayor lo entenderás.

Eso es lo que me dijo, y es verdad, lo entiendo...

Era un aldeano simpático y tenía una gran intuición. A veces la gente de pueblo tiene una intuición de la que carecen las personas civili­zadas. Yeso me recuerda...

Va una mujer bonita a la playa. Viendo que no hay nadie alrededor, se desnuda. Justo antes de entrar en el agua un viejo le para y le dice:   -Señora, soy el policía del pueblo. Está prohibido bañarse en esta playa. La mujer le mira sorprendida y pregunta: -Entonces, ¿por qué no me ha impedido que me desnudara? El viejo no puede parar de reírse, y le dice con lágrimas en los ojos: -¡Porque no está prohibido desnudarse, por eso he esperado detrás de un árbol!

Un aldeano increíble..., ése es el tipo de gente que vivía en el pueblo, gente sencilla. El pueblo estaba rodeado de pequeñas colinas y había un estanque. Sólo Basho puede describir ese estanque. Y tampoco lo describe, simplemente dice:

 

El viejo estanque Salta la rana ¡Plop!

 

¿Es esto una descripción? Sólo se menciona el estanque y la rana. No hay descripción del estanque o de la rana..., ¡Y plop!

 

En el pueblo había un viejo estanque, muy antiguo y rodeado de viejos árboles, tal vez tu­viesen cientos de años, y hermosas rocas alre­dedor..., y, naturalmente, saltaban las ranas. Día tras día podías oír el «plop» una y otra vez. El sonido de las ranas al saltar contribuía real­mente al silencio reinante. Ese sonido enrique­cía el silencio, lo hacía más elocuente.

Esa es la belleza de Basho: podía describir algo sin tener que describirlo. Podía decir algo sin pronunciar ni una sola palabra. «iPlop!» Pero, ¿es eso una palabra? No hay ninguna palabra que pueda hacer justicia al sonido de una rana saltando al viejo estanque, pero Basho le hizo justicia.

Yo no soy Basho, y el pueblo necesitaba un Basho. Probablemente, él hubiera hecho unos bocetos preciosos, unos cuadros y unos haikus... Yo no he hecho nada sobre ese pueblo; os preguntaréis por qué no he vuelto ni siquiera de visita. Me basta con una vez. Nunca voy dos veces a los sitios. Para mí no existe el número dos. He dejado muchos pueblos, muchas ciudades, para no volver nunca más. Lo que se ha ido, se ha ido para siempre, ésa es mi forma de ser; así que nunca he vuelto al pueblo. La gente de allí me ha mandado mensajes para que volviese al menos una vez. Les contesté por medio de un mensajero: Ya estuve allí una vez y no tengo la costumbre de ir dos veces. Pero el silencio del viejo estanque permane­ce conmigo. De nuevo, me acuerdo de los Himalayas; la nieve..., tan hermosa, tan pura, tan inocente. Sólo se puede ver con los ojos de un Bodidharma, de un Jesús o de un Basho. No hay otra manera de describir la nieve; sólo la reflejan los ojos de los budas. Los idiotas la pue­den pisotear, pueden hacer bolas de nieve con ella, pero sólo los ojos de los budas pueden re­flejarla. Aunque...

 

Los gansos salvajes

No pretenden reflejarse.

 El agua no tiene mente

 Para recibir sus imágenes...

Y, sin embargo, el reflejo está ahí. Los budas no quieren reflejar la belleza del mundo, ni pretende el mundo, de ninguna manera, ser reflejado por los budas, pero es reflejado. Nadie quiere, pero sucede, y cuando sucede es hermoso. Cuando se hace, es ordinario; cuando lo haces, eres un técnico. Cuando sucede eres un maestro.

La comunicación forma parte del mundo del técnico; la comunión es la fragancia del mundo del maestro. Esto es comunión. No estoy hablando de nada en particular... Los gansos salvajes y el agua...

Sesión 2

 

Acabo de tener una experiencia dorada al sentir cómo un discípulo trabajaba tan amorosamente sobre el cuerpo de su maestro. Por eso estoy todavía sin respiración. Y esto me recuerda mi infancia dorada.

Todo el mundo habla de su infancia dorada pero pocas, muy pocas veces, es cierto. En ge­neral es mentira. Aunque hay tanta gente que cuenta la misma mentira que ya nadie la detec­ta. Incluso los poetas se pasan la vida cantando canciones de su infancia dorada. Por ejemplo, Wordsworth " aunque no sea un tipo nada despreciable; pero una infancia dorada es algo extremadamente raro, por una sencilla razón: ¿dónde la puedes encontrar?

     En primer lugar, tienes que elegir tu nacimiento. Eso es casi imposible. No puedes elegir tu nacimiento a menos que hayas muerto en esta­do de meditación; sólo puede acceder a esta elec­ción el meditador. Él muere conscientemente, por eso obtiene el derecho a nacer conscientemente.

Yo morí conscientemente. En realidad no es que me muriera, sino que me mataron. Me tendría que haber muerto tres días más tarde, pero no pudieron esperar ni siquiera tres días. La gente tiene tanta prisa. Os sorprenderá saber que el hombre que me mató es, actualmente, mi sannyasin. No vino para tomar sannyas, sino para matarme de nuevo... pero si persiste en su juego, yo persisto en el mío. Él mismo me lo confesó más tarde, después de ser sannyasin durante siete años.

-Amado maestro -dijo-, ahora te lo puedo confesar sin miedo; fui a Ahmedabad para matarte. -¡Dios mío, otra vez! -exclamé. -¿Que quieres decir con «otra vez»? –me preguntó. Eso es otra cuestión, continúa... -le respondí. -Hace siete años, en Arnhedabad -dijo-, fui a tu encuentro con un revólver. La sala estaba tan abarrotada que los organizadores permitieron que la gente se sentase en el estrado.

Pues a este hombre, armado con un revólver para matarme, se le permitió sentarse a mi lado. ¡Qué oportunidad!

-¿Por qué dejaste pasar la ocasión? -le pregunté.

-No te había oído hablar nunca -respondió-, sólo había oído hablar de ti. Cuando te oí hablar pensé que preferiría suicidarme antes que matarte. Por eso me he hecho sannyasin, ése ha sido mi suicidio.

Hace setecientos años este hombre me mató de verdad; me envenenó. En aquella épo­ca también era mi discípulo..., pero sin un Judas es muy difícil que haya un Jesús. Yo morí conscientemente, por eso tuve la gran oportu­nidad de nacer conscientemente. Elegí a mi padre y a mi madre.

Miles de idiotas están haciendo el amor en todo el mundo, a todas horas. Millones de almas nonatas están listas para entrar en un vientre cualquiera. Esperé setecientos años hasta el momento preciso, y doy gracias a la existencia por haberlo encontrado. Setecientos años no es nada comparado con los millones y millones de años que quedan por delante. Sólo setecientos años -sí, digo sólo- y elegí una pareja muy pobre pero muy entrañable.

Creo que mi padre nunca miró a otra mujer con el mismo amor que sentía por mi madre. Y es imposible imaginar -hasta para mí, que me puedo imaginar toda clase de cosas- que mi madre tuviese otro hombre, ni en sueños... ¡imposible! Los he conocido a los dos, eran tan íntimos, tan amigos, estaban muy satisfechos aunque fuesen muy pobres..., pobres pero ricos. Eran ricos en su pobreza gracias a su intimidad, ricos por el amor que sentían el uno por el otro

Afortunadamente, nunca les he visto pelearse. Digo «afortunadamente» porque es muy difícil encontrar un marido y una esposa que no se estén peleando. Sólo Dios sabe cuándo encuentran tiempo para el amor, y probablemente tampoco lo sepa. Al fin y al cabo, se tiene que ocupar de su propia mujer..., especialmente el Dios hindú. Al menos, el Dios cristiano está en una situación más favorable: no tiene esposas, no tiene mujeres, ¡por no mencionar a la esposa! Porque una mujer es más peligrosa que una esposa. Puedes soportar a una esposa, pero a una mujer... ¡estás haciendo el tonto otra vez! No puedes soportar a una mujer, ella te «atrae»; una esposa te «distrae».

¡Fíjate en mi inglés! Ponlo entre comillas para que no haya malentendidos, aunque, ha­gas lo que hagas, todos me van a interpretar mal. Pero inténtalo, ponlo entre comillas: la esposa «distrae», la mujer «atrae».

Nunca he visto pelear a mi padre y a mi madre, ni siquiera regañar. La gente habla de milagros; yo he visto un milagro: mi madre no le hacia reproches a mi padre. Es un milagro porque durante siglos la mujer ha estado tan dominada por el hombre que ha aprendido técnicas solapadas: los reproches. Los reproches son violencia disfrazada, violencia enmascarada. Nunca he visto a mi padre y a mi madre en una situación de pelea.

Cuando se murió mi padre estaba preocupado por mi madre. No la creía capaz de sobrevivir. Se habían querido tanto que casi se habían hecho uno. Ella sobrevivió solamente porque también me quería a mí.

Me he preocupado por ella constantemente. Quería que estuviese cerca de mí para que pudiera morir completamente realizada. Ahora lo sé. La he visto, he visto dentro de ella, y os puedo decir -y a través de vosotros lo sabrá, algún día, el resto del mundo- que se ha iluminado. Yo era su último apego. Ahora no le queda nada a lo que apegarse. Es una mujer iluminada, analfabeta, sencilla, sin ni siquiera saber qué es la iluminación. ¡Ésa es la belleza! Se puede ser un iluminado sin saber qué es la iluminación, y viceversa: puedes saber todo sobre la iluminación y no iluminarte.

     Elegí a esta pareja, sólo eran unos pueblerinos. Podría haber elegido que fuesen reyes y reinas. Estaba en mis manos. Hay todo tipo de vientres disponibles, pero yo soy un hombre de gustos sencillos: siempre me conformo con lo mejor. Era una pareja pobre, muy pobre. No seríais capaces de entender que mi padre sólo tenía setecientas rupias; eso son treinta dólares. Es todo lo que poseía y, sin embargo, le escogí para ser mi padre. Tenía una riqueza que los ojos no pueden ver, una realeza que es invisible.

Muchos de vosotros le habéis visto y habéis sentido su belleza. Era un hombre sencillo, muy sencillo, incluso podríais decir que era pueblerino, pero era incalculablemente rico, no en el sentido mundano sino en el sentido espiritual, si existe...

Treinta dólares, ése era todo su capital. Yo no lo sabía. Sólo me enteré más tarde, cuando su negocio estaba en bancarrota... iY era muy feliz!

-Dada -le pregunté; le solía llamar así, dada quiere decir padre-, Dada, pronto estarás en bancarrota, y a pesar de todo eres feliz. ¿Qué ocurre? ¿Son falsos los rumores?

-No; los rumores son totalmente ciertos -respondió-. La quiebra es inevitable, pero me siento feliz porque he ahorrado setecientas rupias. Con eso empecé. Y te voy a enseñar el Sitio... Entonces me enseñó dónde había escondido las setecientas rupias y me dijo: No te preocupes. Sólo empecé con sete­cientas rupias. El resto no nos pertenece, que se vaya al infierno. Lo que nos pertenece está escondido en este lugar, y te lo he enseñado. TÚ eres mi hijo mayor, recuerda este lugar.

Sé dónde está..., no se lo he contado a nadie ni lo vaya hacer, porque aunque fue generoso al contarme su secreto, yo no soy su hijo ni él es mi padre. Él es él mismo, y yo soy yo mis­mo. «Padre e hijo» son sólo formalidades. Esas setecientas rupias siguen enterradas en algún lugar, y seguirán ahí a no ser que alguien las encuentre por casualidad.

Aunque me has enseñado el sitio -le      dije-, yo no lo he visto.

-¿Qué quieres decir? -me preguntó.

-Muy sencillo -respondí-. No lo veo y no lo quiero ver. No pertenezco a ningún patrimonio, pequeño o grande, rico o pobre.

Él, por su parte, era un padre cariñoso, aunque por mi parte yo no pueda decir lo mismo; lo siento.

Era un padre cariñoso. Fue el único que se preocupó cuando dejé mi empleo en la univer­sidad, nadie más. Ninguno de mis amigos estaba preocupado. ¿A quién le importaba? En rea­lidad, muchos de mis amigos se alegraron de que dejara la plaza vacante; así la podrían tener ellos. Se abalanzaron. Sólo se preocupó mi padre.

-No tienes por qué preocuparte -le tranquilicé.

Pero no fue de gran ayuda el decírselo. Sin contarme nada, compró un gran terreno, porque sabía que si me lo contaba le habría dado un coscorrón. Construyó una casita preciosa para mí, exactamente como a mí me habría gustado que fuera. Os vais a sorprender: tenía hasta aire acondicionado, todos los adelantos modernos.

Estaba cerca del pueblo, tenía un jardín que daba a la orilla del río y había unas escaleras que conducían hasta allí para que me pudiera bañar..., tenía viejos árboles, antiguos, y alrededor reinaba un silencio absoluto, no había na­die más en kilómetros a la redonda. Pero nun­ca me lo dijo.

Menos mal que mi pobre padre está muer­to; si no, le habría dado muchos disgustos. Pero me quería mucho y tenía mucha compa­sión por su hijo vagabundo.

Soy un vagabundo. Nunca he hecho nada por mi familia. No me deben absolutamente nada. Ellos han hecho por mí todo lo que hi­ciese falta. Tenía buenas razones para elegir a esa pareja..., su amor, su intimidad, su casi uni­dad. Así es como, después de setecientos años, he vuelto a entrar en un cuerpo.

Mi infancia fue de oro. Insisto que no estoy usando un cliché. Todo el mundo dice que su infancia fue dorada, pero no es así. La gente cree que su infancia ha sido dorada porque su juventud está podrida; y más aun su vejez. Naturalmente, la infancia se vuelve de oro. Mi infancia no ha sido dorada en ese sentido. Mi juventud ha sido un diamante, y si llego a ser un anciano seré de platino. Desde luego, mi infancia fue dorada, no sólo simbólicamente, sino absolutamente dotada; no poéticamente, sino literalmente, objetivamente.

Durante la mayor parte de mis primeros años viví con los padres de mi madre. Esos años son inolvidables. Aunque alcance el paraí­so de Dante, seguiré recordando esos años. Un pueblecito, gente humilde, pero mi abuelo -me refiero al padre de mi madre- era un hombre generoso. Era pobre, pero rico en su generosidad. Repartía lo que tuviese entre to­dos y cada uno. De él aprendí el arte de dar; tengo que reconocerlo. Nunca le vi negar algo a ningún mendigo ni a nadie.

Yo llamaba al padre de mi madre «Nana»; así es como se llama en India al padre de la madre. A la madre de mi madre le dicen «Nani». Le solía preguntar a mi abuelo:

     -Nana, ¿dónde has encontrado una mujer tan hermosa?

Mi abuela parecía más griega que hindú. Cuando veo reír a Mukta, me acuerdo de ella.

Tal vez por eso tengo debilidad por Mukta. No le puedo decir que no. Aunque no esté bien lo que me pide, siempre le digo «de acuerdo». En cuanto la veo me acuerdo automáticamente de mi Nani. Probablemente tuviese algo de sangre griega. Ninguna raza se puede declarar pura. Los indios, particularmente, no deberían atribuirse pureza de sangre; los hunos, los mongoles, los griegos y muchos otros han atacado, conquistado y reinado sobre India. Se han mezclado con la sangre india, y esto era muy evidente en mi abuela. Sus facciones no eran indias, parecía griega, y era una mujer fuerte, muy fuerte. Cuando mi Nana murió no ten­dría más de cincuenta años. Mi abuela vivió hasta los ochenta y estaba llena de salud. Inclu­so entonces, nadie pensó que se iba a morir. Le prometí una cosa, que yo volvería cuando se muriese, y que ésta sería mi última visita a la familia. Ella murió en 1970. Tenía que cumplir mi promesa.

Durante los primeros años mi abuela fue para mí mi madre; esos son los años de crecimiento. Este círculo es para mi abuela. Mi madre vino después; yo ya había crecido, ya estaba hecho de una cierta manera. Y mi abuela me ayudó inmensamente. Mi abuelo me amaba, aunque eso no fuera de gran ayuda. Era muy cariñoso, pero para ayudar hace falta algo más: un cierto tipo de fuerza. Él siempre tenía miedo de mi abuela. De alguna forma, era un calzonazos. A la hora de decir la verdad, yo siempre soy sincero. Me quería, me ayudaba... ¿pero qué le voy a hacer si era un calzonazos? El noventa y nueve coma nueve por ciento de los maridos los son, así que no pasa nada.

Recuerdo un incidente que no he contado nunca. Era una noche oscura; llovía, y un ladrón entró en nuestra casa. Naturalmente, mi abuelo estaba asustado. Todo el mundo se dio cuenta que estaba asustado, aunque lo intentó disimular lo mejor que pudo. El ladrón estaba escondido detrás de unos sacos de azúcar, en una de las esquinas de nuestra pequeña casita,

Mi abuelo era un mascador incansable de pan. El pan es una hoja de betel. Él era un mascador de pan empedernido, como los fumadores empedernidos. Siempre estaba preparando pan, y se pasaba todo el día mascando. Empezó a mascar pan y a escupírselo al pobre ladrón que estaba escondido en la esquina. Yo observaba esta desagradable escena y le dije a mi abuela, con quien solía dormir: -Esto no está bien. Aunque se trate de un ladrón, deberíamos comportamos con educación. ¿Escupir? ¡Que pelee o que deje de escupir! Mi abuela preguntó:

-¿Tú que harías?

-Le daría una bofetada -dije- y le echaría de la casa.

Yo tenía nueve años como mucho. Mi abuela se rió y dijo:

-De acuerdo, iré contigo. Tal vez necesites ayuda.

Ella era una mujer alta. Mi madre no se le parece en nada, ni en belleza física, ni en su osadía espiritual. Mi madre es sencilla; mi abuela era una aventurera. Vino conmigo.

¡Estaba espantado! No podía creer lo que estaba viendo: el ladrón era el hombre que solía venir a darme clases, ¡era mi profesor! Le golpeé con fuerza, más aún porque se trataba de mi profesor.

-Si sólo fueras un ladrón te perdonaría -le dije-, pero me has estado enseñando cosas importantes, iY por la noche haces estas cosas! Ahora, sal corriendo tan rápido como puedas antes de que te coja mi abuela, si no, te va a moler.

Era una mujer grande, alta, fuerte y hermosa. Mi abuelo era pequeño y no muy agraciado, pero se llevaban bien. Nunca discutía con ella, no podía, así que no había ningún problema.

Recuerdo a aquel profesor, el erudito del pueblo, que solía venir a darme clases algunas veces. También era sacerdote del templo del pueblo.

-¿Qué va a pasar ahora con mi ropa? -me dijo-. Tu abuelo me ha cubierto de escupitajos. Me ha estropeado la ropa.

Mi abuela se rió y le contestó: -Vuelve mañana, te daré ropa nueva.

     Y, en efecto, le dio ropa nueva. No vino, no se atrevió, pero ella se acercó a la casa del ladrón, me llevó con ella y le dio la ropa nueva, diciéndole:

-Sí; mi marido ha sido muy malo al estropearte la ropa. Eso no está bien. Puedes volver cada vez que necesites ropa.

Ese profesor nunca volvió a darme clases... no porque le dijeran que no, sino porque no se atrevía. No sólo dejó de venir a darme clases, sino que dejó de venir a la calle donde vivíamos; dejó de pasar por ahí. Pero yo no me olvi­daba de visitarle todos los días y escupir delan­te de su casa para recordárselo. Le solía gritar:

-¿Te has olvidado de esa noche? Tú que solías decirme que fuese leal, sincero, honesto y toda esa mierda.

Todavía le puedo ver con los ojos gachos, incapaz de contestarme. Mi abuelo quería que me hiciesen la carta astral los mejores astrólogos de India. Estaba dispuesto a pagar lo que fuese por la carta astral aunque no era muy rico -ni siquiera era rico y mucho menos muy rico-, pero era la persona más rica del pueblo. Hizo un largo viaje hasta Benarés y vio a los astrólogos más famosos. Fijándose en las notas y fechas que mi abuelo había traído, el astrólogo más importante dijo:

-Lo siento, pero no puedo hacer esta carta natal hasta que pasen siete años. Si el niño sobrevive le haré la carta gratis, pero dudo que sobreviva. Si lo hace será un milagro, pues entonces tendrá la posibilidad de ser un buda.

Mi abuelo volvió llorando. Nunca le había visto con lágrimas en los ojos. Le pregunté:

-¿Qué ha ocurrido?

-Tengo que esperar hasta que cumplas siete años -dijo-. Quién sabe si vaya vivir has­ta entonces. Quién sabe si el mismo astrólogo estará vivo, ya es muy mayor. Y estoy un poco preocupado por ti.

-¿Qué te preocupa? -le pregunté. -No me preocupa que te vayas a morir -contestó-, lo que me preocupa es que te conviertas en un buda.

Me reí y en medio de las lágrimas se empezó a reír él también. Entonces dijo:

-Qué extraño que estuviera preocupado.

Sí, ¿pues que tiene de malo ser un buda?

Cuando mi padre oyó lo que le habían dicho los astrólogos a mi abuelo me llevó hasta Benarés; pero hablaré de esto más tarde.

Cuando cumplí siete años vino a buscar­me un astrólogo al pueblo de mi abuelo. Se detuvo un hermoso caballo delante de nuestra casa y salimos todos rápidamente. El caballo era majestuoso y el jinete era nada menos que uno de los famosos astrólogos que había conocido.

-¿Así que todavía estás vivo? -me preguntó-. He hecho tu carta astral; estaba preocupado, porque la gente como tú no suele vivir mucho tiempo.

Mi abuelo vendió todos los adornos de la casa y dio una fiesta para los pueblos vecinos celebrando que yo iba a ser un buda, y, sin em­bargo, ni siquiera creo que entendiese el significado de la palabra «buda».

Él era jainista y probablemente no había oído nunca esa palabra. Pero estaba feliz, inmensamente feliz..., estaba bailando porque yo iba a ser un «buda». Cuando todos se habían ido le pregunté:

-¿Qué quiere decir «buda»?

-No lo sé -dijo-, pero suena bien. Además, yo soy jainista. Ya nos enteraremos por algún budista.

     En ese pueblecito no había budistas, pero dijo:

     -Algún día, cuando pase un bikkhu budista por aquí, sabremos el significado.

Estaba contentísimo porque el astrólogo le había dicho que yo me iba a convertir en un buda. Entonces dijo:

-Supongo que «buda» quiere decir alguien que es muy inteligente -en hindi buddhi sig­nifica inteligencia, por eso pensó que «buda»significaba aquel que es inteligente.

Se aproximó mucho, casi acierta. Menos mal que no está vivo, si no, habría visto lo que significa ser un buda; no me refiero al signifi­cado del diccionario, sino a encontrarse con un ser despierto vivo. Y le puedo ver bailando, al ver que su nieto se ha convertido en un buda. ¡Eso habría sido suficiente para que se ilumina­ra él! Pero se murió. Su muerte fue una de las experiencias más significativas para mí. Sobre esto hablaré más adelante.

¿Queda tiempo todavía?

-Son las ocho y media, Osho.

Bien, me quedan cinco minutos para mí... Es el momento de detenerse, pero ha sido muy hermoso y estoy agradecido. Gracias.

 

 

Sesión 3

 

Una y otra vez el milagro de la mañana..., el sol y los árboles. El mundo es como una flor de nieve: la tomas en las manos y se derrite. No queda nada, sólo una mano mojada. Pero si la miras, si solamente la miras, la flor de nieve es tan be­lla como cualquier otra flor en el mundo. Y este milagro ocurre todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches, cada veinticuatro horas, día tras día..., el milagro. Y la gente va a adorar a Dios a los templos, las iglesias, las mezquitas y las sinagogas. El mundo debe estar lleno de tontos, perdón, no de tontos, sino de idiotas incurables que padecen este retraso men­tal. ¿Hay que ir a un templo para buscar a Dios? ¿No está aquí y ahora?

La misma idea de la búsqueda es una imbeci­lidad. Uno busca aquello que está lejos, y Dios está muy cerca, más cerca que el latido de tu corazón. Cada vez que veo el milagro me asombro de cómo es posible. ¡Qué creatividad! Esto sólo es posible porque no hay ningún creador. Si hu­biese un creador tendrías el mismo lunes todos los lunes, porque el creador creó el mundo en seis días y después lo dio por concluido. No hay un creador, sino energía creativa; pero energía en millones de formas, fundiéndose, encontrán­dose, apareciendo, desapareciendo, juntándose y separándose.

Por eso digo que los sacerdotes son los que están más lejos de la verdad, y los poetas los más próximos. Por supuesto, el poeta tampoco la ha alcanzado. Sólo la alcanza el místico... “Alcanzan” no es la palabra correcta: se convier­te en ello, o mejor dicho, descubre que siempre lo ha sido. La gente me pregunta: «¿Crees en la astrolo­gía, en la religión... en esto, en aquello?» No creo en nada de nada porque lo sé. Esto me re­cuerda la historia que os contaba el otro día...

Vino el viejo astrólogo. Mi abuelo no creía lo que estaba viendo. El astrólogo era tan fa­moso que hasta los reyes se habrían sorprendi­do si les hubiese visitado en su palacio; y vino a la casa de mi abuelo. Hay que llamarlo casa, pero no era gran cosa, tenía las paredes de ado­be y ni siquiera tenía un baño privado. Nos vi­sitó y en seguida me hice amigo del anciano.

Mirándole a los ojos (podía leer sus ojos aun­que sólo tuviese siete años y no supiese leer: no necesito vuestras tres erres), le dije al astrólogo:            -Es extraño que hayas venido desde tan lejos solamente para hacerme la carta astral.

     Benarés, en aquellos días, e incluso hoy, es­taba muy lejos de aquel pueblecito.

     El viejo dijo:

     -He hecho una promesa y las promesas se deben cumplir.

La forma en que dijo «una promesa se debe cumplir» me estremeció. ¡He aquí un hombre vivo!

       -Si tú has venido a cumplir tu promesa –le dije-, entonces te puedo predecir el futuro.

     -¡Qué! -exclamó-. ¿Tú puedes predecir mi futuro?

-Sí. Puedo asegurarte que no vas a ser un buda, pero vas a ser un bikkhu, un sannyasin -le respondí.

Éste es el nombre del sannyasin budista. Él se rió y me dijo:

-¡Imposible!

-Apostamos -le contesté.

-De acuerdo, ¿cuánto? -preguntó.

-No importa -dije-. Apuesta lo que quieras, porque si gano, gano; si pierdo, no pierdo nada porque no tengo nada. Estás jugando con un niño de siete años. ¿No te das cuenta? Yo no tengo nada.

Os extrañará saber que yo estaba desnudo. En ese pobre pueblo no estaba prohibido corretear desnudos, al menos para los niños de siete años. ¡No era un pueblo inglés!

Todavía me puedo ver desnudo, delante del astrólogo. Se había acercado todo el pueblo, y es­taban escuchando lo que conspirábamos él y yo.

El anciano dijo:

-De acuerdo, si yo me convierto en sannya­sin, en bikkhu -y me enseñó su reloj de oro de bolsillo engastado con diamantes-, te daré esto. ¿Y si pierdes tú, qué me das?

-Yo pierdo y ya está -le respondí-. No tengo nada; no tengo un reloj de pulsera de oro para darte. Sólo te daré las gracias.

Él se rió y se fue.

      No creo en la astrología. El noventa y nueve coma nueve por ciento es un disparate, pero el cero coma uno por ciento es la pura verdad. Un hombre de percepción, intuición y pureza puede entrever el futuro con seguridad, porque el futuro no es no-existencial, simplemente se oculta a nuestros ojos. Probablemente, lo úni­co que separa el presente del futuro es una fina cortina de pensamientos.

En India la novia se cubre el rostro con un ghoonghat. Esta palabra es difícil de traducir; sólo es una máscara. Se cubre el rostro con el sarí. De este mismo modo se oculta el futuro, simple­mente con un ghoonghat, con un fino velo.

     No creo en la astrología, es decir, en el noventa y nueve coma nueve por ciento. En el cero coma uno por ciento restante no necesito creer; es verdad. He visto cómo funciona. Ese viejo fue la primera prueba. Pero es extraño: podía ver mi futuro, por supuesto, muy vagamente y lleno de posibilidades, aunque no podía ver el suyo. No sólo eso, sino que estaba dispuesto a apostar conmigo cuando le dije que se convertiría en un bikkhu.

Yo tenía catorce años, y estaba viajando por Benarés con el padre de mi padre. Él iba en viaje de negocios y yo me había empeñado en acompañarle. Paré a un viejo bikkhu en la carre­tera entre Benarés y Sarnath y le dije:

-Viejo, ¿te acuerdas de mí?

-No te he visto antes -dijo-; ¿por qué me tengo que acordar?

-Probablemente tú no -le dije-, pero yo me tengo que acordar de ti. ¿Dónde está el reloj, e! reloj de oro con diamantes engastados?

     Yo soy el niño con e! que apostaste. Ha llegado el momento de pedírtelo. Yo afirmé que tú ibas a ser un bikkhu, y ahora lo eres. Dame el reloj.

Él se rió y se sacó del bolsillo el bello y viejo reloj; me lo dio con lágrimas en los ojos, y -lo podéis creer- se postró a mis pies.

     -No; no -exclamé-. Tú eres un bikkhu, un sannyasin, no te debes postrar a mis pies.

-Olvídate de eso -me dijo-. Has de­mostrado ser mejor astrólogo que yo; déjame que te toque los pies.

Le regalé ese reloj a mi primera sannyasin. El nombre de mi primera sannyasin es Ma Anand Madhu; una mujer, claro, porque eso es lo que yo quería. Nadie ha iniciado a sannyas a las mujeres como lo he hecho yo. No sólo eso, sino que quería que mi primer sannyasin fuera una mujer, simplemente para equilibrar y poner en orden las cosas.

Buda dudó antes de dar sannyas a las mujeres... ¡incluso Buda! De su vida, esto es lo único que se me ha clavado como una espina, nada más. Buda dudando... ¿Por qué? Tenía miedo de que las mujeres sannyasins distrajeran a sus seguidores. ¡Qué tontería! ¡Un buda temiendo por el negocio! ¡Deja que esos idiotas se distraigan si quieren!

Mahavira declaró que nadie podría alcanzar el nirvana, la liberación definitiva, en un cuerpo de mujer. Me tengo que retractar en nombre de todas estas personas. Mahoma nunca permitió que entrara a la mezquita ninguna mujer. Actualmente tampoco se admiten mujeres en las mezquitas; incluso en las sinagogas, las mujeres se sientan en la galería, separadas de los hombres.

Indira Gandhi me contaba que cuando fue a Israel y visitó Jerusalén no podía creer que la primera ministro de Israel y ella se tuvieran que sentar en la galería, mientras que todos los hombres estaban sentados abajo, en la planta principal. No podía comprender cómo siendo mujer la primera ministro de Israel no fuera admitida en la sinagoga propiamente dicha; sólo podían observar desde la galería. Esto no es respetuoso, es un insulto.

Tengo que disculparme en nombre de Mahoma, de Moisés, de Mahavira, de Buda, y también de Jesús, que no escogió ni a una sola mujer para ser uno de los doce apóstoles. Sin embargo, cuando murió en la cruz, no estaban ahí los doce idiotas. Sólo se quedaron tres mujeres: Magdalena, María y la hermana de Magdalena. Pero ninguna de estas tres mujeres había sido elegida por Jesús; no estaban entre los elegidos. Los elegidos habían huido. ¡Magnífico! Estaban intentando salvar su vida. En el momento que hubo peligro sólo acudieron las mujeres.

Tengo que pedir perdón al futuro en nombre de esta gente; y mi primera disculpa fue dar sannyas a una mujer. Os entretendrá saber cómo fue toda esta historia...

El marido de Anand Madhu, por supuesto, quería que le iniciara a él primero. Esto ocurrió en los Himalayas; yo tenía un retiro en Manali. Me negué diciéndole:

-Sólo puedes ser el segundo, no el primero -se enfadó tanto que abandonó el retiro en ese mismo momento. No sólo eso, sino que se convirtió en mi enemigo y se alió con Morarji Desai.

Más tarde, cuando Morarji Desai era primer ministro, este hombre le intentó convencer, de todas las formas posibles, para que me encarcelara. Claro que Morarji Desai no tenía el valor suficiente; cómo lo va a tener si bebe su propia orina. Es un tonto absoluto; perdón de nuevo, un idiota absoluto. «Tonto» sólo lo re­servo para Devageet; es privilegio suyo.

Anand Madhu sigue siendo sannyasin. Vive en los Himalayas, en silencio, sin hablar. Desde entonces, todo mi esfuerzo ha sido poner a las mujeres en primera fila lo más posible. A veces, hasta puedo parecer injusto con los hombres. No lo soy, sólo estoy poniendo las cosas en su sitio. Después de siglos de explotación de la mujer por el hombre no es una tarea fácil.

La primera mujer que amé fue mi suegra. Os sorprenderá: ¿estoy casado? No; no estoy casado. Esa mujer era la madre de Gudia, pero yo solía llamarle mi suegra, en broma. Me he vuelto a acordar después de muchos años. Solía llamarle suegra porque amaba a su hija. Esa es la vida anterior de Gudia. Y una vez más, era una mujer tremendamente poderosa, como mi abuela.

,Mi «suegra» era una mujer rara, especialmente en India. Abandonó a su marido, se fue a Pakistán y se casó con un musulmán aunque ella era brahmin. Sabía ser atrevida. Me gusta la cualidad del atrevimiento, porque cuanto más te atreves, más cerca estás de casa. Sólo se convierten en budas los temerarios, ¡acordaos de esto! Los calculadores podrán tener un buen saldo en su cuenta pero nunca serán budas.

Estoy agradecido al hombre que me anunció mi futuro cuando sólo tenía siete años. ¡Qué hombre! Haber esperado hasta que tuviese siete años para hacerme la carta astral, ¡qué paciencia! Y no sólo eso, sino que vino desde Benarés hasta mi pueblo. No había carreteras ni trenes, tuvo que cabalgar mucho tiempo.

Cuando me lo encontré en el camino a Sarnath y le dije que había ganado la apuesta, me dio su reloj inmediatamente diciendo:

-Te hubiera dado el mundo entero pero no tengo nada más. En realidad, tampoco de­bería tener este reloj, pero lo he conservado todos estos años para ti, sabiendo que ibas a venir cualquier día. Y cuando me convertí en un bikkhu no estaba Buda en mi mente, sino tú: un niño desnudo de siete años, anunciando el futuro de uno de los astrólogos más importantes del país. ¿Cómo lo hiciste?

-No lo sé -le dije-. Te miré a los ojos y vi que no estarías satisfecho con lo que te podía dar este mundo. Vi el descontento divino. Un hombre sólo se hace sannyasin cuando siente el descontento divino.

No sé si el viejo sigue vivo o no. No debe estarlo, porque si no me habría buscado hasta encontrarme.

Pero en la vida del pueblo, ese momento fue el más destacado. Todavía se habla de la fiesta. Recientemente vino una persona del pueblo y me dijo:

-Todavía hablamos de la fiesta que dio tu abuelo para el pueblo. Nunca, ni antes ni des­pués, ha sucedido algo parecido.

Disfrutaba viendo disfrutar a tanta gente. Disfruté del caballo blanco. A Gudia le habría encantado ese caballo. Solía mostrarme los caba­llos cuando nos los cruzábamos en la carretera.

-Date cuenta de lo hermosos que son esos caballos -decía.

He visto muchos caballos, pero ninguno como el caballo del viejo astrólogo. He visto muchos caballos hermosos aunque éste me sigue pareciendo el más bello. Tal vez a causa de mi niñez o seguramente porque no podía compa­rarlo con nada. Pero creedme, aunque fuese un niño, ese caballo era precioso. Era inmensamen­te poderoso, ¡debía tener ocho caballos de vapor!

Ésos fueron los días dorados. De nuevo, puedo ver todo lo que sucedió durante esos años pasar delante de mí como si fuese pelícu­la. Es increíble que me pudiese interesar...No..., Ashu está mirando su reloj. Es demasiado pronto para mirar el reloj. No seas como el Canada Dry, relájate. No seas tan seca. Has mirado tu reloj en un momento delicado, y no sabes lo que molesta. ¡No se trata precisamente de un plop!

¿Qué estaba diciendo...? Esos días fueron de oro. Puedo ver pasar delante de mí todo lo que sucedió durante esos nueve años como si fuese una película.

Bueno, ha vuelto la película, a pesar de Ashu y de su reloj.

Sí; fue una época de oro. De hecho, fue más que de oro porque mi abuelo no sólo me quería sino que le gustaba todo lo que hacía. Y yo hacía todo lo que se podría considerar una molestia.

Daba la lata continuamente. Él tenía que escuchar quejas de mí todo el día, pero siempre le hacían gracia. Esto es lo maravilloso y lo her­moso de este hombre. No me castigaba nunca. Ni siquiera me dijo jamás una sola palabra como «Haz esto» o «No hagas lo otro». Simple­mente me dejaba, me dejaba ser absolutamente yo mismo. Así es como, sin conocerlo, pude saborear el Tao.

Lao Tzu dice: «Tao es el camino del cauce. El agua simplemente fluye hacia abajo por donde la tierra se lo permite.» Así fueron mis primeros años. Se me permitió. Creo que cual­quier niño necesita esos años. Si le pudiéramos dar años así a todos los niños del mundo crearíamos un mundo de oro.

¡Esos días estaban llenos, repletos! Tantos acontecimientos, tantos incidentes que nunca le he contado a nadie...

Solía ir a nadar al lago. Naturalmente, mi abuelo tenía miedo. Mandó a un personaje raro para que me vigilase desde un barco. En ese pueblo primitivo no podían concebir lo que es un «barco». Ellos lo llaman dongi. No es más que un tronco de un árbol ahuecado. No es un barco corriente. Es redondo, y ése es el peligro: a menos que seas un experto, no po­drás remar con él. Se puede volcar en cualquier momento. Basta un pequeño desequilibrio, y te has ido para siempre. Es muy peligroso.

Aprendí a mantener el equilibrio remando un dongi. Esto ha sido lo que más me ha ayudado. Aprendí el «camino de en medio», porque tienes que estar exactamente en el medio: un poco a un lado o al otro, y ya te has ido. No puedes ni respirar, y tienes que permanecer en silencio absoluto; sólo así puedes remar un dongi.

He contado que el hombre que me escoltaba para rescatarme era raro. ¿Por qué? Porque se lla­maba Bhoora, que quiere decir «hombre blan­co». Era el único blanco de nuestro pueblo. No era europeo; pero casualmente no parecía indio. Parecía más un europeo aunque no lo fuese. Probablemente, su madre habría trabajado en un campamento de la Armada británica y se quedaría embarazada ahí. Por eso, nadie sabía su nombre, todos le llamaban Bhoora. Bhoora significa «el blanco». No es un nombre, pero se convirtió en su nombre. Era un hombre de aspecto impresionante. Empezó a trabajar con mi abuelo desde niño, y aunque fuese un criado se le trataba como a uno de la familia.

También he dicho que era raro porque, a pesar de que he conocido a mucha gente en el mundo, pocas veces te cruzas con una persona como Bhoora. Se podía confiar en él. Le podías contar cualquier cosa y él mantenía el secreto para siempre. Esto sólo lo supo mi familia tras la muerte de mi abuelo. Mi abuelo le había confiado a Bhoora todas las llaves, y todos los asuntos de la casa y las tierras. Poco después de llegar a Gadarwara mi familia le preguntó al criado más leal de mi abuelo:

-¿Dónde están las llaves? Él contestó:

     -Mi señor me ha dicho “nunca le des las llaves a nadie más que a mí”. Lo siento, pero a no ser que él mismo me lo pida, no os puedo dar las llaves.

     Y nunca les dio las llaves; por tanto, no sabemos qué escondían. Muchos años después, cuando vivía en Bombay, vino el hijo de Bhoora y me dio las llaves diciendo:

-Hemos estado esperando a que vinieses, pero no viniste. Hemos cuidado las tierras, nos hemos ocupado de las cosechas y hemos apar­tado todo el dinero.

Le devolví las llaves y le dije:

-Ahora es todo tuyo. La casa, los cultivos y el dinero te pertenecen, son tuyos. Siento no haberlo sabido antes, pero nadie quería volver y sentir el dolor.

¡Qué hombre! Aunque antes existían este tipo de personas. Poco a poco, van desapare­ciendo estas personas, y encuentras en su lugar a todo tipo de gente astuta. Estas personas son la sal de la tierra. He dicho que Bhoora era un hombre raro porque en un mundo de astutos, lo raro es ser sencillo. Es como ser un extraño, no ser de este mundo.

Mi abuelo tenía tantas tierras como se puedan desear, porque en aquellos días y en esa parte de India, la tierra era totalmente gratis. Bastaba con ir a la oficina del gobierno en la capital y pedir la tierra. Eso era suficiente, y te la daban. Teníamos setecientas hectáreas de cultivos de los que se ocupaba Bhoora.

Cuando mi abuelo enfermó, Bhoora dijo que no sería capaz de vivir sin él, porque se habían vuelto muy próximos. Cuando mi abuelo se estaba muriendo le trasladamos de Kuchwada a Gadarwara, porque en Kuchwada no había adelantos para cuidar de los enfermos. La casa de mi abuelo era la única casa del pueblo.

Cuando abandonamos Kuchwada, Bhoora le dio las llaves a sus hijos. De camino a Gadarwara murió mi abuelo, y del disgusto Bhoora no se despertó de su sueño; se murió esa misma noche. Mi abuela, mi padre y mi madre no quisieron volver a Kuchwada por la pena que nos iba a causar, ya que mi abuelo había sido un hombre muy hermoso.

El hijo de Bhoora tiene la misma edad que yo. Hace tan sólo unos años, mi hermano Ni­ldanka fue con Chaitanya Bharri para hacer unas fotos de la casa y del estanque.

Ahora piden un millón de rupias por la casa donde nací, sabiendo que alguno de mis discí­pulos desearía comprarla. ¡Un millón! Eso son cien mil dólares. ¿Y sabéis?, cuando se murió mi abuelo valía treinta rupias. Y ya era dema­siado. Nos habríamos quedado sorprendidos si alguien hubiese estado dispuesto a pagamos esa cantidad.

Era una zona muy primitiva del país. Precisamente porque era primitiva tenía algo que le falta actualmente al hombre en cualquier otro lugar. El hombre también necesita ser un poco primitivo, al menos, de vez en cuando. Un bosque, o mejor dicho una selva; un océano, un cielo lleno de estrellas.

El hombre no debería preocuparse única­mente de su cuenta bancaria. Eso es la cosa más horrible. ¡Quiere decir que el hombre está muerto! ¡Enterradlo! ¡Celebrad! ¡Quemadlo! ¡Bailad en su funeral! La cuenta del banco no es el hombre. El hombre, para poder ser un hombre, debe ser tan natural como los montes, los ríos, las rocas, las flores...

Mi abuelo no sólo me enseñó qué es la ino­cencia, es decir, la vida, sino que me enseñó lo que es la muerte. Se murió en mi regazo. Sobre esto hablaré más adelante.

 

 

Sesión 4

 

Os estaba contando el momento en que me encontré con el astrólogo que ahora se ha hecho sannyasin...

Yo tenía alrededor de catorce años en esa época, y estaba con mi otro abuelo, es decir, el padre de mi padre. Mi verdadero abuelo ya no vivía, se murió cuando yo no tenía más que siete años. El viejo bikkhu, el ex astrólogo, me preguntó:

-Yo soy astrólogo de profesión y lector afi­cionado de muchas cosas: de las líneas de la mano, de la cabeza, de los pies, y así sucesiva­mente. ¿Cómo te las has ingeniado para decir­me que me iba a convertir en un sannyasin? No se me había ocurrido antes. Tú pusiste la semi­lla, y desde entonces sólo he pensado en san­nyas, en nada más. ¿Cómo lo has conseguido?

Me encogí de hombros. Incluso ahora, si alguien me pregunta que cómo lo consigo, sólo me puedo encoger de hombros; yo no. hago nada, simplemente permito que las cosas sean. Uno tiene que aprender el arte de ir por delan­te de las cosas y de esa manera la gente se cree que estás dirigiendo; aparte de eso, no hay nin­guna manipulación, especialmente en el mun­do que me concierne.

-Sólo tuve que mirarte a los ojos -le dije al viejo- y vi tanta pureza que no podía creer que todavía no fueses sannyasin. Ya tenías que haberlo sido; ya era demasiado tarde.

En cierto sentido sannyas siempre es demasiado tarde, y en otro sentido siempre es demasiado pronto..., y las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Ahora le tocaba al viejo encogerse de hombros.

    Me desconciertas -dijo-. ¿Cómo han podido darte un indicio mis ojos?

-Si los ojos no te pueden dar un indicio -le respondí-, entonces la astrología no ten­dría ninguna posibilidad.

La palabra «astrología», desde luego, no está relacionada con los ojos, está relacionada con las estrellas. ¿Pero puede ver un ciego las estrellas? Necesitas ojos para ver las estrellas.

-La astrología no es la ciencia de las estrellas -le dije al viejo-, sino la ciencia de ver; de ver las estrellas incluso durante el día, a pleno sol.

A veces sucede..., cuando el maestro golpea al discípulo en la cabeza. Precisamente esta mañana, Ashu, ¿recuerdas cuando miraste el reloj y te di en la cabeza con una botella de soda Canada Dry? ¿Te acuerdas ahora? En aquel momento no te diste cuenta. Eso es lo que significa saber astrología. Ella lo ha saboreado esta mañana; no creo que vuelva a mirar su reloj otra vez.

Pero, por favor, vuélvelo a mirar repetidas veces para que te pueda dar una y otra vez. No era más que el principio. Si no, ¿cómo vas a te­ner una visión de tu interior? Perdóname, pero permíteme que te golpee siempre. Estaré listo para pedirte perdón, pero nunca para decir que no te lo vaya volver a hacer. De hecho, lo pri­mero sólo es una preparación para lo segundo, y un golpe más profundo.

Somos un grupo extraño. Yo soy un viejo judío. Hay un proverbio que dice: judío una vez, judío para siempre. Una vez fui judío, y conozco la verdad de ese proverbio. Sigo siendo un judío y aquí, sentado a mi derecha, hay un judío cien por cien, Devageet; ahí a mi lado, cerca de mis pies, está sentado Devaraj, judío en parte. Se puede ver por su nariz...; si no, ¿por qué iba a tener una nariz tan bella?

