VISLUMBRES DE UNA INFANCIA DORADA -2ª parte

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Sesión 20

 

Espera hasta que diga: «De acuerdo...» Estoy de pie delante de la Puerta del Elefante en mi escuela elemental..., y esa puerta comenzó muchas cosas en mi vida. No estaba allí solo, por supuesto; mi padre es­taba conmigo. Había venido para apuntarme a la escuela. Miré las altas puertas y le dije:

-No.

Todavía puedo escuchar esa palabra. Un niño pequeño que lo ha perdido todo..., pue­do ver una interrogación grabada en la cara del niño mientras se pregunta qué es lo que va a suceder.

          Me quedé mirando a las puertas, cuando

            mi padre me preguntó:

-¿Estás impresionado por esta gran puerta? Ahora tomo la historia en mis propias manos:

Le dije a mi padre:

-No.

     Ésta fue mi primera palabra antes de entrar a la escuela elemental, y te sorprenderás, tam­bién fue mi última palabra al dejar la universi­dad. En el primer caso, mi padre estaba de pie conmigo. No era muy viejo, pero para mí, un niño pequeño, era viejo. En el segundo caso, había un hombre muy viejo a mi lado y, nueva­mente, estábamos ante una puerta todavía más grande.

     La vieja puerta de la universidad ya está desmontada para siempre, pero permanece en mi memoria. Todavía puedo verla, la vieja puerta, no la nueva; no tengo ninguna relación con la nueva, y viéndola, lloré, porque la vieja puerta era grande, simple pero todo el arte moderno se ha dedicado a la fealdad, sólo porque ha sido rechazada durante siglos. Quizá dedicarse a la fealdad sea un avance revolucio­nario. Pero la revolución, si es fea, no es en ab­soluto revolución, es sólo reacción. Sólo vi la puerta nueva una vez. Desde entonces, he pa­sado por esa carretera muchas veces pero siem­pre he cerrado los ojos. Con los ojos cerrados podía volver a ver la vieja puerta.

La vieja puerta de la universidad era pobre, muy pobre. Fue hecha cuando la universidad estaba comenzando y no eran capaces de cons­truir una estructura monumental. Todos vivía­mos en barracones militares, porque la univer­sidad había comenzado de repente y no habían tenido tiempo de hacer albergues o bibliotecas. Eran simplemente barracones militares aban­donados. Pero el lugar, en sí mismo, era her­moso, estaba situado en un montículo.

Los militares lo habían abandonado porque sólo había tenido importancia en la II Guerra Mundial. Habían necesitado un lugar elevado para el radar, para detectar al enemigo. Ahora no había necesidad, por eso lo abandonaron. Fue una bendición, por lo menos para mí, por­que no habría sido capaz de leer y estudiar en ninguna otra universidad que no fuera esa.

Su nombre era Universidad de Sagar. Sagar significa «océano». Sagar tiene un lago extremadamente hermoso, tan grande que no se le puede llamar lago, sino sagar, océano. Realmente, parece como un océano, tiene olas.

 

Uno no se puede creer que sea un lago. Sólo he visto dos lagos con unas olas tan grandes. No es que sólo haya visto dos lagos; he visto mu­chos. He visto los lagos más bellos de Cache­mira, de los Himalayas, Darjeeling, Nainital y muchos otros en el sur de India, en los montes de Nandi, pero sólo he visto dos que tengan olas que se parezcan a las de un océano: el lago Sagar y el lago de Bhopal.

Comparado al de Bhopal, por supuesto, el lago de Sagar es pequeño. El lago de Bhopal es quizá el más grande de todo el mundo. En ese lago he visto olas que sólo pueden ser descritas cómo gigantescas, que se alzan quizá cuatro o cinco metros de alto. Ningún otro lago puede atribuirse eso. Es muy grande. Una vez intenté rodearlo en un barco y tardamos diecisiete días. Iba todo lo rápido que te puedas imagi­nar, incluso más, porque no había cerca nin­gún policía ni límite de velocidad. Cuando ter­miné la vuelta simplemente me dije:

-¡Dios mío, que lago tan hermoso! y tenía treinta metros de profundidad.

     Lo mismo se puede aplicar, en menor escala, en el lago Sagar. Pero, en otro sentido, tiene una belleza que el lago de Bhopal no posee. Está rodeado de hermosas montañas, no tan grandes pero tremendamente hermosas..., es­pecialmente temprano por la mañana, al ama­necer, y por la tarde al anochecer. Y si es una noche de luna llena, realmente llegas a saber qué es la belleza. En una barquita en el lago, en una noche de luna llena, uno simplemente siente que no falta nada.

Es un hermoso lugar..., pero me siento mal porque la vieja puerta ya no está allí. La iban a desmantelar. Era totalmente consciente de eso, no sólo ahora; incluso entonces, todo el mun­do era consciente de que necesitaba ser des­mantelada. Era sólo provisional, fue construida para inaugurar la universidad.

Ésta es la segunda puerta que recuerdo. Cuando dejé la universidad estaba de pie en la puerta con mi viejo profesor, señor Krisna Sa­xena. El pobre hombre murió hace sólo unos años, me envió un mensaje diciendo que que­ría verme. Me hubiera gustado verle, pero aho­ra no se puede hacer nada a menos que nazca pronto, y además sannyasin, de modo que pueda alcanzarme. Lo reconoceré inmediata­mente, hasta ahí puedo prometer.

Era un hombre de cualidades excepcionales. Era el único profesor de todo el lote que me crucé -profesores, conferenciantes, lectores, profesores y lo que tú quieras-, el único que fue capaz de entender que tenía un alumno que debería ser su maestro.

Estaba en la puerta convenciéndome para que no abandonara la universidad. Estaba diciendo:

-No deberías irte, particularmente cuando la universidad te ha garantizado una beca para hacer el doctorado. No deberías perder esta oportunidad.

Estaba tratando de decirme de mil maneras que era su estudiante más querido. Me dijo:

-He tenido muchos estudiantes en todo el mundo, especialmente en América -porque había estado estudiando en América casi todo el tiempo-, pero puedo decirte- me dijo-­ que no me molestaría en convencer a ninguno de ellos para que se quedara. ¿Por qué he de preocuparme? No tenían nada que ver conmi­go, era su futuro. Pero en lo que respecta a ti (y recuerdo esto con lágrimas en los ojos) –dijo- ­en lo que respecta a ti, se trata de mi futuro.

     No puedo olvidar esas palabras. Déjame repetirlas. Dijo:

     -El futuro de los otros estudiantes es su problema; tu futuro es mi futuro.

     -¿Por qué? -le pregunté-. ¿Por qué mi futuro tiene que ser tu futuro?

     -Eso es algo de lo que prefiero no hablar contigo -me dijo, y comenzó a llorar.

-Lo entiendo -dije-. Por favor, no llores. Pero no me puedes convencer para que haga algo en contra de mi propia mente, y ésta está dispuesta en una dirección totalmente diferente. Siento disgustarte. Sé perfectamente bien cuánto has esperado, qué contento estabas de que haya sido el mejor de toda la uni­versidad. Te he visto, como un niño, tan alegre con la medalla de oro que ni siquiera era para ti, sino para mí.

No me importaba, en absoluto, esa medalla de oro. La arrojé a un pozo muy profundo, tan profundo que no creo que nadie vaya a encon­trada de nuevo; y lo hice enfrente del doctor Sri Krisna Saxena.

-¿Qué estás haciendo? ¿Qué has hecho? -me preguntó. Porque ya la había tirado al pozo, y él se había puesto tan contento de que me hubiesen escogido para la beca. Era para un período indefinido de entre dos y cinco años.

-Por favor -me dijo-, reconsidéralo otra vez.

La primera puerta fue la Puerta del Elefan­te, y estaba allí con mi padre sin querer entrar, y la última puerta también fue una Puerta del Elefante, y estaba allí con mi viejo profesor, sin querer volver a entrar. Una vez fue suficiente; dos veces habría sido demasiado.

La discusión que comenzó en la primera puerta había durado hasta la segunda puerta. El no que le había dado a mi padre era el mis­mo no que le di a mi profesor; que era, real­mente, como un padre para mí. Puedo sentir su calidad. Se ocupaba de mí tanto como mi propio padre se había ocupado, o incluso más. Cuando yo estaba enfermo él no dormía; se sentaba al Iado de la cama durante toda la no­che. Le solía decir:

     -Eres viejo, doctor -solía llamarle doctor -, vete a dormir, por favor.

     Él solía decir:

-No me voy a dormir a menos que me prometas que mañana estarás perfectamente bien.

Y tenía que prometérselo, como si estar en­fermo dependiera de mi promesa. Pero, de al­guna manera, una vez que se lo había prometi­do, funcionaba. Por esto digo que hay algo parecido a la magia en el mundo.

Ese «no» se convirtió en mi carácter, la au­téntica sustancia de mi existencia. Le dije a mi padre:

-No, no quiero entrar en esa puerta. Esto no es una escuela, es una prisión.

La puerta en sí, y el color del edificio... Es muy extraño, especialmente en India, las cárce­les y las escuelas están pintadas del mismo co­lor, y ambas están hechas de ladrillos rojos. Es muy difícil saber si un edificio es una prisión o una escuela. Quizá, por una vez, un chistoso práctico ha pretendido hacer un chiste, y le ha   salido perfectamente.

Le dije:

-Mira esta escuela, ¿y lo llamas escuela? ¡Mira esta puerta! Y estás aquí para obligarme a entrar, por lo menos, durante cuatro años.

Esto fue el principio de un diálogo que duró muchos años; y os encontraréis con él muchas veces, porque recorre toda la historia en zig-zag.

Mi padre me dijo:

-Siempre tuve miedo de que... –y estába­mos de pie en la puerta, por la parte de afuera por supuesto, porque todavía no le había dejado que me metiera dentro. Continuó-: .. .siempre tuve miedo de que tu abuelo, y en especial esa mujer, tu abuela, te malcriaran.

-Tu sospecha, o miedo -le dije-, era co­rrecto, pero el trabajo ya está hecho y nadie pue­de deshacerlo ahora, o sea que vámonos a casa.

-¿Qué? -dijo él-. Tienes que tener una educación.

-¿Qué tipo de comienzo es éste? -le pre­gunté-. No soy libre ni siquiera para decir sí o no. ¿Y lo llamas educación? Pero si es lo que quieres, por favor, no me preguntes: aquí está mi mano, tira de mí. Por lo menos tendré la sa­tisfacción de que nunca entré a esta fea institu­ción por voluntad propia. Por favor, al menos hazme este favor.

     Por supuesto, mi padre se estaba poniendo muy molesto, de modo que me arrastró den­tro. A pesar de que era un hombre muy simple, inmediatamente comprendió que no estaba haciendo lo correcto. Me dijo:

-A pesar de que soy tu padre, no me pare­ce bien tener que arrastrarte dentro.

-No te sientas culpable en absoluto -le dije-. Lo que has hecho está perfectamente bien, porque a menos que me arrastres dentro no voy a ir por decisión propia. Mi decisión es «no». Puedes imponerme tu decisión porque tengo que depender de ti para el alimento, la ropa, el alojamiento y todo lo demás. Natural­mente, estás en una posición privilegiada.

¡Qué entrada! Ser arrastrado, a la fuerza, a la escuela. Mi padre nunca se lo pudo perdonar. El día que tomó sannyas, ¿sabéis qué fue lo prime­ro que me dijo?

-Perdóname por todas las cosas malas que te he hecho. Son tantas, que no las puedo con­tar, y debe haber más de las que no soy cons­ciente en absoluto. Perdóname.

La entrada a la escuela fue el comienzo de una nueva vida. Durante años había vivido como un animal salvaje. Sí, no puedo decir un ser humano salvaje, porque no hay seres huma­nos salvajes. Sólo de vez en cuando, un hom­bre se vuelve un ser humano salvaje. Yo lo soy ahora; Buda lo fue, Zaratustra lo fue, Jesús lo fue. Pero en aquel momento era completamen­te cierto decir que durante años había vivido como un animal salvaje. Pero muy por encima de Adolf Hider, Benito Mussolini, Napoleón o Alejandro Magno. Estoy nombrando a los peo­res, los peores en el sentido que se creían los más civilizados.

Alejandro Magno se creía que, por supues­to, era el hombre más civilizado de su tiempo. Adolf Hitler, en su autobiografía, Mi lucha..., no sé cómo pronuncian los alemanes ese título; todo lo que puedo recordar es Mein Kampf Debe estar equivocado, tiene que estado. Para empezar está en alemán: M-e-i-n K-a-m-p-f

Sea cual sea la pronunciación, no me im­porta. Lo que me importa es que en ese libro trata de probar que él ha alcanzado el estatus de «superman», para el que el hombre se ha es­tado preparando durante miles de años. Y el partido de Hitler, los nazis, y su raza, los arios nórdicos, iban a ser los «gobernantes del mundo», ¡y su mandato iba a durar mil años! Es sólo un loco hablando, pero un loco muy po­deroso. Cuando hablaba tenías que escuchar, aunque fuera un disparate. Se creía que era el único ario verdadero y que los nórdicos eran la única raza de sangre pura. Pero estaba viendo un sueño.

El hombre, raramente, se ha convertido en un superman, y la palabra «súper» no tiene nada que ver con «más alto». El verdadero su­perman es aquel que es consciente de todos sus actos, pensamientos y sentimientos, de todo lo que está compuesto, del amor, de la vida, de la muerte.

Ese día comenzó un gran diálogo con mi padre, continuó intermitentemente y sólo con­cluyó cuando se hizo sannyasin. Después de esto no tuvo sentido ninguna discusión, se ha­bía rendido. El día que tomó sannyas lloró aga­rrado a mis pies. Estaba de pie, y puedes creér­tela..., cómo un flash, la vieja escuela, la Puerta del Elefante, el niño pequeño resistien­do, incapaz de ir hacia dentro, y mi padre tirando de él; todo pasó delante de mí como un flash. Sonreí.

Mi padre me preguntó:

-¿Por qué estás sonriendo?

-Estoy feliz de que el conflicto por fin ha terminado -le dije.

Pero eso fue lo que pasó. Mi padre tiró de mí; nunca fui a la escuela por mi propia vo­luntad. Devageet, humedece mis labios...

Me alegro de que me tuvieran que meter dentro, de que nunca fuera por voluntad pro­pia. La escuela era realmente fea; de hecho, to­das las escuelas son feas. Está bien crear una si­tuación donde los niños aprenden, pero no es bueno educarlos. La educación siempre será fea.

¿Y qué fue lo primero que vi en la escuela? Lo primero fue un enfrentamiento con el pro­fesor de mi primera clase. He visto gente her­mosa y gente fea, pero nunca he visto ¡algo pa­recido! y subraya ese algo; no puedo llamar este algo, alguien. No parecía un hombre. Le   miré a mi padre y le dije:

-¿Aquí es donde me has metido? Mi padre me dijo:

-¡Cállate! Muy bajito, para que la «cosa» no lo escu­chara. Era un maestro, y me iba a enseñar. No podía ni mirar a este hombre. Dios debía de te­ner mucha prisa cuando creó su cara. Quizá tenía la vejiga llena, y sólo para acabar el trabajo hizo a este hombre y luego salió corriendo ha­cia el lavabo. ¡Qué hombre creó! Tenía un solo ojo, y la nariz torcida. ¡Ese único ojo era sufi­ciente! Pero la nariz torcida realmente añadía una gran fealdad a la cara. ¡Y era enorme! Me­día más de dos metros, y debía pesar casi dos­cientos kilos, no menos de eso.

Devaraj, ¿cómo consiguen retar a las inves­tigaciones médicas? Doscientos kilos, y siem­pre estuvo sano. Nunca se tomó un día libre, nunca fue al médico. En toda la ciudad se de­cía que este hombre era de acero. Quizá lo fue­ra, pero de un acero no demasiado bueno, ¡más parecido a un alambre de espino! Era tan feo que no quiero decir nada de él, aunque tendré que decir algunas cosas, pero por lo menos no directamente sobre él.

Fue mi primer maestro, quiero decir profe­sor. Porque en India a los profesores de colegio se les llama «maestros»; por eso he dicho que fue mi primer maestro. Todavía hoy, si lo viera, me echaría a temblar. No era un hombre, ¡era un caballo!

     -Fíjate en ese hombre antes de firmar –le dije a mi padre.

-¿Qué tiene de malo? -me preguntó-. Él me enseño a mí, enseñó a mi padre, ha esta­do enseñando aquí durante generaciones.

       Sí, es verdad. Es por esto que nadie se pudo quejar de él. Si te quejas, tu padre te dirá:

-No puedo hacer nada, también fue mi profesor. Si te vas a quejar, me podría castigar incluso a mí.

Por eso mi padre dijo:

-No le pasa nada malo, está bien, y entonces firmó los papeles.

-Estás firmando tus propios problemas, o sea que no te quejes -le dije a mi padre. -Eres un chico extraño -me dijo.

-Es cierto que somos extraños el uno para el otro -le dije-. He vivido lejos de ti duran­te muchos años, he sido amigo del árbol del mango, de los pinos y de las montañas, del océano y de los ríos. No soy un hombre de ne­gocios y tú lo eres. Para ti el dinero lo significa todo; yo soy incapaz hasta de contarlo.

Incluso hoy..., hace años que no he tocado dinero. Nunca se presenta la ocasión. Eso me ayuda porque no sé como funcionan las cosas en el mundo de la economía. Yo sigo mi pro­pio camino; me tienen que seguir. No sigo a los demás, no puedo.

-Tú entiendes el dinero, yo no -le dije a mi padre-. Nuestro lenguaje es diferente; y recuerda, no me has dejado regresar a la aldea, por eso, si ahora hay un problema, no me eches la culpa. Yo entiendo algo que tú no, y tú entiendes de algo que ni comprendo, ni quiero comprender. Somos incompatibles. Dada, no estamos hechos el uno para el otro.

Y le llevó casi toda su vida recorrer la dis­tancia que nos separaba pero, por supuesto, fue él el que tuvo que viajar. Esto es lo que quiero decir cuando digo que soy terco. No pude re­troceder ni un solo centímetro, y todo comen­zó en la Puerta del Elefante.

El primer profesor, no conozco su verdade­ro nombre, y tampoco lo sabía nadie en la es­cuela, en especial los niños; le llamaban sim­plemente maestro Kantar. Kantar significa «tuerto»; esto fue suficiente para los niños, y además una condena para el hombre. En hindi ¡cantar no sólo significa tuerto, también se usa como un insulto. No puede traducirse de ninguna manera porque el matiz se pierde en la traducción. Por eso le llamábamos maestro Kantar en su presencia, y cuando no estaba de­lante sólo le llamábamos Kantar: el tipo de un solo ojo.

No sólo era feo; todo lo que hacía era feo. Y, por supuesto, en mi primer día tuvo que pasar algo. Solía castigar a los niños sin misericordia. Nunca he visto ni escuchado de nadie que hi­ciera tales cosas a los niños. Me enteré que mu­cha gente había dejado la escuela por él, y se quedaron sin educación. Él era demasiado. No te creerás lo que solía hacer, o que alguien fue­ra capaz de hacer algo así. Te explicaré lo que me sucedió en ese primer día, después de esto pasarían muchas más cosas.

Él estaba enseñando aritmética. Yo sabía un poco porque mi abuela solía enseñarme algunas cosas en casa; en concreto un poco de lengua y algo de aritmética. De modo que estaba miran­do por la ventana la hermosa higuera de India reluciendo al sol. No hay ningún otro árbol que reluzca tanto al sol, porque cada hoja baila por su cuenta, y el árbol entero se convierte en un coro; miles de brillantes bailarines y cantantes juntos, pero a la vez independientes.

La higuera de India es un árbol muy raro porque todos los demás árboles inhalan dióxi­do de carbono y exhalan oxígeno durante el día... Puedes corregir lo que te parezca, porque ya sabes que no soy un árbol, ni un químico ni un científico. Pero esta higuera exhala oxígeno veinticuatro horas al día. Sólo puedes dormir debajo de esta higuera y de ningún otro árbol, porque los demás son peligrosos para la salud. Miré al árbol con sus hojas bailando en la bri­sa, y el sol brillando en cada hoja, disfrutando sin ninguna razón. ¡Qué suerte, no tenían que ir al colegio!

      Estaba mirando por la ventana y el maestro Kantar se me tiró encima.

      -Es mejor poner las cosas claras desde el principio -me dijo-.

-Estoy totalmente de acuerdo con eso -le dije-. Yo también quiero poner todo en claro desde el principio.

-¿Por qué estabas mirando por la ventana mientras enseñaba aritmética?-preguntó.

-La aritmética tiene que ser oída, no vista. -Le dije-. No tengo que ver tu hermosa cara. Estaba mirando por la ventana para evitarla. En lo que se refiere a las matemáticas, me pue­des preguntar; lo he oído y me lo sé.

Me preguntó, y éste fue el comienzo de un problema muy largo, no para mí, sino para él. El problema fue que respondí correctamente. No podía creérselo y-dijo:

-Respondas correctamente o no, te voy a castigar porque no está bien mirar por la venta­na cuando el profesor está enseñando.

Me hizo ponerme frente a él. Había oído sobre sus técnicas de castigo, era una especie de marqués de Sade. Cogió de su pupitre una caja de lápices. Había oído hablar de esos famosos lápices. Los solía poner entre cada uno de tus dedos, y entonces te apretaba las manos muy fuerte, preguntando: -¿Quieres un poco más? ¿Necesitas más? ¡A los niños pequeños! Era ciertamente un fascista. Vaya hacer esta declaración para que por lo menos quede registrado en algún lugar: las personas que escogen ser profesores tienen algo mal en su interior. Quizá es el deseo de dominar o un deseo de poder; quizá son todos un poco fascistas.

Miré a los lápices y dije:

     -He oído hablar de estos lápices, pero an­tes de que los coloques entre mis dedos, re­cuerda esto, te va a costar muy caro, quizá in­cluso el empleo.

     Él se rió. Te puedo decir que era como el monstruo de una pesadilla riéndose de ti. -¿Quién me lo puede impedir? -me pre­guntó.

-Éste no es el asunto -le dije-. Mi pre­gunta es: ¿es ilegal mirar por la ventana cuando te están enseñando aritmética? Y si soy capaz de responder las preguntas sobre lo que me es­tán enseñando y soy capaz de repetirlo palabra por palabra, entonces ¿hay algo malo en mirar por la ventana? Entonces ¿para qué están hechas las ventanas en esta clase? ¿Con qué propósito se han hecho? Durante el día siempre hay alguien enseñando, y por la: noche no se necesita una ventana cuando ya no hay nadie para mirar por ella.

-Eres un alborotador -dijo él.

-Ésa es exactamente la verdad -le dije­, y me voy a ver al director para enterarme si es legítimo que me castigues cuando he respondi­do correctamente.

Él se suavizó un poquito. Me sorprendí porque había escuchado que no era un hombre            que se sometiera fácilmente. Y entonces dije: -y ahora me voy a ver al presidente del comité municipal que dirige esta escuela. Ma­ñana vendré con el comisario de policía para que pueda ver con sus propios ojos qué tipo de prácticas se están llevando a cabo aquí.

Se echó a temblar. No era visible para los demás, pero puedo ver cosas que otra gente podría no ver. Podría no ver un muro, pero no se me pueden escapar las cosas pequeñas, casi microscópicas.

-Estás temblando -le dije-, aunque no serás capaz de aceptarlo. Pero ya veremos. Pri­mero espera que vaya al director. Fui al director y me dijo:

-Sé que ese hombre tortura a los niños. Es ilegal, pero no puedo decir nada porque es el profesor más antiguo de la ciudad, y el padre y el abuelo de casi todo el mundo ha sido su alumno por lo menos una vez.

-No me importa -le dije-. Mi padre ha sido su estudiante y también mi abuelo. No me importa ni mi padre ni mi abuelo; de he­cho, no pertenezco realmente a esta familia. He estado viviendo alejado de ellos. Soy un ex­tranjero aquí.

-He podido ver inmediatamente que de­bes de ser extranjero -me dijo el director, pero, hijo mío, no te metas en problemas inne­cesarios. Te torturará.

-No es fácil -le dije-. Será éste el co­mienzo de mi lucha en contra de la tortura. Lucharé, y golpeé con el puño, por supuesto un puño pequeño, en su mesa, y le dije:

-No me preocupa la educación o nada de eso, pero me debo preocupar por mi libertad. Nadie puede acosarme innecesariamente. Me tienes que enseñar el código educativo. No puedo leer, y tú me tendrás que aclarar si es ilegal mirar por la ventana incluso si pue­do responder correctamente a todas las pre­guntas.

      -Si has respondido a las preguntas entonces no importa a dónde estabas mirando -me dijo.

      -Ven conmigo -le dije.

      Vino con su código educativo, un libro viejo que siempre llevaba. No creo que nadie lo hubie­ra leído nunca. El director le dijo al maestro Kantar:

-Es mejor no molestar a ese niño porque parece que te la podría devolver. No se rinde fácilmente.

Pero el maestro Kantar no era ese tipo de persona. Cuando se asustaba se volvía más agresivo y violento, y dijo:

-Le voy a enseñar a este niño, no hace fal­ta que te preocupes. ¿Y a quién le importa ese código? He sido profesor aquí toda mi vida, ¿y este niño va a enseñarme a mí el código?

-Mañana, una de dos, o estoy yo en este edificio o tú -le dije-, pero no podemos co­existir los dos juntos. Espérate hasta mañana.

Corrí a casa y se lo conté a mi padre. Él me dijo:

-Estaba preocupado por si te había meti­do en la escuela sólo para que les crees proble­mas a los demás y a ti mismo, y que además me metas a mí también.

-No -le dije-, te lo estoy contando sólo para que luego no me digas que te he dejado al margen.

      Me fui al comisario de policía. Era un hom­bre encantador; no me esperaba que un policía pudiera ser tan amable. Me dijo: -He oído hablar antes de este hombre. De hecho, mi propio hijo ha sido torturado por él. Pero nadie se quejó. Es ilegal torturar, pero a menos que tú te quejes no se puede hacer nada, y yo no me puedo quejar porque me preocupa que pueda suspender a mi hijo. Por eso es me­jor dejarle que siga torturando. Sólo es cues­tión de unos pocos meses, entonces mi hijo pa­sará a otra clase.

-Estoy aquí para quejarme -le dije-, y no estoy preocupado en absoluto por pasar de curso. Estoy dispuesto a quedarme en esta clase toda mi vida.

     Me miró, me dio unas palmadas en la espal­da y dijo: -Aprecio lo que estás haciendo. Mañana vendré.

Entonces corrí a ver al presidente del comi­té municipal, que demostró ser una mierda de vaca. Sí, sólo una mierda de vaca, y ni siquiera seca. ¡Qué feo!

-Ya lo sé -me dijo-. No se puede hacer nada al respecto. Tienes que vivir con ello, tie­nes que aprender a tolerarlo. Le dije, y recuerdo perfectamente mis pala­bras:    -No voy a tolerar nada que le parezca mal a mI conciencia.

-Si es éste el caso, no puedo hacer nada -me dijo-. Vete al vicepresidente, quizá él te pueda ayudar más.

Y esto tengo que agradecérselo a esa mierda de vaca, porque el vicepresidente de ese pue­blo, Shambhu Dube, en mi experiencia, de­mostró ser el único hombre de todo el pueblo que merecía la pena. Cuando llamé a su puerta sólo tenía ocho o nueve años y él era el vicepre­sidente.

-Sí, adelante -respondió.

Él esperaba encontrarse con un caballero, y se quedó un poco desconcertado al verme.

-Siento no ser un poco más mayor -le dije-; por favor, discúlpame. Además, carezco de educación, pero tengo que quejarme de este hombre, el maestro Kantar.

Cuando oyó mi historia, que el hombre en cuestión torturaba a los niños pequeños de pri­mera clase, poniéndoles lápices entre los dedos y luego estrujándoselos, que les metía alfileres debajo de las uñas, que medía más de dos me­tros y pesaba cerca de doscientos kilos, no se lo pudo creer.

     -He oído rumores -me dijo-, pero ¿porqué nadie se había quejado?

     -Porque la gente tiene miedo de que sus niños -le dije- sean torturados todavía más.

     -¿No tienes miedo? -me preguntó.

     -No, porque estoy dispuesto a suspender -le dije-. Es todo lo que me puede hacer.

Le dije que estaba dispuesto a ser suspendi­do y que no insistiría en aprobar, pero que lu­charía hasta el final: -o este hombre o yo; ambos no podíamos estar en el mismo edificio.

     Shambhu Dube me dijo que me acercara. Me agarró la mano y me dijo:-Siempre me ha gustado la gente rebelde, pero nunca pensé que un niño de tu edad pu­diera ser un rebelde. Te felicito.

Nos hicimos amigos, y esta amistad duró has­ta su muerte. Ese pueblo tenía una población de veinte mil habitantes, pero eso en India sigue siendo un pueblo. En India, a menos que una ciudad tenga cien mil habitantes no se la consi­dera una ciudad. Cuando hay más de ciento cin­cuenta mil habitantes, entonces es una ciudad. En esa aldea no me encontré en toda mi vida a alguien del mismo calibre, cualidad y talento que Shambhu Dube. Si me preguntas, parecerá una exageración pero, de hecho, no me he encontra­do a otro Shambhu Dube en roda India. Era simplemente excepcional.

Cuando estaba viajando alrededor de India, él esperaba durante meses a que viniera y visitara la aldea por un solo día. Era la única persona que siempre vino a verme cuando mi tren pasaba por la aldea. Por supuesto, no estoy incluyendo a mi padre y a mi madre; ellos tenían que venir. Pero Shambhu Dube no era mi pariente. Sólo me quería, y ese amor comenzó en esa reunión, el día que fui a protestar contra el maestro Kantar.

Shambhu Dube era el vicepresidente del comité municipal y me dijo:

 

-No te preocupes. Ese tipo debe de ser castigado. De hecho su período de trabajo ha concluido. Ha solicitado una prórroga pero no se la daremos. A partir de mañana no volverás a verlo en el colegio de nuevo. -¿Es una promesa? -le pregunté. Nos miramos a los ojos. Se hecho a reír y dijo: -Sí, es una promesa. Al día siguiente, el maestro Kantar se había ido. No fue capaz de volverme a mirar. Traté de contactar con él, llamé a su puerta muchas ve­ces para decirle adiós, pero era realmente un cordero debajo de una piel de león. Ese primer día en la escuela resultó ser el comienzo de mu­chas, muchas cosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 21

 

De acuerdo... El hombre de quien es­taba hablando, su nombre completo era Pandit Shambhuratan Dube. Todos solíamos llamarle Shambhu Babu. Era un poeta, y lo raro era que no estaba ansioso por publicar. Esto es muy raro en un poeta. Me he encontrado cientos de esa tribu, y todos es­tán tan ansiosos por publicar que la poesía se convierte en algo secundario. Yo llamo a cual­quiera ambicioso político, y Shambhu Dube no era ambicioso.

Tampoco era un vicepresidente electo, por­que para ser elegido, por lo menos tienes que presentarte a la elección. Fue nombrado por el presidente, que no era más que excremento de vaca sagrada, como ya he explicado antes, y quería a alguien con inteligencia para hacer su trabajo. El presidente era una mierda de vaca absoluta, y había estado en el cargo durante años. Fue reelegido repetidas veces por otras mierdas de vaca.

En India, ser un excremento de vaca sagra­da es algo muy importante, te conviertes en un mahatma. Este presidente era casi un mahat­ma, y tan falso como lo son todos; de lo con­trario, en primer lugar no serían mahatmas. ¿Por qué un hombre de creatividad e inteligencia debe escoger el ser un excremento de vaca? ¿Por qué debería de estar interesado en que le adoren? Ni siquiera revelaré el nombre de ese excremento de vaca sagrada; es asqueroso. Él nombró a Shambhu Babu su vicepresidente, y pienso que fue la única cosa buena que hizo en toda su vida. Probablemente, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo; los excrementos de vaca no son gente consciente.

En el momento que Shambhu Babu y yo nos vimos el uno al otro, algo sucedió: lo que Cad Gustav Jung llama «sincronicidad». Yo sólo era un niño; no sólo eso, sino salvaje. Ve­nía de la selva, sin educar, indisciplinado. No teníamos nada en común. Él era un hombre poderoso y muy respetado, no porque fuese un excremento de vaca, sino porque era un hom­bre muy fuerte, y si no te comportabas respe­tuosamente con él algún día podrías sufrir. Y también tenía muy buena memoria. Todo el mundo le tenía mucho miedo y por eso le tenían respeto, y yo sólo era un niño.

Aparentemente, entre nosotros dos no ha­bía nada: en común. Él era el vicepresidente de toda la aldea, el presidente de la asociación de abogados, el presidente del Club de Negocios, y así sucesivamente. Era el presidente o el vice­presidente de muchos comités. Estaba en todos lados, y era un hombre bien educado. Tenía los títulos más altos en derecho, pero no ejercía en el pueblo.

No os preocupéis de los ruidosos diablos que trabajan afuera; después de todo, son mis discípulos. ¿Si inicio diablos a sannyas, qué te puedes esperar? He ido aceptando todos los discípulos de Belcebú. Ése era el nombre que Gurdjieff solía llamar al diablo, Belcebú. Pero me gustaría decirle a Gurdjieff que Belcebú está perdiendo cientos de discípulos cada día. Pero han pasado tanto tiempo con Belcebú que han aprendido su tecnología. No estoy en con­tra de la tecnología. Me gusta. Por eso a los dis­cípulos de Belcebú les resulta fácil convertirse en mis discípulos, muy fácil, porque conmigo continúan haciendo el mismo trabajo que solían hacer para el feo Belcebú.

O sea que no os preocupéis si yo no me preo­cupo. En realidad, todos esos ruidos le dan un fondo muy hermoso a lo que os estoy dicien­do..., por supuesto, un fondo estilo Picasso, un poco como de pesadilla. Pero a veces las pe­sadillas pueden ser hermosas, y a uno le da pena cuando se acaban. Y lo que están hacien­do podría no sonar bonito, pero están hacien­do mi trabajo. Naturalmente, Belcebú está muy enfadado... son sus discípulos y están usando toda su tecnología para mí.

La ciencia es un poco endiablada. Tú has estudiado medicina, o sea, que de algún modo formas parte de la tecnología de Belcebú. Per­dona a esos pobres tipos, lo están haciendo lo mejor que pueden, y en cuanto a mí se refiere, cuando estoy hablando nada importa.

Estaba diciendo, fíjate en el ruido de fondo, y en el silencio: si uno sabe cómo, puede usar a Belcebú como un criado.

Os estaba hablando de Shambhu Dube, Shambhu Babu. Era poeta, pero nunca publicó su poesía en vida. Era también un gran escritor de historias, y por casualidad un famoso direc­tor de cine llegó a conocerle, a él y a sus histo­rias. Ahora Shambhu Babu está muerto, pero se ha hecho una gran película usando una de sus historias, Jhansi ki rani (La Reina de Jhan­si). Ganó muchos premios, nacionales e inter­nacionales. Qué lástima que ya no está. Era mi único amigo en aquel lugar.

Una vez que se decidió que viviría allí. . ., se pensó que pasaría allí siete años pero, en reali­dad, viví allí durante once años. Quizá sólo me dijeron siete para convencerme de que me que­dara; probablemente, ésa fue su intención des­de el principio.

En India, en esos días, la estructura del sis­tema educativo estaba bajo la dirección de las autoridades locales. Comenzaba con cuatro años de educación primaria, y tres años más si querías continuar en la misma dirección. Esto suma siete años; después podías obtener un título.

Tal vez fuese ésa su intención y no me esta­ban mintiendo. Pero también había otro ca­mino, y esto fue lo que sucedió. Después de cuatro años podías continuar en la misma lí­nea o podías cambiar: podías ir a la escuela de enseñanza media. Si continuabas en la misma línea no aprendías inglés. La educación prima­ria se acababa después de siete años, y toda tu educación sólo era en la lengua local; y en In­dia existen treinta idiomas reconocidos. Des­pués del cuarto curso tenías la oportunidad de cambiar de sistema. Podías ir a la enseñanza inglesa; podías entrar a lo que se llamaba ense­ñanza media.

A continuación había un curso de cuatro años, y si continuabas en esa línea, después de otros tres años te convertías en un bachiller. ¡Dios mío! ¡Cuánta vida desperdiciada! ¡Todos esos hermosos días gastados tan despiadada­mente, aplastados! Y para cuando eras un ba­chiller, entonces estabas capacitado para ir a la universidad. ¡De nuevo seis años más! En total, tuve que perder cuatro años en la enseñanza primaria, cuatro años en la enseñanza media, tres años en la enseñanza superior y seis años en la universidad, ¡diecisiete años de mi vida!

Pienso que si pudiera encontrarle algún sentido a esto, la única palabra que se me ocu­rre, a pesar de Belcebú y sus discípulos que es­tán haciendo un gran trabajo -ex discípulos quiero decir-, la única palabra que se me ocurre es «tontería». ¡Diecisiete años! Tenía ocho o nueve cuando empecé esta tontería, y el día que dejé la universidad tenía veintiséis, y esta­ba tan feliz, no porque me hubiesen dado la medalla de oro, sino por que por fin era libre. Libre de nuevo.

Tenía tanta prisa que le dije a mi profesor:          -No malgastes mi tiempo. Nadie puede convencerme de que entre por esas puertas otra vez. Incluso cuando tenía nueve años mi padre tuvo que tirar de mí para entrar, pero ahora na­die puede tirar de mí. Si alguien lo intenta, ti­raré de él hacia fuera. Y, por supuesto, era capaz de tirar de ese pobre anciano que estaba tratando de persua­dirme para que me quedara.

-Escúchame -me dijo-: es raro recibir una beca para un doctorado en Filosofía. Haz tu doctorado en Filosofía, y te prometo que un día serás capaz de tener un Doctorado en Lite­ratura.

-No me hagas perder el tiempo -le dije-, porque se va el autobús.

El autobús estaba esperando en la puerta. Tuve que correr para cogerlo, y lamento no ha­ber podido, ni siquiera, darle las gracias. No tuve tiempo, el autobús se estaba yendo y mi equipaje estaba ya dentro, y el conductor, como hacen todos los conductores, estaba to­cando la bocina como un loco. Era el único pa­sajero que todavía no estaba en el autobús, y mi viejo profesor estaba casi de rodillas persua­diéndome para que no me fuera.

Shambhu Babu era muy educado, yo estaba sin educar cuando comenzó nuestra amistad. Él tenía un pasado glorioso; yo no. Toda la ciu­dad se sorprendió de nuestra amistad, pero él no se avergonzaba. Yo respeto esa cualidad. So­líamos caminar de la mano. Era de la edad de mi padre, y sus hijos eran mayores que yo. Mu­rió diez años antes que mi padre. Creo que de­bía de tener unos cincuenta años en aquel mo­mento. Ahora sería el mejor momento para ser amigos. Pero fue el único hombre que me reco­noció. Era un hombre de autoridad en el pueblo, y su reconocimiento fue una ayuda in­mensa para mí.

Al maestro Kantar no se le volvió a ver por la escuela. Fue despedido inmediatamente, porque sólo le quedaba un mes para jubilarse, y su solicitud para una prórroga había sido de­negada. Esto provocó una gran celebración en todo el pueblo. El maestro Kantar había sido un hombre importante en ese pueblo; a pesar de ello, había conseguido que le despidieran en un solo día. Esto fue una hazaña. La gente co­menzó a respetarme. Yo les decía:

-¿Qué es esta tontería? No he hecho nada, únicamente he sacado a la luz a este hombre y sus malas acciones.

Estoy sorprendido de cómo pudo pasarse toda la vida torturando a niños pequeños. Pero se pensaba que la educación era esto. En aque­lla época se creía que a menos que tortures a un niño no le puedes enseñar, y hay muchos hindúes que todavía lo piensan, aunque no lo digan tan claramente. Por eso dije:

-No es un asunto de respeto, y en lo que respecta a mi amistad con Shambhu Babu, no es una cuestión de edad. En realidad, es amigo de mi padre. Incluso mi padre está asombrado. Mi padre solía preguntarle a Shambhu Babu: -¿Por qué eres tan cordial con un chico tan problemático? Y Shambhu Babu se reía y decía: -Un día entenderás el porqué. No te lo puedo explicar ahora.

     Siempre me maravilló la belleza de este hombre. Era parte de su belleza el que pudiera          responder diciendo: -No puedo responder. Un día entenderás. Un día le dijo a mi padre: -Quizá no debería ser amistoso, sino res­petuoso.

     Esto me sorprendió a mí también. Cuando nos quedamos solos le dije: -Shambhu Babu, ¿qué tontería le estabas diciendo a mi padre? ¿Qué quieres decir con que deberías respetarme?

-Te respeto -me dijo- porque, aunque no demasiado claro, puedo ver, como si estu­viese oculto tras una cortina de humo, lo que un día llegarás a ser.

     Incluso yo me tuve que encoger de hombros. Le dije: -Estás diciendo tonterías. ¿Qué puedo llegar a ser? Ya lo soy...

-¡Esto es! -dijo-. Esto es lo que me ma­ravilla de ti. Eres un niño; toda la ciudad se ríe de nuestra amistad y se preguntan de qué ha­blamos, pero no saben lo que se están perdien­do. Yo sé -enfatizó-, yo lo que se están perdiendo. Puedo sentido un poco, pero no lo puedo ver claramente. Quizá un día, cuando seas un adulto, seré capaz de verte.

Y tengo que confesar que después de Magga Baba él fue la segunda persona que reconoció que me había sucedido algo inconmensurable. Por supuesto, él no era un místico, pero un poeta tiene la capacidad, de vez en cuando, de ser un místico, y él era un gran poeta. También era grande porque nunca se había preocupado de publicar su trabajo. Nunca se preocupó de leer en ninguna reunión de poetas. Parecía extraño que leyera su poesía a un niño de nueve años y me preguntase:

-¿Tiene algún valor o no vale la pena?

     Ahora su poesía está siendo publicada, pero él ya no existe. Lo publicaron en su memoria. No contiene su mejor trabajo porque ninguna de las personas que lo seleccionó era poeta, y se necesita un místico para hacer una selección de la poesía de Shambhu Babu. Conozco todo lo que escribió. No era mucho, algunos artículos, unos pocos poemas y algunas historias, pero de alguna extraña manera todos están conectados con un solo tema.

El tema es la vida, no como un concepto fi­losófico sino como algo vivido momento a momento. La vida con «v» minúscula bastará, porque si lo escribieras con mayúsculas nunca me lo perdonaría. Estaba en contra de las ma­yúsculas. Nunca escribió ninguna palabra con mayúscula. Incluso el comienzo de una frase siempre lo escribía con minúsculas. Escribía hasta su nombre con minúsculas.

-¿Qué tienen de malo las mayúsculas? -le pregunté-. ¿Por qué estás tan en contra, Shambhu Babu? -No estoy en contra -me dijo-, pero estoy enamorado de lo inmediato, no de lo le­jano. Estoy enamorado de las cosas pequeñas: una taza de té, nadar en el río, un baño de sol. .. Estoy enamorado de las cosas pequeñas, y éstas no se pueden escribir con mayúsculas.

Le entiendo, por eso digo que a pesar de que no era un maestro iluminado, ni un maes­tro en ningún sentido, todavía le cuento como el número dos, después de Magga Baba, por­que me reconoció cuando era imposible hacer­lo, totalmente imposible. Yo podría no haberme reconocido a mí mismo, pero él me reconoció.

Cuando entré en su oficina de vicepresiden­te por primera vez y nos miramos mutuamente a los ojos, durante un momento sólo hubo si­lencio. Entonces se levantó y me dijo:

-Por favor, siéntate.

-No hace falta que te levantes -le dije. -No es una cuestión de necesidad –me dijo, y me hace feliz levantarme por ti. Nun­ca lo había sentido antes; y me he levantado ante el gobernador y ante la así llamada gente poderosa. He visto al virrey de Delhi, pero no me impresionó tanto como tú, tengo que con­fesarlo. Por favor, no se lo digas a nadie, y esta es la primera vez que lo he contado. Lo he mantenido en secreto todos estos años, cuarenta años. Lo siento como un desahogo. Esta mañana Gudia dijo:

-Has dormido hasta muy tarde. Si, ayer noche dormí, por primera vez en cuarenta años, como me habría gustado dor­mir todas las noches. Durante toda la noche  no fui interrumpido ni un solo momento. Normalmente, tengo que mirar a mi reloj de vez en cuando para ver si ya es la hora de levan­tarme. Pero la noche pasada, después de mu­chos años, no miré mi reloj en absoluto. Inclu­so me perdí la cocción de Devaraj. Así es como llamo a la mezcla de su desayuno especial. Es una mezcla, pero es muy buena. Es complicada de comer porque sólo masticarla cuesta media hora, pero es realmente sana y nutritiva. Debe­ríamos poner la cocción desayuno de Devaraj a disposición de todo el mundo. Por supuesto, no es rápida, sino lenta, muy lenta. ¿Podemos llamado un «desayuno lento 11»? Pero entonces no sonaría bien.

Hoy he tenido que saltarme el desayuno por dos razones: primero, tenía que mantener la cita con Devageet, ya llegaba cinco minutos tarde y no me gusta llegar tarde. Segundo, si me hubiese tomado esa cocción habría tardado tanto que, cuando la hubiese acabado, habría sido la hora de la comida. No hubiera habido el intervalo necesario. Por eso pensé que me lo saltaría. Pero me gusta mucho, y si no me la tomo, la echo de menos.

La noche pasada ha sido excepcional por la sencilla razón de que ayer os hablé de Shambhu Babu y me quité un peso de encima. También hablé sobre mi padre y de su continua lucha y de cómo terminó. Me sentí muy liberado.

Shambhu Babu era un hombre que se podía haber realizado, pero perdió la oportunidad. La perdió porque era demasiado intelectual. Era un gigante intelectual. No podía sentarse en silencio ni siquiera un momento. Estuve presente cuando murió. Es un extraño destino que haya tenido que ver morir a todo el mun­do que he amado.

No estaba muy lejos cuando se estaba mu­riendo. Me telefoneó sólo para decirme:

-Ven rápido si puedes, porque no creo que vaya a durar mucho. Quiero decir     -me dijo-, que no puedo durar ni siquiera unos días. Inmediatamente corrí hacia el pueblo. Sólo estaba a 13 kilómetros de Jabalpur, y llegué en dos horas. Se puso muy contento. Me volvió a mirar con la misma mirada que en la primera ocasión que nos encontramos, cuando tenía cerca de nueve años de edad. Había un silencio muy elocuente. No se dijo nada, pero todo fue escuchado. Sujetando sus manos le dije: -Por favor, cierra los ojos, no te esfuerces. -No -me dijo-. Estos ojos se van a cerrar ellos solos, muy pronto, y entonces no seré ca­paz de abrirlos. Por eso, por favor, no me pidas que los cierre. Te quiero ver. Quizá no seré capaz de volverte a ver. Una cosa es segura -dijo-, tú no volverás a reencarnarte. Y ahora... ¡Ay, te tenía que haber escuchado! Siempre insistías en ser silencioso pero yo seguía posponiendo. Ahora ya no queda tiempo ni para posponer.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Perma­necí sin decir nada, estando con él. Sus ojos se cerraron y murió.

Tenía unos ojos muy bellos, y una cara muy inteligente. Conozco mucha gente bella pero es muy difícil tener la belleza de este hombre. No estaba hecha por el hombre, con seguridad no hecho en India. Era y sigue siendo uno de mis seres más queridos. A pesar de que no se ha reencarnado todavía, le estoy esperando.

Ésta es una comuna multiusos. Vosotros co­nocéis algunos, otros sólo los conozco yo. Éste es uno de los usos desconocidos para los orga­nizadores de la comuna: que estoy esperando algunas almas. Estoy incluso preparando pare­jas para recibirlas. Shambhu Babu vendrá den­tro de poco. Tengo tantas memorias relacionadas con él que tendré que mencionarle continua­mente. Pero hoy sólo su muerte.

Es extraño que deba de hablar primero so­bre su muerte y más tarde de otras cosas. No, en lo que a mí se refiere no es extraño, porque para mí el momento de la muerte abre a un hombre como ninguna otra cosa. Ni siquiera el amor puede hacer este milagro. Lo intenta pero los amantes lo impiden, porque en el amor se necesitan dos personas; en la muerte uno se basta a sí mismo. Esto ocurre porque no hay alteraciones por parte del otro. Vi a Sham-bhu Babu muriendo en una actitud tan relaja­da y alegre que no puedo olvidar su cara.

Te sorprenderá saber que tenía la cara de -¿adivina quién?- casi la misma cara que el ex presidente de América, ¡Richard Nixon! ¡Pero sin la fealdad, oculta en cada célula y fi­bra de Nixon...! Si no, Shambhu Babu habría sido el presidente de India. Era mucho más in­teligente que él así llamado presidente de In­dia, Sanjiva. Pero, quiero decir, fotográfica­mente era muy similar a Nixon de joven. Por supuesto, cuando el espíritu es diferente, inclu­so una misma cara tiene un aura diferente, algo diferente -cómo decirlo- un significado en conjunto diferente. Por eso, por favor, no me malinterpretes, porque todos conocéis a Ri­chard Nixon, mientras que yo sólo conocía a Shambhu Babu, por eso es inevitable que haya un malentendido.

Por favor, olvídate que he dicho que se pa­recían, olvídalo. Es mejor que no sepas nada de la cara de Shambhu Babu, en vez de que em­pieces a pensar que es igual que Richard Ni­xon. Pero tengo que confesar que tengo cierta simpatía por Richard Nixon, sólo porque se parece a Shambhu Babu. Me tenéis que discul­par por eso; sé que no se lo merece, pero tam­poco puedo hacer nada. Siempre que veo su foto veo a Shambhu Babu, y no veo en absolu­to a Nixon.

Cuando Nixon llegó a ser presidente de Esta­dos Unidos me dije a mí mismo: «jAha! Por lo menos un hombre que se parece a Shambhu Babu ha llegado a ser presidente de América.» Me hubiera gustado que Shambhu Babu fuera el presidente de América; pero, por supuesto, esto no era posible, pero el parecido me consuela. Cuando Nixon hizo lo que hizo, me sentí aver­gonzado, de nuevo, porque se parecía a Sham­bhu Babu. Y cuando tuvo que renunciar a la pre­sidencia estaba triste, no por él -no tenía nada que ver con él- sino porque ahora no volvería a ver la cara de Shambhu Babu en los periódicos.

Ahora no existe ningún problema porque ya no leo los periódicos. No los leo desde hace años. Llegué a leer cuatro periódicos en un minuto, pero hace más de dos años que no he vuelto a mirar ninguno. Y no leo ningún libro, simplemente no leo. Me he deseducado otra vez, como siempre había querido ser, si mi pa­dre no me hubiera metido en esa escuela... pero me metió a rastras. Y todo lo que esas es­cuelas y colegios y universidades me hicieron me llevó mucha energía el deshacerlo, pero he conseguido deshacerlo totalmente.

He deshecho todo lo que la sociedad me hizo. Soy otra vez ignorante, un chico salvaje de... vosotros no usáis esta palabra en inglés... En hindi, a un hombre de un pueblo se le lla­ma gamar. Un pueblo se llama gam, y un pue­blerino, gamar. Pero gamar también significa «tonto» y se han mezclado tanto que nadie piensa ahora que «gamar» significa pueblerino; todo el mundo piensa que significa tonto.

     Vine de aquel pueblo totalmente en blanco, sin que hubiera nada escrito en mí. He seguido siendo un chico salvaje incluso estando lejos de ese pueblo. Nunca he permitido que nadie es­criba nada en mí. La gente siempre está dis­puesta..., no sólo dispuesta, sino que insisten en escribir algo en ti. Llegué vacío de ese pue­blo, y ahora puedo decir que todo lo que se ha escrito durante este tiempo lo he borrado, y borrado completamente. De hecho he derrum­bado el propio muro para que no se pueda vol­ver a escribir en él nada más.

Shambhu Babu también podría haberlo he­cho. Sé que era capaz, capaz de convertirse en un buda, pero no sucedió. Quizá su profesión (era un abogado) se lo impidió. He oído de todo tipo de personas que se han convertido en budas, pero nunca he oído que algún abogado se haya convertido en un buda. No creo que nadie de esa profesión pueda convertirse en un buda a menos que renuncie a todo lo que ha aprendido. Shambhu Babu no pudo reunir el coraje, y lo siento por él. No lo siento por ningún otro, porque nunca me he cruzado con nadie que fuera tan capaz y que a pesar de ello no diera el salto.

     -Shambhu Babu, ¿cuál es el obstáculo? -le solía preguntar, y siempre me respondía lo mismo: -¿Cómo explicarlo? No sé exactamente cuál es el obstáculo, pero debe de haber algo impidiéndomelo.

Yo sé lo que era, y él también lo sabía, aun­que nunca reconoció que lo sabía. Y sabía que yo sabía que él sabía. Siempre que se lo pre­guntaba cerraba los ojos, y soy un tipo muy testarudo; constantemente le preguntaba: -¿Cuál es el obstáculo? Cerraba los ojos, sólo para no mirarme cara a cara, porque en esta situación él no me podía mentir. Quiero decir, no podía hacer de aboga­do... de mentiroso. Pero ahora que está muerto puedo decir que aunque no fuese un buda, era casi un buda; esto es algo que nunca volveré a repetir de nadie más. Reservaré está especial ca­tegoría, de casi-buda para Shambhu Babu.

 

 

Sesión 22

 

Iba a decir: -De acuerdo -pero no. Una vez lo dije a la ligera, sólo para ser cortés, y sufrí mucho. A partir de ahí todo fue mal. Por eso ahora voy a decir de acuerdo sólo cuando esté realmente de acuer­do; de lo contrario, es mejor el silencio...De acuerdo. Me estoy acordando otra vez del pobre Sig­mund Freud. Estaba esperando en su oficina a un paciente rico y por supuesto judío. ¿Cómo puede uno ser rico sin ser judío? Y el psicoaná­lisis es el mayor negocio fundado por un judío. Se equivocaron con Jesús, pero no pudieron permitirse el equivocarse con Sigmund Freud. Por supuesto, no se puede comparar.

Freud estaba esperando y esperando, caminando de un lado a otro de la habitación. El paciente era riquísimo, y el psicoanálisis es un tratamiento que dura muchos años, a menos que el paciente se encuentre con un judío mucho más articulado, pero nunca es capaz de salir del círculo vicioso.

Freud miraba sin parar su reloj de oro, y en­tonces en el último momento, cuando ya esta­ba pensando en rendirse, apareció el paciente. Por el horizonte llegó su gran automóvil, y Freud, por supuesto, estaba furioso. Finalmen­te, el coche llegó hasta el porche, el judío salió y cuando entró en la consulta, Sigmund Freud estaba realmente furioso porque había llegado cincuenta segundos tarde. Freud le dijo: -Menos mal que he oído tu coche en el porche justo a la hora; de otro modo iba a empezar yo solo la sesión.

Es un chiste profesional. Sólo aquellos que están en la profesión del psicoanálisis lo enten­derán. Os lo tendré que explicar porque ningu­no de vosotros sois psicoanalistas. El chiste está en que Freud dijo: -Hubiera empezado incluso sin ti, sin el paciente. ¿Lo coges? Deja que sea más claro, hay que dejar a un lado los chistes. En algún momento, tengo que empezar.

Exactamente en el momento de decir «de acuerdo» lo diré; y no como Sigmund Freud, sino sabiendo completamente el chiste. A pesar de ello, no os puedo defraudar. Esto es sólo una nota introductoria; ahora podemos reto­mar la historia interminable.

Sí, es interminable. ¿Cómo puede acabarse antes de que yo acabe? Algún otro tendrá que escribir el epílogo. Yo no puedo escribirlo, dis­cúlpame, pero estoy preparando a mi gente: Devageet, Devaraj, Ashu..., lo hará esta trini­dad. Y recuerda, en mi trinidad hay una mujer que mantendrá a los dos tipos luchando para siempre. A pesar de todo, serán capaces de es­cribir el epílogo. Si no pueden hacerla, enton­ces Ashu puede dejarles luchar, y mientras tan­to escribirlo ella.

Esta mañana, dicho sea de paso, me he refe­rido a la palabra de Carl Gustav Jung «sincro­nicidad». No me gusta el hombre, pero me gusta la palabra que introdujo. Habría que otor­garle todo el mérito por eso. En ninguno otro idioma existe una palabra como «sincronicidad» porque es una palabra inventada, inventada por Carl Gustav Jung.

Pero todas las palabras son inventadas por una u otra persona, por eso no hay nada malo en inventar una palabra, particularmente si in­dica una experiencia que ha permanecido du­rante siglos sin etiquetar. Sólo por esta palabra, «sincronicidad», Jung debería de haber recibi­do el Premio Nobel, a pesar de que él sea una mediocridad. Pero hay tanta gente mediocre que ha recibido el Premio Nobel que si lo reci­be uno más, ¿qué hay de malo? Y también lo conceden a título póstumo; por eso, por favor, concedan a este pobre hombre, Carl Gustav Jung, un Premio Nobel. No estoy bromeando. Le estoy muy agradecido por esta palabra, por­que es esto lo que siempre ha eludido la com­prensión del intelecto humano.

Estaba hablándote sobre mi extraña amistad con Shambhu Babu. Era extraña por mu­chos motivos. Primero, era mayor que mi pa­dre, o quizá de la misma edad, aunque por lo que puedo recordar parecía más viejo, y yo sólo tenía nueve años. Ahora, ¿qué tipo de amistad era posible? Era un experto en leyes, con mu­cho éxito, no sólo en ese pequeño lugar, por­que había ejercido en el Tribunal Superior y en el Supremo. Era una de las autoridades más so­bresalientes en leyes. Y era amigo de un niño salvaje, sin reglas, indisciplinado e inculto. Me quedé asombrado cuando me dijo en nuestro primer encuentro: -Siéntate, por favor. No me esperaba que el vicepresidente se levantara para recibirme y me dijera: -Siéntate, por favor. -Siéntate tu primero -le dije-. Me da un poco de vergüenza sentarme antes que tú. Tú eres mayor, quizá mayor que mi padre.

-No te preocupes -me dijo-. Soy ami­go de tu padre. Pero relájate y dime a qué has venido.

-Te lo diré más tarde. Primero... -le dije. Me miró, le miré; y lo que transpiró en ese pe­queño fragmento de un momento se convirtió en mi primera pregunta. Le pregunté-: Antes que nada, dime qué es lo que acaba de pasar entre tus ojos y los míos.

     Él cerró los ojos. Tal vez pasaron diez minutos antes de que los volviera a abrir. -Perdóname -me dijo-, no lo sé, pero ha sucedido algo.

     Nos hicimos amigos; esto sucedió alrededor de 1940. Sólo después, varios años más tarde, justo un año antes de que muriera -él murió en 1960, después de veinte años de amistad, extraña amistad-, sólo después fui capaz de decirle que la palabra que había estado buscan­do había sido inventada por Carl Gustav Jung. Esa palabra era «sincronicidad»; eso es lo que había sucedido entre nosotros. Él lo sabía, yo lo sabía, pero faltaba la palabra.

La sincronicidad puede significar muchas cosas a la vez, es multidimensional. Puede significar un cierto sentimiento rítmico; puede significar lo que la gente siempre ha llamado amor; puede significar amistad; puede significar simplemente dos corazones latiendo juntos sin rima ni razón..., es un misterio. Sólo de vez en cuando encuentras a alguien con quien se ajustan las cosas; el rompecabezas desaparece. Todas las piezas que no encajaban de repente encajan espontáneamente.

Cuando le dije a mi abuela: -El vicepresidente de esta ciudad y yo nos hemos hecho amigos. Ella me dijo: -¿Quieres decir Pandit Shambhuratan Dube? -Parece que te sorprende un poco -le dije-. ¿Qué te pasa, Nani? Se le saltaron las lágrimas.

     -Entonces no tendrás muchos amigos en el mundo -me dijo-, por eso estoy preocu­pada. Si Shambhu Babu se ha hecho amigo tuyo no tendrás muchos amigos en este mundo. No sólo eso: quizá puedas tener amigos, porque eres joven, pero Shambhu Babu con seguridad no tendrá ningún otro amigo en el mundo, porque es demasiado viejo.

Una y otra vez mi abuela aparecerá en mi historia con sus tremendos vislumbres. Sí, ahora lo puedo ver. Recapitulando, puedo ver lo que ella había visto y por qué lloraba. Ahora sé que Shambhu Babu nunca tuvo ningún otro amigo; yo fui su único amigo.

Solía visitar mi pueblo de vez en cuando, quizá una vez al año o dos, no más de eso. Y cuanto más me iba involucrando en mi propia actividad, o también puedes llamarlo inactivi­dad..., mientras me iba involucrando cada vez más con los sannyasins, y el movimiento de meditación, mis visitas al pueblo se fueron ha­ciendo más escasas. De hecho, los últimos años antes de que él muriera, mis únicas visitas eran cuando pasaba en tren a través del pueblo.

El jefe de estación era uno de mis sannya­sins; por eso, por supuesto, el tren paraba tanto como yo quisiera. Ellos, y por «ellos» quiero decir, mi padre y mi madre, Shambhu Babu y muchos otros que me amaban, venían a la esta­ción. En eso consistía toda la visita: diez, vein­te, como mucho treinta minutos. El tren no podía retrasarse más tiempo porque tenían que venir otros trenes. Estaban esperando fuera de la estación.

Pero puedo entender su soledad. No tenía otros amigos. Me escribía una carta casi cada día, esto es muy raro, y no había nada que es­cribir. A veces me mandaba un papel en blanco dentro de un sobre. Yo entendía incluso eso. Se sentía muy solitario, y le hubiera gustado dis­frutar de mi compañía. Yo hacía todo lo posi­ble por estar allí mientras fuese práctico, por­que para mí era realmente una pesadez estar en aquel pueblo. Soportaba ese pueblo únicamen­te por él.

     Después de que murió raramente, muy raramente, iba allí. Ahora tenía una excusa, no podía ir porque me recordaba a Shambhu Babu. Pero realmente no tenía sentido ir. Cuando él estaba tenía un sentido. Él era un pequeño oasis en el desierto.

No tenía ningún miedo de todas las críticas que le hacían por mi causa. Estar asociado con­migo, incluso en aquellos días, no era algo bueno. Era peligroso.

-Vas a perder todo el respeto de la comu­nidad -le dijeron-, y es la comunidad la que te ha ascendido de vicepresidente a presidente.

-Tendrás que escoger, Shambhu Babu -le dije-, ser el presidente de este estúpido pueblo o ser mi amigo.

Renunció a la alcaldía y a la presidencia. No me dijo ni una sola palabra; simplemente escri­bió allí mismo su dimisión, delante de mí.

-Hay algo en ti que es indefinible, que me gusta -me dijo-. La presidencia de esta estú­pida ciudad no significa nada para mí. Estoy dispuesto a perderlo todo, si llega el caso. Sí, estoy dispuesto a perderlo todo.

Intentaron persuadirle para que no dimitie­ra, pero no se echó para atrás.

-Shambhu Babu -le dije-, sabes perfec­tamente bien que odio todas las presidencias, vi­cepresidencias, tanto si son municipales como nacionales. No te puedo pedir: «Anula tu dimi­sión», porque no podría cometer ese crimen. Si quieres anularla eres libre de hacerla.

-El sobre está cerrado -me dijo-. No tiene sentido el retroceder y estoy contento de que no hayas intentado convencerme.

Siguió siendo un hombre solitario. Tenía suficiente dinero para vivir como un hombre rico, por eso cuando renunció a la presidencia también renunció a la profesión de abogado.

-Tengo suficiente dinero, ¿por qué preo­cuparme? -me dijo-. ¿Y las leyes? Con todas esas legalidades y continuas mentiras en nom­bre de la verdad.

Abandonó su profesión. Ésas eran las cuali­dades que apreciaba en él. Sin pensárselo ni un momento, dimitió, y al día siguiente abando­nó el colegio de abogados. Por él tenía que visi­tar el pueblo de vez en cuando, o invitarlo a donde yo estuviera, para que pasara unos días conmigo. De vez en cuando solía venir.

     Era un hombre auténtico, sin ningún miedo a las consecuencias. Una vez me preguntó:

-¿Qué es lo que vas a hacer? Porque no creo que puedas seguir siendo profesor de la universidad durante mucho tiempo.

-Shambhu Babu -le dije-, nunca hago planes. Si dejo este trabajo supongo que me estará esperando algún otro trabajo. Si Dios... -y recuerda el «si», porque no era creyente, esa era otra cualidad que amaba en él. Él so­lía decir: «A menos que sepa, ¿cómo voy a creer?»

-Si Dios puede encontrar trabajo para todo tipo de gente -le dije-, animales, árboles, pienso que será capaz de encontrarme algún tipo de trabajo a mí también. Y si no puede encontrarlo es su problema, no el mío.

Se rió y dijo:

     -Sí, eso está muy bien. Sí, es su problema si existe, pero el asunto es éste: si no existe, ¿entonces qué?

- Tampoco veo ningún problema para mí -le dije-. Si no hay trabajo, puedo hacer una inspiración profunda y despedirme de esta existencia. Es prueba suficiente de que no soy necesario. Y si no soy necesario, entonces no quiero ser una carga para esta pobre existencia.

Si nuestras charlas pudieran ser recopiladas y todas nuestras discusiones pudieran ser re­producidas, constituirían unos diálogos mejo­res que los de Platón. Era un hombre muy ló­gico, tan lógico como yo ilógico, y esto era lo más incomprensible: que los dos éramos el único amigo mutuo que teníamos en la ciudad. Todo el mundo preguntaba: -Él es un lógico, tú eres totalmente ilógi­co. ¿Cuál es el puente entre los dos?

-Te resultará muy difícil entenderlo -le dije-, porque no eres ninguno de los dos. Su lógica le lleva a él hasta el mismo límite. Yo soy ilógico, no porque haya nacido ilógico, nadie nace ilógico; soy ilógico porque he visto la inuti­lidad de la lógica. Por eso puedo ir con él de acuerdo a su lógica y además, en un momento dado, adelantarle, y en ese momento él se asus­ta y se detiene. Y esto es lo que mantiene nues­tra amistad, porque él sabe que tiene que ir más allá de ese punto, y sabe que nadie más puede ayudarle. Todos vosotros, me refiero a la gente de esta ciudad, pensáis que él me está ayudando. Estáis equivocados. Se lo podéis preguntar. Yo le ayudo a él.

      Os sorprenderéis, pero un día unos cuantos fueron a su casa a preguntarle:      -¿Es verdad que este niño es una especie de guía para ti? -Con seguridad. No hay duda -respon­dió-. ¿Por qué me lo preguntáis a mí? ¿Por qué no le preguntáis a él? Vive en la puerta de al Iado de vuestra casa.

Su cualidad es casi insólita, y mi abuela te­nía razón cuando me dijo: -Me da miedo que Shambhu Babu no vaya a tener ningún amigo. Y -dijo ella- en lo que a ti respecta, mis miedos están ahí... Pero tú eres joven todavía; quizá puedas en­contrar algunos amigos.

Su visión era realmente clarísima. Te sor­prenderá saber que en toda mi vida no he tenido ni un solo amigo excepto Shambhu Babu. Si él no hubiera estado allí nunca hubiera sabido lo que significaba tener un amigo. Sí, he tenido muchos conocidos, en la escuela, en el colegio, en la universidad, había cientos. Podrías haber pensado que todos eran mis amigos, ellos po­drían haber pensado lo mismo, pero excepto este hombre, no he conocido ni una sola perso­na a la que pudiera llamar amigo.

     Trabar conocimiento con alguien es muy fácil; conocerse es muy normal. Pero la amis­tad no es parte del mundo ordinario. Te sor­prenderá saber que cuando me ponía enfermo, y estaba a cien kilómetros de la ciudad, inme­diatamente recibía una llamada de Shambhu Babu, muy preocupado. -¿Estás bien? -me preguntaba. -¿Qué pasa? -le decía-. ¿Por qué estás tan preocupado? Pareces enfermo. -No estoy enfermo, pero sentí que tú sí lo estabas -me decía-, y ahora sé que lo estás. No puedes disimulado.

Sucedió en muchas ocasiones. No os lo cree­réis, pero sólo por él tuve que poner un teléfo­no privado. Por supuesto había un teléfono para que mi secretario pudiera ocuparse de los preparativos alrededor del país. Pero tenía un teléfono secreto, privado, sólo para Shambhu Babu, de modo que pudiera llamar si se sentía preocupado incluso en mitad de la noche. Tomé incluso la decisión de que si no estaba en casa, sino viajando en algún lugar en India, y me ponía enfermo, le telefonearía sólo para de­cide: -Por favor, no te preocupes, porque estoy           enfermo. Esto es sincronicidad.

De alguna manera, existía una conexión muy profunda. El día que murió fui hacia él sin dudarlo. Ni siquiera pregunté. Simplemente, conduje hacia la ciudad. Nunca me gustó esa carretera, y me gusta conducir, pero esa carre­tera de Jabalpur a Gadarwara era realmente ¡una hija de puta! No encontrarás una carretera peor en ningún lugar. Nuestra carretera que conecta el rancho con Antelope es en comparación una autopista. ¿Cómo les llaman en Alemania? ¿Autobhan? -Sí, Osho.

      De acuerdo, si Devageet dice que está bien, entonces debe de estarlo. Nuestra carretera es una autobhan comparada con la carretera de la Universidad a la casa de Shambhu Babu. Corrí con una sensación en las entrañas.

Soy un conductor rápido. Me gusta la velo­cidad, pero en esa carretera no puedes ir a más de 30 kilómetros por hora; ése es el máximo posible, de modo que te puedes imaginar qué tipo de carretera debe de ser. Para cuando lle­gas, si no estás muerto ¡estás en un estado muy parecido! Sólo tiene una cosa buena: antes de entrar en la ciudad cruzas un río. Ésta es la gra­cia salvadora: te puedes dar un buen baño, puedes nadar durante media hora para refres­carte y darle a tu coche un buen baño también. Luego, cuando llegas a la ciudad, nadie se piensa que eres el espíritu santo.

Corrí. Nunca en mi vida he tenido tanta prisa. Ni incluso ahora, a pesar de que ahora debería de tener prisa porque el tiempo se me escapa de las manos y no está muy lejano el día que tenga que deciros adiós a todos vosotros, aunque me hubiera gustado quedarme un poco más. Nada está en mis manos excepto los brazos de este sillón, y puedes ver cómo me estoy agarrando a ellos, sintiéndolos, para comprobar si todavía estoy en el cuerpo. No hay que preocuparse..., todavía queda un poco de tiempo.

Ese día tuve que darme prisa, y se demostró que era verdad, porque si hubiese llegado unos minutos más tarde no habría vuelto a ver los ojos de Shambhu Babu. Quiero decir vivos, es decir, mirándome de la misma manera que me vieron esa primera vez. Quería ver esa primera mirada por última vez..., esa sincronicidad. y en esa media hora antes de morir no hubo nada excepto pura comunión. Le dije que po­día decir cualquier cosa que quisiera.

Él mandó salir a todo el mundo. Por su­puesto, se ofendieron. A su esposa e hijos y a sus hermanos no les gustó. Pero él lo dijo claramente:

-Os guste o no, quiero que todo el mund­o se vaya inmediatamente porque no me queda demasiado tiempo para desperdiciar.

     Naturalmente asustados, se fueron. Ambos nos echamos a reír.

     -Cualquier cosa que quieras decirme -le dije-, me la puedes decir.

-No tengo nada que decirte -me dijo-. Agárrame de las manos. Déjame sentirte. Llé­name de tu presencia. Te lo pido. No puedo ponerme de rodillas y postrarme a tus pies -siguió diciéndome-. No es que no me gustara hacerlo, es que mi cuerpo no está en condicio­nes de poder salir de la cama. No puedo ni moverme. Sólo me quedan unos pocos minu­tos más.

Pude ver que la muerte estaba casi en el umbral de su puerta. Le cogí de las manos y le dije algunas cosas que escuchó muy atenta­mente.

En mi infancia sólo he conocido dos perso­nas que me hicieron consciente de lo que quie­re decir realmente atención.

La primera, por supuesto, fue mi Nani. Me siento un poco triste al colocarla al lado de Shambhu Babu, porque su atención, aunque similar, poseía muchas más dimensiones. De hecho no debería haber dicho dos personas. Pero ya lo he dicho; ahora déjame que te lo ex­plique lo más claro posible.

Con mi Nani, todas las noches era casi un ritual, del mismo modo que todos vosotros me esperáis cada mañana y cada noche...

¿Sabéis que todas las mañanas me levanto y voy corriendo a mi aseo a darme un baño y pre­pararme porque sé que todo el mundo me está esperando? Hoy no me he tomado el desayuno porque sabía que os iba a retrasar a todos. He dormido un poco más de lo habitual. Todas las tardes sé que os debéis estar preparando, dán­doos una ducha, y en el momento que veo la luz en vuestra pequeña habitación sé que han llegado los diablos y que me tengo que dar prisa.

Y estáis ocupados todo el día. Tenéis el día completo. Podéis decir que soy un hombre completamente retirado, no cansado, retira­do... y no retirado por nadie. Ésta es mi mane­ra de vivir, vivir relajadamente, sin hacer nada de la mañana a la noche, de la noche a la ma­ñana. Manteniendo a todo el mundo ocupado sin ocupaciones, ése es todo mi trabajo. No creo que haya nadie en el mundo, que lo haya habido antes, o que lo vaya a haber después, que sea igual que yo, que no tenga ocupaciones de ningún tipo. Y todavía, sólo para mantenerme respirando necesito miles de sannyasins trabajando continuamente. ¿Te puedes imagi­nar un chiste más grande?

Justo hoy le estaba diciendo a Chetana que Vivek se ha ido de vacaciones. Después de diez años la pobre chica se lo merece. No es mucho pedir en diez años. Matemáticamente, es un día cada dos años. -Puedes irte contenta -le dije. Se ha ido a California. -Estaré feliz de que disfrutes estos pocos días -le dije. Le estaba diciendo a Chetana: -Quizá el próximo año yo también pueda ir unos días de vacaciones.

Pero el problema es que no puedo ir solo. Necesito a todo mi equipo de gente, no puedo prescindir de ellos. Mi equipo es mucho más grande que el del presidente de América. Es el equipo de un pobre hombre; tiene que ser más grande que el suyo. Y no el presidente de cual­quier país, sino del país más grande. ¿Por qué? Porque mi equipo no está compuesto de criados, está compuesto de mis amantes, y no puedo prescindir de ninguno de ellos.

Ése es el único problema, y se lo dije a Chetana. Pero ella estaba feliz. Estaba tan feliz que no pienso que ni siquiera le preocupara mi problema. Por supuesto, estaba feliz porque si mi equipo se va de vacaciones conmigo, entonces seguro que ella está allí. Y Chetana..., hubo un tiempo en el que yo solía hacer mi propia cola­da, pero, sin duda no estaba tan bien como la tuya. No puedo darte mejor recomendación que ésa porque, aunque lo hice lo mejor que pude, era algo que había que hacer y acabarlo cuanto antes. Para ti es una oración, es una his­toria de amor, no es sólo un trabajo que hay que cumplir. No creo que haya nadie en todo el mundo que tenga sus ropas mejor lavadas que las mías. Por eso Chetana estaba feliz pensando: -Genial, nos vamos todos de vacaciones. Pero tengo que llevarme tanta gente que Vi­vek tenía razón. Cuando nos íbamos de Puna hubo tantos preparativos, especialmente para ella, porque ella se tenía que preocupar de mi cuerpo, mi comida, y pequeños detalles como ésos. Creo que no pudo dormir en todo el tiempo, se ocupaba de que no nos dejásemos nada, y de que todo estuviera disponible durante el viaje, Vivek tenía razón cuando me dijo:

-Osho, eres como una gran montaña de oro que hay que transportar de un lugar a otro. -Es verdad, es exactamente así -le dije-. Sólo hay que recordar una cosa: esa montaña, aunque de oro, está viva y además consciente. Por eso tened mucho cuidado.

¿Puedes ver mi problema, Chetana? Ahora, si voy de vacaciones aunque sólo sea durante una semana, o un fin de semana, ¿cuánto ten­dréis que preparar? Tendremos que hacer todo exactamente igual que aquí, en la Casa de Lao Tzu, es una tarea enorme. Pero como os pusis­teis tan contentos he pensado que valdría la pena hacerla. Puedo hacer cualquier cosa para hacer feliz a una sola persona. Ésa ha sido la verdadera esencia de toda mi vida.

 

 

Sesión 23

 

Ahora, el trabajo que hago contigo..Te estaba contando sobre la relación que sucedió entre un niño de unos nueve años y un hombre mayor, de unos cin­cuenta. La diferencia de edad era grande, pero el amor puede trascender todas las barreras. Si puede suceder incluso entre un hombre y una mujer, ¿acaso hay alguna barrera mayor? Pero no lo es, y esta relación no puede ser descrita sólo como amor. Él podría haberme querido como a un hijo, o como a su nieto, pero no se trataba de esto.

Lo que sucedió fue amistad, y apúntalo: va­loro más la amistad que el amor. No hay nada por encima de la amigabilidad. Sé que te has debido de dar cuenta que no uso la palabra «amistad». La he estado usando hasta ayer, pero ahora es el momento de hablaros de algo más elevado que la amistad, la amigabilidad.

La amistad también puede ser limitadora, a su manera, como el amor. Puede ser también ce­losa, posesiva, con miedo de que se pueda per­der, y debido a ese miedo, hay mucha agonía y mucho esfuerzo. De hecho, la gente está luchan­do constantemente con aquellos que ama, es ex­traño, muy extraño..., increíblemente extraño.

La amigabilidad está por encima de todo lo que el hombre conoce y siente. Es como la fra­gancia del ser o, le podrías llamar, el floreci­miento del ser. Algo transpira entre dos almas y de repente hay dos cuerpos, pero un solo ser; eso es lo que llamo florecer. La amigabilidad es la liberación de todo lo pequeño y mediocre, de todo aquello con lo que estamos familiarizados, en realidad, demasiado familiarizados.

Puedo entender por qué mi Nani derramó lágrimas por el hecho de que fuese amigo de Shambhu Babu. Ella estaba en lo cierto cuan­do me dijo: -No estoy preocupada por Shambhu Babu, es bastante viejo y pronto se lo llevará la muerte.

Es extraño, pero murió antes que mi abue­la, exactamente diez años antes, y mi abuela era mayor que él.