Y Gudia, si todavía sigue ahí, tampoco es inglesa. En algún otro momento debió ser judía. ¡Por primera vez, quiero anunciaros que ella no es otra sino María Magdalena! Ella amaba a Jesús, pero fracasó. Fue crucificado muy joven, y una mujer necesita tiempo y paciencia; él solo tenía treinta y tres años. Es la edad de jugar al fútbol, o si a los treinta y tres ya eres un poco mayor, entonces es la edad de ver partidos de fútbol.

Jesús murió demasiado pronto. La gente fue demasiado poco cruel con éL.., quiero decir demasiado cruel con él. No quería que fuesen crueles, por eso me he confundido. Gudia, esta vez no podrás fracasar, hagas lo que hagas y de cualquier modo que intentes escaparte. Yo no soy Jesús, al que crucificaron sin dificultad a los treinta y tres años. Y puedo tener mucha paciencia, incluso con una mujer, lo cual es difícil... Eso sí lo sé, difícil y, a veces, muy difícil. ¡Una mujer te puede llegar a dar dolor de cuello!

Nunca he tenido dolor de cuello, gracias a Dios, pero sé lo que es un dolor de espalda. Si el de espalda es tan terrible, ¡cómo será el de cuello! El cuello es el pináculo de la espalda. Pero a mí me da lo mismo que seas un dolor de cuello o de espalda, esta vez no puedes fallar. Si no me alcanzas esta vez, va a ser imposible que vuelvas a encontrar un hombre como yo.

Se puede encontrar a otro Jesús muy fácilmente; todos los días hay gente que se ilumina. Pero encontrar un hombre como yo, que ha viajado por miles de caminos, durante miles de vidas, y que ha recogido la fragancia de millones de flores como una abeja, eso va a ser difícil.

Si alguno no acierta conmigo tal vez no acierte nunca. Pero no voy a permitir que le suceda a mi gente. Conozco todas las maneras de abrirme camino a través de sus astucias, su insensibilidad, su ingenio. Y no me preocupa el mundo en general; sólo me preocupa mi gente, los que verdaderamente se están buscando.

Hoy mismo he recibido la traducción de un libro nuevo que están publicando en Alemania. No sé alemán, así que alguien me tuvo que traducir la parte que hablaba de mí. Nunca me he reído tanto con ningún chiste; sin embargo, no es un chiste, es un libro muy seno.

El autor dedica cincuenta y cinco páginas a demostrar que sólo estoy encendido pero no estoy iluminado. ¡Magnífico! ¡Francamente magnífico! Sólo estoy encendido, y no iluminado. Y os causará sorpresa saber que hace pocos días recibí otro libro de un idiota de la misma categoría, un profesor holandés. Los holandeses no distan mucho de los alemanes, pertenecen a la misma categoría.

Por cierto, os diré que Gurdjieff solía clasificar a las personas con arreglo a un cierto sistema. Había varias categorías de idiotas. Pues el alemán y el tipo holandés, cuyos nombres, por suerte, he olvidado, pertenecen a la primera categoría de tontos..., no; tontos no -eso lo reservo para Devageet, mi discípulo judío-, sino idiotas. El holandés idiota demostró, o intentó demostrar en una larga disertación, que yo sólo estaba encendido, pero no estaba iluminado. Pues, bien, estos dos idiotas deberían encon­trarse para pelear y atacarse mutuamente con sus argumentos y sus libros.

En cuanto a mí, dejadme que declare al mundo de una vez por todas: no estoy encendido ni estoy iluminado. Soy simplemente un hombre corriente, muy sencillo, sin adjetivos ni rangos. He quemado todos mis títulos.

Los idiotas siempre hacen la misma pregunta; da lo mismo. Esto es un milagro. Todo cambia entre India, Inglaterra, Canadá, América y Alemania, menos el idiota. El idiota es universal, igual en todas partes. Lo pruebes donde lo pruebes, siempre sabe igual. Probablemente, Buda estaría de acuerdo conmigo; después de todo dijo: prueba el Buda donde sea, y verás que es como el océano: lo pruebes donde lo pruebes, siempre sabe a sal. Quizá de la misma manera que todos los budas saben igual, los buddhus -que es el nombre indio para idiotas- también saben igual. Está bien que «buda» y «buddhu» vengan de la misma raíz, que sean casi la misma palabra, aunque sólo sea en las lenguas de India.

No me preocupa, en absoluto, que creáis que estoy iluminado o que no. ¿Qué más da? Pero a este hombre le preocupa tanto que dedi­ca cincuenta páginas de su librito a esta cues­tión: si estoy iluminado o no. Indudablemente, esto demuestra una cosa, que es un idiota de primera categoría.

Yo sólo soy yo mismo. ¿Por qué debería es­tar iluminado o encendido? ¡Y qué erudición! ¿Qué diferencia hay entre estar encendido o iluminado? ¿Quizá estés iluminado cuando hay electricidad, y cuando hay luz de vela sólo estés encendido? No sé cuál es la diferencia.

No soy ninguna de las dos cosas. Yo mismo soy luz, ni iluminado, ni encendido. Hace tiempo que esas palabras quedaron atrás. Las veo como si fuesen polvo que sigue removién­dose a lo lejos, en el camino que no volveré a recorrer, como huellas en la arena.

¿Por qué se preocupan tanto los presuntos profesores, filósofos y psicólogos de un pobre hombre como yo, al que ellos no le preocupan en absoluto? Yo vivo mi vida, y ejerzo mi liber­tad de vivida como quiera. ¿Por qué pierden el tiempo conmigo? Por favor, habría sido mejor que él hubiera vivido esas cincuenta y cinco páginas. ¡Cuántas horas y noches debe haber mal­gastado este pobre profesor! Mientras tanto, se podría haber encendido, o iluminado, al me­nos. Y el holandés, entretanto, podría haber lle­gado a estar iluminado, si no encendido. Am­bos habrían podido entender: ¿quién soy yo?

 

Después sólo hay silencio

Nada que decir

Quizá cantar una canción

O un baile

O simplemente preparar una taza de té

 y beberlo en silencio...

 

El aroma del té es mucho más importante que cualquier filosofía.

Recuerda, Ashu, por eso digo que la única cosa que merece la pena mencionar de Canadá es el Canada Dry, la soda. Realmente está deli­ciosa; a mí me encanta. Es la mejor soda del mundo. Ahora te estás riendo. Puedes mirar el reloj; no hace falta que lo escondas debajo de la manga, o que no lo traigas por si acaso lo miras sin querer. No me preocupa lo más mínimo qué hora es. Incluso cuando pregunto no me interesa realmente, sólo lo hago para consola­ras. Si no, yo seguiría y seguiría por mi cuenta. No soy un hombre de tiempo. Fijaos lo que me ha costado retomar el hilo.

      El padre de mi madre enfermó repentinamente. Pero no le tocaba morirse; no tenía más de cincuenta años, o tal vez menos, segura­mente era más joven que yo ahora. Mi abuela tenía cincuenta años, en la cúspide de su ju­ventud y belleza. Os asombrará saber que na­ció en Khajuraho, la ciudadela, la más antigua ciudadela de los tántricos. Me solía decir:

      -Cuando seas más mayor no te olvides de visitar Khajuraho.

No creo que los padres se lo aconsejen a sus hijos, pero mi abuela era especial, al conven­cerme para que visitara Khajuraho.

Khajuraho consta de miles de esculturas maravillosas, todas desnudas y copulando. Hay miles de templos: muchos de ellos no son más que ruinas, pero unos cuantos han sobrevivido, quizá fueron olvidados. Mahatma Gandhi quería sepultados bajo tierra porque las estatuas, las esculturas, son muy tentadoras. Y, sin embargo, mi abuela me tentaba para que fuera a Khajuraho. ¡Qué abuela me ha tocado tener! Ella misma era muy bella, como una estatua, muy griega en todos los sentidos.

Cuando Seema, la hija de Mukta, vino a verme, por un instante no lo podía creer porque mi abuela tenía exactamente la misma cara, el mismo tono de piel. Seema no parece europea, es más oscura, y tiene una cara y un tipo exactamente igual al de mi abuela. ¡Ay!, pensé, mi abuela está muerta; si no, me habría encantado que Seema la conociese. Y sabéis una cosa, incluso a los ochenta años seguía siendo hermosa, y esto es completamente imposible.

Al morir mi abuela, me fui de Bombay a toda prisa para verla. Estaba hermosa incluso en su muerte. No podía creer que estuviese muerta. Y de repente, todas las estatuas de Khajuraho cobraron vida en ella. Vi en su cuerpo unánime toda la filosofía de Khajuraho. Lo primero que hice después de verla fue vol­ver a Khajuraho. Era la única forma de rendirle homenaje. Ahora Khajuraho era aún más her­moso que antes porque la podía ver en todas partes, en cada estatua.

Khajuraho es incomparable. Hay miles de templos en el mundo pero ninguno como Khajuraho. Estoy intentando crear un Khaju­raho viviente en este ashram. No de estatuas de piedra, sino de gente de verdad capaces de amar, realmente vivos, tan vivos que resulte contagioso, que simplemente con tocarlos sea suficiente para que sientas una corriente, ¡un calambre!

Mi abuela me dio muchas cosas; una de las más importantes fue su insistencia en que fuera a Khajuraho. En aquella época, Khajuraho era totalmente desconocido pero me insistió tanto que tuve que ir. Ella era testaruda. Probable­mente he heredado de ella esa cualidad, o podríamos llamada des-cualidad.

Durante los últimos veinte años de su vida viajé por toda India. Cada vez que pasaba por el pueblo me decía: Escucha: no subas nunca a un tren que ya está en marcha, y no te bajes antes de que se haya detenido. Segundo, no discutas con nadie en el compartimento durante el viaje. Tercero, recuerda que estoy viva y esperando a que vuelvas a casa. ¿Por qué estás viajando por todo el país cuando yo te estoy esperando aquí para cuidarte? Necesitas cuidados, y nadie te puede cuidar mejor que yo.

Tuve que escuchar este consejo constantemente durante veinte años. Ahora le puedo decir:

-No te preocupes; por lo menos allí, en el otro mundo. Primero, ya no viajo en tren; en realidad no viajo, así que ya no se trata de bajar de un tren que aún no se ha detenido. En se­gundo lugar, Gudia me está cuidando todo lo bien que a ti te habría gustado. En tercer lugar, espérame ahora de la misma manera que me esperabas cuando estabas viva. Volveré pronto, volveré a casa.

La primera vez que fui a Khajuraho sólo fue porque mi abuela insistía, pero desde entonces he vuelto cientos de veces. No hay otro lugar en el mundo donde haya estado tantas veces. Por una sencilla razón: no puedes agotar la experiencia. Es inagotable. Cuanto más sabes, más quieres saber. Cada detalle de los templos de Khajuraho es un misterio. Deben haber pa­sado cientos de años y miles de artistas para crear cada templo. Y aparte de Khajuraho, no me he topado con nada que se pueda decir per­fecto, ni siquiera el Tal Mahal. El Tal Mahal tiene imperfecciones, y Khajuraho no tiene ninguna. Por otra parte, el Tal Mahal no es más que bella arquitectura; Khajuraho es toda la filosofía y psicología del Nuevo Hombre.

Cuando veo a todos esos desvestidos...; no puedo decir «desnudos», perdonadme. Desnudo es pornográfico; desvestido es un fenómeno totalmente distinto. En el diccionario tal vez quieran decir lo mismo, pero el diccionario no lo es todo; hay mucho más en la existencia. Las estatuas están desvestidas, pero no desnudas. Esas bellezas desvestidas..., tal vez el hombre lo pueda alcanzar algún día. Es un sueño, Khajuraho es un sueño. ¡Y Mahatma Gandhi quería enterrado bajo tierra para que las bellas estatuas no sedujesen a nadie! Estamos agradecidos a Rabindranath Tagore porque le impidió hacer una cosa semejante a Gandhi. Dijo:

     -Dejad que los templos sigan como están.. .

     Era un poeta y podía entender su misterio.

He ido a Khajuraho tantas veces que he perdido la cuenta. Siempre que podía me escapaba a Klhajuraho. Si no me encontraban en ningún sitio, mi familia en seguida decía que debía haber ido a Khajuraho, que me buscaran allí. Y siempre tenían razón. Tenía que sobornar a los guardias de los templos para que le dijesen a la gente que no estaba cuando estaba ahí. Esto es una confesión, porque es la única vez que he sobornado a nadie. Pero mereció la pena, no me arrepiento ni me siento culpable. De hecho, os vais a sorprender, ya sabéis lo peligroso que soy... El guarda que soborné se hizo sannyasin. Entonces, ¿quién sobornó a quién? Primero le soborné para que dijese que no estaba dentro; luego, poco a poco, se fue interesando cada vez más por mi persona. Me devolvió todos los sobornos que le había he­cho. Probablemente sea la única persona que me ha devuelto todos los sobornos que le he hecho. No podía conservados después de ha­cerse sannyasin

Khajuraho, el nombre en sí es como si repi­caran campanas de alegría dentro de mí, como si hubiera descendido del cielo a la tierra. Ver Khajuraho en una noche de luna llena es ver todo lo que vale la pena ser visto. Mi abuela nació allí; con razón era una mujer hermosa, valiente y también peligrosa. La belleza siempre es así, valiente y peligrosa. Ella se arriesga­ba. Mi madre no se le parece, y lo siento. No se puede encontrar ninguna prueba de mi abuela en mi madre. Nani era una mujer muy valien­te, y me ayudó a que me atreviera con todo, quiero decir todo.

     Si quería beber vino, ella me lo facilitaba.

Me decía:

     -A no ser que bebas por completo, no te podrás librar de ello. Y sé que es la manera de librarte de todo. Ella me conseguía todo lo que quisiese. Mi abuelo, su marido, siempre tenía miedo; era un ratón, como todos los maridos del mundo; un ratón precioso, un buen tipo, pero nada en comparación con ella. Cuando se murió en mi regazo, ella ni siquiera lloró.

-Se ha muerto. Tú le querías. ¿Por qué no lloras? -le pregunté.

-Por ti -respondió-. No quiero llorar delante de un niño (¡qué mujer!), no quiero consolarte. Si empiezo a llorar, entonces lo harás tú también; y después ¿quién va a consolar a quién?

Tengo que describir la situación... Íbamos en el carro de bueyes del pueblo de mi abuelo al pueblo de mi padre, porque allí estaba el único hospital. Mi abuelo estaba gravemente enfermo; no sólo enfermo, sino también inconsciente, casi en coma. Además de él, en el carro sólo estába­mos ella y yo. Entiendo cómo se compadecía de mí. Ni siquiera lloró cuando murió su querido marido, por mí, porque yo era la única persona que estaba allí, y quién iba a consolarme.

-No te preocupes -le dije-. Si puedes aguantarte las lágrimas, yo también me aguan­taré. Y, lo creáis o no, el niño de siete años se aguantó las lágrimas. Ella también se quedó perpleja.

-¿No vas a llorar? -preguntó.

-No quiero tener que consolarte le contesté.

En ese carro viajaba un grupo poco corrien­te. Bhoora, del que os he hablado esta mañana, era el que conducía. Sabía que su amo se había muerto, pero no quería mirar dentro del carro, ni siquiera en ese caso, porque no era más que un criado y no le correspondía interferir en los asuntos privados. Esto es lo que me dijo:

-La muerte es un asunto privado, ¿cómo voy a mirar? He oído todo desde el asiento del conductor. Quería echarme a llorar, le quería tanto. Me siento como un huérfano; pero no podía mirar dentro del carro, pues él no me perdonaría.

Un grupo poco corriente..., y Nana estaba en mi regazo. Era un niño de siete años con la muerte, no durante unos segundos nada más, sino durante veinticuatro horas, sin interrup­ción. No había carretera y era difícil llegar al pueblo de mi padre. Se avanzaba muy lenta­mente. Seguimos con el cuerpo muerto duran­te veinticuatro horas. No lloré porque no que­ría inquietar a mi abuela. Ella no podía llorar para no inquietar a ese niño de siete años que era yo. Era una verdadera mujer de acero.

Cuando llegamos al pueblo mi padre llamó al doctor, y ya os podéis imaginar: ¡mi abuela se rió!

-La gente educada sois todos estúpidos -dijo-. ¡Está muerto! No es necesario llamar a ningún médico. Por favor, quemadlo lo antes posible.

Todo el mundo se escandalizó por sus palabras menos yo, porque ya la conocía. Quería que el cuerpo se desvaneciese en los elementos. Ya era hora..., incluso tarde, como podéis comprender. -y yo no vuelvo a ese pueblo -añadió. Cuando dijo que ella no volvería a vivir en el pueblo significaba que yo tampoco volvería allí para verla. Pero nunca se quedó en la casa de la familia de mi padre; ella era diferente. Cuando empecé a vivir en el pueblo de mi pa­dre encontré una buena solución: pasaba todo el día con la familia de mi padre y las noches con mi abuela. Ella solía vivir sola en un pre­cioso bungaló. Era una casa pequeña pero muy             bonita.

Mi madre me solía preguntar:

-¿Por qué no te quedas nunca en casa por la noche?

-Imposible -le dije-. Tengo que ir a ver a mi abuela, especialmente por las noches, cuando se siente tan sola sin Nana, mi abuelo. Durante el día está bien, está ocupada y hay mucha gente alrededor, pero por la noche, sola en su cuarto, si no estuviese yo se echaría a llo­rar. ¡Tengo que estar ahí! -y me quedé ahí siempre, todas las noches, sin excepción.

Durante el día estaba en el colegio. Sólo por la mañana y por la tarde pasaba algunas horas con mi familia: mi madre, mi padre y mis tíos. Era una familia numerosa, pero siempre me sentí extraño, nunca me sentí parte de ella.

Mi familia era mi abuela, y me comprendía porque me había visto crecer desde muy pe­queño. Sabía de mí más de lo que podía saber cualquier otra persona, porque me permitía hacer todo..., todo.

En India, cuando llega el festival de las luces, mucha gente se aventura en el juego. Es un extraño ritual: se permite el juego durante tres días; después te pueden detener y castigarte.

Le dije a mi abuela:

-Quiero jugar.

-¿Cuánto dinero necesitas? -me preguntó.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Creía que me iba a decir: «Nada de juego.» Y, sin embargo, dijo: «¿Así que quieres jugar?» Me dio un billete de cien rupias y me dijo que fuera a jugármelo donde quisiese, porque sólo se aprende con la experiencia.

Me ha ayudado tremendamente de este modo. Una vez quise ir a una prostituta. Sólo tenía quince años y había oído decir que había venido una prostituta al pueblo. Mi abuela me preguntó:

-¿Sabes qué es una prostituta?

-No exactamente -le contesté. Entonces me dijo:

-Debes ir y ver pero, primero, sólo verle cantar y bailar.

     En India las prostitutas al principio cantan y bailan, ¡pero el canto y el baile eran de tan baja categoría y la mujer era tan fea que vomité! Volví a casa hacia la mitad, antes de que acabárase el canto y el baile, y antes de que empezase la prostitución.

-¿Por qué has vuelto a casa tan pronto? -me preguntó mi Nani.

-Por que era nauseabundo -le contesté. Sólo más tarde, cuando leí el libro de Jean­Paul Sartre La náusea entendí lo que me había ocurrido esa noche. Pero mi abuela me dejó ir a una prostituta. No recuerdo que me dije­ra nunca que no. Quería fumar, y ella me dijo:

     -Ten en cuenta una cosa: está bien que fu­mes, pero fuma siempre en casa.    -¿Por qué? -le pregunté.

     -Porque a los otros les puede molestar, así que fuma en casa. Yo te proporcionaré los ciga­rrillos.

     Ella siguió dándome cigarrillos hasta que yo le dije:

     -¡Basta! Ya no necesito más.

     Mi Nani estaba dispuesta a ir hasta donde fuera para que yo mismo pudiese experimen­tar. La forma de saber es cuando lo experimen­tas tú mismo, no cuando te lo cuentan los de­más. Es ahí donde los padres se vuelven nauseabundos: están dando órdenes constante­mente. Un niño es la reencarnación de Dios. Se le debería respetar, y se le debería dar la oportunidad de crecer y de ser, no de acuerdo a ti, sino a su propio potencial.

Si se me acaba el tiempo, no pasa nada. Si no se me acaba el tiempo, mejor. Ahora depen­de de ti, cuánto quieres prolongado. No eres el único judío, tenía en cuenta. Tú eres judío de nacimiento, yo soy judío de espíritu. Depende de ti.

 

SESIÓN 5

 

     Os estaba contando la muerte de mi Nana, de mi abuelo. Acabo de recor­dar que nunca tuvo que ir a un den­tista. ¡Qué hombre más afortunado! Murió con todos los dientes intactos. Fijaos a mÍ. Mien­tras me examinas los dientes te oigo decir que me falta uno. Probablemente, por eso sea tan duro: treinta y un dientes en lugar de treinta y dos. Quizá por eso ataco sin misericordia. Na­turalmente, aunque sólo me falta un diente, ¿qué otra cosa puedo hacer sino golpear sin misericordia, a diestra y a siniestra, sin mirar dónde pongo las manos?

Ése era mi comportamiento durante los pri­meros años cuando vivía con mi abuelo, y a pesar de todo estaba absolutamente protegido del castigo. Nunca me dijo: «Haz esto» o «No hagas aquello». Por el contrario, puso a mi ser­vicio a su criado más obediente, a Bhoora, para protegerme. Bhoora solía llevar consigo una pistola muy primitiva. Acostumbraba a seguir­me a cierta distancia, la necesaria para asustar a los aldeanos. Eso era suficiente para poder ha­cer lo que quería.

Todo lo que te puedas imaginar..., como montar al revés sobre un búfalo, con Bhoora siguiéndome de cerca. Sólo más tarde, en el museo de la universidad, vi la estatua de Lao Tzu sentado al revés sobre un búfalo. Me reí con tanta fuerza que el director del museo corrió hacia mí diciendo:

-¿Le ocurre algo?

Como estaba tirado en el suelo agarrándo­me el estómago siguió preguntando:

-¿Le duele algo?

-No, no me moleste -le respondí-, y no me haga reír más; si no, voy a empezar a llorar. Déjeme solo. No me ocurre nada. Sim­plemente, me he acordado de mi infancia. Así solía montar yo sobre el búfalo.

Nadie monta en búfalo en India, y particu­larmente, en mi pueblo. Los chinos son gente rara, y este Lao Tzu era el más raro de todos. Pero Dios sabe, sólo Dios sabe, cómo se me ocurrió la idea -yo tampoco lo sé- de ir sen­tado al revés sobre el búfalo en la calle. Supon­go que es porque siempre me ha gustado todo lo absurdo.

Si me fuesen concedidos esos primeros años otra vez estaría dispuesto a nacer de nuevo. Pero tú sabes, y yo también, que no se puede repetir nada. Por eso digo que estaría dispuesto a nacer otra vez; si no, ¿quién iba a quererlo? Aunque esos días estuviesen cargados de be­lleza.

Yo he nacido bajo una estrella equivocada. Lamento no haberle preguntado al astrólogo por qué era tan travieso. No puedo vivir sin ello, es lo que me nutre. Puedo entender al vie­jo, mi abuelo, y los problemas que le causaban mis travesuras. Todo el día sentado en su gaddi -es el nombre que se le da en India al asiento de un hombre rico- escuchando, cada vez menos, a sus clientes y cada vez más a los que venían a protestar. Pero les solía decir:

     -Pagaré por todos los daños que haga, pero recuerden que no le voy a castigar.

     Tal vez por toda la paciencia que tuvo conmigo, un niño revoltoso... ni siquiera yo lo podría soportar. Si me dieran un niño así, y durante varios años... ¡Dios mío! A los pocos instantes lo habría echado a la calle para siempre. Tal vez esos años fuesen como un milagro para mi abuelo, por la inmensa paciencia que tuvo. Se volvió cada vez más silencioso. Vi cómo aumentaba día a día. De vez en cuando le decía:           -Nana, me puedes castigar. No tienes que ser tan tolerante.

     Y, ¿podéis creer que lloraba? Con lágrimas en los ojos me decía:

     -¿Castigarte? No puedo hacerlo. Puedo castigarme a mí mismo pero no a ti. Nunca, ni por un solo instante, he visto en sus ojos una sombra de enfado hacia mí; y creedme, armaba tanto lío como mil niños. Estaba haciendo travesuras desde por la mañana, antes de desayunar, hasta tarde por la noche. A veces volvía a casa muy tarde: a las tres de la mañana. Pero ¡era un gran hombre! Nunca me dijo:

     -Es muy tarde. No son horas de venir a casa para un niño.

No; ni una sola vez. De hecho, cuando esta­ba delante de mí evitaba mirar el reloj que ha­bía en la pared.

Así es cómo aprendí religiosidad. Nunca me llevaba al templo que solía ir. Yo también iba a menudo al templo, pero sólo cuando es­taba cerrado, para robar los caireles, porque el templo estaba lleno de candelabros con caireles preciosos. Creo que, poco a poco, robé la ma­yor parte de ellos. Cuando mi abuelo se enteró de esto dijo:

-¡Qué más da! He donado los candelabros y puedo donar más. No está robando, porque pertenece a su abuelo. Yo he construido el templo.

     El cura dejó de protestar. ¿En definitiva, para qué? Sólo era un sirviente de Nana.

     Nana solía ir al templo todas las mañanas;

            sin embargo, nunca dijo:

     -Ven conmigo.

Jamás me inculcó nada. Eso es maravilloso..., no adoctrinar. Forzar a un niño indefenso a seguir tus creencias es muy humano. Pero él no cayó en la tentación; sí; yo lo llamo la ma­yor tentación. En cuanto ves que alguien de­pende de ti de una u otra manera, empiezas a inculcarle tus creencias. Ni siquiera me dijo:

-Eres un jainista.

     Lo recuerdo perfectamente, era cuando se estaba elaborando el censo. El funcionario vino a nuestra casa. Hizo preguntas sobre muchas cosas. Preguntaron por la religión de mi abue­lo; él dijo:

-Jainismo.

Luego le preguntaron por la religión de mi abuela. Mi Nana dijo:

-Le pueden preguntar ustedes mismos. La religión es un asunto privado. Yo nunca se lo he preguntado.

       ¡Qué hombre! Mi abuela les contestó:

-Yo no creo en ninguna religión, sea la que sea. Todas las religiones me parecen infantiles.

El funcionario se sorprendió. Hasta yo me quedé desconcertado. ¡No cree en ninguna religión en absoluto! Es imposible encontrar, en India, una mujer que no tenga ninguna reli­gión. Pero ella había nacido en Khajuraho, probablemente en una familia de tántricos que nunca han tenido una religión. Practican la meditación pero no creen en ninguna religión.

Esto le parece ilógico a la mente occidental: ¿meditación sin religión? Sí...; en efecto, si crees en una religión no puedes meditar. La religión es una interferencia en la meditación. La medi­tación no necesita un Dios, un cielo, un infier­no, el miedo al castigo y la fascinación del pla­cer. La meditación no tiene nada que ver con la mente; la meditación está más allá de la mente, mientras que la religión sólo es mente, está dentro de la mente.

Sé que Nani no iba nunca al templo, pero me enseñó un mantra que voy a dar a conocer por primera vez. Es un mantra jainista, aunque no tiene nada que ver con los jainistas como tales. Es puramente accidental que esté relacio­nado con el jainismo.

 

Namo arihantanam namo namo Namo siddhanam namo namo Namo uvajjhayanam namo namo Namo ¡oye savva sahunam namo namo

 

Aeso panch nammukaro Om, shantih, shantih, shantih...

 

Este mantra es muy bello. Va a ser difícil traducido, pero lo haré lo mejor que pueda..., o lo peor. Escuchad primero el mantra en su belleza original:

 

Namo arihantanam namo namo Namo siddhanam namo namo Namo uvajjhayanam namo namo Namo loye savva sahunam namo namo Aeso panch nammukaro Savva pavappanasano Mangalam cha savvesam padhamam havai mangalam Arihante saranam pavajjhami Siddhe saranam pavajjhami Sahu saranam pavajjhami Namo arihantanam namo namo Namo siddhanam namo namo

Namo uvajjhayanam namo namo

Om shantih, shantih, shantih...

Ahora lo intentaré traducir: «Vaya los pies de, me inclino ante, los arihantas...» Arihanta es el nombre que da el jainismo, igual que bod­hisattva en el budismo, a aquel que ha encon­trado la verdad y no le preocupan los demás. Ha llegado a casa y ha vuelto las espaldas al mundo. No crea una religión, ni siquiera predi­ca ni manifiesta. Por supuesto, tiene que ser el primero en ser recordado. El primer recuerdo es para aquellos que han conocido y han per­manecido en silencio. Lo primero que se respe­ta no son las palabras, sino el silencio. No el servir a los demás, sino la completa realización de tu propio ser. No tiene importancia si uno sirve a los demás o no; eso es secundario, no es lo principal. Lo principal es que uno ha realiza­do su propio ser y, en este mundo, es muy difí­cil conocerte a ti mismo.

Precisamente esta mañana le he dado a Gudia una pegatina de California para el coche que dice: «¡Advertencia! Freno por alucinacio­nes.» Esto debería estar en todos los coches, y no sólo en los coches sino en las nalgas de todo el mundo. La vida de la gente se basa en aluci­naciones; en eso consiste su vida, en una alucinación. Frenan porque ven fantasmas que no existen, ¿tal vez el Espíritu Santo? ¿Pero qué importa que el espíritu sea santo o no? Lo único que Importa es que no existe.

¡Y qué estupidez! ¡Colocar a un espíritu san­to en la trinidad cristiana es el colmo de la es­tupidez: Dios, el Hijo ¡y el Espíritu Santo! Para evitar poner a la mujer tuvieron que colocar ahí a un espíritu santo. ¡Qué poco religioso! ¿Os dais cuenta de la trampa? No podían po­ner a la madre; han borrado a la madre y han colocado al Espíritu Santo. Ese Espíritu Santo ha destrozado el cristianismo, porque desde el principio, desde los mismos cimientos, está ba­sado en mentiras, en alucinaciones.

Se puede perdonar a los californianos -son todos unos californianos- pero no se puede perdonar a los cristianos por haber introducido en la trinidad a este tío repugnante, el Espíritu Santo. ¡Además, este Espíritu Santo cometió el impío acto de dejar embarazada a la pobre María! ¿Quién creéis que dejó embarazada a María, la mujer del pobre carpintero? ¡Pues el Espíritu Santo! ¡Maravilloso! ¡Enorme santidad! ¿En qué consiste entonces la no-santidad?

Una cosa es cierta, que el cristianismo ha estado intentando obviar completamente a la mujer, borrarla del todo. Han creado incluso una familia. Si un niño hiciese un dibujo de una familia -el Padre, el Hijo y el Espíritu San­to- dirías: «¿Qué es este disparate? ¿Y dónde está la madre?»

¿Sin una madre cómo puede haber un pa­dre? ¿Sin una madre cómo puede haber un hijo? Hasta un niño entiende esta lógica, pero el teólogo cristiano no. No es un niño, sino un retrasado mental. Tiene el cerebro averiado. Especialmente el lado izquierdo del cerebro, o está vacío o esta lleno de basura -probable­mente de basura teológica, la Biblia-, en po­cas palabras, el Espíritu Santo.

Yo estoy en contra de ese tipo. Lo diré lo más claro que pueda: si me lo cruzo...; quiero que se­páis que aunque no soy un hombre violento, si me encuentro con ese tipo, con el Espíritu San­to, le mataré. Me diré a mí mismo: «¡Al diablo con la no-violencia, al menos de momento; mata a este individuo! Después ya veremos. Po­demos volver a ser no-violentos otra vez.» Yo, en su lugar, colocaría a una mujer. El cristianismo volvería en sí inmediatamente.

Otra pegatina para el coche que le regalé a Gudia dice: «El mejor hombre para este traba­jo probablemente sea una mujer.» No proba­blemente, sino seguro...; una mujer puede ha­cer la tarea de ser el tercer socio de la santa sociedad. Sin una mujer es un desierto absolu­to: el Padre, el Hijo ¡y el Espíritu Santo!

Los jainistas denominan arihanta a la per­sona que se ha realizado, y que está tan inunda­da, tan ebria de la beatitud de su realización que se ha olvidado del resto de! mundo. La palabra arihanta significa literalmente «aquel que ha dado muerte al enemigo»; y el enemigo es el ego. La primera parte del mantra quiere decir: «Me postro a los pies del que se ha reali­zado.»

La segunda parte es: Namo siddhanam namo namo. Este mantra está en pracrit, no en sánscrito. El pracrit es la lengua de los jainistas; es más antigua que el sánscrito. La misma pala­bra «sánscrito» quiere decir refinado. Podéis suponer por la palabra «refinado» que debe ha­ber existido algo anteriormente; si no, ¿de quémanera vas a refinar algo? «Pracrit» quiere decir inculto, natural, en bruto, y los jainistas están en lo cierto cuando dicen que su idioma es el más antiguo de la tierra. Su religión también es la más antigua.

El texto hindú Rigveda menciona al primer maestro de los jainistas: Adinatha. Sin lugar a dudas, esto significa que es mucho más anti­guo que el Rigveda. El Rigveda es el libro más antiguo de la tierra, y habla con tanto respeto del jainista tirthankara Adinatha, que, obvia­mente, no puede haber sido contemporáneo de las personas que escribieron el Rigveda.

Es muy difícil reconocer a un maestro con­temporáneo. Su destino es que le condenen, que le condenen en todas partes, de todas las formas posibles. No se le respeta, no es una persona respetable. Cuesta mucho tiempo, mi­les de años, que la gente le perdone; sólo en­tonces empezarán a respetarle. Cuando están libres de culpa por haberle condenado en una ocasión empezarán a respetarle, a venerarle.

El mantra está en pracrit, inculto y sin refi­nar. El segundo verso dice: Namo siddhanam namo namo, «Me postro a los pies del que se ha convertido en su ser». Así pues, ¿qué diferencia hay entre el primero y el segundo?

El arihanta nunca mira hacia atrás, no le preocupan los cultos, ya sea cristiano o de otro tipo. El siddha extiende, de vez en cuando, la mano a la humanidad que se está ahogando, pero sólo de vez en cuando, no siempre. No es por necesidad ni por obligación, es su propia elección; tal vez lo haga o tal vez no.

De ahí el tercero: Namo uvaJjhayanam namo namo... «Me postro a los pies de los maes­tros, los uvajjhaya.» Éstos han alcanzado lo mismo pero se vuelven hacia el mundo, sirven al mundo. Están en el mundo sin ser parte del mundo..., aunque siguen en él.

El cuarto: Namo ¡oye savva sahunam namo namo... «Me postro a los pies de los profeso­res.» Ya sabéis la diferencia sutil que hay entre maestro y profesor. El maestro ha conocido e imparte lo que ha conocido. El profesor ha recibido de alguien que ha conocido, y lo transmite intacto al mundo, pero él no ha co­nocido.

Los que compusieron este mantra son per­sonas verdaderamente bellas; incluso se pos­tran a los pies de aquellos que aún no se han conocido a sí mismos, pero que al menos lle­van el mensaje de los maestros a las masas.

La quinta es una de las frases más trascen­dentales que me he encontrado en mi vida. Es curioso que me la diera mi abuela cuando era un niño pequeño. Cuando la haya explicado, también vosotros veréis la belleza que hay en ella. Sólo ella podía ser capaz de dármela. No conozco a nadie más que tenga las agallas de declararlo realmente, aunque los jainistas lo re­piten en sus templos. Pero una cosa es repetir y otra cosa totalmente distinta es comunicárselo a la persona que amas.

«Me postro a los pies de aquellos que se han conocido» sin distinciones, sean hinduistas, jainistas, budistas, cristianos o musulmanes. El mantra dice: «Me postro a los pies de todos aquellos que se han conocido a sí mismos.» Que yo sepa, es el único mantra que no es, en absoluto, sectario.

Las otras cuatro partes no difieren de la quinta, están contenidas en ella, pero ésta tiene una amplitud que las otras no tienen. El quin­to verso debería estar escrito en todos los tem­plos, en todas las iglesias, independientemente de a quién pertenezcan, porque dice: «Me pos­tro a los pies de todos aquellos que lo han co­nocido.» No dice «los que han conocido a Dios». Incluso se puede suprimir «lo»: yo estoy añadiendo «lo» al traducirlo. En original signi­fica simplemente «postrándose a los pies de los que han conocido»; sin «lo». Yo estoy añadien­do el «lo» para satisfacer los requisitos de vues­tro idioma; si no, no hay duda que alguien pre­guntará: «¿Conocido? ¿Qué es lo conocido? ¿Cuál es el objeto de conocimiento?» No hay ningún objeto de conocimiento; no hay nada que conocer, sólo el conocedor.

Este mantra es la única cosa religiosa, si se puede llamar religiosa, que mi abuela me dio, y en esto tampoco fue mi abuelo sino mi abue­la..., porque una noche se lo pregunté:

-Estás despierto. ¿No puedes dormir? ¿Es­tás preparando alguna travesura para mañana? -me dijo una noche.

-No -le respondí-, pero de algún modo, me está rondando una pregunta. Todo el mundo tiene una religión, y cuando la gente me pregunta «¿A qué religión perteneces?» me encojo de hombros. Pero, desde luego, encogerse de hombros no es una religión; por eso te pregunto, ¿qué debería decirles?

Ella contestó:

     -Yo misma no pertenezco a ninguna religión, pero adoro este mantra, y es todo lo que te puedo dar; no porque sea tradicionalmente jainista, sino porque he conocido su hermosu­ra. Lo he repetido millones de veces y siempre me ha dado una inmensa paz..., como la sensa­ción de postrarte a los pies de todos aquellos que han conocido. Te puedo dar este mantra; es todo lo que puedo hacer.

Ahora puedo decir que esa mujer era real­mente especial, porque en lo que a religión se refiere, todos mienten: los cristianos, los judíos, los jainistas y los musulmanes; todos mienten. Todos hablan de Dios, del cielo y el infierno, de ángeles y toda clase de bobadas, sin tener ni idea. Ella era una gran mujer, no porque supie­se, sino porque era incapaz de mentirle a un niño. Nadie debería mentir, por lo menos a un niño; eso es imperdonable.

Durante siglos se ha explotado a los niños porque están deseando confiar: Les puedes mentir muy fácilmente, y ellos confían en ti. Si eres un padre o una madre, creerán que tienes que ser sincero. Así es como la humanidad vive en la corrupción, en un lodo espeso, muy res­baladizo, un lodo espeso de todas las mentiras dichas a los niños durante siglos.

Si pudiésemos hacer una cosa, sólo una cosa: no mentir a los niños y confesarles nues­tra ignorancia, entonces seríamos religiosos, y les pondríamos en la senda de la religión, Los niños son pura inocencia; no les deis vuestro, así llamado, conocimiento. Pero antes, voso­tros mismos tenéis que ser inocentes, sinceros y auténticos, incluso si os destroza el ego; y lo va a hacer. Inevitablemente, se hará añicos.

Mi abuelo nunca me pidió que fuera al templo, pero yo le seguía. A menudo iba detrás de él, pero él decía:

     -Márchate. Si quieres ir al templo, vete solo. No me sigas.

No era un hombre severo, pero era absolu­tamente inflexible en esta cuestión. Una y otra vez le pedí:

       -¿Me puedes transmitir algo de tu experiencia?

     Pero él siempre eludía la pregunta.

     Se estaba muriendo en mi regazo, en el carro de bueyes, cuando abrió los ojos y preguntó:

     ¿Qué hora es?

     -Debe ser cerca de las nueve -le contesté.

Permaneció callado un instante y luego dijo:

“Namo arihantanam namo namo Namo siddhanam namo namo Namo uvajjhayanam namo namo Namo loye savva sahunam namo namo Om, shantih, shantih, shantih..”

¿Qué significa? Significa «Om»: el sonido esencial del silencio. Y desapareció como una gota de rocío con los primeros rayos de sol.

Sólo hay paz, paz, paz..., me estoy adentrando en ella ahora mismo...

Namo arihantanam namo namo Me postro a los pies de los que han conocido. Me postro a los pies de los que han alcanzado. Me postro a los pies de todos los maestros. Me postro a los pies de todos los profesores. Me postro a los pies de todos aquellos que han conocido, Incondicionalmente. Om, shantih, shantih, shantih.

 

Sesión 6

 

     De acuerdo, estoy un poco triste por­que Ashu está triste, y este Arca de Noé tiene tan pocos miembros, que si está triste una persona cambia toda la atmósfera. Es porque se ha ido su novio y quizá no vuelva. Os acordáis que hace unos días le pregunté: -¿Dónde está tu novio, Ashu? y ella me contestó alegremente: -Volverá pronto.

     Probablemente, ella no sabía por qué se lo estaba preguntando en ese momento. Nunca pregunto nada sin alguna intención. Quizá no sea tan evidente en el momento que hago la pregunta, pero siempre está ahí. Hay una ex­plicación para todos mis actos absurdos. En toda mi locura hay una nota de absoluta cordura.

Se lo pregunté porque sabía que dentro de poco estaría triste. Alégrate, no te preocupes. Conozco a tu novio mejor que tú.

Lo conseguirá. Yo me ocuparé. Pero no es­tés triste en esta pequeña Arca de Noé. ¡Ah! Te estás riendo; menos mal. Siempre es bueno se­pararse un poco del amante; esto hace que tu deseo sea mayor. Hace que te olvides de todas las estupideces que ocurrían, de los conflictos. De repente, sólo te acuerdas de la belleza. Las separaciones cortas traen consigo nuevas lunas de miel. Así que espera a la luna de miel. Mis discípulos siempre encuentran un camino ha­cia mí, una manera de estar a mi lado. Buscan un camino. Él encontrará un camino hacia mí.

Pero, desgraciadamente, la palabra «triste» me recuerda de nuevo a ese alemán, Achim Seid. Dios mío, no pensaba volver a mencionarle en mi vida, y por culpa de tu tristeza está aquí otra vez... ¡Mira lo que has hecho! De modo que no estés triste; de lo contrario, apa­recen personajes como éste.

Estaba intentando encontrar en su libro qué es lo que él cree que está mal en mí, para decir que no estoy iluminado. No quiero decir que lo esté; sólo quiero saber por qué siente que no estoy iluminado sino solamente encendido. Quise saber, por curiosidad, qué le había lleva­do a esa conclusión. Y descubrí algo realmente divertido. Dice que estoy encendido porque lo que digo es de gran importancia para la humanidad: ain embargo, no estoy iluminado por «la forma de decirlo».

Eso sí que me hizo gracia, me río pocas veces y siempre cuando estoy en el cuarto de baño. Sólo lo sabe mi espejo. La belleza del espejo es que no carga con memorias. Me hace gracia porque parece que este hombre ha conocido a muchos iluminados, y encuentra que mi forma de decir las cosas no es igual que la de los demás. Me gustaría usar una expresión americana: ese hijo de puta tiene estreñimiento intelectual. Tiene que empezar a vaciarse; quiero decir que ¡tiene que comer ciruelas!

Lo digo con autoridad -con mi propia autoridad, por supuesto- : si Bodhidharma hubiese conocido esta expresión, le habría dicho al emperador Wu de China: «¡Hijo de puta! ¡Vete al diablo y déjame en paz!» Pero en aquellos tiempos todavía no existía esta expresión americana. No porque no existiese América; esto, una vez más, es un mito europeo. ¿Colón descubrió América? ¡Bobadas! Ya la habían descubierto muchas veces pero siempre se ocultó.

Os recuerdo que México viene del término sánscrito makshika, y en México se pueden encontrar miles de pruebas de que existió el hinduismo mucho antes que Jesucristo, ¡para qué vamos a hablar de Colón! En realidad, América y sobre todo Suramérica, formaba parte de un gran continente en el que se encontraba también África. India estaba exactamente en el medio, África abajo y América arriba. Sólo esta­ban separados por un mar muy poco profun­do; ¡se podía cruzar andando! Se hace referencia en algunas escrituras hindúes antiguas; dicen que la gente podía pasar andando de Asia a América. Incluso se casaban. Arjuna, el famoso guerrero de la epopeya hindú Mahabharata, y famoso discípulo de Krisna, estaba casado con una muchacha mexicana. Por supuesto, llamaban Makshika a México, pero la descripción es exactamente la de México.

En México hay estatuas de Ganesh, el dios elefante hindú. ¡Sería imposible encontrar una estatua del dios elefante en Inglaterra! Sería imposible encontrarla en ningún lugar, a menos que ese país hubiese entrado en contacto con el hinduismo. En Bali sí, o en Sumatra o en México; pero en ningún otro lugar, a menos que haya estado allí el hinduismo. Más aún, en algunos templos mexicanos hay inscripciones en sánscrito antiguo. Os lo cuento de paso..., pero si queréis saber más os tendréis que infor­mar en el trabajo del monje Bhikkhu Chaman­lal, en su libro La América hindú. Me parece extraño que nadie preste atención a su trabajo. Los cristianos, por supuesto, no le pueden prestar atención, pero los eruditos deberían ser imparciales.

El hombre alemán y su colega, el psicólogo holandés, que escribieron que estaba encendido pero no iluminado, tendrían que reunirse para discutir este asunto y llegar a una conclusión, y después me deberían informar; porque no soy ninguna de las dos cosas. Están muy preocupa­dos con las palabras: ¿«iluminado» o «encendi­do»? Además, los dos utilizan las mismas razo­nes para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. El holandés escribió el libro un poco antes que el alemán, que parece que le ha roba­do el tema al holandés. Pero así es como se comportan los catedráticos; se roban los argu­mentos unos a otros, exactamente los mismos argumentos..., que no hablo como un hombre iluminado o como un hombre encendido.

¿Quiénes son ellos para decidir cómo debe hablar un hombre iluminado o encendido? ¿Han conocido a Bodhidharma? ¿Han visto su foto? Llegarían inmediatamente a la conclu­sión que un iluminado o encendido no puede tener ese aspecto. ¡Tiene un aspecto feroz! Sus ojos son como los de un león en la selva y te mira de tal manera que parece que va a saltar de la foto y te va a matar instantáneamente. ¡Él era así! Pero olvídate de Bodhidharma, porque ya han pasado catorce siglos...

Yo conocí a Bodhidharma personalmente. Viajé con él durante tres meses, por lo menos. Me quería como le quería yo a él. Tendréis cu­riosidad de saber por qué me amaba. Porque no le hacía ninguna pregunta. Una vez me co­mentó:

-Es la primera vez que me encuentro a al­guien que no me hace preguntas; las preguntas me aburren. Eres el único que no me aburre.

-Hay una razón -le dije.

-¿Cuál? -preguntó.

     -Yo sólo contesto, nunca pregunto -res­pondí. Si tienes alguna pregunta me la puedes hacer. Si no tienes preguntas, cierra la boca.

Los dos nos reímos porque pertenecemos a la misma categoría de locos. Me pidió que si­guiera el viaje con él, pero le dije:

-Lo siento, pero tengo que seguir mi pro­pio camino, y en este punto se separa del tuyo.