Todavía estoy asombrado de la intuición de esa mujer. Ella había dicho: -No durará mucho; ¿qué será de ti des­pués? Mis lágrimas son por ti. Tú tienes que vivir una vida larga. No encontrarás mucha gen­te de la cualidad de Shambhu Babu. Por favor, no te formes un criterio en base a su amistad; de otro modo, tendrás que vivir una vida muy solitaria.

-Nani -le dije-, incluso Shambhu Babu está por debajo de mi criterio, o sea que no necesitas preocuparte. Voy a vivir mi vida de acuerdo a mi visión, no importa dónde me lleve, quizá a ningún lugar. Pero una cosa es se­gura -le dije-, estoy totalmente de acuerdo contigo en que no tendré muchos amigos.

Y fue verdad. En mis días de colegial no te­nía amigos. En mis días de bachillerato se creían que era un extraño. En la universidad, sí, la gente siempre me respetó, pero eso no es amis­tad, ni mucho menos amigabilidad. Es un ex­traño destino el haber sido respetado siempre desde mi juventud. Pero si mi Nani estuviera viva podría haber visto a mis amigos, mis san­nyasins. Habría visto miles de personas con las que estoy en sincronicidad. Pero ella ha muer­to; Shambhu Babu está muerto. El floreci­miento ha llegado en un momento en el que todos los que estaban realmente relacionados conmigo ya no están.

Ella tenía razón al decir que viviría una vida solitaria, pero a la vez se equivocaba, porque como el resto del mundo, pensaba que solitud y soledad son sinónimos; no lo son. No sólo no son sinónimos, son polos opuestos.

Solitud es un estado negativo. Cuando no puedes estar contigo mismo y mendigas la compañía del otro, eso es solitud. No habrá ninguna diferencia si encuentras compañía o no; seguirás sintiéndote solitario. En todos los casos del mundo puedes comprobar lo que te estoy diciendo. No puedo decir en cada hogar, digo en cada casa. Raramente existe un hogar. Un hogar es donde la solitud se ha transforma­do en soledad, no en algo gregario.

     La gente piensa que cuando dos personas están juntas se acaba su solitud. No es tan fácil. Tenlo en cuenta, no es tan fácil; en realidad, se convierte en algo más difícil. Cuando dos per­sonas solitarias se juntan, su solitud se multi­plica; no sólo se dobla, recuérdalo, es una mul­tiplicación, y muy fea. Es como un pulpo, una lucha continua con diferentes nombres, por di­ferentes razones. Pero si levantas todas estas tapaderas debajo no verás más que desnuda soli­tud. No es soledad. La soledad es el descubri­miento de uno mismo.

Muchas veces le dije a mi abuela que estar solo es el estado más hermoso que uno podría soñar. Ella se reía y decía:

-¡Cállate! Tonterías. Lo conozco. Vivo una vida solitaria. Tu Nana está muerto. Me engañó: murió sin avisarme de que se iba a morir. Murió sin decirme a dónde iba, y a qué. Me traicionó.

Estaba amargada con eso. Entonces me dijo: -Tú también te marchaste. Te fuiste a la universidad, y sólo me visitas una o dos veces al año. Me paso meses esperando a que regreses a casa dos días. Y ese par de días se acaban muy pronto. Tú no sabes lo que es solitud. Yo sí la conozco.

A pesar de que ella estaba llorando, me reí. Quería llorar con ella pero no pude. En vez de llorar, me reí. Ella dijo: ¡Fíjate! No me entiendes en absoluto. -Te entiendo -le dije-, por eso me río. Si­gues insistiendo una y otra vez en que solitud y soledad son lo mismo, y yo digo, clara y absoluta­mente, que no lo son. Y tendrás que entender la soledad si quieres dejar de sentirte solitaria. No puedes librarte de ello si sólo sientes pena de ti misma, y no continúes enfadada con el abuelo...

Ésta fue la única vez que defendí a mi Nana en contra de mi abuela. -¿Qué podía hacer él? Él no te ha traicio­nado, aunque te puedas sentir traicionada. Ése es otro tema. La muerte y la vida no están en las manos de nadie. Al morir se sintió tan im­potente como al nacer. .. y ¿te acuerdas de lo impotente que se sentía? Daba voces una y otra vez: «Para la rueda, Raja, ¿es que no puedes pa­rar la rueda?» En ese constante pedimos que detuviésemos la rueda, ¿qué es lo que estaba pi­diendo? Estaba pidiendo su libertad. Estaba diciendo: «No quiero volver a nacer en contra de mi voluntad, y no quiero morir en contra de mi voluntad.» Él quería ser. Quizá no era capaz de decirlo correctamente, pero así es como tra­duzco lo que dijo. Sólo quería ser, sin ninguna interferencia, sin estar obligado a nacer o a morir. Estaba en contra de esto. Sólo estaba pidiendo su libertad, y sabéis, la palabra india para lo esencial es moksha. Moksha significa «libertad completa». En ninguna otra lengua existe una palabra como moksha, no; sobre todo en inglés, por­que el inglés está totalmente dominado por el cristianismo

Precisamente el otro día recibí un álbum de fotos de uno de nuestros centros alemanes. El álbum está confeccionado con todas las fotos de ese hermoso lugar y de la ceremonia de su inauguración. Incluso el sacerdote cristiano de la iglesia cercana participó en la ceremonia. Me gustó lo que dijo: -Éstas son bellas personas. Les he visto trabajar más duro de lo que nadie trabaja hoy en día, y con tanta alegría que da gusto ver­los... pero están un poco locos.

Lo que dijo era correcto, pero cuando dijo «están un poco locos» no tenía razón. Sí, están un poco locos; mucho más de lo que él pueda imaginarse. Pero la razón por la que lo dijo era fea: el «porqué» no el «qué». Les llamaba locos porque creen que hay muchas vidas después de esta vida. Por eso les llama locos.

De hecho, si hay alguien que está loco, no es mi gente sino aquellos que piensan que mi gente está loca. Me reservo ese derecho para mí mismo. Les puedo llamar locos porque cuando lo digo, lo digo desde el amor y la comprensión. Para mí no es una palabra con­denatoria; para mí es un elogio. Todos los poe­tas están locos, todos los pintores están locos, todos los músicos y bailarines están locos; de lo contrario, no habría poetas, músicos ni pinto­res, y si esto es así con los pintores, los músicos y los bailarines, entonces ¿qué se puede decir de los místicos? Deben de ser los más locos. Y mis sannyasins llevan camino de ser los más lo­cos, porque no conozco otra manera de perma­necer cuerdo en un mundo tan loco.

Mi abuela tenía razón cuando me decía que no iba a tener amigos, y también tenía razón al decir que Shambhu Babu no tendría amigos. Respecto a Shambhu Babu estuvo totalmente en lo cierto; sobre mí, sólo hasta el momento en que comencé a iniciar a gente a sannyas. Ella sólo vivió unos días más después de que iniciara el primer grupo de sannyasins en los Himalayas. Había escogido especialmente la parte más bonita de los Himalayas, Kulu Ma­nali, «El valle de los dioses», como es llamado, y sin duda es el valle de los dioses. Es tan her­moso que uno no se lo puede creer, incluso cuando te encuentras en el mismo valle. Es in­creíblemente cierto. Escogí Kulu Manali para la primera iniciación de veintiún sannyasins.

Eso fue sólo unos días antes de que mi ma­dre..., mi abuela muriera. Perdonadme otra vez, porque sigo llamándole «madre» una y otra vez, y luego me corrijo. ¿Qué puedo ha­cer? La he conocido como mi madre. Toda mi vida he tratado de corregirlo y no he sido ca­paz. Todavía sigo sin llamar a mi madre, «ma­dre»; todavía le llamo bhabhi, no madre y bhabhi sólo significa «esposa del primogénito». Todos mis hermanos se ríen de mí. Me dicen:

-¿Por qué sigues llamando a tu madre bhabhi? Porque bhabhi significa esposa del her­mano mayor. Con toda seguridad, tu padre no es tu hermano mayor.

¿Pero qué puedo hacer? Conocí a mi abuela como mi madre desde mis primeros años, y esos primeros años son los más importantes de la vida. Es lo que los científicos llaman «hue­lla».

Cuando un pájaro sale del huevo y mira a su madre, esa primera mirada queda grabada en su memoria. Pero si el pájaro sale, y has qui­tado a su madre de en medio y la has reempla­zado con algo diferente, se produce una huella diferente.

Es así, en realidad, como se empezó a usar la palabra «huella». Un científico estaba traba­jando en lo que sucede cuando un pájaro rom­pe el cascarón. Apartó todo lo que había alre­dedor, pero se olvidó completamente de que él mismo estaba allí. El pájaro salió, miró alrede­dor y sólo pudo ver las botas del científico que estaba de pie mirando.

El pájaro se dirigió hacia las botas y muy amorosamente empezó a jugar con ellas. El científico se quedó maravillado pero más tarde tuvo un problema, porque el pájaro estaba continuamente llamando a su puerta, no por él, sino por sus botas. Tuvo que guardar las bo­tas cerca de la casa del pájaro. Y sucedió lo más extraño que te puedas imaginar: cuando el pá­jaro maduró, lo primero que hizo fue hacerle el amor a las botas. No pudo enamorarse de un pájaro hembra, y había muchas disponibles, pero él tenía un cierto tipo de «huella» de cómo debía ser su objeto de amor. Sólo podía amar a un hermoso par de botas.

     Viví con mi abuela durante años y pensaba que era mi madre. Y no fue una pérdida. Me habría gustado que fuese mi madre. Si mi ser tuviese alguna posibilidad de nacer de nuevo, aunque sé que no hay ninguna, la escogería a ella para ser mi madre. Estoy simplemente en­fatizando este punto. No existe ninguna posibilidad de que vuelva a nacer; la rueda se ha detenido hace mucho tiempo. Pero ella tenía razón cuando decía que no iba a tener amigos. No tuve amigos en el colegio ni en la escuela superior ni en el colegio universitario ni en la universidad. A pesar de que muchos se creye­ron que eran mis amigos, eran solamente ad­miradores, como mucho conocidos, o como máximo seguidores, pero nunca amigos.

     El día que comencé a iniciar, mi único mie­do era:      -¿Seré capaz de convertir algún día a mis seguidores en mis amigos?

     La noche anterior no pude dormir. No ha­cía más que pensar: -¿Cómo voy a conseguirlo? Un seguidor no tiene que ser un amigo.

     Esa noche, en Kulu Manali, en los Himala­yas, me dije a mí mismo: -No seas tan serio. Puedes conseguir cual­quier cosa, aunque no conozcas el ABC de la ciencia de dirigir. Me estoy acordando de un libro de Bern, “La revolución empresarial” Lo leí, no porque el título contuviera la palabra «revolución», sino porque contenía la palabra «empresarial». A pesar de que me gustaba el libro, estaba natu­ralmente decepcionado, porque no era lo que había estado buscando. Nunca fui capaz de di­rigir nada. Por eso, esa noche me reí.

Un hombre, no diré su nombre porque me traicionó y es mejor no mencionar a alguien que me ha traicionado y todavía vive, estaba durmiendo en mi habitación. Se despertó con mi risa y le dije:

     -No te preocupes. No puedo estar más loco de lo que ya estoy. Vete a dormir.

     -Pero -dijo él-, sólo una pregunta; si no, no podré dormirme: ¿de qué te reías?

     -Me estaba contando un chiste -le dije.

     Se rió y se fue a dormir, sin preguntar siquiera cuál había sido el chiste.

En ese mismo momento supe qué tipo de buscador era. De hecho vi, como un rayo de luz, que ese hombre no iba a estar conmigo mucho más tiempo. Por eso no le inicié a sannyas, a pesar de que insistió. Todo el mundo se extra­ñó, porque a otros les estaba insistiendo que «dieran el salto», y, sin embargo, me resistía a toda la persuasión de este hombre. Él quería dar el salto y yo le decía: «Por favor, espera.»

     Al cabo de dos meses, a todo el mundo le quedó claro por qué no le había dado sannyas. A los dos meses se había ido. El que se fuera no fue un problema, pero se convirtió en mi ene­migo. Ser mi enemigo es inconcebible para mí, sí, incluso para mí. No puedo entender cómo alguien puede ser mi enemigo. No le hecho daño a nadie en toda mi vida. No puedes en­contrar una criatura más inofensiva. ¿Por qué querría alguien ser mi enemigo? Debe de tener algo que ver con la persona misma. Me debe estar usando como una pantalla.

     Me hubiera gustado iniciar a mi abuela, pero ella estaba en el pueblo de Gadarwara. In­cluso intenté contactarla, pero Kulu Manali está a tres mil kilómetros de Gadarwara.

«Gadarwara» es un nombre curioso. Quería evitarlo, pero de todos modos tenía que llegar, de una forma u otra, de modo que es mejor terminar con ello. Quiere decir «la aldea del pastor»; es incluso más curioso, porque el lugar donde está enterrado Jesús en Cachemira se llama Pahalgam, que también quiere decir la aldea del pastor. En el caso de Pahalgam se puede entender, pero, ¿en el de mi aldea? Nunca he visto allí ninguna oveja, ni tampoco ningún pastor. Ni siquiera hay demasiados cristianos; de hecho, sólo hay uno. Te sorprenderás: es el sacerdote de una pequeña iglesia, y yo solía ser su único oyente. Una vez me preguntó: -Es extraño: tú no eres cristiano, enton­ces, ¿por qué vienes puntualmente, todos los domingo sin falta? Haya lluvia o tormenta -continuó-, tengo que venir porque creo que estarás esperando, y siempre estás aquí. ¿Por qué?

-No me conoces -le contesté-. Me gus­ta torturar a la gente, y disfruto mucho escu­chando cómo te torturas durante una hora, cuando dices cosas que, en realidad, no pien­sas, y no dices cosas que, en realidad, piensas. Vendría aunque se estuviese quemando toda la aldea. Puedes contar conmigo: seguiría estando aquí a la hora.

Por eso, seguramente los cristianos no tienen nada que ver con este pueblo. Aquí sólo vivía un cristiano, y su iglesia tampoco se podía decir que fuese una iglesia; sólo era una casita. Por su­puesto, encima habían colocado una cruz y de­bajo habían escrito: «Ésta es un iglesia cristiana.»Siempre me he preguntado por qué llamaban a ese pueblo la aldea de los pastores y cuando fui a la tumba de Jesús en Pahalgam, en Cachemira, la pregunta se hizo incluso más pertinente.

Casualmente, Pahalgam tiene casi la misma estructura que mi pueblo. Tal vez sea sólo una coincidencia. Cuando no puedes explicar algo dices:

-Quizá sólo sea una coincidencia. Pero yo no soy el tipo de persona que abandona algo tan fácilmente. En aquel momento, examiné el asunto tan profundamente como pude, pero ahora puedo examinado hasta donde quiera.

Gadarwara también fue visitado por Jesús, y a las afueras de la aldea está el lugar donde se quedó. Sus ruinas todavía son veneradas. Na­die recuerda el porqué. Hay una lápida conme­morativa en la que se dice que una vez un hombre llamado Isu visitó ese lugar y residió allí. Convirtió a la gente de aquella aldea y de los alrededores y después regresó a Pahalgam. El Instituto de Arqueología de la India ha colocado esa lápida por eso, no es muy antigua.

Tuve que trabajar mucho sólo para poder limpiar la piedra. Fue muy difícil porque nadie se había ocupado de ella. La piedra estaba den­tro de un pequeño palacio. El palacio ya no era habitable, e incluso entrar era peligroso. Mi abuela solía intentar impedirme que entrara porque podía derrumbarse en cualquier mo­mento. Tenía razón. Bastaba un poco de viento para que las paredes empezaran a moverse. La última vez que lo vi se había derrumbado. Eso sucedió cuando fui a Gadarwara al funeral de mi abuela. También fui a presentar mis respe­tos a ese lugar en donde una vez había vivido un hombre llamado Isu.

Isu, con certeza, no es otra cosa que otra versión del arameo Yeshu, que viene del hebreo Joshua. En hindi Jesús es llamado Isa, y amoro­samente, Isu. Quizá uno de los hombres a quien más amo estuvo allí, en esa aldea. Sólo la idea de que Jesús también ha caminado a tra­vés de esas calles era muy estimulante era un éxtasis enorme. Esto sólo lo digo de paso. No puedo demostrar históricamente si es o no es así. Pero si me lo preguntas en secreto, te pue­do susurrar al oído: -Sí, es verdad. Pero por favor no me pre­guntes más...

 

 

Sesión 24

 

Os estaba diciendo que la amistad es un valor superior al amor. Nadie lo ha dicho con anterioridad. Y también dije que la amigabilidad está incluso por enci­ma de la amistad. Nadie lo había mencionado. Con mucho gusto lo explicaré.

El amor, por muy hermoso que sea, perma­nece apegado a la tierra. Es algo parecido a las raíces de un árbol. El amor trata de alzarse por encima de la tierra, y todo lo que esto implica -el cuerpo- pero fracasa una y otra vez. No es una sorpresa que la gente diga que alguien ha «caído enamorado». Esta frase existe en to­das los idiomas, según tengo entendido.

He tratado de indagar en este asunto pre­guntando a mucha gente de diferentes países. He escrito a todas las embajadas preguntando si tienen una frase en su idioma que sea exactamente el equivalente a «caer enamorado». Todos respondieron: -Por supuesto, y cuando pregunté: -¿Tenéis una frase o algo similar a lo que yo llamo «ascender en amor»? -o bien se rieron, o sonrieron, o se pusieron a hablar de otra cosa. Si les había preguntado por carta, nunca me contestaron. Con seguridad, nadie contesta a un loco que pregunta:-¿Existe una expresión en su idioma para «ascender en amor»?

Ningún idioma tiene ese tipo de expresión, y no puede ser sólo una coincidencia. En un idioma vale, incluso en dos, pero no puede ser una coincidencia en tres mil idiomas. No es una casualidad que todos los idiomas hayan cons­pirado juntos para hacer una frase de tres mil modos distintos, significando siempre «caer enamorado». No, la razón es que el amor es bá­sicamente de la tierra. Puede brincar un poco, o mejor, lo puedes llamar ftoting...

He escuchado que está de moda el ftoting, especialmente en América, y hasta tal punto, que precisamente la otra noche recibí un regalo de una señora a la que le gustan mucho mis li­bros. Me envió un chándal. ¡Qué gran idea! Me encantó. Le dije a Chetana: -Lávalo, y lo usaré. -¿Vas a hacer ftotting? -me preguntó.               -¡Mientras duermo! -le dije-. Lo usaré como pijama, y dicho sea de paso, probablemente debes saber que todos mis pijamas ya son ropa de ftoting. Me gustan, porque puedo hacer ftot­ting y ejercicio mientras duermo, o luchar como Mohamed Ali el grande, y hacer todo tipo de cosas; pero sólo en sueños, bajo la man­ta, completamente en privado.

Te estaba diciendo que el amor, de vez en cuando, salta y se siente como si estuviera libre de esta tierra; pero la tierra lo conoce mejor: pronto vuelve de golpe a su sentido común, si no es con los huesos rotos. El amor no puede volar. Es un pavo real, con hermosas plumas, pero no lo olvides, no pueden volar. Sí, un pavo sí puede hacer ftoting. . .

El amor es muy terrenal. La amistad es un poquito más elevada; tiene alas, no sólo plumas, sino que tiene alas como las de un loro. ¿Sabes cómo vuelan los loros? Van de un árbol a otro, o quizá de un jardín a otro, de un bos­quecillo a otro, pero no vuelan hacia las estre­llas. No son grandes voladores. La amigabilidad es el valor más elevado, porque la amigabilidad no está sujeta a la fuerza de la gravedad. Sólo es levitación, si me dejas que use esta palabra. No sé si los eruditos del inglés me permitirán usar el término «levitación»; sólo quiere decir «en contra de la gravedad». La gravitación tira ha­cia abajo, la levitación tira hacia arriba. Y, ¿a quién le importan los eruditos? Son muy gra­ves, ya están en sus tumbas.

La amigabilidad es una gaviota. Sí, como Juan Sebastián, asciende por encima de las nu­bes. Esto es sólo para conectar con lo que os es­taba diciendo...

Mi abuela lloró porque pensó que no ten­dría amigos. En cierto sentido tenía razón y en cierto sentido estaba equivocada. Tenía razón en lo que se refiere a mis días en la escuela, el colegio y la universidad; pero se equivocaba en lo que se refiere a mí, porque incluso en mis días de colegio, aunque no tuve amigos en el sentido ordinario, tuve amigos en un sentido extraordinario. Ya te he hablado de Shambhu Babu. Te he hablado de Nani. De hecho, esas dos personas me echaron a perder, y me echa­ron a perder de tal forma que ahora ya no ten­go remedio. ¿Cuál fue su estrategia?

Mi Nani va primero, también en el tiempo; era muy atenta conmigo. Escuchaba todas mis tonterías, mis cotilleos, con una atención tan arrebatada, que incluso yo me creí que debía de estar diciendo la verdad.

El segundo fue Shambhu Babu. Él tambien me escuchaba sin parpadear. Nunca he visto a nadie escucharme sin mover los párpados; en realidad sólo conozco a otra persona, y ésa soy yo. No puedo ver una película por la sencilla razón que se me olvida parpadear. No puedo hacer dos cosas a la vez, especialmente si son tan divergentes como mirar una película y par­padear. Incluso ahora, me es imposible. No veo películas porque dos horas sin parpadear me producen dolor de cabeza y me cansan los ojos, se me cansan tanto que no pueden ni dormir. Sí, el cansancio puede ser tan grande que hasta dormir parece ser demasiado esfuerzo. Pero Shambhu Babu solía escucharme sin parpa­dear. De vez en cuando le decía: -Shambhu Babu, por favor, parpadea. Si no parpadeas dejaré de hablar. En seguida parpadeaba rápidamente dos o tres veces y decía:    -De acuerdo, ahora continúa y no me molestes.

Bertrand Russell escribió una vez que llega­ría un momento en el que el psicoanálisis se convertiría en una gran profesión. ¿Por qué? Porque son las únicas personas que escuchan atentamente, y todo el mundo necesita a al­guien que le escuche, al menos de vez en cuan­do. Pero pagar a un psicoanalista para que te escuche..., sólo piensa lo absurdo que es, ¡pagar a alguien para que te escuche! Por supuesto, real­mente no te está escuchando, está fingiendo. Por eso fui la primera persona en India que pi­dió a la gente que pagase por escucharme. Es justo lo opuesto del psicoanálisis, y tiene senti­do. Si quieres entenderme tendrás que pagar. Y en Occidente, la gente está pagando simple­mente para que le escuchen.

Sigmund Freud, siendo un perfecto judío, creó uno de los inventos más grandes del mun­do, el diván del psicoanálisis. Es realmente una gran invención. El pobre paciente se tumba en el diván, como yo aquí; pero el problema es que yo no soy el paciente.

El paciente está tomando apuntes: se llama doctor Devageet. Le llaman doctor, pero no es como Sigmund Freud. No está aquí ejerciendo de médico. Extrañamente -conmigo todo es diferente-, el médico está tumbado en el di­ván, y el paciente está sentado en el asiento del médico. Mi propio médico está sentado aquí, a mis pies. ¿Has visto alguna vez un médico sen­tado a los pies de su paciente?

Éste es un mundo totalmente diferente. Conmigo todo está cabeza arriba. No puedo decir cabeza abajo.

No soy el paciente, aunque soy muy pacien­te; y mis médicos no son médicos, a pesar de que están perfectamente cualificados como médicos. Son mis sannyasins, mis amigos. Os estoy hablando de esto, de lo que puede hacer la amigabilidad; un milagro. Es una alquimia. El paciente se convierte en médico, e! médico se convierte en paciente; esto es alquimia.

El amor no puede hacerla. El amor, aunque bueno, no es suficiente. Comer mucho, incluso de algo bueno, es malo para ti; te producirá diarrea, o espasmos en el estómago, o cualquier otra cosa. El amor puede hacer de todo, excepto ir más allá de sí mismo. Cada vez desciende más. Se hace quisquilloso, quejumbroso, peleón. Todo amor, llevado hasta su lógico final, acaba, sin remedio, en divorcio. Si no lo llevas con lógica, eso es otro asunto; entonces te quedas atascado. Ver a una persona atascada es muy desagradable; deberías hacer algo al respecto. Pero si intentas hacer algo por los que están atascados, ambos lu­charán encarnizadamente en tu contra.

Recuerdo que sólo hace dos semanas vino un amigo de Antonio desde Inglaterra para tomar sannyas, y ya sabéis cómo son los caballe­ros ingleses, estaba atascado, como decís voso­tros, hasta el cuello. No se veía nada de él, esta­ba completamente hundido en el barro. Sólo se le veían algunos pelos, unos pocos, porque era calvo como yo. Si hubiera sido completa­mente calvo habría sido mucho mejor; por lo menos nadie lo habría notado. Traté de resca­tarle, pero ¿cómo puedes tirar de un hombre al que sólo le asoman unos pocos pelos fuera de! barro? Tengo mis propios métodos.

Le pedí a Antonio y a Uttama que le ayudaran.

-Se quiere separar de su mujer -me dije­ron. También conocía a su mujer, porque ella había insistido que tenía que estar presente cuando él tomara sannyas. Quería ver cómo le hipnotizaba. Le permití que estuviera presente porque aquí no se practica la hipnosis. De hecho ella misma se interesó. También le invité, diciendo:

-¿Por qué no te haces sannyasin?

-Me lo pensaré -me dijo.

-Mi principio es «salta antes de pensar» -le dije yo-, pero no te puedo ayudar, así que piénsatelo. Si todavía estoy por aquí cuan­do te hayas decidido, estaré dispuesto a ayudarte.

Pero le dije a Antonio y a Uttama -ambos son sannyasins, y son de los pocos que real­mente están muy cerca de mí- que ayudaran a su amigo. Les dije que hicieran todos los pre­parativos para que la esposa y el niño no se sin­tieran perplejos sin saber qué hacer, pero que espiritualmente su marido no debería sufrir más. Aunque tenga que dejarle todo a su mu­jer, que así sea. Yo sólo soy suficiente para él.

He visto al hombre, y he visto su belleza. Él tenía una cualidad muy simple, como un niño, la misma fragancia que te encuentras cuando llueve por vez primera y la tierra se alegra; la fragancia y la alegría. Estaba feliz de ser sannyasin.

Precisamente el otro día recibí un mensaje suyo diciéndome que está durmiendo todo el día, sólo por miedo a su esposa. No quiere des­pertar. En el momento que se despierta de nuevo toma píldoras para dormir. Le dije a An­tonio que le dijera que dormir no le va a ayu­dar nada. Podría incluso matarle, pero no le va a ayudar a él, ni tampoco a su esposa. Tiene que enfrentar la verdad.

Muy poca gente encara el hecho de que lo que llaman amor sólo es biológico, y que el no­venta y nueve por ciento del amor es biológico. La amistad es psicológica en un noventa y nue­ve por ciento; la amigabilidad es espiritual en un noventa y nueve por ciento. El uno por ciento que queda en el amor es para la amistad; el uno por ciento que queda en la amistad es para la amigabilidad. Y ese uno por ciento que queda en la amigabilidad es sólo para aquello que no tiene nombre. De hecho, los Upanis­hads lo han llamado exactamente: «Tattvamasi, eres eso.» Tat..., ¿cómo lo voy a llamar? No, no le voy a dar ningún nombre. Todos los nom­bres han traicionado al hombre. Todos los nombres, sin excepción, han demostrado ser enemigos del hombre, por eso no quiero darle un nombre.

Solamente lo señalo con el dedo. Y le dé un nombre o no se lo dé, no tiene nombre. Es anónimo. Todos los nombres son invenciones nuestras. ¿Cuándo vamos a entender una cosa tan sencilla? Una rosa es una rosa es una rosa; la llames como la llames, no hay ninguna diferencia porque incluso la palabra «rosa» no es su nombre. Simplemente está allí. Cuando dejas de usar el idioma entre tú y la existencia, de re­pente sucede la explosión..., ¡el éxtasis!

El amor te puede ayudar, por eso no estoy en contra del amor. Eso sería como estar en contra de usar una escalera. No, una escalera es útil, pero camina con cuidado, especialmente en una escalera vieja. Y recuerda: el amor es lo más viejo. Adán y Eva se cayeron de él; pero no había necesidad de caer, ninguna necesidad, en serio. Si hubiesen escogido, y de vez en cuan­do, uno también quiere caerse, entonces es tu elección. Pero caer libremente es una cosa, y caer como un castigo es completamente diferente.

Si fuera a escribir de nuevo la Biblia..., no haría una cosa tan estúpida, creedme. Estoy di­ciendo si fuera a escribirla, entonces haría caer a Adán y Eva, no como un castigo sino como una elección, una elección libre.

¿Qué hora es?

-Las ocho y cinco, Osho.

Qué bien, porque ni siquiera he empezado.

Empezar lleva mucho tiempo.

El amor está bien, sólo está bien, pero eso no es suficiente, no es suficiente para darte alas. Para eso se necesita la amistad, y el amor no lo permite. El llamado amor, quiero decir, le tiene mucho miedo a la amistad. Le tiene mucho miedo a la amistad porque cualquier cosa más elevada representa un peligro, y la amistad es más elevada.

Cuando puedes disfrutar por primera vez de la amistad de un hombre o de una mujer, entonces te das cuenta de que el amor es un engaño, una superchería. ¡Ay!, entonces te das cuenta del tiempo que has perdido. Pero la amistad sólo es un puente. Uno debería pasar por encima; uno no debería de empezar a vivir en él. Un puente no está hecho para vivir en él. Este puente te lleva a la amigabilidad.

La amigabilidad es pura fragancia. Si el amor es la raíz, y la amistad es la flor, entonces la amigabilidad es la fragancia, invisible a la vista. Ni siquiera puedes tocarla; no puedes su­jetarla con la mano, especialmente si quieres guardártela en un puño. Sí, puedes tenerla en la mano abierta, pero no en la mano cerrada.

La amigabilidad es casi lo que los místicos, en el pasado, han llamado oración. No lo quie­ro llamar oración por la sencilla razón de que esta palabra está asociada con la gente equivo­cada. Es una palabra hermosa, pero el estar en mala compañía contamina; comienzas a pensar en tu compañía. En el momento que dices «oración», todo el mundo se pone en estado de alerta, se asusta, presta atención, como si un general llamara a sus soldados al orden, y todos de repente se hubieran convertido en estatuas.

¿Qué sucede cuando alguien menciona una palabra como «oración», «dios» o «cielo»? ¿Por qué te cierras? No te estoy censurando, simple­mente te estoy diciendo, o mejor dicho estoy llamando tu atención, de cómo esas hermosas palabras han sido ensuciadas inmensamente por los llamados «santos». Ellos han realizado un trabajo tan poco sagrado, que no puedo perdonarlos.

Jesús dijo «Perdona a tus enemigos» -eso puedo hacerlo- pero no dice: «Perdona a tus sacerdotes.» Y aunque lo dijese, yo le diría: ¡Cállate! No puedo perdonar a tus sacerdotes. No puedo ni perdonarlos ni olvidarlos, porque si los olvido, entonces, ¿quién los va a demoler? y si les perdono, entonces, ¿quién va a deshacer lo que han hecho a la humanidad? ¡No, Jesús, no! A los enemigos los puedo entender. Sí, deben ser perdonados, no entienden lo que están haciendo. ¿Pero a los sacerdotes? Por favor, no me digas que no saben lo que están haciendo. Saben exactamente qué están haciendo. Eso es lo que no puedo perdonar ni olvidar. Tengo que combatirlo hasta mi último aliento.»

El amor te posee; es un paso, pero sólo es amor si te lleva hacia la amistad. Si no te lleva hacia la amistad, entonces es deseo, no amor. Si te lleva a la amistad, agradéceselo, pero no le permitas que traspase los límites de tu libertad. Sí, te ha ayudado; eso no significa que ahora además te tenga que limitar. No cargues con la barca a tus espaldas únicamente porque te ha llevado hasta la otra orilla.

¡No seas tonto! Quiero decir -perdóname, Devageet, esa palabra la tengo reservada para ti-, quiero decir, no seas idiota. Pero me sigo olvidando. Una y otra vez. Una y otra vez uso la palabra equivocada «tonto» para otros, cuan­do esa palabra es especial para Devageet. Parti­cularmente en esta Arca de Noé. Es el nombre que le he puesto a esta sala.

El amor es bueno. Trasciéndelo, porque te puede llevar a algo mejor: la amistad. Y cuando dos amantes se hacen amigos, es un fenómeno inusual. Uno quiere llorar de alegría, o cele­brar, o si uno es músico, tocar la guitarra, o si uno es un poeta, entonces escribir un haiku, un rubaiyat. Pero si uno no es ni músico ni poeta todavía puede bailar, pintar, sentarse en silen­cio y mirar al cielo. ¿Qué más se puede hacer? La existencia ya lo ha hecho.

Ashu, vuelve a mirar la hora...

-Las ocho y veinticinco, Osho.

Mira tu reloj.

-Las ocho y veintisiete, Osho.

¿Las ocho y veintisiete? Fíjate, soy un judío.

Aún ahorré algunos minutos. Me fío de tu reloj, pero hablaré unos minutos más.

Del amor a la amistad y de la amistad a la amigabilidad; se puede decir que en eso consiste toda mi religión. La amistad es de nuevo un «navío», un navío de relaciones, una cierta atadu­ra. . ., muy sutil, más sutil que el amor, pero está allí; y además con todos los celos y enfermedades del amor. Han aparecido de una forma muy su­til. Pero la amigabilidad es estar libre del otro; por eso no se trata de una relación.

El amor es hacia el otro, como la amistad. La amigabilidad es únicamente una expansión de tu corazón hacia la existencia. De repente, en un momento determinado, podrías estar abriéndote a un hombre, a una mujer, a un ár­bol, a una estrella..., al principio no puedes abrirte a toda la existencia. Por supuesto, al fi­nal, tienes que abrir tu corazón a la totalidad, simultáneamente, sin dirigirlo a nadie en parti­cular. Ése es el momento..., vamos a llamado el momento.

Olvidemos las palabras iluminación, budeidad, conciencia crística, llamémoslo simplemente:

                           EL MOMENTO.

Escríbelo en mayúsculas.

Ha estado muy bien. Sé que nos queda tiempo, pero ha sido tan hermoso, y con las cosas hermosas nunca hay que pedir más. Ese «más» es destructivo.

 

 

 

 

Sesión 25

 

De acuerdo. Estaba citando a Bertrand Russell; esta cita nos viene como anillo al dedo. Dice: «Más pronto o más tarde, todo el mundo necesitará del psicoanálisis, por la dificultad que hay para encontrar a alguien que te escuche, que te pres­te atención.»

La atención es una necesidad tal que en el peor de los casos, uno puede llegar a pagar por ello, y así al menos tener el placer de que al­guien le escuche atentamente. El oyente podría haberse tapado los oídos con lana, pero ése es otro asunto. Ningún psicoanalista puede escu­char todas esas tonterías día tras día. Además, él mismo necesita que alguien le escuche.

Te sorprenderá saber que los psicoanalistas acuden unos a otros. Por supuesto, no se cobran entre ellos por cortesía profesional, pero surge una gran necesidad de deshacer, descar­gar, simplemente decir todo lo que les viene a la mente y no seguir acumulándolo, porque esos montones les torturan.

Cito a Bertrand Russell como un eslabón. Lo he llamado anillo sólo para poder continuar mi historia. El mismo Bertrand Russell, aun­que vivió una larga vida, nunca llegó a saber qué era la vida. Pero a veces, las palabras de aquellos que no han conocido pueden ser usa­das significativamente por aquellos que pue­den ver. Ellos pueden colocar esas palabras en un contexto apropiado.

Podrías no haberte encontrado con esta cita porque aparece en un libro que no lee nadie. Ni siquiera te creerías que lo escribió Bertrand Russell. Es un libro de relatos cortos. Ha escri­to cientos de libros, muchos muy conocidos, muy leídos y reconocidos, pero este libro se sale de lo común en el sentido de que es sólo una colección de historias cortas, y él era muy reacio a publicarlo. No era un autor de relatos cortos, y sus historias lo son, por supuesto de tercera clase, pero de vez en cuando en esas his­torias de tercera categoría uno se encuentra con una frase que sólo Bertrand Russell podría haber escrito. Esta cita es de ese libro.

Me gustan los cuentos, y todo esto empezó con mi Nani. A ella también le gustaban los cuentos. No es que saliera contarme cuentos; todo lo contrario, ella solía provocarme para que se los contara yo, todo tipo de historias y cotilleos. Me escuchaba tan atentamente que me convirtió en un narrador de cuentos. Sólo por ella encontraba algo interesante, porque se pasaba todo el día esperando para escuchar mi historia. Si no había podido encontrar nada, entonces me lo inventaba. Ella es responsable: todo el mérito o la culpa, como quieras llamar­lo, le corresponde a ella. He inventado historias para contárselas para que no se sintiera contra­riada, y te puedo asegurar que me convertí en un narrador de historias de éxito sólo debido a ella.

Comencé a ganar competiciones cuando sólo era un niño en la escuela primaria, y eso continuó así hasta el final, cuando dejé la uni­versidad. Gané tantos premios, medallas, co­pas, escudos y qué se yo, que mi abuela se con­virtió en una jovencita de nuevo. Siempre que traía a alguien para enseñarle mis premios y trofeos dejaba de ser una mujer mayor y se convertía en una joven otra vez. Su casa se con­virtió casi en un museo porque le fui mandan­do mis premios. Hasta la escuela superior, por supuesto, vivía casi siempre en su casa. Sola­mente por cortesía solía visitar la casa de mis padres durante el día; pero la noche era para ella, porque era el momento de contar cuentos.

Todavía puedo verme junto a su cama, con ella escuchando muy atentamente lo que esta­ba diciendo. Ella absorbía cada palabra que yo pronunciaba como si fuera de un inmenso va­lor. Y se convertían en valiosas sólo porque ella las tomó en su interior con ese amor y respeto. Cuando llamaba a mi puerta sólo era un men­digo, pero cuando entraba en su casa ya no era la misma persona. En el momento que me lla­maba, diciendo:

-¡Raja! Ahora cuéntame qué te ha pasado hoy; todo. Prométeme que no te vas a guardar nada en absoluto -el mendigo dejaba caer todo lo que le hacía parecer un mendigo; ahora era el rey. Cada día tenía que prometérselo, a pesar de que le contaba todo lo que había suce­dido, ella insistía:

     -Cuéntame algo más -o-: cuéntamelo otra vez.

     Le dije muchas veces:

     -Me vas a malcriar; ambos, tú y Shambhu Babu me estáis malcriando para siempre.

Y realmente hicieron bien su trabajo. Junté cientos de trofeos. No había ni una sola escuela superior en todo el estado en donde no hubiera hablado y ganado, excepto una. Sólo en una no había sido el ganador, y el motivo era simple. Todo el mundo estaba asombrado, incluso la chica que ganó, porque -me dijo- es imposi­ble pensar que te pueda ganar.

Todo el hall -y debía de haber por lo me­nos dos mil estudiantes- se llenó con un gran murmullo, y todo el mundo estuvo diciendo que era injusto, incluso el director que estaba presidiendo la contienda. Perder esa copa se convirtió en algo muy significan te para mí; de hecho, si no la hubiera perdido, habría tenido un gran problema. De eso os hablaré cuando llegue el momento.