Él no daba crédito. Era la primera vez que invitaba a alguien. Este hombre había rechaza­do incluso al emperador Wu como si fuese un mendigo; y era el mayor emperador de su épo­ca, tenía el imperio más grande. Bodhidharma no podía creer lo que estaba viendo, que yo re­chazara su oferta.

-Ahora sabes qué es sentirse rechazado -le dije-. Quería que lo experimentases. -pero eso fue hace catorce siglos.

Le podría recordar al alemán otras versiones posteriores... como Gurdjieff, que estaba vivo hace tan sólo unos años. Tenía que haber visto a Gurdjieff para saber cómo se comporta y ha­bla una persona que está iluminada o encendi­da. No hay ni una sola palabra que no haya usado Gurdjieff; y por supuesto, son palabras que no se escriben en sus libros; si no, no los habría querido publicar nadie.

Lo único que le interesa es la iluminación hindú, que parece ser la nota dominante en es­tos idiotas...; no sé qué tendrá que ver India con todo esto. La iluminación ha sucedido en todas partes. Si sólo le interesa la iluminación hindú, en ese caso, Ramakrishna sería el más cercano. Sus palabras no han sido transcritas correctamente, porque era un campesino y ha­blaba como tal. Se han eliminado todas las pa­labras que la gente piensa que no debe usar un iluminado. He recorrido Bengala preguntándo­le a la gente que aún vive cómo solía hablar Ramakrishna. Todos me contestaron que hablaba fatal. Solía hablar como hablan los hombres: fuerte, sin miedo, sin ninguna sofisticación.

Siempre he hablado de la manera que a mí me gusta. No soy esclavo de nadie y no me im­porta lo que piensen de mí esos idiotas. Allá ellos: pueden pensar que estoy iluminado; pue­den pensar que estoy encendido; pueden pen­sar que soy un ignorante. Que piensen lo que quieran; es su mente. Pueden escribir; hay pa­pel y tinta. ¿Por qué he de preocuparme?

Ashu, por cierto, como estabas triste has hecho aparecer al idiota este. No vuelvas a estar triste porque si lo estás, tendré que sacar a relu­cir al idiota, y ya sabes que puedo traer lo que sea de donde sea, incluso de ninguna parte.

Bueno, hemos terminado con la tristeza ale­mana, ¿verdad? Ríete un poco, por lo menos..., ¡bien! Sí; lo entiendes. Si te ríes cuando estás triste tiene otro color, pero es natural. Mis san­nyasins deben aprender a estar un poco por en­cima de la naturaleza. Tienen que aprender co­sas que no le importan a nadie en el mundo corriente. La separación tiene su propia belle­za, como la tiene el encuentro. No creo que haya nada malo en separarse. La separación tie­ne su propia poesía; sólo hay que aprender su lenguaje, hay que vivirla en toda su profundi­dad. De la misma tristeza surgirá más tarde un nuevo tipo de alegría..., parece casi imposible, pero sucede. Yo la he conocido. Esta mañana he estado hablando de eso. He hablado de la muerte de mi Nana.

Fue una separación total. No nos volvere­mos a ver pero había algo hermoso en ello, y se volvió más hermoso al repetir el mantra. Fue como una oración..., tenía un sabor dulce. Él era viejo y se estaba muriendo, probablemente de un fuerte ataque al corazón. No lo sabíamos porque en el pueblo no había médico, ni farmacéutico ni medicinas. Por eso no pudimos saber cuál fue la causa de su muerte, aunque creo que fue un grave ataque al corazón.

Le pregunté al oído:

-¿Nana, hay algo que me quieras decir an­tes de irte? ¿Las últimas palabras? ¿Me quieres dar algo para que te recuerde para siempre?

Se quitó el anillo y me lo puso en la mano. Actualmente, lo tiene algún sannyasin; se lo re­galé a alguien. Pero ese anillo siempre ha sido un misterio. Durante toda la vida no le permitió ver a nadie lo que había en su interior, pero él solía mirar de vez en cuando. El anillo tenía cris­tal a ambos lados, de modo que se podía mirar a través. En la parte superior había un diamante, y a cada lado había una ventanita de cristal.

Nunca le dejó saber a nadie lo que veía a través del cristal. En su interior había una esta­tua de Mahavira, el tirthankara jainista; una fi­gura muy hermosa y muy pequeña. Probable­mente, se trataba de un pequeño retrato de Mahavira, y los dos cristales actuaban como lu­pas Lo ampliaban y parecía enorme. De poco me sirvió, siento decirlo, porque aunque lo he intentado, nunca he conseguido amar a Mahavira tanto como a Buda, aunque fuesen con­temporáneos.

Mahavira carece de algo y, a falta de eso, mi corazón no puede latir por él. Parece una esta­tua de piedra. Buda parece más vivo, aunque no llega a mi modelo de vivacidad, por eso también quiero que se convierta en un Zorba. Si nos encontramos en el otro mundo tendre­mos problemas. Me gritará: -¡Querías que me convirtiera en un Zorba!

Pero ya sabéis que yo grito más fuerte. No me podrá callar; me saldré con la mía. Si no quiere convertirse en un Zorba es asunto suyo, pero entonces se acabará su mundo; no tendrá futuro. Si quiere tener futuro me ten­drá que escuchar. Tiene que convertirse en un Zorba. Zorba no puede existir solo -acaba­ría en Hiroshima-, y Buda tampoco. En el futuro no hay posibilidad de que existan por separado.

La psicología futura del hombre deberá ser un puente entre el materialismo y la espiritua­lidad; entre Oriente y Occidente. Algún día, el mundo agradecerá que mi mensaje haya llega­do a Occidente; hasta ahora, los buscadores te­nían que viajar al Oriente. Esta vez, el mensaje de un buda viviente ha venido a Occidente.

Occidente no sabe reconocer a un buda. No ha conocido nunca a un buda. Ha conocido bu­das parciales -Jesús, Pitágoras, Diógenes-, pero nunca ha conocido a un buda total. Por eso no me sorprende que estén discutiendo acer­ca de mí.

¿Sabéis lo que están publicando los periódi­cos hindúes? Cuentan una mentira: que tengo enemigos que me podrían secuestrar y que mi vida corre peligro. Estoy aquí ahora mismo y a ellos no les interesa en lo más mínimo. India es un país corrupto. Es corrupto desde hace casi dos mil años, ¡y apesta! No hay nada que huela tan mal como la espiritualidad hindú. Es un cadáver, un cadáver muy viejo, ¡de dos mil años!

¡Qué historias inventa la gente! Podría ser «secuestrado por mis enemigos y ahora mi vida está en peligro». En realidad, mi vida ha estado en peligro constante durante los últimos vein­ticinco años. Es un milagro que haya sobrevivi­do. ¡Y ahora me quieren proteger! Hay gente extraña en todo el mundo; pero el futuro del hombre no está en manos de esta gente, sino de un tipo de personas completamente nuevo, y a ese nuevo tipo de personas le he puesto como nombre Zorba el Buda.

Os contaba que mi abuelo, antes de morir­se, me dio su objeto más querido: una estatua de Mahavira escondida detrás del diamante de un anillo. Con lágrimas en los ojos, me dijo:

-No tengo otra cosa para darte, porque te quitarán todo lo que tengo, igual que me lo quitaron a mi. Sólo puedo darte mi amor para aquel que se ha conocido a sí mismo.

Aunque no me quedé con el anillo, he cum­plido su deseo. Lo he conocido, y lo he conoci­do dentro de mí mismo. El anillo, ¿qué más da? Pero el pobre viejo amaba a su maestro, Mahavira, y me dio su amor. Respeto el amor a su maestro y a mí. Las últimas palabras que dijo fueron:

     -No os preocupéis porque no me estoy muriendo.

Nos quedamos esperando para ver si decía algo más, pero eso fue todo. Cerró los ojos y dejó de existir.

       Todavía recuerdo el silencio. El carro de bueyes estaba cruzando el lecho de un río. Me acuerdo exactamente de todos los detalles. No dije nada porque no quería molestar a mi abuela. Ella no dijo nada. Pasaron algunos ins­tantes, me empecé a preocupar por ella y dije:

-Di algo; no estés tan callada, no lo puedo soportar.

No lo creeréis, ¡se puso a cantar una can­ción! De ese modo aprendí que hay que cele­brar la muerte. Cantó la misma canción que había cantado cuando se enamoró de mi abue­lo la primera vez. También conviene tener en cuenta esto: tuvo el valor de enamorarse hace noventa años en India. No se casó hasta los veinticuatro años. Eso era poco corriente. Una vez le pregunté por qué había tardado tanto en ca­sarse. Era una mujer muy bella... Le dije en broma que se habría enamorado de ella hasta el rey de Chhatarpur, el estado donde se encuen­tra Khajuraho. Ella respondió:

-Qué raro que lo menciones, porque ocurrió. Pero yo le rechacé, y no sólo a él, sino a mu­chos otros también.

En aquella época en India, las niñas se casa­ban a los siete años, a los nueve como mucho. Sólo por miedo al amor..., si hubiesen sido más mayores tal vez se habrían enamorado. Pero el padre de mi abuela era un poeta; todavía can­tan sus canciones en Khajuraho y en los pue­blos cercanos. Él insistió en que no la casaría con nadie si ella no estaba de acuerdo. Y por arte del azar, se enamoró de mi abuelo. -Eso es más extraño -le dije-. ¿Recha­zaste al rey de Chhatarpur y, sin embargo, te enamoraste de ese pobre hombre? ¿Por qué? Desde luego no es un hombre muy apuesto, ni extraordinario en ningún otro sentido; ¿por qué te enamoraste de él?

-Estás haciendo la pregunta equivocada -respondió-. Enamorarse no tiene un «por qué». Le vi y eso es todo. Vi sus ojos y surgió   en mí una confianza que no ha flaqueado nunca.

También le pregunté a mi abuelo:

-Nani dice que se enamoró de ti. Por su parte está bien, pero ¿por qué has permitido que se celebre la boda?

-No soy un poeta ni un pensador -contes­tó-, pero reconozco la belleza cuando la veo.

Nunca he visto una mujer tan hermosa como mi abuela. Yo también estaba enamora­do de ella y la amé durante toda la vida. Cuan­do murió, a los ochenta años, corrí hasta la casa y la encontré ahí, echada, muerta. Me es­taban esperando, porque ella había dicho que no pusieran su cuerpo en la pira funeraria has­ta que yo llegase. Insistió en que yo tenía que prender la pira funeraria, de modo que me es­taban esperando. Entré, le descubrí la cara... iY seguía estando hermosa! En realidad, más bella que nunca, porque todo estaba quieto; incluso el alboroto de la respiración, el alboroto de la vida, ya no estaban allí. Ella sólo era una pre­sencia.

     Prender fuego a su cuerpo ha sido la tarea más difícil de mi vida. Es como si estuviese quemando uno de los cuadros más hermosos de Leonardo o de Vincent Van Gogh. Por su­puesto que para mí ella tenía más valor que la Mona Lisa y era más bella que Cleopatra. No estoy exagerando.

Todo lo hermoso que hay en mi visión viene a través de ella. Me ayudó totalmente a ser lo que soy. Sin ella habría sido un tendero, o quizá un doctor o un ingeniero, porque mi pa­dre era tan pobre cuando aprobé el examen de ingreso, que para él era muy difícil mandarme a la universidad. Pero estaba dispuesto a pedir dinero. Me insistió mucho para que fuese a la universidad. Yo deseaba hacerlo, pero no quería hacer la carrera de medicina ni la de ingeniería. Rechacé de plano ser médico o ingeniero.

     -Si quieres saber la verdad -le dije-, quiero ser un sannyasin, un vagabundo.

     -¡Qué! -respondió-. ¿Un vagabundo?

-Sí -afirmé-. Quiero ir a la universidad y estudiar filosofía para ser un vagabundo filosófico.

       Él se negó diciendo:

     -En ese caso, no pienso pedir dinero ni tomarme todo ese trabajo.

     Mi abuela dijo:

-No te preocupes, hijo; irás y harás lo que quieras. Estoy viva y venderé todo lo que tengo para ayudarte a ser tú mismo. No te voy a preguntar dónde vas a ir ni qué quieres estudiar.

Nunca me pidió nada y me mandaba dine­ro continuamente, incluso cuando ya era pro­fesor. Le tuve que decir que ahora ya ganaba dinero y que prefería mandárselo a ella.

-No te preocupes -me contestó-. No necesito este dinero y seguro que le estás dando buen uso.

La gente se preguntaba de dónde sacaba tanto dinero para comprar libros, porque tenía miles de libros. Tenía miles de libros en casa, incluso cuando estaba en la escuela superior. Mi casa estaba llena de libros y todos se pre­guntaban de dónde sacaba el dinero. Mi abuela me había dicho:

-No le cuentes a nadie que te doy dinero porque, si se enteran tus padres, me empeza­rán a pedir dinero y me costará mucho ne­garme.

Siguió dándome dinero. Os sorprenderá sa­ber que, incluso el mes que se murió, me había mandado el dinero habitual. Firmó el cheque la misma mañana del día en que se murió. Igual­mente os asombrará saber que era el último di­nero que le quedaba en el banco. Tal vez supie­se que no iba a haber un mañana.

Soy afortunado en muchos sentidos, pero la mayor fortuna ha sido tener a mis abuelos ma­ternos... y esos primeros años dorados.

 

Sesión 7

 

     Devageet, algunas veces, cuando le dices a Ashu «de acuerdo» no te entiendo: creo que me lo estás diciendo a mí. Por eso ella se ríe. Pero en lo más profundo de mi ser sé que sólo hay risa. Me puedes anestesiar todo el cuerpo pero a mí no. Eso no está a tu alcance.

Lo mismo te pasa a ti. Tu esencia más profunda es superior a las sustancias químicas o farmacéuticas. Ahora puedo oír a Devageet echarse una risilla. Me gusta oír la risilla de un hombre. Los hombres no se echan risillas casi nunca. Se ha vuelto dominio exclusivo de las mujeres. Los hombres se pueden reír o no, pero no se echan risillas. La risilla está justo en el medio. Es el justo medio. Es el Tao. La risa puede ser violenta; no reírse es estúpido. Pero la risilla está bien.

     Veis, puedo decir algo significativo incluso sobre las risillas: «La risilla es buena.» No os preocupéis de si digo algo correcto o no, no es más que una vieja costumbre. Hablo incluso en sueños; por tanto, no pasa nada porque ha­ble así.

Gudia sabe que hablo en sueños pero no sabe con quién. Sólo yo lo sé. ¡Pobre Gudia! Hablo con ella; ella piensa y se preocupa de por qué estoy hablando, y con quién. ¡Ay! No se da cuenta de que hablo con ella de esa manera. El sueño es una anestesia natural. La vida es tan dura que todas las noches nos tenemos que anestesiar unas cuantas horas. Ella se pre­gunta si estoy dormido o no. Comprendo su duda.

Hace más de un cuarto de siglo que no duermo. Devaraj, no te preocupes. Hablando de sueño normaL.., duermo más que nadie en el mundo: tres horas durante el día, y siete, ocho o nueve horas por la noche; todo lo que me pueda permitir. En conjunto, en total, duermo doce horas cada día, aunque, en reali­dad, estoy despierto. Me veo mientras duermo y a veces la noche es tan solitaria que me pon­go a hablar con Gudia. Pero a ella le cuesta mucho trabajo. Primero, porque cuando hablo en sueños lo hago en hindi. Cuando duermo no hablo inglés. Nunca lo haré, aunque si qui­siese lo podría hacer. Lo he intentado alguna vez y lo he conseguido, pero perdía el encanto.

Os habréis percatado que todos los días escucho una canción de Noorjahan, la famosa cantante Urdu. Todos los días, antes de venir, la escucho una y otra vez. Os podría volver lo­cos. ¿Sabéis algo de taladrar? Yo sé lo que es ta­ladrar. Todos los días le taladro el cerebro a Gudia con esa canción. Tiene que escuchada, no hay forma de evitarlo. Cuando he acabado mi trabajo vuelvo a poner la canción. Adoro mi idioma... no porque sea mi idioma, pero es tan hermoso que si no fuera el mío lo habría aprendido.

La canción que escucha todos los días, y que tendrá que seguir escuchando, dice: «Lo recuerdes o no, una vez hubo confianza entre nosotros. Solías decirme: 'Eres la mujer más hermosa de la tierra.' Ahora ya no sé si me re­conocerías. Quizá no te acuerdes, pero yo sÍ. No puedo olvidar la confianza y las palabras que me susurrabas. Decías que tu amor era in­maculado. ¿Todavía te acuerdas? Tal vez no, pero yo sí; no en su totalidad, por supuesto. El tiempo ha hecho mucho daño.

»Soy un palacio dilapidado pero si te fijas cuidadosamente, sigo siendo la misma. Toda­vía me acuerdo de la confianza y de tus pala­bras. La confianza que una vez hubo entre no­sotros ¿sigue estando en tu memoria o no? No sé nada de ti pero todavía me acuerdo.»

¿Por qué sigo poniendo la canción de Noor­jahan? Es una especie de taladro. No le estoy taladrando los dientes (aunque si sigo taladran­do más tiempo seguro que llego a los dientes), sino taladrando en su interior la belleza de un idioma. Sé que no le va a resultar fácil enten­derlo o apreciarlo.

Cuando hablo con Gudia en sueños, hablo en hindi porque sé que su inconsciente todavía no es inglés. Sólo estuvo unos años en Inglaterra. Anteriormente, había estado en India y ahora vuelve a estar en India. He intentado borrar todo lo que hay entre los dos espacios de tiem­po. Pero hablaré de esto más tarde, cuando lle­gue el momento...

Hoy pensaba decir algo sobre el jainismo. ¡Fíjate en la locura de este hombre! Sí; puedo saltar de un pico a otro sin que haya ningún puente en medio. Pero tenéis que aceptar a un loco. Os habéis enamorado: es responsabilidad vuestra, yo no soy responsable de eso.

El jainismo es la religión más ascética del mundo o en otras palabras, la más masoquista y sádica. Los monjes jainistas se torturan hasta tal punto que uno llega a pensar que están locos. No lo están. Son comerciantes, y los seguidores de los monjes jainistas también lo son. Es raro, toda la comunidad jainista está formada por co­merciantes, aunque no es raro exactamente, por­que la misma religión se basa en un beneficio en el más allá. Los jainistas se torturan a fin de obte­ner algún provecho en el más allá, porque saben que no pueden obtenerlo en este mundo.

Debía tener alrededor de cuatro o cinco años cuando vi cómo mi abuela invitaba al pri­mer monje jainista desnudo a su casa. No me pude aguantar la risa. Mi abuelo me dijo:

-¡Cállate! Eres un pesado. Te perdono cuando eres un estorbo para los vecinos, pero no te puedo perdonar si intentas ser travieso con mi gurú. Es mi maestro; me inició en los secretos internos de la religión.

-No me interesan los secretos internos -le respondí-, lo que me preocupa son los secretos externos que está mostrando tan manifiestamente. ¿Por qué está desnudo? ¡Al menos se podría poner unos pantalones cortos!

Hasta mi abuelo se rió.

-Tú no entiendes -me dijo.

-De acuerdo -le contesté-, se lo preguntaré yo mismo -después le pregunté a mi abuela-: ¿Le puedo hacer unas preguntas a este hombre totalmente perturbado que se presenta desnudo delante de damas y caballeros? Mi abuela se rió y dijo:

-Adelante, no hagas caso de lo que dice tu abuelo. Te doy mi permiso. Si te dice algo, simplemente me haces una señal y yo le pondré en su lugar.

Era una mujer realmente hermosa, valiente, dispuesta a dar libertad sin límites. Ni siquiera quiso saber qué le iba a preguntar. Sólo dijo:

-Adelante...

Todos los vecinos se habían reunido para el darshan del monje jainista. Me levanté en mitad del llamado sermón. Eso ocurrió hace cuarenta años, más o menos, y desde entonces he luchado constantemente contra esos idiotas. Ese día comenzó una guerra que no terminará hasta que yo ya no esté. Probablemente tampoco termine entonces; tal vez la continúe mi gente.

Le hice unas preguntas muy sencillas pero él no las supo contestar. Yo estaba perplejo. Mi abuelo estaba avergonzado. Mi abuela, dándome palmaditas en la espalda, me dijo:

       -¡Estupendo! Lo has conseguido. Sabía que serías capaz.

       ¿Qué le pregunté? Sólo le hice preguntas sencillas. Le dije:

-¿Por qué no quieres nacer de nuevo? -es una pregunta muy fácil para los jainistas, porque todo el esfuerzo del jainismo se basa en no volver a nacer. Es la ciencia de evitar la reencarnación. De modo que le hice una pregunta básica:

-¿No quieres nacer de nuevo? Él me contestó:

-No; nunca más.

Entonces le pregunté:

-¿Por qué no te suicidas? ¿Por qué sigues respirando? ¿Para qué comer? ¿Por qué beber agua? Desaparece sin más. Suicídate. ¿Para qué armar tanto lío por una cosa tan simple? -él no sobrepasaba los cuarenta años. Si sigues así -dije-, quizá tengas que seguir otros cuarenta años o tal vez más.

Es un hecho científico que la gente que come menos vive más. Sin lugar a dudas, Devaraj está de acuerdo conmigo. Se ha demostrado repetidas veces que las especies que son alimentadas más de lo necesario, engordan y por supuesto se vuelven más cómodas, y más hermosas, claro, pero se mueren antes. Si les das la mitad del alimento necesario, es curioso: no tienen tan buen aspecto ni se sienten tan cómodas, pero viven casi el doble que la media. La mitad de alimento y el doble de tiempo, el doble de alimento y la mitad de tiempo.

Así que le dije al monje (en aquel momento todavía no conocía estos datos):

-Si no quieres nacer de nuevo, entonces ¿por qué estás viviendo? ¿Sólo para morirte? En tal caso, ¿por qué no te suicidas? -no creo que le hubieran hecho una pregunta así antes. En la sociedad cortés nadie hace preguntas de verdad, y la pregunta del suicidio es la más auténtica de todas.

Marcel dice: «El suicidio es la única cuestión verdaderamente filosófica.» No conocía a Marcel entonces. Quizá, en aquella época, ni siquiera existía Marcel ni había escrito aún su libro. Pero eso es lo que le dije al monje jainista:

-Si no quieres volver a nacer, que como dices es tu deseo, entonces ¿por qué sigues vivo? ¿Para qué? ¡Suicídate! Yo te puedo enseñar una manera. Aunque no conozco bien cómo marcha el mundo, en lo que se refiere al suicidio te puedo dar un consejo. Puedes tirar­te desde la colina que hay al Iado del pueblo, o puedes saltar al río.

El río estaba a cinco kilómetros del pueblo y era tan hondo y tan ancho, que era un placer cruzarlo. A menudo, cuando lo cruzaba a nado, pensaba que era el final y que no llegaría hasta la otra orilla. Era muy ancho y, especialmente en la época de lluvias, tenía varios kilómetros de anchura. Casi parecía un océano. En la época de lluvias no se llegaba a ver la otra orilla. Solía zambullirme cuando estaba más crecido, bien para morir o bien para llegar a la otra orilla. La probabilidad más grande era que nunca llegase hasta la otra orilla.

Se lo conté al monje jainista:

     -Si quieres, puedes saltar al río conmigo en la época de las lluvias. Podemos hacemos compañía durante un rato y después te puedes morir, mientras yo llego hasta la otra orilla. Sé nadar bastante bien.

Me miró tan enfurecido, tan lleno de rabia, que tuve que decide: -Tenía en cuenta, tendrás que nacer de nuevo porque todavía estás lleno de rabia. Ésta no es la forma de librarte de un mundo de preo­cupaciones. ¿Por qué me miras con tanta cólera? Contéstame de manera pacífica y silenciosa. ¡Contéstame con alegría! Si no puedes contestar, di simplemente: «No lo sé.» Pero no te enfades. El hombre dijo:

     -El suicidio es pecado. No puedo cometer el pecado de suicidarme. Pero no quiero volver a nacer. Alcanzaré ese estado renunciando, paso a paso, a todo lo que poseo.

-Por favor -le pedí-, muéstrame lo que posees; por lo que veo estás desnudo y no posees nada. ¿Qué posesiones tienes?

     Mi abuelo intentó detenerme. Señalé en di­rección a mi abuela y después le dije:

     -Recuerda, le he pedido permiso a Nani, y nadie me lo va a impedir, ni siquiera tú. Le pregunté a la abuela porque tenía miedo de que te enfadases conmigo si interrumpía a tu gurú y su supuesto sermón de pacotilla. Ella me ha dicho: «Hazme una señal, eso es todo. No te preocupes: con una sola mirada mía se quedará callado.»

     Es curioso... ¡era verdad! Se quedó callado sin necesidad de que mi Nani le mirara.

     Más tarde mi Nani y yo nos reíamos.

-Ni siquiera te ha mirado -le dije. -No podía -contestó-, seguro que te­nía miedo de que le dijese «iCállate! No inter­fieras con el niño». Por eso me rehuyó. La única manera de rehuirme era no interferir contigo.

En realidad cerró los ojos como si estuviese meditando.

-¡Fantástico, Nana! -le dije-. Estás en­fadado, hirviendo, hay fuego en tu interior y, sin embargo, te sientas con los ojos cerrados como si estuvieses meditando. Tu gurú está en­fadado porque mis preguntas le están fastidian­do. Tú estás enfadado porque tu gurú no es ca­paz de contestarme. Pero yo digo que este hombre que nos está sermoneando no es más que un imbécil.

Yo apenas tenía cuatro o cinco años.

      Desde ese día en adelante, mi lenguaje no ha cambiado. Reconozco a un idiota inmedia­tamente, esté donde esté, sea quien sea. Nadie se puede escapar de los rayos X de mis ojos. En seguida puedo distinguir un retraso mental o cualquier otra cosa.

El otro día le regalé a uno de mis sannyasins la pluma con la que escribí su nombre, simple­mente para que recordara que era la que había utilizado para empezar su nueva vida, su san­nyas. Pero estaba ahí su mujer. Yo había invita­do a su mujer a hacerse sannyasin. Ella lo esta­ba deseando y todo lo contrario; ya sabéis cómo son las mujeres: de esta manera y de la otra; nunca sabes exactamente. Incluso cuando sacan la mano derecha en el coche, nunca sabes si realmente quieren girar a la derecha. Podrían estar sintiendo el viento, o quién sabe; podrían estar haciendo cualquier cosa. Esa mujer era, quiero y no quiero, ni fu ni fa..., en ese sentido era una mujer perfecta. Quería decir que sí pero no podía: ese tipo de mujer. Ten en cuen­ta que el noventa y nueve por ciento de las mu­jeres del mundo son así, con excepción del uno por ciento. Aparte de eso, era una mujer muy representativa.

A pesar de todo, intenté seducirla; ¡al san­nyas, me refiero! Estaba embaucándola un po­quito y ella estaba a punto de decir que sí, cuando me detuve. Yo no soy tan simple como pueda parecer. No quiero decir que sea compli­cado, quiero decir que veo las cosas tan claras, que a veces tengo que renunciar a la sencillez y la invitación.

Cuando estaba a punto de decir que sí, apre­tó la mano de su marido, que ahora es sannya­sin. Yo le miré y pude ver que quería deshacerse de esta mujer. Ya le había torturado bastante. En realidad, él tenía la esperanza de que si se hacía sannyasin la mujer tendría piedad y decidiría dejarle. Pude ver su asombro, cuando intenté convencer a su mujer para que se hiciera san­nyasin. Su corazón estaba diciendo:

     -Dios mío. Si se hace sannyasin no podré estar tranquilo ni en Rajneeshpuram.

     Quiere formar parte de esta comuna. Es un hombre rico y posee un negocio multimillona­rio que quiere donar íntegramente a la comuna. Tenía miedo... me percaté de lo que ocurría entre este sannyasin y su mujer.

No había un puente que les uniera, y nunca lo había habido. Eran una pareja inglesa, ya sa­béis... Dios sabe por qué se casaron; y Dios no existe. ¡Lo vuelvo a repetir porque siempre me parece que tal vez creáis que Dios realmente lo sabe! Dios no lo sabe porque no existe.

Dios es una palabra como «Jesús». No quie­re decir nada, sólo es una exclamación. Ésta es la historia de cómo le pusieron el nombre a Je­sús...

José y María volvían de Belén con su hijo. María estaba sentada en el burro con el niño. José iba andando delante y sujetaba la cuerda, llevando al burro. De repente, se tropezó dán­dose un golpe con una piedra en el dedo gordo.     -¡Jesús! -gritó. Y ya sabéis cómo son las mujeres...

     María dijo:

-¡José! Estaba pensando qué nombre po­nerle a nuestro hijo y tú acabas de pronunciar el nombre acertado: Jesús!

Así es como le dieron ese nombre al pobre niño. No es casualidad que siempre que te das con un martillo en la mano exclames: «¡Jesús!» No pienses que es porque te acuerdas de Jesús; acuérdate del pobre José golpeándose el dedo gordo del pie con una piedra.

Cuando deje de respirar, Devaraj sabrá lo que tiene que hacer. Aunque es medio judío... pero, a pesar de todo, se puede confiar en él. Yo sé que él no cree que tiene una parte judía. Cree que parte de su familia podría haber sido judía ¡pero él no! Así son todos los judíos, incluso aunque no sean totalmente judíos. Se cree per­fecto. A decir verdad, un judío es siempre un perfecto judío. Una sola gota de judaísmo es su­ficiente para hacerte un judío perfecto.

Pero adoro a los judíos y confío en ellos. Fi­jaos en esta Arca de Noé: hay dos judíos y me­dio. Yo soy judío, sin lugar a dudas. Devageet no es un judío perfecto, es sólo un judío. Devaraj es medio judío y hace cualquier esfuerzo por escon­derlo; pero eso sólo le hace más judío. No puedes esconder tu judaísmo. ¿Cómo vas a esconder la nariz? Es la única parte del cuerpo que no se pue­de esconder. Puedes esconderlo todo excepto la nariz, porque tienes que respirar.

     Decía que Jesús, incluso Jesús, no es un nombre sino la exclamación de José cuando se golpeó el dedo con una piedra. Dios es lo mis­mo. Cuando alguien dice: «¡Dios mío!», no quiere decir que cree en Dios. Sencillamente se está quejando, si es que hay alguien que le pue­da escuchar en el cielo. Cuando alguien dice «¡Dios!» está diciendo lo mismo que está escri­to en muchos papeles oficiales: «A quien pueda interesar.» «¡Dios mío!» quiere decir simple­mente «A quien pueda interesar» y en caso de que no haya nadie, entonces, «Perdón, no le interesa a nadie pero sólo era una exclamación y no pude resistirlo».

¿Qué hora es? ...porque llevo media hora de más y no quiero que os retraséis. De vez en cuando, también puedo ser amable. Sólo para recordároslo... Esto ha sido lo mejor hasta la fecha. Muy bien. Sé decir «suficiente»... inclu­so cuando está muy bien. Esto es tremendamente bello... Muy hermoso. Fin.

 

Sesión 8

 

 

Os estaba contando un incidente que es absolutamente importante para po­der entender mi vida y su funciona­miento..., y todavía está vivo para mí.

Por cierto, decía que todavía me acuerdo, pero la palabra «acordarse» no es correcta. In­cluso puedo ver cómo ocurrió este incidente. Naturalmente, sólo era un niño, pero eso no quiere decir que no haya que tomarlo en serio. En realidad, es la única cosa seria sobre la que jamás he hablado: el suicidio.

A un occidental puede parecerle un poco descortés hacerle a un monje -que es casi como el papa de los jainistas- la siguiente pregunta:

-¿Por qué no te suicidas?

      Pero sed benévolos conmigo. Dejadme que os lo explique antes de llegar a una conclusión o, si no, podéis dejar de escucharme.

El jainismo es la única religión del mundo que respeta el suicidio. Ahora os toca sorpren­deros a vosotros. Por supuesto, no lo llaman suicidio; le dan un hermoso nombre metafísi­co, santhara. Estoy en contra, especialmente de la forma que se lleva a cabo. Es muy violento y cruel. Es curioso que una religión que cree en la no-violencia predique elsanthara, el suici­dio. Podéis llamarlo suicidio metafísico, pero, al fin y al cabo, el suicidio es el suicidio; no im­porta qué nombre tenga. Lo que importa es que la persona ya no está viva.

¿Por qué estoy en contra? No estoy en con­tra del derecho del hombre a suicidarse. No; debería ser uno de los derechos fundamenta­les del hombre. Si no quiero vivir, ¿quién tie­ne derecho a obligarme? Si quiero desapare­cer, los demás me lo tendrían que facilitar en todo lo posible. Toma nota: algún día me gustaría desaparecer. No puedo vivir para siempre.

Precisamente el otro día alguien me enseñó una pegatina para el coche que decía: «Estoy orgulloso de ser americano.» La miré y más tar­de me eché a llorar. No soy americano y estoy orgulloso de no serlo. Tampoco soy hindú. ¿Entonces quién soy? Estoy orgulloso de no ser nadie. Mi viaje me ha traído hasta aquí: a no ser nadie, a no tener casa, a la nada. He renun­ciado incluso a la iluminación, a la que no ha­bía renunciado nadie antes que yo. También renuncio a estar encendido, ¡en honor a ese alemán idiota! No tengo religión, ni país ni casa. Todo el mundo es mío. Soy el primer ciudadano del universo. Ya sabéis que estoy loco. Podría empezar a emitir pasaportes para la ciudadanía universal. Lo he estado pensando. Se trataría de una tarjeta ana­ranjada que entregaría a mis sannyasins a modo de pasaporte, para una hermandad uni­versal opuesta a las naciones, las razas y las reli­giones.

No me opongo a la actitud jainista hacia el suicidio, pero el método..., su método es dejar de alimentarse. El pobre hombre tarda noventa días en morirse. Es una tortura. No se te po­dría ocurrir nada mejor. Ni siquiera a Adolf Hitler se le habría ocurrido una idea parecida. Para conocimiento de Devageet, a Adolf Hitler se le ocurrió perforarle los dientes a las perso­nas, sin anestesia, por supuesto. Todavía hay muchos judíos en el mundo a los que les perfo­raron los dientes sin más motivo que el de acongojarles. Pero, probablemente, Adolf Hi­tler no haya oído hablar de los monjes jainistas y de sus prácticas masoquistas. ¡Son soberbias! No se cortan el pelo, sino que se lo arrancan con las manos. ¡Fíjate qué excelente idea!

Todos los años, los monjes jainistas se arrancan el pelo, la barba y el bigote, y todo el resto del cabello del cuerpo. ¡Sólo usan las ma­nos! Están en contra de la tecnología; dicen que es lógica, llevando la lógica al extremo. Y usar una cuchilla de afeitar es tecnología; ¿lo sabías? ¿Alguna vez has considerado que una cuchilla de afeitar fuese un objeto tecnológico? Hasta los supuestos ecologistas se afeitan la barba, sin saber que están cometiendo un cri­men contra la naturaleza.

Los monjes jainistas se arrancan el pelo; y no en privado, porque no tienen privacidad. Parte de su masoquismo consiste en no tener privacidad, en ser completamente públicos. Se arrancan el pelo mientras están desnudos en el mercado. La muchedumbre, por supuesto, les anima y aplaude. Y los jainistas, aunque sien­ten mucha conmiseración -incluso los pue­des ver con los ojos llenos de lágrimas-, in­conscientemente también disfrutan de ello, y sin tener que comprar una entrada. Les aborrez­co. Soy contrario a estas prácticas.

La idea de cometer santhara o suicidio, dejando de comer y de beber, no es otra cosa sino un proceso muy largo de autotortur;a. No pue­do defenderlo. Pero defiendo, absolutamente, la idea de la libertad de morir. Considero que es un derecho de nacimiento, y antes o después todas las constituciones del mundo lo inclui­rán, lo tendrán que aceptar como el derecho de nacimiento más básico: el derecho al morir. No es un crimen.

Pero torturar a alguien, incluyéndote a ti mismo, es un crimen. Con esto entenderéis que no estaba siendo descortés, sino que estaba haciendo una pregunta muy oportuna. Ese día comenzó mi lucha contra todas las estupideces, tonterías y supersticiones; en pocas palabras, toda la basura religiosa. Basura es luna palabra muy hermosa. Expresa mucho en pocas pala­bras.

Aquel día empezó mi vida de rebelde, y se­guiré siendo un rebelde hasta que me quede el último aliento; incluso después, quién sabe. Aunque no tenga un cuerpo, tendré los cuerpos de miles de mis amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor, y puedo meterles ideas en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente lo que vaya hacer. Mi rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi revo­lución va a continuar más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos, muchas más voces, muchas más manos para conti­nuarla.

Aquel día marcó un hito. Un hito histórico. Siempre que me acuerdo de ese día, lo asocio con el día que Jesús discutió con los rabinos en el templo. Era un poco más mayor que yo, qui­zá ocho o nueve años mayor. La forma en que debatió con ellos determinó el resto de su vida.

No recuerdo el nombre del monje jainista; podría ser Shanti Sagar, que significa «océano de dicha». Aunque decididamente él no era así. Por eso me he olvidado de su nombre. No era más que un charco sucio, en vez de un océano de dicha, de paz o de silencio. Y, ciertamente, no era un hombre de silencio, porque se enfa­dó mucho.

Shanti puede querer decir muchas cosas. Puede ser paz, puede ser silencio; éstos son los dos significados principales. Él carecía de am­bos. No era pacífico ni silencioso en absoluto. Tampoco puedo decir que su interior estuviese exento de agitación, porque se enfadó tanto que me gritó y me dijo que me sentara.

-Nadie me puede mandar sentar en mi propia casa -le contesté-. Yo te puedo decir que te vayas, pero tú no me puedes mandar que me siente. No te vaya echar porque todavía tengo algunas preguntas. No te enfades, por fa­vor. Acuérdate de tu nombre: Shanti Sagar, océano de paz y de silencio. Podrías ser, al me­nos, una pequeña balsa. No dejes que te irrite un niño pequeño.

       Sin preocuparme de si estaba callado o no, le pregunté a mi abuela, que ahora ya estaba muerta de risa: -¿Tú qué dices, Nani? ¿Le debería hacer alguna otra pregunta o debería decirle que se vaya de nuestra casa?

     No se lo pregunté a mi abuelo, por supues­to, porque era su gurú. Mi Nani dijo:

     -Pregúntale lo que quieras, y si no te contesta se puede marchar, la puerta está abierta.

Ésta es la mujer que yo amé. Es la mujer que me hizo un rebelde. Hasta mi abuelo se sorprendió de que me apoyara de esa manera. El así llamado Shanti Sagar se quedó callado en cuanto vio que mi abuela me apoyaba. No sólo ella, los lugareños también se pusieron de mi parte inmediatamente. El pobre monje jainista se quedó absolutamente solo.

Le hice alguna otra pregunta:

     -Tú has dicho: «No te creas nada antes de haberlo experimentado tú mismo» -le recor­dé-. Puedo ver la verdad que hay en eso, por eso te hice la pregunta...

Los jainistas creen que hay siete infiernos. Hasta el sexto infierno existe la posibilidad de volver, pero el séptimo es eterno. Probable­mente sea el infierno de los cristianos por­que cuando entras en ése te quedas ahí para SIempre.

-Te has referido a los siete infiernos --con­tinué diciendo-, y se me ocurre una pregunta: ¿has visitado el séptimo? En ese caso, no estarías aquí. Y si no has estado, ¿con qué autoridad puedes decir que existe? Deberías decir que sólo hay seis infiernos, no siete. Por favor, ha­bla con propiedad: di que sólo hay seis infiernos, o si insistes en que hay siete, demuéstrame que por lo menos un hombre, Shanti Sagar, ha regresado del séptimo.

Se quedó sin habla. No podía creer que un niño le hiciera una pregunta así. ¡Ahora yo tampoco puedo creerlo! ¿Cómo se me ocurrió esa pregunta? La única respuesta es que no ha­bía sido educado y era totalmente inculto. La cultura te hace muy astuto. Yo no era astuto. Hice la pregunta que habría hecho cualquier niño inculto. La cultura es el mayor crimen que el hombre ha cometido contra los pobres niños. Puede ser que la última liberación del mundo sea la de los niños.

Yo era inocente, totalmente inculto. No sa­bía leer ni escribir, ni sabía contar más que los dedos de la mano. Incluso ahora, cuando tengo que contar, empiezo con las manos y si me sal­to un dedo me equivoco.

     No pudo contestarme. Mi abuela se levantó y le dijo:

-Tienes que contestar a su pregunta. No pienses que sólo la hace el niño; yo también te lo estoy preguntando, y soy tu anfitriona.

       De nuevo tengo que hacer mención de una

costumbre jainista. Cuando un monje jainista va a una casa para recibir comida, después de comer da un sermón para bendecir a la familia. Este sermón va dirigido a la anfitriona. Mi abuela dijo:

-Hoy soy tu anfitriona y te hago la misma pregunta. ¿Has estado en el séptimo infierno? Si la respuesta es que no, dilo sinceramente, pero entonces no puedes decir que hay siete in­fiernos. .

El monje estaba tan perplejo y confundido porque una hermosa mujer le estaba haciendo frente, que decidió marcharse. Mi abuela le gritó:

-¡Detente! ¡No te vayas! ¿Quién le va a dar una respuesta al niño? Y todavía tiene que pre­guntarte algunas cosas. ¿Qué clase de hombre eres, escapándote de las preguntas de un niño? Es hombre se detuvo. Yo le dije:

     -Retiro la segunda pregunta porque el monje no ha sabido contestar. Tampoco ha res­pondido a la primera, de modo que le haré la tercera; tal vez la sepa contestar. Me miró y le dije: -Si me quieres mirar, mírame a los ojos. Se hizo un silencio, como el que hay aquí ahora. Nadie pronunció ni una palabra. El monje agachó la mirada y entonces dije:

-En ese caso, no te voy a preguntar. No has respondido a las dos primeras preguntas y no quiero hacerte la tercera, porque no quiero que un huésped de esta casa se sienta avergon­zado. La retiro -en realidad, me retiré de la reunión y me alegré mucho de que mi abuela me siguiera.

Mi abuelo se despidió del monje y en cuan­to se había ido entró apresuradamente en la casa y le dijo a mi abuela:

-¿Estás loca? Primero apoyas a este niño, que es un provocador de nacimiento, y después te marchas con él, sin ni siquiera despedirte de mi maestro. Mi abuela respondió: -No es mi maestro, de modo que no me importa. Además, lo que tú consideras un pro­vocador de nacimiento es la semilla. Nadie sabe cómo va a germinar.

Ahora ya sé cómo germina. No puedes con­vertirte en un buda, a menos que seas un pro­vocador de nacimiento. Yo no soy un buda como Gautama el Buda; eso es demasiado tra­dicional. Yo soy Zorba el Buda. Soy la con­fluencia entre Oriente y Occidente. En realidad, no hago divisiones entre Oriente y Occidente, lo superior y lo inferior, el hombre y la mujer, lo bueno y lo malo, entre Dios y el diablo. ¡No! ¡Mil veces no! No divido. Uno todo lo que ha sido dividido hasta ahora. Ése es mi trabajo.

Ese día es enormemente importante para entender lo que me ha sucedido el resto de mi vida; porque si no entiendes la semilla, no acertarás a ver el árbol y el florecimiento, y tampoco la luna a través de las ramas.

Desde ese mismo momento he estado en contra de todo lo que sea masoquismo. Natu­ralmente, tuve conocimiento de esta palabra mucho más tarde, pero la palabra no tiene im­portancia. Siempre he estado en contra del as­cetismo; tampoco conocía esa palabra antes, pero no me olía bien. Sabéis que soy alérgico a todos los tipos de autoagresión. Quiero que los seres humanos vivan plenamente; lo mínimo no es mi estilo. Vive al máximo, y si puedes sobrepasarlo, ¡fantástico! ¡Hazlo! ¡No esperes! Y no pierdas el tiempo esperando a Godoy.

Por esta razón siempre le digo a Ashu: - ¡Venga, adelante, vuélvele loco a Devageet!

Por supuesto, yo no puedo volver loca a Ashu; no se puede volver loca a una mujer, es imposible. Es ella la que vuelve locos a los hombres. Es su habilidad y es muy eficiente. Aunque se siente en el asiento de atrás, conducirá al conductor. Ya conoces a los conductores de la parte de atrás: ¡Son los peores! ¡Que libertad cuando no hay nadie que conduzca al conductor! NO se puede volver locas a las mujeres; ni siquiera yo las puedo volver locas.

De modo que es difícil. Aunque no dejo de decir: “Adelante, adelante”, pero ella no escucha. Las mujeres son sordas de nacimiento; siguen haciendo lo que se les antoja. Pero Devageet sí oye, no le estoy diciendo nada a él, pero sigue oyendo y le da un ataque de nervios. Ese es el método del cobarde. Yo digo que el límite de velocidad es el camino de lo mínimo. Si lo superas te ponen una multa.

Lo mínimo es el método del cobarde. Si yo tuviera que decidir lo que para ellos es el límite más alto, para mí sería el límite mínimo; a los que fuesen por debajo del límite les pondría inmediatamente una multa. Estamos intentando alcanzar las estrellas, y ellos se quedan pegados a los carros de bueyes. Intentamos – y ése es el único propósito de la física – alcanzar finalmente la velocidad de la luz. A menos que la alcancemos, estaremos condenados. Si alcanzamos la velocidad de la luz podemos escaparnos de una tierra y un planeta agonizante. La tierra, los planetas, las estrellas se morirán algún día. ¿Cómo te vas a escapar? Vas a necesitar una tecnología muy veloz. La tierra se morirá en apenas cuatro mil años. Hagas lo que hagas, nada podrá salvarla. Cada día está más cerca de su muerte…¡Y tú tratas de moverte a 50 kilómetros por hora! Inténtalo a 300.000 km/segundo. Es la velocidad de la luz.

El místico los alcanza y de repente en su ser interno todo se vuelve luz y no hay nada más. Eso es el despertar. Yo estoy a lo máximo. Vive al máximo en todos los sentidos. Aunque te estés muriendo, hazlo a toda velocidad, no te mueras como un cobarde, salta a lo desconocido.

No estoy en contra con la idea de acabar con la vida. Si alguien decide hacerlo tiene, naturalmente, todo el derecho. Pero estoy en contra, sin lugar a dudas, de convertirlo en una larga tortura. Shanti Sagar llevaba ciento diez días sin comer cuando se murió. Un hombre que tenga una salud normal es capaz de resistir sin comer 90 día. Si tiene una salud extraordinaria podría sobrevivir más tiempo.