El director me llamó y me dijo:

-Lo siento, sin ninguna duda eres el ganador -y me dio su propio reloj diciendo-: esto es mucho más valioso que la copa que se le ha dado a esa joven.

Y realmente lo era. Era un reloj de oro. He recibido miles de relojes, pero nunca he recibido uno tan bonito; era realmente una obra maestra. Ese director estaba muy interesado en cosas raras, y su reloj era una pieza rara. Todavía lo estoy viendo.

He recibido muchos relojes, pero los he ol­vidado. Uno de eso relojes está comportándose de una manera extraña. Cuando lo necesito, se para. Todo el tiempo funciona perfectamente; sólo se para por la noche entre las tres y las cinco. ¿No es eso un comportamiento extraño? Porque es el único momento en el que a veces me despierto; es sólo una vieja costumbre. Lo he hecho durante tantos años que incluso si no me levanto tengo que dar una vuelta en la cama antes de volverme a dormir. Ése es el mo­mento en el que tengo que mirar si realmente tengo que levantarme o puedo dormir un poco más, extrañamente, entonces es cuando se de­tiene el reloj.

Hoy se ha parado exactamente a las cuatro. Lo miré y me volví a dormir; las cuatro es de­masiado pronto. Después de dormir durante por lo menos una hora, miré de nuevo el reloj: eran todavía las cuatro. Me dije a mí mismo:

-Genial, esta noche no se va a acabar nunca.

Me volví a dormir otra vez, sin pensar; ya me conocéis, no soy un pensador; sin pensar que se podría haber parado el reloj. Pensé:

-Esta noche parece ser la última. Puedo dormir para siempre. ¡Genial! ¡Fantástico! y me sentí tan bien porque nunca se iba a acabar, que otra vez me quedé dormido. Des­pués de dos horas miré de nuevo el reloj, ¡y to­davía eran las cuatro!

-¡Genial! -me dije-. No sólo la noche es larga, ¡sino que incluso el tiempo se ha pa­rado!

El director me dio su reloj y me dijo: -Perdóname, porque sin duda eres el ga­nador, y debo decirte que el hombre que era el juez está enamorado de la joven que ganó el premio. Es tonto. Lo digo aunque sea uno de mis profesores y un colega. Ésta es la última gota. Lo voy a expulsar ahora mismo. Éste es el final de su trabajo en este colegio. Esto es de­masiado. Yo estaba en la silla presidencial y se ha reído todo el auditorio. Parece que todo el mundo sabía que la joven ni siquiera era capaz de hablar, y creo que nadie excepto su amante, el profesor, ha podido entender lo que estaba diciendo. Pero tú sabes, el amor es ciego.

-Absolutamente correcto -le dije-, el amor es ciego. Pero ¿por qué has escogido a una persona ciega para ser el juez, especialmente cuando competía su amiga? Voy a exponer toda la situación.

Y la expuse en los periódicos, contándoles toda la historia, y creó realmente un gran pro­blema para el pobre profesor, tanto que su his­toria de amor terminó. Perdió todo, su puesto, su reputación y la chica por cuyo amor había arriesgado todo, lo perdió todo. Todavía está vivo. Una vez, ya de viejo, me vino a ver y me confesó:

-Lo siento, realmente hice algo equivoca­do, pero nunca pensé que iba a pasar todo esto.

-Nadie sabe lo que una acción corriente va a traer al mundo -le dije-. Y no lo sientas por mí. Perdiste tu trabajo y a tu amada. ¿Qué es lo que perdí yo? Nada de nada, sólo un tro­feo más, y tengo tantos que no me importa.

De hecho la casa de mi abuela se había convertido, poco a poco, en un museo para mis trofeos, copas y medallas. Pero ella estaba muy feliz, inmensamente feliz. Era una casa pequeña para estar repleta de toda esta basura, pero ella estaba feliz de que le siguiera mandando todos mis premios, desde el colegio y desde la universidad. Seguí mandándoselos sin parar, y cada año ganaba una docena de copas, bien por un debate en elocuencia o una competición contando cuentos.

Pero te diré una cosa: ambos, ella y Shambhu Babu me malcriaron por estar tan atentos. Me enseñaron, sin enseñarme, el arte de hablar. Cuando alguien te escucha tan atentamente, tú inmediatamente empiezas a decir algo que no habías planeado ni siquiera imaginado; simplemente fluye. Es como si la atención se volviera magnética y atrajera aquello que está oculto en ti.

Mi propia experiencia es que este mundo no se volverá un lugar hermoso para vivir a menos que todo el mundo aprenda a estar atento. En este momento nadie está atento. In­cluso cuando la gente está mostrando que está escuchando; no está escuchando, está haciendo mil y una cosas. Son hipócritas, sólo aparen­tan..., pero no de la manera que un oyente atento debería hacerla, totalmente atento, úni­camente atención y nada más, abierto. La aten­ción es una cualidad femenina, y todo el mun­do que conoce el arte de la atención, de estar atento, se vuelve de alguna manera muy feme­nino, muy frágil, suave; tan suave que lo po­drías rascar sólo con tus uñas.

Mi Nani estaba todo el día esperando el mo­mento en que regresaba a casa para contarle his­torias. Y te sorprenderá cómo, sin saberlo, me preparó para el trabajo que iba a hacer. Fue ella la primera que escuchó muchas de las historias que os he contado, Fue ella a quien le pude con­tar cualquier tontería sin ningún miedo.

La otra persona, Shambhu Babu, era total­mente diferente a mi Nani. Mi Nani era muy intuitiva, pero no intelectual. Shambhu Babu era también muy intuitivo, pero además era un intelectual. Era un intelectual de primera cate­goría. Me he encontrado con muchos intelec­tuales, algunos famosos y otros más famosos, pero ninguno de ellos se acercaba a Shambhu Babu. Él era realmente una gran síntesis, Assa­gioli hubiera amado a este hombre. Tenía in­tuición e intelecto, y no en pequeñas cantidades, sino a gran escala. Él también solía escuchar­me y esperaba todo el día a que terminara la escuela. Todos los días después del colegio era suyo.

En el momento que me dejaban salir de mi prisión, la escuela, iba primero a Shambhu Babu. Él tenía preparado té y algunos dulces que sabía me gustaban. Lo menciono, porque la gente rara vez piensa en el otro. Siempre hacía sus preparati­vos pensando en la otra persona. Nunca he visto a nadie preocuparse por los demás como lo hacía él. La mayoría de la gente, a pesar de que hacen preparativos para otros, en realidad, lo hacen de acuerdo a ellos mismos, forzando sus propios gustos sobre la otra persona.

Ése no era el estilo de Shambhu Babu. Su forma de pensar en el otro era una de las cosas que me gustaba y respetaba en él. Sólo compraba cosas después de preguntar a los tenderos qué solía comprar mi Nani. Me enteré de esto sólo después de que muriera. Entonces los tenderos y los fabricantes de dulces me dijeron:

-Shambhu Babu siempre solía hacer esta extraña pregunta: «¿Qué es lo que te compra esa anciana mujer, que vive sola junto al río?» Nunca supimos por qué lo preguntaba, pero ahora lo sabemos: estaba preguntando sobre tus gustos.

Me maravillaba que siempre tuviese listas las cosas que más me gustaban. Era un hombre de leyes; por eso, naturalmente, siempre encontró la manera. Iba corriendo desde la escuela hasta su casa, me tomaba el té Y los dulces que él había comprado; entonces, ya me estaba esperando. Incluso antes de que hubiera acabado, él ya estaba preparado para escuchar lo que tuviera que contarle. Me decía:

-Cuéntame lo que te guste. No me importa lo que digas, sino que seas tú el que lo diga.

Su énfasis era muy claro. Me dejaba totalmente libre sin, ni siquiera, marcar un tema sobre el que hablar, libre para decir todo lo que quisiera. Siempre añadía:

-Si quieres permanecer en silencio, puedes hacerla. Escucharé tu silencio, y de vez en cuando podría suceder que no dijera ni una sola palabra. No había nada que decir. Y cuando cerraba los ojos, él también cerra­ba los suyos, y nos sentábamos como los cuá­queros, en silencio. Sucedió muchas veces, día tras día, en los que bien hablaba o nos quedá­bamos en silencio. Una vez le dije:

-Shambhu Babu, parece un poco extraño que estés escuchando a un niño. Sería más          apropiado que hablarás tú y que yo escuchara.

Él se rió y dijo:

-Es imposible. Yo a ti no te puedo decir nada, y no diré nunca nada, por la sencilla ra­zón de que no sé. Y te estoy agradecido por ha­cerme consciente de mi ignorancia.

Esas dos personas me dieron tanta aten­ción, que en mi primera infancia me hice cons­ciente del hecho -sobre el que los psicólogos sólo han empezado a hablar ahora- que la atención es una tipo de comida, de alimento. Un niño puede estar perfectamente cuidado, pero si no se le presta ninguna atención puede ser que no sobreviva. Parece ser que la atención es uno de los ingredientes más importantes en nuestra alimentación.

He sido afortunado en ese aspecto. Mi Nani y Shambhu Babu comenzaron a hacer ro­dar la bola, ha estado rodando y ha ido reu­niendo cada vez más volumen. Sin haber aprendido nunca a hablar, me convertí en un orador. Todavía no sé hablar y me han escucha­do miles de personas, sin saber siquiera cómo empezar. ¿Puedes ver la parte divertida de esto? He debido hablar más que cualquier otro hombre en toda la historia, a pesar de que sólo tengo cincuenta y un años.

Empecé a hablar muy temprano; de todos modos, no era en absoluto lo que vosotros llamáis, en el mundo occidental, un orador. No era un orador de los que dicen «Señoras y señores» y toda esa tontería, cosas prestadas y no experimentadas. No era un orador en ese sentido, pero hablé con mi corazón inflamado, encendido. No hablaba como si fuese un arte sino como mi verdadera vida. Y desde los pri­meros días de escuela reconocieron, no sólo uno sino muchos, que mi charla parecía salir del corazón, que no estaba tratando de repetir algo que había preparado como un loro. Ahí mismo y en ese momento estaba haciendo algo espontáneo.

El nombre del director que me dio su reloj e hizo salir todo este problema a colación para vosotros era B. S. Audholia. Espero que todavía esté vivo. Por lo que yo sé, todavía lo está, y sé lo suficiente. No espero cuando no existen esperanzas; cuando espero algo, significa que es de ese modo.

-Lo siento -me dijo esa noche, y realmente lo sentía; expulsó al profesor de su pues­to. B. S. Audholia también me dijo que siempre que necesitara cualquier cosa sólo tenía que decírselo, y si estaba de algún modo dentro de sus capacidades, él lo haría. Más adelante, siempre que necesité algo solamente le tenía que mandar una nota y él lo conseguía. Nunca me preguntó el porqué.

Una vez se lo pregunté yo mismo: ¿Por qué nunca me preguntas para qué lo necesito? -Te conozco -me dijo-: si lo has pedi­do, mi pregunta sería una tontería. Podrías dar muchas razones, incluso, aunque no lo necesi­taras. Una, cosa más -me dijo-; si lo has pe­dido es casi imposible pensar que lo hayas pe­dido, a menos que realmente lo necesitaras. Te conozco, y conocerte es suficiente para darme todas las razones que necesito.

Le miré. No me esperaba que el director de un colegio tan famoso pudiera ser tan com­prensivo. Él se rió y dijo:

-Sólo es una coincidencia que sea el direc­tor; de hecho, no debería serlo. Fue una equi­vocación por parte de los gobernantes.

No había pedido tanto, pero él había debi­do de leerlo en mi cara. A partir de ese día co­mencé a dejarme crecer la barba. Detrás de una barba no se puede leer tanto. Es peligroso cuando se pueden leer las cosas con tanta faci­lidad. Hace falta inventar algo para no ser igual que un periódico.

Seis meses más tarde, cuando nos vimos de nuevo, me dijo:

-¿Por qué te has dejado crecer la barba?

Él se rió y dijo:

-No puedes ocultarte, está en tus ojos. Si de verdad quieres ocultarte, ¿por qué no em­piezas a llevar gafas de sol?

-No puedo llevar gafas de sol -le dije-, por la sencilla razón de que no puedo crear una barrera entre mis ojos y la existencia. Ése es el único puente donde nos encontramos, no hay otro.

Por eso, todo el mundo y en todas partes le tiene simpatía a un ciego. Es un hombre que no tiene un puente; ha perdido el contacto. Ahora, los investigadores dicen que el ochenta por ciento de nuestro contacto con la existen­cia es a través de los ojos. Quizá están en lo cierto, quizá es más de lo que piensan, pero un ochenta por ciento por lo menos. En última instancia, se podría probar que es mucho más, quizá el noventa por ciento o incluso el noven­ta y nueve. El ojo es el hombre.

El Buda no puede tener los mismos ojos que Adolf Hitler..., ¿o crees que si puede? Ol­vídate de los dos; no son contemporáneos. Je­sús y Judas eran contemporáneos, y no sólo contemporáneos, sino maestro y discípulo. De todos modos, no puedo decir que tengan los mismos ojos, la misma cualidad. Judas debe de haber tenido unos ojos muy astutos, judíos de verdad. Jesús debe de haber tenido los ojos de un niño; a pesar de que físicamente ya no era un niño, pero psicológicamente lo era. Murió en la cruz como si estuviera en un útero, todavía en el vientre, tan nuevo como si la flor nunca se hubiese abierto sino permanecido como un capullo. Nunca conoció la fealdad que existe en todos lados. Jesús y Judas vivieron juntos, caminaron juntos, pero creo que Judas nunca miró a Jesús a los ojos; si no, las cosas habrían sido diferentes.

Si Judas hubiese reunido el coraje suficiente para mirar a Jesús a los ojos no habría habido crucifixión ni cruztianismo, quiero decir cris­tianismo. Ése es mi nombre para cristiandad. Judas era astuto.

Jesús era tan simple que le podrías llamar «el loco». Eso es lo que Fedor Dostoievski dijo en una de sus novelas más creativas, El idiota.

A pesar de que no fue escrita para o acerca de Jesús, Dostoevski estaba tan lleno del espíri­tu de Jesús que de alguna manera aparece. El personaje más importante de la novela, El idio­ta, no es otro que Jesús. No se le menciona, no puedes hallar ninguna referencia a él, ni nin­gún parecido, pero si lo lees, algo comenzará a resonar en tu corazón y estarás de acuerdo con­migo. Será un acuerdo no a través de la cabeza; será un acuerdo más profundo de lo que la imaginación puede calar, en el mismo latir de tu corazón, un acuerdo verdadero.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 26

 

Tendré que ir en círculos, círculos dentro de círculos dentro de círculos, porque así es la vida, Y más aún en mi caso. Durante cincuenta años he debido vivir, por lo menos, cincuenta vidas. De hecho, no he hecho otra cosa que vivir. Otra gente tiene muchas ocupaciones, pero yo, desde mi más tierna infancia he sido un vaga­bundo, sin hacer nada, sólo viviendo. Cuando no haces nada más que vivir, entonces por su­puesto la vida adquiere una dimensión total­mente diferente. Deja de ser horizontal, ad­quiere profundidad.

Devageet, es bueno que no hayas sido nun­ca mi estudiante; de lo contrario, no habrías sido dentista. Yo habría sido la última persona en darte ningún título. Pero aquí te puedes reír y sonreír pensando que estoy relajado, no importa. Pero recuerda, aunque esté muerto, pue­do salir de mi tumba para darte un grito. Ésa ha sido mi especialidad durante toda mi vida.

No he hecho nada para enriquecerme, para tener un gran saldo en una cuenta bancaria o para convertirme en una persona políticamen­te poderosa. He vivido a mi manera, y en ese vivir, enseñar ha sido una parte esencial. Por eso, incluso aquí, perdóname, no lo puedo ol­vidar: siempre soy el maestro. Tú lo sabes, yo lo sé, todos los que están en esta habitación lo saben, que tú estás por debajo de mí, y que yo estoy en el sillón del dentista y tú no. Si me río, se me puede perdonar:

-¡Aha! ¡El viejo se lo está pasando bomba!   Incluso Ashu disfruta de la idea; de lo contrario, es una mujer seria, muy seria. Cuando las mujeres se hacen profesoras, mecanógrafas o enfermeras, algo empieza a ir mal en su esquema mental. De repente se vuelven serias.

Aun así Eva no era seria, Adán sí lo era. La serpiente nunca le pudo convencer. De hecho, lo intentó muchas veces; eso es lo que cuenta la historia egipcia que es mucho más auténtica que la versión bíblica. Además, es más antigua. Cuenta que la serpiente lo intentó con Adán, pero no consiguió hacerle morder el anzuelo. Entonces, finalmente, como último intento, lo intentó con Eve. Es mejor llamarla Eva, como hacen los egipcios, suena más femenino: Eva. La serpiente tuvo éxito en su primer intento. Desde entonces, todos los vendedores y anun­ciantes se han estado dirigiendo a Eva. No to­man en cuenta al pobre hombre que tiene que pagar todas las compras de Eva. Es su proble­ma; ¿por qué deberían preocuparse de eso?

Eve, o Eva, como prefiero llamarla. Siempre me ha gustado lo hermoso, dondequiera que esté. Eve no suena demasiado musical, y parece recortado, recién podado, se parece más un jar­dín ingles que a un jardín zen japonés. Eva tie­ne un potencial ilimitado, con sólo escucharlo, o sea que vamos a llamarle Eva. ¿Por qué tuvo el diablo éxito con ella en su primer intento? Por la sencilla razón de que ella no tenía la mente de un hombre de negocios. No era seria, se debió reír de los chistes del demonio, debe haber hablado alegremente; cotilleado, quiero decir. Y cuando cotilleas con el diablo, él ten­drá ventaja. Si te ríes de sus chistes, entonces sabe que tiene vía libre, que puede aproximar­se a tu mismo ser.

Así es como convenció a Eva. Desde entonces creo que las mujeres han perdido su cualidad de disfrutar. Si se ríen, será una risa encubierta. Cuando ríen se ponen las manos delante de la cara, como si alguien pu­diese ver el gran trabajo que el dentista ha he­cho con ellas. Pero aquí, en esta habitación, no hay necesidad de estar serios. Menos mal que hoy, por primera vez, Ashu se está riendo con tanta claridad que la puedo oír. Y, ¿por qué se está riendo? Se ríe porque el pobre Devageet está siendo golpeado. Naturalmente, se ríe y me dice; puedo oír lo que está pensando:

-¡Dale una buena bofetada, una más! No, esto es suficiente; si no, me perderé.

     Eso es lo que estaba diciendo: que la vida es un círculo dentro de un círculo dentro de un círculo, y en mi vida todavía más. No he vivido como se espera que uno viva. No he hecho nada más. Sí, sólo he vivido y no he hecho nada más, pero es demasiado: ¡un momento es como una eternidad! imagínatelo...

Por eso tendré que seguir viviendo de la misma manera. Os tendréis que adaptar, no hay otra forma. Nunca me he adaptado a na­die; por eso no sé como hacerlo; si tratase de aprenderlo ahora ya sería demasiado tarde. Pero vosotros habéis estado aguantando a todo tipo de personas en vuestra vida.

No aguanté a mi padre, a mi madre, a mis tíos, que fueron todos amorosos y me ayuda­ron; ni a mis profesores, que no eran mis ene­migos y que, a pesar mío, siempre me quisie­ron ayudar. Pero no me pude adaptar a nadie, todo el mundo se tuvo que adaptar a mí. Ya es demasiado tarde. Las cosas no se pueden cambiar ahora. Éste fue, y todavía es, un asunto de un único sentido.

Puedes adaptarte a mí, estoy disponible. Pero no puedo adaptarme a ti, por dos razones: una, no estás disponible, ni estás presente. Si llamo a tu puerta, no hay nadie en el interior, y los vecinos me cuentan que nunca han visto a nadie. La puerta está cerrada. ¿Quién la ha cerrado? Nadie lo sabe. ¿Dónde está la llave? Quizá se ha perdido. Aunque encontrase la llave o rompiese la cerradura (que es mucho más fácil), ¿qué sentido tendría? No hay nadie en casa. No te podría encontrar allí; siempre estás en otro lugar. Entonces, ¿cómo encontrarte y adaptarme a ti? Es imposible.

En segundo lugar, aunque fuera posible, sólo por amor a la discusión, no podría hacerlo. Nunca lo he hecho. No conozco sus mecanismos. Todavía sigo siendo un muchacho salvaje de pueblo.

     La otra noche mi secretaria estaba llorando y me decía:

     -¿Por qué confías en mí, Osho? No me lo merezco. No soy digna de que me veas la cara.

     -¿A quién le importa que seas digna o no? -le dije-. ¿Y quién tiene que decidir? Yo, por lo menos, no lo voy a hacer. ¿Por qué estás llorando?

-La idea de que me hayas escogido para hacer tu trabajo... es una misión muy grande -dijo ella.

     -Olvídate de la dimensión del trabajo -le dije- y escucha lo que estoy diciendo.

Yo nunca he hecho nada; por eso, natural­mente, no me preocupa si ella será capaz de ha­cerla o no. Simplemente le dije:

-Escucha -y, por supuesto, cuando digo algo ella me tiene que escuchar. Ahora bien, cómo lo consigue no es mi problema ni tampoco el suyo. Lo consigue porque yo se lo he dicho. Se lo dije porque yo no sé nada sobre la gerencia.

     ¿Podéis ver qué bien la he escogido? Ella encaja. Yo no. Mi abuela siempre estaba preocupada. Me solía repetir: -Raja, vas a ser un inadaptado. Te lo digo yo, siempre serás un inadaptado. Yo solía reírme y le decía: -La palabra «inadaptado» es tan hermosa que me he enamorado de ella. Ahora bien, ten en cuenta que si me adapto te golpearé en la cabeza; y cuando digo algo, sabes que voy en serio. Si estás viva te golpearé en la cabeza. Si no estás viva iré a tu tumba, pero sin duda haré algo detestable. Puedes tener la certeza.

Ella se siguió riendo y dijo:

-Acepto el reto. Te vuelvo a repetir que, esté yo viva o muerta, siempre serás un inadap­tado. Y no podrás golpearme la cabeza porque nunca serás capaz de adaptarte, y tenía toda la razón. Fui el inadaptado, en todas partes. En la universidad donde estaba dando clases nunca salí en la foto anual del claustro de profesores. Una vez, el rector me preguntó:

-Me he dado cuenta de que eres el único miembro del claustro que no viene nunca a nuestra foto anual. Todos los demás vienen porque se publica la foto, y ¿quién no quiere tener su foto publicada? -Yo, desde luego, no quiero que mi foto sea publicada al lado de tantos burros -le dije-. Y esa foto siempre será como una man­cha en mi nombre, al saber que una vez tuve algo que ver.

Él se ofendió y me dijo: -¿Llamas burros a toda esa gente? ¿Inclu­yéndome a mí? -Por supuesto, te incluyo a ti. Eso es lo que pienso -le dije-, y si quieres escuchar algo bonito, has llamado al hombre equivoca­do. Llama a uno de los burros.

No he salido ni en una sola fotografía mientras estuve en ese puesto. Era tan inadap­tado, que pensé que lo mejor sería no relacio­narme con esa gente con la que no tenía nada que ver. Y en la universidad sólo me relacioné con un árbol, el gulmohar.

No sé si existe ese tipo de árbol en Occidente, pero es uno de los más bellos de Oriente. Su sombra es muy fresca. No crece muy alto; sus ramas se extienden a su alrededor. Algunas ve­ces, las ramas de un árbol viejo pueden cubrir terreno suficiente, para que fácilmente puedan sentarse quinientas personas, y en verano, cuando florece, brotan miles de flores simultá­neamente. No es un árbol miserable, que echa una flor y luego otra; no. Una noche, de repen­te, se abren todos los brotes, y por la mañana no puedes dar crédito a tus ojos: ¡miles de flo­res! Son del color de los sannyasins. Mi único amigo era ese árbol.

Aparqué mi coche debajo de él, durante tantos años que, poco a poco, todo el mundo se dio cuenta que no tenían que aparcar allí; era mi sitio. No tuve que decírselo pero, poco a poco y lentamente, lo aceptaron. Nadie moles­taba a ese árbol. Cuando no venía el árbol me esperaba. Aparqué debajo de ese árbol durante muchos años. Al dejar la universidad me des­pedí del rector y entonces le dije:

-Ahora me tengo que ir, está oscureciendo y mi árbol tiene que irse a dormir antes de que se ponga el sol. Tengo que despedirme del gul­mohar. El rector me miró como si estuviese loco, pero cualquiera me habría mirado del mismo modo. Es la forma de mirar a un inadaptado. Seguía sin creerse que lo iba a hacer. Por eso observó desde su ventana mientras decía adiós al gulmohar. Abracé al árbol y permanecimos unidos durante un momento. El rector salió fuera a toda prisa y vino corriendo hasta donde estaba diciendo:

-Perdóname, por favor, perdóname. Nun­ca he visto a nadie abrazando un árbol, pero ahora sé lo que todo el mundo se está perdien­do. Nunca he visto a nadie diciendo adiós o buenos días a un árbol, pero no sólo me has dado una lección, realmente me ha tocado muy hondo.

     Dos meses más tarde me telefoneó sólo para informarme, diciendo:

-Es muy triste y muy extraño, pero el día que te fuiste le sucedió algo a tu árbol -en ese momento ya se había convertido en mi árbol.

     -¿Qué ha sucedido? -le pregunté.

     -Comenzó a morirse -me contestó-. Si vienes ahora, solamente verás un árbol muerto, sin flores ni hojas. ¿Qué ha pasado? Por eso te he llamado.

     -Deberías haberle telefoneado al árbol -le dije-. ¿Cómo puedo responder por el árbol?

     Durante un momento nos quedamos en silencio. Entonces dijo:

     -Siempre lo pensé: ¡estás loco!

-Todavía no estás convencido -le dije-; si no, ¿quién telefonea a un loco? Deberías ha­berle telefoneado al árbol. Y él árbol se ve des­de tu ventana; no necesitabas ni teléfono.

Simplemente, colgó. Me eché a reír pero al día siguiente, por la mañana temprano, antes de que llegara ninguno de esos idiotas de la universidad, fui a ver al árbol. Sí, se le habían caído todas las hojas y todavía estábamos en temporada. Se habían caído todas, no sólo las flores sino también las hojas. Sólo quedaban las ramas desnudas alzándose hacia el cielo. Abracé de nuevo el árbol y supe que estaba muerto. Al primer abrazo hubo una respuesta; al segundo abrazo ya no había nadie para res­ponder. El árbol se había ido; allí de pie sólo quedaba su cuerpo, que podría seguir así años. Probablemente, todavía está allí, aunque sólo sea madera muerta.

Nunca conseguí adaptarme a ningún lugar. Como estudiante era muy latoso. Todos los profesores que me daban clases me miraban como un castigo que Dios les había enviado. Disfrutaba siendo el enviado de Dios; lo dis­frutaba al máximo. ¿Y quién no? Y si ellos pen­saban que era un castigo, lo demostré exacta­mente e incluso superé sus expectativas.

Sólo me he vuelto a encontrar con algunos de ellos. Su primera pregunta fue: -Todavía no nos podemos creer que te ha­yas iluminado. Eras tan alborotador. Hemos olvidado a todos tus compañeros, pero incluso ahora, de vez en cuando, te sigues apareciendo en nuestras pesadillas.

Lo puedo entender. No podía adaptarme a nada. Todo lo que me enseñaron era tan me­diocre que tenía que luchar contra ello. Tenía que decirles:-Esto es muy mediocre...Ahora bien, te puedes imaginar cuando le dices esto a un profesor que espera qué aprecies su charla -que ha estado preparando desde hace días-, para que al terminar se levante un estudiante... y era un estudiante poco corrien­te, por no decir algo peor.

Lo primero que hay que recordar es que te­nía el pelo largo; y ese pelo largo tenía una his­toria todavía más larga. Algún día llegaré a ella en algún círculo. Ésa es la belleza de ir en círcu­los. Regresar al mismo punto una y otra vez, pero a un nivel diferente; es como ascender dando rodeos hacia la cima de una montaña: llegas a la misma vista, muchas veces, en dife­rentes niveles. Cada vez es un poco diferente porque no te detienes en el mismo punto, pero la vista sigue siendo la misma, quizá más her­mosa, quizá mucho más hermosa, porque tie­nes mejor vista...

En algún momento llegaré a ese punto, pero no hoy. ¿Qué hora es? -Las ocho y un minuto.

Bien. Sólo me estoy mojando los labios.

Hoy, en especial, quería decir que la aten­ción es una espada de doble filo; doble filo porque corta a ambos, al oyente y al que habla. También los une. Es un proceso muy significa­tivo. Gurdjieff tiene la palabra correcta para describirlo: «Cristalización.»

Si un hombre está realmente atento, no importa a qué -desde XYZ hasta cualquier otra cosa-, en ese proceso de estar atento se inte­grará, se cristalizará. Cuando se enfoca en un objeto, él mismo se está enfocando en su inte­rior, en su ser.

Pero esto es sólo la mitad de la historia. La persona que está escuchando atentamente al­canza, sin duda, una cristalización. Es un hecho muy conocido en todas las escuelas de medita­ción de Oriente. Basta con estar atento a cual­quier cosa, incluso a una tontería. Una botella de Coca-cola te puede ayudar muchísimo, es­pecialmente a los americanos. Con sólo mirar la botella de Coca-cola atentamente tendrás el secreto de la meditación trascendental de Ma­harishi Mahesh Yogi. Pero esto es sólo la mitad de la verdad, y media verdad puede ser más pe­ligrosa que una mentira completa.

La otra mitad sólo es posible si no estás úni­camente leyendo un libro, o recitando un mantra, o mirando una estatua; la otra mitad sólo es posible si estás en profunda sincronici­dad con una persona viva. No lo estoy llaman­do amor, porque eso te podría descarriar; ni si­quiera amistad, porque pensarás que ya la conoces. Lo llamaré «sincronicidad», para que tengas que pensar sobre ello y le des un poco de tu ser.

Cuando realmente estás atento sucede la sin­cronicidad. Podría suceder cuando estás miran­do una puesta de sol, una flor, un niño jugando en el césped y tú disfrutando con su alegría..., pero se necesita una cierta armonía. Si sucede, ha habido atención. Si sucede entre un maestro y un discípulo entonces, con seguridad, tienes en tus manos el diamante más preciado.

Te he contado que he sido afortunado, a pesar de no saber por qué. Hay cosas que sólo se pueden afirmar; son así, y no existe una ra­zón para ello. Las estrellas son, las rosas son, el universo es, o tal vez, mucho mejor: los univer­sos son. Es mejor llamar a la existencia multi­verso en vez de universo. Hay que introducir la idea de múltiples dimensiones.

El hombre ha sido dominado por la idea de «uno» durante demasiado tiempo. Y yo soy un pagano: no creo en Dios, sino en dioses. Para mí un árbol es un dios, una montaña es un dios, un hombre es un dios; pero no siempre. Tiene el potencial. Una mujer es un dios, pero no siempre; más a menudo es una bruja, pero eso es su elección. No necesitaba escogerlo; nadie le ha obligado.

Normalmente, el hombre es sólo un mari­do, que es una palabra fea en todas las lenguas. La palabra «marido» viene de «agricultura». Es lo que están haciendo nuestros sannyasins: jardinería, agricultura... Agricultura viene de la palabra «agro»... que significa industria. Y cuando presentas a tu marido, ¿sabes lo que es­tás diciendo? ¿Sabe el pobre tipo que le estás reduciendo a ser un granjero? Pero ésa es toda la idea; ¡el hombre es el granjero y la mujer es el campo! ¡Magnífica idea!

El hombre normalmente permanece muy atado a lo mundano, y la mujer todavía más. Ella supera al hombre de todas las formas posi­bles. Por supuesto, va sentada en el asiento de atrás pero ella es el conductor.

Un hombre fue detenido por ir demasiado rápido, el agente de policía estaba muy enfada­do porque no sólo estaba yendo muy rápido, sino que tampoco tenía permiso, y lo que le enseñó en su lugar sólo era una entrada para la película que iban a ver. ¡Eso fue demasiado!

     -¡Ahora te voy a dar una entrada de verdad! - dijo el agente.

-Te lo he estado diciendo desde el principio -le gritó la esposa-, pero ¡nunca me es­cuchas!

Y ella chilló tan alto que incluso el agente dejo de escribir y prestó atención a lo que estaba pasando.

-En primer lugar, ¿dónde están tus gafas? -preguntó-. ¡No ves nada y estás condu­ciendo! Además, ¿estás tan borracho que te he estado dando patadas todo el rato, y ¡no veo que haya surtido ningún efecto! ¡Parece que has perdido la sensibilidad! -entonces, se vol­vió hacia el policía y le dijo-: Oficial, ¡métalo en la cárcel! Se merece, como mínimo, seis me­ses de trabajos forzados; ¡menos de eso y no aprenderá nada! Ni siquiera el agente podía entender tanto castigo por un pequeño exceso de velocidad.

-Señor, se puede marchar -le dijo al hombre-. Dios ya le ha castigado bastante dándole esa mujer por esposa. Es suficiente. Siento pena por usted. Ya sé por qué ha perdi­do la vista. ¿Quién quiere ver a una mujer así? Y sé que está acelerando porque ella no deja de darle patadas. Lo siento mucho por usted -dijo el agente-. Aunque continúe acelerando, ella siempre estará allí. Acelere tanto que se quede atrás, muy lejos.

El hombre y la mujer viven una vida muy mundana y muy fea, realmente fea. En una ocasión le señalé a mi abuela la mujer de uno de mis profesores que pasaba por mi aldea.

-Mi abuela y toda mi familia viven allí y estarían muy contentos de conocerte le dije.

Se la presenté a mi abuela y cuando se fue ambos nos echamos a reír. Ninguno de los dos dijo nada durante unos instantes. Me reí por­que mi abuela había tenido que aguantar a esa mujer.

     -Y eso no es nada -dijo ella riéndose-, tú tienes que aguantar a su marido. Si ella es terrible, él debe de ser todavía peor.

     -Sólo puedo decir esto -le contesté-; que es más feo que una foto de pasaporte.

He estado dedicado a la enseñanza toda mi vida. Pocas veces he ido a clase, incluso en mis días de estudiante. Para poder librarse de mí, me tenían que conceder un setenta y cinco por ciento de asistencias en mi expediente. Eso también era una absoluta mentira. El noventa y nueve por ciento del tiempo estaba ausente. Así fue durante mis días de estudiante, en la es­cuela superior y en la facultad.

En la facultad tenía un acuerdo con el direc­tor, B. S. Audholia. Era un hombre hermoso. Era el director de la facultad de Jabalpur, en el mismo centro de India. Jabalpur tenía muchas facultades, y ésta era una de los más importan­tes. Me expulsaron de una facultad porque ha­bía un profesor que no estaba dispuesto a seguir en su plaza si no lo hacían. Puso esta condición, y era un profesor respetado. Entraremos en los detalles de esta historia más tarde.

Naturalmente, me expulsaron. ¿A quién le importa un pobre estudiante? El profesor era doctor en Filosofía y Literatura, etcétera, etcé­tera, y había trabajado en esa facultad durante casi toda su vida. Ahora bien, expulsarme por su culpa, no tenía importancia que yo tuviese razón o no. Eso fue lo que me dijo el director antes de expulsarme. Me tenía que dar una ex­plicación, por eso me llamó. Debió pensar que iba a estar temblando como cualquier otro es­tudiante, porque estaban a punto de expulsar­me. No se esperaba que iba a entrar en su ofici­na como un terremoto.

     Me puse a gritarle antes de que tuviera la oportunidad de decir nada. -Has demostrado que sólo eres estiércol de vaca sagrada -le dije. Usé la expresión en hindi gobar ganesh que, en realidad, significa «estatua hecha con estiércol de vaca sagrada», y le di un puñetazo a la mesa tan fuerte que se levantó de un golpe.

-¿Tienes un muelle en tu mesa? -le pregunté-. La golpeo, ¡y te levantas! ¡Siéntate!

Lo dije tan alto que se sentó sin hacer ruido. Tenía miedo de que otros nos pudiesen oír, y quizá entrar corriendo, en especial el hombre que estaba vigilando la puerta.

-De acuerdo -dijo él-, me sentaré. ¿Qué tienes que decir?

-¿Tú eres el que me has llamado y me estás preguntando si tengo algo que decir? -le dije-. Estoy diciendo que deberías expulsar a ese individuo, el doctor S. N. L. Shrivastava. Es un estúpido, a pesar de su doctorado en Filosofía y en Literatura. No le hice daño, sólo le hice preguntas que eran totalmente legítimas. Él nos enseña lógica, y si no se me permite hacer uso de la lógica en su clase, ¿dónde voy a ser lógico? Dímelo tú.

     -Suena bien-dijo él-. Si te enseña lógica, obviamente tienes que ser lógico. -Entonces llámalo, y veamos quién es el lógico -le dije. En el momento en que el doctor Shrivastava se enteró de mi presencia en el despacho del director, y que le estaban llamando, se escapó a su casa. No apareció en tres días. Estuve sentado allí durante tres días sin interrupción, desde que abrían la oficina hasta que la cerraban. Finalmente, escribió una carta al director, diciendo:

-Esto no puede continuar durante más tiempo -y escribió-: no quiero ver a ese mu­chacho. O bien lo expulsa o deberá relevarme de mis obligaciones.

El director me enseñó la carta.

     -Esto si que es bueno -le dije-. Ni siquiera es capaz de entrevistarse conmigo, ni una sola una vez, en su presencia, para que usted vea quién es lógico. Un poco de lógica no le habría sentado mal, al menos a usted. Pero no quiero que lo expulsen porque no sea capaz de hacerme frente, y esta carta es prueba suficiente de que es un cobarde. No puedo ser tan desconsiderado, porque conozco a su esposa, sus niños y sus responsabilidades. Por favor, expúlseme ahora mismo, y entrégueme la expulsión por escrito.

Me miró y me dijo:

-Si te expulso te puede resultar difícil conseguir una admisión en cualquier otra facultad.

-Ése es mi problema -le dije-. Soy un inadaptado, tengo que enfrentarme con estas cosas.

Después de que pasara todo esto llamé a la puerta de todos los directores de la ciudad; era la ciudad de las facultades, y todos dijeron: -Como te han expulsado no podemos arriesgamos. Nos han llegado rumores de que has estado discutiendo con el doctor Shrivastava continuamente durante ocho meses, y que no le has dejado que te enseñara. Cuando le conté toda la historia a B. S. Audholia me dijo:

-Me arriesgaré, pero con una condición. Él era un hombre bueno, generoso, pero limitado. No espero que nadie tenga una gene­rosidad ilimitada, pero a menos que la tengas te perderás la experiencia más hermosa de la vida. Sí, estuvo generoso conmigo al admitir­me, pero la condición que puso canceló la ma­yor parte. La condición estaba bien para mí, pero no para él. Para él era un crimen, para mí era una oportunidad de ser libre.

Me hizo firmar un acuerdo por el que no asistiría a la clase de filosofía. -Eso es perfecto -le dije-; de hecho, ¿qué más podía pedir? Eso es lo que me gusta hacer, no asistir a las charlas de esos idiotas. Es­toy dispuesto a firmarlo, pero recuerda, tú también tendrás que firmar un acuerdo dicien­do que me concederás un setenta y cinco por ciento de asistencias.

-Te lo prometo -me dijo-. No te lo puedo dar por escrito porque me creará com­plicaciones, pero es una promesa.