Por tanto, recordad que no fui grosero con este hombre. Mi pregunta era absolutamente correcta en ese contexto, y tal vez más porque no pudo contestarla. Aunque parezca raro ése no fue solo el principio de mi cuestionar sino también el principio de que la gente no me contestara. Nadie ha contestado a mis pregun­tas en los últimos cuarenta y cinco años. He conocido a tantas personas, de las que llama­mos espirituales, y ninguna de ellas ha contes­tado jamás a mis preguntas. De alguna forma ese día determinó mi estilo, el resto de mi vida.

Shanti Sagar se fue muy irritado, pero yo estaba enormemente feliz y no tenía por qué ocultárselo a mi abuelo.

-Nana -le dije-, seguramente se ha ido totalmente enfadado, pero yo siento que tengo razón. Tu gurú sólo era un mediocre. Deberías escoger a alguien que merezca un poco más la pena.

Hasta él se rió y dijo:

     -Tal vez tengas razón, pero cambiar de gurú a mi edad no me parece muy práctico. ¿Tú qué piensas? -le pregunt6 a mi Nani. Mi Nani, siempre fiel a su espíritu, dijo: -Nunca es demasiado tarde para cambiar. Si te das cuenta que lo que has escogido no está bien, cámbialo. De hecho, es mejor que lo ha­gas pronto, porque te estás haciendo mayor. No digas: «Soy viejo, así que no puedo cam­biar.» Un hombre joven se puede permitir cambiar, pero un viejo no, y tú ya eres bastante viejo.

Pocos años más tarde se murió, pero no tuvo valor de cambiar de gurú. Siguió con el modelo de siempre. Mi abuela solía picarle di­ciendo:

-¿Cuándo vas a cambiar de gurú y de métodos?

-Sí, lo haré, lo haré -contestaba él.

Un día mi abuela le dijo:

-¡Déjate de bobadas! Nadie cambia a no ser que lo haga de golpe. No digas «lo haré, lo haré». O cambias o no cambias, pero debes ser claro.

Aquella mujer se podía haber convertido en una fuerza poderosísima. Su destino no era ser una simple ama de casa. Su destino no era vivir en aquel pueblecito. Todo el mundo debería haber oído hablar de ella. Probablemente, yo sea su vehículo; quizá se haya expresado por medio de mí. Me quería tanto que nunca con­sideré a mi verdadera madre como mi madre. Siempre he considerado a mi Nani como si fuese mi verdadera madre.

Cuando tenía que confesar algo, alguna maldad que le había hecho a alguien, sólo se lo podía confesar a ella, a nadie más. Era mi per­sona de confianza. Le podía confiar todo, por­que me he dado cuenta de una cosa: que ella podía ser comprensiva. Debo haber hecho to­das las cosas de las que es capaz una persona, y se lo contaba por las noches. Esto ocurría mientras vivía con ella, antes de ir a la universidad.

No dormía nunca en casa de mi madre. Aunque al morirse mi abuelo, mi abuela se trasladó al mismo pueblo que el resto de la fa­milia, yo me iba a dormir con ella porque le podía contar todas las travesuras que había he­cho ese día.

-¡Bien hecho! ¡Fantástico! -me dijo rién­dose-. ¡Muy bien! Se lo tenía merecido. ¿Es cierto que se cayó en el pozo como me acabas             de decir?

-Sí, pero no se ha muerto -le contesté. -No importa -dijo ella-, ¿pero has lo­grado que se cayera al pozo?

Había un pozo en nuestro barrio que no te­nía muro de protección. Por la noche era fácil caerse dentro. Yo desviaba a la gente hacia allí, y el que se había caído no era otro sino el hom­bre de las golosinas. Mi madre, quiero decir, mi abuela...; siempre me equivoco porque la considero como mi madre. Prefiero llamarla Nani, así no hay confusión.

     -Hoy he conseguido que se cayera al pozo el hombre de las golosinas -le dije a mi Nani.

     Todavía me acuerdo de su risa. Se le saltaban las lágrimas.

     -Es fabuloso -dijo ella-, ¿pero está vivo o no?

     -Está perfectamente -respondí.

     -Entonces, no pasa nada. No te preocu­pes; se lo merecía. Echaba tantas porquerías en las golosinas, que había que hacer algo -dijo ella.

Más tarde le avisó:

-Te advierto que como no cambies de costumbres te volverás a caer al pozo.

Pero a mí nunca me riñó por esto.

-¿No me vas a decir nada? -le pregunté. -No -contestó-, porque te llevo observando desde que eras pequeño. Aunque hagas algo malo, lo haces con tanta razón y justo en el momento preciso, que incluso lo malo se convierte en bueno.

Fue ella quien me dijo por primera vez que lo bueno en manos de un hombre malo se con­vierte en malo, y lo malo en manos de un hombre bueno se convierte en bueno.

De modo que no os preocupéis de lo que hacéis; tened en cuenta solamente una cosa: lo que estáis siendo. Ésta es la gran cuestión, hacer o ser. Todas las religiones se ocupan del ser. Si tu ser es correcto, y por correcto entiendo di­choso, silencioso, tranquilo y amoroso, enton­ces, todo lo que hagas será lo correcto. Desde ese momento, para ti ya no existirán los man­damientos, sólo habrá uno: sé y nada más. Sé con tanta totalidad que en esa misma totalidad no haya posibilidad de sombras. Entonces no podrás hacer nada mal. El mundo entero pue­de decirte que está mal pero eso no importa; lo que Importa es tu ser.

No me preocupa que crucificaran a Cristo porque sé que se sentía completamente a gusto consigo mismo incluso en la cruz. Estaba tan tranquilo que podía rezar: «Padre», ésa es la pa­labra que usaba para decir Dios. Para ser más exactos ni siquiera decía «Padre», sino «Abba», que es una palabra mucho más hermosa. «Abba, perdona a esta gente porque no saben lo que hacen». Recalca la palabra «hacer» -«lo que hacen»-. ¡Ay! No eran capaces de ver el ser del hombre que estaba en la cruz. El ser es lo que importa, lo único que importa.

No creo que estuviese haciendo nada malo en ese momento de mi vida, cuando le hacía preguntas extrañas, molestas y enojosas, al monje jainista. Seguramente le ayudé. Quizá algún día sea capaz de entenderlo. Si hubiese tenido valor lo habría entendido ese mismo día, pero era un cobarde y se escapó. Desde en­tonces, mi experiencia ha sido ésta: todos los presuntos mahatmas y santos son unos cobar­des. No he conocido ni un solo mahatma -hin­dú, musulmán, cristiano o budista- que po­damos decir que es un verdadero espíritu rebelde. Si no eres rebelde, no eres religioso. La rebelión es la base de la religión.

 

Sesión 9

 

El tiempo no puede volver atrás, pero la mente sí. ¡Qué desperdicio! Darle una mente que no se olvida de nada a un hombre, que no sólo se ha convertido en no mente, sino que incluso aconseja a los demás que renuncien a la mente. En lo que respecta a mi mente (recuerda, a mi mente, no a mí), se trata igualmente de un aparato como el que se está usando aquí. Mi «mente» no es más que la máquina, pero ¡una máquina perfecta que le ha sido dada a un hombre que la va a desaprovechar! Por eso digo que es un desperdicio.

Pero conozco cuál es el motivo: si no tienes una mente perfecta, no podrás tener la inteli­gencia para descartarla. La vida está llena de contradicciones. No hay nada malo en eso; le da más sabor. No hay ninguna razón por la que hombre y mujer sean dos; podían haber sido como una ameba. Preguntadle a Devaraj: la ameba no es masculina ni femenina, sólo hay una. Es igual que Muktananda, y todos los idiotanandas; la ameba es célibe, aunque tiene su propia forma de reproducirse. ¡La cantidad de problemas que esto le causa a todos los médicos del mun­do! Lo Único que hace es comer, engorda cada vez más hasta que, de pronto, se divide en dos. Así es como se reproduce. Es realmente brah­macharya, célibe.

El hombre y la mujer podrían haber sido uno, como las amebas, pero entonces no ha­bría poesía, sólo reproducción. Por supuesto, tampoco habría conflictos, ni reproches, ni pe­leas; pero la poesía que ha surgido es tan valio­sa, que todos los conflictos, los reproches y las riñas valen la pena.

Precisamente ahora estaba escuchando otra vez a Noorjahan... «La confianza que había en­tre nosotros, tal vez lo hayas olvidado, pero yo no. Todavía me acuerdo, al menos, un poco. Las palabras que me decías, quizá ya no te acuerdes de nada, pero su recuerdo es suficien­te para mantener mi esperanza. El amor que había entre nosotros...»

Wo karar, “ese amor” ...karar es mucho más intenso de lo que pueda traducir la palabra “amar”; mucho más apasionado. Sería mejor traducirlo por «esa pasión» o «ese amor apasio­nado». Y wo rah mujh mein our tujh mein thee: «y el espacio que había entre tú y yo...»

«El espacio...» Sólo de vez en cuando, cuan­do los corazones están abiertos, existe un espa­cio; por lo demás, la gente se comunica, pero no comulga. Hablan, pero no se escuchan. Ha­cen negocios, pero sólo existe un vacío entre ellos, no hay una alegría desbordante. Wo rah --«ese espacio»- y wo karar -«ese amor apa­sionado».

«Quizá te hayas olvidado, pero yo me acuerdo. No puedo olvidar que me dijiste una vez: 'Eres la reina del mundo, la mujer más be­lla.' Probablemente, ya no me puedas reconocer.. . »

Las cosas cambian, el amor cambia, los cuerpos cambian; la naturaleza de la existencia es el cambio, estar en un flujo. Escucho esa canción justo antes de entrar en vuestro remol­que, porque siempre la he adorado; desde mi niñez. Creo que seguramente me trae memorias..., sin duda lo hace.

Ayer os estaba contando el incidente con el monje jainista. No he terminado de contaros la historia, porque al día siguiente tuvo que vol­ver a casa de mi abuelo para mendigar comida.

Os costará entender por qué tenía que vol­ver si se había ido tan enfadado. Os tengo que explicar el contexto. Los monjes jainistas no pueden aceptar comida de nadie, excepto de otro jainista, y desafortunadamente para él, éramos la Única familia jainista de ese puebleci­to. No podía mendigar comida en ningún otro sitio, aunque le habría gustado, porque iba contra su disciplina. Por tanto, tuvo que vol­ver, muy a su pesar.

Mi Nani y yo estábamos esperando en el piso de arriba, mirando por la ventana porque sabíamos que volvería. Mi Nani me dijo:

-Mira, ahí viene. Bueno, ¿qué pregunta le vas a hacer hoy?

-No lo sé -le dije-. Primero le dejare­mos comer, y después, por cortesía, tendrá que dirigirse a la familia y a los que se hayan con­gregado allí.

     Después de la comida, los monjes jainistas pronuncian un sermón de agradecimiento.

-No te preocupes -le dije-, ya encon­traré algo que preguntarle. Primero déjale que hable.

       Habló con mucha cautela y brevedad, lo cual era poco habitual. Pero hables o no, si al­guien te quiere hacer una pregunta, lo puede hacer. Puede cuestionar tu silencio. El monje estaba hablando de la belleza de la existencia, creyendo, probablemente, que eso no daría lu­gar a ninguna discusión; pero sí lo hizo.

Me puse de pie. Mi Nani se reía desde el fondo de la habitación; todavía me acuerdo de su risa:

-¿Quién ha creado este bello universo? -le pregunté al monje.

Los jainistas no creen en Dios. Para la men­te occidental de los cristianos es difícil com­prender que una religión no crea en Dios. El jainismo es muy superior al cristianismo; por lo menos no cree en Dios, ni en el Espíritu Santo ni en las demás tonterías. El jainismo, lo creáis o no, es una religión atea; ser ateo y, no obstante, religioso, parece entrar en contradic­ción, es ilógico. El jainismo es ética pura, mo­ralidad pura, sin ningún Dios. De modo que cuando le pregunté al monje jainista:

-¿Quién ha creado esta belleza? Obviamente respondió lo que yo suponía: -Nadie.

Ésa es la respuesta que estaba esperando y le dije:

     -¿Es posible que una belleza semejante no haya sido creada por nadie?

     -Por favor, no me malinterpretes... -acertó a responder. Esta vez se había preparado; parecía más seguro.       -Por favor, no me entiendas mal -dijo-,no estoy diciendo que nadie sea alguien. ¿Os acordáis de la historia de Alicia a través del espejo? La reina le pregunta a Alicia: -¿Cuando venías de camino te has encontrado con alguien que viniera a verme? Alicia le contesta: -Con nadie. La reina le miró confundida y dijo: -Qué extraño, entonces nadie debería haber llegado antes que tú, y todavía no está aquí. Alicia se sonrió como una típica señora inglesa pero, por supuesto, sólo espiritualmente.

       Manteniendo seria la expresión, dijo: -Señora, nadie es nadie. -Claro -contestó la reina-, ya sé que na­die tiene que ser nadie, pero ¿por qué tarda tan­to? Parece que nadie anda más despacio que tú. Alicia se olvidó por un momento y dijo:-Nadie anda más rápido que yo. -Esto sí que es extraño -exclamó la reina-. Si nadie anda más rápido que tú, ¿como es que todavía no ha llegado?

En ese momento Alicia entendió la confu­sión, pero ya era demasiado tarde. Le volvió a repetir: -Señora, por favor, recuerde que nadie es nadie.

-Ya sé que nadie es nadie -dijo la rei­na-. Pero la pregunta es: ¿por qué no ha llega­do todavía? Yo le dije al monje jainista: -Ya sé que nadie es nadie pero, hablas con tanta belleza, con tantas alabanzas de la exis­tencia, que me sorprende, porque se supone que los jainistas no deben hacerlo. Da la im­presión que, debido a la experiencia de ayer, has cambiado de táctica. Puedes cambiar de táctica pero no me puedes cambiar a mí. Sigo preguntando: ¿si nadie ha creado el universo, cómo ha llegado a existir?

Él miró en todas las direcciones; todo el mundo estaba callado excepto mi Nani, que se estaba riendo estrepitosamente. El monje me preguntó:-¿Y tú sabes como ha llegado a existir? -Siempre ha estado ahí -le respondí-, no ha sido necesario que apareciera.

Después de cuarenta y cinco años puedo confirmar esa frase, después de la iluminación y la no iluminación, después de haber leído mucho y haberlo olvidado todo, después de conocer lo que es y -ponedlo en mayúscu­las- IGNORARLO. Puedo seguir diciendo lo mismo que dije de niño: el universo siempre ha estado ahí, no ha necesitado ser creado ni venir de ningún lugar, simplemente es.

El tercer día, el monje jainista no se presen­tó. Huyó de nuestro pueblo hasta el siguiente pueblo, donde había otra familia jainista. Pero debo rendirle homenaje: sin saberlo, inició a un niño en su viaje hacia la verdad. Desde aquel día he hecho esa misma pregun­ta a muchas personas, y he tenido que hacer frente a la misma ignorancia: grandes eruditos, sabios y destacados mahatmas venerados por miles de personas, pero incapaces de responder una simple pregunta hecha por un niño.

En realidad, las preguntas auténticas nunca han sido contestadas, y puedo predecir que nunca se contestarán, porque ante una pregun­ta auténtica la única respuesta es el silencio. No el silencio estúpido del erudito, del monje o del mahatma, sino tu propio silencio. No el si­lencio del otro, sino el silencio que crece en tu interior. Por lo demás, no hay ninguna res­puesta. Y el silencio que crece en tu interior es una respuesta para ti y para aquellos que se funden con amor en tu silencio; por otra parte, no es una respuesta para nadie más que para ti.

Ha habido, en el mundo, mucha gente si­lenciosa que no ha sido de gran ayuda para los demás. Los jainistas les llaman arihantas, los budistas les llaman arhatas; ambas palabras sig­nifican lo mismo. Los idiomas difieren un poco. Uno es pracrit y el otro es palio Son idio­mas vecinos o más bien hermanos. Arihanta, arhata; vosotros mismos os podéis dar cuenta de que se trata de la misma palabra.

Ha habido arihantas y arhatas; habían en­contrado la respuesta pero no eran capaces de revelarla, y si no eres capaz de anunciarla, anunciarla desde el tejado, tu respuesta no es de gran valor. Es simplemente la respuesta de una persona dentro de una multitud, donde todo el mundo tiene muchas preguntas. El arihanta se muere pronto, y con él su silencio. Desaparece como cuando escribes encima del agua. Se puede escribir, puedes firmar en el agua, pero cuando has terminado de escribir tu firma ya no esta ahí.

El verdadero maestro no sólo conoce, sino que ayuda a conocer a miles de personas. Su conocimiento no es particular, está abierto a todos los que están listos para recibirlo. Ahora sé la respuesta. He acarreado con la pregunta desde hace miles de años, en un cuerpo, en otro cuerpo, de cuerpo en cuerpo, y por prime­ra vez ha sucedido la respuesta. Ha sucedido porque he preguntado insistentemente sin miedo a las consecuencias.

Estoy rememorando estos incidentes para haceros conscientes de que si uno no pregunta, no pregunta con totalidad a todo el mundo, es difícil que se pregunte a sí mismo. Cuando te echan de todas las puertas -cuando todas las puertas están cerradas o en todas partes te dan portazos- finalmente te vuelves hacia den­tro... y ahí está la respuesta. No está escrita; no encontrarás una Biblia, una Tara, un Corán, un Gita, un Tao Te Ching o un Dhammapa­da... No, allí no encontrarás nada escrito.

Tampoco te vas a encontrar a nadie; a un Dios o una figura paternal que te sonría, te dé palmaditas en la espalda y te diga:

-¡Bueno, hijo mío! Muy bien, has vuelto a casa. Te perdono todos tus pecados.

No, allí no vas a encontrar a nadie. Lo que vas a encontrar es un silencio inmenso, abru­mador, tan espeso que parece que lo puedes to­car... como a una mujer hermosa. Lo puedes sentir como una bella mujer, sólo es silencio, pero muy tangible.

Cuando desapareció el monje del pueblo nos reímos sin parar durante días, sobre todo mi Nani y yo. ¡Era como una niña! Debía tener cer­ca de cincuenta años pero era como si su espíritu no hubiese crecido. Se rió conmigo y dijo:

-Has hecho bien.

Todavía recuerdo la espalda del monje mientras huía. Los monjes jainistas no son her­mosos; no pueden serlo, todo su enfoque es re­pugnante, sencillamente repugnante. Incluso su espalda era repugnante. Siempre he amado todo lo bello dondequiera que se encuentre, en las estrellas, en el cuerpo humano, en las flores, o en el vuelo de un pájaro..., donde sea. Soy un descarado adorador de la belleza, porque no sé cómo se puede conocer la verdad si no amas la belleza. La belleza es el camino hacia la verdad. El camino y la meta no son diferentes: a la lar­ga el camino mismo se convierte en la meta. El primer paso es también el último.

El encontronazo -sí, esta es la palabra correc­ta-, el encontronazo con el místico jainista fue el primero de otros muchos encontronazos, jainistas, hinduistas, musulmanes y cristianos; y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por tener una buena discusión.

No os lo creeréis, pero a los veintisiete años, después de haberme iluminado, fui circuncida­do para entrar en una orden sufí musulmana donde no admitían a nadie que no hubiese sido circuncidado.

-De acuerdo -les dije-, ¡hacedlo! Este cuerpo se destruirá de todas formas y sólo le vais a quitar un pedacito de piel. Podéis cortar­lo pero quiero entrar en la escuela. Ni siquiera ellos me podían creer. -Creedme -insistí-, estoy preparado. Cuando empecé a discutir exclamaron: -¡Estabas muy dispuesto para la circuncisión y, sin embargo, no estás dispuesto a acep­tar nada de lo que decimos!

-Es mi forma de ser -repliqué-. Siem­pre estoy dispuesto a dar un sí para lo no esen­cial pero soy absolutamente inexorable para lo esencial, nadie me puede obligar a decir que sí.

Por supuesto, me tuvieron que expulsar de la supuesta orden sufí, aunque les dije:

-Con mi expulsión, estáis declarando al mundo que sois seudo-sufís. Estáis expulsando al único sufí auténtico. En realidad, yo os ex­pulso a todos.

Se miraron desconcertados. Pero es cierto, yo no había entrado en su orden para conocer la verdad; ya la conocía. Entonces, ¿por qué había entrado? Sencillamente, porque allí tenía buena compañía con la que discutir.

He disfrutado discutiendo desde mi infan­cia. Puedo hacer cualquier cosa con tal de tener una buena discusión. ¡Pero qué difícil es encon­trar un buen ambiente para discutir! Ingresé en la orden sufí -lo confieso, ahora, por primera vez-, e incluso permití que me circuncidaran esos idiotas. Utilizaron un método tan primitivo que tuve que padecer más de seis meses. Pero eso no me importó; mi única preocupación era conocer el sufismo desde dentro. ¡Qué lástima! No he podido encontrar un verdadero sufí en toda mi vida. Pero esto no se aplica sólo a los su­fís, tampoco he encontrado un verdadero cris­tiano ni un verdadero hasidista.

J. Krishnamurti me pidió que nos encon­trásemos en Bombay. Parmananda, un amigo común, me hizo llegar su mensaje.

-Parmananda -le dije-, vuelve y dile a Krishnamurti que si quiere que nos veamos de­bería venir él aquí (sería lo apropiado) en vez de pedirme que vaya a verle.

-Pero él es mucho más viejo que tú -dijo Parmananda.

-Vete a verle y no contestes en su nombre -dije-. Si te dice que es más viejo que yo, entonces no vale la pena ir, porque el desper­tar no es ni más viejo ni más joven; siempre es igual, completamente nuevo, eternamente nuevo.

Se fue y jamás volvió, porque ¿cómo iba a venir Krishnamurti a visitarme, siendo un hombre mayor? Y, a pesar de todo, era él el que me quería conocer. Es interesante, ¿no os pare­ce? Nunca tuve interés en conocerle, si no, lo habría hecho. Me quería conocer y, sin embar­go, quería que fuese a donde él estaba. Coinci­diréis conmigo en que esto es demasiado. Par­mananda nunca volvió con una respuesta. Cuando le vi al día siguiente le pregunté: -¿Qué ha pasado? -Krishnamurti se enfadó tanto -me res­pondió-, estaba tan furioso, que no le volví a preguntar.

Era él el que me quería conocer; a mí me habría encantado verle, pero nunca quise ir por la sencilla razón que no me gusta ir a visitar gente, aunque se trate de J. Krishnamurti. Me gusta lo que dice, me gusta lo que es, pero nunca he tenido el deseo de conocerle -por lo menos no le he encargado a nadie que le dijera que viniese- porque, en ese caso, la solución es sencilla: voy a verle. Él quería conocerme, quería verme y, sin embargo, quería que yo fuese a donde él estaba. Eso nunca me ha gus­tado ni me gustará.

Se originó, al menos por su parte, un anta­gonismo hacia mí. Desde ese día empezó a ha­blar en contra mía. En cuanto ve a mis san­nyasins se comporta como si fuese un toro. Ya sabes lo que sucede cuando ondeas una bande­ra roja delante de un toro. Lo mismo le ocurre a él cuando ve a uno de mis sannyasins vestido de rojo: de pronto, se enfurece. Yo digo que debe haber sido un toro en su vida pasada; to­davía no se ha olvidado de su antagonismo con el color rojo.

Esto comenzó el día que me negué a ir a co­nocerle. Antes de eso, nunca había hablado en mi contra. En lo que a mí respecta, soy un hombre libre. Puedo hablar a favor de alguien y acto seguido en su contra, sin que esto me cause ningún problema. Me encantan las con­tradicciones y todo tipo de incongruencias.

J. Krishnamurti está contra mí, pero yo no estoy contra él. Le sigo queriendo. Es una de las personas más bellas del siglo xx. No creo que se le pueda comparar con ninguna otra persona viva, pero tiene una limitación y esa limitación ha sido su ruina. Su limitación es que pretende ser completamente intelectual y eso no es posi­ble cuando intentas ascender, cuando quieres ir más allá de las palabras y de los números.

Krishnamurti debería estar más allá, un poco más allá, pero está atado a la intelectuali­dad victoriana. Su intelectualidad ni siquiera es moderna, sino victoriana; ya ha cumplido casi un siglo. Dice tener suerte por no haber leído los Upanishads, el Gita o el Corán. ¿Entonces a que se dedica? Os lo voy a decir: ¡lee novelas policiacas de tercera categoría! No se lo digáis a nadie, por favor, si no se dará cabezazos contra la pared. No me preocupa su cabeza sino la pa­red. En lo que respecta a su cabeza, ha estado padeciendo migraña los últimos cincuenta años -esto es más de lo que yo he vivido-, hasta tal punto, que cuenta en su diario que, muchas veces, se ha querido dar cabezazos con­tra la pared. Sí; me preocupa la pared.

¿Por qué padece migraña? Por que es de­masiado intelectual, simplemente por eso. No es el caso del pobre Asheesh, el que me cons­truye las sillas; también tiene migraña pero lo suyo es físico. La migraña de J. Krishnamurti es espiritual. Es demasiado intelectual; te puede dar una migraña simplemente con es­cucharle. Si no te da una migraña después de oír un discurso de J. Krishnamuni es que ya estás iluminado o no tienes cabeza. Lo segun­do es más probable. Lo primero es más difícil.

La migraña de Asheesh se puede curar, pero la de Krishnamurti es irreversible. No tiene cu­ración. Aunque ahora ya no es necesario, por­que es muy viejo y está acostumbrado a vivir con migraña. Ya es como si fuese su mujer. Si le quitas la migraña se quedará solo, viudo. No debemos hacerlo. Su migraña y él están casa­dos y se morirán juntos.

Os decía que mi primer encuentro con el monje jainista fue el inicio de una larga serie de encuentros con muchos presuntos monjes: con farsantes. Todos adolecen de intelectuali­dad, y yo he nacido para que bajen de las nu­bes. Pero es casi imposible hacerles entrar en razón. Probablemente, no quieren porque tie­nen miedo. Quizá les resulte muy ventajoso no tener sensibilidad ni inteligencia.

Se les respeta como si fuesen santos; para mí no son más que estiércol de vaca sagrada. El estiércol de vaca tiene algo bueno: que no hue­le. Os recuerdo que soy alérgico a los olores. El estiércol de vaca tiene una característica buena, que es analérgico. ¿Cuál es la palabra correcta, Devaraj? -Analergénico, Osho. Eso es, analergénico. Mi Nani no era realmente una mujer hin­dú; Occidente no le habría resultado tan ajeno. Tened en cuenta que era totalmente inculta, probablemente por eso era tan perspicaz. Tal vez viera en mí algo que yo no advertía toda­vía. Quizá me quería tanto por eso..., no lo sé. Ahora ya no está viva. Pero sí sé una cosa: que no quiso volver al pueblo tras la muerte de su marido; se quedó en el pueblo de mi padre. La tuve que dejar ahí, pero cada vez que volvía le preguntaba: -¿Nani, nos volvemos al pueblo? Siempre respondía: -¿Para qué? Tú estás aquí. Esas tres palabras retumban en mi interior como una música que resuena: «Tú estás aquí.» Es lo mismo que os digo a vosotros. Ella me quería; vosotros sabéis que nadie os quiere más que yo. Es hermoso. Nunca habéis estado aquí.

     ¡Qué lástima, ojalá pudiera invitaros a este espacio himalaico! «Ahora» es un espacio de enorme belleza... Pobre Devageet, todavía oigo su risilla. ¡Dios mío! ¿No existe un fár­maco que, al menos, me impida oír esa ri­silla?

No creáis que me he vuelto loco. Ya lo esta­ba. ¿Veis? Mi locura y la vuestra son totalmente distintas. Tomad nota. Hasta Rasputín sería sannyasin si estuviese vivo..., quiero decir que habría sido sannyasin. Nadie, sin excepción, me puede engañar.

Soy el tipo de persona que, incluso en el mo­mento de su muerte, dirá: «Basta, basta por hoy...»

 

 

Sesión 10

 

Estaba mirando unas fotos del desfile de la boda de la princesa Diana y, curiosamente, lo único que me ha impresiona­do de todo ese disparate ha sido la belleza de los caballos, sus alegres brincos. Viéndolos, me he acordado de mi caballo. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a Gudia, que ado­ra los caballos. Pero ahora que ya no guardo ningún secreto os lo puedo contar.

No sólo tenía un caballo; en realidad, tenía cuatro. Uno era de mi propiedad; ya sabéis lo remilgado que soy..., incluso ahora no dejo que nadie se monte en mis Rolls Royces. Soy muy quisquilloso. En aquella época ya era así. Nadie tenía permiso para montar mi caballo, ni si­quiera mi abuelo. Por supuesto, yo podía mon­tar los caballos de todo el mundo. Tanto mi abuelo como mi abuela tenían uno. Era raro ver montar a caballo a una mujer en un pueblo hindú; pero ella era una mujer rara, ¡qué le va­mos a hacer! El cuarto caballo era de Bhoora, el criado que me seguía con un fusil, a cierta dis­tancia, naturalmente.

El destino es extraño. Nunca le he hecho daño a nadie, ni siquiera en sueños. Soy abso­lutamente vegetariano. Pero el destino ha que­rido que, desde mi primera infancia, me si­guiese un guarda. No sé por qué pero, desde Bhoora, nunca he dejado de tener escolta. In­cluso hoy en día llevo escoltas, delante o de­trás, pero siempre están ahí. El juego empezó con Bhoora.

Ya os he contado que parecía un europeo, pero eso le llamaban Bhoora. No era su verda­dero nombre. Bhoora, en realidad, quiere decir «el blanco». Yo tampoco conozco su verdadero nombre. Tenía cara de europeo, muy europeo, y eso era realmente extraño, especialmente en aquel pueblo, donde no creo que hubiese en­trado ningún europeo. Pero hay escoltas que...

Incluso cuando era un niño podía entender que era necesario que Bhoora me siguiese a ca­ballo a cierta distancia, porque me intentaron raptar en dos ocasiones. No sé qué interés po­dían tener en mí. Ahora por lo menos lo en­tiendo. Mi abuelo, aunque no era muy rico se­gún la media europea, indudablemente era muy rico para ese pueblo. Dakaits: ahora De­vageet se va a encontrar con dificultades para escribir la palabra «dakait»...

No es una palabra inglesa, proviene de la palabra daku del hindi. En ese sentido, el in­glés es una de las lenguas más generosas del mundo. Todos los años incorpora ocho mil pa­labras de otros idiomas; por eso, cada vez se vuelve más importante. Sin lugar a dudas, se va a convertir en el idioma mundial; nadie lo pue­de impedir. Por otra parte, los demás idiomas son muy tímidos, se van encogiendo. Creen en la pureza, en que no deben mezclarse con nin­gún otro idioma. Naturalmente, tenderán a hacerse más reducidos y primitivos. Dakait es una transliteración de daku; significa ladrón, pero no un ladrón corriente, sino cuando un grupo de gente, armada y organizada, planea un robo: esto se llama dakaitry.

Cuando era joven, en India era muy corrien­te que raptaran a los hijos de la gente rica para después amenazar a los padres con cortarles las manos a sus hijos si no pagaban. A veces, ame­nazaban con dejar ciego al niño, y cuando los padres eran muy ricos, la amenaza era más di­recta: matar al niño. Los pobres padres eran ca­paces de cualquier cosa con tal de salvarlo.

Intentaron secuestrarme en dos ocasiones. Me salvé por dos motivos: uno de ellos fue mi caballo, un caballo árabe muy fuerte, y el se­gundo fue Bhoora, el criado. Mi abuelo le or­denó que disparara al aire, no contra los que me raptaban, porque eso está contra el jainis­mo, pero sí puedes disparar al aire para asustar­los. Por supuesto, mi abuela le murmuró al oído a Bhoora:

-No le hagas caso a mi marido. Puedes disparar al aire primero, pero si no funciona, ten presente esto: como no dispares a la gente yo te dispararé a ti -y ella tenía muy buena puntería. Le he visto disparar y siempre acerta­ba, hasta en la diana más pequeña. Era exacta­mente como Gudia, no solía fallar.

Nani, en muchos sentidos, era como Gu­dia, con una gran precisión en todos los deta­lles. Siempre iba al grano, no se andaba con ro­deos. Hay personas que dan vueltas y más vueltas: tienes que adivinar lo que realmente quieren. Ésa no era su forma de ser: ella era exacta, matemáticamente exacta:

-Te lo advierto -le dijo a Bhoora-, como vuelvas a casa sin él, sólo para comunicarme que lo han raptado, te dispararé inmediatamente.

Yo lo sabía, Bhoora lo sabía y mi abuelo lo sabía, porque aunque se lo hubiese dicho a Bhoora al oído, no fue un susurro; lo dijo lo suficientemente alto para que se enterara todo el pueblo. Lo decía en serio. Siempre hablaba en serio de sus asuntos.

     Mi abuelo miró hacia otro lado. No lo pude resistir, eché una carcajada y le dije:

-¿Por qué miras hacia otro lado? Ya has oído lo que ha dicho. Si eres un auténtico jainista dile a Bhoora que no debe disparar a nadie. Pero antes de que mi abuelo pudiese decir nada intervino mi Nani: -He hablado con Bhoora también en tu nombre; por tanto, cállate.

Era una mujer tal que habría sido capaz de dispararle a mi abuelo. Yo la conocía; no literal­mente, sino metafóricamente, pues es aún más peligroso que conocerla literalmente. Por tanto, se quedó callado.

Casi me raptan en dos ocasiones. La primera vez me trajo a casa mi caballo, y en otra ocasión, Bhoora tuvo que disparar, al aire, por supuesto. Si hubiese sido necesario, probablemente habría disparado a la persona que me quería secuestrar. Pero no hizo falta, se salvó, y también salvó la religión de mi abuelo.

Desde entonces, es raro..., me parece rarísi­mo porque soy totalmente inofensivo para todo el mundo; sin embargo, he estado en peli­gro muchas veces. Han atentado contra mi vida en numerosas ocasiones. Siempre me he preguntado por qué alguien le querrá poner fin antes de tiempo, si la vida, por sí misma, se acaba antes o después. ¿Con qué propósito? Si el propósito estuviese claro, dejaría de respirar en este mismo instante.

Una vez le pregunté a un hombre que había intentado matarme. Tuve la ocasión de hacerla porque se hizo, finalmente, sannyasin.

-Ahora que estamos aquí los dos solos -le pregunté-, cuéntame por qué me has querido matar. En aquella época, en los Woodlands de Bombay, acostumbraba a dar sannyas a la gen­te yo solo en mi habitación.

-Estamos solos -le comenté-. Te puedo dar sannyas, eso no es ningún problema. Hazte sannyasin primero, y cuéntame luego por qué me quisiste matar. Si eres capaz de convencer­me, dejaré de respirar aquí y ahora, delante de ti.

     Comenzó a llorar y a gemir y me agarraba los pies. -Esto no vale -aclaré-, me tienes que convencer del motivo. -He sido un idiota -respondió-. No te puedo decir otra cosa, me dio un berrinche.

Probablemente, ésa sea la razón por la que han atacado a una persona inofensiva como yo, de todas las formas posibles. Me han envene­nado...

De vez en cuando, Gudia tiene algún berrin­che pero nunca me hace daño. No podría, le re­sultaría imposible. De vez en cuando, te puede dar una rabieta, especialmente a las mujeres; y más aún cuando tiene que vivir las veinticuatro horas del día, y a veces más, con un hombre como yo: nada amable, inflexible, que te lleva hasta el límite, que no te permite dar marcha atrás y que siempre te está empujando y te está diciendo: -¡Salta, no lo pienses!

     Mi Nani me recuerda a Gudia, especial­mente cuando tenía una rabieta. La he visto con berrinches pero nunca me preocupé. Le he visto coger su fusil y precipitarse a la habita­ción de mi abuelo sin que me inmutara.

-¿No te da miedo? -me preguntó. -Haz tu trabajo y deja que yo haga el mío -le respondí.

-Eres un chico raro -dijo riéndose-. Estoy a punto de matar a tu abuelo y tú sigues construyendo casas con una baraja de cartas. ¿Estás loco o qué te pasa?

-Vete y mata al viejo -le contesté-. Siempre había soñado con hacerlo yo mismo, así que, ¿por qué me iba a preocupar? No me Interrumpas.

Se sentó a mi lado y empezó a ayudarme a hacer el castillo que estaba construyendo con las cartas. Pero cuando le dijo a Bhoora: -Si alguien toca a mi niño no dispares al aire sólo porque somos jainistas... La religión está bien para el templo. En la calle tenemos que comportamos como se comporta todo el mundo, y el mundo no es jainista. ¿Cómo nos vamos a comportar de acuerdo a nuestra filosofía?

Entiendo su lógica cristalina. Cuando hablas con una persona que no entiende el inglés no le puedes hablar en inglés. Tendrás más posibilidades de comunicarte si le hablas en su propio idioma. Las filosofías son idiomas; esto debe quedar claro. Las filosofías no quieren decir nada en absoluto, son idiomas. Lo comprendí en el momento que mi abuela le dijo a Bhoora: -Cuando un dakait intente raptar a mi niño, háblale en un lenguaje que él pueda en­tender, olvídate del jainismo.

Aunque, para mí, en ese momento no estuviese tan claro como más adelante, a Bhoora le debió quedar claro. Indudablemente, mi abuelo entendió la situación porque cerró los ojos y comenzó a repetir su mano-a:

-Namo arihantanam namo... namo siddha­nam namo...

Me reí y mi abuela dejó escapar una risita. Bhoora, por supuesto, sólo sonrió. Pero todo el mundo entendió la situación; ella tenía razón, como siempre.

Hay otro parecido entre Gudia y mi abuela que os voy a contar: casi siempre tiene razón, incluso conmigo. Cuando dice algo, a veces no estoy de acuerdo, pero sé que al final tendrá razón. Yo no se la doy, eso también es verdad. Soy un testarudo, lo diré una y otra vez. Me mantengo en lo que soy, esté bien o esté mal. Mi error es mi error, y me gusta porque es mío. En cuanto a la cuestión de si está bien o está mal... siempre que hay un conflicto sé que, fi­nalmente, Gudia tendrá razón. De momento decido yo, y soy un hombre testarudo.

Mi abuela tenía la misma virtud: la de tener siempre la razón: -¿Piensas que los dakaits creen en el jainis­mo? -le preguntó a Bhoora-. Y ese viejo tonto... -dijo señalando a mi abuelo que repetía su mantra. Luego dijo: -El viejo tonto te ha dicho que sólo dispares al aire porque no debemos matar. Déjale que repita su mantra. ¿Quién le ha dicho que tenga que matar? Tú no eres jainista, ¿no es cierto?

En ese momento, supe instintivamente que si Bhoora hubiese sido jainista habría perdido su empleo. Antes de esto, nunca había prestado atención a si Bhoora era o no jainista. Por primera vez me preocupé por el pobre hombre y empecé a rezar. No sé a quién rezaba porque los jainistas no creen en Dios. Nunca se me inculcó ninguna creencia, pero comencé a decir para mis adentros:

     -Dios, si estás ahí, conserva el trabajo de este hombre. ¿Veis lo que quiero decir? Incluso entonces dije «Si estás ahí...»; no puedo mentir ni siquiera en esa situación.

       Pero, gracias a Dios, Bhoora no era jainista. -No soy jainista -respondió-; por tanto, no me importa. -Recuerda lo que te he dicho yo y no lo que ha dicho el viejo tonto -le advirtió mi Nani. De hecho, le solía llamar así a mi abuelo: «ese viejo tonto» aunque yo he reservado ese término para Devageet. Pero ese «viejo tonto» se ha muerto. Mi madre..., mi abuela se ha muerto. Perdonadme, he vuelto a decir «mi madre». Realmente, no puedo creer que no fuese mi madre sino mi abuela.

Por cierto, os sorprenderéis de que todos mis hermanos excepto yo (y suman casi una docena, sin contarme a mí), llaman a mi madre «Ma», madre; yo la llamo «Bhabhi». La gente en India solía preguntarse por qué llama ba Bhabhi a mi madre, porque significa «esposa del hermano mayor». En India el hermano mayor se llama bhaiya; y su mujer se llama bhabhi. Mis abuelos llaman a mi madre Bhabhi, que está perfectamente bien. ¿Por qué le sigo llamando Bhabhi? La razón es que yo había conocido a otra mujer como madre: era la madre de mi madre.

Tras esos primeros años de conocer a Nani como mi madre me resultó imposible decirle «Ma», madre, a otra mujer. Siempre la he lla­mado mi Nani, aunque sabía que no era mi verdadera madre, pero ella me cuidó como una madre. Mi verdadera madre se quedó un poco lejos, un poco ajena. Aunque mi Nani esté muerta, está más próxima. Aunque mi madre ahora está iluminada, la sigo llamando Bhabhi, no puedo llamarla Ma. Decirlo sería como traicionar a alguien que está muerto. No; no puedo hacerlo. Mi misma abuela me dijo muchas veces: -¿Por qué sigues llamando a tu madre Bhabhi? Llámala madre. Yo ignoraba su pregunta. Es la primera vez que hablo de esto, o que os lo menciono.

Mi Nani, de alguna forma, se ha vuelto par­te de mi propio ser. Me quería inmensamente. Una vez entró un ladrón en nuestra casa. Ella estaba desarmada pero luchó con él, y me di cuenta de lo feroz que puede llegar a ser una mujer... ¡muy peligrosa! Si no llego a intervenir habría matado a ese pobre hombre:

-¡Nani! -exclamé-. ¿Qué estás haciendo? Déjalo, hazlo por mí. ¡Déjale que se vaya!

Le permitió marcharse, pero sólo porque me había puesto a gritar y a decirle que parara. El po­bre hombre no podía creer que la tenía sentada en su pecho agarrándole de! cuello con las dos manos. Sin duda, le habría matado. Si le hubiese apretado un poco más la garganta se habría muerto.

Cuando habló con Bhoora sabía que se lo de­cía en serio. Bhoora también lo sabía. Cuando mi abuelo empezó a repetir el mantra, supe que él también había entendido que hablaba en serio.

Me atacaron dos veces, y para mí era una ale­gría, una aventura. De hecho, en el fondo quería saber qué era eso del secuestro. Ésa ha sido siem­pre mi característica, podéis llamarlo mi carácter.

     Me alegro de tener esta cualidad. Solía ir a caba­llo por los bosques de nuestra propiedad. Mi abuelo me prometió que iba a heredar todo lo que poseía, y cumplió su palabra. Jamás le dio ni un solo pai  a ninguna otra persona.

Poseía cientos de hectáreas de terreno. Cla­ro que, en aquella época no tenían ningún va­lor. Pero no me preocupaba el valor; era muy hermoso: los altos árboles, el gran lago y la fra­gancia cuando maduraban los mangos en vera­no. Solía ir con mi caballo tan a menudo, que el caballo se aprendió el camino.

Sigo siendo el mismo, y cuando no me gus­ta un sitio no vuelvo a ir. He estado en Madrás una vez, sólo una vez, porque nunca me gustó ese lugar ni, particu­larmente, el idioma. Sonaba como si todo el mundo se estuviese peleando entre sí. Lo odio, y odio esta clase de idioma. De modo que le dije a mi anfitrión:

     -Ésta es la primera y la última vez que vengo a visitarte.

     -¿Por qué la última? -preguntó. -Odio este idioma -le expliqué-. Pare­ce como si se estuviesen peleando. Ya sé que no es cierto, que es la manera de hablar. Odio Madrás, no me gusta nada. A Krishnamurti le gusta Madrás, pero eso es asunto suyo. Va todos los años. Él es tami. De hecho nació cerca de Madrás. Es madrasi, por eso para él es natural ir allí. ¿Qué motivos tengo yo?

He estado en muchos lugares. ¿Por qué? No hay ningún porqué. Simplemente me apetecía ir. Me gusta estar en movimiento. ¿Lo cogéis...?, en movimiento. No tengo ninguna obligación, ni aquí ni allí ni en ningún sitio. Simplemente me muevo. En otras palabras: estoy en un tiovi­vo. Ahora creo que lo habéis cogido.

Solía montar a caballo, y al ver esos caballos en el desfile de la boda de la princesa Diana no podía creer que en Inglaterra hubiese unos caba­llos tan hermosos. La princesa es muy ordinaria, no digo que sea fea simplemente por cortesía. Y sin duda, el príncipe Carlos no es un príncipe: ¡fijaos qué cara! ¿Podríais afirmar que es una cara principesca? En Inglaterra quizá... ¡Y los invita­dos! ¡Y los señorones! Especialmente, el sumo sacerdote, ¿cómo se llama en Inglaterra? -El arzobispo de Canterbury, Osho.

     ¡Fantástico! ¡Arzobispo! Un gran nombre para semejante guión-guión-guión; ¡de lo contrario, dirán que no puedo estar iluminado porque he usado esas palabras! Pero creo que todo el mundo entenderá lo que quiero decir con guión-guión-guión, ¡hasta el arzobispo!

¡Tanta gente, y a mí sólo me han gustado los caballos! Eran las verdaderas personas. ¡Qué ale­gría! ¡Qué pasos! ¡Qué danza! Pura celebración. Me acordé de mi caballo inmediatamente, y de aquellos días...; todavía siento la fragancia. Me acuerdo del lago y de mí mismo cuando era un niño montando a caballo en los bosques. Es cu­rioso, pero aunque mi nariz esté dentro de este cepo puedo oler los mangos, los árboles neem, los pinos y hasta a mi caballo.

Menos mal que no era alérgico a los olores en aquella época, o, quien sabe, quizá era alér­gico pero no me daba cuenta. Es una extraña coincidencia, pero el año que me iluminé fue el año que me volví alérgico. Probablemente ya era alérgico y no me había dado cuenta, y al iluminarme tomé conciencia. Ahora he renun­ciado a la iluminación.

«Por favor [le pido a la existencia] elimina esta alergia para que pueda volver a montar a caballo.» Ése será un gran día, no sólo para mí, sino para todos mis sannyasins.

Hay una foto que no dejan de publicar en todo el mundo, en la que estoy montado en un caballo de Cachemira. Sólo es una foto; en rea­lidad, no estaba cabalgando. Pero como el fo­tógrafo me quería hacer una foto a caballo, y yo le tenía cariño -quiero decir al fotógrafo-, no me pude negar. Se había traído el caballo y todo el equipo, por eso le dije que sí. Sólo me senté en el caballo, y en la foto se puede ver que no tengo una sonrisa auténtica. Es la son­risa que pones cuando el fotógrafo te dice: «¡Sonría, por favor!»

Pero si puedo trascender la iluminación, quién sabe, quizá trascienda la alergia, por lo menos a los caballos. Entonces podré estar ro­deado de un mundo como aquél:

                      El fago... Las montañas... El río...

Sólo que echaré de menos a mi abuela. Devageet, no eres el único judío aquí. Re­

cuerda que no tienes prisa. Soy yo el que tengo prisa. ¡Me duele la vejiga! Así que, por favor...; siempre quiero decir la última palabra. Habrías sido una fantástica esposa quejica, Devageet. ¡De verdad, lo digo en serio! Encuentra un buen chico, y vete de luna de miel. Veis, ya creéis que os dejo ir. No tengáis tanta prisa. ¡Vuestras vejigas no están a punto de reventar! Ahora...Así está bien. ¡Es jabufoso! Acabo de usar esta palabra por primera vez en mi vida... ¡es fabuloso! No sé lo que significa, pero cuando tienes la vejiga a punto de reventar, ¡qué más da!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SESIÓN  11

 

Devageet... muy bien, después de re­cibir el golpe has visto las estrellas. Yo también las puedo ver contigo. De acuerdo. El pueblo donde nací no formaba parte del Imperio británico. Era un pequeño estado go­bernado por una reina musulmana. Me acuer­do ahora de ella. Es curioso..., era tan bella como la reina de Inglaterra, igual de bella. Pero tenía una cosa buena: era musulmana, mien­tras que la reina de Inglaterra no lo es. Este tipo de mujeres siempre deberían ser musul­manas, porque se tienen que esconder detrás de un velo llamado burqa. De vez en cuando visitaba nuestro pueblo; por supuesto, mi casa era la única del pueblo donde se podía quedar, y sobre todo porque amaba a mi abuela.

La primera vez que vi a la reina sin velo fue un día que estaban hablando mi Nani y ella. No podía creerlo: una reina, iY tan fea! Enton­ces comprendí la finalidad del burqa, el velo, lo que los hindúes llaman parda. Está bien para las mujeres feas; en un mundo mejor, también sería bueno para los hombres feos. Por lo me­nos no agredes a nadie con tu fealdad. Es una agresión. Si la belleza es una atracción, ¿qué es la fealdad? Es una agresión, un ataque, y nadie se puede proteger contra esto. No hay ninguna ley que te proteja. Me reí en la cara de la reina. -¿Por qué te ríes? -me preguntó. -Me río porque siempre me había preguntado cuál era la finalidad de un parda -res­pondí-, de un burqa. Ahora ya lo sé.

No creo que me entendiera, porque sonrió. A pesar de que era fea, debo admitir que tenía una sonrisa bonita. El mundo está lleno de cosas extrañas. Me he encontrado con mucha gente hermosa que, cuando sonríe, tiene una cara deformada, re­pulsiva. Conocí a Mahatma Gandhi cuando era un niño. Era feo hasta la médula. En realidad, podría decir que era singularmente feo, pero la belleza estaba en su sonrisa. Sabía sonreír; eso no lo puedo negar. Pero estoy en contra de todo lo demás, porque excepto su sonrisa, lo demás era una basura, ¡estaba podrido! Real­mente era un gran Bodhibasura. Nuestro Bod­hibasura no tiene ni punto de comparación con él.

He oído decir que a Swami Bodhibasu le lla­man Bodhibasura. ¡Me gusta! Le han añadido algo al nombre. En realidad, le han colocado exactamente donde está. Yo le puse el nombre Bodhibasu, que únicamente puede estar en su futuro. Pero la gente sólo ve lo que tiene debajo de los pies; le llaman Bodhibasura. Quizá habría sido un buen nombre para Mahatma Gandhi.

La reina... (Devageet reprime un estornudo.) Bueno, eso realmente me distrae. Devageet, ¿sabías que en India, cuando estornudas, la gente cree que entra el diablo dentro de ti? Por eso, para impedir que entre el diablo cuando estornudan, dicen con un clic (Osho chasquea los dedos con un dic) «Om shantih, shantih, shantih... Om shantih, shantih, shantih... Om shantih, shantih, shantih...» Tienes que chas­quear los dedos tres veces. No sé cómo llamáis hacer clic con los dedos; como quiera que se llame, eso es lo que hacen los hindúes.

Me pregunto si esto llega a disuadir al dia­blo, pero no interrumpe nada de lo que estu­vieses haciendo. Pero tú eres judío, no hindú, así que, por lo menos, sólo has estornudado y no has tenido que repetir toda la ceremonia hindú; si no, me habría vuelto cuerdo, y me da mucho miedo la cordura. No lo estoy diciendo mal, quiero decir cordura: me da mucho miedo la cordura.

Me parece que os estoy desconcertando. No os desconcertéis. Soy un loco que tiene miedo a estar cuerdo otra vez, y esa ceremonia puede volver cuerdo a cualquiera. Pero eres judío, ¡gracias a Dios! Como buen inglés, has hecho un esfuerzo para reprimir un estornudo; inclu­so eso lo puedo entender. Un inglés se reprime todo lo posible, hasta los estornudas, especial­mente delante de alguien al que considera más santo.

Pero tranquilízate, no pretendo ser más san­to que tú. Puedes estornudar alegremente, y así no me distraerás. Además me podría dar algu­na pista para la historia que os estoy contando. Volvamos al trabajo. El estornudo ya nos ha distraído bastante.

Como iba diciendo, el pueblo pertenecía a un estado pequeño, muy pequeño: Bhopal. No formaba parte de la soberanía inglesa. La reina de Bhopal, por supuesto, nos venía a visitar de vez en cuando. Os conté la vez que estuve pre­sente, cuando me reí de la fealdad de la mujer y de la belleza de su máscara. Su burqa era real­mente hermoso, estaba salpicado con zafiros. Mi abuela le había causado tan buena impre­sión, que la invitó a la siguiente celebración anual en la capital.

-Me resulta imposible ir -dijo mi abue­la-, porque no puedo dejar abandonado a mi niño durante tantos días.

En hindi «mi niño» es una expresión extre­madamente bonita, mera beta; significa «mi niño, mi chico». La reina respondió: -No te preocupes, puedes venir con él. Él también me gusta.

No entiendo cómo le podía gustar. No ha­bía hecho nada. ¿Por qué me castigaba? Solamente la idea de que esta mujer me quisiera era como si un monstruo reptara por mi cuerpo. En ese momento me parecía un auténtico monstruo, lleno de pringue. Probablemente, le gustaba comer chicle; era toda de chicle. Nun­ca en mi vida he tenido miedo a nada, excepto a esa mujer. Pero la aventura de ir a la capital como huésped de la reina y alojamos en su precioso palacio sobre el que había oído contar miles de historias era demasiado. Fui a la cele­bración anual con mi abuela.

Recuerdo el palacio. Es uno de los más bellos de India. Tenía doscientas hectáreas de bosque y un lago de doscientas hectáreas; en total, cuatrocientas hectáreas. La reina se portó muy bien con nosotros, pero debo confesar que evité mirarle a la cara siempre que pude. Quizá todavía esté viva, porque no era muy mayor entonces. Sucedió un extraño incidente a propósito del palacio; debería llamarlo coincidencia. Un día dije: -Muy bien, estoy listo para irme a los Himalayas -y ese mismo día me llamó el hijo de la reina de Bhopal para decirme que si nos interesaba, estaban dispuestos a ofrecernos su palacio; se trataba del mismo palacio del que os he hablado. Ese palacio..., por un instante no podía creer que me lo estuviesen ofreciendo. Habían perdido todo; había desaparecido todo el estado absorbido por India. Lo único que quedaba eran las cuatrocientas hectáreas y el palacio. Pero, a pesar de todo, sigue siendo un hermoso reino: doscientas hectáreas de bosque de árboles vetustos y doscientas hectáreas de un lago que sólo era una parte del gran lago de Bhopal.

El lago del Bhopal es el más grande de India. No creo que exista otro lago en el mundo que pueda compararse con éste, es enorme. No recuerdo cuántos kilómetros tiene de ancho, pero no se puede ver la otra orilla desde ningún sitio. Las doscientas hectáreas que están dentro de los terrenos del palacio forman parte del mismo lago aunque pertenecen al palacio.

-Es demasiado tarde -le respondí-. Dile al príncipe y a su madre, si todavía vive, que les agradecemos el ofrecimiento pero que he decidido ir a los Himalayas. Desde hace siete años estoy intentando en­contrar un terreno de algunos cientos de hectá­reas, pero siempre se interponen los políticos. Contéstales: -Recuerdo la visita que hice al palacio y a tu madre, que quizá todavía esté viva, no lo sé. Pero diles también: -Me gustaba el palacio y me sigue gustan­do, mas ahora que sé que me lo habéis ofreci­do. Pero he decidido ir a los Himalayas. Mi secretaria estaba escandalizada y dijo: -Te está ofreciendo el palacio sin pedirte dinero a cambio. Debe valer dos millones de dólares por lo menos.

-Que sean dos millones o veinte no tiene la menor importancia -le respondí-. Mi agradecimiento es mucho más valioso. ¿Cuán­            tos millones de dólares crees que vale? Simplemente dile: -Te da las gracias, pero tu ofrecimiento ha llegado unas horas tarde. Si le hubieses ofreci­do el palacio hace apenas unas horas probablemente lo habría aceptado. Ahora ya no hay nada que hacer.

El príncipe se disgustó cuando oyó esto. No podía creer que ofreciera semejante palacio sin pedir nada a cambio y que la respuesta fuese: -No gracias, lo siento. Conozco el palacio. Me invitaron una vez en mi infancia, y de nuevo otra vez más tarde. Lo he visto con los ojos de un niño y con los de un hombre joven. No; no me decepcionó cuando lo vi de niño, pero era mucho más her­moso de lo que yo podía apreciar entonces. Un niño, a pesar de ser inocente, tiene sus limita­ciones; su visión no contiene todas las posibili­dades. Sólo ve lo manifiesto. Volví al palacio cuando era un muchacho; de nuevo como in­vitado, y sabía que debía ser una de las cons­trucciones más hermosas del mundo, particu­larmente por el emplazamiento. Pero tuve que rechazarlo.

Algunas veces es un placer decir que no, porque sabía que si aceptaba habría un sinfín de problemas. Ese palacio no podía ser para mí. Los políticos, que se han vuelto todopode­rosos, incultos, corruptos, incapaces e inmora­les, se iban a entrometer inevitablemente. A pesar de que lo rechacé se entrometieron, pen­saron que el príncipe les estaba mintiendo por­que ¿cómo es posible que alguien rechace una oferta así?

He podido saber que le están torturando de todas las formas posibles para saber por qué me ofreció el palacio. No lo acepté. En realidad, no pasó nada, sólo una llamada de teléfono; pero eso fue suficiente.

Los políticos hindúes deben ser los peores del mundo. Hay políticos en todas partes, pero no se pueden comparar con los políticos hin­dúes.

El motivo está claro: durante dos mil años India ha vivido en la esclavitud. En 1947, por un golpe de suerte, India alcanzó la libertad. Digo por suerte, porque todavía no se lo mere­cían; hay que reconocer que todo el mérito es de Atrlee, el primer ministro inglés de aquella época. Era un socialista, un soñador. Creía en la igualdad, en la libertad y en todo tipo de ideas nobles. En realidad es el padre de la liber­tad hindú. No es que India se lo hubiera gana­do o se lo mereciera. Simplemente, fue la suer­te de que Atrlee fuese el primer ministro de Inglaterra.

Tras dos mil años de esclavitud los hindúes se han vuelto realmente astutos. Para poder so­brevivir, el esclavo tiene que ser astuto. La es­clavitud ya no existe; sin embargo, la astucia continúa. Ningún Atrlee puede acabar con ella. No está en manos de nadie, se ha extendi­do por toda India. A finales de este siglo, India será el país más poblado de la tierra. Sólo pen­sarlo me quita el sueño.

Cuando no quiero dormir pienso en la In­dia de finales de siglo. ¡Con eso es suficiente! Entonces, aunque me den pastillas para dor­mir, no me hacen efecto. ¡Simplemente, la idea de que India va a ser el país con mayor densi­dad de población, con todos esos políticos pig­meos, me basta! ¿Se os ocurre alguna pesadilla que supere a ésta? Rechacé aquel hermoso palacio. Todavía la­mento haber tenido que rechazar al único hombre que ha venido con un ofrecimiento sin pedir dinero. Pero tuve que hacerlo. Realmente le compadezco..., tuve que rechazarlo porque había tomado una decisión, y una vez que de­cido, tenga razón o no, no puedo dar marcha atrás. No puedo revocarlo; no lo llevo en la sangre. Es un tipo de obstinación. ¿Qué hora es, Devageet? -Las diez y media, Osho.

     ¡Muy bien! Dadme sólo diez minutos. Aho­ra que me acuerdo, no he dormido en toda la noche. Sin mi insistencia, ¿dónde estarías? Te ha­brías detenido hace mucho tiempo. Continúa, no seas una esposa judía. ¡Judía y esposa, las dos cosas juntas! Ni Dios podría con ello, por eso le basta con el Espíritu Santo.

Pobre Devageet, da igual lo fuerte que le golpee, nunca se toma la revancha. Es tan bue­no. Cualquiera, y cuando digo cualquiera me refiero a Moisés, a Jesús y a Buda, me tendría envidia. Gautama el Buda tenía su propio mé­dico, pero ningún buda ha tenido su propio dentista. Indudablemente, no tuvieron tanta suerte. Por lo menos nadie ha tenido a un De­vageet, eso está claro. Muy bien, paramos ahora.

 

 

 

 

 

 

 

SESIÓN  12

 

Me he pasado toda la noche trabajando a raíz de un pe­queño comentario que hice, que podría haberle herido a Devaraj. Tal vez no haya reparado en él, pero yo le he estado dando vueltas toda la noche. No he podido dormir.

-Ningún buda ha tenido un dentista pri­vado -dije-, pero Gautama el Buda tenía un médico privado.

Eso no es correcto, de modo que he consul­tado los registros, los registros akáshicos.

Tengo que añadir alguna otra cosa que no tiene importancia para nadie, especialmente para los tontos de los historiadores. No he esta­do consultando libros de Historia. He tenido que ir a lo que H. C. Wells denomina La má­quina del tiempo, hacia atrás en el tiempo. Es el trabajo más duro, y ya sabéis que soy un vago. Estoy que echo chispas.

El médico de Buda, Jivaka, le fue asignado por un rey llamado Bimbisara. Por otra parte, Bimbisara no era un sannyasin de Buda, sino sólo un simpatizante. ¿Por qué le asignó a Jiva­ka? Porque estaba compitiendo con otro rey llamado Prasenjita. Jivaka era el médico priva­do de Bimbisara, se trataba del médico más fa­moso de aquellos tiempos pero, con antela­ción, Prasenjita le había ofrecido a Buda su propio médico. Le acababa de decir:

-Mi médico particular está a tu entera dis­posición para lo que necesites.

Esto fue demasiado para Bimbisara. Si Pra­senjita lo podía hacer, entonces le demostraría que él era capaz de regalarle a Buda su médico más preciado. Por eso, aunque Jivaka seguía a Buda a todos lados, no era un seguidor, tened­lo en cuenta. Siguió siendo un hindú, un brah­min.

Es raro, era médico de Buda, estaba con él constantemente, incluso en los momentos más íntimos, y ¿seguía siendo un brahmin? Esto desvela la verdad. Jivaka seguía siendo un asa­lariado del rey. Estaba al servicio del rey. Si el rey quería que estuviese con Buda, de acuerdo, un sirviente tiene que obedecer una orden de su amo. A pesar de todo, rara vez estaba con Buda porque Bimbisara era viejo y necesitaba a su médico constantemente, de modo que le mandó volver a la capital.

Devaraj, tal vez no te hayas dado cuenta, pero lamento haber sido un poco cruel. No de­bía haberlo dicho. No podrías ser más único. En cuanto a ser el médico de un buda, no hay nadie mejor, ni en el pasado, ni en el futuro..., porque no va a volver a haber un hombre tan simple y tan loco que se llame a sí mismo Zor­ba el Buda.

Esto me recuerda la historia que os estaba contando. Me he quitado un gran peso de en­cima. Se nota en mi respiración. Me siento realmente aliviado. Ha sido un simple comen­tario, pero soy tan sensible, quizá más de lo que debería ser un buda. ¿Qué puedo hacer? No puedo ser un buda según otra persona; sólo puedo ser yo mismo. Me siento aliviado de una carga que tal vez tú no hayas sentido, o quizá, en el fondo, te has dado cuenta y lo has oculta­do tras una risita. No hay nada que me puedas ocultar.

Curiosamente, cualquier cosa que ayude al cuerpo a desaparecer hace que la conciencia se vuelva más clara y despejada. Me aferro a la si­lla para recordar que mi cuerpo todavía está aquí. No es que me interese que esté aquí, es para que vosotros no perdáis la cabeza. Aquí no hay espacio para que cuatro personas se vuelvan locas. Pero si enloquecéis en el buen sentido hay sitio en cualquier parte.

Ahora viene la historia. Digo que es una historia aunque no lo es, pero en la vida hay tantas cosas que parecen historias, que si sabes leer la vida, no necesitas una novela. Me pre­gunto por qué lee novelas J. Krishnamurti, y para colmo novelas de tercera categoría. Le fal­ta algo. ¡Qué lástima! Siendo un hombre tan inteligente no se da cuenta, o probablemente sí pero intenta engañarse con novelas policíacas.

Se considera afortunado por no haber leído el Bhagavadgita, el Corán y el Rigveda...; sin embargo, lee novelas policiacas. Del mismo modo, debería decir que es desafortunado por leer novelas policiacas; pero nunca lo dice. Lo sé porque en Bombay me alojaba en la misma casa que él. Nuestra anfitriona me preguntó:

-Sólo te quería hacer una pregunta: ¿por qué tú no lees novelas policiacas, qué ocurre?, yo creía que todos los iluminados leían novelas policiacas. -¿De dónde has sacado esa idea tan absur­da? -le pregunté. -De Krishnamurti -contestó-. Él tam­bién se aloja aquí; mi marido es discípulo suyo. A mí también me gusta y soy simpatizante suya. Le he visto leer novelas policiacas de ter­cera categoría y pensé que debía haber algún motivo. Perdona mi curiosidad en algo tan personal, pero he mirado dentro de tu maleta. Pensaba que tal vez escondías novelas poli­ciacas.

No solía llevar una sola maleta, sino tres maletas grandes. Debió pensar que acarreaba una biblioteca entera de novelas policiacas, pero no pudo encontrar ni un libro. Se quedó perpleja.

Otros amigos de Benarés, donde se suele quedar Krishnamurti, me hicieron la misma pregunta. También otros amigos de Nueva Delhi me han preguntado lo mismo. Seguro que no me equivoco cuando hay tanta gente en lugares diferentes preguntándome lo mismo. Ha habido mucha gente que le ha visto leer novelas policiacas en los aviones. De hecho, a decir verdad, yo también le vi, por casualidad, en un vuelo entre Bombay y Delhi. Estaba le­yendo una novela policiaca en ese momento. El destino quiso que viajáramos los dos en el mismo avión; por tanto, puedo decir, con toda seguridad, que lee novelas policiacas. No necesito testigos, yo mismo he sido testigo de ello.

Puedo hacer una historia de cada pequeña cosa que ocurre; sólo hace falta ponerlo en el contexto adecuado. Esta mañana os estaba contando el día que la reina de Bhopal visitó nuestro pueblo, que formaba parte de su esta­do, y nos invitó a ser sus huéspedes en la cele­bración anual. Cuando estaba en el pueblo le preguntó a mi Nani: -¿Por qué llamas Raja al niño? «Raja» significa «rey», y por supuesto, en ese estado el título de Raja se reserva para el dueño del estado. Ni siquiera llamaban «Raja» al esposo de la reina, sino sólo «príncipe», Raj­kumar, como el pobre Felipe de Inglaterra al que sólo llaman «Príncipe», ni siquiera «Rey», y curiosamente, es el único hombre de allí que tiene aspecto de rey. Ni la reina de Inglaterra tiene aspecto de reina, ni el pobre príncipe Carlos se parece al proverbial Príncipe Azul. Al único que parece un rey no le llaman rey, sino que le llaman «Príncipe» Felipe.

Siento pena por él. La razón de esto es que su sangre no pertenece al mismo linaje, y la sangre es determinante, al menos en su estúpi­do mundo. La sangre es sangre; en el laborato­rio, la sangre de un rey o de una reina no tiene ninguna característica especial. Dos de vosotros sois médicos, una es enfer­mera, y el cuarto, aunque no es ni médico ni enfermera, es casi las dos cosas pero, sin título, por supuesto. Todos entendéis que la sangre no es un factor determinante. La reina Isabel tiene la sangre adecuada; adecuada, no según los científicos, sino según los idiotas. Carlos es su hijo, al menos al cincuenta por ciento; tiene la herencia. Felipe es un extraño, pero para con­solarle le llaman «Príncipe».

Del mismo modo, en aquellos tiempos, en ese pequeño estado la mujer era la cabeza y se le llamaba reina, rani, pero no había un raja. Su marido sólo era príncipe: rajkumar. Natu­ralmente, le preguntó a mi abuela: -¿Por qué llamas Raja a este niño tuyo? Os asombrará saber que en su estado era ilegal dar el nombre Raja a ninguna persona. Mi abuela se rió y dijo: -Es el rey de mi corazón, y en lo que res­pecta a la ley, pronto nos marcharemos de este estado, pero no puedo cambiarle el nombre.

Incluso yo me sorprendí cuando dijo que nos iríamos pronto de ese estado... ¿para salvar mi nombre? Por la noche le dije:

-¿Nani, te has vuelto loca? Sólo para salvar ese estúpido nombre...? Cualquier nombre sir­ve, y en privado me puedes llamar Raja. No te­nemos que lrnos. -Siento en mis entrañas que nos tendre­mos que ir pronto de este estado -fue su res­puesta-. Por eso me he arriesgado.

Es exactamente lo que pasó. Este incidente ocurrió cuando tenía ocho años, y un año más tarde nos habíamos ido del estado para siem­pre..., pero nunca dejó de llamarme Raja. Me cambié de nombre porque me parecía que Raja, «el rey», era muy presuntuoso y no me gustaba que los demás se rieran de mí en el co­legio; además, sólo quería que me llamara Raja mi abuela y nadie más. Era un asunto privado entre los dos.

Pero la reina se ofendió por el nombre. Hay que ver cómo son estas personas, los reyes, las reinas, los presidentes, los primeros ministros..., ¡qué personajes! Y a pesar de todo, tienen poder. Son idiotas al máximo pero también poderosos al máximo. Es un mundo extraño.

-A mi parecer -le dije a mi abuela-, no sólo se ha ofendido por el nombre, sino que además te tiene envidia. Lo podía ver tan claro que no tenía ninguna duda al respecto. -y no te estoy preguntando si tengo razón o no -añadí-. De hecho, esto es lo que ha determinado mi forma de ser durante toda mi vida.

Nunca le pregunto a nadie si estoy en lo cierto o no. Bueno o malo, si lo quiero hacer, es que lo quiero hacer y lo vaya hacer bien. Si está mal haré que esté bien, pero nunca he per­mitido que interfiriese nadie. Esto me ha dado todo lo que tengo; ni tengo demasiadas cosas de este mundo, ni tengo saldo en el banco, sino que tengo lo que realmente importa: el gusto por la belleza, la verdad, la eternidad..., en pocas palabras, por uno mismo. -¿Qué hora es, Devageet? -Las ocho menos tres minutos, Osho. Muy bien. Esta mañana he sido muy duro con vosotros. No voy a decir nada sobre esto, sólo una cosa: con todas las personas que quie­ro se me olvida que me tengo que comportar. De modo que empiezo a hacer o a decir cosas que están bien cuando estoy solo, y eso es el amor: estar con alguien como si estuvieses solo. Pero, a veces, puede ser difícil para la otra per­sona.

Siempre me podría disculpar, pero es tan formal. Cuando golpeo, y lo hago a menudo, es con tanto amor que un «perdón» formal no sirve. Pero podéis ver mis lágrimas, dicen más que yo..., mucho más. Tened en cuenta que en el futuro seguiré siendo duro con vosotros, probablemente más duro. Ésa es mi forma de quereros. Espero que lo entendáis, si no es hoy, mañana, o quizá pasado mañana. No puedo asegurar si más adelante también, pero al menos estos dos días ya estoy comprometi­do. Estaré aquí. El resto está sin confirmar, aunque los próximos dos días voy a estar aquí.

Os contaba que un año más tarde nos fui­mos de ese estado y del pueblo. Antes os he contado que durante el viaje se murió mi abue­lo. Fue mi primer encuentro con la muerte, y fue precioso. No fue una cosa horrible, como lo que le sucede, más o menos, a todos los ni­ños del mundo. Afortunadamente, estuve con mi abuelo agonizante durante muchas horas, y murió lentamente. A medida que pasaba el tiempo podía sentir cómo le llegaba la muerte y pude ver el silencio que hay ahí.

También tuve suerte de que estuviese mi Nani. Sin ella, se me podría haber escapado la belleza de la muerte, porque el amor y la muer­te son muy parecidos, quizá iguales. Ella me amaba. Me colmó de amor, y la muerte estaba ahí, sucediendo lentamente. El carro de bue­yes..., todavía puedo oír el sonido..., el traque­teo de las ruedas sobre las piedras..., Bhoora gritando sin cesar a los bueyes..., el sonido del látigo azuzándolos..., todavía oigo todos los so­nidos. Todo esto está tan profundamente en­raizado en mi experiencia que no creo que lo borre ni siquiera la muerte. Incluso cuando me esté muriendo puede que vuelva a oír el sonido del carro de bueyes.

Mi Nani me sujetaba la mano y yo estaba completamente aturdido, sin saber qué estaba ocurriendo, enteramente en el presente. La ca­beza de mi abuelo estaba sobre mi regazo. Puse mis manos sobre su pecho, y poco a poco, desa­pareció la respiración. Al sentir que ya no res­piraba le dije a mi abuela:

     -Lo siento, Nani, pero parece que ya no respira. -No pasa nada -me dijo-. No-tienes por qué preocuparte. Ha vivido bastante y no hay por qué pedir más. También me dijo: -Ten en cuenta que estos momentos no se deben olvidar: no pidas más. Es suficiente con lo que hay. ¿Es suficiente? Dadme sólo diez minutos; yo os diré cuándo parar. Tengo más prisa que vosotros. Al final os he seducido. Ahora, lleno de alegría, puedo decir: dejadlo.

 

 

 

Sesión 13

 

     De acuerdo, quítame la toalla. Lo siento, Ashu, pero tengo que empe­zar mi tarea y comprenderás que es complicado llevar dos camisas sobre el mismo pecho, especialmente para el pobre corazón que está escondido dentro del pecho. El cora­zón no se puede comportar de una forma polí­tica o diplomática. No es diplomático; es sen­cillo e infantil.

No me olvido de Jesús. Me acuerdo de él mucho más que los cristianos que hay en el mundo. Jesús dice: «Bienaventurados los que son como niños, pues de ellos es el reino de Dios.» Lo más importante para recordar aquí es la palabra «pues». En todas las frases de Jesús que empiezan por: «Bienaventurados aque­llos...» y acaban por «...el reino de Dios» ésta es la única afirmación que es diferente, porque las ­demás dicen: «Bienaventurados los humildes porque heredarán el reino de Dios.» Son decla­raciones lógicas y son promesas para el futuro, el futuro que no existe. Ésta es la única donde se dice: «...pues de ellos es el reino de Dios.» Sin futuro, sin racionalidad, sin razón, sin pro­mesa de beneficio; simplemente, la pura afir­mación de un hecho, o mejor dicho, la simple afirmación de un hecho.

Esta afirmación siempre me impresiona, siempre me asombra. No entiendo cómo al­guien se puede asombrar cada vez que escucha la misma afirmación desde hace treinta años... Sí; desde hace treinta años esta afirmación ha estado conmigo, y mi corazón siempre tiembla de alegría: «Pues de ellos es el reino de Dios»..., tan ilógico y tan cierto a la vez.

     Ashu, te he tenido que decir que me quita­ras la toalla, porque no se puede hacer dos cosas a la vez, especialmente en un solo corazón. Y, desde que te conozco, me has tratado siempre tan bien que si intento recordar cuándo empe­zó me parece que te conozco desde siempre. No bromeo. Efectivamente, cuando pienso en Ashu no recuerdo cuándo entró en el mundo de mis allegados. Parece que siempre ha estado aquí, sentada a mi lado, ya sea como ayudante del dentista o no. Se ha convertido en la edito­ra asociada de Devaraj, se trata de un gran as­censo. Ahora puedes tener dos médicos a tu disposición. ¿No es fantástico? ¡Puedes hacer que luchen entre ellos y divertirte!

Ahora seguiré con mi historia... Antes de empezar, es bueno hacer una pequeña intro­ducción, lo más irracional posible, porque es exactamente la mejor introducción al hombre que soy. A veces me río de mí mismo sin ningún motivo, porque si hay un motivo se acaba la risa.

Uno se puede reír solamente sin motivo. La risa no tiene ninguna relación con la racionali­dad, así que, de vez en cuando, me aparto de la racionalidad y también de la irracionalidad; te­ned en cuenta que son dos caras de lo mismo, y entonces de verdad me río espontáneamente.

Naturalmente, no me puede oír nadie. No es físico, si no, Devaraj y Devageet ya lo habrían detectado con sus instrumentos. No lo pueden detectar. Trasciende toda la instrumentalidad. Fijaos qué palabra más bonita me acabo de inventar: instrumentalidad. Escríbelo exacta­mente así: instru-mental-idad. Así entenderéis de qué estoy hablando, al menos las palabras, y quizá algún día también entendáis la ausencia de palabras. Ésa es mi esperanza, mi sueño para todos vosotros.

Debéis estar preocupados porque hoy, realmente, estoy tardando mucho en empezar. Vo­sotros me conocéis, yo os conozco. Iré tan len­to como pueda. Eso os ayudará a vaciaros. En eso consiste mi trabajo, en vaciar: se podría lla­mar «Vaciado Ilimitado».

El otro día os conté que la muerte de mi abuelo fue mi primer encuentro con la muerte. Sí, fue un encuentro y algo más; no sólo fue un encuentro, si no, me habría perdido el verda­dero sentido. Vi la muerte y también vi algo más que no se estaba muriendo, que flotaba más alto, escapándose del cuerpo..., de los ele­mentos. Ese encuentro determinó el rumbo de mi vida. Me dio una dirección, mejor dicho, una dimensión desconocida hasta entonces.

Había oído hablar de las muertes de otras personas, pero sólo de oídas. Nunca había pre­senciado ninguna, y aun cuando lo hubiese visto, no significaban nada para mí.

Sólo te puedes encontrar de verdad con la muerte cuando amas a alguien y se muere. Resalta esto:

     Solamente puedes encontrarte con La muerte

en La muerte del ser querido.

     Cuando estás rodeado de amor y de muerte ocurre una transformación, una inmensa mu­tación, como si naciera un nuevo ser. No vuel­ves a ser el mismo. Pero las personas no pueden experimentar la muerte como la experimenté yo porque no aman. Si no hay amor la muerte no te puede dar las llaves de la existencia. Cuando hay amor te entrega las llaves de todo lo que es.

Mi primera experiencia de muerte no fue un simple encuentro. Fue complejo en muchos sentidos. El hombre que había amado se estaba muriendo. Era como un padre para mí. Me crió con una libertad total, sin inhibiciones, re­presiones ni mandamientos. Jamás me dijo «no hagas esto» o «haz eso». Tan sólo ahora puedo ver la belleza de ese hombre. A un anciano le resulta muy difícil no decirle a un niño «no ha­gas esto, haz aquello» o «siéntate aquí y no ha­gas nada» o «¿por qué no haces algo en lugar de estar ahí sentado sin hacer nada?». Pero nunca lo hizo. No puedo recordar ni una sola vez que intentase interferir en mi vida. Simplemente, se apartaba. Cuando pensaba que lo que estaba haciendo no estaba bien se apartaba y cerraba los ojos.

En una ocasión le pregunté:

-¿Nana, por qué cierras los ojos a veces, cuando me siento a tu lado?

-Ahora no lo vas a entender -respon­dió-, pero quizá algún día lo entiendas. Cierro los ojos para no impedirte hacer lo que estés haciendo, esté bien o mal. No es mi deber impedírtelo. Te he separado de tu padre y de tu madre. Si ni siquiera te puedo dar libertad, ¿qué sentido tiene el separarte de tus padres? Te separé de ellos solamente para que no pudieran interferir en tu vida. ¿Cómo voy a interferir yo? Pero sabes -prosiguió-, a veces me dan tentaciones. Tú eres una tentación muy gran­de. Si lo llego a saber, no me habría arriesgado. Por alguna razón tienes un talento especial para hacer todo lo que está mal. Una de dos, o yo estoy completamente loco o tú lo estás.

     -Nana -le consolé-, no tienes que preocuparte. Si alguien está loco, entonces soy yo.

     Y desde ese día le he dicho a la gente:

-No me hagáis caso, estoy loco.

     Se lo dije para consolarle y se lo sigo diciendo a la gente, que está realmente loca, para consolada. Pero cuando estás en un manico­mio y eres el único que no está loco, qué otra cosa puedes hacer sino decirle a la gente:

     -Relajaros, soy un loco, no me toméis en seno.

     Eso es lo que he estado haciendo toda mi vida.

Solía cerrar los ojos, pero, a veces, la ten­tación era demasiado grande... Por ejemplo, una vez estaba montado a caballo encima de Bhoora, nuestro criado. Le había mandado comportarse como si fuese un caballo. Al principio me miró confundido, pero mi abuela le dijo:

-¿Qué hay de malo en eso? ¿No puedes fingir un poco? Bhoora, compórtate como un caballo.

     Empezó a hacer todo lo que haría un caba­llo, y yo estaba montado encima.

Eso fue demasiado para mi abuelo. Cerró los ojos y empezó a cantar su mantra: «Namo arihantanam namo... namo siddhanam namo.»

Por supuesto, me detuve, porque cuando empezaba a cantar su mantra quería decir que era demasiado para él. Era tiempo de dejarlo. Le sacudí y le dije:

-Nana, vuelve, no hace falta que cantes tu mantra. He dejado de jugar. ¿No ves que sólo era un juego?

Me miró a los ojos y yo le miré a los ojos. Durante un momento sólo hubo silencio. Es­peró a que yo dijera algo pero se tuvo que ren­dir y dijo:

-De acuerdo, hablaré yo primero.

     -Está bien -dije-, porque si te hubieses

quedado callado, yo me habría quedado en si­lencio el resto de mi vida. Menos mal que has hablado, así te puedo contestar. ¿Qué quieres preguntar?

-Siempre te he querido preguntar por qué eres tan travieso -dijo.

-Deberías reservar esa pregunta para ha­cérsela a Dios. Cuando te lo encuentres, pre­gúntale: «¿Por qué has hecho a este niño tan travieso?» -le contesté-. No me puedes hacer esa pregunta, es como preguntarme: «¿Quién eres?» Cómo se puede dar una respuesta a eso.

     En lo que a mí respecta, no me preocupa en lo más mínimo. Sólo quiero ser yo mismo. ¿Se puede o no se puede en esta casa?

     Estábamos sentados fuera, en el jardín. Me volvió a mirar y me dijo: -¿Qué quieres decir?

     -Entiendes perfectamente lo que te estoy diciendo -le respondí -. Si no puedo ser yo mismo, entonces no volveré a entrar en esta casa. Por eso te pido que seas claro conmigo: o entro en la casa con licencia para ser yo mismo, o me olvido de esta casa y me convierto en un peregrino, en un vagabundo. Dímelo claramente y sin dudar, ¡venga!

Se rió y dijo:

     -Puedes entrar en esta casa. Es tu hogar. Si no puedo resistir interferir en tus asuntos, entonces, me iré yo de la casa. Tú no te tienes que Ir.

Es exactamente lo que hizo. Dos meses después de esta conversación ya no estaba en este mundo. No se fue sólo de esta casa, se fue de todas las casas, incluido su cuerpo, que era su verdadera casa.

Quería a este hombre porque él amaba mi libertad. Sólo puedo amar cuando se respeta mi libertad. Si tengo que negociar y conseguir amor a costa de mi libertad, entonces ese amor no es para mí. Es para mortales inferiores, no es para aquellos que saben.

En este mundo casi todo el mundo cree que ama, pero si echas un vistazo a los amantes, son prisioneros el uno del otro. ¡Qué extraño amor es éste que te tiene cautivo! ¿Es posible que el amor se convierta en una atadura? Pero en el noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos esto es lo que ocurre, porque para empezar no hubo amor.

Es una realidad que la gente corrientemente sólo cree que ama. Pero no aman, porque cuando llega el amor, ¿dónde están el «yo» y el «tú»? Cuando llega el amor trae instantánea­mente consigo una enorme sensación de liber­tad, de no posesividad. Pero ese amor sucede, por desgracia, en raras ocasiones.

Si tienes amor con libertad eres un rey o una reina. Ése es el auténtico reino de Dios, amor con libertad. El amor te da raíces en la tierra y la libertad te da alas.

Mi abuelo me dio ambos. Me dio su amor, más del que jamás le dio a mi madre o a mi abuela; y me dio libertad, que es el regalo más grande. Al morirse me regaló su anillo y me            dijo con lágrimas en los ojos: -No tengo nada más para darte. -Nana -le dije-, ya me has dado el re­galo más preciado. -¿Cuál es? -me preguntó abriendo los ojos. Yo me reí y le dije: -¿Te has olvidado? Me has dado tu amor y me has dado libertad. No creo que ningún otro niño haya tenido la libertad que tú me puedes dar? Te estoy agradecido. Puedes morir en paz.

Desde entonces he visto morir a mucha gente, pero morirse en paz es muy difícil. Sólo he visto a cinco personas morirse en paz: la pri­mera fue mi abuelo; la segunda mi criado Bhoora; la tercera mi Nani; la cuarta mi padre, y la quinta fue Vimalkirti.

Bhoora se murió porque no concebía vivir en el mundo sin su amo. Simplemente, se mu­rió. Se relajó en la muerte. Vino con nosotros al pueblo de mi padre porque tenía que condu­cir la carreta. Cuando, durante unos instantes no oyó nada, ninguna voz desde el interior del carro cubierto, preguntó: -Beta -significa hijo-, ¿va todo bien? Una y otra vez Bhoora preguntó: -¿A qué se debe este silencio? ¿Por qué no habla nadie?

      Pero era la clase de persona que no se atre­vía a mirar a través de la cortina que le separa­ba de nosotros. Menos aún estando allí mi abuela. Ése era el problema, que no podía mi­rar. Pero seguía preguntando: -¿Qué ocurre? ¿Por qué estáis callados? -No pasa nada -le dije-, estamos dis­frutando del silencio. Nana quiere que estemos en silencio.

Eso era mentira, porque Nana estaba muer­to; pero en cierto modo era verdad. Él estaba en silencio; eso era un mensaje para que noso­tros estuviéramos en silencio. -Bhoora -dije finalmente-, va todo bien; solamente que Nana se ha muerto. No podía creérselo. -Entonces, ¿cómo puede estar todo bien? -preguntó-. Yo no puedo vivir sin él, y en menos de veinticuatro horas se murió. Como si se hubiera cerrado una flor... negán­dose a quedarse abierta bajo el sol y la luna, es­pontáneamente. Intentamos hacer de todo para salvarle, porque ahora estábamos en un pueblo más grande, el pueblo de mi padre.

El pueblo de mi padre era un pueblo pe­queño, para India, claro. La población era sólo de veinte mil habitantes. Había un hospital y un colegio. Hicimos todo lo posible por salvar a Bhoora. El médico del hospital estaba asom­brado, no podía creer que este hombre fuese hindú porque parecía un europeo. Debe haber sido un capricho de la biología, no lo sé. Algo debe haber ido bien. Igual que dicen: «Algo debe haber ido mal!», yo he acuñado la frase: «Algo debe haber ido bien»; ¿por qué siempre mal?

Bhoora estaba conmocionado por la muerte de su amo. Le tuvimos que mentir hasta llegar al pueblo. Sólo cuando llegamos al pueblo y sa­camos el cadáver de la carreta, Bhoora se dio cuenta de lo que había sucedido. Cerró los ojos y no los volvió a abrir nunca más.

-No puedo ver a mi amo muerto –dijo,           y sólo se trataba de una relación amo-sirvien­te. Pero había surgido entre ellos una cierta amistad, una proximidad indescriptible. No volvió a abrir los ojos, eso lo puedo atestiguar. Sólo vivió unas horas más, y entró en coma antes de morir.

Antes de morir, mi abuelo le dijo a mi abuela: -Cuida de Bhoora. Ya sé que vas a cuidar a Raja; eso no necesito decírtelo, pero cuida de Bhoora. Me ha servido como nadie lo hubiera hecho.

Le dije al doctor: -¿Entiendes, eres capaz de entender la lealtad que debe haber habido entre estos dos hombres? -¿Era europeo? -me preguntó el doctor. -Lo parecía -le contesté.

     -No seas mentiroso -dijo el doctor-, eres un niño, sólo tienes siete u ocho años, pero eres muy mentiroso. Cuando te he pre­guntado si tu abuelo estaba muerto, dijiste que no, y eso no era verdad.

-No; es verdad -dije-, no está muerto. Un hombre con un amor así no puede estar muerto. Si el amor se puede morir, entonces no hay esperanza para este mundo. No puedo creer que un hombre que ha respetado mi li­bertad, la libertad de un niño pequeño, esté muerto sólo porque no puede respirar. No puedo considerar lo mismo, el no respirar y la muerte.

     El médico europeo me miró con descon­fianza y le dijo a mi tío: -Este chico será un filósofo o se volverá loco.

Estaba equivocado: soy ambas cosas. No es cuestión de esto o lo otro. No soy Soren Kierkegaard; no es una cuestión de esto o lo otro. Pero me pregunté por qué él no me podía creer..., algo tan sencillo.

Las cosas sencillas son las más difíciles de creer; las más complicadas son las más fáciles de creer. ¿Por qué tienes que creer? Tu mente dice: «Es muy sencillo. No tiene ninguna com­plejidad. No hay motivo para creerlo.» A no ser que seas un Tertuliano, cuya afirmación es una de mis favoritas...

Si tuviera que escoger una sola afirmación de toda la literatura en cualquier idioma del mundo, lo siento, no elegiría nada de Jesucris­to; y lo siento, tampoco elegiría a Gautama el Buda; lo siento, no elegiría nada de Moisés o Mahoma, ni siquiera de Lao Tzu o de Chuang Tzu.

Elegiría a este extraño individuo del que no se sabe demasiado: Tertuliano. No sé cómo se pronuncia su nombre exactamente, de modo que será mejor que lo deletree: T-e-r-t-u-l-i-a­-n-o. Entre todas las citas habría escogido ésta: «Credo qua absurdum», sólo tres palabras, «Creo porque es absurdo».

     Parece ser que alguien le preguntó en qué creía y por qué, y Tertuliano respondió: «Credo qua absurdum, es absurdo, por eso lo creo.» La razón para creer que Tertuliano da es absur­dum: «Porque es absurdo.»

Olvidad de momento a Tertuliano. Bajad el telón. Fijaos en las rosas. ¿Por qué os gustan? ¿No es absurdo? No hay un motivo para que os gusten. Si alguien se empeña en preguntaros por qué os gustan las rosas, finalmente tendréis que encogeros de hombros. Eso es «Credo qua absurdum», ese encogerse. Éste es todo el senti­do de la filosofía tertuliana.

No podía entender por qué el médico no creía que mi abuelo no estaba muerto. Yo sa­bía, y él también, que en lo relativo al cuerpo se había terminado; estábamos de acuerdo en esto. Pero hay algo más que el cuerpo, dentro del cuerpo pero sin ser del cuerpo. El amor lo revela, la libertad le da alas para surcar el cielo. ¿Tenemos más tiempo?

-Sí, Osho.

     ¿Cuánto más? Estamos yendo muy despacio, igual que en el entierro de un pobre. Sed extremistas. No de esta manera, no vayáis despacio; no es mi estilo. O te quemas o no te quemas. O quemas los dos extremos a la vez o permites que la oscuridad tenga su propia belleza.

 

 

Sesión 14

 

¡Fijaos que soy un auténtico caballero inglés! No he intervenido, aunque lo quería hacer. Había abierto la boca para hablar pero me he detenido. Esto es lo que se llama autocontrol. Incluso yo me río. Me gusta cuando murmuráis. Aunque sé que no estáis murmurando bobadas, suena bien, a pesar de que sea técnico, y que lo que estéis diciendo sea absolutamente científico. Pero de vosotros dos, sabéis, el granuja es el que está en la silla.

Todavía no he dicho de acuerdo. Primero, lleguemos al punto donde pueda decir de acuerdo. Cuando el «de acuerdo» está alejado de mí, es que significa algo. ¡Un de acuerdo mío es simplemente fantástico..., soy un pira­do! No conozco a nadie que esté tan volado. Bueno, a trabajar...

Tvadiyam vastu Govinda, tubhyam eva sa­marpayet. «Señor mío, la vida que me has dado te la devuelvo con gratitud.» Ésas fueron las úl­timas palabras de mi abuelo, a pesar de que no creyó nunca en Dios ni era hinduista. Esta fra­se, este sutra, es un sutra hindú; pero en India está todo mezclado, especialmente las cosas buenas. Antes de morir, entre otras cosas, repe­tía una y otra vez:

-¡Detén la rueda!

      En aquella época no lo podía entender. Si deteníamos la rueda de la carreta, y ésa era la única rueda que había, ¿cómo íbamos a llegar hasta el hospital? Cuando siguió repitiendo:-Detén la rueda, el chakra -le pregunté a mi abuela-: ¿Se ha vuelto loco? Ella se rió. Esto es lo que me gustaba de ella. Aunque supiese, como lo sabía yo, que la muerte estaba tan próxima..., sí, incluso yo lo sabía, ¿cómo es posible que no lo supiera ella? Era tan obvio que en cualquier momento dejaría de respirar, y, sin embargo, seguía insistiendo en detener la rueda. A pesar de todo, ella se reía. Todavía la puedo ver riéndose.

No tenía más de cincuenta años. Pero siem­pre he observado una cosa en las mujeres: las impostoras, las que se las dan de bellas, a los cuarenta y cinco años son las más feas. Puedes dar la vuelta al mundo y comprobar lo que es­toy diciendo. Con los labios pintados, y el maquillaje, y las cejas postizas y qué sé yo... ¡Dios mío!

Ni siquiera a Dios se le ocurrieron todas es­tas cosas cuando creó el mundo. Por lo menos, en la Biblia no se menciona que el quinto día creara el lápiz de labios, el sexto día creara las cejas postizas, etcétera. Si una mujer es real­mente bella, a los cuarenta y cinco años llega a la cúspide. Mi observación es que: el hombre llega a la cima a los treinta y cinco años, y la mujer a los cuarenta y cinco. Es capaz de vivir diez años más que el hombre; y esto no es in­justo. Sufre tanto al dar a luz, que es totalmen­te lógico que tenga un poco de vida extra, sólo para compensar.