-Te tomo la palabra, y confío en ti -le dije.

Y él mantuvo su palabra. Me concedió el noventa por ciento de asistencias a pesar de que no asistí a la clase de filosofía ni una sola vez.

Efectivamente, no asistí demasiado a la escuela primaria, porque el río era muy atractivo y su llamada irresistible. Por eso siempre estaba en el río; por supuesto, no iba solo, sino con muchos otros estudiantes. Después del río ha­bía un bosque. Y había tanta geografía real para explorar... ¿a quién le importaba el sucio mapa que tenían en la escuela? No estaba preo­cupado por saber dónde estaba Constantino­pla, sino que estaba explorando por mi propia cuenta: la jungla, el río... había tantas otras cosas por hacer.

Por ejemplo, como mi abuela, poco a poco, me había enseñado a leer, empecé a leer libros. No creo que nadie haya estado tan implicado en la biblioteca de esa ciudad, ni antes ni después de mí. Ahora enseñan el sitio donde me solía sentar, y el sitio donde solía leer y escribir notas a todo el mundo. Pero, en realidad, le deberían contar a la gente que me querían expulsar de ese sitio. Me amenazaron continuamente.

Pero cuando aprendí a leer se abrió una nueva dimensión. Me tragué toda la biblioteca, y por la noche comencé a leerle a mi abuela los libros que más me gustaban. No te lo creerás, pero el primer libro que leí fue El libro de Mirdad Eso inició una larga serie.

Por supuesto, a veces me preguntaba en mi­tad de un libro el significado de alguna frase, o de algún pasaje, o de todo el capítulo, justo lo esencial. Le solía decir:

-Nani, te lo he estado leyendo, y ¿no lo has oído? -Sabes -dijo ella-, cuando lees, presto tanta atención a tu voz que me olvido comple­tamente de lo que me estás leyendo. Para mí, tú eres Mirdad. A menos que me lo expliques, Mirdad seguirá siendo desconocido para mí.

Por eso se lo tuve que explicar, pero eso se convirtió en una gran disciplina para mí. El ex­plicar, el ayudar a otra persona que está desean­do profundizar un poco más de lo que ella sola puede hacer, el agarrarle de la mano, mi vida, poco a poco, se fue convirtiendo en eso. Yo no lo he escogido, no de la manera que fue escogi­do para J. Krishnamurti. A él le fue impuesto por los demás. Al principio, incluso sus discur­sos fueron escritos o por Annie Besant o por Leadbeater; él simplemente los repetía. No es­taba solo. Todo estaba planeado de antemano y era llevado a cabo metódicamente.

Yo soy un hombre no planeado, por eso sigo siendo salvaje. Algunas veces me pregunto qué hago yo aquí, enseñando a la gente a ilumi­narse, y cuando se iluminan, inmediatamente les comienzo a enseñar cómo desiluminarse otra vez. ¿Qué estoy haciendo?

Sé que se está acercando el momento en que muchos de mis sannyasins simplemente comenzarán de sopetón a iluminarse. Y he co­menzando a preparar, y trabajar en las bases de la ciencia de cómo desiluminar a tantos espíri­tus iluminados. Eso es lo que he estado hacien­do. Un tipo de trabajo algo extraño, pero lo he disfrutado al máximo y todavía lo disfruto. Voy a disfrutar hasta el último aliento, o inclu­so después de eso. Estoy un poco loco, de modo que puedo hacerlo, a pesar de que no lo haya hecho ningún loco todavía. Pero alguien lo tiene que hacer algún día. Alguien tiene que romper el hielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sesión 27

 

De acuerdo, ¿ves qué sincronicidad? Devageet y yo hemos dicho simul­táneamente: «De acuerdo.» Por su­puesto, él lo ha dicho por una cosa y yo por otra, pero las líneas se cruzan.

Justo antes de entrar aquí estaba escuchan­do a uno de los flautistas más grandes, Hari­prasad. Esto ha reavivado muchas memorias en mí.

Existen muchos tipos de flauta en el mun­do. La más importante es la árabe; la más her­mosa, la japonesa; y hay muchas más. Pero no hay nada comparable, por su dulzura, a la pe­queña flauta de bambú india. Y Hariprasad es ciertamente un maestro en lo que a la flauta se refiere. Ha tocado para mí, no sólo una vez, sino muchas. Siempre que sintió que tenía que tocar realmente al máximo venía corriendo a verme a donde estuviese, algunas veces incluso a miles de kilómetros, sólo para tocar la flauta durante una hora a solas conmigo.

-Hariprasad -le pregunté-, podías haber tocado en cualquier lado; ¿por qué has he­cho un viaje tan largo?

En India, mil kilómetros son casi como veinte mil kilómetros en Occidente. Los trenes hindúes todavía caminan, no corren. En Japón los trenes circulan a cuatrocientos cincuenta kilómetros por horá; y en India, cincuenta ki­lómetros a la hora ya es una gran velocidad; y los autobuses, y los rickshaws... Sólo para to­car la flauta durante una hora en mi dormitorio...

-¿Por qué? -le pregunté.

-Porque tengo miles de admiradores -me contestó-, pero no hay nadie que en­tienda el sonido sin sonido. A menos que uno entienda el sonido sin sonido, realmente no lo podrá apreciar. Por eso vengo a verte; y esa hora es suficiente para ser capaz de tocar la flauta durante meses delante de todo tipo de idiotas, gobernadores, primeros ministros y los así llamados «importantes». Cuando me siento totalmente cansado, exhausto y harto de idiotas, corro hacia ti. Por favor, no me niegues esta hora.

-Es una alegría escucharte -le dije-, es­cuchar tu flauta y tu canción. Son grandes en sí mismas, pero, especialmente, también por­que me recuerdan al hombre que nos presentó. ¿Te acuerdas de él?

Él se había olvidado completamente de quién me lo había presentado, y lo compren­do.         Debió ser hace cuarenta años. Yo era un niño pequeño, él era un hombre joven. Se es­forzó intentando recordarlo pero no pudo.

-Discúlpame -me dijo-, pero me parece que mi memoria no funciona bien. No pue­do recordar ni siquiera al hombre que nos presentó. Aunque me olvidara de cualquier otra cosa, me tendría que acordar de él. Le recordé quién era y se echó a llorar. Hoy me gustaría hablarles de ese hombre.

Pagal Baba era uno de esos hombres notables de los que os voy a hablar. Pertenecía a la misma categoría que Magga Baba. Era conocido solamente como Pagal Baba; paga! significa «el loco». Llegaba como el viento, siempre de repente, y desaparecía tan de repente como había venido.

Yo no le descubrí, me descubrió él a mí. Con esto quiero decir que simplemente estaba nadando en el río cuando él pasó por allí: me miró, le miré, saltó al río y nadamos juntos. No sé cuanto tiempo estuvimos nadando pero no fui yo quien dijo «basta». Él ya era un santo conocido. Le había visto antes, pero no tan de cerca. Fue en una reunión haciendo bhajan[3] y cantando canciones devocionales, que tuve un cierto sentimiento hacia él, pero no se lo dije a nadie. No mencioné ni una sola palabra sobre esto. Hay cosas que están mejor guardadas en el corazón; allí crecen más rápido. Es el terreno adecuado.

En ese momento él era un hombre viejo; yo no tenía más de doce años. Obviamente, fue él quien tuvo que decirme:

-Vamos a parar. Estoy cansado.

-Me lo podrías haber dicho en cualquier momento y me habría parado -le dije-, pero en lo que a mí respecta, en el río soy como un pez.

Sí, así es como me conocían en mi ciudad. ¿Quién más nadaba seis horas por la mañana, desde las cuatro hasta las diez? Cuando todo el mundo estaba dormido, profundamente dormido, yo ya estaba en el río. Y cuando todo el mundo se había ido a trabajar, yo todavía esta­ba en el río. Por supuesto, mi abuela venía to­dos los días a las diez de la mañana; entonces tenía que salir del agua porque era hora de ir a la escuela, y tenía que ir a la escuela. Pero en cuanto acababa las clases estaba de regreso en el río.

Cuando, por primera vez, cayó en mis ma­nos la novela de Herman Hesse Sidharta no me podía creer que yo hubiese experimentado tantas veces lo que él había escrito sobre el río. Y sabía perfectamente bien que Hesse sólo estaba imaginando -una buena imaginación- por­que murió sin llegar a ser un buda. Fue capaz de escribir Sidharta, pero no pudo convertirse en Sidharta. Cuando me encontré con esa des­cripción del río, de los estados emocionales, los cambios y los sentimientos del río, estaba des­bordado. Estaba más impresionado por su des­cripción del río que por cualquier otra cosa. No puedo recordar desde cuándo había amado el río; me parecía como si hubiera nacido en sus aguas.

En la aldea de mi Nani siempre estaba en el lago o en el río. El río estaba un poco alejado, quizá a tres kilómetros, por eso tenía que esco­ger más a menudo el lago. Pero de vez en cuando solía ir hasta el río porque el río y el lago eran completamente diferentes. Un lago, de alguna manera, está muerto, cerrado, no fluye, no corre hacía ningún lugar, es estático. Ése es el significado de la muerte: no es dinámico.

El río está siempre en movimiento, corriendo hacia alguna meta desconocida, quizá sin saber cuál es la meta pero, sabiéndolo o no, la alcanza. El lago nunca se mueve. Permanece donde está, durmiente, simplemente murien­do, muriendo cada día; no hay resurrección. Pero el río, por pequeño que sea, es tan grande cómo el océano, porque antes o después se convierte en el océano.

Siempre me ha gustado la sensación de fluir: yendo, ese fluir, en continuo movimiento..., esa vitalidad. Por eso, a pesar de que el río estaba a tres kilómetros de distancia, solía ir de vez en cuando para probarlo.

Pero en el pueblo de mi padre el río estaba muy cerca. Sólo estaba a dos minutos andando desde la casa de mi Nani. Lo podías ver desde el piso de arriba; estaba allí con toda su grande­za e invitación..., irresistible.

Solía ir corriendo desde el colegio hasta el río. Sí, sólo me paraba un momento para dejar los libros en casa de mi Nani. Ella me conven­cía de que, por lo menos, me tomara una taza de té, diciéndome:

     -No tengas tanta prisa. El río no se va a ir, no es un tren. Eso era exactamente lo que me solía decir una y otra vez: -Recuerda, no es un tren. No lo vas a perder. De modo que, por favor, bébete tu taza de té y después vete. Y no tires los libros de ese modo.

Yo no solía responder porque habría significado mayor retraso. Ella siempre se quedaba asombrada y decía:

-En cualquier otro momento estarías dis­puesto a discutir. Pero cuando vas al río, si digo cualquier cosa, aunque sólo sea una tontería, ilógica, absurda, me escuchas como si fueses un niño muy obediente. ¿Qué te sucede cuan­do vas al río?

-Nani -le dije-, tú me conoces. Sabes perfectamente que no quiero perder el tiempo. El río me está llamando. Puedo escuchar el so­nido de las olas incluso mientras me bebo el té.

Muchas veces me he quemado los labios porque el té estaba demasiado caliente. Pero te­nía prisa, y me tenía que acabar la taza. Mi Nani estaba allí; no me dejaba irme antes de que me lo bebiera.

     Ella no era como Gudia. Gudia es diferente        en ese sentido porque siempre me dice: -Espera, el té está demasiado caliente. Quizá es mi vieja costumbre. Agarro de nuevo la taza y ella me dice: -¡Espera! Está demasiado caliente.

     Sé que tiene razón, por eso espero hasta que deje de poner pegas, entonces me bebo el té. Probablemente, todavía esté ahí el viejo hábito de beberme el té Y salir corriendo al río.

     A pesar de que mi abuela sabía que quería meterme en el agua cuanto antes trataba de convencerme de que comiera algo, lo que fuera. Le solía decir:

-Dámelo todo. Me lo meteré en los bolsi­llos y me lo comeré por el camino.

Siempre me han gustado las nueces de ana­cardo, especialmente las saladas, y durante años solía llenarme todos los bolsillos con ellas. To­dos los bolsillos quería decir dos en mis panta­lones: pantalones cortos, porque nunca me gustaron los largos, quizá porque todos mis profesores los llevaban, y como odiaba a los pro­fesores debía haber surgido una cierta asocia­ción. Por eso sólo vestía pantalones cortos.

En India, climáticamente, los pantalones cortos son mucho mejores que los largos. Los dos bolsillos de mis pantalones estaban reple­tos de nueces de anacardo. Y os sorprenderéis: sólo para poder guardar las nueces de anacardo tuve que decirle al sastre que me hiciera dos bol­sillos en las camisas. Siempre he tenido dos bolsillos en las camisas. Nunca entendí por qué motivo ponen un solo bolsillo en las camisas. ¿Por qué no un solo bolsillo también en los pan­talones largos? ¿O un solo bolsillo en los cor­tos? ¿Por qué sólo uno en las camisas? La razón no es obvia, pero sé el porqué. El bolsillo de las camisas está siempre en el lado izquierdo, para que la mano derecha pueda sacar y meter cosas y, naturalmente, a la pobre mano izquierda no le hace falta bolsillo. ¿Qué haría un pobre hombre con un bolsillo?

La mano izquierda es una de las partes re­primidas del cuerpo humano. Si lo intentas, podrás entender lo que estoy diciendo. Puedes hacer con la izquierda todo lo que haces con la derecha, incluso escribir, y quizá mejor que con la derecha. Después de treinta o cuarenta años de costumbre, al principio, te costará un poco usar la mano izquierda, porque ha sido ignorada y se la ha mantenido en la ignorancia.

La mano izquierda es realmente la parte más importante del cuerpo porque representa la parte derecha del cerebro. La mano izquier­da está conectada al cerebro derecho, y la mano derecha al cerebro izquierdo, en cruz. La derecha corresponde realmente a la izquierda, y la izquierda a la derecha.

Ignorar la mano izquierda es ignorar la par­te derecha de tu cerebro, y el lado derecho de tu cerebro contiene todo lo que es valioso, to­dos los diamantes, esmeraldas, zafiros y rubíes..., todo lo valioso, todos los arco iris, las flores y las estrellas. El lado derecho del cerebro con­tiene la intuición, los instintos; en resumen contiene lo femenino. La mano derecha es machista.

Os sorprenderá saber que cuando comencé a escribir, como era tan pesado, empecé a escribir con la mano izquierda. Por supuesto, todo el mundo se puso en mi contra; de nuevo, todo el mundo excepto mi Nani. Ella fue la única que dijo:

-Si quiere escribir con la mano izquierda, ¿qué hay de malo en ello? La cuestión es escribir -siguió diciendo-. ¿Por qué os preocupáis tanto de qué mano usa? Puede sujetar el lápiz con la mano izquierda, y vosotros con la mano derecha. ¿Cuál es el problema?

Pero nadie me dejaba usar la mano izquier­da, y ella no podía estar conmigo en todas par­tes. En la escuela, todos los profesores y los es­tudiantes estaban en mi contra por usar la mano izquierda: la derecha está bien, la iz­quierda está mal. Todavía ahora no puedo en­tender por qué. ¿Por qué el lado izquierdo del cuerpo ha de ser rechazado y encarcelado? Y sa­béis: al diez por ciento de la gente le gustaría escribir con la mano izquierda; de hecho, em­pezaron a escribir así pero se lo impidieron.

Es uno de los desastres más antiguos que le ha sucedido al hombre: que la mitad de su ser no esté ni siquiera disponible para él. ¡Hemos creado un extraño tipo de hombre! Es como un carro de bueyes con una sola rueda: la otra rueda está allí aunque permanece invisible; se usa, pero sólo de un modo clandestino. Es feo. Me resistí desde el principio.

Le pregunté al profesor y al director: -Dadme una razón por la que tenga que escribir con la mano derecha. Simplemente, se encogieron de hombros. Entonces dije:-Encogeros de hombros no servirá de nada; tenéis que responderme. Vosotros no aceptaríais que me encogiese de hombros; entonces, ¿por qué debo aceptaros? Haré como que no me he enterado. Por favor, dadme una explicación apropiada.

Me enviaron al consejo de la escuela porque los profesores no me entendían, o no me da­ban ninguna explicación. En realidad, me en­tendían perfectamente. Lo que decía estaba claro:

-¿Qué hay de malo en escribir con la mano izquierda? Y si escribo la respuesta correcta con la mano izquierda, ¿puede que esa respues­ta esté mal, sólo porque la he escrito con la mano izquierda?

-Estás loco y volverás loco a todo el mundo -me dijeron-. Es mejor que vayas a ver al consejo de la escuela.

El consejo era un comité municipal que dirigía todas las escuelas. En la ciudad había cuatro escuelas primarias y dos escuelas superiores, una para chicas y otra para chicos. ¡Que ciudad!, en la que chicos y chicas son mantenidos totalmente separados. Este comité era el que tomaba casi todas las decisiones, de modo que fui enviado allí.

Los miembros del comité me escucharon muy serios, como si yo fuera un asesino, y ellos estaban sentados como si fuesen jueces, listos para colgarme. Les dije:

-No estéis tan serios, relajaos. Decidme sólo: ¿qué tiene de malo que escriba con la mano izquierda? -se miraron unos a otros. Entonces dije-: Eso no ayudará. Tenéis que responderme, y no es fácil tratar conmigo. Me tenéis que dar la respuesta por escrito porque no me fío de vosotros. La forma en que os miráis los unos a los otros es tan astuta y política que es mejor tener vuestra respuesta por escrito. Escribid qué hay de malo en escribir una respuesta correcta con la mano izquierda.

Se quedaron sentados como estatuas. Nadie trató ni siquiera de decirme nada. Tampoco hubo nadie dispuesto a escribir. Me dijeron simplemente:

-Tendremos que considerado.

     -Consideradlo -les dije-. Yo me quedo aquí. ¿Qué es lo que os impide considerado delante mío? ¿Es esto algo privado como un lío amoroso? Y todos sois ciudadanos respetables: al menos no deberíais estar los seis en el mismo lío, eso sería sexo en grupo.

-¡Cállate!-me chillaron-¡No uses esas palabras!

-Tengo que usar esas palabras sólo para provocaros -les dije-; si no, os quedaríais sentados ahí como estatuas. Ahora, por lo menos, os habéis movido y habéis dicho algo. Pensároslo, os ayudaré y no os molestaré en absoluto.

-Sal fuera, por favor -dijeron ellos-. No podremos deliberar delante tuyo; acabarás interfiriendo. Te conocemos, como todo el mundo en la ciudad. Si no te vas, nos iremos nosotros.

-Podéis salir delante, eso es caballerosidad -les dije.

Tuvieron que abandonar la habitación del comité delante de mí. La decisión se conoció al día siguiente. Sencillamente fue que: -Los profesores tenían razón, y todo el mundo tenía que escribir con la mano derecha.

Esta falsedad predomina en todos lados. No puedo ni siquiera comprender qué tipo de ton­tería es ésta. ¡Y ésta es la gente que está en el poder! ¡Los derechistas! Son poderosos; los ma­chistas son poderosos. Los poetas no son poderosos, ni los músicos....

Ahora fíjate en ese hombre, Hariprasad Chaurasia, un músico tan bueno tocando la flauta de bambú, pero que ha vivido toda su vida en la pobreza total. Él no pudo acordarse de que Pagal Baba, que me lo había presentado, o, ¿mejor dicho, «yo a él»?, porque yo sólo era un niño, y Hariprasad era una autoridad reconocida a nivel mundial tocando la flauta de bambú.

Pagal Baba me presentó a otros flautistas, especialmente a Pannalal Ghosh. Pero le había escuchado tocar y no era comparable con Ha­riprasad. ¿Por qué me presentó Pagal Baba a esa gente? Él mismo era un gran flautista, pero no tocaba delante de la gente. Sí, tocó delante mío, pero insistió en que no deberíamos mencionárselo a nadie. Guardaba la flauta escondida en su bolsa.

     La última vez que le vi me entregó su flauta y me dijo -No nos volveremos a ver; no es que no quiera volver a verte, sino que este cuerpo es incapaz de sostenerse más tiempo.

     Debía de tener cerca de noventa años.   -Pero te entrego esta flauta como un memento, y te digo: si practicas, te puedes con­vertir en uno de los flautistas más grandes.

-Pero ni siquiera me quiero convertir en el más grande -le dije-. Ser un flautista no es algo que me pueda satisfacer; es algo unidimensional.

Él lo entendió y dijo:

-Entonces es asunto tuyo.

     Le pregunté muchas veces por qué trataba de contactar conmigo siempre que venía al pueblo, porque era lo primero que hacía.

Él dijo:

     -¿Por qué? Deberías preguntármelo justo al revés: ¿por qué vengo al pueblo? Sólo para contactar contigo. No vengo a este pueblo por ningún otro motivo.

Durante un momento no pude decir ni una palabra, ni siquiera: «Gracias.» De hecho en hindi no existe ninguna palabra que sea el equivalente al «Gracias». Sí, hay una palabra que se usa, pero tiene un sabor diferente: dhan­yavad Esto significa: «Dios te bendiga.» Ahora bien, un niño no puede decir: «Que Dios te bendiga» a un hombre de noventa años. Le dije:

-Baba, no me crees problemas. Ni siquiera te puedo dar las gracias.

Para decir eso, tuve que usar la palabra urdu, shukriya, que se acerca más al inglés, pero que todavía no es exactamente lo mismo. Shukriya significa «gratitud», se acerca mucho. -Me has dado esta flauta -le dije-. La guardaré en tu memoria, y también practica­ré. ¿Quién sabe? Tú, tú sabes mejor que yo; quizá sea ése mi futuro, pero no le veo ningún futuro.

Él se rió y dijo:

     -Es complicado hablar contigo. Guárdate la flauta e intenta tocarla. Si sucede algo, bien; si no sucede, entonces guárdala como un re­cuerdo mío.

Comencé a tocarla, y me gustó. Toqué durante años y me volví muy hábil. Yo tocaba la flauta y tenía un amigo, no un amigo, un conocido que solía tocar las tablas. Nos conocimos porque a los dos nos gustaba nadar.

Un año, cuando el río tenía una crecida, y estábamos tratando de cruzarlo... eso era lo que me gustaba, cruzar el río en la estación de las lluvias cuando solía ensancharse mucho; fluía con tanta fuerza que nos solía llevar du­rante cuatro o cinco kilómetros hacia abajo con la corriente. Sólo cruzar significaba que te­níamos que estar preparados para los cuatro ki­lómetros de regreso, y regresar a la otra orilla significaba avanzar otros cuatro kilómetros más, ¡por eso era un viaje de ocho kilómetros! ¡Y en la época de las lluvias...! Pero era una de mis alegrías.

Ese chico también se llamaba Hari. Hari es un nombre muy corriente en India; significa «dios». Pero es un nombre muy curioso. No creo que haya ningún idioma que tenga un nombre como Hari para Dios, porque realmente significa «el ladrón». ¡Dios el ladrón! ¿Por qué Dios ha de ser llamado el ladrón? Porque antes o después te roba el corazón... y cuanto antes, mejor. El nombre del chico era Hari.

Estábamos intentando cruzar el río en ple­na crecida. Debía de tener por lo menos un ki­lómetro y medio de ancho. Él no sobrevivió; se ahogó en algún lugar en mitad del camino. Busqué y miré, pero era imposible; el río esta­ba inundándose demasiado rápido. Si se había ahogado, sería imposible encontrado; quizá alguien más abajo, en el río, encontrara su cuerpo.

Le llamé tan fuerte como pude, pero el río estaba rugiendo. Todos los días fui al río, e in­tenté todo lo que un niño podía hacer. La poli­cía lo intentó, la asociación de pescadores tam­bién, pero no se encontró ni rastro. Debió ser arrastrado por el río mucho antes de que se en­teraran. En su memoria arrojé al río la flauta que Pagal Baba me había dado.

-Me habría gustado lanzarme yo mismo al río -le dije-, pero tengo otro trabajo que hacer. Ésta es la cosa más preciosa que tengo después de mí, por eso la tiro. No volveré a tocar la flauta sin Hari a las tablas. No me puedo concebir a mí mismo volviéndola a tocar otra vez. ¡Tómala, por favor!

Era una hermosa flauta, quizá la había tallado un experto fabricante de flautas. Tal vez había sido hecha especialmente para Pagal Baba por uno de sus devotos. Seguiré hablando de Pagal Baba porque hay muchas cosas que decir sobre él.

¿Qué hora es?

-Las diez y veintitrés, Osho.

     Bien. Hoy no tenemos tiempo suficiente, por eso tendremos que dejar a Pagal Baba para otra ocasión. Pero hay algo que quizá se me puede olvidar más adelante: es sobre este chico que murió, Hari. Nadie sabe si murió o se escapó de casa, porque nunca se encontró su cadáver. Pero estoy seguro que murió, porque estaba nadando con él, y de repente, en un momento determinado en mitad del río, le vi desaparecer. Grité:

-¡Hari! ¿Qué pasa? -pero no contestó nadie.

Para mí, India en sí misma está muerta; no pienso en India como una parte viva de la hu­manidad. Es una tierra muerta, muerta desde hace tantos siglos, que incluso los muertos se han olvidado de que están muertos. Han esta­do muertos tanto tiempo que alguien se lo tie­ne que recordar. Es lo que estoy tratando de hacer, pero esto es una tarea muy poco agradecida, recordarle a alguien diciéndole:

-Señor, usted está muerto. No crea que está vivo.

Es lo que he estado haciendo sin interrupción durante estos veinticinco años, todos los días. Duele que un país que ha dado nacimien­to a Buda, Mahavira y Nagarjuna esté muerto.

Pobre Devageet, sólo para ocultar su risilla ha tenido que toser. Algunas veces me pregunto quién está tomando apuntes. Toser está bien, reírse también se puede perdonar, ¿pero qué hay de los apuntes? Yo solía engañar a mis profesores haciendo garabatos, haciendo como que estaba tomando notas, rápidamente. Y solía reírme cuando les engañaba. Pero es imposible engañarme, y menos mal que no puedes.

Te estoy observando, incluso cuando crees que tengo los ojos cerrados. Sí, están cerrados, pero lo suficientemente abiertos para ver qué estás escribiendo.

     Esto es hermoso. Te golpeo duro y tú todavía.. .

     . . . Parar ahora.

 

 

 

 

 

 

Sesión 28

 

De acuerdo. El ruido que estás haciendo es suficiente para que cualquiera diga de acuerdo. Gracias. Ahora ya puedo decir de acuerdo.

Estaba escuchando otra vez, no a Hariprasad, sino a otro flautista. En India la flauta tiene dos dimensiones: una es la del sur; la otra es la del norte. Hariprasad Chaurasia es un flautista del norte; yo estaba escuchando a su polo opuesto, el sur.

Este flautista también me lo presentó la misma persona, Pagal Baba.

-Puede que no entiendas por qué te estoy presentando a este chico -le dijo al músico cuando me presentó-; quizá no lo entiendas ahora, pero algún día, si Dios quiere, podrás entenderlo.

Este hombre toca la misma flauta, pero de un modo totalmente diferente. La flauta del sur es mucho más penetrante, cortante para ser exactos. Entra y te remueve algo en lo más íntimo. La flauta del norte es tremendamente hermosa pero un poco plana, del mismo modo que es plano el norte de India.

El hombre me miró asombrado. Pensó durante un momento y después dijo:

-Baba, debe haber alguna razón para que me estés presentando. No lo puedo entender; ésa es mi mediocridad, y te estoy inmensamente agradecido por ser tan amoroso conmigo, ya que no sólo me presentas el presente, sino que también me presentas el futuro.

Sólo le he escuchado algunas veces porque nunca estuvimos directamente conectados; siempre fue vía Pagal Baba. El flautista solía visitarle. Si, por casualidad, estaba yo allí, por su puesto, me decía hola. Baba siempre se reía y decía:

- Tócale los pies, ¡tonto! «Hola» no es ma­nera de saludar a este chico.

Él lo hacía a regañadientes, y podía ver su resistencia, por eso no he mencionado su nom­bre. Todavía está vivo y podría ofenderse, por­que no se postró a mis pies por amor hacia mí, sino porque Pagal Baba se lo había mandado. Se tuvo que postrar a mis pies.

Me reí y le dije:

-Baba, ¿le puedo pegar?

-Por supuesto -me dijo.

Y no te lo puedes imaginar: cuando me estaba tocando los pies, ¡le abofeteé!

Esto me recuerda la carta que me ha escrito Devageet. Sabía que iba a llorar y a gemir. Lo sabía. ¿Cómo podía saberlo antes de que me escribiese? Aunque no me hubiese escrito lo habría sabido.

Conozco a mi gente. Conozco a los que me aman, tanto si lo dicen como si no. Y lo que realmente me conmovió fueron sus palabras:

-Me puedes golpear todo lo que quieras, eso no duele; lo que duele es que no me esté riendo y me digas: «Devageet, no trates de engañarme...» Eso es lo que duele. Lo que duele es la aparente injusticia.

Ésa es la palabra que usó. Gudia, creo que esas son las palabras, «aparente injusticia». ¿Estoy en lo cierto?

-Sí, Osho. Bueno, porque Gudia tuvo que leerme la carta.

No he leído nada desde hace años porque los médicos dicen que si leo tendré que llevar gafas, y odio las gafas. No puedo imaginarme llevando gafas. Preferiría cerrar los ojos. No quiero crear ninguna barrera entre yo mismo y lo que me rodea, ni siquiera las de unas gafas transparentes. Por eso dependo de alguien para leer. Las palabras «aparente injusticia» muestran su corazón exactamente. Él sabe que sólo es aparente, pero indudablemente parece injusto si no te estás riendo y de repente te digo:                -Devageet, ¡no te rías! Naturalmente, se sobrecogió; y el pobre Devageet sólo estaba tomando sus apuntes.

De nuevo me acuerdo de Pagal Baba, estaba hablando de él esta mañana y ahora voy a continuar. Él solía decir frases, aparentemente sin sentido, a la gente, y no sólo eso, en ocasiones, efectivamente, ¡les golpeaba! No como yo, si no literalmente, de verdad. Yo no golpeo de verdad, no porque no quiera, sino porque soy absolutamente vago. Una o dos veces lo he intentado; luego me duele la mano. No sé si la persona ha aprendido algo o no, pero la mano me dice:

-Por favor, no vuelvas a intentar ese truco.

Pero Pagal Baba solía golpear sin motivo alguno. Podía haber alguien sentado, en silencio, a su lado, y él le daba una buena bofetada. La persona no había hecho ni dicho nada. Algu­nas veces, había gente que objetaba que era in­justo y le decían a Pagal Baba:

-¿Baba, por qué le has golpeado?

Él se reía y decía:

-Ya sabes que soy un pagal, un loco.

     Ésa era toda su explicación. Á mí no me vale esa explicación... estoy tan loco que hasta el más inteligente no puede descifrar qué clase de locura es ésta. Pagal Baba era un loco senci­llo; yo soy un loco multidimensional.

Por eso, si a veces sientes que es aparente­mente injusto, entonces recuerda la palabra «aparente». No puedo hacer nada injusto, par­ticularmente a aquellos que me aman. ¿Cómo puede el amor ser injusto? Pero «aparentemen­te»... quizá tiene que ser así muchas veces. Uno nunca sabe los caminos de personas como yo. Podría estar golpeando a Ashu y realmente apuntando a Devaraj. Es un fenómeno muy complicado. No puede ser computarizado.

Es tan complicado que no creo que un or­denador se pueda convertir en un maestro. Po­drá convertirse en todo lo demás: en un inge­niero, un médico, un dentista, cualquier cosa; y más eficiente de lo que pueda ser cualquier ser humano. Pero sólo hay dos cosas que la computadora no puede hacer: una es que no puede estar viva. Puede hacer un zumbido con el ruido mecánico pero no puede estar viva. No puede saber qué es la vida.

La segunda es un corolario de la primera: no se puede convertir en un maestro. Conocer la vida es ser un maestro. Una cosa es estar vi­vos; todo el mundo lo está. Pero para volverte hacia ti mismo, hacia tu propio ser, ver al ob­servador o conocer al conocedor -eso es lo que quiero decir con volverte hacia ti mismo-, entonces, te conviertes en un maestro. Un or­denador no puede volverse hacia sí mismo; no es posible.

Devageet, tu carta es hermosa, y lloraste. Esto me hace feliz. Cualquier cosa auténtica es una ayuda en el camino, y no hay nada tan auténtico como las lágrimas. Sí, hay llorones profesionales, pero tienen que usar trucos.

En India sucede cuando muere alguien; quizá era una persona mayor a la que nadie quería y, en realidad, todo el mundo está con­tento, pero nadie puede mostrar su alegría. En­tonces, se llama a los plañideros profesionales, especialmente en ciudades como Bombay, Cal­cuta, Madrás y Nueva Delhi. Incluso tienen su propia asociación. Les llamas, te preguntan cuántos plañideros quieres, vienen y realmente lloran. Pueden derrotar a cualquier plañidero real porque están técnicamente preparados, son muy eficientes y conocen todos los trucos. Usan ciertas medicinas que se ponen justo de­bajo de los ojos, y eso es suficiente para que las lágrimas empiecen a manar. Es un fenómeno muy extraño: cuando empiezan a fluir las lágri­mas, de repente, la persona se siente triste.

En psicología ha habido una larga discusión, todavía sin decidir: -¿Qué viene primero.. .se escapa corrien­do un hombre por miedo, o siente el miedo por que se escapa corriendo?

Hay partidarios para ambas opiniones. «El miedo provoca la carrera» es una opinión; «la carrera provoca el miedo» es la otra. Pero, en realidad, es lo mismo; ambas van juntas.

Si estás triste, aparecen las lágrimas. Si apa­recen las lágrimas por cualquier razón, incluso lágrimas químicas, vamos a llamarlas lágrimas artificiales; entonces, también te sentirás triste debido a una herencia instintiva. He visto a esos plañideros profesionales llorando de todo corazón, y no podrías decir que están mintien­do; ellos mismos se podrían estar engañando.

Las lágrimas de amor son la experiencia más hermosa. Has llorado, estoy contento... porque te podrías haber enfadado, pero no lo estabas. Podrías haberte molestado, irritado, pero no lo estabas. Lloraste, así es como tiene que ser. Pero ten en cuenta que seguiré hacien­do lo mismo una y otra vez; tengo que hacer mi trabajo.

Como dentista sabes perfectamente lo que duele, pero, de todas maneras, lo tienes que hacer. No es que quieras hacer daño, aunque tienes la anestesia y algunos gases; puedes anestesiar localmente o puedes dejar a toda la persona inconsciente.

Pero yo no tengo nada; tengo que hacer toda mi cirugía sin anestesia. ¿Qué sucedería si tuvieses que abrirle el estómago o el cerebro a alguien, sin dejar a la persona inconsciente? El dolor sería demasiado fuerte; mataría a la persona o, como mínimo, la enloquecería. Saltaría de la mesa, probablemente, olvidándose el cráneo, y volvería a casa corriendo; o podría incluso matar al doctor. Pero así es mi trabajo. No hay ninguna posibilidad de hacer mi trabajo de otra manera.

Tiene que ser «aparentemente injusto». Pero tú mencionaste la palabra «aparente»; eso es suficiente para satisfacerme porque aunque duele, entiendes mi amor. Déjame que te lo repita una y otra vez para que no se te olvide: ¡lo volveré a hacer una y otra vez!

Has debido estar muy asustado, porque escribes una postdata y también una post post­data, que dice:

-Nunca soñé que iba a estar tan cerca de ti, o que se me iba a dar este trabajo. Me encanta tomar apuntes -y post postdata-: Por favor, no dejes de hacer este trabajo jamás.

Le ha debido dar miedo la posibilidad de que parase, pensando que le duele. A Ashu también le duele, aunque no haya escrito ninguna carta todavía. Pero predigo que algún día la escribirá, quizá mañana.

Yo sigo golpeando a los dos lados. Ya que, casualmente, estáis uno a cada lado, os lleváis la mayoría de los golpes. Ése ha sido siempre mi estilo: los que están más cerca de mí han sido los más golpeados. Pero también han crecido; se han ido integrando, cada vez más, con cada golpe que han absorbido. Se escapan corriendo o tienen que crecer. Crece o muere. Si creces -eso es lo que quiere decir integración o cristalización, sólo entonces, vives. O si no -recuerda la muerte del perro-, mueres; uno está muriendo a cada momento.

La carta era hermosa en muchos aspectos. Gudia, después devuélvele la carta, de modo que pueda convertirse en una nota a pie de página en sus apuntes, o parte de uno de los muchos apéndices que va a haber a continuación.

De nuevo Pagal Baba..., esto es lo que yo llamo moverse en círculos. Él me presentó no sólo a estos flautistas, sino a muchos otros músicos. Era un músico entre los músicos. Nor­malmente, las masas no tienen idea; sólo los grandes músicos sabían que él podía hacer mú­sica con cualquier cosa. Le he visto tocando con cualquier cosa imaginable; empezaba a golpear en su kamandala con una simple piedra. Un ka­mandala es el cántaro que llevan los sannyasis hindúes para el agua, la comida, etcetera. Él golpeaba el kamandala con cualquier cosa, pero tenía tal sentido de la música que hasta su kamandala se convertía en un sitar.

Solía comprar en la calle una flauta de juguete, para niños -con una rupia te podías comprar una docena- y se ponía a tocar. De una flauta tan tosca salían tales notas que hasta un músico habría admirado toda la escena con los ojos totalmente abiertos, conmocionado, pensando:

-¿Será posible?

Te tengo que confesar el nombre del flautis­ta del sur que mencioné al principio; de lo contrario se quedará en mi pecho, y antes de irme me quiero descargar totalmente, para que me pueda ir tal como he venido; sin nada, ni siquiera un recuerdo. Es el propósito de estas memorias. El nombre del flautista es Sachdeva, uno de los flautistas más conocidos del sur de India. He mencionado a tres flautistas, a todos ellos me los había presentado Pagal Baba. Uno de ellos, Hariprasad Chaurasia, es del norte de India, donde tocan un tipo de música total­mente diferente con la flauta; el otro es de Ben­gala, Pannalal Ghosh, él toca otro tipo de flau­ta diferente, muy masculina, muy fuerte y arrolladora. La flauta de Sachdeva es muy si­lenciosa, femenina, exactamente lo contrario de Pannalal Ghosh. Me siento mejor por haber dicho su nombre, ahora ya depende de él.

Devageet dice en su carta: -Osho, confío en ti...Lo sé, no tengo ninguna duda al respecto; de lo contrario, ¿por qué debería golpearte tan­to? Y recuerda, una vez que confío en alguien, nunca desconfío de ellos. No importa lo que la persona me haga. Haga lo que haga, sigo confiando.

La confianza siempre es incondicional. Conozco tu amor y confío en ti completamente; de otro modo, no te habría asignado este traba­jo. Pero recuerda, eso no significa, de ninguna manera, que vaya a cambiar. Con carta o sin ella, con postdata o sin post postdata; seguiré siendo el mismo. Algunas veces preguntaré de golpe:

-Devageet, ¿por qué te estás riendo?

     En este momento te estás riendo, y no te es­toy golpeando. Algunas veces te haré llorar. Ése es mi trabajo.

Tú conoces tu trabajo y yo conozco el mío, y es mucho más complicado. No es sólo perfo­rar, es perforar sin anestesia, sin, ni siquiera, un calmante. No es sólo perforar en el diente, es perforar en tu ser. Duele, duele mucho. Perdó­name, pero no me pidas nunca que cambie mis estrategias. En tu carta tampoco me lo has pe­dido. Lo estoy diciendo para beneficio del res­to de los presentes.