Mi Nani tenía cincuenta años, y seguía es­tando en la cima de su belleza y juventud. Nun­ca me he olvidado de ese momento, ¡qué mo­mento! Mi abuelo se estaba muriendo, y nos pedía que detuviésemos la rueda. ¡Qué dispara­te! ¿Cómo iba a parar la rueda? Teníamos que llegar al hospital, y sin rueda nos perderíamos en el bosque. Y mi abuela se estaba riendo tanto, que hasta Bhoora, el criado, nuestro cochero, preguntó, por supuesto desde el exterior:-¿Qué ocurre? ¿Por que te estás riendo?

     Como yo solía llamarla Nani, Bhoora, por respeto hacia mí, también la llamaba Nani. Entonces dijo: -Nani, mi amo está enfermo y tú te estás riendo tanto; ¿qué ocurre? ¿Y Raja, por qué está tan callado?

La muerte y la risa de mi abuela, ambas co­sas hicieron que me quedase totalmente calla­do, porque quería entender lo que estaba suce­diendo. Estaba ocurriendo algo que no había conocido nunca antes y no me iba a distraer ni un solo instante.

Mi abuelo me pidió:

     -Para la rueda. ¿Raja, me puedes oír? Si estás oyendo la risa de tu abuela puedes oírme a mÍ. Ya sé que es una mujer rara; yo nunca he sido capaz de entenderla.

-Nana -le respondí-, a mí me consta que es la mujer más sencilla que he visto jamás, a pesar de que no he visto muchas todavía.

Pero a vosotros os puedo decir que no creo que exista otro hombre en la tierra, vivo o muerto, que haya visto tantas mujeres como yo. Pero para consolar a mi abuelo agonizante le dije:

-No te preocupes por su risa, yo la conoz­co. No se está riendo de lo que dices, es algo entre nosotros, un chiste que le he contado.

-De acuerdo -dijo-. Si le has contado un chiste es normal que se ría. ¿Pero qué hay del chakra, de la rueda?

Ahora ya lo sé, pero en aquella época no co­nocía esta terminología. La rueda representa toda la obsesión hindú con la rueda de la vida y la muerte. Durante miles de años ha habido millones de personas haciendo una sola cosa: intentar detener la rueda. Él no estaba hablan­do de la rueda de la carreta, ésa es fácil de dete­ner; de hecho, lo difícil era mantenerla en mo­vimiento.

En aquellos tiempos no había carreteras; ¡tampoco las hay ahora! El año pasado vino a visitarme al ashram un primo lejano y me dijo: -Quería poner mi vida entera a tus pies,             pero la verdadera dificultad está en la carretera.

     -¿Todavía? -le pregunté.

     Han pasado cerca de cincuenta años, pero India es un país especial, donde el tiempo se ha detenido. ¿Quién sabe cuándo se detuvo el re­loj? Pero se paró exactamente a las doce, las dos manecillas del reloj juntas. Eso es hermoso: el reloj ha decidido la hora correcta. Cuando quiera que ocurriese -y debe haber sido hace miles de años, cuando quiera que fuera-, ya sea por casualidad o por inteligencia compute­rizada, el reloj se detuvo a las doce, con las dos manecillas juntas. No parecen dos, se ven como si sólo fuese una. Tal vez fueran las doce de la noche... porque el país es tan oscuro, y la oscuridad tan densa.

-Dios mío -dijo el hombre-, no he po­dido traer al resto de la familia debido al mal estado de las carreteras.

Tal vez no me puedan ver nunca por culpa de las carreteras. Entonces no había carreteras, y aún hoy no hay ninguna línea de tren que pase por ese pueblo. Es un pueblo muy pobre, y cuando yo era un niño aún más.

No comprendí la insistencia de mi Nana en ese momento. Quizá el carro -como no había carretera- estuviese haciendo mucho ruido. Traqueteaba por todas partes, y él estaba agoni­zando; por eso, naturalmente, quería parar la rueda. Pero mi abuela se reía, ahora entiendo por qué. Él estaba hablando de la obsesión hindú por la vida y la muerte; simbólicamente se llama la rueda de la vida y la muerte -la rueda, en pocas palabras- que gira sin cesar.

En el mundo occidental, solamente Frie­drich Nietzsche ha tenido el valor y el atrevi­miento necesario de proponer la idea del eterno retorno. Lo ha tomado prestado de la obsesión oriental. Hay dos libros que le causaron una profunda impresión. Uno fue el Manu Smriti; se llama: “La colección de los versos de Manu” y es el texto hindú más importante. ¡Lo odio! Esto os dará idea de su importancia, porque no odio las cosas ordinarias. Es extra-ordinariamente repulsivo. Manu es una de esas personas, que, si me lo llegara a cruzar, me olvidaría por completo de la no-violencia; ¡simplemente le daría un tiro! Se lo merece.

“Manu Samhita”, “Manu Smrit”i, ¿por qué digo que es el libro más repulsivo del mundo? Porque separa a los hombres y las mujeres, y no sólo a hombres y mujeres, divide a la humanidad en cuatro clases, y nadie puede pasar de una clase a otra. Esto es el origen de la jerarquía.

A vosotros os sorprenderá saber que Adolf Hitler siempre tenía sobre su mesa una copia del “Manu Samhita”, junto a su cama. Veneraba ese libro más que la Biblia. Ahora entenderéis por qué lo odio. Ni siquiera tengo una copia del “Manu Samhita” en mi biblioteca, aunque me han regalado al menos una docena de copias, pero las he quemado todas. Es lo mejor que podía hacer con ellas. Con mucho respeto, por supuesto, pero las quemé.

Nietzsche adoraba dos libros de los que ha tomado muchas cosas. El primero es “Manu Samhita” y el otro es el “Mahabharata”. Probablemente, éste sea el más grande en cuanto a volumen; ¡es enorme! No creo que se pueda comparar con la Biblia, el Corán, el Dhammapada o el Tao Te Ching, al menos en cuanto a volumen. Sólo me podéis entender si lo ponéis junto a la “Enciclopedia Británica”. Comparada con el “Mahabharata” la “Enciclopedia Británica” es un librito. Sin duda es un gran trabajo, pero feo. Los científicos saben muy bien que, en el pasado, hubo muchos animales gigantescos so­bre la tierra. Inmensos pero horribles. El Mahabharata pertenece a ese grupo. No es que no puedas encontrar algo hermoso en él; es tan grande, seguro que si buscas encontrarás en esa montaña algún que otro ratón.

Estos dos libros han influenciado enorme­mente a Nietzsche. Probablemente, nadie es tan responsable del trabajo de Friedrich Nietzs­che como estos dos libros. El autor del primero es Manu, y el Mahabharata fue escrito por Vyasa. Debo reconocer que ambos han hecho una enorme cantidad de trabajo, ¡trabajo sucio! Habría sido mejor que estos dos libros no se hubiesen escrito.

Friedrich Nietzsche tiene tanto respeto por estos libros que os asombrará, porque éste es el hombre que se llamaba a sí mismo el «anticris­to». Pero no debéis asombraras. Los dos libros son anticristo; de hecho, son anti cualquier cosa que sea bonita: a mi-verdad, anti-amor. Nietzsche no se enamoró de ellos por casuali­dad. A pesar de que nunca le gustaron Lao Tzu o Buda, sin embargo le gustaban Manu y Krishna, ¿por qué?

Esta pregunta es muy significativa. Le gus­taba Manu porque le encantaba la idea de la je­rarquía. Él estaba contra la democracia, la li­bertad, la igualdad, en pocas palabras, estaba contra los verdaderos valores. También le gus­taba el libro de Vyasa, el Mahabharata, porque implica el concepto de que sólo la guerra es

hermosa. En una ocasión, le escribió una carta a su hermana: «En este preciso momento me rodea una gran belleza. Jamás he visto una be­lleza tal.» Uno pensaría que acababa de entrar en el Jardín del Edén, pero no es así, estaba presenciando un desfile militar. El sol brillaba en las espadas desnudas, y el sonido que él lla­ma «el sonido más bello que jamás he oído» no era Beethoven o Mozart, ni siquiera era Wag­ner, sino el sonido de las botas de los soldados alemanes desfilando.

Wagner fue amigo de Nietzsche, y no sólo eso, sino algo más: Nietzsche se había enamora­do de la mujer de su amigo. Al menos podía haber pensado en su pobre amigo...; pero no, él pensaba que ni Beethoven ni Mozart ni Wagner se podían comparar con el sonido de las botas de los soldados alemanes cuando desfilaban. Para él las espadas al sol y el sonido del ejército al desfilar eran el paradigma de la belleza.

¡Qué estética! Tened en cuenta que no estoy en contra de Friedrich Nietzsche como tal. Le aprecio siempre que se acerca a la verdad, por­que mi valor y mi criterio es la verdad. «El sol sobre las espadas» y «el sonido de las botas des­filando»; si alguien se aleja de la verdad, no im­porta quién sea, le daré en la cabeza con la es­pada desnuda. Qué espectáculo más bonito: la espada desnuda, y el sonido de la cabeza de Friedrich Nietzsche al ser cortada, y hermosa sangre todo alrededor... Esto es lo que hizo su discípulo, Adolf Hitler.

 

Hitler se apropió de las ideas de Manu a través de Nietzsche. Hitler no era el tipo de persona que conociese a Manu por sí mismo, era un pigmeo.

Sin duda Nietzsche era un genio, pero un genio descarriado. Era el tipo de hombre que se podía haber convertido en un buda; pero, ¡qué lástima!, murió loco.

Os estaba hablando de la obsesión hindú, y al mencionarla me he acordado de Nietzsche. Fue el primero en admitir la idea del «eterno retorno» en Occidente. Pero no fue honesto, no dijo que la idea fuera prestada. Pretendía ser original. Es tan fácil pretender ser original, muy fácil; no se precisa de mucha inteligencia, y no obstante, era un hombre de talento. Nun­ca utilizó su talento para descubrir algo; lo usó para tomar prestado de muchas fuentes, que normalmente no eran conocidas al mundo en general. ¿Quién conoce el Samhita de Manu? ¿Y a quién le interesa? Manu lo escribió hace cinco mil años. ¿A quién le importa el “Mahab­harata”? Es un libro tan grande, que uno no lo leería a menos que se quisiera volver totalmen­te loco.

Pero hay gente que lee incluso la “Enciclope­dia Británica”. Conozco a una persona así; es un amigo mío. En este momento me tendría que acordar, por lo menos, de su nombre. Proba­blemente, todavía esté vivo; ése es mi único te­mor, pero en ese caso, no hay motivo para te­ner miedo sólo porque lea la “Enciclopedia

Británica”. Nunca va a leer lo que estoy dicien­do, nunca; no tiene tiempo. No sólo lee la En­ciclopedia Británica, sino que se la aprende de memoria, y ésa es su locura. Aparte de esto, pa­rece una persona normal. En cuanto mencio­nas algo de la Enciclopedia, inmediatamente se vuelve anormal, y empieza a citar páginas y más páginas. No le preocupa, en lo más míni­mo, si le quieres escuchar o no.

Sólo ese tipo de gente lee el Mahabharata. Es la enciclopedia hindú; digamos que es la «Enci­clopedia Indiana». Naturalmente, es inevitable que sea más grande que la Enciclopedia Británi­ca. Gran Bretaña sólo es Gran Bretaña, no es más grande que uno de los estados pequeños de India. India tiene al menos tres docenas de esta­dos de ese tamaño; y no hablo de toda India, porque la mitad de India ahora es Pakistán. Para tener realmente una perspectiva total de India, entonces habría que seguir sumando.

Antes, Birmania formaba parte de India. Sólo se separó de India a principios de este si­glo. Afganistán formaba parte de India; es casi un continente. Por eso el “Mahabharata”, la «En­ciclopedia Indiana», tiene que ser mil veces más grande que la Enciclopedia Británica, que solamente tiene treinta y dos volúmenes. Eso no es nada. Si recopilaseis todo lo que yo he di­cho ocuparía más que eso.

Hay alguien que lo ha calculado. No lo sé con seguridad, porque no me dedico a hacer esas tonterías, pero han calculado que he escri­to trescientos treinta y tres libros hasta ahora. ¡Increíble! No por los libros, sino por el señor que los ha contado. Debería esperar, porque todavía hay muchos en manuscritos, y otros muchos que todavía no han sido traducidos del original en hindi. Cuando se recopile todo esto realmente va a ser una «Enciclopedia Raj­neeshica». Pero el Mahabharata es más grande, y seguirá siendo el libro más grande del mun­do; me refiero a volumen y peso.

Lo he mencionado porque estaba hablando de la obsesión hindú. El Mahabharata no es más que la obsesión hindú extensamente escri­ta, voluminosa, contando que el hombre nace una y otra vez, eternamente.

Por eso, mi abuelo decía: «Detened la rue­da.» Si la hubiese podido detener lo habría he­cho, no sólo por él, sino por el resto del mun­do. No sólo la habría detenido, sino que la habría destruido para siempre, de modo que nadie la pudiese hacer girar de nuevo. Pero no está en mis manos el hacerla.

¿Por qué esta obsesión?

     En el momento de su muerte me di cuenta de muchas cosas. Hablaré de todas las cosas que me hice consciente en aquel momento porque éstas han determinado el resto de mi vida.

 

 

 

Sesión 15

 

     Me encanta esta historia que cuentan de Henry Ford. Había construido su coche más bello y se lo estaba enseñando a un cliente promete­dor y muy próspero. Era su último modelo, y fue a dar una vuelta con el cliente. A los cin­cuenta kilómetros, el coche se detuvo inespera­damente. El cliente exclamó: -Pero ¡cómo! ¿Un coche nuevo que se para a los cincuenta kilómetros?             -Perdóneme, señor -dijo Ford, - me ha­bía olvidado de echarle petróleo.

     Entonces, incluso en América se llamaba petróleo, y no gasolina. El cliente, estupefacto, le dijo: -¿Qué me quiere decir? ¿Está diciendo que el coche ha estado andando cincuenta ki­lómetros sin petróleo? Ford le respondió:

-Sí, señor. Hasta los cincuenta o los sesenta kilómetros basta con mi nombre; no necesita petróleo.

En cuanto arranco me basto conmigo mismo, no necesito nada más. No he podido dor­mir en toda la noche. Esto no me ha causado ningún problema; en cierto modo, ha sido una noche preciosa. La luna brillaba mucho..., qui­zá la belleza de la luna y su brillo no me han dejado dormir. Pero ésa no puede ser la razón. Creo que el motivo es que he sido demasiado duro con Devageet. Sí, puedo ser muy cruel. No soy duro, pero puedo serlo, sobre todo en determinados momentos, cuando veo la posi­bilidad de que haya en ti una apertura. ¡Enton­ces es cuando realmente golpeo! Y no con un martillo pequeño, sino con el mazo. Cuando uno tiene que asestar un golpe, ¿por qué elegir un martillo pequeño? ¡Acaba de un solo golpe! A veces soy muy duro, por eso tengo que ser muy suave otras veces, para compensar, para que haya un equilibrio.

Cuando me fui de la habitación, aunque sonrieses, había tristeza. No me he podido ol­vidar. Me resulta muy fácil olvidarme de todo; pero cuando he sido cruel, no es fácil. Soy ca­paz de perdonar a cualquiera menos a mí mis­mo. Quizá no haya podido dormir por ese mo­tivo. De todas formas, tengo el sueño muy superficial. En el fondo, siempre estoy despier­to. Esta superficie tan fina se puede alterar fácilmente, pero sólo lo puedo hacer yo, na­die más.

En cuanto dejé la habitación me di cuenta de que estabas un poco triste..., seguramente habrá muchas razones, no sólo que te haya dado un golpe. Pero, sean cuales sean los moti­vos de tu tristeza, he intensificado, de algún modo, la oscuridad en ti. Estoy aquí para ilu­minaros, no para oscureceros; si se puede decir así. En realidad, deberíamos acuñar un nuevo sentido para la palabra «oscurecer», porque hay mucha gente oscureciéndose los unos a los otros. Es curioso que no exista este significado, porque esta realidad existe. La iluminación su­cede en contadas ocasiones; sin embargo, tene­mos una palabra para decirlo. Todavía no hay ninguna palabra para lo que está más allá de la iluminación, pero probablemente haya límites para todo. Siempre habrá algo que esté más allá, distante, no limitado a las palabras, sino trascendental.

Pero «oscurecer» debería convertirse en una palabra corriente. Todo el mundo está oscure­ciendo a los demás. El marido oscurece a la mujer; si no, ¿por qué se esconde? Sólo para oscurecer a su mujer. ¿Y la mujer qué hace? El marido es idiota si cree que sólo él está oscure­ciendo a su mujer. En la oscuridad, ella le os­curece más de lo que él pueda lograr hacerla. De cualquier forma él usa gafas, y ella todavía no las necesita. Sólo es un pobre dependiente, por eso tiene que usar gafas. ¿Ella qué es? Solamente una madre, una esposa. No necesi­ta gafas.

En la oscuridad, cuidado con la mujer a la que amas, especialmente en la oscuridad. Segu­ramente, los hombres usan la luz por eso. A los hombres les gusta que haya luz cuando aman; hacen el amor con los ojos abiertos. Las muje­res cierran los ojos. No pueden mirar sin que se les escape una risa, porque todo lo que sucede es repugnante: un mandril sentado encima de ellas, y todo ese... etcétera, etcétera, etcétera.

Sentí un poco de pena. Digo un poco, por­que para mí un poco ya es mucho. Una lágri­ma mía es suficiente. No necesito llorar duran­te horas, arrancarme el pelo..., que ya no tengo. Nunca se ha hablado de arrancarse la barba. En ningún idioma, ni siquiera en he­breo, existe una expresión como «arrancarse la barba». Y ya conocéis a los judíos y a sus profe­tas bíblicos, todos tenían barba. Es una ley natural: si tienes barba te quedarás calvo, porque la naturaleza siempre mantiene el equilibrio.

Ahora me acuerdo de mi abuela...Aunque era pequeño, me solía decir: -Oye, Raja, no te dejes nunca barba.

     -¿Por qué lo dices? -le preguntaba-.

Sólo tengo diez años, todavía no me ha empezado a salir barba. ¿Por qué lo dices?

-Hay que hacer el pozo antes de que se queme la casa -contestó.

¡Dios mío! Efectivamente, estaba haciendo el pozo antes de que se quemara la casa. Era una mujer realmente hermosa. No comprendí la respuesta, pero le dije:

     -De acuerdo, continúa, di lo que quieres decir.

     -Nunca, nunca te dejes barba... aunque sé que lo harás -dijo.

     -¡Qué extraño! -observé-. Si ya lo sabes, ¿por qué intentas evitado?

-Lo hago lo mejor que puedo, pero sé que te vas a dejar barba -dijo-. La gente como tú siempre se deja barba. Te conozco desde hace once años; seguro que hay una razón, y empezó a reflexionar sobre esto.

     No hay ningún motivo; simplemente que no te apetece perder el tiempo todos los días delante del espejo, como un idiota, afeitándote la barba. Imagínate en una mujer con barba, delante del espejo, ¿qué aspecto tendría? Un hombre sin barba tiene exactamente el mismo aspecto. Es así de sencillo: te ahorra tiempo, y el verte como un idiota, por lo menos delante de tu propio espejo.

Pero esto está comprobado: en cuanto te dejas barba te empiezas a quedar calvo. La na­turaleza siempre se acuerda de mantener el equilibrio. Sólo te da un número de pelos de­terminado. Si te empiezas a dejar la barba, en­tonces, por supuesto, hay que recortar el presu­puesto por algún lado. Es mera economía, pregúntale a cualquier contable.

Estaba un poco preocupado por Devageet, sentía como si le hubiese herido. Quizá lo hice..., seguramente era necesario. Por tanto, no os debéis preocupar por mi descanso. Estoy dispuesto a perder la vida en cualquier mo­mento, si hace falta; no por una causa nacio­nal, por un estado o por una raza, sino por un individuo, por cualquiera que le siga latiendo el corazón, que siga sintiendo, y que sea capaz de hacer cosas infantiles. Tened en cuenta que he dicho «cosas infantiles», me refiero a alguien que todavía es un niño. Estoy dispuesto a dar mi vida para que crezca, madure y se integre. Cuando uso la palabra «integración» quiero decir inteligencia más amor; que es igual a in­tegración.

Bueno, esto ha sido una introducción muy larga. Si han podido perdonar a George Ber­nard Shaw, y no sólo perdonade, sino dadle un Premio Nobel, entonces me podréis perdonar a mí. Y no pido un Premio Nobel; aunque me lo diesen, lo rechazaría, No es para mí, está dema­siado lleno de sangre.

El dinero que entregan con el Premio No­bel está empapado de sangre, porque ese hom­bre, Nobel, era un fabricante de bombas. Ganó una cantidad de dinero inconmensurable du­rante la I Guerra Mundial, vendiendo armas a ambos bandos. No quisiera tener que tocar su dinero. De hecho, hace muchos años que no toco dinero, porque no necesito hacerlo. Siem­pre, hay alguien que se ocupa del dinero por mí; y el dinero siempre está sucio, no sólo el del Premio Nobel.

El hombre que fundó el Premio Nobel se sentía realmente culpable, y para desembara­zarse de la culpa fundó el Premio Nobel. Fue un bonito gesto, pero fue como matar a un hombre y decirle después: «Lo siento señor, perdóneme, por favor.» Yo no podría aceptar ese dinero sangriento.

A George Bernard Shaw no sólo le venera­ban, sino que le dieron el Premio Nobel; la in­troducción de sus libritos es tan larga, que te preguntas si escribe el libro para la introduc­ción o la introducción para el libro. En mi opi­nión, el libro ha sido escrito para la introduc­ción, y lo agradezco.

Igualmente, esta introducción ha sido muy larga, No te preocupes por mi sueño, pero re­cuerda que no te debes sentir molesto si soy duro. Aunque sepas, y todos lo sepan, que nada me puede cambiar, indudablemente hay muchas cosas que pueden cambiar en mi cuer­po e incluso en mi mente. Por supuesto, no soy ni mi cuerpo ni mi mente, pero tengo que fun­cionar por medio de ellos.

En este momento tengo los labios secos. Esto puede ser por cualquier causa externa. Es­toy hablando, pero me molestan los labios. Me las arreglaré, aunque es un estorbo. Devageet, tú me puedes ayudar con una de tus artimañas. Será una buena pausa para esta nota introduc­toria y después puedo empezar. Gracias...

Después de esto, empiezo con la historia.

     La muerte no es el fin, al contrario, es la culminación de toda una vida, el clímax. Tú no te acabas, sino que eres transportado a otro cuerpo. Esto es lo que los orientales denomi­nan «la rueda». Continúa dando vueltas y vuel­tas. Puede ser detenida, sí, pero el modo de de­tenerla no es cuando te estás muriendo.

Es una de las enseñanzas, la más grande que adquirí con la muerte de mi abuelo. Él lloraba, con lágrimas en los ojos nos pedía que detuvié­semos la rueda. No sabíamos cómo hacerlo: ¿cómo detener la rueda?

Su rueda era su rueda; nosotros, ni siquiera éramos capaces de verla. Era su propia conciencia, sólo él podía hacerla. Puesto que nos pedía que la detuviésemos, era obvio que él no podía hacerlo; de ahí las lágrimas y su constante in­sistencia, pidiéndolo una y otra vez, como si estuviésemos sordos. -Te hemos oído, Nana -le dijimos-, y te comprendemos. Por favor, guarda silencio.

En ese momento ocurrió algo grandioso. No se lo he contado nunca a nadie; quizá no haya sido el momento hasta ahora. Le dije: -Aquiétate, por favor.

El carro de bueyes traqueteaba sobre el abrup­to y desagradable camino, ni siquiera era un ca­mino, era un sendero, y él seguía insistiendo:

       -Detén la rueda, Raja, ¿me escuchas? Para la rueda. Yo le repetía: -Sí, te oigo. Sé lo que quieres, pero sé que sólo tú puedes parar la rueda, por eso te digo que estés callado. Intentaré ayudarte.

Mi abuela estaba sorprendida. Me miró con los ojos llenos de asombro: ¿qué estaba dicien­do? ¿Cómo iba a ayudarle?

-Sí, no me mires con tanto asombro -le dije-. De repente he recordado una de mis vi­das pasadas. Al ver esta muerte, he recordado una de mis propias muertes. Esa vida y esa muerte ocurrieron en Tíbet. Es el único país que sabe cómo detener la rueda de forma cien­tífica precisa -entonces comencé a cantar.

Nadie me podía entender, ni mi abuela ni mi abuelo agonizante ni mi criado Bhoora, que escuchaba atentamente desde el exterior. Y aún es más, ni siquiera yo entendía ni una sola pa­labra de lo que estaba cantando. Sólo después de doce o trece años llegué a entender lo que era. Me ha costado todo este tiempo averiguar­lo. Era el Bhardo Thodal, un ritual tibetano.

Cuando muere un hombre en Tíbet repiten un mantra determinado. Ese mantra se llama bardo. El mantra le dice: «Relájate, guarda silencio. Ve a tu centro, quédate ahí; no aban­dones tu centro pase lo que le pase a tu cuerpo. Sé un testigo. Deja que suceda, no interfieras. Recuerda, recuerda, recuerda que sólo eres el testigo; ésta es tu verdadera naturaleza. Si eres capaz de morir recordándolo, la rueda se de­tendrá.»

Repetí el Bhardo Thodal para mi abuelo agonizante, sin saber siquiera lo que estaba ha­ciendo. Es curioso, no sólo que yo lo repitiese, sino que al escuchado él se quedara totalmente callado. Tal vez porque era muy raro escuchar el tibetano. Probablemente, debía ser la prime­ra vez que escuchaba algo en tibetano, quizá ni siquiera sabía que existía un país llamado Tí­bet. Estaba muy atento y muy callado cuando se estaba muriendo. El bardo funcionó aunque él no lo pudiera entender. A veces funcionan las cosas que no entiendes, funcionan precisa­mente porque no las entiendes.

Un gran cirujano no puede operar a su hijo. ¿Por qué? Ningún gran cirujano puede operar a su ser querido. No me refiero a su esposa, cualquiera podría operar a su esposa; me refie­ro a su ser amado, que sin duda no es su esposa y nunca lo será. Reducir al ser amado a tu es­posa es un crimen. Por supuesto, la ley no lo castiga, pero la propia naturaleza lo hace, de modo que no es necesaria ninguna ley.

No se puede dejar al amante reducido a ma­rido. Es tan feo tener un marido. La misma pa­labra es fea. Viene de la misma raíz que «agri­cultura»[2]; el marido es el que usa a la mujer como si fuese un campo, una tierra donde sembrar sus semillas. La palabra marido se debe erradicar de todos los idiomas del mun­do. Es inhumano. Un amante es comprensible, ¡pero no un marido!

Yo repetía el bardo aunque no entendía el significado, ni sabía de dónde venía, porque todavía no lo había leído. Pero mi abuelo guar­dó silencio por el impacto del raro sonido de esas palabras. Murió en ese silencio.

Vivir en silencio es hermoso, pero morir en silencio es mucho más hermoso, porque la muerte es como el Everest, el pico más alto de los Himalayas. Aunque nadie me enseñó, apren­dí mucho durante ese silencio. Me vi a mí mis­mo repitiendo algo realmente raro. Me impul­só a un nuevo plano del ser, y me empujó a una nueva dimensión. Comencé una nueva búsqueda, una peregrinación.

En esta peregrinación me he encontrado con muchos más hombres notables que los que menciona Gurdjieff en su libro “Encuentros con hombres notables”. Hablaré de ellos poco a poco, cuando vaya surgiendo. Hoy vaya hablar sobre uno de esos hombres notables.

No se conoce su verdadero nombre ni su verdadera edad, pero le llamaban «Magga Baba». Magga quiere decir «taza grande». Solía llevar su magga, su taza, en la mano. La usaba para todo: para el té, la leche, la comida, el di­nero que le daba la gente o lo que fuese necesa­rio en cada momento. Su magga era lo único que poseía, por eso se le conocía como Magga Baba. Baba es un término respetuoso. Significa abuelo, el padre de tu padre. En hindi el padre de tu madre se llama nana, y el padre de tu pa­dre, baba.

Magga Baba fue, sin duda, uno de los hom­bres más notables que ha habido en este plane­ta. Era realmente uno de los escogidos. Se le puede considerar como a Jesús, a Buda o a Lao Tzu. No conozco su infancia ni sé nada de sus padres. Nadie sabe de dónde vino, pero apare­ció de repente en el pueblo.

No hablaba. La gente insistía en hacerle preguntas de todo tipo. Él se quedaba en silen­cio y, si le molestaban demasiado, empezaba a farfullar disparates, sonidos sin ningún senti­do. La pobre gente pensaba que estaba hablan­do un idioma que no podían entender. No era, en absoluto, un idioma, sino que sólo hacía so­nidos. Por ejemplo:-Higgalal hoo hoo guloo higga hee hee. Entonces esperaba y volvía a preguntar: - Hee, hee, hee? Parecía que estaba diciendo: -¿Habéis entendido? y la pobre gente decía: -Sí, baba, sí.

     Después enseñaba su magga y hacía un ges­to. Este gesto en India significa dinero. Viene de los viejos tiempos cuando las monedas eran de plata o de oro. Para comprobar que eran au­ténticas, la gente las tiraba al suelo y escuchaba el sonido que hacían. El oro auténtico tiene un sonido propio que no se puede imitar. De modo que Magga Baba enseñaba su magga con una mano y con otra hacía la señal de dinero queriendo decir: - Si me habéis entendido dadme algo. Y la gente le solía dar.

     Yo lloraba de la risa porque no había pronunciado ni una palabra. Pero no tenía codicia por el dinero. Una persona le daba dinero y él se lo entregaba a otra. Su magga siempre estaba vacío. De vez en cuando, podías ver que había algo, pero excepcionalmente. Se trataba de una transición: el dinero iba y venía, la comida iba y venía, pero siempre se quedaba vacío. Siempre lo estaba limpiando. Le he visto limpiarlo por la mañana, por las tardes y por las noches.

     Os quiero confesar a vosotros – con vosotros me refiero al mundo entero-, que sólo hablaba conmigo en privado, cuando no había nadie presente. Me acercaba hacia él a mitad de la noche, quizá hacia las dos de la mañana, porque era la mejor hora para estar a solas con él. Solía estar abrazado a su vieja manta, al lado de la hoguera, en las noches de invierno. Me sentaba a su lado un rato, pero nunca le molestaba, por eso me quería. A veces se giraba hacia un lado, abría los ojos y me veía ahí sentado; entonces empezaba a hablar por su propia cuenta.

     El hindi no era su lengua materna, por eso la gente creía que era difícil comunicarse con él, pero no era verdad. Desde luego, no le habían educado en hindi; sin embargo, no conocía solamente el hindi, sino muchos más idiomas. Por su puesto, el idioma que mejor conocía era el silencio casi toda su vida. Durante el día no hablaba con nadie, pero por la noche hablaba conmigo, sólo si no había nadie más. Era una felicidad poder oír sus pocas palabras.

     Magga Baba nunca mencionó nada de su propia vida, pero dijo muchas cosas sobre la vida. Fue la primera persona que me dijo: - La vida es más de lo que aparenta ser. No juzgues por las apariencias, sumérgete a fondo en los valles donde están las raíces de la vida.

     De repente hablaba, y de nuevo de volvía a quedar callado. Ésa era su forma de ser. No había forma de convencerle para que hablase: o bien hablaba o no lo hacía. No respondía a las preguntas, y nuestras conversaciones eran absolutamente secretas. No lo sabía nadie. Ahora lo estoy contando por primera vez.

     He oído hablar a muchos oradores, y él no era más que un hombre pobre, aunque sus palabras eran pura miel, tan dulces y sustanciosas, tan cargadas de significado.

- Pero hasta que yo me muera, no debes decirle a nadie que has estado hablando conmigo – me dijo -, porque hay mucha gente que cree que estoy sordo. Para mí es mejor que lo crean. Muchos piensan que estoy loco, y en lo que a mí respecta, es eso todavía mejor. Los más intelectuales intentan adivinar lo que es­toy diciendo, pero sólo son disparates. Cuando oigo el significado que han inferido me pre­gunto: «¡Dios mío! Si esos son los intelectuales, los profesores, los sabios y los eruditos, ¿cómo será el pueblo?» No había dicho nada y, sin embargo, han creado todo eso de la nada, como pompas de jabón.

     Por alguna razón, o tal vez no hubiese ninguna razón, me quería.

He tenido la suerte de ser querido por mu­cha gente extraña. Magga Baba fue el primero de la lista.

Estaba rodeado de gente todo el día. Era un hombre libre; sin embargo, no se podía mover ni un centímetro porque la gente le estaba suje­tando. Le montaban en un rickshaw y se lo lle­vaban a donde quisieran. Por supuesto, nunca decía que no porque se hacía el sordo, el mudo o el loco. Y jamás pronunció una palabra que es­tuviese en el diccionario. Obviamente no podía decir ni sí ni no; simplemente se iba.

En una o dos ocasiones se lo llevaron. Des­apareció durante unos meses, porque unas per­sonas de otro pueblo se lo habían llevado. Cuando le encontró la policía y le preguntaron si quería volver volvió a hacer de las suyas. Dijo alguna tontería como:- Yuddle fuddle shuddle...La policía dijo: -Este hombre está loco. ¿Cómo vamos a escribir en nuestros informes: « Yuddle fuddle shuddle»? ¿Qué quiere decir? ¿Hay alguien que lo entienda?

De modo que se quedó allí hasta que vino a buscarlo un grupo de gente del primer pueblo. Ése era el pueblo donde me había ido a vivir tras la muerte de mi abuelo.

Todas las noches sin falta me iba a visitarle debajo de su árbol de neem, donde solía vivir y dormir. Aunque estuviese enfermo y mi abuela no me dejase salir, mientras ella dormía, me esca­paba por la noche para visitarle. Tenía que hacer­lo; tenía que ver a Magga Baba por lo menos una vez al día. Era como un alimento espiritual.

Me ayudó enormemente, aunque no me dio ninguna instrucción aparte de su propio ser. Su propia presencia desató fuerzas desconocidas en mí, desconocidas para mí. Estoy muy agradecido a este hombre, Magga Baba; y la mayor bendición fue que, siendo yo un niño, era la única persona con la que él solía hablar. Esos momentos de intimidad, sabiendo que no hablaba con nadie más en el mundo, fueron tremendamente fortificantes, vivificantes.

Alguna de las veces que le fui a ver había otra persona presente; entonces, él hacia algo tan aterrador que la persona salía corriendo. Tiraba cosas, por ejemplo, o saltaba o bailaba como un loco en mitad de la noche. Inevitablemente se asustaban pues, al fin y al cabo, tenían una mujer, unos hijos y un trabajo, y este hombre no parecía estar en su sano juicio, era capaz de cualquier cosa. Después, cuando se había ido la otra persona, los dos nos echábamos a reír.

Nunca me he reído tanto con nadie, y no creo que me vuelva a ocurrir en esta vida..., y ya no tengo otra vida. La rueda se ha detenido. Sí, sigue girando un poco, pero es por inercia; no está siendo impulsada por ninguna energía nueva.

Magga Baba era tan hermoso que no he en­contrado a ningún otro hombre que se le pue­da comparar. Era como una estatua romana, sencillamente perfecto; incluso más perfecto de lo que pueda llegar a ser ninguna estatua, por­que estaba vivo, quiero decir, lleno de vida. No creo que me vuelva a encontrar a un hombre como Magga Baba; tampoco quiero, porque es suficiente con un Magga Baba, más que sufi­ciente. Me dio mucha satisfacción, ¿y a quién le interesa la repetición? Sé muy bien que no se puede llegar más alto.

Yo mismo he llegado al punto donde no se puede ir más alto. Aunque quieras ir más alto, sigues a la misma altura. En otras palabras, lle­ga un momento, en el crecimiento espiritual, que no puede ser trascendido. Este momento, paradójicamente, se llama trascendental.

La primera vez que me llamó fue el día que se iba a los Himalayas. Por la noche vino al­guien a casa y llamó a la puerta. Mi padre abrió y una persona le dijo que Magga Baba quería que fuera a ver/e.

--¡Magga Baba! -dijo mi padre-. ¿Qué tiene que ver con mi hijo? Además, ¿cómo le puede llamar si no habla nunca?

El hombre dijo:

     -Lo demás no me concierne. Esto es lo que le tenía que transmitir. Por favor, dígaselo a la persona interesada. Si, casualmente, resulta que es su hijo, no es asunto mío -y el hombre desapareció. Mi padre me despertó en mitad de la noche y me dijo: -Escucha, es importante: Magga Baba te quiere ver. Pero si ni siquiera habla...

     Me reí porque sabía que hablaba conmigo, pero no se lo conté a mi padre. -Te quiere ver ahora mismo -prosiguió-, en mitad de la noche. ¿Qué vas a hacer? ¿Quieres ir a ver a ese loco? -Me tengo que ir -le respondí. -A veces pienso que tú también estás un poco loco -dijo mi padre-. De acuerdo, vete, y cierra la puerta desde fuera para que no me vuelvas a molestar para entrar.

Me precipité, salí corriendo. Era la primera vez que me llamaba. Cuando llegué a donde estaba le pregunté: -¿Qué sucede? -Es mi última noche aquí -dijo-. Me voy, quizá para siempre. Eres el único con el que he hablado. Perdóname, tuve que hablar con la persona que fue a tu casa, pero no sabe nada. No sabe que soy un místico. Es un desconocido y le he sobornado dándole una ru­pia para que te transmitiera este mensaje.

En aquella época, una rupia de oro era mu­cho dinero. Hace cuarenta años en India se po­día vivir cómodamente durante un mes con una rupia de oro. ¿Sabéis que la palabra inglesa «rupia» viene del hindi rupaiya que quiere decir «dorado»? En realidad, el billete no se debería llamar rupia porque no es dorado. Esos tontos al menos lo podían haber pintado de colores dorados, pero ni siquiera eso. Una rupia de aquellos tiempos equivale casi a setecientas de las de ahora. Han cambiado muchas cosas en cuarenta años. Las cosas se han vuelto setecien­tas veces más caras.

-Sólo le di una rupia y le dije que entrega­ra el mensaje -dijo-. Estaba tan fascinado con la rupia que ni siquiera me miró. Era un desconocido, no le había visto antes.

-Yo también puedo decir lo mismo -res­pondí-. Tampoco le había visto nunca en este pueblo; probablemente, estaba de paso. Pero no tienes por qué preocuparte. ¿Por qué me has mandado llamar? Magga Baba dijo: -Me marcho y no me puedo despedir de nadie. Tú eres el único. Me abrazó, me besó en la frente, me dijo adiós y se fue, simplemente así.

Magga Baba había desaparecido muchas ve­ces en su vida, la gente lo encontraba y lo vol­vía a traer; por eso nadie se preocupó demasia­do la última vez que desapareció. Solamente al cabo de unos meses se percataron de que real­mente había desaparecido, porque hacía mu­chos meses que no volvía. Empezaron a buscar por los sitios donde había estado antes, pero nadie le había visto. Esa noche, antes de desaparecer, me dijo: -Probablemente, no te vea florecer, pero te doy mis bendiciones. Quizá no pueda vol­ver. Voy a los Himalayas. No le cuentes a nadie mi paradero. .

Estaba feliz al decirme esto, dichoso de irse a los Himalayas. Los Himalayas siempre han sido el hogar de los que han buscado y encontrado.

Yo no sabía a dónde se había ido; los Himalayas son la cadena montañosa más grande del mundo, pero en una ocasión, viajando por los Himalayas, llegué hasta un lugar que parecía su sepultura. Es extraño, pero estaba al lado de la de Moisés y Jesús. Esas dos personas también están enterradas en un lugar remoto de los Hi­malayas. Había ido hasta allí para ver la tumba de Jesús; y por coincidencia, encontré allí la tumba de Moisés y la de Magga Baba. Fue una sorpresa, claro. Nunca había imaginado que Magga Baba tuviera algo que ver con Moisés o con Jesús, pero al ver su tumba allí entendí in­mediatamente por qué su rostro era tan her­moso; por qué se parecía a Moisés más que ningún otro hindú. Quizá perteneciese a la tri­bu perdida. Moisés perdió una tribu cuando iba de camino hacia Israel. Esa tribu se asentó en Cachemira, en los Himalayas. Y digo con conocimiento que esa tribu tuvo más suerte que Moisés cuando encontró Israel. En Israel, Moisés encontró un desierto totalmente inser­vible. En Cachemira, ellos encontraron el au­téntico jardín de Dios.

Moisés fue hasta allí buscando a la tribu perdida. Jesús también fue allí después de la supuesta crucifixión. Digo supuesta, porque realmente no ocurrió, no murió. Después de estar seis horas en la cruz, Jesús todavía no se había muerto. Los judíos tenían una manera tan cruel de crucificar a la gente, que tardaban casi treinta y seis horas en morir.

Un discípulo muy rico de Jesús dispuso que la crucifixión fuese un viernes. Fue un acuer­do..., los judíos no pueden trabajar los sábados porque es su día festivo. Tuvieron que bajar a Jesús de la cruz temporalmente, y ponerlo en una cueva hasta el lunes siguiente. Entretanto, fue sustraído de la cueva.

Ésta es la historia que cuentan los cristia­nos. Lo cierto es que mientras estaba en la cue­va por la noche, después de haber bajado de la cruz, se lo llevaron de Israel. Estaba vivo aunque había perdido mucha sangre. Necesitó algunos días para curarse, pero se curó y vivió hasta los ciento doce años en un pueblecito lla­mado Pahalgam, en los Himalayas de Cache­mIra.

Escogió ese lugar, Pahalgam, porque encon­tró el sepulcro de Moisés. Moisés había ido an­tes buscando a su tribu perdida. La encontró, pero también se dio cuenta que Israel no se po­día comparar con Cachemira. Vivió y murió allí, me refiero a Moisés. Cuando Jesús fue a Cachemira con su amado discípulo Tomás, le mandó a India para que impartiese sus ense­ñanzas. Él se quedó en Cachemira el resto de su vida, cerca de la tumba de Moisés.

Magga Baba también está enterrado en el pequeño pueblo de Pahalgam. Cuando estuve en Pahalgam descubrí la extraña relación que va desde Moisés, pasando por Jesús y por Mag­ga Baba hasta mí.

     Antes de marcharse del pueblo, Magga Baba me dio su manta diciendo: - Es lo único que poseo y eres la única persona a quien se la quiero dar. -De acuerdo -dije-, pero mi padre no me va a dejar que me lleve la manta a casa.

Él se rió, yo me reí..., los dos nos divertíamos. Él sabía perfectamente que mi padre no iba a permitir que entrara en su casa una manta tan sucia. Pero estaba triste y apenado porque no podía conservarla. No era gran cosa, era un trapo viejo, pero pertenecía a un hombre de la categoría de Buda o de Jesús. No podía llevarla a casa porque mi padre, comerciante de ropa, era muy puntilloso con la ropa. Sabía perfectamente que no me lo iba a permitir. Tampoco podía llevada a casa de mi abuela, ella tampoco querría porque era escrupulosa con la limpieza.

He heredado la manía de la limpieza de ella. Es culpa suya, no soy responsable en abso­luto, No soporto las cosas usadas o sucias, im­posible. Solía decirle, en broma, claro: -Me estás malcriando. Es verdad. Me ha malcriado para siempre, pero le estoy agradecido. Me ha malcriado a fa­vor de la pureza, la limpieza y la belleza.

Magga Baba era importante para mí, pero si tuviera que elegir entre mi Nani y él, seguiría escogiendo a mi Nani. Aunque ella no estaba iluminada entonces, y él sí lo estaba, a veces una persona que no está iluminada es tan her­mosa que la escogerías, aunque tengas como alternativa a una persona iluminada.

Si pudiera escogerlos a los dos, lo haría. O si pudiera escoger a dos personas entre millones, los escogería a ellos dos. Magga Baba en el exterior..., no entraría en casa de mi abuela, se quedaría fue­ra, debajo de su árbol de neem. Mi abuela, por supuesto, no se sentaría al lado de Magga Baba: --¡Ese tipo! -solía llamarle-. ¡Ese tipo! Déjalo y no te acerques a él. Date una ducha siempre que pases a su lado.

     Tenía miedo de que tuviese piojos porque nunca le habían visto darse un baño. Probablemente tenía razón: desde que yo le conocía, no se había dado un baño. No podían estar en el mismo sitio, eso también es verdad. En este caso no era posible la coexistencia, pero siem­pre podíamos llegar a algún arreglo. Magga Baba podría estar debajo del árbol de neem, en el patio, y Nani sería la reina de la casa. Y yo podía tener el amor de ambos, sin tener que escoger esto o aquello. Odio el «o bien esto o bien lo otro».

¿Qué hora es?

-Las diez y dieciséis minutos, Osho.

     Dadme cinco minutos. Sed buenos con este pobre hombre, y cuando hayan pasado los cinco minutos nos podemos ir.

 

 

Sesión 16

 

     En el mundo hay seis religiones importantes. Se pueden dividir en dos cate­gorías: una está formada por el judaís­mo, el cristianismo y el islamismo. Creen en una sola vida. Estás entre la vida y la muerte, no hay nada más allá de la vida y la muerte, la vida es todo lo que hay. Aunque creen en el cielo, en el infierno y en Dios, son el resultado de una vida, de una sola vida. La otra categoría está formada por el hinduismo, el jainismo y el budismo. Creen en la teoría de la reencarna­ción. Vuelves a nacer una y otra vez, eterna­mente; a menos que uno se ilumine; en ese caso, se detiene la rueda.

     Esto es lo que preguntaba mi abuelo cuan­do se estaba muriendo, pero yo no era cons­ciente del significado..., aunque repetí el bardo como si fuese una máquina, sin entender lo que estaba diciendo o haciendo. Ahora com­prendo la preocupación del pobre hombre. Puedes llamarlo «la última preocupación». Cuando se convierte en una epidemia, como en Oriente, entonces es una obsesión y lo desapruebo. En ese caso es una enfermedad; no es algo que haya que alabar sino reprobar.

La obsesión es la manera psicológica de des­aprobar algo; por eso he usado esta palabra. En lo que respecta a las masas de Oriente, esto ha sido una enfermedad durante miles de años. Les ha impedido ser ricos, prósperos y opulen­tos, porque su única preocupación ha sido cómo detener la rueda. Entonces, ¿quién la va a engrasar y se va a ocupar de que gire suave­mente?