Ashu, mañana espero tu carta. Vamos a ver qué sucede. Entonces Devageet ¡se va a reír de veras!

 

Querido Maestro:

Estoy sentado aquí en el Arca de Noé llorando y preguntándome qué hacer.

Cuando Tú estás aquí, y yo estoy vacío de todo, excepto de Tus palabras y de Tu presencia derramándose a través de mí, es la satisfacción más grande que he conocido.

Entonces, Tú golpeas sin motivo-. Dices que me estoy riendo... cuando, por ejemplo, esta mañana he reprimido un estornudo. Otras veces los suspiros se me escapan de mis labios.. .¿Qué puedo hacer? Suspiro cuando Tú estás cerca... De nuevo, me dices que me estoy riendo. Si me acusas de enga­ñarte, fingiendo no escribir tus notas, es demasiado.

Me encanta escribir estas notas más que ningu­na otra cosa en mi vida. Es un placer escribir/as, un regalo que está más allá de cualquier posibili­dad que mi mente pudiera haber concebido.

Me has llamado tonto y obviamente lo soy, quizá ahora más que nunca. Pero soy cada vez más Tu loco. Nunca te he engañado, traicionado, nunca me he reído o cuchicheado para engañarte, y siempre te he dado el máximo. .. El dolor no es por el golpe, sino por la aparente injusticia.

     Querido Maestro, soy Tu loco y ahora más que nunca.

     Te amo,

     Devageet

Amado Maestro, postdata: Gracias por destruirme, parece que me permite amarte incluso más profundamente.

Devageet

 

P. P. s.: Por favor, por favor, continúa hacien­do este buen trabajo... eternamente.

 

 

 

 

Sesión 29

 

Durante toda la noche, ha estado so­plando el viento entre los árboles. El sonido era tan bello que puse a Pan­nalal Ghosh, uno de los flautistas que Pagal Baba me había presentado. Ahora también es­taba poniendo su música, pero tiene un estilo propio. Su introducción es muy larga; por eso, antes de que Gudia me llamara, todavía estaba en la introducción; quiero decir que todavía no había empezado a tocar la flauta. El sitar y la tabla estaban preparando el terreno para que él tocara la flauta. Ayer por la noche escuché de nuevo su música, quizá después de dos años.

Para hablar de Pagal Baba hay que hacerla de un modo indirecto; ésta era la cualidad de este hombre. Siempre estaba entre paréntesis, muy invisible. Me presentó a muchos músicos, y siempre le pregunté por qué. Él me dijo:

-Algún día serás músico.

-Pagal Baba -le dije-, algunas veces pa­rece que la gente tiene razón: estás loco. No voy a ser músico.

Él se rió y dijo:

-Ya lo sé. De todos modos, serás músico. Ahora bien, ¿cómo interpretar esto? No me he convertido en músico, pero de algún modo él estaba en lo cierto. No he tocado instrumen­tos musicales, pero he tocado miles de corazones. He creado una música mucho más profunda de la que podría crear ningún otro instrumento; sin instrumentos, sin técnica.

Me gustan esos tres flautistas, por lo menos su música; pero yo no les gustaba a todos ellos. Hariprasad siempre me amó. Nunca le preocupó que yo fuera un niño y él fuera mayor, y eso que era un músico mundialmente cono­cido. No sólo me amaba, también me respetaba. Una vez le pregunté:

-Hari Baba, ¿por qué me respetas?

Él me contestó:

-Si Baba te respeta, sobran las preguntas.

Confío en Pagal Baba, y si él se postra a tus pies, aunque sólo seas un niño, sé que sabe algo que yo soy incapaz de conocer en este mo­mento. Pero no importa. Él sabe; eso me basta. Era un devoto.

Al músico que escuché ayer por la noche, y que estaba intentando escuchar ahora, justo antes de entrar, Pannalal Ghosh, ni le gustaba ni le disgustaba. No era un hombre de gustos marcados, era un hombre muy llano, sin mon­tes, sin valles, como una llanura muy extensa. Pero tocaba la flauta a su manera, como nadie lo había hecho antes, ni nunca se volverá a ha­cer. Con su flauta, rugía como un león.

Una vez le pregunté:

-En tu vida te comportas como un corde­ro, como un babu bengalí.

Era de Bengala, y en India, los bengalíes son la gente menos agresiva, de modo que a cualquiera que sea un cobarde se le llama ben­galí babu.

-Tú eres un auténtico babu bengalí -le dije-. ¿Qué te sucede cuando tocas la flauta? Te conviertes en un león.

-Indudablemente, me ocurre algo -me dijo-. Dejo de ser yo mismo; de lo contrario, seguiría siendo el mismo babu bengalí, el hombre cobarde que soy. Pero me ocurre algo, soy poseído.

Ésas fueron exactamente las palabras que usó:

-Soy poseído por ello, no sé el qué. A lo mejor tú lo sabes; si no, ¿por qué Pagal Baba siente tanto respeto por ti? Nunca le he visto tocar los pies a alguien, excepto los tuyos. To­dos los grandes músicos vienen a recibir sus bendiciones y a postrarse a sus pies.

Pagal Baba me presentó a mucha gente, no sólo flautistas. Quizá aparecerán en algún círculo de mi historia. Pero lo que Pannalal Ghosh me dijo fue muy significativo:

-Soy poseído -me dijo-. Cuando em­piezo a tocar, desaparezco y aparece otra cosa. y no es Pannalal Ghosh.

Estoy citando sus palabras. Entonces dijo: -Por eso la introducción es tan larga antes de que empiece a tocar. En todos partes me cri­tican por la duración de la introducción..., porque los flautistas no suelen tener unas in­troducciones tan largas.

Él era el Bernard Shaw del mundo de la flauta. Con George Bernard Shaw..., puede que su libro sólo tuviese noventa páginas, pero la introducción podría tener trescientas. Pan­nalal Ghosh dijo:

-La gente no lo puede entender, pero a ti te lo puedo contar, tengo que esperar a ser po­seído; por eso la introducción es tan larga. No puedo tocar hasta que esto sucede.

Éstas son las verdaderas palabras de un au­téntico artista, pero sólo las de un auténtico artista, no las del tipo periodístico, el artista de tercera categoría. Es mejor no llamar artistas a este tipo de personas. Escriben sobre música, pero no conocen nada de la experiencia; escri­ben sobre poesía sin haber compuesto jamás ni un solo poema; escriben sobre política y nunca han estado en el meollo de la lucha. Son carne y uña en el mundo de la política. Sentado en su oficina, el tipo periodístico puede arreglár­selas para escribir sobre cualquier cosa. De he­cho, es la misma persona que una semana es­cribe de música, otra semana sobre poesía y la siguiente sobre política, bajo nombres diferentes.

Fui periodista en una ocasión, por pura ne­cesidad; de lo contrario, no lo habría padecido. No tenía dinero y mi padre quería que fuera a la facultad de ciencias. Yo no estaba interesado en las ciencias, ni entonces, ni ahora. Y él era tan pobre que pude entender que estaba arries­gando demasiado. Nadie en mi familia ha teni­do una buena educación. Uno de mis tíos, el hermano de mi padre, fue enviado a la univer­sidad por mi padre, pero tuvo que volver por­que no había suficiente dinero para poder mantenerlo allí.

Mi padre estaba dispuesto a enviarme a la universidad. Naturalmente, era un sacrificio para él y quería hacerlo como negocio. Tenía que ser una inversión.

-Escucha -le dije-: ¿se trata de mi educación o es una inversión? Tú estás pensando en hacer de mí un ingeniero o un médico. Na­turalmente, ganaré más pero lo que estoy planeando es no ganar nunca nada, sino seguir aprendiendo y no empezar a ganar.

Entonces le dije:

-Voy a ser un vagabundo.

-¡Qué! ¿Un vagabundo? -exclamó. -En palabras decorosas: un sannyasin -le dije.

Seguía conmocionado:

-¡Un sannyasin! Entonces, ¿para qué quie­res ir a la universidad?

-Odio a los profesores -le dije-, pero, naturalmente, primero tengo que conocer su profesión para poder criticarlos perfectamente toda mi vida.

-Es extraño -me dijo-, ir a la universi­dad sólo para criticarlos. ¿Tengo que prestarte dinero, hipotecar mi casa por ti, arriesgar mi negocio y sólo vas a criticar a esos profesores? ¿Por qué no puedes criticarlos sin ir a la universidad?

     Me fui de casa, dejándole una nota a mi padre que decía: -Puedo entender tus sentimientos, y puedo entender tu economía. Pertenecemos a mundos diferentes y por lo menos ahora mismo no hay un puente. No creo que puedas ent­enderme ni que yo pueda entenderte; además, no hay necesidad. Gracias por tu gesto al querer mantenerme, pero era una inversión, y no quiero convertirme en un socio para tus nego­cios. Me marcho sin verte. Quizá nos encon­tremos cuando haya podido arreglar mis pro­pias finanzas.

Por eso me puse a trabajar como periodista.           Es una de las peores cosas que uno se puede ver obligado a hacer, y sí, me vi obligado a ha­cerlo porque no había ningún otro trabajo dis­ponible. En India, el periodismo es la tercera categoría de la tercera categoría. No es sólo de tercera categoría, sino que es el peor del mun­do. Lo hice pero no lo podía hacer muy bien. No puedo hacer nada demasiado bien, esto no es una queja contra mí mismo en absoluto, sólo es la aceptación de que no puedo hacer nada, y mucho menos hacerla muy bien.

Este trabajo me duró muy poco porque es­taba muy dormido, con las piernas encima de la mesa, igual que estoy ahora, cuando entró el propietario, el editor jefe. Me vio, me sacudió, abrí los ojos, le miré y le dije:

-No está siendo muy cortés. Estaba pro­fundamente dormido y usted ha interrumpido mi sueño. Daría una fortuna para que ese sue­ño continuara. Estoy dispuesto a pagar; ahora dígame cómo hacerlo.

     -¿Qué me importa tu sueño? -dijo él-.

No me preocupa. Pero éste es mi tiempo y tu estás siendo remunerado por él. Tengo todo el derecho de despertarte. -De acuerdo, entonces yo tengo todo el derecho de marcharme -le dije. Y me fui. No es que él no tuviera razón, pero no era mi sitio. Había entrado en el lugar equivocado. Los pe­riodistas son la peor gente, y los conozco: viví con ellos tres años. Fue un infierno.

     ¿Qué estaba diciendo? Sólo quiero haceros una prueba. -Estabas hablando sobre cómo te metiste en el periodismo porque tu padre no tenía di­nero para mantenerte.

     ¿Antes de eso?

     -Cuando eres un auténtico artista eres po­seído. Correcto. -No como el tipo periodístico. Sigue tomando apuntes exactos. Te has convertido en un buen escritor.

Mi padre siempre se maravilló cuando Pa­gal Baba venía y se postraba a mis pies. Él mis­mo se postraba a los pies de Pagal Baba. Era muy cómico. Y sólo para completar el círculo, yo me postraba a los pies a mi padre. Pagal Baba se echaba a reír tan alto que todo el mun­do se quedaba en silencio como si estuviera su­cediendo algo muy importante, y mi padre se avergonzaba. Pagal intentaba, una y otra vez, convencer­me de que mi futuro era ser un músico.

     -No -le dije-, y cuando digo no, quie­ro decir no. Desde la más tierna infancia, mi no siempre ha sido muy claro, y raramente utilizo el sí. Esa palabra, sí, es tan preciosa, casi sagrada, que sólo debería usarse en presencia de lo divino, a amor o belleza, o ahora mismo..., flores anaranjadas en el gulmohar, tan denso como si todo el árbol estuviese en llamas. Cuando algo recuerda a lo sagrado, entonces puedes usar la palabra sí; porque está llena de oración. No significa simplemente que me desconecto a mí mismo con la actividad propuesta. Y he usado mucho el no; es muy difícil sacarme un sí.

Viendo a Pagal Baba, un hombre del que se sabía que estaba iluminado, pude reconocer que era singular, incluso en aquellos días. No sabía nada de lo que era la iluminación. Estaba exactamente en la misma posición que estoy ahora, completamente ignorante. Pero su pre­sencia era luminosa. Podías reconocerlo entre miles.

Fue la primera persona que me llevó a una Kumbha Me/a. Se celebra cada doce años en Prayag y es la concentración más grande del mundo. Para los hindúes, la Kumbha Mela es la de los sueños más acariciados de su vida. Un hindú cree que si no has estado en una Kumbha Mela, por lo menos una vez, has des­perdiciado tu vida. Eso es lo que piensan los  hindúes. La cifra más pequeña son diez millon­es de personas, la máxima treinta millones de personas.

     Sucede lo mismo con los musulmanes. A menos que seas un haji, y hayas ido a La Meca, has perdido tu oportunidad. Haj significa «vi­aje a La Meca», donde vivió y murió Mahoma. Es el sueño más preciado de todos los musul­manes del mundo; tienen que ir a La Meca al menos una vez. El hindú tiene que ir a Prayag. Esos lugares son sus Israeles. Las religiones, a primera vista, pueden parecer muy diferentes, pero si escarbas un poco encontrarás la misma basura; hindú, mahometano, cristiano, no im­porta.

Pero la Kumbha Mela tiene un carácter úni­co. La reunión de treinta millones de personas, en sí mismo, ya es una experiencia única. Allí van todos los monjes hindúes, y no son una pequeña minoría. Suman quinientos mil, y son una gente muy colorida. No te puedes imagi­nar tantas sectas diferentes. No te puedes creer que ese tipo de gente exista, y se reúnen todos allí.

Pagal Baba me llevó a la primera Kumbha Mela de mi vida. Iba a asistir una vez más, pero esa experiencia en la Kumbha Mela con Pagal Baba fue inmensamente instructiva, porque me llevó a todos los grandes santos y a los su­puestos santos, y enfrente de ellos, con miles de personas alrededor; me preguntaba:

-¿Este hombre es un santo de verdad? Yo le decía:

-No.

Pero Pagal Baba era tan testarudo como yo, y no se desanimaba. Continuó llevándome a todo tipo de santos, hasta que a un hombre le dije:

-Sí.

Pagal Baba se rió y dijo:

-Sabía que reconocerías al verdadero. Y este hombre -señaló al hombre a quien había dicho sí- es un ser realizado, desconocido.

El hombre estaba sentado debajo de un ár­bol pipal, sin ningún seguidor. Probablemente, fuese el más solitario de todos los hombres, dentro de esa gran muchedumbre de treinta millones de personas. Baba primero tocó mis         pies y después los suyos.

El hombre dijo: -¿Dónde has encontrado a este niño? Nun­ca pensé que un niño sería capaz de reconocer­me. Me he escondido a la perfección. Es nor­mal que tú puedas reconocerme, ¿pero cómo pudo reconocerme él? Baba dijo: -Ése es e! rompecabezas. Por eso me he postrado a sus pies. Póstrate a sus pies ahora mismo. ¿Y quién podría desobedecer a ese hombre de noventa años? Era tan majestuoso. El hom­bre se postró inmediatamente a mis pies.

Así es como Pagal Baba solía presentarme a todo tipo de gente. En este círculo estoy hablando mayormente de músicos, porque eran sus preferidos. Quería que me convir­tiese en un músico, pero no pude satisfacer su deseo porque para mí la música, como mucho, puede ser un entretenimiento. Se lo dije exactamente usando estas mismas pala­bras: -Pagal Baba, la música es un tipo de me­ditación muy inferior. No me interesa. -Lo sé -me dijo-. Quería oírtelo decir a ti. Pero la música es un buen escalón para ir más arriba; no hay necesidad de aferrarse o de permanecer en ella. Un escalón es un escalón a algo superior.

Así es como he usado la música en todas mis meditaciones, como un escalón hacia algo que realmente es «la música», sin sonido. Na­nal dice: «Ek omkar sat nam, sólo hay un nom­bre para Dios o la verdad, y éste es el sonido sin sonido del aum.» Quizá la meditación salga de la música, o quizá la música es la madre de la meditación. Pero la música, en si misma, no es meditación. Sólo puede sugerirla, o ser una pista.. ..

 

El antiguo estanque

salta dentro la rana,

el sonido sin sonido. . .

 

Se ha traducido de muchas maneras. Esta es una de ellas: «El sonido sin sonido.» Un «plop» es incluso mejor. Pero la palabra en hindi todavía tiene más significado. Cuando una rana salta en un estanque hace un sonido, lo puedes llamar «plop», pero en hindi la pala­bra es exactamente como suena: chhapak. Si una rana, salta en un estanque y sabrás lo que es chhapak. Será complicado escribirlo en inglés. Es mejor que te lo diga; de lo contrario, inevitable­mente, escribirás algo equivocado. Chhapak se tiene que escribir c-h-h-a-p-a-k. En inglés no existe una letra para «chh», de modo que tene­mos que escribido así.

El alfabeto inglés sólo tiene veintiséis letras. Te sorprenderá saber que el hindi o el sánscrito tienen el doble: cincuenta y dos letras. Muchas veces es difícil de traducir, e incluso romanizar las palabras. «Chh» no existe en inglés, pero sin «chh» no habría rana, y no habrá chhapak, y se perderían muchas otras cosas.

Ek omkar sat nam, el nombre verdadero de la verdad, el sonido sin sonido. Para poderlo escribir en sánscrito hemos creado un símbolo no alfabético; es el aum. No es parte del alfabe­to sánscrito, ABC, XYZ. Aum es sólo un sonido, y un sonido muy importante. Está compuesto por a-u-m, que son las tres notas musicales bá­sicas. Toda la música depende de estos tres so­nidos. Si los tres se unifican hay silencio. Si son divergentes hay sonido. Si convergen, hay si­lencio. Aum es silencio.

Habéis debido ver la campana que hay en todos los templos  hindúes, pero quizá no hayáis visto una realmente artística. Para eso tendrías que mirar en la sección tibetana de algún museo. La campana tibetana es la más hermosa. Es una campana extraordinaria, como una taza hecha de muchos metales, y tiene una baqueta de madera. Agarras la baqueta con la mano y vas describiendo un círculo en el interior del tazón. Esto se hace un determinado número de veces, por ejemplo, diecisiete veces; después golpeas dentro de la campana en un punto marcado. Ese es el principio y el final.

Desde ahí comienzas de nuevo a hacer círcu­los por el interior, y después golpeas al final. Es extraordinario, ¡la campana repite el mantra ti­betano! Cuando uno lo escucha por primera vez, no puede creerse que la campana está repi­tiendo exactamente el mantra tibetano. Pero la campana se construyó con ese propósito.

Un lama tibetano me enseñó una campana de ese tipo. Fue maravilloso escuchar el mantra completo repetido por una campana. Tú cono­ces el mantra, te lo he contado. El mantra no tiene importancia, carece de significado, pero es musical, muy musical; por eso la campana puede recrearlo. Si tuviera algún significado, para una campana sería muy complicado hacer el trabajo. Una campana es sólo una estúpida campana.

Om Maní Padme Hum: la campana lo repi­te tan claramente que empiezas a sospechar que quizá está escondido el Espíritu Santo en algún lugar. Pero no hay nadie, ni Espíritu Santo ni nada, sólo una campana. Tienes que ir dando vueltas con la baqueta; entonces en un determinado momento golpeas, y la cam­pana resuena como un mantra.

En todos los templos de Tíbet o China o Birmania, la campana es significativa en el sen­tido que te recuerda que puedes volverte tan si­lencioso como se vuelve la campana, poco a poco, después de golpearla: primero es todo sonido; luego, poco a poco, el sonido muere, entonces aparece el sonido sin sonido. La gente sólo escucha el sonido; entonces no han escu­chado la campana. Tú también deberías oír la otra parte. Cuando el sonido esté muriendo, desapareciendo, aparece el sonido sin sonido, va entrando. Cuando el sonido ha desapareci­do completamente hay una total ausencia de sonido, y esto es meditación.

No me iba a convertir en un músico. Pagal Baba lo sabía, pero estaba enamorado de la música y quería, que yo, por lo menos, estuvie­se familiarizado con los mejores músicos; quizá podría empezar a atraerme. Él me presentó a tantos músicos que era difícil recordar todos sus nombres. Pero algunos nombres son muy famosos y conocidos en todo el mundo, por ejemplo, estos tres.

Pannalal Ghosh es considerado como el flautista más grande de todos los tiempos, y se­guramente no están equivocados, pero no es mi preferido. Ruge como un león, pero sólo es un ratón, y eso es lo que no me gusta. Un ratón rugiendo como un león es una hipocresía. De todos modos, debo decir que lo hace bastante bien. Es un asunto complicado pero casi lo consigue perfectamente. Digo «casi» porque no pudo engañar a mis ojos. Se lo dije, y él contestó:

-Lo sé.

No es mi preferido. El segundo hombre es del sur de India. Desde el principio nunca me gustó. Por su­puesto, me gusta su flauta; quizá nadie tenga la profundidad que él tiene. Pero de hombre a hombre, cara a cara, no nos podemos aguantar. Ese hombre... os dije su nombre y no lo volve­ré a repetir; una vez es suficiente. No me gusta el hombre ni su nombre. Pero su flauta es lo mejor que ha aparecido desde hace siglos. A pesar de ello, no es mi elección, debido a la persona. Si no me gusta la persona, por bien que toque no lo puedo escoger para ser el pri­mero.

Mi elección es Hariprasad. Es muy humil­de, no es ni un ratón ni un león. Es exacta­mente lo que significa la palabra, majhim, el medio, el «justo medio». Él aporta el equilibrio que falta en ambos, en Pannalal Ghosh y el hombre del sur de India, cuyo nombre no voy a volver a repetir. Pero Hariprasad ha aportado un equilibrio, un inmenso equilibrio, como un funambulista.

Me referiré muchas veces a este hombre, Pagal Baba, por la sencilla razón que me pre­sentó a mucha gente. Siempre que los mencio­ne tendré que mencionar también a Pagal Baba. A través de él se abrió un mundo. Él fue mucho más valioso para mí que cualquier uni­versidad, porque me presentó a todo lo mejor de todos los campos posibles.

Solía venir a mi pueblo como un torbellino y se apoderaba de mí. Mis padres no podían decide que no; ni siquiera mi Nani podía ne­garse. De hecho, en el momento que mencio­naba a Pagal Baba todos decían:

-Entonces, está bien -porque sabían que si me negaban algo, Pagal Baba vendría y crea­ría un revuelo en la casa. Podría romper algo, podría golpear a alguien, y él era tan respetado que nadie le podía impedir que causara ningún daño. Por eso, lo mejor para todo el mundo era decir:

-Sí..., si Pagal Baba te quiere llevar con él, puedes ir. Y sabemos -decían-, que con Pa­gal Baba estarás seguro.

     El resto de mis familiares en la ciudad solían decirle a mi padre: -No estás haciendo lo correcto mandando           a tu hijo con ese loco. Mi padre respondía: -Mi chico es de tal manera que estoy más preocupado por ese viejo loco que por él. No tenéis que preocuparos

He viajado a muchos sitios con Pagal Baba. Él me llevó no sólo a grandes artistas y músi­cos, sino también a grandes lugares. Con él vi por primera vez el Taj Mahal, y las cuevas de Ellora y Ajantas.

Él fue el hombre con quien vi los Himala­yas por ptimera vez. Le debo demasiado, y nunca le he dado las gracias. No pude dárselas porque él solía postrarse a mis pies. Si le trans­mitía cualquier cosa para darle las gracias, in­mediatamente ponía sus manos en mis labios y decía: -Estate quieto. Nunca menciones tu agradecimiento. Yo te estoy agradecido, no tú a mí.

     Una noche, cuando estábamos solos, le pregunté: -¿Por qué me estás agradecido? No he he­cho nada por ti y tú has hecho muchas cosas por mí; a pesar de ello, no me dejas ni siquiera darte las gracias.

-Un día entenderás, pero ahora vete a dormir y no lo vuelvas a mencionar jamás, nunca, nunca -me contestó-. Cuando lle­gue el momento lo sabrás.

Cuando me enteré ya era demasiado tarde, él ya no estaba. Llegué a saberlo, pero demasia­do tarde.

Si él hubiera estado vivo quizá le habría resultado demasiado difícil darse cuenta que yo había llegado a saber que en una ocasión, en una vida pasada, él me había envenenado. Aunque sobreviví, él ahora estaba tratando de compensarme; estaba tratando de borrarlo. Es­taba haciendo todo lo que le era posible para ser bueno conmigo, y siempre fue bueno con­migo, más de lo que nunca merecí, pera ahora sé por qué: estaba tratando de equilibrar. .

En Oriente lo llaman karma, la «teoría de la acción». Cualquier cosa que hagas, ten en cuenta que tendrás que volver a equilibrar de nuevo las cosas alteradas con tu acción. Ahora sé por qué era tan bueno con un niño. Estaba tratando de equilibrar, y lo consiguió. Una vez  que tus acciones son totalmente equilibradas, entonces puedes desaparecer. Sólo entonces puedes detener la rueda.

De hecho, la rueda se para sola, ni siquiera tienes que pararla.

 

 

Sesión 30

 

Estaba hablando sobre Pagal Baba y los tres flautistas que me presentó. Sigue siendo un hermoso recuerdo, la mane­ra en que me presentaba a la gente, especial­mente a los que estaban acostumbrados a ser recibidos, respetados y honrados. Lo primero que solía decides era:

-Postraos a los pies de este niño.

     Recuerdo que la gente reaccionaba de forma diferente, y cómo nos reíamos los dos más tarde. Me presentaron a Pannalal Ghosh en su propia casa en Calcuta. Pagal Baba era su hués­ped, yo era el huésped de Pagal Baba. Pannalal Ghosh era muy famoso, y cuando Baba le dijo:

-Póstrate antes a los pies de este niño, luego puedo dejar que te postres a mis pies –dudó un momento, entonces se postró a mis pies sin tocármelos de verdad.

Se puede tocar algo sin tocarlo de verdad. Lo estás haciendo constantemente: al estrechar la mano de gente sin sentir nada, ni calor, ni receptividad, ni compartir ninguna alegría. ¿Para qué das la mano? Es un ejercicio innece­sario. ¿Y qué han hecho tus manos de malo? ¿Por qué os dais la mano?

Hay una secta cristiana llamada los agitado­res; agitan todo el cuerpo. Están dándole la mano a Dios. Por supuesto, si te estás dando un apretón de manos con Dios tienes que agi­tar todo el cuerpo. Y conocéis a los cuáqueros; ellos van un paso más allá: no sólo se agitan, ¡también tiemblan! Éste es el verdadero origen de sus nombres. Los cuáqueros solían rodar, saltar arriba y abajo, y hacer todo tipo de cosas que puedes ver en los manicomios. No me opongo a lo que hacen, simplemente lo estoy describiendo. Del mismo modo, Pannalal Ghosh se postró a mis pies.

-No los ha tocado -le dije a Baba.

-Ya lo sé -dijo-. Pannalal, hazlo otra vez. Esto fue demasiado para un hombre famoso, en su propia casa y con tanta gente delante. De hecho, allí estaba toda la gente eminente de Calcuta. Allí estaba el hijo del primer ministro, el ministro en jefe, y así sucesivamente.

-¿Otra vez? -pero esto demuestra la calidad del hombre. De nuevo se postró a mis pies. Esta vez fue todavía menos expresivo que la primera.

Me reí. Baba rugió. Yo dije:

- Necesita práctica. – Es verdad dijo Baba-. Tendrá que nacer muchas veces para adquirir esa práctica. En esta vida ha perdido el tren. Le estaba dando la última oportunidad, pero ésa también la desperdició.

Y te sorprenderás, sólo siete días después Pannalal Ghosh dejó de estar en este mundo. Quizá Baba tenía razón; se le había dado la última oportunidad y Pannalal Ghosh la había desperdiciado. Él no era un mal hombre, recuerda. Anótalo: no estoy diciendo que fuera un buen hombre; sólo digo que no era un mal hombre. Era sencillamente ordinario. Ser bueno o malo necesita algo extraordinario.

Había puesto todo su talento, su inteligencia y su espíritu en la flauta, y se había quedado estéril, como un desierto. Su flauta era hermosa, pero habría sido mejor no haberle conocido. Ahora, cuando escucho su flauta en una grabación, intento deshacerme de él. Le digo: -Pannalal Ghosh, por favor, sal de aquí; déjame escuchar la flauta.

Pero Baba quiso presentármelo a mí, y no yo a él. No era por mí, porque yo no tenía nombre. No había hecho nada bueno o malo todavía; de todos modos, nunca iba a hacer nada.

Incluso ahora puedo decir lo mismo: no he hecho nada bueno o malo. Soy un no hacedor, y he permanecido así persistentemente, un no hacedor. Pero Pannalal Ghosh era un gran mú­sico. Decirle que se postrara a mis pies enfrente de tanta gente fue muy humillante. Fue un buen ejercicio para él; pero dos veces fue de­masiado. Era realmente un babu bengalí.

Este término, bengalí babu, fue inventado por los británicos porque la primera capital en India fue Calcuta, no Nueva Delhi, y obvia­mente sus primeros criados fueron bengalíes. A todos los bengalíes les gusta comer pescado. Apestan a pescado. Chetana lo entenderá, ella es hija de pescadores. Por fortuna, lo puede en­tender exactamente. Además, tiene buen olfa­to, porque cuando huelo algo, y nadie más lo puede oler, tengo que depender de ella. Enton­ces le pregunto, y ella siempre lo huele.

A los bengalíes les gusta comer pescado y, por supuesto, todos huelen a pescado. Todas las casas bengalíes tienen un estanque. Esto no sucede en ningún otro lugar de la India; es una peculiaridad de Bengala. Es un hermoso país. Cada casa tiene, de acuerdo con su capacidad, un gran estanque para criar su propio pescado. Te sorprenderá saber que la palabra inglesa bungalow es el nombre de la casa bengalí. Bengala es la transformación inglesa de bangla, y los británicos llamaban a las casas bengalíes bungalow. Cada bungalow -es decir, la casa bengalí - ­tiene un estanque en donde crías tu propio alimento. Todo el lugar huele a pescado. Es muy difícil hablar con un bengalí, especialmente para un hombre como yo. Cuando solía visitar Bengala nunca hablaba con los bengalíes, debido a su olor, sino sólo con los no bengalíes que estaban viviendo allí. Era realmente apestoso.

     Pannalal Gosh murió siete días después de haberlo visto, y Baba le había dicho:

     -Ésta es tu última oportunidad.

     No creo que lo entendiera; parecía algo estúpido. Perdóname por usar esta expresión, pero ¿qué puedo hacer si alguien parece estúpido? Lo diga o no, sigue pareciendo un estúpido. Pero en lo que se refiere a tocar la flauta, era un ge­nio. Quizá por esto se convirtió en un estúpido en todas los demás aspectos, chupado por su flauta, un instrumento peligroso. Pero, al menos se postró a mis pies, aunque sin tocarlos. Por eso Baba le dijo:

-Póstrate a sus pies de nuevo y tócalos real­mente.

Pannalal Ghosh dijo:

-Los he tocado dos veces. ¿Cómo se hace para tocarlos realmente?

¿Y os podéis creer lo que hizo Baba? Se postró a mis pies para enseñarle cómo hacerlo -con lágrimas en los ojos- iY Baba tenía noventa años!

Baba nunca me permitió sentarme con otra gente. Tenía que sentarme en su cojín, por en­cima y detrás de él. Sabéis que en India la gen­te adinerada o muy respetada usa un cojín es­pecial redondo. Baba solía llevar con él pocas cosas, pero su cojín siempre le acompañaba. Me había dicho:

-Sabes que no lo necesito, pero dormir en el cojín de otra persona es muy sucio. Al menos debería tener mi propio cojín privado, aunque no tenga nada más. Por eso llevo este cojín conmigo a todas partes.

Sabéis, cuando solía viajar..., Chetana lo entenderá, porque con un cojín no tengo bastante, solía llevar tres cojines, dos para los dos costados y uno para la cabeza. Eso significaba una maleta muy grande sólo para los cojines, y otra gran maleta sólo para las mantas, porque no puedo dormir bajo las mantas de nadie más; huelen. Y tengo una forma de dormir tan infantil que te hará mucha gracia; desaparezco por completo debajo de la manta, cabeza y todo. Por eso, si huele, no puedo respirar, y no puedo mantener la cabeza fuera porque esto me impide dormir.

Sólo puedo dormir si me cubro totalmente y me olvido del resto del mundo. Eso no es po­sible cuando hay algún olor. Por eso tenía que llevar mi propia manta y una maleta para mi ropa. De modo que estuve cargando con tres maletas grandes durante veinticinco años inin­terrumpidamente.

Baba fue más afortunado; sólo solía llevar su almohadón redondo debajo del brazo. Era su única pertenencia.

-Lo llevo especialmente para ti porque cuando vienes conmigo -me dijo-, ¿dónde voy a decirte que te sientes? Yo estaré sentado en una plataforma más elevada que todos los demás, pero tú te tienes que sentar un poquito más alto.

-Estás loco, Pagal Baba -le dije.

-Tú y todos los demás sabéis que estoy loco -me dijo-. ¿Hace falta repetido? Pero he tomado la decisión que debes sentarte más alto que yo.

Ese almohadón era para mí. Tenía que usar­lo a la fuerza, por supuesto, avergonzado, y a veces hasta enfadado, porque me daba un as­pecto muy extraño. Pero no era un hombre que se alterara fácilmente. Simplemente, me daba una palmada en la cabeza o en la espalda y me decía:

-Anímate, hijo mío. No te enfades porque te haya hecho sentarte en el almohadón. Aní­mate.

Este hombre, Pannalal Ghosh, ni me gustaba ni me dejaba de gustar. Me dejaba casi indi­ferente. Le faltaba sal; por decido de alguna manera, no tenía sabor. Pero su flauta... des­pertó la atención de todo el mundo sobre la flauta india, y la elevó hasta convertirla en uno de los instrumentos musicales más importan­tes. Gracias a él, la flauta más hermosa, la japo­nesa, se ha marchitado completamente. Nadie se preocupa por la flauta árabe. Pero la flauta india se lo debe todo a este soso babu bengalí, a este funcionario del gobierno que apesta a pescado.

Te sorprenderá mucho saber que en India la palabra babu se ha convertido en algo muy respetable. Cuando quieras mostrarle respeto a al­guien, llámale babu. Pero sólo quiere decir «uno que apesta», ba significa «con» y bu signi­fica «mal olor». Los británicos inventaron esta palabra para referirse a los bengalíes. Poco a poco, se extendió a toda India. Naturalmente, ellos fueron los primeros siervos de los británi­cos y llegaron a los puestos más altos. Por eso la palabra babu, que, de ningún modo, es respe­tuosa, se convirtió en respetuosa. Es un extra­ño destino, pero las palabras tienen destinos extraños. Ahora a nadie se le ocurre considerar­la como fea; se la considera muy hermosa.

Pannalal Ghosh era realmente un babu, quiero decir, apestaba a pescado, por eso tenía que taparme la nariz.

Él preguntó:

-Baba, ¿por qué contiene la respiración este niño tuyo, al que he tenido que tocar los pies una y otra vez?

-Está tratando de hacer algún ejercicio de yoga -dijo Baba-. No tiene nada que ver con tu olor a pescado. -Pagal Baba era un hombre muy bello.

El segundo músico, cuyo nombre he estado evitando mencionar -a pesar de que lo mencioné una vez y tengo que mencionado otra vez para acabar este capítulo-, es Sachdeva. Su manera de tocar es totalmente diferente a la de Pannalal Ghosh, aunque usan el mismo tipo de flauta. Les podrías dar la misma flauta, y te maravillarías de la diferencia en la música. Lo que importa es lo que sale de la flauta, no la flauta en sí.

Sachdeva tenía un toque mágico, mientras que Pannalal Ghosh era técnicamente perfecto, pero no un mago. Sachdeva era también técnicamente perfecto y tenía a la vez el arte de la música y la magia. Sólo escuchando su flauta uno era transportado a otro mundo. Pero nunca me gustó ese hombre. No en el mismo sentido que Pannalal Ghosh, que me era indiferente; a este hombre le odiaba. Era desagrado puro y simple, era tan total que no veía ninguna posibilidad de que nos pudiéramos llegar a familiarizar y Baba lo sabía, Sachdeva lo sabía, pero, no obstante, tuvo que tocarme los pies.

-No puedo permitir que me toque otra vez los pies -le dije a Baba-. La primera vez no era consciente de lo desagradable de su vi­bración; ahora lo soy y su vibración no sólo era desagradable; era nauseabunda, igual que su cara. Te ponías enfermo. Estaba evitando hablar de él para no recordado. ¿Por qué? Porque tendré que visualizarlo otra vez para describírtelo. Pero he decidido liberarme totalmente de él, que así sea. Realmente, era más feo que la foto de su pasaporte.

Yo solía pensar que no había nada más feo que una foto de pasaporte; nadie podía ser así de feo. Sachdeva lo era. Y que nombre tan bonito: Sachdeva, Dios de la verdad, y aun así era como si me trepara un reptil, la misma sensación que te produce una serpiente que se arrastra sobre tus pies. Sin poder siquiera saltar y matar a la serpiente ahí mismo; no se trataba de una serpiente, era un hombre.

Le miré a Baba y le dije:

-¿Qué se supone que debo hacer con la serpiente?

-Sabía que lo reconocerías -me dijo Baba-. Por favor, ten paciencia. Escucha primero su música y después pensaremos en la serpiente. Tenía miedo de que te dieras cuenta -continuó-. Sabía que no sería capaz de en­gañarte, pero hablaremos de eso más tarde. Pri­mero, escucha su flauta.

Le escuché, y realmente era un mago, te atra­vesaba tan profundamente como un cuco lla­mando desde un monte lejano. Esta frase sólo puede ser entendida en un contexto hindú.

En India, el cuco no es lo mismo que para vosotros. En Occidente, ser un cuco significa estar en un manicomio. En Oriente, la palabra cuco sólo se otorga a los mejores cantantes y poetas. Sachdeva era llamado «el cuco del mundo de la flauta». Y cualquier cuco estaría celoso de él, porque la flauta de este hombre era mucho más hermosa; no te olvides de que quiero decir su música.

Pannalal Ghosh se mueve por un camino llano, muy seguro del suelo que pisa; cada paso es dado con cuidado, preparado a través de una práctica muy larga. Tampoco puedes encontrar un solo defecto en Sachdeva, aunque él no se mueve en un suelo llano. Es un pájaro en los montes, que vuela alto y bajo; un pájaro salva­je, todavía sin domesticar, pero perfecto. Pan­nalal Ghosh parece que está muy lejos, un poco mental, un técnico de verdad. Pero Sach­deva es un genio, realmente un artista. Los in­novadores son muy raros, y él es uno de ellos.

Ha sido tan innovador, particularmente, en un campo tan pequeño como el de la flauta, que en varias generaciones nadie le va a derrotar, nadie va a superar su récord.

Tú también te darás cuenta que, aunque esta persona nunca me ha gustado, soy justo e imparcial en lo que se refiere a su flauta. ¿Y qué tiene que ver un hombre con su flauta? Ni él me gustaba ni yo le gustaba. Me desagradaba tanto que cuando volvió a ver a Baba, y Baba, inevitablemente, le dijo que tocara mis pies, me senté en posición de loto, tapándome los pies con la túnica.

Baba dijo:

-¿Dónde aprendiste la postura del loto?