Por supuesto, yo necesito a mis sannyasins para que las ruedas de mi Rolls sigan rodando. Basta con un ruidito para que haya un contra­tiempo..., incluso un suave sonido. Durante un par de días, uno de los Rolls Royces estaba haciendo un ruidito, sólo de vez en cuando, muy suave, como un pajarito cantando entre los árboles. No debería ocurrir; un Rolls no es un pájaro. ¿De dónde viene ese ruido? Del vo­lante. No lo puedo soportar. Como sabéis, no soy intolerante, pero ¿un Rolls Royce nuevo que empieza a cantar, y además en e! volante?

En realidad, no sé qué hay debajo del capó. Nunca he mirado ni pienso hacerlo. No es mi especialidad. Debo decir que era un ruido sua­ve, como el de un pajarito diminuto silbando. Pero hay que repararlo. Un Rolls Royce no sil­ba, ni siquiera suavemente. ¿Y qué hacen estos tipos? Toda su ocupación -y su meditación también- consiste en mantener los Rolls Roy­ces en perfecto estado. Si esos dos tipos, Rolls y Royce, nacieran otra vez, tendrían envidia por­que hemos mejorado lo que hicieron. Por su­puesto, el Rolls es el mejor coche del mundo, pero no es inmejorable. Puede y debería ser mejorado..., no quiero que se detengan sus ruedas.

Los hindúes están obsesionados. Detener la rueda de la vida y la muerte se ha convertido en una enfermedad del alma. Pero a ellos la rueda siempre les recuerda el carro de bueyes. Estoy totalmente de acuerdo con que la quie­ran detener. Hay ruedas mejores, no es necesa­rio que se detengan todas. De hecho, la misma idea de no volver a nacer implica que no has vivido. Os puede parecer contradictorio, pero permitidme que os diga una cosa: sólo aquel que ha vivido plenamente puede parar la rueda de la vida y la muerte. Sin embargo, los que quieren pararla son los que no han vivido en absoluto. Tendrán una muerte de perros.

No es que esté contra los perros -toma nota, por favor-, sólo estoy usando una metá­fora. Pero debe ser importante porque en hindi existe la misma metáfora. Es la única metáfora que es parecida en inglés y en hindi. De hecho, no sólo es parecida sino que es igual: kutte ki maut, «una muerte de perro». Es exactamente igual. Debe ser por algo. Para descubrir qué es tengo que contaros una historia.

Se dice que cuando Dios creó el mundo -recordad que se trata de una historia-, cuando Dios creó el mundo, hombres, muje­res, animales, árboles y todo, les dio a todos el mismo límite de edad: veinte años.

Y me pregunto: ¿por qué veinte? Quizá Dios sólo supiese contar con los dedos, con los de las manos y los de los pies: eso suma veinte.

Yo investigo por mi cuenta. Alguna vez, en la bañera, cuando te estás lavando las manos y los pies, debes haberte contado los dedos. Pro­bablemente, una día se contó los suyos y se le ocurrió una idea: dadle veinte años de vida a todo el mundo. Parece un poeta. También pa­rece un comunista. Esto ofenderá mucho a los americanos. Déjalos, no me importa. Si nunca me ha importado nadie en la tierra, ¿por qué me iban a importar los yanquis? En esta fase de mi vida quiero seguir siendo un excéntrico, inclu­so más que antes.

Sé, con toda seguridad, que si le hubiesen permitido a Jesús impartir sus enseñanzas durante más tiempo no habría sido tan escandaloso, habría vuelto a sus cabales. Al fin y al cabo, era judío. Habría comprendido y no habría dicho todas esas tonterías del «reino de Dios», iY esos doce payasos que creía, o que ellos mismos creían que eran sus apóstoles! Les tenía que haber dado alguna pista, porque como eran tan tontos no se les podía ocurrir a ellos.

Jesús era tan escandaloso, que hasta Juan Bautista, el revolucionario más grande de su época, que también era maestro de Jesús y fue encarcelado, le mandó un mensaje desde su celda que decía: «Escuchando tus revelaciones, me pregunto si realmente eres el Mesías que hemos estado esperando; tus declaraciones son muy escandalosas.»

Ésta es la prueba. Juan Bautista fue uno de los revolucionarios más grandes de la tierra; Jesús sólo era discípulo suyo. Por circunstancias de la historia, se ha olvidado a Juan Bautista pero se ha recordado a Jesús.

Juan Bautista era pura pasión. Fue decapitado. La reina ordenó que le trajeran su cabeza en una bandeja; sentía que sólo de esta manera se tranquilizaría la nación. Y así lo hicieron.

Juan Bautista fue decapitado, pusieron su ca­beza sobra una magnífica bandeja de oro y se la exhibieron a la reina. Este hombre, Juan Bau­tista, también estaba un poco preocupado al escuchar las escandalosas revelaciones de Jesús. De vez en cuando, se me ocurre que deberían modificarlas (sí, incluso yo lo digo), no porque fuesen escandalosas, sino porque empiezan a ser ridículas. Escandaloso puede ser, ¿pero ri­dículo? No.

Imagínate a Jesús maldiciendo a una higue­ra porque sus discípulos están hambrientos y el árbol no tiene frutos. No era la temporada. No era culpa del árbol, pero a pesar de todo, se en­fadó tanto que le echó una maldición para que siempre fuera feo.

Esto es lo que llamo un disparate. Me da igual que lo dijera Jesús o cualquier otro. El es­cándalo es parte de la religiosidad, pero la ton­tería no. Tal vez, si Jesús hubiese impartido sus enseñanzas durante más tiempo, pero sólo te­nía treinta y tres años cuando le crucificaron; creo que, como buen judío, se habría tranquili­zado hacia los setenta años. No habría sido ne­cesario crucificarlo. Los judíos tenían prisa.

Creo que no sólo los judíos tenían pri­sa-aunque son más listos-, pero quizá la crucifixión se deba a los romanos, que siempre han sido infantiles y estúpidos. No me consta que en su raza o en su historia hayan tenido a un Jesús, un Buda o un Lao Tzu.

     Sólo me viene a la memoria un hombre, el emperador Aurelio. Escribió un famoso libro: Meditaciones. Por supuesto, no es lo que yo lla­mo meditación, sino meditaciones. Mi medita­ción siempre es singular; el plural no existe. Sus meditaciones realmente son contemplaciones; no puede haber un singular. Marco Aurelio es el único nombre de la historia de Roma que mere­ce la pena recordar, y tampoco demasiado. Un pobre Basho podría derrotar a Marco Aurelio. Cualquier Kabir podría asestar un golpe al em­perador y llevarle más allá de sus sentidos.

No sé si se admite esto en vuestro idioma, la expresión «llevar a alguien más allá de sus sen­tidos». Desde luego, sí se admite obligar a uno a recobrar el sentido común, pero ésa no es mi tarea, lo puede hacer cualquiera. Lo puede con­seguir un buen golpe o una piedra en el cami­no. No se necesita un buda para eso; para lle­varte más allá de tus sentidos necesitas un buda. Basho, Kabir o incluso mujeres como Lalla o Rabiya, podrían haber llevado a este pobre emperador a ese extremo.

Esto es todo lo que nos ha llegado de los ro­manos, no es mucho, pero ya es algo. No se debe rechazar totalmente a nadie. Acepto a Marco Au­relio sólo por cortesía, no como un hombre ilu­minado, sino como un buen hombre. Se podría haber iluminado si, por casualidad, se hubiese cruzado con alguien como Bodhidharma. Habría bastado con una mirada de Bodhidharma en los ojos de Marco Aurelio. Entonces hubiera sabido, por primera vez, qué es la meditación.

Habría vuelto a casa y habría quemado todo lo que había escrito hasta ese momento. Posiblemente, dejaría alguna colección de bo­cetos: un pájaro volando, una rosa marchitán­dose o una simple nube flotando en el cielo; unas frases aquí y allá, que no dijeran mucho, pero lo suficiente para provocar, lo suficiente para desatar un proceso en la persona que se lo encuentre. Ése habría sido un verdadero cua­derno de meditación, pero no de meditacio­nes... No existe un plural.

Si los psicólogos dijesen que Oriente, y particularmente India, no sólo está obsesiona­da con la muerte, sino que está poseída por la idea del suicidio, en cierto sentido, no se esta­rían equivocando. Uno debería vivir mientras esté vivo; no hay necesidad de pensar en la muerte. Y cuando llegue la muerte, uno se de­bería morir, y morirse completamente; enton­ces no habrá motivo para mirar atrás. Siendo total en cada momento, al vivir, al amar, al morir, es como uno llega a conocer. ¿Conocer el qué? No hay ningún qué. Uno simplemente conoce, no el qué, sino eso: el conocedor. «Qué» es el objeto, «eso» es la subjetividad de uno mismo.

Cuando murió mi Nana, mi abuela siguió riéndose con los últimos aleteos de su risa. Después se controló. Era una mujer que se sa­bía controlar. Pero a mí no me impresionaba su control, sino su risa en la misma cara de la muerte. jUna y otra vez le pregunté: -¿Nani, me puedes decir por qué te reías tan alto cuando la muerte era inminente? Si hasta un niño como yo se daba cuenta es im­posible que tú no te dieses cuenta.

-Sí, me daba cuenta -me respondió-, por eso me reía. Me reía del pobre hombre in­tentando detener la rueda innecesariamente, porque en último caso, la vida y la muerte no quieren decir nada. .

Tenía que esperar hasta que llegase el mo­mento de preguntarle y de discutir con ella. Cuando me ilumine, pensé, le preguntaré. Y eso es lo que hice.

Lo primero que hice después de iluminar­me, a los veintiún años, fue ir precipitadamen­te al pueblo donde estaba mi abuela, es decir, al pueblo de mi padre. Nunca abandonó el lugar donde fue incinerado su marido. Ese lugar se convirtió en su hogar. Se olvidó de todos los lujos a los que estaba acostumbrada. Se olvidó de los jardines, los campos y el lago que le ha­bía pertenecido. Nunca volvió, ni siquiera para poner en orden sus asuntos.

-¿Qué sentido tiene? -dijo-. Todo está solucionado. Mi marido se ha muerto, y el niño que quiero ya no está allí, está todo arre­glado.

Inmediatamente después de iluminarme volví al pueblo rápidamente para encontrarme con dos personas: la primera fue Magga Baba, el hombre del que os hablaba antes. Seguramente os preguntaréis por qué... Porque quería que alguien me dijese: «Estás iluminado.» Yo lo sabía, pero también quería oírlo de alguien de fuera. En aquella época, Magga Baba era la única persona a la que le podía preguntar. Ha­bía oído decir que acababa de volver al pueblo.

Salí precipitadamente a vede. El pueblo se encontraba a tres kilómetros de la estación. No os podéis hacer una idea de cómo corrí para verle. Llegué al árbol de neem...

La palabra neem no se puede traducir por­que no creo que exista ninguna cosa parecida al árbol de neem en Occidente. El árbol de neem es una cosa extraña: las hojas son muy amargas; sabe peor que el peor de los venenos. En realidad, es justo lo contrario, no es vene­noso. Si cada día te comes algunas hojas del neem..., lo que no es nada fácil. Yo lo he estado haciendo durante años; cincuenta hojas por la mañana y cincuenta por la noche. Ahora bien, ¡para comerse cincuenta hojas de neem hace falta alguien que esté dispuesto a matarse!

Está muy amargo pero purifica la sangre, y te protege de cualquier infección, ¡hasta en India, lo que constituye un milagro! Se cree que incluso el aire que pasa a través de las hojas de neem es más puro que ningún otro. La gente planta árbo­les de neem alrededor de sus casas simplemente para que el aire esté limpio y sin contaminar. Es un hecho científicamente probado, que el árbol de neem mantiene alejado todo tipo de infección al crear un muro de protección.

Fui corriendo hasta el árbol de neem donde se sentaba Magga Baba, y ¿sabéis qué hizo cuando me vio? Yo mismo no doy crédito: me tocó los pies y se echó a llorar. Me daba mucha vergüenza porque se había congregado un gru­po de gente, y todos pensaban que Magga Baba se había vuelto loco de verdad. Hasta ese momento había estado un poco loco, pero ahora estaba totalmente ido, ido para siem­pre... gafe, gafe, ido, e ido para siempre. Pero Magga Baba se rió y, por primera vez delante de la gente, me dijo:

     -¡Mi chico, lo has conseguido! Sabía que algún día lo conseguirías.

     Le toqué los pies. Por primera vez intentó impedírmelo, diciéndome:

     -No, no; ya no te vuelvas a postrar a mis pies.

     Pero seguí haciéndolo, aunque él insistía. Me daba igual y le dije:

-¡Cállate! Encárgate de tus asuntos y yo me encargaré de los míos. Si estoy iluminado como dices, por favor, no impidas que un ilu­minado se postre a tus pies.

Se empezó a reír otra vez y dijo: --¡Pilluelo! Estás iluminado pero sigues siendo un pilluelo.

Entonces me fui rápidamente a casa, es de­cir, a casa de mi abuela, no a la de mi padre, porque quería contarle lo que me había sucedi­do. Pero los caminos de la existencia son im­predecibles: ella estaba de pie delante de la puerta, mirándome un poco sorprendida y dijo:

     -¿Qué te ha sucedido? Ya no eres el mismo.

No estaba iluminada pero tenía la inteligen­cia suficiente para darse cuenta que algo había cambiado en mí.

-Sí, ya no soy el mismo -le respondí-, y he venido para compartir lo que me ha suce­dido.

       -Por favor, en lo que a mí respecta -dijo-, sigues siendo mi Raja, mi hijito.

De modo que no le dije nada. Pasó un día; entonces, en mitad de la noche me despertó. Con lágrimas en los ojos me dijo:

-Perdóname. Ya no eres el mismo. Puedes fingir pero yo puedo entrever que estás disimu­lando. No tienes que disimular. Me puedes contar lo que te ha sucedido. El niño que co­nocía ha muerto pero en su lugar hay alguien mucho mejor y más luminoso. Ya no puedo decir que eres mío, pero no importa. Ahora ha­brá millones de personas que dirán que eres suyo, y todo el mundo te podrá sentir como suyo. Retiro mi derecho, pero enséñame el ca­mino a mí también.

Ésta es la primera vez que se lo he dicho a nadie. Mi Nani fue mi primera discípula. Le enseñé el camino. Mi enseñanza es sencilla: es­tar en silencio, experimentar en tu interior al que observa y no lo observado; conocer al co­nocedor y olvidar lo conocido.

Mi camino es muy sencillo, tanto como el de Lao Tzu, Chuang Tzu, Krisna, Cristo, Moi­sés, Zaratustra..., porque sólo cambian los nombres, el camino es el mismo. Los peregri­nos cambian; la peregrinación es la misma. Y la verdad es que el proceso es muy sencillo.

Tuve mucha suerte de que mi abuela fuese mi primera discípula, porque no he encontra­do a ninguna otra persona que fuese igual de sencilla. Me he encontrado con mucha gente sencilla, muy cercanos a la sencillez de ella, pero la profundidad de su sencillez era tal que nadie ha podido superada, ni siquiera mi pa­dre. Él era sencillo, absolutamente sencillo y muy profundo, pero no se podía comparar con ella. Lamento decirlo, pero estaba muy lejos, y mi madre está aún más lejos; ni siquiera se aproxima a la sencillez de mi padre.

Os sorprenderéis al saber que -es la pri­mera vez que lo revelo- mi Nani no sólo fue mi primera discípula, sino que también fue mi primera discípula iluminada, se iluminó mu­cho antes de que yo empezase a iniciar a gente al sannyas. Nunca fue sannyasin.

Se murió en 1970, el año que empecé a ini­ciar a la gente al sannyas. Ella estaba en su lecho de muerte cuando se enteró de mi movimien­to. Aunque yo no lo pude oír, uno de mis her­manos me comunicó que sus últimas palabras fueron.. .

-Es como si estuviera hablando contigo -me dijo mi hermano-. Dijo: «Raja, ahora has comenzado un movimiento de sannyas, pero es demasiado tarde. No puedo ser tu sannyasin porque para cuando llegues aquí ya no estaré en este cuerpo, pero quiero que te co­muniquen que quería ser tu sannyasin.»

Se murió antes de que llegase, exactamente doce horas antes. Fue un largo viaje desde Bombay hasta ese pequeño pueblo, pero ella había insistido que nadie tocara su cuerpo has­ta que llegase yo; entonces se haría lo que yo decidiese. Si quería que la enterraran, estaba bien. Si quería que la incineraran, también es­taba bien. Si quería que ocurriese otra cosa, en­tonces también estaba bien.

Cuando llegué a casa no podía creer lo que estaba viendo: ella tenía ochenta años y seguía pareciendo muy joven. Hacía doce horas que se había muerto, pero todavía no había ningu­na señal de deterioro. Le dije:

-Nani, he venido. Sé que esta vez no me podrás contestar. Te lo estoy diciendo sólo para que lo oigas. No tienes que contestar.

¡De repente, ocurrió casi un milagro! No es­taba yo sólo allí presente, también estaba mi padre y toda mi familia. De hecho, se había congregado todo el vecindario. Todos vieron cómo, ¡después de doce horas!, salió rodando una lágrima de su ojo izquierdo.

     Los médicos -Devaraj, por favor, anota esto- habían certificado su muerte. Bueno, los muertos no lloran; los vivos muchas veces tampoco, ¡los muertos mucho menos! Pero una lágrima cayó rodando de sus ojos. Me lo tomé como una respuesta; ¿qué otra cosa podía su­poner? Di fuego a la hoguera, como era su de­seo. No he hecho esto ni siquiera con el cuerpo de mi padre.

En India es casi una ley que el hijo mayor prenda fuego a la pira funeraria de su padre. Yo no lo hice. En lo que respecta al cuerpo de mi padre ni siquiera fui a su funeral. El último fu­neral al que asistí fue el de mi Nani. Ese día le dije a mi padre -Escucha, Dada, no podré venir a tu funeral. -¿Qué tonterías estás diciendo? -preguntó-. Todavía estoy vivo. -Ya sé que estás vivo, ¿pero por cuánto tiempo? -le dije-. Hace apenas un día Nani estaba viva, mañana quizá tú ya no estés. No quiero correr el riesgo. Quiero decirte ahora mismo que he decidido que no volveré a asistir a ningún funeral después del de Nani. De modo que te pido perdón, pero no voy a ir a tu funeral. Como no estarás ahí te pido que me perdones ahora.

     Él lo comprendió aunque estaba algo disgustado, pero dijo: -De acuerdo, si eso es lo que has decidido, ¿pero, entonces, quién prenderá mi hoguera?

Esta pregunta es muy importante en India. En ese contexto normalmente lo haría el hijo mayor. -Ya sabes que soy un vagabundo –le dije-, no poseo nada. Magga Baba, que era tremendamente pobre, tenía dos pertenencias: su manta y su magga, la taza. Yo no tengo pertenencias. Aunque vivo como un rey, no poseo nada. No tengo nada. Si un día viene alguien y me dice: «Abandona este lugar en el acto», me iré inme­diatamente. Ni siquiera tendré que hacer las maletas. No tengo nada. Así me marché de Bombay. Nadie creía que me pudiese ir tan fá­cilmente, sin echar la vista atrás.

No pude ir al funeral de mi padre, pero ya le había pedido permiso de antemano, mucho antes, en el funeral de mi Nani. Mi Nani no era sannyasin, pero era sannyasin en muchos otros aspectos, en todos los aspectos excepto que no le di un nombre. Se murió vestida de naranja. Yo no le había pedido que se vistiera de naranja, pero el día que se iluminó dejó de usar su vestido blanco.

En India las viudas se tienen que vestir de blanco. ¿Y por qué sólo las viudas? Para que no estén hermosas, es lógica natural. ¡Y se tienen que afeitar la cabeza! Fijaos..., ¡qué sinvergüen­zas! Para que una mujer esté fea le obligan a cortarse el pelo y no le permiten usar más colo­res que el blanco. Le quitan todo el color a su vida. No puede ir a ninguna celebración, ¡ni si­quiera a la boda de su hijo o de su hija! Las celebraciones como tales le están prohibidas.

El día que mi Nani se iluminó, me acuerdo que fue -lo anoté, debe estar en algún lu­gar- e! 16 de enero de 1967. Digo, sin vacilar, que ella fue mi primera sannyasin; y no sólo eso, fue mi primera sannyasin iluminada.

Los dos sois médicos, y conocéis bien al doctor Ajit Saraswati. Ha estado conmigo cer­ca de veinte años, no conozco a nadie que haya estado conmigo con tanta sinceridad. Os cau­sará sorpresa saber que está ahí fuera esperan­do... y hay muchas posibilidades de que esté casi listo para iluminarse. Ha venido a vivir aquí, en la comuna; le debe haber resultado muy difícil, especialmente porque es hindú y deja a su mujer, a sus hijos y su profesión. Pero no podía vivir sin mí. Está dispuesto a renun­ciar a todo. Está esperando fuera. Ésta será su primera entrevista, y siento que también va a ser su iluminación. Se lo ha ganado, y lo ha ganado con mucho esfuerzo. No es nada fácil ser indio y estar conmigo totalmente. ¿Qué hora es? -Las nueve menos cuarto, Osho. Dadme cinco minutos. Es tan inmensamen­te bello... No, esto es sencillamente fantástico. No, uno no debería ser avaricioso. No, yo soy una persona consecuente... constantemente, no... ten en cuenta que no estoy diciendo «no» como una negación. El «no» es para mí una de las palabras más hermosas de vuestro idioma. Me gusta. No sé si le ocurre lo mismo a alguien más, pero a mí me gusta.

Ambos sois pacientes míos... y yo soy el doctor. Es la hora. Todo ha llegado a un punto y final.

 

Sesión 17

 

De acuerdo. Las primeras palabras que pronunció Ajit Saraswati ayer por la noche fueron: -Osho, nunca me imaginé que lo conseguiría.

Por supuesto, todos los que estaban presen­tes pensaron que estaba hablando de venir a vivir en la comuna. Y eso también es verdad; es significativo, porque recuerdo el primer día que vino a verme hace veinte años. Le tuvo que pe­dir permiso a su mujer sólo para verme unos minutos. Por eso, los que estaban presentes de­ben haber entendido, naturalmente, que no contaba con poder trasladarse, dejando a su mu­jer, sus hijos y una buena profesión. Renuncian­do a todo sólo para estar aquí conmigo..., es un genuino sentimiento de renuncia. Pero no es eso lo que él quería decir, y yo le entendí.

-Ajit, yo también estoy sorprendido -le dije-. No es que no me lo esperara; siempre he aguardado, esperado y anhelado este momento, y estoy feliz de que hayas llegado.

Una vez más, los demás deben haber pensado que estaba hablando de su traslado aquí. Yo hablaba de otra cosa, pero él lo entendió. Lo pude ver en sus ojos, que cada vez tenían una mirada más inocente. Vi que había entendido lo que quiere decir realmente estar con un maestro. Significa volver a uno mismo. No puede significar sino realización de su propio ser. Su sonrisa era totalmente nueva.

Estaba preocupado por él: se estaba volviendo cada día más serio. Esto realmente me afectaba, porque la seriedad para mí siempre ha sido una palabra obscena, una enfermedad, algo mucho más canceroso de lo que pueda llegar a ser un cáncer y, sin duda, mucho más contagioso que ninguna enfermedad. Pero exhalé un gran suspiro de alivio; me quité un peso del corazón.

Es una de las pocas personas por las que tendría que hacer girar de nuevo la rueda si me muriese sin que se haya iluminado, tendría que volver a nacer. Aunque es imposible hacer girar la rueda..., no conozco la mecánica de giro de la rueda, especialmente de la rueda del tiempo. No soy un mecánico, no soy un técnico; por tanto, habría sido muy difícil para mí hacer gi­rar la rueda otra vez..., y no se ha movido des­de que tenía veintiún años.

Hace treinta y un años se detuvo la rueda. Ahora debe estar completamente oxidada. Aunque le echemos aceite no se solucionará. Ni siquiera mis sannyasins pueden hacer algo, no se trata de la rueda de un Rolls Royce. Es la rueda del karma, de la acción, de la conciencia que implica cada acción. Yo ya he acabado con eso. Pero para un hombre como Ajit intentaría volver, cueste lo que cueste.

He decidido que no dejaré este cuerpo has­ta que se hayan iluminado, al menos, mil y un discípulos míos, no antes de eso. ¡Devaraj, acuérdate de esto! No va a ser muy difícil, ya está hecho el trabajo básico, sólo es cuestión de tener un poco de paciencia.

     Mientras yo entraba, Gudia dijo, al escuchar que Ajit se había iluminado: -Es curioso, de repente la iluminación está estallando por todas partes.

Tiene que estallar en todas partes, ése es mi trabajo. Y hay mil y un personas que están a punto de estallar en cualquier momento. Basta una ligera brisa para que la flor se abra..., o el capullo le abre su corazón al primer rayo de sol, cualquier cosa.

Ahora bien, ¿qué es lo que le ha ayudado a Ajit? Le conozco desde hace veinte años y siempre he sido cariñoso con él. Nunca le he golpeado, no ha sido necesario. Antes de que yo le dijese algo, él ya lo había admitido. Antes de decirlo, ya lo había oído. En estos veinte años él me ha seguido tan de cerca como le ha sido posible. Él es mi Mahakashyapa.

¿Qué es lo que ha provocado lo que le suce­dió anoche? Simplemente, que no ha dejado de pensar en mí a todas horas. Ese pensamien­to desapareció en cuanto me vio, y era el único pensamiento que le había estado rondando como si fuese una nube. ¡No creo que enten­diese el significado exacto de sus palabras! Se tarda un tiempo, y las palabras surgen tan súbi­tamente. Sólo dijo, como a pesar de sí mismo:            -Nunca pensé que sería capaz de conseguirlo.

-No te preocupes -le dije-. Yo siempre he tenido la certeza de que ocurriría, antes o después, pero ocurriría.

Él parecía algo desconcertado. Hablaba de venir y yo hablaba de suceder. Entonces, exactamente como cuando se abre una ventana y ves, del mismo modo, se abrió una ventana y vio. Se postró a mis pies con lágrimas en los ojos y una sonrisa en su rostro. Es hermoso ver cómo se funden lágrimas y sonrisas. Es una experiencia en sí misma.

No he podido concluir la historia que había empezado, a causa de Ajit Saraswati. Él había estado a la vuelta de la esquina tanto tiempo, que de algún modo me había acostumbrado a él. ¿Os acordáis del día que os hablé de Ajit Mukherjee, el famoso escritor de tantra, el autor de “El arte tántrico y Pinturas tántricas” Dije, y podéis consultar vuestros apuntes..., cuando dije «Ajit» no pude decir «Mukherjee». Para mí «Ajit» siempre ha sido «Ajit Saraswati». De modo que cuando hablé de Ajit Mukherjee, dije primero «Ajit Sarasw...», después rectifiqué. Había empezado a decir «Saraswati» y llegué a decir «Sarasw...», después dije «Mukher­jee».

Él ha estado presente, sin interferir en modo alguno, justo a la vuelta de la esquina, esperando, simplemente observando. Una confianza así es poco común, aunque hay miles de sannyasins conmigo que tienen la misma clase de veneración. Sabiéndolo o no, eso no tiene importancia; lo que importa es que la veneración esté presente.

Ajit Saraswati tiene una formación hindú; por tanto, es natural que le resulte más fácil tener ese tipo de veneración, de confianza. Aunque se educó en Occidente; probablemente, por eso se ha podido acercar a mí. Una base hindú y una mente científica occidental..., es un extraño fenómeno tener estas dos cosas jun­tas, y él es único.

Y Gudia, detrás de él vendrán más. ¡Sí, van a estallar! Aquí, allí y en todas partes. Tienen que estallar pronto porque no me queda mu­cho tiempo. Pero el sonido de un hombre esta­llando en la existencia no es igual que el sonido de la música pop, ni el de la música clásica; es música pura, no se puede clasificar..., ni siquie­ra se puede oír, sólo se puede sentir.

Ahora, ¿veis qué disparate? Estoy hablando de una música que sólo se puede sentir y no se puede oír. Sí, estoy hablando de eso; eso es la iluminación. Todo se vuelve silencio, como si la rana de Basho nunca hubiese saltado al viejo estanque..., nunca, nunca..., como si en el es­tanque nunca hubiese habido olas, reflejando el cielo eternamente, sereno.

Este haiku de Basho es precioso. Lo repito tantas veces porque siempre es nuevo, siempre está cargado de un significado nuevo. Es la pri­mera vez que digo que la rana no ha saltado, que no hay un plop. El viejo estanque no es ni viejo ni nuevo; no sabe nada del tiempo. No hay olas en la superficie. En él puedes ver todas las estrellas más ensalzadas, más espléndidas de lo que están en el cielo. La profundidad del es­tanque contribuye enormemente a su exube­rancia. Se vuelven casi de la misma materia de la que están hechos los sueños.

Cuando estallas a la iluminación, entonces te das cuenta que la rana no había saltado..., que el viejo estanque no era viejo. Entonces, sabes lo que es.

Todo esto lo digo de paso. Pero antes de que me olvide...; la pobre historia que comen­cé ayer. Vosotros pensaréis que no me acorda­ba, pero me puedo olvidar de todo excepto de una bonita historia. Incluso cuando me muera, si queréis que hable preguntadme algo sobre alguna historia, quizá una fábula de Esopo, Panchtantra, Los cuentos de Jataka o, simple­mente, las parábolas de Jesús.

Decía ayer..., todo empezó con la metáfora de «una muerte de perro». Dije que el pobre perro no tenía nada que ver. Pero detrás de esa historia hay una metáfora, y puesto que hay millones de personas que van a tener una muerte de perros vale la pena entenderla. Qui­zá ya la conozcáis. Creo que todos los niños la han oído; es muy sencilla.

Dios creó el mundo: hombre, mujer, ani­males, árboles, pájaros, montañas y todo. Tal vez fuera comunista. Pues eso no está bien; al menos Dios no debía ser comunista. No haría buena impresión si le llamasen «Camarada Dios»: «¿Cómo estás, Camarada Dios?» Sim­plemente, no suena bien. Pero la historia cuen­ta que le dio veinte años de vida a todo el mundo. Todos recibieron lo mismo. Como era de esperar, el hombre se levantó inmediata­mente y dijo: -¿Sólo veinte años? No es suficiente.

Eso demuestra algo acerca del hombre: que nada es suficiente. Nunca es suficiente. La mu­jer no se levantó. Esto también demuestra algo acerca de la mujer. Está satisfecha con las cosas pequeñas. Sus deseos son muy humanos; no está pidiendo las estrellas. En realidad, se ríe de todos los esfuerzos del hombre por alcanzar el Everest, la Luna o Marte. No entiende qué es todo ese disparate. ¿Por qué no vamos a ver qué hay en la televisión ahora? Que yo sepa, ver la televisión...

Ashu mira al suelo. No te avergüences. No estoy hablando contra las mujeres que miran la televisión. Hablo de mí mismo. Creo que las mujeres miran la televisión sólo por la publici­dad, por nada más; un nuevo jabón, un nuevo champú, un coche nuevo... lo nuevo, cualquier cosa nueva.

En la publicidad todo es nuevo. En reali­dad, se trata de cosas viejas que vuelven a em­paquetar una y otra vez. Sí, el embalaje es nue­vo, la etiqueta es nueva, el nombre es nuevo. Pero a una mujer le interesa una lavadora, una nevera o una bicicleta nueva. La mujer está in­teresada en lo inmediato.

     En esta historia, ella no se levantó y le dijo a Dios:

     -¡Cómo! ¿Sólo veinte años?

     De hecho, cuando el hombre se puso de pie, la mujer debe haber estado tirando de él y diciéndole:

     -Siéntate, hombre. ¿Por qué estás refunfu­ñando, siempre refunfuñando? Venga, viejo gruñón, siéntate. Pero el hombre se mantuvo firme y dijo: -Me resisto con todas mis fuerzas a aceptar esta imposición de vivir sólo veinte años. Necesito más.

Dios tenía todas las de perder. Puesto que era comunista, ¿qué podía hacer? Había distri­buido los años equitativamente. Pero los ani­males eran más comprensivos que este compañero comunista. El elefante se rió y dijo: -No te preocupes. Te doy diez años de mi vida, porque veinte años es demasiado. ¿Qué voy a hacer con veinte años? Me basta con diez.

De modo que el hombre recibió diez años de la vida del elefante. En este período entre los veinte y los treinta es cuando el hombre se comporta como un elefante. Éstos son los años en los que aparecen los hippies y los yippies y otras tribus parecidas. Deberían ser llamados «los elefantes» en todo el mundo..., piensan demasiado en sí mismos.

Entonces, se levantó el león y dijo: -Por favor, acepta diez años de mi vida. Para mí diez años es más que suficiente. Entre los treinta y los cuarenta años el hombre ruge como un león, como si fuese Alejandro Magno. Ni siquiera Alejandro era un verdadero león, o sea que ¿cómo serán los demás? Entre los treinta y los cuarenta años, todos los hombres, a su manera, se comportan como leones.

Entonces se levantó el tigre diciendo: -Ya que todo el mundo está contribuyendo para el pobre hombre yo contribuiré con otros diez años de mi vida. Entre los cuarenta y los cincuenta años el hombre se comporta como un tigre, muy mermado en comparación con el león, muy afeitado, como un gato grande, pero sigue con la vieja costumbre de fanfarronear.

Después se levantó el caballo y contribuyó con otros diez años. Entre los cincuenta y los sesenta años, el hombre lleva todo tipo de cargas. No es más que un caballo. Pero no un caballo cualquiera, sino un extraordinario caballo cargado con montañas de preocupaciones, pero su voluntad es tal que sigue tirando hacia delante.

A los sesenta el perro contribuyó con diez de sus años, y por eso se dice que es «una muerte de perro». Esta historia es una de las parábolas más bellas. Entre los sesenta y los se­tenta el hombre vive como un perro, ladrando a todo lo que se mueve. Encuentra cualquier excusa para ladrar.

La historia no va más allá de los setenta años porque se contó, originalmente, antes de que el hombre tuviera unas expectativas de vida superiores a los setenta años. Setenta años es la edad convencional. Si eres un hombre convencional deberás consultar un calendario y morirte exactamente a los setenta años. Más de eso ya sería moderno. Vivir hasta los ochen­ta, los noventa o incluso hasta los cien años es ultra-moderno, es ser un rebelde, es ser un des­carriado.

¿Sabéis que en América hay gente que está congelada en depósitos porque padecen enfer­medades incurables? Incurables hasta la fecha, quizá dentro de veinte años hayamos encontra­do un remedio. De modo que, aunque podían haber vivido algunos años más con la enferme­dad, decidieron ser congelados; a su propia costa, tenedlo en cuenta. En América siempre es a tu propia costa. Están pagando aunque es­tén congelados, casi muertos. Tuvieron que pa­gar de antemano los próximos veinte años por adelantado, para que estos cuerpos puedan per­manecer congelados. Por supuesto, es un asun­to caro. Sólo se lo puede permitir la gente muy rica. Me parece que el mantenimiento de un cuerpo congelado cuesta casi mil dólares al día. Tienen la esperanza, mejor dicho, tenían la es­peranza de que cuando se encontrase el reme­dio serían descongelados, devueltos a la vida y curados.

Están esperando, los pobres ricachones; hay, al menos, varios centenares de personas en todo América esperando. Esto le da un nuevo sentido a la palabra «esperar». Es una nueva forma de esperar, sin respirar, pero esperando. Es realmente como esperar a Godot, y además pagando.

Es una vieja historia, de ahí los setenta años proverbiales. «Una muerte de perro» significa la muerte de un hombre que ha vivido como un perro. Pero no os ofendáis si sois amantes de los perros. Los perros son buena gente. Pero «vivir como un perro» significa que sólo vives para ladrar, disfrutando de los ladridos, sin perder la oportunidad de aullar. Vivir como un perro significa no vivir una vida humana, sino infrahumana, menos que humana. Y el que vive como un perro está destinado a morir como un perro.

Obviamente, no puedes tener una muerte que no te merezcas. Repito: no puedes tener una muerte que no te merezcas, para la que no hayas estado trabajando toda tu vida. La muer­te puede ser un castigo o una recompensa; todo depende de ti. Si vives superficialmente, entonces tu muerte sólo será la de un perro. Los perros son sesudos, muy intelectuales. Si vives intensamente, intuitivamente, desde el corazón, inteligentemente, no intelectualmen­te; si permites que todo tu ser esté implicado en todo lo que haces, entonces puedes morir con la muerte de un dios.

Permitidme acuñar otra frase, lo contrario de una «muerte de perro»: «Una muerte de dios.» Como veis, perro, dog, y dios, god, se componen de las mismas letras, escritas en dis­tinto orden. La misma materia del revés se convierte en «perro»; del derecho se convierte en «dios». La materia de la existencia, tu ser, es

la misma; no importa si te pones de pie sobre la cabeza o sobre los pies. Sí importa en un aspec­to: se te pones cabeza abajo sufrirás. Y si co­mienzas a andar sobre la cabeza, te podrás ha­cer una idea de lo que es el séptimo infierno. Pero puedes dar un salto y ponerte de pie, ¡na­die te lo está impidiendo!

Ésta ha sido toda mi enseñanza: ¡Salta! No te pongas cabeza abajo, ponte de pie. ¡Sé natu­ral! Entonces vivirás como un dios. Y por su­puesto, un dios muere como un dios. Un dios vive como un dios y muere como un dios. Y cuando digo dios quiero decir simplemente maestro de uno mismo.

 

 

 

Sesión 18

 

     Sigmund Freud estaba entrevistan­do a uno de sus pacientes. Pidió al hombre que estaba tendido en el diván:

-Mire a través de la ventana. ¿Puede ver el mástil de la bandera en el edificio que hay al otro lado de la calle?

-Por supuesto -dijo el anciano-. ¿Pien­sa usted que estoy ciego? Puedo ser un ancia­no, pero puedo ver el mástil, la bandera y todo lo demás. ¿Qué tipo de pregunta es ésta? ¿Aca­so le estoy pagando por hacer ese tipo de pre­guntas?

Freud respondió:

-Espere. Así es como funciona el psicoanálisis. Dígame a qué le recuerda el mástil.

El anciano comenzó a reírse. Freud se puso muy contento. Muy tímidamente, el anciano le dijo:

-Me recuerda al sexo.

Freud quería probar su nueva teoría con todo el mundo, y esto era una confirmación.

-Comprendo -le dijo-. El mástil no es otra cosa que un símbolo fálico. No necesita preocuparse, es totalmente cierto.

       El anciano seguía sonriendo cuando Freud le preguntó:

-¿Qué le recuerda este diván?

El anciano se echó a reír y dijo:

-¡Esto es mucho psicoanálisis! ¿Para esto he venido? ¿Para esto le he pagado por adelantado?

Ten en cuenta que Freud solía cobrar su minuta por adelantado, porque cuando estás tratando con todo tipo de locos, no puedes depender de ellos a la hora de pagar más tarde. Hay que cobrar antes de que comience el tratamiento.

De hecho, nadie en el mundo, incluido el mismo Sigmund Freud, se ha psicoanalizado totalmente, por la sencilla razón de que es imposible. Puedes seguir y seguir hasta la náusea. ¿Por qué? Porque no son más que pensamientos insustanciales. Un pensamiento te lleva a otro pensamiento, y así sucesivamente; no se acaba nunca. No ha habido nunca ni un solo psicoanalista que pueda decir que ha sido totalmente psicoanalizado. Siempre queda algo, y ese algo es mucho más grande que el pequeño fragmento con el que has estado jugando en nombre del psicoanálisis.

El anciano se estaba empezando a enfadar un poco. Freud le dijo:

-Es la última pregunta, así que no se enfade. Por supuesto, el diván le recuerda al sexo; se lo recuerda a todo el mundo, no hay ningún problema, no se enfade. Sólo esta última pregunta:

     ¿Qué es lo que piensa cuando ve un camello?

Al anciano le dio un ataque de risa, se reía tan fuerte que tenía que agarrarse el estómago con las dos manos.

-¡Dios mío! -dijo-. Nunca había pensado que el psicoanálisis tuviese algo que ver con los camellos. Pero, por una extraña coincidencia, el otro día fui al zoo, y por primera vez en mi vida vi un camello, ¡y aquí está este señor que va y me pregunta a qué me recuerda un camello! El camello, por supuesto, me recuerda al sexo, hijo de puta.

Ahora le tocaba a Freud quedarse desconcertado. ¿Camello? ¡No se podía figurar cómo podía un camello recordarle a alguien a sexo! ¿Un camello? Ni siquiera él, Sigmund Freud, había pensado nunca eso de un camello. Sólo era una pregunta. Él se esperaba que el hombre le contestara:

-No me recuerda a nada en particular. Sólo es un camello. ¿Debería recordarme algo?

-Has destruido toda mi alegría -dijo Freud-. Creía que estabas confirmando mi teoría, pero no me puedo imaginar cómo un camello te puede recordar el sexo.

El hombre se rió incluso más alto que antes: -¡Idiota! ¿No has entendido nada? No te preocupes del estúpido camello. Todo me recuerda al sexo, ¡incluso tú! ¿Qué le voy a hacer? Ése es mi problema. Por eso he venido. Ésa es mi obsesión.

Te he contado esta historia para explicarte lo que significa la palabra «obsesión». Y el mundo entero se puede dividir en dos categorías: la gente que está obsesionada con el sexo y la gente que está obsesionada con la muerte. Ésta es la auténtica línea de demarcación entre Oriente y Occidente. No es una división geográfica, sino algo mucho más importante que la geografía.

Te he contado cómo la lengua inglesa sigue incorporando palabras de otras lenguas. «Geografía» es una palabra, como muchas otras, prestada del árabe. En árabe es muy hermosa, es jugrafia, no «geografía». Pero sea geografía o jugrafía, no puede ser la línea divisoria. Hay que entender la parte psicológica.

Oriente está obsesionado con la muerte, Occidente con el sexo. El materialista está abocado a estar obsesionado con el sexo, y el espiritual con la muerte, y ambas son obsesiones. Y vivir una vida con cualquier obsesión, oriental u occidental, es como vivir sin vivir..., es desperdiciar por completo esta oportunidad. Oriente y Occidente son las dos caras de la misma moneda, como el sexo y la muerte. El sexo es la energía, el comienzo de la vida; y la muerte es la culminación de la vida.

No es una coincidencia que millones de personas nunca hayan conocido qué es un or­gasmo de verdad. Por la sencilla razón de que no puedes saber qué es el orgasmo, a menos que estés dispuesto a entrar en un tipo de muerte. Y nadie quiere morir, todo el mundo quiere vivir, renovar la vida una y otra vez.

En Oriente, la ciencia no encontró dónde poner el pie, porque cuando la gente está tra­tando de detener la rueda, ¿quién está dispues­to a estudiar la ciencia? ¿o quién está dispuesto a escuchar? ¿A quién le importa? ¿Para qué? Hay que detener la rueda. Sin embargo, eso lo puede hacer cualquier tonto, basta con poner una piedra en el camino. No necesitas dema­siada tecnología para parar una rueda, pero para moverla necesitas de la ciencia.

     La búsqueda más consistente de la ciencia va dirigida a encontrar la causa del movimien­to de la existencia, en otras palabras, encontrar algún mecanismo que se mueva eternamente de forma espontánea, sin necesidad de com­bustible, sin ningún gas; un movimiento perpe­tuo, constante, sin la ayuda de energía alguna porque cualquier fuente de energía, más pron­to o más tarde, se agota, y entonces la rueda se detiene. La ciencia está buscando la manera de mantener la rueda en movimiento eternamen­te, encontrar un movimiento que sea indepen­diente de cualquier fuente de energía.

En Oriente, la ciencia nunca arrancó; el co­che nunca arrancó. No había nadie interesado en arrancarlo; estaban demasiado preocupados en cómo parado, porque iba rodando cuesta abajo. En Oriente sucedió una cosa totalmente diferente que con seguridad no había sucedido nunca en Occidente: el tantra. Oriente pudo explorar el centro más profundo de la energía sexual sin ninguna inhibición, sin ningún mie­do. No estaba preocupado en absoluto por el sexo. En realidad, no creo que la historia que os he contado sea verdad.

Tengo la sensación de que Sigmund Freud ha debido de estar en su lavabo mirándose al espejo, hablando solo. El anciano en el diván no es otro que el mismo Sigmund Freud. Si lees su libro te convencerás de lo que te estoy diciendo. Todo el interés de Freud estaba en e! sexo; todo tenía que reducirse al sexo. Ha sido la persona más obsesionada con el sexo en toda la historia de! hombre y, desafortunadamente, ha dominado la así llamada psicología, e! psi­coanálisis y muchos otros tipos de terapias. Se ha convertido en una figura paterna.

Es extraño que un hombre como Sigmund Freud, que ha sufrido todo tipo de miedos y fobias, haya podido convertirse en la figura clave de todo este siglo. Tenía mucho miedo. Naturalmente, ten en cuenta que si te obse­siona cualquier cosa, ya sea el sexo o la muer­te, éstas son las dos categorías más importan­tes... Hay miles de cosas en el mundo, pero todas se pueden incluir en estas dos categorías. Si estás obsesionado con cualquiera de estas dos eres totalmente ignorante, y permanece­rás lleno de miedo; de hecho, tendrás miedo a la luz, porque en tu oscuridad has creado tu propio mundo de teorías, dogmas y todo eso. Te dará miedo la luz de un hombre con una lámpara..., un hombre como Diógenes en­trando desnudo con una lámpara incluso a plena luz de! día.

Algunas veces pienso que habría sido bueno para Sigmund Freud si Diógenes hubiese entra­do en su así llamada consulta, con su lámpara todavía brillando fuerte; por supuesto desnudo, porque siempre iba desnudo. El encuentro ha­bría producido algo de inmenso valor. La gente como Sigmund Freud le tiene miedo a la luz; por eso Diógenes solía llevar su lámpara. Siempre que alguien le preguntaba por qué llevaba la lámpara durante el día, respondía:

     -Estoy buscando a un hombre y no lo he encontrado todavía.

     Justo un momento antes de morir, alguien le preguntó:

     -Diógenes, antes de dejar el cuerpo, por favor, dinos: ¿Has encontrado ya a tu hombre?

     Diógenes se rió y dijo:

     -Siento deciros que no he podido encontrarlo. Pero debo decir una cosa: todavía tengo mi lámpara, nadie me la ha robado y eso está muy bien.

Sigmund Freud estaba obsesionado, pero continúa representando toda la actitud occidental. Por eso Carl Jung no pudo quedarse mucho con él. La razón es simple: la obsesión de Jung no era el sexo, sino la muerte. Él necesitaba un maestro en Oriente, no en Occidente. Sin embargo, es tal la complejidad de las cosas que estaba muy orgulloso de Occidente; tanto que, cuando visitó India, alguien le sugirió que fuera a ver a Ramana Maharshi, que estaba todavía vivo, y Jung no fue. Sólo estaba a una hora de avión... y se fue a todos los demás lugares. Estuvo en India durante varios meses, pero no tuvo tiempo de visitar a Ramana Maharshi. Una vez más, la razón es muy simple: se necesitan agallas para ver a un hombre como Ramana. Él es un espejo. Te enseñará tu verdadero rostro. Te arrancará todas tus máscaras.