Hoy te estás comportando como un gran yogui. -Después me preguntó-: ¿Dónde has aprendido yoga?

-Lo tuve que aprender por culpa de todas esas criaturas que se arrastran -le dije-, ser­pientes, reptiles, etcétera. Por ejemplo, este hombre..., me gusta su flauta, pero su flauta es una cosa totalmente diferente al resto de su ser. No quiero que me toque, y sabía que ibas a decir lo que acabas de decir. Por favor, pídeme a mí que le toque los pies; eso sería mucho más fácil.

Ahora os puedo explicar algo sin lo cual no se podrá entender lo que os he dicho. Cuando le tocas los pies a alguien te estás vertiendo a sus pies, en términos de energía. Es una ofrenda de todo lo que tú eres. A menos que seas realmente digno de esto, sería mejor que te impidieran ha­cerlo. Le podría haber tocado los pies sin nin­gún problema. Podría haber derramado a sus pies todo lo que tenía. Puedes arrojar una flor en una roca, pero no le lanzas una roca a la flor.

Baba dijo:

-Lo entiendo, pero él también tiene que cambiar.

No le volvió a pedir que me tocara los pies. Las pocas veces que nos encontramos con Sachdeva, él no me miró y yo tampoco. Yo le tenía miedo a Baba, Sachdeva me tenía miedo a mí. Siempre que venía empezaba a darle codazos a Baba para recordarle que no le dijera a Sachdeva que me tocara los pies. Baba solía decir:

-Ya lo sé, ya lo sé.

-Lo sé, lo sé, no servirá de mucho -le dije-. Si no se va te lo seguiré recordando. O bien toca la flauta o dile que se vaya, porque no sólo es desagradable la manera que tiene de tocarme los pies, sino que su cara, su misma presencia, es como un cáncer espiritual.

Por eso hicimos un acuerdo entre nosotros: si Sachdeva quería hablar con Baba, yo quedaba liberado, me mandaban ir a algún lado, sólo para estar ocupado, como una excusa para no tener que estar presente. O si no, se le pedía que tocara la flauta. Entonces, él podía traerse las estrellas a la tierra; entonces, podía transfor­mar las piedras en sermones. Era un mago, pero sólo cuando estaba tocando. Me gusta su flauta, pero no me gusta él.

El tercer hombre, Hariprasad, es las dos cosas. Su ser es tan bello como su música. No es tan famoso como Pannalal Ghosh, y quizá nunca lo será, porque no le importa. No tocará la flauta por encargo. . ., no perseguirá a los políticos. Su flauta tiene su propio sabor. El sabor de su flauta sólo puede llamarse equilibrio, equilibrio absoluto, como si estuvieses caminando en una corriente que fluye con mucha fuerza.

El ejemplo que te estoy poniendo es de Lao Tzu. Estás atravesando una corriente muy fuer­te, que fluye, una corriente salvaje y, natural­mente, tienes que estar muy alerta; de lo con­trario, te llevará la corriente. Lao Tzu también dice que tienes que caminar muy rápido por­que la corriente es muy fría, bajo cero, incluso más fría. Rápido y, a la vez, equilibrado, esta es la descripción de lo que Hariprasad hace con la flauta. De repente, empieza; de repente, termi­na; no te esperabas que empezase tan rápido.

Pannalal Ghosh emplea media hora en la introducción, el prólogo. Ése es el estilo de la música clásica en India. El tablista afinará sus tablas. Golpeará con su martillito aquí y allá, afinándolas, hasta encontrar la clave correcta. El sitar afloja o tensa las cuerdas, y comprueba, una y otra vez, si están afinadas. Esto les lleva casi media hora, pero los hindúes son personas pacientes. A esto se le llama la preparación. ¿Por qué no pueden hacerlo antes de que llegue la gente? ¿O detrás del telón, como hacen en el teatro? Pero, extrañamente, el músico clásico hindú tiene que prepararse a sí mismo y a sus instrumentos, enfrente de su audiencia. ¿Por qué?

Debe de haber alguna razón. Mi intuición es que la música clásica, especialmente en Oriente, es tan profunda, que si no tienes paciencia para esperar media hora no te mereces estar presente en absoluto.

Recuerdo una historia muy famosa: Gurd­jieff solía convocar a sus discípulos a unas ho­ras muy extrañas. Sus reuniones no eran como las mías, en las que la hora es fija. Vosotros te­néis que estar aquí antes de que yo llegue y si vengo cinco minutos tarde, recordad que nun­ca es por mi culpa.

Mis chóferes me suelen traer un poquito más tarde, para que mucha gente que todavía estaba entrando se pueda sentar, porque una vez que he llegado no me gusta que la gente siga moviéndose de aquí para allá, entrando y saliendo. Quiero que todo se detenga comple­tamente. Sólo puedo comenzar mi trabajo o lo que vaya a decir en esa completa pausa. Una pequeña interrupción es suficiente para cam­biar todo lo que vaya decir. Diré algo de todos modos, pero no será lo mismo, y podría no volver nunca a decir lo mismo.

Ya conoces mi estilo; el estilo de Gurdjieff era justo lo contrario. Los teléfonos de sus discípulos empezaban a sonar. Convocaba una reunión en un lugar, quizá a cuarenta kilómetros de distancia, y les decía que corrieran hacia allí para estar a tiempo. Ahora bien, para viajar cuarenta kilómetros y llegar a tiempo, de hecho, antes de tiempo, sin haberlo preparado, necesitas, por lo menos, un vehículo. Necesitas cancelar otras citas. Haces todas esas cosas y corres al lugar convenido, ¡sólo para encontrar un aviso diciendo que la reunión de hoy ha sido cancelada!

Al día siguiente, los teléfonos empiezan a sonar de nuevo. Si el primer día habían apare­cido cien personas, de las doscientas que habían sido avisadas, el segundo día sólo aparecían cincuenta. De nuevo se encontraban un aviso en la puerta: «Reunión postpuesta», ni siquiera un «lo siento». No había nadie para decir lo siento, sólo una pizarra. Y esto continuaba, y el cuarto día o el séptimo él aparecía. Cuando digo él, me refiero a Gurdjieff

De las doscientas personas del principio sólo habían aparecido cuatro. Les miraba y les decía:

-Ahora puedo decir lo que quería decir, y todos esos tipos que nunca quise que estuvieran aquí han abandonado ellos mismos. Es realmente genial; sólo quedan aquellos que se merecen poder escucharme.

El estilo de Gurdjieff era diferente. Eso también es un camino, pero sólo uno; hay muchos caminos. Siempre he respetado y amado todo lo que da resultados. Creo en la definición de Gautama el Buda que dice: «La verdad es aque­llo que funciona.» Ésta es una definición peculiar porque, a veces, la mentira puede funcionar, y sé que muchas veces la verdad no puede funcionar en absoluto; la mentira funciona.

Pero estoy de acuerdo Amaba a este tercer hombre. Desde el primer momento que nos vimos nos reconocimos. Él fue el único de los tres flautistas que se postró a mis pies antes de que Baba se lo dijera. Cuando sucedió, Baba dijo:

     -¡Es extraordinario! Hariprasad, ¿cómo le has podido tocar los pies a este niño?

     Hariprasad dijo:

     -¿Hay alguna ley que me lo prohíba? ¿Es un crimen tocar los pies de un niño? Me gusta, lo amo, por eso he tocado sus pies. Y no es asunto tuyo, Baba.

Baba se puso muy contento. Siempre se ponía contento con gente así. Si Pannalal Ghosh era un cordero, Hariprasad es un león. Es un hombre hermoso, es extraordinariamente hermoso. El tercer tipo -quiero decir Sachdeva; no me gusta ni pronunciar su nombre- no me ha hecho ningún daño, pero, no obstante, sólo oír su nombre y empiezo a ver su fea cara. Y sabes del respeto que tengo por la belleza.

Puedo perdonar cualquier cosa pero no la fealdad. Y cuando la fealdad no es sólo del cuerpo sino además del espíritu, entonces es demasiado. Era feo de la cabeza a los pies.

De los tres flautistas, Hariprasad es mi preferido. Su flauta tiene la belleza de los otros dos; sin embargo, no es como la de Pannalal Ghosh -demasiado alta y rimbombante- ni tan afilada que te corte y te hiera. Es suave como una brisa, una brisa fresca en una noche de verano. Es como la luna; su luz está presente, pero no es caliente, es fresco. Puedes sentir su frescura.

Hariprasad debe de ser considerado como el mejor flautista de todos los tiempos, pero no es muy famoso. No puede serlo, es muy humilde. Para ser famoso debes de ser agresivo. Para ser famoso tienes que luchar en un mundo de ambiciones. Él no ha luchado, y es el último hombre en luchar para ser reconocido.

Pero Hariprasad fue reconocido por un hombre como Pagal Baba. Pagal Baba también reconoció a otros que describiré más tarde, porque aparecieron en mi vida a través de él.

     Es curioso: no conocía a Hariprasad hasta que Pagal Baba me lo presentó, y después él se interesó tanto que solía venir a visitar a Pagal Baba sólo para verme. Un día Pagal Baba le dijo en broma:

-Ahora ya no vienes por mÍ. Tú lo sabes, yo lo sé, y la persona por la que vienes también lo sabe.

Me reí, Hariprasad se rió y dijo:

-Baba tienes razón.

-Sabía que Baba lo iba a comentar más pronto o más tarde -dije yo.

Y ésta era la belleza del hombre. Me trajo a mucha gente, pero me impidió darle las gra­cias. Sólo me dijo una cosa:

-Sólo he cumplido con mi obligación. Te pido un único favor: cuando muera, ¿prenderás mi pira funeraria?

     En India esto tiene una gran importancia. Si un hombre no tiene hijos, sufre durante toda su vida pensando en quién prenderá el fuego a su pila funeraria. Se le llama «dar el fuego».

Cuando me lo pidió le dije:

     -Baba, tengo mi propio padre, y él se enfadará, y no conozco a tu familia; quizá tienes un hijo...

-No te preocupes de nada, ni de tu padre ni de mi familia -me dijo-. Ésta es una decisión mía.

Nunca le había visto con este estado de áni­mo. Supe entonces que su final estaba muy próximo. No fue capaz de perder el tiempo ni siquiera en discutirlo.

-De acuerdo, no discutiremos -le dije-. Te prenderé fuego. No importa si mi padre o tu familia se oponen. No conozco a tu familia.

Por casualidad, Pagal Baba murió en mi propio pueblo. Pero quizá lo arregló, creo que lo arregló. Y cuando comencé su funeral dándole fuego, mi padre dijo:

-¿Qué estás haciendo? Esto sólo puede hacerlo el hijo mayor.

-Dada, déjame hacerlo -le dije-. Se lo he prometido. Y en lo que a ti respecta, no seré capaz de hacerlo; lo hará mi hermano más jo­ven. De hecho, él es tu hijo mayor, no yo. Yo no soy de utilidad para la familia, y nunca lo seré. En realidad, siempre he demostrado ser una molestia para la familia. Mi hermano más joven, el que me sigue, encenderá tu fuego, y se ocupará de la familia.

Le estoy muy agradecido a mi hermano Vijay. No pudo ir a la universidad por mi causa, porque yo no estaba ganando dinero, y alguien tenía que abastecer a la familia. Mis otros hermanos también fueron a la universidad, y sus gastos también tenían que ser pagados, por eso Vijay se quedó en casa. Él realmente se sacrificó. Vale una fortuna tener un hermano tan hermoso. Lo sacrificó todo. Yo no estaba dispuesto a casarme a pesar de que mi familia insistía mucho.

Vijay me dijo:

-Bhaiyya -bhaiyya significa hermano-, si te están torturando demasiado, estoy dispuesto a casarme. Sólo prométeme una cosa: tú tendrás que escoger a la novia.

     Era un matrimonio acordado, Como lo son todos en India.

     Puedo hacerlo -le dije.

Pero su sacrificio me conmovió, y me ayudó inmensamente. En cuanto se casó se olvidaron completamente de mí, porque tengo otros her­manos y hermanas. En cuanto que él se casó, quedaban todos los demás para casarse. Yo no estaba dispuesto a trabajar.

Vijay dijo:

-No te preocupes, estoy dispuesto a hacer cualquier tipo de trabajo. Y desde una edad muy temprana se invol­ucró en cosas mundanas. Me conmovió muchísimo. Mi gratitud hacia él es enorme.

-Pagal Baba me lo pidió y se lo prometí -le dije a mi padre-, por eso tengo que darle fuego. Respecto a tu muerte, no te preocupes, mi hermano más joven estará allí. Yo también estaré presente, pero no como tu hijo.

No sé por qué le dije esto, y lo que él pudo pensar, pero demostró ser verdad. Estaba presente cuando murió. De hecho, le había invitado a vivir conmigo, para no tener que viajar a la ciudad dónde él vivía. Nunca quise volver allí después de la muerte de mi abuela. Ésa fue otra promesa. Tengo que cumplir tantas promesas, pero hasta ahora he cumplido satisfactoriamente la mayoría de ellas. Sólo quedan unas pocas por cumplirse.

Se lo había dicho a mi padre, y estuve presente en su funeral pero no pude darle el fuego. Y decididamente, no estuve presente como su hijo. Cuando murió era mi discípulo, un sannyasin, y yo era su maestro.

¿Qué hora es?

-Las ocho y treinta y cinco, Osho.

Cinco minutos para mí. Cuando el tiempo se ha acabado, se ha acabado. También tengo que reírme de vez en cuando. Un solo momento de clímax es suficiente.

Stop.

 

Sesión 31

 

En sus últimos días, Pagal Baba siempre estaba un poco preocupado. Me di cuenta, aunque él no había dicho nada, ni nadie más lo había mencionado. Pro­bablemente, nadie era consciente de que estaba preocupado. Decididamente, no era por su en­fermedad, su vejez o su próxima muerte; estos asuntos eran totalmente insignificantes para él.

Una noche, cuando estábamos a solas, le pregunté. En realidad, le tuve que despertar en mitad de la noche, porque era muy difícil encontrar un momento en el que estuviera solo.

-Debe ser algo de gran importancia -me dijo-; si no, no me habrías despertado. ¿De qué se trata?

-Ésa es la pregunta -le dije-. Te he estado observando y siento que hay una pequeña sombra de preocupación a tu alrededor. No había estado ahí antes. Tu aura ha sido siempre tan clara como un sol brillante, pero ahora puedo ver una pequeña sombra. No puede ser la muerte.

Él se puso a reír y me respondió:

-Sí, hay una sombra, y no es la muerte, eso también es verdad. Mi preocupación es la siguiente: estoy esperando a un hombre para poder entregarle mi responsabilidad sobre ti. Estoy preocupado porque todavía no ha llegado. Si me muero, a ti te será imposible encontrarlo.

-Si realmente necesito a alguien, lo encontraré -le dije-. Pero no necesito a nadie. Relájate antes de que llegue la muerte. No quiero ser la causa de esta sombra. Tú debes de morir tan brillante y radiante como has vivido. -No es posible... -dijo-, pero sé que llegará. Me estoy preocupando innecesaria­mente. Es un hombre de palabra, y ha prome­tido llegar antes de que me muera.

     -¿Cómo sabe él cuándo vas a morir? -le pregunté.

     Él se rió y dijo:

-Por eso quiero presentártelo. Tú eres muy joven y me gustaría que alguien como yo estuviera cerca de ti -dijo-. De hecho, ésta es una vieja costumbre, que dice que si un niño va a iluminarse deberán reconocerlo a una edad temprana, por lo menos tres personas despiertas.

-Baba -le dije-, esto es un absurdo. Nadie me puede impedir que despierte.

-Lo sé -me dijo-, pero soy un anciano convencional; por eso, por favor, no digas nada en contra de esa costumbre, especialmente cuando me estoy muriendo.

-De acuerdo -le dije-, por ti guardaré silencio. No diré nada, porque todo lo que diga va a ir en contra de la costumbre, de la tradición.

-No quiero decir que debas de estar en si­lencio -me dijo-, sino que sientas lo que estoy sintiendo. Soy un anciano. No tengo a nadie en el mundo que me preocupe, excepto tú. No sé cómo ni por qué te has vuelto tan próximo. Quiero que alguien ocupe mi lugar para que no me eches de menos.

-Baba, nadie puede reemplazarte – le dije-, pero te prometo que haré un esfuerzo para no echarte de menos. Pero el hombre llegó a la mañana siguiente. El primer iluminado que me reconoció fue Magga Baba. El segundo fue Pagal Baba y le tercero era más extraño de lo que yo me podía haber imaginado. NI siquiera Pagal Baba estaba tan loco. Este hombre se llamaba Masta Baba.

Baba es una palabra respetuosa; simplemente significa “el abuelo”. Pero también se llama Baba todo aquel que es reconocido como iluminado, por ser en realidad el hombre más viejo de la comunidad. Podría no serlo; podría ser un joven, pero hay que llamarle Baba, el abuelo.

Masta Baba era magnífico, sencillamente magnífico, y justo como me gusta que sea un hombre. Estaba hecho exactamente a mi medida. Nos hicimos amigos antes incluso de que Pagal Baba nos presentara.

Yo estaba en el exterior de la casa. No sé por qué estaba allí; al menos no recuerdo el propósito, fue hace mucho tiempo. Probablemente, yo también estaba esperando, porque Pagal Baba había dicho que el hombre mantendría su palabra; que vendría. Y tenía mucha curiosidad, como cualquier niño. Era un niño, y he seguido siendo un niño a pesar de todo. No sé si estaba esperando o fingiendo hacer otra cosa pero, en realidad, estaba esperándole y mirando hacia el principio de la calle, ¡Y allí estaba! ¡No calculaba que apareciese de esta manera! ¡Venía corriendo!

No era muy mayor, no tenía más de treinta y cinco años, estaba en lo mejor de su juventud. Era un hombre alto, muy delgado, con una larga cabellera y una hermosa barba.

-¿Tú eres Masta Baba? -le pregunté. Él se sorprendió y dijo:

-¿Cómo has sabido mi nombre?

              -No tiene nada misterioso -le dije-.

Pagal Baba te ha estado esperando; naturalmente, mencionó tu nombre. Pero, realmente, tú eres el hombre con el que me habría gustado estar. Estás tan loco como lo debía de estar Pagal Baba en su juventud. Quizá eres el joven Pagal Baba que regresa de nuevo.

-Tú pareces estar más loco que yo -me dijo-. De todos modos, ¿dónde está Pagal Baba?

Le enseñé el camino y entré detrás de él. Se postró a los pies de Pagal Baba, quien entonces dijo:

     -Éste es mi último día, y Masto (él le solía llamar así) te estaba esperando y me estaba empezando a preocupar.

     Masto replicó:

     -¿Por qué? La muerte no significa nada para tI.

-Por supuesto que no significa nada -replicó Baba-, pero mira detrás de ti. Ese chico significa mucho para mí; tal vez él será capaz de hacer lo que yo quise hacer y no pude. Póstrate a sus pies. He estado esperando para poder presentártelo.

Masta Baba me miró a los ojos..., y fue el único hombre real de entre los muchos que Pagal Baba me había presentado y ordenado que se postrara a mis pies.

Se había convertido casi en cliché. Todo el mundo sabía que si ibas a ver a Pagal Baba tenías que postrarte a los pies de ese muchacho que era un insoportable. Y tenías que tocarle los pies, ¡qué absurdo! Pero Pagal Baba está loco. Este hombre, Masto, indudablemente era diferente. Con lágrimas en los ojos y las palmas de las manos unidas me dijo:

-De ahora en adelante tú serás mi Pagal Baba. Él va a dejar su cuerpo, pero continuará viviendo en ti.

No sé cuánto tiempo pasó porque no me soltaba los pies. Estaba llorando. Sus hermosos cabellos extendidos por todo el suelo. Una y otra vez le dije:

-Masta Baba, es suficiente.

-No me apartaré de tus pies hasta que me llames Masto -dijo él.

Pero «Masto» es un término que sólo usan las personas mayores para referirse a un niño. ¿Cómo podía llamarle Masto? Pero no hubo otro remedio. Tuve que hacerlo. Incluso Pagal Baba dijo:

-No esperes, llámale Masto; así me podré morir sin ninguna sombra a mi alrededor.

Naturalmente, en esa situación le tuve que llamar Masto. En el momento que usé ese nombre, Masto dijo:

     -Repítelo tres veces.

En Oriente esto también es una costumbre. A menos que digas una cosa tres veces no significa mucho. Por eso dije tres veces:

-Masto, Masto, Masto. Por favor, ¿me dejarás ahora tranquilos los pies? -y me reí, Pagal Baba se rió y Masto se rió, y esa risa de los tres nos unió con algo que es indestructible.

Pagal Baba murió ese mismo día. Pero Masto no se quedó, aunque le había advertido que su muerte estaba muy próxima.

-Para mí ahora, tú eres el número uno -me dijo-. Siempre que lo necesite, vendré a ti. Él va a morir de todas formas; de hecho, a decir verdad, debía de haber muerto hace tres días. Ha estado esperando sólo por ti, para poder presentamos. Y no sólo por ti, también por mí.

     Le pregunté a Pagal Baba antes de que muriera:

     -¿Por qué parecías tan feliz después de que llegara Masta Baba?

     -Sólo es mi mente tradicional-me dijo-, perdóname.

Era un anciano muy hermoso. Pedir perdón a "un niño con tanto amor, a los noventa años de edad...

-No te estoy preguntando por qué le esperaste -le dije-. La pregunta no es sobre ti o sobre él. Él es un hombre hermoso, y vale la pena esperarle. Estoy preguntando por qué te preocupaste tanto.

-Te vuelvo a pedir que no discutamos en este momento -me dijo-. No es que esté en contra de las discusiones, como sabes. Me gus­ta especialmente la manera que tienes de discu­tir, y los extraños giros que le das a tus argu­mentos, pero éste no es el momento. En realidad, no me queda tiempo. Estoy viviendo con el tiempo prestado. Sólo te puedo decir una cosa: estoy feliz de que llegase, de que los dos os hicierais tan amigos y que os quisierais como yo quería. Quizá algún día le encuentre algún sentido a esta idea vieja y tradicional.

La idea consiste en que, a menos que tres personas iluminadas reconozcan a un niño como futuro buda es casi imposible que él se convierta en uno de ellos. Pagal Baba, tenías razón. Ahora puedo ver que no es sólo una convención. Reconocer a alguien como ilumi­nado es ayudarle muchísimo. Particularmente, si te reconoce alguien como Pagal Baba, y se postra a tus pies, o alguien como Masto.

     Continué llamándole Masto porque Pagal Baba había dicho:

-No vuelvas a llamarle Masta Baba; se ofenderá. Yo solía llamarle Masto, y de ahora en adelante, tú tienes que hacer lo mismo.

¡Realmente, era digno de verse!, un niño llamándole «Masto», a él que era respetado por cientos de personas. Y no sólo eso, sino que hacía inmediatamente todo lo que yo le dijera.

Una vez, por poner un ejemplo..., él estaba dando una charla. Me levanté y le dije:

-¡Masto, para inmediatamente!

Estaba a mitad de una frase. Ni siquiera la terminó; paró en seco. La gente le instó para que, por favor, terminara lo que estaba diciendo. Él ni siquiera respondió. Me señaló con el dedo. Tuve que ir hacia el micrófono y decirle a la gente que, por favor, se fueran a sus casas, que la charla había terminado y Masto estaba ahora bajo mi custodia.

Él se rió ruidosamente, y se postró a mis pies. Y su modo de tocarme los pies... Miles de personas han debido de tocar mis pies, pero él tenía una manera propia, única. Tocaba mis pies casi -cómo explicarlo- como si se estuviera viendo a Dios. Y siempre se deshacía en lágrimas, y sus largos cabellos... Me costaba un gran trabajo conseguir que se volviera a sentar.

-¡Masto, basta! Hasta aquí hemos llegado -le decía. ¿Pero cómo me iba a escuchar? Él estaba llorando, cantando o recitando un mantra. Tenía que esperar hasta que terminase. Algunas veces me pasaba media hora sentado, sólo para decirle-: Es suficiente -pero sólo lo podía decir cuando había terminado. Al fin y al cabo, yo también tengo modales. No le podía decir-: ¡Detente! o ¡suelta mis pies! -cuando los tenía en sus manos.

En realidad, no deseaba que los soltara nunca, pero tenía otras cosas que hacer, y él también. Vivimos en un mundo práctico, y a pesar de que soy muy poco práctico, en lo que se refiere a los demás soy muy práctico; Siempre soy pragmático y práctico. En cuanto encontraba un momento para interrumpir, solía decir:

-Masto, detente. Basta. Te estás deshaciendo en lágrimas, y tu pelo... te lo tendré que lavar. Se está llenando de barro.

Ya conoces el polvo indio: es omnipresente, está en todas partes, especialmente en un pueblo. Todo está lleno de polvo. Hasta la cara de la gente parece estar llena de polvo. ¿Qué pueden hacer? ¿Cuántas veces tienen que lavársela? Incluso aquí, que estamos en una habitación con aire acondicionado donde no hay polvo, sólo por costumbre, siempre que voy al baño -es un secreto, no se lo digas a nadie- me lavo la cara sin motivo alguno, muchas veces al día... sólo es una vieja costumbre hindú.

     Había tanto polvo que solía ir al cuarto de baño constantemente. Mi madre me decía:

     -Creo que deberíamos hacer un lavabo en tu habitación, para que no tengas que atravesar la casa corriendo tantas veces. ¿Qué es lo que haces?

-Sólo me lavo la cara, es que hay mucho polvo -le contesté. Le dije a Masto-: Tendré que lavarte el pelo -y solía lavárselo. Era tan hermoso, y siempre he disfrutado con las cosas hermosas. Este hombre, Masto, por el que se preocupaba tanto Pagal Baba, era el tercer ilu­minado. Él quería que tres hombres iluminados se postraran a los pies de un niño pequeño que no estaba iluminado y lo consiguió.

Los locos tienen sus propios métodos. Lo consiguió. Incluso convenció a los iluminados para que se postraran ante un niño que, sin duda, no se traba de un hombre muy famoso; hasta él mismo solía ir a visitarlo. ¿Se había vuelto loco o qué? ¿Postrarse ante un niño de apenas veinticuatro horas?

El padre de Buda le preguntó:

-¿Señor, puedo preguntarle por que le esta usted tocando los pies a este niño?

El iluminado dijo:

-Le estoy tocando los pies porque puedo ver la posibilidad. Ahora mismo es un retoño, pero pronto se convertirá en una flor de loto.

     El padre de Buda, que se llamaba Shuddhodana, preguntó:

     -¿Entonces, por qué lloras? Alégrate porque se va a convertir en una flor de loto.

     -Lloro porque no podré estar presente en ese momento -dijo el anciano.

Sí, en determinados momentos hasta los budas lloran, especialmente en un momento como ése. Seguramente debe ser duro ver a un niño que se va a convertir en un buda y saber que uno va a morir antes de que suceda. Es como una noche oscura: puedes ver que los pájaros han comenzado a cantar, el sol está a punto de salir; hay un poco de luz en el horizonte, y tienes que morir sin ver el nuevo amanecer.

El anciano que lloró y se postró a los pies de Buda sin duda tenía razón. Lo sé por experiencia propia. Esas tres personas son las más importantes que me he encontrado jamás, y no creo que me pueda encontrar a nadie que sea más importante. Después de mi iluminación también me he encontrado con otros iluminados, pero eso es otra historia.

Me he encontrado con mis propios discípulos después de que se iluminaran; ésa también es otra historia. Pero fue un extraño destino que me reconocieran cuando era un niño pequeño, y tenía a todo el mundo en mi contra. Mi familia siempre estaba en mi contra. Excluyo a mi padre, a mi madre y a mis hermanos, porque era una gran familia. Estaban todos contra mí por una sencilla razón, y puedo entenderlos; de algún modo tenían razón, porque me estaba comportando como un loco, y estaban preocupados.

En esa pequeña ciudad todo el mundo se quejaba de mí a mi pobre padre. Debo decir que él tenía una paciencia infinita. Escuchaba a todo el mundo. Era un trabajo de veinticuatro horas. Todos los días -un día sí y otro también, a veces incluso en mitad de la noche- venía alguien porque había hecho algo que no debía. Y sólo hacía lo que no debía. De hecho, me pregunto cómo sabía qué era lo que no debía de hacer porque, ni de casualidad, hacía lo que debía hacer.

Una vez le pregunté a Pagal Baba: -Quizá me lo puedas explicar. Sería capaz de entenderlo, si el cincuenta por ciento de las cosas que hago estuviesen mal, y el otro cincuenta por ciento bien, pero el cien por cien de todo lo que hago, siempre está mal. ¿Cómo me las arreglo? ¿Puedes explicármelo?

Pagal Baba se rió y dijo:

-Te las arreglas perfectamente. Ésa es la manera de hacer cosas. Y no te preocupes de lo que dicen los demás; sigue tu propio camino. Escucha todas sus quejas y si te castigan, disfruta.

Debo decir que realmente lo disfruté, hasta los castigos. Mi padre dejó de castigarme en cuanto se dio cuenta de que lo disfrutaba. Por ejemplo, una vez me dijo:

-Da la vuelta a la manzana siete veces. Vete corriendo y vuelve.

-¿Puedo dar setenta vueltas? Es tan bonito correr por la mañana -le dije. Pude ver la cara que puso. Se creía que me estaba castigando. Realmente corrí setenta veces alrededor de la manzana. Poco a poco, se dio cuenta que era difícil castigarme. Lo disfrutaba.

Siempre he compadecido a mi padre porque sufría sin necesidad. Yo solía llevar el pelo largo, y me gustaba. No sólo eso, también solía vestir ropa del Punjab que no se llevaba en esa zona. Me había enamorado de la ropa del Punjab, después de ver que la llevaba un grupo de cantantes que visitó la ciudad. Creo que es la ropa más bonita de India. Con mi pelo largo, y vistiendo el salwar y la kurta, la gente se creía que era una chica. Y siempre pasaba delante de la tienda de mi padre, entrando y saliendo de la casa durante todo el día.

La gente le preguntaba a mi padre: -¿De quién es esa niña? ¿Qué tipo de ropa lleva?

Por supuesto, mi padre se ofendió. No entiendo qué hay de malo si alguien piensa que tu hijo es una niña. Pero en esta sociedad machista, mi padre, naturalmente, vino corriendo detrás de mí y dijo:

-Escucha, no te vuelvas a poner ese salwar y esa kurta. Parecen ropa de mujer. Y además, córtate el pelo; ¡si no, te lo cortaré yo!

     -Si me cortas el pelo, te arrepentirás -le dije.

     -¿Qué quieres decir? -preguntó.

     -Ya te lo he dicho -le dije-. Ahora puedes pensar sobre ello y averiguar qué quiero decir. Te arrepentirás.

Se enfadó mucho. Ésta es la única ocasión en que le he visto tan enfadado. Trajo sus tijeras de la tienda. Era una tienda de tejidos, y siempre había tijeras para cortar las telas. En­tonces me cortó el pelo diciendo:

     -Ahora puedes ir al peluquero para que te lo arregle; si no, parecerás una caricatura.

     -Iré, pero te arrepentirás -le dije.

     -¿Otra vez? ¿Qué quieres decir? –me dijo.

-Es culpa tuya. Piénsatelo -le dije-. ¿Por qué debería explicártelo? No le debo ex­plicaciones a nadie. Me has cortado el pelo y te vas a arrepentir.

Me fui a un peluquero que era adicto al opio. Le escogí, particularmente porque era la única persona que haría lo que yo le dijese. Los demás peluqueros sólo harían lo que pensaban que era lo correcto. Tendré que explicar que en India, los niños sólo se afeitan completamente la cabeza cuando se muere su padre. Me fui a este tipo adicto al opio, que de todas formas me gustaba. Se llamaba Nattu.

-Nattu -le dije-, ¿por lo menos, serás capaz de cortarme el pelo completamente?

Él dijo:

-Sí, sí, sí -tres veces.

     -Genial -le dije-. Así es como responde un Buda, tres veces. Entonces, córtamelo, por fa­vor -y me afeitó completamente la cabeza.

Cuando volví a casa, mi padre me miró y no podía creérselo: parecía un monje budista. Ésa es la diferencia entre los monjes budistas y los hindúes. El monje hindú se afeita la cabeza dejando un poco de pelo encima de la cabeza, exactamente en el punto donde está el sahasrar, el séptimo chakra. Es para protegerle del calor del sol y proporcionarle un poco de sombra. El monje budista es más atrevido; se lo corta todo, se afeita la cabeza por completo.

-¿Qué has hecho? -me dijo mi padre-. ¿No sabes lo que significa? Ahora tendré más problemas que antes. Todo el mundo me pre­guntará: ¿Por qué va completamente afeitado este niño? ¿Se ha muerto su padre?

     -Eso es cosa tuya -le contesté-. Ya te dije que te arrepentirías. Y se arrepintió durante meses. La gente le seguía preguntando: -¿Qué ha pasado...? -porque no me de­jaba crecer el pelo.

Nattu siempre estaba allí, y era un hombre muy amoroso. Siempre que iba su silla estaba vacía, me sentaba y le decía:

     -Nattu, por favor, hazlo de nuevo.

     Por eso, en cuanto me crecía un poco el pelo, él me lo cortaba. Me dijo:

-Me encanta afeitar cabezas. Los tontos vienen y me dicen: «Córtame el pelo así, o asá.» Bobadas. Éste es el mejor estilo: no me tengo que preocupar, ni tú tampoco. Es muy sencillo, y muy beato.

-Tú lo has dicho -le dije-. Es muy bea­to. Pero, ¿te das cuenta que como se entere mi padre de quién es la persona que está haciendo esto te creará problemas?

-No te preocupes -me dijo-. Todo el mundo sabe que soy adicto al opio. No puedo hacer nada. Tienes suerte que no te he cortado la cabeza -y se echó a reír.

-Eso está bien -le dije-. La próxima vez, si quiero cortarme la cabeza, vendré aquí. Sé que puedo confiar en ti.

     -Sí, hijo mío sí, hijo mío sí, hijo mío -dijo.

Debía ser por culpa del opio que tenía que repetirlo todo tres veces. Quizá sólo entonces po­día escuchar lo que estaba diciendo.

     Pero mi padre había aprendido la lección.

     -Me he arrepentido lo suficiente –me dijo-. No volveré a hacer nunca una cosa así -y nunca lo hizo. Mantuvo su palabra. Ése fue el primer y el último castigo que me impu­so. Es increíble, incluso para mí, porque estaba creando problemas constantemente. Pero él es­cuchó pacientemente todas las quejas y nunca me dijo nada. En realidad, hizo todo lo que pudo para protegerme.

En una ocasión le pregunté:

-Me prometiste que no ibas a castigarme, pero no prometiste que me ibas a proteger. No hace falta que me protejas.

-Eres tan travieso -dijo él- que si no te protejo, no creo que sobrevivas. Alguien, en al­gún lugar, te acabará matando. Tengo que pro­tegerte. Además, ese Pagal Baba siempre me está diciendo: «Protege a ese muchacho.» Le amo y le respeto. Si él me dice que te proteja, debe estar en lo cierto. Entonces, puedo pensar que todo el pueblo está equivocado, incluyén­dome a mí. Pero no puedo pensar que Pagal Baba se equivoque.

     Y sé que Pagal Baba solía decir a todo el mundo, a mis profesores, a mis tíos: -Protejan a ese niño. Hasta le dijo a mi madre que me protegiera. Lo recuerdo perfectamente; la única persona a la que nunca se lo dijo fue a mi Nani. Fue una excepción tan clara que hasta tuve que preguntarle: - ¿Por qué nunca le dices a mi Nani protégelo?. – No hay necesidad: ella te protegerá incluso si tiene que morir por ti. – dijo él-. Ella lucharía hasta conmigo. Puedo confiar en ella. Es la única de tu familia a la que no necesito decirle anda sobre tu protección.

Su intuición era clarísima. Sí, algunos ojos puede ver más allá de la niebla que todo ser humano crea a su alrededor para ocultarse detrás.

 

 

Sesión 32

 

Siempre he pensado que, desde el principio, algo fue bien conmigo. Por supuesto, no existe una ex­presión así en ningún idioma. Existe una expre­sión como «algo fue mal», pero no «algo fue bien», pero ¿qué puedo hacer? Me ha ido bien desde mi primer aliento hasta ahora por lo me­nos, y espero que no cambie. Debe ser que me he debido de acostumbrar a esta rutina.

He sido amado por mucha gente sin razón al­guna. Las personas son respetadas por sus capaci­dades; yo he sido amado por ser yo mismo. No sólo ahora, por eso digo que desde el principio, algo estaba bien en el propio esquema de las co­sas. De lo contrario, ¿cómo puede ir bien algo?

Desde el principio -todos los momentos que he vivido- me ha ido yendo cada vez me­jor. Uno sólo puede maravillarse...

Quizá le pueda dar un nuevo significado a la palabra «dios»: cuando algo va bien sin nin­gún motivo, tú no lo has hecho, no te lo mere­ces, y sigue sucediendo; cuando todo va bien a pesar de ti.

Por supuesto, no soy una persona correcta, y a pesar de todo, las cosas me siguieron yendo bien. Incluso hoy, no me puedo creer que me ame tanta gente alrededor del mundo sin nin­guna razón. No he alcanzado nada por lo que pueda exigir ningún respeto, ni dentro ni fue­ra. Soy una no-entidad, sólo un cero.

El día en que dejé mi trabajo en la universi­dad lo primero que hice fue quemar todos mis títulos y diplomas, y toda la tontería que había estado cargando conmigo, limpiamente apila­da. Disfruté la quema tanto que toda mi fami­lia se reunió alrededor, pensando que final­mente me había vuelto loco por completo. Siempre habían pensado que estaba medio loco. Viendo sus caras, comencé a reír incluso más alto.

-Ha sucedido -dijeron.

-Sí, por fin ha sucedido -les dije. -¿Qué quieres decir con «ha sucedido»? -me preguntaron.

-Toda mi vida he estado tratando de que­mar estos títulos -les dije-, pero no pude porque eran necesarios. Ahora ya no lo son: puedo volver a ser tan salvaje como al nacer.

-Eres tonto, estás completamente loco -me dijeron-. Has quemado los títulos más valiosos. Has tirado la medalla de oro en el pozo; ahora quemas incluso el último rema­nente que mostraba que una vez fuiste el pri­mero de toda la universidad.

-Ahora nadie puede hablarme de esas ton­terías -dije.

Incluso hoy no tengo ningún talento. No soy un músico como Hariprasad; no soy como los muchos ganadores de los Premios Nobel. Soy un don nadie; a pesar de ello, miles de per­sonas me han dado su amor sin pedir nada a cambio.

Precisamente el otro día Gudia me dijo que, mientras estaba en esta silla, Asheesh esta­ba arreglando mi otra silla. Ella nunca le había visto llorar. Él estaba llorando y ella le preguntó: -¿Qué te ocurre?

-No me pasa nada -dijo él-. Es que durante cinco días Osho no le ha dicho a nadie que su silla olía, y soy el responsable porque la construí. La debía de haber revisado. Debería de haber olido cada pieza. Ahora, ¿quién me perdonará?

Asheesh no es un carpintero corriente. Tie­ne un doctorado en Ingeniería; está tan cualifi­cado como el que más. Y a la silla no le pasa nada; si a alguien le pasa algo, es a mí. Cuando me enteré que estaba llorando, recordé a las muchas personas que me han amado y que han llorado por mí, sin razón alguna... y tampoco soy una persona demasiado buena.