Realmente, odio a este hombre, Jung. Podría condenar a Freud, pero no le odio. Podría estar equivocado, pero era un genio. Era un ge­nio, a pesar de que hizo algo que no puedo apoyar porque sé que no es correcto. Pero este otro hombre, Jung, era un pigmeo; no se le puede comparar con Freud. Además, también era un Judas: traicionó a su maestro.

El propio maestro estaba equivocado, pero ése es otro asunto. Correcto o equivocado, Freud había escogido a Jung como su discípulo principal; sin embargo, éste sólo demostró ser un Judas. No era de la misma talla que Freud. La verdadera razón por la que se separaron -y nunca he visto que ningún freudiano o jungiano la mencione, lo estoy diciendo por primera vez -es que la obsesión de Jung era la muerte, y la de Freud el sexo. No pudieron permanecer juntos durante mucho tiempo, tuvieron que separarse.

Oriente ha estado ocupado morbosamente durante miles de años, de algún modo, en deshacerse de la vida. Sí, lo llamo morboso. Me encanta llamar a las cosas por su nombre. Una espada es simplemente una espada, ni más ni menos. Sólo quiero exponer el hecho. Oriente ha sufrido mucho por culpa de esta morbosidad, pensando constantemente en cómo evitar la vida desde el momento de nacer. Creo que es la obsesión más antigua del mundo. Muchas personas de la misma talla de Sigmund Freud han vivido bajo su influencia, la han fortalecido y alimentado.

No recuerdo ni un solo hombre que se alzara en su contra. Todos estuvieron de acuerdo en esto, a pesar de que no estaban de acuerdo en nada más: Mahavira, Manu, Kanad, Gautama, Shankara, Nagarjuna, la lista es casi infinita. Todos ellos muy superiores a Sigmund Freud, C. G. Jung o Adler, y a los muchos bastardos que dejaron detrás.

Pero ser un genio, incluso un gran genio, no significa necesariamente que estés en lo cierto. A veces un simple granjero podría tener más razón que un gran erudito. Un jardinero podría tener más razón que un profesor. La vida es muy extraña; siempre visita al más simple, al más amoroso. Oriente se ha equivocado y Occidente también. Ambos están desequilibrados.

Tenía que hablar de ello porque ésta es una de mis contribuciones más importantes: el hombre no debería estar preocupado por el sexo ni por la muerte. Debería liberarse de ambas obsesiones; sólo entonces sabe, y sabe que, a pesar de lo extraño que parezca, no son diferentes. Cada momento de amor profundo también lo es de profunda muerte. Cada orgas­mo es también un final, una parada total. Algo asciende a las alturas, toca las estrellas y hagas lo que hagas, nunca volverá a ser lo mismo. En realidad, cuanto más haces, más se aleja.

El hombre vive casi como una rata, escondido en su agujero. Puedes llamado occidental, oriental, cristiano, hindú; existen miles de agujeros aprovechables para todo tipo de ratas. Pero vivir en un agujero, aunque esté decorado, pintado, casi como una catedral, como un hermoso templo o una mezquita, sigue siendo un agujero. Y vivir en él es estar cometiendo un lento suicidio, porque no has nacido para ser una rata. Sé un hombre. Sé una mujer.

Hasta ahora, todo ha ido sucediendo in­conscientemente, naturalmente, pero ahora la naturaleza no puede hacer nada más. ¿Puedes verlo? Darwin dice que el hombre desciende del mono. Quizá tenga razón. Yo pienso que no, por esto digo que quizá tiene razón. ¿Pero que sucedió entonces? Los monos no se están convirtiendo en hombre..., de repente no ves un mono convirtiéndose en hombre y demos­trando la teoría de Darwin.

A ningún mono le interesa Charles Darwin. Ni siquiera creo que hayan leído sus poco poéti­cos libros. De hecho están -supongo que de­ben de estar-- enfadados, porque Darwin pien­sa que el hombre ha evolucionado. Ningún mono puede creerse que el hombre está más evolucionado que él. Todos los monos, y crée­me, me he relacionado con todo tipo de gente, monos incluidos, creen que el hombre es un mono caído..., caído de los árboles. No pueden pensar que sea una evolución. Tendrás que estar de acuerdo conmigo en una nueva palabra: in­volución. Quizá Darwin estaba en lo cierto, pero entonces, ¿qué sucedió? Olvídate de los monos, no tenemos nada que ver con ellos.

¿Qué le ha sucedido al hombre? Han pasado millones de años y el hombre sigue siendo el mismo. ¿Se ha detenido la evolución? ¿Por qué motivo? No creo que ningún darwiniano sea capaz de responder, y quiero que sepas que he estudiado a Darwin y a sus seguidores tan a fondo como es posible. Digo «posible» porque no tiene mucha profundidad. ¿Qué le vamos a hacer? Pero ni un solo darwiniano responde a esta pregunta básica: si la evolución es la ley de la existencia, ¿por qué el hombre no ha evolucionado hacia un superhombre? ¿O por lo menos a algo mejor? No lo llames súper; parece una palabra demasiado grande para asociarla a hombre. ¿Por qué el hombre no es simplemente un poquito mejor?

Pero no ha habido ningún cambio durante siglos. De acuerdo con lo que saben los historiadores, el hombre ha sido siempre igual, tan feo como hoy. De hecho, si se puede decir que ha cambiado en algo, es que se ha vuelto más feo. Sí, estoy diciendo lo que nadie parece decir. Los políticos no pueden decirlo porque los votos pertenecen a los monos. Los supuestos filósofos no pueden decirlo porque están esperando el Premio Nobel, y el jurado está compuesto por monos. Si dices la verdad, tendrás los mismos problemas que tengo yo ahora. Desde que tengo uso de razón, no he conocido ni un solo día sin problemas. En el interior no hay ningún problema; todo problema ha cesado. Pero en el exterior hay problemas a cada momento. Incluso si te asocias conmigo te meterás en problemas.

     El otro día, por ejemplo, me llegó el mensa­je de que uno de nuestros centros había sido atacado. Rompieron todas las ventanas durante un ataque en tropel. La gente se llevó lo que quiso. E inmediatamente después quemaron el centro.

Ahora bien, mi gente no ha hecho daño a nadie; únicamente se reunían y meditaban. Incluso la policía hizo esta declaración: «Es extraño, porque llevamos dos años observando a esta gente, y son totalmente inocentes. No son ni políticos ni ideólogos, simplemente están disfrutando. No tiene explicación el porqué les queman sus casas.» La policía podría no encontrar una explicación, porque la explicación está aquí, tumbada en este sillón de dentista.

No he conocido ni un solo día que no hubiese un problema u otro; y es lo más difícil de comprender, porque no hemos estado haciéndole daño a nadie. No le hecho daño a nadie; mi gente no le ha hecho daño a nadie..., pero quizá ése sea su crimen. La mafia está bien; yo no, ni tú tampoco. Este mundo, obsesionado con el sexo o con la muerte, va a seguir siendo morboso, enfermo. Si queremos tener una humanidad total, saludable, entonces tendremos que pensar en términos totalmente diferentes.

Lo primero que quiero decir es: acepta todo lo que ya está aquí. El sexo no es tu creación, gracias a Dios; de otro modo, todo el mundo estaría usando un tipo diferente de mecanismo, y habría una frustración tremenda porque esos mecanismos no se ajustarían en absoluto. No se ajustan ni siquiera cuando son exactamente iguales; no armonizan cuando están hechos para estar en armonía. Si todo el mundo tuviera que inventar su propia sexualidad existiría un caos tremendo. No puedes ni imaginártelo. Está bien que ya vengas completamen­te equipado, con todo lo que potencialmente vas a ser.

Y la muerte también es una cosa muy natural. Piensa sólo por un momento: si tuvieras que vivir para siempre, ¿qué harías? Recuerda, no podrías suicidarte. Siempre me ha gustado la búsqueda de Alejandro Magno del secreto de la vida eterna... Finalmente, la encontró en el desierto de Arabia. ¡Qué alegría! ¡Qué éxta­sis! Debió de ponerse a bailar. Pero justo en ese momento el cuervo dijo:

-Espera, espera un momento antes de be­ber esta agua. No es un agua normal. Yo la he bebido, ¡ay de mí! Por eso ahora no puedo mo­rir. He intentado todos los métodos pero nada me funciona. El veneno no puede matarme. Golpeo mi cabeza con una piedra, pero la pie­dra se rompe y no me hago daño. Antes de de­cidirte a beber el agua, piénsatelo dos veces.

La historia cuenta que Alejandro salió corrien­do alejándose de la cueva para escapar a la ten­tación de beber el agua.

El profesor de Alejandro Magno no era otro que el gran Aristóteles, el padre de la filosofía europea y de la lógica. De hecho, Aristóteles fue el padre de todo el pensamiento occidental. ¡Un gran padre! Sin él no habría existido la ciencia, ni por supuesto Hiroshima o Nagasa­ki. Sin Aristóteles no se puede concebir Occi­dente. Aristóteles era el profesor de Alejandro, y los profesores siempre me han parecido muy pobres.

En mi infancia recuerdo haber visto un libro, no puedo recordar cuál, o quizá fuera en una película, en la que Aristóteles estaba enseñando a Alejandro, y el muchacho dijo:

-Ahora mismo no quiero aprender nada; quiero montar a caballo. Haz de caballo para mí.

O sea que el pobre Aristóteles tuvo que hacer de caballo. Se puso a cuatro patas mientras Alejandro se sentaba en su espalda y lo cabalgaba. ¡Y éste era el hombre que se iba a convertir en el padre de la filosofía occidental! ¿Qué tipo de padre...?

A Sócrates nunca se le ha llamado padre de la filosofía occidental. Sócrates, por supuesto, fue el maestro de Platón, y Platón fue el maestro de Aristóteles. Pero Sócrates fue envenenado porque no era apetitoso, no era fácil de digerir. Occidente quería olvidarse de él totalmente. Él podría haber creado la síntesis de la que estoy hablando. Si no hubiese sido envenenado y le hubiesen escuchado; si su búsqueda de la verdad se hubiese convertido en la base, estaríamos viviendo en un mundo totalmente diferente. No se pensó que Platón fuera el padre, porque se le asociaba demasiado con Sócrates. De hecho, no sabemos nada de Sócrates exceptuando lo que Platón escribió sobre él.

Así como Devageet está tomando apuntes, del mismo modo Platón debía de estar constantemente tomando apuntes de su maestro. Platón no es aceptado porque sólo es la sombra de Sócrates. Aristóteles es el discípulo de Platón, pero es un Judas. Al principio fue un discípulo, y aprendió lo que el maestro tenía que enseñar; después se convirtió en un maestro por derecho propio. Pero era un maestro muy pobre, un asalariado del rey para ser el profesor de su hijo. ¡Es tan feo saber que estuvo dispuesto a hacer de caballo para Alejandro! ¿Quién está enseñando a quién? ¿Quién es realmente el maestro?

Yo era profesor de universidad. Sé que Alejandro cabalgando a Aristóteles rebate el hecho de que él fuera el padre de la filosofía occidental. Si él es el padre, entonces toda la filosofía occidental está huérfana, es un niño adoptado por los misioneros cristianos, quizá por la madre Teresa de Calcuta. ¡Esa gran mujer puede hacer cualquier cosa! Lo siento por Aristóteles. No puedo encontrar otra palabra para él. Me siento avergonzado porque también fui profesor.

Lo primero que solía decir a mi clase cada día era: «No os olvidéis, aquí soy el maestro. Si no me queréis escuchar, simplemente perdeos. Si queréis escucharme, entonces escuchad. Estoy dispuesto a responder todas vuestras preguntas, pero no toleraré ningún ruido, ni si­quiera un murmullo. Si tienes aquí una novia, sal ahora mismo, y te doy permiso para que te vayas con ella. Cuando estoy hablando, sólo yo estoy hablando, y tú estás escuchando. Si quie­res decir algo, levanta la mano y mantenla le­vantada, porque no significa que cuando quie­ras hacer una pregunta tenga que responder necesariamente en ese momento. No estoy aquí para servirte. No soy Aristóteles. Ni el mismo Alejandro podría convertirme en un caballo.»

Ésta era mi introducción cada día, y estoy contento de que lo entendieran. No les queda­ba otro remedio. Por eso algunas veces me pongo severo contigo, Devageet, sabiendo muy bien que tienes que usar tus botones, y es inevitable que hagan ruido. ¿Qué puedes ha­cer? Lo sé muy bien. Es sólo un viejo hábito.

Nunca he hablado si no es en un silencio total. Lo sabéis, durante años me habéis escuchado. Conocéis el silencio del Buda Hall. Sólo en ese silencio... Vuestro dicho inglés está lleno de sentido: «El silencio es tan profundo que incluso puedes oír el ruido de una aguja al caer en el suelo.» Lo sé, pero es que estoy acos­tumbrado al silencio.

El otro día, cuando salí de la habitación, no tenía muy buen aspecto. Más tarde, durante el día, me sentí mal, realmente me dolió. Nunca quise herirte, es sólo una vieja costumbre, y ya no puedes enseñarme nuevos trucos. He ido más allá de la posibilidad de ser enseñado.

     Cuando llegué a América comencé a conducir de nuevo, y sentados conmigo en el co­che, de vez en cuando, la gente solía sentirse incómoda. No soy conductor, ni mucho me­nos un buen conductor, de modo que, natural­mente, hice todo lo que estaba mal. Aunque trataban de no interferir, podía comprender su problema. Se controlaban a sí mismos. Estaba conduciendo y trataban de controlarse, fue una escena magnífica. Pero a pesar de todo, de vez en cuando se olvidaban y comenzaban a decirme algo sobre lo que, a menudo, tenían razón. No tengo nada que decir sobre eso. Pero correcto o equivocado no me importa, cuando estoy conduciendo, estoy conduciendo. Si es­toy yendo mal, entonces, estoy yendo mal. ¿Durante cuánto tiempo podrían controlarse? Era peligroso, y no estaban preocupados por su seguridad. Estaban preocupados por mi seguri­dad, pero ¿qué podía hacer yo? Sólo podía constatar el hecho de que estaba conduciendo mal y que iba a continuar haciéndolo. Particularmente en este momento no quería ser ense­ñado. No era ningún egoísmo.

Sencillamente soy así. Me puedes decir dónde me equivoco y estoy dispuesto a escu­charte. Pero cuando estoy haciendo algo, odio las interferencias. A pesar de que la intención podría ser buena, no la quiero incluso ni para mi propio bien. Prefiero morir conduciendo mal que ser salvado por el consejo de alguien. Así es como soy y es muy tarde para cambiar.

Te sorprenderá saber que siempre ha sido demasiado tarde. Incluso cuando sólo era un niño ya era demasiado tarde. Sólo puedo hacer las cosas de la manera que me gusta; correcto o incorrecto, no tiene importancia. Si coincide que es correcto, bien; si no coincide que es co­rrecto, entonces mucho mejor.

Algunas veces podría ser duro contigo, pero no es mi intención. Es sólo una vieja costumbre, con más de treinta años, de enseñar en completo silencio. No puedo olvidado.

Iba a insistir sólo en una cosa e iba a hablar de ello mañana. Y es que no estoy en contra de liberarse de la rueda, pero estoy en contra de es­tar obsesionado en pararla. Se detiene ella sola, no porque tú la pares. Sólo se puede parar si haces algo distinto. A este algo distinto lo lla­mo meditación.

 

 

Sesión 19

 

De acuerdo. He dicho «de acuerdo» un poco antes de tiempo, porque me estaba empezando a afectar tu preocupación. No te preocupes, por lo menos al principio; al principio déjame hablar. Si es­tás preocupado, obviamente diré: «De acuer­do», aunque no esté de acuerdo en absoluto.

Después de que mi abuelo muriera estuve otra vez alejado de mi Nani, pero pronto regre­sé al pueblo de mi padre. No es que quisiera, fue más como este «De acuerdo» que he dicho al principio..., no es que quisiera decir: «De acuerdo» pero no puedo ignorar la preocupa­ción de los demás, y mis padres no me iban a permitir volver a la casa de mi abuelo muerto. Mi misma abuela no quería volver conmigo, y como yo era un niño de siete años, aquello no tenía mucho futuro.

Una y otra vez me veía a mí mismo regre­sando a la vieja casa, sólo en el carro de bue­yes... Bhoora hablando con los bueyes. Él, al menos, habría tenido algo de compañía. Yo ha­bría estado solo dentro del carro de bueyes, pensando en el futuro. ¿Qué haría allí? Sí, ten­dría mis caballos, pero ¿quién les daría de co­mer? De hecho ¿quién me iba a dar de comer a mí? Ni siquiera he aprendido el arte de cómo hacer una taza de té.

Un día Gudia se fue de vacaciones y Chetana estaba cumpliendo sus obligaciones aquí, sirviéndome. Por la mañana, cuando me despierto, aprieto el botón para pedir un té. Chetana me lo trajo y colocó la taza al lado de mi cama; entonces, fue al baño para preparar mi toalla y el cepillo de dientes, y todo lo que ne­cesito. Mientras tanto, por primera vez en diez años, ya se sabe -uno tiene que aprender pequeñas cosas-, traté de recoger la taza del suelo, iY se me cayó!

Chetana vino corriendo, naturalmente, asustada. Le dije: -No te preocupes, fue culpa mía. No debería de haber hecho una cosa así. Nunca he necesitado recoger mi taza del suelo. Gudia me ha estado consintiendo durante diez años. Ahora no puedes reeducarme en un solo día.

Me han consentido durante muchos años. Sí, lo llamo consentido porque nunca me per­mitieron hacer nada a mí solo. Mi abuela era más de lo que Gudia podría imaginarse: ¡inclu­so me cepillaba los dientes! Le solía decir:

     -Nani, me puedo cepillar los dientes yo solo.

     Ella me decía:

     -¡Cállate, Raja! Estate quieto. No me molestes cuando estoy haciendo algo.

     Yo agitaba mi cabeza y decía:

-¡Esto sí que es bueno! Me estás haciendo algo y ni te puedo decir que puedo hacerlo yo solo.

No recuerdo que me pidieran que hiciese ninguna otra sola cosa excepto ser yo mismo, y eso se convirtió en el origen de todas las trave­suras. Porque cuando no le pides a un niño que haga algo tiene tanta energía que la tiene que po­ner en algún lugar; correcto o no, eso no im­porta. Lo que importa es dónde la pone, y las travesuras son la mejor manera que existe de usarla. Por eso hice todo tipo de travesuras a todo el mundo a mi alrededor.

Solía llevar un maletín como el de los médi­cos. Una vez vi pasar a un doctor por el pueblo y le dije a mi Nani:

-¡No comeré hasta que consiga un male­tín como ése!

¿De dónde saqué la idea de no comer? Ha­bía visto a mi abuelo sin comer durante días, especialmente en la época de las lluvias cuando los jainistas tienen su festival; los más ortodo­xos dejan de comer por completo durante diez días. Por eso dije:

     -No comeré hasta que consiga ese maletín.

     ¿Sabéis lo que hizo? Por eso la sigo amando.

Le dijo a Bhoora:

-Coge tu arma y corre detrás del doctor y quítale e! bolso. Consigue el bolso aunque ten­gas que dispararle. No te preocupes, nos ocu­paremos de ti en el juicio.

Bhoora corrió con su arma; yo corrí detrás para ver qué pasaba. Viendo a Bhoora con un arma -en aquellos días en India, lo último que uno quería ver era un europeo con un arma-, el doctor comenzó a temblar como una hoja cuando sopla viento fuerte. Bhoora le dijo:

     -No hay necesidad de temblar; sólo dame tu maleta y vete al infierno, o donde quieras ir.

     El doctor, todavía temblando, le dio su maleta. No sé como llamáis al maletín de un doc­tor, Devaraj. ¿Es algo así como una maleta? ¿La maleta de un doctor? ¿Devageet, cómo lo llamas? -¿Quizá una maleta de visita?

     ¿Una maleta de visita? No parece una male­ta de visita. Devaraj, ¿puedes sugerir un nom­bre? ¿Una maleta de visita? De acuerdo..., ¿puedes encontrar un nombre mejor?

-La maleta original se llamaba una bolsa Gladstone. Esa era la bolsa negra original.

¿Qué es? ¿Una bolsa Gladstone? Sí, justo es­taba pensando en eso y no lo podía recordar; por supuesto, una bolsa Gladstone. Bueno, pero me sigue sin gustar ese nombre para la bolsa. Seguiré llamándola el maletín del doctor, a pesar de que sé que no es una maleta. No importa; pero ahora todo el mundo ha enten­dido qué quiero decir.

Viendo temblar al doctor vi por primera vez que toda la educación era inútil. Si no puede hacerte valiente, ¿para qué sirve? Serás como una bolsa llena de pan y mantequilla, que tiembla. Eso es hermoso. De repente me re­cuerda al doctor Eichling.

He escuchado: sólo es un cotilleo, y me gustan más los cotilleos que los evangelios... De todos modos, los evangelios no son más que cotilleos, pero no están dispuestos del modo correcto, no están contados con gracia. He escuchado -¡qué frase tan hermosa!- que la amante del doctor Eichling, al que, dicho sea de paso, preferiría llamar Inkling, pero he oído que su nombre no es Inkling sino Eich­ling...

No conozco a ese hombre. Pensaba que ha­bía muerto, porque le había dado sannyas y le había llamado Shunyo. No sé lo que le pasó a Shunyo, ni cómo resucitó el doctor Eichling, pero si Jesús lo consiguió, ¿por qué no el doc­tor Eichling? De todas maneras, todavía está allí; o sobrevivió o ha resucitado, no tiene im­portancia lo que pasó. El cotilleo es que su amante se fue con otro sannyasin y se enamoró de él.

Cuando regresaron, el doctor Eichling tuvo un «ataque de amor». Me sorprende que lo consiguiera, porque para tener un ataque de amor primero necesitas tener corazón. Un ata­que al corazón no es necesariamente un ataque de amor. Un ataque al corazón es fisiológico, un ataque de amor es psicológico, de la parte más profunda del corazón. Pero primero tienes que tener un corazón.

Ahora bien, es imposible que el doctor Eichling tenga un ataque al corazón o un ata­que de amor. Me tenían que haber consultado. Por supuesto, no soy un doctor, pero, con se­guridad, soy un médico en el mismo sentido que lo fue Buda. Buda se llamaba a sí mismo médico, no filósofo.

Pobre doctor Eichling..., no tenía nada. Cuando ahí no hay nada, ¿cómo puede estar algo enfermo? Fisiológicamente, se encontró que estaba perfectamente bien. Psicológica­mente, el problema todavía persiste: su enamo­rada es ahora la enamorada de otro. Eso duele, ¿pero dónde?

Nadie sabe dónde duele. ¿En los pulmones? ¿En el pecho? Ahí era donde el doctor Eichling decía que le dolía, en el pecho. Doctor Eich­ling, no es su pecho, es su mente, son sus celos, y el centro de los celos con seguridad no está en el pecho; de hecho todo tiene su centro en la mente.

Si eres un seguidor de B. F. Skinner, o de Paulov -el abuelo o quizá el bisabuelo de Skinner y contemporáneo de Freud, y además su gran adversario-, entonces «mente» no es la palabra correcta; en su lugar puedes decir «cerebro». Pero el cerebro es sólo el cuerpo de la mente, el mecanismo a través del cual fun­ciona la mente. Lo llames mente o lo llames cerebro, no tiene importancia; lo que importa es que todo tiene su centro allí.

Doctor Eichling; no le puedo llamar Shunyo porque en la entrada de su oficina en Madrás ha puesto un letrero que dice: «Oficina del Doctor Eichling.» Si le telefoneas, su secretaria responde:

-¿El doctor Eichling? Está ocupado. Está en una reunión.

Volveré a llamarle Shunyo otra vez cuando haga desaparecer ese letrero, y su estúpida se­cretaria responda:

-¿Quién es ese Eichling? Nunca hemos oído hablar de él. Sí, una vez estuvo aquí, después se fue a India y murió allí. En su lugar, re­gresó un hombre llamado Shunyo.

Le llamaré Shunyo sólo cuando entierre ese letrero muy hondo, salte sobre él y des­aparezca.

Pero la historia, o mejor que eso, el cotilleo, era sólo para deciros que todo existe primero en la mente; sólo después en el cuerpo. El cuer­po es una extensión de la mente, en la materia. El cerebro es el comienzo de esa extensión, y el cuerpo es su manifestación completa, pero la semilla está en la mente. La mente contiene no sólo la semilla de este cuerpo, sino que tam­bién tiene la potencialidad para convertirse en casi cualquier cosa. Su potencial es infinito. Todo el pasado de la humanidad está conteni­do en ella, y no sólo el pasado de la humanidad sino incluso el pasado prehumano.

Durante los nueve meses en el vientre de la madre, el niño va a través de casi tres millones de años de evolución..., por supuesto, muy rá­pidamente, cómo si vieras pasar una película tan rápido que sólo puedes verla con dificul­tad, sólo unos vislumbres. Pero en nueve meses el niño pasa ciertamente a través de toda la vida desde el principio. En el principio -y no estoy citando la Biblia, simplemente estoy con­tando los hechos de la vida de cada niño-, en un principio cada niño es un pez, del mismo modo que, en su día, la vida comenzó en el océano. El hombre todavía lleva en su cuerpo la misma cantidad de sal que el agua del océa­no. La mente del hombre interpreta e! guión una y otra vez: todo e! drama del nacimiento, desde el pez hasta el anciano exhalando su último suspiro.

Quería regresar a la aldea, pero era práctica­mente imposible volver a conseguir aquello que se había perdido. Ahí aprendí que lo mejor es no regresar nunca a ningún sitio. Desde en­tonces, he estado en muchos lugares pero nun­ca he regresado. Una vez que me voy de un lu­gar me voy para siempre. Ese episodio de la infancia siempre determinó un cierto modelo, una cierta estructura, un sistema. A pesar de que quería ir no tenía apoyo. Mi abuela sim­plemente decía:

-No, no puedo volver a ese pueblo. Si mi marido no está allí, ¿por qué he de regresar? Solamente fui por él, no por el pueblo. Si tu­viera que ir a algún sitio, me gustaría ir a Kha­juraho.

Pero eso también era imposible, porque sus padres habían muerto. Más tarde visité la casa donde ella había nacido. Sólo era una ruina. No había posibilidad de regresar allí. Y Bhoo­ra, que era la única persona que habría estado dispuesta a volver allí, murió justo después de la muerte de su maestro, sólo veinticuatro ho­ras más tarde.

Nadie estaba preparado para ver dos muer­tes sucederse tan rápido, particularmente yo, para quien estas dos muertes significaban mu­cho. Bhoora podría haber sido sólo un obediente siervo de mi abuelo, pero para mí era un amigo. La mayor parte del tiempo estábamos juntos, en los campos, en el bosque, en el lago, en todos los lados. Bhoora me seguía como una sombra, sin interferir, siempre listo para ayudarme y con un corazón tan grande..., tan pobre y tan rico al mismo tiempo.

      Nunca me invitó a su casa. Una vez le pregunté:

      -Bhoora, ¿por qué nunca me invitas a tu casa? Él dijo: Soy tan pobre que, a pesar de que quiero invitarte, mi pobreza me lo impide. No quiero que veas esa fea casa tan llena de suciedad. En esta vida no puedo imaginarme que te pueda invitar. Realmente, he abandonado la idea.

Él era muy pobre. En ese pueblo había dos partes: una para las castas altas, y otra, al otro lado del lago, para las pobres. Allí vivía Bhoo­ra. Aunque traté muchas veces de llegar hasta su casa, no lo pude conseguir porque siempre me estaba siguiendo como una sombra. Me lo impedía incluso antes de que pudiera dar un paso en esa dirección.

Hasta mi caballo solía hacerle caso. Cuando llegaba el momento de ir hacia su casa, Bhoora solía decir: -¡No! ¡No vayas!

     Por supuesto, él había criado el caballo desde su infancia; se entendían mutuamente, y el caballo se paraba. No había manera de hacer que el caballo fuese en la dirección de la casa de Bhoora, o incluso hacia la parte pobre del pueblo. Sólo había visto su casa desde la parte rica, donde vivían los brahmines y los jainistas, y todos aquellos que son puros por nacimien­to. Bhoora era un sudra. La palabra sudra sig­nifica «impuro de nacimiento», y para un su­dra no hay manera de purificarse.

Esto es obra de Manu. Por eso le condeno y le odio. Le denuncio, y quiero que el mundo conozca a este hombre, Manu, porque no nos libraremos de esta gente hasta que no sepamos quiénes son. Continuarán influenciándonos de una manera u otra. O puede ser la raza; incluso en América, si eres negro serás un sudra, «un negro», un intocable.

Tanto si eres un hombre negro o uno blanco necesitas estar familiarizado con la patológica filosofía de Manu. Es Manu quien, de una manera muy sutil, ha influenciado las dos guerras mundiales. Y quizá sea él la causa de la tercera, y última... ¡un hombre realmente influyente!

Incluso antes que Dale Carnegie escribiese su libro Cómo hacer amigos e influenciar a la gente, Manu conocía todos los secretos. De hecho, uno se pregunta cuántos amigos tenía Dale Carnegie, y a cuánta gente había influenciado. Con seguridad no es como Karl Marx, Sigmund Freud o Mahatma Gandhi. Todas estas personas desconocían absolutamente la ciencia de influenciar a la gente. No necesitaban saberlo, lo llevaban en sus mismas entrañas.

No creo que ningún hombre haya influen­ciado más a la humanidad que Manu. Incluso hoy en día te está influenciando, conozcas o no su nombre. Si tú mismo te crees superior, sola­mente porque eres blanco o negro, o sólo por­que eres un hombre o una mujer, de alguna manera Manu está tirando de los hilos. Manu tiene que ser absolutamente descartado.

Quería decir algo diferente, pero he comen­zado dando un paso erróneo. Mi Nani me insi­tía mucho:

-Levántate siempre de la cama con el pie derecho.

Y te sorprenderá saber que hoy no seguí su consejo, y todo está yendo erróneamente. Co­mencé con el «De acuerdo» equivocado; ahora bien, si al principio no estás bien, naturalmen­te, todo lo que sigue será una locura. ¿Me que­da tiempo para decir algo correcto? Bueno. Va­mos a empezar de nuevo.

Quería ir al pueblo pero nadie estaba dis­puesto a apoyarme. No podía imaginarme cómo podría subsistir solo, sin mi abuelo, mi abuela o Bhoora. No, no era posible, o sea que a regañadientes dije:

     -De acuerdo, me quedaré en el pueblo de mi padre.

Pero mi madre, naturalmente, quería que me quedara con ella y no con mi abuela, quien, desde el principio, había dejado claro que se quedaría en el mismo pueblo, pero por separado. Encontraron una casita para ella en un lugar muy hermoso cerca del río.

Mi madre insistió en que me quedara con ella. Durante más de siete años no había vivido con mi familia. Pero mi familia no era un asunto pequeño, era la tripulación completa de un jumbo; mucha gente, todo tipo de gente: mis tíos, mis tías, sus hijos y los familiares de mis tíos, y así sucesivamente.

En India, la familia no es lo mismo que en Occidente. En Occidente es singular: el mari­do, la esposa, uno, dos o tres hijos. Como mu­cho puede haber cinco personas en la familia. En India la gente se reiría, ¿cinco? ¿Sólo cinco? En India la familia es incontable. Hay cientos de personas. Los huéspedes vienen de visita y nunca se van, y nadie les dice:

-Por favor, es hora de que te vayas -por­que de hecho nadie sabe de quién son los hués­pedes.

El padre piensa:

-Quizá son familiares de mi esposa o sea que es mejor no decir nada.

La madre piensa:

-Quizá son familiares de mi marido...

En India es posible entrar en una casa donde no tengas nada que ver, y si mantienes la boca cerrada, puedes vivir allí para siempre. Nadie te dirá que te vayas; todo el mundo pensará que alguien te ha invitado. Sólo tienes que permanecer callado y seguir sonriendo.

 

Era una gran familia. Mi abuelo, quiero de­cir el padre de mi padre, era un hombre que nunca me gustó demasiado, por decir algo. Era muy diferente a mi otro abuelo, justo lo opues­to; muy inquieto, listo para saltar sobre cual­quiera en cualquier momento, dispuesto a ser­virse de cualquier excusa para pelear. Era realmente un luchador, con motivo o sin él. La lucha en sí misma era su ejercicio, y estaba continuamente luchando. Era raro verle sin lu­char con alguien, y, aunque parezca extraño, había gente que también le quería.

Mi padre tenía una pequeña tienda de teji­dos. De vez en cuando, solía sentarme allí para observar a la gente y ver qué pasaba, y a veces era muy interesante. Lo más interesante era que algunas personas le preguntaban a mi padre:

-¿Dónde está Baba? -ése era mi abue­lo-. Queremos hacer negocios con él, y con nadie más.

      Me quedé muy extrañado, porque mi padre era muy simple, verdadero y honesto. Le decía a la gente el precio de los artículos de este modo:

-Éste es mi precio de coste. Depende de ti qué beneficio nos quieras dar. Te lo dejo a ti. Por supuesto, no puedo reducir mi precio de coste, pero puedes decidir cuánto quieres pa­gar. Mi precio de coste son veinte rupias, le decía a sus clientes; me puedes dar una o dos rupias más. Dos rupias quiere decir el diez por ciento de beneficio, y para mí ya es suficiente.

     Pero la gente le preguntaba: -¿Dónde está Baba? Porque si él no está aquí, no tiene ningún atractivo hacer negocios.

Al principio no me lo podía creer, pero más tarde pude entender el motivo. El gozo de vender, comprar, o -¿cómo lo llamáis?- ¿repatear?

     -Regatear, Osho.

     ¿Regatear? Bien. Debía de ser un gran gozo para los clientes porque si la mercancía valía veinte rupias, mi Baba primero empezaba por cincuenta, y después de una larga sesión de re­gateo que ambos disfrutaban llegaban a un acuerdo en algún punto cerca de las treinta ru­plas.

Yo me solía reír; y cuando el cliente se había ido, mi Baba me decía:

-Se supone que no te debes reír en mo­mentos así. Debes de estar serio, como si estu­vieses perdiendo dinero. Por supuesto, no po­demos perder -solía decirme-. Caiga la sandía sobre el cuchillo, o el cuchillo sobre la san­día, en cualquier caso la que se corta es la sandía, y no el cuchillo. O sea que no te rías cuando veas que le estoy cobrando a una persona trein­ta rupias por algo que le podía haber compra­do a tu padre sólo por veinte rupias. Tu padre es tonto.

Y, por supuesto, siempre parecía que mi pa­dre era tonto; el mismo tipo de tonto que De­vageet. Ahora depende de él alcanzar la tonte­ría extrema que mi padre alcanzó. Para los tontos todo es posible, incluso la iluminación.

     Sí, mi padre era tonto, y mi Baba era un hom­bre muy astuto, un viejo astuto. Lo recuerdo como si fuese un zorro. En alguna ocasión de­bió de nacer zorro; era un zorro.

Todo lo que Baba hacía estaba muy calcula­do. Habría sido un buen jugador de ajedrez porque podía calcular las jugadas, por lo me­nos, con cinco pasos de antelación. Era real­mente el hombre más astuto con el que me haya cruzado. He visto muchos hombres astu­tos, pero ninguno se puede comparar con mi Baba. Me solía preguntar de dónde había saca­do mi padre su simplicidad. Quizá es la natu­raleza que no permite que las cosas salgan de su equilibrio, por eso le da un niño simple a un hombre complejo.

Baba era un genio de la astucia. Toda la ciu­dad se echaba a temblar. Nadie era capaz de sa­ber cuáles eran sus planes. De hecho, era un hombre tal -y yo mismo lo he observado ­que cuando íbamos al río él y yo, y alguien pre­guntaba: -¿Dónde vas, Baba?

     Toda la ciudad solía llamarle Baba; sólo significa abuelo. Estábamos yendo al río, y para todo el mundo estaba claro dónde íbamos, pero este hombre con su cualidad decía: -A la estación. Yo le miraba, él me miraba y me guiñaba un ojo. Estaba asombrado. ¿Qué sentido tenía? No estábamos haciendo ningún negocio, y no se supone que se debe mentir sin motivo alguno. Cuando había pasado el hombre, le pregunté:

-¿Por qué me guiñaste el ojo, Baba? ¿Y por qué le mentiste a ese hombre sin ninguna ra­zón? ¿Por qué no le pudiste decir «al río», cuando estábamos yendo al río? Él sabe, todo el mundo lo sabe, ésa es la carretera que lleva al río y no a la estación. Lo sabes y sigues dicien­do: «A la estación.»

      -No lo entiendes -me dijo-; hay que practicar constantemente.

      -¿Practicar qué? -le pregunté.

-Uno tiene que practicar su propio negocio continuamente -me dijo-. No puedo decir la verdad porque entonces, un día, cuan­do esté haciendo negocios, se me podría esca­par el precio verdadero. Y no es asunto tuyo; por eso que te he guiñado el ojo, para que no digas nada. En lo que a mí se refiere, estamos yendo a la estación; que esta carretera nos lleve allí o no, no le concierne a nadie. Aunque ese hombre hubiese dicho que esta carretera no lle­va a la estación, simplemente le habría contes­tado que iba a la estación pasando por el río. Depende de mí. Uno puede ir a cualquier lu­gar desde cualquier lugar. Podría ser un poco más largo, eso es todo.

Baba era ese tipo de hombre. Vivió ahí con todos sus niños, mi padre con sus hermanos y sus hermanas, sus maridos..., y uno no podía conocer toda la gente que se había reunido ahí. Vi venir a gente y no marcharse nunca. No éramos ricos; a pesar de ello, había suficiente comida para todo el mundo.

No quise entrar en esta familia y le dije a mi madre:

-Me volveré solo a la aldea; el carro de bue­yes está listo, y conozco el camino; llegaré allí como pueda. Conozco a los aldeanos; sé que mantendrán a un niño pequeño. Sólo es cues­tión de unos años, después les devolveré todo lo que pueda. Pero no puedo vivir en esta familia. Esto no es una familia, esto es un bazar.

Y era un bazar, constantemente en ebulli­ción con tanta gente, sin nada de espacio ni si­lencio. Si un elefante hubiese saltado en ese viejo estanque, nadie habría oído el plop; esta­ban sucediendo demasiadas cosas. Simplemen­te me negué, diciendo:

     -Si me tengo que quedar, la única alternativa que tengo es vivir con mi Nani. Mi madre, por supuesto, se sintió herida.

     Lo siento, porque desde entonces la he estado hiriendo una y otra vez. No pude hacer nada. En realidad, no era responsable; la situación era tal que no podía vivir en mi familia después de tantos años de libertad absoluta, silencio y espacio. De hecho, en casa de mi Nana era el único que se hacía oír. La mayor parte del tiempo mi Nana estaba recitando su mantra en silencio, y por supuesto, mi abuela no tenía na­die más con quien hablar.

Era el único al que se le oía; de lo contrario, había silencio. Después de años de tal beatitud, vivir en esa familia, llena de caras desconocidas, tíos, y los suegros, primos -¡menudo lote!-. Luego, solía pensar que alguien debería publicar un librito acerca de mi familia, un Quién es quién.

     Cuando era profesor, la gente solía venir y decirme algo así como: -¿No me conoces? Soy hermano de tu madre. Le miraba a la cara y le decía: -Por favor, sé alguien diferente, porque mi madre no tiene hermanos, al menos conozco esto de mi familia. Este hombre en particular dijo: -Sí, tienes razón. Lo que quiero decir es que soy su primo. -Está bien -le dije-. Entonces, ¿qué quieres? ¿Quiero decir cuánto quieres? Has de­bido venir a pedirme dinero.

       -¡Genial! -dijo-. Pero es extraño, ¿cómo me pudiste leer la mente? -Muy fácil -le dije-. Sólo dime cuánto quieres. Agarró veinte rupias y dije: -Gracias a Dios. Al menos he perdido un familiar. Ahora no volverá a aparecer por aquí de nuevo.

Yeso es lo que sucedió en realidad: no volví a ver su cara en ninguna parte. Cientos de per­sonas me pidieron dinero prestado y nunca me lo devolvieron. Estoy feliz de que no lo hicieran, porque si lo hubiesen hecho habrían vuelto por más.

Quería volver a la aldea pero no pude. Tuve que llegar a un acuerdo para no herir a mi ma­dre. Aunque sé que la he estado hiriendo, hi­riéndole mucho. Nunca he hecho nada de lo que ella quiso; de hecho, hice justo lo contra­rio. Naturalmente, poco a poco, ella me ha aceptado dándome por perdido.

     Solía suceder que estaba sentado enfrente de ella y me preguntaba: -¿Has visto a alguien por aquí? Quiero mandar a alguien a comprar verduras al mercado.

El mercado no estaba muy lejos; el pueblo era pequeño, sólo estaba a dos minutos de distancia, y ella preguntaba: -¿Has visto a alguien? Yo le decía: -No, no he visto absolutamente a nadie. La casa está completamente vacía. Es curioso, ¿dónde se han metido todos nuestros familiares? Siempre desaparecen cuando hay algo que hacer.

Pero ella no me pedía que le fuera a comprar las verduras. Lo intentó dos o tres veces, y luego abandonó la idea para siempre.

Una vez me pidió que comprara plátanos y, en su lugar, le traje tomates porque me olvidé por el camino. Hice un gran esfuerzo; ése era el problema. Me repetí a mí mismo:

     -Plátano..., plátano..., plátano..., pláta­no...Entonces, ladró un perro o alguien me preguntó adonde iba y continué diciendo: -Plátano..., plátano..., plátano... -¡Oye! -dijeron-. ¿Te has vuelto loco? -¡Cállate! -dije-. No me he vuelto loco. debes estar loco. ¿Qué tontería es ésta de interrumpir a la gente que está haciendo su trabajo silenciosamente?

Pero para entonces se me había olvidado qué era lo que tenía que comprar, de modo que traje lo primero que encontré. Pero los tomates era lo último que había que traer, porque no están permitidos en una casa jainista. Mi madre se golpeaba la cabeza diciendo:

-¿Esto son plátanos? ¿Cuándo entenderás? -¡Dios mío! -le dije-. ¿Me habías pedido plátanos? Lo siento, se me ha olvidado.

-Aunque te hayas olvidado -dijo ella-, ¿no podías haber traído otra cosa que no fue­ran tomates? Sabes que los tomates no están permitidos en nuestra casa porque tienen un aspecto tan rojo como la carne, y en la casa de un jainista, hasta el parecido con la carne..., sólo el color rojo podría recordarte a la sangre de la carne. Un tomate es suficiente para que se ponga enfermo un jainista.

¡Pobres tomates! Son unos tipos tan sencillos, y tan meditativos además. Si los ves sentados, se sientan exactamente como si fuesen monjes budistas con sus cabezas afeitadas, y tienen un aspecto tan centrado, como si hubiesen estado haciendo centramiento durante toda su vida, muy enraizados..., pero a los jainistas no les gustan.

Por eso tuve que llevarme los tomates y distribuidos entre los mendigos. Siempre se alegraban de verme. Los mendigos eran los únicos que se alegraban de verme, porque cada vez que me mandaban tirar algo fuera de casa era una ocasión para ellos. Nunca lo tiraba, se lo daba a los mendigos.

No podía arreglármelas para vivir en familia como ellos. Todo el mundo estaba parien­do; las mujeres, casi siempre estaban embaraza­das. Siempre que recuerdo a mi familia, de repente, pienso en volverme loco, aunque no me puedo volver loco; sólo disfruto de la idea de volverme loco. Las mujeres siempre tenían grandes barrigas. Se acababa un embarazo y comenzaba otro, y tantos niños...

-No -le dije a mi madre-. Sé que te duele, y lo siento, pero viviré con mi abuela. Ella es la única que me puede entender, y permitirme no sólo amor, sino también libertad. Una vez le pregunté a mi Nani: -¿Porqué sólo tuviste a mi madre? Ella dijo: -¡Vaya pregunta! Porque en esta familia las mujeres siempre están llevando un peso en su vientre -le dije-. ¿Por qué sólo tuviste a mi madre y no tuviste más hijos, al menos un hermano para ella? Entonces ella dijo algo que no puedo olvidar: -Eso también fue por tu Nana. Él quería un hijo, de modo que llegamos a un acuerdo. Sólo 'uno -le dije-, así que será tu des­tino si es niña o niño -porque él quería un niño. Ella se rió-: Y menos mal que nació una niña; si no, ¿cómo te habría tenido? Sí, menos mal que no he tenido ningún otro niño -dijo ella-; de lo contrario, tampoco te ha­bría gustado este sitio. Habría estado demasia­do concurrido.

Permanecí en el pueblo de mi padre duran­te once años, y me obligaron a ir a la escuela casi violentamente. No fue cosa de un día, era la rutina diaria. Todas las mañanas me obliga­ban a ir a la escuela. Me llevaba uno de mis tíos o quien fuese, y esperaba afuera hasta que el maestro se hiciera cargo de mí, como si yo fue­se un objeto de su propiedad, o un prisionero que había que pasar de una mano a otra. Pero la educación todavía es así: un fenómeno im­puesto y violento.

Cada generación trata de corromper a la nueva generación. Sin duda, es un tipo de vio­lación, una violación espiritual y, naturalmen­te, unos padres más poderosos, grandes y fuer­tes pueden obligar a un niño pequeño. Yo fui un rebelde desde el primer día que me llevaron a la escuela. En el momento en que vi las puer­tas, le pregunté a mi padre: -¿Es una cárcel o una escuela? Mi padre dijo:-¡Qué pregunta! Es una escuela. No ten­gas miedo. -No tengo miedo -le dije-, simple­mente estoy preguntando acerca de la actitud que debo tomar. ¿Para qué se necesita una puerta tan grande?

La puerta se cerraba cuando todos los ni­ños, los prisioneros, estaban dentro. Sólo se volvía a abrir por la tarde, para liberar a los ni­ños durante la noche. Todavía recuerdo la puerta. Todavía me recuerdo con mi padre, dispuesto a apuntarme en esa fea escuela.

La escuela era fea, pero la puerta era más fea todavía. Era grande y la llamaban «La Puer­ta del Elefante», Hathi Dwar. Un elefante po­dría haber pasado a través de ella, de lo ancha que era. Quizá habría servido para los elefantes de un circo -y era un circo- pero era dema­siado grande para los niños pequeños.

Tendré que contaros muchas cosas sobre estos nueve años...

 

 


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