Si haces una división entre los tipos malos y los buenos, con toda seguridad voy a estar en­tre los malos. Seré el último en estar con Ma­hatma Ghandi, Mao Zedong, Karl Marx, la Madre Teresa, Martin Luther King, y la lista es interminable. En lo que se refiere a los tipos malos, estoy solo.

Por lo menos no puedo clasificar a nadie como malo: Adolf Hider, Mussolini, José Sta­lin o seguramente, se pensaban que lo que ha­cían estaba bien. Quizá no lo estaba, pero no era culpa suya. Eran retrasados, pero no malos. No puedo clasificar a nadie como malo.

Si tuviera que contabilizar a alguien, enton­ces recordaría a gente como Sócrates, Jesús, Mansoor, Sarmad, gente que fue crucificada, castigada. Pero no, ni siquiera a ellos los puedo contar. Ellos eran diferentes a su manera.

La gente ha tratado de castigarme, pero nunca lo ha conseguido. Al contrario, desde el maestro Kantar a Morarji Desai, todos se han ido por el desagüe, adonde, en realidad, perte­necían.

Pero es curioso, lo único que puedo decir es que, desde el principio, he caminado por un camino de rosas. Ellos dicen:

-No te lo creas...

     Pero, ¿qué puedo hacer? He caminado y he conocido. He visto y he experimentado la dicha en cada momento de mi vida.

La primera persona que me llamó «El Bendito» fue la última persona que mencioné ayer. Por eso quiero seguir hablando de él esta tarde. Mas­ta Baba..., le llamaré sólo Masto, porque así era como quería que le llamara. Siempre le llamé Masto, aunque a regañadientes, y le dije que lo recordara. Además, Pagal Baba me había dicho:

-Si quiere que le llames Masto, como yo lo hago, no le hagas sufrir. A partir del mo­mento en que yo muera, tú ocuparás mi lugar para él.

Y ese mismo día murió Pagal Baba, y le tuve que llamar Masto. Yo no tenía más de doce años, y Masto tenía por lo menos treinta y cinco, o quizá más. Es complicado para un muchacho de doce años calcular exactamente, y treinta y cinco es la edad más engañosa; la persona podría tener treinta o cuarenta; todo depende de su genética.

Ahora bien, esto es un asunto complicado. He visto hombres que tienen todo el pelo todavía negro incluso a los sesenta. No es algo de lo que jactarse; todas las mujeres lo tienen. Esos hombres en realidad deberían ser mujeres, eso es todo. Por error algo fue bien. Es sólo una cuestión de química.

A las mujeres no les salen canas tan pronto como a los hombres, tienen una química dife­rente; bioquímica, para ser más exacto. Y rara­mente se quedan calvas. Sería muy hermoso encontrar a una mujer calva. Sólo me he en­contrado en toda mi vida a una mujer que po­dría haber sido calva, y sólo llevaba camino de serio. Quizá ahora ya lo sea, porque han pasa­do diez años desde que la vi.

¿Por qué no se quedan calvas las mujeres? Nada en especial. Es sólo porque su cuerpo eli­mina las células muertas en forma de pelo. Una mujer no puede dejarse crecer la barba o el bi­gote; su pelo crece en un área limitada. Por su­puesto, a ningún hombre le puede crecer el pelo tan largo como a una mujer porque su ca­pacidad está dividida. Más aún, una mujer por naturaleza está hecha para vivir diez años más de media que un hombre.

Una cosa más: el hombre alcanza su clímax sexual a los treinta y cinco años. En realidad, sólo lo estoy diciendo para no herir los senti­mientos de los pobres hombres. De hecho, al­canza su clímax sexual a los dieciocho años; a partir de ahí empieza a declinar. A los treinta y cinco se puede decir que es el principio del fin. Es entonces cuando un hombre se da cuenta que está acabado. Ése es el momento en el que el hombre se vuelve espiritual, entre los treinta y cinco y los cuarenta. A esa edad le impresio­nan todo tipo de bobadas. El verdadero motivo es que está perdiendo su potencia. Al perder su potencia, se empieza a interesar sobre la omni­potencia de Dios.

Vaya palabra han encontrado: ¡omnipoten­cia! El primero que acuñó la palabra omnipo­tencia debió de ser el hombre más impotente de! mundo. Empiezan a hacerse miembros de la Sociedad Teosófica, Testigos de Jehová, y lo que se te ocurra. Nombra lo que quieras y encon­trarás un seguidor, pero siempre estará entre los treinta y cinco y los cuarenta años, porque ése es e! momento cuando requiere un apoyo para poder seguir, para darle una sensación de que todavía existe.

A esa edad la gente empieza a hacer todo tipo de cosas, como tocar la guitarra, el sitar, la flauta, y si es rico, jugar al golf. Si no son ricos, si sólo son pobres, empiezan a beber cerveza y a jugar a las cartas. Hay miles de personas en todo el mundo jugando constantemente a las cartas.

¿En qué clase de mundo vivimos? Y creen en sus cartas, el rey, la reina, y hasta en el co­modín. De hecho, son los únicos reyes y reinas que hay en el mundo; excepto, por supuesto, la reina de Inglaterra, que no es ni una reina de verdad ni una reina de la baraja; ella es la peor. ¿Qué estaba diciendo?

     -Estabas hablando sobre Masto... le lla­mabas siempre Masto. Masto, bien. Él era un rey; no un rey de la baraja, ni si­quiera un rey de Inglaterra, sino un rey de ver­dad. Lo podías ver. No hacía falta nada para demostrarlo. Es extraño que fuese la primera             persona en llamarme «El Bendito», Bhagwan.

Cuando me llamó así, le dije: -Masto, ¿te has vuelto tan loco como Pa­gal Baba, o más?

-Desde este momento, recuerda -dijo él-, no te llamaré otra cosa que lo que te acabo de llamar. Por favor – me dijo – déjame ser el primero, porque miles te llamarán “El Bendito”. Hay que dejarle al pobre Masto ser el primero. Déjame, por lo menos, tener el honor.

Nos abrazamos y lloramos juntos. Ese fue nuestro último encuentro; precisamente el día anterior yo había tenido la experiencia. El 22 de marzo de 1953 nos abrazamos sin saber que ése iba a ser nuestro último encuentro. Él quizá los sabía pero yo no era consciente. Me dijo esto con sus bellos ojos llenos de lágrimas.

     -El otro día le pregunté a Chetana: -Chetana, ¿qué aspecto tiene mi cara? -¿Cómo? -me dijo. -Lo pregunto porque no he comido nada más que fruta desde hace meses -le dije-, excepto algunos días en que me tomé la coc­ción de Devaraj. No sé en qué consiste; lo úni­co que sé es que hace falta una inmensa fuerza de voluntad para comérsela. Tienes que masti­carla durante media hora, pero es muy buena. Cuando me la termino estoy tan cansado, tan absolutamente cansado, que estoy casi dormi­do. Por eso te lo pregunto.

     -Osho, me lo estás preguntando -me      dijo ella-; ¿te puedo decir la verdad?

     -Sólo la verdad -le respondí.

-Cuando te miro sólo te veo los ojos -me respondió-; por eso, por favor, no me pre­guntes. No sé que aspecto tenías antes, o que aspecto puedes tener ahora. Todo lo que co­nozco son tus ojos.

Qué lástima, no puedo mostrarte a Masto. Todo su cuerpo era hermoso. Uno no se podía creer que no hubiese venido del mundo de los dioses. En India hay muchas hermosas histo­rias. Una de ellas, tomada del Rigveda, es la de Pururva y Uruvashi.

Uruvashi es una diosa que se ha hartado de los placeres del paraíso. Me gusta esta historia porque es muy cierta. Si tienes todos los place­res, ¿cuánto tiempo puedes soportados? Uno acaba aburriéndose. La historia debe haber sido escrita por alguien que sabía.

Uruvashi se aburre de todos los placeres, de los dioses y de sus líos amorosos. Finalmente, cuando ella está en las manos del dios princi­pal, Indra, utiliza ese momento, como cual­quier mujer utiliza esos momentos, para pedir un collar o un reloj o un anillo de diamantes o cualquier cosa que puedas imaginarte.

Ashu, ¿qué te estás imaginando? ¿Lo sabes? Sí, te ríes porque lo sé. Dímelo, sino lo voy a contar. ¿Lo cuento? No, no sería de caballeros. Y te estás riendo tan feliz; no me gustaría estropearlo.

Uruvashi le pide a Indra: Por favor, si estás tan contento conmigo, ¿me podrías hacer algún regalito? No mucho, un regalito. Indra dice: -Sea lo que sea, pídelo, y se te concederá. -Quiero ir a la tierra y amar a un hombre corriente -responde ella.

Indra estaba completamente borracho. De­bes de hacerte a la idea de que los dioses indios no son como el Dios cristiano, ni siquiera como sus sacerdotes, mucho menos como el Dios cristiano. El cristianismo es una religión dicta­torial. La religión hindú es más democrática, y también más humana.

Indra está completamente borracho y dice: -De acuerdo, pero con una condición: en cuanto le digas a un hombre que eres una dio­sa, tendrás que regresar inmediatamente al pa­raíso.

Uruvashi desciende a la tierra y se enamora de Pururva, que es un arquero y también poe­ta. Y ella es tan hermosa que naturalmente Pu­rurva quiere casarse con ella.

-Por favor, no me hables de matrimonio -dice ella-. Ni lo menciones. No podré vivir contigo si no me prometes que no lo vas a vol­ver a mencionar. Y Pururva, que era un poeta, evidentemen­te entiende la belleza de una mujer como Uru­vashi. Nunca ha conocido nada comparable a ella; naturalmente, ella es una diosa en la tie­rra. Bajo la influencia de su intoxicante belleza, lo promete. Entonces Uruvashi dice:

-Una cosa más. Nunca debes de pregun­tarme quién soy; de lo contrario, lo olvidamos todo ahora mismo. Es preferible no comenzar.

-Te amo -respondió Pururva-. No quiero saber quién eres, no soy un detective.

Después de hacer estas dos promesas, Uru­vashi yace con Pururva. Después de unos días... Los Vedas, en ese sentido, son muy hu­manos; ninguna otra escritura es tan humana. Todas las demás escrituras son muy altisonantes. En otras palabras, una mierda. Pero el Rígveda es humano, con todas las limitaciones huma­nas, la fragilidad, las debilidades e imperfeccio­nes. Como cualquier otra luna de miel, algún día se termina, quizá un poco más deprisa en Occidente que en India..., a estos amantes les duró seis meses.

En América, basta un fin de semana para el principio y el final de una luna de miel, y cuando la luna de miel termina, comienza el matrimonio. ¡Jesús! Si decís que después de la muerte existe un infierno para los pecadores... ¡es después de la luna de miel! De hecho, es el matrimonio. En India dura seis meses; es una forma de acabar las cosas, a la velocidad de un carro de bueyes.

Una noche, Uruvashi se despertó porque Pururva la estaba mirando. Eso no es lo que suele hacer un marido, ¡mirar a su mujer! ¿Qué estaba haciendo mirándola mientras dormía? Si hubiera sido la mujer de otro, entonces hu­biera sido normal, pero ¿a su propia mujer? Pero Uruvashi debía de ser, era sin remedio, una belleza divina, con algo del más allá. Pu­rurva no se pudo contener.

-Por favor dime quién eres -le preguntó. -Pururva, has roto tu promesa -le dijo Uruvashi-. Te diré la verdad, pero dejaré de estar contigo -en el momento que le dijo que era una diosa aburrida del paraíso, que había venido a la tierra a tener una pequeña experien­cia de la gente real, porque los dioses eran tan falsos, en ese mismo momento, se evaporó como un hermoso sueño. Pururva miró una y otra vez a la cama vacía; allí no había nadie.

Es una de esas hermosas historias que siempre me han gustado. Masto ha debido de ser un dios nacido en este mundo. Ésa es la única manera de expresar lo bello que era. Y no era solamente la belleza del cuerpo, que con certeza lo era. No estoy en contra del cuerpo, estoy totalmente a favor. Me gustaba su cuerpo. Solía acariciarle la cara, y él me decía:

-¿Por qué me acaricias la cara con los ojos cerrados?

-Eres tan bello -le dije-, que no quiero ver ninguna otra cosa que pueda distraerme; por eso cierro los ojos..., para poder soñarte tan bello como eres.

¿Estás anotando estas palabras?: «Para poder soñarte tan bello como eres. Quiero que seas mi sueño.» Pero no sólo tenía un cuerpo o un cabello hermoso, nunca he visto una cabellera tan bo­nita, especialmente en la cabeza de un hombre. Solía tocar y jugar con su cabello y nos reíamos.

-Esto es demasiado -me dijo una vez-. Baba estaba loco, y ahora me ha dejado un maes­tro que está más loco todavía. Me dijo que tú ocuparías su lugar, de modo que no te puedo impedir nada de lo que quieras hacer. Incluso si me cortas la cabeza, estaré dispuesto y deseándolo.

-No te asustes -le dije-, no te cortaré ni un pelo. En lo que concierne a tu cabeza, Baba ha hecho ya su trabajo. Sólo te queda el pelo -entonces ambos nos reímos. Esto suce­dió muchas veces, de muchas maneras.

Pero era hermoso, física y también psicoló­gicamente. Siempre que tenía alguna necesi­dad, sin preguntarlo, para no ofenderme, por la noche, me dejaba dinero en los bolsillos. Sa­béis que no tengo bolsillos. ¿Conocéis la histo­ria de cómo perdí los bolsillos? Fue Masto. Él solía poner dinero, oro, todo lo que pudiera conseguir, en mis bolsillos. Finalmente, aban­doné la idea de tener bolsillos; tentaba a la gen­te. O te abren el bolso y te roban la cartera, o en muy pocas ocasiones, con un hombre como yo, se convierten en una persona como Masto.

Él esperaba hasta que me iba a dormir. A veces fingía estar dormido. Incluso tenía hasta que roncar para convencerse; entonces lo cogía in ftaganti, con las manos en mi bolsillo.

-¡Masto! -le dije-. ¿Es esto lo que hace un sabio? -y los dos nos echamos a reír. Finalmente, abandoné la idea de tener bol­sillos. Soy la única persona del mundo que no necesita bolsillos. En cierto modo está bien, porque nadie puede abrírmelos. También está bien que no tenga que llevar ningún peso. Siempre hay alguien que lo puede hacer por mí. No los necesito. No he necesitado bolsillos desde hace años; siempre se ha ocupado al­guien por mí.

Precisamente esta mañana Gudia me estaba sirviendo el té Y he dejado que un platillo se me escapara de las manos. No puedo decir que lo he dejado caer; eso sería demasiado, porque el platillo era muy caro. Estaba incrustado en oro. Y ella no me perdonaría si digo que tenía que caerse, que he dejado que se me escapara de la mano. Por eso, inevitablemente, se cayó. No podía volar; se tuvo que caer.

En ese momento entendí muchas cosas que siempre había entendido, pero en ese momen­to todas culminaron en mí. La caída..., el hom­bre no podía volar, ni Adán ni Eva..., natural­mente tuvieron que caer. No fueron las mañas de la serpiente; para ellos lo natural fue caer. Era natural, muy natural para Adán y Eva caer, porque no tenían manera de volar, ni Lufthan­sa, ni Pan Am, ni siquiera Air India. Y el pobre Adán era muy pobre. Pero de alguna manera estuvo bien que cayera; de otra manera estaría en la misma situación que Uruvashi.

Él habría disfrutado de todos los frutos del paraíso, sin ninguna alegría, por supuesto. Ha­bría vivido con Eva sin amor. En el paraíso nadie ama demasiado. Puedo decirlo sin ningún temor a que me echen, porque no quiero entrar en el paraíso, ¡a quién le importa! El paraíso es el últi­mo lugar en el que me gustaría entrar; prefiero incluso el infierno. ¿Por qué? Sólo por la buena compañía. El paraíso es sencillamente horrible. En compañía de los santos..., ¡Dios mío! Esos dioses deben de ser imbéciles, o quizá carecen de inteligencia, son como robots; de lo contrario, si no, ¿cómo es que siguen dando vueltas en el ca­rrusel? No quiero formar parte de eso.

Pero Masto tenía el aspecto de un dios descendido a la tierra. Lo amaba sin razón alguna, por supuesto, porque el amor no puede tener ninguna razón. Todavía lo amo. Todavía lo amo. No sé si está vivo o no, porque el 22 de marzo de 1953 desapareció. Me dijo que se iba a los Himalayas.

-He cumplido con mi responsabilidad respecto a la promesa que le hice a Pagal Baba -me dijo-. Ahora eres lo que antes eras en potencia. Ya no soy necesario.

-No, Masto -le dije-, te seguiré necesitando, por otras razones.

-No -dijo él-. Encontrarás maneras de conseguir todo aquello que necesites. Pero yo no puedo esperar.

Desde entonces, de vez en cuando solía escuchar, quizá de alguien que venía de los Himalayas, un sannyasin o un bikkhu, que Masto estaba en Kalimpong, o que estaba en Nainital, acá o allá, pero nunca regresó de los Himalayas. Le preguntaba a todo el mundo que iba a los Himalayas:

-Si te encuentras con este hombre... -pero era difícil, porque no se dejaba fotografiar. Una vez le convencí para que le sacaran una foto, pero el fotógrafo de mi pueblo ¡era un ge­nio! Se llamaba Munnu Mian, un pobre hom­bre, pero tenía una cámara. Debía de ser el modelo más antiguo del mundo. Su cámara debería de haber sido conservada; ahora valdría millones de dólares. De todo un carrete salía con suerte una foto. Y esto tampoco era segu­ro. Cuando mirabas a la foto no te podías creer cómo se las había arreglado, porque no se pare­cía a ti. ¡Él era futurista! Realmente futurista. Hacía unas fotos que sólo le hubieran gustado a Picasso..., o no sé, incluso podrían no haberle gustado si Munnu Mian se la hubiera hecho al propio Picasso.

Como pude le convencí a Masto para que fuera a Munnu Mian. Munnu Mian se puso muy contento. Masto se sentó a regañadientes en el estudio del aldeano. No puedo llamarlo estudio; era sólo una silla roñosa sin brazos. La gente raramente venía a que le sacaran una foto, por eso no había un estudio propiamente dicho.

No es posible que sepáis cómo se hacía en los pueblos indios. No os lo podéis ni imagi­nar. Todavía es como antes. De fondo, había una pintura, una cortina ancha pintada con una escena de las calles de Bombay, grandes edifi­cios, automóviles, autobuses. Y por supuesto luego se pensaba que la foto había sido tomada en Bombay. ¿Qué más puedes pedir a una ru­pia por tres fotos? Pero Masto se las arregló..., o, para ser más correcto, el idiota de Munnu Mian deshizo todo lo que yo había estado pre­parando. ¡Se olvidó poner una placa en la cá­mara!

Todavía estoy viendo la escena completa. Había preparado a Munnu Mian diciéndole:

-Sé muy preciso, correcto. He conseguido traer a este hombre con muchas dificultades, y si le sacas una foto será una gran publicidad para tu estudio.

Él estaba convencido y dijo:

     -Lo intentaré. Enséñame dos palabras en inglés. He oído que en las ciudades más gran­des, antes de disparar el obturador, dicen: «Por favor, listos...»

Por supuesto, me lo dijo en hindi, pero quería decido en inglés para impresionar al hombre respetable. Después quiso saber cómo decir: «Gracias», para decirlo al terminar. Cuando tuvo todo preparado, dijo: «Por favor, listos...», por su­puesto en inglés. Ni siquiera Masto pudo creerse que Munnu Mian supiera algo de inglés. En­tonces disparó su cámara con un disparo muy sonoro. Todavía puedo ver su cámara. Puedo decir con seguridad que darían un millón de dólares por ella debido a su antigüedad. Era enorme.

Entonces dijo: -Muchas gracias, señor -y nos marchamos. Salió corriendo detrás de nosotros y nos dijo con lágrimas en los ojos: -Perdonadme, por favor, volved. ¡Me olvidé de poner una placa en la cámara! Eso fue demasiado. Masto dijo: -¡Tú, idiota! Vete corriendo de aquí; si no, perderé los estribos, ¡y soy muy temperamental! Yo sabía que no era en absoluto temperamental, y le dije a Munnu Mian: -No te preocupes. Lo organizaré de nuevo -pero se escapó; de hecho, salió corriendo. Le dije-: Escucha, no corras... -pero no me es­cuchó.

Le convencí a Masto para que volviéramos pero cuando llegamos al estudio estaba cerra­do. Munnu Mian estaba tan asustado que viendo que veníamos, cerró el estudio y salió corriendo. Por eso no tenemos ninguna foto de Masto.

Sólo hay tres fotos que siempre he querido tener para poder enseñároslas. Una era la de Masto, una rara belleza. La otra era la de un hombre del que hablaré más tarde y la de una mujer de la que también hablaré más tarde. Pero no tengo ni una foto de ninguna de esas tres personas.

Es una cosa extraña: los tres eran contrarios a que les sacaran una foto, totalmente contrarios, quizá porque una foto invariablemente distorsiona la belleza, porque la belleza es un fenómeno vivo y la foto es estática. Cuando sa­camos la foto de una flor, ¿te piensas que la misma flor está ahí todavía? No, mientras tan­to ha crecido. Ya no es la misma; a pesar de ello la foto siempre permanecerá igual. La foto nunca crece. Está muerta desde un principio. ¿Cómo lo llamáis? ¿Nacida muerta? ¿Es eso correcto?

-Sí, Osho.- De acuerdo, una foto nace muerta, muerta, muerta ya antes de respirar por primera vez; no respira.

La única persona a quien he amado y cono­cido como una de las más bellas, y que me dejó sacarle fotos, fue mi Nani. Ella me dejaba, pero con la condición de que el álbum quedara bajo su custodia.

-No hay ningún inconveniente -le dije-, pero ¿por qué? ¿No puedes confiar en mí?

-Puedo confiar en ti -me contestó-, pero no puedo confiar en los fotógrafos. No eres tú el que me puede hacer daño, pero quiero que las fotos estén bajo mi custodia. Cuan­do haya muerto serán para ti.

Me dejó sacarle tantas fotos como quise. Pero después de que murió, cuando abrí el ar­mario donde solía guardar todas esas fotogra­fías, había sólo un álbum vacío. No sabía escri­bir, por eso le había dicho a mi padre que escribiera en él:

-Por favor, perdóname -había firmado con la huella del pulgar de su mano derecha.

La gente con la que quería estar relacionado, por lo menos con su forma física, nunca me dejó que les sacara fotografías. Sólo una me lo permitió, pero parece que mi Nani sólo me lo permitió para no herirme..., y siempre destruyó las fotos.

El álbum estaba vacío. Miré minuciosamente, y nunca había sido usado. Busqué por toda la casa. No pude encontrar ni una sola foto. Me hubiera gustado enseñaros sus ojos, sólo sus ojos. Todo su cuerpo era hermoso, pero sus ojos..., se necesita un poeta para decir algo sobre ellos, o un pintor, y yo no soy nin­guna de las dos cosas. Sólo puedo decir que re­flejaban algo del más allá.

De acuerdo El otro día os hablé de la desaparición de Masto. Creo que todavía está vivo. En realidad, sé que lo está. En Oriente, éste ha sido uno de los modos más antiguos, desaparecer en los Hima­layas antes de morir. Morir en esa hermosa re­gión es más rico que vivir en cualquier otro lu­gar; incluso morir allí tiene algo de eterno. Quizá es la vibración de los santos recitando durante miles de años. Allí fueron compuestos los Vedas, allí se escribió el Gita, allí nació y murió Buda, Lao Tzu desapareció en los Hi­malayas en sus últimos días. Y Masto hizo casi lo mismo.

Nadie sabe todavía si Lao Tzu murió o no. ¿Cómo puede uno estar seguro? De ahí la le­yenda de que él es inmortal. Nadie lo es. Todo aquel que nace inevitablemente tiene que morir. Lao Tzu debió de morir, pero la gente nun­ca llegó a saberlo. Uno debería de ser capaz de tener una muerte absolutamente privada, si lo desea.

Masto se ocupó de mí más eficientemente de lo que Pagal Baba podría haber hecho nunca. Primero, Baba era realmente un loco. Segundo, venía sólo de vez en cuando como un tornado a visitarme y después desaparecía. Esa no es una manera de ocuparse. Una vez hasta se lo dije:

-Baba, tú hablas mucho de cómo te estás ocupando de este niño, pero antes de que lo vuelvas a repetir, se me debe escuchar. Él se rió y dijo: -Lo entiendo, no necesitas decirlo, pero te dejaré en buenas manos. Yo no soy capaz de ocuparme de ti. ¿Puedes entender que tengo noventa años? Para mí es hora de dejar el cuer­po. Estoy alargándolo sólo para encontrar a la persona correcta para ti. Una vez que la haya encontrado, me puedo relajar en la muerte.

No me daba cuenta entonces de que estaba hablando totalmente en serio, pero es esto lo que hizo. Le pasó su carga a Masto y murió riéndose. Eso fue lo último que hizo.

Zaratustra podría haber reído cuando na­ció..., nadie ha sido testigo, pero debió de reír; toda su vida indica que fue así. Fue esa risa la que captó la atención de uno de los hombres más inteligentes de Occidente, Friedrich Nietzs­che. Pero Pagal Baba realmente se rió mientras moría, antes de que pudiéramos preguntar por qué. No podríamos haber hecho la pregunta de todas las maneras. Él no era un filósofo, y no hubiera respondido aunque hubiera vivido. Pero, ¡qué manera de morir! Y recuerda, no fue sólo una sonrisa. Estoy hablando realmente de una carcajada.

Todos los que estaban allí se miraron unos a otros diciendo:

-¿Qué es lo que pasa? -hasta que empezó a reírse tan alto que todo el mundo pensó que hasta entonces había sido un loco apacible, pero que ahora se había ido hasta el extremo. Todos se marcharon. Naturalmente, nadie se ríe cuando nace, sólo por educación; y nadie se ríe cuando muere, de nuevo no es más que ma­nierismo. Ambos son británicos.

Baba siempre estuvo en contra de los modales y de la gente que creía en los modales. Por eso me amaba, por eso amaba a Masto. Y cuan­do estaba buscando a un hombre que pudiera ocuparse de mí, naturalmente, no pudo encon­trar a nadie mejor que a Masto.

Masto demostró ser más que lo que Baba podría haberse imaginado. Hizo tanto por mí que incluso sólo decirlo, duele. Es algo tan pri­vado que no debería contarse, tan privado que uno no debería de mencionado ni siquiera cuando está solo.

Le estaba diciendo a Gudia:

-Dile a Devageet que no se deje nunca su libro en esta Arca de Noé, porque ayer por la noche el diablo estuvo mecanografiando sus notas. No os lo creeréis. De hecho, yo no me lo podía creer cuando escuché la historia por pri­mera vez. Gudia dijo que no se veía luz por la ventana. Estaba asombrado y me dije a mí mis­mo: ¿Se han vuelto locos o qué? ¿Mecanogra­fiando sin luz?

Gudia miró en la habitación y dijo:

-¡Esto es extraordinario! La máquina está haciendo un ruido exactamente como el de una máquina de escribir.

No sólo eso: de vez en cuando se detenía, como si el mecanógrafo estuviera mirando en el cuaderno, y entonces se ponía de nuevo a te­clear. Gudia le preguntó a Asheesh: -¿Qué puede ser? -Nada importante -le dijo-, sólo el filtro del aire acondicionado que ha recogido de­masiado polvo y que hace ese ruido -pero, ¿exactamente como el de una máquina de es­cribir...? De todas maneras, me ha gustado la historia, y por eso te estoy pidiendo que guar­des el cuaderno de notas lejos del diablo. Él puede mecanografiar incluso sin máquina de escribir, sin luz.

El diablo es un perfeccionista. No puede ser de otra manera; es parte de su misma función. ¿Tecleando sin máquina de escribir en la oscu­ridad? Y sé que Devageet no se dejará su libro de notas en ningún lugar. Pero el diablo puede teclear incluso sin el cuaderno de notas. Él puede leer vuestras mentes. Por eso no metáis vuestras mentes; por lo menos cuando estéis trabajando con mis palabras. No metáis vues­tras mentes; de lo contrario estáis abriendo la puerta al diablo.

Masto fue la mejor elección que podía ha­ber hecho Baba. No puedo concebir en absolu­to a alguien mejor. No sólo era un medita­dor..., que por supuesto lo era; de otro modo no hubiera sido posible una comunión entre los dos. Y meditación simplemente quiere de­cir no ser una mente, por lo menos mientras estás meditando.

Pero eso no era todo; él era muchas cosas más. Era un excelente cantante, aunque nunca cantó para el público. Ambos solíamos reímos de la expresión: «El público;» Está compuesto sólo de los niños más retrasados. Es un milagro cómo consiguen reunirse en un lugar a una hora convenida. No me lo puedo explicar. Masto decía que él tampoco podía explicárselo. Sencillamente, no tiene explicación.

Nunca cantó para un público, sino para un grupo pequeño de gente que lo amaba y que prometía nunca hablar sobre ello. Su voz era realmente «la voz de su maestro». Quizá no estaba cantando, sino sólo permi­tiendo a la existencia -ésa es la única palabra apropiada que puedo usar-, estaba permitien­do a la existencia fluir a través suyo. No lo esta­ba impidiendo; ése era su mérito.

Además tocaba el sitar con mucho talento; sin embargo, nunca le he visto tocar delante de público. A menudo cuando tocaba yo era el único presente, y me pedía que cerrara la puer­ta, diciendo:

-Por favor, cierra la puerta y no la abras bajo ningún concepto hasta que esté muerto -y sabía que si hubiera querido abrir la puerta tendría primero que matarlo, y después abrirla. Mantuve mi promesa. Pero su música era tal que... El mundo no llegó a conocerlo: el mun­do se lo perdió.                                                                       

Me dijo:

     -Estas cosas son tan íntimas que tocar delante de una multitud es prostitución. Ésa fue exactamente la palabra que usó: «prostitución». Era realmente un pensador, y muy lógico, no como yo. Con Pagal Baba sólo tuve una cosa en común: era la locura. Masto tenía muchas cosas en común con él. Pagal Baba es­taba interesado en muchas cosas. Yo con segu­ridad no podía ser representativo de Pagal Baba, pero Masto lo era. Yo no puedo ser el representante de nadie, no importa quién.

Masto hizo tanto por mí en todos los aspec­tos que no puedo creerme cómo Baba había sa­bido que él era la persona correcta. Y yo era un niño con mucha necesidad de dirección, y ade­más tampoco era un niño fácil. A no ser que estuviera convencido no me movía ni un centí­metro. De hecho me echaba un poco para atrás sólo para estar más seguro.

Me estoy acordando de una pequeña anéc­dota. Solía usar esta anécdota como un chiste. Muchos de mis chistes están quizá pintados un poco aquí y allí para darles aspecto de chistes, pero casi todos están sacados de la vida real. Y la vida real es el mejor libro de chistes que nunca puede existir. ¿Cómo sé que este chiste está sacado de la vida real? Porque no puede ser de otra forma, no existe otra posibilidad. Re­cuerdo que solía contar este chiste y así es como lo recuerdo.

Un niño llega tarde a la escuela, muy tarde. Está lloviendo. El profesor le mira con esos ojos de piedra que sólo les son dados en espe­cial a los profesores y a las esposas. Y si te casas con una mujer que es las dos cosas, entonces ¡que Dios te ayude! Sólo podemos rezar por ti. Entonces esa mujer tendrá cuatro ojos insensi­bles que mirarán en todas las direcciones. ¡Ten cuidado con las maestras de escuela! Nunca, nunca te cases con una maestra de escuela. Pase lo que pase, escapa antes de que te tropieces y caigas. Cáete en cualquier lado menos en una maestra de escuela; de otro modo tendrás una vida que será un infierno de verdad. Y si es inglesa, entonces, ¡todo se triplica!

El niño pequeño, ya muy asustado, com­pletamente empapado de agua, llegó a la escue­la como pudo. Pero una maestra de escuela es una maestra de escuela.

-¿Por qué llegas tarde? -le preguntó ella.

Él se había imaginado que había suficientes motivos. Estaba lloviendo tan fuerte...; estaba lloviendo a cántaros, y estaba completamente mojado, goteando. Y todavía ella le estaba pre­guntando:

-¿Por qué llegas tarde?

Él se lo inventó, igual que lo haría cualquier otro niño, diciendo:

-Señorita, está tan resbaladizo que cuando daba un paso para delante, patinaba dos para atrás.

La mujer le miró incluso con más severidad y le dijo:

-¿Cómo puede ser eso? Si das un paso para adelante y patinas dos para atrás, nunca podrías haber llegado a la escuela. Me estás engañando.

-Señorita -dijo el niño-, por favor, en­tiéndame: me giré hacia mi casa y comencé a correr alejándome de la escuela, así es como llegue hasta aquí.

Yo digo que no era un chiste. La maestra de escuela es real, el niño es real, la lluvia es real. La conclusión del maestro es real y la conclusión del niño no puede ser más real. He contado mi­les de chistes y muchos de ellos están sacados de la vida real. Los que no han sido sacados de la vida real también provienen de la vida real, pero de la subterránea, que también es real pero nun­ca sale a la superficie, no se le permite.

Masto tenía un verdadero talento en mu­chas dimensiones. Era músico, bailarín, cantan­te, y qué no, pero siempre muy tímido delante de «esos ojos». Solía llamar a la gente, «esos feos ojos». Solía decir:

-La gente no puede ver, sólo creen que ven. No estoy hecho para ellos.

Continuamente me recordaba que no debía de invitar ni un solo amigo, aunque no tenía         ninguno, quiero decir ni un conocido.

Pero una vez que le pregunté:

-¿Se me puede permitir alguna vez traer a alguien?

Él contestó:

-Si sólo quieres darte el gusto de invitar a alguien íntimo, entonces puedes traer a tu Nani. Para ella no tienes ni que preguntarme. Por supuesto, si no quiere venir, yo no puedo hacer nada -y eso es lo que pasó.

Cuando se lo comenté a mi Nani, me dijo: -Dile a Masto que venga a mi casa y que toque aquí -y él era un hombre tan humilde que vino a tocar el sitar para la anciana, se sintió muy feliz de tocar para ella, y yo me puse muy contento de que él viniera y no se negara. Me había preocupado esa posibilidad.

Y mi abuela, mi Nani, la anciana, de repente se transformó como en una joven otra vez. Fui testigo de algo que sólo puede llamarse ¡transfiguración! Y cuanto más se iba armonizando con el sitar, se rejuvenecía cada vez más. Vi cómo se producía un milagro. Pero cuando Masto acabó de tocar el sitar, de repente volvió a ser de nuevo la anciana mujer.

-Esto no está bien -dije yo-, Nani. Por lo menos deja que el pobre Masto tenga un vislumbre de lo que su música puede hacer por una persona como tú.

-No está en mis manos -dijo ella-. Si sucede, sucede. Si no sucede, no se puede hacer nada al respecto. Sé que Masto lo entenderá.

-Lo entiendo -dijo Masto.

Pero lo que vi fue realmente increíble. Mis ojos parpadeaban una y otra vez sólo para ver si era sólo un sueño, o si estaba viéndola realmente regresar a su juventud. Incluso hoy, no puedo creer que fuera sólo mi imaginación. Quizá ese día..., pero hoy no tengo ninguna imaginación. Veo las cosas como realmente son.

Masto siguió siendo un desconocido para todo el mundo por la sencilla razón de que nunca quiso estar entre la multitud. Y en el momento en el que su obligación hacia mí, su promesa a Pagal Baba, fue cumplida, desapareció en los Himalayas.

Los Himalayas..., la palabra en sí misma significa «el hogar del hielo». Los científicos di­cen que si todo el hielo de los Himalayas se deshiela un día, el mundo realmente se inun­dará. Todo el mundo -no se limitará a una sola parte-, todos los océanos, ascenderán doce metros. Le han puesto el nombre correc­to, Himalayas. Him siginifica «hielo»; alaya significa «el hogar.»

Existen cientos de picos cubiertos de nieves perpetuas que nunca se han disuelto... y el silen­cio que los rodea, la atmósfera inalterada... No es sólo vieja; tiene un extraño calor, porque miles de personas de inmensa profundidad han ido a esas regiones con una meditación tremenda, con inmenso amor, plegaria y recitación.

Los Himalayas son todavía algo extraordi­nario en el mundo entero. Los Alpes son sólo niños comparados con los Himalayas. Suiza es hermoso, y más todavía porque dispone de to­das las comodidades. Pero no puedo olvidar las silenciosas noches de los Himalayas: las estre­llas en el cielo, y nadie más alrededor.

Quiero desaparecer allí, igual que lo hizo Masto. Puedo entenderle, y no me sorprende­ría si un día de repente yo desapareciera. Los Himalayas son mucho más grandes que India. Una parte de los Himalayas pertenece a India; la otra parte pertenece a Nepal, la otra a Bir­mania, la otra a Pakistán, miles de kilómetros de pureza, sólo pureza.

En el otro lado están Rusia, Tíbet, Mongolia, China; todas ellas tienen una parte de los Himalayas.

No será una sorpresa si un día desaparezco solo para tumbarme junto a una hermosa roca y dejar de estar en el cuerpo. Uno no puede en­contrar mejor lugar para abandonar el cuerpo, pero podría no hacerlo, ya me conocéis. Per­maneceré tan imprevisible como siempre, in­cluso en mi muerte. Quizá Masto quería irse antes, y sólo estaba cumpliendo la última tarea que le puso su gurú, Pagal Baba. Hizo tanto por mí, es difícil incluso hacer una lista. Me presentó a mucha gente de modo que siempre que necesitara dinero sólo tenía que decírselo y el dinero llegaba. Le pregunté a Masto:

-¿No me preguntarán para qué?

-No te preocupes de eso -dijo él-. Ya he respondido a todas sus preguntas. Pero son gente cobarde; pueden darte su dinero, pero no te pueden dar sus corazones, o sea que no se lo pidas.

-Nunca le pido a nadie el corazón -le dije-, sea él o sea ella; no se puede pedir. O te das cuenta de que ya ha desaparecido o no. Por eso, sólo le pediré dinero a esa gente, y eso sólo si es necesario.

Y efectivamente me presentó a mucha gente que siempre ha permanecido en el anonimato; pero siempre que he necesitado dinero, el dinero ha aparecido. Cuando estaba en Jabalpur, donde asistí a la universidad y estuve más de nueve años, el dinero iba llegando continua­mente. La gente se preguntaba, porque mi sueldo no era demasiado. No se podían creer cómo podía utilizar un coche tan bonito, un bungaló tan hermoso, un gran jardín, acres de césped. Y el día que alguien preguntó cómo era posible que tuviera un coche tan hermoso..., ese día llegaron dos más. Había entonces tres coches y faltaba lugar para guardarlos.

El dinero siempre ha ido llegando. Masto lo había dejado todo arreglado. Aunque no tengo nada, ningún dinero en absoluto, pero de alguna manera ha ido funcionando espontáneamente.

Masto..., es difícil decirte adiós, por la sencilla razón de que no me creo que ya no estés. Tú todavía existes. Podría ser que no te viera otra vez; eso no tiene mucha importancia. Te he visto tanto, tu fragancia ha pasado a formar parte de mí. Pero en algún lugar de esta histo­ria tengo que terminar de hablar de ti. Es duro, y duele..., perdóname por eso.

 


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